Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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EUSEBIO DE CESAREA


Historia menor de Grecia, Pedro Olalla, p. 123

CESAREA

 BIBLIOTECA

 315

Eusebio se dispone a hacer ahora lo que nunca se ha hecho y ha llegado el momento de hacer: escribir la historia de la Iglesia de Cristo.

Con la ayuda de Dios, se internará en ese desierto no hollado comenzando por la propia figura del Salvador, a quien los justos y los piadosos reconocieron ya desde el principio de la Creación con los ojos puros de su mente. Después, consignará las sucesiones de los santos apóstoles y el número y los hechos de quienes han sido embajadores de la palabra de Dios. También dará noticia de aquellos que, llevados al extremo por la confusión y la novelería, se proclamaron a sí mismos instructores de una mal llamada ciencia y esquilmaron  como lobos despiadados el rebaño de Cristo. Referirá puntualmente las calamidades que se abatieron sobre . el pueblo judío tras atentar contra el Salvador, registrará el número y la índole de los ataques de los paganos contra la divina doctrina y dejará constancia de la grandeza de cuantos por ella afrontaron sangrientas torturas.

Durante el principado de Diocleciano, Eusebio ha visto el mal cebarse en los cristianos de modo tan insólito que supera toda imaginación: hombres descuartizados en los árboles, mujeres ultrajadas colgadas por los pies, soldados masacrando familias enteras hasta que sus espadas quedaban embotadas a fuerza de matar. Pero también ha visto el ímpetu y el fervor de quienes creen en el Cristo de Dios; los ha visto saltar a proclamar su fe ante los mismos tribunales que dictaban sentencias de muerte sin la menor clemencia, y ha visto finalmente triunfar a la Iglesia y cumplirse el designio de Dios por el brazo del nuevo emperador Constantino. Por eso se le hace inaplazable comenzar esta  Historia, porque los hechos vienen a demostrar que todos los sucesos desde el principio de los tiempos siguen el plan de Dios para la salvación. Por eso, como obispo que escribe la historia de la Iglesia, su fin no es la ecuanimidad en el relato de los hechos, sino la persuasión.


JESUS


Historia menor de Grecia, Pedro Olalla, p. 98

Jesús nació entre los judíos, pero está construyendo su Iglesia sobre la fe de los gentiles. Ellos, mejor que nadie, han comprendido su espiritualidad y han creído en su esencia divina. Ellos son los que están divulgando su palabra: Aquila en Corinto, Narciso en Atenas, Apeles en Esmirna, A polo en Éfeso, Aristarco en Apamea, Tito en Creta, Andrónico en Roma ... Marcos quiere ayudar a sus hermanos en la fe fijando por escrito lo que cree que es verdad de cuanto dicen sobre Jesús los que refieren los recuerdos de los apóstoles; quiere contribuir a la fe fijando en la lengua de las naciones lo que en el fondo importa, más allá de los hechos de la breve existencia de Jesús entre los hombres. Para Marcos, lo que debe tenerse por verdad es que, desde el momento del bautismo, Jesús fue el Hijo de Dios, aunque después decidiera vivir sin revelar su identidad hasta el momento de resucitar y de subir al Padre. Él cree que lo importante es que el Espíritu divinizó a Jesús y le otorgó poder sobre los demonios, el mal y la muerte. Ésta es la esencia. Por eso ahora, Marcos toma el cálamo y, discerniendo entre los muchos dichos que llegan de Judea y otras tierras, empieza a escribir un valiente testimonio sobre la buena nueva de Jesús: un relato conciso que comienza aquel día en el Jordán, cuando, como paloma, el Espíritu descendió sobre él y Dios lo proclamó su hijo amado.


