Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.607. COLOQUIO DE INVIERNO / LUIS LANDERO


8 de enero de 2021. Ya anocheció, pero aún es pronto para recogerse. Los siete comensales —fatigados por el aburrimiento, perdida la vista tras las ventanas, en el resplandor pálido de los remolinos de nieve— rodean una mesa con los remanentes de la cena: platos rebañados con manchas de yema, regojos, pellejos de embutido, cortezas de queso, mondas de mandarina, restos de helado y vino. Al fondo, sentados a una mesa, un hombre y una mujer juegan a las cartas.

Ya se han presentado, ya han hablado todo cuanto suele hablarse entre desconocidos en casos así, según lo pide la buena educación y la mera costumbre, y ahora, acabada la cena, sin saber qué hacer ni qué decir, se quedan como alelados, viendo nevar, sintiendo el lento, el anodino, el fastidioso y desesperante transcurrir del tiempo. Ya en la cena han hablado del virtuosismo con que el destino rige las vidas de los pobres humanos, y se han puesto a sí mismos de ejemplo: no hay más que ver de qué manera tan simple pero a la vez tan intrincada han llegado hasta aquí.Aquí escribes el contenido. Aquí escribes el resto del contenido que no se vera.

INCIPT 1.474. EL HUERTO DE EMERSON / LUIS LANDERO


Tiempo de vendimia

Tengo un cuaderno nuevo y no sé en qué gastarlo. Es invierno, ya ha oscurecido, hace mucho frío y afuera resuena el temporal. Y o me he arrimado a este cuaderno como el mendigo al calorcillo de la lumbre. Por el momento no sé qué escribir, es cierto, pero eso importa poco. Cuando uno no sabe qué escribir, cuando la imaginación flaquea, cuando el alma se apaga y se embrutecen los sentidos, y cuando aun así uno siente la necesidad de escribir, siempre queda la posibilidad de abandonarse a los recuerdos. En nuestro pasado está todo cuanto necesitarnos para encender el fuego de la inspiración. Hasta la fantasía tiene su casa en la memoria. No escribas lo que sientes, escribe lo que recuerdas y dirás la verdad, como decía no recuerdo quién. Así que no hay más que salir a pasear por el bosque del tiempo ya vivido


HOMBRES


El huerto de Emerson, Luis Landero, p. 131 

En aquellos tiempos, mientras las mujeres iban y venían, los hombres se ocupaban de los temas propios de su rango, que eran siempre graves, arduos y trascendentes, y que por eso precisaban de largas reflexiones, de hondas y lentas chupadas al cigarro, de resoplos y de suspiros, y de mucho cabecear y removerse en la silla y derramar la mirada en el suelo. Bajo el peso de tan grandes cuestiones, parecían titanes encadenados que se debatían contra los designios de alguna poderosa deidad, en tanto que las mujeres andaban como flotando y resolviendo problemas con su varita mágica, sin necesidad de aquellas interminables y amargas sentadas pensativas.

Los hombres se ocupaban del porvenir, que era siempre incierto, en tanto que las mujeres vivían correteando por el presente, siempre ligeras y siempre laboriosas. Es más, si las mujeres sacaban tiempo para todo, a los hombres les ocurría que la vida entera les resultaba demasiado breve para llevar a cabo sus proyectos, de tan ambiciosos como eran, y que por tanto no merecía la pena intentar siquiera realizarlos, sino que era mejor pasar directamente a los lamentos y entregarse sin más a la melancolía de lo que pudo haber sido y que, por cosas del destino, por pura mala suerte, se quedó en ilusión, en humo, en sueño, en nada.


