Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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La dificultad del fantasma


La dificultad del fantasma, Leila Guerriero, p, 127

Capote completamente borracho cayendo desde el estrado de una universidad en la que hacía una lectura. Capote deambulando en la noche lleno de pastillas y alcohol, extraviado al salir de una fiesta. Capote estrellándose con su auto. Capote entrando en clínicas de rehabilitación. Capote orinándose en la cama. Capote durmiéndose en un charco de su propio vómito. Capote bebiendo vodka desde el desayuno. Capote presentándose con el rostro deformado, una inflamación barbitúrica, inconexo y beodo, en el programa de televisión de Stanley Siegel, Stanley Siegel preguntándole: «¿Qué va a pasar si no termina este problema de las pastillas y el alcohol?», y Capote respondiéndole: «La obvia respuesta es que algún día me mataré».

En el libro de Clarke se lee este testimonio: “Cuando me levanto por la mañana, a los dos minutos ya estoy llorando. No paro de sollozar. Y todas las noches me pasa lo mismo. Tomo una pastilla, me meto en la cama y empiezo a escribir o a releer Io escrito y de pronto empiezo a llorar. Un dolor insoportable. ¿Cómo voy a poder vivir siempre con ello? No se trata de un dolor por algo concreto. Es por un montón de cosas. Me siento muy desgraciado”.


CAPOTE


La dificultad del fantasma, Leila Guerriero, p. 15

Vive con su madre, que consume cantidades brutales de alcohol y pastillas. Intenta terminar una novela en medio de una vida doméstica infernal. Lo invitan a la residencia literaria de Yadoo, a cuarenta minutos de Nueva York. Allí conoce a Newton Arvin, uno de los críticos literarios más importantes de Estados Unidos. Se enamoran. En 1948, a los veintitrés años, publica su primera novela: Otras voces, otros ámbitos. El éxito es fulminante. Lo llaman genio. La foto que se reproduce en la contratapa —lánguido y decadente— genera la misma cantidad de tinta que los comentarios sobre el libro: demasiado lascivo, dicen; demasiado perverso. Publica El arpa de hierba en 1951, Se oyen las musas en 1956, Desayuno en Tiffany's en 1958. En 1954, entre una cosa y otra, su madre se suicida. Él. para entonces, ya es la versión años cincuenta de Io que hoy sería un influencer: va a las fiestas más exclusivas de la ciudad, se vincula con mujeres hermosas y millonarias -sus «cisnes»-, como Babe Paley, la esposa de William Paley, presidente de la CBS; Slim Keith, esposa primero de Howard Hawks y luego de Leland Hayward,  un poderoso productor teatral; Gloria Guinness. esposa del magnate Loel Guinness; Lee Radziwill. hermana de Jackie Kennedy; Marella Agnelli, noble italiana casada con el heredero del imperio Fiat,  Gianni Agnelli. Tiene la voz estremecedora de un muñeco articulado, una manera graciosa de pronunciar las eses, una risa grave que no se condice con esa voz. Dice de sí mismo: «Tengo el tamaño de una escopeta y soy igual de ruidoso». Es bajo, muy rubio, delgado, pérfido, inteligente, egocéntrico, escritor convencido de ser el mejor entre los suyos, alguien que ha logrado en relativamente poco tiempo hacerse un nombre y abrir las puertas del cielo.


Plegarias atendidas


La dificultad del fantasma, Leila Guerriero, p. 125

La fecha de publicación de Plegarias atendidas estaba prevista para 1968, pero se postergó una y otra vez. «En 1971», se lee en la biografía de Clarke, «cuando ya se habían terminado todos los plazos que Random House le había extendido, dijo: "La verdad es que en el fondo no deseo realmente terminarlo. Porque se ha convertido en parte de mi vida. Es como agarrar de pronto a un hermoso animal, o a un niño, a un niño encantador, sacarlo al patio y pegarle un tiro en la cabeza, porque ya nunca volvería a ser mío"

Plegarias atendidas nunca fue un hermoso animal ni un niño encantador. En 1975, Esquire publicó el primer capitulo, «Mojave». El segundo, titulado “La Cóte Basque, 1965”, se publicó en 1976 y ventiló, con nombres apenas disfrazados, intimidades humillantes de sus amigas ricas: Lee Radziwill, Pamela Churchill, Babe Paley, Gloria Guinness. Chismes, infidelidades, traiciones, cuentos acerca de sábanas de hotel bañadas en sangre menstrual de las amantes de sus maridos. Todas se reconocieron, y las casas de esas mujeres a quienes Capote había adorado se cerraron con desprecio. Se transformó en un paria. Si en público decía que no le importaba -«¿Qué creían, que estaban con un bufón contratado para divertirlos? No: estaban con un escritor, y pagaron el precio»—, en privado se lamentaba horriblemente: «Yo no quería herir a nadie. No creía que fuera a provocar tanto alboroto», le decía a su amiga Joanne Carson.


