Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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BARTEBLY


Conversaciones con Ian McEwan, p. 237

Querría preguntarle acerca de Bartleby el escribiente, porque se diría que rompe todas las reglas de la comunicación humana. No quiere entrar en el juego y vuelve loco al narrador del relato de Melville. En determinado momento, el narrador se da cuenta de que ése es su destino, de que Dios le ha mandado a Bartleby, y de que su papel en la vida es simplemente proporcionarle a Bartleby un lugar tras la mampara de su oficina en el que estar. Luego pasas la página y no quiere más que librarse de ese horrible íncubo. Pasa de un estado de ánimo a otro. En cierto modo, es una historia paralela a «Los muertos », porque la muerte de Bartleby produce también una poderosa sensación de humanidad. El descubrimiento por parte del narrador del único pequeño dato que ha podido averiguar sobre la vida de Bartleby-que tuvo un trabajo en otra oficina que consistía en abrir cartas muertas cuyos remitentes habían fallecido- produce el famoso grito: « ¡Ah, Bartleby! ¡Ah, humanidad!» al final del relato. Pero me pregunto, desde el punto de vista cognitivo, ¿qué le pasa a Bartleby? Siempre he pensado que era autista.

Pinker: Es posible. El déficit cognitivo más evidente en el autismo es la falta de intuición, que es precisamente lo que usamos para leer entre líneas, para meternos en la mente de otros e imaginarnos qué quieren decir. A menudo, a las personas autistas se les escapan las sutilezas de la conversación, al menos por lo que respecta a la comprensión. Un amigo mío, que tiene un hijo autista, llamó a su casa un día y el chico cogió el teléfono. Mi amigo le preguntó: «¿Está tu madre en casa?» y el chico dijo: «Sí». Y eso fue toda la conversación. Su madre estaba en casa. No comprendió que le estaba pidiendo hablar con la madre.

McEwan: Bartleby muestra esa falta de conciencia.


INCIPIT 1.509. BARTEBLY Y COMPAÑIA / ENRIQUE VILA-MATAS


Nunca tuve suerte con las mujeres, soporto con resignación una penosa joroba, todos mis familiares más cercanos han muerto, soy un pobre solitario que trabaja en una oficina pavorosa. Por lo demás, soy feliz. Hoy más que nunca porque empiezo -8 de julio de 1999- este diario que va a ser al mismo tiempo un cuaderno de notas a pie de página que comentarán un texto invisible y que espero que demuestren mi solvencia como rastreador de bartlebys.

Hace veinticinco años, cuando era muy joven, publiqué una novelita sobre la imposibilidad del amor. Desde entonces, a causa de un trauma que ya explicaré, no había vuelto a escribir, pues renuncié radicalmente a hacerlo, me volví un bartleby, y de ahí mi interés desde hace tiempo por ellos.

Todos conocemos a los bartlebys, son esos seres en los que habita una profunda negación del mundo. Toman su nombre del escribiente Bartleby, ese oficinista de un relato de Herman Melville que jamás ha sido visto leyendo, ni siquiera un periódico; que, durante prolongados  lapsos, se queda de pie mirando hacia fuera por la pálida ventana que hay tras un biombo, en dirección a un muro de ladrillo de Wall Street; que nunca bebe cerveza, ni té, ni café como los demás; que jamás ha ido a ninguna parte


K BARTEBLY


Bartebly y compañía, Vila-Matas, p. 135

48) Wakefield y Bartleby son dos personajes solitarios íntimamente relacionados, y al mismo tiempo el primero está relacionado, también íntimamente, con Walser, y el segundo con Kafka.

Wakefield -ese hombre inventado por Hawthorne, ese marido que se aleja de repente y sin motivo de casa y de su mujer y vive durante veinte años ( en una calle próxima, para todos desconocido, pues le creen muerto) una existencia solitaria y despojada de cualquier significado- es un claro antecedente de muchos de los personajes de Walser, todos esos espléndidos ceros a la izquierda que quieren desaparecer, sólo desaparecer, esconderse en la anónima irrealidad.

En cuanto a Bartleby, es un claro antecedente de los personajes de Kafka -«Bartleby (ha escrito Borges) define ya un género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Kafka: el de las fantasías de la conducta y del sentimiento »-, y es también precedente incluso del propio Kafka, ese escritor solitario que veía que la oficina en la que trabajaba significaba la vida, es decir, su muerte; ese solitario «en medio de un despacho desierto», ese hombre que paseó por toda Praga su existencia de murciélago de abrigo y de bombín negro.

Hablar -parecen indicarnos tanto Wakefield como Bartleby- es pactar con el sinsentido del existir. En los dos habita una profunda negación del mundo. Son como ese Odradek kafkiano que no tiene domicilio fijo y vive en la escalera de un padre de familia o en cualquier otro agujero.

No todo el mundo sabe, o quiere aceptar, que Herman Melville, el creador de Bartleby, tenía la negra con más frecuencia de lo deseable. Veamos lo que de él dice Julian Hawthorne, el hijo del creador de Wakefield: «Melville poseía un genio clarísimo y era el ser más extraño que jamás llegó a nuestro círculo. A pesar de todas sus aventuras, tan salvajes y temerarias, de las que sólo una ínfima parte ha quedado reflejada en sus fascinantes libros, había sido incapaz de librarse de una conciencia puritana [ ... ] . Estaba siempre inquieto y raro, rarísimo, y tendía a pasar horas negras, hay motivos para pensar que había en él vestigios de locura».


MELVILLE


Bartebly y yo, Gay Talese, p. 63

En el mundo de Whitman, los difuntos recientes eran «alguien» o un «donnadie», y si los familiares de los segundos deseaban hacer pública su pérdida, no tenían otra opción que comprar uno de los espacios que el diario destinaba a las necrológicas, las cuales aparecían en un cuerpo de letra diminuto.

Uno de los dolientes que hizo esto, dado que la muerte de su marido había pasado desapercibida, fue una viuda llamada Elizabeth Melville. Después de que aquel sufriera un infarto en el domicilio neoyorquino que compartía la pareja, poco después de la medianoche del 28 de septiembre de 1891, pagó un anuncio de seis líneas que al día siguiente reprodujeron varios periódicos: “Herman Melville falleció ayer en su domicilio del 104 Este de la calle Veintiséis de esta ciudad, fruto de un infarto, a los setenta y dos años. Fue el autor de Typee y Omoo, Mobie Dick y otras historias de temática marina, escritas años atrás. Deja esposa y dos hijas, la señora M. B. Thomas y la señorita Melville.”

El de Melville fue uno de aquellos casos en los que, tomando prestada una expresión de A. E. Housman, el nombre murió antes que el hombre. La carrera de Melville había empezado de forma prometedora al publicar dos novelas superventas antes de cumplir los treinta: Typee, en 1846, y Omoo, su secuela, en 1847, ambas basadas en las aventuras vividas durante sus viajes a la Polinesia. Pero ninguno de los dieciséis libros que siguieron -novelas, poemarios o relatos como «Bartleby, el escribiente»- despertaron mucho interés entre los lectores. De hecho, todos sus libros estuvieron descatalogados y cayeron en el olvido durante el último tercio de su vida, incluyendo su empresa más ambiciosa, Moby Dick, cuyo título se reprodujo mal en varias de las notas necrológicas dedicadas a su autor. No sería hasta el centenario del nacimiento de Melville, en 1919, al que siguió la publicación en 1914 de su novela póstuma, Billy Budd, que los académicos y los lectores descubrirían y apreciarían sus escritos tempranos, reconociéndolo al fin como una de las figuras literarias más destacadas de la nación.


BARTEBLY


Bartebly y yo, Gay Talese, p. 16

«Bartleby no muestra emoción alguna a lo largo de la historia». Esta última apreciación no es del todo cierta. Hacia el final del relato, Bartleby es detenido y encarcelado tras negarse a abandonar el viejo edificio una vez ha sido despedido de su trabajo y el despacho de abogados se ha trasladado a otro sitio. El día en que el abogado lo visita en el patio de la prisión, se muestra insólitamente irritado.

Rechaza el saludo del abogado y declara: «Lo conozco y no tengo nada que decirle». El silencio se extiende entre ambos hasta que el letrado advierte la inutilidad de permanecer ahí. Antes de abandonar el lugar, sin embargo, lleva a cabo un gesto de buena voluntad: entrega dinero a un empleado de la cocina para garantizar que será bien alimentado. Sin embargo, esto también se demuestra fútil, pues Bartleby se declara en huelga de hambre y acaba muriendo de inanición en la cárcel.

El relato acaba con el afligido abogado mencionando que más adelante recibió un informe algo vago en el que constaba que Bartleby, antes de ser contratado como escribiente en su despacho, había estado empleado en la Oficina de Correo no Distribuido de Washington, un puesto que perdió con el cambio de administración. Aunque el abogado no es capaz de confirmar la veracidad del informe, se toma un momento para imaginar lo desmoralizante y deprimente que esta experiencia debió resultar para Bartleby, la tarea de «trasegar sin descanso esas misivas jamás entregadas y decidir cuáles acabarían arrojadas a las llamas».

Con todo, el abogado insiste en que no está seguro de que Bartleby estuviera ahí destinado, a lo que se suma el hecho de que, a lo largo del extenso relato, el lector no descubre nada acerca de la vida privada y de las motivaciones de Bartleby.


INCIPIT 1.262. MELVILL / RODRIGO FRESAN


Ahora se sabe rodeado por todo y por todos, aunque también se sienta más solo que nunca. Aquí, la soledad perfecta de quien está afuera pero sin salida. Helado pero pronto a arder en fiebres. Hablando en crepitantes lenguas fogosas: chasqueando palabras que llamean y llaman, lejanas y ajenas a todo calor de hogar, a ese hogar al que se muere y en el que se morirá por volver.

Listo para ser un único recuerdo en tantas memorias diferentes. Deseando ser evocado así. Épico en su derrota. Hecho pedazos pero más fuerte que nunca porque ya no queda nada por romperse dentro de él. No hay nada que ocultar, todo ha sido revelado. Todo él para todos los demás. Expuesto ante todos y después de todo.

Su nombre pronunciado (mal pronunciado, acentuando la última sílaba, volviéndolo extranjero, afrancesado, aún más distante y, tal vez así, aún digno de mayor rechazo) con una mezcla de vergüenza y condena.

Su nombre a la vista de un jurado que jamás se arriesgaría a jurar por él y, de antemano, con veredicto alcanzado por unanimidad: “Joven Dilapidador de Familia Patricia”, así, con mayúsculas por escrito y remarcando las palabras al decirlas, es como se escribe en cartas y se dice de él en bailes y en banquetes y en misas.

