Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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CATON EL CENSOR


Historia menor de Grecia. Pedro Olalla, p. 81

Quien toma la palabra es Catón el Censor, un adusto varón de ochenta y cinco años a quien todos conocen y estiman por su larga trayectoria política, su influencia sobre la sociedad romana y su conocimiento de la tradición. Catón es también uno de los pocos ciudadanos romanos que ha dedicado esfuerzo y tiempo a conocer la lengua y los escritos de los griegos. En el silencio de la espaciosa sala, Catón recuerda a todos los presentes que el fin de la educación romana es formar a los líderes en el ejercicio de la política y las armas. Por tanto, es de los magistrados y de los militares de quienes los jóvenes deben aprender la honestidad, la lealtad, el valor, la justicia y todas las virtudes de Roma, evitando prestar oídos a las extravagancias y las dudas de los filósofos. Moviéndose con lentitud por el estrado, Catón habla de Sócrates como de un charlatán perverso que aspiró a tiranizar a su patria abominando contra las costumbres e inculcando en sus conciudadanos pensamientos contrarios a la ley. En una pausa y con rictus de conmiseración, menciona a los alumnos de la escuela de Isócrates, que permanecían en ella hasta llegar a viejos, como si fuera en el Hades y ante Minos donde hubieran de poner en práctica lo que allí aprendían.

Recuperando el gesto de rigor y elevando la voz en ocasiones, el anciano Catón advierte a los romanos de lo subversivo de esos discursos que ahora admiran, del peligro de su persuasión-mayor aún que el de su doctrina-y de los males que los fiósofos pueden acarrear a la república. Y finalmente, en una última moción, propone que se dé pronta respuesta a la embajada de los atenienses y que se les envíe de vuelta a sus escuelas a confundir con sus brillantes pláticas a los jóvenes griegos, pues para él es evidente que, si nada se hace por impedirlo, la perdición de Roma vendrá por la influencia de lo griego.


ALEJANDRÍA 295 ANTES DE CRISTO


Todo está ya en marcha. El núcleo de este ingente proyecto será un santuario dedicado a las Musas que ya ha empezado a construirse. En él, las diosas de la creación y la belleza recibirán  su culto en las bocas del Nilo como desde los tiempos más antiguos lo reciben en el valle del Helicón, en las suaves majadas donde Hesíodo pastoreaba su rebaño. Un sacerdote nombrado por el rey se encargará de los oficios. En lo demás, el Museo seguirá la pauta del Liceo ateniense: un tranquilo jardín para el estudio y la meditación, unos escaños donde reunirse a disertar, pequeñas estancias para acoger a los amantes del conocimiento, un amplio comedor común y, claro está, un armonioso pórtico que favorezca los encuentros y el diálogo.

Al otro lado del jardín, cerca del puerto, los obreros trabajan ahora en revocar por dentro los innumerables anaqueles del edificio que acogerá muy pronto los papiros que Demetrío se encarga de comprar y de clasificar sin descanso. Cuando el Museo comience a funcionar, las obras contenidas en estos frágiles soportes serán copiadas, restauradas, salvadas del olvido, cotejadas con otras como nunca antes ha podido hacerse, sometidas a un contacto que ha de engendrar sin duda algo nuevo. Épica, lírica, tragedia, historia, leyes, física, medicina ... La labor es ingente, febril, casi un delirio, pero toda Alejandría lo es. La nueva biblioteca del rey Ptolomeo debe ser la memoria de los griegos; y no sólo eso, debe aspirar a contener además el saber reunido por los persas, por los indios, por los hebreos, así como los valiosísimos anales sagrados de los egipcios. Sólo así, la nueva creación será también la memoria de los hombres. Hasta la fecha, Demetrio ha reunido veinte mil volúmenes, pero el rey quiere poner los medios para que lleguen a ser cientos de miles. Quién sabe lo que habrá de durar esta locura.


ATENAS 433 ANTES DE CRISTO


Historia menor de Grecia, Pedro Olalla, p. 40
Cuando el filósofo llegó a la ciudad, hace ya casi treinta años, Pericles era sólo un muchacho que entraba bajo su tutela intelectual; ahora, a la hora de partir, aquel muchacho es el genio indiscutible de la democracia ateniense, el preclaro estratega que, hace unos días, ha tenido que salir en defensa de su viejo maestro para que quienes exigen que pague con su vida un supuesto delito de impiedad se conformen con una multa de cinco talentos y una ignominiosa condena al exilio. Atenas ha cambiado mucho en las últimas décadas, pero no lo suficiente para que alguien que sostiene que el sol es una masa de rocas inflamadas por el choque y la ruptura del éter no sea acusado de impiedad. 
Anaxágoras deja una ciudad gobernada por el genio político de su discípulo Pericles, una ciudad que ha dado eco y reconocimiento al talento poético de su también discípulo Eurípides, una ciudad que, con el nuevo templo de Atenea, se ha convertido en capital indiscutible del espíritu griego. Pero las cosas, en el fondo, no han cambiado tanto, Atenas ha demostrado seguir siendo una ciudad tradicional, pía, supersticiosa y llena de fantasmas; fantasmas que, junto al templo de la diosa de la sabiduría, son invocados con solemnidad y sin rubor para desacreditar a cualquier disidente o a cualquier adversario político.
En sus últimas horas antes de partir para Lámpsaco, el maestro contempla desde lejos la Roca Sagrada. Con Anaxágoras, los atenienses envían al exilio al primer filósofo establecido en su ciudad, al primer hombre que, apartándose del lenguaje de los rapsodas, hizo circular una obra en prosa, al primero que se detuvo a indagar sobre el cielo y a escribir después un verdadero libro acerca de la naturaleza.

GRECIA 2016


Un apartamento en Urano, Paul B.Preciado, p. 240

Grecia ha sido construida, por sobrecodificación, a través de una triple discriminación racial, sexual y económica. Por una parte, Grecia es exaltada en el imaginario histórico como el origen de Occidente: el Renacimiento burgués y colonial inventa un corpus griego (monumento, archivo, texto y cuerpo) blanco y cristiano que al mismo tiempo glorifica una Grecia que nunca existió (los griegos nunca fueron ni exactamente blancos ni estrictamente cristianos) y denigra la realidad, oriental e híbrida, de la Grecia real. Por otra, la Comunidad Europea sitúa a Grecia en el lugar de la trabajadora sexual: al mismo tiempo la ero-turistifica y la injuria, la endeuda y la desea, le prohíbe trabajar y le pide urgentemente que se abra de piernas a la especulación financiera y a la explotación corporativa. Por último, Europa transforma el territorio griego en una gigantesca red de contención de la migración, haciendo de sus islas centros penitenciarios totales a cielo abierto.

Pero las manifestaciones y los fuegos, las huelgas y los parones son en Grecia el signo de la imposibilidad de destruir completamente los procesos de resistencia. Grecia no es la «vida desnuda» de Agamben, sino el cuerpo insurrecto y furioso de una multitud adolescente. Despentes con Nirvana: Teen Spirit. Atenas ha convertido la protesta urbana en un festival público de la rabia. Un grupo de jóvenes fuma tranquilamente en la plaza de Exarchia: dos minutos después, se ponen cascos de moto y capuchas, sacan pequeños cócteles molotov caseros de mochilas infantiles EastPak adornadas con pegatinas negras, blancas y rojas y avanzan casi totalmente desarmados frente a un pelotón policial cuyo equipamiento confirma que los ministerios de Interior y Defensa son los únicos que no se han visto afectados por los recortes. La protesta es una performance colectiva callejera en la que se pone de manifiesto que el único rasgo político que queda del Estado en Grecia es, por decirlo con Weber, el uso (supuesta y desafortunadamente) legítimo de la violencia.


LAOCONTE


Las mil naves, Natalie Haynes, p. 36

Creúsa no estaba segura de lo que había ocurrido a continuación. Ella no vio las serpientes, aunque muchas personas aseguraron haberlas visto. No estaba mirando los juncos sino al hombre, Sinón, y su rostro sucio e impenetrable. El único indicio de que entendía lo que había dicho Laocoonte fue que las cuerdas que todavía lo sujetaban se tensaron contra sus bíceps. En cuanto a los dos hijos de Laocoonte, ella pensó que habían corrido hacia el agua. ¿Por qué no habrían de haber ido? Hacía rato que se habían hartado de oír discutir a los hombres y, como todos los niños de Troya, nunca habían bajado a la orilla ni jugado en la arena. De modo que siguieron el río hasta que llegaron a la playa, y antes de que alguien los echara de menos, los dos se habían adentrado en los bajíos.

Creúsa sabía que allí las algas formaban enormes frondas. Cuando era pequeña, su niñera la había advertido  que no se metiera nunca en el agua y que evitara sus tentáculos verdes. Las puntas de las algas tal vez eran lo bastante finas para que un niño las rasgara, pero el resto de la planta era grueso y fibroso.  Era muy fácil tropezar y perder pie, tal como debió de pasarles a los hijos de Laocoonte. Uno debió de caer al engancharse el pie en un nudo de algas y, al no estar acostumbrado a la corriente, le entró pánico y se retorció, enredándose aún más. El otro, al acercarse para ayudar a su hermano, que se había hundido, se encontró en la misma situación. La brisa de la orilla se llevó sus débiles gritos de socorro.

Cuando Laocoonte corrió a salvarlos -demasiado tarde-, las algas habían cobrado una forma malévola. Eran serpientes marinas gigantescas que los dioses habían enviado, dijo alguien, para castigar al sacerdote por haber profanado su ofrenda con la lanza. En cuanto se pronunciaron esas palabras, hubo quienes las creyeron. Ante la imagen del sacerdote en la playa llorando y acunando los cuerpos de sus hijos ahogados, difícilmente la decisión de Príamo podría haber sido otra. Los dioses habían castigado a Laocoonte.


PLATONISMO


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 214

Sin embargo, en líneas generales, las doctrinas básicas de Platón tendrían hoy pocos defensores. Su filosofía es idealista porque negaba la supremacía del mundo material, el que los sentidos podían aprehender fisicamente, y afirmaba que la realidad verdadera existía en un terreno inmaterial, que llamó el mundo de las «formas» o de las “ideas». Los materialistas como Demócrito y los epicúreos disentían, con el argumento de que el mundo material es condición sine qua non del pensamiento. Hoy nos cuestionamos la legitimidad de una división tan tajante entre el mundo del cuerpo y el de la mente, por no mencionar el concepto de que el mundo de las ideas es superior. El estudio sobre la base del conocimiento, si bien es una exposición brillante de la manera en que la retórica destroza la verdad, también se ve afectado por la hipótesis de que el enfoque que llamaríamos observación científica no sirve para comprender la realidad. Con todo, es muy posible que ese no fuese siquiera el criterio de Sócrates. Aristóteles, en su Metafísica, da a entender que las formas de Sócrates pueden, efectivamente, descubrirse si se investiga el mundo natural; en cambio, Platón discrepa de su maestro cuando dice que las formas están más allá de nuestra capacidad de comprensión como seres humanos. Por otra parte, la filosofía política de Platón, a pesar de los principios igualitarios que, en su opinión, deberían adoptarse en el seno de la exclusiva comunidad de «guardianes» de su república ideal, es despiadadamente elitista. Las ideas platónicas sobre arte y literatura conducen de manera inevitable a la estricta censura estatal que aplicaban oligarcas ilustrados.

