Con nostalgia saluda el que soy al que pudo haber sido. Kierkegaard
Érase una vez un día en el que
quise echar un vistazo al futuro. Sólo una ojeada muy breve. Hoy, tras varias
incursiones en lo que luego habría de ser el pasado, no tengo ya demasiada curiosidad
por el mañana. He aprendido que lo que va a venir, viene. Lo que ha de acaecer,
acaece. Acaece conmigo y por encima de mí, dejando apenas opciones para el
instante siguiente. Lo sé: ese instante siguiente —todo instante siguiente—
está henchido de fatalidad. Cualquier camino escogido al arbitrio tendrá
consecuencias cuyos giros no soy capaz de prevenir. Los determina la época,
confluyen y se desvanecen en ella, como se desvanece todo. El único testimonio de
lo que ha sido es lo que pueda contarse después al respecto. El mundo es un
inmenso depósito de hechos narrados que pueden narrarse otra vez. Todo lo que
ha sido, ha sido, como los dinosaurios. Érase una vez.
Aquel lejano día me atormentaba
un deseo y quería saber si se cumpliría. Era el deseo de dar un paso fuera de
Alemania, un lugar en el que había caído como en una trampa. Los
acontecimientos de la época me habían arrastrado hasta allí en su crecida y un
buen día me vi varado en Hamburgo, a orillas del río Elba, un sitio del todo
ajeno a mí.

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