Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

LOS RUSOS

De la realidad a la literatura, Sergio Pitol, p. 15
La cultura de los rusos no se nutre directamente de las fuentes europeas -de Grecia solamente tienen la escritura-, sino del este, de Bizancio, y la religión, el cristianismo, no les llega de Roma, que para ellos es la eterna enemiga, sino también de Bizancio: son ortodoxos. La formación religiosa y el desarrollo de esta nación corren paralelos, pero desde el principio de la cristianización difieren de los ortodoxos griegos porque incorporan de una manera fundamental, muy poderosa, los elementos paganos sagrados de las tribus anteriores a la llegada de los rusos y los búlgaros: la tierra, los ríos, el bosque, la naturaleza toda, son sus dioses. La consagración de la primavera, por ejemplo, era una fiesta de una importancia extraordinaria y se celebraba con tanta devoción como la semana de la pasión, como las pascuas. Eso sigue vigente hasta ahora, sobre todo la adoración a la tierra, la Santa Madre Rusa.

Esto crea un nacionalismo exacerbado que no se parece a ningún otro, casi de hierro, que se fortalece brutalmente debido a la conquista de gran parte del territorio por los tártaros de Gengis Khan. La defensa interna de la nacionalidad, el vínculo que permite la unidad nacional  aún bajo el yugo de los tártaros, lo proporcionan la lengua y la religión. Este nacionalismo se convierte en una corriente aguda, poderosa, visceral,  que en el siglo XIX comienza al fin a ser combatida por filósofos, escritores, algunos personajes cercanos a la corte, aristócratas y propietarios que han sorbido la cultura europea, puesto que sus preceptores son por lo general europeos, y confian en un acercamiento de Rusia a occidente en algunos aspectos. La lucha entre occidentalistas y eslavistas, como se denominaban los nacionalistas, también tiene un sonoro eco en la literatura y en el pensamiento del siglo XIX.

INCIPIT 937. ANTIGUA LUZ / JOHN BANVILLE

Billy Gray era mi mejor amigo y me enamoré de su madre. Puede que amor sea una palabra demasiado fuerte, pero no conozco-ninguna más suave que pueda aplicarse. Todo esto ocurrió hace medio siglo. Yo tenía quince años y la señora Gray treinta y cinco. Estas cosas son fáciles de decir, pues las palabras no sienten vergüenza y nunca se sorprenden. Puede que la señora Gray todavía viva. Ahora tendría, ¿cuántos, ochenta y tres, ochenta y cuatro? Tampoco es muy mayor, para estos tiempos. ¿Y si emprendiera su búsqueda? Sería toda una aventura. Me gustaría volver a enamorarme, me gustaría volver a enamorarme, sólo una vez más. Podríamos seguir un tratamiento de glándulas de rocino, ella y yo, y volver a ser como hace cincuenta años, entregados a nuestros éxtasis. Me pregunto cómo le irá, suponiendo que siga en este mundo. En aquella época era tan desdichada, y debe de haber sido tan desdichada, a pesar de su valerosa e inquebrantable jovialidad, y de verdad espero que las cosas le fueran mejor.

¿Qué recuerdo de ella ahora, en estos días suaves y pálidos en que caduca el año? Imágenes del pasado remoto se agolpan en mi cabeza, y la mitad de las veces soy incapaz de distinguir si son recuerdos o invenciones. Tampoco es que haya mucha diferencia, si es que hay alguna. Hay quien afirma que, sin darnos cuenta, nos lo vamos inventando todo, adornándolo y embelleciéndolo, y me inclino a creerlo, pues Madame Memoria es una gran y sutil fingidora. Los pecios que elijo salvar del naufragio general-¿y qué es la vida, sino un naufragio gradual? aveces asumen un aspecto de inevitabilidad cuando los exhibo en sus vitrinas.

INCIPIT 936. IMPOSTURAS / JOHN BANVILLE

¿Quién habla? Es la voz de ella, en mi cabeza. Me temo que no parará hasta que yo no pare. Me habla mientras avanzo a sacudidas por estas calles empedradas, me cuenta cosas que no  quiero oír. A veces le contesto, protesto en voz alta, le exijo que me deje en paz. Ayer, en la panadería que frecuento, en la Via San Tommaso, creo que grité algo, su nombre quizás, pues de pronto todas las personas que abarrotaban el lugar me estaban mirando, tal como miran aquí, no con alarma ni desaprobación, sino con simple curiosidad. Ahora todos me conocen, el panadero, el carnicero y el tipo de la verdulería, y también sus clientes, en su mayoría amas de casa teñidas con hena, rollizas como palomos, con su perfume, sus feas joyas y sus ojos grandes, oscuros y desilusionados. Observo sus piernas extraordinariamente delgadas; envejecen de arriba abajo, pues estas piernas, un tanto arqueadas de manera insinuante, son las que debieron de tener a los veinte años, e incluso antes. Está claro que les intereso. Quizás lo que les llama la atención es que mi aspecto les recuerda la commedia dell'arte: mi mirada tuerta e iracunda, y esa cojera cómica, el bastón y el sombrero ocupando el lugar del garrote y la máscara de Arlequín. No parece importarles que esté loco. Pero tampoco estoy loco de  verdad, es sólo que soy muy, muy viejo. Tengo la impresión de que mi vida ha durado milenios. 

SENILIDAD

Imposturas, John Banville, p. 22
Me levanté del sofá y regresé al dormitorio, donde me sobresaltó descubrir que ya había hecho una maleta. Debí de hacerla a primera hora de la mañana, cuando estaba borracho. No me acordaba. Recordé haber llamado a la compañía aérea, y mi sorpresa ante el hecho de que no me respondiera una máquina, sino una voz humana totalmente despierta y jovial hasta lo irritante -no puedo adaptarme a la creciente diurnidad del mundo-, pero después de eso sólo me venía el vacío borroso y un tanto zumbante del sueño ebrio. A lo mejor no era sólo el bourbon, me dije; a lo mejor es que se me iba la cabeza. ¿Cómo podía detectarse la intrusión de la senilidad, cuando lo que ataca es la propia facultad de detectar algo? ¿Habría intervalos en los que la cosa remitiría, destellos de terrible claridad en medio del farfullar sin sentido, momentos de tembloroso reconocimiento ante el espejo, en los que contemplarías con unos ojos llenos de horror la pechera de la camisa babeada, la bragueta manchada de meado? Probablemente no; probablemente entraría en la senilidad sin darme cuenta de nada. La aparición de la extrema vejez, tal como yo la experimento, es un proceso gradual de acumulación, como cuando se posa lentamente algo suave y gris, como el polvo de una casa desatendida, bajo el cual se vuelven borrosos los perfiles antaño nítidos de mi ser. También existe un proceso opuesto, mediante el cual las cosas se vuelven rígidas e inamovibles: mis heces se convierten en lingotes de hierro caliente, mis articulaciones se secan hasta chirriar una con otra como piedra pómez, dejando mis uñas de los pies duras como un asta. Las cosas del mundo, los objetos supuestamente inanimados, se unen en una conspiración contra mí. Dejo las cosas donde no toca, las pierdo: mis gafas, el libro que estaba leyendo hace un momento, la cajita de plata para las pastillas de mamá Vander -aquí está de nuevo ese bibelot- que conservé como talismán durante más de medio siglo pero que ahora parece haber desaparecido, extraviada en una grieta del tiempo. Caen sobre mí los objetos de las estanterías superiores, los muebles se plantan en mi camino. Me corto repetidamente, con la navaja de afeitar, el cuchillo de la fruta, las tijeras; al menos una vez por semana acabo encorvado sobre el lavamanos, quitándole el envoltorio con los dientes a una tirita mientras la sangre de un dedo cortado gotea con estremecedora vulgaridad sobre la porcelana. ¿No son estos contratiempos de un orden diferente de los anteriores? 

RICHARD FORD

Sólo amigos, Richard Ford (Granta 7)
Pero claro, ¿quién puede decir que no se ha avergonzado alguna vez de su propia falsedad? No hace falta ser novelista para que ocurra. Basta con estar vivo. En algún momento posterior (me gustaría decir, por fin) unas cuantas almas perseverantes consiguen atravesar la tormenta de mis defectos personales y me encuentran más o menos aceptable. Aunque nunca sin haber tomado conciencia de cómo es en realidad la persona con quien han entablado amistad.

Aparte de eso, tiendo a ser duro con los pocos amigos que poseo. No me irrito con facilidad, pero sí tengo mal carácter y acostumbro a ofenderme, cosa que siempre lleva a primar a uno mismo a expensas de los demás. Cuando me enfado puedo ser muy pero que muy franco, algo que no complace a muchas personas (¿y quién podría culparlas?). En ocasiones tiro por la borda alguna amistad sin previo aviso y sin comunicárselo al otro, pero nunca (según mi punto  de vista) sin motivo; aunque los motivos varíen desde la perfidia manifiesta hasta la mera lasitud ante lo que parecen ser los requisitos bastante laxos de la amistad. La lista de mis ex amigos no es larga, pero me resulta alentador saber que por lo menos valoro lo suficiente el concepto de la amistad para dejar atrás a ciertos amigos. Cuando busco las razones para la falta de firmeza de mis amistades, estoy seguro de que el culpable soy yo. En mi experiencia, la naturaleza siempre vence a la educación. Y, de todos modos, es posible que no me criara con lo que podrian considerarse “modelos sólidos” de amistades duraderas. Tengo amigos de los viejos tiempos. Pero de nuevo, no demasiados. Mis padres conocían a gente a la que solían llamar “amigos”. Pero lo único que les vi hacer con esa gente era cenar juntos y beber unas copas. Y a menudo no decían cosas muy agradables de «sus amigos» ... Como si en realidad esas personas no fuesen en absoluto amigas. Y ya puestos, ni mi madre ni mi padre (sólo estábamos nosotros tres) eran demasiado amigos de sus respectivas familias, ni propias ni políticas. A mi madre no le caía bien ni la madre de mi padre ni su propia madre ni su padrastro. A mi padre (cuyo padre se había suicidado) no le caía bien el marido de su hermana. Bueno, a casi nadie le caía bien. Y así suma y sigue.

BALTHUS

Memorias, Balthus, p. 210
La luz, inalcanzable, tiránica con el pintor y siempre anhelada, porque irradia el rostro, lo vuelve sublime, cuerpo celestial. A lo largo de mi trabajo he ido en pos del misterio de la luz; en el patio de Rohan desde la ventana de mi estudio, o en la cara de Colette, por ejemplo; lo he encontrado tal como yo quería y tal como se revelaba, toda ella luz, corazón que irradia luz. Es un retrato que nos custodia todos los días a la condesa y a mí, algo que va más allá del trabajo del pintor, que se ha hecho sin saberlo, que se ha situado ahí de un modo misterioso. En 1993 la condesa volvió a comprar Colette de perfil, que yo había pintado en 1954. Colette era la hija del albañil que trabajaba para mí en Chassy. El cuadro está ya en nuestro salón, y ya no va a salir de ahí. Es uno de los pocos cuadros que la condesa ha vuelto a comprar, pero nos resulta muy tutelar. Una forma de luz interior, espiritual, luz de ángeles, diríamos, está atrapada en él e irradia como una custodia a la hora del café, del té, de la siesta, de las apacibles conversaciones entre amigos o en familia. Quizá sea la clave del trabajo del pintor: alcanzar esa luz, tan difícil de descubrir, que exige la más violenta concentración. Siempre he procurado entender algo de esa luz, retener su energía, saber cómo sustenta todas las cosas, cómo podemos mantenerla viva. Lo que tienes que pintar es el aire que lo sostiene todo, invisible y vibrante, tienes que captarlo para que el cuadro sea, sencillamente sea. El aire y su luz pesan en todas partes con su peso invisible, de perfil o de frente. Unas veces es el retrato de Derain, otras el vuelo febril, inseguro y patético de la falena en el cuadro del mismo nombre. Ellos, el aire y la luz reverberada, son los que hacen el cuadro, y en realidad son su asunto principal. ..

FLANN O 'BRIEN

Impón tu suerte, Vila-Matas, p. 123
O'Brien fue funcionario público, novelista de vanguardia conocido por un minúsculo conjunto de seguidores y columnista satírico (muy famoso en esta faceta). Quizás lo más divertido que de él se pueda leer sea Crónica de Dalkey, donde vamos de sorpresa en sorpresa y, aparte de que Joyce sigue vivo y trabaja de camarero y detesta Ulises, corremos el riesgo de acabar sintiéndonos demasiado alegres, algo que hoy día está muy mal visto. La falta de humor nos pierde. Eso mismo escribí hace 30 años, la última vez que hablé de O'Brien. Eso dije y luego ya nada añadí más, nada hasta hoy, que rompo el mutismo porque no me parece bien seguir callando después de que Nórdica haya traducido todas las obras de este escritor. La última en aparecer ha sido la desternillante La saga del  de Slattery, novela sobre las patatas y el  petróleo, en muy buena versión de Antonio Rivera Taravillo.
Las proezas de estas editoriales independientes apenas son noticia. El ruido mediático prefiere ocuparse de la muerte del libro (de la que algunas luminarias parecen haberse alegrado antes de tiempo) y del avance del libro digital (en realidad tan menguante que están haciendo el ridículo los profetas de las nuevas tecnologías), pero no presta atención a la batalla de ciertas librerías y editoriales en su lucha por evitar la incultura que se nos va cayendo encima. A ese vacío cultural nos llevan, entre otros, algunos editores manejados por directivos que extraen peregrinas teorías de lo que los lectores quieren consumir (ver el artículo de Malcolm Otero Barral en Letras libres de este febrero) y deciden, por ejemplo, que ahora toca leer thrillers lapones porque pueden parecer suecos. “A Kafka no le publicarían hoy en día”, acaba de decir el histórico editor André Schiffrin en Le Nouvel Observateur. A tanta calamidad habría que añadir que quienes propagan que se ha perdido la paciencia para la lectura pausada e inteligente son solo en realidad unos conocidos zoquetes que nunca leyeron nada.

Oí contar a Carlos Barral que una vez en México visitó una editorial que se hallaba en la punta más avanzada de un desierto y era dirigida por un analfabeto. Era difícil entonces, cuando lo contó, imaginar que aquello tan esperpéntico sería el futuro. En ese futuro se rehúye cada día más lo calificado despectivamente de literario. Y en el terreno mediático es noticia la desaparición del Papa sin morirse, o la muerte del libro, también sin defunción visible. Y en cambio no lo es que haya editoriales que trabajan como si Cervantes las viera. Otro día abordaremos La boca pobre, La vida dura y La gente corriente de Irlanda y demás libros de O'Brien que andan por ahí también sin morirse.

EL DIA DEL LIBRO

Impón tu suerte, Vila-Matas, p. 324
George Steiner, acabé diciéndoles, La barbarie de la ignorancia, traducción de Mario Muchnik. Al salir de la radio, me acordé de Arthur Koestler, para quien el cerebro humano constaba de una pequeña parte, ética y racional (todavía muy pequeña) y una enorme trastienda cerebral, bestial, animal, territorial, cargada de miedos, de irracionalidades, de instintos asesinos. Harían falta millones de años, dijo, para que la evolución moral acabara con la brutal trastienda.
El día duró lo mismo que un día en la jungla y me retiré a mi cabaña a una hora prudente lamentando, como siempre, que hubiera triunfado el best-seller superficial y demás tonterías colosales. Pero luego caí en la cuenta de que, tal como dijo una librera barcelonesa a los informativos de TVE, ese día de Sant Jordi “compra libros todo el mundo”. No era este un detalle menor. Todo el mundo. De hecho, esa apoteósica venta masiva permitía confirmar lo que venía a decirnos George Steiner en La barbarie de la ignorancia: en nuestro planeta el 99 % de los seres humanos prefieren, y están en su perfecto derecho, la televisión más idiota, el fútbol ladrado, Jackie Collins, el teatro más banal y la última desnortada película  estadounidense, el bingo antes que Esquilo y Platón. Es lo que hay. Por todas partes tenemos fost foods, McDonald's y los Kentucky Fried Chicken del espíritu humano le ganan un millón contra uno a la cultura. N o se puede pedir a la gente que se aficione a lo que para ella es una pesadez y un esfuerzo inútil. El animal humano, dice Steiner, es muy perezoso, probablemente de gustos muy primitivos, mientras que la cultura es exigente, cruel, por el trabajo que exige y, además, reclama un sudor del alma.

