Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.336. PALABRAS DEL EGEO / PEDRO OLALLA


Esta vez, cuando bajes del barco, estarás ya tan alto como yo. Se me está haciendo larga la espera. Hoy, a primera hora, cuando todo parecía dormido todavía, me vine a caminar descalzo por la orilla del mar: mis pisadas y las olas que se deshacían suavemente en la arena fueron, durante un rato mágico, los únicos sonidos de la isla. Más tarde busqué asiento en la playa vacía, en el lugar donde ahora estoy, a la sombra de un viejo tamariz con el tronco vencido por el viento y pintado de cal hasta donde comienzan a crecerle las ramas.

La primera página en blanco de este cuaderno en el que ahora te escribo refleja de forma cegadora la pletórica luz que vierte sobre el mundo el cielo del Egeo. Bien pensado, casi me atrevería a decir que no refleja sólo la luz: que también es sensible al soplo de esta brisa, cargada de sal y de tomillo; que el papel es uno de esos muros calientes del camino por el que trepa alguna lagartija; una de esas paredes encaladas del pueblo contra las que resuena el canto infatigable de las cigarras. Me deslumbra su blanco cuando voy a escribir, y tengo que hacer sombra con la mano. Luego, cada vez que levanto la mirada, me encuentro con el mar, de un azul aún mucho más profundo que el del cielo. Y, ¿sabes?, así, como venida del silencio, casi escucho tu risa de niño, tu ya lejana voz de niño, repartiendo con asombro aquella alegría inesperada y pura que te produjo ver delfines por primera vez. Delfines de verdad: tan reales como en tu fantasía.


INCIPIT 1.335. LOS PAPELES DE ASPERN / HENRY JAMES


Había llegado yo a tener confianza con la señora Prest; en realidad, bien poco habría avanzado yo sin ella, pues la idea fructífera, en todo el asunto, cayó de sus amistosos labios. Fue ella quien inventó el atajo, quien cortó el nudo gordiano. No se supone que sea propio de la naturaleza de las mujeres situarse, por lo general, en el punto de vista más amplio y más liberal, quiero decir, en un proyecto práctico; pero algunas veces me ha impresionado que lancen con singular serenidad una idea atrevida, a la que no habría llegado ningún hombre. «Sencillamente, pídales que le acepten a usted en plan de huésped.» No creo que yo, sin ayuda, hubiese llegado a esta conclusión. Yo andaba dando vueltas al asunto, tratando de ser ingenioso, preguntándome por qué combinación de artes podría conseguir a trabar conocimiento


PEFKES


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p. 185

También con frecuencia, el lecho de las letras fueron tablillas de pino marítimo llamadas pefkes : tablillas de la misma madera que, para hacer barcos, bajaba de los montes al mar. ¿Recuerdas la tragedia de Hipólito y Fedra? Fedra, desesperada porque su hijastro Hipólito no cede a la pasión amorosa que ha inspirado en ella la diosa  Afrodita, decide suicidarse; pero, antes, en venganza, escribe sobre una tablilla de pino una carta que inculpa falsamente a Hipólito de haber intentado violarla; Teseo, indignado, maldice entonces a su hijo ante Poseidón, y el dios hace que muera arrastrado por sus propios caballos. Y así, cuando un honrado mensajero lleva a Teseo la triste noticia de la muerte de Hipólito, le dice textualmente: «No llegaría a convencerme de que tu hijo ha obrado mal / ni aunque se colgara toda la estirpe de las mujeres / ni aunque todos los pinos del Ida se llenaran de letras».''

Llenas de referencias a las letras, pues, están las obras literarias que recrean el tiempo de los héroes antiguos; alguien dirá que son meras licencias poéticas, pero yo dudo mucho que sus sabios autores cayeran reiteradamente en el anacronismo. Sin ir más lejos, el famoso caballo de Troya llevaba grabada, en su madera, la inscripción: «Los helenos, a Atenea, en agradecimiento por su regreso a casa».


HUMANISMO


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p. 282

Esa actitud, que ha cruzado los siglos cultivando estas viejas herencias y cosechando sobre terreno hostil humildes frutos, ha sido llamada, en ocasiones, actitud humanista. Fíjate bien ahora en lo que voy a decirte. Históricamente, hemos necesitado esa actitud para ir contra el dogma moral, y, así, hemos descubierto la ética; la hemos necesitado para ir contra el fundamento divino del poder, y, así, hemos inventado la política; la hemos necesitado para ir  contra el principio de la autoridad en el saber, y hemos inventado la ciencia; la hemos necesitado para ir contra la prepotencia de todos los relatos, y hemos definido la dignidad del individuo; la hemos necesitado para ir contra los administradores de la fe, y nos hemos abierto al misterio.

Y ahora, ahora que se han desmoronado, en parte, todas esas sólidas y opresivas certezas, seguimos necesitando de la actitud humanista para construir con fundamento y con honestidad en los vacíos que han dejado. Gracias a las conquistas de la ética, de la política, de la libertad y del conocimiento, los seres humanos somos ahora más poderosos que nunca; pero, también, más peligrosos que nunca. Nuestra capacidad de influir sobre la realidad crece de forma exponencial; pero, a la vez, crece, también, nuestro vacío ético, nuestro vacío existencial y nuestro pragmatismo. Para el hombre, Silvano, es cada vez más fácil jugar a ser Dios; y, por ello, necesitamos de la actitud humanista para ponernos límites, para que la responsabilidad crezca a la par de la capacidad de obrar, para alumbrar nuevos relatos sin erigir nuevas prisiones, para no desaparecer como víctimas de nuestras propias ficciones y delirios.


EGEO


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p. 115

El clima de la Tierra no ha hecho más que cambiar, oscilando entre momentos fríos y calientes, a veces moderados y a veces extremos. A decir verdad, durante la primera mitad de su existencia, este planeta fue un infierno de gases, cataclismos, terremotos y erupciones volcánicas. Después, hubo varios momentos en que fue lo contrario: una silenciosa esfera blanca, recubierta parcial o totalmente de hielo. De hecho, ha habido siete grandes eras glaciales, y ahora, aunque no lo parezca, estamos todavía en la última de ellas, pues la Tierra aún mantiene sus menguados y frágiles casquetes polares.

Hace dieciocho mil años, los hielos del norte llegaban, sin embargo, a las costas del Mediterráneo. Fue entonces cuando comenzaron a fundirse; y, a medida que el mar crecía con el aporte de las aguas retenidas en forma de glaciar, la tundra crecía también en la franja de tierra deshelada que iba recibiendo otra vez los rayos olvidados del sol. Pero aún habría de alejarse mucho el hielo para que brotaran con fuerza la hierba y el bosque, y habría de pasar largo tiempo para que aquellas tierras nuevas se hicieran habitables para el hombre.

Sin embargo, desde su propio origen, el hombre paleolítico tuvo, en esta charca del Egeo, su Jardín del Edén: vegetación frondosa, arroyos cristalinos, árboles y arbustos que lo obsequiaban con sus frutos, cuevas donde encontrar un refugio oportuno, un mar omnipresente de aguas claras y muy poco profundas (como las de esta bahía de Prasa), radas llenas de peces y de otras criaturas de muy fácil captura,  piedra y madera para construir sus ingenios, caza abundante en cada estación, noches estrelladas para aprender del cielo, un invierno benigno y una dilatada primavera.