CAPOTE MUERE


Truman Capote, George Plimpton, p. 528

Seguimos hablando, y riendo, y rememorando los buenos tiempos. Empezó a ponerse pálido otra vez, y su pulso -que estuve controlando durante todo ese tiempo- empezó a desvanecerse de nuevo. Por alguna razón, empecé a llorar, porque había una posibilidad real de que se estuviera muriendo. Le dije: «Truman, no puedo dejar que hagas esto. No puedo soportarlo». Y entonces fue cuando dijo: «Si no puedes soportarlo, piensa que me he ido a China. Allí no hay teléfonos ni servicio de correos».

Dijo: «Tengo frío. Abrázame». Tenía una manta por encima, pero yo lo rodeé con mis brazos, y estaba medio tumbado, y yo estaba sollozando, y él seguía hablando, aunque muy bajito, y yo lloraba y le decía lo mucho que lo quería, y cuánto significaba para mí, y que siempre estaría en mi corazón, y él dijo: «Mamá». Lo dijo tres veces, y yo estaba abrazándolo, y como acunándolo. Le dije: «Está bien, todo va a ir bien, todo va a ir bien ... », y como lo estaba acunando, y diciéndole que todo iba a ir bien durante mucho rato, realmente no sé cuándo se fue. Mi mejilla estaba contra su mejilla, y no me di cuenta hasta que la temperatura empezó a cambiar en mi piel. Me di cuenta de que ya no irradiaba calor. Supe que ya no estaba allí.


WARHOL


Truman Capote, George Plimpton, p. 493

ANDREAS BROWN. Cuando Andy Warhol vino a Nueva York, en el verano del 49, era extraordinariamente ambicioso. Quería triunfar, de verdad. Y qué mejor maestro que Capote, que en aquel entonces estaba empezando a destacar como personaje influyente en la sociedad: era la persona que sabía cómo manipular la escena neoyorquina. Andy era lo suficientemente inteligente para comprenderlo; y se dijo: «Dios, si pudiera seguir las huellas de ese tío ... Si pudiera sentarme a sus pies y aprender, me ahorraría muchos años de esfuerzo antes de llegar a la cima». Así que Andy empezó a buscarse su favor. Le escribía casi todos los l días, lo llamaba por teléfono, lo esperaba a la puerta de su apartamento ... Hasta el punto de que la madre de Truman le dijo al final: «Por favor, deja de venir aquí y deja de perseguir a mi hijo». Al principio, Capote pensaba que Andy era simplemente otro pirado, y procuraba evitarlo. Al final se encontraron y, cuando Andy empezó a adquirir una fama y notoriedad muy firmes, Capote lo adoptó como otro miembro destacado de la jet set. Desde luego, al final acabaron ayudándose mutuamente en sus respectivos ámbitos. Ambos eran consumados genios a la hora de manipular a la sociedad. Brillantes en eso, absolutamente brillantes.


INCIPIT 1.538. TRUMAN CAPOTE / GEORGE PLIMPTON


MONROEVILLE - 1924-1931

CAPÍTULO 1

En el que el lector conocerá el pueblo de Monroeville (1.800 hab.) y a Harper Lee, y asistirá a la primera gran fiesta de Truman Capote

MATTHEW RODES (residente). Si accedes a Monroeville desde el sur, después de cruzar todas esas millas de campos de algodón a cada lado de la carretera, primero pasarás por el parking de Vanity Fair, la empresa que da más empleo en el pueblo. Confeccionan lencería de mujer, sobre todo. Así empezaron, pero han añadido al abanico de productos de la fábrica la manufactura de los vaqueros Lee y también la de polos y camisetas. A continuación, pasarás por el colegio universitario. Así se llamaba antes el Patrick Henry Community College, si bien es ahora conocido como el Alabama Southern ... No se me alcanza qué pueden tener contra Patrick Henry. Luego hay una hilera de pequeños restaurantes: el McDonald's, el Hardee's, y una pequeña casa de comidas llamada Radley's, en honor al personaje de Boo Radley en la novela de Harper Lee Matar a un ruiseñor.


ISAK DINESEN


Truman Capote, George Plimpton, p. 350

Dinamarca

SLIM KEITH. Me llevó a ver a Isak Dinesen. Salimos al campo. Ella era como un cadáver. Maravillosa. Pensé que su sombra de ojos aumentaba su belleza y aquel delicado rostro, con mejillas muy prominentes. Delgada, delgada, delgada. Se sirvió el té a las cuatro y fue la cosa más rebuscada y compleja que he visto en mi vida. Paté y tostada, y crepe suzette, y un montón de dulces y pasteles. Comentó algo sobre un libro del que Truman había hablado. «¿Te gustó ese libro», le preguntaron. «Sí. Pero no había suficiente aire, o agua o cielo en ese libro». Uno sabía exactamente lo que quería decir. No había suficiente espacio.

Se interesó por mí: «¿Puedo hacer algo por ti?».

Le dije: «Mi libro favorito, casi, de toda la literatura inglesa es Memorias de África. Me encantaría tener un ejemplar firmado».

Ella dijo: «Bueno, te lo envío mañana». Efectivamente, al día siguiente recibí un ejemplar del libro. Estaba firmado: «Para Nancy Hawks, en recuerdo de un día encantador. .. Karen Blixen». Luego debió de descubrir que yo ya no estaba casada con Howard Hawks, sino,  en ese momento, con Leland Hayward. Al día siguiente recibí otro libro; la dedicatoria decía: «Para Nancy Hayward. El que no comete errores es porque nunca hace nada. Karen Blixen».


¡¡¡FAULKNER¡¡¡


Truman Capote, George Plimpton, p. 301

Le pregunté: «¿Cómo conociste a Faulkner?». Me dijo que Bennett Cerf les daba las llaves de Random House a los escritores más especiales. Sobre todo, a los escritores de fuera que no tenían un lugar donde trabajar cuando visitaban Nueva York. Truman me dijo que había visto a Faulkner muchas noches en la editorial. Al final, Bennett se quejó y le dijo a Bill que no bebiera allí, porque las oficinas olían como una destilería. Llegaban los trabajadores por la mañana y lo encontraban durmiendo la mona en el sofá de Cerf. Era malo para el negocio. La gente veía a un viejo borracho y no se daban cuenta de que aquel tipo iba a ganar un premio Nobel.

En fin, a Truman le gustaba muchísimo Faulkner. Faulkner tenía esa cosa ... fingía ser un pueblerino, utilizaba formas muy coloquiales de hablar y cosas de ese tipo. Un buen tipo. Truman decía que Faulkner se emborrachó en alguna de sus fiestas y le preguntó si se podía dar un baño. Estuvo en la bañera cuarenta o cincuenta minutos y Truman se preocupó por él, así que entró en el baño y se encontró a Faulkner en la bañera, llorando. Truman se sentó en la taza del váter y asegura que no se dijeron ni una palabra, pero que fue un gran consuelo para Faulkner que él estuviera allí.


LAUREN BACALL (actriz)


Truman Capote, George Plimpton, p. 163

JACK CLAYTON. Soy una de las pocas personas que no pertenece a esa camarilla que piensa que La burla del diablo es una obra maestra. La vi con gusto, pero solo con el gusto que puede proporcionar una cosa de ese tipo. Es una película que no debería haberse hecho.

JOHN HUSTON. Pero después Jack Clayton le regaló un bulldog que le encantó. Truman había comentado que le gustaba mucho esa raza de perros y a mí no me sorprende en absoluto, porque, como digo, el propio Truman era un poco bulldog.

LAUREN BACALL (actriz). Se cruzó en mi vida despuésde La burla del diablo. Yo había estado rodando Cómo casarse con un millonario en California y cuando terminé, me reuní con Bogie en Londres. Me habló de Truman. «Cuando te lo presenten, vas a pensar que no es un ser real. Y al cabo de un rato, cuando lo conozcas un poco, vas a querer metértelo en el bolsillo y llevártelo a casa». Me dijo que no había visto a nadie que trabajara más y más duro que Truman. En aquella época lo hacía sin descanso. Al final, lo conocí cuando vino a California. Vino a casa. Y, por supuesto, no me lo podía creer. Aquella vocecilla: «Hola, querida». Era totalmente contagioso, con su increíble inteligencia y su ingenio. Esto fue antes de que ocurriera toda aquella mierda. Tuvimos una gran amistad. Truman adoraba a Bogie. La pareja más improbable del mundo eran Bogart y Truman Capote.


CAPOTE


Truman Capote, George Plimpton, p. 111

GORE VIDAL. Conocí a Camus más o menos por la misma época, creo, en una fiesta que dio Gallimard en París en el verano de 1948; los Gallimard eran los editores de Capote en Francia. Camus y Sartre estaban allí. A finales del verano, Capote dijo que había tenido un lío con Camus. Ahora bien, Camus andaba detrás de todas las actrices de París. Nunca se Je había conocido que tuviera ningún interés en absoluto ni por los hombres ni por los chicos. Además, yo ya había pillado las mentiras de Truman aquel verano, cuando dijo que había tenido un lío con André Gide. Dijo que Gide Je había dado un anillo de oro y amatistas. Vi a Gide como un par de semanas después. Y le dije: «Ah ¿qué te pareció Trurnan Capote?».

«¿Quién?».

Le repetí el nombre. Dijo: «Ah, ya sé quien dices ... ». Sacó la fotografía de Truman en el sofá y dijo: «¿Está en París?».

Le dije: «Sí. Dijo que había pasado un buen rato contigo».

«Oh», dijo. «No lo conozco. ¡Pero he recibido al menos diez de esas fotografías por correo!».


Plegarias atendidas


La lucha contra el cliché, Martin Amis, p. 299

Esta larga novela «acerca de los riquísimos» iba a ser la obra maestra de Capote, o, por lo menos, eso aseguraba. Este libro, que recicla, magnificándolo, el pasado de su autor, incorpora veinte años de cartas y diarios tremendamente íntimos y pregona a los cuatro vientos las soñolientas confidencias de sensibleras anfitrionas de la alta sociedad y de millonarios  chismosos, iba a ser un tour de force despiadadamente escandaloso, a pesar de lo cual emularía la soberbia arquitectura de Proust. O, al menos, eso aseguraba Capote.

Los riquísimos pensaban que Capote era su mascota, su perrillo faldero. Pero lo cierto es que era su malévolo cronista. Aquel hombre encantador y de voz suave que se tumbaba en una chaise-longue o se sentaba a los pies de la cama era, en realidad, un satírico inmisericorde que aguardaba que llegara su momento. “¿Qué esperaban?», comentó Capote. «Soy escritor.»

Pero ¿qué esperaba, exactamente, Capote? Cuando cuatro secciones de la novela aparecieron en Esquire, en 1975 y 1976, los riquísimos lo dejaron de lado. Y Capote, en vez de no darle importancia, en vez de seguir adelante como escritor, tuvo una crisis nerviosa y se hundió bajo el peso de toneladas de drogas y ríos de alcohol. Más adelante trató de sugerir que no lo había pasado tan mal, realmente, y de amenazar con vengarse. Lo cierto era que los riquísimos nunca le habían caído demasiado bien. Las secciones publicadas constituían meras advertencias: La novela crecía fuerte y lozana en su invernadero. No tenía miedo. «Esperen», dijo, «a leer el resto.»

Gore Vidal fue uno de los que no se creyeron que hubiera un «resto». He aquí lo que dijo en una entrevista en 1979: “Como esto es los Estados Unidos, si proclamas lo suficiente a los cuatro vientos que has escrito una obra inexistente, se convertirá en algo positivamente palpable. Sería estupendo que le concedieran el premio Nobel aduciendo la fuerza literaria de Plegarias atendidas, obra que, por descontado, no ha escrito. En Esquire se publicaron unos fragmentos inconexos de lo que hubiera debido ser una novela de chismorreos. El resto es silencio, y pleitos, [ ... ] y mucha palabrería en la televisión.”


JACKIE


Conversaciones íntimas con Truman Capote, p. 176

Sí, muy bien. Recuerdo la habitación y la gente. Era en un piso muy pequeño de Park Avenue. Las señoras se habían levantado de la mesa después de cenar y los hombres se quedaron bebiendo coñac y fumando puros; uno de ellos empezó a describir a todas las putas de lujo de Las Vegas con las que había ido y que le habían gustado. Tenía su número de teléfono junto con sus especialidades: lo bien que chupaban penes, cuánto cobraban, cuánto tiempo tardaban, qué tamaño se podían tragar, si hacían buenos trabajos con la lengua, lo grandes que tenían las tetas, todo lo que hacían. A todos les interesaban mucho las tetas. Fue muy desagradable, de esas cosas que le revuelven a uno el estómago. Y el futuro presidente -aún no lo era- hacía de todo menos tomar notas en la agenda. Estaba anotando algo en una servilleta. Pero el que hablaba era su eterno alcahuete. El que solía proporcionarle todas aquellas prostitutas caras con las que Kennedy trataba mucho, mucho, mucho más de lo que la gente  cree. Era un verdadero caso de satiriasis.

¿Y cómo encaraba Jackie el tema?

Lo toleraba, sencillamente. El no lo hacía delante de sus narices. Se las arreglaba para librarse de ella los fines de semana y esas cosas. Por eso compró la casa de Virginia. Ella se quedaba en la casa de Virginia, y la mujer de un industrial extranjero, con quien él mantenía una gran aventura amorosa, volaba a Washington para hacerle una mamada.

¿Y eso lo sabe alguien?



Lo sé yo. Algunas personas lo saben.

Muy bien, volvamos a Jacke de una vez por todas y lleguemos a la raíz de su enfado. ¿Qué ocurrió realmente para que ahora piense esas cosas de ella?

Pues, bueno, todo empezó con su hermana. En realidad no voy a entrar en ello porque es muy largo y muy complicado. Su hermana era una gran amiga mía. Yo me había portado muy bien

