Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

1.159. UNA CASA EN EL DESIERTO / JAVIER FERNANDEZ DE CASTRO


Vista a distancia, y solo a juzgar por sus hechuras, bien podría tratarse de una de aquellas mansiones que las familias acomodadas de antaño se construían en lugares de moda y  dotaban de todos los equipamientos que se consideraban indispensables para pasar un buen verano.

Pero, a diferencia de aquellas casas, esta se alza en medio de una zona desértica, desesperantemente pedregosa y de una sequedad casi ofensiva. Las lejanas estribaciones de la sierra que surgen a su espalda hacen de pantalla a los frentes de nubes procedentes del mar y que tras chocar contra esa barrera montañosa se desvían hacia el este llevándose consigo la posibilidad de una lluvia que podría ser casi un milagro para esta tierra paupérrima y de aspecto lunar. Pese a las dificultades que por fuerza hubo de plantearles un medio tan hostil a la vida, los actuales propietarios tuvieron la precaución de plantar nada más instalarse una tupida arboleda que defendiese la casa y sus dependencias de los embates del cierzo y atemperase los efectos de las tormentas de polvo que con tanta frecuencia se desencadenan en esta parte del país. De aquellos árboles protectores quedan en pie bastantes ejemplares perfectamente robustos y saludables, aunque lo que predominan son las raquíticas siluetas de unas variedades que, encima de ser más débiles o menos aptas para medrar en un desierto, se han avisto afectadas por un mal que con toda evidencia acabará matando cualquier tipo de vida. Sin embargo, y en contra de lo que pueda parecer debido a semejante entorno, la casa misma ofrece un aspecto cuidado e incluso de las rejas del jardín y las contraventanas de las cuatro fachadas se diría que no hace mucho han sido repintadas de verde.


INCIPIT 1.158. IMAGINAR EL MUNDO


Estamos encantados de volver a dar vida a estas conversaciones que, en su momento, se celebraron en directo en festivales de todo el mundo y que ahora están disponibles en formato digital corno grabaciones de audio o vídeo en el archivo online de Hay Player. La transcripción de estas conversaciones no registra el ambiente que se vive en los escenarios de los festivales, pero sí capta la elocuencia de escritores y escritoras, su forma de contar historias que todos reconocernos corno verdades. La literatura nos brinda el gran don de entender el mundo desde el punto de vista de otros. Estas entrevistas pueden ser el punto de partida perfecto para comprender cómo funciona la creatividad.

Las sesiones se basan en la premisa de un profundo aprecio por las personas entrevistadas y el deseo de oírlas hablar y reflexionar sobre su trabajo. Las versiones de esta selección reproducen la cadencia y originalidad de sus conversaciones. Plasman la espontaneidad, las expresiones y los giros idiomáticos que caracterizan a quienes dominan  una lengua y juegan con ella con total habilidad. Sin olvidar a los presentadores y moderadores, que reciben a sus invitados con suma amabilidad y conducen las entrevistas con discreción y destreza. Los participantes se dirigen a un público procedente de todos los rincones del mundo. Son jóvenes y mayores, ávidos lectores, personas eruditas con muchísimas ganas de aprender y escuchar ideas nuevas. Son un público fantástico. Los escritores y escritoras que se incluyen en esta colección son librepensadores, personas que imaginan y dan forma al mundo.


INCIPIT 1.157. ILUMINADA / MARY KARR


PRÓLOGO: CARTA ABIERTA A MI HIJO

CARA A: AHORA

Cuente como cuente esta historia, es mentira, así que te pido que desconectes el dispositivo que repite a intervalos dentro de tu cabeza lo vieja y espesa que estoy Es cierto que, si comparamos mis cincuenta con tus veinte, mi cerebro sale mucho peor parado. Tu motor para el recuerdo es muy superior, como me señalas a menudo.

¿Cuántas veces has conseguido que deje de lanzar cojines por los aires en busca de las gafas, informándome de que las llevo encajadas en la cabeza? La tarta que comimos aquel cumpleaños tenía doce velas, no diez; y no fue en Londres, sino en Venecia, donde compré al tuntún, preparé y serví a nuestros invitados una pasta que erróneamente pensé que imitaba la forma de la bota italiana.

Y si me resistiera a tu recuerdo, tú serías capaz de sacar la cámara de vídeo que llevas pegada a la cara desde que tuviste edad suficiente para pulsar el botón rojo de grabar. Harías zoom sobre el bol de pasta de 1998 y revelarías no la bota de la península itálica sino unos penes en miniatura con sus correspondientes testículos. Pasta de pichas y huevos. Con razón se descojonaban de risa los que me la vendieron, con razón la au pair se puso más blanca que el mantel.


1.156. LOS CUERPOS PARTIDOS / ALEX CHICO


La única persona que podría acabar de explicarme lo que sucedió no tiene memoria. Se encuentra ahora en una residencia del barrio de la Bordeta, en las últimas calles del sur de Barcelona. Un poco más abajo, la ciudad cambia de nombre y todos los edificios a uno y otro lado se sitúan en puntos limítrofes, como si fueran los encargados de marcar una frontera y no supieran exactamente a qué lugar pertenecen. En cierta forma, están en tierra de nadie.

Los ancianos que se alojan en la residencia también se encuentran en un territorio intermedio, justo en la línea que separa la vida y la muerte. Prolongan su existencia a duras penas, por inercia. Aunque haya algunos que se mantengan en pie y puedan caminar por cuenta propia, la mayoría pasa el dia entero sentado en las butacas de la sala o durmiendo en la habitación. Casi siempre tienen la televisión encendida, pero dudo mucho que sepan exactamente lo que sucede en la pantalla. Les alivia escuchar una voz de fondo, como un eco lejano que les hiciera pensar que aún no están solos. Dirigen sus ojos hacia el televisor, absortos, ladeando la cabeza hacia abajo, con los párpados tan pesados que siempre parecen a punto de precipitarse en un nuevo sueño.

Miran sin ver nada. A veces hablan, pero sus frases son inconexas, vagas, como si hubieran aprendido un idioma distinto al heredado. Más que un idioma, lo que les queda es el desecho de un lenguaje, los coletazos de una lengua casi extinguida.


Hunky Dory (1971).


Si Hollywood fue descrito como la máquina creadora de sueños, y si en última instancia el sujeto que sueña es la cultura occidental del siglo XX (y, en el momento de publicación de este álbum, la modernidad tardía), las figuras que pueblan ese sueño son los mitos de nuestra época, esos que, en la mirada retrospectiva de J.G. Ballard en Hola América, pautan su propio panteón de deidades. En la portada de Hunky Dory David Bowie es Marlene Dietrich, Greta Garbo y Lauren Bacall, y elude una vez más confrontarnos mirando hacia la cámara, a la vez que fija su mirada (pero sin intensidad) en algo que flota por encima del espacio de la representación. La imagen está coloreada artificialmente, como si fuera una fotografía del pasado vuelta a circular y el presente sólo pudiera hacerse visible en esa coloración que soñaba estrella de cine en la carátula de Hunky Dory, ahora se presenta ante todo como parte de un sueño más amplio. Aladdin Sane (1973). Quizá Bowie no estaba del todo en la portada de The Rise and Fall, o si estaba allí era por fuera de toda ubicación privilegiada, como un elemento más en la escenografía. Para su sexto álbum eligió volver a la posición central, pero quien vuelve no es “David Bowie” ya para entonces célebre estrella de rock, ni mucho menos “David Jones”, el adolescente de los suburbios de Londres que se propuso llegar a la fama, sino una criatura sintética, inhumana, de piel grisácea, apenas rosada en el rostro. Una gota de mercurio quiere caer desde su clavícula izquierda, a la vez que refleja el color naranja encendido del cabello. ¿Se trata de un androide apagado, con los ojos cerrados y los labios libres de toda humedad o humanidad? Si los ojos son “las ventanas del alma”, aqui, simplemente, no podemos saber gran cosa. El T-800 de la saga Terminator, en su inhumanídad maquíníca, al menos nos permitía reconocer una chispa de vida en la pequeña luz roja que inquietaba detrás de sus pupilas, apagada como signo

de interrupción de la consciencia o incluso de muerte; aquí, simplemente, no podemos decidir en cuanto a una interioridad. Y, de hecho, tampoco en cuanto a una exterioridad: el fondo es  la blancura vacante absoluta, sin siquiera las texturas del primer álbum o de Hunky Dory, y parece abrirse camino por el cuerpo representado desde los brazos y el pecho, como si esta nueva versión de Bowie fluctuara entre nuestro mundo y un vacío, borrando todo posible habitante del espacio exterior/ interior. Y después está el rayo, el elemento emblemático de la portada, que atraviesa frente y costado derecho del rostro en rojo, azul y negro; se interrumpe al llegar al párpado superior, libre del contorno de la ceja (allí se vuelve dientes) y sigue más allá, hasta la mandibula inferior. Ian Chapman propone una serie de lecturas posibles: puede tratarse del “símbolo del peligro, particularmente del peligro eléctrico”, pero también “evoca recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, cuando fue usado como insignia de las tropas de élite nazis». Al mismo tiempo, “en tanto desciende del cielo, el rayo ha sido empleado ampliamente como una metáfora de la inspiración divina o de la comprensión repentina”. En términos de su uso sobre un rostro, podría aludir a la esquizofrenia, la división del sujeto y disgregación de su personalidad. El título, después de todo, que aparece en una tipografía que retoma los colores azul y rojo del rayo, a la vez que añade una suerte de llama a manera de punto de la i, juega con la idea de locura: “Aladdin Sane” tanto remite a Aladino (quien podría pensarse que tuvo acceso al rayo divino encerrado en una lámpara y lo usó, a modo de pacto faustiano, para cumplir sus deseos) como se descompone en “A lad insane” (“un chaval  demente”).


The Man Who Sold the World (1970)



Tras el no-espacio de la portada de su primer disco, y del espacio en expansión del segundo, para su tercera portada de álbum Bowie eligió un espacio reconocible, real: cortinas, una repisa con adornos, un armario, un suelo con moquette y un sofá (o chaise longue) cubierto de seda azul y violeta. Y del mismo modo que la escenografía se ha vuelto concreta, casi específica, ahora nos encontramos con algo más que una cabeza flotante en tanto vemos su cuerpo: completo, recostado en una suerte de pose hedónica sobre el sofá, los pies enfundados en botas de cuero, los antebrazos adornados con pulseras, el cuello abierto hasta la mitad del pecho y, especialmente, un vestido que la economía de género e indumentaria de los setenta, y sin duda la del presente, entiende ante todo como femenino. Puede ser un “vestido de hombre”, como diría Bowie en algún momento, pero la distinción era demasiado sutil para su época y quizá ya se ha alejado de la nuestra. El cabello largo, castaño y enrulado, la mirada perdida, la mano izquierda levantada sobre la cabeza para jugar distraídamente con un mechón mientras la derecha apunta hacia abajo y sostiene un naipe (el suelo, de hecho, está lleno de naipes: una tirada de tarot perdida para siempre, la confusión del destino) terminan de conformar una imagen que ha sido comparada con la obra de los pintores prerrafaelitas, en particular la del poeta y artista plástico Dante Gabriel Rossetti: estetas que reaccionaron a la modernidad, pastoralistas de una Inglaterra idealizada, amantes de la androginia. Por supuesto, Bowie no fue el primer andrógino del rock/pop, ni sería el último, pero la portada de The Man Who Sold the World planteó como pocas la pauta de una confusión que en los dos años siguientes se volvería fundan te del proceso David Bowie. La orientación del rostro destaca la mandíbula inferior y el mentón, más sólidos, más fuertes, más imbuidos de las cualidades que la economía de género atribuía a lo masculino. El cabello, a la vez, queda presentado como el de los músicos del hard rock de moda en 1970, Jimmy Page, Ian Gillan, Robert Plant, y de hecho el álbum será lo más parecido al protometal de Zeppelin, Purple y Sabbath jamás grabado por Bowie (al menos hasta Tim Machine); pero donde las bandas recién mencionadas apostaban por connotar ante todo contundencia, oscuridad y cierta brutalidad, Bowie hace una apuesta más arriesgada e híbrida.


PHILIP JEFFRIES


Agente especial Philip ]effries.

El retorno, en 1993, fue a través del álbum Black Tie White Noise, pero antes Bowie (se) había aparecido en la pantalla grande como uno de los espectros más inquietantes de la historia del cine, el agente Philip Jeffries de Twin Peaks Walk With Me (David Lynch, 1992). Cerca del comienzo de la película lo vemos irrumpir en las oficinas del FBI como un fantasma, dejando su huella únicamente en las pantallas del sistema de vigilancia hasta que entra en la oficina del agente Gordon Cale, interpretado por el propio Lynch. En ese momento descubrimos que Jeffries había logrado infiltrarse en una reunión de entidades demoníacas. Lo que llamamos  realidad, declara Jeffries, es un sueño (¿pero un sueño de quién o de quiénes?), y de pronto desaparece, para materializarse en un hotel de Buenos Aires o, mejor dicho, de una Buenos Aires alternativa, tropical. En 2015 Bowie fue convocado para la tercera temporada de la serie, pero su enfermedad le impidió aceptar. Jeffries, entonces, reapareció como un halo o resplandor, perdida su forma humana quién sabe cuándo y  cómo. Se trata de uno de los personajes más enigmáticos de una serie enigmática, y su mutación de ser humano a juego de luz, su aparente habilidad para controlar el tiempo y el espacio y su conocimiento definitivo de esa entidad llamada Judy lo vuelven el rastro a seguir por el complejo subterráneo de agujeros y túneles en la trama de Twin Peaks. En 1992, Bowie volvía envuelto en misterio, aparecido como un fantasma, capturado apenas por las cámaras y fluctuando en las pantallas de una agencia humana de seguridad. ¿Y si hubiese logrado integrarse al elenco de la tercera temporada? ¿Lynch habría optado de todas formas por privarlo de la forma humana, y usar apenas su voz, o habríamos podido encontramos con un Jeffries ya anciano, como el último chamán de la tribu? En cualquier caso, Bowie, o la ausencia de Bowie, queda  inextricablemente ligado al misterio rizomático del weird lynchiano en la tercera Twin Peaks.


EMMA BOVARY


Imaginar el mundo, p. 77

M. P.: Quisiera volver sobre madame Bovary, que como personaje era una mujer frívola, vana, irresponsable, voluble ...

M. V. L.: ¡No! ¡Protesto! ¡Mentira! ¡Calumnias!

M. P.: ¿Por qué tiene tanto magnetismo ese personaje?

M. V. L.: ¡Calumnias infames de los críticos! ¡No es verdad! Perdón, voy a hacer mi defensa de madame Bovary. Era una muchachita que leía novelas rosas, y creía que la vida era como la pintaban las novelas. Y su tragedia fue que quiso convertir esa ficción en realidad. Como el Quijote, que leía novelas de caballería y creía que la vida era como la pintaban las novelas de caballería, y salió de su casa a convertir en realidad la ficción de las novelas de caballería. Eso es lo que hace madame Bovary. Ella quiere que la vida sea pasiones extraordinarias que hacen vivir grandes aventuras, que la vida sea el placer de la elegancia, del derroche, de la sensualidad; el placer del exceso sentimental, de la pasión, y eso es lo que quiere materializar con las cosas que hace. Y ¿qué encuentra a su alrededor? Mediocres, pobres diablos incapaces de vivir a la altura de la sensibilidad, de la imaginación educada en ella por la ficción. Ese es el maravilloso simbolismo de madame Bovary. Es lo que hace que Madame Bovary no sea una novelita realista, sino una novela que expresa un elemento fundamental de la condición humana: la incapacidad de nosotros, seres humanos, de aceptar la realidad tal como es, la necesidad tan profunda de vivir de otra manera,, de no tener esa única vida que tenemos, que es por lo que leemos novelas, por lo que leemos ficciones. Y a lo largo de la historia ha habido gentes como el Quijote, como madame Bovary, que han querido hacer realidad de la ficción. Y el mundo ha cambiado, el mundo ha progresado. Hemos salido de las cavernas y hemos  llegado a conquistar el espacio y llegar a la Luna gracias a esos locos insensatos. Madame Bovary no era frívola. Era una gran soñadora, una gran rebelde, era una mujer extraordinaria y admirable.

J. B.: Mario lleva enamorado de Emma Bovary unos cuarenta o cincuenta años.

M. V L.: Es cierto, absolutamente. La pura verdad.


MADAME BOVARY


Imaginar el mundo, p. 71

M. V L.: Yo sigo releyendo a veces fragmentos de Flaubert, y es un escritor que nunca me ha decepcionado y siempre me ha conmovido. Incluso releer episodios que tengo muy presentes, algunos por su inteligencia, su destreza literaria. Me fascina, por ejemplo, el episodio de la feria agrícola en Madame Bovary,en el que hay tres planos superpuestos que se van entreverando, y que al mismo tiempo el lector distingue con enorme facilidad: lo que está ocurriendo en el acto oficial, con unos discursos llenos de frases hechas, de falta total de vitalidad; el diálogo romántico que tiene madame Bovary con un noble de la región, en un balcón; y las frases que van diciendo los campesinos, que están allí asistiendo, que ni entienden de los discursos Y nada saben del diálogo. Al final, es un episodio que da una totalidad de la escena que hace sentir al lector que está realmente inmerso allí Y con una visión casi divina, porque tiene el conjunto y al mismo tiempo el detalle. Es un episodio de una enorme maestría técnica. Y después, el episodio que releo siempre, sobre todo cuando tengo depresión o tristeza: el suicidio de madame Bovary. Por una extraña razón que seguramente un psicoanalista podría explicarme ... bueno, tengo un yerno que es psicoanalista, tal vez un dia podría explicármelo: ¿por qué un episodio que es de una tristeza tan atroz, corno lo es el del suicidio de madame Bovary, cuando ella se traga el arsénico y hay esa descripción verdaderamente estremecedora de lo que ocurre con la cara, la lengua, la boca de madame Bovary, es un episodio que a mí me saca de la tristeza, me saca de la desmoralización y me produce una especie de reconciliación con la vida? No estoy bromeando, es verdad. En periodos de enorme depresión en mi vida, he ido a leer el episodio del suicidio de madame Bovary, y es tanta la perfección, la maestría, la belleza con que está descrito ese horror que siento comno una inyección de entusiasmo y una justificación de la vida. Siendo así, la vida vale la pena ser vivida, aunque sea para leer la maestría semejante a la que hay en esas páginas de extraordinaria lucidez, inteligencia, destreza, intuición, con que ha podido redondear un episodio que, contado en seco, produce un rechazo, un disgusto, un desagrado de la vida. Yo le quería preguntar a Julian si ese episodio le produce ese tipo de reacciones emotivas.


