Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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LA REDENCION


Arca, Ricardo Menéndez Salmón, p. 415

-Sí- dice el cura, haciendo esfuerzos por seguir a las pertenencias de Beppe mientras rememora la narración de Zaggia.. El caso, me explicó su amigo, es que todo el drama de Jesús apunta al motivo de la Redención. Sin ella, la peripecia del Hijo carece de relevancia. La Redención, y no otra circunstancia, es la piedra angular de la cristiandad y el fundamento de la cristología. El resto es atrezo, condimento, pero sin la pasión y la muerte de Jesús, su aventura, y con ella la de millones de creyentes, carece ya no solo de grandeza, sino de sentido. Hasta aquí su amigo no había dicho nada que me sorprendiera, por descontado. Lo asombroso, prosiguió su amigo, uy el dato que yo desconocía, y que nadie, nunca, en mis años de formación tuvo a bien compartir conmigo, es que la Iglesia copta, la heredera de la antigua Iglesia de Alejandría, demuestra ser la más honesta entre todas que existen al contemplar en su santoral una fecha, el 25 de junio, dedicada a la figura sin la cual la Redención hubiera sido inviable: Poncio Pilato. Hay en ello, según su amigo, una justicia que, sin ser poética, es preclara. Pues Pilato, dijo su amigo, y esas palabras sí que las recuerdo, como si las estuviera escuchando otra vez en este instante, Pilato es el mecanismo averiado que, paradójicamente, permite que el reloj dé la hora exacta.

 

 


FASES


Arca, Ricardo Menéndez Salmón. p. 97

Aprendí, por ejemplo, a distinguir las fases de descomposición por las que transita cualquier cadáver, la economía de la destrucción que el tiempo impone a la materia. Supe que en la primera fase o cromática, la piel pasa del blanco al rosa, del rosa al verde y del verde al azabache; que las venas se siluetean con tanto rigor y precisión que el cuerpo, ya renegrido, recuerda una espectacular tela de araña. Acepté que en la segunda fase, o enfisematosa, los gases abandonan el cadáver por los orificios del ano, las fosas nasales y la garganta, pero que hay tantos gases acumulados en un cuerpo que el recipiente se infla como un colchón neumático, pues todo crece: los genitales, los globos oculares, la lengua que es. capa de su caverna como una avalancha de carne. Toleré que en la tercera fase, o colicuativa. los líquidos siguen a los gases en su evacuación; que se forman ampollas sin número que expelen líquidos parduzcos; que cada oquedad expulsa su colección de detritos; que una mugre inaudita sale de dentro del organismo y lo invade todo con ardor metífico. Asumí, en fin, que en la cuarta y última fase. o esquelética. nos convertimos en haces de tendones. de uñas y de huesos; que la piel se transforma en un pergamino que un golpe de Viento podría rasgar como una hoja seca. Esas fases no se enseñan en la escuela  junto a las fases de la luna o las fases del sueño. Ese ciclo, ese conocimiento, esa circunstancia le es hurtada al hombre corriente, a pesar de que será su destino como cadáver recorrer sus etapas si no opta por la cremación. Y esa es la clase de sabiduría que me entregó el don, algo que no se encuentra en el quiosco junto a la prensa diaria ni en las horas lectivas del instituto. Algo que los padres, los sacerdotes, incluso los mejores amigos no mencionan.


STALIN

 


Arca, Ricardo Menéndez Salmón,  p. 308

-¿Quién considera que ha sido el escritor más portante del siglo veinte? -pregunta.

-No soy aficionado a los juegos que plantean pre guntas sin respuesta, Claudio. No lo sé. ¿Proust?

-No le he preguntado por el mejor escritor, sino el más importante.

-¿Lo ve? Por eso no quiero jugar. De verdad. Dígamelo usted.

-Vamos –insiste-, no sea aguafiestas. Pruebe. Aventure otro nombre.

-Joyce, Borges, Faulkner- digo, a sabiendas de no son los nombres que Zaggia quiere escuchar.

-Tampoco le he preguntado por los escritores más importantes para la historia de la literatura, sino por el más importante a secas. Incluso para quienes nunca han leído un libro. Buscamos un sismógrafo, alguien que haya detectado el ruido particular de la época.

