Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 823. TENGO ALGO QUE DECIROS / THOMAS WOLFE

A las siete sonó en tono bajo el teléfono de al lado de mi cama. Me di la vuelta y luego me desperté de pronto de uno de esos sueños intranquilos y poco profundos que experimenta uno cuando se ha acostado tarde sabiendo que tiene que levantarse temprano. Era el portero.
-Son las siete - dijo.
Respondí:
-Muy bien. Gracias. Ya estoy despierto.
Luego me levanté, luchando aún sin ganas contra una fatiga acorchada que seguía pidiendo más sueño y con una tensión de ansiedad que me roía y me exigía acción. Al mirar a la habitación, me aseguré. En el departamento del equipaje estaba mi viejo baúl, ya hecho y preparado. Ahora no quedaba mucho más que hacer, excepto afeitarme, vestirme e ir a la estación. El tren no salía hasta las ocho y media y no había que andar más que tres minutos para llegar a la estación. Metí los pies en las zapatillas, me acerqué a las ventanas, tiré del cordón y abrí las pesadas persianas.

Era una mañana gris. Allí abajo, excepto un taxi o un coche de vez en cuando, el zumbido silencioso de una bicicleta o alguien que iba andando rápidamente al trabajo, con el paso largo y cansado de primeras horas de la mañana, estaba desierta y silenciosa la Kurfürstendamm. En el centro de la calle, por encima de las vías del tranvía, ya habían perdido los árboles la frescura del verano –esa profunda intensidad del verde alemán que da a todo su follaje una especie de oscuridad boscosa, un sentido legendario de magia y de tiempo. Tenían las hojas, ahora, polvorientas y descoloridas. Se veía, de vez en cuando, que ya empezaba a salirles el tono amarillento del otoño.

ENVEJECER

EXtinción, DF Wallace, p. 265-266
Antaño voluptuosa hasta un extremo casi rubensiano, el tipo de envejecimiento o ajamiento de Hope se ha establecido siguiendo un proceso de “encogimiento” o desecación: la piel se le endureció y adquirió un aspecto correoso en algunos puntos, el oscurecimiento de su piel se volvió permanente y sus dientes, tendones del cuello y articulaciones de las extremidades se volvieron protuberantes de una forma en que nunca antes lo habían sido. En resumen, su semblante general había adquirido un aspecto lupino o depredador, y el que antaño había sido el célebre •centelleo• de sus ojos se había convertido en simple avidez. (Nada de todo esto es, por supuesto, de ninguna forma sorprendente o antinatural: el aire y el tiempo se habían limitado a hacerle a mi mujer lo que también le •hacían• al pan y la ropa tendida a secar. Ciertamente, todos tenemos que hacernos a la idea de nuestra problemática actuarial, por así decirlo, de la cual el «nido vacío» es un mojón realmente nítido en el camino.) La realidad natural pero a pesar de todo terrible -aunque nunca se habla de ello en ninguna unión viable, con el paso del tiempo- es que, en aquel punto de nuestro matrimonio, Hope ya carecía de sexo de jacto o en un sentido práctico, como se suele decir ya era vino pasado o avinagrado, y de alguna forma esto se veía agravado o acentuado, por culpa de su escrupulosa devoción al cuidado de sí misma y a los desiderata juveniles, al igual que tantas de las integrantes desecadas o bien hinchadas de su círculo de amistades y de las esposas y divorciadas de los clubes de Lectura y de Horticultura que habitualmente se congregaban alrededor de la piscina del Club Raritan durante la temporada de verano estaban obsesionadas por lo mismo: las clases de Ejercicio y los regímenes calóricos, los emolientes y los tonificantes, el yoga, los suplementos alimentarios, el bronceado o (aunque casi nunca se mencionaban) los «pasos por el quirófano» o procedimientos quirúrgicos: todo ese voluntarioso aferrarse a la misma vivacidad núbil o de virgo intacta del cual sus hijas sin saberlo constituían una burla mientras iban floreciendo en los últimos años. (De hecho, pese a su brío y a su esprit fort naturales, a menudo resultaba demasiado fácil  notar el dolor en los ojos de Hope y en su boca fruncida o •agarrotada• cuando contemplaba o se encontraba dentro del ámbito del reciente, cada vez más maduro y atractivo círculo de edad de nuestra Audrey, una tristeza ajada que luego se transfería o proyectaba con facilidad pasmosa en forma de ira contra mí simplemente por tener ojos en la cara con los que ver las cosas y resultar naturalmente afectado por ellas.) A uno le resulta, de hecho, dificil considerar una coincidencia el que todas aquellas chicas e hijas florecientes fueran, casi sin excepción, mandadas a universidades de otros estados, ya que con cada año que pasaba la mera imagen física de aquellas chicas se convertía en una reprimenda viviente a sus madres.

SECRETOS DE UN MATRIMONIO

Extinción, DF Wallace, p. 254
-Pero roncar no es el verdadero problema, ¿verdad, Randall?
-Pero si yo no he sugerido ni por un momento que fuera el verdadero problema.
-Después de todo, con fiebre del heno o sin ella, muchos hombres roncan.
-Y si yo fuera uno de ellos (queriendo decir alguien que “roncaba” incluso durante las estaciones en que la fiebre del heno no era un factor), las aceptarla (refiriéndome a las acusaciones de Hope) sin dudarlo.
-¿Por qué es tan importante para usted el hecho de roncar o no?
-De lo que se trata precisamente es de que no es importante en absoluto para mí. Eso es lo que digo precisamente. Si yo estuviera, de hecho, “roncando”, no tendría problema en admitirlo, asumir mi responsabilidad y dar cualesquiera pasos razonables a fin de resolver el supuesto problema.
-Me temo que sigo sin entenderlo. ¿Cómo puede usted estar seguro de si ronca o no? Si está usted roncando, por definición es que está usted dormido.
-Pero [intentando responder]...
-O sea, ¿cómo podemos saberlo?
-Pero [sintiéndome cada vez más frustrado llegado aquel punto] de eso precisamente se trata, y es que ya he intentado explicarlo aquí no sé cuántas veces ya: es precisamente cuando de hecho todavía no me he dormido cuando ella me acusa.
-¿Por qué se está irritando tanto? ¿Le va a usted la vida en esta cuestión de si ronca?

-Si me estoy “irritando”, como dice usted, es tal vez porque me siento fastidiado, impaciente o frustrado por esta clase de conversación. De lo que se trata precisamente es de que enfáticamente no me va la vida en el supuesto problema de los “ronquidos”. Se trata precisamente de que si yo efectivamente «roncara” lo admitiría sin problemas y me limitaría a ponerme de lado o incluso me ofrecería para ir a dormir a la cama de Audrey y no pensaría más en el asunto salvo por cierto arrepentimiento natural por haber trastornado o “comprometido” el descanso de Hope. Pero es que de hecho yo sé que hay que estar dormido para roncar, y también sé cuándo estoy realmente dormido y cuándo no, y que en lo que sí me va la vida es en negarme a aplacar la cólera de alguien que no solo está siendo irracional sino ciegamente testaruda y obtusa al acusarme de algo de lo que no puedo ser culpable si no estoy dormido cuando de hecho todavía no me he dormido, debido en gran parte a lo tenso y agotado que me deja para empezar todo este absurdo conflicto.

FRAUDULENCIA

Extinción, DF Wallace. p.202
Y creo que nunca le mencioné al doctor Gustafson, acerca de la fraudulencia, probablemente porque se acercaba un poco demasiado a mí realidad personal. Hacia el final ella me comparó con algún instrumento médico o de diagnóstico extraordinariamente caro que puede averiguar más cosas de ti en un solo escaneado rápido de lo que tú podrías saber nunca sobre ti mismo: y, sin embargo, al instrumento no le importas tú, tú no eres más que una secuencia de procesos y códigos. Lo que la máquina entiende sobre ti no “significa” realmente nada para ella. Aunque sea realmente buena en lo que hace. Beverly tenía mal genio combinado con una potencia de fuego considerable, era alguien que no te convenía que se cabreara contigo. Ella me dijo que nunca había sentido en nadie como en mí una mirada tan penetrante, con tanto criterio y sin embargo tan completamente vacía de preocupación por uno, como si ella fuera un rompecabezas o un problema que yo estuviera intentando resolver. Me dijo que gracias a mí había descubierto la diferencia entre ser penetrada y conocida de verdad por oposición a ser penetrada y simplemente violada: no hace falta decir que su agradecimiento era sarcástico. Una parte de todo aquello no era más que su carácter emocional: le resultaba imposible terminar realmente una relación a menos que se quemaran todos los puentes y se dijeran cosas tan devastadoras que no quedara ninguna posibilidad de reacercamiento que la atormentara o le impidiera seguir con su vida. Con todo, aquello me llegó hondo, nunca olvidé lo que me dijo en aquella carta.