En la imagen Medea con Teso y su padre -de él- Egeo


Deucalión y Pirra


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p.22

Dicen que, cuando el mar subió a la tierra y las aguas cubrieron gran parte de la Hélade, los bondadosos y devotos Deucalión y Pirra sobrevivieron al desastre en una embarcación construida por advertencia del titán Prometeo. Una vez amainaron las aguas, aunque desolados por ver toda la tierra silenciosa y vacía, Pirra y Deucalión dieron gracias a Zeus, a las ninfas de la montaña y a la diosa Temis, y luego lloraron por hallarse solos, como un triste despojo viviente de la raza humana. Conmovida entonces Temis, pronunció, desde la helada roca de su oráculo, las oscuras palabras que habrían de salvar a la especie: «Cubrid vuestras cabezas, desceñid vuestras túnicas y echad a andar arrojando hacia atrás los pulidos huesos de vuestra gran madre». Deucalión, como hijo que era del sagaz Prometeo, comprendió que la madre era la Madre Tierra; y los huesos, las piedras que estuvieron un día en su seno. Comenzaron, pues, a cogerlas del suelo y a arrojarlas de nuevo a sus espaldas, y de la piedra dura se renovó la dura estirpe de los hombres. Y de la piedra (laas) tomó su nombre el pueblo (laós).

¡Razón tenía el sabio que afirmó que el logos es el retrato del alma! Comprender que los griegos vieron en estas piedras acumuladas en la orilla la imagen de una humanidad es comprender el alma de este pueblo marino. ¿Ves los cantos rodados, Silvano? ¿Los ves ahí en la playa? Pues ahí están los griegos, ahí están los antiguos pobladores del Egeo: nacidos de la  adusta tierra, traídos y llevados por el mar, pulidos por las olas, brillando al sol, rumoreando, todos iguales y todos diferentes. Los griegos: «pueblo marino», como decía Sófocles," o  humildes «ranas asomadas al mar», como decía Sócrates.


INCIPIT 1.334. FAMILIA, INFANCIA Y JUVENTUD / PIO BAROJA


Se piensa en esos postulados que sirven para caracterizar a los pueblos y para dar una base a la política, y mientras quedan vagos y sin detalles, en calidad de lemas, se sostienen; pero cuando se los quiere contemplar en sus detalles, van perdiendo los contornos, y muchas veces se advierte que no son más que palabras.

Si fueran realidades, el mundo conocido estaría ya catalogado corno un herbario, y no daría sorpresas corno las va dando constantemente.

El español es de este modo; el francés, de este otro; el italiano es así, y el inglés, de esta manera. Todo ello es mucha fantasía, y constantemente se están haciendo rectificaciones.

Hay un libro de A. Fouillée, titulado Esquisse psychologique des peuples européens, que quiere ser aclaratorio y definidor, con una petulancia muy francesa; pero a mí no me parece que tenga ninguna exactitud, y creo que se puede afirmar lo contrario de lo que afirma el autor, casi con las mismas garantías.

El mundo quizá fuera más monótono de lo que es si se supieran con seguridad las reacciones de los pueblos; pero, en cambio, cada país tendría más seguridad en sus ideas y en sus actos. La nación sabría su especialidad, y cada provincia sabría la suya dentro de la nación.


INCIPIT 1.333. MANUAL CORSARIO / PP PASOLINI





Pier Paolo Pasolini nace en Bolonia el 5 de marzo de 1922. Es el primogénito de Cario Alberto Pasolini, teniente de infantería, y de Susanna Colussi, maestra de educación básica, con quien el padre, heredero de una antigua familia de Rávena cuyo patrimonio ha malgastado, se casa en diciembre de 1921 en Casarsa, para luego trasladarse a Bolonia. Susanna, primogénita de seis hijos, es católica no practicante y tiene una clara aversión por la retórica política, algo que dificulta la relaci6n con su marido, un militar que, en cambio, ha hallado en los mitos nacionalistas su imagen pública, haciendo de él un hombre sin duda valiente, pero al mismo tiempo patético y temible debido a su pasi6n liberada de todo vínculo cultural o religioso.

debo recordar

 que, junto con el amor inicial por mi madre,

 ha habido también un amor por él: y de los sentidos.

Debo recordar mis pasitos de niño de tres años,

en una ciudad miserablemente perdida entre los montes,

 con un aire ya algo austriaco,

 casi en los manantiales de un río con nombre de museo y de guerra

y de miseria,

un río celeste entre gravas extensas al pie de las montañas,

 mis pasitos a la vera de una carretera

azotada por un sol que no era de mi vida

sino de la de mis padres,

 hacia el arcén donde mi padre, hombre

joven,

 orinaba ... 

BAROJA



Familia, infancia, juventud, Pío Baroja, p. 115
Yo soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto, con la chaqueta al hombro, al amanecer, cuando los gallos lanzan al aire su cacareo estridente corno un grito de guerra, y las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados.
De día y de noche, con el sol de agosto y con el viento helado de diciembre, he seguido mi ruta, al azar, unas veces asustado ante peligros quiméricos; otras, sereno ante realidades peligrosas.
Para entretener mi soledad, he ido cantando, silbando, tarareando canciones alegres y tristes, según el humor y el reflejo del ambiente en mi espíritu.
A veces, al pasar por delante de una casa del camino, cantaba más alto, gritaba, quizá con jactancia, queriendo ser escuchado. «Alguna ventana se abrirá», pensaba, «y aparecerá un rostro simpático y jovial».
No se abría ninguna ventana, no salía nadie; yo insistía cándidamente, y, al insistir, iban brotando de aquí y de allá caras torvas, miradas hostiles, gente en guardia, que apretaba el garrote en las manos huesudas.
«Quizá los he ofendido», discurría yo. «Esa gente no quiere nada conmigo», y seguía mi marcha, al azar, con la chaqueta al hombro, sin objeto, cantando, tarareando y silbando

HIDALGUIA


Familia, infancia, juventud, Pío Baroja, p. 46

En el norte, y sobre todo en el País Vasco, solo hay hidalguía, es decir, idea racista y psicológica, no social y decorativa.

En la hidalguía hay un hecho real, que es la raza, aunque esta no se reconozca a fondo; pero ella existe. Ahora la genealogía tiene menos valor; es más social que biológica, y las consecuencias que se puedan sacar de ella son más aleatorias.

Sobre esta cuestión de la nobleza se cuenta que un señor vascofrancés, que se llamaba Sagasti y Polloe, se estableció en San Sebastián de cerero, y con sus velas y el chocolate y sus cirios para las iglesias y los caramelos para los chicos hizo una fortuna.

Este señor tuvo varios hijos, y el mayor fue marino y músico y compuso una Misa de Réquiem que estaba bien. Después pretendió ser alcalde de San Sebastián; pero, al parecer, en esa época, para ser alcalde o regidor se necesitaba tener una ejecutoria de nobleza.

Entonces un escribano, Legarda, le resolvió la cuestión fácilmente.

En el sitio del cementerio de San Sebastián que se llama Polloe existía, al parecer, una ruina de una casa fuerte o castillo con este nombre. El escribano Legarda hizo que se pusiera una larga escalera sobre la ruina. El señor Sagasti y Polloe subió unos cuantos escalones, y después Legarda le mandó que los bajara.

Luego el escribano redactó un documento afirmando que el señor Sagasti descendía en línea recta de la casa fuerte de Polloe. Y era verdad; lo que permitió al marino músico ser alcalde de San Sebastián.


Subproletariado


Manual corsario, PP Pasolini, p. 381

Lo que me atrae del subproletariado es su rostro, porque es limpio (mientras que el del burgués es sucio); porque es inocente (mientras que el del burgués es culpable); porque es puro (mientras que el del burgués es vulgar); porque es religioso (mientras que el del burgués es hipócrita); porque es loco (mientras que el del burgués es prudente); porque es sensual (mientras que el del burgués es frío); porque es infantil (mientras que el del burgués es adulto); porque es inmediato (mientras que el del burgués es previsor); porque es amable (mientras que el del burgués es insolente); porque es vulnerable (mientras que el del burgués es altivo); porque es incompleto (mientras que el del burgués es aquilatado) porque es confiado (mientras que el del burgués es duro); porque es tierno (mientras que el del burgués es irónico); porque es peligroso (mientras que el del burgués es blando); porque es feroz  (mientras que el del burgués es chantajista); porque tiene color (mientras que el del burgués es blanco).


ROMA MALANDRINA


Manual corsario, PPPasolini, p. 152

 Le digo siempre a todo el mundo, cuando tengo ocasión, que Roma es la ciudad más hermosa del mundo. De las ciudades que conozco, es aquella en la que prefiero vivir: es más, a estas alturas, no puedo concebir siquiera el vivir en otra parte. Mis peores pesadillas son aquellas en las que sueño que tengo que abandonar Roma para volver a la Italia del norte. Su belleza es, por supuesto, un misterio: podemos recurrir cuanto queramos al barroco, a la atmósfera, a la composición, toda depresiones y alturas del terreno, que le confiere continuas e inesperadas  perspectivas, al Tíber que la surca y la abre en corazones maravillosos vacíos de aire, y sobre todo a la estratificación de estilos que en cada esquina donde uno gire se ofrece la vista de una sección diferente, que es un verdadero trauma debido al exceso de belleza. Pero ¿sería Roma la ciudad más hermosa del mundo si, al mismo tiempo, no fuera la ciudad más fea del mundo?

Como es natural, belleza y fealdad están vinculadas: la segunda vuelve a la primera patética y humana, la primera nos hace olvidar la segunda.

Los lugares de la ciudad que son «solo» hermosos y los lugares de la ciudad «solo» feos son raros. Cuando la belleza se aísla tiene algo de arqueológico en el mejor de los casos: pero más a menudo es una expresión de una historia no democrática, en la que el pueblo está ahí para aportar color, como en una estampa de Pinelli.

Y del mismo modo -y por el contrario-, la fealdad, cuando se aísla y llega casi a lo atroz, nunca es completamente depresiva y arisca: el hambre, el dolor son allí alegoría, la historia es nuestra historia, la del fascismo, la de la guerra, la de la posguerra, toda trágica, pero en progreso, y por eso llena de vida. La esperanza no es tampoco política, puesto que el subproletariado que vive allí profesa un comunismo confuso y bastante extraño. Es una esperanza pura; la de aquellos que, al vivir antes de la historia, tienen aún toda la historia ante ellos: condición anárquica e infantil. Los crímenes acerca de los que se lee cada día en la crónica negra de Roma son todos de gente débil, aterrorizada: matan para que no los maten, previenen el mal con el mal. Quien sale antes va el primero con ventaja, piensa un chico del pueblo romano que se va de paseo «dentro de Roma», siempre en guardia para liarse a mamporros, para buscar follón; su moral es una moral de la jungla por ser, precisamente, un débil.


PPP


Manual corsario, Pier Paolo Pasolini, p. 20

Es de aquellos años el pasaje, conocido como «teta veleta», que más tarde Pasolini explicará de la siguiente manera:

Sucedió en Belluno, yo tenía poco más de tres años. Lo que más me chocaba de los chicos que jugaban en los jardines públicos enfrente de mi casa eran sus piernas, sobre todo la parte convexa del interior de las rodillas, donde, al doblarse en la carrera, los nervios se tensan en un  gesto elegante y violento. En aquellos nervios yo Veía un símbolo de la vida que aún debía alcanzar; aquel gesto de jovencito corriendo representaba para mí el ser mayor. Ahora sé que se trataba de un agudo sentimiento sexual. Si lo recuerdo siento perfectamente, en mis vísceras, la ternura, la ansiedad y la violencia del deseo. Era el sentido de lo inalcanzable, de lo carnal; un sentido para el que aún no ha sido inventado un nombre. Yo lo inventé entonces y fue “teta veleta”, Al ver aquellas piernas dobladas en la furia del juego me dije a mí mismo que sentía, ”teta veleta”, algo parecido a un cosquilleo, una seducción, una humillación.

 Este fragmento y el siguiente pertenecen a los cinco Quaderni Rossi redactados por Pasolini en Friul entre el verano de 1946 y el otoño de 1947. En el tomo Romanzi e racconti I946-I96I (Mondadori, Milán, 2004) estos aparecen como apéndice a la novela inacabada Atti impuri (1947-1950).


BERLIN


Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 474

Berlín es un ente perezoso cuyas células nerviosas, las neuronas que relacionan unas partes con otras y crean la ilusión de un cuerpo único, existen gracias a que así lo permiten dos formas imprescindibles de transporte: el metro y la bicicleta. Berlín existe porque los viajeros del metro y los ciclistas deciden que recorren una sola ciudad, y definen sus confines, y van de un sitio para otro dentro de esa entelequia urbana cuyos límites son como la pintura de Leonardo, más bien cosa mentale: no les importa cruzar siete u ocho kilómetros -canales, bosques y descampados incluidos- para tomar una copa y luego otros cinco o seis para entrar en una discoteca, y tres o cuatro para volver a casa, y a todos esos lugares dispersos han decidido llamarlos Berlín. Esta mañana una joven traductora me decía que las ciudades españolas la agobian, la asfixian sus calles, le parecen estrechas, ruidosas, carentes de vegetación, secas y desoladas. Se quejaba: esa continuidad de los edificios que se suceden a lo largo de kilómetros sin que apenas haya una pausa de verde le producían asfixia. Hablaba de Madrid y Barcelona, que son las ciudades que conoce. Lo cierto es que Berlín, incluso cuando consigue concentrar unas cuantas calles, es un damero más bien solitario. Caminando cerca del Pergamon Museum, por el interior del lujoso núcleo que incluye Unter den Linden y Franziisische Strasse veo las anchas aceras apenas pobladas, las tiendas vacías, y me pregunto cómo demonios funciona esto, quiénes son los que viven en esos pisos elegantes, los que compran en esas tiendas y se hospedan en esos hoteles carísimos; dónde se meten esos millones de habitantes que dicen que tiene la ciudad cuando no hay un partido de fútbol en la pantalla gigante del edificio Sony de la Potsdamer Platz o un concierto, eventos que sacan a la calle a decenas de miles de personas. En otros momentos, solo el conjunto de las grandes arterias circulatorias y sus principales ramas -unas cuantas grandes calles que la recorren de punta a punta en varias direcciones- resultan bulliciosos y hasta cierto punto ruidosos, pero es un sistema de circulación estanco, que apenas admite fugas; basta con alejarte de esas calles para volver a poder pasear tranquilamente por lugares solitarios, o entre casas en las que parece que no vive nadie.

En la foto la casa de Bowie en Berlín



EDUCACION


Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 396
Sí, pero yo creo que es muy contemporáneo eso de que no nos importe nada cuanto existe a nuestro alrededor. Me parece muy contemporáneo, porque yo mismo me siento agredido por esa indiferencia hacia lo ajeno, se compadece mal con la forma en la que fuimos educados los niños de mi generación: deja paso, cede el asiento para que se siente la señora que va cargada con el niño, o ese señor mayor, no molestes, no hables tan alto, no te muevas de acá para allá, estate sentado leyendo el tebeo que te he comprado; en el tren, si alguien sacaba un pedazo de tortilla o de tocino, si cogía de la cesta una pieza de fruta, antes de dar el primer bocado, ofrecía a los compañeros de departamento, que no siempre decían que no: ¿ustedes gustan? Estoy hablando de usos de gente inculta, campesinos, trabajadores en lo más bajo de la escala social; la España paupérrima de los cincuenta, que había retrocedido en el producto interior bruto a la de los veinte. Si había estado charlando antes con el vecino de asiento al que acababa de conocer, el oferente insistía: ande, pruébela que está muy rica, me ha salido muy buena hoy la tortilla (se trataba de gente modesta para la que aquella comida era casi un tesoro), aunque solo sea probarlo, no me haga ese feo. Costumbres de las clases bajas, de la pobre Bola de Sebo a la que los burgueses no dudan en arramblarle las provisiones, aunque la desprecian por prostituta y luego la quieren dejar a mitad de camino para que se la follen los alemanes a cambio de que los dejen marchar a ellos, al fin y al cabo eso, ir a lo suyo, es precisamente lo suyo, lo del burgués, si eres generoso no te haces rico. La burguesía tenía otra forma de comportamiento, que olfateo que es la que se nos ha acabado imponiendo a todos (en la lucha de clases el vencedor impone también el dominio de sus ideas). Tenía muy claro el sentido de los límites entre su persona y la de los demás, y, desde luego, la idea de dónde empezaban sus cosas (eso es mío y usted no tiene derecho a tocarlo).