- Kakfa.

-Ahora habla en serio.

- Beckett

-No se extravíe. Regrese al mundo, Beckett escribió para destruir la posibilidad del lenguaje. No está de nuestra parte. Nosotros buscamos luz, queremos comprender.

-¿Orwell?

-Magnífico. Extraordinario, en realidad. Aunque Kafka y Orwell nos entregan el mapa incompleto. Falta el nexo que los une, Le doy otra oportunidad.

-No se me ocurre nadie que los supere —reconozco- Hay epígonos, pero no son ellos.

-Stalin -anuncia Zaggia sin que le tiemble la voz-. Stalin sintetiza en la vida cotidiana las ficciones que Kafka y Orwell plasmaron en papel. Su obra, la Unión Soviética, abraza el hallazgo central de Kafka, la idea de que vivir es sinónimo de ser culpable, y el descubrimiento basilar de Orwell, la certeza de que quien detenta el discurso detenta el poder y, por extensión, detenta la capacidad de que la realidad diga lo que el poder necesita.

 


EL PADRE DE PPP


Arca, Ricardo Menéndez Salmón, p.306

-Hay nombres tan evocadores –anuncia- que tenemos la sensación de que solo podrían existir dentro de una novela. Por ejemplo, el de Anteo Zamboni. Paladee el nombre. Las  reminiscencias mitológicas de Anteo. La musicalidad soberbia de Zamboni. Sucede sin embargo, que la vida es más sugestiva que cualquier novela. Más caprichosa y cruel. El 31 de octubre de 1926. en Bolonia. a ciento setenta quilómetros de este estudio, Anteo Zamboni disparó contra Benito Mussolini. Anteo era un jovencísimo anarquista de quince años. Las cosas sucedían de forma veloz en aquel tiempo. Uno se hacía hombre pronto. También envejecía deprisa. Claro que a Anteo no le dio tiempo a envejecer. Una turba de squadristi lo linchó tras el atentado. El periodista e historiador Marco Cesarini Sforza aporta detalles al respecto: innumerables patadas, huellas de estrangulamiento, un disparo de revólver, catorce puñaladas. Yo he visto, al menos, tres fotografias del cadáver de Zamboni. Le puedo asegurar que son pavorosas. ¿Me sigue?

 -Hasta aquí  -prosigue Zaggia- le he mostrado otra muesca más en el imaginario de la rebelión y de la violencia. Nada nuevo bajo el sol, por descontado: los humillados y los ofendidos, los tiranos y los verdugos, los mártires y los soldados. Pero la pirueta de la Historia se esconde entre líneas, como el lobo del cuento. Y dibuja un arco que solo se cerrará medio siglo más tarde del atentado fallido y el linchamiento del muchacho. Porque el hombre que detuvo a Anteo y lo identificó como el autor del disparo era un oficial de caballería que tenía igualmente un nombre novelesco. Se llamaba Carlo Alberto Pasolini. Su hijo, Pier Paolo, también sería linchado en el balneario de Ostia el día 2 de noviembre del año 1975.


INCIPIT 1.604. ARCA / RICARDO MENENDEZ SALMON



El silencio se adueña de nosotros

Hoy he despertado con la sensación de que había alguien en la cama, a mi lado. Todavía con los ojos cerrados he alargado una mano, la derecha, y he podido sentir el hueco que el fantasma había dejado durante el sueño. Lo llamo fantasma a falta de una palabra mejor, porque no había nadie junto a mí. De hecho, desde que llegué a la Laguna nadie ha pasado una noche conmigo en esta casa. Nadie salvo yo ha dormido en estas sábanas.

