Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

PERU


Le dedico mi silencio, Vargas Llosa, p. 185

Lo que se refería al Perú ocupaba tres cuartas partes de su libro y estaba -le pareció- bien sintetizado, desde el Imperio inca hasta los dramas políticos de la actualidad. Allí figuraban los periodos de surgimiento y eminencia del Tahuantinsuyo, su decadencia y división por culpa de los hermanos enemigos, Atahualpa y Huáscar, y la llegada de los conquistadores españoles, que lo habían cambiado todo, provocando una rebelión sistemática de los pueblos conquistados por el Incario e imponiendo una capa de seres supuestamente blancos y superiores en el gobierno del Perú desde entonces. Y allí estaba también el maravilloso español -el idioma de Cervantes-, que, despacio se va lejos, había alterado  el destino de los pueblos de América Latina, haciendo que todos se entendieran luego de mil años de encontronazos y contiendas debido a los muchos idiomas y jergas que se hablaban a lo largo y ancho del continente.

Venían después las guerras civiles y el larguísimo bostezo de tres siglos de la vida colonial: allí estaban santa Rosa y san Martín de Porres, todos los santos y las infinitas procesiones, el Tribunal de la Inquisición y la fundación del Virreinato, y de San Marcos, de los conventos y seminarios, de las interminables iglesias, y las luchas entre los propios conquistadores. La colonia terminaba y comenzaba la República con sus golpes militares y sus caudillos, uno tras otro, hasta dejar al Perú convertido en lo que era ahora: un país disminuido y agobiado por las enormes divisiones determinadas por la riqueza y las distancias entre los que hablaban español y quechua, y los demás idiomas regionales, entre los que eran pobres y los que eran más prósperos o hasta ricos y riquísimos (muy pocos, en verdad).


«Asturias patria querida»


Los papeles de Admunsen, Vázquez Montalbánn, p. 21

El 11 de mayo de I962 el autor y su esposa participan en las manifestaciones estudiantiles de apoyo a las reprimidas huelgas de los mineros en Asturias, resultando ambos detenidos. Entre los cargos figuraba haber cantado públicamente «Asturias patria querida». Las consecuencias fueron muy serias. Anna es condenada a seis meses de cárcel y el fiscal del tribunal militar pide seis años para él acusado del delito de «Rebelión Militar por Equiparación», como presunto cabecilla por haber participado con anterioridad en otra manifestación, y finalmente resulta condenado a tres años. Pasan los primeros tres meses incomunicados en la cárcel Modelo de Barcelona, y posteriormente Manuel es trasladado a la prisión de Lérida (que aparece con frecuencia en sus escritos referida como Aridel). Con la muerte del papa Juan XXIII se dio un indulto especial que recortó su prisión a 18 meses. Su estancia en la cárcel fue una experiencia traumática, pero también significó una importante época de estudio, crecimiento intelectual y formación como escritor. Durante su encarcelamiento escribe el libro de ensayo Informe sobre la información, los primeros poemarios (Una educación sentimental, Movimientos sin éxito y partes de Coplas a la muerte de mi tía Daniela), así como varios relatos que se publicarían en Recordando a Dardé y otros relatos, y probablemente también parte de Los papeles de Admunsen.


INCIPIT 1.422. MEMORIAL DEL ENGAÑO / J.VOLPI


Obertura

La mañana del 23 de abril de 2011, la secretaria depositó sobre mi escritorio un paquete enviado por correo ordinario, sin remitente y con matasellos de Colombo, en cuyo interior se alineaban una carta y un manuscrito titulado Memorial del engaño, firmado por J Volpi. Me imaginé frente a una broma de mal gusto o el desafío de algún malicioso autor de la agencia (pensé en dos o tres nombres). Como cualquier neoyorquino, había seguido con cierto interés la historia de Volpi, un inversor de Wall Street y mecenas de la ópera que, de acuerdo con una nota del Times de octubre de 2008, había estafado a sus clientes, en una suerte de esquema Ponzi, por un monto cercano a los 15 mil millones de dólares: una cifra considerablemente menor a los 65 mil millones defraudados por Bernard Madoff, pero suficientes para acreditarlo como otro de los grandes criminales financieros de la Gran Recesión iniciada ese año. Sólo que, mientras Madof fue condenado a ciento cincuenta años de prisión tras confesar su desfalco, Volpi huyó del país ante la inminencia de su arresto sin que a la fecha exista indicio alguno sobre su paradero .

En su carta, o en la carta escrita en su nombre, Volpi me pedía (casi me exigía) que leyese su autobiografía y, en caso de apreciar su «innegable valor documental y literario», me decidiese a representarlo. Me repelió su tono altivo e imperioso -un tono que, según la prensa, siempre caracterizó sus intervenciones públicas-, pero aun así le solicité a S. Ch., entonces vicepresidenta de la agencia, que me presentase un dictamen. Con un escepticismo idéntico al mío, ella intentó desembarazarse del encargo y lo delegó en un asistente.



INCIPIT 1.421. EL EXTRANJERO / ALBERT CAMUS


Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero eso no quiere decir nada. Quizá fuera ayer.