1.155. EL CLAMOR DE LOS BOSQUES / RICHARD POWERS


Al principio no había nada. Después hubo de todo.

En ese momento, después de anochecer, en un parque sobre una ciudad occidental, el aire derrama una lluvia de mensajes.

 Hay una mujer sentada en el suelo, apoyada en un pino. La corteza, dura como la vida, le oprime la espalda. Las agujas del árbol perfuman el ambiente y una fuerza bulle en el corazón del bosque. Los oídos de la mujer sintonizan las frecuencias más bajas. El árbol dice cosas con palabras anteriores a las palabras.

 Dice: El sol y el agua son preguntas siempre dignas de respuesta.

Dice: Una buena solución debe ser reinventada muchas veces, desde el principio.

Dice: Cada pedazo de planeta necesita que lo aferren de una forma nueva. Existen más modos de ramificarse de los que un lápiz de cedro hallaría jamás. Las cosas pueden viajar a cualquier sitio; para ello, no hay más que permanecer inmóvil.

Eso es justo lo que hace la mujer. Las señales llueven a su alrededor como semillas.

Esta noche las palabras recorren largas distancias. Las curvaturas de los alisos hablan de antiguos desastres. Los filamentos de las pálidas flores de castaño sacuden su polen; pronto se convertirán en frutos con púas. Los álamos repiten el murmullo del viento. Los caquis y nogales muestran sus cebos, y los serbales, sus racimos color rojo sangre. Los viejos robles blanden profecías del clima venidero.


INCIPT 1.154. EL VERANO SIN HOMBRES / SIRI HUSTVEDT


Poco tiempo después de que él dijera la palabra pausa Nme volví loca y tuvieron que ingresarme. No dijo no quiero volver a verte más ni se acabó, pero después de treinta años de matrimonio sólo me bastó escuchar pausa para convertirme en una lunática cuyos pensamientos explotaban, rebotaban y chocaban entre sí como palomitas de maíz saltando dentro de su bolsa en el microondas. Hice esta penosa reflexión mientras yacía en mi cama del pabellón sur del hospital, tan saturada de Haldol que era incapaz de moverme. Las odiosas y monótonas voces que escuchaba se habían atenuado, pero no habían desaparecido del todo, y cuando cerraba los ojos veía personajes de dibujos animados corriendo por colinas rosadas para luego desaparecer entre bosques azules. Al final, el doctor P. me diagnosticó un trastorno psicótico transitorio, conocido también como psicosis reactiva transitoria, lo que viene a significar que realmente estás loca aunque no por mucho tiempo. Si el trastorno dura más de un mes es necesario buscarle otra etiqueta. Por lo visto suele existir un detonante que dispara ese tipo de psicosis o, como se dice en la jerga psiquiátrica, un «factor estresante”. En mi caso fue Boris o, mejor dicho, su ausencia, porque Boris estaba tomándose su pausa. Me tuvieron encerrada una semana y media y luego me dejaron salir.


INCIPIT 1.153. EL HIJO DEL CHOFER / JORDI AMAT


Pla agoniza

El final empezó medio año atrás. Primero fue el desmayo durante la Nochevieja, antes de cenar en el motel donde tantas veces se ha arrastrado ebrio desde el comedor a la habitación. Después vino el ingreso en la clínica de Figueres. Una breve estancia inesperada en el monasterio de los monjes cistercienses. Finalmente, como siempre, el retorno a la casa que lo protege como un destilado amniótico. Allí, entre sus sombras, donde se ha salvado de todo menos de la propia decadencia. Era de esperar. Desde el momento en que había decidido no comer casi nada sólido arrastraba una anemia. Comer poco y beber. Whisky y café y whisky. Perdidas las fuerzas, a principios de semana los órganos vitales dejan de funcionar. La esclerosis le provoca problemas de irrigación y la congestión pulmonar se suma a la desnutrición. Cada vez menos proteínas, descontrol de los leucocitos. Tratan la infección con antibióticos. Fiebre y neumonía. Los análisis que le han hecho los médicos muestran que el estado del enfermo es crítico. Son pesimistas. Quizá sea cuestión de días. Quizá solo unas horas. Y a no habla. Todavía reconoce a quien tiene al lado, dicen, pero solo gesticula.




INCIPIT 1.152. UNA LUZ ABRASADORA, EL SOL Y TODO LO DEMAS / JON SAVAGE


Stephen Morris: Era bastante reservado en cuanto a lo que escribía. Creo que una vez comentó con Bernard algunas de las canciones por encima. Era completamente distinto a cuando se subía al escenario. Era tímido, hasta que se bebía un par o tres de Breakers, el licor de malta. Eso le animaba un poco. La primera vez que vi a Ian siendo Ian en el escenario, no me lo pude creer. Aquella transformación en un molinillo frenético.

Deborah Curtis: Era muy ambicioso. Quería escribir una novela, quería componer canciones. Parecía que todo se le daba bien. Joy Divison fue el lugar donde confluyó todo.

Tony Wtlson: Todavía no sé de dónde salió Joy Division.