NAPOLES


Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 311

Bruno Arpaia muestra un desconsolado pesimismo al hablar de Nápoles. Según él solo una pequeña parte de los habitantes de la ciudad trabajan en algo confesable, y a esos, el resto los tolera con desagrado. Los trabajadores legales son el elemento extraño. Los demás aportan una masa de labores oscuras, esfuerzos sin forma definida, pero organizada minuciosamente. Son los dueños de la ciudad, generadores de anticuerpos que los libran de los extraños. Nápoles, según él, está condenada a muerte. Asegura que, cada vez que vuelve, se refuerza en esa idea. Es verdad que, desde la última vez que la visité, han rehabilitado bastantes edificios, incluidos unos cuantos interiores de palacios e iglesias. Pero, mientras charlamos, caminamos entre montañas de basuras, cajas, papeles, suciedad. Lo turbio encuentra en Nápoles un humus favorable que lo hace crecer sin control. La violencia es cada vez más ecuménica y afecta a los propios napolitanos más atrevidos. Los noctámbulos dejan sus monederos antes de salir de casa, se despojan de sus joyas, relojes y teléfonos móviles. Las nuevas generaciones de delincuentes ya no se conforman con robarte. Quieren hacerte daño, me explica Bruno. Y añade: la marea de la violencia ha crecido imparable durante los últimos años, sin que lo impida ninguna medida de prevención, ocupa descarada los espacios públicos. En ese sentido, Nápoles ha empeorado. Pero tampoco puede decirse que ha mejorado la higiene de la ciudad, que, por lo demás, siempre ha sido ínfima. Me cuenta que su padre era geómetra y que él, con catorce o quince años, lo acompañaba a medir los patios del Barrio de los Españoles, o de Spaccanapoli, y que fue así como empezó a descubrir ese Nápoles de habitaciones en las que vivían catorce o quince personas, microviviendas que, en el mejor de los casos, contaban con un retrete que era solo un agujero metido en alguno de los armarios de la cocina. La ducha, por supuesto, ni se conocía.


JUAN GOYTISOLO


Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 88

También Juan Goytisolo se mostró efusivo. Nos habíamos cruzado tres o cuatro veces el día anterior, y no nos habíamos dirigido la palabra: después de una desagradable experiencia que tuve con él y que sería largo describir aquí, mantengo la posición de que hay que evitar tener contactos con Goytisolo si uno no quiere acabar atrapado en alguna red de  malentendidos. Ayer me envió un emisario para preguntarme si me parecía bien que hablásemos. Le dije que no tenía ningún inconveniente (pensé: ¿por qué no viene él y tiene que mandarme a alguien?). Hoy se ha acercado: Los incidentes pasan, la amistad queda, me ha dicho. Y ha añadido: Mándame algún libro tuyo. Amigos comunes me dicen que son muy buenos, pero yo no los he leído (pienso: ¿y por qué no te has acercado a una librería y te has comprado alguno? Yo, los tuyos que he leído, los he comprado). Sé que no es verdad, al menos Mimoun me consta que lo leyó y, además de leerlo, comentó a bastantes personas que era una novela muy mala. Cualquier palabra que un español escribe sobre Marruecos, Goytisolo la lee y la comenta, la fiscaliza, es competencia desleal en un mercado cautivo; como Cristo ve a cualquiera que profana un templo suyo y lo castiga. A pesar de eso, me parece miserable por mi parte andar dándole vueltas a esas estupideces de vieja diva, lo veo tan mayor, y, de rebote, me veo tan mayor yo mismo, que le dejo en la recepción del hotel un ejemplar dedicado de Los viejos amigos. Es cierto que me ha producido ternura verlo así de frágil. No me lo había parecido en el primer momento, más bien me dio la impresión de que el tiempo no había pasado por él: tiene la cara prácticamente igual que hace treinta años, y eso te confunde; pero habla con una voz muy débil, está extremadamente delgado y camina con paso vacilante. Ignacio Olmos, el director del Cervantes de aquí, de Berlín, me ha dicho que está muy mal. Viaja con una mujer que le sirve de enfermera y a la que ayer la escuché hablarle de no sé qué pastillas que le habían parecido muy baratas, y también se refirió a una mantita. No pude apartar la imagen: el azote de España acurrucado y envuelto en una mantita. Qué cabrona es la vida.


El Retablo de lsenheim


Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 294

El Retablo de lsenheim. El Cristo crucificado, descomunal y deforme, parece haber sufrido algún tipo de mutación regresiva que pusiera en relación el reino de los hombres con el de los saurios: los pies, hendidos y tumefactos. Costaría reconocer que son pies si se vieran aislados del resto de la figura; las palmas de las manos clavadas al leño, de las que surgen unos dedos que parecen más bien patas de ave; el convulso movimiento de los cuerpos de las mujeres (también los dedos de la Magdalena se levantan y tuercen como garras). Pero, sobre todo, la piel. Repugna a la vista la piel del Cristo agonizante (en la tabla inferior, ya un cadáver), tumefacta, cubierta de llagas que parecen más fruto de una enfermedad que de los tormentos que le hayan infligido los sayones. Llagas y bubas atroces también en el individuo que -en otra de las tablas- contempla cómo los repugnantes diablos arrastran a San Antonio.

La representación del dolor en los personajes que velan al pie de la cruz muestra tal violencia que solo consigo asociarla con un grupo escultórico en terracota que vi en Bolonia, en Santa Maria della Vita, y que representa a las santas mujeres exhibiendo un dolor que conecta más con lo prehumano, con lo animal, que con cualquier concepto cristiano: dolor que no admite consuelo y suspende la razón. Sombrío, inconsolable e inexpresable: aullido. Pasaron casi quinientos años hasta que Munch pintó El grito. Pero he empezado diciendo que todo en el retablo resulta monstruoso: es monstruosa la colección de demonios, que, sin embargo, nos resulta próxima, contemporánea, como sacada de alguna de las pesadillas de nuestro tiempo, de un cómic; o como si Dalí y Max Ernst hubieran decidido vender alguna de sus pesadillas haciéndola pasar por un retablo del siglo XV. La propia imagen del Cristo transfigurado parece de un tiempo que no es el suyo. Más que un trabajo renacentista es el cuadro pintado por un hippie de los sesenta del siglo XX iluminado por una dosis de LSD: el color sutil, de una blancura casi transparente, del cuerpo del Cristo, la luz fosforescente del aura, todo me hace pensar en alguno de los pósters psicodélicos que estuvieron de moda en mi juventud, y también me parece sorprendentemente contemporánea la composición de los guerreros que yacen a sus pies. Por cierto, que el que yace tendido boca abajo y vestido con una armadura es, sin duda, una de las más bellas imágenes de la historia del arte.