El asilo de ancianos está en Marengo, a ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús a las dos y llegaré por la tarde. De esa manera podré velarla; regresaré mañana por la noche. He pedido dos días de permiso a mi patrón y no ha podido negármelos ante una excusa semejante. Pero no parecía satisfecho. Llegué a decirle: «No es culpa mía.» No me respondió. Pensé entonces que no debía haberle dicho eso. Al fin y al cabo, no tenía por qué excusarme. Más bien le correspondía a él darme el pésame. Pero lo hará sin duda pasado mañana, cuando me vea de luto.


LA PANDEMIA


Los lenguajes de la verdad, Salman Rushydie, p. 475

Yo no me creí nada, ni lo del castigo divino o terrenal, ni los sueños de un futuro mejor. Muchas personas quisieron creer que algo bueno saldría del horror, que como especie aprenderíamos de alguna manera lecciones virtuosas y saldríamos del capullo del confinamiento como espléndidas mariposas de la Nueva Era, y crearíamos sociedades más amables, más gentiles, menos codiciosas, más prudentes desde el punto de vista ecológico, menos racistas, menos capitalistas y más inclusivas. Esto me pareció, y me sigue pareciendo, un pensamiento utópico. No vi que el coronavirus fuera un presagio del socialismo. Las estructuras del poder mundial y quienes se benefician de ellas no se rendirían fácilmente a un nuevo idealismo. No pude evitar que me chocara nuestra necesidad de imaginar que algo bueno pudiera salir de lo malo. En Europa en la época de la peste negra, y más tarde en  Londres durante la Gran Peste, no hubo tantas personas tratando de ver el lado positivo. Estaban demasiado ocupadas intentando no morir. Al igual que los personajes del spin-off de Eric Idle Monty Python's Spamalot, no estar muerto era todo lo que había que celebrar:

Aún no estoy muerto,

puedo bailar y cantar.

Aún no estoy muerto,

puedo danzar el Highland Fling.

Aún no estoy muerto,

no es necesario que me vaya a la cama.

No hace falta que llame al médico

porque aún no estoy muerto.


BORGES Y LA POLITICA


Una referencia interesante: en Palermo, lugar al que se habían mudado antes de nacer su hermana, vivía gente de familia bien venida a menos con otra no tan recomendable. Él no era consciente de la presencia de los compadritos porque apenas salía a la calle. Cuenta que sus primeros años escolares no fueron placenteros, sus compañeros eran crueles burlándose porque usaba anteojos y vestía como un niño de Eton. Dice haber olvidado el nombre de la escuela pero en cambio recuerda el nombre de la calle: Thames.

En cuanto a la redacción en español escribe que «le enseñaron a escribir de una manera florida ... Más tarde, en Ginebra, me explicaronque esa forma de escribir carece de sentido y que debía ver las cosas por mis propios ojos».

Los nueve años más desdichados de su vida los pasó en la Biblioteca Miguel Cané, está en un medio hostil en el que no puede trabajar honradamente porque de hacerlo pondría de relieve la haraganería de los otros; un medio en el que la violación de una lectora en los baños fue justificada diciendo que eso tenía que pasar por la proximidad del baño de los hombres y del de las mujeres. Denuncia también la frivolidad y la incomprensión de sus amigas, damas de sociedad que le dijeron al visitarlo: «Quizá te parezca divertido trabajar en un sitio como éste, pero prométenos que antes de fin de mes encontrarás un empleo de por lo menos novecientos pesos». «Les di mi palabra de que lo haría.»

Recuerda que otra vez un compañero encontró en una enciclopedia el nombre de un tal Jorge Luis Borges y se sorprendió de la coincidencia de nombres y fechas, dice: «Aunque resulte  irónico, en esa época yo era un escritor bastante conocido, salvo en la Biblioteca».


BORGES Y MARIA


Homenaje a Borges, María Kodama, p.29

Pasa también revista a sus preferencias políticas, que con el correr del tiempo se habían convertido en materia de permanente polémica, explica el porqué de su afiliación al Partido Conservador, porque era el único que no puede suscitar fanatismos y, como agregara en algún reportaje, está destinado a perder. Se jacta de pertenecer a la burguesía, considera que la plebe y la aristocracia se nivelan al compartir «la pasión por el dinero, por el juego, por los deportes, por el nacionalismo, por el éxito y la publicidad». Con esta enumeración de la nota para la Enciclopedia traza un retrato de lo que es su vida, de lo que decidió marginar de ella.

El «autor» de la nota hace notar que Borges era el primer asombrado por el renombre que había adquirido. Atribuye un poco la fama a que los años que le tocaron vivir, de algún modo, coincidieron con la declinación del país. El más leído de sus cuentos es «Hombre de la esquina rosada» cuyo narrador, dice, es un asesino. También las letras de sus milongas conmemoran a asesinos. Agrega que el éxito de Evaristo Carriego, «poeta menor, cuya única proeza fue descubrir las posibilidades retóricas del conventillo» se debe un poco al snobismo de la gente culta que, aunque tenían el terreno preparado por los saineteros, no podían disfrutarlo con la «conciencia tranquila». «Es perdonable que aplaudieran a quien les autorizaba ese gusto.» También, muchas veces marca esta característica snob cuando se refiere al tango, en entrevistas dice que el tango es aceptado por la sociedad de Buenos Aires cuando recibe su bendición en París.


Black Lives Matter


Un país bañado en sangre, Paul Auster, p. 175

Mientras, el asesino de George Floyd, miembro del Departamento de Policía de Mineápolis, está en la cárcel sentenciado a veintidós años, gracias sobre todo a la mano firme y a la mirada clara de Darnella Frazier, una valiente muchacha de diecisiete años que filmó en su integridad los ocho minutos y medio de aquel asesinato a sangre fría, sin sentido, para que lo vieran Norteamérica entera y el resto del mundo. Las manifestaciones subsiguientes al asesinato de George Floyd constituyeron la única señal de esperanza que sentí por nuestro bienestar colectivo durante los primeros y sombríos días de la pandemia, cuando grandes multitudes birraciales marcharon juntas en más de dos mil ciudades y pueblos de Estados Unidos, pero aún no es seguro que esas muestras de unidad entre blancos y negros marquen un auténtico cambio en el ambiente de la nación o no sean más que un momentáneo claro entre las nubes. Pienso, sobre todo, en los policías neoyorquinos que aporreaban los cuerpos de manifestantes pacíficos en Manhattan mientras pandillas de adolescentes saqueaban tiendas en el SoHo, a solo veinte o treinta manzanas al sur, sin ningún agente a la vista. Y, cuando no pienso en Nueva York, pienso principalmente en la pequeña ciudad de Wisconsin donde hace ciento dos años mi abuela mató a tiros a mi abuelo y en que, en esa misma ciudad de Kenosha, cuando una multitud de manifestantes marchaba en agosto pasado para apoyar a Jacob Blake, un negro desarmado que había quedado paralítico después de que un agente de policía blanco le disparase siete balazos en la espalda, un muchacho de diecisiete años llegó a la escena armado con un fusil semiautomático y mató a tiros a dos manifestantes e hirió a otro, crímenes premeditados que el ya antiguo presidente aprobó como actos de «autodefensa». Luego vuelvo mis pensamientos hacia la muchacha de diecisiete años con su teléfono móvil en Mineápolis y me pregunto si el futuro le pertenece a ella o al chico de diecisiete años del fusil de Kenosha, o si el mundo seguirá siendo el mismo de ahora y el futuro les pertenecerá a los dos.


INCIPIT 1.420. UN PAIS BAÑADO EN SANGRE / PAUL AUSTER



Nunca he poseído un arma de fuego. No una de verdad, en cualquier caso, aunque durante dos o tres años después de dejar los pañales, me paseaba por ahí con un revólver de seis tiros colgando de la cadera. Yo era texano, aunque viviera en el extrarradio de Newark, Nueva Jersey, porque entonces, en los primeros años cincuenta, el Salvaje Oeste estaba en todas partes e incontables legiones de chicos norteamericanos poseían con orgullo un sombrero de vaquero y una pistola de juguete barata enfundada en una cartuchera de imitación cuero. De cuando en cuando, una ristra de petardos de percusión se introducía frente al martillo de la pistola para imitar el sonido de una bala de verdad


INCIPT 1.419. HOMENAJE A BORGES / MARIA KODAMA


El 24 de agosto de 1899 nace en Buenos Aires, capital de la República Argentina, un niño. La Cruz del Sur a las puertas del laberinto señala hacia los cuatro puntos cardinales la extensión de ese laberinto trazado en su espacio infinito: la pampa. El niño recién nacido oye desde los brazos de una de sus abuelas sonidos que no comprende. El niño recién nacido siente que otros brazos lo sostienen y otros sonidos más ásperos y breves, que tampoco comprende, lo acarician. La inquietud por la diferencia se disipa con el contacto cálido y protector de los abrazos. El niño crece y comprende que esas son dos lenguas distintas: el inglés y el español.

Allí comienza el trazado de su camino que tercamente se bifurca en otro, que tercamente se bifurca en otro. Bifurcación que se dio en su vida, en la lengua, en el espacio, en el tiempo que marcará mucho más adelante la separación del amor y de la aventura de Europa, que marcará también la separación entre el mundo de sus lecturas y el real. En el prólogo de Evarísto Carriego dice:

Yo creí, durante años, haberme criado en un suburbio de Buenos Aires, un suburbio de calles aventuradas y de ocasos visibles. Lo cierto es que me crié en un jardín, detrás de una verja con lanzas, y en una biblioteca de ilimitados libros ingleses.


«Sigue soñando, Paul».