 

Así que he permanecido tendido, demorando el momento de abrir los ojos, mientras recorría la superficie del colchón y buscaba una sustancia, una forma, una carne que ocupara aquel suave vacío. He pensado primero en mujeres, pero todas se parecían a los retratos de las obras que cuelgan en las salas de la Accademia, mujeres confabuladas con la Historia y con los mitos, detenidas en el gesto de contemplar al Hijo, de elevarse a los cielos en un rapto místico, de padecer alguna ignominia absurda junto a las fervorosas tribus del desierto. Después he pensado en algún hombre que encajara en el molde del fantasma, pero solo han acudido a mi recuerdo las caras curtidas por la intemperie y talladas por el alcohol de los tipos de aspecto proletario que devoran cicchetti en Cannaregio, violentos, sucios y obscenos, con camisetas a rayas y barrigas abultadas, de modo que he alejado esa compañía obligándome a abrir los ojos. En ese instante un calambre ha recorrido mi mano, como si el fantasma hubiera escapado dando un latigazo, y lo primero que he visto ha sido una franja de luz cruzando el fresco que los propietarios encargaron a un artista anónimo pero de indudable talento para decorar esta estancia de Ca’ Barbarigo.

 


Ricardo Menéndez Salmón,


Medusa, Ricardo Menéndez Salmón, p. 36

Se llamaba Filipa y era muy bella. Incluso para un muchacho de trece años que nunca había visto una mujer desnuda. Yo la había conocido a principios del verano, y todo había resultado tan natural como respirar. De hecho, después me costó asumir que el sexo no fuera tan sencillo como Filipa me dio a entender. Ella ha sido la única mujer con la que el sexo no parecía un derecho ni un deber, sino sencillamente un suceso. Sé que es paradójico decir esto de una relación entre dos personas de trece años, pero cada vida es irreductible a nada que no sea ella misma.

En mi recuerdo, Filipa ha conservado siempre esa edad. Nunca he sabido qué fue de ella, si sobrevivió a la guerra y a la pesca del arenque. Pero ella me enseñó esa verdad que a menudo nos obstinamos en ignorar: que a menudo son las personas que pasan, y no las que permanecen, las que juegan un papel decisivo en nuestras vidas.

¿Por qué? Precisamente porque la vida no las gastó, porque su memoria, para lo bueno o para lo malo, permanece a salvo del paso del tiempo, que todo lo ensucia.


Endlösung


Medusa, Ricardo Menéndez Salmón, p. 76

Porque el mundo no se detiene. La rueda de la guerra conoce en 1942 un giro inesperado, decisivamente brutal, que una vez más convertirá a Prohaska en testigo de excepción, ojo ubicuo, presencia al otro lado de la lente. La llamada Conferencia de Wannsee, el 20 de enero, permite a los más feroces cachorros de Hitler bosquejar el plan de exterminio selectivo más radical de la historia de la humanidad, la Endlösung o Solución Final, enfocada al asesinato de todo miembro de la comunidad judía.

Cualquier hijo bastardo de Lovecraft y Lautréamont, los mismos que hoy se dedican a la angeología, la demonología y el terror espúreo, resultan tan asépticos como la literatura de un prospecto farmacéutico cuando se los compara con la narración de un día entre los intelectos rectores del Tercer Reich. Cualquier novela de espanto puede muy poco ante los extravíos de la razón instrumental. La imaginación más sanguinaria palidece ante la prosa de los quince carniceros del Endlösung, cuyos nombres, cima del terror de todos los tiempos, merecen recordarse: Bühler, Joseph; Eichmann, Freisler, Roland; Heydrich, Reinhard; Hofrnann, Otto; Klopfer, Gerhard; Kritzinger, Friedrjch; Laze, Rudolf; Leibbrandt, Georg; Luther, Martín; Meya, Alfred; Müller, Heinrich; Neumann, Erich; Schöngarth, Eberhard; Stuckart, Wilhelm.

Su decisión, punto de no retorno en la historia del maquiavelismo político, exige, por descontado, decenas, cientos, miles de técnicos. Y alguien al oro lado del discurso, donde no suceden las palabras sino los hechos, alguien para quien las novelas y el archivo histórico no son suficientes, que deje constancia de que las cosas se han hecho adecuadamente esto es: con eficacia.