con su hermana. Pues bien, Jackie y Lee siempre habían despreciado a Gore. Me refiero a las cosas que me contaron de Gore ... , y cuando Gore presentó la demanda contra mí por lo que yo había dicho en una estúpida entrevista que concedí por hacer un favor a Dotson Rader, porque Dotson Rader tenía un amigo que quería ser escritor, y Dotson, que no era especialmente amigo mío, no dejaba dé llamarme diciéndome que la revista, cualquiera que fuese, le daría trabajo si podía hacerme una entrevista, y Dotson, efectivamente, no dejaba de repetir: «Vamos, por favor, por favor, si lo hicieras ...” Bueno, ya se hace cargo. Así que al final dije: «¡Bueno, y qué más da, por amor de Dios!», aunque resultó que sí importaba, y mucho. En cualquier caso se publicó la entrevista, que era absolutamente ridícula. Me preguntaron si sabía por qué Gore Vida! se había puesto tan en contra de los Kennedy, y contesté: «pues claro, todo el mundo lo sabe.” Y todo el mundo sabía ... lo que George Plimpton y Arthur Schlesinger habían escrito sobre el tema. De manera que repetí esa historia en la entrevista, y Gore, con su histeria demencial y su odio hacia mí, me demandó en seguida reclamando un millón de dólares. Lee fue quien me había contado la historia. Así que mis abogados le pidieron que hiciese una declaración jurada, pero su abogado le dijo que no lo hiciera y, de hecho, le entregó una al abogado de Gore en la que decía que ella nunca me había contado nada parecido. Además, el abogado era el mismo de Gore. Y Jackie respaldó a Lee con su completo silencio. En aquel momento comprendí qué persona tan hipócrita y falsa era Jackie. Me dolió tremendamente. No entendía a Jackie, porque habíamos sido amigos durante mucho tiempo. Así que la próxima vez que la vi, le di un corte que la dejó absolutamente pasmada. Fue en una cena con un pequeño grupo de gente. Dije, y estaba completamente sereno ... , le dije a la anfitriona: «Si me hubieras dicho que iba a estar esa zorra, no habría venido.» Y me di la vuelta y me marché. Usted puede pensar que fue un comportamiento horroroso, cruel y vulgar, y desde luego los que estaban en la habitación se quedaron sobrecogidos ... , pero no lo lamento ni por un instante.

¿Intentó alguna vez hablar directamente con Jackie sobre el asunto?

No. Ella sabía lo que pasaba.


GARBO


Conversaciones íntimas con Truman Capote, p. 162

En la sección que escribía en Esquire describió usted el piso de la Garbo ¿Cuándo estuvo en él?

Muchas veces.

Comentaba que no tenía espejos: ¿incluía eso el cuarto de baño y el dormitorio?

Nunca estuve en su dormitorio, por eso mencioné las habitaciones comunes. Pasé al cuarto de baño, pero eso no es una habitación común.

¿Sabe si le molestó lo que usted escribió?

No se molesta ni se enfada. Es muy buena amiga.

¿Se reiría de la descripción que hacía de sus cuadros, colgados al revés?

Creo que sí, porque le dije varias veces que debería hacer que lo investigaran. Tiene unos cuatro Picas sos y, con toda seguridad, dos de ellos están al revés.

Aún existe una gran fascinación por la Garbo.

Lo único que sé es que todo el mundo que conozco siempre se ha sentido fascinado por ella. Tengo un amigo que la vio por la calle hace una semana, y casi se desmaya. La siguió durante varias manzanas. Ella no conoce a mucha gente, pero si confía en alguien es comunicativa. Posee un tremendo sentido del humor y una risa maravillosa. Es una persona miedosa. Pero hay que conocerla muy bien para descubrirlo. Tardé años en darme cuenta del miedo que tenía.

Pero su comportamiento público, o la falta de él, indicaría que está asustada.

Lo sé, pero me refiero a que tiene verdadero miedo. La he tratado durante treinta años por lo menos y en todo ese tiempo ha permitido que tres o cuatro personas se aprovecharan de ella de manera increíble. Descubrieron su miedo y lo explotaron. Una de ellas la atemorizó hasta ponerla fuera de sí. Por lo que fuese, aquel hombre me tenia simpatía, pues en caso contrario no habría podido mantener mi amistad con ella, ya que no la dejaba ver a nadie. Ahora vive con la hermana de la baronesa de Rothschild, llevan viviendo juntas cinco o seis años. Y es enormemente buena con Greta. Tiene una casa en París donde vive la mayor parte del tiempo. Ahora está en Nueva York.

La Garbo quizá sea la mujer que los editores y directores de revistas tengan más deseos de entrevistar, porque nunca ha hecho declaraciones. Ella y ]acqueline Onassis.

Bueno, a Jackie más le valdría no hacer entrevistas. No sabría qué decir. (Hace una torpe imitación de Jackie.) “¿Qué has dicho? ¡Oh, Johnny! ¿Lo has dicho en serio? ¿Que soy una puuuta? No has querido decir eso, ¿verdad, Joooohny?” En un contexto apropiado puedo imitarla bastante bien. La aborrezco. Fui un gran amigo suyo. La odio. La desprecio absolutamente.


BRANDO


Conversaciones íntimas con Truman Capote, p. 160

¿Qué opinión tenia usted de Chaplin?

Yo adoraba a Charlie, era un hombre maravilloso.

Marlon Brando dijo que era sádico y cruel, la clase de persona  que se lanzaba a los pies o al cuello de uno.

Bueno, aquella película [La condesa de Hong Kong] era un desastre y Charlie estaba muy insatisfecho: sabia que no estaba haciendo un buen trabajo y que ya había pasado su época. Y o no habría trabajado con él, eso seguro.

Al parecer, Brando tampoco quería.

Pues que no hubiera aceptado el papel. Leyó el guión. Debió ver que era muy malo.

¿Conoció también a James Dean?

Sí, le conocí. No me parecía gran cosa. Lo conocí cuando él estaba en Nueva York, era buen amigo de varios amigos míos. E hizo una obra de Gide. Me parece que no estaba muy bien en la obra, por no decir otra cosa.

¿Y en sus películas?

Nunca me pareció gran cosa como actor. No creo que tuviese cualidades en absoluto.

Brando sí lo creía.

Bueno, Brando me contó que Jimmy Dean le llamaba por teléfono a todas horas y él le oia mientras hablaba con el contestador automático; y no le respondia, ¿sabe?, no le dirigía la palabra. Esa es una de las cosas más desagradables de Marlon. (Risas.)

Brando me dijo que trató de que Dean fuese al psiquiatra.

Es que Marlon empezaba a tener miedo, eso es todo. (Risas.)

¿Hubiera debida tenerle más miedo a Dean o a Montgomery Clift?

¡Pues mire, Marlon comprendió que Monty tenia verdadero talento! Monty era una auténtica amenaza para Marlon. Me parece que, si hubiese vivido, Monty habria superado a Marlon.  Cuando se proyectó El último tango en Paris, algunos críticos la consideraron la película más erótica y liberadora que se hubiera hecho jamás. Uno de ellos se aventuró a decir que había cambiado la fisonomía del séptimo arte. ¿Qué piensa usted?

Creo que es una película malísima.

¿Y la interpretación de Brando?

Teniendo en cuenta que no tenia nada con que trabajar, hizo un papel muy notable. Creo que en la escena donde pronuncia el soliloquio ante la mujer muerta, con esa literatura tan completamente absurda que permea toda la película, hizo un trabajo in· creíble porque verdaderamente le hacía creer a uno en el personaje, en su relación con la mujer muerta y en esa tristeza tan especial. Hizo un trabajo verdaderamente extraordinario partiendo de nada en absoluto.

Cuando pregunté a Brando de qué trataba la película, me dijo que era sobre el psicoanálisis de Bertolucci, y luego añadió que en realidad no tenía ni idea.

Mm ... hmmm. Yo tampoco tengo ni idea de qué trata la película.

Pero ¿considera que abrió nuevos horizontes en el cine para el tratamiento de la sexualidad?

Desde luego era increíblemente vulgar. Para mí, aquel diálogo resultaba bastante ofensivo.


INCIPIT 1.194. CONVERSACIONES INTIMAS CON TRUMAN CAPOTE


A mediodía del viernes 16 de julio de 1982 tomé un taxi desde el hotel Drake a la esquina de la calle Cuarenta y Nueve con la Primera Avenida. Estaba nervioso al entrar en La Petite Marmite, justo enfrente del United Nations Plaza, donde vivía cuando estaba en la ciudad. «Mister Capote», dije al maitre, que me condujo a una mesa situada en medio de la sala. El restaurante estaba lleno, pero la única persona que vi fue a Capote, que estaba allí sentado con una copa en la mano. Llevaba una chaqueta azul de lino y una camiseta debajo, con su enorme cabeza colocada como una pelota de hacer gimnasia sobre un cuello corto y grueso.

-¿Llego tarde, o usted ha llegado pronto? -le pregunté, sentándome a su lado.

-Debo haber llegado pronto -contestó-. Ya he pedido la comida y estoy tomando una copa.

Se llevó el vaso a los labios y bebió un trago.

No tenia el aspecto que yo esperaba en él. Tenia la cara hinchada, el pelo escaso y ojos como de cuervo. No parecía ni enano ni elfo, como tantas veces se le había descrito, sino que irradiaba firmeza y autoridad.

Llegó un camarero y le pedí un vaso de vino blanco,

-Esta temporada todo el mundo bebe vino blanco –dijo Capote-. Yo bebo daiquiris.


MM


Conversaciones íntimas con Truman Capote, p. 157

Clift siempre me recordaba mucho a Marílyn Monroe. Marilyn solfa decir: “A la única persona que le va peor en la vida que a mí es a Monty Clift.» Es curioso, porque más o menos tenían el mismo problema.

Ha escrito dos cosas sobre Marilyn; una se incluyó en Los perros ladran, la otra en Música para camaleones. En la primera, usted empieza: «¿Monroe? Una palurda, nada más ...” ¿Lo era? Claro que no. Eso es lo que ella creía que yo pensaba. No, yo adoraba a Marílyn. Me parecía maravillosa. Y su muerte me impresionó mucho. Yo estaba en España, en un pueblecito, y lo vi en un periódico español. Apenas podía creerlo. Aunque, no sé, había tratado de suicidarse al menos cuatro o cinco veces, que yo supiera, durante los años en que la traté, y la conocí desde la primera película que hizo, bueno, la primera en que tuvo diálogo, La jungla de asfalto. La dirigió John Huston, y él me la presentó.

