Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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JAMESIANA


Despedidas, Julián Barnes, p 194

Henry James, siempre sagaz y sutil, lo expresó así. En 1892, rememorando a su difunto amigo James Russell Lowell, escribió que uno de los efectos de la muerte es que «alisa los pliegues» de la persona que conocimos. «La figura que perdura en la memoria se comprime e intensifica; han desaparecido detalles fortuitos y las sombras ya no cuentan; representa, nítidamente, unas pocas cosas apreciadas y amadas. y no, nebulosamente, una multitud de posibilidades.”


INCIPIT 1.600. HORAS INGLESAS / HENRY JAMES


Hay cierta noche que considero en realidad mi primera impresión; el final de un domingo húmedo y oscuro hace veinte años, a primeros de marzo. Tenía una imagen anterior pero se había vuelto grisácea, como la tinta descolorida, y la ocasión a la que me refiero fue un nuevo comienzo. Sin duda tuve una clarividencia mística del gran afecto que acabaría sintiendo por la turbia Babilonia moderna; cierto es que al volver la vista atrás encuentro que cada pequeño detalle de aquellas horas de acercamiento y llegada sigue tan vivo como si la solemnidad de una nueva era lo hubiese alentado. La fuerte sensación de cercanía ya era casi insoportable en Liverpool


INCIPIT 1.545 LOS EMBAJADORES / HENRY JAMES


Cuando Strether llegó al hotel, su primera pregunta fue acerca de su amigo; no obstante, al enterarse de que Waymarsh no iba a llegar, al parecer, hasta la noche, no se desconcertó del todo. En recepción le entregaron un telegrama, con respuesta pagada, en que aquel le encargaba una habitación «siempre que no fuera ruidosa»; de modo que el acuerdo de que se encontrarían en Chester y no en Liverpool seguía teniendo validez hasta el momento. El oculto prurito, empero, que había impelido a Strether a no desear por ningún concepto la presencia de Waymarsh en el muelle y que en consecuencia le había llevado a posponer dicha alegría durante unas horas era el mismo que a la sazón le hacía comprender que aún podía esperar sin sentir ninguna decepción. En el peor de los casos cenarían juntos y, con todos sus respetos para el querido Waymarsh-incluso para sí mismo, dadas las circunstancias-, había poco temor de que en lo sucesivo no se vieran con suficiencia. El prurito en activo a que acabo de referirme había sido, por lo que toca al hombre que había desembarcado después, enteramente instintivo; resultado del insistente presentimiento de que, por agradable que fuese, tras separación tan larga, ver la cara de su compañero, todo se disolvería en una bagatela sin importancia si se las arreglaba para que dicha cara se presentase al próximo vapor como la primera «nota» de Europa. A esto había que añadir ya su certeza de que demostraría, como mucho y de todas todas, dicha nota europea en medida más que suficiente.


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Nada que temer, Julian Barnes, p. 161

Wharton consideraba la vida una tragedia -o como mínimo una comedia sombría- con un final trágico. O, a veces, sólo un drama con un final dramático. (Su amigo Henry James definió la vida como «el tránsito penoso que precede a la muerte». Y el amigo de él Turguéniev, creía que «la parte más interesante de la vida es la muerte».)

Tampoco seducía a Wharton la idea de que la vida, ya sea trágica, cómica o dramática, es necesariamente original. Nuestra falta de originalidad es algo que olvidamos provechosamente cuando nos encorvamos sobre nuestra -para nosotros- vida siempre fascinante. Mi amigo M., que dejó a su mujer por otra más joven, se quejaba: «La gente me dice que es un tópico. Pero a mí no me lo parece.» Lo era, sin embargo, y lo es. Nuestras vidas lo demostrarían, si pudiésemos verlas desde una mayor distancia, desde el punto de vista, pongamos, de ese Ser superior imaginado por Einstein.

Un día, una amiga biógrafa me propuso adoptar la visión ligeramente más larga y escribir mi vida. Su marido arguyó satíricamente que sería una obra corta, puesto que todas mis jornadas eran iguales. «Se levantó», decía su versión. «Escribió libro. Salió a comprar botella de vino. Volvió a casa, hizo la comida. Bebió vino.» Inmediatamente aprobé esta vida breve. Vale lo mismo que cualquier otra; tan verídica o tan mendaz como cualquier otra más larga. Faulkner dijo que la necrológica de un escritor debería decir: «Escribió libros y después murió.»


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Los últimos días de Roger Federer,  Geoff Dyer, p. 168

La relación entre renunciar y continuar existe en todas las permutaciones y excepciones concebibles. Así como El periodista deportivo se centra en un escritor que renunció después de un libro, Henry James, en su relato «Los años intermedios», publicado por primera vez en 1893 y recopilado dos años después en Terminaciones, trata de un escritor que, como sugiere el título, está acabado a mitad de su carrera. Dencombe ha recibido una copia de su libro «más reciente», quizá el último, Los años intermedios. Durante varios años ha sido consciente «del reflujo del tiempo, de la reducción de oportunidades; y ahora no sentía tanto que su última oportunidad se estaba acabando como que realmente ya no existía. Había hecho todo lo que tenía que hacer y, sin embargo, no había hecho lo que quería». Después de desenvolver el libro, comienza a leer y gradualmente se «apaciguó y se tranquilizó. Todo le volvió a la memoria, pero le volvió en medio del asombro, le volvió, sobre todo, con una belleza elevada y magnífica. Leía su propia prosa, giraba sus propias hojas y, mientras estaba allí sentado con el sol primaveral sobre la página, sentía una emoción peculiar e intensa. Su carrera había terminado, sin duda, pero había terminado, después de todo, con aquello». Este sentimiento de satisfacción y plenitud pronto da paso a algo más, «el atisbo de un posible indulto», la sensación de que tal vez aún no está del todo acabado. Y no solo eso. Quizá es solo ahora cuando ha llegado a la verdadera posesión de su talento. Lo que necesita es una extensión y así, mientras pasa las últimas páginas, suspira: «¡Ah, por tener otra oportunidad!».


INCIPIT 1.406. CUADERNO DE NOTAS / HENRY JAMES


Cuaderno I
(7 de noviembre de 1878-11 de marzo de 1888)
3 Bolton St., W., 7 de noviembre de I878
1. Un joven inglés, en viaje por Italia hace veinte años, conoce en alguna ciudad antigua -Perusa, Siena, Rávena-
a dos damas, madre e hija, con las cuales mantiene cierta relación momentánea: la madre es una mujer serena, delicada, interesante, enternecedora, con una impecable educación -el retrato de una perfecta dama, de la vieja escuela inglesa, con un toque de tristeza en el conjunto; la hija, una múchacha bella, pintoresca y efusiva; generosa, ardiente, tierna incluso, pero bastante coqueta y con cierta carga de dureza-. Respecto al incidente que
constituye el contacto circunstancial entre Harold Stanmer y Bianca Vane -' -los nombres son acaso provisionales- puede imaginarse que el primero, embarcado en la realización de un boceto del pintoresco casco antiguo de la ciudad italiana, ha encontrado que la figura de la muchacha se adapta a la composición y, puesto que ella está por ahí, le ha pedido cortésmente que se demore un momento y acepte ser incluida. Obtenido el consentimiento, hace un rápido apunte, que le regala. Así, en cierto modo se presentan; pero se separan sin preguntarse los respectivos nombres; ella, no obstante, ha provocado en el joven una considerable impresión, no exclusivamente grata.

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Cuadernos de notas, Henry James, p. 117

El invierno pasado, en Florencia, quedé perplejo ante el extraño incidente de la inconcebible carta que Miss
McC. escribiera a The World, de Nueva York, sobre la sociedad veneciana, de cuya hospitalidad acababa de gozar -y por la curiosa tipicidad del asunto todo--. Ella actuó de completa buena fe y se sintió estupefacta, injuriada y perseguida al ver que le respondían con repulsas e indignación. El hecho de que sin duda actuara de buena fe, me pareció, arroja abundante luz sobre esa manía publicitaria que constituye uno de los signos más sorprendentes de nuestra época. La dama se condujo con inconsciencia e irresponsabilidad acabadas, y se le antojó agradable y natural y «chispeante» describir, en un periódico espantosamente grosero, tanto la gente con la
cual había estado vi viendo como sus secretos personales y acuerdos domésticos. Fue un incidente llamativo; me
pareció que proveía exactamente el tema para un cuento. El dibujo que uno haga dé su tiempo será imperfecto
mientras no aborde ese. tema particular: la intromisión, la impudicia y la desvergüenza de periódicos y entrevistadores, la devoradora publicidad de la vida, la extinción de todo sentido de la distancia entre lo público y lo privado. Es ésta la expresión más alta de la nota de «familiaridad », de hundimiento de los modales que, en
tantos aspectos, trae aparejada la democratización del mundo. Me sentí impulsado a utilizar el incidente en cuestión, que me impresionó [en tanto] pieza sumamente ilustrativa de la vida contemporánea --el enfrentamiento
entre la muchacha americana nutrida de periódicos, dada al garrapateo, a la publicidad, a la indiscreción, y el pequeño circulo social aún turbable, y por demás turbado, al cual inflige sus imprudentes triquiñuelas--.

INCIPIT 1.335. LOS PAPELES DE ASPERN / HENRY JAMES


Había llegado yo a tener confianza con la señora Prest; en realidad, bien poco habría avanzado yo sin ella, pues la idea fructífera, en todo el asunto, cayó de sus amistosos labios. Fue ella quien inventó el atajo, quien cortó el nudo gordiano. No se supone que sea propio de la naturaleza de las mujeres situarse, por lo general, en el punto de vista más amplio y más liberal, quiero decir, en un proyecto práctico; pero algunas veces me ha impresionado que lancen con singular serenidad una idea atrevida, a la que no habría llegado ningún hombre. «Sencillamente, pídales que le acepten a usted en plan de huésped.» No creo que yo, sin ayuda, hubiese llegado a esta conclusión. Yo andaba dando vueltas al asunto, tratando de ser ingenioso, preguntándome por qué combinación de artes podría conseguir a trabar conocimiento


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Laetitia o el fin de los hombres, Ivan Jablonka, p. 390

Por más que no sea mi película favorita de Truffaut, me encanta La habitación verde, que Cécile de Oliveira me regaló en DVD diciéndome: «Es exactamente tu tipo de locura.» La película cuenta la historia de un viudo, Julien Davenne, que consagra su vida al recuerdo de su joven esposa y de los muertos de la Gran Guerra: «En este mundo cruel y sin piedad, quiero tener derecho a no olvidar, aunque seguramente soy el único que no olvida.» Si no nos ocupamos de los muertos, si no los queremos, si no los respetamos, si no los protegemos, ¿en qué se convertirán?

Jessica lo sabe: por eso adorna con flores la tumba de su hermana, celebra su cumpleaños, luce sus joyas. En realidad, Jessica se transformó en Laetitia. Tiene su generosidad, su coraje, su belleza, el éxito profesional que aquella no cosechó, el porvenir del cual se la privó.

Llevar brezo a la tumba de las Léopoldine no es una actividad a tiempo completo. Nosotros tenemos la suerte de tener todavía a nuestros hijos; ellos no pueden saber hasta qué punto los amamos. Si pienso en los muertos, escribo por la vida. Esa es mi diferencia con Davenne, ese loco que lleva una existencia que dan ganas de llorar, fuera del mundo, fuera del amor, fuera de la vida y que, intransigente guardián de los muertos, se pierde en los cirios de su capilla como en un bosque de llamas.

Vivamos, resistamos, amemos y, cuando nuestro tiempo se haya agotado, recordemos que Laetitia bajó primero y que el fango mancilló su belleza de dieciocho años. Nuestra muerte será siempre menos amarga y menos aterradora.


ULTIMAS PALABRAS


Desde dentro, Martin Amis, p. 559

Pero ¿por qué las Últimas Palabras en general son tan predominantemente de segunda categoría? Y me refiero a las últimas palabras de nuestros más grandes poetas, pensadores, científicos, líderes, visionarios; nuestros superhombres y nuestras  supermujeres: ¿por qué los non plus ultra de la elocuente humanidad, al encarar este momento decisivo, no logran dar con algo mejor? Henry James (1843-1916) se decanta por «Así que ha venido al fin, la "cosa distinguida"». Es magnífico, retóricamente hablando -unas palabras últimas en estilo elevado-. Él afirmaba que su floreo de despedida fue espontáneo (su «primer pensamiento» cuando le falló una de las piernas y sufrió una caída). Pero el estilo elevado, por definición, nunca es espontáneo -¿y qué hay de «distinguido» en el hecho de caerse?-. Yo diría que James llevaba urdiendo sus últimas palabras desde (aproximadamente) 1870 .

Las últimas palabras mejores que yo conozco son las de Jane Austen (nacida en 1775), que moría de un linfoma, con dolores sin paliativos, a la edad de cuarenta y un años. Le preguntaron qué necesitaba, y ella respondió: «Nada más que la muerte.» Suena 'impulsivo, espontáneo, incluso fortuito; suena también, a un :iempo, rendido y resuelto, y -a un tiempo también- impaciente estoico. No contenta con eso, el poeticismo cristalizado de Austen -incluso el «más que» desempeña su papel- dramatiza una realidad fatal, porque «nada» y «muerte» -aquí y en otros contextos son sinónimos. «Nada más que la nada», he ahí el sentido de las palabras de Austen.

Por otra parte, las últimas palabras son broza, como lo es el cuerpo del ser humano difunto. Y las palabras que preceden a la muerte difícilmente podrían ser tan endebles como lo son a menos que algo en la muerte las hiciera serlo. Al ser impenetrable, la muerte hace pequeña toda fuerza expresiva, y de nada sirven nuestras más brillantes y mejores palabras. Bien, non plus ultra -«el ejemplo más perfecto o más extremo»- deriva del mitológico NO PASAR grabado en las columnas de Hércules: «No más allá.»


Doctor Samuel Jean Pozzi en casa


El hombre de la bata roja, Julian Barnes, p. 136

En 1882, Sargent envió Doctor Samuel Jean Pozzi en casa a la Royal Academy de Londres, donde no causó el menor impacto. Pero el tiempo transcurría a su favor, no al de Montesquiou. Henry James, que entretanto había conocido y hospedado al modelo del pintor, habló del artista en un artículo para Harper's Magazine en 1887 ( revisado en 1893). Señala en primer lugar que Sargent había tenido la suerte de pintar a más mujeres que hombres, y que «por consiguiente había tenido pocas oportunidades de reproducir esas ínfulas generalizadas con las que su visión de determinadas figuras masculinas dota al modelo». Esto parece un taimado demérito, pero inmediatamente James cita como retratos de varones el de Carolus-Duran y el de Pozzi, los más bellos de Sargent; del último decía que era «espléndido» y «un ejemplo admirable» de esta faceta del arte del pintor:

En los dos casos el modelo ha sido un apuesto ejemplar pictórico, uno de los que nos parecen hechos para ser retratados (lo cual no se puede decir en absoluto de todos), como se ve especialmente, por ejemplo, en las hermosas manos y las muñecas con volantes de Carolus, cuyo bastón descansa entre sus hermosos dedos como si fuera el puño de un estoque.

Por si hubiera alguna duda,James prosigue:

He mencionado su espléndido Dr Pozzi, a cuya bellísima cabeza, todavía joven, y a su postura ligeramente artificial les ha conferido un toque tan francés que se le disculparía si reincidiera en hacerlo, aun con el más débil pretexto. Este caballero posa con su brillante bata roja con la prestance de un magnífico Van Dyck.

James reflexiona en el mismo artículo sobre Madame X de Sargent. Lo denomina «un experimento de gran originalidad » en el que «el pintor ha tenido [ ... ] con respecto a lo que Ruskin llamaría el "acierto" de su tentativa, la valentía de su opinión». El «excesivo escándalo» que el cuadro suscitó cuando lo exhibieron lo desestima

como una idea suficientemente divertida a la luz de algunas manifestaciones del esfuerzo plástico que todos los años patrocina el Salón. Esta espléndida pintura,  de concepción noble y ejecución magistral, presta a la figura representada algo del altorrelieve de la imagen esculpida en grandes frisos. Como se suele decir, no tienes elección, es un cuadro que sabes de inmediato si te gusta o te disgusta. El autor nunca ha llegado tan lejos en audacia y consistencia.

James a menudo formula sus elogios de un modo demasiado complicado para ser inequívocos; los envuelve, por así decirlo, en una especie de plástico de burbujas, pero estoy casi seguro de que en este caso expresa una aprobación enérgica.


LAS ALAS DE LA PALOMA


Wagnerismo, Alex Ross, p. 360.

Wagner, muerte y Venecia se entrecruzan en la novela The Wings of the Dove (Las alas de la paloma), que James publicó en 1902. La preside la imagen de una paloma extendiendo sus alas, como la que vuela en lo alto en Lohengrin y Parsifal. La heredera estadounidense Milly Theale, que padece una enfermedad fatal, viaja a Italia con una compañera con el fin de lograr una mejoría de su salud. La felicidad de su viaje se compara con la orquestación de Wagner: «La espléndida y constante luz del mar había absorbido el resto del cuadro, de modo que durante muchos días otras cuestiones y otras posibilidades sonaron con un efecto tan limitado como podría sonar un trío de flautas de latón en una obertura de Wagner». En Venecia, Milly se instala en un palacio modelado a partir del Palazzo Barbaro, que Vernon Lee utilizó como uno de los marcos en que se desarrolla «A Wicked Voice». Pero la mágica ciudad cambia de forma y se convierte en una «Venecia que es toda ella pura maldad[ ... ] una Venecia de una lluvia fría y terrible». Milly ha caído en una trampa tendida por la empobrecida Kate Croy, cuyo padre ha visto mancillado su nombre por un escándalo no especificado de una naturaleza «detestable y repugnante». Kate planea que su novio, Merton  Densher, se case con la achacosa Milly a fin de hacerse con su dinero. Aunque Milly acaba enterándose de la intriga, sigue dejando dinero a Merton cuando muere.

A continuación llega una escena de renuncia y redención: Merton, enamorado de la pureza de Milly, renuncia al legado. Es así como las alas de Milly «se despliegan para dar protección», salvándolo de una vida puesta en entredicho. James se vale de otra metáfora wagneriana en el prefacio de la novela: llama a Milly una hija del Rin, con lo que, está dando a entender que su riqueza se asemeja al oro fatal de Wagner. Merton, al rechazar el dinero, lo ha devuelto en la práctica al Rin.


SAMUEL JEAN POZZI

El príncipe era Edmond de Polignac.

El conde era Robert de Montesquiou-Fézensac.


El hombre de la bata roja, Julian Barnes, p.14

El plebeyo de apellido italiano era el doctor Samuel Jean Pozzi.

La primera adquisición intelectual fue el festival Handel en el Palacio de Cristal, donde asistieron al oratorio Israel en Egipto para celebrar el bicentenario del nacimiento del compositor. Polignac observó que «La función tuvo un éxito colosal. Los cuatro mil intérpretes festejaron regiamente al grand Haendel [sic]».

Los tres visitantes también llevaban una carta de presentación de John Singer Sargent, el pintor de El docto Samuel Jean Pozzi en casa. El destinatario de la carta era Henry James, que había visto el cuadro en la Royal Academy en 1882, y a quien Sargent pintaría con absoluta maestría años más tarde, en 1913, cuando James tenía setenta años.La carta empezaba así:

Querido James:

Recuerdo que una vez dijo que un francés de paso no era una amenidad desagradable para usted en Londres, y he tenido la osadía de entregar una tarjeta de presentación a dos amigos míos. Uno es el doctor S. Pozzi, el hombre de la bata roja (no siempre), un personaje muy brillante, y el otro es el singular y extrahumano Montesquiou.

Curiosamente, es la única carta de Sargent a James que sobrevive. El pintor parece desconocer que Polignac también forma parte del grupo, una añadidura que sin duda habría complacido e interesado a James. O quizá no. Proust solía decir que el príncipe era como «una mazmorra en desuso convertida en una biblioteca».

Pozzi tenía por entonces treinta y ocho años, Montesquiou treinta, James cuarenta y dos y Polignac cincuenta y uno.

James alquilaba un chalé en Hampstead Heath desde hacía dos meses y estaba a punto de volver a Boumemouth, pero aplazó su partida. Dedicó dos días, el 2 y el 3 de julio de 1885, a recibir a los tres franceses que, como escribió posteriormente el novelista, «estaban ansiosos de ver el esteticismo londinense».

Lean Edel, el biógrafo de James, describe a Pozzi como «un médico de sociedad, coleccionista de libros y un conversador en general cultivado». De la conversación no queda constancia, la biblioteca se dispersó hace mucho y solo subsiste el médico de sociedad. Con esa bata roja ( no siempre).


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Noches sin dormir, Elvira Lindo, p. 140

Tóibín resultó ser un encanto. Generoso con Antonio y muy agudo literariamente, Tóibín tiene una peculiaridad cómica, una sonrisa que rompe en risa cuando menos lo esperas y unos gestos nerviosos, como de persona a la que asaltan varias ideas buenas a la vez y ha de hacer un esfuerzo para seleccionar una. Mueve las manos muy expresivamente dejando los dedos índice y corazón tiesos, lo cual le confiere un cierto aire de marioneta.

Después de la charla, fuimos a cenar al Pámpano, el mexicano aliado del Cervantes. Me gustó que se dejara preguntar sin reservas y con alegría. Le pregunté por Brooklyn, su novela sobre la muchacha irlandesa que emigra a Nueva York en los años cincuenta. Nos contó que está basada en una historia que le había contado su madre. La sobrina de la mujer que inspiró la historia se presentó en una de las charlas que ha dado Tóibín estos días en Columbia, donde imparte clases de literatura durante un semestre. El novelista siempre está expuesto a que le persigan sus personajes. Le pregunté por The Master, su libro sobre Henry James, al que siguió, con sólo seis meses de diferencia, el de David Lodge también sobre  James, Author,Author. Una desafortunada casualidad en la que salió perdiendo Lodge, por aquello de que su libro se publicó más tarde y de que, aun siendo Lodge un novelista reputado e ingenioso, goza de menos prestigio literario. Ya se sabe que haber escrito humor resta puntos. A mí me gustaron las dos novelas, las leí una después de la otra, aunque es más penetrante la de Tóibín, donde la homosexualidad de Henry James es una sugerencia sutil que recorre todas sus páginas. Colm dijo: “La novela de Lodge es buena. Yo me leí la suya, en cambio sé que él no se ha leído la mía”.


JAMESIANA

Noches sin dormir, Elvira Lindo, p. 29

Hoy he decidido que ya no quiero ser escritora. Escribiré hasta que me muera, porque estoy acostumbrada desde niña a emplear el tiempo de esa manera y porque así me gano la vida, pero siento muy profundamente mi falta de ambición, mi miedo cada vez más insuperable a escribir un libro y que esté en manos de todo el mundo. Esto es algo que debería comunicarles a las siguientes personas: A Antonio, a Elena (mi editora) y a los amigos que me preguntan desde hace tres años que qué ando escribiendo. A nadie más. Si yo desaparezco de los escaparates, ¿a quién puede importarle?

Escribiré para ganarme la vida, tal y como hacía cuando escribía para la radio y sólo me preocupaba el programa del día siguiente. Sólo quiero sentirme implicada en el presente continuo. Creo que me entregué demasiado emocionalmente en ciertas páginas que escribí hace unos años y no me sentí recompensada. Aquella frustración se me enquistó y se ha convertido en desapego, en descreimiento. Escribo sin creer que mi vida sea la literatura.

Para colmo, me duele la mano derecha. Un dolor que se me extiende hasta el húmero, un hueso que ha entrado en mi vida para quedarse. Yo creía vivir sin húmero hasta hace unos meses, y ahora hay días en que después de escribir mi artículo tengo que reposar la mano sobre un cojín, y la miro como si fuera la extremidad de otro. A Henry James le pasó lo mismo, tan inútil y dolorida se le quedó la mano derecha que tuvo que contratar a un secretario para dictarle. Pero para qué quiero yo, secretarios si ya no voy a escribir o si voy a escribir sin vocación. Tampoco soy Henry James. Lo cual supone en este caso un ahorro y una ventaja.


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El Cazador Caleste, Roberto Calasso, p. 168

De hecho, el obstáculo mayor, si se quiere comprender algo de la prehistoria, está dado por el hecho de que en el ínterin la vida de los hombres se ha aliviado enormemente. A tal punto que el mundo puede incluso no ejercer ya ninguna presión sobre quien lo observa. Al menos en determinadas situaciones experimentales, como la que se alcanzó en el siglo XIX, ante todo en los miembros de la alta burguesía que vivía de rentas, en los años de la reina Victoria. Este era el material humano predilecto de Henry James. Este, en lugar de sílex afilados, disponía de frases dejadas caer en conversaciones, anécdotas, chismes, visitas, banquetes, paseos. Sobre la base de todo eso, James reconstruía una maraña de lazos que no tenían prácticamente ninguna relación con el mundo exterior. La naturaleza era un escenario ocasional. Todo se desarrollaba en interiores, ocasionalmente en la calle o en jardines. ¿Qué podía pasar cuando el alivio, la decisión de deshacerse del mundo como de un lastre molesto, se volvía una regla de vida conscientemente practicada?

Entre los cuentos más importantes de Henry James hay algunos que no llegó a escribir. Son los «pequeños sujets de nouvelles,, embriones nunca desarrollados que solo conocemos por las anotaciones en los Cuadernos. Sin embargo, se tiene a veces la sospecha de que precisamente fuera esa su forma final la más adecuada para una historia que, en innumerables ocasiones, había nacido de una frase dicha por alguien en conversaciones, durante una de las innumerables ocasiones mundanas de las que James participaba -y que eran el terreno mismo, continuamente movido y removido, de su obra. Así sucede con una frase que le había dicho Mrs. Procter, en la que James reconoce el “minúsculo germen para un cuento diminuto”, del que solo nos queda un apunte.

En Torquay, el28 de octubre de 1895, James anotó estas palabras en su cuaderno: “Recuerdo cómo Mrs. Procter me dijo una vez que, habiendo tenido una vida repleta de problemas, sufrimientos, cargas y devastaciones, la posibilidad de sentarse a leer un libro constituía para ella, en sus años otoñales, un placer singular, un lujo profundamente sentido: tan grande era el sentimiento de seguridad que de ello emanaba, la certeza de que, tras haber sobrevivido a tantas cosas, nada podía ocurrir/e ahora. Prácticamente nunca había gozado de ese placer en tal grado y manera; y día tras día disfrutaba de él como si fuese nuevo. Tal vez exagero un poco la declaración de su éxtasis personal, pero lo cierto es que hizo el comentario y entonces me impresionó muchísimo. Ahora vuelve a mí con la sugerencia del minúsculo germen de un cuento diminuto.»


INCIPIT 1.146. CUENTOS COMPLETOS 1895-1910 / HENRY JAMES


En una carta que le envió al escritor William Dean Howells, fechada el 10 de agosto de 1901, Henry James se quejaba de que cada vez se le hacía más difícil escribir sus cuentos porque las revistas se habían puesto muy severas con respecto a la extensión («todo lo que lo sobrepasa las seis mil o siete mil palabras resulta fatal») y a él, que en general plasmaba relatos de mucho más de diez mil palabras, le significaba un gran esfuerzo conseguir esa síntesis.

Por entonces, James tenía cincuenta y ocho años. Había publicado ya algunas de sus mejores novelas (Washington Square, Retrato de una dama, La edad ingrata, Lo que Maisie sabía), pero aún no otras de gran importancia, como la notable serie que conforman Las alas de la paloma (1902), Los embajadores (1903) y La copa dorada (1904). Se estaba reponiendo de su mala  experiencia como autor teatral, tras el fracaso de Guy Domville en enero de 1895, y se había instalado en una casa en el sur de Inglaterra, en la pequeña ciudad de Rye, perteneciente al condado de Sussex Oriental: la hoy célebre Lamb House, que lo hizo más o menos vecino de H. G. Wells, Joseph Conrad y Ford Madox Ford y que, luego de alquilar por unos meses, compró en 1899. A fines de ese mismo 1899 firmó un contrato con el agente literario James B. Pinker, quien a partir de ese momento se haría cargo de ofrecer sus textos a las revistas y a las editoriales. Por un tiempo, según cuenta Leon Edel en su biografía, James llegó a escribir casi un relato por semana: «Imitación”, “El Holbein de lady Beldonald», “Alas rotas”, “De una clase especial», «Las dos caras», «La tercera persona» y «La tonalidad del tiempo» (todos incluidos en este volumen) pertenecen a ese lapso particularmente productivo


INCIPIT 1.135. HAWTHORNE / HENRY JAMES


LOS PRIMEROS AÑOS

Será necesario, por distintas razones, dar a este breve esbozo la forma del ensayo crítico más que la de una biografía. Los datos para una vida de Nathaniel Hawthorne son todo lo contrario de copiosos y, aunque fueran abundantes, no serían de mucha utilidad para los propósitos del biógrafo. La carrera de Hawthorne quizá sea la más tranquila y sin incidentes que pueda caerle en suerte a un hombre de letras. Fue, de un modo casi sorprendente, pobre en acontecimientos y en lo que podríamos llamar calidad dramática. Pocos hombres de igual genio e igual eminencia habrán llevado una vida tan sencilla. Sus seis volúmenes de Cuadernos de notas dan fe de esta sencillez: representan una especie de monumento a un destino tan libre de perturbaciones. La carrera de Hawthorne fue pobre en vicisitudes y cambios. Transcurrió, en su mayor parte, en el interior de una sociedad reducida y homogénea, en una comunidad rural y provinciana; no tuvo demasiado contacto con eso que llamamos el mundo, los acontecimientos públicos, las costumbres de la época, e incluso la vida de sus vecinos.


JAMESIANA


El roce del tiemo, Martin Amis, p.43

El único norteamericano que le plantea un grave problema es Henry James.

Todo escritor entabla un matrimonio platónico con sus lectores y, en este aspecto, la narrativa de James describe un arco peculiar: cortejo, luna de miel, estrecha convivencia, desafecci6n creciente y alejamiento final; camas separadas y, finalmente, cuartos separados. Como en cualquier matrimonio, la relaci6n se mide por la calidad de su interacción diaria, por la calidad de su lenguaje. Y la prosa de James, incluso en sus momentos más ecuánimes y seductores (la delicadeza andrógina, el ojo maravillosamente ajeno), adolece de un grave fallo conductual.

Los estudiosos de los usos lingüísticos han identificado este hábito como “variante elegante”.  La frase quiere ser irónica, porque la elegancia a la que aspira es en realidad seudoelegancia y antielegancia. Por ejemplo: «Siguió hacia la izquierda, hacia el Ponte Vecchio, y se detuvo frente a uno de los hoteles que daban a esa estructura deliciosa.” Se me ocurre aquí otra manera de referirse al Ponte Vecchio: ¿qué tal el vulgar y escueto pronombre “él”? De forma similar, «desayuno”, más adelante, en la misma frase en que así se denomina, se convierte en «esta refacción”, la tetera en «receptáculo”, lord Warburton en «ese noble» (o “el maestro de Lockleigh”), las cartas en «epístolas» y sus brazos en “esos miembros''· Y así sucesivamente.

Aparte de hacer que el lector rezongue sonoramente unas tres veces en cada frase, las variantes de James apuntan a deficiencias más grandes: elitismo, quisquillosidad y falta de calidez, falta de candor y compromiso. Todos los ejemplos citados antes se han tomado de Retrato de una dama (1881), de su generosa y complaciente etapa temprana-media. Cuando entramos en el laberinto ártico conocido como el James tardío, su alejamiento del lector, su enclaustramiento en la introversión es tan rotundo como el de Joyce y mucho más endiabladamente prolongado.

El matrimonio fantasmático con el lector es la base del equilibrio creativo del escritor. Una relación tal precisa ser inconsciente, silente, tácita y, lógicamente, también es necesario que la inspire el amor.


JAMESIANA


La mujer temblorosa, Siri Hustvedt, p. 214

En Lo que Maisie sabía, Henry James identifica una nueva sensación que había comenzado a despertar en su protagonista infantil:

Las hieráticas muñecas empezaron a mover los brazos y las piernas desde los sombríos estantes, y formas y frases antiguas adquirieron un sentido que la aterrorizaba. Descubrió una sensación nueva: la del peligro; y al mismo tiempo un nuevo remedio para enfrentarlo: la conciencia de una vida interior o, en otras palabras, la posibilidad de guardar secretos.

Maisie descubre el lugar dentro de nosotros mismos al que podemos retirarnos, el lugar donde nos escondernos sin que otros nos vean, el refugio que buscamos cuando tenemos miedo y el oscuro santuario que hace posible las mentiras y también las fantasías, las ensoñaciones, los malos pensamientos y los intensos diálogos interiores. Ese lugar no es el yo primario biológico. Surge en algún momento impreciso de la infancia. Los otros animales no lo tienen; se necesita entender que existe una realidad dual, que el contenido emocional o verbal de un ser interior no tiene por qué mostrarse al exterior. En otras palabras, hay que ser consciente de lo que se esconde para poder esconderlo. Los niños pequeños suelen narrar sus pensamientos en voz alta. Cuando tenía tres años mi hija parloteaba sin parar mientras jugaba: “El cerdito se va a la cama solito. ¡Ay! ¡Se cae de la cama! Es mejor que lo vuelva a meter en la camita. No llores, cerdito”. Pero más adelante la narración cesó. Sophie era capaz de jugar en silencio durante horas, absorta, sin hablar. Su narrador se había vuelto interior. ¿Es entonces cuando se produce el cambio? ¿Es ese escenario interior, donde se desarrollan los pensamientos y los juegos, lo que muchos de nosotros identificamos como el yo? ¿Es nuestra versión propia del Cogito, ergo sum de Descartes?

En su Compendio de psicología, William James, hermano mayor de Henry James, desarrolla una noción muy amplia del yo, o de los yos, que empieza con el cuerpo de un individuo, un ego material, un yo, y después se desplaza hacia fuera para incluir a un yo más amplio, lo mío, que abarca la ropa de una persona, su familia, su casa y propiedades, sus éxitos y fracasos. Es de destacar que James sostiene que hay partes de nuestro cuerpo más íntimas que otras, que un montón de sentimientos personales (que él denomina «el yo de los yos”) se dan “entre lacabeza y la garganta” o del cuello para arriba y no del cuello para abajo. A la luz de este yo fluctuante, James establece una distinción entre la persona simpática y la antipática. Utilizando el estoicismo como ejemplo del carácter antipático, sostiene: “Las personas con estrechez de miras se atrincheran detrás de su yo, se repliegan de un terreno que no pueden asegurar por completo”. Por el contrario, las personas simpáticas “proceden de forma totalmente opuesta, a través de la expansión y la inclusión. Con frecuencia el perfil de su ser se torna incierto, pero lo suple con creces gracias a su carácter expansivo”


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