MEDUSA


Medusa, Ricardo Menéndez Salmón, p- 150

Hermana de Esteno y Euríale, Medusa completa la trinidad de las Gorgonas, criaturas ctónicas del arcaico imaginario griego. Su relato ha conocido múltiples interpretaciones y lecturas, aunque la más seductora es la propuesta por Ovidio, pues en ella el amor y la venganza juegan un papel primordial. Según el poeta latino, Medusa era una hermosa doncella, sacerdotisa del templo de Atenea, que fue violada por Poseidón, hecho que motivó la furia de la diosa de la sabiduría, quien despojó a la joven de su belleza y la convirtió en un horrendo monstruo de tal fiereza que convertía en piedra a todo el que se miraba en sus ojos.

En la obra de Caravaggio, los ojos de la Medusa se muestran en el momento exacto en que se ve reflejada en el escudo del matador Perseo y ella misma resulta petrificada, víctima de la trampa del espejo. Es el instante en que el tiempo se detiene, algo que acaso exprese de forma íntima el objetivo de todo artista que trabaja con imágenes: no tanto constatar el fluir del tiempo, cuanto cifrar su solidificación, la conversión del instante en eternidad, la cancelación del tiempo mediante el paradójico expediente de su captura.


INCIPIT 1.582. MEDUSA / RICARDO MENENDEZ SALMON


MASACRE EN KOVNO

Existen dos arcanos: el Mito y la Historia.

La aspiración de todo Mito es pasar a formar parte de la Historia; la aspiración de toda Historia es alcanzar el grado de inteligibilidad del Mito. Mito e Historia se necesitan en virtud de lo que respectivamente adolecen: aquél de la mayoría de edad de su hija adusta; ésta de la fascinación que provoca un padre temerario. El Mito educa sin tener que legitimar necesariamente sus presupuestos; la Historia, porque habla desde la legitimidad, no siempre triunfa en su propósito por educar. Pero ambos —Mito e Historia, Historia y Mito— rescatan al hombre del sinsentido. Porque Mito e Historia trabajan con el lenguaje, y el lenguaje del Mito que conspira para ser Historia y el lenguaje de la Historia que anhela convertirse en Mito, son el instrumento que hace tolerable el desconcierto sobre el que la humanidad discurre.

INICPIT 1.426. LOS MUEBLES DEL MUNDO / RICARDO MENENDEZ SALMON


ANTE LA HOGUERA

Veintiún relatos en veinticuatro años, los que median entre 1999 y 2022, ambos inclusive, parecen cosecha suficiente. Máxime cuando la certeza de que el relato como asiento de la escritura ha agotado su sentido es al fin inconmovible. Una certeza a la que no he llegado por motivos de insatisfacción o de parálisis, sino debido a que la literatura, que en mi caso se revela cada vez con más intensidad como la manifestación de un permanente estado de crisis, ha mudado su aspecto y su objetivo, tanto en lo que se refiere al lugar desde el que contemplar el mundo como en lo que atañe a la estrategia mediante la que afinar esa mirada.  Sencillamente, el recipiente ha dejado de ser significativo como espacio en el que decantar la  sustancia de la escritura. No es un demérito del género, pues, sino una cuestión de perspectiva.


GRITAR


Los muebles del mundo, Ricardo Menéndez Salmón, p. 75

La primera vez que Balboa leyó el anuncio no pudo evitar sonreír:

SE ALQUILA HABITACIÓN PARA GRITAR

ECONÓMICA. ABSOLUTA DISCRECIÓN

Y aunque pasó la página del diario buscando las necrológicas, algo lo retuvo, una fuerza que tiró de él obligándole a volver atrás, a leer por segunda vez, muy despacio, con extraordinaria atención, como si cada una de aquellas ocho palabras pudiera contener un enigma, el texto que hacía solo un instante acababa de arrancarle una sonrisa.

SE ALQUILA HABITACIÓN PARA GRITAR

ECONÓMICA. ABSOLUTA DISCRECIÓN

El anuncio, estratégicamente situado entre los avisos de inmobiliarias y los de compraventa de muebles, automóviles y joyas, brillaba con luz propia, como un faro en la noche. Entonces, al leerlo por segunda vez, la sonrisa de Balboa dejó paso a la curiosidad. En efecto, minutos más tarde, mientras llamaba al número de teléfono indicado e imaginaba la clase de voz que respondería al otro lado de la línea, el ánimo de burla y la más pura admiración jugaban dentro de él una partida confusa. En cualquier caso, se sintió bastante reconfortado cuando una voz de hombre, una voz viril y autoritaria, un poco insolente, le comunicó un precio y le sugirió una hora.