Así, su sentencia a ejecutar sin demora ni posibilidad de apelación o indulto. Pero él todavía rogando por que al menos alguien testifique a su favor y tome nota y lo ponga en palabras y,  de algún modo, si no lo justifique al menos lo redima y le dé algún sentido y explicación y razón de ser.


THE NIGHTMARE


Melvill, Rodrigo Fresán, p. 127

Lo que no implica que Allan Melvill desprecie cuadros y esculturas (porque quedan tan bien enmarcados entre cortinas pesadas o sillones bien tapizados) y que ahora no sienta un escalofrío frente a ese cuadro que le señala Nico C., en Londres, antes de París y antes de Venecia.

«Ah ... Fuseli», le dice Nico C.

«The Nightmare», lee Allan Melvill.

«Magnífico ejemplo de chiaroscuro», continúa Nico C. «Este cuadro figura ... figurará en una página de esa novela con criatura muerta-animada que ya te mencioné. Supongo que llegado su momento nunca la leerás; pero la esperanza es lo último que se pierde. Tal vez deba decirte que en sus páginas se describen muy detalladamente artículos de lujo importados o algo así, porque ¿acaso hay algo más valioso y deseable que la posibilidad de un hombre muerto que ha sido importado de vuelta a la vida desde el Más Allá? ... Ja ... Y mira ese cuadro: ¿no piensas que están muy logrados esos doseles de brocado rojo y esa manta y esas sábanas en el fondo del cuadro? ¿ Y qué contendrán esos frascos sobre la pequeña mesa junto al lecho? ¿ Polvos afrodisíacos, alguna variedad de somnífero elegante y apenas prohibido; ese melódico y melancólico perfume que, anticipo, te dará a oler y a beber Cosmo de aquí a unos días? Y, ah, de nuevo, el simbolismo ... El simbolismo que es nuestra razón de ser y de no ser ... ¿Qué sería de nosotros sin él? El simbolismo que despierta todos los sueños a todas las interpretaciones. Digámoslo así, por ejemplo: en este cuadro tú eres la  doncella dormida y yo soy ese íncubo posado sobre tu cuerpo ... ¿ Y esa yegua nocturna? Digamos que esa yegua es todo aquello que no te atreves a montar pero, sin darte cuenta, que ya cabalgas hacia el abismo, Allan.»

MELVILLE

Un andar solitario entre la gente, Muñoz Molina, p. 307
I Am Full with a Thousand Souls. Hay una invisibilidad en Herman Melville, un no encontrarse o no reconocerse en otros transeúntes que sin duda se cruzarían con él por la ciudad, en los ámbitos restringidos de las reuniones literarias, las librerías, los cafés. Tuvo que cruzarse con Walt Whitman, que era su exacto contemporáneo. Cuando Melville publicó su primer libro, Whitman escribió una reseña favorable en un periódico de Brooklyn. Melville leía a Poe, y los dos frecuentaban la misma librería en Nueva York, y tenían amistad con el librero. Pero no llegaron a encontrarse, o si se vieron o se cruzaban por la calle con la familiaridad de los desconocidos habituales, no puede saberse. Melville andaba rápido y a grandes zancadas. Decía que Broadway era un Mississippi a través de Manhattan. En Londres, en 1850, Melville pasaba los días explorando callejones y patios, cafés, librerías, teatros, calles dudosas en las que no se habría internado si no viajara solo, con mujeres en las esquinas, ofreciéndose, bajo las farolas de gas. De Quincey todavía estaba vivo. Es muy probable que Melville hubiera leído las Confesiones de De Quincey, y también «El hombre de la multitud» de Poe. Melville tomaba notas rápidas en su diario de viaje. En su imaginación ya estaría cobrando forma Moby-Dick, ya entrevería como un sueño o un recuerdo los primeros episodios, la primera noche de Ishmael en New Bedford. Uno de esos días de Londres se deja llevar por una multitud festiva que marcha desbordando la calle. En un momento dado descubre, cuando ya no puede hacerse a un lado ni volver sobre sus pasos, que toda esa comitiva se dírige a presenciar un ahorcamiento público. “La multitud brutal”, escribe con asco en su cuaderno. Hay otro testigo ese día, igual de asqueado, en otro punto de la misma multitud: Charles Dickens. Dickens y Melville, los dos entre ese gentío movedizo Y ávido de crueldad, tan cerca el uno del otro, sin saberlo. 

LA ENVIDIA Y LA ANTIPATIA

Billy Budd, Herman Melville
La envidia y la antipatía, por más que sean pasiones irreconciliables para la razón, pueden nacer, sin embargo, en el mismo parto, como hermanas siamesas. Entonces, ¿es la envidia un monstruo semejante? Bueno, aunque muchos acusados se han confesado culpables de haber cometido acciones horribles para rebajar así la condena, ¿ha confesado alguien alguna vez, seriamente, haber sentido envidia? Parece como si en este sentimiento universal hubiera algo más vergonzoso que en el crimen más infame. Y no sólo todo el mundo rechaza la envidia, sino que las personas de mejor índole se muestran incrédulas cuando se imputa seriamente a un hombre inteligente la condición de envidioso. Pero como su asiento está en el corazón y no en  la cabeza, no hay grado de inteligencia que suponga una garantía contra ella. No obstante, la envidia de Claggart no era una vulgar pasión, ni, al dirigirse contra Billy Budd, se asemejaba a los terribles celos aprensivos que distorsionaban el rostro de Saúl cada vez que pensaba en el joven y bello David. La envidia de Claggart tenía raíces más hondas. Si miraba con  resentimiento la buena apariencia, la salud y la alegría de vivir en el joven Billy Budd, era porque esas características estaban en consonancia con una naturaleza que como Claggart sabía instintivamente,  carecía en su simplicidad de malicia y nunca había experimentado la mordedura reaccionaria de esa serpiente Para él el espíritu de Billy, que asomaba por las ventanas de sus ojos azules, esa inefabilidad era a que causaba su sonrisa, la que daba agilidad a sus miembros y danzaba en su pelo rubio convirtiéndolo en el “marinero bonito”.