ESPECULACION


Diarios 2, Rafael Chirbes, p. 285

Manda una burguesía salvaje, voraz e impaciente, que ha renunciado a imponer cualquier modelo que se defina por elevación. Especuladores que llegan de fuera con la idea de llevarse cuanto antes su ración de tarta; y una burguesía local (y lodal) que aún no se ha librado del poso de explotador rústico, despiadado, que trata a la tierra como esclavo a su servicio, la España de Lorca y Benavente mal enterrada, que ahora viaja a bordo de fulgurantes todoterrenos: codiciosos hijos de campesinos reconvertidos en tres o cuatro decenios, incapaces de devolverle nada a la tierra que aún embarra sus pies. Su altura estética la encuentran en los programas televisivos, en la prensa rosa, en los gritos en el bar o en el campo de fútbol, el estruendo de las tracas y la música empalagosa de los puticlubs de carretera es el que empasta su espíritu. Hablan de grandes vinos, de comidas en restaurantes de alta cocina, y se lo echan todo al gañote. Proceden también ellos de un sombrío mundo precristiano, de un universo de dioses terrenales a los que el futuro les parece tan improbable como el más allá. Ni siquiera han capturado de la bolsa del cristianismo conceptos como los de la caridad, la compasión o -hasta si me apuras- la mentira piadosa. Un laicismo despiadado que no cree en Dios, ni en Marx, y se caga en la historia y en el porvenir (yo ya no lo veré, no me lo comeré ni me lo follaré, ese futuro del que me hablas): saben que, tras la carrera precipitada, llega el silencio por el que pasean tristes las sombras. Se ríen -con razón- de ese «post tenebras spero lucem», que sirve de lema a Cervantes en su Quijote.


INCIPIT 1.332. DIARIOS 2 / RAFAEL CHIRBES


2005

5 de marzo de 2005

¿En qué se me ha ido febrero? Unos cuantos ratos ante el· ordenador con la mente en blanco, todo lo más anotando unas pocas frases que pienso que pueden servir a la novela que debería llegar. Ni siquiera me he asomado a este cuaderno. Bueno, al menos he conseguido entregarles a los de Sobremesa un artículo largo sobre los aceites de Castellón que, por cierto, son magníficos. ¡Ah!, y las columnitas que, desde hace tres o cuatro meses, les escribo a los de la revista Descubrir. Algo es algo.

8 de marzo 2005. Madrid

Tras muchas vacilaciones acerca de si, cuando en abril vaya a Nueva York, tengo que leer un texto que escribí hace ya algún tiempo o si tengo que limitarme a leer un capítulo de la última novela, me doy cuenta de que, una vez más, lo que tengo que hacer es preguntarme a mí mismo en voz alta qué voy a hacer allí, qué demonios es esto de ser europeo (el Pen Club de Nueva York, que es el que nos invita, quiere que hablemos de eso, de la europeidad), qué es ser escritor, o individuo en la nueva Europa. Seguramente, sin citas interpuestas o con las citas que me lleguen a las manos.


BONO


Diarios 2, Rafael Chirbes 140

Bono exhibe el gesto de quien ha llegado muy arriba, la autosatisfacción de mirar por encima del hombro -y como quien ni siquiera se ocupa de mirar- a los de su pueblo. ¿Veis a quién votáis?, ¿veis qué arriba he llegado?, ¿qué alto está vuestro paisano? !barra, a quien vi por la tele anoche, se sostiene sobre ese mismo esqueleto psicológico, el gallo que se ha hecho con el dominio del corral a fuerza de pico y espolón. Esos dos hablan así, engallados, ponen las palabras de puntillas, las hacen encocorarse y sacar pecho: como el gallo, al tiempo que cacarean se pavonean y estiran el cuello y echan la cabeza hacia atrás, amenazando a quien les discuta el dominio que han conseguido a fuerza de culebrear y babear al servicio de quien podía más que ellos. Javier Ortiz me ha contado los tiempos en los que Bono era un tímido monaguillo que le llevaba la cartera y ayudaba servilmente a Raúl Morodo; otros me han contado los años en que Ibarra lavaba con lejía para decolorar su camisa azul de falangista a la espera de conseguir un puesto en el PSOE. No son personas, son más bien figuras del arte, polichinelas, grabados de Daumier, de Goya, de Otto Dix. Cuando hablan, les dicen a sus  paisanos: tú eliges, yo soy el que puede subirte arriba o hundirte. Y, al permitirles esa elección, están convencidos de que los hacen libres. Es el lenguaje de los padrinos sicilianos, el momento en que los rasgos de la caricatura se ensombrecen, se vuelven amenazadores, pinturas de la Quinta del Sordo, macabro guiñol del pim, pam, pum nacional.


INCIPIT 1.331. EL PASAJERO-STELLA MARIS / CORMAC McCARTHY


Por la noche habla nevado un poco y sus cabellos tiesos eran como de oro y cristalinos y sus ojos más helados que fríos y duros como piedras. Una bota amarilla se le había caído y yacía en la nieve a sus pies. La forma de su abrigo descansaba espolvoreada en la nieve allí donde ella lo había dejado y solo llevaba puesto un vestido blanco y pendía entre los desnudos postes grises de los árboles invernales con la cabeza gacha y las manos ligeramente vueltas hacia fuera como las de ciertas estatuas ecuménicas cuya postura reclama que su historia sea tenida en cuenta. Que se tome en consideración que el mundo en su ser más profundo está cimentado en la aflicción de sus criaturas. El cazador se puso de rodillas e hincó el rifle en la nieve con el cañón hacia arriba y se quitó los guantes y los dejó caer y juntó las manos una sobre otra. Pensó en rezar, pero no conocía ninguna oración para semejante cosa. Agachó la cabeza. Torre de marfil, dijo. Casa de oro. Largo rato estuvo allí de rodillas. Al abrir los ojos el cazador vio una cosa menuda semienterrada en la nieve y se inclinó y apartó la nieve con los dedos y era una cadena de oro con una llave metálica y un anillo de oro blanco. Se lo guardó todo en el bolsillo del chaquetón. Había oído el viento por la noche. El quehacer del viento. Un cubo de la basura chocando ruidoso contra los ladrillos que había detrás de su casa. La nieve cayendo en la oscuridad del bosque. Levantó la vista hacia aquellos fríos ojos esmaltados que despedían destellos azules en la tenue luz invernal. Se había ceñido el vestido con un fajín rojo para que pudieran encontrarla. Una pincelada de color en la escrupulosa desolación. Hoy, que era Navidad. Esta fría y apenas mentada Navidad.

IFIGENIA


Las mil naves, Natalie Hayes, p. 145
De pronto vio destellar el cuchillo de su padre al sol de la mañana y lo comprendió todo, como si un dios hubiera dejado caer las palabras en su cabeza. La traicionera quietud del aire era un designio divino. Artemisa se había ofendido por algo que había hecho su padre, y ahora exigía un sacrificio o no permitiría que las naves zarparan. De modo que no habría matrimonio ni marido para Ifigenia. Ni en ese momento ni nunca. Ella mantuvo la cabeza totalmente clara mientras se le nublaban los sentidos. Oyó el grito de rabia que dejó escapar su madre, aunque de forma muy vaga, como si reverberara en las paredes de una cueva. Los hombres se detuvieron al pie del altar y ella subió los tres escalones desvencijados hacia su padre. No lo reconoció.
Se arrodilló en silencio ante él. Le caían las lágrimas sobre la barba, pero tenía el cuchillo en las manos. Detrás estaba su tío, cuyo cabello pelirrojo brillaba al sol de la mañana. Se fijó en que le tendía una mano a su padre; infundiéndole fuerzas para el acto terrible que estaba a punto de cometer. Ifigenia miró el mar de armaduras de cuero y se preguntó cuál de ellos era Aquiles. A la derecha podía ver a su madre, con la boca abierta en un grito salvaje, pero le zumbaban los oídos y no pudo oír las palabras. Vio que la sujetaban cinco hombres y que uno de ellos le hacía una llave en el cuello. Pero su madre no cayó inerte en los brazos de los hombres; continuó gritando y agitándose aun cuando ya no le quedaba aire en los pulmones.
Muchos de los hombres de las primeras filas apartaron la mirada cuando el cuchillo descendió. E incluso los que no palidecieron apenas pronunciaron una palabra después de lo que vieron. Un soldado aseguró que, en el momento crucial, la joven había desaparecido misteriosamente y había sido reemplazada por un ciervo. Pero ninguno de ellos le hizo caso, ni los que aún no habían combatido en muchas batallas ni los que tenían hijas y habían combatido en demasiadas, porque hasta los que habían mirado para otro lado mientras el cuchillo caía, o habían cerrado los ojos para no ver brotar la sangre del cuello, hasta ellos habían visto el cuerpo blanco y sin vida que yacía a los pies de su propio padre. Y entonces sintieron que los envolvía una suave brisa.