MUJERES


El huerto de Emerson, Luis Landero, p. 130
 

Veréis, yo tengo una prima hermana, mi prima Antonia, que debe de andar muy cerca ya de los cien años, que va diciendo por ahí desde hace mucho tiempo que yo no he escrito los libros que he escrito, que en qué cabeza cabe que yo sea capaz de escribir libros. «¿No veis que yo lo vi nacer y lo vi criarse desde bien chico?», argumenta, y sostiene que los libros me los escribe mi mujer y que luego yo los firmo y me llevo el mérito y la fama. Pero no hay mala intención en sus palabras, ni da a entender siquiera que eso pueda ser un engaño, una rareza o un agravio, sino que lo dice corno la cosa más natural del mundo, porque los negocios entre hombres y mujeres siempre fueron así. Eran ellas las que se atareaban en la sombra, las que se afanaban a escondidas, las que hacían los incontables trabajos de diario con tan menudo ahínco que nadie reparaba en ello sino que parecía que las cosas se resolvían por sí solas, o por intercesión de alguna fuerza etérea, y eran también ellas, las hadas con alpargatas y mandil, las que aún sacaban tiempo -¿cómo lograrían convertir el día en un pozo inagotable de tiempo?- para ayudar a tejer los delirios y sueños de los hombres. Por eso mi prima Antonia  pensaba que la idea de escribir libros sería mía, sí, y que acaso yo los tenía inventados en la cabeza, pero que quien los había hecho de verdad era mi mujer, como venía ocurriendo desde siempre.


INCIPT 1.468. LA ULTIMA FUNCION / LUIS LANDERO


Ernesto Gil Pérez (Tito para más señas o, como mucho, Tito Gil) entró en el bar restaurante Pino al anochecer de un domingo de enero, unos dos meses antes de la llegada o, más bien, de la aparición de Paula, y estas dos figuras, y los hechos que ocurrieron en ese tiempo, son la materia principal de esta historia. Todo esto y más sucedió entre el invierno y la primavera del año 1994, en San Albín, o solo Montealbín, que de las dos formas se le puede llamar a este  lugar, o más bien se le llamaba, porque hace ya tiempo que está abandonado de Dios y de los hombres, como tantos otros de por aquí, de estas sierras pobres de la periferia de Madrid, lindantes ya con Guadalajara y con Segovia, y que tuvieron, aunque cueste creerlo, sus tiempos de esplendor. Y el último, y sin duda el más grande, de esos esplendores, sobrevino precisamente durante esos meses, y con aquella magnífica, deslumbrante explosión, y después de tantos siglos de historia, se extinguió definitivamente este lugar.


GULA


La última función, Luis Landero, p. 119

Y lo llevó a una churrasquería. Nada más sentarse, se apoderó de la carta y dijo: «Déjame a mí, yo pido por los dos». De entrantes, pidió algo así como torreznos, mollejas, riñones, tres tipos de morcilla, callos, croquetas, albóndigas de liebre, pasteles de cordero, sesos de ternera... , de primero pidió un potaje de garbanzos, y por encima dos chuletones de buey, con sus guarniciones de patatas y pimientos fritos, y de postre una tabla de quesos y una tarta de hojaldre con nata y chocolate ... Nada más servirles el primer plato, Amalia se puso unos lentes con ceremonioso aire profesoral, y aquella fue la señal para empezar a comer y a beber. Amalia comía con concentración, pulcritud y eficacia, y Tito, que era torpe y de poco comer, esforzándose, dando tajos inciertos con el cuchillo en toda aquella carnicería, y dejando su lado de la mesa lleno de manchas, huesos, mondas y pellejos. Amalia se comió también lo que él dejó. Había engordado, aunque no en la medida en que comía, y su boca, aquella boca perezosa y pueril, seguía allí, masticando, engullendo, saboreando, relamiéndose, y tan sensual y tentadora como siempre.

Pasaron la tarde juntos, se contaron en esbozo sus vidas, merendaron chocolate con ensaimada, recordaron luego los viejos tiempos, y cenaron en un italiano, donde no faltó el risotto, la pizza y la lasaña. Aquella mujer era una auténtica tragaldabas. Y, según comía y bebía, Tito observó que se ponía insinuante, lúbrica, mimosa. Así que remataron el día en casa de Tito, y entre chupitos de licor, juegos, bromas y risas, acabaron en la cama, y ella se comportaba allí lo mismo que en la mesa, insaciable y voraz. Porque, como Tito no tardó en descubrir, en Amalia la lujuria y la gula iban siempre juntas, y no existían una sin la otra, y se alentaban y provocaban entre sí. Era todo la misma cosa.

 En la imagen, fragmento de la Mesa de los pecados capitales, de Hieronymus Bosch. 

