Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

UN NAZI EN EL CAPITOLIO

La conjura contra Amércia, Philip Roth, p. 30
La pura sorpresa de la nominación de Lindbergh había despertado un atávico sentido de indefensión que tenía más que ver con Kisbinev y los pogramos de 1903 que con la Nueva Jersey de treinta y siete años después, y, en consecuencia, se habían olvidado de que Roosevelt había nombrado a Felix Frankfurter como juez del Tribunal Supremo y elegido a Henry Morgenthau para el cargo de secretario del Tesoro, de que el financiero Bernard Baruch era un íntimo asesor del presidente y de que allí estaban la señora Roosevelt, lckes y el secretario de Agricultura, Wallace, tres personas de las que se sabía que, lo mismo que el presidente, eran amigos de los judíos. Estaba Roosevelt, estaba la Constitución de Estados Unidos, estaba la Declaración de Derechos y estaban los periódicos, la prensa libre de Norteamérica. Incluso el Newark Evening News, que era republicano, publicó un editorial en el que recordaba a los lectores el discurso de Des Moines y cuestionaba abiertamente lo acertado del nombramiento de Lindbergh, y PM, el nuevo y popular diario neoyorquino de izquierdas, que costaba cinco centavos y que mi padre había empezado a traer a casa cuando volvía del trabajo junto con el Newark News, y cuyo eslogan decía: “PM está en contra de  quienes intimidan a los demás1”, dirigió su ataque contra los republicanos en un largo editorial, así como en las noticias y los artículos de prácticamente cada una de sus treinta y dos páginas, sin que faltaran en la sección de deportes artículos contrarios a Lindbergh firmados por Tom Meany y Joe Cumnúskey. En la primera plana aparecía una gran foto de la medalla nazi de Lindbergh y, en la Revista Gráfica Diaria, donde se afirmaba publicar fotografías que otros periódicos descartaban (fotos controvertidas de bandas de linchadores y cuerdas de presos, de esquiroles blandiendo porras, de las inhumanas condiciones de vida imperantes en las cárceles norteamericanas), una página tras otra mostraba al candidato republicano durante su gira por la Alemania nazi en 1938, culminando con una foto del personaje a toda página, con la infame medalla al cuello, estrechando la mano de Hermann Goring, el dirigente nazi por encima del cual solo estaba Hitler.

EL ALCOHOL

El cuadreno gris, Josep Pla, p. 94
¡Ah, Dios mío! El vicio es amargo. La virtud es dulce y agradable. ¡El alcohol me hace mucho daño ... ! ¡Pero tengo tanta sed! Además, me acerco al alcohol con una especie de ilusión que me acapara. Esta iusión va unida a un deseo irrefrenable de vehemencia y de aturdimiento. ¡Sentirse lleno, tirante, lúcido, como si el cuerpo y el espíritu os hubiesen crecido desmesuradamente! El espíritu se me hace cómplice de la ilusión y me lleva a creer que la vehemencia es higiénica y necesaria.
Por un duro (veinte miserables reales) se pueden tener cuatro pernods auténticos (Pernod Fils) helados, deliciosos, exquisitos y estar dominado por un torbellino dionisiaco siete u ocho horas. En la conversación, este estado os da facilidad de réplica y de observación aguda y brillante. El alcohol excita los reflejos mentales del cinismo. Notad como la gente os escucha, cómo a veces ríe, como os sigue con los ojos. Para la vanidad humana, para la propia vanidad, no hay nada tan estupefaciente ni tan satisfactorio como sentirse escuchado, como tener un público aparente o realmente atento. A medida que la vanidad se va saturando sentís que la sed aumenta. Entráis en el horrible engranaje de la fanfarronería y de la sed ... Esta alteración de deseos dura lo que dura. Pero, al final, se produce la ruptura, el trae, es decir, la asfixia producida por una enorme fatiga física. Después de la irisada euforia de las venas hinchadas y del corazón galopante, sentís en las vísceras un gran vacío interno, con un quebrantamiento de huesos, una desfibración del cuerpo y la inmersión en una tristeza inexplicable, inmensa, horrible.

He conocido a muchos borrachos ampurdaneses: casi todos ellos están desprovistos de resistencia ante el torbellino oratorio de la propia vanidad. No conozco a ninguno que tienda al mutismo y a la gravedad. Son charlatanes recalcitrantes: beben para charlar y charlan para beber; cadena difícil de romper. En Palafrugell, el alcohol me hace cambiar de vida. En Barcelona me levanto pronto para ir a la Universidad y seguir el curso académico. Llegar aquí y levantarme a las doce en punto es indefectible. La taquicardia alcohólica, la excitación del cuerpo, me producen insomnio. En la imposibilidad de dormir por la noche, tengo que dormir por la mañana: no hay otra salida.

EN CASOS DE DUDA

Ludwig Wittgenstein, Justus Noll, p. 14-15
-¿Debe el coito causar placer?
-¡No! -responde la mayoría.
-¡Sí! -contesta Moore, y añade-: El placer está bien cuando viene al caso.
Moore rescata además una sensibilidad filosófica del placer. Su ensayo La naturaleza del juicio da la gratificante sensación de cortar el cordón umbilical con Kant, Hegel y con todo el idealismo. «Fue algo valiente y emotivo –recuerda Russell en su Autobiografía- volver a creer en la realidad de cosas tales como mesas y sillas, mientras que hasta ahora se consideraba que todo lo sensible era irreal... Me alegró descubrir que las relaciones son también reales.» Convertido en realista ingenuo tras el primer entusiasmo pasajero, Russell celebra que «el césped sea realmente verde, a pesar de la opinión contraria de todos los filósofos desde Locke».
Pero la veneración de Russell no es siempre retribuida. Su primer biógrafo, Alan Wood, da cuenta de este diálogo notable, que tendría lugar mucho más adelante:
-¿No te caigo bien, Moore?
-No -dice Moore, tras larga reflexión.
Luego conversan animadamente sobre otros temas.
En 1903, aparece la obra capital de Moore, Principia ethica. Causa sensación en Bloomsbury, donde adquiere el rango de profeta, un lógico que piensa con claridad, que afirma que lo «bueno» es indefinible, pues lo que signifique «bueno» sólo puede demostrarlo el uso racional en una sociedad. Las únicas cosas que son buenas en sí son los «estados de conciencia» (states of mind), y las más valiosas son la alegría del trato humano y el goce de las cosas bellas. Por otra parte, las acciones humanas nunca pueden ser buenas en sí; a lo sumo son un medio para alcanzar estados de conciencia buenos. Para Bloomsbury y los jóvenes «apóstoles», los dos últimos capítulos de Principia ethica, «Ética en relación a la conducta» y «El ideal», tienen más peso que las reflexiones lógico-filosóficas del principio. A pesar de que Moore acepta los preceptos morales convencionales, en tanto se justifiquen con el sano juicio de los hombres, para el programa de liberación sexual de Bloomsbury carecen prácticamente de efecto. Por ejemplo, Moore no cree que las reglas de castidad que rigen los «celos matrimoniales» y el «afecto paterno» sean concluyentes, y puede imaginarse fácilmente una sociedad en la que no tengan peso.

«En casos de duda, el individuo deberá orientar su decisión más por el escrutinio directo de las consecuencias que su acción conlleve, que por las reglas que seguir, cuyos buenos efectos no está, en su caso particular, en condiciones de ver.»
En la foto el Grupo de Bloomsbury disfrazado de abisinios

HOMBRE GORDO

El cuaderno gris, Josep Pla, p. 104-105
Los hombres flacos, corrientemente, suelen ser precisos, infatigables e incómodos; los hombres gordos, por el contrario, vagorosos, inciertos y divertidos, Los primeros suelen actuar furiosamente con el compás y la regla; los segundos operar a ojo, con una gesticulación  graciosa e imprecisa. Si estuviese gordo, me dedicaría, probablemente, a los pequeños, insignificantes pIaceres de comer y beber e iría cada anochecer al café a dormir un rato y, entre cabeceo y cabeceo, hablaría si viniese a mano, con mis amigos. Diría cosas delicadas e inciertas, cosas medio hilvanadas, apenas sugeridas; tendría un trato ligero e imperceptible; haría, como suelen hacer los gordos una intrascendente bromita del muerto y de quien lo vela con tal de que el muerto pudiese llegar al otro mundo liberado del envaramiento de las esquelas y los vivos tuviesen la sensación y pudiesen ver con sus propios ojos mi gran fondo de bondad y de debilidad. Si alguno formulase contra mi alguna impertinencia, me levantaría de la silla, porque no hay nada más incómodo para un gordo, que levantarse de la silla o sillas que ocupa sobre la tierra. Sí, señora, sí; la cantidad imprime carácter, la cantidad no puede juzgarse con las normas habituales del sentido del ridículo.
Es decir: un hombre gordo consiste en un ser que arrastra él personalmente, una gran cantidad del sentido del ridículo ineluctible, inescamoteable, definitivo, que soporta y arrastra la vida. En este sentido, un hombre gordo está en condiciones excepcionales para ser buena persona, para tener la vanidad mínima, para ver el mundo como un espectáculo fatalmente injusto, extraño a toda idea de exactitud y de perfectibilidad imposible.
Esta es la situación que me gustaría llegar a tener en este mundo.

Me resulta triste tener que decir que la moral práctica está basada en un cierto infantilismo, en una desgana vital, en una depresión de los sentidos. Cuando la sangre canta en las venas, ya la podeis atar por la cola. .. Las otras formas de la moral son discusiones de libros y periódicos que se venden en las librearías. Decía que aquélla sería la situación que me gustaría tener, dudo, sin embargo, que nunca pueda alcanzarla de una manera cabal.

LA CIGARRA

La huida del tiempo, Josep Pla, p. 111
El insigne La Fontaine cometió una gran injusticia con las cigarras. Opuso la timorata, ahorradora y prudente hormiga a una cigarra de su propia invención, disipada, pródiga e inconsciente, y al final sumida en la catástrofe por imprevisión y como justo castigo de su frivolidad. De la hormiga nacieron las Cajas de Ahorros y los Institutos de Previsión. De las cigarras, el quien mal anda mal acaba. Sin embargo, las cigarras no nacen de generación espontánea y se perpetúan, como las hormigas, en invierno, con lo que han acumulado en la época que chupan la savia de los árboles. ¿Acumulado qué? Probablemente aire del cielo. Comparadas con las hormigas, las cigarras son el insecto más sobrio del reino animal. Las hormigas son voraces y sus instintos de rapiña son universales. El insigne La Fontaine tuvo la elegancia de llamarse fabulista. Su fábula contribuyó, sin embargo, a crear un burgués ávido, hormiguero y avaro. Si no hubiera sido por aquella elegancia, hubiéramos recordado que el viejo Sócrates ya decía que no hay que hacer caso de los poetas, porque inventan las fábulas.

INCIPIT 857. FASCINACION / DON DELILLO

Aquí no hallarás gente corriente. No después de anochecer, y no en estas calles, bajo las marquesinas de las viejas naves industriales. Pero eso, claro está, ya lo sabes. De eso se trata. A ello se debe, evidentemente, que estés aquí. Del rio llegan ráfagas de viento que agitan el aire polvoriento de los solares de los edificios recién demolidos. Cerca de los muelles, los vagabundos encienden sus hogueras en oxidados bidones de aceite. Puedes verles apiñados entre sí, arropados con cualquier variedad de abrigo o jersey viejo o combinación de ambos que hayan logrado obtener. Cerca de las fábricas hay camiones estacionados, algunos de ellos ocupados por hombres que fuman en la oscuridad a la espera de que bajen los homosexuales procedentes de los bares que hay más allá de Canal Street. Alargas la zancada, aunque no para huir del frio. Te gusta ese viento gélido. Doblas una esquina y notas su caricia brevemente, sintiendo cómo tus muslos muestran su forma bajo el placentero contacto del tejido en tensión. En las parcelas vacías brillan los trozos de vidrio como si fueran de mica. Esta noche, el río despide cierto aroma a almizcle.

Ya en dirección Este, ves cuatro letras pintadas con aerosol sobre el costado de un edificio. Garabatos. ANGW. Pero, de algún modo, te resultan familiares, como si abrieran un agujero en el tiempo. 

INCIPIT 856. RECORDATORIOS / MARGUERITE YOURCENAR

El ser a quien llamo «yo» llegó al mundo un lunes 8 de junio de 1903, hacia las 8 de la mañana, en Bruselas, y nada de un francés perteneciente a una antigua familia del Norte y de una belga, cuyos ascendientes se habían establecido en Lieja durante unos cuantos siglos, para luego instalarse en el Hainaut. La casa donde ocurría este acontecimiento –ya que todo nacimiento lo es para el padre y la madre, as! como para algunas personas que les son cercanas-se hallaba situada en el número 19.3 de la Avenue Louise, y ha desaparecido hará unos quince años, devorada por un edificio alto.

Tras haber consignado estos hechos que no significan nada por s! mismos y que, sin embargo, y para cada uno de nosotros, llevan más lejos que nuestra propia historia e incluso que la historia a secas, me detengo, presa de vértigo ante el inextricable enmarañamiento de incidentes y circunstancias que, más o menos, nos determinan a todos. Aquella criatura del sexo femenino, ya apresada entre las coordenadas de la era cristiana y de la Europa del siglo XX, aquel pedacito de carne color de rosa que lloraba dentro de una cuna azul, me obliga a plantearme una serie de preguntas tanto más temibles cuanto que parecen banales y que un literato que conoce su oficio se guarda

DOMINGO DE RESURRECCION

La huída del tiempo, Josep Pla, p.92-93
-Bueno. Aquí tiene usted un calendario popular. ¿Quiere usted hacer el favor de buscar en él el equinoccio de primavera? Después de buscar un largo rato, mi amigo no encuentra la fecha del equinoccio de primavera. Así son los calendarios. Hacen calendarios, e incluso los venden, y no ponen ni el equinoccio de primavera, ni el de otoño, ni el solsticio de verano, ni el de invierno. Pero entonces, ¿qué busca en los calendarios populares la gente? ¿Qué clase de superchería es ésa?
-El equinoccio de primavera debería estar en el calendario -le digo a mi interlocutor-. No está. Hago constar mi protesta. Continuemos. Sepa usted en todo caso que el equinoccio de primavera se sitúa entre el 20 y el 21 de marzo de cada año. Se trata de un acontecimiento astronómico inescamoteable. Ahora bien, ya sabe usted dónde está el equinoccio. Ahora  busque usted en el calendario el primer plenilunio posterior al equinoccio. (No es necesario decir a mis lectores que estoy manejando el calendario del año en que este libro ha sido escrito: o sea, del año 1945. El cálculo es siempre el mismo.)
-Aquí está. Entre el 28 y el 29 de marzo hay la siguiente indicación: luna llena a las 5 horas, 44 minutos de la tarde.
- Perfecto. Ahora busque usted el primer domingo posterior a este plenilunio. ¿Qué pone?
- Pascua de Resurrección.
- De manera, pues, que Pascua de Resurrección se sitúa en el primer domingo posterior al plenilunio que sigue al equinoccio de primavera. ¿Ha comprendido usted?
- iMuy bien! ¿y podría usted decirme quién arregló todo esto de esa manera?
- Lo acordó así el Concilio de Nicea, que tuvo lugar, si la memoria no me es infiel, en 325.
-Ha llovido bastante desde entonces ...
- iAsí parece!
- ¿Y cada año sucede lo mismo?

- No sucede de una manera absoluta siempre lo mismo. En las cosas terrenales, para la Iglesia, no existe ni el nunca, ni el jamás, ni el siempre. Existen las conveniencias -lo que conviene más a las gentes-. Así actúa la Iglesia. Ahora se hace lo contrario: no se tienen en cuenta más que las conveniencias particulares o de clase. Los demás han de callar necesariamente. En tiempo de revolución, chitas, chitas, chitas. Pero es que además, para la Iglesia, la realidad se impone. 

ANHELO

Más afuera, Jonathan Franzen, p. 183-184
Más o menos un año después, decidió dejar la medicación que había dado estabilidad a su vida durante más de veinte años. También aquí hay distintas versiones de por qué lo decidió exactamente. Pero una cosa que me dejó muy clara, cuando lo hablamos, fue que deseaba tener la oportunidad de llevar una vida más corriente, con menos control obsesivo y más placer normal. Fue una decisión surgida de su amor por Karen, de su afán por producir textos nuevos y más maduros, y de haber vislumbrado un futuro distinto. Fue por su parte un intento extraordinariamente aterrador y valiente, porque Dave rebosaba amor, pero también miedo: accedía con demasiada facilidad a esas profundidades de la tristeza infinita.
Así pues, fue un año de altibajos, en junio tuvo una crisis y pasó un verano muy dificil. Cuando lo vi en julio, volvía a estar en los huesos, como en la última etapa de la adolescencia, durante su primera gran crisis. Una de las últimas veces que hablé por teléfono con él, en agosto, me pidió que le contara en forma de historia cómo llegaría a irle mejor la vida. Le repetí muchas de las cosas que él me había dicho en nuestras conversaciones del año anterior. Le dije que se encontraba en un momento terrible y peligroso porque intentaba realizar auténticos cambios como persona y escritor. Le dije que, la última vez que había vivido experiencias cercanas a la muerte, había salido de ellas y escrito, muy deprisa, un libro que estaba a años luz de lo que  había estado haciendo antes de su desmoronamiento. Le dije que era un recalcitrante obseso del control y un sabelotodo -«¡Y tú también!», replicó- y que las personas como nosotros tememos tanto abandonar el control que a veces la única manera que tenemos de obligarnos a abrirnos y cambiar es dejamos llevar a un acceso de pesadumbre y al borde de la autodestrucción. Le dije que él había emprendido aquel cambio en la medicación porque quería madurar y llevar una vida mejor. Y le dije que, en mi opinión, su mejor literatura estaba por venir. Y él dijo: «Esta historia me gusta. ¿Podrías llamarme cada cuatro o cinco días y contarme otra parecida?»

Por desgracia, sólo tuve una oportunidad más de contársela, y para entonces él ya no la oía. Se hallaba sumido en un horrible estado de angustia y dolor, minuto a minuto. Después, las siguientes veces que intenté llamarlo no cogía el teléfono ni devolvía los mensajes. Se había hundido en el pozo de la tristeza infinita, fuera del alcance de las historias, y ya no consiguió salir. Pero poseía una inocencia hermosa y anhelante, y estaba intentándolo.

LA TRISTEZA INFINITA

Más afuera, Jonathan Franzen, p. 180
Llegamos a la conclusión de que la narrativa era esa «tierra de nadie neutra donde establecer una profunda conexión con otro ser humano», para eso servía. «Una escapatoria de la soledad» fue la formulación en que coincidimos. Y en ninguna otra parte fue Dave más absoluta y magníficamente capaz de mantener el control que en su lenguaje escrito. Poseía un virtuosismo retórico más extenso, apasionante e imaginativo que el de cualquier escritor vivo. Allá en la palabra número 70 o 100 o 140 de una frase, ya bien entrado un párrafo de tres páginas de humor macabro o de autoconciencia extraordinariamente reticulada, uno olía el ozono de la tersa precisión de su estructura sintáctica, su desplazamiento sin esfuerzo y tonalmente perfecto entre niveles de dicción alta, baja, media, técnica, moderna, tecnológica, filosófica, vernácula, vodevilesca, exhortatoria, achulada, desconsolada, lírica. Esas frases y páginas, cuando era capaz de producirlas, constituían para él un hogar tan verdadero, seguro y feliz como cuantos tuvo durante la mayor parte de los veinte años de nuestra relación. Así que podría contaros anécdotas del breve viaje por carretera salpicado de discusiones que emprendimos en cierta ocasión, o hablaros del olor mentolado que su tabaco de mascar dejaba en mi apartamento siempre que se quedaba unos días, o de las torpes partidas de ajedrez que jugábamos y los peloteas de tenis aún más torpes que a veces hacíamos -la reconfortante estructura de los juegos frente a las extrañas y profundas rivalidades fraternales que bullían bajo la superficie-, pero ciertamente lo principal era la escritura. Durante la mayor parte del tiempo desde que lo conocí, la interacción más intensa con él fue estar sentado a solas en mi sillón, noche tras noche, durante diez días, leyendo el manuscrito de La broma infinita. Ése fue el libro en el que, por primera vez, organizó el mundo y a sí mismo tal como quería. Al nivel más microscópico: entre cuantos han pasado por esta tierra, nadie ha puntuado la prosa de una manera tan apasionada y precisa como Dave Wallace. Al nivel más global: produjo un millar de páginas de bromas de talla mundial que -si bien la modalidad y calidad del humor nunca flojeaban- eran cada vez menos graciosas, capítulo tras capítulo, hasta que, al final, uno pensaba que el título podía haber sido igualmente La tristeza infinita. Eso Dave lo captó como nadie.

UN TESORO NACIONAL PERDIDO

Más afuera, David Franzen, p. 48
David estaba enfermo, sí, y en cierto sentido la historia de mi amistad con él es sencillamente que yo quería a una persona mentalmente enferma. Después, la persona deprimida se quitó la vida, de un modo calculado para infligir el máximo dolor a aquellos que más lo querían, y nosotros, quienes lo queríamos, nos quedamos con una sensación de rabia y traición. De traición no sólo por el fracaso de nuestra inversión de afecto y cariño, sino por la manera en que su suicidio lo apartó de nosotros y lo convirtió en una leyenda muy pública. Gente que jamás había leído su obra ni había oído hablar de él leyó en el Wall Street Journal su discurso para la ceremonia de graduación en el Kenyon College y lloró la pérdida de un ser magnífico y tierno. El establishment literario, que nunca había seleccionado siquiera uno de sus libros entre los candidatos a un premio nacional, ahora lo declaraba unánimemente un tesoro nacional perdido. Claro que era un tesoro nacional, y como escritor no «pertenecía» menos a sus lectores que a mí. Pero si uno sabía que su personalidad real era más compleja e incierta de lo que se creía, y si también sabía que era más «querible» -más divertido, más bobalicón, más necesitado, más conmovedoramente en guerra con sus demonios, más perdido, más infantilmente transparente en sus mentiras e incoherencias- que el artista santo benévolo y moralmente clarividente en que lo habían convertido, seguía siendo difícil no sentirse dolido por la parte de él que había elegido la adulación de los desconocidos antes que el amor de sus seres más cercanos. 

INCIPIT 855. VIAJES CON HENRY JAMES

SARATOGA 3 de agosto de 1870
Uno tiene vagas previsiones irresponsables cuyo origen generalmente es difícil discernir. Las más de las veces te encuentras pensando de esta manera en un lugar desconocido, nunca visto. Asume en tu mente cierta forma, cierto color que con frecuencia resulta discrepar singularmente con la realidad. Por un motivo u otro, había soñado distraídamente que Saratoga estaba escondida en una especie de elegante jungla de penumbroso verdor. Imaginaba una región de umbríos caminos forestales con un luminoso hotel resplandeciendo aquí y allá sobre un fondo de bosquecillos y calveros
Mapa de Saratoga Springs, c. 1888.

LA SENTENCIA DE MUERTE

Más afuera, Jonathan Franzen, p. 51
Aunque me cuesta más sintonizar con la rabia infantil y los impulsos homicidas sublimados que se advierten en ciertos detalles de su muerte, incluso en eso puedo distinguir una lógica de espejo deformante muy propia de Wallace, una perversa forma de anhelo de coherencia y honradez intelectual. Para merecer la pena de muerte a la que él mismo se condenó, la ejecución de la sentencia tenía que resultar profundamente lesiva para alguien. A fin de demostrar de una vez por todas que en verdad no merecía ser querido, era necesario traicionar de la manera más horrorosa a quienes más lo querían, quitándose la vida en casa y convirtiéndolos a ellos en testigos presenciales de su acción. Y lo mismo puede decirse del suicidio como jugada de promoción en su carrera profesional, que era la clase de cálculo al servicio del anhelo de adulación que despreciaba y del que negaba ser consciente (si pensaba que nadie lo detectaría), y que luego (si uno se lo señalaba) admitía, riéndose o con una mueca atormentada, que sí, vale, en efecto era capaz de eso. Imagino el lado de David que abogaba por seguir la ruta de Kurt Cobain hablando con la voz seductoramente razonable del diablo en Cartas del diablo a su sobrino, uno de sus libros preferidos, y señalando que la muerte por propia mano satisfaría su despreciable afán de promoción profesional y a la vez --al representar una capitulación ante el lado de sí mismo que su asediado lado mejor percibía como malo-- vendría a confirmar una vez más que su sentencia de muerte era justa.

INCIPIT 854. EN EL CORAZON DEL CORAZON DEL PAIS / WILLIAM GASS

Big Hans chilló, así que salí. El pesebre estaba oscuro, pero el sol resplandecía sobre la nieve. Hans cargaba con algo que había cogido del pesebre. Grité, pero Big Hans no me oyó. Entró en la casa con lo que llevaba antes de que yo alcanzara las escaleras.
Era el chico de Pedersen. Hans lo había colocado sobre la mesa de la cocina como si fuera un jamón y había puesto agua a calentar en una tetera. No decía nada. Supongo que pensó que el grito que había pegado desde la cuadra era suficiente. Ma estaba hurgando en las ropas del chico, tiesas por el hielo. Cada vez que tomaba aire para respirar hacía un ruido que sonaba como ¡uf! El agua empezó a hervir y Hans dijo,
Trae un poco de nieve y llama a tu pa.
¿Por qué?

Trae un poco de nieve. Cogí el balde de debajo del fregadero y la pala que estaba junto a los fogones. 

JONAS

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 122
Al lado de las ballenas estaban, por supuesto, los balleneros. Salir a matar a un animal tan  grande y poderoso en una barquita de remos y con una lanza nos parecía una hazaña sobrenatural y probablemente lo era. Los balleneros abundaban en las novelas de Julio Verne y protagonizaban algunas películas memorables de nuestra infancia. Jehová, por su parte, estaba muy orgulloso de haber creado las ballenas. En el Libro de Job se jacta de haber puesto en el mundo este animal al que bautiza Leviatán, aunque por la descripción más podría ser un dragón que una ballena. En todo caso es una bestia enorme: Las hileras de sus dientes espantan y sus ojos son como los párpados del alba. Hoy las ballenas son una especie en peligro de extinción y han perdido toda su aura novelesca. Otros referentes eran Simbad el marino, su descendiente caricaturizado, Popeye, y, por supuesto, Pinocho. Es obvio que el episodio de la ballena, que engulle a Pinocho y a Geppetto, está inspirado en Jonás.
En la Biblia Jonás es lo que se llama un profeta menor. Su libro es muy breve, dos páginas a doble columna en la edición estándar. A diferencia de otros personajes, sus desventuras encierran una enseñanza. Jehová le ordena ir a Nínive a convertir a los paganos. Jonás se niega. Si voy, dice, se convertirán, y si se convierten, Dios los perdonará. Jonás prefiere que la cólera divina caiga sobre los réprobos y los fulmine. De modo que para eludir el encargo, embarca en una nave que va en dirección contraria, concretamente a Tarsis, en el actual Líbano. Pero con Jehová no valen triquiñuelas. Dentro de la ballena, Jonás se da cuenta de su error y expresa su dolor en un hermoso poema.

El cuento acaba bien. Devuelto indemne a tierra por la ballena, Jonás predica y logra conversiones, pero su indignación contra Jehová sigue igual que al principio. Con insólita paciencia, Jehová decide darle otra lección,  esta vez menos aparatosa, aunque no menos original. Para protegerse de los rayos del sol, Jonás planta una calabacera que le dé sombra. Aquella misma noche Jehová introduce un gusano en la planta y esta se muere. A la mañana siguiente Jonás ve su arbolito muerto y se entristece. Jehová le dice: Tuviste tú lástima de la calabacera en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una noche nació y en espacio de otra noche pereció. ¿Y no tendré yo piedad de Nínive~ aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales? Mucho ha cambiado Jehová, que en situaciones similares no tenía problema en arrasar una ciudad con sus gentes y sus animales. Ahora lo vemos compasivo, casi socarrón, y muy versátil, porque para aleccionar al testarudo Jonás, tanto echa mano de una ballena como de una calabacera.

ABSALON, ABSALON

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 107-108
En la Biblia David ocupa un lugar central y muy extenso. Su reinado está lleno de altibajos e intrigas. Él comete algún pecado grave, como enamorarse de la mujer de un militar de alta graduación, enviar al marido a una muerte segura y convertir a la viuda en su concubina, cosa que no habría hecho ni Ricardo III. En muchos aspectos es un príncipe del Renacimiento, es decir, maquiavélico. Cuando conviene no vacila en faltar a su palabra, en pactar con sus enemigos y, llegado el caso, en recurrir al asesinato. Un episodio particularmente llamativo es este: David derrota a un enemigo, el cual, antes de morir, confía a su hijo de pocos años al cuidado del propio David; David promete cuidarlo como si fuera hijo suyo y así lo hace; el niño crece como uno más de la familia; ya en su lecho de muerte, David convoca a su primogénito y le dice: Cumplí la promesa que hice a mi enemigo; su hijo es ahora como un hermano tuyo; pero tú no has prometido nada: en cuanto yo muera, mátalo. En una época marcada por los vínculos de sangre y las vendettas, no se podía hilar muy fino.

David murió en un ambiente de violencia y traición, como había vivido. Entre otros conflictos, tuvo que enfrentarse a la rebelión de uno de sus hijos, Absalón. Hasta nosotros ha llegado la fama de Absalón como hombre guapo. Tenía a orgullo llevar una larga cabellera. Derrotado en un encuentro con las fuerzas leales a David, la cabellera se le enredó en la rama de un árbol cuando trataba de huir y de este modo fue alcanzado y muerto. David, recibió la noticia de la muerte con hondo pesar. Absalón era su favorito. Subió a la sala de la puerta, dice el relato bíblico, y lloró; y yendo decía así: ¡Hijo mío, Absalón, hijo mío, Absalón! ¡¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!! David es un político despiadado, pero es un hombre contemporáneo. Media un abismo entre la desesperación de este padre y la ciega obediencia de Abraham, dispuesto a sacrificar a su hijo sin motivo alguno.

EL REY DAVID

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 193-104
PARA LOS ESTUDIOSOS de la Historia Sagrada, el rey David se nos presentaba de dos maneras simultáneas y muy distintas entre sí, realmente opuestas. La primera era la de un adolescente afeminado que cantaba acompañándose de un arpa y de este modo alegraba la incurable melancolía del rey de Israel. Entonces no sabíamos que este rey era Saúl, el primer rey que tuvieron los israelitas después de haber sido gobernados por jueces. Hombre conflictivo, ganó y perdió el favor de Jehová en varias ocasiones, y, en un caso de difícil solución, invocó al fantasma de su protector, Samuel, recurriendo a las artes mágicas de la bruja de Endor. Si hubiéramos sabido que la Biblia también daba cabida a las brujas en sus páginas, aunque con una actuación única y muy breve en todas las Escrituras, la habríamos visto con otros ojos. Pero Samuel, Saúl y la bruja de Endor no iban para examen, con lo que nos quedamos solamente con la poco atractiva imagen de David tocando el arpa. Esta pobre impresión venía reforzada por una canción mexicana que hablaba de las mañanitas que cantaba el rey David. No era una impresión del todo equivocada. Aunque en su famosa escultura Miguel Ángel representa a David como un dios de la mitología griega, una especie de Apolo, Donatello, que también lo representa triunfante, con una espada enorme y la cabeza de Goliat, le da los rasgos faciales e incluso corporales de una mujer joven, casi adolescente.

Dejando aparte lo del arpa, David vuelve a irrumpir en la  Historia Sagrada y en la historia de su pueblo en un momento de gran apuro, como un auténtico superhéroe. Los israelitas están en guerra con los filisteos, las fuerzas de uno y otro bando están frente a frente, a punto de entrar en combate.  A los filisteos se les ocurre proponer un duelo singular, bien para ahorrar el derramamiento de sangre, bien porque están tan seguros de ganar el duelo que se arriesgan a jugárselo todo a una carta. No es para menos, porque cuentan con un gigante. No un hombre muy alto y muy fuerte, sino un verdadero gigante llamado Goliat.

LA TORRE DE BABEL

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p.57-58
 En los tiempos más remotos no faltaron personas interesadas en esta cuestión. Herodoto refiere el caso de un faraón de Egipto llamado Psamético l. Hombre con inclinaciones científicas, y con objeto de averiguar cuál era el idioma primigenio de la humanidad, tomó a dos niños recién nacidos y los encomendó al cuidado de un pastor con la condición de que los niños no oyeran pronunciar nunca una sola palabra. De este modo, razonaba Psamético I, cuando los niños empezaran a hablar, entre sí o con el pastor, lo harían en el lenguaje original de la humanidad. Transcurrido cierto tiempo, los niños articularon finalmente algo parecido a la palabra bekos. Esta palabra, en el idioma frigio de su tiempo, significaba pan. La conclusión era que los niños, espontáneamente, pedían al pastor que los alimentara y lo hacían en el primer idioma del mundo, o sea, el frigio. Herodoto no refiere si los niños continuaron hablando frigio o si con este primer hallazgo se dio por concluido el experimento. Desde luego, nadie le prestó mucho crédito. El pan es un invento muy posterior al lenguaje. Estudiosos contemporáneos de Herodoto ya rebatían la validez del experimento y alegaban que el sonido bekos se limitaba a reproducir el balido de las cabras o las ovejas del pastor, en cuya compañía habían crecido los niños, lo cual, de paso, demostraría que el lenguaje se adquiere por asimilación, es decir, de oídas. En lugar de proseguir con la historia de la investigación lingüística, Herodoto prefiere continuar relatando el triste destino de los Psaméticos. A Psamético II se le sublevó una parte importante del ejército, que decidió irse a otro país y ofrecer allí sus servicios. Cuando Psamético II trató de disuadirlos diciendo que no debían abandonar a sus mujeres y a sus hijos, los sublevados se levantaron los faldones y respondieron que mientras tuvieran aquello no les faltarían mujeres ni hijos. Así lo cuenta Herodoto, amigo de chocarrerías. Psamético III, último de la saga de tal nombre, fue derrotado por los persas, su hijo fue descuartizado en su presencia, él llevado a la ciudad de Susa y poco después, cuando conspiraba para recuperar el poder, envenenado.

Hay quien dice que la leyenda de la Torre de Babel proviene de las ruinas del zigurat de la ciudad de Ur, en lo que hoy es Irak. Herodoto describe esta imponente construcción en los mismos libros de historia en los que aparecen los tres Psaméticos. Actualmente se pueden ver aún las ruinas del zigurat, cuya restauración reciente debemos a Sadam Hussein.

EL ARCA DE NOE

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 51
A unos niños acostumbrados a ver películas de submarinos y portaviones y cohetes que van al espacio y lectores de Julio Verne, el arca de Noé nos debía de parecer una chapuza. Por este motivo y por lo de los animales, lo del diluvio no se lo tomaba nadie con la seriedad que merecía.

Después de dar las medidas del arca Jehová ordenaba a Moisés que metiera dentro a todo lo que vive, dos de cada especie, macho y hembra. No se entiende el porqué de este experimento. Si quería acabar con la vida sobre la tierra, no tenía más que hacerlo. Y si la quería conservar, lo mismo. Lo de los animales parecía un juego, sobre todo a unos niños que no estábamos tan lejos de las visitas al zoo y al circo. Algunos nos preguntábamos si además de la pareja de elefantes, jirafas, búfalos, rinocerontes y otros animales fáciles de identificar en la ilustración, Noé también embarcó dos pulgas, dos cucarachas y cosas parecidas. Aunque eso ocurría al principio de los tiempos, nadie se preguntaba en cambio si todavía quedaban dinosaurios o mamuts sobre la tierra. En cambio no dejaba de resultamos interesante e incluso conmovedor que durante los cuarenta días y cuarenta noches, que es lo que duró el diluvio, hubo entre los ocupantes del arca un pacto de no agresión. De lo contrario, habrían  desembarcado la mitad de los animales que embarcaron, y quizá ninguno de los humanos, incluido Noé. Pero lo cierto es que los carnívoros y las bestias de presa, al menos en esa  ocasión, se comportaron.

INCIPIT 853. TEOREMA / PASOLINI

DATOS

Los primeros datos de esta historia consisten, muy modestamente, en la descripción de una vida familiar. Se trata de una familia pequeño-burguesa: pequeño-burguesa en el sentido ideológico, no en el sentido económico. Es, en verdad, el caso de personas muy ricas que viven en Milán. Creemos que no será difícil para el lector imaginar cómo viven estas personas, cómo se comportan en sus relaciones con su medio (que es precisamente el de la rica burguesía industrial), cómo actúan en su círculo familiar, etcétera. Por otra parte, creemos que tampoco será difícil imaginar a cada una de estas personas (y por este motivo nos permitiremos ahorrarnos algunos de los detalles habituales que nada agregan de nuevo): no son, en modo alguno, personas excepcionales, sino gente más o menos corriente. Suenan las campanas del mediodía. Son las campanas de la vecina Lainate, o de Arese, aún más cercana. Al son de las campanas se mezclan los aullidos, discretos y casi dulces, de las sirenas.

INCIPIT 852. TEATRO / EDUARDO MENDOZA

Sala de una casa de campo. A la izquierda, una puerta que da al campo. A la derecha, otra puerta que comunica con el interior de la casa. En el centro, una ventana. Poco mobiliario. Una vieja chaise longue: el barniz dorado de la madera ha saltado; la seda, apolillada, ha perdido el color. Una mesa con restos de comida: la sobria cena de una persona sola. Un mueble con cajones y un espejo. Bastantes libros.
(Noche de tormenta. MALLENCA sola, sentada en la chaise longue, escucha el repicar de la lluvia en el tejado, suspira.)
MALLENCA
No soy una mujer miedosa. Nada me asusta
salvo las cosas verdaderamente horribles.
Vivo sola y una mujer que vive sola
no puede ser miedosa. Ni tiene por qué serlo.
Una mujer sola, en principio, nunca corre peligro
si conserva la calma. Y yo jamás la pierdo.
Si a medianoche oigo algún ruido,
como esta noche, no me asusto.
No creo en los fantasmas. Los ruidos y los pasos
                                                   y los gemidos que oigo a veces, como hoy,
                                                   como esta noche,
                                                    los hacen la madera, o el viento,

CAIN Y ABEL

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 44-45
El episodio era breve pero no podía estar más cargado de imágenes. El asesinato se representaba con todo realismo mientras al fondo dos piras arrojaban sendas columnas de humo: una blanca que subía derecha al cielo y otra negra que se arrastraba hacia la tierra. También en aquellos años de penuria era frecuente el uso del fuego, tanto en la cocina como en la calefacción, y todos teníamos muy presente la diferencia entre una fogata que echa humo blanco hacia arriba y otra que invade la casa de humo negro. Pero el episodio de Caín y Abel no acababa ahí, sino que iba in crescendo. Muerto Abel, se oye la voz de Jehová que pregunta a Caín dónde está Abel y Caín responde con la frase que ha resonado en todos los oídos a lo largo de los tiempos, hasta el momento en que ahora la escribo: ¿acaso soy el guardián de mi hermano? Es la pregunta artificial, la excusa que no vale. Caín lo sabe y no espera respuesta. Con el primer delito aparece en el mundo la conciencia. Dostoievski en Crimen y castigo desarrolla esta idea. Por supuesto, a Jehová no se le engaña. Maldice a Caín y Caín se da cuenta de que ha sido condenado a muerte: es culpable y cualquiera que lo encuentre puede tomarse la justicia por su mano. Por alguna razón, Jehová decide aplazar la sentencia: nadie podrá hacer daño a Caín. La condena incluye vivir con la culpa. Y para que así conste, Jehová le imprime una marca que lo identifica como culpable y, al mismo tiempo, lo pone a salvo: la marca de Caín significa que la justicia ya ha sido hecha. La propia marca es el castigo. La imagen de la marca de Caín es de las más poderosas. Aunque en la Biblia no está explícito, todo el mundo sabe que esa marca está en la frente. La letra escarlata de la novela de este nombre, de Nathaniel Hawthorne, es simplemente una letra cosida en la ropa a la altura del pecho: la letra A, de adulterio, pero en la imaginería popular, la marca de la infamia va en la frente. Así lo entendía el Zorro, un héroe de nuestra infancia, que marcaba una Z en la frente de los más malos.

La Biblia dice que Caín, andando el tiempo, fundó una ciudad, a la que puso por nombre el nombre de su hijo, Enoc. Es la primera ciudad que se alza sobre la tierra y la funda precisamente un criminal. Desde ese momento, para la tradición bíblica, las ciudades serán la encarnación del mal. En la tradición griega la fundación de una ciudad es un acontecimiento feliz, auspiciado por los dioses, como en el caso de Atenas, que toma el nombre de Palas Atenea, su divinidad protectora. Roma participa de las dos tendencias: es un hecho venturoso, pero incluye igualmente un fratricidio, el de Remo a manos de Rórnulo, aunque esta vez en un combate equitativo. En la ciudad de Enoc, que él mismo había fundado, fijó Caín su residencia, y allí murió, de muerte natural, por supuesto, aunque una tradición dice que Caín murió aplastado por el derrumbe de su casa, porque había matado a Abel con una piedra y así se cumplió la ley del talión. Por su parte, la tumba de Abel todavía se puede visitar a las afueras de Damasco. Caín inaugura una mala época. A partir de ahí, la Historia Sagrada es un listado de malos pasos.

SAN JUAN LIMOSNERO

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 16-17
Por contraste, muy poco se hablaba de moral o de lo que hoy llamaríamos ética. Unas cuantas normas preventivas, como no robar y no mentir y, sobre todo, no caer en las tentaciones de la carne, obedecer a los superiores, y una norma de carácter positivo que aparentemente englobaba a la totalidad, la de dar limosna a los pobres, generalmente en forma de pan seco. Para ilustrar esta buena obra, nada mejor que la vida de san Juan Limosnero. Este santo medieval era en vida un hombre rico y en extremo avaro. Nunca socorría a los pobres y había prohibido a sus criados que dieran limosna. Un día llamó a la puerta un pobre hambriento. Un criado compasivo le abrió la puerta y le dijo que no podía darle nada, porque el amo se enojaría sobremanera. Sin embargo movido a compasión, y aprovechando la ausencia del amo, el criado fue a buscar algo con que socorrer al mendigo. Cuando regresaba con un trozo de pan duro, el amo lo sorprendió, montó en cólera, le arrebató el mendrugo y lo arrojó a la cabeza del mendigo. Este lo cogió y se fue corriendo. Aquella misma noche murió el amo y su alma compareció ante el Altísimo. En una balanza, el demonio depositó la enorme cantidad de malas obras que el difunto había realizado durante su vida. Pero cuando estaba a punto de caer sobre él la sentencia condenatoria, se adelantó un ángel con el mendrugo que unas horas antes había dado con tan malas formas al mendigo. Al punto la balanza se venció hacia el otro lado. En aquel instante, despertó: todo había sido un sueño y también una revelación sobre el valor de la caridad. A partir de aquel momento su actitud cambió de tal modo que hoy es venerado con el nombre de san Juan Limosnero. En Venecia, cerca del Rialto, hay una pequeña iglesia dedicada a este santo ejemplar: San Giovanni Elemosinario.

Cuento esto para recalcar la insólita distinción entre el aspecto mitológico de la religión y el aspecto práctico. Algunos teólogos heterodoxos han llegado a proponer que no existe un dios, sino dos; uno, responsable de la creación del universo y los seres vivos, incluido el hombre, y otro, autor de los principios morales. Al primero le traería sin cuidado lo que sus criaturas hacen o dejan de hacer. El segundo sería un maniático, pendiente del estricto cumplimiento de unas normas tan minuciosas como arbitrarias. Es notable en casi todas las religiones de las que tengo conocimiento, la insistencia y la importancia de las obligaciones formales, en apariencia superfluas, en la medida en que su incumplimiento no afecta en nada a un Ser todopoderoso ni, en muchos casos, al prójimo. 

RELIGION

La barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 14-15
Aunque no soy creyente, crecí en un mundo dominado por la religión y recibí una instrucción religiosa no sé si sólida, pero si muy tenaz. La mayor parte de las manifestaciones religiosas me son conocidas en mayor o menor grado de intensidad. En mi niñez y juventud la religión en España era un hecho indiscutible para la inmensa mayoría de la población. Mi familia no era practicante, salvo en ocasiones sociales, y si era creyente, lo era por inercia. En aquella época, pertenecer a la religión católica era lo natural. Bastaba con dejarse llevar por la corriente. No creer en Dios no solo era un acto de rebeldía y una postura antisocial, sino que requería un notable esfuerzo intelectual. Eran ateos unos pocos filósofos, y esta excentricidad les era perdonada e incluso consentida porque su oficio consistía precisamente en pensar cosas raras y en decir lo contrario de lo que decía el común de los mortales. Para el resto, todas las etapas y acontecimientos de la vida, desde los más importantes hasta los más nimios, estaban incluidos en el patrón de las normas y prácticas religiosas. El nacer y el morir, por supuesto; como el casarse, el pecar y el obtener el perdón; y también el despertarse, el sentarse a la mesa, el subir a un transporte público, el saludarse y el estornudar. Salir de la religión era salir de la comunidad, convertirse en lo que nadie quería ser, un bicho raro.

De la enseñanza se ocupaban en gran parte las órdenes religiosas y, como se puede suponer, la presencia de la religión en nuestra educación era abrumadora. Había rezos continuos, misas frecuentes y una dosis considerable de adoctrinamiento. Este adoctrinamiento consistía en aprender de memoria un rígido y pintoresco organigrama moral consistente en diez mandamientos; tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad;  las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, sin que nadie aclarase en qué consistía cada una de ellas; siete pecados capitales: ira, gula, lujuria, soberbia, avaricia, envidia y pereza, todos ellos fácilmente identificables, a poco que uno hiciera introspección, y sus correspondientes virtudes; cuatro novísimos o postrimerías: muerte, juicio, infierno y gloria, y un largo etcétera, del que cabe destacar una lista de obras de misericordia que acababa con visitar a los enfermos y presos y enterrar a los muertos. Creo haber cumplido bien que mal con lo de los enfermos, en alguna ocasión con los presos, pero espero no tener ocasión de enterrar físicamente a ningún muerto, un acto cuyo mero enunciado siempre trae a mi imaginación una escena recurrente en las películas del oeste.

LONDRES

El mago, John Fowles, p. 488-489
Si Roma, ciudad de la vida vulgar, me había parecido deprimente al salir de Grecia, Londres, ciudad de la muerte gris, resultó cincuenta veces peor. Había olvidado su innumerabilidad, su fealdad, su densidad de colonia termita en comparación con la dispersa población del Egeo. Era como mirar barro después de contemplar diamantes, como encontrarse con herbazales malsanos después de mirar un templo de mármol iluminado por el sol; y mientras el autobús de la compañía aérea reptaba a través del interminable suburbio que se extiende entre Northolt y Kensington me pregunté cómo era posible que nadie quisiera, o pudiera, regresar por su propia voluntad a semejante paisaje, semejante sociedad, semejante clima. Unas flatulentas nubes blancas erraban apáticamente por el agrisado azul del cielo; y sin embargo oí gente que decía «¡Qué día tan bonito!» Para mí, todos aquellos cansados verdes, grises, pardos ... , comprimían los movimientos de los londinenses junto a los que pasábamos hasta fundirlos en una ubicua uniformidad. En Grecia había acabado acostumbrándome tanto a este hecho que al final ni era. Consciente de él. Ahora recordé que allí cada cara es única y se destaca claramente del fondo sobre el que se perfila. Ningún griego es como otro griego; en cambio, aquel día me pareció que todas las caras inglesas eran iguales a todas las demás.

ROMA

El Mago, John Fowles, p. 485
Roma.

En mis pensamientos, Grecia quedaba semanas atrás en lugar de las pocas horas que en realidad me separaban de ella. El sol brillaba tan indudablemente como allí. la gente era mucho más elegante, la arquitectura y el arte eran mucho más ricos, pero parecía que los italianos, como sus antepasados romanos, llevaran una gran máscara de lujo, un cosmético para sus mimados sentidos, que separaba la luz y la verdad de su verdadero ser. Me resultaba insoportable la pérdida de la bella desnudez, de la humanidad griega, y fui tolerante para con los opulentos y animalescos romanos; de la misma manera que a veces no soportamos la visión de nuestro propio rostro en un espejo.

NON FINITO. MAXON Y DIXON / THOMAS PYNCHON

Los copos de nieve, que vuelan trazando arcos, han cuajado de estrellas las paredes de los edificios anexos, y también la ropa de los primos, cuyos sombreros ha arrebatado el fuerte viento que sopla, procedente de Delaware. Los muchachos ponen los trineos a cubierto, secan y engrasan con esmero los patines, depositan los zapatos en el zaguán de la entrada trasera y, con los pies enfundados en las medias, bajan a la gran cocina, donde desde la mañana reina una agitación en absoluto improvisada, un bullicio acentuado por las resonantes tapaderas de varias ollas y cacerolas con estofado, y por la atmósfera, que huele a las especias que se utilizarán para los pasteles, a frutas peladas, a sebo y azúcar caliente. Los muchachos, tras bajar precipitadamente y, entre golpes rítmicos de batidor y de cuchara, pedir y birlar lo que pueden, prosiguen su camino, como hacen cada tarde de este nevado Adviento, hacia una confortable sala que hay en la parte trasera de la casa, cedida desde hace años a sus alegres desmanes. Aquí han venido a parar una larga mesa con caballetes, llena de muescas e incisiones, y dos bancos desparejados, procedentes de la rama familiar del condado de Lancaster, algunos muebles Chippendale construidos en la calle Segunda de Filadelfia, donde se concentran las ebanisterías, entre ellos una versión del célebre Sorn Chino, provisto de un alto dosel de varas y varas de tela violeta que se pueden desplegar para formar una tienda cómoda y penumbrosa, y unas pocas sillas, todas ellas distintas, enviadas desde Inglaterra antes de la guerra. 

INCIPIT 851. EL MAGO / JOHN FOWLES

Nací en 1927, hijo único de unos padres de clase media, ambos ingleses, nacidos bajo la grotescamente alargada sombra, que nunca pudieron abandonar al no ser capaces de elevarse lo suficiente por encima de la historia, de esa monstruosa enana que fue la reina Victoria. Me mandaron a un colegio privado, malogré dos años cumpliendo mi servicio militar, fui a Oxford; y allí empecé a descubrir que no era la persona que quería ser.
Mucho antes había descubierto que no tenía los padres y antepasados que necesitaba. Mi padre era, debido no tanto a que tuviera un gran talento profesional como a que tuvo la edad adecuada en el momento adecuado, general de brigada; y mi madre era el modelo mismo de  lo que debería ser la esposa de un general. Es decir, no discutía nunca con él y siempre se comportaba como si él estuviera escuchándola desde la habitación contigua, incluso cuando se encontraba a miles de kilómetros de distancia. Apenas vi a mi padre durante la guerra, y en sus largas ausencias fui construyendo una imagen más o menos inmaculada de su persona, que él mismo generalmente -un juego de palabras tan malo como apropiado- rompía en pedazos antes de transcurridas las primeras cuarenta y ocho horas de su permiso.

Al igual que todos los hombres que no están en realidad a la altura de su puesto, era muy riguroso con las apariencias y las nimiedades cotidianas; y más que intelecto poseía una armadura producto de la acumulación de palabras clave siempre pronunciadas coa mayúscula, tales como Disciplina y Tradición y Responsabilidad. Si en alguna ocasión me atrevía -hecho que raras veces ocurría-a discutir con él, sacaba una de esas palabras totémicas y me aporreaba con ella, igual que debía hacer seguramente para reprimir a sus subordinados. Si entonces seguía uno negándose a echarse como un perro y morir, él perdía la paciencia y daba rienda suelta a su mal humor. Su humor era como un basilisco, y siempre lo tenía muy a mano.

EL PARNASO

El mago, John Fowles, p. 218
Lykeri, que es el nombre del pico más alto, tenía una ladera tan empinada que era imposible subir caminando. Nos vimos obligados a ponernos de cuatro patas, agarrarnos al suelo con las manos y descansar frecuentemente. Cerca de la cumbre encontramos grandes grupos de violetas en flor, con enormes pétalos de aroma delicado; y por fin, cogidos de la mano, recorrimos haciendo un último esfuerzo los metros que quedaban hasta pisar la estrecha plataforma de la cumbre, en la que había un pequeño túmulo.
-¡Oh Dios mio, Dios mío! -dijo Alison.
Por el otro lado se desplomaba en vertical un precipicio de seiscientos metros de aire sombrío. El sol estaba en ocaso, justo encima del horizonte, pero las nubes habían desaparecido. El cielo estaba pálido, absolutamente impoluto, absolutamente puro y azul. Ninguna otra montaña cercana obstaculizaba la vista. Parecía que estuviésemos en un lugar inmensamente alto, en un cenit donde se acabara la tierra. Y la materia, lejísimos de las ciudades, de los hombres, de todo lo árido e imperfecto. Purgados.
Abajo, a lo largo de ciento cincuenta kilómetros en todas direcciones, había otros montes, valles, llanos. islas, mares; Auca, Beoc1a, Argoss, Aquea, Locris, .Etolia, el viejo corazón de la antigua Grecia. El sol poniente enriquecía, suavizaba y refinaba todos los colores. Había por levante sombras azul oscuro y las laderas que miraban a poniente se habían teñido de lila; valles verde-cobrizo, extensiones de tierra del color de las estatuitas de Tanagra; y el lejano mar, soñador y vaporoso, tan quieto como un viejo espejo azul. Con espléndida simplicidad clásica alguien había formado con piedras pequeñas las letras: luz•. Era la definición exacta. El pico se elevaba hasta penetrar en un mundo hecho literal y metafóricamente de luz. No llegaba a afectar el campo de las emociones; era demasiado vasto, inhumano y sereno para ello; Y fue para mí como una conmoción, una deliciosa alegría intelectual que se desposaba con la alegría física, completándola, y que procedía del hecho de que la realidad de aquel lugar fuera tan bella. tan serena Y tan ideal como siempre habían soñado tantísimos poetas.
Tomamos fotografías de uno y de otro, de la panorámica, y luego nos sentamos de espaldas al túmulo, protegidos así del viento, fumamos unos pitillos y nos pusimos muy juntos para protegernos del frío. Sobre nuestras cabezas lanzaban sus gritos las chovas piquigualdas  cerniéndose en el viento; un viento frío como el hielo, astringente como un ácido. Recordé allí arriba el viaje mental que había inducido Conchis en mí cuando me hipnotizó. Parecían experiencias casi paralelas; con la diferencia a favor de la última que ésta tenía toda la belleza de la inmediatez, de la espontaneidad, de la actualidad. . .
Miré a Alison sin que ella se diera cuesta; tenía la punta de la nariz completamente roja. Pero pensé que, al fin y al cabo, había demostrado que tenía agallas; que sin ella jamás hubiera llegado allí, jamás habría tenido todo aquel mundo a mis pies, ni habría gozado esta sensación triunfal, esa trascendente cristalización de todo lo que yo sentía por Grecia.
-Debes de poder contemplar cosas así todos los días.

-Nunca había visto nada que se le pueda comparar. Nada que se le pareciera en lo más mínimo.

LA GRECIA SILVESTRE

El mago, John Fowles, p. 63
La ausencia del viento que generalmente acompañaba al sol hizo que el sábado siguiente hiciera un calor agobiante. Habían empezado a cantar las cigarras en un estruendoso y confuso coro que no llegaba nunca a seguir un solo patrón rítmico y que me ponía los nervios de punta, hasta que al final llegó a ser tan familiar que cuando un día dejé de oírlo a causa de un desacostumbrado chaparrón, el silencio me pareció como una explosión. Las cigarras cambiaban por completo el carácter de los pinares. Ahora estaban vivos y atestados, transformados en una audible e invisible colmena de energía de la que había desaparecido la anterior soledad inmaculada, porque además de las tzitzikia el aire latía, gemía y zumbaba con saltamontes de alas de color carmín, langostas, enormes avispones, abejas, mosquitos, moscardones y otros diez mil insectos anónimos. En algunos sitios habla molestas nubes de moscas negras, de modo que ascendí por entre los árboles como un nuevo Orestes, maldiciendo y manoteando a mi alrededor.

Subí de nuevo a la sierra central. El mar tenía un perlado tono turquesa, los montes lejanos parecían azul--ceniza bajo el calor asfixiante. Vi la reverberante corona verde de pinos que rodeaba Bourani. Era aproximadamente el mediodía cuando me abrí paso entre los árboles y salí al pedregal de la cala de la capilla. Estaba todo desierto. Busqué entre las rocas pero no encontré nada, y tampoco me sentí vigilado. Nadé un rato y luego comí pan negro, cangrejos y calamares fritos. Bastante al sur, un caique de anchas formas avanzaba con un seco golpeteo arrastrando tras de sí una hilera de seis pequeños botes provistos de candeleros, como un pato con sus patitos. La ola que levantaba su proa producía una oscura y espejean te ondulación en la azul superficie del mar, y eso fue todo lo que quedó de civilización cuando los botes desaparecieron tras el cabo occidental. Por lo demás, el mundo se reducía al infinitesimal chapaleteo del agua azul y transparente repicando contra las piedras, los quietos árboles, la miríada de dinamos de los insectos, y el enorme paisaje silencioso. Dormité a la sombra de un pino, en medio de la intemporalidad y la absoluta autarquía de la Grecia silvestre.

EL ATICA

El Mago, John Fowles, p. 39.40
Cuatro días después me encontraba en lo alto del Himeto, contemplando la gran aglomeración de Atenas-Pireó, las ciudades y sus suburbios, las casas esparcidas como un mil1ón de dados por la llanura ática. Al sur se extendía el azul puro del mar de finales del verano con sus islas de color piedra pómez, y más allá se elevaban en el horizonte los serenos montes del Peloponeso como un detenido flujo de tierra y agua. Serenos, soberbios, majestuosos: intenté encontrar adjetivos menos corrientes, pero todos los demás términos parecían alicortas. Podía ver el paisaje hasta una distancia de más de ciento veinte kilómetros, y todo era tan puro, todo tan noble, luminoso e inmenso como siempre había sido.
Era como viajar por el espacio. Me encontraba en Marte, hundido en tomillo hasta las rodillas, bajo un cielo que parecía no haber conocido jamás el polvo ni las nubes. Bajé la vista hacia mis pálidas manos londinenses. Incluso ellas parecían cambiadas, extrañas hasta la náusea, cosas de las que hubiera debido desprenderme mucho tiempo atrás.
Cuando sobre el mundo que rodeaba cayó esa luz esencial del Mediterráneo, ví que su belleza era suprema; pero cuando me alcanzó a mí, sentí su hostilidad. Más que limpiar parecía corroer. Era como encontrarse al comienzo de un interrogatorio bajo potentes focos; podía ver la mesa con correas a través de la puerta abierta, mi antiguo yo empezaba a saber que no sería capaz de resistir. En parte era el pánico, el desnudamiento del amor; porque me sentí absoluta y eternamente enamorado del paisaje griego desde el momento mismo de mi llegada. Pero con el amor apareció una sensación contradictoria, casi irritante, de impotencia e inferioridad, como si Grecia fuese una mujer tan sensualmente provocativa que yo tuviera que enamorarme física y desesperadamente de ella, y al mismo tiempo tan sosegadamente  aristocrática que jamás podría abordarla.

Ninguno de los libros que había leído explicaba esta cualidad siniestro- fascinante, este íntimo parentesco con Circe que tenía Grecia; y que la convierte en un país único. En Inglaterra vivimos unas relaciones asordinadas tranquilas y domesticadas con lo que queda de nuestro paisaje natural y su suave luz nórdica; en Grecia el paisaje y la luz son tan bellos, tan omnipresentes, tan intensos, tan salvajes, que las relaciones son inmediatamente de amor-odio, pasionales. Tardé muchos meses en llegar a comprenderlo, y muchos años en llegar a aceptarlo.

KAFKA

Las manos de los maestros, JM Coetzee, p. 200-201
Tal vez el caso más famoso de un albacea que contraviene las instrucciones del difunto lo constituye Max Brod, albacea del legado literario de su íntimo amigo Franz Kafka. Kafka, que tenía formación jurídica, no podría haber transmitido sus instrucciones con mayor claridad:
Querido Max, mi última petición: todo lo que dejo atrás ... en forma de cuadernos, manuscritos, cartas tanto mías como de otros, dibujos y demás, ha de ser quemado sin leerse y  hasta la última página, así como todos mis escritos o notas que tengáis tú u otras personas, a quienes se los tendrás que pedir en mi nombre. Las cartas que no te sean entregadas deberán ser al menos fielmente quemadas por quienes las tengan. Atentamente, Franz Kafka.
Si Brod hubiera cumplido con su deber, no tendríamos ni El proceso ni El castillo. Como resultado de su traición, sin embargo, el mundo no solo se ha beneficiado, sino que se ha metamorfoseado y transfigurado. ¿Acaso el ejemplo de Brod y Kafka nos persuade de que a los albaceas literarios, y tal vez a los albaceas en general, se les tiene que dar margen para reinterpretar las instrucciones que reciben en aras del bien general?
Hay un prolegómeno implícito a la carta de Kafka, que puede aplicarse también a la mayoría de las instrucciones testamentarias de este tipo: «Para cuando yo esté en mi lecho de muerte, y tenga que afrontar el hecho de que ya nunca seré capaz de seguir trabajando en los fragmentos que tengo en el cajón, ya no estaré en situación de destruirlos. Por tanto, no veo otra salida que pedirte que lo hagas tú en mi nombre. Pero como no te puedo obligar, solo puedo confiar en que respetes mi petición”.
A fin de justificar el hecho de no haber «cometido el acto incendiario”, Brod apeló a dos argumentos. El primero era que el listón que Kafka tenía a la hora de permitir que su obra viera la luz era exageradamente alto: «unos criterios prácticamente religiosos», los llamó Brod. El segundo argumento era más terrenal: aunque él ya le había dicho con claridad a Kafka que no pensaba seguir sus instrucciones, Kafka no lo desestimó como albacea, por consiguiente (pensaba él) en el fondo Kafka debía de saber que sus manuscritos no serian destruidos.
En términos legales, las palabras de un testamento han de transmitir la intención plena y final del testador. Así pues, si el testamento está bien construido -es decir, si el contenido está bien expresado, de acuerdo con las fórmulas legales de la tradición testamentaria-, entonces la interpretación del testamento es bastante mecánica: solo necesitamos un manual de fórmulas testamentarias para interpretar sin ambigüedades la intención del testador. En el sistema legal angloamericano, ese manual de fórmulas se conoce como las reglas de construcción, y la  tradición interpretativa basada en ellas se denomina la doctrina del significado claro.

La doctrina del significado claro lleva bastante tiempo siendo cuestionada. La esencia de su critica la planteó hace más de un siglo el académico en leyes John H. Wigmore: “La falacia consiste en dar por sentado que puede existir un significado real o absoluto. La verdad es que solo puede existir el significado subjetivo para una persona, y esa persona, cuya intención significativa quiere entender la ley, es el autor del documento."

FAULKNER Y LOS NEGROS

Las manos de los maestros, JM Coetzee, p. 165
El premio Nobel de Literatura, otorgado en 1949 y entregado en 1950, hizo famoso a Faulkner incluso en Estados Unidos. Iban turistas de todas partes a mirar boquiabiertos su residencia en Oxford, para su gran irritación. A regañadientes salió de las sombras y empezó a comportarse como una figura pública. Del Departamento de Estado le llegaron invitaciones para viajar al exterior como embajador cultural, que él aceptó con reservas. Nervioso ante el micrófono, todavía más nervioso cuando se enfrentaba a preguntas “literarias”, se preparaba para las sesiones bebiendo copiosamente. Pero, una vez que desarrolló la labia necesaria para lidiar con los periodistas, se sintió más cómodo en ese papel. Estaba mal informado sobre asuntos extranjeros -no leía periódicos-, pero eso le convenía bastante al Departamento de Estado. Su visita aJapón fue un impactante éxito de relaciones públicas; en Francia e Italia recibió una enorme atención de la prensa. Como comentó sarcásticamente: “Si en Estados Unidos creyeran en mi mundo de la forma en que lo hacen en el extranjero, probablemente podría postular a uno de mis personajes para la presidencia ... tal vez a Flem Snopes”.
Sus intervenciones en su propio país no causaron una impresión tan positiva. Estaba aumentando la presión sobre el Sur y sus instituciones segregadas. En cartas a directores de periódicos, comenzó a atacar los abusos y a instar a los blancos sureños a que aceptaran a los negros como sus pares en la sociedad.
Hubo represalias. “El llorón de Willie Faulkner” fue calificado de peón de los liberales del Norte y de simpatizante de los comunistas. Aunque nunca corrió peligro físico, sostuvo (en una carta a un amigo sueco) que podía prever el día en que tendría que huir del país “como los judíos tuvieron que huir de Alemania con Hitler”

Estaba, desde luego, exagerando. Sus opiniones sobre la cuestión de la raza nunca fueron radicales, y, a medida que la atmósfera política se hizo cada vez más cargada y apareció en ella un trasfondo sobre el asunto de los derechos de los estados, se volvieron más confusas. La segregación era un mal, declaró; de todas maneras, si se obligara al Sur a aceptar la integración él se resistiría (en un momento de imprudencia  llegó a decir que se alzaría en armas). A finales de la década de 1950 su posición se había vuelto tan anticuada que era verdaderamente pintoresca. El movimiento de los derechos civiles, declaró, debería adoptar como consignas la decencia, la discreción, la cortesía y la dignidad; los negros deberían aprender a merecer la igualdad.

INCIPIT 850. CRONICA DE BERLIN / WALTER BENJAMIN

Quiero hacer memoria de las cosas que me han introducido en la ciudad. Ya el niño, a quien los juegos solitarios aproximan extraordinariamente a la ciudad, necesita y se busca un guía en el ambiente que le rodea, y mis primeros guías (para un niño bien criado de la burguesía como era yo) fueron sin duda las institutrices. Con ellas iba al parque zoológico, que, sin embargo, apareció ante mí muchos años más tarde bajo el estruendoso ruido de las bandas militares con la Avenida de los Vicios (así llamábamos los jóvenes a este tipo de desfiles); y si no era al parque zoológico, era al Jardín de los Animales. Y o creo que la primera «calle» que descubrí (no me resultó nada acogedora ni era hospitalaria en absoluto), que entre tiendas  representaba el puro abandono y en cuyos cruces se percibían todos los peligros, era la calle Schill, de la que puedo figurarme perfectamente que es la que menos ha cambiado en todo el Berlín occidental y en la que aún hoy pueden llegar a surgir de entre la niebla determinadas escenas (salvación del «hermanito»). La avenida del Jardín de los Animales atravesaba el puente de Hércules, cuyos lados, conmovedoramente desvencijados, habrán sido seguramente los primeros flancos que el niño tuvo ocasión de conocer (bajo el signo de los bellos lados del león de piedra que se elevaban por encima de él). Al final de la calle Bendler se abría el laberinto, al que no le faltaba su Ariadna: el jardín laberíntico rodeando a Federico Guillermo III y a la reina Luisa, que en sus pedestales ilustrado-imperiales sobresalían petrificados, como impulsados por una mágica tensión interior, entre macizos de flores que dibujaban pequeños canales en el suelo. 

INCIPIT 849. LAS BARBAS DEL PROFETA / EDUARDO MENDOZA

l. FANTASIA Y FICCIÓN
SIEMPRE QUE ME preguntan cuáles han sido las lecturas o los autores que más han influido en mi carrera literaria respondo sin vacilar que las lecturas infantiles, a menudo anónimas o de autores apenas identificados, fácilmente olvidados. En estas lecturas minúsculas, por fuerza simples y candorosas, adquirí la fascinación por la palabra escrita y a través de ellas penetré en el mundo de la ficción, en el que he habitado felizmente desde entonces. Quien lea esto puede pensar que me he evadido de la realidad para vivir en un mundo imaginario. Puede ser, pero quisiera pensar lo contrario. No hay que confundir ficción con fantasía. La fantasía no depende de la invención. Es parte de la naturaleza humana, tanto de los que leen como de los que no. Existe en forma de sueño, de temores, de ilusiones, de esperanzas y de elucubraciones. La ficción selecciona y estructura las fantasías y las encuadra, bien que mal, en nuestra contradictoria y confusa realidad.

Mi afición por las obras de ficción y mi deseo de crear una ficción propia semejante a la que antes habían creado otros para mi deleite, se formó en una época en la que era ignorante y maleable, como todos los niños. En mi formación intervino menos el gusto que las circunstancias, y solo parcialmente el azar.

¡¡¡FAULKNER¡¡¡

Las manos de los maestros, JM Coetzee, p. 157-158
WILLIAM FAULKNER Y SUS BIÓGRAFOS
“Ahora me doy cuenta por primera vez -le escribió William  Faulkner a una amiga, recordando desde la posición ventajosa que le daba estar en plena cincuentena- de qué asombroso don he tenido: haber hecho, sin ninguna clase de educación formal, sin siquiera tener compañeros muy instruidos, mucho menos literarios, las cosas que hice. No sé de dónde salieron. No sé por qué Dios o los dioses o quien fuera me escogió a mí de recipiente.”
Esa incredulidad que con estas palabras asegura sentir Faulkner no es del todo sincera. Para la clase de escritor que quería ser, tenía toda la educación, incluso todo el conocimiento libresco, que necesitaba. En cuanto a la compañía, tenía más que ganar de vejetes parlanchines de manos nudosas y larga memoria que de líttérateurs decadentes. De todas maneras, es normal un grado de asombro. ¿Quién habria imaginado que un muchacho de un pequeño pueblo de Mississippi sin ninguna distinción intelectual excepcional se convertiría no solo en un escritor famoso, célebre en su país y en el extranjero, sino también en la dase de escritor en la que se convirtió: uno de los innovadores más radicales de los anales de la ficción estadounidense, un escritor de quien aprenderían las vanguardias europeas y latinoamericanas?
No hay duda de que la educación formal de Faulkner no pasó del mínimo. Dejó el instituto en el primer año (al parecer, sus padres no armaron ningún escándalo al respecto), y aunque asistió durante un breve periodo a la Universidad de Mississippi, eso fue solo gracias a una autorización especial para excombatientes (más adelante me referiré al desempeño de Faulkner durante la guerra). Su historial universitario fue mediocre: un semestre de lengua y literatura inglesas (puntuación: D), dos semestres de francés y español. Este explorador del Sur posbélico no asistió a ningún curso de historia; este novelista que entrelazaría el tiempo bergsoniano en la sintaxis de la memoria, no estudió nada de filosofía ni psicología.

En lo que Billy Faulkner, que era más bien un soñador, se volcó en lugar de los estudios fue en una estrecha pero intensa lectura de la poesía inglesa de fin de siglo, en especial Swinburne y Housman, y de tres novelistas que habían dado a luz mundos de ficción lo bastante nítidos y coherentes como para rivalizar con el real: Balzac, Dickens y Conrad. Si a esto le añadimos una familiaridad con las cadencias del Antiguo Testamento, Shakespeare y Moby Dick, y, pocos años más tarde, un rápido estudio de lo que estaban haciendo sus contemporáneos de más edad T. S. Eliot y James Joyce, ya estaba totalmente equipado. En cuanto a materiales, lo que oía a su alrededor en Oxford, Mississippi, resultó ser más que suficiente: la épica, contada una y otra vez, incesantemente, del Sur, una historia de crueldad e injusticia y esperanza y desilusión y victimización y resistencia.

DEL RECUERDO

Crónica de Berlín, Walter Benjamin, p. 71-72
Todo el mundo puede darse cuenta de que la duración de nuestras impresiones se encuentra en el recuerdo sin motivos claros. Nada nos impide, por ejemplo, tener un recuerdo más o  menos claro de algunos sitios en los que sólo hemos pasado veinticuatro horas, mientras que otros en donde hemos estado meses han caído en el olvido más absoluto. No siempre es cuestión, por tanto, de un tiempo de exposición demasiado corto el que en la placa del recuerdo no aparezca ninguna fotografía. Son mucho más habituales los casos en los que la débil luz de la costumbre niega a !a placa la luminosidad que necesita, hasta que ésta brota un buen día de fuentes extrañas como de un polvo de magnesio incendiado y retiene mágicamente en la placa la figura de una toma instantánea. No obstante, entre foto y foto nos  encontramos siempre nosotros, lo cual no es raro en absoluto, pues tales instantes de iluminación brusca son también instantes del ser-fuera- de-nosotros, y mientras nuestro yo despierto, habitual, cotidiano, se mezcla, activa o pasivamente, en el acontecer de las cosas, nuestro yo profundo descansa en otro sitio y sólo se mueve por el choque, igual que un montoncito de polvo de magnesio lo hace por la llama del fósforo. Este pequeño holocausto del yo profundo en el shock es a quien nuestro recuerdo debe agradecer sus fotos indestructibles. Así, la habitación en la que yo dormía a los seis años se me habría olvidado si no llega a ser porque una tarde (yo ya estaba en la cama) mi padre entró con una noticia necrológica. Lo que en el fondo me llegó a herir no fue la noticia en sí, pues el fallecido era mi   primo lejano, sino la forma en que me lo dijo mi padre ....

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