Aunque ser fraudulento y ser incapaz de amar fueran en última instancia lo mismo (una posibilidad que el doctor Gustafson nunca pareció tener en cuenta, no importa cuántas veces yo intenté hacérsela ver), ser incapaz de amar realmente era por lo menos un modelo o lente diferente a través de la cual ver el problema, además de que al principio parecía una forma prometedora de atacar la paradoja de la fraudulencia en términos de reducir la parte de odio a uno mismo que reforzaba el miedo y la tendencia consiguiente a intentar manipular a la gente para que proporcionara esa misma aprobación que yo me negaba a mí mismo. (El término que usaba el doctor Gustafson para referirse a la aprobación era validación) Aquel periodo fue en gran medida el cenit de mi carrera en el psicoanálisis,

FRAUDE

Extinción, DF Wallace. p. 173
EL NEÓN DE SIEMPRE

Toda la vida he sido un fraude. No estoy exagerando. Casi todo lo que he hecho todo el tiempo es intentar crear cierta imagen de mí mismo en los demás. La mayor parte del tiempo para caer bien o para que me admiraran. Tal vez sea un poco más complicado que esto. Pero, si uno lo piensa bien, se trataba de caer bien y de ser querido. Admirado, aprobado, aplaudido, lo que sea. Ya me entienden. En la escuela me fue bien, pero en el fondo mi motivación no era aprender ni mejorarme a mí mismo sino simplemente que me fueran bien las cosas, sacar buenas notas y entrar en los equipos deportivos y obtener buenos resultados. Tener un buen expediente académico e insignias de victorias deportivas en mi chaqueta para enseñarle a la gente. No me lo pasaba muy bien porque siempre tenía demasiado miedo de que no har1a las cosas lo bastante bien. El miedo me hacía esforzarme muchísimo, así que todo me iba siempre bien y terminaba consiguiendo lo que quería. Pero en realidad, en cuanto conseguía la mejor nota o ganaba el título deportivo de la ciudad o conseguía que Angela Mead me dejara ponerle la mano en el pecho, no sentía apenas nada más que tal vez miedo a no ser capaz de conseguirlo otra vez. La siguiente vez o cuando quisiera alguna otra cosa. Recuerdo estar en la sala de recreo en el sótano de Angela Mead en el sofá y que ella me dejara meterle la mano por debajo de la blusa y no ser capaz de sentir la suavidad viva o lo que fuera de su pecho porque lo único a lo que yo me dedicaba era a pensar: “Ahora soy el tipo al que Angela Mead le ha dejado tocarle las tetas”. Más tarde aquello me pareció muy triste. 
En la imagen DFW en Los Simpsons

FAKE

Extinción, DFWallace, p. 192
Pero la verdad es que enseguida dejé de ser alguien que estaba allí porque quería despertar y dejar de ser un fraude para convertirme en alguien que estaba ansioso por impresionar a la congregación y transmitirles la imagen de ser tan activo y devoto que me prestaba voluntario para hacer la colecta, y ni una sola vez me perdí un grupo de estudio, y estaba en dos comités distintos para coordinar la captación de fondos para el nuevo altar-acuario y decidir exactamente qué clase de equipamientos y peces se iban a usar en el travesaño. Además de que a menudo yo era el que estaba en primera fila y cuya voz en las respuestas era la más alta y el que agitaba las dos manos en el aire con mayor entusiasmo para demostrar que el Espíritu  había entrado en mí, y el que hablaba en idiomas extraños, inconsistentes sobre todo en des y ges-, salvo que por supuesto no era cierto, porque de hecho yo solo estaba fingiendo que hablaba en idiomas extraños porque todos los parroquianos que me rodeaban estaban hablando en idiomas extraños y tenían el Espíritu dentro, así que presa de una especie de emoción febril yo era capaz de engañarme incluso a mí mismo para pensar que realmente tenía al Espíritu moviéndose en mi interior y que estaba hablando en idiomas extraños cuando en realidad yo solo estaba gritando Dugga muggle ergle derglell una y otra vez. (En otras palabras, estaba tan ansioso por verme a mí mismo como alguien verdaderamente renacido que llegaba a convencerme a mí mismo de que aquel galimatías de los idiomas extraños era un idioma de verdad y que de alguna forma era menos falso que el inglés normal y corriente a la hora de expresar la sensación del Espíritu Santo avanzando como un camión gigante en mi interior.) Aquello duró unos cuatro meses. Por no mencionar el hecho de caerme de espaldas cada vez que el pastor Steve recorría la fila golpeando a la gente y me daba un golpe en la frente con la base de la mano, pero yo me caía hacia atrás a propósito, no es que me golpeara genuinamente el Espíritu como al resto de gente que había a ambos lados de mí (uno de ellos   llegó a desmayarse y tuvieron que hacerle volver en sí con sales). Solo fue mientras estaba saliendo al aparcamiento una noche después de la Oración Vespertina del Miércoles cuando de repente experimenté un destello de conciencia o de claridad o de lo que sea, en el que de pronto dejé de estafarme a mí mismo y me di cuenta 

INCIPIT 822. CONVERSACIONES CON DAVID FOSTER WALLACE

David Foster Wallace: una semblanza
William R. Katovsky / 1987
Arrival, verano de 1987.
David Wallace está arrodillado en el vestíbulo, como un golfista que trazara un putt. Se saca un Marlboro Light de sus pantalones de pana grises y lo enciende. Antes de que el cigarrillo le llegue a la boca de nuevo, una de sus alumnas, una chica universitaria, bronceada, fornida, con una espesa melena rubia melada, se le aproxima.
“No puedo ir a clase el jueves”, dice.
Desde la posición en que se encuentra, está de cara a la entrepierna de ella, así que se levanta, con el cigarrillo todavía a varios centímetros de los labios. “¿Puedes repetir eso?”, pregunta.
“No podré venir el jueves. Creo que he cogido bronquitis.”
Las pulseras que lleva en ambas muñecas hacen un sonido metálico, tintinean musicalmente mientras ella se aparta el flequillo de la frente. La clase de Lengua Inglesa 210, Introducción a la Escritura de Ficción, comienza en breve.
“Claro, yo tampoco me encuentro bien”, dice. “Acabo de superar una neumonía viral. Todo el mundo parece estar cogiendo la fiebre del Valle”
“Qué es eso?”
“¿La fiebre del Valle? Un hongo del desierto que viaja por el aire.”
Tose.
Ella se mueve nerviosa, vacilante. De nuevo se toca el flequillo. “¿Afectará a mi nota si no aparezco por clase?”
Él la mira friamente, frunciendo el ceño.

“Se supone que tengo que estar muy temprano en el aeropuerto al día siguiente para coger un vuelo a Hawái.”

INCIPIT 821. EXTINCION / DF WALLACE

SEÑOR BLANDITO
El Grupo de Discusión se reunió entonces de nuevo en otra de las salas de conferencias de la planta decimonovena de la Reesemeyer Shannon Belt Advertising. Todos los miembros devolvieron sus paquetes de Perfll de Respuesta Individual al monitor, que les fue dando las gracias a todos. La larga mesa de conferencias estaba equipada con sillas de cuero giratorias de ejecutivo. Los asientos no estaban asignados. Había agua de manantial embotellada y bebidas con cafeína a disposición de quienes las quisieran. La pared exterior de la sala de conferencias era una gruesa ventana de cristales tintados con una amplia y alta perspectiva de varias zonas del nordeste, y creaba un entorno espacioso, atractivo y con una iluminación más o menos natural que era bienvenido después de la insulsa luz fluorescente de los cubículos cerrados de los test. Un par de miembros del Grupo de Discusión Orientado se aflojaron la corbata mientras se apoltronaban en las cómodas sillas.

Había más muestras del producto dispuestas en una bandeja en el centro de la mesa de conferencias. Aquel monitor, igual que el que había guiado la multitudinaria reunión de Test de Producto y Respuesta Inicial esa misma mañana antes de que todos los miembros de los distintos Grupos de Discusión fueran separados en cubículos individuales insonorizados para que completaran sus Perftles de Respuesta Individual, estaba licenciado tanto en Estadística Descriptiva como en Psicología de la Conducta y era empleado del Equipo ll y, una empresa que estaba a la vanguardia de las investigaciones de mercado que la Reesemeyer Shannon Belt Advertising había empezado a usar de forma casi exclusiva durante los últimos años

TDA

Extinción, DF Wallace, p. 122
Porque es cierto que las ocurrencias más nítidas y perdurables de nuestras vidas son a menudo aquellas que tienen lugar en la periferia de nuestra conciencia. El significado de esto en relación con la historia de cómo aquellos de nosotros que no huimos de la clase de Educación Cívica presas del pánico llegamos a ser conocidos como “Los Cuatro Rehenes Inconscientes» es bastante obvio. En los test puede observarse que muchos escolares etiquetados como hiperactivos o aquejados de déficit de atención no es que sean incapaces de prestar atención sino que tienen dificultades para ejercer el control o tomar decisiones sobre a qué le prestan atención. Y sin embargo, lo mismo sucede en la vida: a medida que nos hacemos mayores, mucha gente percibe un cambio en los objetos de sus recuerdos. A menudo podemos recordar los detalles y las asociaciones subjetivas con mayor claridad que los acontecimientos en sí. Esto explica el sentimiento frecuente de “tener algo en la punta de la lengua” cuando uno intenta transmitir lo que es importante de algún recuerdo u ocurrencia. De forma similar, eso mismo es a menudo lo que complica tanto la comunicación trascendente con los demás cuando uno es mayor. A menudo los elementos sentidos y recordados con mayor nitidez a los demás les parecerán en el mejor de los casos tangenciales: el olor de los shorts de cuero de Velan cuando corría por el pasillo, o el dobladillo meticuloso en la parte superior de la bolsa para el almuerzo marrón de mi padre, por ejemplo, o incluso el retablo periférico de la pequeña Ruth Simmons mirando a ciegas hacia arriba mientras un círculo de niños y niñas de su edad la castigaba por la estatuilla platónica, y -al lado del mismo en la ventana pero en otra parte de la narración- en los bosques junto a la entrada pata coches de la finca del fabricante rico, la escena del señor Simmons, su padre, que aparecía y desaparecía dando tumbos de la escena mientras se agarrraba el muñón de su mano cortada, gimiendo y pidiendo ayuda mientras corría con su traje de color chillón para la nieve, y chocando todo el tiempo ciegamente contra los árboles del bosque

SOLIPSISMO

La chica del pelo raro / DF Wallace, p. 330-331
Pero todos, y Mark lo sabría si se hubiera molestado en preguntarle a J. D. Steelritter, que en los tiempos idílicos de los bares de solteros había investigado los miedos-procedentes-de-engaños-solipsistas, todos tenemos nuestros pequeños engaños solipsistas. Todos nosotros. La verdad está toda allí, registrada e ilustrada con gráficos en blanco y negro -y olvidada, ahora que el miedo a la enfermedad ha reemplazado al miedo de envejecer en soledad-, colocada en carpetas de aluminio polvorientas en un archivo recóndito de la agencia publicitaria J. D. Steelritter, en Collision, adonde se dirigen. Todos tenemos nuestros pequeños engaños solipsistas, nuestras sospechas macabras de ser totalmente singulares: creemos ser los únicos que llenamos la cubitera, que retiramos los platos limpios del lavavajillas, que meamos ocasionalmente en la ducha, los únicos a quienes les tiemblan los párpados en las primeras   citas. Que solo nosotros convertimos la súplica en cortesía. Que solo nosotros oímos el gemido dramático que se esconde tras el bostezo de un perro, el suspiro arcano que suena al abrir una jarra sellada herméticamente, la risotada estrepitosa al freír un huevo, el lamento en re menor al rugir la aspiradora. Que solo nosotros sentimos al anochecer ese pánico que siente el niño novato en el jardín de infancia cuando su madre se marcha y lo deja solo. Que solo nosotros amamos el solo-nosotros. Que solo nosotros necesitamos el solo-nosotros. El solipsismo es lo que nos une, y J.D. lo sabe. Sabe que nos sentimos solos en la multitud; que evitamos  reflexionar sobre qué es lo que ha creado la multitud. Que nunca somos otra cosa que caras en la multitud. De eso se alimenta Steelritter.

EVA MARIE SAINT

La chica del pelo raro, DF Wallace, p. 217
-Porque si nadie es como parece en realidad -le dije-, eso me incluye a mí.Y a ti.
Rudy elogió en voz alta la puesta de sol. Dijo que tenía un aspecto explosivo, rodeándonos por todas partes y a tan poca distancia del agua. Se reflejaba y se duplicaba en aquella parte del río. Pero él únicamente se había fijado en el agua. Yo había estado mirándolo.
-Oh, Dios mío -es lo que dijo Letterman cuando la cara del coordinador Reese, elegante pero con dos círculos de hollín alrededor de los ojos como si fuera un mapache, consiguió salir ilesa del círculo perfecto de explosivos humeantes. Al cabo de unos meses, después de que yo misma saliera indemne de una situación gracias a que me quedé en el centro, protegida por la quietud que se creó a partir del enorme estruendo del que yo, que era su causa, estaba justo en medio, y resguardada, me asombré nuevamente de lo sinceras y naturales que esas palabras resultaban en alguien que permanecía en aquella posición.
Y he recordado, y he trabajado muy duro para demostrarlo, que si algo tengo claro, es que soy una mujer que dice lo que piensa. Es así como quiero verme a mí misma para seguir adelante en la vida.
Y es por eso por lo que le pregunté a mi marido, mientras íbamos en nuestra limusina a reunirnos con Ron y Charmian y puede que también con Lindsay para tomar unas copas y cenar al otro lado del río, a costa de la NBC, cómo pensaba que él y yo éramos en realidad, si es que pensaba algo.

Lo cual resultó ser un error.

JOVENES AMERICANOS

La chica del pelo raro, DF Wallace. p. 119
-Puedes objetar que esto es muy fácil de decir, pero creo que lo han tenido todo muy fácil en la vida, joder. Esos jóvenes que son yippies y se manifiestan y usan la violencia y hacen actos públicos. Se lo dimos todo hecho, chaval. Mejor dicho, a sus padres. A los jóvenes de mi generación. Y estos jóvenes de ahora dicen que están cabreados. Nunca han tenido que preocuparse ni sufrir ni pasarlo mal en realidad. No conocieron la gran depresión y no saben qué es estar triste. -Me miró-. ¿A ti te parece que eso está bien?
Le devolví la mirada.

-Me parece que estoy empezando a creer que a lo mejor la gente necesita un poco de sufrimiento. ¿Sabes lo que implica eso? Implica que tal vez toda nuestra agenda de programas domésticos es incorrecta, chaval. Voy camino de pensar que algo huele mal justo en el medio de todo esto. -Inhaló con la nariz, viendo cómo los manifestantes bailaban-. Estamos evitando el sufrimiento de la gente con todos esos programas domésticos -dijo- y no les damos nada para reemplazarlo. Míralos cómo bailan ahí delante, gritando “vete a tomar por el culo”, como si ellos hubieran inventado los culos y me hubieran inventado a mí, al presidente, mira hacia allí y verás lo que veo yo ahora. Veo un puñado de animales que necesitan un poco de sufrimiento para ser americanos de verdad por dentro, chaval, y si no somos nosotros quienes les damos un poco de sufrimiento, ellos mismos irán a buscarlo por su cuenta. Se apropiarán del sufrimiento de unos jóvenes asiáticos que están atrapados en la lucha entre dos bandos. Irán, cogerán el sufrimiento de aquella gente y se lo apropiarán. Ese sufrimiento les estimula, hijo. Estoy empezando a creer que la juventud de América necesita algún estímulo genuino. Esos jóvenes de ahí fuera se están inventando sus propios estímulos. Se los están inventando por completo, usando como pretexto a un puñado de jóvenes asiáticos que no se agacharían para ayudar a tu mamá a hacer pis. Nosotros, sus líderes, no les damos nada de lo que quieren. Piensan que la prosperidad y el liderazgo son aburridos. Dios bendiga el patetismo general de sus almas. -Aplastó la nariz contra el cristal de la ventana. Viéndolo allí delante tuve una visión fugaz de un niño frente a una tienda de dulces.

LYNDON BAINES JOHNSON

La niña del pelo raro, DF Wallace. p. 989-99
-Llámame señor Johnson [Lyndon Baines Johnson], chaval -dijo Lyndon, manoseando una faltriquera sin reloj que le sobresalía del chaleco-. Puedes llamarme señor a secas.
Encendió otra lámpara y se sentó con gesto fatigado a la mesa de Nunn, un becario de Tufts que había venido para trabajar en verano.
-Esto no es trabajo tuyo, chaval. -Señaló el castillo de color blanco que yo había construido con montones de cartas-. ¿Te pagamos para que hagas esto?
-Alguien tiene que hacerlo, señor. Y yo admiro la Directiva del Mismo Día. Asintió con la cabeza, complacido:
-Me la inventé yo.
-Creo que es admirable cómo se preocupa usted por el correo, señor.
Hizo un chasquido característico con la lengua que hacía a menudo cuando pensaba:
-A lo mejor no lo es tanto si un pobre chaval tiene que pasarse la noche en vela, con los ojos irritados y sin cobrar un centavo.
-Alguien tiene que hacerlo -dije. Y era verdad.
-Eso es una verdad como un templo, hijo -dijo. Puso una de sus botas encima del fichero de Nunn, abrió un par de sobres y miró dentro-. Pero muy mal andaríamos si todas las mujeres con un poco de sentido común dejaran que sus maridos todavía estuvieran trabajando a estas horas y no volvieran a su lado hasta las doce de la noche.
Me miré el reloj y luego miré la puerta  del despacho de Lyndon. Lyndon entendió mi gesto y sonrió. Era una sonrisa amable: -Yo llevo a mi Claudia “Ladybird”. Johnson aquí dentro, chaval-dijo y se tocó el pecho en el sitio donde tenía la cicatriz de su reciente bypass (le había enseñado su cicatriz a todo el personal)-. Igual que mi Ladybird me lleva a mí en el corazón. Cuando uno entrega su vida a los demás, cuando uno empeña su salud, su mente y las ideas de su intelecto para servir al pueblo, entonces uno tiene que llevar a su mujer dentro, y ella a él, «en la distancia, en la separación y en la soledad”. -Sonrió de nuevo e hizo una mueca mientras se rascaba un sobaco.
Lo miré por encima de una balanza para el correo. -Usted y la señora Johnson parecen una pareja muy afortunada, señor.
Me miró. Se puso las gafas. Sus gafas tenían una montura bastante rara, de un color claro y acuoso, como si estuvieran llenas de líquido.
-Mi Ladybird y yo hemos tenido suerte, ¿verdad? Claro que sí.
-Yo creo que sí, señor.

-Pues claro, coño. -Miró otra vez el correo-. Claro, coño.

INCIPIT 820. JUVENTUD / JM COETZEE

Vive en un apartamento de una sola habitación junto a la estación de ferrocarril de Mowbray que le cuesta once guineas al mes. El último día laborable de cada mes coge el tren para ir a la ciudad, a Loop Street, donde A. & B. Levy, agentes inmobiliarios, tienen su placa metálica y su despacho minúsculo. Al señor B. Levy, el menor de los hermanos Levy, le entrega el sobre con el alquiler. El señor Levy vacía el sobre encima de su mesa abarrotada y cuenta el dinero. Gruñendo y sudando, le hace un recibo.
-¡ Voila, joven! -dice, y se lo da haciendo una floritura. Se esfuerza mucho para no retrasarse con el alquiler porque está en el apartamento de manera fraudulenta. Cuando firmó el contrato de arrendamiento y les pagó la entrada a A. & B. Levy, no rellenó su ocupación con «estudiante”, sino con “ayudante de bibliotecario", y dio la biblioteca de la universidad como dirección de trabajo.

No es mentira, o no del todo. De lunes a viernes trabaja atendiendo el mostrador de la sala de lectura por las noches. Es un trabajo que la mayoría de los bibliotecarios, sobre todo mujeres, prefieren no hacer porque por las noches el campus, situado en la ladera de una montaña, resulta demasiado lúgubre y solitario. Incluso él siente un escalofrío cuando abre la cerradura de la puerta y avanza a tientas por el pasillo a oscuras hasta el interruptor central. A un maleante le resultaría muy sencillo esconderse entre las estanterías cuando el personal se va a casa a las cinco en punto, luego desvalijar las oficinas. Él se estremece

INCIPIT 819. INFANCIA / JM COETZEE

Viven en una urbanización a las afueras de Worcester, entre las vías del ferrocarril y la carretera nacional. Las calles de la urbanización tienen nombres de árboles, aunque todavía no hay árboles. Su dirección es: Poplar Avenue, avenida de los álamos, número doce. Todas las casas de la urbanización son nuevas e idénticas. Están alineadas en extensas parcelas de arcilla rojiza donde nada crece y separadas con alambre de espino. En cada patio trasero hay una pequeña construcción con un cuarto y un lavabo. Aunque no tienen criados, los llaman «el cuarto de los criados» y «el lavabo de los críados”. Utilizan la habitación de los criados para almacenar trastos: periódicos, botellas vacías, una silla rota, una estera vieja.

Al fondo del patio instalan un gallinero para tres gallinas, con la esperanza de que pongan huevos. Pero las gallinas no medran. El agua de la lluvia, que la arcilla no filtra, se encharca en el patio. El gallinero se transforma en una ciénaga hedionda. A las gallinas les salen bultos en las patas, como piel de elefante. Enfermas y contrariadas, dejan de poner huevos. La madre lo consulta con su hermana de Stellenbosch, que le asegura que solo volverán a poner si se les extirpa la membrana callosa que tienen bajo la lengua. Así que la madre va colocándose las gallinas una tras otra entre las rodillas, les aprieta el pescuezo hasta que abren el pico, y con la punta de un cuchillo corta en sus lenguas. Las gallinas chillan y se debaten, con los ojos desorbitados. 

AMANTES

La chica del pelo raro, DF Wallace, p. 95-96
Mi amante Jeffrey salía con un grupo de tejanos amantes de la vida social, un poco artificiosos pero simpáticos, y una de ellos era Margaret Childs, una chica alta y fornida que en un  momento dado declaró, por motivos desconocidos, que estaba enamorada de mí. La rechazé con tanto tacto como me fue posible. Simplemente no estaba interesado en ella. Pero Jeffrey se enfureció. Me explicó que sus amigos no sabían que era homosexual y que no podían enterarse. Al mismo tiempo intentó convencerme para que rechazara a Margaret, lo cual era bastante dificil. Obstinada y lo bastante inteligente como para padecer un aburrimiento crónico, Margaret empezaba a estar desconcertada y sospechaba de los intentos (bastante poco sutiles) de Jefttey para apartarme de ella. Olió un posible drama y se lanzó en pos de ese rastro, Jeffrey se puso celoso como un maníaco. Durante mi primer año de empresariales, míentras estaba comprando unas pelotas de golf para mi padre como todos los años por Navidad, Jeffrey y Margaret se las tuvieron en público y armaron un escándalo en una cafetería de Beat, New Haven. Jeffrey rompió de una patada un mostrador lleno de rosquillas. Hubo cierta información que se hizo pública. Una parte de esta información llegó hasta mis padres, que eran amigos de los padres de dos de mis compañeros de casa. Mis padres vinieron a verme en persona al campus de Yale. Estaba nevando. Fuimos a comer a Morty's con mis padres y mis compañeros de alojamiento y Jeffrey se puso tan nervioso que tuvimos que llevarlo al lavabo para tranquilizarlo. Mi padre le limpió la frente con toallas húmedas de papel.Jeffrey no paró de decirle a mi padre que era muy, muy amable.
Antes de que mis padres se marchamo -ya tenían las manos literalmente en las manecillas de las portezuelas de su camioneta-, mi padre, con los pies hundidos en la nieve, me preguntó si no podía controlar mis preferencias sexuales. Me preguntó si, en caso de conocer a la mujer adecuada, sería capaz de entablar una relación de amor heterosexual, de casarme, montar una familia y llegar a ser un pilar de la comunidad donde eligiera vivir. Mi padre me explicó que esto era todo lo que él y mi madre deseaban fervientemente para mí, su único hijo, a quien amaban más allá de  cualquier juicio. Mi madre no decía nada. La recuerdo observando el vapor de mi aliento con cierto interés distante, mientras yo les explicaba por qué me parecía que no era capaz de hacer lo que mi padre me pedía y que por tanto no iba a hacerlo. Invoqué toda la sabiduría de los años cincuenta sobre desviaciones sexuales e incluso invoqué a una especie de dios de los glandes, igual que un chamán le echa la culpa a los espíritus del mundo vegetal para justificar una mala cosecha. Mi padre fue asintiendo con la cabeza a lo largo de aquella conversación tan seria y civilizada mientras que mi madre ojeaba los mapas de la guantera. Cuando una semana después empezaron las vacaciones y yo no fui con ellos, mi padre me envió una postal, mi madre un cheque y algunas sobras de comida envueltas en papel de aluminio.

Solamente los vi una vez más antes de que mi padre se muriera de manera inesperada. Yo había dejado a Jeffiey y el disgusto me llevó a intimar con Margaret Childs, que no había dejado de perseguir su propósito con la misma obstinación. La mala fortuna quiso que Jeffrey viera en aquello razón suficiente para quitarse la vida, y se la quitó de una manera especialmente desagradable. Y en la mesa que había junto a los tubos de la calefacción de los cuales se colgó, dejó una nota -un documento- escrupulosamente mecanografiado, tan lleno de verdades absolutas mezcladas con invenciones totales que la administración de la facultad de empresariales me pidió que abandonara la universidad de Yale. Unas cuantas semanas después de velar a mi padre me casé con Margaret Childs, a la sombra de un mezquite y vigilados por las miradas azules de mi madre y del cielo de Houston, y nos unimos por un sistema de votos, promesas de fortaleza, disimulo, resistencia y compasión que iba mucho más allá de las prescripciones rituales del párroco baptista de la familia Childs.
En la imagen, De repente el útimo verano

LESBIA

La niña del pelo raro, DF Wallace, p. 47-48
-Tengo un sueño -le dice Alex Trebek al psiquiatra con las cejas en forma de circunflejos-. En ese sueño estoy sonriendo de pie delante de un atril en un montículo en medio del campo. Es un campo de tréboles muy verde y todo lleno de conejos. Los conejos están sentados mirándome. Debe de haber varios millones de conejos en ese campo. Y todos están sentados mirándome. Algunos agachan la cabeza para comer tréboles. Pero sus ojos nunca se apartan de mí. Están allí sentados mirándome, un millón de conejitos, y yo los miro a ellos.
-Tío -dice Patricia («Patty-Jo») Smith-Tilley-Lunt, rotunda e inexpresiva, detrás de la caja registradora del restaurante HolidayInn en el hotel Holiday-lnn, en la carretera interestatal 70, a su paso por Ashtabula, Ohio-:Tío tío tío tío.
-No -dice Faye-. Conozco a un hombre en el parque. Los dos estamos paseando. El hombre tiene un cachorro, el cachorrillo más bonito y tierno que he visto jamás. El cachorro está atado con una correa pequeña. Cuando me encuentro con el hombre, el cachorrillo mueve la cola con tanta fuerza que pierde el equilibrio. El hombre me deja jugar con su cachorrillo. Le rasco la barriga y él me lame la mano. El hombre lleva el almuerzo en una cesta. Pasamos el día entero en el parque con el cachorro. Cuando se pone el sol estoy totalmente enamorada del hombre del cachorrillo. Paso la noche con él. Le dejo entrar dentro de mí. Me enamoro de él.  Empiezo a ver al hombre y su cachorrillo cada vez que cierro los ojos.
»Tengo una cita con el hombre del parque un par de días más tarde. Esta vez trae un cachorro distinto, otro cachorrillo precioso que menea la colita y nos lame la mano a los dos. El hombre dice que es un hermano del primer cachorrillo.
-Oh,Faye.
-Y la cosa no termina aquí. Yo me cito con el hombre en el parque y él trae un cachorro distinto cada vez. Y es tan cariñoso y atento conmigo y con los cachorros que pronto me enamoro  locamente. Una mañana estoy tan enamorada que lo sigo hasta el trabajo, solamente para darle una sorpresa, para pillarlo con un vaso de zumo y una galleta danesa. Pero lo sigo y descubro que en realidad es un investigador de una firma de cosméticos que prueba sus productos con cachorrillos y luego los mata y los disecciona. Pero antes de experimentar con cada cachorrillo lo lleva al parque y le da un paseo. Y usa a los preciosos cachorros para atraer mujeres y seducirlas.

-Te sientes tan irritada y asqueada que te haces lesbiana –dice Julie.

HOMBRES ADULTOS AMERICANOS

Hablemos de langostas, DF Wallace, p. 11
La Academia Americana de Medicina de Urgencias lo confirma: entre una y dos docenas de hombres adultos americanos ingresan todos los años en urgencias después de haberse castrado a sí mismos. Normalmente con utensilios de cocina, y a veces con cortaalambres. A modo de respuesta a la pregunta obvia, los pacientes que sobreviven a menudo explican que sus deseos sexuales se habían convertido para ellos en una fuente de conflicto y ansiedad intolerables. El deseo de un alivio perfecto, unido a la imposibilidad en el mundo real de obtener ese alivio perfecto y de obtenerlo en el momento deseado, les habían producido una tensión que ya no podían soportar.

Es a los hombres de más de treinta años con problemas de testosterona cuyos casos se han documentado en los dos últimos años a los que estos enviados especiales desean dedicar el presente artículo. Y a aquellas almas atormentadas que se estén planteando la autocastración en 1998 deseamos decirles: «¡Alto! ¡Quita esa mano! ¡Deja en paz esos utensilios de cocina y/o cortaalambres!”. Porque creemos haber encontrado una alternativa.