LANDERO


La última lección de Luis Landero, p. 49

Esas palabras eran estructura y coyuntura. Fue oírlas y entenderlas y quedar prendado de esas nociones que parecían capaces de explicar tantas cosas. La estructura era la unidad y armonía de las piezas, lo compacto, el conjunto, el todo, lo perdurable, lo fuerte y esencial, lo magro, en tanto que la coyuntura nombraba lo pasajero, lo accesorio, lo circunstancial. Eran palabras con argumento, palabras que hacían mucho bulto conceptual. En ellas vio Tito un botín de sabiduría, un filón de conocimiento, una herramienta multiuso, aplicable a infinidad de problemas. Es más: no había apenas cuestión que escapase al alcance significativo de esas dos palabras. Hasta los amores podían ser estructurales o coyunturales, y lo mismo la poesía, las comidas, la relación con los demás, los hechos históricos o los menudos del día a día de la vida.

Otra vez, nos contaba, un profesor dijo: «Las dos vertientes del problema», e hizo con las manos un tejadito a dos aguas, a modo de ilustración. De pronto, a Tito se le hizo la luz. Vislumbró zonas de la realidad desconocidas hasta entonces. Todo tenía al menos dos vertientes, todas las cosas hacían figuras poliédricas. Era una idea tan plástica que se podía ver, casi tocar con las manos. Era casi poesía. Las dos o tres o cuatro vertientes de un amor o una pena, por ejemplo. iQué tesoro de conocimiento en tan breves palabras! Y en otra clase oyó decir que, como en los globos aerostáticos, a veces es preciso echar por la borda lo superfluo para poder así ganar altura. ¿Había algo en la vida de cualquier persona, y en cualquier lugar y en cualquier época, que no quedara iluminado y descifrado bajo el resplandor de esa imagen tan potente y tan sabia? Y otro profesor dijo un día que, al igual que la reja del arado ahonda y remueve la tierra para vivificarla, así el artista o el filósofo remueve las ilusiones y rutinas mentales de una sociedad débil y adormecida para infundirle nuevos bríos.


INCIPIT 1.304. UNA HISTORIA RIDICULA / LUIS LANDER0


No creo pecar de orgullo, como demostraré a lo largo de mi exposición, si comienzo diciendo que soy un hombre con ciertas cualidades. Quizá no resulte especialmente apuesto y llamativo, pero sí educado, discreto, concienzudo, culto y buen conversador. Todos cuantos me conocen saben, o deberían saber, de mi honradez y rectitud. En otros tiempos tuve un buen puesto de trabajo y un piso en propiedad. ¿Mi visión del mundo y de la vida? Trágica y trascendente. ¿Mi historia? De amor, de odio, de venganzas, de burlas y de ofensas. Me llamo Marcial Pérez Armel, resido en Madrid, y tengo en muy alta estima el viejo concepto del honor.

Algún malicioso dirá: «Sí, pero careces de estudios superiores». A lo que yo respondería que, sobre este asunto de los estudios, habría mucho que hablar. Fidel y Víctor, por ejemplo, los otros dos pretendientes de Pepita, y por tanto rivales míos, uno era historiador, y el otro violinista.


ARPIAS


Una historia ridícula, Luis Landero, p. 171

De pronto, se oyó de nuevo el sarcasmo de aquella voz odiosa diciendo: «¿Romántico, poeta, bohemio y matarife?, ¿vísceras de día y versos por la noche?». Y yo repliqué que, precisamente, no hay artista romántico que no tenga una parte sombría, marginal y canalla. Yo admiro a esos vagabundos que no han entregado a la miseria las mejores prendas de su carácter: esa es la verdadera elegancia y la verdadera dignidad. Y cuando la voz preguntó que quién me había dicho a mí que yo servía para ser escritor y bohemio, yo dije sin más que donde no llegase el talento llegaría la apariencia. En el amor, todas las trampas para conquistar a la amada son válidas, y también la impostura. Al fin y al cabo, todos fingimos ser mejores y más atractivos de lo que en verdad somos. Los pájaros hinchan el papo y esponjan el plumaje, el sapo y la cigarra cantan con una potencia que excede a su tamaño, el león su melena, el ciervo el aparato de su cuerna, qué menos que yo me engalanase con las modestas prendas de un escritor en ciernes. Así fue como el amor obró en mí una metamorfosis tan rara y prodigiosa como la de Franz Kafka, de cuyo libro hablaré luego. De pronto, una mañana me desperté convertido en un ente sublime y ridículo a la vez, y también a la vez sabio y estúpido, como esos animales fabulosos que tenían a un tiempo garras, pico y pezuñas.


MARCIAL


Una historia ridícula, Luis Landero, p. 119

También comprendo la música clásica, y la admiro y respeto. Aunque no la oigo mucho, no me pierdo jamás el concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena. Otro ejemplo. Yo he escuchado versos de García Lorca, imposibles de entender de tan raros y oscuros, pero algo en mi corazón decía: «Son bellos, son terribles, y están cargados de verdad». Yo tuve un profesor que me hizo leer obras que me gustaron, a pesar de que tampoco yo soy un gran lector de libros de literatura: las Leyendas y Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, Misericordia de Pérez Galdós, Crimen y castigo de Dostoievski, el Lazarillo, Miguel de Unamuno y su sentimiento trágico de la vida, e incluso el Quijote. Yo estoy abierto a todo, aunque he de decir que tengo debilidad por las novelas policíacas, de detectives deductivos. Pero, por encima de todo, mi lectura favorita, además del diccionario ilustrado, es una enciclopedia universal que tengo en cinco gruesos tomos, y algunas revistas de divulgación, entre ellas el Reader's Digest, que es de lo más amena e instructiva, y de la que poseo cientos de ejemplares, comprados en lotes de segunda mano. Me gusta la brevedad y la variedad de temas, como creo que se habrá observado ya en esta exposición.

Pero, volviendo al cuento, al escuchar que Pepita era experta en arte, y que ella misma era artista, a mí se me oscureció el mundo. He aquí que el amor, y su tiranía, me obligaba una vez más a fingir, a añadir nuevas trazas a mi personalidad, a decir, como efectivamente dije, que, aunque no entendía mucho de arte, a mí el arte me subyugaba, esa misma odiosa palabra usé, y que me encantaría ver algunas pinturas y dibujos suyos.


INCIPIT 914. LLUVIA LENTA / LUIS LANDERO


Ahora ya sabe con certeza que los relatos no son inocentes, no del todo inocentes. Ojalá tampoco lo sean las conversaciones de diario, los descuidos y equívocos verbales o el hablar por hablar. Ojalá ni siquiera lo que se habla en sueños sea del todo inocente. Hay algo en las palabras que, ya de por sí, entraña un riesgo, una amenaza, y no es verdad que el viento se las lleve tan fácilmente como dicen. No es verdad. Puede ocurrir que ciertos ecos de los dichos, y hasta de los dichos más triviales, sigan como en letargo durante muchos años, latiendo débilmente en un rincón de la memoria, esperando una segunda oportunidad de regresar al presente para aumentar y corregir lo que no quedó del todo claro en su momento, y a menudo con una elocuencia y un alcance significativo que exceden con mucho a los que tuvieron en su origen. Ahí están, no hay más que verlos, llegan revestidos con extraños ropajes, al son de músicas exóticas

INCIPIT 869. HOY, JUPITER / LUIS LANDERO


¿Posees ya uso de razón?
Cuando recuerda su pasado, la memoria siempre se detiene en la tarde en que estaba sentado a la sombra del eucalipto tutelar y oyó unos pasos grandes y apresurados que venían hacia él. No había tenido apenas tiempo de empezar a jugar. Aquellas piedrecitas eran todas jinetes, pero aún no había decidido si se trataba de árabes o de cowboys, si llevaban arcos o  revólveres, y si estas cortezas formaban un fuerte o un castillo. O quizá eran bárbaros surgidos del Oriente y toda esta extensión significaba una estepa, y sería invierno. Oía, e imitaba con la voz, la crecida multitudinaria, el retumbar de los cascos, el fragor del avance, las cometas, los gritos, los disparos, los relinchos, el zumbar de las flechas, y veía el tremolar de las banderas entre el polvo, las pellicas al aire, las insignias, las cabelleras, los plumajes. Todo encorajinado por la velocidad y el viento. O quizá eran los bandidos que mandaba el capitán Fosco, y en ese caso él, Dámaso Méndez, sería el defensor del fuerte. Y en esas fantasías estaba cuando oyó acercarse los pasos largos y resueltos, cada vez más poderosos, hasta que se detuvieron junto a él. Ahora se percibía bajo las suelas de las botas el leve crepitar de la arena y de las hojas y semillas resecas tras el largo verano.
-¿Qué haces otra vez tirado ahí en el suelo?
Dámaso salió del ensueño, pero por un instante una fina película de irrealidad se interpuso entre sus ojos y las cosas.
-Nada, estaba jugando.
-¿A qué?