Un país bañado en sangre, Paul Auster, p. 141

Hay que remontarse a 1984 y recordar el caso muy publicitado de Bernhard Goetz, el « Vigilante del Metro» de Nueva York, que mató a tiros a cuatro adolescentes negros desarmados por temor a que estuvieran a punto de atacarlo para robarle, o, si no, el caso de 2012 de Trayvon Martín, un estudiante de instituto, de diecisiete años, negro y desarmado, a quien mató a tiros George Zimmerman, de veintiocho años, porque tenía un aspecto «sospechoso». Esos dos tiroteos estaban motivados por el miedo, y, ya sea real o imaginario, el miedo no es una justificación legítima para disparar con un arma de fuego contra otra persona. Al fin y al cabo, no todos los que poseen un arma son personas tan equilibradas y dueñas de sí mismas como el fontanero de Sutherland Springs, y si, tal como argumenta la ANR, los norteamericanos respetuosos de la ley deben estar armados para protegerse contra los infractores de la ley que amenazan nuestra seguridad, una enorme cantidad de gente temerosa, con frecuencia irracional, tendrá la capacidad de tomar decisiones instantáneas que inevitablemente conducirán a más muertes de desconocidos desarmados. Poner un arma en manos de cualquiera convertiría Estados Unidos en un país de soldados y retrocederíamos a los primeros días coloniales en los que cada ciudadano era un soldado con mosquete y servía de por vida en la milicia local. ¿Es eso lo que queremos en la Norteamérica de hoy, el derecho a vivir en una sociedad en permanente lucha armada? Si el problema consiste en que hay demasiados malhechores con armas, ¿no sería más sensato despojarlos de ellas en vez de dárselas a los denominados hombres de bien, que en muchos casos, si no en la mayoría, no lo son tanto, y así eliminar el problema de raíz? Porque si los malhechores no tienen armas, ¿para qué las necesitarían los hombres de bien?

Como solía decir mi madre cuando yo salía con alguna de mis apasionadas y desaforadas conjeturas sobre cómo mejorar el mundo: «Sigue soñando, Paul».


LA LEY SECA


Un país bañado en sangre, Paul Auster, p. 85

La primera norma federal relativa al control de armas fue la Ley Nacional sobre Armas de Fuego de 1934, que imponía una carga fiscal tan fuerte y unas condiciones tan onerosas para la venta y la compra de ametralladoras de estilo militar que esas mortíferas armas quedaron prohibidas en la práctica. La proliferación de la metralleta fue una consecuencia directa del auge de las bandas criminales y del gansterismo de los años veinte, y la razón principal de ese auge era otra Enmienda de la Constitución, la Decimoctava, que prohibía la venta de bebidas alcohólicas y dio lugar a los caóticos y desenfrenados años de la Prohibición. No todos los motivos de la Enmienda eran rebatibles (sin duda, la plaga del alcoholismo destrozaba muchas vidas y causaba la ruina a muchas familias), pero en su mayor parte los consumidores de alcohol no eran alcohólicos, y en los muchos siglos transcurridos desde que Dioniso ofreciera al mundo el milagro del vino, esa bebida medianamente intoxicante ha sido parte integrante de la vida cotidiana de centenares de millones de personas y se consume como acompañamiento de las comidas, como propiciador de compañía y cordialidad, como bálsamo que alivia a las almas fatigadas e inquietas, y con frecuencia como elemento afrodisiaco del deseo erótico. A principios del siglo XX, con el consumo de cerveza, vino y diversas clases de bebidas destiladas profundamente arraigado en casi todas las culturas humanas, los norteamericanos se opusieron a las restricciones que les habían impuesto y se negaron a obedecer la ley. El resultado fue una catástrofe nacional, porque la Decimoctava Enmienda no solo no logró que los norteamericanos dejaran de beber, sino que tuvo el efecto contrario de inducirlos a beber más, lo que generó un ejército de contrabandistas y el negocio muy rentable de traficar con bebidas alcohólicas ilegales, lo que causó un incontable número de muertes y cegueras por causa del alcohol de fabricación casera y de las cubas de alcohol de madera domésticas


LA VIOLENCIA DE LAS ARMAS


Un país bañado en sangre, Paul Auster, p. 59

Según una reciente estimación del hospital pediátrico del Philadelphia Research Institute, actualmente hay 393 millones de armas de fuego en poder de residentes en Estados Unidos: más de una para cada hombre, mujer y niño de todo el país. Cada año, unos cuarenta mil norteamericanos mueren por heridas de arma de fuego, lo que equivale al número de muertes causadas por accidente de tráfico en las carreteras y autovías de Estados Unidos. De esas cuarenta mil muertes producidas por arma de fuego, más de la mitad son suicidios, lo que a su vez equivale a la mitad de todos los suicidios por año. Si a eso se añaden los asesinatos efectuados con pistolas y las muertes accidentales causadas por armas de fuego, el promedio indica que diariamente hay más de cien norteamericanos muertos a balazos. A ese mismo promedio diario hay que agregar más de doscientos heridos, lo que supone ochenta mil al año. Ochenta mil heridos y cuarenta mil muertos, o ciento veinte mil llamadas a la ambulancia y a Urgencias cada vez que el calendario marca doce meses, pero el número de casos producidos por la violencia de las armas va mucho más allá de los cuerpos perforados y ensangrentados de las propias víctimas, y se amplía a la devastación que sacude a sus parientes, cercanos y lejanos, sus amigos, sus compañeros de trabajo, sus vecinos, los colegios, las iglesias, los equipos de sóftbol y comunidades en general -la vasta legión de vidas afectadas por la presencia de una sola persona que vive o ha vivido entre ellos-, lo que quiere decir que el número de norteamericanos directa o indirectamente marcados por la violencia de las armas asciende a millones cada año.


HAMLET


Los lenguajes de la verdad, Salman Rushdie, p. 271

Hace algunos años inicié a Christopher Hitchens en un juego literario bastante tonto: rebautizar las obras de Shakespeare a la manera de las novelas de Robert Ludlum (El intercambio Rhinemann, El caso Bourne, El pacto de Holcroft). Esto nos lleva, por ejemplo, a La sanción Rialto (El mercader de Venecia), La implicación del pañuelo (Otelo) y La forestación de Dunsinane (Macbeth). Y Hamlet se convertiría en La indecisión de Elsinor.

En Hamlet, la pregunta se refiere a los interminables aplazamientos del príncipe de Dinamarca, que se prolongan lo suficiente para convertirla en la obra más larga de Shakespeare. ¿Por qué, entonces, después de que el fantasma de su padre le diga claramente cómo murió, Hamlet pospone tanto su venganza? ¿Por qué tantas incertidumbres y divagaciones? En este caso, el propio autor proporciona la respuesta. Hamlet es víctima de la pereza.

“De poco tiempo a esta parte -el porqué es lo que ignoro- he perdido completamente la alegría, he abandonado todas mis habituales ocupaciones, y, a la verdad, todo ello me pone de un humor tan sombrío, que esta admirable fábrica, la tierra, me parece un estéril promontorio; ese dosel magnífico de los cielos, la atmósfera, ese espléndido firmamento que allí veis suspendido, esa majestuosa bóveda tachonada de ascuas de oro, todo eso no me parece más que una hedionda y pestilente aglomeración de vapores. ¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Cuán noble por su razón! ¡Cuán infinito en facultades! En su forma y movimientos, ¡cuán expresivo y-maravilloso! En sus acciones, ¡qué parecido a un ángel! En su inteligencia, ¡qué semejante a un dios! ¡La maravilla del mundo! ¡El arquetipo de los seres! Y, sin embargo, ¿qué es para mí esa quinta esencia del polvo? No me deleita el hombre, no, ni la mujer tampoco ...”


PROTEO


Los lenguajes de la verdad, Salman Rushdie, p. 62
Cada vez que llamo a la puerta de mi estudio, y me concedo permiso para entrar, doy gracias a mi Shakespeare de metal de dos centímetros y medio por su idea de lo proteico. Puede que solo sea un adorno de la puerta, pero en mi opinión sabe algo. Recordemos a Proteo, el Anciano del Mar, «Proteo, el de la tez verde marino, [que] surca la vasta mar a bordo de su carro llevado por peces y por un tiro de corceles de dos patas», escribe Virgilio en las Geórgicas. Proteo, que conocía todo lo que había existido en el pasado, todo lo que existía y todo lo que estaba por venir, era reticente a contar a nadie sus conocimientos, y adoptaba formas nuevas para evitar revelar sus secretos. Se podía convertir en «joven, en león, en jabalí, en serpiente, en toro, en piedra, en árbol, en agua, en llama o en lo que le plazca». Pero no siempre ocultaba la verdad; a veces también la desvelaba; por ejemplo, cuando explica al mortal Peleo cómo capturar a la ninfa marina Tetis, la hermosa nereida de pies plateados Tetis, que también era capaz de cambiar de forma; «por mucho que la ninfa adopte cien formas engañosas -aconseja Proteo a Peleo en las Metamorfosis de Ovidio-, evita que se te escape, y mantenla cerca de ti, hasta que vuelva a adoptar la forma que tenía de inicio». Peleo sigue esas instrucciones y captura a Tetis, y el magnífico resultado de su acoplamiento es Aquiles, aunque Tetis sabe que no ha sido seducida sin ayuda -«no sabes conquistar sin asistencia de los dioses», le dice a Peleo-, pero ya es demasiado tarde, Aquiles ya está de camino, gracias a las revelaciones del metamórfico Proteo, y es esta la idea de lo proteico que me gusta: no la que esconde, sino la que revela. Eso hacía Shakespeare, que conocía todo lo que había existido, todo lo que existía y todo lo que estaba por venir, y usaba su arte cambiante para desvelarlo todo: tanto el presente como el futuro y el pasado.

INCIPIT 1.418. LA LAMPARA MARAVILLOSA / RAMON DEL VALLE-INCLAN


H AY dos maneras de conocer, que los místicos llaman Meditación y Contemplación. La Meditación es aquel enlace de razonamientos por donde se  lega a una verdad, y la Contemplación es la misma verdad deducida cuando se hace substancia nuestra, olvidado el camino que enlaza razones a razones y pensamientos a pensamientos.