DEL MAL

Billy Budd, Hermann Melville
En una lista de definiciones incluida en la auténtica traducción de Platón, una lista a él atribuida, se puede leer: “Depravación natural: depravación conforme a naturaleza”. Se trata de una definición que, aunque con cierto sabor calvinista, de ningún modo extiende el dogma de Calvino a toda la humanidad. Evidentemente, sólo se entiende aplicable a seres humanos aislados. El patíbulo y la cárcel ofrecen pocos ejemplos de este tipo de depravación. En todo caso, para encontrar ejemplos notables, dado que se trata de personas que carecen de la aleación vulgar del bruto y que disponen, invariablemente, de una actitud intelectual, hay que ir a otra parte. La civilización, especialmente cuando es del tipo austero, resulta propicia para la depravación. En ese ambiente, ésta se cubre a sí misma con el manto de la respetabilidad; también puede servirse de ciertas virtudes negativas como sus silenciosos auxiliares; la depravación no permite que el vino la haga salir de sí misma; se puede decir que no posee vicios y que no comete ni siquiera pequeños pecados, pues posee un orgullo fenomenal que los excluye. Jamás es codiciosa ni avara. Brevemente, la depravación a la que nos referimos aquí no tiene nada de sórdido o de sensual. Es seria, pero está libre de amargura. Aunque no adula a la humanidad, tampoco habla mal de ella.
Pero la señal que nos ayuda a reconocer, en casos excepcionales, un temperamento tan notable es la siguiente: aunque un hombre así puede aparecer con un carácter discreto y mesurado, acorde con las leyes de la razón, sin embargo, en lo más profundo de su alma, lucha contra esas leyes y trata de liberarse de su dominio, niega todo vínculo con ellas y sólo las escucha cuando las puede utilizar o necesitar para realizar lo más irracional; es decir, que para alcanzar su objetivo, cuya perversidad y malignidad traicionarían la mente de un loco, aplica un método frío, juicioso y sagaz. Esos hombres son dementes, y de los más peligrosos, ya que su locura no es continua, sino ocasional, surge de un objeto especial; permanece secreta y protegida, lo que significa que se autocontrola, de tal modo que cuando está más activa, una persona normal sería incapaz de distinguirla de la cordura, por la razón anteriormente  sugerida: cualesquiera que sean sus fines -que jamás se declaran-, el método y la ejecución son siempre perfectamente racionales.
Algo así era Claggart, en quien se encontraba la propensión de una naturaleza pérfida, no engendrada por el vicio, ni por libros corruptores o por experiencias licenciosas, sino nacida con él, innata, en pocas palabras, «una depravación conforme a naturaleza».

Oscuras palabras, diría alguien. Pero, ¿por qué? ¿Quizá porque recuerdan a la Sagrada Escritura, en su expresión “misterio de iniquidad”? Si es así, esta  coincidencia ha sido completamente involuntaria, ya que no favorecerá a estas páginas ante más de un lector de hoy. La necesidad de aclarar la naturaleza oculta del maestro de armas ha hecho indispensable este capítulo. Después de una o dos indicaciones más acerca del suceso en el comedor, el relato, en lo sucesivo, tendrá que defender como pueda su propia credibilidad.

BILLY BUDD

Billy Budd, Herman Melville
Billy Budd le agradaba la vida de gaviero. Cuando no estaban ocupados con las gavias, allá arriba, los gavieros, que hab1an sido seleccionados por su juventud y actividad, formaban un club aéreo, y se repantigaban satisfechos, apoyándose en las velas menores enrolladas hasta formar una suerte de cojines, se contaban historias como dioses perezosos o, con más frecuencia, observaban divertidos lo que ocurría abajo, en el agitado mundo de la cubierta. No es extraño, pues, que una compañia como aquélla agradara a un muchacho con el carácter de Billy. Sin dar motivo de queja a nadie, siempre estaba alerta cuando lo llamaban. Así se había comportado también en el barco mercante. Pero ahora mostró tal actitud puntillosa en el cumplimiento de su deber, que sus nuevos camaradas se rieran a veces de él, aunque con buena voluntad. Este celo exacerbado tenía una causa: la impresión que le causó el primer castigo formal en la plataforma de cubierta, castigo que presenció justo al día siguiente de su alistamiento obligatorio. La pena recayó sobre un muchacho joven, un novato encargado de la guardia de la maniobra de popa, que se había ausentado de su puesto cuando el buque iba a realizar una bordada. Como consecuencia de su negligencia, hubo serios problemas para realizar la maniobra, ya que ésta demandaba gran presteza en largar y tirar de las jarcias. Cuando vio cómo la espalda desnuda del culpable se cubria de rojas estrías bajo los latigazos, cuando, poco después, en el momento en que el verdugo le arrojaba por encima su camisa de lana, se fijó en el rostro dolorido y sombrio del joven ya liberado, y le vio a continuación huir precipitadamente de la vergüenza pública para enterrarse entre la multitud, Billy quedó horrorizado. Después de aquella experiencia tomó la resolución de no hacerse acreedor por negligencia de una pena similar, y decidió que no haria u omitirla nada que mereciera una amonestación verbal. Cuál fue entonces su sorpresa y preocupación cuando se metió ocasionalmente en pequeños problemas causados por ligeras infracciones del deber; como la colocación del saco o algún desorden en la hamaca, asuntos que caían bajo la inspección de los cabos de las cubiertas inferiores, y que le procuraron la vaga amenaza de uno de ellos.
¿Cómo podía ocurrir, si era tan cuidadoso con todas las cosas? No podía entenderlo, y esta idea lo mortificaba continuamente. Cuando hablaba de ello con sus compañeros, ellos se mostraban ligeramente incrédulos o encontraban algo cómico en su visible ansiedad.

