Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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BALBIN


Un tal González, Sergio del Molino, p. 176
José Luis Balbín, director de informativos de TVE y del programa La clave, llevaba desaparecido desde el viernes, cuando la cadena suspendió la emisión programada. La clave era un debate de actualidad en directo que marcaba el tono de la semana y se había convertido en una especie de crónica dialogada de la transición. Primero se emitía una de esas películas que el franquismo había censurado y, después, un elenco de intelectuales, hombres públicos e incluso prohombres, discutía como si, en vez de espectadores, al otro lado de la cámara hubiera alumnos del College de France. La imagen de Balbín fumando en pipa en el centro del plató era para algunas familias tan tutelar como un diosecillo doméstico romano. No se podía borrar de la pantalla sin que saltasen las alarmas en todo el país. Algunos periodistas se preguntaban si ETA lo había secuestrado, y otros intentaban confirmar un secreto a voces en la  profesión: que el gobierno había censurado el programa.
El País y Diario 16 pedían esa mañana la destitución de José María Calviño. El País ironizaba sobre la vocación teatral de Alfonso Guerra: «Balbín y Calviño se habrían dedicado estos días a interpretar los papeles estelares de El enfermo imaginario y Tratufo, adaptadas en esta ocasión por Alfonso Guerra, con el fin de cubrir la agresión más estúpida, hipócrita y grosera perpetrada contra los principios que animan el Estatuto de TVE». Diario 16, con el estilo más gritón de Pedro J. Ramírez, tiraba por el melodrama: «Es doloroso decir que el PSOE hace con la televisión todo lo contrario de lo que debería, cuando tanta ilusión se había puesto en su gestión. Pero los hechos son los hechos y la verdad es que, hoy, Guerra, Calviño y Balbín están matando, con su abuso y su incapacidad, la escasa libertad que quedaba en televisión y construyendo en su lugar otro instrumento de acción --de represión- política».
Como en las mejores tragedias históricas, la tormenta empezó en un vaso. Se cumplía el primer mandato de los nuevos ayuntamientos democráticos y, antes de las nuevas elecciones, en La clave plantearon un debate sobre cómo había cambiado el poder municipal en España, copado por la izquierda. En la nómina de invitados estaba Alonso Puerta, que había sido secretario general de la federación socialista madrileña y segundo de Tierno en el  ayuntamiento de Madrid. En 1981 hubo un asunto feo a cuenta de unas adjudicaciones que Puerta no vio claras y, en las discusiones internas del partido, este acabó expulsado del mismo. Para entonces, Puerta era un disidente ruidoso que se había aliado con los restos del PSOE Histórico, refundado en las siglas de PASOC. Al alcalde de Madrid no le gustó que su enemigo tuviera un hueco en la televisión y, en una cena con José Luis Balbín, se lo dijo. Este, a su vez, se lo transmitió a Calviño.

MUSICA EN LA TV


Salidas de tono, Félix de Azúa, p.148

Con esta larga explicación intento justificar la siguiente petición al señor Calviño: ¿podría usted respetar los fondos musicales de las películas extranjeras? Porque, como habrán advertido los aficionados, TVE no sólo dobla la palabra, sino también la música de las películas, con lo que todas las películas grabadas en los vídeos españoles no sirven pero absolutamente para nada. Son como reproducciones en blanco y negro de las pinturas de Rembrandt.

Es comprensible el doblaje porque hay que dar de comer a los jefes de doblaje y a sus locutores (la otra excusa, la de que los españoles somos más imbéciles que los franceses, ingleses, etc., y no entendemos los subtítulos, es demasiado humillante para ser tomada en serio), y eso puede justificar que trituren la labor de los actores, pero ¿es realmente imprescindible cambiar, como hace usted, la banda musical? La incuria de TVE es tan sólida que uno se siente ingenuo pidiendo algo que a los poderosos debe de parecerles una chifladura. Pero crea usted que ver El idiota de Kurosawa con el conocido tema de «Morena, la de los ojos oscuros» es algo muy duro. También lo es ver Caminando con un zombie con fondo de Mahler, o Carta a una desconocida con la inevitable reverie cuando los dedos del pianista iban por otro lado como gusanos locos. Bien es verdad que luego se veía una banda de música militar y lo que sonaba era una orquesta sinfónica. La imaginación de sus técnicos es desbordada, descomunal. Que no elimine usted la música de los telefilmes me parece mal porque es abyecta, pero que se la quite, en cambio, a las películas que forman el conjunto más interesante y entretenido de la cultura euroamericana, es un acto de barbarie. Cualquier cineasta, si le queda alguno, le explicará hasta qué punto la imagen y el sonido son indisociables en las películas no directamente imbéciles. Quizás, por su cargo, sólo utiliza usted el ojo y no el oído, en cuyo caso este artículo es de una inutilidad abrumadora, pero imagine que su próximo discurso pasara por TVE con el fondo de «Yo soy la falsa monea». Bueno, pues eso hace usted con los discursos ajenos.


KIKO LEGARD

Ordesa, Manuel Vilas, p. 131
Le gustaba ver la tele. Yo creo que se tragó millones de horas frente al televisor. He visto la evolución de la tecnología de los aparatos de televisión. Comprar un televisor en los sesenta y en los setenta del siglo pasado era un acto trascendental y daba alegría y miedo.
Recuerdo el primer televisor que entró en mi casa. De pequeño, recuerdo a mi padre viendo con fervor aquel programa concurso de la década de los setenta que se llamó Un, dos, tres ... responda otra vez. Mi padre era adicto a ese programa, donde los concursantes tenían que responder a inesperadas preguntas, bajo el mantra de «un, dos, tres ... responda otra vez”.
Mi padre respondía con los concursantes, y solía ganar él.
Podía haber ido a ese concurso.
Nunca lo hizo.
Debió de pensar que tendría que coger un autobús; no le gustaban los autobuses, ni los trenes. Solo le gustaba su coche, porque su coche era una emanación de sí mismo. Su coche era él. Por eso lo dejaba a la sombra en los veranos tórridos, porque a mi padre no le gustaba estar al sol.
Yo aborrecía ese concurso, pero lo ponían los viernes, y todos estábamos relajados. Al día siguiente no había que ir al colegio.

No sé cómo podía gustarte ese programa, era horrible,  has de saber que a mí no me gustaba nada, aquellas bobas preguntas, solo me cabe el consuelo de que se vayan muriendo todos los concursantes y todos los presentadores y los productores y las azafatas de aquella inmensa boñiga de programa, no te puedes ni imaginar lo que sufría ante esa horterada en la televisión, y tú allí, contestando con aquellos seres humanos reducidos a una sonrisa amarilla. Creo que  exhibían una España subdesarrollada. Bueno, tu hijo ya estaba en otro orden de la historia de España. Menos mal que ya todo ahora es un fantasma. Se murieron los presentadores, se fueron muriendo casi todos. El alivio y la purificación de la muerte para aquellos cuyos rostros capturó la televisión: humoristas, cantantes, presentadores, todos esos rostros tercamente españoles. Porque la única manera de vencer la vulgaridad en España es a través de la muerte. Puedo imaginarme fotos, enmarcadas en molduras de lujo aparente, de esos concursantes en las paredes de los pisos de sus casas; fotos pasando de padres a hijos, son mamá y papá en el Un, dos, tres ... responda otra vez, mamá y papá fueron concursantes en 1977 con Kiko Ledgard. ¿Os acordáis de Kiko Ledgard?

DE LA TV

Conversaciones con DF Wallace, p. 50-51
DFW: Bueno, retorcerse las manos y afirmar que la televisión ha acabado con los lectores es una simplificación excesiva. Porque la cultura televisiva estadounidense no llegó de la nada. En lo que la televisión es extremadamente buena -y obsérvese que esto es lo único que hace-- es en averiguar lo que grandes cantidades de personas creen que quieren, y proporcionárselo. Y dado que siempre ha existido una profunda y característica repugnancia americana por la  frustración y el sufrimiento, la televisión evita estos temas como una plaga en favor de algo anestésico y poco exigente.
L.M.: ¿De verdad piensas que la repugnancia es característicamente americana?

DFW: En todo caso parece característica de la sociedad industrial occidental. En la mayoría de las demás culturas, si sientes dolor, si tienes un síntoma que te hace sufrir, se ve como algo esencialmente saludable y natural, una señal de que tu sistema nervioso sabe que algo va mal. Para estas culturas, deshacerse del dolor sin dirigirse a la causa más profunda sería como apagar una alarma de incendios mientras aún hay fuego. No obstante, si te fijas en la cantidad de maneras con las que en este país intentamos denodadamente aliviar los meros síntomas -desde los antiácidos de acción ultra-rápida a la popularidad de los musicales alegres durante la Depresión- apreciarás una tendencia casi compulsiva a considerar el dolor en sí mismo como el problema. Y de ahí que el placer se convierta en un valor, en un fin teleológico en sí mismo. Es probable que se trate de algo más occidental que estadounidense per sé. Fijate en el utilitarismo -que es la principal contribución inglesa a la ética- y verás una completa teleología basada en la idea de que la mejor forma de vivir es aquella que maximiza el ratio entre placer y dolor. Dios, sé que sueno mojigato. Lo que digo es que es miope culpar a la televisión. Ella es simplemente otro síntoma. La televisión no inventó nuestra infantilidad  estética más que el Proyecto Manhattan inventó la agresión. Las armas nucleares y la televisión simplemente han intensificado las consecuencias de nuestras propensiones, han elevado el nivel.

DE LA TELEVISION


En cuerpo y en lo otro, DF Wallace, p. 2
Las estadísticas sobre el porcentaje de la jornada americana que transcurre delante de pequeñas pantallas son bien conocidas. Sin embargo, la generación americana nacida, digamos, después de 1955 es la primera para la cual la televisión es algo con lo que se vive, no algo que simplemente se mira. Nuestros padres contemplan el televisor más o menos como las chicas modernas de los años veinte veían el automóvil: como una curiosidad convertida en capricho convertido en seducción. Para nosotros, sus hijos, la tele forma parte de la realidad en la misma medida que los Toyota y los atascos de tráfico. Somos literalmente incapaces de “imaginarnos” la vida sin ella. Igual que la tele presenta y define gran parte del mundo desarrollado de hoy día, también lo hace con nuestra experiencia cotidiana. Pero nosotros, a diferencia de nuestros mayores, no tenemos recuerdos de un mundo donde no existía esa definición electrónica. Es algo que nos viene de fábrica. En mi infancia, a finales de los sesenta, en el sur rural de Illinois, a muchos kilómetros y muchos megahercios de cualquier centro de producción de entretenimiento, el estar al día de lo que sucedía en series como Batman o ]im West era el medio mismo de la interacción social. Gran parte de nuestros juegos originales no eran más que réplicas de lo que habíamos visto por la tele la noche antes, y la verosimilitud se tomaba muy en serio. La capacidad de hacer una imitación pasable de Howard Cosell, Pablo Mármol, el pájaro de los cereales Cocoa Puffi o Gomer Pyle era un baremo de tu estatus, una determinación de tu estatura.

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