INCIPIT 1.417. LA NIETA / BERNHARD SCHLINK


Llegó a casa. Eran las diez; los jueves no cerraba la librería hasta las nueve, algo cansado ya, y a las nueve y media, después de bajar las persianas de los escaparates y de la entrada, volvía en una media hora por el camino que atravesaba el parque, pues, si bien tardaba más que por las calles, después de tantas horas en el trabajo, andar le sentaba bien. El parque no estaba cuidado: el ligustro sin podar, el arriate de rosas cubierto de hiedra; pero olía bien, a rododendros o a lilas, a tilo o a ailanto, a hierba cortada o a tierra húmeda. Seguía ese itinerario tanto en verano como en invierno, hiciera el tiempo que hiciese. Cuando llegaba a casa, de la rabia y las preocupaciones del día ya no quedaba nada.

Vivía con su mujer en la planta noble de una finca modernista de varios pisos, en un apartamento comprado a buen precio hacía ya unas décadas; como se había revalorizado, ahora era, por así decirlo, su fondo de pensiones. La escalera amplia, el rellano curvo, el estuco, una beldad desnuda con una larga cabellera que caía en cascada de una planta a la otra ... Le gustaba entrar en el edificio, subir los primeros escalones y abrir la puerta


JUVENTUD RDA


La nieta, Bernard Schlink, p. 24

La última carpeta contenía un texto más largo, escrito a máquina, sin especificar el autor o la autora, pero que probablemente era de Birgit. «En sus cuarenta años de existencia, la RDA encerró en centros a ciento veinte mil jóvenes. En centros especiales, centros de trabajo para jóvenes, campos de educación y de trabajo, albergues transitorios. Cuando ingresaban los sometían a un registro corporal, les inspeccionaban los orificios, les cortaban el pelo. Al recién llegado primero lo encerraban en una celda individual: un taburete, un catre, un cubo. Después pasaba a una celda común: el recalcitrante se veía entre brutos, a los agitadores políticos o culturales los ponían con los criminales, las víctimas de actos de violencia acababan con los culpables de actos de violencia, y las víctimas de violencia sexual, con los delincuentes sexuales. Volvían al punto en que los habían destrozado. Los demás los destrozaban porque eran diferentes, porque podían destrozarlos, porque estaban destrozados. Si alguien no hacía bien la cama o si ponía mal el cepillo de dientes en el vaso, si hablaba cuando debía callar o si callaba cuando debía decir algo, la dirección castigaba a todo el grupo, y todo el grupo lo castigaba a él. Más de uno intentaba huir. Si la fuga fracasaba, se empeñaban en luchar. Si eso también fracasaba, se entumecían. Se helaban. El deshielo no se producía ni siquiera cuando los soltaban. Amnesia, claustrofobia, agorafobia, sufrimiento psíquico y físico, los hombres se volvían impotentes y las mujeres frígidas o tenían abortos espontáneos. Se volvían alcohólicos. A los jóvenes los educaban y los destrozaban así en los centros de la RDA, del mismo modo en que se los educaba y destrozaba en los centros alemanes antes de 1945, e incluso después de 1945, durante mucho tiempo ... » El texto seguía en ese tono: primero, una descripción general; después, párrafos detallados sobre los distintos centros y sus maneras de tratar y abusar. Ya fuese ese texto una copia o el resultado de lecturas del material de la primera carpeta, para uso personal o para su publicación, no era lo que buscaba.


SALIGIA


Los lenguajes de la verdad, Salman Rushdie, p. 263

«Saligia» son los siete pecados capitales en uno. Me la imagino como una criatura grotesca de Fellini, voluminosa y carnosa, que se bambolea cuando ríe. La cámara desciende hacia ella y ella le presenta su enorme busto. Tiene mala dentadura y el pelo negro y grasiento recogido en un moño. Si fuera una escultura, tendría que ser de Fernando Botero, el escultor colombiano de personas (y animales) de tamaño descomunal. Aterroriza a los adolescentes, tal vez en Rímini, la ciudad natal de Federico Fellini, o en alguna otra que se le parece, pero esos mismos adolescentes se sienten inexorablemente atraídos por ella, por el perfume que emanan sus poderosos pechos. Ella los inicia en los misterios de la carne, y sus hermanas son Cabiria, Volpina y compañía. Extiende los brazos hacia nosotros y estamos perdidos.

Probablemente nació en el siglo XIII. En 1271 aparece impresa en la Summa hostiensis de un tal Henricus de Bartholomaeis, un hombre de la ciudad portuaria de Ostia donde, siglos más tarde, la prostituta Cabiria ejercería su oficio de noche en la película de Fellini. Bartholomaeis creó a Saligia al revisar el orden tradicional de los siete pecados capitales, que se estableció en el siglo VI d. C. en la Magna Moralia de Gregorio Magno: superbia, invidia, ira, avaritia, accidia, gula, luxuria. Soberbia, envidia, ira, avaricia, pereza, gula y lujuria. Estos son sus siete elementos, pero en la relación de Gregorio -SIIAAGLaún no se distinguen. Es Bartholomaeis quien le da vida reordenando su ADN. Él es su Crick y Watson, su Pigmalión. Soberbia, avaricia, lujuria, envidia, gula, ira y pereza: esa es, según el hombre de Ostia, la secuencia que descifra su código genético. Superbia, avaritia, luxuria, invidia, gula, ira, accidia: el acrónimo le da vida a Saligia de una forma gráfica y tangible.