NORMAS


Hoy, Júpiter, Luis Landero, p. 435
Así se lo contó a Dámaso, mientras bebían en la trastienda, cuando salió a cuento el viejo asunto de la felicidad. «Cuando yo era muy joven, hice un estudio de lo más erudito sobre ese tema», comenzó diciendo, con un tono desenfadado que no excluía un eco emotivo de seriedad. Le contó lo que había significado para él la relectura de la carpeta tantos años después, recitó y comentó algunas citas magistrales, y finalmente, a la cuarta cerveza, enumeró aquellas cuatro fórmulas sencillas e inocentes, con un cierto tufo a filosofía de magazine, es verdad, pero que, bien entendidas, podían ser eficaces para alcanzar, si no la felicidad, sí al menos el modo de protegerse del asalto de ciertas fuerzas oscuras que conspiraban contra ella. Se sentía bien hablando con aquel hombre que escuchaba con una especie de confiada y humilde obstinación.
La primera norma decía así: «Ser en acto». Cuántas veces nos dejamos embaucar por la nostalgia y las culpas del pasado o por las ilusiones y amenazas del porvenir. Y no, no había que escuchar esos cantos de sirena que trabajan para nuestra perdición. Era pecado sacrificar un hoy mediano a un mañana magnífico o a un ayer cuyas miserias y esplendores ya no tienen una segunda oportunidad de enmienda o de celebración salvo en el vano y atormentado mundo de la fantasía. Debemos de acabar de una vez para siempre con la edad de las hadas y de los ogros. iAcción, acción! No ser la flecha en el arco ni la vela a la espera del viento. Y habló apasionadamente de Hamlet, de Vania, del «carpe diem», del “ubi sunt?”, y de todas esas cosas que todos saben y pregonan pero que todos desatienden. Dámaso asentía con una expresión reconcentrada. «Cierto», fue todo cuanto dijo al finalizar Tomás su exposición. Ahora, al decir en alto lo que había pensado con tanta convicción en la intimidad, le pareció que todas aquellas normas eran pura palabrería. Se sintió un vulgar charlatán de feria. Obviedades, lugares comunes, filosofía de sobremesa y baratillo.
La segunda norma decía: “Aligerar el yo», y también él empezó a aligerar su discurso. A veces nos tomamos demasiado en serio a nosotros mismos, cuando en verdad no hay mejor consuelo que ocuparse del mundo y olvidarse del yo. Tanta belleza y horror como había por todas partes, tanta gente que conocer y caminos que andar, y siendo además la vida tan breve, tan incierta, ¿no era ridículo andar mirándose el ombligo y escarbando en la madriguera del yo, del uno mismo, entre engreído y torturado? La tercera norma completaba a las anteriores: “Fijar la mirada», que era tanto como ocuparse de las cosas concretas de nuestro alrededor, de nuestro mundo, de aquello que nos hace por fuerza originales, evitando lo genérico y lo abstracto, que por ser de todos no es de nadie. Y la cuarta, sobre la que no había nada que comentar por su propia elocuencia, era la cosa más sencilla del mundo: “Ser en todo momento dulce, grave y sincero».

LA FELICIDAD


Hoy, Júpiter, Luis Landero, p. 314
Ahora cobraba sentido todo aquel severo y clásico laconismo que entonces no era sino una retahíla de buenos propósitos, de frases irrebatibles por su misma rotundidad, y acaso seleccionadas y leídas con un propósito más estético que moral. Qué ilusas eran aquellas altas normas de conducta, pero también qué verdaderas y qué doctas. No aparentar nunca más de lo que se es. Hablar sólo cuando tengas algo que decir, y no como tú que eres un puto charlatán. Desde allí, renunciaba para siempre al caudal de palabras, a todo ese bazar de baratijas con el que tanto le gustaba mercadear. Y lo mismo a la hora de escribir: un estilo justo, sobrio y certero. Y embridar siempre el pensamiento, ocupándolo en asuntos concretos, para que no se desboque hacia difusas y torpes entelequias, tal como recomendaba Montaigne. Pues estar en todo es el modo más seguro de  no estar en nada. Pero en la misma hoja, escrito de través en un margen, leyó: “Felicitate corrumpitur” (Tácito). La felicidad corrompe. Se quedó absorto, con un vago reconcomio en algún  rincón de la mente. iQué querría decir Tácito con esas palabras tan inquietantemente mancornadas? Aunque, por otro lado, las entendía, cómo no, si él siempre se declaró romántico en lo esencial y había exaltado como un privilegio y un don la melancolía y la arrogancia ante la estupidez humana y el horror de existir ...
Pero ahora tenía otra edad, otras vivencias. Y la suficiente sabiduría y templanza para no dejarse corromper por la felicidad. Un sereno vivir, una dulce ironía en la expresión, y en la mirada la lejanía sin patria del viajero que regresa al hogar colmado de experiencias, pero con un poso de escepticismo que relativiza cualquier conocimiento que no sea la inocencia inicial con la que un día partió en busca de fortuna. Sí, ya era hora de ir limpiando el alma de tópicos y excrecencias tontamente librescas.

Mi gran momento está por llegar.


La vida negociable,Luis Landero, p. 332-333
Leo no contestó, y también su silencio lo decía todo. Al rato, salió el peluquero, aún con la chaquetilla blanca, le dio a la manivela y recogió el toldo. Y según lo recogía, fue apareciendo poquito a poco un cartel cuyo mensaje yo presentí desde el primer momento: Se vende o se traspasa, ponía. Volvió a entrar, reapareció enseguida vestido de calle, apagó los fluorescentes, cerró la puerta y se marchó. Leo y yo no nos dijimos nada, qué nos íbamos a decir, y ni siquiera nos miramos, pero yo sé que los dos sentimos el roce de la fatalidad, y supimos que justo en ese instante se iniciaba un nuevo capítulo en nuestras vidas. Finalmente se apagaron las últimas luces, y solo quedó en la plaza desierta una farola, una pobre y pálida farola escondida entre un rumor de árboles, y arriba el cielo cuajado de estrellas y la noche protectora a nuestro alrededor. Y nosotros, sin fuerzas para buscar un sitio en que dormir, nos quedamos aquí sentados, descansando, porque creo que eso es lo que necesitábamos, descansar. Leo se acurrucó en mi hombro y se durmió enseguida. Pero yo, incapaz de dormir, no he dejado de recordar y pensar en mi vida, buscándole un sentido, un argumento, una moraleja, alguna certeza sobre mí, algo que me sirva para orientarme, y saber quién demonios soy yo y adónde voy, ahora que todavía soy joven y me queda tanto camino por andar. Pero no se me ocurre nada. A lo mejor es que la vida, o al menos la mía, consiste solo en eso, en ir de camino a lo que salga, que no hay más trascendencia que esa, y que más allá de este viaje incierto solo nos queda, como último gran recurso, como el gran naipe ganador que nos guardábamos en la manga, negociar con quien corresponda el sueño de la eternidad, que hasta eso al parecer es negociable en esta vida. Pero entretanto, yo me reafirmo en lo mío y sigo pensando, como ya dije al principio, que dentro de mí hay cualidades innatas esperando a salir a la luz, y con un poco de suerte mi gran momento está por llegar.

LA VIE EN ROSE

La vida negociable, Luis Landero, p. 358
Cuando salimos de la residencia, yo estaba confuso como nunca hasta entonces. No entendía que la vida pudiese ser tan irrisoria, tan fea, tan trivial, y a la vez tan dramática, tan misteriosa y llena de belleza ... Un breve río hacia la mar, es cierto, pero un río tan ancho y caudaloso que sus orillas no se ven ni se logra hacer fondo. Todo tan evidente y tan sencillo y todo a la vez tan extraño, tan inexplorado. Todo tan a la vista y todo tan ignoto. Y tan superficial como profundo. Y todo esto, este extraño negocio de vivir, con su mágico laberinto, con sus grandes palabras y sus grandes promesas de futuro, con su incansable afán de plenitud, y todo más soñado siempre que vivido, todo esto, ¿qué sentido tiene?, ¿en qué proporción se mezclan lo ridículo y lo sublime, lo trascendente y lo banal, la comedia y el drama, la épica y el folletín ... ? Era domingo, y yo caminaba con mi moneda nueva bien guardada en el puño. Y así iba, intentando sacar una moraleja para mi historia, cuando cerré los ojos, súbitamente deslumbrado por el sol, y me llené por dentro de chiribitas y explosiones de luz.
Tengo hambre, ¿tú no?, dijo Leo.