LA TECNICA


No entres dócilmente en esa noche quieta, Ricardo Menéndez Salmón, p. 135
También allí tomé conciencia de algo que me atrevo a denominar la satisfacción del técnico, una satisfacción que se ampara no sólo en una práctica que tiene sus causas y genera sus consecuencias, sino que implica un modo de estar en el mundo, una gestualidad, un lenguaje, una actitud que entonces me pareció arrogancia pero que hoy acepto es una segunda naturaleza, el apellido añadido a una condición común. Porque los técnicos del hospital, los cirujanos y los oncólogos, los dueños de la vida y la muerte, estaban más allá de las servidumbres dictadas por el decoro y la paciencia. Ellos no pertenecían a este lado de la ecuación, y lo que comprendí es que, en realidad, cuando operaban no operaban a un hombre o a una mujer, ni siquiera a un cuerpo asexuado. Operaban casos. Y los casos eran moldes, recipientes, formas particulares con las que se llenaba un modelo ideal, denominado en el caso de mi padre cáncer de la cavidad oral, pero que en otros casos se llamarían linfoma de Burkitt o ependimoma infantil.
Los técnicos recibían a las familias en cubículos poco aireados, cuyas paredes estaban decoradas con diplomas amarillos por el tiempo y cuyas ventanas estaban cegadas por la palomina. No tenían buen aspecto. Tampoco lo pretendían. Exudaban esa forma de protocolo que exige la negligencia en el trato, una descortesía que no obedece a la falta de respeto, sino a una desatención hacia nada que no sea la extirpación, la erradicación, la mutilación de masas invasoras. Hablaban con palabras incompletas, truncadas, como los políticos cuando maltratan el idioma, y hacían gala de una apatía sospechosa, igual que dispépticos a los que la idea de comer resulta ridícula. No miraban a los ojos cuando evaluaban riesgos o sancionaban dietas. Eran implacables sin necesidad de alzar la voz, y al verlos, no sé por qué, me imaginaba a Franco firmando sentencias de muerte, sin estridencias ni florituras.

LA MUERTE DEL PADRE


No entres dócilmente en esa noche quieta, Ricardo Menéndez Salmón, p.123
Lo que sentí aquel 27 de diciembre de 2006 conversando con mi padre, mientras por un lado le hacía partícipe de mi felicidad e intentaba por otro ocultarle mis temores dado su estado, era que su pérdida implicaba la desaparición del único intermediario existente entre la muerte en tercera persona y la muerte en primera persona. Si él moría aquella mañana, si rendía la vida en aquella intervención delicadísima, se rompería la membrana que separaba el concepto abstracto y nebuloso de la muerte genérica del concepto empírico y diáfano de la muerte propia.
Con la muerte de mi padre, la solicitud, el esmero, el cuidado que me protegían de la extinción capitularían. Como en una carrera de relevos, el testigo de la muerte pasaría a mi mano. Pues lo que egoísta pero humanamente supe entonces, si bien sólo ahora alcanzo a explicarlo, es que cuando un hombre pierde a sus padres, cuando un hombre deja de ser hijo, descubre que ya sólo cabe pensar en la muerte como una entidad tangible, efectiva, sólida como un muro: como una cosa que te sucederá a ti. Lo que la muerte del padre supone para cada hombre es, en definitiva, el paso de lo velado a lo desnudo. Entre uno mismo y la muerte ya no hay nadie, ya no hay nada, salvo el cuerpo exiguo, el tiempo medido, la certeza innegociable de la mortalidad. Esta enseñanza es trágica, sin duda. La imagen de la desnudez apela al desamparo en que quedamos. No es sólo que la muerte del padre nos robe a una persona cercana, sino que nos hurta la posibilidad de seguir engañándonos con respecto a nuestra muerte. Subyace aquí un pensamiento mágico no muy distinto al que impide vincular a un verbo en pasado las acciones de un muerto reciente, y en virtud del cual, mientras somos hijos, sentimos que la muerte, y con ella el fin de nuestras funciones, su abolición radical, nos concederá un margen de olvido, no nos buscará en las curvas cerradas de las carreteras comarcales, nos ignorará en el bingo perverso de las neoplasias y de los aneurismas. El padre vivo supone un escudo historiado ante la muerte, un talismán de profeta, un pararrayos de carne y hueso. Pero cuando el escudo se quiebra, el talismán pierde su hechizo y el pararrayos se derrite, lo que queda es la desnudez atávica, biliosa y rotunda que significa el hecho de que debemos morir.