Entonces, ¿por qué Platón sigue siendo tan importante? En primer lugar, porque sus diálogos están ambientados en el mundo esotérico de las conversaciones de élite que se mantenían en casas particulares, en general de familias privilegiadas, en una época en que la democracia se situaba a la defensiva. En segundo lugar, porque pintan un retrato fascinante de las figuras intelectuales más destacadas, incluido Protágoras, cuyas palabras,  de no ser por Platón, se habrían perdido para siempre. En tercer lugar, porque fue un escritor brillante e innovador con una obra que es todo un tour de force, aun cuando al lector le interese poco la filosofía.


LAS DIONISIAS


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 200

El festival se inauguraba oficialmente a la mañana siguiente con la Pompé (procesión). Toda la ciudad bullía de entusiasmo; no podían iniciarse procedimientos legales ni reunirse la Asamblea, y hasta los presos quedaban temporalmente en libertad bajo fianza. La procesión dionisiaca, que empezaba en las murallas de la ciudad, se detenía en varios lugares sagrados, camino del santuario, para cantar y danzar en honor de los dioses. Al mismo tiempo de ese modo se definían, por representación simbólica, las relaciones entre los grupos que constituían la sociedad ateniense. Encabezaba· la procesión una joven virginal de una familia aristocrática, que llevaba la cesta dorada ceremonial con selectas piezas de carne del sacrificio. Los coregas que habían sufragado las producciones teatrales iban ataviados con vestiduras costosas, de oro incluso. Se hacían los preparativos para el banquete público, que requería ingentes provisiones para miles de participantes; el toro elegido como animal principal del sacrificio iba acompañado por ciudadanos jóvenes en periodo de instrucción militar. Había también cientos de animales sacrificiales menores. El santuario de Dioniso debió de parecer un matadero gigantesco junto a una barbacoa, en el que resonaban los mugidos y los balidos de los animales aterrados, todo salpicado de sangre y apestando a carne asada y cadáveres.

Para acompañar la comida, los ciudadanos llevaban odres de vino y hogazas de pan en espetones; por su parte, los metecos tenían tazones para mezclar el vino con el agua que sus hijas servían de unas jarras. Otros hombres cerraban la comitiva con los falos rituales del dios. Se organizaban también concursos de canto con coros formados por cincuenta ciudadanos. El teatro en sí estaba preparado para la culminación del festival; a la representación de las obras la precedía un rito ceremonial de purificación en el que hacían libaciones de vino en honor a los dioses. Un heraldo público proclamaba los nombres de los benefactores de la ciudad. Una vez lleno el teatro se exhibían hileras de lingotes de plata (talentos), los ingresos que había acumulado Atenas gracias a los tributos de ese año. El toque imperial lo realzaba aún más la armadura que se entregaba a todos los hijos en edad militar de los atenienses caídos en combate.

Un heraldo con una trompeta anunciaba cada una de las producciones teatrales. Aunque en el siglo V cambió el programa del festival, en especial en lo tocante a las comedias, el cambio no influyó en la representación de las tragedias. Las tetralogías de cada uno de los tres poetas rivales se representaban de un tirón, en un solo día, probablemente por la mañana. Decidían el resultado los jueces, ciudadanos corrientes seleccionados a último momento entre todas las tribus, no electos, para evitar la corrupción. No obstante, recibían presiones para que votaran de acuerdo con la opinión del público, que hacían patente los aplausos. Al ganador, condecorado con una corona de hojas de hiedra, lo llevaban a la casa de un amigo pudiente, y en andas en una procesión, como si fuese un atleta vencedor en las Olimpiadas. El ambiente general de la fiesta, con concursos de bebida, cierto trasfondo sexual, muchachas que tocaban la gaita y jarana en las calles hasta la madrugada, está exquisitamente plasmado en El banquete de Platón, concretamente en la dramatización de la fiesta que se organizaba después de la función.


LISISTRATA


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 232

En Lisístrata de Aristófanes, estrenada en 411 a. C., el estereotipo ateniense de la mujer espartana irrumpe en escena en el personaje de Lampito («la Brillante»), una mujer de pechos hermosos y tan fuerte que podía estrangular a un toro. Cinisca, una princesa espartana, fue la primera mujer que ganó en una competición olímpica como propietaria y adiestradora de los caballos que participaban en concursos ecuestres, y lo hizo dos veces en la década de 390 a. C. La inscripción en que la princesa describe su estatua de vencedora, erigida en O limpia,  proclamaba orgullosamente: «Mi padre y mis hermanos son reyes de Esparta, pero Cinisca, vencedora de la carrera de carros de caballos de patas veloces, mandó construir esta imagen en la que me proclamo la única mujer de toda Grecia que ha recibido la corona.»

