Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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PROUST, STENDHAL Y FLAUBERT


La mirada de Ulises, Erich Auerbach, p. 86

A su lado, los personajes de las grandes novelas realistas del siglo XX son meras comparsas, personajes a los que se ha atrapado por algún extremo de su ser y acto seguido se los ha compuesto. La gran inutilidad y la aparente falta de composición de la novela, que no exige de ninguna de sus figuras absolutamente nada que deba suceder para conducir el desarrollo del relato en tal o cual dirección, les concede la libertad de moverse como más propio les parezca; la necesaria limitación que para Stendhal o Flaubert (por no mencionar a otros) se origina a partir de la construcción, del inamovible plan pragmático de sus obras, está ausente en el caso de Proust. Así, el producto, caprichoso y casi botánico, brota de un modo totalmente autónomo, apenas se siente la mano del hacedor, y si otros grandes escritores, desdeñando la descripción y el análisis, logran con pocas palabras que un personaje sea, en su momento trágico, inolvidable durante siglos, esa actitud, quizá más sublime, no corresponde a la novela; al lado de la obra de Proust, casi todas las novelas que conocemos parecen novelas cortas. En busca del tiempo perdido es una crónica de la memoria—en la que el lugar de la sucesión temporal empírica pasa a ocuparlo el encadenamiento secreto y a menudo descuidado de los acontecimientos, que el biógrafo del alma, el que vuelve la vista atrás y mira dentro de sí mismo, siente como propio—. Lo que ha ocurrido no tiene ya poder alguno sobre él, v el autor nunca pretende que aún no ha ocurrido lo que sucedió hace mucho tiempo y que todavía esté por decidir lo decidido mucho tiempo antes, Es por eso que no hay ni  tensión ni punto dramático culminante, nada se precipita ni se amontona, y tampoco, después, hay solución y calma.


STENDHAL


Nada que temer, Julian Barnes, p. 268

Aquí yacen algunos de mis muertos; la mayoría, como son escritores, en la sección inferior y, por ende, la más barata. Stendhal fue sepultado aquí treinta años después de haber sufrido «unas violentas palpitaciones» delante de Santa Croce, y de sentir que «la fuente de la vida se secó en mi interior y caminé con un miedo constante de caerme al suelo». ¿Queremos morir no sólo a nuestro estilo sino también tal como esperábamos? Stendhal disfrutó de esta fortuna. Tras sufrir el primer ataque, escribió: «Creo que no hay nada ridículo en desplomarte muerto en la calle, siempre que no lo hagas a propósito.» El 22 de marzo de 1842, después de cenar en el Ministerio de Asuntos Exteriores,encontró el fin no ridículo que buscaba en la acera de la rue Neuve-des-Capucines. Le enterraron como «Arrigo Beyle, milanés», una reprimenda a los franceses que no le leyeron y un homenaje a la ciudad donde el olor a boñiga de caballo le había conmovido hasta las lágrimas. Y como era un hombre al que la muerte no pilló desprevenido (hizo veintiún testamentos), compuso su propio epitafio: Scrisse. Amo. Visse. Escribió. Amó. Vivió.


SINDROME DE STENDHAL


Nada que temer, Julian Barnes, p. 95

Y ahora llega a Florencia por primera vez. Procede de Bolonia: el carruaje cruza los Apeninos y comienza el descenso hacia la ciudad. «El corazón me brincaba como un loco. ¡Qué emoción más absolutamente infantil!» Cuando la carretera gira, se avista la catedral, con la famosa cúpula de Brunelleschi. En la entrada de la ciudad, abandona el carruaje -y su equipaje- para entrar en Florencia a pie, como un peregrino. Llega a la iglesia de Santa Croce. Allí están las tumbas de Miguel Ángel y Galileo; cerca está el busto de Alfieri esculpido por Canova. Piensa en otros grandes toscanos: Dante, Boccaccio, Petrarca. «La marea de emoción que me abrumaba fluía tan adentro que apenas se distinguía de la veneración religiosa.» Pide a un fraile que le abra la capilla Niccolini y que le deje ver los frescos. Se sienta «en el travesaño de un reclinatorio, con la cabeza apoyada en el respaldo, para que mi mirada se demorase en el techo». La ciudad y la proximidad de sus ilustres hijos  han puesto ya a Beyle casi en un estado de rapto. Ahora está «absorto en la contemplación de sublime belleza»; alcanza «el grado supremo de sensibilidad en que las divinas sugerencias del arte se mezclan con la apasionada sensualidad de la emoción.» Las cursivas son suyas.

La consecuencia física de todo esto es un desmayo. «Al salir del pórtico de Santa Croce sufrí unas violentas palpitaciones ... La fuente de la vida se secó en mi interior y caminé con un miedo constante de caerme al suelo.» Beyle (que ya era Stendhal cuando publicó este relato en Roma, Ndpoles y Florencia) pudo describir los síntomas pero no dar un nombre a su enfermedad. La posteridad, sin embargo, sí puede, puesto que la posteridad siempre sabe más. Beyle sufría, podemos decirle ahora, del síndrome de Stendhal, una afección identificada en 1979 por un psiquiatra florentino que había recopilado casi cien casos de mareo y náuseas producidos por la exposición a los tesoros artísticos de la ciudad.