No existe ninguna fuerza disuasoria en este mundo para quien ha decidido matarse.


No entres dócilmente en esa noche quieta, Ricardo Menéndez Salmón, p. 98
A mi padre le recetaron disulfiram para disuadirle de beber. La droga se comercializaba en un fármaco llamado Antabus. Los nombres que las empresas farmacéuticas escogen para sus productos son fascinantes. Todos esos arcanos del dolor y de la angustia que forman ya parte de la épica posindustrial: Xanax, Demerol, Librium, Torazina, Seropram. He sido diez años consumidor de benzodiacepinas, y conozco bien el árbol genealógico de sus alias. Y aunque la relación de mis ansiedades y de mis adicciones sin duda tiene que ver con la historia que estoy contando, pues en cierta medida es consecuencia de ella, no debe distraerme de lo que ahora mismo intento relatar. La tentación de regresar a la piscina de Kafka siempre pende sobre la página. No en vano, los pecados de omisión son los más disculpables.
El disulfiram inhibe la acción de la acetaldehído deshidrogenasa, una enzima que permite la metabolización del etanol en ácido acético. Si se consume alcohol habiendo ingerido disulfiram, en el organismo se disparan una serie de alarmas. Se asiste entonces a un rosario de afecciones, a un drama en vivo y en directo. La más indulgente manifestación de la ingesta conjunta de alcohol y disulfiram es la eflorescencia cutánea. El cuerpo se convierte en un mapa de ronchas y salpicaduras. Después, en la escala del terror, llegan la náusea, el vómito, las palpitaciones, la disnea, la hiperventilación, la visión borrosa, el vértigo, la opresión en el pecho, la taquicardia y la arritmia. En algunos casos, el matrimonio entre alcohol y disulfiram conduce a la muerte.  Como una estrella exhausta, el corazón estalla.
El disulfiram es lo más parecido a llevar una pistola cargada contra la sien. Lo cual no impide que algunos alcohólicos sigan bebiendo. He visto a personas caminar mientras consumían botellas de ginebra a morro y vomitaban a cada paso. Se movían en línea recta, sin vacilaciones, arponeros en pos de la ballena blanca, al tiempo que el disulfiram los convertía en surtidores de su propia desdicha. Llevaban su némesis dentro y la aceptaban. Y con el tiempo, como las cucarachas frente a ciertos insecticidas, sus organismos se blindaban contra el antagonista. No existe ninguna fuerza disuasoria en este mundo para quien ha decidido matarse.

ALCOHOL


No entres dócilmente en esa noche quieta, Ricardo Menéndez Salmón, p. 35
La complejidad de abordar un tema como el alcoholismo procede de un prejuicio. Existe una vergüenza implícita en el hecho de ser alcohólico, algo por otro lado difícil de sustanciar, al menos en una cultura como la española, en la que el alcohol merece una consideración afectiva, casi familiar, protagonista como es de la mayoría de las actividades que otorgan una dimensión social a la existencia.
Beber es un aglutinador de la efervescencia, un inmunodepresor colectivo, la silla siempre dispuesta a acoger a amigos y a extraños. Pero su aparente ligereza esconde una pesadilla. Sucede cuando la bebida convierte la excepción en norma y la embriaguez deviene hábito, ese traje que, al vestirse cada día, ya no se ve. Mi familia nunca tuvo empacho en celebrar las quermeses del alcohol, en peregrinar en masa y con alegría a sus carnavales y ferias. Pero desde el momento en que se hizo evidente que mi padre tenía un problema al respecto, ese hecho intentó taparse como una sábana manchada de sangre.
Ello, por otro lado, respondía de modo coherente a la lógica de mi familia, que ha consistido en ocultar los problemas bajo la máscara de las buenas formas. Otro tipo de superstición ha triunfado así durante décadas. El hecho, siniestramente indemostrable, de que si algo no se menciona, ese algo deja de existir. La obstinación de la realidad en negar esta operación milagrosa ha tenido como consecuencia que la escritura demande también aquí sus poderes.