INGLES POLITICAMENTE CORRECTO

Hablemos de langostas, DF Wallace, p. 142-13
(Inglés Políticamente Correcto), según cuyas convenciones los alumnos que suspenden se convierten en alumnos de «alto potencial” y la gente pobre en gente “económicamente desaventajda» y la gente que va en silla de ruedas en gente “con capacidades distintas”y una frase como “El inglés blanco y el inglés negro son distintos, y será mejor que aprendas inglés blanco o no vas a sacar buenas notas” no es franca sino «poco sensible». Aunque es normal hacer chistes sobre el IPC (hablar de la gente fea como “estéticamente desaventajada”, etcétera), sepan ustedes que las diversas prescripciones y proscripciones del inglés políticamente correcto han sido tomadas muy pero que muy en serio por las universidades y las corporaciones y las organizaciones gubernamentales, cuyos dialectos institucionales ahora evolucionan bajo el escrutinio sombrío de todo un nuevo tipo de Policía del Lenguaje.
Desde una perspectiva determinada, el ascenso del IPC pone de manifiesto una especie de ironía leninista-estalinista. Es decir, los mismos principios que dieron forma a la revolución descriptivista original-a saber, el rechazo de la autoridad tradicional (nacido del Vietnam) y de la desigualdad tradicional (nacido del movimiento por los derechos civiles)- han acabado produciendo un normativismo mucho más inflexible, que no soporta la carga de la tradición ni de la complejidad y que está respaldado por la amenaza de sanciones en el mundo real (despidos, litigios) para aquellos que no obedecen. Esto es gracioso de una forma sombría, tal vez, y es cierto que la mayoría de las críticas al IPC parecen consistir en reírse del hecho de que es una moda o de que es superficial. La opinión personal de este reseñista es que el IPC normativo no es solo tonto sino ideológicamente confuso y dañino para su propia causa.
A continuación doy mis argumentos a favor de esa opinión. El uso de la lengua siempre es político, pero lo es de forma compleja. Con relación, por ejemplo, al cambio político, las convenciones sobre el uso de la lengua pueden funcionar de dos maneras: por un lado pueden ser un reflejo del cambio político, y por otro lado pueden ser un instrumento del cambio político. Lo importante es que esas dos funciones son distintas y que hay que mantenerlas separadas. Confundirlas - y en concreto, tomar por eficacia política lo que no es más que un simbolismo político del lenguaje- permite la grotesca convicción de que América deja de ser elitista o injusta simplemente porque los americanos dejan de usar cierto vocabulario que se asocia históricamente con el elitismo y la injusticia. Esta es la falacia central del IPC -que el modo de expresión de una sociedad es lo que produce esas actitudes en lugar de un producto de las mismas-, y por supuesto no es nada más que el reverso del engaño SNOOT y políticamente conservador según el cual los cambios sociales se pueden retrasar restringiendo los cambios en el uso de la lengua estándar.

Pero olviden ustedes la estalinización o los subterfugios de primer curso de lógica. El inglés políticamente correcto encierra una ironía más repulsiva. Que es el hecho de que el IPC afirma ser el dialecto de la reforma progresista pero de hecho -con su colocación orwelliana de los eufemismos de la igualdad social en el lugar de la igualdad social en sí- resulta de mucha más ayuda para los conservadores y para el estado de las cosas en América  de lo que han resultado nunca las normas tradicionales de los SNOOT. Si yo, por ejemplo, fuera un conservador político que se opusiera al uso de los impuestos como medio para redistribuir la riqueza nacional, me encantaría ver cómo los progresistas políticamente correctos gastan su tiempo y su energía discutiendo sobre si a una persona pobre hay que llamarla “de ingresos bajos”,  “económicamente desaventajada”  o “pre-próspera” en lugar de  construir argumentos públicos eficaces a favor de leyes redistributivas o de elevar los márgenes de las tasas fiscales. (Por no mencionar el hecho de que los códigos estrictos del eufemismo igualitarista sirven para ocultar la clase de discurso doloroso, feo y a veces ofensivo que en una democracia pluralista llevaría a un cambio político verdadero y no a un simple cambio político simbólico. En otras palabras, el IPC actúa como forma de censura, y la censura siempre está al servicio del estado de las cosas.) 

MODISMOS

Hablemos de langostas, DF Wallace, p. 35-36
O eres parte del grupo o no lo eres. Los actores y actrices, al constituir el núcleo fisil de la industria, forman obviamente parte del grupo. Pese a su poder financiero, los ejecutivos de los estudios y los productores no acaban de formar parte del grupo, y los directores (sobre todo aquellos que nunca han pasado por la iniciación de tener relaciones sexuales delante de la cámara) forman menos parte que los actores y actrices. Los reseñistas de películas y periodistas especializados todavía forman menos parte que los ejecutivos, y los periodistas no especializados están muy, pero muy lejos del grupo, y son de una casta casi tan baja como la enorme masa de fans del porno (el término con que los iniciados designan a dichos fans es: mostrencos). 18
18. •Mostrenco• viene a significar más o menos Jo mismo que significaba •zopenco• entre los trabajadores de las ferias ambulantes. Como todas las comunidades psicológicamente  amuralladas, la industria del cine para adultos está atiborrada de códigos y jerga. •Leña• es una erección lista para las cámaras; “leñador” es un actor masculino de potencia fiable; y •esperar leña• es una forma discreta de explicar lo que hacen todos los demás miembros del equipo de rodaje y del reparto mientras un actor masculino está experimentando •problemas de leña•, una expresión que no requiere explicación. Una •SS• es una escena de sexo; una •DP• es una penetración doble: véase el semiclásico de 1996 NYDP Blue. (Ciertas actrices especialmente estoicas y/ o capaces están al parecer dispuestas a rodar penetraciones •triples•, pero esta clase de actrices escasea y por suerte también las penetraciones triples.) •Culo y chocho• denota una película donde hay SS tanto anales como vaginales. •Tiro/tirar al plato• es un término que se usa tanto para el acto del orgasmo masculino (•tiran) como para el material emitido en el mismo (el "tiro”). (Nota: sin embargo, tanto H. Hecuba como D. Filth aseguran que uno sus grandes desafíos como reseñistas es que se les sigan ocurriendo  sinónimos joviales y evocativos del semen.) El “dinero” -abreviatura de “plano del dinero” es un orgasmo masculino filmado con éxito, lo cual por supuesto tiene lugar en  un cien por cien de las veces fuera de la participante femenina; p. ej .• un •facial• es un •dinero• donde el plato se tira sobre la mejilla o la frente de la pareja sexual. “Chica-chica! se refiere a una SS sáfica, de las que parece que siempre tiene que haber por lo menos una en toda película hetera. •Manga• denota una perspectiva directa y en profundidad de un orificio dilatado y listo para la leña. Una “chica-B” es una actriz pomo de segunda o tercera fila que cobra menos que una estrella femenina y que suele estar dispuesta a SS más perversas, degradantes o dolorosas. “Mullir (v)” es una actividad oral no filmada que se usa para inducir, mantener o aumentar la leña de los leñadores (y en las películas porno de alto presupuesto suelen emplearse lo que se llama •mullidoras•. que son normalmente chicas-B que están esperando).
EJERCICIO: Usen por lo menos ocho (8) de los términos de la industria del cine para adultos arriba mencionados en una frase gramaticalmente correcta.

MUESTRA DE SOLUCIÓN: “Después de esperar leña bastante rato, una chica-B mulló al leñador novato hasta que este pudo participar en una SS de DP cuyas mangas frecuentes requerían leña máxima, y, después de un inicio vacilante, la SS terminó siendo un espectacular facial doble en el que la estrella femenina hizo un verdadero despliegue de profesionalidad al conseguir permanecer entusiasta incluso después de que le cayera algo del tiro en el ojo derecho”.

World’s Biggest Gang Band 2

Hablemos de langostas, DF Wallace, p. 33-34
17. De acuerdo con Dick Filth, el embrollo empezó cuando Hecuba se coló en la fiesta y fue avistado por la señorita Nici Sterling, sobre la cual el señor Hecuba había dicho en una reseña reciente de una película que no estaba claro si ganaría alguna vez un concurso de belleza, pero estaba claro que sabía chupar pollas. Parece ser que fue la broma del concurso de belleza lo que hirió los sentimientos de la señorita Sterling, que al ver a H. H., y experimentando esa relajación de las inhibiciones sociales por la que son famosas las fiestas de todas clases, se fue directa hacia Hecuba, soltó un par de improperios a todo volumen y trató de propinarle al periodista un golpe cruzado de derecha con la palma abierta, momento en el que H. H. tuvo la bastante presencia de ánimo (ayudado tal vez por los tacones de quince centímetros que hacían que el equilibrio de la señorita Sterling fuera precario y la obligara a mandar el golpe por telégrafo) como para agarrarle la mano antes de que esta consiguiera mandarle las  trifocales por los aires. Y en ese momento, a su vez, la señorita Jasmín Saint Claire, al ver que Harold Hecuba estaba agarrando la mano en alto de una agitada y desequilibrada Nici Sterling, se deshizo del marcaje de metro de ancho de Ron “el Erizo” Jeremy, saltó sobre la espalda de Hecuba y empleó lo que Filth aseguró que fue una presa de cuello estilo policía de Los Ángeles de lo más auténtica e impresionante, provocando que Hecuba diera un giro de 360 grados en un esfuerzo para  sacarse de encima a la señorita Saim Claire mientras todavía tenía oxígeno en el cerebro para hacerlo, lo cual mandó a la señorita Sterling contra Randy West y le deshizo el peinado al señor West por primera vez desde que a la industria le alcanzaba la memoria, además de provocar (por lo que Filth creía recordar) que las trifocales especiales autotintadas de H. H. salieran disparadas, volaran trazando un arco de una punta a otra de la sala y  aterrizaran en el escote prohibido de la señorita Christy Canyon, de donde nunca se recuperaron (las gafas) ni se supo nunca más.

Filth también explica que el Incidente Sterling no fue más que la punta del iceberg o la paja del camello en lo tocante a la relación entre Jasmin Saint Claire y Harold Hecuba. Parece ser que H. Hecuba también le había hecho una entrevista hacía poco a J. St. C. en la que ella había  revelado a nivel personal que había cogido la cantidad más bien astronómica de dólares que estaba ganando gracias World’s Biggest Gang Band 2 y la estaba invirtiendo en una (bastante cutre, daba la impresión) cadena de máquinas expendedoras de chicles pornográficos por toda  a costa de California, y Hecuba había elegido incluir dicha revelación en la entrevista publicada, y al parecer la señorita Saint Claire se puso furiosa porque Hecuba hubiera hecho pública su estrategia secreta de inversión, convencida de que ahora todo el mundo iba a querer meterse en el negocio de las máquinas expendedoras de chicles de temática para adultos y que eso iba a saturar el mercado, de manera que ya hacía tiempo que Jasmin Saint Claire se la tenía jurada a Harold Hecuba, y es más que posible que viera el Incidente Sterling más como una excusa conveniente que como lo que parecía ser el rescate de una colega en apuros: D. Filth dice que el debate acerca de las motivaciones que provocaron el fiasco de la presa de cuello/giro de 360 grados/peinado/escote lleva ya veinte meses coleando con vigor y asumiendo múltiples formas.

PROTECCION DEL BIENESTAR DE ADULTOS

Hablemos de langostas, DF Wallace, p. 17
El actor porno de treinta y cuatro años Cal Jarnmer se suicidó en 1995. Las estrellas femeninas Shauna Grant, Nancy Kelly, AlexJordan y Savannah se han suicidado durante la última década. Savannah y Jordan recibieron los premios a la Mejor Actriz Debutante en 1 991 y 1992, respectivamente. Savannah se suicidó después de quedar ligeramente desfigurada en un accidente de coche. Alex Jordan es famosa por haber dirigido su nota de suicidio a su pájaro. El técnico de rodaje y actor Israel González se suicidó en un almacén de una empresa de porno en 1997.

Un grupo de apoyo con sede en Los Ángeles llamado PAW (Protecting Adult Welfare, es decir, “Protección del Bienestar de Adultos”) tiene una línea telefónica de emergencia de   veinticuatro horas para gente que trabaja en la industria del cine para adultos. El noviembre pasado se llevó a cabo un evento destinado a recaudar fondos para la PAW en la bolera de Mission Hills, California. Era un torneo de bolos nudista. Docenas de estrellas femeninas aceptaron participar. Asistieron dos o tres centenares de fans del vídeo para adultos que pagaron por verlas jugar desnudas a los bolos. No participaron ni dieron dinero ninguna productora ni tampoco ejecutivos de las mismas. El evento recaudó seis mil dólares, que es un poco menos que dos millonésimas partes de los ingresos brutos anuales del porno.

INCIPIT 818. LA CHICA DEL PELO RARO / DF WALLACE

ANIMALITOS INEXPRESIVOS
Es 1976. El cielo está encapotado y lleno de nubes grises. Son unas nubes bulbosas, arrugadas y brillantes. El cielo parece un cerebro. Debajo del cielo hay un campo azotado por el viento. Una autopista blanquecina se extiende junto al campo. Pasan muchos coches. Uno de los coches se detiene al lado de la autopista. Dos niños pequeños salen del coche, acompañados por una mujer joven con cara de palo. Al volante hay un hombre que mira fijamente hacia delante. Los niños están callados y tienen la piel muy pálida. La mujer lleva algo pesado dentro de una bolsa de la compra. Sostiene la bolsa con cara inexpresiva. Lleva a los niños pálidos y la bolsa hasta el poste de una cerca de madera que hay en el campo, junto a la autopista. Los niños tienen las manos pequeñas y las colocan sobre el poste. La mujer les dice que sigan tocando el poste hasta que vuelva el coche. Ella entra en el coche y se marcha. Hay una vaca en el campo, junto a la cerca. Los niños tocan el poste. El viento sopla. Pasan muchos coches. Se quedan allí todo el día.

Es 1970. Una mujer con el pelo de color rojo intenso está sentada a varias filas de distancia de la pantalla de un cine. A su lado se sienta una niña con un vestido. Acaba de empezar una película de dibujos animados. Los ojos de la niña se meten en los dibujos. Detrás de la mujer solo hay oscuridad. Un hombre se sienta a su lado. Se inclina hacia delante. Sus manos se enredan en el pelo de la mujer.

INCIPIT 817. HABLEMOS DE LANGOSTAS / DF WALLACE

GRAN HIJO ROJO
La Academia Americana de Medicina de Urgencias lo confirma: entre una y dos docenas de hombres adultos americanos ingresan todos los años en urgencias después de haberse castrado a sí mismos. Normalmente con utensilios de cocina, y a veces con cortaalambres. A modo de respuesta a la pregunta obvia, los pacientes que sobreviven a menudo explican que sus deseos sexuales se habían convertido para ellos en una fuente de conflicto y ansiedad intolerables. El deseo de un alivio perfecto, unido a la imposibilidad en el mundo real de obtener ese alivio perfecto y de obtenerlo en el momento deseado, les habían producido una tensión que ya no podían soportar.

Es a los hombres de más de treinta años con problemas de testosterona cuyos casos se han documentado en los dos últimos años a los que estos enviados especiales desean dedicar el presente artículo. Y a aquellas almas atormentadas que se estén planteando la autocastración en 1998 deseamos decirles: “Alto! ¡Quita esa mano! ¡Deja en paz esos utensilios de cocina y/o cortaalambres!”. Porque creemos haber encontrado una alternativa. Todas las primaveras, la Academia de las Artes y de las Ciencias Cinematográficas presenta sus premios a los logros más significativos en todos los aspectos del cine comercial. Se trata de los Premios de la Academia. El cine comercial es una de las industrias más importantes de Estados Unidos, igual que los Premios de la Academia.

BOLAÑO EN MEXICO

Los detectives Salvajes, Roberto Bolaño, p. 216-217
Amadeo Salvatierra, calle República de Venezuela, cerca del Palacio de la Inquisición, México DF, enero de 1976. Cuando encontré mi ejemplar de Caborca lo acuné entre los brazos, lo miré y cerré los ojos, señores, porque uno no es de piedra: y luego abrí los ojos y seguí rebuscando entre mis papeles y di con la hoja de Manuel, el Actual n.1, la que pegó en las bardas de Puebla en 1921, aquel en donde habla de cela vanguardia actualita de México, qué mal suena pero qué bonito es, ¿verdad?, Y en donde también dice «mi locura no está en los presupuestos», ay, las vueltas que llega a dar la vidorria, «mi locura no está en los presupuestos». Pero también tiene cosas bonitas como cuando dice: “Exito a todos los poetas, pintores y escultores jóvenes de México, a los que aún no han sido maleados por el oro prebendario de los sinecurismos gobiernistas, a los que aún no se han corrompido con los mezquinos elogios de la crítica oficial y con los aplausos de un público soez y concupiscente, a todos los que no han ido a lamer los platos en los festines culinarios de Enrique González Martínez, para hacer arte con el estilicidio de sus menstruaciones intelectuales, a todos los grandes sinceros, a los que no se han descompuesto en las eflorescencias lamentables y mefíticas de nuestro medio nacionalista con hedores de pulquería Y rescoldos de fritanga, a todos ésos, los exito en nombre de la  vanguardia actualista de México, para que vengan a batirse a nuestro lado en las lucíferas filas de la decouvert ... » Pico de oro era. Manuel. ¡Pico de orol Ahora, que algunas palabras yo no las entiendo. Por ejemplo: exito, debe querer decir convoco, llamo, exhorto, hasta conmino, a ver, busquemos en el diccionario. No. Sólo aparece éxito. En fin, puede que elitista, puede que no. Incluso, uno nunca sabe, puede que fuera una errata y que donde dice exito deba decir exijo, lo cual sería muy propio de Manuel, digo, del Manuel que yo entonces conocí. O puede que sea un latinajo o un neologismo, vaya uno a saber. O un término caído en desuso. Y eso fue lo que les dije a los muchachos. Les dije: muchachos, así era la prosa de Manuel Maples Arce incendiaria y atrabancada, llena de palabras que nos ponían cachondos, una prosa que puede que ahora no les diga nada pero que en su época cautivó a generales de la Revolución, a hombres bragados que habían visto morir y que habían matado y que cuando leyeron o escucharon las palabras de Manuel se quedaron como estatuas de sal o estatuas de piedra, como diciendo qué chingados es esto, una prosa que prometía una poesía que iba a ser como el mar, como el mar en el cielo de México. 

BOLAÑO EN BARCELONA

Los detectives salvajes, Roberto Bolaño, p. 220
Felipe Müller, bar Céntrico, calle Tallers Barcelona, mayo de 1977. Arturo Belano llegó a Barcelona a casa de su madre. Su madre hacía un par de años que vivía aquí. Estaba enferma, tema bipertiroidismo y había perdido tanto peso que parecía un esqueleto viviente.
Yo por entonces vivía en. casa de mi hermano, en la calle Junta de Comercio, un hervidero de chilenos. La madre de Arturo vivía en Tallers, aquí, en donde ahora vivo yo, en esta casa sin ducha y con el cagadero en el pasillo. Cuando llegué a Barcelona le traje un libro de poesía que había publicado Arturo en MéxIco. Ella lo miró y murmuró algo, no sé qué, algo como un desvarío. No estaba bien. El hipertiroidismo la hada moverse constantemente de un lado a otro, presa de una actividad febril Y lloraba muy a menudo. Los ojos parecían salírsele de las órbitas. Le temblaba el pulso. A veces tenía ataques de asma, pero se fumaba ella sola una cajetilla de cigarrillos al día. Fumaba tabaco negro, igual que Carmen, la hermana menor de Arturo, que vivía con su madre pero que pasaba casi todo el día fuera de casa. Carmen trabajaba en la Telefónica, haciendo limpieza, y salía con un andaluz del Partido Comunista. Cuando yo conocí a Carmen en México, era trotskista y aún seguía siéndolo, pero igual salía con el andaluz, que al parecer era si no un estalinista convencido, sí un brezhnevista convencido, para el caso que nos ocupa casi lo mismo. En fin, un enemigo acérrimo de los trotskistas, así que la relación entre ambos debía de ser de lo más movida.

