Arca, Ricardo Menéndez Salmón. p. 97
Aprendí, por ejemplo, a
distinguir las fases de descomposición por las que transita cualquier cadáver,
la economía de la destrucción que el tiempo impone a la materia. Supe que en la
primera fase o cromática, la piel pasa del blanco al rosa, del rosa al verde y
del verde al azabache; que las venas se siluetean con tanto rigor y precisión
que el cuerpo, ya renegrido, recuerda una espectacular tela de araña. Acepté
que en la segunda fase, o enfisematosa, los gases abandonan el cadáver por los
orificios del ano, las fosas nasales y la garganta, pero que hay tantos gases
acumulados en un cuerpo que el recipiente se infla como un colchón neumático,
pues todo crece: los genitales, los globos oculares, la lengua que es. capa de
su caverna como una avalancha de carne. Toleré que en la tercera fase, o
colicuativa. los líquidos siguen a los gases en su evacuación; que se forman
ampollas sin número que expelen líquidos parduzcos; que cada oquedad expulsa su
colección de detritos; que una mugre inaudita sale de dentro del organismo y lo
invade todo con ardor metífico. Asumí, en fin, que en la cuarta y última fase.
o esquelética. nos convertimos en haces de tendones. de uñas y de huesos; que
la piel se transforma en un pergamino que un golpe de Viento podría rasgar como
una hoja seca. Esas fases no se enseñan en la escuela junto a las fases de la luna o las fases del
sueño. Ese ciclo, ese conocimiento, esa circunstancia le es hurtada al hombre
corriente, a pesar de que será su destino como cadáver recorrer sus etapas si
no opta por la cremación. Y esa es la clase de sabiduría que me entregó el don,
algo que no se encuentra en el quiosco junto a la prensa diaria ni en las horas
lectivas del instituto. Algo que los padres, los sacerdotes, incluso los
mejores amigos no mencionan.
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