“Yo no leo novelas, aunque mi mujer sí lo hace”


El verano sin hombres, Sirir Hustvedt, p. 180

El club de lectura ha crecido. Se ha multiplicado como los proverbiales hongos por todo el lugar y es una actividad cultural dominada casi exclusivamente por mujeres. De hecho, la lectura de obras de ficción ha sido a menudo considerada algo femenino. Muchas mujeres leen ficción. La mayoría de los hombres, no. Las mujeres leen ficción escrita tanto por hombres como por mujeres. La mayoría de los hombres, no. Si un hombre abre las páginas de una novela lo hace porque le gusta que figure un nombre masculino en la portada. De alguna manera le supone una seguridad. Nunca se sabe lo que puede sucederle a esos genitales colgantes si su dueño se sumerge en los sucesos imaginarios concebidos por alguien que tiene sus partes en el interior. Sin embargo, a los hombres les gusta alardear de dejar la ficción de lado: “Yo no leo novelas, aunque mi mujer sí lo hace”. La imaginación literaria contemporánea parece emanar un distintivo perfume femenino. Recordad a Sabbatini: nosotras las mujeres tenemos el don del cotorreo. Pero, para ser francos, hemos sido consumidoras de novelas desde su nacimiento, a finales del siglo XVII, y en aquella época leer una novela tenía un tufillo de clandestinidad. La delicada mente femenina, como recordaréis que he mencionado en otras partes de este libro, podría verse fácilmente afectada si se la expone a la literatura, a la novela en especial, con sus historias de pasiones y traiciones, con sus monjes locos y libertinos, sus mujeres despechugadas y sus diversos señores B., sus violadores y violadas. Al convertirse en un pasatiempo para señoritas, la novela se tiñó de rosa, por si acaso. Tenía su lógica: la lectura es una actividad privada, una actividad que tiene lugar, casi siempre, de puertas adentro. Una joven podría retirarse a sus aposentos con un libro y allí, recostada sobre sus sábanas de seda, embeberse de las emociones y espantos creados por la punta de una pluma de ave y, al requerir para la lectura una sola mano, podría la otra manejarse a su albedrío. En resumen, el temor radicaba en que se pudiera leer con una sola mano.


MUJERES Y HOMBRES


El verano sin hombres, Siri Hustvedt, p. 155

Comentario: Los conjuros de las tinieblas nos cuentan verdades. ¿Cuáles son? Los chicos serán chicos: bravucones, salvajes, correrán, darán patadas, treparán a los árboles. Pero las chicas, ¿serán chicas? ¿Delicadas, educadas, dulces, pasivas, manipuladoras, furtivas, malvadas? Todos empezamos iguales en el útero de nuestras madres. Cuando flotamos en el mar amniótico de nuestra primera inconsciencia, todos nosotros tenemos gónadas. Si el cromosoma Y no actuara sobre las gónadas de algunos para gestar unos testículos, todos seríamos mujeres. La biología revierte la historia del Génesis: Adán es Adán a partir de Eva y no al revés. Los hombres son las costillas metafóricas de las mujeres, en lugar de ser las mujeres quienes surjan de la costilla de un hombre. La mayoría de las veces XX = ovarios y XY = testículos. El afamado médico griego Galeno creía que los genitales femeninos eran los masculinos invertidos y viceversa, una opinión que se mantuvo durante siglos: «Si se sacan al exterior los órganos reproductores de las mujeres y se meten en el interior, por decirlo de alguna manera, y se pliegan los de los hombres, encontraremos que en ambos casos serán iguales en todos los sentidos”. Por supuesto, los que estaban en el exterior siempre triunfaban sobre los del interior. No sé exactamente por qué. A mí me parece que los del exterior son bastante vulnerables. De hecho, el miedo a la castración es algo lógico. Si yo tuviera los órganos reproductores colgando fuera de mi cuerpo también estaría muy preocupada por ese paquetito tan delicado. Igual que sucede con el ombligo, el antiguo modelo sexual diferenciaba a los que lo tenían para dentro y los que lo tenían para fuera, lo que significaba que alguien que lo tuviera para dentro podía darnos un día una sorpresa y convenirse en alguien que lo tuviera para fuera, sobre todo si la persona ya se comportaba como alguien que ya presentase esta última característica. Simplemente sucedía que esa verga plegada sobre sí misma y escondida en el interior del cuerpo hacía una súbita aparición. Montaigne, escritor cumbre de la literatura del siglo XVI, suscribió la tesis de los que lo tenían para dentro y los que lo tenían para fuera: “Los hombres y las mujeres están creados a partir del mismo molde y, si dejamos de lado la educación y las costumbres, no existe entre ellos gran diferencia”. Repite la famosa historia de Marie-Germain, que, en la versión de Montaigne, era simplemente Marie hasta la edad de veintidós años (quince años en otras versiones), pero que un día, debido a un gran esfuerzo (tuvo que saltar una zanja mientras perseguía a unos cerdos), le asomó la vara masculina y de ahí en adelante nació Germain. Increíble, diréis. Imposible, diréis. Pero en Puerto Rico existe una familia en concreto, y otra en Texas, con una afección genética en la cual XY presenta a todos los efectos las mismas características de XX. En otras palabras, el fenotipo oculta el genotipo hasta la pubertad, momento en que las niñas se convierten en niños para crecer, de ahí en adelante, como hombres.


OSTRACISMO


El verano sin hombres, Siri Hustvedt, p. 45
En Atenas se instituyó el ostracismo para desembarazarse de los ciudadanos sospechosos de haber acumulado demasiado poder. La palabra viene de ostrakon, que significa "fragmento de cerámica". Escribían los nombres de los condenados sobre un resto de vasija rota. Trozos de palabras. Las tribus patanes de Pakistán desterraban a los renegados enviándolos a una nada polvorienta. Los apaches hacen caso omiso de las viudas. Temen el paroxismo del dolor y cuando ven a alguien que lo sufre optan por hacer como que no existe. Los chimpancés, los leones y los lobos practican diferentes formas de ostracismo mediante las cuales obligan a abandonar el grupo a uno de los suyos, bien porque sea demasiado débil o demasiado escandaloso para ser tolerado por los demás integrantes de la manada. Los científicos consideran este comportamiento un método de control social «innato y también producto de la adaptación". El chimpancé Lester ambicionaba más poder del que le correspondía dentro de la manada e intentaba aparearse con hembras que no estaban a su alcance. No se daba cuenta de cuál era su lugar dentro del grupo, así que acabaron por expulsarle. Sin los demás, murió de hambre. Los investigadores encontraron su cuerpo escuálido bajo un árbol. Los amish lo llaman Meidung. Cuando uno de sus miembros incumple alguna ley se le rechaza. Suspenden todo tipo de contacto con la persona contra la que se vuelven y ésta acaba sumida en la indigencia o en una situación aún peor. Un hombre compró un coche para llevar a su hijo enfermo al médico, a pesar de que los amish tienen prohibido conducir automóviles. Se le declaró anatema. Todos le ignoraban. Los amigos y vecinos de toda la vida hacían como si no le conocieran. Ya no existía para ellos y, por lo tanto, perdió el sentido de su propia identidad. Se sentía avergonzado ante la mirada impertérrita de los demás. Su actitud cambió, se encerró en sí mismo y le era imposible comer. Empezó a ver borroso y cuando quiso hablarle a su hijo se dio cuenta de que sólo era capaz de susurrar. Buscó un abogado y denunció a los patriarcas. Poco después su hijo murió. Un mes más tarde murió él. También se conoce el término Meidung como «la muerte lenta». Dos de los patriarcas que habían aprobado el Meidung también murieron. Quedaron cadáveres por todo el escenario.