Y allá que nos fuimos también nosotros a comer. Y en eso, ioh mundo prodigioso!, quedó todo el prodigio.

DE LAS PELUQUERIAS

La vida negociable, Luis Landero, p. 178-179
¿Qué son las peluquerías sino pequeñas universidades populares? Fíjate en mí. Yo apenas tengo estudios, y sin embargo ya ves, y más que verás, cómo me expreso, con qué facilidad hilo conceptos, sintetizo lo mucho y analizo lo poco, sé hablar prolijo o breve según las conveniencias, y en una conversación, puedo aportar algo a cualquier tema, y alguna luz a cualquier controversia. Y de pullas, citas, chirigotas, burlas, desplantes y retruécanos, todos los que quieras. Un peluquero tiene que saber hablar y adaptarse a todo tipo de asuntos y discursos, lo mismo con un rey que con el último vasallo. Porque igual que hay gente de lo más sofisticada, hay otra que se las apaña con un poco de pan y algo de unte, y también para alimentar el alma se arregla con lo básico, unos refranes, unas anécdotas, unos chistes, el sentido común y poco más, y con eso les vale. Como el buen torero, tenemos que saber lidiar todo tipo de toros.
Un peluquero, seguía adiestrándome en los secretos del oficio, ha de tener también una amplia batería de temas de coloquio, y ser un poco o un mucho psicólogo para conocer los gustos y el carácter de cada cliente. En una peluquería se habla mucho de política, y es deber y arte del peluquero moderar y matizar continuamente las opiniones de los pelucandos. O, por ejemplo, tener un chiste a tiempo, entre los muchos que se sabe, para poner una nota de humor en una discusión que comienza a nublarse. El peluquero, por otra parte, está expuesto a un sinfín de influencias ideológicas. Y o he conocido a peluqueros, y a mí mismo me ocurrió de joven, cuando tenía poca experiencia, que se levantaron de derechas y al término de la jornada eran ya anarquistas confesos, o de ateos pasaban a místicos, o se hacían futboleros fanáticos sin haber dado nunca una patada a una pelota.

Porque una peluquería es un espacio público de libertad y democracia, me decía, donde las opiniones circulan a su antojo, salvo que el peluquero (y es que en todos los oficios hay gente absolutista) imponga en ella la dictadura de sus propias ideas. Porque has de saber que la civilización les debe mucho a las peluquerías. Ellas cohesionan a la sociedad. iCuántas revoluciones y fuertes corrientes de opinión no se habrán gestado en las antiguas barberías de Menfis, de Atenas o de Roma! Pero, por otro lado, también la peluquería es un espacio privado, y hasta de intimidad, donde, en voz baja, y a veces compungida, el pelucando se confiesa con su peluquero. Y es que la autoridad de los peluqueros sobre sus pelucandos, cuando el peluquero domina las artes de su oficio, es comparable acaso a la del médico con sus pacientes o a la del sacerdote con sus feligreses. Al peluquero le cuentan lo que a nadie se atreverían a contar, secretos sobre su trabajo, sobre su matrimonio y sus amoríos, sobre su salud, sobre sus triunfos y miserias. Y es que, de algún modo, el cabello es la extensión del pensamiento y hasta de la conciencia. De ahí que el peluquero deba ser un hombre discreto, piadoso y seguro de sí, con una escala de valores amplia y flexible, que le permita comprender, aconsejar, conciliar, consolar, dar y quitar razones, guiar y reconducir, como experto y gran conocedor del alma humana que es.

