SER HUMANO EN EL SIGLO XXI
En la crisis económica de 2008 hubo un momento
de auténtica parálisis. Llevaba a mis hijos a la parada del autobús y apenas
había coches. Los restaurantes, cines, tiendas siempre estaban vacíos. Una vez
vi a la madre de una amiga del pasado rodeada de policía en Ikea. Había robado
salmón. Me fui al coche con vergüenza, curioso cómo la vergüenza ajena se
convierte en propia, y volví para intentar sacarla de esa situación. Me
acordaba de su inmensa casa separada del mundo por un muro altísimo. Pensé en
el absurdo mecanismo de necesitar salmón. Cuando llegué ya no estaba. Me sentí
aliviada de no tener que enfrentarme a aquella situación. Lo había intentado.
Con eso me bastaba, pero con eso no me bastaba.
Desde el coche veía colas de gente
esperando una bolsa de comida, gente que se había quedado sin trabajo. No eran
necesarios, sobraban. Unos meses antes habría peleas por sus servicios. Ellos
no sólo no tenían nada, sino que eran totalmente dependientes de que otros
tuvieran algo. Era necesario que unos pocos tuvieran mucho para que la mayoría
pudiera comer. Entre ellos no hablaban. Hacían cola en silencio. Eran
individuos, tan individuos como los que se suicidaban por haber perdido su
capacidad de comer salmón. Me di cuenta de que la crisis había puesto de
manifiesto que no éramos una red de seres humanos que se retroalimentaban.
Todos dependíamos de un sistema que si fallaba ponía de manifiesto un vacío
existencial que el ruido tapaba.

No hay comentarios:
Publicar un comentario