DF WALLACE


Iluminada, Mary Karr, p. 481

Por muy desacertado que sea, empiezo a buscar un novio, obviando los banderines de advertencia que Patti agita frente a mí. Leyendo las memorias de San Agustín, me topo con esta frase seminal: Concédeme la gracia de la castidad, pero no todavía.

Y ése es mi grito de guerra cuando reaparece David, el del centro de reinserción. Se marcha de Boston y alquila una celda monacal con forma de caja a un tiro de piedra de mi casa. David, con su coleta, sus botas Timberland de gánster y su pañuelo rojo que impide que se le desbarate la cabeza. Todavia no ha cumplido los treinta y tiene la costumbre de referirse a sus poco brillantes compañeras de cama conocidas en las reuniones como Brigada Barbie; David debió de ver en mí, madre soltera dentro del mundo académico, una puerta definitiva hacia un acto de purificación.

La primera vez que apareció aquel verano, en compañía de un colega, era como un viejo amigo. Estaban buscando un sitio barato en el que hospedarse mientras terminaban sendos proyectos de escritura por los que habían cobrado adelanto. (Un prodigio como David estudiaba Filosofía en Harvard por puro afán de desviarse del camino). Pasamos horas en un chino barato, pidiendo mucho té verde y cuencos con cosas fritas hasta que los papelillos de las galletas de la fortuna formaron una capa de confeti en la superficie de linóleo de la mesa.

En Boston siempre habíamos hablado de libros; nadie había leído más que David. Durante las primeras reuniones, cuando yo me quejaba de mi incapacidad para escribir, él, desde la otra punta de la sala, me lanzaba una mueca conspirativa. Él había editado la tesis de Joan antes de que se publicara, y un año después, David y yo habíamos intercambiado y comentado los primeros y sobrios trabajos del otro. Pero cuando Warren y yo lo invitamos a casa en Pascua me pareció un estudiante perdido y tristón.

Debe de ser que en Syracuse le pongo ojitos o me ahueco el pelo igual que una seductora de díbujos animados (¡Maaamá!), porque poco después David empieza a petarme el buzón con abultados sobres. Él mismo se califica de logorreico. Las palabras se le escapan de la pluma. Escribe sus kilométricas cartas con una letra díminuta, meticulosa y ratonil, con concienzudas notas a pie de página. No tarda mucho en declararme fidelidad eterna, firmando las misivas como “Joven Werther” (por el trágico zagal del libro y la ópera, enamorado de una mujer mayor).


INCIPIT 1.151. TRAGEDIA DEL SEÑOR MORN / NABOKOV


ESCENA I

Una habitación. Cortinas bajadas. Arde la chimenea. En un sillón junto al foego dormita Tremens, envuelto en una manta jaspeada. Se despierta, remolonea.

TREMENS:

Sueño, fiebre, sueño, sordo relevo

entre dos centinelas a las puertas

de mi impotente vida.

Rostros forman

arabescos de burla en las paredes;

y no con fuego, sino con sinuoso

frío silba ante mí la chimenea.

¡Arde, corazón, arde! ¡Atrás, serpiente,

escalofrío! Fuerzas no hallo ... Qué no

daría, corazón, por transferir

mi convulso dolor a esta elegante

y ociosa capital; ¡que rezumara

y ardiera, cual mi frente, el Real Sitio;

que se enfriaran las descalzas calles,

que en el aire silbante vacilaran

esbeltas torres, parques y obeliscos,

en plazas, malecones, y los barcos

en agitada s aguas .1. ..

(Llama.)


INCIPIT 1.150. LOS PERDONADOS / LAWRENCE OSBORNE




Avistaron África cerca del mediodía. La bruma se disipó y los yates de los millonarios europeos surgieron de la nada con banderas de Soto grande y los destellos de sus copas y vasos. Los temporeros de la cubierta superior se cargaron los fardos al hombro, animados por la idea de volver a casa, y la ansiedad de sus rostros fue desvaneciéndose poco a poco. Quizá solo fuese el sol. Los coches de segunda mano hacinados en la bodega empezaron a calentar motores mientras los niños correteaban con naranjas en las manos. La costa africana proyectaba una energía magnética que atrapaba al transbordador de Algeciras. Los europeos adoptaron una actitud expectante.

La pareja británica que tomaba el sol en las tumbonas se sorprendió de la altitud del terreno. En las cimas se alzaban antenas blancas que parecían faros de alambre y el verdor aterciopelado de las montañas incitaba a alargar el brazo para tocarlas. Las columnas de Hércules habían estado cerca, allí donde, en realidad, el Atlántico anega el Mediterráneo. Hay lugares destinados a parecer portales que te atraen con una fuerza inevitable. El inglés, un médico de cierta edad, se protegió los ojos con una mano cubierta de vello pelirrojo.


MESSIAEN


Orfeo, Richard Powers, p. 128 

Los alemanes pretenden enviar a Pasquier a las canteras de Strzegom. Pero uno de los administradores del campo reconoce al chelista del famoso Trío Pasquier y le conmuta la pena. Los otros músicos también consiguen algo más de comida y una ligera disminución de trabajo. La guerra es la guerra, pero, para los alemanes, la música es la música.

Uno de los capitanes del campo, Kari-Aibert Brüll, le pasa a Messiaen un poco de pan de vez en cuando. Hauptmann Brüll consigue papel pautado sin usar: páginas con pentagramas prístinos rescatados del caos de la guerra. Le da las hojas a Messiaen junto con lápices y gomas. Quién sabe por qué razón: culpa, compasión, curiosidad. El caso es que quiere oír la música recién nacida del enemigo. Quiere saber qué tipo de sonidos puede traerle un hombre como Messiaen a un lugar tan maldito como ese.

Brüll exime a Messiaen de todas sus tareas y lo sitúa en un lugar donde puede estar solo. Coloca a un guarda en la entrada del barracón para evitar interrupciones. Y Messiaen, que pensaba que no volvería a componer jamás, regresa con sigilo al hechizo de los sonidos estructurados. No necesita otra cosa, solo notas que conforman, una a una, un conjunto  oscuro. A medida que el verano muere y el otoño lo sigue hacia la extinción, algo empieza a llenar las páginas vacías: un cuarteto desde más allá de todas las estaciones.

Los sonidos se arremolinan desde fuera de los sueños desnutridos de Messiaen. Habla de la caída de Francia, del triunfo nazi, del horror de la existencia en el campo. Una visión de ocho partes toma forma, un destello del apocalipsis para violín, clarinete, chelo y piano liberado de las ataduras del compás y lleno de arcoíris.

Messiaen reelabora de memoria dos piezas que escribió en otra vida, antes de la guerra, y les añade sonidos de un futuro rememorado. Allí, en ese campo, en medio de una Europa  devastada, las notas brotan de su interior como la criatura de luz revelada a Juan:

Vi descender del cielo a otro ángel fuerte, envuelto en una nube, con el arcoíris sobre la cabeza; y su rostro era como el sol [ ... ].Y el ángel que vi en pie sobre el mar y sobre la tierra levantó la mano al cielo[ ... ] y juró por el que vive por los siglos de los siglos, que .creó el cielo y las cosas que están en él, y la tierra y las cosas que están en ella, y el mar y las cosas que están en él, que el tiempo no sería más[ ... ].


MALHER


Orfeo, Richard Powers, p. 44

La historia acompañaría a Peter más que los detalles de su propia infancia. Durante el primer año del nuevo siglo, Mahler el vagabundo, tres veces indigente -un bohemio en Austria, un austriaco entre alemanes, un judío por el mundo sufrió una enorme hemorragia causada por la excesiva carga de trabajo. Gracias a una operación de urgencia, se salvó. Durante la convalecencia forzosa, se fijó en una colección de Friedrich Rückert que contenía más de cuatrocientos poemas dedicados a sus dos hijos, muertos a una edad muy temprana a causa de la escarlatina en el intervalo de catorce días.

Rückert escribía poemas sin parar, a razón de dos o tres por jornada: miles de estrofas crudas y compulsivas. Algunos poemas nacieron ya muertos. Otros estaban impregnados de una quietud enfermiza. Algunos se hundían en lo trillado, mientras que otros hablaban consigo mismos en una cripta sin aire. Rückert los ocultó para su uso privado. Ninguno se publicó en vida.

Con su reciente experiencia cercana a la muerte, Mahler leyó los poemas como si fueran un diario perdido. Siete de sus trece hermanos habían muerto a los dos años. Su querido hermano   equeño falleció en el umbral de la pubertad. Y ahí  la guía de campo para esas muertes. El solterón de cuarenta y un años se empapó de los cientos de poemas como un padre abatido por el dolor.

Las canciones tomaron forma, fueron un ejercicio de convalecencia. Luego llegó el apasionado matrimonio con la jovencísima Alma Schindler. Tuvieron dos hijas sanas, una detrás de otra. Cuando, durante el verano de 1904, Mahler volvió a trabajar en las canciones, su mujer se quedó horrorizada. Era incomprensible que le pusiera música a la muerte de unos niños cuando momentos antes había besado a sus propias hijas para darles las buenas noches. “¡Por Dios, no tientes al destino!”, Pero tentar al destino era la descripción del trabajo musical.


MEDICACION


Hormigón, Thomas Bernhard, p. 63

Nos asquea la química, me dije, a media voz, como me he acostumbrado a hacer a causa de estar mucho solo, pero al fin y al cabo debemos a esa química, que odiamos más que cualquier otra cosa en el mundo, nuestra vida, nuestra existencia, sin esa maldita química nos habrían arrojado ya desde hace decenios al cementerio o a donde fuera, en cualquier caso no estaríamos ya en este mundo. Después de que a los cirujanos no les queda ya nada que cortarme, dependo completamente de esos medicamentos, y cada día doy las gracias a Suiza y a sus industrias del lago Leman de que existan y, gracias a ellas, yo, lo mismo que probablemente millones de personas, deben cada día su vida y su existencia, por miserable que sea, a esas gentes, hoy denigradas por todos más que cualesquiera otras, de las cajas de cristal de las proximidades de Vevey y Montreux. Como casi roda la humanidad está hoy  enferma y depende de medicamentos, haría bien en pensar que, en la más alta medida, depende al fin y al cabo exclusivamente de esa química que tanto condena. Desde hace tres decenios por lo menos no existiría yo, y no hubiera visto ni vivido todo lo que en estos treinta años he visto y vivido, y en el fondo me aferro  a todo eso que he visto y vivido con todo mi corazón y con toda mi alma. Pero el hombre está hecho precisamente de tal modo que lo que más maldice es lo que lo mantiene y, en general, lo mantiene con vida. Devora las pastillas que lo salvan y desfila a cada instante, con estúpido impulso condenatorio, por las grandes ciudades, hoy degeneradas, para manifestarse precisamente en contra de esas pastillas que lo salvan; actúa continuamente, y como es natural instigado continuamente a ello por los políticos y su prensa, de forma vociferante y en cualquier caso sin pararse siquiera a pensar, en contra de los que lo mantienen vivo. Yo mismo se lo debo todo a la química, por decirlo con una sola frase, desde hace treinta años. Después de esa comprobación, guardé mi bolsa de medicamentos, y por cierto, en la llamada maleta intelectual, no en la maleta de la ropa.


ANIMALES


Hormigón, Thomas Berhard, p. 42

El llamado amor a los animales ha causado ya tantas desgracias que, si pensáramos realmente en ello con la mayor intensidad, quedaríamos al instante aniquilados de espanto. No es tan absurdo como parece a primera vista que yo diga que el mundo debe sus guerras más horribles al llamado amor a los animales de sus dominadores. Todo eso está documentado y habría que aclarar de una vez ese hecho. Esas gentes, políticos, dictadores, están dominadas por un perro y por ello precipitan a millones de personas en la desgracia y la degeneración, aman a un perro y maquinan una guerra mundial en la que, por ese perro, mueren millones. Solo hay que pensar en qué aspecto tendría el mundo si una vez, ese llamado amor al prójimo se redujera por lo menos a algún porcentaje ridículo, en beneficio del amor al prójimo que, como es natural, tan solo se llama así. La pregunta no puede ser, tengo un perro o no tengo un perro, partiendo de mi mente no estoy en absoluto en condiciones de tener un perro, que además, como me consta, hay que cuidar y atender de forma intensa, como a cualquier ser humano, que hay que cuidar y atender más de lo que yo mismo exijo, pero la Humanidad, incluidas todas las partes del mundo, no encuentra nada raro en cuidar más y atender mejor a los perros que a sus semejantes, en efecto, cuida más y atiende mejor todos esos miles de millones de casos de perros que a ella misma. Me permito calificar un mundo así de perverso y en el más alto grado inhumano y totalmente loco. Si estoy aquí, el perro está también aquí, si estoy allá, el perro está también allá. Si el perro tiene que salir, tengo que salir con el perro, etcétera. No tolero la comedia del perro, que diariamente, cuando abrimos los ojos y no nos hemos acostumbrado aún a la ceguera diaria, podemos ver. En esa comedia del perro, aparece un perro que molesta a un ser humano, lo explota y, en el curso de varios o pocos actos, expulsa a su inocente humanidad. La losa sepulcral más alta y más cara y realmente más preciosa que jamás se ha levantado en el curso de la Historia fue levantada, al parecer, para un perro. No, no en América, como habría que suponer, sino en Londres. Ver claramente otra vez  ese hecho basta para mostrar al hombre en su auténtica luz de perro. La realidad es que, en este mundo, la cuestión no es ya desde hace tiempo hasta qué punto es uno humano sino hasta qué punto es canino, pero hasta hoy, cuando, en el fondo, si hubiera que hacer honor a la verdad, donde habría que decir realmente hasta qué punto es canino el hombre, se dice hasta qué punto es humano. Y eso es lo repelente. Tener un perro no se me plantea. Si por lo menos tuvieras un perro, dijo mi hermana inmediatamente antes de irse. No por primera vez, es una de esas observaciones con que, desde hace años, me irrita. ¡Por lo menos un perro! Yo no necesito perro, tengo a mis amantes, según ella. Una vez, por capricho, como creo, renunció a sus amantes y tuvo un perro, tan pequeño que, al menos en mi fantasía, hubiera podido meterse bajo sus zapatos de tacón alto. Le gustaba lo grotesco del hecho y encargó para el perro, que no merecía en absoluto ese calificativo, un abrigo de terciopelo con ribete dorado. En el Sacher admiraron el perro, y eso le resultó a ella tan repugnante que le regaló el animal a su ama de llaves, la que por su parte, naturalmente, lo regaló a su vez.


INCIPIT 1.149. EL CAZADOR CELESTE / ROBERTO CALASSO


EN LOS TIEMPOS DEL GRAN CUERVO

En los tiempos del Gran Cuervo también lo invisible era visible y se transformaba continuamente. Los animales, entonces, no eran necesariamente animales. Podía darse el caso de que fueran animales, pero también hombres, dioses, señores de una estirpe, demonios, antepasados. De modo que los hombres no eran necesariamente hombres; podían ser también la forma transitoria de otra cosa. No había intuiciones que permitieran reconocer lo que aparecía. Era necesario haberlo ya conocido, como se conoce a un amigo o a un adversario. Todo sucedía en el interior de un único flujo de formas, desde las arañas a los muertos. Era el reino de la metamorfosis.

El cambio era continuo, como, más tarde, solo sucedería en la caverna de la mente. Cosas, animales, hombres: distinciones nunca claras, siempre provisorias. Cuando una gran parte de lo existente se retiró hacia lo invisible, no por eso dejó de suceder. Pero se volvió más fácil pensar que no sucedía.

¿Cómo podía lo invisible volver a ser visible? Golpeando el tambor. Esa piel tensa de un animal muerto era la cabalgadura, era el viaje, el torbellino dorado. Conducía hasta allí donde la hierba ruge, donde los juncos gimen, donde ni siquiera una aguja podría clavarse en la espesura gris

INCIPIT 1.148. ORFEO / RICHARD POWERS


Una obertura pues:

Unas luces resplandecen en una casa de estilo craftsman de un barrio modesto, a última hora de una tarde primaveral, en el décimo año del mundo modificado. Las sombras bailan contra las cortinas: un hombre trabaja tarde, como todas las noches durante ese invierno, delante de unas estanterías repletas de objetos de cristal. Está vestido de calle, con gafas protectoras y guantes hospitalarios de látex, con el cuerpo giacomettiano encorvado como si rezara. Un flequillo beatle gris y todavía espeso le cuelga por delante de los ojos.

Examina un libro sobre la mesa de trabajo abarrotada de instrumentos. En la mano, una pipeta monocanal inclinada como una daga. De un pequeño vial refrigerado extrae una cantidad de líquido incoloro menor de la que tomaría un sírfido del brote de una monarda. La gota, demasiado pequeña para asegurar que sigue ahí, va a parar a un tubo no más grande que el hocico de un ratón. Las manos enguantadas tiemblan al tirar la pipeta usada a la basura.

Otros líquidos van de los matraces al cóctel en miniatura: cebadores de aligas para comenzar la magia; polimerasas catalizadoras estabilizadas con calor; nucleótidos que se alinean, como reclutas a las cinco de la mañana cuando toca diana


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