AFRODITA


La mil naves, Natalie Haynes, p. 156
Afrodita, por otro lado, veía cada boda como una pequeña derrota. Tenía en gran consideración el amor, pero no el conyugal. ¿Qué clase de amor era ése? ¿Compañerismo? ¿El  paso previo a tener hijos? Hacía todo lo posible por no resoplar. ¿Qué era el compañerismo al lado de una pasión que lo consumía todo? ¿Quién no cambiaría un marido por un amante que la excitara en lugar de reconfortarla? ¿Quién no querría que su hijo se escabullera de una habitación sin ser visto si eso significaba que su amante podía colarse por otra puerta? Costaba creer que alguien eligiera el amor conyugal por encima de esa clase de deseo indestructible que Afrodita creía que le pertenecía. La gente siempre decía que apreciaba a sus cónyuges, a su prole -ella misma tenía un hijo que le gustaba-, pero Afrodita sabía la verdad. Cuando en la madrugada hombres y mujeres susurraban sus plegarias secretas, se las dirigían a ella. No pedían salud ni una larga vida, como hacían durante las horas del día. Suplicaban para que la fuerza cegadora y ensordecedora de la lujuria se apoderara de ellos y fuera correspondida. Todo lo demás -riqueza, poder, posición- sólo eran accesorios, colocados alrededor de lo que realmente querían, para obstruirlo o disfrazarlo. Y eso no tenía nada que ver con el matrimonio. Podía verse en el rostro de ese pobre tonto vuelto hacia su futura esposa, intentando por todos los medios que se encontraran sus miradas sin conseguirlo. Él sabía lo que era sentir ese deseo, y sabía que el matrimonio no haría nada para calmarlo. Se llevaría a Tetis al lecho, pero su desdén corrompería cualquier placer que podría haber alcanzado con ella. Una ninfa podía amar a un mortal -Afrodita repasó mentalmente la breve lista de ninfas que lo habían hecho: Mérope, Callirhoé, Enone ... -, pero no Tetis, quien no mostraba más que desprecio hacia ese griego.

AQUILES


Las mil naves, Natalie Haynes, p. 121

Aun así, Tetis sabía que una vez que mataran a Héctor, e incorporaran el nombre de Pentesilea a la larga lista de héroes a quien Aquiles había abatido, su hijo no tardaría en cruzar el río Estigia. Y cuando su hijo murió asesinado por Apolo (tal vez engañara a algunos al disfrazarse del adúltero París, pero no a Tetis), ella lloró pese a que siempre había sabido que llegaría ese día. Su cuerpo era tan hermoso que no podía creer que estuviera muerto por una pequeña herida. Una flecha envenenada era todo lo que había necesitado el Arquero para matar a su amado hijo. Y ahora Aquiles vivía en la Isla de los Benditos, y Tetis sabía que se arrepentía de haber tomado la decisión equivocada. Un día Odiseo lo encontraría en el Inframundo y le preguntaría cómo era la muerte, y Aquiles respondería que prefería ser un campesino vivo a un héroe muerto. Que su hijo dijera eso la llenaba de ira y vergüenza. Estaba claro que él era mortal si valoraba su preciosa vida por encima de todo. ¿Cómo podía ser tan estúpido e ingrato cuando ella le había dado tanto? A veces pensaba que no podía conocer a fondo la mente de su hijo porque ella nunca moriría, pero eso sólo la llevaba a despreciarlo más: la sangre de su padre le corría por las venas más de lo que ella había creído. Y entonces lloraba, pero sus lágrimas no sabían a nada.


ESQUIZOFRENIA


Expreso al Paraíso, Mark Vonnegut, p. 366

Hay un problema más grave con la mayoría de las teorías y las terapias psicológicas, y es que, habitualmente, implican que hay que culpar a alguien. Según sus modelos, tus padres o tus amigos o tú misma o algún otro ha metido la pata. El hecho cierto es que no hay culpables. Tú no has hecho nada horriblemente malo y tampoco lo han hecho ni tus padres ni nadie. Todo el mundo va dando tumbos por la vida y todo el mundo comete errores. Pero los errores no son la razón de que tú tengas problemas mentales. Anita, yo estaría a favor de hacer que alguien se sintiera fatal y culpable, incluso equivocadamente, si hubiera la más mínima prueba de que eso ayudaría a los esquizofrénicos, pero no es así. Lo más frecuente es que la esquizofrenia simplemente aterroriza y enloquece a aquellos que más desean ayudarte.

Si la psicoterapia no te ayuda, tienes más posibilidades de entrar a formar parte de los pacientes «resistentes a la terapia». Como si las cosas no fueran ya lo suficientemente duras, ahora se te acusará de estar fomentándolas consciente o inconscientemente.

Si, por otra parte, te recuperas con la psicoterapia,

puedes acabar creyendo que la sinceridad y otras formas de virtud estaban en la raíz de tu problema, y que si tú y los que te rodean no son siempre sabios y puros, volverás a volverte majara otra vez. La verdad y la belleza son cosas maravillosas, pero quiero asegurarte que, una vez recuperado, un esquizofrénico puede mentir, engañar y ser tanto o más perverso con consecuencias no más graves que las que afrontaría cualquier otra persona.


INCIPIT 1.330. VIAJE A PIE / JOSEP PLA


INVITACIÓN AL VIAJE
A esos muchachos tan simpáticos que encontrándose en el umbral de la puerta de la vida se sienten poseídos del noble impulso de la ambición personal y-yo supongo-- del archinoble impulso de la ambición de servir, y preguntan: «¿Qué hemos de hacer? ¿Podría usted tener la amabilidad de darnos una orientación y decirnos lo que podríamos hacer?», yo les aconsejaría un viaje a pie.
Ante todo, un corto viaje a pie por una de nuestras comarcas, por ejemplo, a través de mi país, del Bajo Ampurdán, a base de un itinerario que comprendiera un número de poblaciones muy pequeñas -un número de poblaciones payesas que no pasaran de quinientos habitantes-. Les propondría que pasaran de una a otra población, no por los caminos reales y las carreteras del orden que fueren, sino a través de los caminos vecinales, los atajos y las veredas. Ello les permitiría detenerse en las masías, en las casas de labor; ver el maravilloso paisaje que cada año construyen nuestros payeses. Desde el punto de vista de nuestra estructuración social, nuestras masías son importantísimas: de ellas ha salido, sale y continuará saliendo la mejor sangre del país, su fuerza humana básica, perennemente activa, positiva y ascendente.
Su viaje debería tener un objeto: informarse, enterarse de lo que es el país, de cómo vive en él la gente, empaparse de la manera de ser básica, inalienable, insoluble, del material humano. 

AJEDREZ


Expreso al Paraíso, Mark Vonnegut, p. 470

Entre los aficionados, la mayoría de las partidas rápidas se pierden por errores estúpidos. Esas partidas dejan de tener gracia muy pronto: ningún jugador aprende nada. Yo soy capaz de jugar bastante bien esas partidas, pero me cuesta mucho disfrutarlas. Gano a jugadores con los que debería perder y pierdo con jugadores a los que debería ganar. De cualquier manera, me dejan muy mal sabor de boca.

Los forofos de las partidas rápidas sostienen, con igual fervor, que la posibilidad de rectificar un movimiento arruina el juego. Es muy mal entrenamiento para un torneo y favorece la holgazanería. A Jo mejor tienen razón. A lo mejor deberíamos afrontar las consecuencias de nuestros errores. La vida es así de dura y todo eso.

La vida se parece mucho más a una de esas partidas rápidas inclementes que a una partida amistosa de ajedrez, pero tal vez sea así porque hay muchos putos jugadores de partidas rápidas por ahí.

Lo que sí espero que sea cierto es que, de hacer las cosas bien, podamos y sepamos rectificar con la frecuencia debida. Si todos nos esforzamos y dejamos que cualquiera corrija sus errores, es decir, si está en nuestra mano dejar que puedan corregir sus equivocaciones en vez de saltar de alegría ante sus fallos, podríamos conseguir que la vida fuera mucho más agradable. Podríamos incluso ser capaces de encontrar una manera de corregir los errores en el tiempo y reparar lo que ahora nos parecen errores irrevocables. Para empezar, dejar que los amigos se retracten de sus movimientos en el ajedrez sería una manera tan buena como cualquier otra de emprender este camino.


LA LOCURA


Expreso al Paraíso, Mark Vonnegut, p. 105
Dicho lo cual, había algunas cosas para las que no podíamos apañar aún una explicación solvente ni para las que parecía haber solución aparente. Un tropezón, una nube extraña, la cantidad de serpientes que veíamos en un día; pero todas y cada una de estas vivencias parecían formar parte de un todo e inferíamos que tenían un sentido cuyo arcano significado llegaríamos a comprender algún día, en un futuro no muy lejano, si prestábamos la debida atención. Nada carecía de sentido: todo estaba conectado. Sería empresa fácil despreciar todo lo que refería arriba como una chaladura de gente flipada, un acceso de histeria colectiva o una enternecedora locura jipi. En lo que a mí concierne, sigo estando convencido de que andábamos inmersos en una movida muy necesaria.
Tal vez, el simple hecho de estar abierto a la idea de que todo está conectado y relacionado, nos permitía observar cuanto sucedía a nuestro alrededor con más claridad. Ahora, en mi vida actual, siento escalofríos cada vez que descubro ese tipo de relaciones íntimas entre todas las cosas. Y, de pronto, caí en la cuenta de que necesitaba más. Algo estaba ocurriendo, pero no sabía lo que era, ¿no es cierto, Mr Jones?22
22. Es una referencia a la canción de Bob Dylan, «Rallad of a Thin Man» (1965), en la que se dice: «Algo está ocurriendo aquí, pero no sabes qué es, ¿no, Mr Janes?» («Something is happening here/ But you don't know what it is/ Do you, Mr. Janes?»). (N. del T.)

FELIPE GONZALEZ


Un tal González, Sergio del Molino, p. 370

Históricamente, los gobiernos de Londres, Bonn, Roma o París no han mostrado piedad con los terroristas ni remilgos con los derechos y garantías constitucionales. Ni esa operación ni ninguna de las suspensiones de derechos fundamentales decretadas en Irlanda del Norte ensombrecieron la memoria de Margaret Thatcher, cuyas polémicas tienen que ver con otras cuestiones, sobre todo económicas. No hay un episodio parecido en la historia del terrorismo español en democracia. Nunca un comando militar se ha plantado en mitad de Rentería y se ha puesto a disparar por la espalda a miembros de ETA desarmados. Tampoco hubo en España nada parecido a la OAS (Organisation de l'Armée Secrete) francesa, infestada de militares corruptos, ni se aplicó la dureza que la República Federal de Alemania empleó contra la Fracción del Ejército Rojo, ni hubo una organización de terrorismo fascista directamente conectada con el partido del gobierno y la mafia, como el Ordine Nuovo italiano. Y, sin embargo, sólo en España se ha dado un debate tan largo sobre la guerra sucia y las cloacas, y sólo en España los jueces se han cobrado piezas de caza mayor, como ministros.

A eso se refería Felipe cuando hablaba de la autocontención de las fuerzas de seguridad españolas con ETA: de una forma casi inefable -porque es imposible decir algo así sin que suene a berrinche exculpatorio--, sienten que la historia ha sido muy cruel con ellos y que esto se debe al sindicato del crimen, a la vanidad de un director de periódico y al rencor de un juez vengativo. Por eso le dijo a Millás que pudo haber volado la cúpula de ETA y que a veces se arrepentía de no haberlo hecho, porque estaba convencido de que Mitterrand o Thatcher la habrían volado y, al día siguiente, se habrían enfrentado a las críticas diciendo: qué queríais, eran terroristas. Es decir: si hubiera sabido que la pringue del GAL le iba a acompañar de por vida, al menos, que fuera con razón, a lo grande, no por las chapuzas de cuatro coroneles que no sabían ni secuestrar a los objetivos correctos. Con esto sólo intento entender los sentimientos y los laberintos mentales en que se han encerrado algunos socialistas viejos para eludir la verdad y, quizá, tranquilizar su conciencia. No creo que sea el caso de Felipe, que, hasta donde la deja ver, parece que tiene la conciencia como una patena, pero sí es víctima de su propia negación, del recuerdo de aquel último acto teatral de su historia en el gobierno que impide a tantos valorarle como la grandísima figura histórica que en verdad es y a la que ningún español debería regatear el agradecimiento.


Juan Carlos García Goena


Un tal González, Sergio del Molino, p. 347

Entre los más de ocho millones de espectadores que vieron la entrevista en directo estaba Laura Martín, la viuda de la última víctima del GAL, Juan Carlos García Goena, el electricista al que dos pistoleros confundieron con un etarra y mataron con una bomba en 1987. No era una víctima oficial, porque la guerra sucia terminó en 1986 y no se reconocían crímenes posteriores, pero Laura se había empeñado en que toda España recordase a su marido. Aquella noche quedó convencida de que el GAL no era un asunto de policías y guardias, ni siquiera de funcionarios del ministerio, sino del propio gobierno. Esperaba que Felipe asumiera alguna responsabilidad. No penal, pues tampoco estaba claro que pudiera tenerla, pero sí política. Esperaba que reconociese que algo se hizo muy mal en aquellos años y que él debería haberlo sabido y parado, y que no saberlo también era grave. Le hubiera bastado con una declaración así, una disculpa y un compromiso para ayudar a resolver el caso abierto de su marido. Que no le dieran con la puerta en la cara cada vez que reclamaba información, que le contestasen las canas, que reconociesen su dolor y reparasen el crimen, como se hacía con cualquier otra víctima.

Aquella noche, mientras sus hijas pequeñas dormían, se propuso llegar hasta el final. Quizá todo era un juego político. Por supuesto que Amedo y Domínguez se guiaban por su propio interés y estaba claro que un director de periódico y un juez los usaban en sus estrategias y venganzas. Cualquier persona informada más allá del ruido de la muy recurrente crispación lo sabía. Pero eso no borraba las huellas de los crímenes ni llenaba los huecos que dejaban los muertos en las camas. Detrás del resentimiento vengativo de tantos contra un gobierno que querían desalojar para ocuparlo ellos había un dolor real al que no se estaba haciendo caso. Hasta entonces sólo había pedido justicia para su marido, que descubrieran a los asesinos, los juzgasen y los condenasen. Ya no le bastaba con eso.


