Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 869. EL CUENTO DE LA CRIADA / MARGARET ATWOOD

Dormíamos en lo que, en otros tiempos, había sido el gimnasio. El suelo, de madera barnizada, tenía pintadas líneas y círculos correspondientes a diferentes deportes. Los aros de baloncesto todavía existían, pero las redes habían desaparecido. La sala estaba rodeada por una galería destinada al público, y me pareció percibir, como en un vago espejismo residual, el olor acre del sudor mezclado con ese toque dulce de la goma de mascar y el perfume de las chicas que se encontraban entre el público, vestidas con faldas de fieltro -así las había visto yo en las fotos-, más tarde con minifaldas, luego con pantalones, finalmente con un solo pendiente y peinadas con crestas de rayas verdes. Allí se habían celebrado bailes; persistía la música, un palimpsesto de sonidos que nadie escuchaba, un estilo tras otro, un fondo de batería, un gemido melancólico, guirnaldas de flores hechas con papel de seda, demonios de cartón, una bola giratoria de espejos que salpicaba a los bailarines con copos de luz.

En la sala había reminiscencias de sexo, soledad y expectación de algo sin forma ni nombre. Recuerdo esa sensación, el anhelo de algo que siempre estaba a punto de ocurrir y que nunca era lo mismo, como no eran las mismas las manos que sin perder el tiempo nos acariciaban la región lumbar

GESTACION SUBROGADA

El cuento de la criada, Margaet Atwood, p. 182-183
-Empuja, empuja, empuja -susurramos-. Relájate. Jadea. Empuja, empujar empuja.
La acompañamos, somos una con ella, estamos ebrias. Tía Elizabeth se arrodilla; en las manos tiene una toalla extendida para sostener al bebé. He aquí la coronación de todo, la gloria, la cabeza de color púrpura y manchada de yogur, otro empujón y se deslizará hacia afuera, untada de flujo y sangre, colmando nuestra espera. Oh, alabado sea.
Mientras Tía Elizabeth lo inspecciona, contenemos la respiración; es una niña, muy pequeña, pero por el momento está bien, no tiene ningún defecto, eso ya se ve, manos, pies, ojos, los contamos en silencio, todo está en su sitio. Con el bebé en brazos, Tía Elizabeth nos mira y sonríe. Nosotras también sonreímos, somos una sola sonrisa, las lágrimas se deslizan por nuestras mejillas, somos muy felices.
Nuestra felicidad es, en parte, recuerdo. Lo que yo recuerdo es a Luke cuando estaba conmigo en el hospital, de pie junto a mi cabeza, sujetándome la mano, vestido con la bata verde y la mascarilla blanca que le habían proporcionado. Oh, exclamó, oh, caramba, con un suspiro de sorpresa. Dijo que aquella noche se sentía tan importante que no consiguió pegar ojo.
Tía Elizabeth está lavando con mucho cuidado al bebé, que no llora demasiado. Lo más silenciosamente posible, para no asustarlo, nos levantamos, rodeamos Janine, la abrazamos, le damos palmaditas en la espalda. Ella también está llorando. Las dos Esposas de azul ayudan a la tercera Esposa, la Esposa de la familia, a bajar de la Silla de Partos y a subir a la cama, donde la acuestan y la arropan. El bebé, ahora limpio y tranquilo, es colocado ceremoniosamente entre sus brazos. Las Esposas que están en el piso de abajo suben en tropel, se abren paso a empujones entre nosotras, nos echan a un lado. Hablan en voz muy alta, algunas de ellas aún llevan sus platos, sus tazas de café, sus vasos de vino, algunas todavía están masticando, se apiñan alrededor de la cama, de la madre y de la niña, felicitando y haciendo gorgoritos. La envidia emana de ellas, la huelo, como débiles vestigios de ácido mezclado con su perfume. La Esposa del Comandante mira al bebé igual que si de un ramo de flores se tratara, algo que ella ha ganado, un tributo. Las Esposas están aquí como testigos de la elección del nombre. Son quienes lo eligen.
-Angela -dice la Esposa del Comandante.
-Angela, Angela -repiten las Esposas en pleno cacareo-. ¡Qyé nombre tan dulce! ¡Oh, es perfecta! ¡Oh, es maravillosa!
Nos quedamos de pie entre Janine y la cama, para evitarle esa visión. Alguien le da un trago de zumo de uva, espero que le hayan agregado vino; aún siente los dolores posteriores al parto, llora desconsoladamente, consumida por las lágrimas. Sin embargo, nos sentimos alborozadas; esto es una victoria de todas nosotras. Lo hemos conseguido.

Le permitirán alimentar al bebé durante unos meses. Ellas creen en la leche materna. Después Janine será trasladada para comprobar si está en condiciones de hacerlo otra vez con algún otro que necesite un turno. 

INCIPIT 868. LADRON DE CUARTELES / TOBIAS WOLFF

Cuando sus chicos eran jóvenes, Guy Bishop adquirió el hábito de detenerse en su cuarto todas las noches al ir a la cama. Bajaba la vista hacia donde dormían., y luego se sentaba en la mecedora y les oía respirar. Era un hombre que siempre había ido de una cosa a otra, de sitio en sitio, de empleo en empleo, y, desde su matrimonio, hasta de mujer en muj.er. Pero cuando se sentaba en la oscuridad entre sus dos hijos dormidos no sentía deseos de moverse.

En ocasiones, porque le parecía poco natural, esta paz que sentía le daba miedo. El mayor miedo que tenía era que, por querer tanto a sus hijos, en cierto modo les estuviera poniendo en peligro, llevándolos por el mal camino.

ECFRASIS

El cuento de la maestra, Margaret Atwood, p. 327
Está vestida con un absurdo conjunto negro de lo que alguna vez fue raso brillante y ahora es una tela desgastada. No lleva tirantes y en el interior tiene un alambre que le levanta los pechos, pero a Moira no le sienta bien; es demasiado grande, lo que hace que un pecho le quede erguido y el otro no. Ella tironea distraídamente de la parte superior, para levantarlo. Lleva una bola de algodón en la espalda, la veo cuando se pone de perfil; parece una compresa higiénica que hubiera reventado como una palomita de maíz. Me doy cuenta de que pretende ser un rabo. Atadas a la cabeza lleva dos orejas, no logro distinguir si de conejo o de ciervo; una ha perdido su rigidez, o el armazón de alambre, y está medio caída. Lleva una pajarita en el cuello, medias negras de tul y zapatos negros de tacón alto. Siempre ha odiado los tacones altos. Todo el traje, antiguo y estrafalario, me recuerda algo del pasado, pero no atino a saber el qué. ¿Una obra de teatro, una comedia musical? Las chicas vestidas para Semana Santa, con trajes de conejo. ¿Qué significado tiene eso en este lugar, por qué se supone que los conejos son sexualmente atractivos para los hombres? ¿Cómo puede resultar atractivo un traje tan penoso?

Moira está fumando un cigarrillo. Da una calada y se lo pasa a la mujer de su izquierda, que lleva cuernos plateados y un vestido de lentejuelas rojas con una larga cola terminada en punta: va disfrazada de diablo. 

LOS HOMBRES MIRAN MUCHO AL CIELO

El cuento de la criada, Margaret Atwood, p. 175
Mientras lo decía, adelantaba la barbilla. La recuerdo así, con la barbilla prominente y una copa delante de ella, en la mesa de la cocina; no tan joven, seria y bonita como aparecía en la película, pero fuerte, valiente, la clase de anciana que no permitiría que alguien se colara delante de ella en la cola del supermercado. Le gustaba venir a mi casa a tomar un trago mientras Luke y yo preparábamos la cena, y contarnos lo que funcionaba mal en su vida, que siempre se convertía en lo que funcionaba mal en la nuestra. En aquel tiempo tenía el pelo canoso, por supuesto. Jamás se lo habría teñido. ¿Por qué aparentar?, decía. De todos modos, para qué lo quiero, no quiero a ningún hombre a mi lado, no sirven para nada, excepto por los diez segundos que emplean en hacer medio bebé. Un hombre es, sencillamente, el  instrumento de una mujer para hacer otras mujeres. No digo que tu padre no fuera un buen chico y todo eso, pero no estaba preparado para la paternidad: Y no es que yo pretendiera eso de él. Haz tu trabajo y luego esfúmate, le dije, yo tengo un sueldo decente y puedo ocuparme de ella. De modo que se fue a la costa y me enviaba postales por Navidad. Tenía unos hermosos ojos azules. Pero a todos les falta algo, incluso a  los guapos. Es como si siempre estuvieran distraídos, como si no lograsen recordar exactamente quiénes son. Miran mucho al cielo. Y pierden el contacto con la realidad. No tienen ni punto de comparación con las mujeres, salvo que son mejores arreglando coches y jugando al fútbol, que es justamente lo que necesitamos para el progreso de la raza humana, ¿verdad?