-¿Es por tu saco, Billy? -decía uno-. Bueno, pues entonces cósete dentro, niño bonito, y así estarás seguro de que nadie mete las narices.

INCIPIT 840. BILLY BUDD / HERMANN MELVILLE

En los tiempos anteriores a los barcos de vapor, o quizás entonces con más frecuencia que ahora, cualquiera que vagara por alguno de los grandes puertos de mar podía ver requerida su atención por un grupo de marineros bronceados, tripulantes de barcos de guerra o de barcos mercantes, que habían bajado a tierra de permiso y disfrutaban de su libertad. En algunos casos flanqueaban, o rodeaban completamente como guardaespaldas, a un tipo superior de su misma clase, moviéndose con él como Aldebarán entre los astros menores de su constelación.   El sujeto así designado era el «marinero bonito» de aquella época menos prosaica, tanto para la flota militar como para la mercante. Sin la más mínima muestra de vanagloria, más bien con la naturalidad y falta de afectación que proporciona la realeza de nacimiento, paree! a aceptar el espontáneo homenaje de sus camaradas .

Recuerdo ahora un caso bastante notable. En Liverpool, hace alrededor de medio siglo, vi a la sombra del gran muro sucio de la calle Prince's Dock (un estorbo eliminado hace tiempo) a un simple marinero tan intensamente negro que debía de ser un africano nativo por cuyas venas corría, pura, la sangre de Cam, y cuya bien proporcionada figura superaba con mucho la talla media . Los extremos de un pañuelo de seda de colores alegres, echado con descuido   alrededor del cuello, se balanceaban sobre su pecho de ébano; de sus orejas colgaban grandes aros de oro, y un gorro escocés con una cinta de tartán cubría su cabeza bien formada. Era un mediodía de julio caluroso; y su rostro, brillante por el sudor, resplandecía de salvaje buen humor. Dando saltos joviales a derecha e izquierda, mostrando sus dientes blancos refulgentes, avanzaba convertido en el centro de sus camaradas de barco. Entre ellos había tal muestrario de tribus y complexiones que podrían haber sido presentados por Anarcharsis  ante la primera Asamblea francesa de Representantes de la Raza Humana.

SOBRE LO MONSTRUOSO

Homenaje a Melville, Jean Giono, p. 12-13
El hombre tiene siempre el deseo de algún objeto monstruoso. Y su vida sólo tiene valor si la somete por completo a esa búsqueda. A menudo,  no necesita ni pompa ni aparato; parece estar cautamente sumido en el trabajo de su jardín, pero interiormente hace tiempo que ha zarpado en la peligrosa cruzada de sus sueños. Nadie sabe que ha partido: parece seguir ahí, pero se halla lejos, vagando por mares prohibidos. Esa mirada que he descrito hace un momento, esa que habéis visto, que manifiestamente no podía servir para nada en este mundo, que atraviesa la materia de las cosas sin detenerse, es así porque procedía de un vigía en alta cofa y porque estaba hecha para escrutar espacios extraordinarios. Ése es el secreto de las vidas que a veces nos resultan familiares, y a menudo el secreto de nuestra propia vida. Muchas veces 12 el mundo conoce sólo el final de todo ese proceso: la espantosa blancura de un naufragio inexplicable que de golpe hace que el cielo aparezca cuajado de salpicaduras y de espuma. Pero en la mayoría de los casos, todo ocurre en extensiones tan vastas, con monstruos tan enormes que no queda ningún rastro, ni un solo superviviente, «y la gran mortaja que es el mar se pliega y se despliega como hace cinco mil años».

INCIIT 529. HOMENAJE A MELVILLE / JEAN GIONO

La traducción de Moby Dick, de Herman Melville, empezada supuestamente el 16 de noviembre de 1936, se terminó el  10 de diciembre de 1939. Pero mucho antes de comenzar ese trabajo durante por lo menos cinco o seis años, ese libro ha sido mi acompañante extranjero. En mis paseos por las colinas lo llevaba regularmente conmigo. Y entonces, cuando a veces me tocaba abordar esas grandes soledades onduladas como el mar pero inmóviles, no tenía más que sentarme, apoyar la espalda en el tronco de un pino y sacar del bolsillo ese libro que ya empezaba a agitarse