A las ingeniosas y atléticas mujeres de Esparta las preparaban para ser esposas y madres de espartiatas, y uno de los aspectos más singulares de la vida espartana era la ceremonia de la boda. El matrimonio era un asunto de Estado; a los hombres se los penalizaba si no se casaban o si lo hacían con mujeres demasiado viejas o de manera poco adecuada. En cambio, se recompensaba a los que traían al mundo hijos sanos. Un padre que engendraba tres niños estaba exento del servicio militar, y si eran cuatro, incluso se libraba de pagar tributos económicos al Estado. El verbo que empleaban los novios espartanos que se agenciaban una novia significaba algo así como «apoderarse, incautarse de», y no está claro si ese secuestro era ritual o real. Los novios menores de treinta años, que vivían, como hemos visto, en los grupos públicos de militares, solo tenían permitido visitar a la novia a escondidas y copular en la oscuridad total. Es posible que la intención fuera aumentar la tensión sexual y engendrar más criaturas; según Plutarco, algunos hombres tenían hijos antes de saber cómo era la mujer a la luz del día.

Las prescripciones de Licurgo también fomentaban una alta tasa de natalidad en la medida en que autorizaban a la mujer joven de un hombre mayor a tener hijos de otro hombre siempre y cuando el marido estuviera de acuerdo; luego los hombres mayores adoptaban a esos hijos, una costumbre que mejoraba su prestigio. Polibio cuenta que las mujeres tenían hijos de tres o cuatro hombres, y que cuando un hombre había engendrado un número suficiente, se consideraba honorable que cediera su mujer a un amigo. Huelga decir que a los griegos patriarcales de otras ciudades-Estado les indignaba esa práctica, que podía considerarse la autorización legal de la libertad sexual femenina. Para Aristóteles, las mujeres espartanas podían darse todos los gustos sin que nadie las controlase.


EPICTETO


Los griegos antiguos, Edith Hall, p 318

Por otra parte, sostenía que Dios (al que llama «Zeus» o, algunas veces, en plural, «los dioses») era benévolo y racional, que había creado al ser humano para que también fuera racional y capaz de acciones racionales si emplea con reflexión sus impresiones del mundo. Según Epicteto, nuestra mente es una minúscula parte de la de Zeus, y nuestro poder mental es parte del poder que gobierna el universo. Somos responsables de nuestras elecciones para actuar en beneficio propio, pero, dado que nuestros intereses son parte de un sistema mucho más grande, vernos que, por ejemplo, elegir nuestra propia muerte puede, a veces, ser la mejor decisión. A los estoicos se los conocía precisamente por su tendencia al suicidio digno. Para Epicteto, los objetos externos a nosotros no son ni incondicionalmente buenos ni malos. Lo primordial es el ser interior, y todo lo externo se ha de evaluar en relación con el yo, pues la felicidad solo puede conseguirse si los humanos no dependen de la riqueza ni de las propiedades ni de ningún otro fenómeno accesorio. Las emociones que nos hacen desdichados (el miedo, la envidia) son respuestas a la falsa idea de que las apariencias pueden hacernos felices. Igualmente falsa es la idea de que las acciones ajenas nos perjudican forzosamente. No obstante, eso no significa que no debamos esforzarnos por los demás, especialmente por la familia y amigos cercanos.


ARISTOTELES


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 260

En su juventud, Aristóteles viajó a Atenas para estudiar con Platón en la Academia y vivió veinte años en la ciudad. Gran parte de su obra puede leerse como una respuesta a las ideas platónicas, aunque las diferencias son grandes. Aristóteles dejó Atenas hacia 348 a. C., justo cuando Filipo destruyó Estagira. Viajó por Lesbos y Asia Menor, pero en 343 aceptó ser el tutor del joven Alejandro. Ocho años después, en 335, Alejandro sucedió a Filipo en el trono, y ya controlaba Atenas cuando Aristóteles regresó para fundar su Liceo; se cree que fue allí donde escribió la mayor parte de sus muchos tratados. Por tanto, durante ocho de los años más importantes de la vida de Alejandro, este joven rey estuvo en contacto constante con el famoso pensador, con quien mantuvo un diálogo íntimo.

La contribución de Aristóteles, que no se limita a la filosofía occidental, sino a toda la historia intelectual, es incalculable. En particular, su Metafísica fue decisiva para el surgimiento de la filosofía árabe (falsafa) en el siglo IX d. C. y dio lugar a extensos comentarios del hispanoárabe Averroes (Ibn Rushd, siglo XII), cuya obra se estudia con gran interés en Occidente. No había componente del universo que no interesara a Aristóteles, ya fuera empíricamente discernible a los sentidos, ya se encontrase más allá de la superficie perceptible de las cosas. Todos sus escritos están unificados mediante los métodos de razonamiento que él mismo desarrolló y expuso en una serie de obras sobre lógica que los filósofos antiguos más tardíos compilaron y llamaron Organon. Los trabajos de Aristóteles monopolizaron toda la historia de la lógica filosófica hasta que en los siglos XIX y XX aparecieron las críticas de Gottlob Frege y Bertrand Russell. Los filósofos contemporáneos están rehabilitando muchos de los conceptos de la lógica aristotélica. Aún sorprende que Aristóteles tomase los métodos de razonamiento filosóficos de Platón y sus predecesores y tratara los sistemas inferenciales como tenía de análisis en sí mismos; en suma, se interesaba no solo por aquello que hacía que el mundo funcionara como lo hacía, sino por los mecanismos exactos de los razonamientos en los que los pensadores basaban sus conclusiones sobre el mundo. La filosofía misma se había convertido en objeto del análisis filosófico.