INCIPIT 1.416. LA SONRISA OLVIDADA / MARGARET KENNEDY


En un jardincillo del Museo de Antigüedades de la isla de Tasos hay un objeto grande y tosco. Tiene la cabeza de una foca, el cuerpo corno una salchicha en hojaldre, un par de alas rudimentarias y unas piernas humanas calzadas con unas botas gruesas. A pocos visitantes les parece bello.

Ejercía, no obstante, una permanente fascinación en Selwyn Potter, que nunca dejaba de ir a verlo cuando iba a Tasos. Visto desde delante, de manera que no se viera la parte trasera como de pájaro, le recordaba a alguien a quien debía de conocer muy bien. La expresión taciturna del rostro de la foca le resultaba tentadoramente familiar.

Este duradero acertijo se resolvió una mañana de primavera, cuando vio salir renqueando del museo al doctor Percival Challoner para contemplar aquella cosa. La asociación quedó meridianamente clara; eran tan parecidos corno Tweedledum y Tweedledee. En otra era, en otra vida, Selwyn había pasado horas atento a la información que goteaba de esa boca melancólica.


INCIPIT 1.415. ASENTIR O DESETABILIZAR / RAFAEL CHIRBES


 Alejo Carpentier. El método de novelar

Carpentier tiene casi setenta años. Su obra es muy breve: cuatro novelas, de las cuales solo dos de volumen respetable, algunos relatos ... , poco más, al menos que yo conozca. Esto no impide que se haya convertido en un maestro. Es probable que, si se me hiciese elegir de entre todos los escritores latinoamericanos a uno solo, ese fuera Alejo Carpentier. Y para ello no hubiese necesitado conocer más que su soberbio El siglo de las luces.

En esta novela descubrí todos los elementos capaces de configurar una obra maestra. El gusto por la palabra, enraizado en la precisión conceptual. La riqueza verbal unida a la disciplina que excluye los desenfrenos vacíos. La pasión por lo cultural en el maridaje de la tradición filosófica y literaria de la vieja Europa y el mundo joven americano. La reflexión del hombre ejercida desde la Historia, como único cauce capaz de proporcionarle un sustento materialista al margen de la metafísica. La meditación política, inherente a cualquier análisis histórico llevado hasta sus últimas consecuencias.


LA PANDEMIA


Los lenguajes de la verdad, Salman Rushdie, p. 482

Cuando recuperé la salud y las fuerzas, recorrí las calles, debidamente protegido con mascarilla y guantes, con la intención de restaurar mi relación con esta ciudad, Nueva York, a la que siempre he querido desde que la visité por primera vez a principios de los años setenta. Encontrarme completamente solo en el gran vestíbulo de la Grand Central Station me produjo una sensación sobrecogedora. Vi el corazón segado en el césped de Bryant Park como homenaje a los trabajadores esenciales, la Quinta Avenida vacía, y a un caballero de pelo blanco sentado en un banco de Madison Square Park que tocaba tranquilamente la guitarra. Vi una Times Square desierta. Y presenté mis respetos a la tienda de delicatessen que había sido el legendario Max's Kansas City. Ahora estaba cerrada, como había cerrado el club nocturno mucho antes. ¿Volvería a abrir? Era imposible saberlo. Tal vez el pasado retornaría como por arte de magia y los fantasmas de Lou Reed y la Velvet Underground volverían a tocar en el piso de arriba, Bowie y Warhol se sentarían en la trastienda, y Debbie Harry serviría mesas.

Luego la ciudad volvió a cambiar, coincidiendo con una segunda crisis, y durante un tiempo, al menos, fue como si la pandemia hubiera dejado de existir.


GARCIA MARQUEZ


Los lenguajes de la verdad, Salman Rushdie, p. 178

Abrí el libro allí mismo, en la librería, esperando, sinceramente, encontrarme con un tedio insufrible, y por primera vez leí, y me pareció escuchar, esas palabras ya mundialmente famosas:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macando era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

En la primera página, debajo de los datos biográficos del autor, escribí la fecha en que compré el libro, y por eso estoy seguro de que fue el 13 de marzo de 1975, el mismo mes en que se publicó mi novela. Todavía conservo ese ejemplar, aunque desde entonces he comprado otros muchos, para mí y para regalar, porque lo que me ocurrió a mí aquel día les sucedió a millones de personas al leer esas palabras. Me enamoré perdidamente, y ese amor ya hace más de cuarenta años que dura, sin mengua. Aquellos campesinos eran todo menos miserables, y el título de la sobrecubierta, que al principio me había parecido tan inhóspito, ahora era como una promesa de prolongados deleites, promesa que las páginas siguientes cumplirían ampliamente.

Yo no sabía casi nada del mundo literario latinoamericano en el que acababa de entrar, ni de la realidad de la que surgía. En el momento de nuestro primer encuentro, no me importó. Reaccioné con la simple franqueza, la feliz inocencia del lector abrumado e iluminado por la belleza y la comicidad del texto:

Los niños habían de recordar por el resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre se sentó a la cabecera de la mesa, temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el encono de su imaginación, y les reveló su descubrimiento:

-La tierra es redonda como una naranja.