STENDHAL


El origen del mundo, Jorge Edwards, p. 43

En las obras autobiográficas de Stendhal, en los llamados «escritos íntimos», hay un personaje que aparece en forma recurrente, un amigo que el narrador observa siempre con curiosidad, divirtiéndose con sus rarezas, con sus genialidades, y, sobre todo, con sus hazañas eróticas, y de quien destaca, con insistencia, en pasajes muy alejados unos de otros, lo cual revela una casi obsesión, el rasgo siguiente: que necesita hacer el amor con una mujer distinta cada noche. Una vez que ha poseído a esa mujer, su cuerpo pasa a ser para él, para el personaje de marras, tan indiferente como el cuerpo de un hombre. Así dice el señor de Stendhal en alguna página que ya no recuerdo con exactitud, puesto que cito de memoria. Ahora bien, en mi calidad de stendhaliano de vieja data (llegué a sostener la tesis extravagante, en mis juveniles cuarenta y tantos años, en un artículo enrevesado, pretencioso, publicado en la revista Aurora, de que el autor de La Cartuja de Parma era un precursor del marxismo), he sospechado a menudo que este personaje, que asoma en las esquinas de diversos textos, en los capítulos sobre París, sobre la Rue de Grenelle o el Faubourg Saint-Germain, de Henri Brulard, en los episodios londinenses de Recuerdos de egotismo, en páginas de diario y de correspondencia, es el propio Stendhal, que se retrataba a sí mismo con una mezcla de narcisismo y de disimulo, con esa ambigüedad esquiva, engañosa, en alguna medida complaciente, que es inherente a todo autorretrato literario


INCIPIT 361. LA CARTUJA DE PARMA / STENDHAL

1
MILÁN EN 1796
El 15 de mayo de 1796, el general Bonaparte hizo su entrada en Milán, al frente de ese joven ejército que acababa de pasar el puente de Lodi y de mostrar al mundo que, después de tantos siglos,  César y Alejandro tenían  un sucesor. Los milagros de audacia y de ingenio  que Italia  presenció, despertaron en pocos meses a un pueblo que dormía; ocho días antes de la entrada de los franceses, aún veían en ellos los milaneses un hatajo de bandidos acostumbrados a huir siempre ante las tropas de Su Majestad imperial .Y real; al menos así lo repetía tres veces por semana un periodiquillo, no mayor que la palma de la mano, impreso en papel sucio.

En la Edad Media eran los milaneses valientes como los franceses de la Revolución, y  merecieron que su ciudad fuera enteramente arrasada por los emperadores de Alemania. Pero desde que se habían hecho fieles súbditos, su gran negocio consistía en imprimir sonetos sobre pañuelos de bolsillo de tafetán rosa, cuando se casaba alguna muchacha de familia noble o rica. Dos o tres años después de esta época memorable de su vida la joven tomaba un caballero acompañante,  a veces el nombre del oficioso amigo, elegido por la familia del marido , ocupaba un lugar honroso en el contrato matrimonial. 

ES TENDAL

CHAPITRE PREMIER
Milan en 1796
Le 15 mai 1796, le général Bonaparte fit son entrée dans Milan à la tête de cette jeune armée qui venait de passer le pont de Lodi, et d'apprendre au monde qu'après tant de siècles César et Alexandre avaient un successeur. Les miracles de bravoure et de génie dont l'Italie fut témoin en quelques mois réveillèrent un peuple endormi; huit jours encore avant l'arrivée des Français, les Milanais ne voyaient en eux qu'un ramassis de brigands, habitués à fuir toujours devant les troupes de Sa Majesté Impériale et Royale: c'était du moins ce que leur répétait trois fois la semaine un petit journal grand comme la main, imprimé sur du papier sale.
Au Moyen Age, les Lombards républicains avaient fait preuve d'une bravoure égale à celle des Français, et ils méritèrent de voir leur ville entièrement rasée par les empereurs d'Allemagne. Depuis qu'ils étaient devenus de fidèles sujets leur grande affaire était d'imprimer des sonnets sur de petits mouchoirs de taffetas rose quand arrivait le mariage d'une jeune fille appartenant à quelque famille noble ou riche. Deux ou trois ans après cette grande époque de sa vie, cette jeune fille prenait un cavalier servant: quelquefois le nom du sigisbée choisi par la famille du mari occupait une place honorable dans le contrat de mariage. Il y avait loin de ces moeurs efféminées aux émotions profondes que donna l'arrivée imprévue de l'armée française. Bientôt surgirent des moeurs, nouvelles et passionnées. Un peuple tout entier s'aperçut, le 15 mai 1796, que tout ce qu'il avait respecté jusque-là était souverainement ridicule et quelquefois odieux. Le départ du dernier régiment de l'Autriche marqua la chute des idées anciennes: exposer sa vie devint à la mode; on vit que pour être heureux après des siècles de sensations affadissantes, il fallait aimer la patrie d'un amour réel et chercher les actions héroïques. On était plongé dans une nuit profonde par la continuation du despotisme jaloux de Charles-Quint et de Philippe II; on renversa leurs statues, et tout à coup l'on se trouva inondé de lumière. Depuis une cinquantaine d'années, et à mesure que l'Encyclopédie et Voltaire éclataient en France, les moines criaient au bon peuple de Milan, qu'apprendre à lire ou quelque chose au monde était une peine fort inutile, et qu'en payant bien exactement la dîme à son curé et lui racontant fidèlement tous ses petits péchés, on était à peu près sûr d'avoir une belle place au paradis. Pour achever d'énerver ce peuple autrefois si terrible et si raisonneur, l'Autriche lui avait vendu à bon marché le privilège de ne point fournir de recrues a son armée.

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