SAN GARCINUÑO

La vida negociable, Luis Lander, p. 158
¿Un santo en los infernos?
Dicen que se condenó a propósito, y es de suponer que con la venia del Señor, para poder ser nuncio y espía del Vaticano en el reino de Lucifer. Es el único santo que pecó a su pesar y por orden divina.
Es una historia absurda, y le limpié la boca con el babero.
¿Absurda? Qué sabes tú de esas cosas. La religión está llena de misterios vedados al hombre. Tratándose de Dios, todo es posible.
Y ese santo, ¿hizo milagros? Porque para ser santo hay que hacer milagros, ¿no?
Así es. No hay cosa más hermosa en el mundo que los milagros. Y o me sé muchos, a ti te los contaba de niño, y a menudo me los cuento a mí mismo y encuentro mucho consuelo en ellos. Sin ir más lejos, el que tu madre se fijara en mí y se casara conmigo, ¿qué fue sino un milagro? Pero, volviendo a lo nuestro, se dice que, tres días después de morir, san Garcinuño, que entonces aún no era santo, apareció mezclado entre los peregrinos que iban a ver al Papa, y que uno que lo reconoció, solo de verlo se quedó ciego para siempre. Todos gritaron: iMilagro!, imilagro!, y dicen que el ciego sonreía como si siguiera viendo por dentro. Pero a otros que lo miraron y no lo reconocieron, no les pasó nada. Eso me lo han contado a mí sus descendientes, y hay documentos que lo atestiguan. Y todos sus milagros eran así, prodigios perniciosos, pero que mostraban igualmente la omnipotencia del Altísimo.
¿Dejar a alguien ciego es un milagro?

iQuién sabe! Piensa que le privó de la luz natural, pero le abrió los ojos del alma a una luz interior. Debe de haber muchos milagros en el mundo que tienen la apariencia de una desgracia, y sin embargo son milagros, y prueban la existencia de Dios.

SILENCIO

La vida negociable, Luis Landero, p. 128
Y ahora entra en escena otra vez el silencio, su majestad el silencio, el que a veces te obliga a decir lo que no quieres y a callarte lo que anhelas decir, el urdidor de equívocos, de esperanzas, de angustias, de culpas, de las más fantásticas sugerencias e hipótesis, espada que hiere y elixir que alivia, cornadas de grillo que a veces son mortales, escaparate y trastienda donde ocultarse o exhibirse, albergue donde descansar y laberinto en el que extraviarse, el comediante de las mil caras, el único capaz de decir lo indecible, el histrión desvergonzado al que no le importa hacer público lo inconfesable sin miedo ni rubor, el mago que convierte lo claro en turbio y lo inescrutable en evidente, el que con más secreta elocuencia nos define, porque tanto o más que por nuestras palabras los demás nos conocen e intuyen por nuestros silencios. Y ahora, al decirme mi madre: Lo que tengas que decir, dímelo aquí, yo me sentía desarmado, indefenso, porque yo no sabía ahora qué hacer con el silencio. Qué  decir, qué hacer, cómo callar cuando el otro no te ayuda en las pausas sino que te deja expuesto a ellas, a la intemperie, permitiendo que el eco de las palabras recién dichas resuene en el silencio con todas sus contradicciones, sus insuficiencias, sus titubeos, sus significados desnudos que, por sí mismos, sin el auxilio del otro, poco o nada aciertan a decir.

CUPIDO

La vida negociable, Luis Landero, p. 94
Ese día aprendí que, igual que en un instante uno puede llegar a convertirse en un canalla o en un santo, alguien puede también llegar a aprender y a sentir de golpe lo que un sabio quizá no consiga adquirir en una larga vida consagrada al estudio. Entonces comprendí por qué el amor aparece representado por Cupido, hijo de Marte, el dios de la guerra, por qué lleva los ojos vendados y por qué sus armas son el arco y las flechas, y por qué se habla de las heridas mortales del amor. En un momento conocí el dolor insufrible, los celos, la insignificancia y la grandeza, la esperanza más loca y la desesperanza más atroz, la alegría de crear y construir y la euforia sombría ante una posible devastación apocalíptica, la inspiración y la torpeza, la seguridad de sentirme capaz de todo, de las tareas más esforzadas y de las más altas empresas, capaz de ejecutar las acrobacias más difíciles, de dar saltos mortales, de brincar por sobre las estatuas y las cabinas telefónicas, y de bajar al fondo del mar y a los más peligrosos abismos, pero también de convertirme de repente en una sabandija y desaparecer astuto, escurridizo, hacia el subsuelo legamoso, mi verdadero medio natural... Todas las palabras, y todas las comparaciones y las ocurrencias imaginables, serían apropiadas para dar cuenta de esa plena y súbita experiencia, pero todas juntas no servirían para describir el maravillado terror con que yo la veía avanzar y avanzar hacia mí.
En la imagen Mars Chastising Cupid de Bartolomeo Manfredi, ca. 1605  

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