CICERON


Historia menor de Grecia, Pedro Olalla, p. 88
Esta tarde, Marco disertará frente a Apolonio para ser admitido en su escuela. Ahora que cae el sol, los discípulos han empezado a congregarse en el patio, bajo las higueras, a la espera de escuchar al extranjero. El maestro le ha rogado que hable en griego, pues no comprende bien el latín, y Marco ha visto en ello una oportunidad de ser juzgado con mayor indulgencia.
Desde niño, Marco vive enamorado de la filosofía. Primero le fascinó el epicúreo Fedro, al que escuchó disertar en Roma cuando tenía quince años. Después, asistiendo a las lecciones de Filón de Larisa, conoció el pensamiento político y moral de Platón, al que aún hoy sigue teniendo por un dios. Luego, con gran esfuerzo, se aplicó a traducir al latín las lecturas que más le conmovían, teniendo que forjar para ello voces nuevas que dieran el sentido de aquellas luminosas ideas. Su vocación social lo llevó a la oratoria, a defender las causas de los justos en el foro, pero la inquina de los protegidos de Sila no tardó en obligarlo a abandonar Italia. Así, hace casi dos años, desembarcó en Atenas, y luego pasó a Asia al encuentro de Jenocles, de Dionisia, de Menipo, hasta llegar aquí, a Rodas, a casa de Apolonio, tratando de aprender de los mejores maestros.
El discurso ha concluido con una afirmación medida, precisa, cadenciosa, seguida de un silencio brevísimo roto por un brioso aplauso. Los alumnos de Apolonio se levantan y acuden hacia Marco, lo felicitan estrechando sus manos y sus hombros, sonríen y hacen corrillos donde intercambian palabras de elogio. Sólo el maestro permanece callado, rodeado de algunos que lo miran disimuladamente sin atreverse a preguntar. Luego, al ver que la mirada intranquila de Marco le busca esquivando cabezas, Apolonio se levanta y le dice: «Muchacho, te felicito y te admiro, pero lamento la suerte de Grecia viendo que los únicos bienes que nos quedan -la educación y la palabra- por ti van a pasar también a los romanos».

ALEJANDRÍA 295 ANTES DE CRISTO


Todo está ya en marcha. El núcleo de este ingente proyecto será un santuario dedicado a las Musas que ya ha empezado a construirse. En él, las diosas de la creación y la belleza recibirán  su culto en las bocas del Nilo como desde los tiempos más antiguos lo reciben en el valle del Helicón, en las suaves majadas donde Hesíodo pastoreaba su rebaño. Un sacerdote nombrado por el rey se encargará de los oficios. En lo demás, el Museo seguirá la pauta del Liceo ateniense: un tranquilo jardín para el estudio y la meditación, unos escaños donde reunirse a disertar, pequeñas estancias para acoger a los amantes del conocimiento, un amplio comedor común y, claro está, un armonioso pórtico que favorezca los encuentros y el diálogo.

Al otro lado del jardín, cerca del puerto, los obreros trabajan ahora en revocar por dentro los innumerables anaqueles del edificio que acogerá muy pronto los papiros que Demetrío se encarga de comprar y de clasificar sin descanso. Cuando el Museo comience a funcionar, las obras contenidas en estos frágiles soportes serán copiadas, restauradas, salvadas del olvido, cotejadas con otras como nunca antes ha podido hacerse, sometidas a un contacto que ha de engendrar sin duda algo nuevo. Épica, lírica, tragedia, historia, leyes, física, medicina ... La labor es ingente, febril, casi un delirio, pero toda Alejandría lo es. La nueva biblioteca del rey Ptolomeo debe ser la memoria de los griegos; y no sólo eso, debe aspirar a contener además el saber reunido por los persas, por los indios, por los hebreos, así como los valiosísimos anales sagrados de los egipcios. Sólo así, la nueva creación será también la memoria de los hombres. Hasta la fecha, Demetrio ha reunido veinte mil volúmenes, pero el rey quiere poner los medios para que lleguen a ser cientos de miles. Quién sabe lo que habrá de durar esta locura.


INCIPIT 1.342. HISTORIA MENOR DE GRECIA / PEDRO OLALLA


INTRODUCCIÓN

 [ ... pues no es en las acciones más ilustres donde se manifiesta la virtud o la vileza, sino que, muchas veces, algo breve, un dicho o una trivialidad, sirven mejor para mostrar la índole de los hombres que sangrientas batallas, nutridos ejércitos o asedios de ciudades] . Plutarco, Vidas paralelas, Alejandro 1,.2

Sin duda con cierta ingenuidad, siempre he pensado que el fin de la historia es ayudar a mejorar el mundo. Y precisamente con esa ingenuidad-que me gusta creer que es la misma que ha impulsado a otros hombres a acciones desprendidas y valientes-está escrito este libro, esta historia de Grecia. Se llama menor porque no es una historia de los grandes personajes y hechos (o, al menos, no trata de ellos en la forma en que suele tratarse): esta Historia menor es una colección de gestos humanos en los que se demuestra la grandeza, la vileza o la contradicción.

La idea de la obra es recorrer la historia rastreando en esos gestos la formación y la supervivencia de una actitud vinculada a lo griego desde los lejanísimos días en que Homero comenzó la búsqueda de lo universal: la actitud humanista. Una actitud que, por supuesto, no es exclusivamente griega, que incluso ha sido reiteradamente traicionada por los griegos, pero que, sin duda, ha sido concebida,


KUOROS DE CRESO


Historia menor de Grecia, Pedro Olalla, p. 34

ANÁFLISTOS, ÁTICA

525 ANTES DE CRISTO

Según lo convenido con el maestro estatuario, esta mañana han llegado al taller los padres de Creso, el joven soldado de Anáflistos muerto en combate el pasado verano. Vienen a recoger la estatua funeraria que adornará la tumba de su hijo.

En la pequeña estancia dispuesta para la entrega, aquel inmenso bloque inerte traído desde Paros en barco y arrastrado hasta aquí sobre un carro de bueyes ha perdido su horizontalidad y su peso, se ha puesto sorprendentemente en pie apoderándose de la figura del muchacho, cobrando ligereza y vida ahora que ha pasado la muerte.

La visión de la estatua produce escalofríos. Por alguna razón, esta imagen de mármol no es como los colosos votivos del cercano santuario de Sunion, simbólicos y ausentes. Aquí, detrás de la sonrisa y la mirada, han quedado atrapadas la serenidad y la inocencia; ese pecho espacioso entregado a la luz parece aún lleno del aire limpio de la bahía; esos músculos nítidos y turgentes son, sin lugar a dudas, los de aquel muchacho que aún era un niño hace apenas tres años.

Pasados unos minutos, el lapicida entra en la sala con gesto reverente y solicita las palabras para grabar el epitafio. El padre le hace entrega de un trozo de papiro escrito la pasada noche. Su esposa y él han decidido que no habrá ningún elogio épico, ninguna alusión al valor o a la patria, ninguna mención al enemigo.

PARATE Y LAMENTATE

ANTE LA TUMBA DEL DIFUNTO CRESO

A QUIEN ANIQUILO EN EL FRENTE EL FURIOSO ARES


TIERRA CIMOLIA


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p.50

Antes de mediados del segundo milenio, Silvano, esta pequeña isla ya exportaba por mar, a lugares cercanos y lejanos, la singular arcilla conocida como tierra cimolia: una arcilla blanca-y, a veces, rojiza-formada en este mismo suelo, bajo la potente luz del sol, por la sedimentación milenaria de infinitos cristales de calcita, caparazones de erizo y conchas de minúsculos crustáceos. Esta tierra, que aún hoy puedes coger y deshacer entre los dedos, era muy apreciada en las ciudades palaciales de Creta y la península, que, a su vez, la exportaban como una mercancía valiosa a otros puertos lejanos. La lana y los tejidos que se inventariaban en las famosas tablillas de barro eran blanqueados con tierra cimolia; la misma tierra, mezclada con vinagre de vino, se utilizaba para curar inflamaciones en algunos órganos y pústulas de la piel; mezclándola, además, con aceite, se obtenía un ungüento para aliviar los pies hinchados, que había que dejar secar al sol y retirar, horas después, con agua de mar; y, por último, disuelta en agua dulce, con un poco de vino, formaba un espumoso jabón para lavarse, con el que, sin duda, se llenaron, un lejano día, aquellas elegantes bañeras de cerámica de Cnosos y de Pilos: [asáminthos] las llaman las tablillas, usando una palabra, para muchos pregriega, que Homero, sin embargo, utilizó también en sus poemas.

Como ves, con sólo tirar de este hilo-del ejemplo de esta humilde tierra arcillosa-, ya estamos hablando de extracción mineral, de comercio, de navegación, de manufacturas textiles, de elaboración de fármacos, de prácticas higiénicas sofisticadas y de refinamiento cultural, muchos siglos antes de Homero. Nada de esto debiera sorprendernos si tenemos en cuenta lo que fue, en su conjunto, el mundo del Egeo durante ese segundo milenio antes de Cristo, y lo que fue, también, en tiempos anteriores.


SANTORINI


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p. 125

Antes de la explosión, Santorini se llamaba Strongylé, «la Redonda»; después de la explosión, la mitad de Ja isla desapareció bajo las aguas y nació, en su lugar, un pequeño archipiélago: la media luna de Tera, la solitaria isla de Terasia, el diminuto islote de Aspronisi, y los brotes de lava aún caliente que dan forma a Nea y a Palaia Kameni. La visión de la cercana Po liegos, que ahí enfrente emerge con sus rocas volcánicas del azul del mar, me ayuda a imaginar ahora cómo tuvo que ser aquel terrible estremecimiento de la Tierra y aquel terrible golpe para la civilización del Egeo.

Por lo que dejan inducir sus huellas geológicas,'' la catástrofe debió de suceder más o menos así: al principio, algunos temblores sacudieron el suelo de la isla; las casas de Akrotiri sufrieron desperfectos, pero la situación no debió de alarmar demasiado a las gentes, pues algunas viviendas fueron, incluso, reparadas tras los seísmos. Después, apareció el humo, y, ante ese mal presagio, comenzó la evacuación. Las naves se alejaban de la isla mientras una funesta columna de humo, ceniza y piedra pómez se elevaba hacia el cielo desde dentro del cráter del volcán. Pavesas rojizas caían sobre el mar y la tierra, como copos de nieve, de una nube ígnea que el viento iba arrastrando, poco a poco, hacia Cárpatos, Rodas y las costas de Creta.


INCIPIT 1.336. PALABRAS DEL EGEO / PEDRO OLALLA


Esta vez, cuando bajes del barco, estarás ya tan alto como yo. Se me está haciendo larga la espera. Hoy, a primera hora, cuando todo parecía dormido todavía, me vine a caminar descalzo por la orilla del mar: mis pisadas y las olas que se deshacían suavemente en la arena fueron, durante un rato mágico, los únicos sonidos de la isla. Más tarde busqué asiento en la playa vacía, en el lugar donde ahora estoy, a la sombra de un viejo tamariz con el tronco vencido por el viento y pintado de cal hasta donde comienzan a crecerle las ramas.

La primera página en blanco de este cuaderno en el que ahora te escribo refleja de forma cegadora la pletórica luz que vierte sobre el mundo el cielo del Egeo. Bien pensado, casi me atrevería a decir que no refleja sólo la luz: que también es sensible al soplo de esta brisa, cargada de sal y de tomillo; que el papel es uno de esos muros calientes del camino por el que trepa alguna lagartija; una de esas paredes encaladas del pueblo contra las que resuena el canto infatigable de las cigarras. Me deslumbra su blanco cuando voy a escribir, y tengo que hacer sombra con la mano. Luego, cada vez que levanto la mirada, me encuentro con el mar, de un azul aún mucho más profundo que el del cielo. Y, ¿sabes?, así, como venida del silencio, casi escucho tu risa de niño, tu ya lejana voz de niño, repartiendo con asombro aquella alegría inesperada y pura que te produjo ver delfines por primera vez. Delfines de verdad: tan reales como en tu fantasía.


PEFKES


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p. 185

También con frecuencia, el lecho de las letras fueron tablillas de pino marítimo llamadas pefkes : tablillas de la misma madera que, para hacer barcos, bajaba de los montes al mar. ¿Recuerdas la tragedia de Hipólito y Fedra? Fedra, desesperada porque su hijastro Hipólito no cede a la pasión amorosa que ha inspirado en ella la diosa  Afrodita, decide suicidarse; pero, antes, en venganza, escribe sobre una tablilla de pino una carta que inculpa falsamente a Hipólito de haber intentado violarla; Teseo, indignado, maldice entonces a su hijo ante Poseidón, y el dios hace que muera arrastrado por sus propios caballos. Y así, cuando un honrado mensajero lleva a Teseo la triste noticia de la muerte de Hipólito, le dice textualmente: «No llegaría a convencerme de que tu hijo ha obrado mal / ni aunque se colgara toda la estirpe de las mujeres / ni aunque todos los pinos del Ida se llenaran de letras».''

Llenas de referencias a las letras, pues, están las obras literarias que recrean el tiempo de los héroes antiguos; alguien dirá que son meras licencias poéticas, pero yo dudo mucho que sus sabios autores cayeran reiteradamente en el anacronismo. Sin ir más lejos, el famoso caballo de Troya llevaba grabada, en su madera, la inscripción: «Los helenos, a Atenea, en agradecimiento por su regreso a casa».


HUMANISMO


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p. 282

Esa actitud, que ha cruzado los siglos cultivando estas viejas herencias y cosechando sobre terreno hostil humildes frutos, ha sido llamada, en ocasiones, actitud humanista. Fíjate bien ahora en lo que voy a decirte. Históricamente, hemos necesitado esa actitud para ir contra el dogma moral, y, así, hemos descubierto la ética; la hemos necesitado para ir contra el fundamento divino del poder, y, así, hemos inventado la política; la hemos necesitado para ir  contra el principio de la autoridad en el saber, y hemos inventado la ciencia; la hemos necesitado para ir contra la prepotencia de todos los relatos, y hemos definido la dignidad del individuo; la hemos necesitado para ir contra los administradores de la fe, y nos hemos abierto al misterio.

Y ahora, ahora que se han desmoronado, en parte, todas esas sólidas y opresivas certezas, seguimos necesitando de la actitud humanista para construir con fundamento y con honestidad en los vacíos que han dejado. Gracias a las conquistas de la ética, de la política, de la libertad y del conocimiento, los seres humanos somos ahora más poderosos que nunca; pero, también, más peligrosos que nunca. Nuestra capacidad de influir sobre la realidad crece de forma exponencial; pero, a la vez, crece, también, nuestro vacío ético, nuestro vacío existencial y nuestro pragmatismo. Para el hombre, Silvano, es cada vez más fácil jugar a ser Dios; y, por ello, necesitamos de la actitud humanista para ponernos límites, para que la responsabilidad crezca a la par de la capacidad de obrar, para alumbrar nuevos relatos sin erigir nuevas prisiones, para no desaparecer como víctimas de nuestras propias ficciones y delirios.


EGEO


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p. 115

El clima de la Tierra no ha hecho más que cambiar, oscilando entre momentos fríos y calientes, a veces moderados y a veces extremos. A decir verdad, durante la primera mitad de su existencia, este planeta fue un infierno de gases, cataclismos, terremotos y erupciones volcánicas. Después, hubo varios momentos en que fue lo contrario: una silenciosa esfera blanca, recubierta parcial o totalmente de hielo. De hecho, ha habido siete grandes eras glaciales, y ahora, aunque no lo parezca, estamos todavía en la última de ellas, pues la Tierra aún mantiene sus menguados y frágiles casquetes polares.

Hace dieciocho mil años, los hielos del norte llegaban, sin embargo, a las costas del Mediterráneo. Fue entonces cuando comenzaron a fundirse; y, a medida que el mar crecía con el aporte de las aguas retenidas en forma de glaciar, la tundra crecía también en la franja de tierra deshelada que iba recibiendo otra vez los rayos olvidados del sol. Pero aún habría de alejarse mucho el hielo para que brotaran con fuerza la hierba y el bosque, y habría de pasar largo tiempo para que aquellas tierras nuevas se hicieran habitables para el hombre.

Sin embargo, desde su propio origen, el hombre paleolítico tuvo, en esta charca del Egeo, su Jardín del Edén: vegetación frondosa, arroyos cristalinos, árboles y arbustos que lo obsequiaban con sus frutos, cuevas donde encontrar un refugio oportuno, un mar omnipresente de aguas claras y muy poco profundas (como las de esta bahía de Prasa), radas llenas de peces y de otras criaturas de muy fácil captura,  piedra y madera para construir sus ingenios, caza abundante en cada estación, noches estrelladas para aprender del cielo, un invierno benigno y una dilatada primavera.

En la imagen Medea con Teso y su padre -de él- Egeo


Deucalión y Pirra


Palabras del Egeo, Pedro Olalla, p.22

Dicen que, cuando el mar subió a la tierra y las aguas cubrieron gran parte de la Hélade, los bondadosos y devotos Deucalión y Pirra sobrevivieron al desastre en una embarcación construida por advertencia del titán Prometeo. Una vez amainaron las aguas, aunque desolados por ver toda la tierra silenciosa y vacía, Pirra y Deucalión dieron gracias a Zeus, a las ninfas de la montaña y a la diosa Temis, y luego lloraron por hallarse solos, como un triste despojo viviente de la raza humana. Conmovida entonces Temis, pronunció, desde la helada roca de su oráculo, las oscuras palabras que habrían de salvar a la especie: «Cubrid vuestras cabezas, desceñid vuestras túnicas y echad a andar arrojando hacia atrás los pulidos huesos de vuestra gran madre». Deucalión, como hijo que era del sagaz Prometeo, comprendió que la madre era la Madre Tierra; y los huesos, las piedras que estuvieron un día en su seno. Comenzaron, pues, a cogerlas del suelo y a arrojarlas de nuevo a sus espaldas, y de la piedra dura se renovó la dura estirpe de los hombres. Y de la piedra (laas) tomó su nombre el pueblo (laós).

¡Razón tenía el sabio que afirmó que el logos es el retrato del alma! Comprender que los griegos vieron en estas piedras acumuladas en la orilla la imagen de una humanidad es comprender el alma de este pueblo marino. ¿Ves los cantos rodados, Silvano? ¿Los ves ahí en la playa? Pues ahí están los griegos, ahí están los antiguos pobladores del Egeo: nacidos de la  adusta tierra, traídos y llevados por el mar, pulidos por las olas, brillando al sol, rumoreando, todos iguales y todos diferentes. Los griegos: «pueblo marino», como decía Sófocles," o  humildes «ranas asomadas al mar», como decía Sócrates.


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