Antes de mover el cuerpo, su mirada abarca sucesivamente la penumbra húmeda del pasillo en el que va a entrar y, un momento antes de que la puerta se cierre, el espectáculo de la calle que acaba de abandonar y de la que ahora le separa la pesada hoja de roble. Como la casa no contiene mobiliario y él mismo ya no posee nada, sólo tiene que mover su propio peso, pero es suficiente para agotarle: todo pesa más entre estos muros espesos, empezando por la puerta, cuyo umbral cruza cada vez menos, ya que cada gesto exige un esfuerzo, como si la gravedad se multiplicase y la atracción de la tierra fuera más imperiosa en este lugar preciso de Londres.
A veces, nada más entrar, en
lugar de subir, conteniendo el jadeo, el tramo de peldaños que se vislumbra al fondo
del estrecho corredor y le conduce a su guardarropa, se arrodilla delante de la
puerta, pega el ojo a una rendija que ha descubierto, mira al exterior. Estas
sesiones de acecho le agradan, al menos le agradaban al principio, a pesar de
la angostura de su campo visual. Para él sigue siendo la mejor manera de ver el
mundo: sin que le vean, sin que le pidan que se mezcle con él, que participe.
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