BARTEBLYS

De El héroe discreto de Mario Vargas Llosa, p.275

¿Siempre habría sido así? ¿También de niña? No se atrevió a preguntárselo. Pero había comprobado que, con el paso de los años, ese prurito, manía o fatalidad, se acentuaba, al extremo de que Rigoberto, algunas veces, pensaba estremeciéndose que tal vez llegaría el día en que Lucrecia, con la misma benignidad del personaje de Melville, contrajera la letargia o indolencia metafísica de Bartleby y decidiera no moverse más de su casa, a lo mejor de su cuarto y hasta de su cama. «Miedo a dejar el ser, a perder su ser, a quedarse sin su ser>, volvió a decirse. Era el diagnóstico a que había llegado sobre las demoras de su esposa. Pasaban los segundos y Lucrecia no asomaba. La había llamado ya tres veces en voz alta, recordándole que se hacía tarde. Sin duda, con la angustia y los nervios alterados desde que recibió la llamada de Armida anunciándole la súbita muerte de Ismael, aquel pánico a quedarse sin ser, a dejarlo olvidado como un paraguas o un impermeable si se iba, se había agravado. Se seguiría  demorando y llegarían tarde al funeral

DERRUMBE

De Derrumbe, de Ricardo Menéndez Salmón, p. 104-105
Llamadas perdidas. Voces de socorro abortadas, llegando a oídos que nada podían hacer. Mensajes para nadie. Algo que Valdivia imaginaba sólo sucedía en las películas o en los libros. Como Bartleby, el escribiente de Melville, que trabajó en la Oficina de Cartas Muertas de Washington y albergó toda esa pena en su corazón.
Su mujer se levantó, se recogió el pelo y se puso la bata. La noche ya estaba gastada; el sueño, condenado. Bajaron de la mano hasta la cocina, como dos enamorados recientes, y él se sentó a la mesa mientras ella preparaba café.
Era bueno charlar entre las cuatro paredes de su vida en común, de pronto alterada por esa muchacha que tenía un muerto encima de su cama. A Valdivia le apeteció despertar a Vera, decirle que bajara a hablar con ellos ahora que todavía era posible, ahora que estaban a su lado y tenían oídos para sus palabras.
Su mujer sintonizó la radio y Valdivia escuchó decir: «Un suicida se equivoca de número de teléfono y es salvado por un sacerdote.»
Supo que verían amanecer allí. Supo que recibirían los primeros rayos de sol como una bendición. Supo que verían cómo entraban por el ventanal orientado al este y recorrían lentamente el suelo. Supo que admirarían cómo trepaban por los muebles y los electrodomésticos hasta tocar sus manos y cabellos, inflamarles de vida, calentar su piel.
Muy a lo lejos, apenas audible, el canto de un ave.
Escuchó el rugido de sus intestinos. Escuchó el murmullo de la carne de su mujer mientras se ajetreaba con la mermelada, la fruta, los bizcochos. Escuchó todo este ruido que hacían en sus pequeñas vidas condenadas a desaparecer, todo el sube-baja-sube de sus míseros esqueletos.
—Sin azúcar, por favor —informó igual que un visitante educado.

VILA-MATAS, JUAN BENET Y MELVILLE

Uno de mis cuentos preferidos es Syllabus, breve narración de JB en la que se observan ciertas conexiones fortuitas con el paradigmático Bartebly, el escribiente, de HM. […] Este cuento de Benet lo leí algunos años antes que Bartebly, el escribiente, de modo que cuando llegué al relato de Melvilla no quedé tan sorprendido –como les ocurriera a tantos otros lectores- por la conducta del empleado huidizo que, a cualquier orden de su jefe, respondía que “preferiría no hacerlo”. […] El despreciativo e impasible joven rubicundo de JB y el escribiente Bartebly me siguen pareciendo hoy (por decirlo con palabras de Agamben) “figuras extremas de la nada”. […] El personaje de Bartebly, por su parte (al igual que el alumno díscolo de Syllabus) es alguien que no parece simpatizar demasiado con la novela ortodoxa. Como ha señalado José Luis Pardo, el propio personaje de Bartebly es una objeción contra la novela misma, pues es la historia de alguien que ha muerto tan pobre que no ha dejado nada: “Melvilla prefiere no escribir una novela cuyo narrador prefiere no hacer literatura acerca de un escribiente que prefiere no escribir”
Enrique Vila-Matas: Y Pasavento ya no estaba, p.37 ss.

INCIPIT 141. EL ESTAFADOR Y SUS DISFRACES / HERMAN MELVILLE

UN MUDO SUBE A BORDO EN EL MISSISSIPPI
A la salida del sol de un primer día de abril apareció repentinamente, como Manco capac en el lago Titicaca, un hombre vestido con un traje color crema a la orilla del río, en la ciudad de San Luis.
Su tez era clara, su barbilla poblada, rubia su cabellera de pelo abundante cubierta por un sombrero de piel blanca.
No llevaba baúl, maleta, bolso de mano o paquete alguno. No le seguía ningún maletero ni marchaba acompañado por cualquier amigo.
Merced a los encogimientos de hombros, las sonrisas fingidas, cuchicheos, las muestras de admiración del gentío, quedaba claro que era el hombre lo que se dice un perfecto desconocido, en el sentido más literal de la palabra.
Sin detenerse abordó el vapor “Fidèle”, en el embarcadero, presto a partir hacia Nueva Orleáns.