INCIPIT 1.329. MIRA A ESA CHICA / CRISTINA ARAUJO


Agosto de 2016

Estás sentada en el banco, el bolso apretado contra las costillas con las dos manos, las pupilas desenfocadas, como si te hubiesen intentado robar. Pero no te han robado. Hace frío, lo notas sobre todo en los pies, y si estuvieras en condiciones de pensar, pensarías, por ejemplo, que cuántas horas quedan para el amanecer. Pero no piensas, y lo único que sientes es. Nada. Que te escuece el raspón en la parte blanda de la rodilla. Ha tomado un color rosa húmedo, y duele horrores cada vez que el pellejo pivota y pela un poco más de carne. No tenías ninguna herida cuando has salido de casa. Seguramente te has arañado con esa mezcla de arenilla y porquería que había en el suelo.

Al final de la calle, una farola emite un zumbido discreto de electrodoméstico. Te sorbes los mocos. Llevas como veinte minutos con la mirada perdida en una mancha de la sandalia. A ratos cambia de forma, le crecen lóbulos, o se agranda. Pero no, en realidad no se mueve, es solo una ilusión óptica, y en cuanto pestañeas reajusta de nuevo sus dimensiones originales. Esa mancha, no la recuerdas tampoco.


GAL


Un tal González, Sergio del Molino, p. 340

Antes de que Margarita Robles asumiera su cargo, Garzón hizo un último intento de figurar y se presentó en el despacho de Belloch, haciendo corazón de cada una de sus tripas. Le dio la enhorabuena sin efusiones y empezó a contarle, al estilo González, con subordinadas y sin pausas, su proyecto de reforma del ministerio. Belloch lo interrumpió en cuanto encontró un resquicio:

-Mira, Baltasar, no sigas, lo siento, no voy a contar contigo. Te dejo lo de la droga, si quieres, pero nada más. Garzón no dio un portazo, pero salió del ministerio dando zancadas, rojo, humilladísimo. En su despacho de la droga pidió línea con la Moncloa, pero no se la dieron. El presidente no se podría poner en todo el día, lo sentían mucho. A la tercera llamada, gritó al teléfono:

-Habéis valorado muy mal mi peso político. Ojalá no tengáis que arrepentiros.

Dimitió a los pocos días, aunque sólo después de que Belloch dijera en público que aceptaría encantado su renuncia.

-Este Baltasar -dijo el biministro cuando recibió la noticia de su dimisión, en medio de un almuerzo con su equipo del ministerio- no pilla una indirecta.

Al día siguiente, Garzón se reincorporó a la Audiencia Nacional. Saludó a los conserjes, a los administrativos, a los secretarios y a los ujieres. Se sentó en su despacho y llamó a un ordenanza:

-Por favor, que me traigan todo el sumario del GAL, y avisa a mi equipo para que nadie haga planes para la cena. Vamos a pasar mucho rato leyendo.


BALTASAR GARZON


Un tal González, Sergio del Molino, p. 335

Aquel 27 de septiembre de 1994, si no de fiesta, era un día de conclusión. Se cerraba el juicio por la operación Nécora que empezó en junio de 1990, la intervención más audaz y espectacular contra el poder del narcotráfico gallego. Una columna de guardias civiles viajó desde Madrid al mando del juez instructor, Baltasar Garzón. Los guardias gallegos no sabían nada porque muchos estaban comprados por los clanes. Detuvieron a los traficantes de noche, en sus casas, mientras cenaban con sus familias o disfrutaban de la velada sin la menor sospecha. Los metieron en furgones y los llevaron a Madrid.

¿Qué había pasado? Las madres se pasaban las informaciones de la sentencia, que acababa de anunciarse en el tribunal, y no se las creían. Las penas más duras eran para los donnadies, para los descargadores, camellos y gente de poca monta. Quince narcos quedaban absueltos. Absueltos. ¿Cómo era posible? A Oubiña, a Portabales y a Paz Carballo les habían impuesto penas ridículas, la mitad de las cuales ya las habían cumplido en régimen preventivo, Y el jefe de los Charlines, uno de los mayores narcotraficantes de la historia de España, acusado de meter en Europa decenas de miles de kilos de cocaína, salía absuelto. ¿ Y la montaña de pruebas contra ellos? ¿ Y los cuatro años de instrucción del caso? ¿Para qué habían servido? Pronto se supo la razón: el juez Baltasar Garzón había cometido tantos fallos que invalidó muchísimas pruebas de cargo. A los abogados de los narcos no les costó mucho trabajo impugnarlas, aduciendo errores de procedimiento. Los más desgraciados de la organización, que tenían peores abogados, cargaron con la mayoría de las condenas. En su despacho del ministerio del Interior, el biministro Juan Alberto Belloch no sabía si reír o llorar. Por una parte, le indignaba casi tanto como a las madres gallegas que unos narcos durmieran esa noche en sus casas de Vilagarcía de Aro usa o Cambados después de beberse todo el albariño de la comarca para celebrarlo. Pero, por otro lado, le encantaba que Garzón mordiese el polvo. Se le habrá derretido la gomina de la rabia, pensaba. Todo lo que fastidiase a Garzón alegraba al gobierno.


PERIODISMO


Un tal González, Sergio del Molino, p.328

Eran buenos tiempos para la prensa. Nunca se habían vendido tantos periódicos ni se había hecho tanto dinero. Tradicionalmente, el periodismo en España había sido un oficio de señoritos, porque muy pocos se hacían ricos con él, y sólo los niños de cuna meneá podían ejercerlo, sin cobrar o cobrando miserias, porque la manutención corría a cargo de la familia. Aunque Larra había cobrado más que la mayoría de las estrellas de la tele del siglo XX, su caso era muy excepcional. Hasta la transición democrática, los redactores eran profesionales esforzados y tirando a humildes, golfos que se gastaban la paga en los bares, dormían de día y  daban sablazos a la hora de cenar. A partir de la década de 1980, esto cambió. Los sueldos mejoraron bastante y las posibilidades profesionales se multiplicaron en un paisaje de nuevos medios y viejos periódicos reformados que ingresaban mucho dinero y tenían accionistas poderosos y generosos. Nunca se había trabajado con tantos recursos y tanta libertad. En la década de 1990, con la apertura de las televisiones privadas, las guerras por la audiencia de las radios y la fundación de periódicos como El Mundo, la profesión entró en una orgía. Presentadores de Televisión Española que habían ganado un sueldo decente se hicieron millonarios, a algunos columnistas los fichaban como si fueran jugadores de fútbol y los locutores de radio de la mañana iban a la emisora con chófer. La puesta de largo de la AEPI fue en Marbella, la meca del lujo y de la beautifal people, porque Antonio Herrero, locutor estrella de la Cope, tenía casas allí y pasaba parte del año entre los ricos de Europa.

Esto sucedía en Madrid. En Barcelona y en el resto de España el oficio seguía siendo paciente y artesano, pero Madrid era más que una fiesta. Un martes cualquiera, a las tantas de la madrugada, una cuadrilla de periodistas ricos desafinaba en torno al piano del Toni 2 de la calle Almirante. Entre canción y canción de Manuel Alejandro, se jactaban de las reputaciones que habían quemado en la pira de sus columnas. Tenía razón Cebrián en su artículo cuando decía: «Las columnas de los diarios se utilizan en ocasiones como puñales que asesinan famas, conciencias, carreras y vidas privadas sin otra justificación, a veces, que la propia emulación personal del periodista, sus rencores o venganzas, aunque la historia no encierre ejemplaridad social, no tenga consecuencias para la comunidad y no resulte esclarecedora de nada que no sea las propias ínfulas del informador».


INCIPIT 1.328. BABYSITTER / JC OATES


Ella se pregunta por qué

Porque él la tocó. Solo la muñeca.

Un roce con los dedos. Una mirada de soslayo.

Porque le preguntó: «¿Tú de quién eres?». Queriendo decir: «¿De quién eres esposa?».

Porque era un tiempo y un lugar en el que ser mujer -(al menos, una mujer con su aspecto)- implicaba ser esposa de algún hombre.


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