Cierto optimismo en la época de Diderot y las Luces hizo que se llegara a creer que la cultura nos haría avanzar y la trastienda brutal de nuestros cerebros perdería volumen, y hasta llegó a creerse en una evolución moral y en sociedades justas, donde educación y cultura tuvieran una especial eficacia. Pero no hemos ido por ahí

INCIPIT 935. DE LA REALIDAD A LA LITERATURA / SERGIO PITOL

El siglo de oro de la narrativa rusa

El XIX es el siglo clásico de la novela en Rusia, su siglo de oro. Voy a hablar, pues, de esa literatura y de su entorno, que puede servir para entender, o por lo menos intentar una aproximación, a la cultura que le da origen. No será ésta una disertación académica, quien lo espere así se sentirá defraudado. Hablaré de la literatura rusa, de cuatro grandes escritores que representan cada uno un universo: Gógol, Dostoyevski, Tolstoi y Chéjov, y lo haré como un simple lector apasionado. Una de las novelas que se citan siempre cuando se hacen encuestas sobre las diez mejores es La guerra y la paz. Hace cincuenta y cinco años leí La guerra y la paz, cuando apenas entraba a la adolescencia, y fue una lectura apasionada, una especie de vicio que duró no sé cuánto tiempo, semanas o meses, para leer los seis volúmenes de la editorial Málaga. Muchos años después fui agregado cultural en la embajada mexicana en Moscú y volví  a leerla; por supuesto fue otra lectura, más a fondo sin que pueda decir que llegué hasta el fondo de ese libro inmarcesible, un libro que es todos los libros, que recoge todos los temas, y me sorprendió entonces pensar que entre los doce y los trece años hubiera yo estado apasionado por ese mundo. No sé si me saltaba páginas o cómo las descifraba, porque es una novela espléndida, llena de historias novelescas, amorosas, de guerra, pero también una meditación sobre los destinos y los fines de la humanidad.

INCIPIT 934. ECLIPSE / JOHN BANVILLE

Al principio era una forma. O ni siquiera eso. Un peso, un peso extra; un lastre. Lo sentí el primer día,  en medio del campo. Era como si alguien se hubiera puesto a caminar en silencio a mi lado, o mejor dicho, dentro de mí, alguien que era otra persona, aunque me resultara familiar. Estaba acostumbrado a representar personajes, pero aquello ... , aquello era distinto. Me detuve, atónito, azotado por ese frío infernal que he llegado a conocer tan bien, ese frío paradisíaco. Entonces el aire pareció adensarse levemente, una momentánea oclusión de la luz, como si algo se hubiera interpuesto ante el sol, un muchacho con alas, quizás, un ángel caído. Era abril: pájaros y maleza, el destello plateado de la lluvia, el cielo inmenso, las nubes glaciales en su inmenso avance. Imaginadme allí, alguien que ve fantasmas, a mis cincuenta años, asaltado de pronto en medio del mundo. Estaba asustado, y ya podía estarlo. Imaginaba aquellos pesares; aquellas euforias.

Volví la cabeza y contemplé la casa, y vi una forma que resultó ser mi mujer, de pie junto a la ventana de lo que antaño fue el dormitorio de mi madre. Estaba inmóvil, miraba en dirección a donde yo estaba, aunque no a mí directamente. ¿Qué veía? ¿Qué estaba viendo? Por un momento me sentí poca cosa, un accidente en aquella mirada, como si me dieran, por así decir, un golpe de refilón o me lanzaran un beso despectivo. La luz del día que se reflejaba en el cristal hacía que la imagen de la ventana titilara y se moviera; ¿era ella o solo una sombra  con forma de mujer?

MATEMATICOS

Impón tu suerte, Vila-Matas, p. 385
Aquel día brutal
El pasado Día del Libro, justo al llegar a mi lugar en una carpa, me tocó ver cómo una delirante masa de gente trataba de derribar vallas, al parecer solo para tocar el cráneo de un expolítico cántabro, hoy showman del universo mediático. Suprema majadería del instante. Las vallas habían sido canalizadas de tal modo que nadie que no fuera el showman lo tenía fácil para firmar sus libros.
Cerré los ojos y vi que el superventas me preguntaba por el futuro de la literatura. Y de inmediato, me acordé de “las charlas de los matemáticos retirados”. Eran reuniones a las que asistía Ricardo Piglia en Princeton y de las que había hablado en una reciente entrevista con Patricio Pron. Los matemáticos eran tipos brillantes, decía Piglia, extraordinarios conocedores de la literatura occidental, lectores expertos en Joyce y su Finnegans Wtzke, en Robert Musil, en Michel Butor, en Samuel Beckett, en Witold Gombrowicz; tipos fascinados con Hermann Broch, con Amo Schmidt, con Jorge Luis Borges 

Para Piglia no había lectores así en el mundo: “Roberto Calasso, George Steiner y Harold Bloom son diletantes al lado de estos hombres cansados: uno aprendió japonés a los cuarenta años solo para leer a Yasunari Kawabata. Todos ellos saben que ya no se les va a ocurrir nada, pero que aún tienen toda la vida por delante y se dedican a leer. Robert Hollander, el gran especialista en Dante, daba un curso sobre La Divina Comedia en el que se leía un solo canto por semestre: eran seis o siete personas sentadas alrededor de una mesa redonda, y la mayoría eran matemáticos y físicos teóricos; terminaban de leer la Comedia después de cinco o seis años de clases y la empezaban a leer de nuevo. Así será la literatura en el futuro, al menos eso espero ...”.

PRIMO LEVI

A los que les gustaría hundir ya del todo a la literatura habría que recordarles, por ejemplo, que la obra de Beckett, con su indagación infatigable sobre la miseria humana, vino a demostrar después de Auschwitz que la literatura, más allá de cualquier delirio de poder, seguía teniendo vida y recorrido propio. No hace mucho, Antoine Compagnon se preguntaba si podía existir homenaje más alto a la literatura que el de Primo Levi, en Si esto es un hombre, contando la Divina Comedia a su compañero de Auschwitz: “Para vida animal no habéis nacido / sino para adquirir virtud y ciencia”. No sé bien por qué he ido a parar a Dante. Pero, como dice Maria Gaínza en su excepcional El nervio óptico (Anagrama), “supongo que siempre es así: uno escribe algo para contar otra cosa”.

Voy en “modo avión” volando hacia Alicante, donde me espera un coche que me llevará a Murcia. Intento alejarme del estrés de los últimos días y para matar el tiempo imagino que mi vecino de asiento quiere saber si la literatura no es algo que pertenece a otra época. Ha llegado el momento de proteger a la cultura literaria de tanto desprecio, le respondo secamente. Y sé que, a partir de ahora, planeando en silencio otras posibles respuestas al vecino, voy a estar entretenido el resto del vuelo. No hay como ponerse uno mismo en “modo avión” dentro de un avión. La literatura, pienso, sirve para matar el tiempo y en esto no puede haber nada malo. Pero es que, además, permite expresar el “malestar de la cultura” a la vez que nos dota de una visión que trasciende las limitaciones de la vida cotidiana. La literatura sirve para exponer la corrupción del lenguaje que propicia el poder. Y, por si fuera poco, nos hace sensibles al hecho de que los otros son muy diversos. La literatura es veneno para los xenófobos. Y hay muchas más cosas que solo ella puede darnos, y que Italo Calvino enumeró con especial acierto. En realidad - miro ahora al vecino- solo la lectura atenta y constante proporciona y desarrolla plenamente una personalidad autónoma.

LUIS BUÑUEL

Impón tu criterio, E. Vila-Matas, p. 440
En Mi último suspiro no hay lugar para el tedio porque un finísimo hilo lo está quebrando siempre. Habla Buñuel, por ejemplo, del pedantismo de las jergas literarias, fenómeno típicamente parisiense que causa estragos, cuando se acuerda del joven intelectual mexicano que conoció en una escuela de cine de D F y de quien, al preguntarle qué enseñaba, recibió esta respuesta:
-La semiología de la imagen clónica.
Lo hubiera matado, dice Buñuel.
Y a continuación -tirando del hilo del crimen- da otro salto en la conversación y añade a bote pronto lo siguiente: detesta a muerte a Steinbeck. Le habría matado, dice, a causa de un artículo en el que contaba -seriamente- que había visto a un niño francés pasar ante el Palacio del Elíseo con una barra de pan en la mano y presentar armas con ella a los centinelas: “Steinbeck encontraba este gesto "conmovedor", pero  ¿cómo se puede tener tan poca vergüenza? Steinbeck no sería nada sin los cañones americanos. Y meto en el mismo saco a Dos Passos y Hemingway. ¿Quién les leería si hubiesen nacido en Paraguay o en Turquía? Es el poderío de un país lo que decide sobre los grandes escritores ...”.
Ahí está ya el Buñuel de la segunda parte del retrato de Marsé, el hombre absoluta y admirablemente libre. El mismo que huye con dolor de barriga de una salita de cine. Un perfecto anarquista baturro. El mismo hombre libre que nos narra en Mi último suspiro su última aventura en Hollywood: habiendo sido nominado para los Óscar, le visitaron cuatro periodistas mexicanos amigos y le preguntaron si creía que ganaría. Estoy convencido, les dijo, ya he pagado los veinticinco mil dólares que me han pedido, y los norteamericanos tienen sus defectos, pero son hombres de palabra.
Cuatro días después, los periódicos mexicanos anunciaban que había comprado el Óscar por veinticinco mil dólares. Escándalo en Los Ángeles. El productor Silberman no podía estar más molesto con Buñuel. Pero tres semanas después la película obtenía el Óscar, lo que le permitió insistir en su idea:

-Los americanos tienen sus defectos, pero son hombres de palabra.

A LOS CRITICOS

Impón tu suerte, E Vila-Matas, p. 286
Articulistas que han conocido injustos linchamientos en la red; la forma innoble de acosarlos me ha remitido siempre a Robert Musil, Sobre la estupidez: “De modo especial, una cierta clase media-baja del espíritu y del alma pierde totalmente el pudor ante su necesidad de presumir tan pronto como ve que le está permitido -bajo la protección del partido, la nación, la secta o la corriente artística- decir nosotros en lugar de yo».
¿Y qué decir del infinito número de presumidas injerencias en lo que se escribe? ¿Se imaginan a su escritor favorito -pongamos Montaigne- interrumpido y corregido por las opiniones de sus vecinos más rústicos? ¿Qué habría sido de sus Ensayos?
Antes los articulistas aún podían concentrarse en su trabajo, pero hoy van camino de convertirse en esclavos de una concepción distorsionada de la participación, pues tienen acceso a reacciones inmediatas de lo que han escrito: en general, comentarios que muerden y excitan el espíritu de confrontación.
De esto hablaba Sergi Pamies -flamante y merecidísimo Premio Vázquez Montalbán- en un ya antiguo artículo en el que decía que ese espíritu de confrontación provoca que a veces el opinador dedique más tiempo a leer, responder, contradecir, matizar y debatir que al trabajo, lo que le aleja de lo más importante: meditar sobre el próximo artículo y, sin saber nunca cómo será interpretado, mantener el placer de trabajar para una mayoría de lectores que, con buen criterio, no sienten la necesidad de comunicarse con el autor.

Estas palabras de Pamies fueron glosadas en su momento por el veterano y gran articulista Josep María Espinas, quien, tras explicar que no tenía ordenador y por tanto no estaba felizmente al corriente de las injerencias de los pesados, concluía impasible, con envidiable flema británico-catalana: “Solo aspiro a seguir trabajando tranquilo. Por lo demás, siempre ha habido lectores que te aprueban y otros que te suspenden”.

SAUL BELLOW


Impón tu suerte, Vila-Matas, p. 246
Ayer, por cierto, releí la odisea tan singular que narra Bellow en “Algo por lo que recordarme”, relato perfecto, incluido en la gran antología de sus cuentos. El argumento es algo complejo pero, a grandes rasgos, trata de un narrador, ya viejo, que recuerda un solo día de su adolescencia, en el Chicago de la Depresión. En el día que recuerda y que sabe que no olvidará nunca, una mujer le atrajo hasta su dormitorio, y una vez allí huyó dejándole desnudo, pues para robarle tiró toda su ropa (incluso el libro religioso que él estaba leyendo tan religiosamente) por la ventana. Le tocó entonces volver a su casa, a una hora de distancia, atravesando el helado Chicago. Su odisea, cuando hubo conseguido que le prestaran unos harapos para el regreso, incluyó la idea de volver a comprar el libro -sagrado para él- que le habían robado. Pero, eso sí, para volver a comprarlo tenía que robar a su madre, que escondía su dinero en otro libro sagrado. Según el crítico Robín Seymour, esta historia que no pierde de vista el carácter sagrado de las escrituras que meditan sobre el mundo sitúa en primer plano preguntas que deberíamos hacernos más a menudo; preguntas tan profanas como religiosas, preguntas a nuestra conciencia. ¿Cuáles son los días de nuestra vida que no olvidamos y por qué los recordamos siempre? ¿Cuáles fueron nuestros días de conmoción y reflexión? ¿Cuántas veces recordamos que la actividad de la lectura puede tener un carácter profano o religioso, pero en cualquier caso sagrado?

BORGES

Impón tu suerte, Vila-Matas, p. 148
Tal vez Borges sea el prototipo máximo del narrador que aspira a acceder un día al “fascinante conjunto”. Al contrario de los escritores “muy serios” de su época (Mann, por ejemplo), Borges incluía más que excluía, y así, al tiempo que nos sugería asomarnos al difícil Schopenhauer o recuperaba a Schwob, nos invitaba a de todos modos no desdeñar las vulgares enciclopedias ... El tribunal del tiempo no solo ha premiado su acogedora actitud hacia las escrituras ajenas, sino que ha sancionado la sordidez de Valéry y demás ingenieros finos de la racanería.

Es más, si en su momento Valéry pudo parecer un contemporáneo y Borges un anacrónico, en la actualidad Valéry tiene un aire prehistórico y a Borges en cambio le percibimos como habitante del futuro: no en vano su obra aconseja el viaje al universo (que otros llaman la biblioteca), las conexiones magnánimas con la inteligencia ajena, la consulta de otros mundos narrativos y otros ámbitos, el diálogo con ellos. Es probable que este sea el mejor método para aspirar al “fascinante conjunto”. Para aspirar a que, en una sorprendente tarde de los días del porvenir, culminando tantos esfuerzos de siglos, un escritor concluya la gran aventura universal de la generosidad lectora y pase de repente a contárnoslo todo -han oído bien: todo-, desde el comienzo hasta el final, incluido el verdadero destino de Borges y el nuestro.

INCIPIT 933. UN ANDAR SOLITARIO ENTRE LA GENTE / MUÑOZ MOLINA

Escucha los Sonidos de la Vida. Soy todo oídos. Escucho con mis ojos. Escucho lo que veo en los anuncios y en los titulares de los periódicos y en los carteles y letreros de la ciudad. Voy viajando a través de una ciudad de palabras y voces. Las voces hacen vibrar el aire y llegan por mi oído interno al cerebro convertidas en impulsos nerviosos. Las palabras las oigo al pasar o cuando alguien se queda un rato a mi lado hablando por un teléfono móvil o las leo en cualquier lugar o en cualquier superficie hacia la que mire, cada pantalla. Las palabras escritas me llegan como sonidos de voces, notas que leo en una partitura, a veces queriendo distinguir varias palabras simultáneas, deducir las que no oigo porque se han alejado muy rápido de mí o porque las borra un ruido más fuerte. Las diferencias en las tipografías forman una incesante polifonía visual. Soy una grabadora en marcha, oculta en el teléfono futurista de un espía de los años sesenta, en el iPhone que llevo en el bolsillo. Soy la cámara que quería ser Christopher Isherwood en Berlín. Soy una mirada que no quiere distraerse ni para un parpadeo. El bosque tiene oídos, dice al pie de un dibujo del Bosco. Los campos tienen ojos. En el interior del tronco hueco de un árbol fosforecen en la oscuridad los ojos amarillos de una lechuza. Un árbol corpulento tiene dos orejas grandes como de elefante que casi rozan el suelo. Una escultura de Carmen Calvo es un gran portalón viejo de madera tachonado de ojos de cristal. Las puertas tienen ojos. Las paredes oyen. Los enchufes oyen, dice Gómez de la Serna.

La Perfección Puede Estar Más Cerca de lo que Crees.

INCIPIT 932. IMPON TU SUERTE / VILA-MATAS

I. La escritura
El futuro
He venido a hablarles del futuro. Supongo que del futuro de la novela, aunque quizás solo del futuro de este discurso. Voy a contarles cómo durante años imaginé que se presentaba el futuro. Sitúense en 1948, el año en que nací, en la tarde de agosto en la que un disco extraño y casi silencioso comenzó a sonar en las emisoras de música de Maryland, y pronto se fue extendiendo por la Costa Este, dejando una estela de perplejidad en sus casuales oyentes. ¿Qué era aquello? No se había oído nunca nada igual y, por tanto, aún no tenía nombre, pero era –ahora lo sabemos- la primera canción de rock and rol! de la historia. Quienes la oían, entraban de golpe en el futuro. La música de aquel disco parecía provenir del éter y flotar literalmente sobre las ondas del aire de Maryland. Aquello, señoras y señores, era el rock and rol llegando con la reposada lentitud de lo verdaderamente imprevisto. 

CRONICAS MARCIANAS


Tiempo de tormentas, Boris Izaguirre, p. 448
Y fue la última. No lo sabíamos, pero el cambio de Gobierno, el paso imprevisto del gobierno conservador a uno socialista nos convirtió en especiales reliquias. Habíamos sido la cabeza de lo contestatario y aireado contra el Gobierno de Aznar, pero también las cabezas, el ejemplo de lo que fue su España. Ese extraño equilibrio que manejábamos entre el humor, el descaro, el glamour, la noche y la afrenta al conservadurismo terminó por hacernos los rostros y quizás las voces de una España que de un día para otro se hacía pasado. Fuimos contrarios a Aznar y lo vencimos, pero él nos agarró de la mano y nos arrastró consigo. Quedarnos, sin poder hacer nada, adheridos a su tiempo. Probablemente, aspiraríamos a ser recordados con más cariño, incluso nostalgia, que el ex presidente, pero en su caída también caímos nosotros.
¿Fue duro? No, fue paulatino. La primera señal fue la muerte en julio de 2004 de una de nuestras mayores fuentes de contenido, la madre e hija de toreros cuya vida fue una sucesión de esplendores, caídas y levantadas que terminaron por traerla al programa a raíz de un video explotado por muchas televisaras donde se la veía entrando y saliendo del baño de un  chiringuito, emergiendo de su interior cada vez más divertida y alborotada. En mi análisis de la imagen insistí en mi teoría de que estábamos viviendo una fiesta, pero no como individuos sino como nación, que parecía no tener fin y que en su larga trayectoria nos hacía volver a nuestros ancestros, unos iberos que celebraban el sol, la fiesta y la siesta corno una relación amorosa entre la vida y la muerte. A ella le gustó mi comentario y aceptó la invitación. Estaba saliendo de maquillaje cuando la vi llegar, caminando con dificultad y recomponiendo su personaje para que fuera el que estaba acostumbrado a ver en las imágenes. Miraba directo a los ojos, se enorgullecía de sí misma, pero no había nada falso ni posado. Había nacido así, dinástica, bella, aireada, no entendería Citizen Kane de la misma manera que yo, pero su autor era para ella «Tío Orson». Los dos sentirnos que nos comunicábamos bien y la acompañé hasta su camerino, donde de inmediato la bloquearon de mi vista sus acompañantes, hombres con aspectos disonantes a la sensación de diosa que ofrecía, vestida de blanco y todo el pelo moreno cubriéndole los hombros.

JULES RENARD

Impón tu suerte, Vila-Matas, p. 100
La inteligencia de Renard

Escribir es una forma de hablar sin que te interrumpan pero es, además, una actividad más complicada incluso de lo que parece porque, como decía Jules Renard, uno tiene que estar todo el rato demostrando su talento a gente que carece de él. La verdad es que, para las citas literarias, Renard siempre ha sido una verdadera mina. Véase esta elegida al azar: “El hombre verdaderamente libre es el que sabe rechazar una invitación a cenar sin dar excusas”. Cuando Dorothy Parker dijo aquello de que cada vez que se le ocurría una frase magnífica sospechaba que Oscar Wilde ya la habría escrito, cometió la ligereza de olvidarse de Jules Renard. “Aunque no habla, se sabe que piensa tonterías”. Esta cita de Renard nos puede servir siempre para desenmascarar a toda esa multitud de ágrafos y otros mudos interesantes que corren por el mundo. “Los editores son muy amables cuando uno no publica en su editorial”. Los estallidos de lucidez que Renard desperdigó a lo largo de su Diario -donde exhibe maestría en el apunte rápido, siempre buscando “la frase que vibra, corta como un alambre demasiado tenso”- fueron a parar grotescamente, a mediados del siglo pasado, a los almanaques y los calendarios de cocina de media Europa. Era un destino más bien lamentable para la prosa de este admirable artista, escritor sobrado de talento (“Cuando me dicen que tengo talento, no hace falta que lo repitan: lo entiendo a la primera” que no esquivaba la mirada crítica sobre sí mismo. Podía ser despiadado con los demás porque él lo era consigo mismo. 

11S

Tiempo de tormentas, Boriss Izaguirre, p. 443
El 11 de marzo del 2004 me levanté con el sabor de un gin-tonic de más y toda mi ropa dispersa entre el salón de mi cuarta casa alquilada en Barcelona y mi nueva cama. Conseguí recoger lo mío y otras prendas que no me pertenecían. Habría sido más de un combinado también. Pese a la lentitud de mis movimientos logré ducharme y estar más o menos adecentado para mis compromisos de la mañana, entre ellos la exhibición de La mala educación de Almodóvar antes de su estreno esa noche en Madrid. Encendí la televisión para ver la última parte del programa de la mañana y allí estaban las crueles imágenes de la explosión en Atocha unas horas antes. El tren entraba en la estación cuando estalló a causa de unas bombas escondidas en mochilas abandonadas. Provenía de una de las zonas con mayor población trabajadora de la ciudad. Muy al contrario que yo, madrugaban y esa mañana lo hicieron para morir masacrados. Se barajaba que fuera otro atentado de ETA. Gabriel no contestaba a su móvil. Mi hermano llamó consternado, advirtiéndome que entre los muertos había mucha gente latinoamericana. Y me hizo la pregunta: «¿De verdad, no crees que sea A! Qaeda?,. Me sorprendió. En ese momento nadie lo planteaba. Intenté entrar en mi gimnasio, corno todas las mañanas, pero la gente estaba delante de las pantallas del televisor siguiendo la noticia y observando esas imágenes tan crueles, una espantosa destrucción, corno si una  guerra se hubiera desatado en un minuto y destruido la idea de paz para siempre. Volví a llamar a Gabriel y seguía el buzón de voz. Volví a marcar y volví a marcar, siempre el buzón de voz.
Fue lo primero que le· dije a Javier al encontrármelo, serio, nervioso.

-De momento, no habrá Crónicas Marcianas  esta noche.

NO A LA GUERRA

Tiempo de tormentas, Boris Izaguirre, p. 441
La reacción del Gobierno ante el empuje de nuestro No A La Guerra fue intensa. La palabra «telebasura" empezó a asociarse, casi en exclusiva, a nosotros. Uno de los suplementos dominicales publicó una portada donde Javier y yo salíamos dentro de unos bidones de basura maloliente. El lunes Javier llamó a la dirección de ese suplemento para recordarles que parte de la propiedad de la publicación era del mismo grupo en que también participaba la cadena donde se emitía ese programa que llamaban «telebasura". En la noche les explicó esta circunstancia a los espectadores del programa y les preguntó si ellos nos consideraban basura y si ellos mismos se considerarían espectadores de telebasura. Entre gritos de No A La Guerra afirmaron que nos querían. Y defendían. Javier aprovechó para enumerar las páginas de anuncios calificados dedicados al comercio sexual del periódico que editaba el suplemento.

Fuimos a la guerra y al tercer día de combate mataron a uno de los periodistas de la cadena. El debate fue intenso. Mucho de lo que no salía en la prensa ni se escuchaba en la radio crecía y se vociferaba en Crónicas Marcianas. Nuestros ratings subían a niveles inauditos, 58 % de audiencia en nuestra franja horaria, que, siendo muy nocturna, más allá de la medianoche, indicaba que mucha gente se quedaba despierta para ver no solo lo que hacíamos, sino cómo íbamos a seguir sosteniendo el pulso contra el poder, contra el establishment nacional, contra el propio presidente del Gobierno. El mismo presidente habló de la telebasura en el Parlamento y en el programa invitarnos a dos vedettes autoras del hit musical del verano que, tras su alocada actuación, le pidieron al presidente, con vocecitas felinas, que no las llamara telebasura, que ellas habían votado por él y no olían mal y que viniera él mismo a comprobarlo. Al día siguiente la gerencia de la cadena llamó a Javier. Yo sobraba aliado de las chicas, vestido corno ellas, manifestaron subiendo el tono de voz, corno si mi presencia fuera la gota que colmaba el vaso. Esa noche las volvimos a invitar. Volvieron a reclamarle al presidente que no olían mal y reiteraron la invitación para conocerlas. Y yo terminé  desnudándome junto a ellas en una nueva actuación musical.

JACKIE


Tiempo de tormentas, Boris Izaguirre, p. 327
Empezaron a desfilar por mi cabeza tantas imágenes de Jackie que había estado revisando y escogiendo para el segmento en el programa de la Guerrero. Su llegada a Sevilla, donde la recibió la duquesa de Alba, el viento sacudiendo el pelo de la duquesa mientras que el de Jackie se quedaba inmóvil, en su sitio, tieso. Su aparición, espectacular con mantilla negra en el baile de debutantes al que había sido invitada en la casa de los Medinaceli y con Grace Kelly ligeramente inferiorizada a su lado. Vestida de corto, de nuevo junto a la duquesa, en la Feria de Abril. Al ver esas imágenes en la transmisión del programa, con la Guerrero emitiendo mis palabras, sentí un orgullo no personal sino patrio. Esa presencia de Jackie en España le descubría al país que había tenido un contacto, un momento de importancia en esa historia. Pese a que sucediera en los años de la dictadura, poseía el brillo de algo que traduce una cima, una conquista. La constatación de que el orgullo patrio también pasa por el chic, el glamour. Y sentía que había descubierto ese trozo de historia a muchos españoles gracias a la televisión, a la Guerrero, pero también gracias a que yo lo sabía y conocía cómo rescatarlo.

Chacon entró en el despacho a comprobar que habían pasado los veinte minutos permitidos y me encontró contemplándome en su espejo. No me detuve, seguí pensando, viendo cómo Jackie aliado de la duquesa se llevaba una mano al cuello mientras hablaba con un caballero y sonreía algún comentario de Grace, pese a que no se llevaban para nada bien. Entonces, Jackie apareció en mi rostro. No me asusté, simplemente sentí que una de esas imágenes que navegaban en mi cabeza había hecho die y yo al fin era ella. Pero no quería serlo fisicamente sino algo más. Casi lo pedí sin mover mis labios: que de todo lo que Jackie podía darme fueran su inteligencia y su inflexible voluntad, lo que entrara en mí a través del espejo en forma de corazón negro.

INCIPIT 931. LAURA / PIO BAROJA

LA CASA DE MONROY
La señora Monroy, doña Paz Avendaño, andaba aquella mañana de domingo por el comedor de su casa, más inquieta y bulliciosa que de ordinario. Murmuraba, hablaba sola y cambiaba los muebles de un sitio a otro con el exclusivo objeto de hacer el mayor ruido posible.
Su hija Laura estudiaba en un cuarto próximo. Se había dado cuenta de que algo le pasaba a su madre, quien cuando le entraba la inquietud no dejaba parar ni a su sombra.
Doña Paz hizo varias tentativas para ir a hablar a su hija y al fin se decidió y entró en el cuarto.
-¿Qué pasa? -preguntó Laura, que tenia dos o tres libros encima de la mesa, uno de ellos de cirugía con láminas en color.
-Ayer no creo que te dije que nos han mandado un del Banco Hipotecario. Parece que ya tenemos allí recíBos sin pagar.
-¿Tres recibos?
-Sí.
-¿Y se lo has dicho a Luis?
-Sí.
-¿Y qué ha contestado?

-Ha contestado que eso no tiene mayor importancia.

BARCELONA

La familia de mi padre, Lolita Bosch, p. 241
Vuelvo de Madrid y entro de nuevo en Barcelona una semana antes de viajar, casi por primera vez, al pueblo de Mercadal. Antes del último impulso, en una inercia que todavía mantengo y que ahora utilizo para decir esto:
Nfumu Ngui murió en 2003, a la edad exacta de cuarenta años. Había nacido en la selva de Nko en Malabo, Guinea Ecuatorial, en 1963. Y lo capturaron unos cazadores fang que se lo vendieron a Jordi Sabater i Pi, conservador del Centro de Experimentación Zoológica de Ikunde del zoológico de Barcelona, Por unas quince mil pesetas. 19 Aquí recibió el nombre de Floquet de Neu, de Copito de Nieve. Y fue para siempre el único gorila albino del mundo.
Nunca hemos visto otro.
Y yo he imaginado con frecuencia la conmoción que supuso la ciudad la llegada de Floquet. Antes, cuando había fascinación por los animales y los sucesos eran grandes eventos. Cuando en la ciudad se cortaban las grandes avenidas para dar paso a los submarinos y cuando, como ha hecho recientemente mi amigo Víctor para contar cuánto pesan los libros utilizando el peso del cuerpo de las ballenas, las medidas de las cosas eran fácilmente comprensibles. En aquel mundo pequeño e igual en el que crecimos todos. Mi padre tenía, entonces, veinte años. Ya había salido del internado en la Seu d'Urgell, había estudiado en varias escuelas de.- Barcelona sin mucho interés, había comenzado arquitectura y había hecho el servicio militar obligatorio. Ya conocía a mi madre, con quien se casó en la catedral de Barcelona el 14 de junio de 1967, y vivía todavía en casa de sus padres, con mi abuela, con la tata.
Franco seguía vivo y sin embargo:

En 1968 militares mexicanos acorralaron y mataron a cientos de estudiantes en la plaza de las Tres Culturas de la Ciudad de México. Era asesinado Martin Luther King en Memphis. Llegó la  primavera a Praga, el socialismo radical emitió un suspiro efímero de alivio y ardió París en una revolución universitaria sin precedentes. Y este mundo en el que creció mi padre, y que para mí ya tiene un sentido que no es tan sólo histórico, cambió definitivamente 

INCIPIT 930. TIEMPO DE TORMENTAS / BORIS IZAGUIRRE

MALABARES
El salón de ensayos de la Academia y Ballet Nena Coronil quedaba en la planta baja de una inmensa casa colonial en lo alto de La Florida, la que había sido una de las mejores  urbanizaciones de Caracas. La casa en sí parecía una réplica tropical del Partenón, con frisos calcados a los que se conservan en el Museo Británico solo que más coloridos, por lo tropical. Esos colores, aun brillantes, tenían pequeñas marcas del paso del tiempo. No es común que un edificio sobreviva en esta ciudad, pero este había conseguido atravesar décadas favorecido por alguna ley patrimonial. Allí sería el funeral por Belén Lobo. Mi mamá. Las dos maneras que a lo largo de cincuenta años tuve para llamarla. Las dos mujeres que había sido para mí.

Fran, siempre Fran, me acompañaba en la subida por el empinado jardín. Parecíamos los Pet Shop Boys en el funeral de alguna princesa europea. A un lado se arremolinaban los periodistas, gritando mi nombre como si estuviera en una alfombra roja. Fran quiso decirles algo y le sujeté fuerte. Me daba igual que para ellos esto no fuera un funeral. «Boris, Boris, tú como paladín del saber estar, ¿cómo se entierra a una madre?». Era insólito. «Es e.l favorito del programa, ¿piensa abandonar?». Miré, como tantas otras veces, al otro lado. Y allí me sorprendieron las fragancias de los limoneros de ese jardín y los pequeños bulbos de malabares abriéndose camino debajo de los ventanales de la mansión. Los olores de mi infancia, cuando llegaba aquí junto a mi padre a buscar a Belén después del colegio.

EL EXILIO

La familia de mi padre, Lolita Bosch, p. 232
Huyendo con mi padre de aquel mundo oscurantista y prejuicioso en el que él creció. Yo sólo nací. Y ahora, juntos, nos alejábamos corriendo del millón y medio de muertos de la guerra civil que todavía se discuten. De los cincuenta mil asesinados en los dias inmediatamente posteriores al golpe de Estado franquista. De las vejaciones contra las mujeres republicanas, la ley marcial, la prohibición de reunión, de expresión, de oponernos. Huyendo de la brutalidad policial, la tortura, la reclusión, la censura, los niños perdidos del franquismo, los archivos requisados de cartas personales y recuerdos, las bibliotecas secuestradas que todavía hoy no han podido recuperar sus legítimos propietarios, los miles de presos y perseguidos a los que nadie les ha pedido disculpas, las fosas comunes olvidadas. La guerra y todos sus muertos. Lejos del  mundo opresivo que se instauró luego y que yo recuerdo, sobre todo, porque me lo contó mi padre. Lejos del primer medio millón de personas exiliadas en Francia, en Argentina, en México, lejos de la generosidad chilena, venezolana, rusa, de Francesc Trabal, de Pere Calders y su L'ombra de l'atzavara, de Leon Felipe, de la Pasionaria. De aquel país en el que creció mi  padre y del que se habían ido Luis Cernuda, Max Aub, Luis Buñuel, Pablo Picasso, María Zambrano, Tísner, Adolfo Sánchez  y Vázquez y Ramón J. Sender, que dijo: “España se  va de España” Un lugar letárgico en el que tuvieron que quedarse muchos, callados y retorcidos en un exilio interior similar a un caracol. Se quedó María Moliner e hizo su  diccionario imprescindible. Se quedó Vicente Aleixandre que a pesar de todo recibió el premio de poesía Francisco Franco en l949.Y se quedó también Miguel Hernández, porque cuando trató de irse fue detenido camino de Portugal y entregado por la policía de Salazar a las autoridades franquistas. Acababa de imprimir en Valencia El hombre acecha y, antes de su edición, una comisión franquista presidida por el filólogo Joaquín de Entrambasaguas ordenó la destrucción de todas las impresiones.

Se salvaron dos ejemplares y permitieron la reedición del libro en 1981.

11S

La famila de mi padre, Lolita Bosch, p. 223
Mi padre no vio esto: el martes 11 de septiembre de 2001 dos aviones comerciales, con ochenta y siete personas a bordo, entre pasajeros y miembros de la tripulación, se estrellaron, con diecisiete minutos de diferencia y menos de una hora después de haber despegado, contra las Torres Gemelas de Nueva York. Los vuelos habían salido después de las ocho de la mañana de Boston Legan y se dírigían al aeropuerto internacional de Los Ángeles cuando cada uno de ellos fue secuestrado por cinco terroristas de Al Qaeda que los impactaron contra las Torres Gemelas, contra Manhattan. Así:
Con 17 minutos de diferencia. Provocando la caída, la desaparición, el estrépito y el miedo. Cambiando el mundo. Cuando cayó:
La altura de 8 campos de fútbol gigantes, uno aliado del otro.
El peso de 166 submarinos nucleares.
El hormigón de un túnel entre 10 paradas de metro.
Las ventanas de 43.600 cuartos.
Los 239 ascensores con espacio para 55 personas cada uno.
71 escaleras automáticas con un número infinito de peldaños.
93.000 m2 de oficinas para 50.000 trabajadores:
2 veces la población de Sitges, 20 la de Mercada!.
885 habitaciones y 1.000 huéspedes del Hotel Marriott: el primero del sur de Manhattan.
47 pisos del WT7.
Dos edificios más del WTC: de 7 a 9 plantas cada uno.
Y también, de afuera, la iglesia ortodoxa griega de San Nicolás.
Casi 3.000 muertos.
6 veces mi pueblo de Albons.
3.000 muertos en el tiempo en que tardaron las Torres Gemelas en evaporarse: dos horas.
Dos horas y el estrépito final, definitivo, desesperado. Angustiante. Un eco que perdura y que ha modificado nuestra manera de mirarlo todo. Un momento detenido que nos ha hecho a todos más temerosos. A veces, infinitamente más irracionales. Como nos pareció irracional, entonces, pensar que éramos capaces de entender la desesperación de algunas de las personas que se habían quedado encerradas en el edificio y saltaron por las ventanas al vacío. Sin posibilidad de salvación. Mientras todos nosotros los veíamos y veíamos también el rostro lleno de polvo de una mujer negra tratando de abandonar el corazón sangrante de Manhattan.
Sus esencias. Sus muertes.

Aquella mañana yo estaba en la Casa del Escritor Refugiado de la Ciudad de México

EL TRANVIA DE GAUDI

La familia de mi padre, Lolita Bosch, p. 160
Años después leí la historia de otro conductor de tranvías: el hermano del abuelo de Enrique Vila-Matas, que el novelista asegura que fue quien atropelló a Antoni Gaudí.Y a mí los tranvías siempre me habían hecho pensar cómo debía ser crecer en Barcelona con un pasado familiar como el de los Vila-Matas. Aunque recientemente pude preguntarle a Enrique si aquella anécdota era cierta y me dijo que no. Pero no la desmientas en tu libro, me pidió. Es mejor que sea verdad, me dijo.

El 7 de junio de 1926, por la tarde, Antoni Gaudí fue atropellado por un tranvía de la línea 30, en el cruce de las calles Gran Via con Bailén. Inmediatamente lo llevaron a un an1bulatorio y de allá al hospital de la Santa Creu. Nadie lo reconoció. Gaudí solía salir por las tardes de la Sagrada Familia. Se dírigía al Oratorio de Sant Felip Neri para escuchar misa de tarde. Una vez finalizado el acto litúrgico volvía al Templo. Al no regresar a la hora acostumbrada, el padre Parés, cura de la Sagrada Familia, empezó a buscarlo, sufriendo por si le había pasado algo, como efectivamente pasó. Una vez localizado le consultaron si quería ser trasladado a una clínica. “Mi lugar está aquí, entre los pobres”, dijo. Pronto acudieron sus verdaderos amigos, entre ellos el cura del Templo, el padre Parés. También se avisó a su director espiritual, el padre Agustí Mas i Folch. En el hospital le adecuaron una pequeña habitación presidida por un cuadro de san José. Allá, al lado del Santo Patrón, viviría el principio de la eternidad. Pudo recibir el viático. Después de la comunión, en un estado de semiinconsciencia, repetía constantemente: “Jesús, Dios mío”. Entregó su alma a Dios el 10 de junio de 1926, a las cinco de la tarde. Fue enterrado en la cripta de la Sagrada Familia. Si el mundo lo había dejado de lado en los últimos años de su vida, el pueblo lo quería y lo demostró. Su funeral congregó a unos 10.000 barceloneses.

LA TATA

La familia de mi padre, Lolita Bosch, p. 158
: la tata trabajó para mis abuelos unos cincuenta años. Que es mucho. Coleccionaba muñecas y las ponía todas en un estante de su habitación: una recámara amplia de ventanas interiores que no daban a ningún sitio, dos camas con colchas rosas, un armario empotrado para ella y otro en el que se amontonaban cosas viejas de la familia de mi padre. Un lugar oscuro y con olor a limpio que estaba entre la cocina y una de las habitaciones de mis tíos: la azul. Cerca de la habitación de los juguetes y de la despensa. Delante del cuarto de planchar donde la tata se pasaba las tardes de los jueves que no tenía fiesta escuchando la radio. No sé si sucedía exactamente así, pero yo recuerdo una rutina laboral estricta: trabajaba cada día excepto dos jueves al mes en los que, tras recoger la mesa del almuerzo, salía a pasear con su hermano que la esperaba sentado en la cocina con la mirada baja y la gorra marrón arrugada entre las manos. También hacía fiesta cuatro días en Navidad, seis en Semana Santa y ocho en verano. Ataviada con un uniforme de color negro y un delantal blanco con puntas bordadas a mano, almidonada, los otros días del año limpiaba cristales, planchaba, hacía la comida, maceraba agua de lavanda, recogía la ropa sucia de las habitaciones, sacaba brillo a la plata, alimentaba a los perros y a una tortuga llamada Paca que vivía en la terraza, cosía la ropa, contestaba el teléfono, salia a comprar algunas cosas, daba paso a los huéspedes, colgaba sus abrigos y guardaba los paraguas, recibía los encargos por la puerta de servicio, pagaba a un señor que venía a cobrar cada principio de mes y a quien la familia de mi padre llamaba el pobre. “Señora: está aquí el pobre”, decía la tata desde la puerta de servicio, y los nietos íbamos a saludar. Se sentaba en la mesa blanca de la cocina blanca a hacer la lista de la compra y luego llamaba al chico del colmado de la esquina del pasaje Mercader, servía el almuerzo y la cena con el tiempo marcado por un timbre que se ocultaba bajo la robusta mesa de madera del comedor y que mi abuela hacía sonar discretamente en la cocina, se llevaba los platos sucios, retiraba las migas con un cepillito de argento con cedra color marfil y pasaba con cautela un plumero por los cuadros de toda la casa. 

INCIPIT 929. MEMORIAS / BALTHUS


Hay que aprender a atisbar la luz. Sus inflexiones. Sus fugas y sus filtraciones. Por la mañana, después del desayuno, después de leer el correo, informarse sobre el estado de la luz. Saber si es posible pintar hoy, si el avance en el misterio del cuadro será profundo. Si la luz del estudio será buena para penetrar en él.
En Rossiniere todo está igual que antes. Es como un pueblo de verdad. Pasé toda mi infancia enfrente de los Alpes. Delante de la masa oscura y fúnebre de los abetos de Beatenberg, en la blancura inmaculada de la nieve. En realidad, vinimos aquí por mi añoranza de la montaña. Rossiniere me ayuda a seguir adelante. A pintar.
Porque de eso se trata, de pintar. Casi podría decir, sin temor a exagerar, que solo de eso.
Aquí es como si se hubiera instalado la paz. La fuerza de las cumbres, el peso de las nieves alrededor, su pesadez blanca, la sencillez de las cabañas en medio de los prados, el tintineo de las esquilas, la regularidad del pequeño tren que serpentea por la montaña, todo invita al silencio.

SEBALD FRACTAL


La trilogía de la guerra, Agustín Fernández Mallo, p. 452
“¿Conoces a un escritor llamado W. G. Sebald?”, asentí de nuevo, y le dije: «Pero Sebald no es antiguo, cuando murió, en el año 2001, era relativamente joven”. “Bueno, sí, es cierto, pero en las fotos, con ese bigote y ese semblante tan serio, guarda el aspecto de los hombres antiguos, pero bueno, eso da lo mismo, el caso es que entonces conocerás uno de sus más famosos libros, Los anillos de Saturno, ése en el que el autor hace en solitario una caminata a pie por la costa del condado de Suffolk, Gran Bretaña, costa que está prácticamente ahí enfrente, al otro lado del Canal-asentí con la cabeza, y continuó-: pues como habrás leído, Sebald camina   narrándonos lo que en su viaje a pie va viendo y lo que los hechos históricos locales que salen a su paso le van sugiriendo, todo ello acompañado con fotos que él mismo hace al caminar, pero lo que nos cuenta no es tan sencillo como pueda parecer, su narración se enreda de tal manera en cada punto de la costa que pareciera que nunca fuera a poder dar un paso más aunque siempre termina por continuar su camino. Pues bien, lo cierto es que yo siempre había pensado que ese libro de Sebald es un fractal en sí mismo, es decir, que lo que el escritor hace es, precisamente, recorrer la misma costa que Mandelbrot ya antes había tipificado corno el primer fractal, pero además, y ahí está lo importante del libro de Sebald, él nos lo narra todo fractalrnente, repito, nos lo narra todo fractalmente, su estilo, la forma de presentar los hechos y contar la Historia es en Sebald también un fractal, porque no procede corno el típico caminante historiador que cuenta lineales batallitas, ni como el típico escritor que desgrana puntuales detalles y meros recuerdos más o menos sentimentales, sino que trata la Historia y su caminata fractalmente, enreda todo ello fractalmente, y esto, como te digo,  era algo que yo siempre había pensado acerca de ese libro, pero fue en mi viaje a pie por esta costa de Normandía cuando todo cambió para mí, donde los astros se conjugaron a tal punto que puedo afirmar que el responsable de mi modelo matemático fractal de crecimiento tumoral, comprobado hoy experimentalmente en multitud de laboratorios de todo el mundo, no fue el matemático Mandelbrot sino el mismísimo Sebald, corno lo oyes, fue Sebald quien a través de su libro Los anillos de Saturno me proporcionó la luminosa idea, por eso te digo que mucho cuidado con el viaje que has emprendido, pues, como los fractales, la línea de esta costa también es infinita, ¿te has parado a pensar en el infinito que hay contenido en cada jeep y en cada tanque abandonado que seguro habrás visto, y en cada búnker abandonado que verás, y en cada uno de esos tiovivos y norias que ahora proliferan, o el infinito que hay en cada papelera de cada uno de los paseos marítimos, en cada canto rodado, en cada salchicha normanda, en cada grano de arena y en cada guijarro, en cada vaca que pasta en los prados adyacentes o en cada brizna de hierba de una cuneta?

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