Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

NORMAS


Hoy, Júpiter, Luis Landero, p. 435
Así se lo contó a Dámaso, mientras bebían en la trastienda, cuando salió a cuento el viejo asunto de la felicidad. «Cuando yo era muy joven, hice un estudio de lo más erudito sobre ese tema», comenzó diciendo, con un tono desenfadado que no excluía un eco emotivo de seriedad. Le contó lo que había significado para él la relectura de la carpeta tantos años después, recitó y comentó algunas citas magistrales, y finalmente, a la cuarta cerveza, enumeró aquellas cuatro fórmulas sencillas e inocentes, con un cierto tufo a filosofía de magazine, es verdad, pero que, bien entendidas, podían ser eficaces para alcanzar, si no la felicidad, sí al menos el modo de protegerse del asalto de ciertas fuerzas oscuras que conspiraban contra ella. Se sentía bien hablando con aquel hombre que escuchaba con una especie de confiada y humilde obstinación.
La primera norma decía así: «Ser en acto». Cuántas veces nos dejamos embaucar por la nostalgia y las culpas del pasado o por las ilusiones y amenazas del porvenir. Y no, no había que escuchar esos cantos de sirena que trabajan para nuestra perdición. Era pecado sacrificar un hoy mediano a un mañana magnífico o a un ayer cuyas miserias y esplendores ya no tienen una segunda oportunidad de enmienda o de celebración salvo en el vano y atormentado mundo de la fantasía. Debemos de acabar de una vez para siempre con la edad de las hadas y de los ogros. iAcción, acción! No ser la flecha en el arco ni la vela a la espera del viento. Y habló apasionadamente de Hamlet, de Vania, del «carpe diem», del “ubi sunt?”, y de todas esas cosas que todos saben y pregonan pero que todos desatienden. Dámaso asentía con una expresión reconcentrada. «Cierto», fue todo cuanto dijo al finalizar Tomás su exposición. Ahora, al decir en alto lo que había pensado con tanta convicción en la intimidad, le pareció que todas aquellas normas eran pura palabrería. Se sintió un vulgar charlatán de feria. Obviedades, lugares comunes, filosofía de sobremesa y baratillo.
La segunda norma decía: “Aligerar el yo», y también él empezó a aligerar su discurso. A veces nos tomamos demasiado en serio a nosotros mismos, cuando en verdad no hay mejor consuelo que ocuparse del mundo y olvidarse del yo. Tanta belleza y horror como había por todas partes, tanta gente que conocer y caminos que andar, y siendo además la vida tan breve, tan incierta, ¿no era ridículo andar mirándose el ombligo y escarbando en la madriguera del yo, del uno mismo, entre engreído y torturado? La tercera norma completaba a las anteriores: “Fijar la mirada», que era tanto como ocuparse de las cosas concretas de nuestro alrededor, de nuestro mundo, de aquello que nos hace por fuerza originales, evitando lo genérico y lo abstracto, que por ser de todos no es de nadie. Y la cuarta, sobre la que no había nada que comentar por su propia elocuencia, era la cosa más sencilla del mundo: “Ser en todo momento dulce, grave y sincero».

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