La cicatriz de Ulises, Eric Auerbach, p. 63
DANTE Y VIRGILIO
… a quien tal vez tu Guido
despreció.
DANTE. Infierno, X, 68
Hoyv nadie afirmará ya que la
tradición antigua desapareció con la invasión de los bárbaros y no resurgió
hasta la llegada de los humanistas: la latinidad clásica de las postrimerías de
la República y de la época augusta ya no es para nosotros la Antigüedad por
antonomasia, y trabajamos para descubrir, en lo que de ella ha pervivido,
huellas distintas del latín ciceroniano y el eclecticismo filosófico. La
historia del movimiento intelectual de la temprana Edad Media nos suele parecer
más bien una influencia deslucida, pero, al fin y al cabo, triunfante, de las
ideas y las instituciones de la Antigüedad tardía, una extensión con frecuencia
absurda de aquella época, pero, precisamente por ello, profundamente histórica
y orgánica. Del mismo modo que comprendemos cada vez más que la historia de las
lenguas románicas en el fondo, la historia del latín, y que. en comparación, el
latín clásico es una construcción artificial y su imitación una tentativa
estética e historicista—igual que hoy las artes plásticas del medioevo se nos
presentan como clara continuación, ampliación y reformulación ininterrumpidas
de la tradición de la Antigüedad mediterránea—, los estudios de todos los
ámbitos de la temprana Edad Media
tienden a interpretar las manifestaciones como signos de una tradición antigua
que sigue fluyendo, a menudo escurriéndose, sí, y también desfigurándose hasta
resultar irreconocible, pero, a fin de cuentas, vigente, una especie de
Antigüedad vulgar, si se me permite llamarla así; y, tal como ocurre con el muy
discutido término «latín vulgar», la palabra vulgar no tiene un sentido
despectivo desde el punto de vista sociológico y tampoco se refiere a la
Antigüedad o al latín del pueblo llano, sino que solo es expresión de lo
inconsciente, histórico y orgánico en contraposición a lo consciente,
historicista y culto.

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