PRETENCIOSIDAD Y BUENA FE

Pretenciosidad, Dan Fox, p. 134.135
Ser pretencioso rara vez es dañino para los demás. Acusar a alguien de serlo sí lo es. Puedes emplear la palabra «pretencioso” como un arma con la que aporrear el trabajo creativo de otras personas, pero si las reduces a cenizas de este modo la acusación te reventará en la mano y de las heridas empezarán a manar todas tus inseguridades, prejuicios e ideas preconcebidas. Y justamente por eso importa la pretenciosidad. Es una nota en falso en los cantos de la objetividad y cuando suena podemos oír lo que nuestra sociedad valora de la cultura, oír de qué forma nos consideramos a nosotros mismos como personas. La pretenciosidad importa por todo lo que nos enseña acerca del proceso creativo. Haz una prueba: intenta acercar la pretensión a la luz. Dale la vuelta y observa dónde caen la luz y las sombras.

De modo que pensaste que la película que acababas de ver era pretenciosa y que también lo era la persona que te acompañó. Y luego pensaste que la comida y el servicio del restaurante en el que picasteis algo después del cine también eran pretenciosos.¿Pero qué era lo que pretendían exactamente? A lo mejor la película estaba mal hecha -ocurre a menudo-, pero se enfrentaba a ideas dificiles que pocos cineastas se han atrevido a abordar en la gran pantalla. Quizá la disposición de la comida en el plato que te sirvieron en el restaurante te resultó un poco confusa, pero estaba rica. Si la ropa de tu acompañante te dio vergüenza ajena, les posible que esa sensación se debiera más a tu ansiedad por lo que la gente pueda pensar de ti que a la imagen que cultiva tu acompañante? Quien acusa de pretenciosidad siempre presume malas intenciones. En efecto, el pretencioso, por regla general, no es más que alguien que  intenta hacer que el mundo sea más interesante y que reacciona ante el mismo de la manera que considera más oportuna. Lo más probable es que al ver a alguien pretencioso en realidad te halles frente a una persona que actúa de buena fe.

AFECTACION

Pretenciosidad, Dan Fox, p. 135
Es un axioma que la pretenciosidad no le sienta bien a nadie. Pero medimos su calibre con instrumentos sesgados. Los criterios con los que calibramos la autenticidad y la pretenciosidad varían notablemente. Los críticos de la pretensión acuden a palabras como «lógica», «razón» y “los hechos» para hacer que sus valoraciones parezcan objetivas. El fiscal que acusa de pretensión -y que, como es obvio, se considera a sí mismo un dechado de realismo en posesión de una inteligencia cultivada y esclarecida- considera que en alguna parte del mundo existe un  artículo genuino que la cosa o persona pretenciosa aspira a ser sin lograrlo porque se queda corta o exagera.

La pretensión es el nombre de la galería de paredes blancas. de elegante estética minimalista, en la que resolvemos a tortazos nuestras diferencias sobre cuestiones de clase o de juicio. Enfrenta al amateur con el profesional en un juego amañado por la tradición los títulos y la validación institucional. Pincha la palabra «pretencioso» y saldrá en tropel todo un bestiario de ansiedades de clase: el temor a que se te suban los humos y la vigilancia policial que se ejerce contra todo sospechoso de intentar abandonar sus orígenes sociales. La palabra se retuerce hasta amoldarla a nuestras respuestas emocionales con respecto a las desigualdades económicas o sociales y se emplea como contraseña en discusiones sobre la autenticidad, el elitismo y el populismo. En las artes, la pretenciosidad es el marchamo de brujería que emplean los mandarines culturales en sus intrigas para mantener a raya al populacho indeseable. Es una forna de decir que el arte contemporáneo es un «timo» y que las películas con subtítulos son «dificiles», esto es: que no apelan a todo el mundo y que, por lo tanto, deben dirigirse a ese tipo de gente que cree que está por encima del resto. Esa clase de gente a la que le gustan las películas francesas, chinas o mexicanas porque se niegan a dar la cara por el supuesto pragmatismo perspicaz de su patria frente a las pseudointelectualidades que vienen de allende los mares. Quienes no se sienten seguros en el terreno intelectual deslizan la palabra «pretencioso» para cerrar de un portazo cualquier conversación que no pueden seguir, cuando decir sencillamente «no lo sé» o preguntar “¿puedes explicármelo?» habrían sido formas más elegantes de confesar que estaban en la inopia. Machacar a alguien aduciendo que es un pretencioso revela, ironías de la vida, el rastro de una arrogancia vergonzante más que de un ejercicio de humildad. El insulto «pretencioso» se despacha como un eufemismo traicionero de rechazo hacia la diferencia sexual, un sinónimo de «afeminamiento» o «dandismo». Empleada en las discusiones sobre género, sexualidad y raza, la denuncia de pretensión se convierte prontamente en una medida de lo antediluviana que es la mentalidad del acusador. 

PRETENCIOSIDAD

Pretenciosidad, Dan Fox, 57
Llamar pretencioso a alguien puede ser una forma de plantar cara al boato y las absurdeces de los poderosos. Es una forma de  socavar la autoridad de la que se han investido para encaramarse a sus púlpitos. También es una manera de avisarles de que no se les suban los  Humos. Empleada como insulto, es un instrumento informal para ejercer la vigilancia de clase, un palo con el que atizar a alguien que se da aires de grandeza. La diferencia entre el adjetivo pretencioso y el verbo pretender estriba en que el primero incorpora el aguijón de la traición de clase, especialmente en el Reino Unido, donde la clase es una neurosis no menos que un conjunto de condiciones sociales. Si ser auténtico es considerado una virtud -lo que deberíamos aspirar a ser en sociedad-, entonces ser pretencioso se tiene por una cortina de humo, un gesto de vergüenza ante los propios orígenes. El horror que la movilidad de clase provoca en la gente resulta prácticamente tribal, corno si fuera una negación de tu propia familia y amistades. Sugerir que alguien es pretencioso equivale a decir que se comporta de un modo inadecuado a su experiencia y condición económica. Es un término ofensivo, un   esnobismo desleal. La pretensión está ligada a la clase, que no se reduce exclusivamente al dinero o cómo lo gastas. La clase tiene que ver con cómo te has construido tu identidad en relación con el mundo que te rodea y los medios que has empleado para hacerlo. 

INCIPIT 867. PRETENCIOSIDAD / DAN FOX

Empieza por lo básico. (Presumiblemente, el punto de partida menos pretencioso que quepa imaginar.) De la suma latina de prae -'delante' o 'antes'- y tendere -que significa 'extender', 'desplegar'-, surge el término pretencioso. Imagínatelo como sosteniendo algo delante de ti, como los actores que llevan una máscara en el teatro griego antiguo.
O imagínate a ti mismo en un campo de batalla medieval, cargando una armadura. En heráldica, el término “escudo de pretensión” describe el blasón de una heredera que, a la muerte de su padre, se incorpora a las armas de su marido. A falta de sucesores masculinos, el marido de la heredera “pretendería”representar a la familia de su mujer. Durante el combate, era necesario un escudo para proteger el cuerpo -sostenido frente a ti, prae tendere, como la máscara del actor oculta su rostro-, pero el escudo también exhibía un diseño que alardeaba de tu poder y autoridad política. Tu pretensión era tu protección y también podía convertirte en un objetivo. (El ejército ruso viene empleando desde el siglo XIV una estrategia de engaño llamada mashirovha -'algo enmascarado'- para ocultar, negar o desviar la atención de maniobras militares reales.)

En política, el aspirante a un trono o a un título de nobleza similar es conocido con el término pretendiente. 

INCIPIT 866. PANDORA / HENRY JAMES

Desde hace tiempo es habitual que los barcos a vapor de la North German Lloyd, que transportan pasajeros de Bremen a Nueva York, fondeen durante unas horas en el tranquilo puerto de Southampton, donde el cargamento humano recibe considerables adiciones. Hace algunos años, un joven y despierto alemán, el conde Otto Vogelstein, dudaba sobre si censurar o aprobar dicha costumbre. Apoyado sobre la barandilla de cubierta del Donau observaba con curiosidad, tedio y desdén, a través del humo de su cigarro, cómo los pasajeros americanos (la mayoría de los viajeros que embarcan en Southampton son de dicha nacionalidad) cruzaban el pantalán y eran engullidos por la enorme estructura del barco

PANDORA

Pandora, Henry James, p.99
Teniendo en cuenta que la gran baza a su favor era haber ascendido sin ayuda desde un plano social inferior, que lo había hecho todo por sí misma y con su personalidad como única palanca, cabría esperar que deseara olvidarse de los autores de su ser puramente material. Sin embargo, su actitud hacia ellos parecía cambiante: a veces los incluía en su estela, escondidos entre las burbujas y la espuma que revelaban su procedencia; otras veces, como había dicho Alfred Bonnycasde, les dejaba pasar completamente de largo; a veces los mantenía confinados, acudiendo a ellos al amparo de la noche y tomando todo tipo de precauciones; otras veces los mostraba al público consintiendo alguna que otra ojeada fugaz y en condiciones pactadas de antemano. Pero la principal característica de la chica hecha a sí misma era que, aunque en la intimidad se la presumía devota de su gente, jamás intentaba imponérsela a la sociedad, como tampoco dejaba de ser asombroso que por muy anodina que ella pudiese llegar a ser en ciertos sentidos, ni en sus peores aspectos resultaba más anodina que ellos. Sus padres se mostraban siempre solemnes y luctuosos y, por lo general, hacían gala de una mortal respetabilidad. Por su parte, Pandora no era necesariamente esnob, a menos que ser esnob significara aspirar a lo mejor. No era servil, no se rebajaba más de lo que ya lo estaba. Por el contrario, adoptaba una posición propia que obraba el efecto de atraer las cosas hacia su persona. Naturalmente, alguien así solo era posible en América, un país que carecía de amplios abanicos comparativos y competitivos. La historia natural de aquella criatura le fue revelada a nuestro sobrio extranjero con todo detalle mientras escuchaba sentado en la animada quietud, con el fragante aliento del oeste en las narices, hasta que acabó por convencerse de una realidad que ya venía sospechando: que en la gran República las conversaciones entrañaban una psicología más apasionada, por no decir más audaz, que en ningún otro lugar.
En la imagen Pandora de DG Rossetti

DEL EQUIPAJE

Opiniones contundentes, VNabokov, p. 229
¿Qué opina del equipaje? ¿Cree que también ha perdido estilo?

Creo que un buen equipaje es siempre hermoso, y actualmente hay mucho de todo eso. Los estilos, desde luego, han cambiado. Ya no tenemos ese baúl que era una especie de ropero elefantino, ejemplar que aparece en la versión cinematográfica, visualmente agradable pero por lo demás absurda, de la mediocre, pero de todos modos admisible, Muerte en Venecia de Mann. Todavía guardo como un tesoro una elegante pieza de equipaje, elegantemente gastada, que perteneció a mi madre. Sus viajes por el espacio han terminado, pero todavía susurra suavemente a través del tiempo porque la utilizo para guardar viejas cartas de familia y documentos curiosos tales como mi partida de nacimiento. Soy un par de años menor que esta antigua valija, de cincuenta centímetros de largo por treinta y seis de ancho y dieciséis de alto, técnicamente un neccesaire de voyage algo pesado, de piel de cerdo, con “H. N.” primorosamente entrelazadas en gruesa plata bajo una corona similar. Fue comprado en 1897 para el viaje de bodas de mi madre a Florencia. En 1917 transportó desde San Perersburgo hasta Crimea y luego a Londres un puñado de alhajas. Alrededor de 1930, dejó en casa de un prestamista sus costosos receptáculos de cristal y plata, quedando vacíos los refuerzos de cuero hábilmente diseñados en la parte interior de la tapa. Pero esa pérdida ha sido reparada ampliamente durante los treinta años que después viajó conmigo ... , desde Praga a París, desde St.-Nazaire a Nueva York y a través de los espejos de más de doscientos cuartos de moteles y casas alquiladas, en cuarenta y seis estados. El hecho de que de nuestra herencia rusa el superviviente más resistente resultara ser un bolso de viaje es a la vez lógico y emblemático.

MARIPOSAS

Opiniones contundentes, VNabokov, p. 225
¿Adónde va ahora en busca de mariposas?
A varios buenos parajes del Valais, el Tesina, los Grisones; a las colinas de Italia; a las islas del Mediterráneo; a las montañas del sur de Francia, etc. Me dedico sobre todo a las mariposas europeas y norteamericanas de grandes alturas, y jamás he visitado los trópicos.

Los pequeños trenes de montaña de cremallera que ascienden hasta las praderas alpinas, atravesando sol y sombra, a lo largo de superficies rocosas o bosques de coníferas, tienen un funcionamiento tolerable y un destino encantador, pues lo conducen a uno hasta el punto inicial de una caminata que dura todo el día. Pero mi medio de locomoción predilecto es el funicular, y especialmente los telesillas. Me parece encantador y propio de sueños, en el mejor sentido de la palabra, deslizarse en el sol de la mañana desde el valle hasta el límite de la vegetación boscosa en ese asiento mágico, y contemplar desde lo alto la propia sombra, con la traza leve de una red en la traza leve de un puño, mientras asciende suavemente sentada de perfil a lo largo de la ladera florida de abajo, entre “Ringlets” que bailan y “Fritillaries” que pasan rozándonos. Algún día el cazador de mariposas descubrirá un saber de sueño aún más bello cuando flote erguido sobre las montañas, llevado por un cohete diminuto atado con correas a la espalda.

LA LLEGADA A LA LUNA

Opiniones contundentes, VNabokov, p. 171
¿Se quedó levantado para ver a los norteamericanos cuando aterrizaron en la Luna? ¿Le impresionó?

“Impresionar” no es la palabra exacta. Pisar el suelo lunar le produce a uno, me imagino (o, más bien, mi yo proyectado imagina) el estremecimiento romántico más extraordinario jamás experimentado en la historia de los descubrimientos. Por supuesto que alquilé un televisor para observar cada momento de su aventura maravillosa. Ese pequeño minué dulce que a  pesar de sus trajes embarazosos bailaron con tanta gracia los dos hombres al son de la gravedad lunar fue una escena hermosa. También fue un momento en el cual una bandera significa para uno más de lo que habitualmente significa. Me asombra y me duele que los semanarios ingleses hicieran caso omiso de la conmoción absolutamente irresistible de la aventura, del extraño regocijo sensual de palpar esos guijarros preciosos, de ver nuestro globo jaspeado en el cielo negro, de sentir en la espina dorsal el temblor y la maravilla de ella. Después de todo, los ingleses deberían comprender esa emoción, ellos que han sido los más grandes, los más puros exploradores. ¿Por qué entonces sacar a relucir cuestiones tan poco importantes como los dólares gastados y la diplomacia de la superioridad militar?

INCIPIT 865. REFLEJOS EN UN OJO DORADO / CARSON McCULLERS

Un puesto militar en tiempo de paz es un lugar monótono. Pueden ocurrir algunas cosas, pero se repiten una y otra vez. El mismo plano de un campamento contribuye a dar una impresión de monotonía. Cuarteles enormes de cemento, filas de casitas de los oficiales, cuidadas e idénticas, el gimnasio, la capilla, el campo de golf, las piscinas ... todo está proyectado ciñéndose a un patrón más bien rígido. Pero quizá sean las causas principales del tedio de un puesto militar el aislamiento y un exceso de ocio y seguridad; ya que si un hombre entra en el ejército sólo se espera de él que siga los talones que le preceden.
Y a veces pasan también en una guarnición ciertas cosas que no deben volver a ocurrir. Hay en el Sur un fuerte donde, hace pocos años, se cometió un asesinato. Los participantes en esa tragedia fueron: dos oficiales, un soldado, dos mujeres, un filipino y un caballo.
El soldado de este lance se llama Ellgee Williams. Se le veía a menudo al caer la tarde, sentado, solo, en uno de los bancos que bordeaban el paseo con los cuarteles. Era un lugar agradable, con dos largas hileras de arces jóvenes que cubrían el césped y el paseo de sombras frescas, delicadas, movidas por el viento.

