Introducción
Nieva en el Panteón
Siempre nieva en voz baja, sin
que nadie pueda decir una palabra. El blanco y la sordina que imponen las
partículas de hielo convierten cualquier espacio en una habitación pequeña y
acolchada, de esas que solo hay en determinados hospitales, los que ayudan a domesticar
tormentos. Casi todo lo que transcurre durante ese tiempo es como si no
estuviera teniendo lugar realmente. Y eso, exactamente, es lo que se
desencadenó ese día a las siete de la mañana, justo después de que sonase el
despertador en aquel piso de la piazza Cairoli.
Hacía diez años que no pasaba. El
locutor de la RAI no dejaba de repetirlo. Así que nos asomamos a la vieja
ventana de madera temiendo un terremoto, un meteorito u otra derrota de la
Roma, los únicos tres fenómenos capaces de agitar la ciudad. Pero la noticia
era solo la nieve. Una alfombra blanca había sepultado los adoquines y las
aceras, ocultando los restos de basura y borrachera de la noche anterior en el
Campo de’ Fiori. La brisa helada enmascaraba el olor dulzón del alcohol y de la
porquería acumulada tras varios días sin avistar el camión de la basura. Desde
ahí arriba, asomados a la ventanita de madera del salón, Roma parecía una
ciudad limpia y uniforme, aunque no fuese a durar demasiado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario