Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

FAULKNER Y LOS NEGROS

Las manos de los maestros, JM Coetzee, p. 165
El premio Nobel de Literatura, otorgado en 1949 y entregado en 1950, hizo famoso a Faulkner incluso en Estados Unidos. Iban turistas de todas partes a mirar boquiabiertos su residencia en Oxford, para su gran irritación. A regañadientes salió de las sombras y empezó a comportarse como una figura pública. Del Departamento de Estado le llegaron invitaciones para viajar al exterior como embajador cultural, que él aceptó con reservas. Nervioso ante el micrófono, todavía más nervioso cuando se enfrentaba a preguntas “literarias”, se preparaba para las sesiones bebiendo copiosamente. Pero, una vez que desarrolló la labia necesaria para lidiar con los periodistas, se sintió más cómodo en ese papel. Estaba mal informado sobre asuntos extranjeros -no leía periódicos-, pero eso le convenía bastante al Departamento de Estado. Su visita aJapón fue un impactante éxito de relaciones públicas; en Francia e Italia recibió una enorme atención de la prensa. Como comentó sarcásticamente: “Si en Estados Unidos creyeran en mi mundo de la forma en que lo hacen en el extranjero, probablemente podría postular a uno de mis personajes para la presidencia ... tal vez a Flem Snopes”.
Sus intervenciones en su propio país no causaron una impresión tan positiva. Estaba aumentando la presión sobre el Sur y sus instituciones segregadas. En cartas a directores de periódicos, comenzó a atacar los abusos y a instar a los blancos sureños a que aceptaran a los negros como sus pares en la sociedad.
Hubo represalias. “El llorón de Willie Faulkner” fue calificado de peón de los liberales del Norte y de simpatizante de los comunistas. Aunque nunca corrió peligro físico, sostuvo (en una carta a un amigo sueco) que podía prever el día en que tendría que huir del país “como los judíos tuvieron que huir de Alemania con Hitler”

Estaba, desde luego, exagerando. Sus opiniones sobre la cuestión de la raza nunca fueron radicales, y, a medida que la atmósfera política se hizo cada vez más cargada y apareció en ella un trasfondo sobre el asunto de los derechos de los estados, se volvieron más confusas. La segregación era un mal, declaró; de todas maneras, si se obligara al Sur a aceptar la integración él se resistiría (en un momento de imprudencia  llegó a decir que se alzaría en armas). A finales de la década de 1950 su posición se había vuelto tan anticuada que era verdaderamente pintoresca. El movimiento de los derechos civiles, declaró, debería adoptar como consignas la decencia, la discreción, la cortesía y la dignidad; los negros deberían aprender a merecer la igualdad.

INCIPIT 850. CRONICA DE BERLIN / WALTER BENJAMIN

Quiero hacer memoria de las cosas que me han introducido en la ciudad. Ya el niño, a quien los juegos solitarios aproximan extraordinariamente a la ciudad, necesita y se busca un guía en el ambiente que le rodea, y mis primeros guías (para un niño bien criado de la burguesía como era yo) fueron sin duda las institutrices. Con ellas iba al parque zoológico, que, sin embargo, apareció ante mí muchos años más tarde bajo el estruendoso ruido de las bandas militares con la Avenida de los Vicios (así llamábamos los jóvenes a este tipo de desfiles); y si no era al parque zoológico, era al Jardín de los Animales. Y o creo que la primera «calle» que descubrí (no me resultó nada acogedora ni era hospitalaria en absoluto), que entre tiendas  representaba el puro abandono y en cuyos cruces se percibían todos los peligros, era la calle Schill, de la que puedo figurarme perfectamente que es la que menos ha cambiado en todo el Berlín occidental y en la que aún hoy pueden llegar a surgir de entre la niebla determinadas escenas (salvación del «hermanito»). La avenida del Jardín de los Animales atravesaba el puente de Hércules, cuyos lados, conmovedoramente desvencijados, habrán sido seguramente los primeros flancos que el niño tuvo ocasión de conocer (bajo el signo de los bellos lados del león de piedra que se elevaban por encima de él). Al final de la calle Bendler se abría el laberinto, al que no le faltaba su Ariadna: el jardín laberíntico rodeando a Federico Guillermo III y a la reina Luisa, que en sus pedestales ilustrado-imperiales sobresalían petrificados, como impulsados por una mágica tensión interior, entre macizos de flores que dibujaban pequeños canales en el suelo. 

INCIPIT 849. LAS BARBAS DEL PROFETA / EDUARDO MENDOZA

l. FANTASIA Y FICCIÓN
SIEMPRE QUE ME preguntan cuáles han sido las lecturas o los autores que más han influido en mi carrera literaria respondo sin vacilar que las lecturas infantiles, a menudo anónimas o de autores apenas identificados, fácilmente olvidados. En estas lecturas minúsculas, por fuerza simples y candorosas, adquirí la fascinación por la palabra escrita y a través de ellas penetré en el mundo de la ficción, en el que he habitado felizmente desde entonces. Quien lea esto puede pensar que me he evadido de la realidad para vivir en un mundo imaginario. Puede ser, pero quisiera pensar lo contrario. No hay que confundir ficción con fantasía. La fantasía no depende de la invención. Es parte de la naturaleza humana, tanto de los que leen como de los que no. Existe en forma de sueño, de temores, de ilusiones, de esperanzas y de elucubraciones. La ficción selecciona y estructura las fantasías y las encuadra, bien que mal, en nuestra contradictoria y confusa realidad.

Mi afición por las obras de ficción y mi deseo de crear una ficción propia semejante a la que antes habían creado otros para mi deleite, se formó en una época en la que era ignorante y maleable, como todos los niños. En mi formación intervino menos el gusto que las circunstancias, y solo parcialmente el azar.

¡¡¡FAULKNER¡¡¡

Las manos de los maestros, JM Coetzee, p. 157-158
WILLIAM FAULKNER Y SUS BIÓGRAFOS
“Ahora me doy cuenta por primera vez -le escribió William  Faulkner a una amiga, recordando desde la posición ventajosa que le daba estar en plena cincuentena- de qué asombroso don he tenido: haber hecho, sin ninguna clase de educación formal, sin siquiera tener compañeros muy instruidos, mucho menos literarios, las cosas que hice. No sé de dónde salieron. No sé por qué Dios o los dioses o quien fuera me escogió a mí de recipiente.”
Esa incredulidad que con estas palabras asegura sentir Faulkner no es del todo sincera. Para la clase de escritor que quería ser, tenía toda la educación, incluso todo el conocimiento libresco, que necesitaba. En cuanto a la compañía, tenía más que ganar de vejetes parlanchines de manos nudosas y larga memoria que de líttérateurs decadentes. De todas maneras, es normal un grado de asombro. ¿Quién habria imaginado que un muchacho de un pequeño pueblo de Mississippi sin ninguna distinción intelectual excepcional se convertiría no solo en un escritor famoso, célebre en su país y en el extranjero, sino también en la dase de escritor en la que se convirtió: uno de los innovadores más radicales de los anales de la ficción estadounidense, un escritor de quien aprenderían las vanguardias europeas y latinoamericanas?
No hay duda de que la educación formal de Faulkner no pasó del mínimo. Dejó el instituto en el primer año (al parecer, sus padres no armaron ningún escándalo al respecto), y aunque asistió durante un breve periodo a la Universidad de Mississippi, eso fue solo gracias a una autorización especial para excombatientes (más adelante me referiré al desempeño de Faulkner durante la guerra). Su historial universitario fue mediocre: un semestre de lengua y literatura inglesas (puntuación: D), dos semestres de francés y español. Este explorador del Sur posbélico no asistió a ningún curso de historia; este novelista que entrelazaría el tiempo bergsoniano en la sintaxis de la memoria, no estudió nada de filosofía ni psicología.

En lo que Billy Faulkner, que era más bien un soñador, se volcó en lugar de los estudios fue en una estrecha pero intensa lectura de la poesía inglesa de fin de siglo, en especial Swinburne y Housman, y de tres novelistas que habían dado a luz mundos de ficción lo bastante nítidos y coherentes como para rivalizar con el real: Balzac, Dickens y Conrad. Si a esto le añadimos una familiaridad con las cadencias del Antiguo Testamento, Shakespeare y Moby Dick, y, pocos años más tarde, un rápido estudio de lo que estaban haciendo sus contemporáneos de más edad T. S. Eliot y James Joyce, ya estaba totalmente equipado. En cuanto a materiales, lo que oía a su alrededor en Oxford, Mississippi, resultó ser más que suficiente: la épica, contada una y otra vez, incesantemente, del Sur, una historia de crueldad e injusticia y esperanza y desilusión y victimización y resistencia.

DEL RECUERDO

Crónica de Berlín, Walter Benjamin, p. 71-72
Todo el mundo puede darse cuenta de que la duración de nuestras impresiones se encuentra en el recuerdo sin motivos claros. Nada nos impide, por ejemplo, tener un recuerdo más o  menos claro de algunos sitios en los que sólo hemos pasado veinticuatro horas, mientras que otros en donde hemos estado meses han caído en el olvido más absoluto. No siempre es cuestión, por tanto, de un tiempo de exposición demasiado corto el que en la placa del recuerdo no aparezca ninguna fotografía. Son mucho más habituales los casos en los que la débil luz de la costumbre niega a !a placa la luminosidad que necesita, hasta que ésta brota un buen día de fuentes extrañas como de un polvo de magnesio incendiado y retiene mágicamente en la placa la figura de una toma instantánea. No obstante, entre foto y foto nos  encontramos siempre nosotros, lo cual no es raro en absoluto, pues tales instantes de iluminación brusca son también instantes del ser-fuera- de-nosotros, y mientras nuestro yo despierto, habitual, cotidiano, se mezcla, activa o pasivamente, en el acontecer de las cosas, nuestro yo profundo descansa en otro sitio y sólo se mueve por el choque, igual que un montoncito de polvo de magnesio lo hace por la llama del fósforo. Este pequeño holocausto del yo profundo en el shock es a quien nuestro recuerdo debe agradecer sus fotos indestructibles. Así, la habitación en la que yo dormía a los seis años se me habría olvidado si no llega a ser porque una tarde (yo ya estaba en la cama) mi padre entró con una noticia necrológica. Lo que en el fondo me llegó a herir no fue la noticia en sí, pues el fallecido era mi   primo lejano, sino la forma en que me lo dijo mi padre ....

LIBROS E INFANCIA

Crónica de Berlín, Walter Benjamin, p. 70-71
Recordar lo que para mí han sido los primeros libros me exige olvidar desde el principio todo lo que sé de libros. Ciertamente toda mi actual sabiduría se basa en la disposición con la que ya entonces me enfrentaba al libro. Pero así como en el día de hoy tema y contenido, objeto y materia, se enfrentan al libro como algo exterior, entonces se encontraba todo fundido en él, no era algo independiente de él. Actualmente es al contrario: el libro se enfrenta al número de páginas o al papel de que está hecho. El mundo abierto en el libro y el libro mismo no podían separarse bajo ningún concepto: formaban un todo perfecto. De esta forma, junto con el libro, también podían cogerse con la mano su contenido, su mundo, como si tuvieran asas. Y este mundo, el contenido, glorificaban a su vez al libro en todas sus partes: palpitando en él, iluminando desde él. Y no sólo anidaban en la portada o en los grabados. Su casa estaba también en los títulos de los capítulos, en las grandes letras especiales con que empezaban, en los puntos y aparte, en las columnas, etc. Los libros no se leían sin más, no; se vivían, se moraba entre sus líneas y cuando, tras una pausa, volvía uno a abrirlos, se sobresaltaba nada más reanudar la lectura. La felicidad que deparaba el libro nuevo nada más echar una breve mirada sobre sus líneas era parecida a la del invitado que se queda en un castillo durante un par de semanas y apenas se dedica a echar una mirada llena de admiración hacia las grandes habitaciones del salón que ha de atravesar hasta llegar a la suya. Está cada vez más impaciente por llegar a su habitación. Así había encontrado yo por Navidad el último tomo del libro Nuevos amigos de juventud alemanes  cuando me retiré tras la balaustrada de su portada, adornada con motivos armamentísticos, y me introduje en historias de espionaje o de cacerías. En ello empleé la primera noche. No había nada más hermoso que seguir el rastro, en este primer examen de los laberintos narrativos, de las distintas corrientes de aire, fragancias,  luminosidades y ruidos provenientes de las diferentes habitaciones y pasillos. Ciertamente se mostraban las grandes historias, muchas veces interrumpidas, para reanudarse más adelante como pasillos subterráneos que surgen al final. Y era bellísimo cuando los aromas que provenían del pan de Navidad se elevaban a las alturas en donde veíamos resplandecer globos o ruedas de agua y se mezclaban con el aroma del pan de especias, o una canción de Navidad tejía una aureola alrededor de la cabeza de Stephenson, que surgía en lo alto de dos páginas como el retrato de un pariente tras la puerta entreabierta, o el aroma del pan de especias se unía al de una mina de azufre siciliana que nos golpeaba de repente de cuerpo entero como si fuera un retrato. Pero si, aferrado firmemente a mi libro, entraba yo en la mesa con los regalos, entonces ya no estaría como a un paso de la habitación de Navidad, casi planeando sobre mí, sino que era como si yo bajara un pequeño escalón que me conducía desde mi castillo espiritual hasta la mesa.

RECUERDA

Crónica de Berlín, Walter Benjamin, p. 42-43
El lenguaje significa indiscutiblemente que el recuerdo no es un instrumento para captar el pasado, sino el escenario donde se lleva a cabo tal captación. Así como la tierra es el elemento en el que se hunden las ciudades muertas, así es el lenguaje para lo vivido. Quien aspire a acercarse al propio pasado sepultado ha de comportarse como el que exhuma un cadáver. Ello determina el tono, el talante de los verdaderos recuerdos. No hay que temer volver una y otra vez al mismo estado de cosas: diseminándolas como se disemina la tierra, re· volviéndolas como se revuelve la tierra. Las cosas a recordar son estratificaciones, capas, que entregan al investigador cuidadoso aquello que constituye el verdadero valor escondido bajo la tierra: las imágenes desprendidas de situaciones anteriores como joyas que brillan en el sobrio aposento de nuestra visión actual (algo así como los restos y efigies que se encuentran en la galería de un coleccionista). Ni que decir tiene que es necesario emprender las excavaciones siguiendo un cuidadoso plan. Por eso resulta indispensable dar cuidadosas paladas, como tentando la oscura tierra, forjándose ilusiones sobre lo mejor, que sólo se halla en el inventario final de lo exhumado. Por eso la búsqueda infructuosa se halla al mismo nivel que la afortunada, y de ahí que el recuerdo no deba avanzar como si fuera un relato (mucho menos como una información sobre algo), sino de un modo épico, rapsódica, en el más estricto sentido de estos términos, intentando remover nuevos lugares, ahondando siempre cada vez más. 

DE LA POBREZA

Crónica de Berlín, Walter Benjamin, p. 27
Ahora bien, esta ojeada no merecería confianza si no diera cuenta del único medio por el que se representan estas imágenes, y no adoptase una transparencia en la que se traslucen, como líneas maestras, aunque un tanto misteriosamente todavía, las líneas de aquello que sucede. Este medio es la presencia del escritor, y sólo a partir de ella pone éste algún sesgo nuevo en los acontecimientos de su experiencia, reconociendo en ellos nuevas y sorprendentes ramificaciones. En primer lugar, la primera infancia, que le protegió en su barrio residencial en el que la clase a la que pertenecía vívía en aquella actitud construida con narcisismo y resentimiento que hacía de él el feudo de un gueto regalado. Siempre encerrado en este barrio de gente pudiente sín saber de ningún otro. Para los niños ricos de su generación los pobres vívían en los pueblos. Y si se le ocurría imaginarse a los pobres,lo hacía sin conocer nombre ni procedencia, bajo la única figura del pedigüeño, que en el fondo viene a ser la figura de un rico pero sin dinero, pues consideraba de un modo simplemente contemplativo que el pobre se relaciona con su no tener igual que el rico con su tener, completamente al margen de todo lo que significa el proceso productivo y su consecuencia inevitable, la explotación. Su primera excursión al exótico mundo de la miseria tuvo un carácter típicamente literario (por casualidad fue una de sus primeras experiencias) consistente en la representación de un repartidor de anuncios y su humillación por la forma de comportarse el público, que ni siquiera se toma la molestia de recoger los anuncios que le ofrecen. De la misma manera, los pobres (así acaba la historia) se desentienden disimuladamente de todo el paquete. No hay duda: una explicación perfectamente estéril del estado de cosas existente en la que se cargan las tintas sobre el sabotaje y el anarquismo, todo lo cual hace que los intelectuales difícilmente puedan llegar a ver las cosas claras.

TO APEIRON

Todo y más: breve historia del infinito, de DFWallace,  p.27
Ningún sistema de procesamiento de datos, artificial o viviente, puede procesar más de 2x10 elevado a 47 bits por segundo por cada gramo de su masa, lo que significa que un  superordenador hipotético del tamaño de la tierra (= 6x10 elv 27 gramos aproximadamente) funcionando durante tanto tiempo como la tierra ha existido (= 10 elv 10 años  aproximadamente, con cerca de 3,14x 10 elv 7 segundos/año) puede haber procesado lo sumo 2,56x10 elv 92 bits, número que se conoce como límite de Bremermann. Los cálculos que involucran números mayores que 2,56x 10 elv 92 se llaman problemas transcomputacionales, en el sentido de que no son teóricamente viables siquiera. Y hay abundantes problemas de este tipo en la física estadística, la teoría de la complejidad, la teoría de fractales, etc. Todo esto resulta excitante pero no muy pertinente. Lo pertinente es esto: considere algún número transcomputacional, imagínese que es un grano de arena, piense en una playa entera, o en un desierto, o en un planeta, o incluso en una galaxia llena de esa arena, y no solo un 1 seguido de ese número de ceros será < 00, sino que su cuadrado será < 00, y si llamamos x al número será < infinito,  y así sucesivamente y en realidad ni siquiera es correcto comparar IO elv x aritméticamente de ese modo porque ni siquiera están en la misma área de codificación matemática ni incluso, de algún modo, en la misma dimensión. Y, sin embargo, también es verdad que algunos infinitos son mayores que otros, como en las comparaciones aritméticas. 

BAILANDO SOLO

Aunque por supuesto sigues siendo tú mismo: un viaje con David Foster Wallace
En los últimos años he descubierto que puedo, y que me gusta mucho. Aunque todavía no se me da demasiado  bien. Tiendo a sacudirme y balancearme. Pero lo bueno de Bloomington es que estás completamente en la onda si haces eso. De voguear paso. Eso es lo único que me niego a hacer. El Vague no lo bailo.
¿Dónde está la iglesia?
La Noche de Baile es en un sitio llamado ... esto va a sonar muy rural. Está el Salón del Fontanero, que en realidad es donde comemos. Y hay otro sitio llamado el Salón del Maquinista. Un lugar grandote, de suelo de baldosas lisas. Muy chulo. La gente va con sus zapatos de baile y demás.
[Un amigo acaba de llamar para invitarle. Es bonito saberlo; porque ha hablado tanto de estar solo, lleva acompañado todo el tiempo que he estado con él, y durante semanas, y tengo la sensación de que podría no estar preparado para quedarse a solas. A fin de cuentas, para él esto es el fin del libro.]
¿Qué clase de música?
De todo desde cursiladas disco de los 70 hasta cursiladas de los cuarenta principales de los 90. No se va por la música.
¿ Van peces gordos locales?
Qué va. No es un rollo estirado. En este pueblo las razas no se mezclan, pero cuando lo hacen es genial. Unos cuantos vamos a una iglesia cerca del campus, y esa congregación tiene amistad con esta iglesia baptista negra.
¿Entonces tienes amigos allí?

Claro. Lo organiza, no recuerdo el nombre, la Iglesia Baptista Número Tal de Bloomington. Pero ellos ... es genial. Se limitan ... cada cual procura dejar a los demás en paz, bailas solo.

INCOMPLETITUD

Aunque por supuesto sigues siendo tú mismo: un viaje con David Foster Wallace
Sobre heroísmo y redención en una cultura empresarial. O sea, eso es lo que la convierte en una gran película. Lo de la máquina es su metáfora más pelada y esquelética: Rutger Hauer es nosotros. Es un poco como, no sé, ahora me has hecho pensar ... en la cantidad de belleza y profundidad que hay en toda la cultura popular mierdosa que nos rodea.
Como que viviendo en Bloomington, una de las cosas que hago, o sea, hay que escuchar un montón de country de mala muerte. Porque eso es lo que prima en la radio de allí, cuando te cansas como de escuchar a Green Day en la emisora de la facultad. Y esas canciones country son sencillamente tan, ya sabes, “Nena, desde que te marchaste estoy que no vivo, y no paro de beber a todas horas» y tal. Y recuerdo que escuchar ese rollo me exasperaba. Hasta que llevaba un año viviendo aquí. Y de repente pensé en la posibilidad de que la amante ausente a la que cantan no sea más que una metáfora. Y que a lo que en realidad cantan es a sí mismos, o a Dios, ¿sabes? “Desde que te marchaste estoy tan vacío que no puedo vivir, mi vida no tiene sentido.» Que en cierto sentido, o sea, esas canciones son increíblemente existencialistas. Que la pátina de lo ausente, el rollo romántico, sólo sirve para hacerlas vendibles. Pero que todo el patetismo y la sensiblería que desprenden es porque cantan acerca de algo mucho más elemental que les falta, y sobre su incompletitud sin eso. Más que sólo, ya sabes, a una chica de vaqueros justados o algo.

Y es tan raro. Es como si vivieras inmerso en ese rollo, todo muy a lo Flannery O'Connor. 

MAGIA



Aunque por supuesto sigues siendo tú mismo: un viaje con David Foster Wallace
Yo tengo la, y esto te va a parecer una bobada, pero tengo la increíble convicción como de crío de cinco años de que el arte es sencilla y absolutamente mágico. Y de que las buenas obras de arte pueden hacer cosas que nada más en el sistema solar es capaz de hacer. Y que lo bueno sobrevivirá, y será leído, y que en el gran proceso de separación de paja y trigo, la mierda se hundirá y el material valioso se elevará.
[Su reloj emite pitidos. No paro de preguntarme si es el mío.]
Pero ¿quién va a tener la formación para leer con perspicacia? Me refiero a que las habilidades necesarias para leer, no el manual de usuario de un ordenador, sino narrativa, se perderán. Pero ten en cuenta las limitaciones de espacio, de tiempo y la situación histórica. Dices que nadie tendrá la formación para leer como leemos nosotros. Lo cual implica que, si la gente lee en ráfagas más cortas o lo que sea, el arte encontrará una manera de crear conversaciones con lectores en la voz cerebral o lengua vernácula que tengan. Y durante una temporada, cuando, ya sabes, ¿cómo es esa frase de Nietzsche o Heidegger?,

¿”Los antiguos dioses han desaparecido y los nuevos no han llegado aún”?, serán tiempos oscuros. Pero, o sea, Jesús, si esta cosa dio el salto de lo oral, ya sabes, desde la balada juglar, al texto impreso, creo yo que puede ...

INCIPIT 848. GALVESTON / NIC PIZZOLATTO

Un médico me fotografió los pulmones. Estaban repletos de copos de nieve.
Al salir de la consulta me pareció que todos los presentes en la sala de espera se alegraban de no ser yo. Ciertas cosas se notan en la cara de la gente.
Yo ya sospechaba que algo iba mal porque unos días antes, al subir dos tramos de escalera persiguiendo a un tipo, había notado que me costaba respirar, como si cargase con unas pesas en el pecho. Había pasado un par de semanas bebiendo más de la cuenta, pero tuve claro que se trataba de algo más que eso. Me dio tanta rabia ese dolor repentino que le rompí la mano al tipo. Escupió algún diente y se quejó a Stan de que le parecía excesivo.
Pero es que siempre me han dado trabajo por eso. Porque soy excesivo.

Le conté a Stan lo del dolor en el pecho y me mandó a un médico que le debía cuarenta de los grandes. Al salir de la consulta, saqué los cigarrillos del bolsillo de la chaqueta y empecé a estrujar el paquete, pero decidí que no era un buen momento para dejarlo. Encendí uno allí mismo, en la acera, pero no me supo bien y el humo me hizo pensar en los hilos de algodón que se entretejían en mis pulmones. Los coches y autobuses circulaban a escasa velocidad y la luz del sol arrancaba destellos de sus cristales y de los cromados

INCIPIT 847. LA HUIDA DEL TIEMPO / JOSEP PLA

Calendarios
Algunas veces me he preguntado qué es lo que quiso decir el director de Destino, mi amigo don Ignacio Agustí, al rotular la sección que desde hace casi seis años está a mi cargo, «Calendario sin fechas». iCalendario sin fechas! ¿No es un rótulo raro? Un calendario sin fechas, ¿no será algo así como un arroz de pollo sin pollo o una sopa de ajo sin huevos estrellados? Previendo, sin duda, mi temperamento un poco desencuadernado, Agustí pensó que yo me sujetaría a duras penas a escribir de las sucesivas efemérides del calendario, y así me dio, en el rótulo, la holgura de movimientos necesaria. Sin embargo, la cosa queda en pie, y entre las faenas pintorescas que yo habré tenido que hacer en la vida, una de las más extrañas habrá sido quizá escribir un calendario sin fechas, que es algo muy parecido a presentar un elefante sin trompa y corto de orejas.

Aquí tengo un calendario con fechas. Es el de los payeses, a cuya clase pertenezco desde mi más tierna infancia. Cada año, cuando llega diciembre, lo compro, para tener una noción panorámica del año. En los últimos tiempos el calendario sale, desde el punto de vista del color, un poco agarbanzado pero, como siempre, viene adornado con láminas, poesías y consejos, que es lo principal. En la portada está, como antaño, la misteriosa rueda perpetua del principado de Cataluña que publicó por primera vez en estas tierras el prior del templo de Perpiñán, Miguel Agusti. En un libro antiguo que perteneció a mis antepasados payeses y que contiene todos los conocimientos útiles que se tenían en el siglo XVIII, está también esa rueda. La rueda perpetua indica los años fértiles y estériles pasados, presentes y venideros. El año de 1946 -tome nota el lector, porque la noticia tiene gran importancia-, el año de 1946 será estéril. 

TV

Aunque por supuesto sigues siendo tú mismo: un viaje con David Foster Wallace, p. 140-141
Creo que una de las razones de que me sienta vacío después de ver un montón de televisión, y una de las cosas que hacen seductora la televisión, es que ésta crea la ilusión de relacionarte con personas. Es una manera de llenar de gente la habitación y estar entretenido, si bien no requiere nada por mi parte. Es decir, yo las veo, ellas a mí no. Y, y, están ahí para mí, y eso da la posibilidad de recibir entretenimiento y estimulación. Sin tener que dar nada a cambio salvo una atención de o más tangencial. Y eso sí que es muy seductor.
El problema es que también es muy vacío. Porque una de las diferencias entre estar con una persona real es que, uno, yo tengo que poner algo de mi parte. En plan de que si quiero que ella me preste atención, yo tengo que prestársela a ella. Ya sabes: yo la miro y ella me mira. El nivel de estrés aumenta. Si bien también  hay ... posee algo estimulante, porque según lo veo yo, en tanto criaturas, tenemos que resolver cómo estar juntos en la misma habitación.
Y por tanto la habitación es como los dulces en tanto es más placentera y fácil de consumir que la comida real. Aunque por otro lado no posee ninguno de los nutrientes de la comida real. Y la cosa, aquello de lo que se supone que va el libro, es qué nos ha ocurrido para que ahora esté dispuesto -porque también yo lo hago- a extraer de la televisión enormes cantidades de mi sentido de comunidad y mi conocimiento de otras personas. Sin estar dispuesto a someterme al estrés y al fastidio y al coñazo potencial de tratar con gente real.

Y que mientras Internet crece, y con ello nuestra capacidad de estar en contacto, en plan . . . o sea, tú y yo podríamos haber hecho esto por correo electrónico, y yo nunca te habría conocido, y para mí hubiera sido más cómodo. ¿Verdad? Pues llegará un momento en que tendremos que desarrollar algún mecanismo, en nuestras mismas tripas, que nos ayude a manejar todo esto. Porque la tecnología no va a parar de mejorar y mejorar. Y cada vez va a ser más y más fácil, y más y más práctico, y más y más placentero, estar a solas con imágenes en una pantalla que nos han proporcionado personas que no nos aman y sólo quieren nuestro dinero. Lo cual no es malo por fuerza. En dosis bajas, ¿vale? Pero si esa es la sustancia básica y principal de tu dieta, te mueres. De un modo significativo, te mueres.  (Con pasión.)

DF WALLACE, VILA-MATAS Y K


Y es esto, creo yo, lo que hace que el ingenio de Kafka sea inaccesible para unos niños a quienes nuestra cultura ha educado para que vean las bromas como entretenimiento y el entretenimiento como algo reconfortante. No es que los estudiantes no “pillen” el humor de K sino que los hemos enseñado a ver el humor como algo que se pilla, de las misma forma que les enseñamos que el “yo” es algo que se tiene sin más. No es de extrañar que no puedan apreciar el chiste que hay en el centro mismo de K: que la horrible pugna por establecer un 2yo” humano resulta en un “yo” cuya humanidad es inseparable de esa pugna horrible. Que nuestro viaje interminable e imposible hacia el hogar es de hecho nuestro hogar. Es difícil de explicar con palabras cuando uno está frente a la pizarra, créanme. Se les puede decir a los alumnos que tal vez sea bueno que no “pillen” a K. Se les puede pedir que imaginen que sus relatos tratan todos de una especie de puerta. Que nos imaginemos acercándonos y llamando a esa puerta, cada vez más fuerte, llamando y llamando, no sólo deseando que nos dejen entrar sino también necesitándolo; no sabemos qué es pero lo sentimos, esa desesperación total por entrar, por llamar y dar porrazos y patadas. Y que por fin esa puerta se abre…y se abre hacia fuera: que durante todo este tiempo ya estábamos dentro de lo que queríamos. Das ist komisch.
Hablemos de langostas, de David Foster Wallace, p.86

-No pienso abrirles ni loco –les dije.
-¿por qué? –preguntaron, cada vez más muertos de miedo.
Decidí hablarles con el estilo de un predicador.
-Porque el mundo es grande y en él hay sólo una puerta cerrada y todas las demás están abiertas, con toda la gente fuera. Y porque hay una idea general, por parte de todos, de lo que se podría ver si la única puerta cerrada se abriera. Pero lo que todos creen que se podría ver, nunca es realmente lo que se ve su se abre la puerta.
Silencio.
-No les abriré –repetí.
Por la mirilla, sigilosamente, comprobé que les había hecho un favor. Se oyeron de repente, al ver que no les abría, sus suspiros de profundo alivio. Casi parecía que lloraran de alegría y de tranquilidad recuperada. Se quedaron un rato allí, sin la menor intención de dar un paso más, y menos aún de pedir que les dejar entrar. Era como si supieran que su salvación estaba en el abismo, pero que no era nada urgente que cruzaran el bendito umbral.
Materia oscura, en: Exploradores del abismo, de Enrique Vila-Matas, p. 110

LA AUTORIDAD



El rey pálido, DF Wallace, p. 254-255
Y se le formó una sonrisita en la boca mientras decía “Muy bien”. Pero estaba claro que ni estaba bromeando ni tampoco restándole importancia a lo que estaba a punto de decir, de esa manera en que muchos profesores de humanidades de por entonces solían burlarse de sí mismos o de sus hortaciones a fin de evitar parecer poco enrollados. Solamente más adelante, después de entrar en el CFA de la Agenda, me daría cuenta de que aquel sustituto era el primer instructor que yo había visto en ninguna de las universidades por las que había pasado ociosamente que parecía cien por cien indiferente al hecho de caer bien o de que los alumnos lo vieran enrollado o simpático, y me daría cuenta -más adelante, después de entrar en la Agencia- de qué cualidad tan poderosa podía ser aquella clase de indiferencia en una figura de autoridad. En realidad, visto a posteriori, puede que aquel sustituto fuera la primera figura de autoridad genuina que yo conocía en la vida, me refiero a la primera figura dotada de una “autoridad” verdadera, y no del simple poder para juzgarte o apretarte las clavijas desde su lado de la barrera generacional, y por primera vez en la vida fui consciente de que el término ”autoridad” era algo real y auténtico, de que una autoridad auténtica no era lo mismo que un amigo o alguien a quien le importabas, pero que a pesar de ello la autoridad podía ser buena para ti, y también de que la relación de autoridad no era ni "democrática" ni una relación de igual a igual, y sin embargo podía tener valor para ambas partes, para las dos personas de la relación. Creo que no me estoy explicando muy bien: pero es cierto que me sentí destacado de los demás, ensartado por aquellos ojos de una manera que no me gustó ni me disgustó pero de la que ciertamente fui consciente. Era cierta clase de poder que él ejercía y que yo le dejaba de forma voluntaria que ejerciera. Me di cuenta de que el respeto no era lo mismo que la coacción, aunque se trataba de una clase de poder. Era todo muy extraño. También me di cuenta de que ahora él tenía las manos juntas detrás de la espalda, con algo parecido a esa posición militar de «descanso en un desfile». 

UN NIÑO

Entrevistas breves con hombres repulsivos, DF Wallace, p. 332
Y siempre al lado de su cama estaba ella, esclavizada, embrujada, secando y limpiando y acariciando y ofreciendo, sin decir una palabra acerca del horror en estado puro de lo  que él segregaba y esperaba que ella limpiara. Aquella  expectativa ingrata e infinita. Nunca dijo una palabra. La chica con quien me casé habría reaccionado de forma muy, pero que muy distinta con aquella criatura, créame. Trataba los pechos de ella como si fueran suyos. Propiedad suya. Los pezones de ella eran del color de un árbol al que le hubieran arrancado la corteza. Él los agarraba, los apretaba. Soltaba gruñidos de codicia. La maltrataba. Estornudaba y resollaba. Completamente absorto en sus propias sensaciones. Desconsiderado. Cómodo en su cuerpo como solamente puede estarlo quien no tiene que ocuparse en absoluto de su cuerpo. Engreído, como un pingüino. Era uno con su cuerpo. A menudo yo no podía mirarlo. Incluso la velocidad a la que creció aquel año --estadísticamente inusual, según comentaron los médicos-era una velocidad vegetal, agresiva, una imposición autoritaria de sí mismo en el espacio. Y aquel ojo derecho supurante proyectado hacia delante. A veces ella hacía una mueca de asco al notar el peso de él, lo sostenía, lo levantaba, hasta que se daba cuenta de su breve mueca y la borraba -estoy seguro de que lo vi- reemplazándola en el acto por aquella explosión de paciencia narcotizada, de servidumbre abstracta, mientras yo permanecía a varios metros, mirando a otra parte, intentando no ...

[PAUSA para un episodio de disnea y para la aplicación por parte del técnico de un catéter de succión traqueobronquial.]

INCIPIT 846. LAS SOLIDARIEDADES MISTERIOSAS / PASCAL QUIGNARD


Donde él vaya, yo iré.
Donde él viva, me quedaré.
Donde él muera, seré enterrada.
Libro de Ruth
Mireille Methuen se casó en Dinard el sábado 3 de febrero de 2007. Claire fue allí el viernes. Paul no quiso acompañarla. No conservaba ningún vínculo con lo que quedaba de la familia. Hacia las once, Claire sintió apetito. Estaba siguiendo el río Avre. Prefirió dejar atrás Breux, Tillieres, Verneuil. A la salida de Verneuil, se detuvo a comer en un área arenosa y vacía.
Era el bosque de L' Aigle.
Atraviesa el parking en dirección a una mesita de hierro posada ante un chalet alpino. En la mesita habían colocado una maceta con forsythias amarillas. Ante la maceta de forsythias está el menú del día, escrito con tiza en una pizarra. Examina el menú.
Un hombre de unos cincuenta años sale tímidamente del albergue. Lleva un delantal a grandes cuadros rojos y blancos.
-Señor, ¿puedo comer ahí, al sol?
Claire señala la mesita de hierro en el exterior.
-¿Pero se da cuenta de que aún no es mediodía?
-¿Le causa un problema cocinar ahora mismo?
-No.

-Entonces me gustaría instalarme ahí, en ese rayo de sol, aunque aún no sea mediodía.

INCIPIT 845. LA CONJURA CONTRA AMERICA / PHILIP ROTH

Junio de 1940 - octubre de 1940
VOTAD POR LINDBERGH O VOTAD POR LA GUERRA
El temor gobierna estas memorias, un temor perpetuo. Por supuesto, no hay infancia sin terrores, pero me pregunto si no habría sido yo un niño menos asustado de no haber tenido a Lindbergh por presidente o de no haber sido vástago de judíos.

En junio de 1940, cuando se produjo el primer sobresalto -la nominación, por parte de la Convención Republicana en Filadelfia, de Charles A. Lindbergh, el héroe norteamericano de la aviación y de fama internacional, como candidato a la presidencia-, mi padre tenía treinta y nueve años, era agente de seguros y tenía una educación de enseñanza media elemental, con unos ingresos de algo menos de cincuenta dólares a la semana, cantidad suficiente para pagar a tiempo las facturas básicas, pero poco más. Mi madre, que había querido estudiar magisterio pero no se lo pudo costear, que al finalizar la enseñanza secundaria había vivido en casa de su familia y trabajado como secretaría en una empresa, que había evitado que nos sintiéramos pobres durante la peor época de la Depresión, administrando el salario que mi padre le entregaba cada viernes con tanta eficiencia como la que mostraba en el manejo de la casa, tema .treinta y seis. Mi hermano, Sandy, alumno de séptimo curso con un talento prodigioso para el dibujo, tenía doce, y yo, alumno de tercero con un trimestre de adelanto -y coleccionista embrionario de sellos, estimulado, como les sucedía a millones de niños, por el filatélico más importante del país, el presidente Roosevelt-, tenía siete.

EL PADRE

Entrevistas..., DFW, p. 321-322
EL PADRE: ¿Por qué nadie le explica a uno estas cosas? ¿Por qué todo el mundo cree que es una bendición? Parece haber casi una conspiración para que uno no se entere de estas esas. ¿Por qué nadie te lleva aparte y te explica lo que te espera? ¿Por qué no te cuentan la verdad? Que te van a quitar tu vida. Que se supone que tienes que darlo todo y no solamente nadie te lo va a agradecer sino que no vas a tener contigo a nadie. A nadie. Que has de suspender el toma y daca esencial, que pasaste años aprendiendo qué era la vida y ya no has de esperar nada más. Y te lo aseguro, lo que es peor que nada: qae ya no vas a tener vida para ti. Que todo lo que deseaste para ti ahora se espera que lo has de desear para él. ¿Por qué se espera esto? ¿Le parece a usted una expectativa razonable? ¿Para un ser humano? ¿No tener nada y no esperar nada para uno? Que toda tu naturaleza humana tenga que cambiar de alguna forma, alterarse, como por arte de magia, en el momento en que te separas de tu mujer, causándole tanto dolor y deformando su cuerpo tan profundamente que nin ... Que ella misma cambie automáticamente de esa misma forma, como por arte de magia, en el momento en que él sale, como por algún embrujo glandular, pero tú, que no lo has llevado dentro ni has estado unido a él mediante tubos, te vas a quedar, por dentro, igual que has sido siempre, y sin embargo se espera de ti que cambies también, que renuncies a todo, libremente. ¿Por qué nadie habla de esto, de esta locura? De que tu fracaso a la hora de renunciar a ti mismo, cambiarlo todo y estar loco de alegría por ello .. . De que te van a juzgar por ello. No solamente como, entre comillas, padre, sino como hombre. Tu valor humano. Esa mirada mojigata y petulante de quienes juzgan a los padres, que los juzgan por no cambiar por arte de magia, por no renunciar instantáneamente a todo lo que uno ha deseado hasta ese momento y . .. securus judicat orbis terrarum, Padre. Pero Padre, ¿realmente tenemos que creer que es obvio y natural que nadie considere nunca que hace falta avisar sobre esto? ¿Que es tan instintivo como parpadear? ¿Que nadie piense nunca en prevenirte? A mi no me parece obvio en absoluto, se lo aseguro. ¿Ha visto alguna vez una placenta? ¿Ha visto alguna vez con la boca abierta de asombro cómo sale y cae al suelo, y lo que hacen con ella? Nadie me avisó, se lo aseguro. Que la propia esposa va a considerarlo a uno deficiente por el simple hecho de continuar siendo el hombre con el que se casó. ¿Soy yo el único a quien nadie avisó? ¿Por qué ese silencio cuando ... ?

LAS MUJERES

Entrevistas..., DFW, p. 282-283
E. B. n.o 72, VIII-1998
NORTH MIAMI BEACH, FLORIDA
-Me encantan las mujeres. En serio. Me encantan. Me gusta todo de ellas. No tengo palabras para explicarlo. Las bajas, las altas, las gordas y las delgadas. Desde las que te hacen caer de espaldas hasta las feas. Eh, para mí todas las mujeres son guapas. Nunca me canso de ellas. Algunas de mis mejores amigas son mujeres. Me encanta mirar cómo se mueven. Me encanta lo distintas que son entre ellas. Me encanta el hecho de que sea imposible entenderlas. Me encantan, me encantan, me encantan. Me encanta oír cómo se ríen, cada una con un sonido distinto. El hecho de que uno nunca pueda disuadirlas de ir de compras. Me encanta cuando hacen ojitos o fruncen la boquita o te miran así. Su aspecto cuando se ponen tacones. Sus voces, su olor. Esos puntitos rojos que les salen cuando se afeitan las piernas. Esas cositas primorosas de las que no se puede hablar y esos productos para mujeres que venden en las tiendas. Todo en ellas me vuelve loco. En lo que respecta a las mujeres no puedo hacer nada. Solamente tienen que entrar en la habitación y me vuelvo chiflado. ¿Qué sería del mundo sin las mujeres? Sería ... ¡Oh, no, otra vez no! ¡Detrás de ti, cuidado!
E. B. n.0 28, 11-1997
YPSILANTI, MICHIGAN [TRANSMISIÓN SIMULTÁNEA)
K.: Qué quieren las mujeres de hoy. Esa es la gran pregunta. E.: Estoy de acuerdo. Es la más grande de todas. Es la ... ¿cómo se llama?
K.: O en otras palabras, ¿qué es lo que las mujeres de hoy creen que quieren y en cambio qué es lo que quieren en el fondo?
E.: ¿O qué es lo que creen que se supone que tienen que querer?
P.
K.: De un hombre.

E.: De un tío.

EMBRUJADA

Entrevistas..., DFW, p. 272-273
… la mujer atractiva, embrujada y despojada de su voluntad que he elegido y yo conservamos la capacidad de movernos y el conocimiento en medio de esa sala de madera mal iluminada con su olor a linimento y a sudor en la que el tiempo se ha detenido absolutamente -la seducción tiene lugar fuera de los parámetros de tiempo y movimiento de la música más elemental-, y cuando le ordeno que venga a mí con una mirada poderosa y tal vez también con un vago gesto circular del dedo, y ella, vencida por la atracción erótica, se me acerca, yo también me levanto de mi banco en el rincón y voy hacia ella, hasta que por fin, como en un minué lleno de formalidad, la mujer de la fantasía y yo nos reunimos sobre la colchoneta de ejercicios en el centro exacto de la sala, ella se desabrocha las correas de su indumentaria pesada presa de un frenesí de locura sexual mientras· yo me quito mi uniforme de la escuela con una tranquilidad mucho más controlada y burlona, obligándola a sufrir una agonía de ansia sexual mientras espera. Para no alargarme demasiado, luego se produce la copulación en diversas posturas y de diversas formas imprecisas en medio de todas las demás personas petrificadas y sin conciencia para quienes he detenido el tiempo con el enorme poder de mis manos. Por supuesto, es aquí donde puede usted observar el vínculo con la serie Embrujada que me causó sensación en la infancia. Porque creo que ese poder adicional que poseo en la fantasía de paralizar cuerpos vivos y detener el tiempo en el Gimnasio Estatal, que empezó como una mera artimaña logística, se convirtió rápidamente en la fuente de combustible principal de toda la fantasía masturbatoria, una fantasía que tenía, como cualquier espectador puede ver fácilmente, mucho más que ver con el poder que con el mero hecho de la copulación. Con esto estoy diciendo que al imaginarme aquellos enormes poderes sobre la voluntad y la capacidad de movimiento de otros ciudadanos, sobre el flujo del tiempo, la incapacidad de los testigos para ver algo o moverse, sobre la capacidad de mi hermano y de mi madre para mover siquiera los robustos cuerpos de los que estaban tan orgullosos y de los que se vanagloriaban tanto--, pronto estos formaron el verdadero núcleo de la fantasía, y sin yo saberlo, era con aquellas fantasías de poder que me estaba masturbando. Esto lo comprendo ahora. Cuando era joven no lo sabía. En mi adolescencia sabía únicamente que sostener aquella fantasía de seducción y copulación imperiosas requería una plausibilidad lógica estricta. Lo que quiero decir es que, a fin de masturbarme con éxito, la escena requería una lógica racional según la cual la copulación con aquella mujer gimnasta fuera plausible en el espacio público del Gimnasio Estatal. Yo era el responsable de aquella lógica.

EPIFANIA

Entrevistas... DFW, 222-223
Mientras tanto, de vuelta al presente, la esposa inmadura se sentía cada vez más ensimismada y angustiada y cada vez era más infeliz. Lo que cambió todo y salvó la situación fue que tuvo una epifanía. Tuvo la epifanía cuando llevaba casada tres años y siete meses.
En términos de psicodesarrollo secular, una epifanía es un descubrimiento repentino que cambia la vida, a menudo catalizando el proceso de madurez emocional de una persona. La persona, en un solo destello cegador, «crece», «se hace adulta” y “dej[a] de lado las cosas infantiles”. Se despoja de ilusiones que se han vuelto pringosas y rancias como resultado de haberse prolongado un montón de años. Se transforma, para bien o para mal, en un ciudadano de la realidad. En realidad, las epifanías genuinas son extremadamente raras. En la vida adulta contemporánea, la madurez y la conformidad con la realidad son procesos graduales, paulatinos y a menudo imperceptibles, semejantes a la formación de cálculos renales. El idioma moderno normalmente emplea epifanía como metáfora. Solamente es en representaciones dramáticas, iconografía religiosa y en el «pensamiento mágico de los niños donde esa clase de descubrimientos quedan comprendidos en un repentino destello cegador.

Lo que desencadenó la repentina y cegadora epifanía de la joven esposa fue su abandono de la actividad mental pura en beneficio de una acción concreta y frenética. De forma  abrupta y frenética (a las pocas horas de decidirlo) telefoneó al antiguo amante con quien había mantenido una relación entusiasta y que ahora a decir de todos era el exitoso director asociado de un concesionario automovilístico local, le suplicó que se vieran y que tuvieran una charla. Hacer aquella llamada fue una de las cosas más difíciles y vergonzosas que la esposa (que se llamaba Jeni) había hecho nunca. Le parecía irracional y comportaba el riesgo de que su conducta pareciera completamente inadecuada e irracional: estaba casada, él era su antiguo amante, no habían hablado ni una vez en casi cinco años y su relación había terminado mal. Pero ella atravesaba una crisis, y temía, tal como le explicó por teléfono a su antiguo amante, por su propia salud mental, y necesitaba su ayuda, y estaba dispuesta, si hacía falta, a suplicar. El antiguo amante acordó que se reuniría con la esposa al día siguiente en un restaurante de comida rápida que había cerca del concesionario automovilístico.

DE FIESTA

Entrevistas breves con hombres compulsivos, DFW, p. 193
Hay maneras correctas y fructíferas de intentar establecer una «empatía» con el lector, pero tener que imaginarte a ti mismo como el lector no es una de ellas; en realidad está peligrosamente cerca de la trampa temible de intentar anticipar si al lector le va a «gustar» algo en lo que estás trabajando, y tanto tú como los pocos escritores de ficción con los que tienes amistad sabéis que no existe manera más rápida de meterte en atolladeros y matar cualquier perentoriedad en tu trabajo que intentar calcular por anticipado si lo que estás haciendo va a «gustar». Es algo letal. Se podría establecer la siguiente analogía: imagínate que vas a una fiesta donde conoces a muy poca gente y luego, de camino a casa, te das cuenta de pronto de que has pasado toda la fiesta tan preocupado por si parecías caerle bien a la gente que ahora no tienes ni la más remota idea de si a ti te caía bien alguno de ellos. Cualquiera que haya vivido una experiencia de esa clase sabe que se trata de una actitud completamente letal con la que ir a una fiesta. (Además, por supuesto, casi siempre resulta que a la gente que había en la fiesta no les has caído bien, por la sencilla razón de que todo el tiempo parecías tan poco espontáneo y tan artificioso que la gente se ha llevado la impresión subliminal y desagradable de que estabas usando la fiesta como un simple escenario donde actuar y de que ni siquiera te has fijado en ellos y de que probablemente te hayas marchado sin tener ni idea de si te caían bien o no, lo cual hiere sus sentimientos y provoca que les caigas mal (después de todo, solamente son humanos y tienen la misma inseguridad que tú acerca del hecho de caer bien).)
En la foto Bowie en el Studio 54

LLANTO

Entrevistas beves conhombres repulsivos, DFW, p. 146-147
Aunque ellas no lo saben, los cuatro postes de la cama son decorativos y no son macizos en absoluto y sin duda se romperían si ellas forcejearan para liberarse. Les digo: Ahora estás totalmente en mi poder. Las recuerdo allí desnudas y atadas a los postes de la cama, abiertas de brazos y piernas. Yo estoy de pie, desnudo, a los pies de la cama. Luego cambio deliberadamente la expresión de la cara y pregunto: ¿Tienes miedo? Dependiendo de cuál sea su actitud en esos momentos, a veces cambio la pregunta: ¿No tienes miedo? Ese es el momento crucial. Es el momento de la verdad. Todo el ritual .. . Tal vez seria mejor decir ceremonia, es más evocador, porque nosotros.. . Por supuesto, todo lo que sucede a partir de la proposición es una ceremonia ... Y el clímax es la reacción del sujeto a esta frase. Al ¿Tienes miedo? Lo que hace falta es un reconocimiento doble. Ella tiene que reconocer que en esos momentos está totalmente en mi poder. Y también tiene que decirme que confía en mí. Tiene que reconocer que no tiene miedo de que yo la traicione o abuse del poder que ella me ha cedido. La excitación alcanza su cota máxima durante esta conversación y entra en un clímax prolongado que dura exactamente todo el tiempo que a mí me cuesta hacerle admitir todas esas cosas.
P.
-¿Perdón?
P.
-Ya te lo he dicho. Lloro. Es entonces cuando lloro. ¿Es que no has estado prestando la menor atención todo este tiempo que llevas ahí repantigada? Me acuesto al lado de ellas y lloro y les explico los orígenes psicológicos del juego y las necesidades que satisface en mí. Les abro el interior más profundo de mi psique y les pido compasión. Es muy raro el sujeto que no se queda muy, pero que muy conmovido. Me reconfortan lo mejor que pueden, teniendo en cuenta que están limitadas por las ataduras que yo les he aplicado.
P.
-Si termina en un acto sexual o no es algo que depende. Es impredecible. No hay manera de saberlo.
P.: ...

-A veces hay que dejarse llevar por la atmósfera. 

INCIPIT 844. AUNQUE POR SUPUESTO TERMINAS SIENDO TU MISMO / DF WALLACE

David media metro ochentainueve y en sus días buenos pesaba noventa kilos. Tenía ojos oscuros, voz suave, barbilla de cavernícola, una boca agradable, de labios torneados, que era su mejor rasgo. Se movía con los andares de un exatleta, con un vaivén que le subía de los talones, como si cualquier acto físico le resultara un placer. Escribía con los ojos y una voz que parecía condensar las vidas de todas las personas -aquello que se piensa a medias, la acción de fondo percibida entre pestañeos en el supermercado y en el transporte público- y los lectores se acurrucaban en los recovecos y claros de su estilo. Su vida fue un mapa que acabó en el destino equivocado. Fue un alumno sobresaliente en el instituto, jugó al fútbol, al tenis, escribió una tesis filosófica y una novela antes de licenciarse en Amherst, fue a la escuela de escritura, publicó la novela, dejó una estela de editores chillones, maltrechos y lesionados, y los escritores cayeron rendidos a sus pies . Publicó una novela de mil páginas, recibió el único premio de este país destinado a los genios, escribió ensayos que transmitían mejor que nada lo que significa estar vivo en la actualidad, aceptó un puesto especial para dar clases de escritura en California, se casó, publicó otro libro y se ahorcó a los cuarenta y seis años.

El suicidio es un final tan impactante, que su eco llega hasta el inicio y lo desbarata.

INCIPIT 843. ILUSTRES RAPEROS / DF WALLACE

La pregunta del productor Stacey, «¿por qué quieres escribir ... ?», persiste, retruena. ¿Quién demonios tiene derecho a declamar sobre unos luceros demasiado remotos para alcanzarlos? Pues cualquiera. La guirnalda de luces del cielo nocturno está ahí, en la distancia. y cualquiera la puede ver e invocar. El firmamento, el mejor de los claroscuros, no distingue colores. A diferencia de lo que pasa con las culturas y las razas en Estados Unidos. Quiero que sepan ustedes que somos muy sensibles a esta cuestión: ¿qué derecho tienen dos yuppies blancos a intentar hacer un muestrario de lo que es el rap? Por supuesto, no crean que somos realmente yuppies. Somos enfáticamente no yuppies. Yuppie es exclusivamente un predicado de las masas, concebido por los demógrafos para ser usado por profesionales de la mercadotecnia, en productos como la película Noches de neón; la campaña de Nissan «Built for the Human Race»; la canción “Material Girl”; la serie de televisión Treinta y tantos, y campañas publicitarias de cerveza como «The Night Belongs to Michelob» y «You Can Have lt All». Nadie es un yuppie porque en la actualidad, de cara a los Estados Unidos, todo el mundo es un yuppie, un consumidor consumado. Incluso el más insólito de los mercados (terminarán de leer este ejemplar convencidos de ello), el de los músicos negros que están en la vanguardia de esa explosión pop llamada rap: lo yuppie se filtra en sus versos asonantes, gritando hasta el límite sus rimas trocaicas a través de un vacío impenetrable que ellos tienen ahí, aquí en el aquí y ahora. Como «nosotros>>, son conscientes de su diferencia, se congregan frente al altar del «yo» electrónico

ATAME

Entrevistas breves con hombres compulsivos, DFWallace, p. 133
Cuando noto que es el momento adecuado (sentados en la otomana, cómodos, con bebidas, a lo mejor escuchando algo de Ligeti en el equipo de música) le digo, sin ningún preámbulo discernible y aparentemente sin venir a cuento: «¿Te apetece que te ate?». Esas cinco palabras. Sin más. Algunas me rechazan en ese momento. Pero son un porcentaje pequeño. Muy pequeño. A lo mejor asombrosamente pequeño. Siempre sé lo que va a pasar en el momento de preguntarlo. Casi siempre lo puedo distinguir. No sabría explicar cómo. Siempre hay un momento de silencio total, tenso. Ya sabes, por supuesto, que los silencios sociales tienen texturas distintas, y que esas texturas comunican muchas cosas. Ese silencio tiene lugar con independencia del hecho de que vaya a ser rechazado o no, de que me haya equivocado o no sobre la [flexión de los dedos levantados para indicar comillas] gallina. Tanto ese silencio como la tensión son una reacción perfectamente natural  ante un cambio semejante en la textura de una conversación hasta entonces casual. Y hace que de golpe lleguen a su ápice todas las tensiones románticas, las señales y el lenguaje corporal de las tres primeras citas. Las citas iniciales siempre son fantásticamente ricas desde un punto de vista psicológico. Sin duda lo sabes. Están llenas de ritos de cortejo, de calibraciones mutuas, de tanteos. Después de que yo les haga la pregunta. siempre hay ese silencio de ocho pasos. Tienen que [flexión de dedos] asimilar la pregunta. Esta expresión la usaba mi madre, por cierto. Eso de [flexión de dedos] asimilar, y resulta. ser una descripción casi perfecta de lo que ocurre.
P.

--Vivita y coleando. Vive con mi hermana, el marido de esta y sus dos niños. Rebosante de vitalidad. Y no ... Puedes estar segura de que no me engaño a mí mismo pensando que el porcentaje tan pequeño de rechazos se debe a ningún encanto irresistible que yo tenga. Esa clase de actividades no funcionan así. De hecho, esa es una de las razones por las que planteo la invitación de una forma tan aventurada y en apariencia tosca. Renuncio a todo intento de seducción o de persuasión. Porque sé perfectamente que su reacción a la propuesta depende de factores internos a ellas. Algunas quieren cooperar y unas pocas no quieren. Y se acabó. El único [flexión de dedos] talento real que tengo es la capacidad de tantearlas, de separarlas, de forma que. . . De forma que para cuando llega la tercera cita la mayoría son, por decirlo así [flexión de dedos] gallinas y no [flexión de dedos] gallos. Uso estas figuras retóricas del mundo avícola como metáforas, de ningún modo para caracterizar a los sujetos, sino más bien para hacer énfasis en mi capacidad inexplicable para saber, de forma intuitiva, ya en la tercera cita, si ellas están, por decirlo de algún modo [f. d.] maduras para mi proposición. De atarlas. Y se lo digo tal cual. No lo disfrazo ni intento que parezca en absoluto más [f.d. prolongada]  romántico ni exótico de lo que es. Y en cuanto a las que me rechazan ... las que me rechazan casi nunca son hostiles, casi nunca, y solamente lo son cuando el sujeto en cuestión realmente desea cooperar en el juego pero sufre un conflicto o no está emocionalmente equipado para aceptar su deseo, de forma que tiene que usar la hostilidad hacia la proposición como un medio de asegurarse a sí misma de que no existe semejante deseo ni semejante afinidad. 

WC

Entrevistas breves con hombres repulsivos, DFW, p. 113-114
-Ese ruido de algo blando que cae. El susurro suave del papel. Los pequeños gruñidos involuntarios. La imagen singular de un anciano ante el inodoro de pared, la manera en que se coloca allí, asienta los pies, apunta y deja escapar un suspiro intemporal del que uno sabe que no es consciente.
Aquel era su ambiente. Estaba allí seis días por semana. Los sábados doblaba el turno. Esa sensación irritante que produce la orina mezclada con el agua. El susurro invisible de los periódicos sobre los muslos desnudos. Los olores.
P.
-En un hotel histórico de los más lujosos de todo el estado. Con el vestíbulo más opulento y los lavabos de caballeros más lujosos que había de costa a costa, eso seguro. Y llevaba en ese puesto desde mil novecientos sesenta y nueve. Con mobiliario rococó y pilas festoneadas. Un sitio opulento y lleno de ecos. Un lavabo opulento y lleno de ecos para hombres de negocios, hombres importantes, de esos que van a sitios y se reúnen con gente. Y los olores. No preguntes por los olores. Lo distintos que son los olores de algunos hombres y la semejanza entre los olores de todos los hombres. Todos los sonidos amplificados por los azulejos y la piedra florentina. Los gemidos de los enfermos de próstata. El susurro de las pilas. Los esputos rugientes de flema profunda, el chapoteo al chocar con la porcelana. El ruido de los zapatos caros sobre el suelo de dolomita. Los ruidos de tripas a la altura de las ingles. Los reventones infernales de gases y el ruido de la materia al caer en el agua. Medio atomizada por las presiones ejercidas sobre ella. En estado sólido, liquido y gaseoso. Todos los olores. Los olores corno entorno. Todo el día. Nueve horas al día. Pasar todo el día alü de pie, de buen talante y vestido de blanco. Todos los ruidos amplificados, reverberando ligeramente. Hombres entrando y saliendo. Ocho retretes, seis inodoros de pared y dieciséis pilas. Haz cuentas. ¿En qué estaban pensando?
P.: ...
-Allí estaba él de pie. En el centro de todos los ruidos. Donde antes estaba el puesto del limpiabotas. En el espacio artesonado entre el final de los lavamanos y el principio de los retretes. Aquel era el espacio pensado para que él permaneciera de pie. El vórtice. Justo aliado del marco alargado del espejo, junto a las pilas: un lavamanos continuo de mármol florentino, con dieciséis pilas festoneadas, hojas de oro laminado alrededor del mobiliario y espejo de espléndido cristal danés. Frente al cual los hombres de buena posición se sacaban cuerpos extraños del rabillo y de los lagrimales de los ojos, se apretaban los poros infectados, se sonaban las narices sobre las pilas y se marchaban sin lavarse las manos. Ahí estaba él todo el día con sus toallas y sus estuches de material de aseo de tamaño unipersonal. Un vago aroma balsámico en el susurro de los tres conductos de ventilación. La trinodia de los tres respiraderos solamente se oía cuando los lavabos estaban vacíos. Cuando estaban vacíos, él también estaba allí. Aquel era el oficio de mi padre


DEL AMOR

Entrevistas breves con hombres repulsivos, DFWallace
-Desde tu punto de vista sí que es irónico, lo entiendo. Vale. Y entiendo que ahora me odies con todas tus fuerzas. Y he pasado mucho tiempo intentando llegar a este momento en que estoy preparado para enfrentarme al hecho de que me odies y a esa mirada que tienes como si se hubieran confirmado todos tus miedos y sospechas, porque tendrías que verla, ¿vale? Te juro que cualquiera que pudiera verte la cara ahora mismo entendería por qué me voy.
P.

-Lo siento. No quiero echarte toda la culpa. Lo siento . No es culpa tuya, ¿vale? O sea, tiene que ser cosa mía si no puedes confiar en mí después de todas estas semanas ni soportar unas cuantas idas y venidas normales sin estar pensando todo el tiempo que estoy planeando marcharme. No sé qué es, pero tiene que ser cosa mía. Vale, ya sé que lo nuestro no ha sido una maravilla, pero te juro que todo lo que dije lo dije de verdad, y lo he intentado al ciento por ciento. Te lo juro por Dios. Lo siento muchísimo. Daría lo que fuera por no hacerte daño. Te quiero. Te querré siempre. Espero que me creas, pero renuncio a seguir intentando que me creas. Por favor, créeme que lo he intentado. Y no creas que esto tiene que ver con ningún defecto tuyo. No te hagas eso a ti misma. Es por nosotros, es por nosotros que me voy, ¿de acuerdo? ¿No lo entiendes? ¿Entiendes que no es lo que tú siempre estabas temiendo? ¿Lo entiendes? ¿Admites que tal vez podrías haberte equivocado, solamente tal vez? ¿No podrías admitir a] menos eso? Porque esto tampoco es precisamente agradable para mí, ¿sabes? Marcharme de esta manera y quedarme con esa cara que estás poniendo como imagen final de ti. ¿Es que no ves que yo también estoy hecho polvo? ¿No lo ves? ¿Que no eres la única?

LA ENVIDIA Y LA ANTIPATIA

Billy Budd, Herman Melville
La envidia y la antipatía, por más que sean pasiones irreconciliables para la razón, pueden nacer, sin embargo, en el mismo parto, como hermanas siamesas. Entonces, ¿es la envidia un monstruo semejante? Bueno, aunque muchos acusados se han confesado culpables de haber cometido acciones horribles para rebajar así la condena, ¿ha confesado alguien alguna vez, seriamente, haber sentido envidia? Parece como si en este sentimiento universal hubiera algo más vergonzoso que en el crimen más infame. Y no sólo todo el mundo rechaza la envidia, sino que las personas de mejor índole se muestran incrédulas cuando se imputa seriamente a un hombre inteligente la condición de envidioso. Pero como su asiento está en el corazón y no en  la cabeza, no hay grado de inteligencia que suponga una garantía contra ella. No obstante, la envidia de Claggart no era una vulgar pasión, ni, al dirigirse contra Billy Budd, se asemejaba a los terribles celos aprensivos que distorsionaban el rostro de Saúl cada vez que pensaba en el joven y bello David. La envidia de Claggart tenía raíces más hondas. Si miraba con  resentimiento la buena apariencia, la salud y la alegría de vivir en el joven Billy Budd, era porque esas características estaban en consonancia con una naturaleza que como Claggart sabía instintivamente,  carecía en su simplicidad de malicia y nunca había experimentado la mordedura reaccionaria de esa serpiente Para él el espíritu de Billy, que asomaba por las ventanas de sus ojos azules, esa inefabilidad era a que causaba su sonrisa, la que daba agilidad a sus miembros y danzaba en su pelo rubio convirtiéndolo en el “marinero bonito”.

INCIPIT 842. EL DEPENDIENTE / BERNARD MALAMUD

ERA a principios de noviembre, la calle todavía estaba oscura aunque había terminado la noche, pero el viento, ante la sorpresa del tendero, ya arañaba. Le pegó con el mandil en la cara cuando se agachó a recoger las dos cajas de botellas de leche junto al bordillo. Morris Bober arrastró las pesadas cajas, jadeando por el esfuerzo hasta la puerta. Había una bolsa de papel llena de panecillos en el umbral, y a su lado estaba, encogida, la mal encarada polaca de pelo canoso que esperaba uno.
- ¿Qué pasa? Ya es muy tarde.
- Las seis y diez -replicó el tendero.
-Hace frío -se quejó la mujer.
El tendero abrió con la llave y la dejó pasar. Normalmente, arrastraba la leche hasta dentro y encendía los radiadores de gas, pero la polaca estaba impaciente. Morris vació la bolsa de panecillos en una cesta de alambre sobre el mostrador y escogió uno sin semillas para ella. Lo partió por el medio y lo envolvió en el papel blanco de la tienda. Ella se lo metió en el capazo de la compra y dejó tres centavos sobre el mostrador. Morris marcó la venta en la vieja y ruidosa máquina registradora, alisó la bolsa en que habían venido los panecillos y la guardó. Acabó de meter la leche y después colocó las botellas en la parte baja de la nevera. Tras encender el radiador de gas, se metió en la trastienda para encender el de allí.

Hizo café en la cafetera negra esmaltada y se lo bebió a sorbitos al tiempo que mordisqueaba un panecillo, sin saborear lo que comía.

DEL MAL

Billy Budd, Hermann Melville
En una lista de definiciones incluida en la auténtica traducción de Platón, una lista a él atribuida, se puede leer: “Depravación natural: depravación conforme a naturaleza”. Se trata de una definición que, aunque con cierto sabor calvinista, de ningún modo extiende el dogma de Calvino a toda la humanidad. Evidentemente, sólo se entiende aplicable a seres humanos aislados. El patíbulo y la cárcel ofrecen pocos ejemplos de este tipo de depravación. En todo caso, para encontrar ejemplos notables, dado que se trata de personas que carecen de la aleación vulgar del bruto y que disponen, invariablemente, de una actitud intelectual, hay que ir a otra parte. La civilización, especialmente cuando es del tipo austero, resulta propicia para la depravación. En ese ambiente, ésta se cubre a sí misma con el manto de la respetabilidad; también puede servirse de ciertas virtudes negativas como sus silenciosos auxiliares; la depravación no permite que el vino la haga salir de sí misma; se puede decir que no posee vicios y que no comete ni siquiera pequeños pecados, pues posee un orgullo fenomenal que los excluye. Jamás es codiciosa ni avara. Brevemente, la depravación a la que nos referimos aquí no tiene nada de sórdido o de sensual. Es seria, pero está libre de amargura. Aunque no adula a la humanidad, tampoco habla mal de ella.
Pero la señal que nos ayuda a reconocer, en casos excepcionales, un temperamento tan notable es la siguiente: aunque un hombre así puede aparecer con un carácter discreto y mesurado, acorde con las leyes de la razón, sin embargo, en lo más profundo de su alma, lucha contra esas leyes y trata de liberarse de su dominio, niega todo vínculo con ellas y sólo las escucha cuando las puede utilizar o necesitar para realizar lo más irracional; es decir, que para alcanzar su objetivo, cuya perversidad y malignidad traicionarían la mente de un loco, aplica un método frío, juicioso y sagaz. Esos hombres son dementes, y de los más peligrosos, ya que su locura no es continua, sino ocasional, surge de un objeto especial; permanece secreta y protegida, lo que significa que se autocontrola, de tal modo que cuando está más activa, una persona normal sería incapaz de distinguirla de la cordura, por la razón anteriormente  sugerida: cualesquiera que sean sus fines -que jamás se declaran-, el método y la ejecución son siempre perfectamente racionales.
Algo así era Claggart, en quien se encontraba la propensión de una naturaleza pérfida, no engendrada por el vicio, ni por libros corruptores o por experiencias licenciosas, sino nacida con él, innata, en pocas palabras, «una depravación conforme a naturaleza».

Oscuras palabras, diría alguien. Pero, ¿por qué? ¿Quizá porque recuerdan a la Sagrada Escritura, en su expresión “misterio de iniquidad”? Si es así, esta  coincidencia ha sido completamente involuntaria, ya que no favorecerá a estas páginas ante más de un lector de hoy. La necesidad de aclarar la naturaleza oculta del maestro de armas ha hecho indispensable este capítulo. Después de una o dos indicaciones más acerca del suceso en el comedor, el relato, en lo sucesivo, tendrá que defender como pueda su propia credibilidad.

INCIPIT 841. LOS DIAS DE JESUS EN LA ESCUELA / JM COETZEE

Él esperaba que Estrella fuera más grande. En el mapa figura como un punto del mismo tamaño que Novilla. Pero mientras que Novilla es una ciudad de verdad, Estrella no es más que  pueblo grande y disperso, ubicado en una campiña de colinas, campos y huertos por la que traza sus meandros un río perezoso.
¿Acaso será posible empezar una vida nueva en Estrella? En Novilla él pudo acudir a la Oficina de Reubicación para conseguir alojamiento. ¿Acaso Inés, d niño y él podrán encontrar una casa aquí? La Oficina de Reubicación es caritativa, es la encarnación misma de una modalidad impersonal de la caridad; pero ¿acaso esa caridad se extenderá a unos fugitivos de la ley?
Juan, el autoestopista que se les unió de camino a Estrella, le ha sugerido que busquen trabajo en una de las granjas de la zona. Los granjeros siempre necesitan jornaleros, les dice. Las granjas más grandes incluso tienen barracones dormitorio para los temporeros. Si no es temporada de naranjas, será la de manzanas; si no es la de manzanas, será la de la uva. Estrella y sus inmediaciones son un verdadero cuerno de la abundancia. Si ellos quieren, él puede indicarles cómo llegar a una granja donde una vez trabajaron unos amigos suyos.

Él cruza una mirada con Inés. ¿Deberían seguir el consejo de Juan? El dinero no es problema, él tiene bastante en el bolsillo, podrían alojarse con facilidad en un hotel. Pero si realmente les están yendo detrás las autoridades de Novilla, tal vez les convendría más juntarse con la población anónima y de paso.

BILLY BUDD

Billy Budd, Herman Melville
Billy Budd le agradaba la vida de gaviero. Cuando no estaban ocupados con las gavias, allá arriba, los gavieros, que hab1an sido seleccionados por su juventud y actividad, formaban un club aéreo, y se repantigaban satisfechos, apoyándose en las velas menores enrolladas hasta formar una suerte de cojines, se contaban historias como dioses perezosos o, con más frecuencia, observaban divertidos lo que ocurría abajo, en el agitado mundo de la cubierta. No es extraño, pues, que una compañia como aquélla agradara a un muchacho con el carácter de Billy. Sin dar motivo de queja a nadie, siempre estaba alerta cuando lo llamaban. Así se había comportado también en el barco mercante. Pero ahora mostró tal actitud puntillosa en el cumplimiento de su deber, que sus nuevos camaradas se rieran a veces de él, aunque con buena voluntad. Este celo exacerbado tenía una causa: la impresión que le causó el primer castigo formal en la plataforma de cubierta, castigo que presenció justo al día siguiente de su alistamiento obligatorio. La pena recayó sobre un muchacho joven, un novato encargado de la guardia de la maniobra de popa, que se había ausentado de su puesto cuando el buque iba a realizar una bordada. Como consecuencia de su negligencia, hubo serios problemas para realizar la maniobra, ya que ésta demandaba gran presteza en largar y tirar de las jarcias. Cuando vio cómo la espalda desnuda del culpable se cubria de rojas estrías bajo los latigazos, cuando, poco después, en el momento en que el verdugo le arrojaba por encima su camisa de lana, se fijó en el rostro dolorido y sombrio del joven ya liberado, y le vio a continuación huir precipitadamente de la vergüenza pública para enterrarse entre la multitud, Billy quedó horrorizado. Después de aquella experiencia tomó la resolución de no hacerse acreedor por negligencia de una pena similar, y decidió que no haria u omitirla nada que mereciera una amonestación verbal. Cuál fue entonces su sorpresa y preocupación cuando se metió ocasionalmente en pequeños problemas causados por ligeras infracciones del deber; como la colocación del saco o algún desorden en la hamaca, asuntos que caían bajo la inspección de los cabos de las cubiertas inferiores, y que le procuraron la vaga amenaza de uno de ellos.
¿Cómo podía ocurrir, si era tan cuidadoso con todas las cosas? No podía entenderlo, y esta idea lo mortificaba continuamente. Cuando hablaba de ello con sus compañeros, ellos se mostraban ligeramente incrédulos o encontraban algo cómico en su visible ansiedad.

-¿Es por tu saco, Billy? -decía uno-. Bueno, pues entonces cósete dentro, niño bonito, y así estarás seguro de que nadie mete las narices.

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