En primavera, las hojas de los árboles eran de un verde luminoso que, al llegar los meses de calor, tomaban un matiz más oscuro, sosegado. Al final del otoño eran de un oro encendido. Allí solía sentarse el soldado Williams esperando la llamada al rancho de la tarde. Era un soldado joven y silencioso, y en el cuartel no tenía amigos ni enemigos. A su cara redonda y  curtida por el sol asomaba cierto aire de vigilante inocencia. Sus labios eran llenos y rojos, y los mechones de su pelo caían castaños y lacios sobre su frente. 

INCIPIT 864. LOS ESFORZADOS / ALBERT COHEN

A las seis de la mañana, Pinhas Solal, alias Comeclavos, bajó vestido de la hamaca que le servía de cama en el sótano que le servía de habitación. Descalzo, pero como de costumbre con levita y chistera, abrió el tragaluz y aspiró, con los ojos cerrados, las fragancias de jazmín y madreselva mezcladas con efluvios marinos. En homenaje a la belleza de su isla natal, se descubrió ante el paisaje que apareció en el rectángulo del tragaluz, saludó gravemente al mar liso y refulgente, donde retozaban tres delfines, a los grandes olivos plateados y, en lontananza, a los cipreses que montaban guardia ante la ciudadela de los antiguos podestás.
-¡Oh, Cefalonia, adiós te dice el más desdichado de tus hijos!
Como para despedirse de sí mismo, se contempló en el cristal resquebrajado que, arrimado a la pared, le servía de espejo. Exhalando hondos suspiros, admiró cuanto de su apariencia muy pronto jamás tornaría a ver, admiró su largo y descarnado cuerpo de tísico, su ahorquillada y sardónica barba, sus mugrientos piezazos que tanto amara, sus enormes manos, amalgama de huesos, pelos y abultadas venas, su remendada levita y su deshilachada chistera. Al esbozar una amarga sonrisa mostró sus largos dientes amarillentos, tan separados como los dedos de sus pies. Sí, aquel vigésimo octavo día de marzo iba a ser el funesto día de su óbito.
-¡Adiós, queridos aspectos de mi persona! -dijo a su imagen en el espejo.

¡Así acababan, ay, todos los genios, en la miseria y el suicidio!

ANIMALES Y MAQUINAS

Opiniones contundentes, V Nabokov, p. 163
¿Qué nos distingue de los animales?
Ser conscientes de ser conscientes de ser. Dicho con otras palabras, si no sólo sé que soy, sino que también sé que lo sé, pertenezco a la especie humana. Todo lo demás es consecuencia... , la gloria del pensamiento, la poesía, una visión del universo. En ese sentido, el barranco entre el hombre y el mono es inconmensurablemente mayor que el que hay entre la ameba y el mono. La diferencia entre la memoria del mono y la memoria humana es la diferencia que hay  entre el signo & y la Biblioteca del Museo Británico.
Juzgando por el despertar de su propia conciencia de niño, ¿cree usted que la capacidad de emplear la lengua, la sintaxis, de relacionar ideas, es algo que aprendemos de los adultos, como si fuéramos computadoras a las cuales se alimenta, o comenzamos a emplear una aptitud propia, singular, parte de nuestra estructura ... llamémosla imaginación?

La persona más estúpida del mundo es un genio en todo sentido comparada con la computadora más diestra. Cómo aprendemos a imaginar y expresar cosas es un enigma con premisas imposibles de expresar y una solución imposible de imaginar.

POSHLOST

Opiniones contundentes, VNabokov, p. 118
El poshlust, o poshlost en una transliteración más exacta, tiene muchos matices, y si usted cree que se le puede preguntar a cualquiera si le tienta el poshlost, evidentemente no lo he explicado con suficiente claridad en mi librito sobre Gógol. Basura cursi, vulgares clichés. Filisteísmo en todos sus aspectos, imitaciones de imitaciones, falsas profundidades, pseudoliteratura tosca, deficiente y deshonesta ... , ésos son los ejemplos obvios. Ahora bien, si querernos limitarnos a los escritos contemporáneos, tenernos que buscar el poshlost en el simbolismo freudiano, las mitologías apolilladas, el comentario social, los mensajes humanistas, las alegorías políticas, la preocupación excesiva por la clase o la raza, y las generalidades periodísticas que todos conocemos. El poshlost se manifiesta en conceptos tales como “Nortearnérica no es mejor que Rusia”, o “Todos participamos de la culpa de Alemania”. Las flores del poshlost se dan en frases y términos corno el momento de la verdad, carisma, existencial (empleado seriamente), diálogo (aplicado a conversadones políticas entre naciones), y vocabulario (aplicado a un pintamonas). Enumerar de un tirón Auschwirz, Hiroshima y Vietnam es poshlost sedicioso. Pertenecer a un club muy selecto (que ostenta un solo nombre judío ... , el del tesorero) es poshlost, elegante. Los comentarios críticos mercenarios frecuentemente son poshlost, pero éste acecha también en ciertos ensayos petulantes. El poshlost llama gran poeta al Sr. Vacío y gran novelista al Sr. Fanfarrón. Uno de los viveros favoritos del poshlost ha sido siempre la Exposición de Arte; allí lo producen los llamados escultores que trabajan con herramientas de derribar, construyendo cigüeñales cretinos de acero inoxidable, estereotipos zen, cosas raras de poliestireno, objetos trouvés en letrinas, balas de cañón, albóndigas en conserva. Allí admiramos las muestras de las paredes de gabinetti de los llamados artistas abstractos, del surrealismo freudiano, los borrones rugientes y las manchas de Rorschach ... , todo ello tan cursi por derecho propio como las académicas “mañanas de septiembre” y las “ramilleteras florentinas” de hace medio siglo. La lista es larga y, claro está, cada uno tiene su béte noire, su pesadilla, dentro de la serie. La mía es ese anuncio de una línea aérea: el refrigerio servido por una moza servicial a una pareja joven ... , ella con la mirada extática clavada en el canapé de pepino, él admirando anhelante a la azafata. Y, desde luego, Muerte en Venecia. Ya ve cuánta variedad.

SOBRE JOYCE

Opiniones contundentes, Nabovok, p. 86-87
Pero en el caso de usted y de ]oyce, me parece que ha aprovechado el ejemplo de ]oyce sin imitarlo ... , que ha comprendido usted lo que Ulises entraña sin haber echado mano de recursos obviamente «joyceanos» (fluir de la conciencia, efectos de «collage» creados con los objetos flotantes y lo que la marea de la vida cotidiana arroja). ¿Podría darnos su opinión sobre lo que Joyce ha significado para usted como escritor, su importancia con respecto a la liberación y la expansión de la forma de la novela?

Mi primer contacto verdadero con Ulises, después de una mirada de reojo a los veintipocos años, fue cuando ya había pasado los treinta, y cuando ya estaba definitivamente formado como escritor e inmune a coda influencia literaria. Estudié seriamente Ulises sólo mucho después, en la década de 1950, cuando preparaba mis cursos para Cornell. Ésta es la mejor  arte de la educación que recibí en Cornell. Ulises destaca sobre el resto de la obra de Joyce, y en comparación con su noble originalidad y su lucidez singular de pensamiento y estilo, el infortunado Finnegans Wake no es más que una masa informe y opaca de falso folklore, un libro muerto, un ronquido persistente en el cuarto de al lado, sumamente irritante para un insomne como yo. Además, siempre he detestado la literatura regional llena de rarezas arcaicas y pronunciación imitada. La fachada de Finnegans Wake oculta un conventillo muy convencional y ordinario, y sólo los arrebatos poco frecuentes de entonaciones celestiales lo redimen de una total insipidez. Sé que me excomulgarán por este juicio.

VLADIMIR NABOKOV

Opiniones contundentes, Vladimir Nabokov

Entretanto, sigue recluido (y un tanto sedentario, según todos los datos) en las habitaciones de su hotel ¿Cómo pasa su tiempo?
Me despierto alrededor de las siete en invierno: mi despertador es una chova alpina ... , un ave grande, lustrosa, negra, con un gran pico amarillo, que visita el balcón y emite una risita de lo más melodiosa. Me quedo un rato en la cama, dando un repaso mental y planeando cosas. Alrededor de las ocho, afeitado, desayuno, meditación entronizada y baño ... , en ese orden. Luego trabajo en mi estudio hasta el almuerzo, tomándome tiempo para un breve paseo con mi mujer a orillas del lago. Prácticamente todos los escritores rusos famosos del siglo XIX han pasado por aquí en uno u otro momento. Zhukovski, Gógol, Dostoievski, Tolstói (que cortejaba a las camareras del hotel en detrimento de su salud) y muchos poetas rusos. Pero otro tanto podría decirse de Niza o Roma. Almorzamos alrededor de la una de la tarde y hacia la una y media estoy de vuelta junto a mi escritorio y trabajo de firme hasta las seis y media. Luego, un paseo hasta el quiosco de periódicos para comprar los diarios ingleses, y cena a las siete. Nada de trabajar después de la cena. A la cama alrededor de las nueve. Leo hasta las once y media, y después lucho contra el insomnio hasta la una. Unas dos veces por semana tengo una buena y prolongada pesadilla con personajes desagradables importados de sueños anteriores, que se presentan en circunstancias más o menos repetidas ... , ordenaciones caleidoscópicas de impresiones interrumpidas, fragmentos de ideas diurnas, e imágenes mecánicas irresponsables, toralmente carentes de implicaciones o explicaciones freudianas, pero singularmente análogas a la procesión de figuras cambiantes que uno ve habitualmente en el interior de los párpados cuando cierra los ojos cansados.

EL TIEMPO

Borges esencial, p. 492
A Nietzsche le desagradaba que se hablara parejamente de Goethe y de Schiller. Y podríamos decir que es igualmente irrespetuoso hablar del espacio y del tiempo, ya que podemos prescindir en nuestro pensamiento del espacio, pero no del tiempo.
Vamos a suponer que solo tuviéramos un sentido, en lugar de cinco. Que ese sentido fuera el oído. Entonces, desaparece el mundo visual, es decir, desaparecen el firmamento, los astros ... Que carecemos de nuestro tacto: desaparece lo áspero, lo liso, lo rugoso, etcétera. Si nos faltan también el olfato y el gusto perderemos también esas sensaciones localizadas en el paladar y en la nariz. Quedaría solamente el oído. Allí tendríamos un mundo posible que podría prescindir del espacio. Un mundo de individuos. De individuos que pueden COMUNICARSE entre ellos, pueden ser millares, pueden ser millones, y se comunican por medio de palabras. Nada nos impide imaginar un lenguaje tan complejo o más complejo que el nuestro, y por medio de la música. Es decir podríamos tener un mundo en el que no hubiera otra cosa sino conciencias y música. Podría objetarse que la música necesita de instrumentos. Pero es absurdo suponer que la música en sí necesita instrumentos. Los instrumentos se necesitan para la producción de la música. Si pensamos en tal o en cual partitura, podemos imaginarla sin instrumentos: sin pianos, sin violines, sin flautas, etcétera.

Entonces, tendríamos un mundo tan complejo como el nuestro, hecho de conciencias individuales y de música. Como dijo Schopenhauer, la música no es algo que se agrega al mundo; la música ya es un mundo. En ese mundo, sin embargo, tendríamos siempre el tiempo.

INCIPIT 863. OPINIONES CONTUNDENTES / VLADIMIR NABOKOV

Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño. Durante mi carrera docente en Norteamérica, desde mero lector a profesor titular, nunca he facilitado a mi auditorio ni una parcela de información que no estuviese preparada de antemano en forma de nota mecanografiada que tenía ante la vista en el atril. Mis balbuceos y tartamudeos cuando me pongo al teléfono motivan que los interlocutores de larga distancia pasen de dirigirse a mí en su inglés nativo a hacerlo en un francés patético. En las reuniones, cuando trato de entretener a los invitados con una anécdota interesante, me veo obligado a repetir una y otra frase para matizar y hacer incisos. Hasta el sueño que le describo a mi mujer durante el desayuno no pasa de ser un borrador.

Dadas estas circunstancias, creo que a nadie se le ocurriría pedirme que me someta a una entrevista, si por “entrevista” se supone una charla entre dos seres humanos normales. Pues bien, lo han intentado por lo menos dos veces hace ya tiempo, y en una ocasión en presencia de un magnetófono; y cuando me volvieron a pasar la cinta y acabé de reírme, decidí que  Nunca en la vida volvería a repetir esa hazaña. Hoy día tomo todas las precauciones necesarias para estar seguro de que el golpe que reciba del abanico del mandarín será digno.

EL ALEPH

Borges esencial, p. 235-236
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el cenero de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray  Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la cierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

INCIPIT 862. LOS PAPELES DE ASPERN Y OTROS / HENRY JAMES






HABÍA depositado mi confianza en mistress Prest; en realidad, sin ella habría avanzado más bien poco, pues la única idea provechosa en todo el asunto surgió de los labios de esta amiga. Fue ella quien encontró el atajo y desató el nudo gordiano.  Se supone que a una mujer no le es fácil obtener una visión más amplia y abierta de cualquier cosa, cualquier cosa que deba hacerse

DINERO

Borges esencial, p. 197
Insomne, poseído, casi feliz, pensé que nada hay menos material que el  dinero, ya que cualquier moneda (una moneda de veinte centavos, digamos) es, en rigor, un repertorio de futuros posibles. El dinero es abstracto, repetí, el dinero es tiempo futuro. Puede ser una tarde en las afueras, puede ser música de Brahms, puede ser mapas, puede ser ajedrez, puede ser café, puede ser las palabras de Epíceto, que enseñan el desprecio del oro; es un Proteo más versátil que el de la isla de Pharos. Es tiempo imprevisible, tiempo de Bergson, no duro tiempo del islam o del Pórtico. Los deterministas niegan que haya en el mundo un solo hecho posible, id est un hecho que pudo acontecer; una moneda simboliza nuestro libre albedrío. (No sospechaba yo que esos «pensamientos» eran un artificio contra el Zahir y una primera forma de su demoníaco influjo). Dormí tras de tenaces cavilaciones, pero soñé que yo era  las monedas que custodiaba un grifo.

EL ZAHIR

Borges esencial, p. 95
En la figura que se llama oxímoron, se aplica a una palabra un epíteto que parece contradecirla; así los gnósticos hablaron de luz oscura; los alquimistas, de un sol negro. Salir de mi última visita a Teodelina Villar y tomar una caña en un almacén era una especie de oxímoron; su grosería y su facilidad me tentaron. (La circunstancia de que se jugara a los naipes aumentaba el contraste). Pedí una caña de naranja; en el vuelto me dieron el Zahir; lo miré un instante; salí a la calle, tal vez con un principio de fiebre. Pensé que no hay moneda que no sea símbolo de las monedas que sin fin resplandecen en la historia y la fábula. Pensé en el óbolo de Caronte; en el óbolo que pidió Belisario; en los treinta dineros de Judas; en las dracmas de la cortesana Laís; en la antigua moneda que ofreció uno de los durmientes de Éfeso; en las claras monedas del hechicero de Las mil y una noches, que después eran círculos de papel; en el denario inagotable de Isaac Laquedem; en las sesenta mil piezas de plata, una por cada verso de una epopeya que Firdusi devolvió a un rey porque no eran de oro; en la onza de oro que hizo clavar Ahab en el mástil; en el florín irreversible de Leopold Bloom; en en Luis cuya efigie delató, cerca de Varennes al fugitivo Luis XVI. Como en un sueño, el pensamiento de que toda moneda permite esas ilustres connotaciones me pareció de vasta, aunque inexplicable, importancia. Recorrí, con crecientevelocidad, las calles y las plazas desiertas. El cansancio me dejó en una esquina. Vi una sufrida verja de fierro; detrás vi las baldosas negras y blancas del atrio de la Concepción. Había errado en círculos y ahora estaba a una cuadra del almacén donde me dieron el Zahir.

EL INMORTAL

Borges esencial, p. 235
Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamanras, que tienen las mujeres en común y se nutren de leones; el de los augilas, que solo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena, donde el víajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano: en sus laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de hombres ferales y rúsricos, inclinados a la lujuria. Que esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad hermosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la luna; la fiebre los ardió; en el agua depravada de las cisternas otros bebieron la locura y la muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines. Para reprimirlos, no vacilé ame el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Hui del campamento con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En el alba, la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.

JUDAS ISCARIOTE

Borges esencial, p. 119
La primera edición de Kristus och Judas lleva este categórico epígrafe, cuyo sentido, años después, monstruosamente dilataría el propio Nils Runeberg: No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas (De Quincey, 1 857 ). Precedido por algún alemán, De Quincey especuló que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma; Runeberg sugiere una vindicación de índole metafísica. Hábilmente, empieza por destacar la superfluidad del acto de Judas. Observa (como Robertson) que para identificar a un maestro que diariamente predicaba en la sinagoga y que obraba milagros ante concursos de miles de hombres, no se requiere la traición de un apóstol. Ello, sin embargo, ocurrió. Suponer un error en la Escritura es intolerable; no menos intolerable es admitir un hecho casual en el más precioso  acontecimiento de la historia del mundo. Ergo, la traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención. Prosigue Runeberg: el Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la muerte; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de codos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre. Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y a ser huésped del fuego que no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús. De ahí los treinta dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aún más la Reprobación.
(En la foto Harvey Keytel en la película de Scorsese)

FUNES EL MEMORIOSO

Borges esencial, p. 113
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasea española que solo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día encero. Me dijo: “Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo”. Y también: “Mis sueños son como la vigilia de ustedes». Y también, hacia el alba: ”Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras”. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo m-ismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un porro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo. 

INCIPIT 861. APOSTILLAS AL NOMBRE DE LA ROSA / UMBERTO ECO

EL TITULO Y EL SIGNIFICADO
Desde que escribí El nombre de la rosa recibo muchas cartas de lectores que preguntan cuál es el significado del hexámetro latino final, y por qué el título inspirado en él. Contesto que se trata de un verso extraído del De contemptu mzmdi de Bernardo Morliacense, un benedictino del siglo XII que compuso variaciones sobre el tema del ubi sunt(del que derivaría el mais ou sont les neiges d'antan de Villon), salvo que al topos habitual (los grandes de antaño, las ciudades famosas, las bellas princesas, todo lo traga la nada) Bernardo añade la idea de que de todo eso que desaparece sólo nos quedan meros nombres. Recuerdo que Abelardo se servía del enunciado nulla rosa est para mostrar que el lenguaje puede hablar tanto de las cosas desaparecidas como de las inexistentes.

Y ahora que el lector extraiga sus propias conclusiones. El narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, si no, ¿para qué habría escrito una novela, que es una máquina de generar interpretaciones? 

INCIPIT 860. EL HACEDOR (DE BORGES), REMAKE / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO:

Prólogo
A Jorge Luis Borges
Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores a la luz de lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este lugar, y después aquellos pájaros de Benet que también definen por el contorno: Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real -porque el moderno dejó de serlo- se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable, y después aquel poema que suspende el sentido y maneja y supera el mismo artificio:
No quedaba nadie sobre la faz de la tierra
y de repente,
llamaron a la puerta.

Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; cambiamos unas cuantas cordiales y convencionales palabras, y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Borges, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas, y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría.

MANCHESTER

Tiene que llover, KO Knausgard, p. 587
Cuando tenía siete años estuvimos de vacaciones en Inglaterra, los recuerdos de ese viaje eran los más bonitos de mi infancia, y me volvieron cuando la tarde siguiente estaba apoyado en la barandilla, mirando una raya que emergía a lo lejos. Era Inglaterra. Nos cruzamos con unos barcos pesqueros camino del mar, en el aire por encima de ellos volaban en círculos las gaviotas, delante de nosotros era como si la tierra se sumergiera conforme nos íbamos acercando, hasta que entramos por una especie de canal, y de hecho nos encontramos en medio de él. Se veían viejos almacenes y fábricas, con amplias y desiertas zonas de basura por medio.

La hierba estaba amarilla, el cielo gris, y si algo relumbraba, era el ladrillo de los edificios, pero de óxido, el color de lo perecedero y la descomposici6n. Ah, me llegaba al alma, eso era Inglaterra; los edificios que velamos databan de principios de la época del industrialismo, yo amaba ese imperio que había sucumbido pero que seguía orgulloso, y los que crecieron en medio de este desconsuelo gris nos embrujaron a todos, primero la generación de los sesenta, el pop, los Beatles y los Kinks, luego el heavy de los setenta, todas las cojonudas bandas de las ciudades del acero de la región central de Inglaterra, cuyos miembros se hicieron enormemente ricos a los veinte años, después el punk en las montaña  de basura que llenaron Inglaterra en el 76, luego el pospunk y el g6tico, esa inmensa seriedad de la que revistieron la música, y ahora Manchester, raves, colores y beat. Inglaterra, yo amaba Inglaterra, todo lo que tenía que ver con Inglaterra. Y el fútbol, ¿qué más se podía desear que un viejo y destartalado estadio de principios de siglo, lleno a rebosar de diez o doce mil hombres furibundos de clase obrera y aspecto enfurruñado, con la niebla posada sobre el fangoso campo y unas entradas tan violetas que resonaban entre los carteles de publicidad? Las oscuras casas con moqueta por todas partes, incluso en las escaleras y en los pubs.

THOMAS BERNHARD

Tiene que llover, KO Knausgard, p. 534-535
En una ocasión fue la novela Extinción, de Thomas Bernhard, era estremecedora, tan fría como clara, y giraba todo el tiempo en torno a la muerte; los padres y la hermana del protagonista mueren en un accidente de coche, él va a casa a enterrarlos, lleno de odio, como todos los personajes de Bernhard, pero en este libro había una objetividad que no había visto antes en él, era como si las circunstancias apareciesen, como si fueran tan sobrecogedoras y poderosas que sustituyeran a los airados y odiosos monólogos, que la muerte convirtiera en insignificantes incluso el mayor de los odios y la más intensa rabia, en cierto modo se estableció dentro de él, y era frío, duro y despiadado, pero también hermoso, todo surgido a ese ritmo insistente y minucioso de Bernhard, que se iba metiendo dentro de mí mientras leía, y que continuaba incluso después de haber dejado el libro y haberme puesto a mirar por la ventanilla la nieve que acababa de caer sobre el brezo, el do salvaje que se lanzaba desfiladero abajo, y pensé, tengo que escribir así, puedo escribir así, sólo hace falta escribir, no es ningún arte, y empecé a formular el comienzo de una novela en la cabeza, al ritmo de Bernhard, y salió bien, una nueva frase y otra más, el tren volvió a ponerse en marcha con una sacudida, y yo pensaba en una frase tras otra, las cuales habían desaparecido por completo cuando aquella tarde me senté delante del ordenador. Las frases que había pensado estaban llenas de vida y fuerza, las que vi en la pantalla estaban muertas y vacías. 

HOSPITALES

Tiene que llover, KO Knausgard, p. 452-453
Eso de los hospitales era algo extraño. Ante todo era una extraña idea, ¿por qué reunir en un solo lugar todo el sufrimiento humano? No sólo unos años, como un experimento, qué va, allí no hay límite en cuanto al tiempo, la acumulación de enfermos es constante. Cuando un paciente se curaba y podía volver a su casa, o moría y lo enterraban, la ambulancia salía y recogía a otro. Hicieron venir al abuelo desde la boca del fiordo, y lo mismo ocurría en todas las zonas, la gente era enviada desde las islas, los pueblos y las ciudades, formando parte de un sistema que duraba ya tres generaciones. Los hospitales existían para curarnos, ésa era la impresión que se tenía desde la perspectiva del individuo, pero si se le daba la vuelta y se vela desde el punto de vista del hospital, era como si se nutriera de nosotros. Bastaba con pensar en lo de haber dividido las plantas en función de los 6rganos. Pulmón en la séptima, corazón en la sexta, cabeza en la quinta, piernas y brazos en la cuarta, nariz, oído y garganta en la tercera. Había quien criticaba esa división, quien decía que la especialización había conducido al olvido de la totalidad del ser humano, y que él o ella sólo podían curarse si se los  consideraba como individuos completos. No habían entendido que el hospital estaba organizado según el mismo principio que el cuerpo. ¿Conocían los riñones a su vecino el bazo? ¿El corazón sabía en qué pecho lada? ¿Y la sangre en las venas de quién corría? Nada de eso. Para la sangre no éramos más que un sistema de canales. Y para nosotros la sangre sólo era algo que aparecía las pocas veces que algo iba mal y se abrían heridas en el cuerpo. Entonces la alarma se dispara, entonces un helicóptero despega y traquetea sobre la ciudad para ir a buscarte, aterriza como un ave rapaz en la carretera justo aliado del lugar del accidente, te suben a bordo y te transportan lejos, te colocan sobre una mesa y te anestesian, y luego te despiertas varias horas después pensando en todos esos dedos enguantados que han estado dentro de ti, esos ojos que sin pudor han estado mirando fijamente esos órganos tuyos, brillantes y negros a la luz, sin pensar siquiera una vez que te pertenecen a ti.

