8 de enero de 2021. Ya anocheció, pero aún es pronto para recogerse. Los siete comensales —fatigados por el aburrimiento, perdida la vista tras las ventanas, en el resplandor pálido de los remolinos de nieve— rodean una mesa con los remanentes de la cena: platos rebañados con manchas de yema, regojos, pellejos de embutido, cortezas de queso, mondas de mandarina, restos de helado y vino. Al fondo, sentados a una mesa, un hombre y una mujer juegan a las cartas.
Lo más visto
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
INCIPIT 1.607. COLOQUIO DE INVIERNO / LUIS LANDERO
8 de enero de 2021. Ya anocheció, pero aún es pronto para recogerse. Los siete comensales —fatigados por el aburrimiento, perdida la vista tras las ventanas, en el resplandor pálido de los remolinos de nieve— rodean una mesa con los remanentes de la cena: platos rebañados con manchas de yema, regojos, pellejos de embutido, cortezas de queso, mondas de mandarina, restos de helado y vino. Al fondo, sentados a una mesa, un hombre y una mujer juegan a las cartas.
INCIPT 1.474. EL HUERTO DE EMERSON / LUIS LANDERO
Tiempo de vendimia
Tengo un cuaderno nuevo y no sé
en qué gastarlo. Es invierno, ya ha oscurecido, hace mucho frío y afuera
resuena el temporal. Y o me he arrimado a este cuaderno como el mendigo al
calorcillo de la lumbre. Por el momento no sé qué escribir, es cierto, pero eso
importa poco. Cuando uno no sabe qué escribir, cuando la imaginación flaquea,
cuando el alma se apaga y se embrutecen los sentidos, y cuando aun así uno
siente la necesidad de escribir, siempre queda la posibilidad de abandonarse a
los recuerdos. En nuestro pasado está todo cuanto necesitarnos para encender el
fuego de la inspiración. Hasta la fantasía tiene su casa en la memoria. No
escribas lo que sientes, escribe lo que recuerdas y dirás la verdad, como decía
no recuerdo quién. Así que no hay más que salir a pasear por el bosque del
tiempo ya vivido
HOMBRES
El huerto de Emerson, Luis Landero, p. 131
En aquellos tiempos, mientras las mujeres iban y venían, los
hombres se ocupaban de los temas propios de su rango, que eran siempre graves,
arduos y trascendentes, y que por eso precisaban de largas reflexiones, de
hondas y lentas chupadas al cigarro, de resoplos y de suspiros, y de mucho cabecear
y removerse en la silla y derramar la mirada en el suelo. Bajo el peso de tan
grandes cuestiones, parecían titanes encadenados que se debatían contra los
designios de alguna poderosa deidad, en tanto que las mujeres andaban como flotando
y resolviendo problemas con su varita mágica, sin necesidad de aquellas
interminables y amargas sentadas pensativas.
Los hombres se ocupaban del porvenir, que era siempre
incierto, en tanto que las mujeres vivían correteando por el presente, siempre
ligeras y siempre laboriosas. Es más, si las mujeres sacaban tiempo para todo,
a los hombres les ocurría que la vida entera les resultaba demasiado breve para
llevar a cabo sus proyectos, de tan ambiciosos como eran, y que por tanto no
merecía la pena intentar siquiera realizarlos, sino que era mejor pasar
directamente a los lamentos y entregarse sin más a la melancolía de lo que pudo
haber sido y que, por cosas del destino, por pura mala suerte, se quedó en
ilusión, en humo, en sueño, en nada.
MUJERES
El huerto de Emerson, Luis Landero, p. 130
Veréis, yo tengo una prima
hermana, mi prima Antonia, que debe de andar muy cerca ya de los cien años, que
va diciendo por ahí desde hace mucho tiempo que yo no he escrito los libros que
he escrito, que en qué cabeza cabe que yo sea capaz de escribir libros. «¿No
veis que yo lo vi nacer y lo vi criarse desde bien chico?», argumenta, y
sostiene que los libros me los escribe mi mujer y que luego yo los firmo y me
llevo el mérito y la fama. Pero no hay mala intención en sus palabras, ni da a
entender siquiera que eso pueda ser un engaño, una rareza o un agravio, sino
que lo dice corno la cosa más natural del mundo, porque los negocios entre
hombres y mujeres siempre fueron así. Eran ellas las que se atareaban en la
sombra, las que se afanaban a escondidas, las que hacían los incontables
trabajos de diario con tan menudo ahínco que nadie reparaba en ello sino que
parecía que las cosas se resolvían por sí solas, o por intercesión de alguna fuerza
etérea, y eran también ellas, las hadas con alpargatas y mandil, las que aún
sacaban tiempo -¿cómo lograrían convertir el día en un pozo inagotable de
tiempo?- para ayudar a tejer los delirios y sueños de los hombres. Por eso mi
prima Antonia pensaba que la idea de
escribir libros sería mía, sí, y que acaso yo los tenía inventados en la
cabeza, pero que quien los había hecho de verdad era mi mujer, como venía
ocurriendo desde siempre.