ACROPOLIS


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 198

No obstante, su logro más duradero fue el plan, puesto en marcha en 447 a. C., consistente en emplear parte de la riqueza que los atenienses habían conseguido gracias a la expansión de su imperio para financiar la transformación arquitectónica de la Acrópolis, que albergaba a los dioses de la ciudad y el erario público. Durante las invasiones de 480, los persas habían arrasado los templos, y los edificios no se reconstruyeron hasta que se ejecutó el plan de Pericles.

En 432 a. C. se terminó de construir el nuevo y deslumbrante Partenón, el templo de Atenea, con sus columnas dóricas y sus frisos y esculturas en el frontón. Las obras las supervisó el escultor Fidias, autor también de la enorme escultura en oro y marfil de Atenea Partenos: de más de diez metros de altura, con casco y peto, la diosa lleva un escudo a un lado y una pequeña estatua de Niké (Victoria) en la mano derecha. Recubierta  con un baño de oro de más de mil kilos, la Atenea Partenos de Fidias era una de las estatuas más imponentes que los griegos vieron jamás. En el friso del Partenón, que recorre toda la superficie externa del templo interior, se ven escenas que evocan una procesión en honor de la diosa: caballos y  jinetes, carros, hombres con instrumentos musicales, bandejas y jarras de agua, animales sacrificiales, un grupo de diez hombres importantes (héroes, quizá), dioses sentados y una escena en la que aparecen un hombre y una mujer adultos, tres niños y una tela plegada. A los atenienses, el conjunto solo podía evocarles la procesión panatenaica.


PAUSANIAS


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 315

Nacido en Lidia, no lejos de Esmirna, la ciudad de Arístides, en su época el emperador Adriano fomentaba el interés en Grecia; en efecto, en 131-132 d. C. reorganizó un grupo de antiguas ciudades griegas con el nostálgico título de los Panhellenion.  Así y todo, no es imposible poner demasiado el acento en la presencia del proyecto imperial romano en Pausanias, que viajó, investigó, tomó nota, entrevistó a nativos y acumuló recuerdos a lo largo de veinte años; de todo ese trabajo surgieron los diez volúmenes de su Hellades periégesis, la Descripción de Grecia, aún hoy base de las guías de los sitios griegos antiguos, que ha facilitado nuestra comprensión de los edificios y obras de arte de aquellos días. Es a Pausanias, por ejemplo, a quien debemos la descripción detallada de la única de las siete maravillas del mundo de la Grecia continental, la estatua de Zeus, en Olimpia, obra de Fidias. Cuenta Pausanias que el dios, hecho de oro y marfil, aparecía sentado en un trono, con el torso desnudo: en la cabeza, una guirnalda de ramas de olivo; en la mano derecha, una Niké, y en la izquierda el cetro, de metales diversos y rematado con un águila. Las sandalias y el manto también eran de oro, y este último tenía bordados de animales y flores de lis.

Pausanias inventó la literatura de viajes; pensaba que viajar era bueno por sí mismo y que el arte y la arquitectura solo podían apreciarse viéndolos directamente, una idea que lo distinguió de la mayor parte de sus contemporáneos, para quienes la evocación escrita de las obras de artes plásticas era admirable en sí misma. Pausanias colocó todos los objetos y edificios que visitó lo más lejos posible en relación con su propio contexto histórico. Investigó los epítetos antiguos de los dioses, se esforzó por localizar emplazamientos poco conocidos y llegó a emprender un arduo viaje por caminos de montaña solo porque había oído hablar de una estatua de Deméter en particular, si bien al llegar a su destino descubrió que llevaba siete años desaparecida. Esperó horas ilusionado con la posibilidad de oír, cerca de Kleitor (Kato Klitoria), al legendario pez que cantaba como un tordo, pero también esa excursión lo decepcionó. Fue también un epigrafista excelente que descifró y puso por escrito en griego inscripciones en dialectos locales poco conocidos que encontró en piedras viejas y gastadas. Su exactitud a la hora de localizar emplazamientos antiguos era admirable: Heinrich Schliemann, el arqueólogo que excavó Troya, se valió de los textos de Pausanias para descubrir la histórica Micenas.


PANATENEAS


Los griegos antiguos, Edith Hall, p 196

El festival ateniense más importante eran las Panateneas, a finales del primer mes del año nuevo, equivalente a junio. Con nueve meses de antelación se elegía a dos muchachas adolescentes de la alta aristocracia, que vivirían en la Acrópolis. Bajo la dirección de la sacerdotisa de Atenea y con la ayuda de once niñas menores que ellas, tejían una túnica nueva para la estatua de Atenea Palias, una suntuosa tela con las hazañas más célebres de la diosa. El punto culminante del festival se inspiraba en la esencia de los ritos básicos antiguos y comenzaba la noche del vigésimo octavo día del mes con una carrera de antorchas que iluminaban el cielo estival. Los cantos y bailes rituales de las sacerdotisas de Atenea se prolongaban hasta el amanecer. A primera hora de la mañana se sumaban a las actividades coros de hombres y niños, y el festival culminaba con una magnífica procesión y los sacrificios.