Para el hospital todos los corazones son iguales.

DIVINA COMEDIA

Tiene que llover, KO Knausgard, p. 311
Quedamos la tarde siguiente. Saqué de la biblioteca la traducción de La Divina Comedia, empecé a leer sin tomar notas, lo que debía quedarse, se quedaría, suponía. Sabía de qué trataba, había leído una tercera parte del libro sobre Dante de Lagercrantz, Y me había formado una idea clara de cómo era la obra. Pero de ninguna manera estaba preparado para la sensación de tiempo que desprendieron las primeras páginas, el que el texto no tratara del siglo XIV, sino que procediera de esa época, que formara parte de aquella época de la que yo podía participar ahora.
Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza.
La puerta del infierno, Semana Santa, año 1300, Dante que se ha perdido en mirad de la vida, y que será salvado al poder verlo todo.
Verá todo y así será salvado.
Pero al principio del primer canto no se había perdido en la vida, sino en el bosque, y los animales que le atacaban no eran el pecado ni la traición, sino animales salvajes de carne y hueso que enseñaban los dientes. El infierno no era un estado mental, la entrada se encontraba allí mismo, en medio del mundo, al pie de un precipicio, rodeada de bosques y campos yermos por todas partes.

Me di cuenta de que lo que ponía en las notas explicativas a pie de página sobre lo que representaban los animales salvajes, los lugares y los sucesos era real, pero lo excepcional del comienzo, que yo sentía en cada célula de mi cuerpo como un vado, como hambre, era lo que tenía de concreto, corporal, material, no las sombras proyectadas dentro del mundo de las ideas. Había una comparación con la construcción de un barco en los astilleros de Venecia, de repente y con una fuerza tremenda comprendí que Dante habría estado escribiendo aquello en algún lugar, quizá mirando al infinito y preguntándose qué podría usar para hacer esa comparación, y entonces se acordada de unos astilleros que había visto una vez en Venecia, ciudad que seguía allí cuando lo escribió.

INCIPIT 859. BORGES ESENCIAL

A riesgo de cometer un anacronismo, delito no previsto por el  Código penal, pero condenado por el cálculo de probabilidades y por el uso, transcribiremos una nota de la Enciclopedia Sudamericana que se publicará en Santiago de Chile, el año 2074. Hemos omitido algún párrafo que puede resultar ofensivo y hemos actualizado  la ortografía, que no se ajusta siempre a las exigencias del moderno lector. Reza así el texto:

BORGES, JORGE FRANCISCO ISIDORO LUIS: Autor y autodidacta, nacido en la ciudad de Buenos Aires, a la sazón capital de la Argentina, en 1 899. La fecha de su muerte se ignora, ya que los periódicos,  género literario de la época, desaparecieron durante los magnos conflictos que los historiadores locales ahora compendian. Su padre era profesor de psicología. Fue hermano de Norah Borges ( q. v. ). Sus preferencias fueron la literatura, la filosofía y la ética. Prueba de lo primero es lo que nos ha llegado de su labor, que sin embargo deja entrever cierras incurables limitaciones. Por ejemplo, no acabó nunca de gustar de las letras hispánicas, pese al hábito de Quevedo. Fue partidario de la tesis de su amigo Luis Rosales, que argüía que el autor de los inexplicables Trabajos de Persiles y Segismunda no pudo haber escrito el Quijote. Esta novela, por lo demás, fue una de las pocas que merecieron la indulgencia de Borges; otras fueron las de Voltaire, las de Stevenson, las de Conrad y las de Eça de Queiroz.

KO KNAUSGARD

Tiene que llover, KO Knausgard, p. 410
Por regla general tardaba unas veinticuatro horas en librarme de la ansiedad después de una juerga, y si había sucedido algo especial podía alargarse a dos o tres días. Pero al final desaparecía siempre. No entendía por qué me ponía así, por qué la vergüenza y la angustia me atacaban de esa manera, y, de hecho, cada vez con más fuerza, porque al fin y al cabo no había hecho nada horrible, no había matado ni herido a nadie. Tampoco había sido infiel. Ganas no me habían faltado y había hecho cosas estúpidas para conseguirlo, pero no había pasado nada, había trepado un muro y ya está, joder, ¿y por eso tenía que sufrir ansiedad durante tres días? Andar por casa y estremecerme ante cualquier sonido, encogerme al oír una sirena en la calle, codo eso con un dolor interior tan intenso que resultaba insoportable, aunque lo soportaba siempre.

Era un falso, un traidor, una mala persona. Con eso podía vivir, eso no me creaba problemas, mientras sólo me afectara a mí. Pero ahora estaba con Gunvor y eso la convertía en alguien que salía con un tipo que era un falso, un traidor, una mala persona. Ella no pensaba eso, al contrario, a sus ojos yo era una persona estupenda, alguien que sólo quería el bien, que le mostraba consideración y amor, pero ahí era precisamente donde residía lo doloroso, porque yo no era así.

Karl Ove Knausgard

Tiene que llover, Karl Ove Knausgard, p. 272-273
Tres años y medio después, en los días que van de Navidad a Año Nuevo de 1992, me encontraba al final del Centro de Estudiantes, muy cerca de las escaleras que subían hacia la parte del edificio donde tenían su sede las organizaciones estudiantiles; estaba esperando al jefe de la Radio del Estudiante. Iba a realizar alli mi trabajo social, acababa de volver de un campamento de unos meses de duración en Hustad, en la costa de Molde, donde, junto con otros objetores de conciencia del oeste, recibí clases sobre distintos aspectos de trabajos por la paz y sobre la objeción de conciencia. Me pareció poco más que una broma, a casi nadie le importaban los aspectos idealistas del papel del objetor. La mayoría estaba en contra de las guerras, pero eso no les marcaba mucho, y yo reviví el campamento de la confirmación, al que asistí cuando estaba en octavo, y en el que todos nos sentimos muy a gusto, solos, lejos de casa, pero a nadie le importaba el motivo, nuestra relación con Jesucristo y Dios, razón por la que nos dedicamos sobre todo a sabotear la enseñanza, aprovechando al mismo tiempo lo que había de oferta de ocio para fines propios. En realidad, las únicas diferencias entre los dos campamentos eran la edad -la mayor parte de los que estaban en el campamento de Hustad tenían veintipocos años-, la duración -no era de dos días, sino de dos meses- y las instalaciones. Tenían una sala muy bien equipada para grupos musicales, una biblioteca muy bien surtida de libros, un cuarto oscuro y equipo de vídeo, había kayaks y equipo de buceo, y se nos ofrecía la posibilidad de sacarnos un carné de buceador. Organizaban excursiones por la zona en un autocar que venía a recogernos; una tarde nos llevaron a la ciudad de Kristiansand, donde pudimos salir y emborracharnos. Pero lo más importante eran los cursos. Alguien había trabajado duro para que los objetores de conciencia fueran tomados en serio en un tiempo en que la gente joven ardía por esa clase de causas y rebosaba de idealismo. A nosotros nos importaba una mierda. Las clases eran obligatorias, pero los que no se sentían indispuestos o les dolía la cabeza, apenas escuchaban lo que decían los profesores, y a veces dolía ver la desproporción entre su idealismo y entusiasmo ante la objeción de conciencia y nuestra ignorancia.

THOMAS MANN

Tiene que llover, Karl Ove Knausgard, p. 275
En el campamento me mantenía más bien en un discreto segundo plano, andaba por ahí solo, leía bastante, como La montaña mágica, de Thomas Mann, en una versión danesa que me había comprado, pues la edición noruega era abreviada. Era la mejor novela que había leído en mucho tiempo, había algo en la relación entre lo sano y lo enfermo que me atraía; esa relación se maní fiesta por primera vez cuando Hans Casrorp da un paseo en solitario por los alrededores del sanatorio, y está subiendo por las hermosas laderas cuando de repente empieza a sangrar descontroladamente por la nariz, y luego en que de las mujeres de las que se enamora se fija justo en lo enfermizo, lo febril, los ojos brillantes, la tos, las espaldas encorvadas y las malas posturas de los cuerpos, todo enmarcado por verdes laderas y los deslumbrantes picos de los Alpes. También me resultaban fascinantes las grandes discusiones que tenían lugar entre el jesuita y el humanista, que eran casi como duelos de importancia vital, en las que de hecho todo estaba en juego. Me di cuenta de que estaban relacionadas con las descripciones de la vida en el sanatorio, formaban parte de lo mismo sin que pudiera explicarme cómo, ya que no conocía ninguno de los marcos de referencia en los que se desarrollaban las discusiones.
Había leído Doctor Faustus cuando tenía dieciocho años. Lo único que recordaba de ese libro era la caída deAdrian Leverkühn, cuando sus máximos esfuerzos en el arre coinciden con que vuelve a ser como un niño, y ese comienzo grandioso, cuando Zeitblom y Leverkühn son niños y el padre del compositor realiza sencillos experimentos, manipulando materia muerta para que se comporte como viva. También había leído Muerte en Venecia, el anciano que ya moribundo se maquilla y se tiñe el pelo con el fin de impresionar a ese hermoso joven.

Todo tiene lugar en la cercanía de la muerte en esos libros, que por lo demás estaban llenos de pensamientos e ideas sobre arte y filosofía, se encontraban en el centro de la gran tradición europea, pero no eran experimentales, como lo fueron las novelas de Joyce o Musil, en cierto modo carecían de independencia en la forma, y yo me preguntaba por qué. ¿El autor no sabía hacerlo?

INCIPIT 858. TIENE QUE LLOVER / KARL OVE KNAUSGARD

Los catorce años que viví en Bergen, de 1988 a 2002, concluyeron ya hace mucho, no queda ni rastro de ellos, salvo episodios que tal vez recuerden algunas personas, un flash en una cabeza por aquí, un flash en otra cabeza por allá, y, claro está, todo lo que mi memoria conserva de aquella época. Pero es sorprendentemente poco. Lo único que ha permanecido de todos esos miles de días que pasé en esa pequeña ciudad del oeste de calles estrechas, relucientes de lluvia, son unos cuantos sucesos y un montón de estados de ánimo.Llevé un diario, lo he  quemado. Hice fotos, las doce que quedan están en un pequeño montón al lado del escritorio, junto con rodas las cartas que recibí en aquella época.. Las he hojeado, he leído fragmentos de algunas de ellas, y luego siempre me he sentido deprimido; fue una época horrible. Yo sabía tan poco, deseaba tanto ... y no lograba nada. ¡Pero qué animado estaba antes de ir allí! Ese verano hice autostop con Lars hasta Florencia, pasamos allí unos días y luego cogimos el tren hasta Brindisi, hada tanto calor que tenía la sensación de estar quemándome cuando asomaba la cabeza por la ventanilla. Noche en Brlndisi, cielo oscuro, casas blancas, un calor casi onírico, multitud de gente en los parques, por todas partes jóvenes con ciclomotores, gritos y ruido. Nos pusimos en la cola que se había formado delante de la escala del gran barco que nos llevaría a El Pirero

ITALIANOS E ITALIANAS

Tiene que llover, Karl Ove Knausgard, p. 294
Eramos hermanos, ese vínculo era más fuerte que todo lo demás, pero algo había cambiado de todos modos, tal vez en mí, donde habían desaparecido los últimos restos de naturalidad, era consciente de todo lo que se decía y hacía cuando estábamos juntos. Las pausas que surgían entre nosotros eran dolorosas, éramos hermanos, deberíamos estar charlando con naturalidad y sin ningún esfuerzo, pero entonces llegaba el silencio, y yo me ponía a buscar algo natural con que romperlo. ¿Algo sobre bandas musicales? ¿Algo sobre Asbj0rn o algún otro amigo suyo? ¿Algo sobre fútbol? ¿Algo sobre lo que nos rodeaba, una ciudad por la que pasaba el tren, un intermezzo en la calle delante de la ventana de la pensión, una mujer guapa que entraba en el bar en el que nos encontrábamos? Algunas veces funcionaba, hablábamos por ejemplo de la diferencia entre las chicas que se veían en Noruega y las que se velan allí, tan increíblemente elegantes, no sólo en la ropa, con su chaquetas ajustadas y abrigos estrechos, sus botas largas y sus finos pañuelos, sino también en su manera de andar, estudiada y elegante, tan escandalosamente distinta al estilo deportivo de nuestras chicas, un andar que no contenía nada más que el desplazamiento, ligeramente echadas hacia delante, como eternamente preparadas para una lluvia torrencial, trotando, con paso andarín, nada extra, ¡lo importante era llegar! Al mismo tiempo resultaba deprimente ver a las mujeres italianas -la palabra chica no era la adecuada para ellas-, se encontraban en otra división, fuera de nuestro alcance, de nosotros, tan poco sofisticados como las chicas noruegas, bastaba con echar una breve mirada a los jóvenes italianos, tan elegantes y acicalados como sus homólogas femeninas, que se sabían todos los trucos, y que además las trataban con unos modales que nosotros no sabríamos remedar aunque hubiéramos ensayado todos los días del año siguiente, bueno, ni siquiera si hubiéramos estudiado elegancia y saber estar en la universidad durante seis años. 

EURIDICE



Tiene que llover, Karl Ove Knausgard, p. 292-293
Entre tantos nombres Y cifras emergieron algunos conocimientos emocionantes: Ulises, que engañó al cíclope diciendo que su nombre era “nadie”. Se perdió a sí mismo, pero ganó la vida. El canto de las suenas. Los que las escuchaban también se perdían a sí mismos, eran atraídos hac1a ellas, hadan todo lo posible para estar cerca de ellas, y morían. Las sirenas eran a la vez, eros y tánatos, deseo y muerte, lo más ansiado y lo más peligroso. Orfeo, que cantaban maravillosamente bien que todos los que lo escuchaban quedaban hechizados y desaparecían de ellos mismos, que descendió al reino de los muertos para rescatar a Eurídice y que lo conseguiría si no se volvía para mirarla, pero lo hizo, y la perd16 para siempre. Un filósofo francés llamado Blanchot trató este tema y leí su ensayo sobre Orfeo, en el que decía que el arte era la fuerza que hada abrirse la noche, pero que lo que él quería era a Eurídice y que ella era lo más sublime que el arte podía conseguir. Eurídice era la otra noche, escribió Blanchot.
Estos pensamientos me venían demasiado grandes, pero me atraían e intentaba meterme en ellos, forzarlos a que se me sometieran, convertirlos en míos, aunque sin conseguirlo, los veía desde fuera y sabía que su pleno significado se me escapaba.  ¿Devolver lo sagrado a lo  sagrado? ¿La noche de la noche? Reconocía  las figuras principales, lo que nace y desaparece en el mismo instante, o la presencia simultánea de lo uno y lo otro que anula lo uno, era una figura que había visto en muchos poetas contemporáneos, y también percibía una atracción especial de los pensamientos sobre la noche, la otra noche y la muerte, pero en cuanto intentaba pensar de un modo independiente sobre ello, es decir, sobrepasar la forma en que llegaban los pensamientos, se volvía banal y estúpido. Era como escalar montañas, hay que poner el pie en el sitio exacto, agarrarse con la mano justo allí, de lo contrario, o re quedas inmóvil o pierdes el equilibrio y te caes.

Lo más elevado es aquello que desaparece cuando es visto o reconocido. Ése era el núcleo del mito de Orfeo, pero ¿qué es eso?

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