INCIPT 1.468. LA ULTIMA FUNCION / LUIS LANDERO
Ernesto Gil Pérez (Tito para más señas o, como mucho, Tito Gil) entró en el bar restaurante Pino al anochecer de un domingo de enero, unos dos meses antes de la llegada o, más bien, de la aparición de Paula, y estas dos figuras, y los hechos que ocurrieron en ese tiempo, son la materia principal de esta historia. Todo esto y más sucedió entre el invierno y la primavera del año 1994, en San Albín, o solo Montealbín, que de las dos formas se le puede llamar a este lugar, o más bien se le llamaba, porque hace ya tiempo que está abandonado de Dios y de los hombres, como tantos otros de por aquí, de estas sierras pobres de la periferia de Madrid, lindantes ya con Guadalajara y con Segovia, y que tuvieron, aunque cueste creerlo, sus tiempos de esplendor. Y el último, y sin duda el más grande, de esos esplendores, sobrevino precisamente durante esos meses, y con aquella magnífica, deslumbrante explosión, y después de tantos siglos de historia, se extinguió definitivamente este lugar.
GULA
La última función, Luis Landero, p. 119
Y lo llevó a una churrasquería.
Nada más sentarse, se apoderó de la carta y dijo: «Déjame a mí, yo pido por los
dos». De entrantes, pidió algo así como torreznos, mollejas, riñones, tres
tipos de morcilla, callos, croquetas, albóndigas de liebre, pasteles de
cordero, sesos de ternera... , de primero pidió un potaje de garbanzos, y por
encima dos chuletones de buey, con sus guarniciones de patatas y pimientos
fritos, y de postre una tabla de quesos y una tarta de hojaldre con nata y
chocolate ... Nada más servirles el primer plato, Amalia se puso unos lentes
con ceremonioso aire profesoral, y aquella fue la señal para empezar a comer y
a beber. Amalia comía con concentración, pulcritud y eficacia, y Tito, que era
torpe y de poco comer, esforzándose, dando tajos inciertos con el cuchillo en
toda aquella carnicería, y dejando su lado de la mesa lleno de manchas, huesos,
mondas y pellejos. Amalia se comió también lo que él dejó. Había engordado,
aunque no en la medida en que comía, y su boca, aquella boca perezosa y pueril,
seguía allí, masticando, engullendo, saboreando, relamiéndose, y tan sensual y
tentadora como siempre.
Pasaron la tarde juntos, se
contaron en esbozo sus vidas, merendaron chocolate con ensaimada, recordaron luego
los viejos tiempos, y cenaron en un italiano, donde no faltó el risotto, la
pizza y la lasaña. Aquella mujer era una auténtica tragaldabas. Y, según comía y
bebía, Tito observó que se ponía insinuante, lúbrica, mimosa. Así que remataron
el día en casa de Tito, y entre chupitos de licor, juegos, bromas y risas,
acabaron en la cama, y ella se comportaba allí lo mismo que en la mesa,
insaciable y voraz. Porque, como Tito no tardó en descubrir, en Amalia la
lujuria y la gula iban siempre juntas, y no existían una sin la otra, y se alentaban
y provocaban entre sí. Era todo la misma cosa.
LANDERO
La última lección de Luis Landero, p. 49
Esas palabras eran estructura y coyuntura. Fue oírlas y entenderlas
y quedar prendado de esas nociones que parecían capaces de explicar tantas
cosas. La estructura era la unidad y armonía de las piezas, lo compacto, el
conjunto, el todo, lo perdurable, lo fuerte y esencial, lo magro, en tanto que
la coyuntura nombraba lo pasajero, lo accesorio, lo circunstancial. Eran
palabras con argumento, palabras que hacían mucho bulto conceptual. En ellas
vio Tito un botín de sabiduría, un filón de conocimiento, una herramienta
multiuso, aplicable a infinidad de problemas. Es más: no había apenas cuestión
que escapase al alcance significativo de esas dos palabras. Hasta los amores
podían ser estructurales o coyunturales, y lo mismo la poesía, las comidas, la
relación con los demás, los hechos históricos o los menudos del día a día de la
vida.
Otra vez, nos contaba, un
profesor dijo: «Las dos vertientes del problema», e hizo con las manos un tejadito
a dos aguas, a modo de ilustración. De pronto, a Tito se le hizo la luz.
