Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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TERAPIA

De Algún día todo esto te será útil de Peter Cameron, p. 184-185
-Ayer hice algo que estuvo muy mal.
Ella pareció un poco alarmada, pero lo superó enseguida.
-¿Sí? ¿Qué hiciste?
Le conté lo que le había hecho a John y cómo había reaccionado él.
Ella guardó silencio durante un momento. Comprendí que aún pensaba en la mujer del loro y el 11 de septiembre, que trataba de imaginar la relación que había entre eso y John y se preguntaba cómo debería planteármelo. Esa era la otra cosa que empezaba a irritarme de la terapia: la suposición de que todo estaba relacionado y, cuantas más relaciones pudieras establecer, tanto mejor. Me recordaba aquellos rompecabezas que hacíamos en primaria, en los que trazabas líneas entre figuras iguales en diferentes columnas y finalmente tenías demasiadas líneas y todo estaba conectado en una gran maraña.
-¿Por qué crees que hiciste eso? -me preguntó la doctora.
-Creo que quería demostrar que podía ser esa otra persona, alguien capaz de atraer a John. Y pensé que si podía concebir a esa persona y convencer a John de que existía, entonces, de alguna manera, yo podría ser esa persona o aspirar a serlo. Sé que parece estúpido, pero a mí me parecía inteligente. No me di cuenta de que estaba engañando a John.
-Así pues, ¿te interesa John?
-¿Si me interesa? ¿Qué quiere decir?
-Creo que sabes lo que quiero decir.
No dije nada. Pensé que preferiría no haber sacado aquello a relucir y estar hablando todavía de la señora desaparecida.
-¿Qué querías que pasara anoche con John? –me preguntó ella.
-No lo sé -respondí-. No sé qué es lo que pasa cuando dos personas tienen mutuo interés ... ¿o se dice que se interesan una por la otra? Nunca estoy seguro de cómo es mejor decirlo.
-No creo que importe.
-Claro que importa. Una manera debe de ser correcta y la otra no. Y si no te esmeras por decirlo bien, estás causando ...
-¿Causando qué?

-Una decepción al mundo. Las pequeñas cosas, como usar correctamente el lenguaje, son lo que hace funcionar al mundo. Funcionar correctamente, quiero decir. Si no hacemos caso de esas pequeñas cosas, el caos se impondrá. Esa clase de errores son pequeñas grietas en la  presa y usted cree que no importan, pero se acumulan, sus errores y los de todos los demás, y entonces sí que importan.

TIBURONES Y CORDEROS

De Algún día este dolor te será útil de Peter Cameron, p. 184-185
 No me gusta nada hablar con personas que trabajan a comisión. Durante años no supe que existían esa clase de empleos, pero cuando tenía diez años, fui con mi padre a un concesionario de BMW en Nueva Jersey a comprar un coche nuevo, cuando mi padre le dijo al vendedor que nos había atendido que iba a mirar en otros sitios este se mostró tan agresivo que prácticamente se abalanzó sobre nosotros cuando nos íbamos. Recuerdo que le pregunté a mi padre qué le pasaba a aquel hombre y respondió que no le pasaba nada, que actuaba así porque era un tiburón y me dijo que en ciertos empleos tenías que ser un tiburón, que todo el mundo lo comprendía y por ello resultaba aceptable. Le pregunté a mi padre si él era un tiburón y dijo que no, él era más bien como un buitre, dejaba que otros animales hicieran la carnicería y él se alimentaba de los restos. Esas revelaciones me turbaron mucho y quise preguntarle si había trabajos para corderos y conejos, pero algo en mi interior me dijo que no debía hacerle esa pregunta. Pensé que tal vez me volvería más agresivo a medida que me hiciera mayor, pero no ha sido así, de modo que es un problema que todavía tengo sin resolver. Creía que en el mundo del arte la gente tendería a lo corderil, pero no es el caso. John es claramente un tiburón, a su manera genial y despreocupada; y mí madre, en ocasiones, puede recordar poderosamente a un buitre. Así pues, esa era otra razón apremiante para marcharme de Nueva York y encontrar un medio de vida que no requiriese un salvaje comportamiento instintivo. Una mujer había entrado en la galería mientras hablaba con Jeanine Breemer y estaba mirando con detenimiento cada uno de los cubos de basura. Tenía un cuadernillo en el que copiaba la información de las etiquetas  en las paredes que identificaban cada pieza.

#2 r. Encolado de aluminio, papel, objetos encontrados, piel de conejo fragmentada, rotulador, cera de abeja, cabello humano. 6ox75cm.

TERAPIA. 11S

De Algún día este dolor te será útil de Peter Cameron, p. 181-182
al colegio Stuyvesant, un centro que está muy cerca de la Zona Cero. Así pues, supongo que tu experiencia de aquel día fue especialmente intensa.
-Sé que va a pensar de mí que soy agresivo adrede, pero realmente detesto ese término.
-¿Qué término?
-Zona Cero.
-¿Ah, sí? ¿Por qué?
-Me parece un eufemismo, algo que podrían decir en una película de James Bond. Y se ha convertido en un destino. La gente dice: “Vamos a la Zona Cero” como dice: "Vamos al Rockefeller Center” o “Vamos al estadio de los Yankees”.
-¿Cómo te gustaría referirte a ese lugar?
-No lo sé. El solar del World Trade Center. El sitio donde estuvo el World Trade Center. “Vamos al solar donde estuvo el World Trade Center antes de que los terroristas estrellaran un avión contra él y lo derrumbaran.”
-De acuerdo. Puesto que Stuyvesant está muy cerca del solar donde estuvo el World Trade Center, imagino que tu experiencia de ese día fue intensa.
-Creo que ese día fue intenso para todo el mundo.
Ella sacudió la cabeza con el semblante entristecido.
-Estoy de acuerdo contigo, pero no me refiero a eso. Estabas al otro lado de la calle donde se encontraban las torres. Supongo que viste cuanto sucedió. No creo que todo el mundo tuviera esa experiencia.
Era cierto que lo habíamos visto todo desde las ventanas del aula. No le respondí enseguida.
Pensé en algo que había leído en el periódico uno o dos meses después del 11 de septiembre de 2001. Se refería a una mujer a la que nadie sabía desaparecida. Nadie la había echado de menos. Nadie informó de su desaparición. Ni familiares ni amigos. Sus vecinos no se dieron cuenta. Se trataba de una persona muy reservada y llevaba una vida tan solitaria que su ausencia no afectó a nadie. Tan solo su manicura cayó en la cuenta. Iba todas las semanas a arreglarse las uñas y, como no aparecía y no era posible localizarla, la manicura avisó a la policía. Irrumpieron en su piso. Encontraron un pájaro, un loro o algo por el estilo, muerto en su jaula, y, naturalmente, ni rastro de ella, solo el periódico del II de septiembre todavía abierto sobre la mesa de la cocina. Y lo había abierto más de un mes antes de que alguien pensara en la posibilidad de su desaparición y, de no haber sido por la manicura, nadie lo habría sabido jamás.
-Estaba pensando en la mujer que murió el 11 de septiembre y de la que nadie supo que había desaparecido -le dije a la doctora-. ¿Leyó la noticia?
-Creo que no.

Le conté la historia de aquella mujer y ella me dijo que había oído hablar de varias personas así, personas que habían muerto pero cuya desaparición nadie había notado, por lo menos de inmediato. Me preguntó por qué creía que estaba pensando en aquella mujer. Esa pregunta me puso muy triste. Triste y con una sensación de derrota, porque no tenía duda de que ella sabía por qué pensaba en aquella mujer.

INCIPIT 524. ALGUN DIA ESTE DOLOR TE SERA UTIL / PETER CAMERON

Jueves, 24 de julio de 2003

Casualmente, el día que mi hermana Gillian decidió que en lo sucesivo pronunciaría su nombre con g fuerte fue el mismo día que regresó mi madre, demasiado pronto y sola, de su luna de miel. Ni lo uno ni lo otro me sorprendió: Gillian, por entonces entre el tercer y el cuarto curso en Barnard, salía con un profesor de Teoría del Lenguaje llamado Rainer Maria Schultz y, claro, se había vuelto una fanática de la lingüística y a menudo peroraba sobre el lenguaje “puro” del que supuestamente Gillian con g fuerte era un ejemplo. Por otro lado, mi madre había decidido contraer matrimonio precipitadamente con un hombre raro que se llamaba Barry Rogers. Si bien Gillian con g fuerte y yo habíamos sospechado que ese enlace (el tercero de mi madre) no duraría mucho, supusimos que sí sobreviviría a la luna de miel, pero cuando nos enteramos de que se proponían pasarla en Las Vegas, nuestro escepticismo aumentó. Mi madre, que se ha pasado la vida evitando lugares como Las Vegas y des

TERAPIA

De Algún día este dolor te será útil de Peter Cameron, p. 100-101
-Comprendo -dijo ella.
Me molesta que la gente diga: “Comprendo”. Eso no significa nada y me parece algo hostil. Cada vez que alguien me dice “Comprendo” creo que realmente me está diciendo: “Que te den”. Estuve a punto de preguntarle qué era lo que comprendía, pero me di cuenta de que eso no nos llevaría a ninguna parte y no le dije nada.
-¿Qué tal te sientes hoy? -me preguntó al cabo de un momento.
Me di cuenta de que estar en la consulta de una psiquiatra y que esta me preguntara cómo me sentía era algo que me ponía triste, así que le dije:
-Me siento triste. -Y por alguna razón cerré los
-¿Ah, sí?
-Sí.
Ella guardó silencio durante un rato y, al cabo, me preguntó:
-¿Sabes por qué te sientes triste?
Abrí los ojos. Aunque solo habían transcurrido unos segundos y todo seguía igual, me sentía como si hubiese estado largo tiempo ausente. La doctora Adler me miraba pacientemente, a la manera en que una psiquiatra miraría a su paciente, con una ausencia perfecta de expresión en el semblante, salvo un leve atisbo de preocupación.
-¿Desde cuándo te sientes así? -me preguntó al cabo de un momento. Sé que ella quería decir en general, pero no podía responderle “Siempre”. No podía decirle cuántos días o meses o años. No era como si me hubiera despertado una mañana con fiebre.
-Desde hace bastante tiempo -respondí.
-¿Días? -preguntó-. ¿Semanas? ¿Meses? –Hizo una pausa- . ¿Años?
-Años.
-Sé que tus padres se divorciaron. ¿Crees que tu tristeza se relaciona con eso?
-La verdad es que no fue ninguna ayuda.
-¿Entonces ya estabas triste con anterioridad?
-Sí. Y me gustaría que me dijera qué más sabe de mí. Supongo que ha hablado con mi padre.

-En efecto. La verdad es que hablé con los dos, pero solo brevemente.

LOBOTOTOMIA

De Algún día este dolor te será útil de Peter Cameron, p. 84-85
Comprendí que era una de esas personas irritantes que se toman al pie de la letra todo lo que dices.
-No es que tema nada -contesté-. Es que no lo sé.
-¿Estás seguro?
-¿Seguro de qué? ¿De que no lo sé o de que no temo nada?
-¿A cuál de las dos cosas crees que me refiero?
-No haga eso, por favor -le pedí.
-¿Que no haga eso?
Pensé que si cada uno seguía repitiendo las palabras del otro, no llegaríamos muy lejos en tres cuartos de hora.
-No siga respondiendo a una pregunta con otra pregunta en plan terapia.
-¿Qué piensas de la terapia?
Sentía estar participando en un concurso de quién desconcertaba primero al otro. Y si bien aquello no me parecía muy terapéutico, yo estaba decidido a ganar.
-Creo que la terapia es una idea de las sociedades capitalistas bastante equivocada, en la que un examen de tu vida, complaciente para contigo mismo, sustituye a la auténtica realidad habitual de la vida. -No tenía  idea de dónde había sacado eso. ¿Tal vez lo había leído o lo había oído en una película?
-¿Realidad abismal? -dijo ella.
-No. Realidad habitual.
-Ah, me parecía haber oído “abismal”
-Pues no, he dicho “habitual”.
-Solo he querido señalar que había entendido mal lo que decías. No pretendía insinuar que no habías dicho eso.
-Bien, me alegro de que eso haya quedado claro -contesté.
Ella me miró fijamente un momento.
-Y, entonces ¿por qué estás aquí? -insistió.
-¿No es esa otra manera de preguntarme qué me ha traído aquí?
-¿Entonces no sabes por qué estás aquí?

No respondí. Me parecía inútil, como tratar de sostener una conversación con un loro o una persona lobotomizada. Y me pregunté si la doctora Adler sería capaz de realizar una lobotomía. Al fin y al cabo, era médico. Pero supuse que los neurocirujanos, no los psiquiatras, realizaban las lobotomías, si es que todavía se practicaban. Me fascina la idea de las lobotomías, la idea de abrir el cerebro, cortar un trocito y cerrarlo de nuevo, algo así como reparar un coche. Y la persona operada, al despertarse, se ha vuelto un poco estúpida, pero es estúpida de una manera feliz y serena. También me fascina la terapia de choque, todas esas cosas que hacen para alterar el cerebro de la gente

UNIVERSITARIO EN USA

De Algún día este dolor te será útil de Peter Cameron, p. 51-52
En Washington D.C., asistí a un seminario llamado «El aula norteamericana». Habían seleccionado a dos estudiantes de cada estado para participar y nos llevaron a pasar una semana en Washington. Los alumnos de último curso de mi instituto tuvimos que escribir una redacción sobre algún aspecto del gobierno o la política. Quise asegurarme de que no me eligieran y escribí una redacción que me pareció muy floja y tonta en la que argumentaba que las mujeres eran mejores dirigentes de gobierno que los hombres, porque ellas parecen más capacitadas para pensar en los demás, mientras que los hombres, por lo menos los que buscan el poder, solo parecen capaces de pensar en sí mismos: su riqueza, su poder, el tamaño de su polla. La cuestión es que, aunque creo de veras que era una redacción estúpida, me seleccionaron. No quería ir, pues, aunque decían que el programa dependía de los dos partidos políticos, lo dirigía la Asociación Nacional del Rifle o las Hijas de la Revolución Norteamericana o alguna organización por el estilo, y sabía que iba a ser espantoso. Soy anarquista, detesto la política. Detesto la política y la religión: también soy ateo. Si no fuese tan trágico, me resultaría gracioso que la religión sea considerada una fuerza beneficiosa capaz de lograr que la gente sea moral, caritativa y amable. La mayor parte de los conflictos del mundo, pasados y presentes, se deben a la intolerancia religiosa. Podría hablar largo y tendido sobre todo ello, porque es terrible, sobre todo con sucesos como los del 11 de septiembre, pero no quiero hacerlo. La cuestión es que no quería ir al seminario sobre “El aula norteamericana”, sabía que iba a ser una pesadilla, pero me dijeron que debía ir. Eso sucedió justo cuando presentaba mi solicitud de ingreso a diferentes universidades y ser seleccionado para aquel seminario parecía ser un factor decisivo para ser admitido en Harvard y Yale, pero no fue así.

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