LA ARAÑA
Acababa de entrar en la habitación. No había dado ni dos
pasos, en dirección a la librería, cuando vi la araña. Me paré en seco. Al
principio sólo vi una mancha oscura en el techo, algo que mi vista detectó
inmediatamente como una presencia inhabitual en la estructura de la habitación,
algo que no tenía que estar ahí. Después, cuando dirigí la mirada hacia ella,
pensé por unos instantes que se trataba de algún objeto decorativo, una lámpara
o algo por el estilo. Me recordó fugazmente a la lámpara que hay en el Palau de
la Música, no por el color, sino por la forma, por la estructura, que es como
si el techo se hubiera licuado hasta condensar una gota que empieza a colgar
formando un bulto redondo. Y de pronto me di cuenta, con un escalofrío que me
recorrió todo el cuerpo, de lo que era en realidad.
Para explicar las cosas hay que construir frases y acumular
un montón de palabras. Pero el pensamiento va mucho más rápido. Todo el proceso
mental que he descrito no duró, en realidad, ni un segundo. Seguramente,
percibí la presencia de la araña cuando todavía estaba dando el último paso; y
cuando el pie se apoyó en el suelo, mi mente ya había transitado por todas las
fases que he descrito. En realidad, todo el episodio que voy a narrar sucedió
en un lapso de tiempo vivido con una agónica intensidad pero
extraordinariamente fugaz, inferior, en todo caso, a los diez segundos.

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