Vislumbró zonas de la realidad desconocidas hasta entonces. Todo tenía al menos
dos vertientes, todas las cosas hacían figuras poliédricas. Era una idea tan
plástica que se podía ver, casi tocar con las manos. Era casi poesía. Las dos o
tres o cuatro vertientes de un amor o una pena, por ejemplo. iQué tesoro de
conocimiento en tan breves palabras! Y en otra clase oyó decir que, como en los
globos aerostáticos, a veces es preciso echar por la borda lo superfluo para
poder así ganar altura. ¿Había algo en la vida de cualquier persona, y en
cualquier lugar y en cualquier época, que no quedara iluminado y descifrado
bajo el resplandor de esa imagen tan potente y tan sabia? Y otro profesor dijo
un día que, al igual que la reja del arado ahonda y remueve la tierra para
vivificarla, así el artista o el filósofo remueve las ilusiones y rutinas mentales
de una sociedad débil y adormecida para infundirle nuevos bríos.
INCIPIT 1.304. UNA HISTORIA RIDICULA / LUIS LANDER0
No creo pecar de orgullo, como demostraré a lo largo de mi exposición, si comienzo diciendo que soy un hombre con ciertas cualidades. Quizá no resulte especialmente apuesto y llamativo, pero sí educado, discreto, concienzudo, culto y buen conversador. Todos cuantos me conocen saben, o deberían saber, de mi honradez y rectitud. En otros tiempos tuve un buen puesto de trabajo y un piso en propiedad. ¿Mi visión del mundo y de la vida? Trágica y trascendente. ¿Mi historia? De amor, de odio, de venganzas, de burlas y de ofensas. Me llamo Marcial Pérez Armel, resido en Madrid, y tengo en muy alta estima el viejo concepto del honor.
Algún malicioso dirá: «Sí, pero
careces de estudios superiores». A lo que yo respondería que, sobre este asunto
de los estudios, habría mucho que hablar. Fidel y Víctor, por ejemplo, los
otros dos pretendientes de Pepita, y por tanto rivales míos, uno era
historiador, y el otro violinista.
ARPIAS
Una historia ridícula, Luis Landero, p. 171
De pronto, se oyó de nuevo el
sarcasmo de aquella voz odiosa diciendo: «¿Romántico, poeta, bohemio y
matarife?, ¿vísceras de día y versos por la noche?». Y yo repliqué que,
precisamente, no hay artista romántico que no tenga una parte sombría, marginal
y canalla. Yo admiro a esos vagabundos que no han entregado a la miseria las
mejores prendas de su carácter: esa es la verdadera elegancia y la verdadera
dignidad. Y cuando la voz preguntó que quién me había dicho a mí que yo servía
para ser escritor y bohemio, yo dije sin más que donde no llegase el talento
llegaría la apariencia. En el amor, todas las trampas para conquistar a la
amada son válidas, y también la impostura. Al fin y al cabo, todos fingimos ser
mejores y más atractivos de lo que en verdad somos. Los pájaros hinchan el papo
y esponjan el plumaje, el sapo y la cigarra cantan con una potencia que excede
a su tamaño, el león su melena, el ciervo el aparato de su cuerna, qué menos que
yo me engalanase con las modestas prendas de un escritor en ciernes. Así fue
como el amor obró en mí una metamorfosis tan rara y prodigiosa como la de Franz
Kafka, de cuyo libro hablaré luego. De pronto, una mañana me desperté
convertido en un ente sublime y ridículo a la vez, y también a la vez sabio y
estúpido, como esos animales fabulosos que tenían a un tiempo garras, pico y
pezuñas.
MARCIAL
Una historia ridícula, Luis Landero, p. 119
También comprendo la música
clásica, y la admiro y respeto. Aunque no la oigo mucho, no me pierdo jamás el
concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena. Otro ejemplo. Yo he
escuchado versos de García Lorca, imposibles de entender de tan raros y
oscuros, pero algo en mi corazón decía: «Son bellos, son terribles, y están
cargados de verdad». Yo tuve un profesor que me hizo leer obras que me
gustaron, a pesar de que tampoco yo soy un gran lector de libros de literatura:
las Leyendas y Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, Misericordia de Pérez Galdós,
Crimen y castigo de Dostoievski, el Lazarillo, Miguel de Unamuno y su sentimiento
trágico de la vida, e incluso el Quijote. Yo estoy abierto a todo, aunque he de
decir que tengo debilidad por las novelas policíacas, de detectives deductivos.
Pero, por encima de todo, mi lectura favorita, además del diccionario ilustrado,
es una enciclopedia universal que tengo en cinco gruesos tomos, y algunas
revistas de divulgación, entre ellas el Reader's Digest, que es de lo más amena
e instructiva, y de la que poseo cientos de ejemplares, comprados en lotes de
segunda mano. Me gusta la brevedad y la variedad de temas, como creo que se
habrá observado ya en esta exposición.
Pero, volviendo al cuento, al
escuchar que Pepita era experta en arte, y que ella misma era artista, a mí se
me oscureció el mundo. He aquí que el amor, y su tiranía, me obligaba una vez
más a fingir, a añadir nuevas trazas a mi personalidad, a decir, como
efectivamente dije, que, aunque no entendía mucho de arte, a mí el arte me
subyugaba, esa misma odiosa palabra usé, y que me encantaría ver algunas
pinturas y dibujos suyos.






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