La procesión era una muestra de la variedad de grupos que configuraban la identidad imperial ateniense y de las relaciones entre ellos. Participaban los ganadores de las competiciones, generales, ancianos respetados que llevaban ramas de olivo, caballerías y, probablemente, algunos soldados jóvenes en fase de instrucción (los efebos). Las mujeres, con sus cestas, formaban una concurrida sección. Los ciudadanos celebraban el carácter abierto y multiétnico de su comunidad; en la procesión también desfilaban no atenienses, y no solo metecos portadores de bandejas con pan y pasteles, seguidos de sus mujeres e hijas con banquetas plegables, sino también representantes de las naciones aliadas y las colonias. Los atenienses cerraban el desfile en masa, organizados en contingentes según su demo de procedencia. El momento culminante era la presentación de la túnica nueva para la vieja estatua, que pendía de palos como la vela de un mástil en una carroza alegórica que quizá se asemejaba a un barco. Después de congregarse junto a las murallas de la ciudad, la procesión serpenteaba por el ágora hasta llegar a la Acrópolis. En el altar de Atenea Palias se sacrificaban cien cabezas de ganado y de la carne asada se repartían porciones iguales entre los representantes de todos los demos.

Cada cuatro años se celebraban las Grandes Panateneas, y las puertas de Atenas se abrían de par en par a los visitantes de todo el mundo griego. Duraban doce largos días, amenizadas con música, torneos gimnásticos y regatas en la costa. Los otros años también se celebraban unas Panateneas menos espectaculares; es posible que durasen apenas dos días. Las Panateneas Menores se dirigían sobre rodo a los atenienses, e incluían algunas competiciones, la danza con armadura, llamada pírrica, carreras de caballos y el curioso concurso de belleza masculina abierto solo a los ciudadanos.


TESEO


Héroes, Stephen Fry, p. 451

Una espléndida estatua de un Teseo desnudo se alza orgullosa hoy en la plaza central del Parlamento de Atenas, el núcleo de la ciudad, la plaza Sintagma. Hoy en día, convergen en Teseo la identidad y el orgullo atenienses. El barco que lo trajo de vuelta de sus aventuras en el laberinto de Creta sigue atracado en el muelle del Pireo, atracción turística que se remonta a los días de la Atenas antigua histórica, el tiempo de Sócrates y Aristóteles. La presencia ininterrumpida durante tanto tiempo del barco de Teseo se ha convertido en objeto de una curiosa especulación filosófica. Durante cientos de años se le han ido reemplazando la jarcia, los tablones, elcasco, la cubierta, la quilla, la proa, la popa y todos los travesaños, de tal manera que no queda ni un solo átomo del original. ¿Podemos decir que es el mismo barco? ¿Soy la misma persona que era hace cincuenta años? Todas y cada una de las moléculas y células de mi cuerpo han sido reemplazadas varias veces.

Es muy pertinente que Teseo quede vinculado de esta manera a la Atenas de la lógica, la filosofía y la indagación franca, dado que fue un héroe que encarnó como ningún otro las cualidades que más apreciaban los atenienses. Igual que Heracles, Perseo y Belerofonte antes que él, ayudó a librar al mundo de peligrosos monstruos, pero para hacerlo empleó la astucia, la inteligencia y enfoques novedosos. Era falible y tenía defectos, como todos los héroes, pero simbolizó algo tremendo en todos nosotros. Que se alce en la plaza Sintagma por muchos años y que por muchos años permanezca bien presente en nuestros valores.


COSAS DE HOMBRES


Odiseicas, Carmen Estrada, p.223

Al comienzo de su libro Mujeres y poder, Mary Beard hace referencia a una escena de la Odisea como punto de partida para desarrollar la idea de cómo las voces de las mujeres no se han dejado oír en la esfera pública. En ella, Penélope baja de las habitaciones de las mujeres al gran salón de la casa, en el que se encuentran su hijo Telémaco y los pretendientes bebiendo vino y escuchando al aedo que canta el regreso de los héroes de Troya. Ella se dirige al cantor pidiéndole que cambie de tema porque aquel le despierta la añoranza de Odiseo, que aún no ha retornado después de tantos años. A Telémaco no le gusta nada la intervención de su madre, se acerca a ella y le reprocha que se meta en esos asuntos, porque a los hombres les gustan los cantos novedosos y aquello es. Y termina diciéndole: “Regresa ahora a tus habitaciones y ocúpate de tus labores, el telar y la rueca, y ordena a las sirvientas aplicarse a la faena. De la palabra se deben ocupar los hombres, y sobre todo yo, de quien es el poder en esta casa”

Para interpretar bien la escena es necesario conocer lo que ha ocurrido inmediatamente antes. Estamos en el canto I de la Odisea. Atenea ha convencido a los dioses reunidos en asamblea de que deben facilitar el regreso de Odiseo a su casa. Ella misma, adoptando el aspecto de un antiguo huésped de Odiseo, acude a Ítaca para animar al inexperto Telémaco a asumir responsabilidades y a hacer un viaje que, con el pretexto de recabar noticias de su padre, le enseñe un poco de mundo. Entre otras cosas le dice: “Convoca mañana a los aqueos a una asamblea y dile a todos tu palabra, y que los dioses sean testigos”. Él jamás había convocado una asamblea ni hablado en público hasta ese momento pero, en cuanto Atenea se despide, en esa misma escena, es cuando se dirige a su madre y le dice que la palabra es cosa de hombres.

La expresión utilizada por Telémaco para quitar la palabra a su madre es una fórmula procedente de la tradición oral que, con distintos referentes, aparece una vez en la Ilíada y en tres ocasiones en la Odisea. En todos los casos, la pronuncia un hombre que reivindica su competencia exclusiva en una materia, una exclusividad que, de una forma u otra, ha sido previamente cuestionada por una mujer.


ATENAS, SOCIEDAD ABIERTA


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 179
En la Atenas democrática de los siglos V y IV a. C., la civilización griega alcanzó el apogeo de su creatividad. De las comunidades helénicas estudiadas en este libro, es posible que los atenienses de la época clásica fueran los únicos que demostraron poseer las diez características que definieron la mentalidad de los griegos antiguos. Tenían una curiosidad insaciable, eran marineros excelentes, desconfiados por naturaleza de cualquier persona con alguna clase de poder, muy competitivos, maestros en el arte de la oratoria, amantes de la risa hasta el punto de llegar a institucionalizar la comedia y, además, adictos a los pasatiempos placenteros. Con todo, no cabe duda de que el rasgo más característico del carácter ateniense, impreso en cada uno de sus logros colectivos, fue su apertura, tanto a la innovación como a la hora de adoptar ideas foráneas y expresar su subjetividad.

La democracia ateniense, a la que el estadista Solón había allanado el terreno constitucional a principios del siglo VI a. C. -si bien no se instauró hasta 507 a. C.- fue un sistema de gobierno muy novedoso: los atenienses son «siempre amigos de novedades, muy agudos para inventar los medios de las cosas en su pensamiento, y más diligentes para ejecutar las ya pensadas y ponerlas en obra», dijo, según Tucídides, que era oriundo de Atenas, un diplomático corintio. Se enorgullecían también de su apertura cultural. En un discurso de elogio a los soldados caídos en el campo de batalla durante el verano de 431 a. C., Pericles, en su Discurso fúnebre, alabó así a sus conciudadanos: «Tenemos la ciudad abierta a todos y nunca impedimos a nadie, expulsando a los extranjeros, que la visite o contemple -a no ser tratándose de alguna cosa secreta de que pudiera sacar provecho el enemigo al verla.» Esta frase fundamental demuestra que la apertura ateniense no fue solo un proceso unívoco. Los atenienses, siempre receptivos a las ideas nuevas que llegaban del exterior, acogían sin reservas a los forasteros; tampoco les daba miedo permitir que otros examinaran su modo de vida desde dentro. Esa honradez social y psicológica estaba a su vez íntimamente relacionada con su inmenso talento para analizar sin tapujos, en el teatro y la filosofía, las emociones y el comportamiento humanos.

Esa apertura a nuevas ideas los ayudó a convertirse en unos marinos excelentes en muy poco tiempo, aunque relativamente tarde, solo cuando vieron aproximarse la amenaza del imperio persa.


LOS BARBAROS


El Cazador Celeste, Roberto Calasso

Según Platón, Egipto y Mesopotarnia reconocieron bastante antes que Grecia cierta verdad acerca de los «dioses del cosmos” -los astros- gracias a la «belleza de sus estados», por la cual el cielo siempre está despejado y brillante. Cosa que no debe desalentarnos, más bien al contrario: “Pero tengamos en cuenta que los griegos han perfeccionado todo lo que han recibido de los bárbaros y lo han elaborado hasta su perfección [télos].» En pocas palabras se dice aquí la diferencia irreductible entre los griegos y cualesquiera otros: el culto y la práctica de la perfección. Los griegos no pretenden haber inventado nada. Son conscientes de ser un pueblo joven, rodeado de civilizaciones sabias “desde hace muchos milenios». Su pretensión es, en todo caso, “que los griegos, con su educación, con el auxilio del oráculo de Delfos y su fidelidad en la observancia de las leyes, tributarán a todos estos dioses un culto realmente más excelente y adecuado que el culto y las tradiciones procedentes de los bárbaros». Pretensión inmensa, que al mismo tiempo ilumina con la máxima claridad la relación de los griegos con todos los bárbaros. Es verdad, allí se los reconocía provistos de doctrinas verdaderas y de origen remoto, pero necesitados de un perfeccionamiento que solo los griegos se consideraban en condiciones de ofrecer. Declaraciones, al mismo tiempo, de extrema humildad y de desenfrenada altanería. Grecia estaba fundada sobre esa combinación, según el viejo Platón -el testimonio más autorizado con que contamos.

Los bárbaros eran, entonces, lo contrario de lo que la palabra ha terminado por significar entre los modernos. No eran pueblos nuevos, rústicos, inarticulados, fuertes. Eran civilizaciones más antiguas que Grecia -sobre todo Egipto, Mesopotarnia y Persia-, que habían alcanzado una sabiduría tan alta como inmóvil. Algo los había fijado y vuelto rígidos. Ahora les tocaba a los griegos cumplir con la inmensa obra que los había precedido, volviéndola más flexible y ágil. Además, simplificándola. Ese fue el genio y el prodigio de los griegos. Nietzsche lo definió así: “La superior naturaleza moral de los griegos se revela en su sentido de totalidad y de simplificación; ellos se contentan al mostrarse como el hombre simplificado, del mismo modo en que nos contenta la vista de los animales.»


LOS JUEGOS OLIMPICOS


El Cazador Celeste, Calasso, p. 330

Los juegos olímpicos no solo eran no-primitivos sino decididamente, en cierto sentido, no-religiosos [ .. .]. Por el contrario, el culto de Dioniso y de Orfeo me parecía, con todos sus defectos y licencias, esencialmente religioso.” Jane Harrison tenía el don de la franqueza. Sabía hacer explícito lo que varios colegas suyos (Murray, Cornford, A. B. Cook) percibían pero no se atrevían a declarar.

Lo que destaca en sus palabras es la afirmación de que los Olímpicos eran algo no-religioso. ¿Cómo se pudo llegar a un tal vuelco de la situación? Habían pasado algunos milenios y ahora una estudiosa de Cambridge se encontraba con que Zeus, Apolo, Mrodita y Atenea eran extraños al sentimiento religioso, porque eran superficiales. Seguramente esa sensación era compartida no solo por algunos de sus colegas sino por cierto clima europeo hacia el año 1911.

Además de superficiales y por tanto despreciables, los Olímpicos son abismales. Nietzsche lo había dicho: “Aquellos griegos eran superficiales, ¡por profundidad!” Cuanto más se indagan las historias de los Olímpicos, tanto más se advierte una resistencia a cualquier intento de explicación. Son los dioses quienes explican a quien intenta explicarlos, no al revés.Lo que podía inducir al equívoco a Jane Harrison es que el carácter abismal iba acompañado de una invencible fragancia. Eran ligeras, aquellas figuras, y acaso insinuaban un presagio de precariedad, como un ramo de flores frescas. No imponían esa gravedad que, en Europa, se solía asociar con todo lo religioso. Europa había perdido algo por el camino, Europa había ido reduciendo progresivamente todo sentido de lo religioso. Los olímpicos, en cambio, permanecían intactos. Su irreductible extrañeza residía en eso: eran dioses, pero no se dejaban estorbar por sentimientos de contrición. El sentido de superficialidad que para algunos emanaban era algo que otros dioses mediterráneos no habían llegado a conquistar. Por eso los Olímpicos eran a tal punto dóciles y no se resistían a ser estatuas. Como tales, después de muchos siglos, siguen existiendo. Tienen el privilegio de no pedir ofrendas. Vuelven a ser lo que acaso fueron desde el principio: imágenes de la vida autosuficiente, exentas, soberanas.


OSTRACISMO


El verano sin hombres, Siri Hustvedt, p. 45
En Atenas se instituyó el ostracismo para desembarazarse de los ciudadanos sospechosos de haber acumulado demasiado poder. La palabra viene de ostrakon, que significa "fragmento de cerámica". Escribían los nombres de los condenados sobre un resto de vasija rota. Trozos de palabras. Las tribus patanes de Pakistán desterraban a los renegados enviándolos a una nada polvorienta. Los apaches hacen caso omiso de las viudas. Temen el paroxismo del dolor y cuando ven a alguien que lo sufre optan por hacer como que no existe. Los chimpancés, los leones y los lobos practican diferentes formas de ostracismo mediante las cuales obligan a abandonar el grupo a uno de los suyos, bien porque sea demasiado débil o demasiado escandaloso para ser tolerado por los demás integrantes de la manada. Los científicos consideran este comportamiento un método de control social «innato y también producto de la adaptación". El chimpancé Lester ambicionaba más poder del que le correspondía dentro de la manada e intentaba aparearse con hembras que no estaban a su alcance. No se daba cuenta de cuál era su lugar dentro del grupo, así que acabaron por expulsarle. Sin los demás, murió de hambre. Los investigadores encontraron su cuerpo escuálido bajo un árbol. Los amish lo llaman Meidung. Cuando uno de sus miembros incumple alguna ley se le rechaza. Suspenden todo tipo de contacto con la persona contra la que se vuelven y ésta acaba sumida en la indigencia o en una situación aún peor. Un hombre compró un coche para llevar a su hijo enfermo al médico, a pesar de que los amish tienen prohibido conducir automóviles. Se le declaró anatema. Todos le ignoraban. Los amigos y vecinos de toda la vida hacían como si no le conocieran. Ya no existía para ellos y, por lo tanto, perdió el sentido de su propia identidad. Se sentía avergonzado ante la mirada impertérrita de los demás. Su actitud cambió, se encerró en sí mismo y le era imposible comer. Empezó a ver borroso y cuando quiso hablarle a su hijo se dio cuenta de que sólo era capaz de susurrar. Buscó un abogado y denunció a los patriarcas. Poco después su hijo murió. Un mes más tarde murió él. También se conoce el término Meidung como «la muerte lenta». Dos de los patriarcas que habían aprobado el Meidung también murieron. Quedaron cadáveres por todo el escenario.

LOS GRIEGOS

Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 31

Diez características de los griegos de la Antigüedad

La mayoría de los griegos antiguos compartieron, la mayor parte del tiempo, diez características particulares. De ellas, las primeras cuatro -afición a los viajes por mar, desconfianza hacia la autoridad, individualismo y curiosidad- están estrechamente interconectadas y son las más importantes. Más allá de esas cuatro características iniciales, también fueron un pueblo abierto a ideas nuevas; agudos y competitivos, admiraban la excelencia de las personas de talento; sabían expresarse con detalle y eran adictos al placer. Sin embargo, en estas diez cualidades universales tropezarnos con un problema de las actitudes modernas a la hora de escribir sobre el pasado. Algunos estudiosos prefieren minimizar el papel de la excelencia individual en la forja de la historia, poniendo el acento, en cambio, en las tendencias económicas, sociales o políticas que se manifestaron en todo un espectro de poblaciones o estratos sociales. Una versión así supone que la historia es lo bastante sencilla para comprenderla sin reconocer la inteligencia de tal o cual personaje y, también, la existencia de contextos amplios y preguntándose por el modo en que interactúan entre sí. Permítanme en este punto señalar en qué difiere mi versión. Si Aristóteles, por ejemplo, no hubiera nacido en una familia de médicos que gozaba del favor de los monarcas macedonios, cuyo poder se apoyaba en la nueva riqueza procedente de las minas de oro, el filósofo nunca podría haber disfrutado del ocio, los recursos, los viajes y la educación  que contribuyeron a su formación intelectual.


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