En mis cartas a Arturo yo le explicaba todo esto. Le decía que su madre no estaba bien, le decía que se estaba quedando en los huesos, que no tenía dinero, que esta ciudad la estaba matando. A veces me ponía pesado (no me quedaba más remedio) y le decía que tenía que hacer algo por ella, que le mandara dinero o que se la llevara de vuelta a México. Las respuestas de Arturo a veces eran de aquellas que uno no sabe si tomárselas en serio o en broma. Una vez me escribió: «Que aguanten. Pronto iré para allá y solucionaré todo. Por ahora, que aguanten”

POESIA

Los detectives salvajes, Roberto Bolaño, p. 214
Rafael Barrios, café Quito, calle Bucarelli, México DF, mayo de 1977. Qué hicimos los real visceralistas cuando se marcharon Ulises Lima y Arturo Belano: escritura automática, cadáveres exquisitos, perfomumces de una sola persona y sin espectadores, contraintes, escritura a dos manos, a tres manos, escritura masturbatoria (con la derecha escribimos, con la izquierda nos masturbamos, o al revés si eres zurdo), madrigales, poemas-novela, sonetos cuya última palabra siempre es la misma, mensajes de sólo tres palabras escritos en las paredes («No puedo más», «Laura, te amo», etc.), diarios desmesurados, mailpoetry, projective verse, poesía conversacional, antipoesía, poesía concreta brasileña (escrita en portugués de diccionario), poemas en prosa policiacos (se cuenta con extrema economía una historia policial, la última frase la dilucida o no), parábolas, fábulas, teatro del absurdo, pop-art, haikús, epigramas (en realidad imitaciones o variaciones de Catulo, casi todas de  Moctezuma Rodríguez), poesía-desperada (baladas del Oeste), poesía georgiana, poesía de la experiencia, poesía beat, apócrifos de bp-Nichol, de John Giono, de John Cage (A Year from Monday), de Ted Berrigan, del hermano Antoninus, de Armand Schwemer (The Tablets), poesía letrista, caligramas, poesía eléctrica (Bulteau, Messagier), poesía sanguinaria (tres muertos como mínimo), poesía pornográfica (variantes heterosexual, homosexual y bisexual, independientemente de la inclinación particular del poeta), poemas apócrifos de los nadaístas colombianos, horazerianos del Perú, catalépticos de Uruguay, tzantzicos de Ecuador, camoales brasileños, teatro No proletario... Incluso sacamos una revista ... Nos movimos ... Nos movimos ... Hicimos todo lo que pudimos ... Pero nada salió bien.

W

En cuerpo y en lo otro, DF Wallace, p. 114-115
El Wittgenstein de las IF invierte mucha energía y tinta en oponerse a la idea de lo que se ha dado en llamar “lenguaje privado”. El término pertenece al pragmatista William James, al que W, a quien no convenía tener de enemigo, acusó de estar buscando siempre “la alcachofa entre sus hojas”. Pero el afán de las IF por mostrar la imposibilidad de un lenguaje privado (algo que consigue, en gran medida) es también una terrible ansiedad por evitar las consecuencias solipsistas de la lógica matemática entendida como paradigma del lenguaje. Recuérdese que los esquemas de arreglo a la verdad de la lógica matemática, así como los hechos individuales que esos esquemas describen, existen independientemente de quien habla, de quien conoce y sobre todo de quien escucha. La insistencia de las IF -como parte del alejamiento que lleva a cabo el libro de la idea de cómo debe ser el mundo para que sea posible el lenguaje y su acercamiento a la idea de cómo debe ser el lenguaje a la vista de cómo es realmente el mundo, con todo su farfullar y su encanto y su profundo absurdo- en que la existencia, no, la idea misma del lenguaje depende de alguna clase de comunidad comunicativa ... constituye el ataque filosófico más poderoso a la coherencia básica del escepticismo/ solipsismo desde aquel Descartes cuyo Cogito el mismo Wittgenstein contribuyó a ensartar. Tres. La gran diferencia final es una atención nueva y clínica a las malas artes casi nixonianas del mismo lenguaje ordinario. Uno de los preceptos de las IF es que las cuestiones filosóficas profundas se pueden resolver averiguando por qué las construcciones lingüísticas se usan como se usan, y que muchos/la mayoría de los errores de la “metafísica” o la “epistemología” provienen de la susceptibilidad que tienen los humanos y los académicos a la pharmakopia de trucos, engaños e invenciones que posee el lenguaje. El último Wittgenstein está lleno de grandes ejemplos de cómo las personas están sucumbiendo continuamente al “embrujo” metafísico del lenguaje ordinario. Perdiéndose en él. Por ejemplo, las locuciones como «el flujo del tiempo» crean una especie de fantasma de UHF ontológico, nos seducen para que de alguna manera veamos el tiempo como si fuera un río, que no solo «fluye» sino que lo hace de forma externa a nosotros, externa a las cosas y a los cambios de los que en realidad el tiempo no es más que una medida. O bien los predicados ordinarios “juego” y “reglas”, cuando se yuxtaponen simultáneamente a, por ejemplo, la taba, el gin rummy. el béisbol para aficionados y las Olimpiadas, nos engañan para que caigamos en un ilusorio universalismo platónico según el cual hay cierto rasgo trascendentalmente existente común a todos los miembros de las extensiones de “juego” o “regla”, en virtud del cual cada miembro es un “juego” o una “regla”, en lugar de ser esa red fluida de “parecidos familiares” que, para Wittgenstein, justifica a la perfección el que se adjudiquen predicados en apariencia unívocos para calificar algo que no viene a ser más que un tipo de conducta humana, y no, en cambio, ninguna clase de cartografia trascendente de la realidad. 
En la imagen W de Derek Jarman

DE LA TELEVISION


En cuerpo y en lo otro, DF Wallace, p. 2
Las estadísticas sobre el porcentaje de la jornada americana que transcurre delante de pequeñas pantallas son bien conocidas. Sin embargo, la generación americana nacida, digamos, después de 1955 es la primera para la cual la televisión es algo con lo que se vive, no algo que simplemente se mira. Nuestros padres contemplan el televisor más o menos como las chicas modernas de los años veinte veían el automóvil: como una curiosidad convertida en capricho convertido en seducción. Para nosotros, sus hijos, la tele forma parte de la realidad en la misma medida que los Toyota y los atascos de tráfico. Somos literalmente incapaces de “imaginarnos” la vida sin ella. Igual que la tele presenta y define gran parte del mundo desarrollado de hoy día, también lo hace con nuestra experiencia cotidiana. Pero nosotros, a diferencia de nuestros mayores, no tenemos recuerdos de un mundo donde no existía esa definición electrónica. Es algo que nos viene de fábrica. En mi infancia, a finales de los sesenta, en el sur rural de Illinois, a muchos kilómetros y muchos megahercios de cualquier centro de producción de entretenimiento, el estar al día de lo que sucedía en series como Batman o ]im West era el medio mismo de la interacción social. Gran parte de nuestros juegos originales no eran más que réplicas de lo que habíamos visto por la tele la noche antes, y la verosimilitud se tomaba muy en serio. La capacidad de hacer una imitación pasable de Howard Cosell, Pablo Mármol, el pájaro de los cereales Cocoa Puffi o Gomer Pyle era un baremo de tu estatus, una determinación de tu estatura.

INCIPIT 816. AL OTRO LADO DEL MURO: LA RDA EN SUS ESCRITORES

REGRESO
A finales de junio o comienzos de julio de 1945, tras nueve años de ausencia, fui uno de los primeros emigrantes en regresar a Alemania. Acababa de cumplir treinta años. El último año  de la guerra lo había pasado en Suiza. No fue fácil, pero había tenido algo de ich1ico en comparación con lo anteriormente vivido. Los aliados habían cerrado las fronteras tras la capitulación alemana e indicado a los estados limítrofes que no dejaran pasar a nadie a Alemania, para no dificultar la caza de criminales de guerra. Yo no podía atenerme a esas disposiciones. Tenía que cumplir encargos de mi organización, que coincidían del todo con mi impaciencia por volver a ver Alemania. Cambiar de país sin disponer de pasaporte se había vuelto una costumbre, y no sólo para mí. A doscientos metros de la frontera, que reconocí por un mojón, me esperaba un teniente francés con dos soldados y un jeep. Me llevaron al interior del país. Yo tenía una libreta militar francesa y un carné de refugiado suizo. En la primera ciudad el teniente ordenó a las autoridades que me dieran papeles y cartillas de racionamiento.

Todo el mundo sabe que, cuanto mayor se hace uno, más rápido pasan los años. Yo estaba dejando atrás una eternidad de nueve años. En ese tiempo había hecho escala hasta en veinte países -sería la expresión correcta, ya que en varios de esos países sólo estuve unos días, pero en el fondo no asimilé ninguno, ni siquiera aquellos en los que permanecí más tiempo.