BARTEBLY, UN RELATO IN MEMORIAM

1984.BARTEBLY
En 1984 terminé mi licenciatura de historia del arte. Fue el segundo año que pasaba otra vez en el pueblo, con mis padres, después de mis tiempos de estudiante universitario en Santiago de Compostela y Barcelona, también el primero curso que dediqué a preparar oposiciones para ser profesor de Formación Profesional, estudios que pronto abandoné para recibirme como bibliotecario.
He seleccionado cuatro libros de ese año: Bartleby el escribiente de Herman Melville, La filosofía en el tocador, del divino marqués, El agente secreto de Conrad y Vengadoras angelicales de la Dinesen.
El relato de Melville lo leí en la magnífica colección “La biblioteca de Babel” y su impacto en mí fue muy profundo. Se convirtió en una obra que, después, cuando llegué a ser funcionario, siempre he ido recomendando a mis compañeros de trabajo. La filosofía en el tocador, de Sade, en una estupenda edición ilustrada, traducido y comentado por Agustín García Calvo. El agente secreto, en esa colección de falsa piel con falsos dorados y falsas nervaduras y cosidos falsos; con títulos importantísimos, algunos muy difíciles de encontrar, descatalogados, rarezas; una serie editada por Seix Barral para los quioscos. Vengadoras angelicales de la Dinesen, en la colección de Alfaguara en la que aún no leía a Juan Benet ni a William Faulkner.
La vía de llegada a estos libros fue el cine. Conocí a Sade a través de las historias de Luis Buñuel, de sus crípticas alusiones mexicanas y de las claras referencias en las obras francesas. También recordaba que en sus memorias contaba que en su adolescencia leyó La filosofía en el tocador y como supuso para él una tábula rasa.
El agente secreto la pusieron en la televisión, con el gran Peter Lorre y esa bomba que lleva un niño por todo Londres, el mejor ejemplo de suspense que conozco, y el final en el cine, cuando el malvado espía muere durante la proyección de una película, confundiéndose su sombra con las imágenes.
Vengadoras angelicales llegó a mis manos después de conocer a la autora en “Memorias de Africa”. Le dieron un óscar y la proyectaron en todas las ciudades. Esa actriz horrible y Robert Redford; recuerdo que ví la película en Gijón, camino a casa después de uno de esos cursos de verano.
Bartebly fue la única de esas obras a la que accedí por los caminos de la literatura. Borges, siempre Borges, ese autor que tan bien hablaba de autores que nunca estaban de moda: Coleridge, Chesterton, Veblen, O’Neill, ese comediógrafo suegro de Charlot.
Bartebly ha sido el elegido, el ganador de ese año es Hermann Melville.