Úrsula perdió la paciencia.

-¡Si has de volverte loco, vuélvete tú solo! -gritó-. Pero no trates de inculcar a los niños tus ideas de gitano.


EL COTILLEO


Asentir o desestabilizar, Rafael Chirbes, p. 268

El cotilleo -el contar- ha sido tradicionalmente atribuido al mundo femenino, mientras que al hombre se le atribuye (también por la tradición) el ser de pocas e inamovibles palabras («un hombre de palabra», se dice). La mujer -seguimos con el tópico- se enreda en el hilo del verbo y la vida, pregunta, critica, se interesa  por cuanto pasa bajo techos que no son el suyo, y busca un saber menudo e improductivo que el varón desdeña. La narración, pues, por ser cotilleo -aunque, eso sí, sacralizado--, arraiga en el apartado femenino del alma: no deja de ser chisme, invención, mentira que encubre una verdad difusa, como la del arna de casa ante el puesto del carnicero.

Sin embargo, es el macho quien ha secuestrado esa voz y, con frecuencia, la mujer ha debido ocultarse, para contar, detrás de una firma de hombre. Pocas narradoras, pocas mujeres sujeto en el quehacer literario y, por el contrario, muchas protagonistas de la ficción de los hombres: muchas mujeres objeto de literatura. Con el desarrollo parece llegada la hora de la transición, en la que el macho-salomé entregaría en bandeja de plata -bien que a regañadientes- la cabeza del cuento, buscando esa voz (la que ya se escuchaba en la primera obra de Azancot:"' voz de mujer saliendo de un cuerpo de hombre) que, siendo femenina, está en él sumergida.


ULISES


Asentir o desestabilizar, Rafael Chirbes, p. 142

James Joyce, Ulises. Traducción de J. M. Valverde. Barcelona, Editorial Lumen, 1975, 2 volúmenes: 577 y 463 páginas, 840 pesetas

Joyce nació en Dublín en 1882 y murió en 1941, en plena guerra mundial. Fue, por excelencia, escritor y a la escritura dedicó la mayor parte de sus esfuerzos. Poeta (Música de cámara), dramaturgo (Exiliados), autor de narraciones breves (Dublineses) y novelista (Ulises).

Su obra es una mezcla de ternura, musicalidad, ironía y captación de lo cotidiano. Sin pretensiones de ser testigo de la realidad captó con la sensibilidad de un Flaubert, con la precisión de un Balzac, el mundo de lo pequeño y diario; su belleza, su patetismo, su grandeza y su miseria. Si esto es patente en creaciones como Dublineses o el Retrato del artista adolescente, sin duda cobra nuevos significados en su obra maestra que es, a la vez, una obra maestra de la literatura universal: Ulises. Introducía en ella, revolucionando el arte de escribir, nuevas técnicas, una perspectiva irónica, un minucioso culto a lo cotidiano y un diálogo con el lector, con la literatura y con la cultura, haciendo de todo ello el centro mismo de su arte de novelar.

Joyce declaró en una entrevista que había escrito el Ulises «para tener ocupados a los críticos durante trescientos años». En otra ocasión negó que existiese en toda la novela una sola línea que pudiera tomarse en serio. Los resultados de su labor fueron, sin embargo, una burla maestra, un modelo para toda la posterior literatura.

La publicación en España de esta novela, que hasta ahora habíamos tenido que leer en la mediocre traducción de una editorial latinoamericana, se ha llevado a cabo con un rigor ejemplar del que debemos dejar constancia. J. M. Valverde ha dedicado varios años de su vida a traducir y preparar una edición impecable.


INCIPIT 1.414. LECCIONES / IAN McEWAN


Este era un recuerdo insomne, no un sueño. Era la lección de piano otra vez: un suelo de baldosas naranja, una ventana alta, un instrumento de media cola en una habitación sin muebles cerca de la enfermería. Tenía once años e intentaba tocar lo que otros quizá conocieran como el primer preludio del Libro I de El clave bien temperado de Bach, versión simplificada, aunque él no sabía nada de eso. No se planteaba si era famoso u oscuro. No tenía  cuándo ni dónde. Solo alcanzaba a concebir que alguien se había tomado en algún momento el trabajo de componerlo. La música sencillamente estaba aquí, un asunto de la escuela, o algo oscuro, como un pinar en invierno, exclusivo de él, de su laberinto privado de frío pesar. Nunca le dejaría marchar.

La profesora estaba sentada a su lado en la banqueta ancha. De cara redonda, erguida, perfumada, severa. Su belleza quedaba disimulada por su compostura. No regañaba ni sonreía nunca. Había chicos que decían que estaba loca, pero él lo dudaba.

Cometió el error en el mismo lugar, el que siempre cometía, y ella se le acercó más para mostrárselo. Notó su brazo firme y cálido contra el hombro, las manos, las uñas pintadas, justo encima de su regazo. Sintió un hormigueo tremendo que le impedía prestar atención.


WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia