Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1,599, NOCILLA DREAM / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO

 


Prólogo

RIZOMA

"Un rizoma no comienza y no termina, siempre está en el medio, entre las cosas, es un ser-entre, un intermezzo. El árbol es filiación, pero el rizoma es alianza, úrucamente alianza. El árbol impone el verbo "ser", pero el rizoma tiene por tejido la conjunción "y... y... En esta conjunción hay fuerza suficiente para des-enraizar el verbo ser (...). Entre las cosas, no traza una relación localizable y que va de uno a otro, y recíprocamente, sino una dirección perpendicular, un movimiento transversal que lleva uno al otro, arroyo sin comienzo ni fin, que corroe sus orillas y toma velocidad entre las dos."

Lo dicen Deleuze y Guattari en la introducción de Mil Mesetas. Y Agustín Fernández Mallo parece haber tomado buena nota de ello para componer este "arroyo sin comienzo ni fin" que es una de las aventuras más arriesgadas de la narrativa de los últimos años. Pero vayamos por partes.

Agustín Fernández Mallo ha llamado la atención del estrangulado mundillo poético con su Poesía Postpoética que trata de llevar al límite la creación posmoderna entendida como un ensamblaje de las actividades culturales y científicas

 

 


Los Sex Pistols


 Nocilla dream, Fernández Mallo, p. 147

Los Sex Pistols habían desbrozado el terreno, lo habían arrasado. No quedaba nada excepto la ciudad, que se erguía como si nada hubiera ocurrido. Hay un retazo de suciedad humeante en medio de la ciudad, en la que un cartel envuelto por la neblina pone: LIQUIDACIÓN POR INCENDIO. La gente que rodea el espacio vacío no sabe qué hacer ahora. No saben qué decir; todo aquello de lo que solían hablar ha sido parodiado hasta estupidez a medida que las viejas palabras surgen de su boca. Tienen la boca llena de bilis, son atraídos hacia el vacío, pero retroceden. "La definición de nihilismo de Rozanov es la mejor", había dicho en 1967 el situacionista Raoul Vaneignem en Tratado de Saber Vivir Para Uso de Las Jóvenes Generaciones "el espectáculo ha terminado. El público se levanta y abandona sus asientos. la hora de recoger los abrigos e irse a casa. Se dan la vuelta… Ya no existen sus abrigos ni tampoco sus casas." Éstas están donde ellos encuentran.


RP FEYNMAN


Nocilla dream, Fernández Mallo, p. 53

Por fin, terminaron tomando la decisión de que no sería nuestro proyecto el que se iba a usar para la separación del uranio. Nos dijeron entonces que lo dejáramos porque en Los Álamos, Nuevo México, iban a comenzar el proyecto que verdaderamente permitiría fabricar la bomba atómica. Todos nosotros iríamos allí para construirla. Había experimentos que realizar y tampoco faltaba trabajo teórico. A mí me tocó el trabajo teórico. Cuando llegamos, las viviendas, dormitorios y demás cosas por el estilo no estaban listas todavía. En realidad ni los laboratorios estaban totalmente listos. Así que al principio nos alojábamos en un rancho. La primera vez que llegué a las instalaciones vi que había una zona técnica, que presumiblemente debería estar rodeada por una cerca pero que todavía no lo estaba. También, presumiblemente, debería haber una ciudad rodeada a su vez por una gran cerca. Pero todavía estaba en construcción. Cuando fui al laboratorio me encontré con personas de las que tenía noticia por el Physical  Review. No los conocía antes. A lo mejor me decían, "Le presento a John Williams". Entonces se levantaba para saludarme un tío que estaba remangado ante una mesa cubierta de copias de planos, dirigiendo a gritos desde las ventanas las cosas y orientando los camiones de material de construcción. Con otras palabras, como los de física experimental no tenían nada que hacer hasta que estuvieran listos sus laboratorios y sus aparatos, se pusieron a construir ellos mismos los edificios.

 


INCIPIT 1.471. MADRE DE CORAZON ATOMICO / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO


Se me aparece una imagen: mi padre todavía vive y me dice, «coge esos arándanos, pero no comas demasiados, es un fruto que tiene mucho ácido benzoico, incluso puede envenenar a gatos como tú».

Hoy, 25 de febrero de 2024, hace doce años que con ochenta y siete años de edad murió mi padre.

No deja de producirme inquietud haber comenzado así estas notas, «Hoy, 25 de febrero de 2024, hace doce años que ... », palabras que tienen un tono de cuaderno de bitácora, de personas que exploran aguas que por mucho que sean navegadas siempre les serán extrañas, viajeros que se adentran en un mar que termina en una catarata: la vida. Como si yo mismo especulara que la Tierra es plana. Tarde o temprano el mapamundi se acaba, te caes.

También podría haber comenzado diciendo, «los años han muerto pero al tiempo no le ha pasado nada», y no estaría mintiendo porque cuando alguien muere el tiempo finge seguir su curso


El guardián entre el centeno


Madre de corazón atómico, Fernández Mallo, p. 184

Me viene a la cabeza la novela El guardián entre el centeno, supongo que porque fue publicada ese año, pero también porque hay en esa foto un aire de la América ingenua y rural que El guardián entre el centeno se encargaría de demoler. Nunca le vi interés alguno a esa novela; devaneos de un adolescente problemático que niños de clase media acomodada estadounidense pronto hicieron propios.  Cuando la leí, en el primer curso de carrera, lo hice inducido por un compañero, que a su vez indujo a otros. El veredicto fue unánime, El guardián entre el centeno era lo peor. No obstante, sabedores de la influencia que ese libro había ejercido y aún ejercía sobre el mundo adolescente cool, siempre que queríamos señalar,la existencia de algo para nosotros de culto o atractivo, decíamos, «eso es un guardián entre el centeno». En ese contexto de amigos, el libro ¿Está usted de broma, señor Feynman? era nuestro guardián entre el centeno; el maxisingle Malos tiempos para la lírica, de Golpes Bajos, era nuestro guardián entre el centeno; el Curso de física teórica, tomos II y III, de Lev Landau, era nuestro guardián entre el centeno; Terciopelo azul, de David Lynch, era nuestro guardián entre el centeno, y El hacedor, de Borges, era mi particular guardián entre el centeno, un libro que me impactó nada más abrirlo.


Siete Problemas del Milenio


Madre de corazón atómico, Fernández Mallo, p. 129

No profundizaré ahora en ellos, pero se trata de siete conjeturas o hipótesis matemáticas y físicas cuya demostración la comunidad científica considera capitales a fin de entender los cimientos teóricos del mundo tal como lo conocemos. Es tal su importancia que en el año 2000 el prestigioso Clay Mathematics Institute ofreció un premio de un millón de dólares a quien resolviera alguno de esos siete problemas. El artículo relataba cómo el año anterior el matemático ruso Grigori Perelman se había hecho mundialmente famoso cuando, tras resolver uno de los problemas -concretamente, la llamada «Conjetura de Poincaré»-, había rechazado el millón de dólares por considerar que tal clase de premios resultan mercantilistas y corrompen la pureza presupuesta en la matemática. Perelman, que vivía y aún vive con sus padres en una modesta vivienda de algún lugar de la antigua Unión Soviética, había empleado más de diez años en la resolución de la citada Conjetura de Poincaré solamente por ampliar lo que en la única entrevista que concedió denominó como la «intrínseca belleza de la matemática». La resolución del tal problema le hizo célebre entre la comunidad matemática, pero fue su rechazo al premio de un millón de dólares lo que le dio fama entre los no expertos, elevándolo a héroe popular. Así, tras la demostración de Perelman, de los Siete Problemas del Milenio sólo quedaban -y todavía quedan- seis, cuyos nombres, y como dato meramente informativo, consigno:

Conjetura de Hodge

La hipótesis de Riemann

P versus NP ·

Ecuaciones de Navier-Stokes en turbulencia

Conjetura de Birch y Swinnerton-Dyer

Existencia de Yang-Milis y el salto de masa


IA


Madre de corazón atómico, Fernández Mallo, p.112

Por otra parte, nunca me interesó la religión como verdad, tan sólo como relato y proyección antropológica. Técnicamente, la mente paranoica es aquella que tras todo signo de duda encuentra una mano oculta, una conspiración universal que, de manera supuesta, le sobrepasa. Desde este punto de vista, la religión, ya sea occidental, oriental, sincrética o de tipo new age, es la teoría de la conspiración más grande jamás contada, y el creyente, un perfecto paranoico inducido. Todo ello, y habida cuenta de que el humano es un ser religioso en sí mismo -no se conoce cultura que no rinda culto a alguna clase de experiencia transcendente-, da como resultante ese carácter de incompletitud emocional del cual la humanidad al completo participamos. La actual fascinación y simultáneo temor ante la Inteligencia Artificial no responde sino a ese mismo mecanismo religioso: crear un ente superior en el cual verter todo lo que por nosotros mismos no podemos resolver. Dar algo para recibir algo, una economía netamente religiosa.


Ludwig Wittgenstein


Madre de corazón atómico, Fernández Mallo, p. 50

Respecto al, para mí, extraño hecho de que nos acostumbramos a todo menos a la muerte, en realidad ya había comenzado a pensarlo muchos años atrás, concretamente en la Navidad de 1997, mientras leía la biografía que de Ludwig Wittgenstein había escrito Ray Monk, titulada Wittgenstein. Concretamente cuando llegué al capítulo en el que Monk describe una anécdota en la que, tal como yo la entendí entonces, son resumidas y entran en colisión dos grandes tendencias del pensamiento del siglo XX: año 1939, Wittgenstein imparte clases de lógica del lenguaje en Cambridge -lo que en su caso equivale a decir que imparte clases acerca de sí mismo-, y entre sus alumnos se encuentra un jovencísimo Alan Turing, quien en pocos años estaría llamado a inventar el concepto de computadora tal como hoy lo entendemos. En un momento dado el alumno interpela al profesor por el uso que éste viene haciendo de la palabra contradicción, y estalla entonces una fuerte discusión. Para Turing, incurrir en una contradicción equivale a que todo lo que hagas a partir de ese momento te llevará por un camino equivocado, extraviado, condenado al error. Por el contrario, Wittgenstein cree que no, que una contradicción jamás puede extraviarte porque una contradicción «no te conduce a parte alguna; una contradicción, sencillamente, te paraliza, te deja inmóvil», de modo que no puede llevarte ni por el camino equivocado ni por el correcto; la contradicción es, simple y llanamente, la parálisis. Y es en ese sentido wittgensteniano en el que creo que percibimos la muerte, como una contradicción, un absurdo que ni te deja avanzar ni te permite retroceder, una parálisis a la que resulta imposible acostumbrarse y de la que sólo te escapas haciendo metáforas, alegorías y ficciones.


