Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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La demencia senil de la cultura española


La verdad de la Patria, RS Ferlosio, p. 30

La cultura española no recuerda, pero anda loca por conmemorar. Una vez más, con una recurrencia que alcanza obstinación de pesadilla, se pide la traída a España de los restos de Machado. No sé cuándo se tendrá la delicadeza de recordar que no fue circunstancia fortuita ni trivial la que le llevó a dar con sus huesos en Colliure, y sobre todo que no debe su sepulcro a algún anónimo e indiferente azar administrativo, sino al personal impulso de piedad de una mujer francesa, y comprender que ni aquella última huella de su vida tiene por qué ser borrada ni tan tierno acto de hospitalidad postrera merece ser deshecho, sino perpetuado. Por lo demás, Colliure está tan cerca que la breve y grata excursión no viene más que a aumentar el incentivo y estimular el apetito para los fervorosos jubileos de la fauna necrófaga española. Pero lo último que se está urdiendo contra el descanso de aquellos pobres huesos es nada menos que confiar el encargo a una comisión constituida por la Real Academia y presidida por el Rey, con lo que la amenaza tocaría esta vez en dimensiones de homenaje nacional. Justo el gasto que estaba haciendo falta para aliviar el superávit del presupuesto de cultura! Cuando el diablo no tiene qué hacer, con el rabo mata moscas.


La leyenda del último traje de Antonio Machado


No callar, Javier Cercas, p. 367

Cómo es posible que la Guerra Civil terminara hace casi ochenta años y todavía tengamos que contener la emoción ante la tumba de Antonio Machado? Eso es lo que me pregunto en silencio cada vez que voy con mi familia al cementerio en que descansa el poeta, en Colliure, el pueblito francés situado a pocos kilómetros de la frontera española donde, huyendo de la victoria franquista, Machado encontró refugio y murió justo antes del fin de la guerra. La tumba se halla a la entrada del cementerio y está siempre cubierta de los ramos de flores de sus visitantes; yo nunca le llevo nada.

Al salir del cementerio me adentro en el callejón Antonio Machado y veo al pasar junto a un patio una pareja de ancianos. Pocos metros más allá desemboco en el hotel donde el poeta se alojó durante sus últimas semanas de vida, con su hermano José y su madre, que está enterrada con él. El hotel es un viejo caserón de tres plantas, con balaustradas y escalinatas de piedra; en tiempos de Machado se llamaba Bougnol Quintana; yo siempre lo he visto cerrado. Nos quedamos mirando la fachada y, cuando llevamos un rato frente a ella, pido a mi familia que me espere y vuelvo con los dos ancianos, que se acercan a mí en cuanto me ven a la entrada de su patio. Son ingleses, se llaman Weaver, parecen encantados de atenderme. En inglés, les pregunto si llevan muchos años viviendo allí; me contestan que no viven allí, pero que pasan allí los veranos desde finales de los años ochenta. Les pregunto si han oído hablar de Machado. «Claro», me contestan y, cuando les digo de dónde soy, me preguntan: «iEs verdad que es el Shakespeare español?». «No», contesto; me oigo añadir: «Pero es el mejor poeta español moderno». Luego les pregunto si viene mucha gente a ver su tumba. «Mucha», asienten. Me cuentan que al principio Machado y su madre estaban enterrados en una tumba humildísima y luego los cambiaron a la actual, que el hotel lleva veinticinco años vacío, que el Ayuntamiento intentó comprarlo sin éxito. Después les pregunto si han oído contar historias del paso de Machado por Colliure. «Alguna», reconoce el señor Weaver. Y me cuenta lo siguiente. Al parecer, los habituales del hotel estaban muy intrigados porque nunca veían comer juntos a los hermanos Machado, y algunos atribuyeron esa rareza a una inquina provocada por las amarguras del exilio; hasta que un día descubrieron la verdad: los hermanos no tenían más que un traje, y se lo turnaban para bajar al comedor. «Es solo una leyenda», sonríe el señor Weaver. «Quizá no sea verdad.»


MACHADO EN COLLIURE

Las dimensiones finitas, AGPorta. p. 84
Al poeta lo habían enterrado cerca de la puerta del cementerio. Albertine hizo que la fotografiara junto a la tumba, flanqueada por dos banderas republicanas y por los numerosos recuerdos que habían dejado allí alumnos de secundaria de media España. Se veía  que Machado era un reclamo de primer orden para el turismo español, aunque en Collíure no parecía gozar del mismo fervor con que acogían a las glorias galas. Albertine dijo que sería porque llegó allí para morir como quien muere en cualquier cuneta, fruto más de la casualidad que de cualquier otra cosa. Tal vez fuera un trato de la misma especie-si se exceptúa el monumento-que el dispensado a aquel Walter Benjamín a nuestro lado de la frontera. Tal vez los galos preferirían olvidar el asunto de los refugiados españoles aunque sólo fuera por vergüenza, dijo ella. Del cementerio descendimos hacia el puerto por calles estrechas y retorcidas, repletas de visitantes, de talleres de pintores y de toda clase de comercios. 

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