¿Ha escrito algo sobre sus anteriores intentos de suicidio?

No. Escribí una semblanza de ella en Música para camaleones, pero no entré en eso.

¿Es ese retrato?”«Una hermosa criatura», el que prefiere entre los que ha hecho?

No, en ese libro mi preferido es el titulado “Un día de trabajo”, el de una mujer que va a limpiar casas.

¿Por qué cree que Norman Mailer se siente tan fascinado por Monroe?

Porque no la conocía.

¿Es verdad que Marilyn dijo: «Me gusta bailar desnuda delante del espejo y ver cómo saltan mis tetitas»?

Sí.

¿Sabía Marilyn que algún día escribiría usted sobre ella?

Yo tampoco lo sabía. Todo eso viene de mi diario. Todo el retrato salió de mi diario.

Lo terminaba con una pregunta: “¿Por qué la vida tiene que ser tan jodidamente podrida?» ¿Es eso lo que usted piensa de la vida en general?

Me refería a su vida ... , y también a algunos aspectos de la mía, sí. En general, no pienso así. Era una pregunta que le hacía a Marilyn, que al final del retrato aparece como una especie de espíritu. Como sí hablara con un espíritu.

Marilyn le contó que Errol Flynn tocaba el piano con el pene. ¿Es una anécdota corriente de Flynn?

No sé si lo es o no.

¿Le sorprendió o le chocó que a ella le gustara hablar de esa clase de cosas?

Le he dicho que la conocí durante mucho, mucho tiempo. Nada de Marilyn podía sorprenderme.

Usted ha escrito acerca de sus propias relaciones con Errol Flynn a los diecinueve años ...

Bueno, apenas pueden llamarse relaciones, Puede decirse que pasamos una velada juntos.


INCIPIT 1.013. DESAYUNO EN TIFFANY'S / CAPOTE


Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de las Setenta Este donde, durante los primeros años de la guerra, tuve mi primer apartamento neoyorquino. Era una única habitación atestada de muebles de trastero, un sofá y unas obesas butacas tapizadas de ese especial y rasposo terciopelo rojo que solemos asociar a los trenes en un día caluroso. Tenía las paredes estucadas, de un color parecido al esputo de tabaco mascado. Por todas partes, incluso en el baño, había grabados de ruinas romanas que el tiempo había salpicado de pardas manchas. La única ventana daba a la escalera de incendios. A pesar de estos inconvenientes, me embargaba una tremenda alegría cada vez que notaba  en el bolsillo la llave de este apartamento; por muy sombrío que fuese, era, de todos modos, mi casa, mía y de nadie más, y la primera, y tenía allí mis libros, y botes llenos de lápices por afilar: todo cuanto necesitaba, o eso me parecía, para convertirme en el escritor que quería ser.
Jamás se me ocurrió, en aquellos tiempos, escribir sobre Holly Golightly, y probablemente tampoco se me hubiese ocurrido ahora de no haber sido por la conversación que tuve con Joe Bell, que reavivó de nuevo todos los recuerdos que guardaba de ella.
Holly Golightly era una de las inquilinas del viejo edificio de piedra arenisca; ocupaba el apartamento que estaba debajo del mío. Por lo que se refiere a Joe Bell, tenía un bar en la  esquina de Lexington Avenue; todavía lo tiene. Holly y yo bajábamos allí seis o siete veces al día, aunque no para tomar una copa, o no siempre, sino para llamar por teléfono: durante la guerra era muy difícil conseguir que te lo instalaran.