NABOKOVIANA


Madre de corazón atómico, Agustín Fernández Mallo, p. 39

Naturalmente, ni el oso siente venganza, ni la flor deja entrar nada. Se trata de un falso documental, un relato moralizante. Esa clase de reportajes en nada se diferencian de la fábula de los tres cerditos, en la que también los animales y las plantas hablan y piensan y actúan con arreglo al entendimiento humano. A este tipo de cosas me refiero cuando digo que él nunca me contó la fábula de los tres cerditos, ni la de las flores que abren sus pétalos tras conocer las intenciones de los colibríes. Por el contrario, me dio a entender que los propios procesos naturales pueden constituirse en sí mismos en materia de ficción, y esto afecta directamente a la idea que cada uno tiene acerca de la estructura misma de la realidad. La expresión tabla periódica, dicha en aquel ambiente bucólico-natural de mediados de agosto, constituye ya por sí misma una clase de realidad que implica al mundo de las reacciones químicas, las mismas que desde los tiempos de la alquimia nos han llevado una y otra vez al reino de lo fantástico y, no obstante, al de lo radicalmente real: los arándanos que al día siguiente verteríamos en una botella de orujo y cuya reacción química los adultos beberían un año más tarde en alguna sobremesa, o, sin ir más lejos, mis pies dentro de unas reales pero inverosímiles botas de plástico -katiuskas amarillas-, asados en pleno verano. La más radical realidad fantástica ya está ahí, en esos arándanos transformados en licor, en esas katiuskas metamorfoseadas en horno, no hace falta inventarles a las cosas un lirismo que de por sí ya poseen. Pero hay que encontrarlo, educar el ojo para llegar a ver esa parte aparentemente irreal que hay en todo cuanto nos rodea, y después tener la habilidad para contarla. Las malas narraciones cuentan una verdad a medias. Las buenas narraciones cuentan una verdad y media. Es ese plus -ese «y media»- que se superpone a la prosaica y conocida realidad cotidiana el que sin descanso hay que buscar porque forma parte de nuestra vida real. Supongo que todo ello tiene que ver con aquello que decía Nabokov acerca de la ficción,  cuando aseguraba no entender para qué sirve imaginar libros o representar hechos que de alguna manera no hayan ocurrido realmente o pudieran ocurrir. Nabokov, además de escritor, era entomólogo, estudioso de las mariposas.


INCIPIT 885. TEORIA GENERAL DE LA BASURA / FERNANDEZ-MALLO


INTRODUCCIÓN E INTENCIONES
Línea Año Cero: el contorno de la experiencia
Piense en esto: de las lenguas hoy muertas sólo conservamos sus textos, sus grafías, pero no el registro sonoro, de modo que poca o ninguna idea tenemos de cómo los antiguos  pronunciaban sus palabras. Si pudiéramos oír hoy a un griego del siglo m a.C. pronunciar poiesis o a un romano decir rosae, no es descartable que oyéramos lo que para nosotros serían rugidos o el canto de un pájaro. Sólo pensar en la Cleopatra de Elizabeth Taylor emitiendo sonidos como de perro, ballena o robot, un escalofrío echaría por tierra gran parte de nuestra idea de cómo las civilizaciones nos hallamos temporalmente conectadas. Nos queda la materialidad muda de aquella escritura y le procuramos un paisaje sonoro, construido como verosímil fantasía. Sólo el sonido convoca el pasado en tiempo real. De ahí la importancia que se le da a las voces en los conciertos de música en vivo, los mítines políticos o el espiritismo. Que se sepa, la voz de poeta más antigua registrada son los 35 segundos de recitación del poema «América», leído en 1890 por su propio autor, Walt Whítman, y grabado en un primitivo cilindro de cera –puede encontrarse la grabación en YouTube o en otras plataformas- Apenas 35 segundos en los que además de parecer llegar el poeta desde ultratumba para hablarnos cara a cara -un vértigo parecido a si de pronto viéramos una fotografía de Sócrates-, también podemos pensar que es fundado el Año Cero de la recitación poética tal como hoy la conocemos.

VIETNAM


Trilogía de la guerra, Agustín Fernández Mallo, p. 349
Como es habitual en esa ciudad, los cables del tendido eléctrico no estaban sepultados, se enmarañaban en lo alto de los postes, nudos de plástico y cobre similares a los que había visto en los postes eléctricos de ciudades y pueblos de Vietnam, país donde no pocos soldados enemigos, sintiéndose acorralados, trepaban rápidamente a esos postes cuando nos veían y se enredaban  en esos cables con intención de electrocutarse. Casi nunca lo conseguían y allí arriba eran diana segura, les disparábamos a placer. Sus cuerpos sin vida permanecían días entre los cables. Por la noche echaban chispas, parecían  fuegos artificiales, nadie se atrevía a bajarlos por temor a electrocutarse, hasta que alguna alma caritativa cortaba  el suministro eléctrico, un interruptor general de la zona que sólo los lugareños conocían, y los familiares bajaban los cadáveres, descompuestos o comidos por los pájaros. Conservo la visión de una bandada de pequeñas aves picoteando uno de esos cuerpos, cubierta a su vez por otra nube de pájaros batiendo sus alas e inmóviles en el aire, esperando su turno pues ya no había en el cuerpo del muerto espacio disponible en el cual picar. En una ocasión disparé repetidas  veces a una de esas bandadas, es raro disparar a algo que no tiene cuerpo, a una estructura borrosa, sin consistencia y alada. Cayeron unos cuantos pero la nube permaneció intacta, como si no hubiera disparado una sola bala. Si no ves nunca al enemigo, si sólo es una presencia lejana o diferida, terminas por creer que no existe e irremediablemente asumes que el enemigo eres tú mismo, y eso era lo que en la selva vietnamita nos volvía locos, de modo que cuando veíamos al enemigo allí arriba, muerto en los cables del tendido eléctrico, no desaprovechábamos la ocasión de disparar sobre él, tan rotundo, tan a mano, tan, ahora sí, enemigo. Y en el fondo eso era algo que yo no podía soportar de aquella guerra, porque la muerte ha de generar algo, ya sea más vida o más muerte, pero algo, y disparar contra un cuerpo muerto es dejar el mundo tal como estaba; eso sí que es un crimen.

PETROLEO

Trilogía de la guerra, Agustín Fernández Mallo,p. 332
Era la época en la que, por llevarle la contraria al Mundo, me negaba a seguir esa norma no escrita por la cual en Los Angeles hay que ir en coche a todas partes, así que había decidido conocer la ciudad a pie; tardase el tiempo que tardase iría a todos lados por mis propios medios óseos y musculares. Creo que me consideraba el último y legítimo explorador de esa ciudad. Autopistas, avenidas, urbanizaciones o pequeñas calles, todo me lo comía a pie, y eso sin tener en cuenta los riesgos que tales caminatas comportan: en Los Angeles cualquier persona que vaya a pie es sospechosa de algo que no sabes qué es pero que da mucho miedo, pero quería sentir la quemazón de las aceras en verano, el aire no acondicionado de la calle, hundir mi huella en el asfalto semi derretido. No diré que recorrer a pie todas aquellas calles fuera una hazaña equivalente en trascendencia a pisar la superficie de la Luna, pero casi. Observé la cantidad de pozos petrolíferos que hay dispersos por la ciudad, pequeñas básculas de extracción industrial que la ,¡;ente tiene en sus jardines, y cuyas torretas no deben de medir más de ocho metros. Los Angeles se asienta en una de las bolsas de petróleo más grandes de Estados Unidos, caminas por la acera y ves sobresalir las bombas de extracción sobre las vallas de los jardines de las casas, casas normales, unifamiliares. Si circulas en coche, la proximidad a tierra te impide verlas, sólo si vas a pie descubres esos mecanismos de bombeo tipo balancín, que se mueven con pereza y parecen garzas de acero que a cámara lenta picotearan el suelo, y cuando hay varios en fila el baile de criaturas parece estar interpretando una partitura bajo tierra, hay incluso quien ha montado un pozo de extracción en el cementerio, en el rectángulo en el que yacen los huesos de su abuela o abuelo, insólito hecho que legalmente es posible, sólo hay que pagar un plus, curiosamente no en concepto de perforación, que a eso tienes derecho en tanto que cementerio, sino por ocupar sobre la lápida varios metros de aire. Y la gente va cada día a recoger el petróleo que sus antepasados le ofrecen; puedes considerarlo una especie de herencia involuntaria, dicen ellos en broma. Sí, explorar Los Angeles a pie me proporcionaba una gran variedad de puntos de vista, impensables desde la cabina de un coche.

LOS ANGELES

Trilogía de la guerra, Agustín Fernández Mallo, p. 330
Al iniciar mi vida en Estados Unidos residí algún tiempo en Los Angeles, ciudad habitada por más de un millón de personas de origen mexicano. A primera vista sorprende al viajero -además de la pureza del cielo y de la fealdad de las dispersas y ostentosas construcciones-, la atmósfera vagamente mexicana de la ciudad, imposible de apreciar con palabras o conceptos. Esta mexicanidad -gusto por los adornos, descuido y fasto, negligencia, pasión y reserva -flota en el aire. Y digo que flota porque no se mezcla ni se funde con el otro mundo, el norteamericano, hecho de precisión y eficacia. Cuando llegué a Estados Unidos me asombró sobre todo la confianza y seguridad de la gente, su aparente alegría y su aparente conformidad con el mundo que los rodeaba. Me pareció entonces -y me lo parece todavía- que Estados Unidos es una sociedad que quiere realizar sus ideales, que no desea cambiarlos por otros, y que, por más amenazador que le parezca el futuro, tiene confianza en su supervivencia.

Así se expresaba el libro El laberinto de la soledad, y tenía razón, aquí tenemos una desquiciada fe en nuestra supervivencia, de modo que a estos desahuciados chicos y chicas americanas que ahora oigo pasear por los pasillos de este hospital de Miami, cuerpos que frescos y limpios arrastran sus goteros, su cerebro abierto de pura transparencia y el mapa de América dibujado en sus rostros, nadie debería decirles que las ruedas de su gotero hacen ruido por un motivo mucho más oscuro y siniestro que la simple falta de aceite o inadecuados rodamientos, es mejor dejarles que sigan pensando en su futuro americano, que sigan convencidos de que el gotero que arrastran es el paso previo al skate que muy pronto les llevará de nuevo a las calles de Miami, mejor no hacerles saber que nunca saldrán vivos de este hospital. Y bien, yo sé que tampoco saldré vivo de aquí. Por eso antes del fin quiero contar una última historia, una historia excepcional, una experiencia brutal que creo no haber contado nunca a nadie, ocurrida en Los Ángeles a finales de la década de los años ochenta.

DINERO

Trilogía de la guerra, Fernández Mallo, p. 270
Rebusqué con la mano derecha dentro de la bolsa de deporte, medio abierta en el asiento del copiloto, y comprobé que tenía casi cinco mil dólares en billetes mezclados, suficiente para aquel trayecto y unos meses. Palpé el fajo con precisión y placer, si en algo se demuestra que América es una verdadera democracia es en que todos sus billetes tienen el mismo tamaño. Un indigente saca un dólar para comprar un bote de sopa, y a simple vista podría ser el mismo billete de cien dólares con que Hillary Clinton paga un dry martini a su amante en el Hotel Plaza. Ello imprime carácter, pero sobre todo seguridad, a nuestra democracia. Guardé un fajo en el bolsillo delantero del pantalón de tergal marrón. Llevaba puestos unos tenis Nike de jogging y una camisa de cuadros de leñador a la que con unas tijeras le había cortado las mangas a la altura de los hombros. El motivo de haber cercenado esas mangas es simple, pero creo que merece ser contado.

INCIPIT 926. TRILOGIA DE LA GUERRA / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO

PRIMERA PARTE
Invitación y primer día

Damos por supuestas tantas cosas. La mañana del 11S de septiembre de 2014, habiendo desayunado y estando sentado a mi mesa de trabajo, el ruido de las obras de remodelación de la calle hizo que me olvidara de lo que en aquel momento estaba escribiendo y se cruzó en mi cabeza algo que el día anterior había visto en la televisión, un reportaje en el que se afirmaba que un décimo de la superficie terrestre se quema debido a causas naturales, y que viene ocurriendo sin descanso desde hace más de doscientos años. Si viéramos un mapa dinámico de todos los incendios que en este preciso instante se hallan activos en el planeta observaríamos multitud de zonas que en color rojo se propagan a la velocidad del viento, especialmente en África, continente al que los expertos en esta materia llaman Corazón del Infierno. Me asustó pensar que la existencia del humano moderno se hubiera venido desarrollando al lado de esa incandescente presencia.