INCIPIT 814. EN CUERPO Y EN LO OTRO / DAVID FOSTER WALLACE

FEDERER, EN CUERPO Y EN LO OTRO

Casi todo el mundo que ama el tenis y sigue el circuito masculino por televisión ha vivido durante los últimos años eso que se puede denominar Momentos Federer. Se trata de una serie de ocasiones en que estás viendo jugar al joven suizo y se te queda la boca abierta y se te abren los ojos como platos y empiezas a hacer ruidos que provocan que venga corriendo tu cónyuge de la otra habitación para ver si estás bien. Los Momentos Federer resultan más intensos si has jugado lo bastante al tenis como para entender la imposibilidad de lo que acabas de verle hacer. Todos tenemos ejemplos. Aquí va uno. Se está jugando la final del Open de Estados Unidos de 2005 y Fededer sirve ante Agassi al principio del cuarto set. Hay un intercambio medianamente largo de tiros de fondo, con esa forma de mariposa distintiva del estilo moderno de juego de fondo, durante el cual Federer y Agassi se dedican a hacerse correr el uno al otro de lado a lado, ambos intentando obtener el punto desde la línea de fondo ... hasta que de pronto Agassi arrea un pelotazo cruzado de revés que desvía completamente a Federer hacia el lado del revés (= su izquierda), y Federer alcanza la pelota pero le da un revés bien corto dejándola a medio metro de la línea de saque, que por supuesto es la clase de jugada que para Agassi es pan comido, y mientras Federer todavía está intentando dar marcha atrás hacia el centro de la pista, Agassi se dispone a coger la bola corta en plena subida, intentando pillar a Federer a desmano, y de hecho lo consigue

K.

DF Wallace portátil, p. 591
ALGUNOS COMENTARIOS SOBRE LO GRACIOSO QUE ES KAFKA, DE LOS CUALES PROBABLEMENTE NO HE QUITADO BASTANTE
Una de las razones de que esté dispuesto a hablar en público sobre un tema para el que estoy extremadamente poco cualificado es que me otorga la oportunidad de leer para ustedes un relato de Kafka que ya he dejado de enseñar en las clases de literatura y que echo de menos poder leer en voz alta. Se titula “Una pequeña fabula”:
-Caramba -dijo el ratón-, el mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan grande que me daba miedo. Yo corrí y corrí sin parar y me alegré de ver por fin las paredes lejanas a un lado y a otro. Pero esas largas paredes se han estrechado tan deprisa que ya estoy en el último cuarto, y ahí en el rincón está la trampa en la que tengo que meterme.
-Solo tienes que cambiar de dirección -dijo el gato, y se lo comió.

Algo que a mí me frustra rotundamente cuando estoy intentando leer a Kafka ante estudiantes universitarios es que me resulta casi imposible hacerles ver que Kafka es gracioso. O apreciar la forma en que el humor está entremezclado con la poderosa fuerza de sus relatos. Porque, por supuesto, los grandes relatos y los grandes chistes tienen mucho en común. Los dos dependen de lo que los teóricos de la comunicación llaman a veces “exformación”, que es cierta cantidad de información vital eliminada de una comunicación pero evocada por la misma de tal manera que causa una explosión de conexiones asociativas con el receptor.

BOXEO

DF Wallace portátil, p. 460-461
Desde mi sitio veo también el combate entre boxeadores de diez años, una pelea salvaje entre dos niños diminutos cuyas protecciones hacen que sus cabezas parezcan demasiado grandes para sus cuerpos. Ninguno de ellos muestra interés alguno por la defensa. Las puntas de sus zapatos se tocan mientras ellos se enzarzan, golpeándose a capricho. Sus siniestros papás mastican chicle en las esquinas. A uno de los niños se le cae todo el tiempo la protección bucal. El público del combate de los dieciséis años estalla en vítores cuando el patán de Hall acierta a Sullivano con un gancho que lo hace caer de culo. Sullivano se levanta animosamente pero le tiemblan las rodillas y no se atreve a dar la cara al árbitro. Hall levanta los brazos y mira al público, revelando la ausencia de un incisivo. Las chicas delatan su formación como animadoras aplaudiendo y dando botes de forma sincronizada. Hall agita los guantes por encima de la cabeza cuando varias chicas gritan su nombre, y uno lo puede notar en los iones del aire: Darrell Hall se va a acostar con una chica antes de que la noche se acabe .

El termómetro digital que el dios Ronald tiene en su enorme mano izquierda dice que la temperatura es de 34 C y son las 18.15 h. Detrás de él nubes enormes y ominosas parecidas a cucharadas de helado de café con leche se amontonan en el flanco oeste del cielo, pero el sol sigue dominando en lo alto. Las sombras de la gente sobre la avenida se vuelven alargadas. Hemos llegado a esa parte del día en que los niños sufren crisis de llanto por culpa de lo que sus padres llaman ingenuamente agotamiento. Las cigarras cantan en la hierba junto a la carpa. Los boxeadores de diez años están literalmente codo con codo matándose a golpes. Es de esa clase de palizas mutuas implacables que se ven en las películas de lucha. Ahora su ring es el que tiene más público. La pelea va a ser imposible de puntuar. Sin embargo, todo se termina en un momento del segundo descanso, cuando uno de los niños, sentado en su taburete mientras su entrenador de brazos tatuados le está susurrando algo, vomita de repente. De forma prodigiosa. Sin razón aparente. Es surrealista. El vómito lo salpica todo. Los chicos y las chicas del público gritan “iiiiaaaa”. Se pueden identificar diferentes alimentos parcialmente digeridos de las casetas de comida: tal vez esa sea la razón aparente. El boxeador indispuesto rompe a llorar. Su siniestro entrenador y el árbitro lo limpian y lo ayudan a salir del ring, de forma bastante amable. Su oponente levanta los brazos sin mucha convicción.

K.

DF Wallace portátil, p. 595
Lo que los relatos de Kafka tienen es más bien una grotesca, magnífica y completamente moderna complejidad, una ambivalencia que se convierte en la lógica multivalente inclusiva del, entre comillas, “inconsciente”, que yo personalmente creo que no es más que una forma sofisticada de llamar al alma. El humor de Kafka -que no solo no es neurótico sino que es antineurótico, heroicamente cuerdo- es, en última instancia, humor religioso, pero religioso al estilo de Kierkegaard y Rilke y los Salmos, una espiritualidad desgarradora contra la cual hasta la gracia sanguinaria de la señora O'Connor parece un poco facil, y las almas en juego prefabricadas.
Y es esto, creo yo, lo que hace que el ingenio de Kafka sea inaccesible para unos niños a quienes nuestra cultura ha educado para que vean las bromas como entretenimiento y el entretenimiento como algo reconfortante.3 No es que los estudiantes no “pillen” el humor de Kafka, sino que los hemos enseñado a ver el humor como algo que se pilla, de la misma forma que les enseñamos que el “yo” es algo que se tiene sin más. No es de extrañar que no puedan apreciar el chiste que hay en el centro mismo de Kafka: que la horrible pugna por establecer un “yo” humano resulta en un “yo” cuya humanidad es inseparable de  esa pugna horrible. Que nuestro viaje interminable e imposible hacia el hogar es de hecho nuestro hogar. Es difícil de explicar con palabras cuando uno está frente a la pizarra, créanme. Se les puede decir a los alumnos que tal vez sea bueno que no cepillen a Kafka. Se les puede pedir que imaginen que sus relatos tratan todos de una especie de puerta. Que nos imaginemos acercándonos y llamando a esa puerta, cada vez más fuerte, llamando y llamando, no solo deseando que nos dejen entrar sino también necesitándolo; no sabemos qué es pero lo sentimos, esa  desesperación total por entrar, por llamar y dar porrazos y patadas. Y que por fin esa puerta se abre ... y se abre hacia fuera: que durante todo el tiempo ya estábamos dentro de lo que queríamos. Das ist komisch.
3. Probablemente se podrían escribir libros enteros de la Johns Hopkins University Press sobre la función tranquilizadora que el humor desempeña en la psique americana de hoy día. Una fora tosca de explicar todo este asunto es que nuestra cultura es, tanto a nivel histórico como de desarrollo, adolescente. Y como es sabido que la adolescencia es el periodo más estresante y temible del desarrollo humano –esa fase en que la condición adulta que aseguramos poseer empieza a presentarse como un sistema real y cada vez más estrecho de responsabilidades y limitaciones (los impuestos, la muerte) Y en que ansiamos interiormente un retorno a la misma paz infantil de la que fingíamos burlarnos-.* no resulta difícil ver por qué en cuanto cultura somos tan susceptibles a un arte y un ocio cuya función primaria es la evasión, es decir, la fantasía, la adrenalina, el espectáculo, el romance, etcétera. Los chistes son una forma de arte, y debido a que la mayoría de los americanos llegamos hoy día al arte pan escapar de nosotros mismos -para fingir durante un rato que no somos ratones y que las paredes son paralelas y que podemos dejar atrás al gato-, es comprensible que la mayoría de nosotros vayamos a considerar “Una pequeña fabula” como algo que no es gracioso en absoluto, o que tal vez incluso lo veamos como un ejemplo repulsivo de esa misma clase de realidad deprimente compuesta por los impuestos y la muerte de la que el humor “de verdad” sirve como respiro.

* (¿Creen ustedes que es coincidencia que la universidad sea el sitio donde muchos americanos dediquen más tiempo en sus vidas a follar y caerse borracho y montar ti estas extáticas de tipo dionisiaco? N o lo es. Los estudiantes universitarios son adolescentes, y están aterrados, y están afrontando su terror de una forma distintivamente americana. Esos chicos desnudos que cuelgan cabeza abajo de las ventanas de los edificios de sus fraternidades los viernes por la noche están simplemente intentando comprar unas cuantas horas de evasión de esas lúgubres cosas de adultos en las que cualquier facultad decente lleva toda la semana obligándoles a pensar.)

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