SALMON


No entres dócilmente en esa noche quieta, Ricardo Menéndez Salmón, p. 35
Pero debo volver atrás. Tengo que espiar por el retrovisor de mis once años y rastrear esa tierra baldía que he sugerido antes. Mis propios hijos me obligan a ello.
En el momento en que escribo estas líneas, mi hija mayor es más joven de lo que yo lo era cuando mi padre enfermó. Aunque el recuerdo es una máquina selectiva y la experiencia me dice que no sólo «el olvido es una estrategia del vivir», como Marsé ha apuntado mediante una fórmula perfecta, inmejorable, sino un sagaz gendarme, el censor de censores, soy consciente de que, por mucho que mi hija olvide en el futuro lo que esta primera década de su vida ha significado junto a su padre, parece impensable que no guarde memoria de momentos compartidos. Porque son cientos de cenas, libros leídos, baños, paseos, horas en el parque, viajes, excursiones, cumpleaños, aventuras sublimes o estúpidas, sesiones de cine, 'enfados y riñas, llantos, fiebres, juguetes anhelados, juguetes rotos. Esa mole de instantes ha de esconderse en algún lado, ha de conformar algún tipo de sedimento, un pegamento no moral, pero al menos biológico, que permita que un día futuro, cuando yo ya no esté, mi hija proclame:
Me acuerdo, Je me souviens, I remember.

INCIPIT 980. NO ENTRES DOCILMENTE EN ESA NOCHE QUIETA / MENENDEZ SALMON






Después de que Han Gan, artista de la dinastía Tang que vivió entre los años 706 y 783, pintara el retrato de un caballo de los establos imperiales, el animal empezó a cojear. Se descubrió entonces que Han Gan había olvidado pintar uno de sus cascos.
Como en la anécdota, deberíamos escribir libros que fueran capaces de conjurar la realidad.

PADRES

No entres dócilmente en esa noche quieta, Ricerdo Menéndez Salmón, p. 33
Es probable que treinta y tres años parezcan un mundo, pero lo cierto es que nunca hablé lo suficiente con mi padre acerca de su enfermedad. Es algo que no me perdono. Y que sucederá de nuevo entre mis hijos y yo a propósito de cualquier tema crucial que debamos tratar. No me hago ilusiones. Las conversaciones importantes no se tienen a tiempo. Eso es algo que sólo sucede en la literatura o en el cine. En la vida real, en la vida espantosa hecha de tedio, facturas y declive, en la vida gozosa hecha de momentos de júbilo, del misterio del mar y de la bondad de ciertos hombres y mujeres, el silencio es la norma. Un silencio educado; un silencio castrante; un silencio que tarde o temprano acabamos por pagar.
Creo que para mi padre existía una vergüenza implícita en el hecho de haber sobrevivido a su enfermedad, en aferrarse a una vida menguada. Quizá por su cabeza pasó muchas veces la idea de cuánto más digno, cuánto más viril incluso, hubiera sido morir en la flor de la vida, abandonar a su esposa y a su hijo, dejarlos partir hacia una experiencia nueva, marcada por un dolor que sería intenso al inicio pero que pasaría, borrarse del recuerdo común, hurtar su presencia de hombre enfermo a ojos de quienes amaba y lo amaban. Cuando un hombre muere a los treinta y ocho años se convierte en un mundo de posibilidades.