THE CLOISTERS


Trilogía de la guerra, Agustín Fernández Mallo, p. 100
Días más tarde, en la cafetería en la que solíamos quedar, en tanto yo rebañaba las últimas huellas amarillas de los huevos Benedict, Rodolfo me dijo que Central Park estaba muy bien, sí, pero que lo que a él realmente le gustaba eran los Cloisters. Ante mi pregunta de qué era eso de los Cloisters, me contó que se trababa, como el nombre indica, de unos claustros, pero claustros de verdad, originales del medievo, situados en el extremo más noroccidental de la isla de Manhattan, mucho más arriba de Harlem, en la poco conocida zona de Washington Heights, sobre una colina con vistas al río Hudson. A principios del siglo XX, me dijo, esos claustros habían sido traídos, piedra a piedra, desde distintos lugares de Europa, para ser montados allí. “La resultante es una abadía medieval hecha con trozos de francesas y españolas. Si tomamos ahora el metro podemos estar allí en poco más de media hora», propuso. No vi inconveniente alguno.
En Columbus Circle tomamos la línea A. El andén estaba ocupado por un mural de técnica grafiti; mostraba avenidas atestadas de gente, que en perspectiva caballera se perdían en un fondo de rascacielos sobre los que parecía estar lloviendo. Una vez en el tren, fui haciéndole preguntas acerca de los Cloisters. Supe entonces que en el año 1925 John Rockefeller Jr. había donado a la ciudad esas hectáreas de tierra a orillas del Hudson para la construcción de un museo que, según era su deseo, albergara la colección de arte medieval del escultor y gran coleccionista americano George Barnard. Al mismo tiempo, Rockefeller Jr. también había donado varias hectáreas de tierra en Nueva Jersey, es decir, en la orilla justamente opuesta del río Hudson, con la consigna de que no fueran tocadas para que la vista desde el futuro museo se conservara por siempre intacta. Años más tarde, en 1930, ese mismo Rockefeller encargaría por fin a Charles Collens, arquitecto de su confianza, la construcción del monasterio hoy  conocido como los Cloisters, usando para ello las partes originales, llevadas en barco a Nueva York, de distintas edificaciones medievales, como el monasterio de San Miguel de Cuxá o el monasterio benedictino de San Pedro de Arlanza.
Claustro de San Miguel de Cuxa, New York, 3 de marzo de 2014

LA ISLA DE LAS FLORES


Trilogía de la guerra, A. Fernández Mallo, p 22
Recuerdo haber pensado que la gente, antes de tuitear, debería preocuparse de saber de qué se está hablando. Temí que mi silencio incomodara a los organizadores, de modo que en un momento dado intervine para decir que es sabido que cuando una comunidad de humanos o animales se ve aislada durante un largo periodo de tiempo –aunque corto en la escala de la evolución del planeta-, los animales grandes de ese territorio tienden a reducir su tamaño y, por el contrario, los animales pequeños –típicamente iguales o más pequeños que los conejos-, tienden a aumentar de tamaño. Así ocurrió con los hombres y los elefantes de la Isla de las Flores, dije, ubicada cerca de lo que hoy es Java, que se volvieron enanos, en tanto que las ratas y otros roedores de aquella isla se agigantaron hasta unas proporciones que hoy nos darían miedo. Se trata de un innato dispositivo de supervivencia global, que tiende a equilibrar las especies. Lo que desconcertó a los antropólogos que hallaron los fósiles -continué diciendo fue que la disminución del cerebro de los humanos no actuaba en detrimento de las capacidades intelectivas, aunque sí de su voluntad, la cual, debilitada, los llevaba a abandonar las más elementaIes tareas de supervivencia, el coito incluso, hasta extinguirse. Todos atendieron a mi comentario. Cuando hube terminado permanecieron en silencio, como esperando algo más. En las pantallas, un tuit, escrito en español de Argentina, decía: «Grande! Todo cuanto vos decís está muy bien”. Yo les aclaré que decía todo aquello a colación del aislamiento que a veces se produce en las redes, por ejemplo, en los grupos cerrados de Facebook o en las redes diseñadas exclusivamente para el ejército o corporaciones financieras. Creo que fue ésa mi única intervención aquella tarde. Lo cierto es que me intimidaba el hecho de estar siendo observado a través de Internet. No estoy acostumbrado a hablar ante público invisible. Hay una regla de oro: ojo habla a ojo -a través de pantallas o en vivo-, voz habla a voz -a través de un teléfono- y texto habla a texto -a través de cartas o mensajes escritos-, pero no es buena la aparición de canales cruzados. Y allí todo estaba cruzado.