HOLLY GOLIGHTLY


Desayuno en Tiffany's, Truman Capote, p. 101
DESAPARECE LA CHICA DE TOMATO. Y SE TEME QUE LA ACTRIZ COMPLICADA EN EL CASO DE LOS TRAFICANTES HAYA SIDO VÍCTIMA DE LA MAFIA. Sin embargo, pasado algún tiempo la prensa informó: APARECE EN Río LA PISTA DE LA ACTRIZ DESAPARECIDA. Las autoridades norteamericanas no hicieron, al parecer, ningún esfuerzo por recobrarla, y el caso fue perdiendo importancia hasta quedar reducido a alguna que otra mención en las columnas de cotilleo; como gran noticia, solo resucitó una vez: por Navidad, pues Sally Tomato murió de un ataque cardíaco en Sing Sing. Transcurrieron los meses, todo un invierno, sin que me llegara ni una sola palabra de Holly. El propietario del edificio de piedra arenisca vendió las pertenencias que ella había abandonado: la cama de satén blanco, el tapiz, sus preciosos sillones góticos; un nuevo arrendatario alquiló el apartamento, se llamaba Quaintance Smith y reunía en sus fiestas un número de caballeros ruidosos tan elevado como Holly en sus mejores tiempos, pero en este caso madame Spanella no puso objeciones, es más, idolatraba al jovencito, y le proporcionaba unfilet mignon cada vez que aparecía con un ojo a la funerala. Pero en primavera llegó una postal: «Brasil resultó bestial, pero Buenos Aires es aún mejor. N o es Tiffany's, pero casi. Tengo pegado a la cadera a un $eñor divino. ¿Amor? Creo que sí. En fin, busco algún lugar adonde irme a vivir (el $eñor tiene esposa, y siete mocosos) y te daré la dirección en cuanto la sepa. Mille tendresses». Pero la dirección, suponiendo que llegase a haberla, jamás me fue remitida, lo cual me entristeció, tenía muchísimas cosas que decirle: vendí dos cuentos, leí que los Trawler habían presentado sendas demandas de divorcio, estaba a punto de mudarme a otro lugar porque la casa de piedra arenisca estaba embrujada. Pero, sobre todo, quería hablarle de su gato. Había cumplido mi promesa; lo había encontrado. Me costó semanas de rondar, a la salida del trabajo, por todas aquellas calles del Harlem latino, y hubo muchas falsas alarmas: destellos de pelaje atigrado que, una vez inspeccionados detenidamente, no eran suyos. Pero un día, una fría tarde soleada de invierno, apareció. Flanqueado de macetas con flores y enmarcado por limpios visillos de encaje, le encontré sentado en la ventana de una habitación de aspecto caldeado: me pregunté cuál era su nombre, porque seguro que ahora ya lo tenía, seguro que había llegado a un sitio que podía considerar como su casa. Y, sea lo que sea, tanto si se trata de una choza africana como de cualquier otra cosa, confío en que también Holly la haya encontrado.

INCIPIT 959. A SANGRE FRIA / CAPOTE


LOS ULTIMOS QUE LES VIERON CON VIDA
El pue blo de Holcomb se halla entre los altos trigales de la Kansas occidental, zona desolada que los demás habitantes del estado designan con un vago «por allá». A un centenar de kilómetros al este de su frontera con el estado del Colorado, la campiña de Kansas, su cielo azul intenso y su aire seco de desierto, respira más el ambiente del Far West que el del Middle West. Por allá se habla con ese acento que descubre la estridente nasalidad que sabe a pradera y a bracero. Los hombres, muchos, llevan tejanos estrechos, sombrero de ala ancha y puntiagudas botas de tacón. La tierra es llana y el horizonte espantosamente inmenso. Caballos, manadas y rebaños, racimos blanquecinos de silo que se alzan con la gracia de un templo griego, destacan en la lejanía mucho antes de que el viajero pueda acercarse a ellos.
También Holcomb puede verse desde muy lejos. No es que allí haya mucho que ver. Sólo un confuso conjunto de edificios sin unidad, a ambos lados de las vías del ferrocarril de Santa Fe, un caserío cualquiera limitado al sur por el trazo pardo de Arkansas (pronúnciese Ar-kan-sas),l al -norte por una autopista, la Carretera 50, y a este y oeste por praderas y trigales. Después de la lluvia o cuando se funde la nieve, las calles sin nombre, sin sombra y sin pavimentar, pasan del polvo al barro. A -un extremo del pueblo se halla una vieja construcción de estuco de cuyo tejado cuelga un luminoso «Baile», pero el baile se terminó hace tiempo y el letrero hace años que no se ilumina. Cerca, otro edificio luce un insólito letrero chapado en oro, colgado esta vez sobre una ventana sucia. Dice: «Banco de Holcomb».  El banco cerró en 1933 y sus oficinas de contabilidad fueron transformadas en apartamientos. En la actualidad es una de las dos «casas de pisos» del lugar; una decadente mansión conocida por «Casa del Profesorado” porque allí vive gran parte del cuerpo de profesores del Colegio, es la segunda. Casi todas las casas de Holcomb son de madera, de planta baja y con un porche en la fachada.

LEMA

Música para camaleones, Truman Capote, p. 274
Era un cementerio pequeño y encantador, y las sepulturas, verdigrises por el mar, pertenecían en su mayor parta al siglo XIX; casi todas ellas tenían una inscripción de  alguna clase, algo que revelaba la filosofía de su ocupante. Una decía: SIN COMENTARIOS.

De manera que empecé a pensar qué pondría yo en mi tumba, sólo que yo no tendré sepultura, porque dos adivinadoras de mucho talento, una de ellas haitiana y la otra una india revolucionaria que vive en Moscú, pronosticaron que desaparecerla en el mar, aunque no ~ si por accidente o por elección (comme ça, Hart Crane). De cualquier modo, la primera inscripción en que pensé, fue: CONTRA MI PROPIA VOLUNTAD. Luego se me ocurrió algo más peculiar. Una disculpa, una frase que empleo en casi todo compromiso: INTENTE EVITARLO. PERO NO PUDE.
(En la foto el cementerio de Pontedeume)

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