ECFRASIS

Homo Lubitz, Eduardo Menéndez Salmón, p. 263
Las pinturas de Pollock, en la suite inmensa y desolada, lo confortaban. Cada reproducción, tras ser disfrutada, estudiada a veces durante horas, era arrancada del libro, hecha pedazos diminutos y arrojada al váter. El agua se la llevaba lejos. O'Hara gozaba de la disolución de los cuadros en texturas. De aquel trenzado de elementos idénticos, como miles de abejas, como gotas de lluvia, como nieve cayendo vista por un microscopio, que se repetían de un extremo al otro del lienzo. Disfrutaba al constatar que en las obras de Pollock no había comienzo, medio ni conclusión. All over, decían los críticos. Todo dado allí, presente sin fin, desarrollo pleno, un latido unánime, de una vez y para siempre. Sin estudios preliminares. Sin dubitaciones inadecuadas. Sin bocetos que entregar a los coleccionistas del futuro.
Pollock no pintaba argumentos. Pollock no pintaba paisajes. Pollock no pintaba geometrías.
Pollock pintaba una experiencia.

Aquellos cuadros, en Shanghái, bajo el influjo de millones de vidas, se le mostraban en su desnuda transparencia. Como fragmentos del mundo sin enmarcar. Como si el mundo fuera una inmensa, inacabable pared, y el artista, eventualmente, hubiera decidido sustraer alguna de sus etapas al deterioro, al desorden. Y él allí, cada atardecer, con las luces declinando, mientras convertía aquel orgullo en pedacitos de papel que arrojaba al retrete. Las constelaciones de color que germinaban, daban fruto y morían. La obra de un hombre que había construido su genio sobre la imposibilidad de encontrar un tema. Todo lanzado a un desagüe. Sin mala conciencia. Sin premura ni cálculo. También sin dilación ni desamparo. Impunemente.

CALAVERAS

Homo Lubitz, Eduardo Menéndez Salmón, p. 241
En consecuencia, será el rostro quien lo exprese todo. Dos minutos y quince segundos de metraje. Un reto asombroso para cualquier actor que se precie. Una menudencia si se considera desde la perspectiva del paso del tiempo; un cómputo insoportable, en apariencia infinito, cuando la lente fija su atención en un único rostro. Ciento treinta y cinco segundos de absorción completa, con el resto de estímulos visuales y auditivos fuera de campo, con la angustia detenida en un rostro destinado a expresar en ese plano cuanto sucede antes del impacto. La cámara escrutando con escrúpulo cada arruga y cada músculo facial, el complejo, milagroso escenario que un rostro de hombre puede llegar a significar, la atención fijada sobre la cara desnuda y expuesta, sin un lugar donde esconderse, confiando en probar que, si se mira con atención el rostro de una persona, sin vergüenza ni recelo, como si ella no supiera que está siendo estudiada, alcanzaremos a ver el lugar más terrible al que esa persona llegará. Que si se mira con atención a alguien se acabará descubriendo, por debajo del músculo y la vena, por debajo de los gestos habituales y de la fea o hermosa encarnadura, la llama primordial de la calavera, la estación a la que, tarde o temprano, estamos destinados a llegar. Calaveras de reyes y reinas. Calaveras de príncipes y princesas. Calaveras de zares, delfines y validos. Calaveras de virreyes, emperadores y ministros. Calaveras de pilotos y pasajeros. Calaveras atildadas y descompuestas. Calaveras de estudiantes de Arte, lingüistas sin palabras, hombres maduros que han pasado una mala noche. Todas corrompidas por el gusano primordial. Todas reunidas bajo la fétida carcasa del tiempo, vueltas polvo, vueltas ruido, vueltas gas, humo, fósforo, movimiento que nadie escucha vagando por el espacio frío, silente, inagotable. Ciento treinta y cinco segundos de solemne fatalidad durante los que el plano final de El cielo se desploma centra su relato en ese rostro del hombre que cae y cae y cae mientras en torno suyo, audible pero no encarnado, presente pero inaprensible, cuanto se escucha es el aullido de la aceleración primordial, la caída sin retorno, el sonido asombrado de la vida a punto de convertirse en residuo para forenses, abono mineral, el tránsito de un hombre que murmura o bisbisea o reza antes de que el vértigo lo iguale a la nada de la que un dia lejano surgió.

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