LLUVIA

El hacedor de Borges, A Fernández Mallo, p. 137

La lluvia
El tamaño de la gota oscila  entre 0,5 y 6,35 mm. Su velocidad de caída entre 8 y 32 km/h.
A medida que se precipita va ganando masa al chocar inelásticamente con otras gotas,
no hay Desayuno con diamantes,
no hay Cólera de Dios,
no hay taxi drivers ni replicantes,
que sepan por qué la gota

nunca se hace infinitamente grande.

AEROPUERTO

El hacedor de Borges, Agustín Fernández Mallo, p. 107
Una leyenda aérea afirma que los aeropuertos no están sobre la tierra, sino que flotan a pocos milímetros del suelo, y que ése es el motivo por el que atraen a tantas personas, por su carácter de simulacro que, no obstante, posee materialidad. No se aprecia a simple vista, pero permanecen suspendidos (pistas de despegue incluidas], inmunes al frío, al calor, a los vientos del Norte, a los millones de personas que los atraviesan, a las subidas y bajadas de la Bolsa, al electromagnetismo, a las suelas de los zapatos, a los espaguetis con carne; nada les afecta, nada puede cambiar su estructura, composición, distribución, tiendas y restaurantes, ni su virtud de objeto eterno, inasible a la corrupción que origina el tiempo. Los aeropuertos son, en efecto, las nuevas catedrales. Hace años, los paneles que anunciaban las llegadas y las salidas eran naipes de letras rodantes, máquinas tragaperras que en vez de plátanos y fresones componían nombres de ciudades, horas y fechas. Me sentaba en aquel casino, y pasaba las tardes mirando, especulando sobre el azar. Todo viaje era eso: un producto de la arbitrariedad. Otra costumbre de aquellos años, y que aún conservo, era llegar 2 horas antes de la salida de mi vuelo. Baudelaire afirmó a finales del siglo 19 que el lugar natural del dandi es la ciudad, el invento más moderno de su época, algo que iba más allá de la simple urbanística, era el territorio donde la humanidad había conseguido su máxima expresión: volar desprendida de la  naturaleza, el lugar donde el exhibicionista podía darse tal y como es, perfecto, desarraigado y diletante. Hoy, muertas las ciudades como objeto de tránsito y deseo, el lugar natural del dandi es el aeropuerto. Paseo entre las tiendas, simulo que miro unos CDs, me pruebo una corbata, en la perfumería no cometo esa vulgaridad de llevarme las muestras, me perfumo allí mismo, consumo el tiempo razonando tácticas de flirteo, doy vueltas, emito señales sin comprometerme en esa nave que flota a pocos milímetros del suelo.

INCIPIT 860. EL HACEDOR (DE BORGES), REMAKE / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO:

Prólogo
A Jorge Luis Borges
Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores a la luz de lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este lugar, y después aquellos pájaros de Benet que también definen por el contorno: Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real -porque el moderno dejó de serlo- se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable, y después aquel poema que suspende el sentido y maneja y supera el mismo artificio:
No quedaba nadie sobre la faz de la tierra
y de repente,
llamaron a la puerta.

Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; cambiamos unas cuantas cordiales y convencionales palabras, y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Borges, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas, y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría.

WIKIPEDIA

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