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"Hermann es tan grato y sencillo y amable como puede serlo, lo cual acaso no sea demasiado. Se ha cubierto, como algunos crustáceos marinos, con toda clase de acrecencias, ricas algas marinas, también de rígidas bromas y curiosas cosas fútiles, y vive oculto en medio de sus extrañas y pesadas maneras, envuelto en costumbres ajenas. Pero todo esto no es más que "apariencias protectoras", bajo las cuales continua el mismo y querido viejo, bueno e inocente y en el fondo muy desvalido Hermy. Un gran autor que vive preocupándose por poca cosa más que sus escritos, pero lleno de respeto y afecto por todas las cosas gentiles". Así me había escrito Henry Adams de su amigo; esas eran las referencias con las que yo llegaba a la entrevista: de un escritor curtido a la vez que dúctil, amable a la par que poderoso. Un artista que guardaba un tesoro de sabiduría, la de reconocer que la mente de un hombre puede ser más poderosa que la realidad misma.
Me encontré con un viejo de menos de cuarenta años. Un escritor desengañado y áspero que me recibió en su pequeño piso, dos habitaciones de uno de esos edificios de ladrillo rojo convertido en gris por los humos de las fábricas, el ruido de las riberas y la actividad, en extremo intensa, del puerto. Una habitación que él llamaba su ermita, donde se encontraba tan aislado como un estilita. Erguido en una columna desde cuya altura la vista era más rica que en toda la Tebaida: Jersey City, Poltergeistown, Manhatannville, Astoria Hoge y Fauljker River. Nada que ver con los muros y tapias de Bartebly.
Ese hombre de vida aventurera, marino experto que hasta logró convivir con los caníbales en una isla, se había convertido en un misántropo. Frente a mí se sentaba un anciano venerable, un recio varón cuyas actividades habían sido dispersas en grado sumo, tan variadas como amenas. Un campeón que había trabajado como empleado de banco, peón, maestro de escuela, grumete, ballenero, contable en un prostíbulo de Nueva Orleans, granjero; ahora se había convertido en un triste mero empleado público.
Un día al despertarse, Melville se dio cuenta de que se había convertido en otra cosa, que ya no era el hombre de letras que había sido desde muy joven. Apesadumbrado al verse forzado a reconocer cómo el vacío que el mundo literario le había hecho a la ballena blanca, a su criatura, le resultaba imposible de soportar. Editó su último libro de cuentos y nunca más se relacionó con nadie del medio literario; eso sí, continuaba escribiendo todos los días, poco, pero cada jornada seguía con su labor. Allí estaban, a su lado, varias libretas de cuentos cuya publicación nunca autorizaría.
Un hombre sólo, sin familia, desengañado del amor, la amistad y el mundo. Acaso había abrazado esa vida sedentaria y oscura para disimular sus fracasos y mitigar sus muchas desavenencias con la sociedad. Ahora vivía entregado en cuerpo y alma a ciertas pesquisas sobre el origen del mundo, en secreto, sub rosa; decía estar rozando el descubrimiento de una teoría cósmica. Una explicación que ya había sido avanzada por su compatriota Edgar Allan Poe.
A través de la conversación que mantuvimos, breve, pero intensa, pude descubrir un sentido crítico exacerbado y un espíritu rudo poco dispuesto a dejarse arrastrar por nuevos entusiasmos. No tomaba en cuenta a sus contemporáneos, se diría que moraba en otro mundo, entregado a sus fantasías agnósticas y a un extraño mazdeísmo. Estaba lejos, muy lejos.
Llevaba 23 años en Nueva York, pero apenas había salido de su barrio. Su lejanía era cercana, pero no había podido observar la gran transformación de esa ciudad durante el final de siglo, cuando pasó de ser un lugar en donde "todos" se conocían a convertirse en la capital del mundo. La gran manzana que de ser una simiente llegó a ser un árbol fértil, fecundo y unánime en apenas unas décadas
Trabajaba como inspector de Aduanas, un empleo rutinario que apenas le permitía más que malvivir. Se enfrentaba cada mañana con cientos de papeles por diligenciar y docenas de bultos para revisar; también con el acceso de los miles de personas que en esos años estaban contribuyendo a construir la máxima metrópoli. Un nuevo mundo alrededor de las orillas del Hugdson, el centro de un imperio cuyo esplendor no sería ni mascullado por dos guerras mundiales.
Cuando lo encontré dormitaba leyendo a Benjamín Constant. La puerta estaba abierta, pasé y lo divisé concentrado en el Adolfo con tanta devoción que parecía un hombre arrodillado y rezando en el fondo del mar. Mi llegada casi lo asusta, pero, precavido, me invitó a sentarme y charlar con él.
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-Usted se ha extrañado de que Moby Dick, quizás más un tratado de ictiología que una narración, sea considerada la gran novela americana
- Han intentado convertir mi historia en una monstruosa fábula; también, lo que todavía es peor y más detestable, en una repugnante e intolerable alegoría. Ese tal Foster ha llegado ha decir que es una batalla contra el Mal, una lucha acaso prolongada con exceso o puede que escrita sin mesura, algo así ha dicho. Resulta inverosímil el cómo no pueden darse cuenta de que no es sino una aventura, de que su interés, si existe, tiene tan sólo la misma importancia que la de una tarta.
-Su obra consta de libros de navegaciones y aventuras, de novelas fantásticas y satíricas, de poemas y cuentos. Se diría que es la vida lo que le inspira
-Mis rigores y soledades han sido la arcilla que ha formado mis escritos. Ellos, sesudos recalcitrantes, encuentran símbolos, alegorías, cifras; y yo no sé que decir, sólo soy un hombre viejo que se está muriendo lentamente, no hay nada extraño en mí, ningún tesoro que buscar, no tengo nada que explicar. Francamente, creo que deberíamos dejarlo
-Me gustaría preguntarle por la influencia que ha tenido su literatura en la creación de la novela moderna, sobre todo en autores como K. o T. B.
-Preferiría no hablar de ese tema. La ballena no tiene nada que ver con el escarabajo de ese judío checo ni con cualquier otra de sus fabulaciones; Benito Cereno no vivía en un castillo; Billy Budd no viaja a América. Tampoco la misantropía de mi Pierre creo que pueda compararse con las moles pesadas que pueblan las pesarosas novelas del austríaco. No es más que eso: vida. Mi obra es vida propia. Eso es lo que hace el arte, hace vida, hace importancia.
-Su técnica es sorprendente, como si jugase con cuantas palabras contiene el diccionario y que modelase con todas y cada una de las figuras estilísticas.
-Preferiría no tener que explicar nada. De verdad. No soy más que un artesano, como lo son Kipling y James, como lo serán H. y C. Lo fundamental para mí es llegar al momento del tránsito con una tarea bien hecha. Cuando por fin esa cosa distinguida me dé la mano, tendrá que reconocer que no lo he hecho tan mal
-La actitud del jefe de Bartebly es incomprensible, al igual que la de todos los personajes del cuento. Parece que quisiese usted significar que la locura deviene contagiosa.
-Basta con que sea irracional un solo hombre para que otros lo sean y para que lo sea el universo. Las fuerzas de la sinrazón han vencido siempre y es Satán, el héroe vencido de Milton, quien nos gobierna. Estamos en manos del ángel caído.
-Se habla mucho de sus silencios ¿En qué trabaja ahora?
-Llevo años intentando descubrir la clave que me permita descifrar el enigma del universo. Cada día me acerco un poco, el libro parece abrirse y yo puedo añadir bien poco con mi escritura.
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Su muerte fue tan azarosa y extraña como su vida. Una tarde, mientras contemplaba una tormenta arrojarse por las orillas del Hudson, un rayo lo fulminó. Se quedó allí, de pie, muerto, toda la noche, inclinado sobre el alfeizar, un puño en su barbilla, la pipa en la boca, la boina ladeada. Cuando por la mañana llegó un compañero de la oficina a avisarlo de que había mucho trabajo, se asombró de que la puerta estuviese abierta y su amigo, en guardapolvos en la ventana. Lo llamó y no recibió respuesta. Se acercó asustado, su colega no decía nada.
Apoyó una mano en el hombro del viejo escritor y el cuerpo se deshizo mientras caía al suelo del piso triste y humilde. Con todo el cielo de la gran ciudad amaneciendo a un nuevo tiempo malo que él había augurado.

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