Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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Adriano y su villa


La herencia viva de los clásicos, Mary Beard, p. 82

El emperador Adriano fue una vez a los baños públicos y encontró a un viejo soldado que se frotaba la espalda contra la pared. Intrigado, le preguntó al anciano qué estaba haciendo. “Frotarme contra el mármol para limpiarme el aceite,porque no puedo costearme un esclavo”, le explicó el anciano. El emperador inmediatamente le hizo  entrega de un equipo de esclavos y del dinero para su mantenimiento. Unas semanas más tarde, volvió a los baños de nuevo. Previsiblemente, tal vez, se encontró con todo un grupo de ancianos que se frotaba llamativamente la espalda contra la pared, tratando de sacar provecho de su generosidad. Él les hizo la misma pregunta y obtuvo la misma contestación. «Pero ¿no se os ha ocurrido frotaros la espalda unos a otros?», les respondió el astuto emperador.

Esta anécdota está recogida en una extraordinaria «fantasía biográfica» de Adriano que se compiló en algún momento del siglo IV d.C., aproximadamente doscientos años después de la muerte de Adriano, por un hombre que escribía bajo el pretencioso seudónimo de «Elio Esparciano». Esta es una anécdota que debe de haberse contado sobre un cierto número de emperadores romanos. El hecho de que aparezca aquí vinculada al nombre de Adriano probablemente no tenga en absoluto relevancia alguna. Lo que sí es significativo es la visión que ofrece acerca de algunas suposiciones romanas sobre en qué consiste ser un buen emperador. Debe ser generoso, tener visión de futuro (nótese la subvención para el mantenimiento de los esclavos: los romanos sabían que incluso los esclavos regalados no resultaban baratos) y, por encima de todo, inteligente, no la clase de hombre a quien se le toma el pelo. Debía tener también el arrojo de tratar cara a cara con su gente, no debía agradarle el aislamiento propio de la élite en algún balneario privado, sino bromear con todos los que fuesen a los baños públicos. El emperador romano debía ser uno más de la pandilla, o al menos fingir serlo.

Foto: Busto neo-egipcio de Antinoo. Escultor desconocido (años 20 del siglo XX). Mármol negro, altura: 71 cm. Milán, colección privada. Foto © Franco Maria Ricci.

LA RISA DE AUGUSTO


La herencia viva de los clásicos, Mary Beard, p. 82

La risa siempre fue uno de los recursos favoritos de los monarcas y los tiranos antiguos, pero también un arma que podía usarse en su contra. El buen rey, por supuesto, sabía cómo encajar una broma. La tolerancia del emperador Augusto ante ocurrencias y bromas de todo tipo seguía siendo reconocida cuatro siglos después de su muerte. Uno de los chistes más famosos de la Antigüedad, que ha pervivido hasta el siglo XX (aparece, con personajes distintos pero conservando el final, tanto en Freud como en El mar, el mar de Iris Murdoch), era una insinuación jocosa sobre la paternidad de Augusto. La historia cuenta que al encontrarse con un hombre de provincia muy parecido a él, el emperador le preguntó si su madre había trabajado alguna vez en palacio. «No -le respondió-, pero mi padre sí.» Sabiamente, Augusto se limitó a sonreír y aguantar la broma.

Los tiranos, por el contrario, no se tomaban bien que se hicieran bromas a su costa, aunque les agradara reírse de sus súbditos. Sila, el mortífero dictador del siglo I a.C., era un reconocido philogelos (amante de las bromas), y el déspota Heliogábalo se servía de bromas de colegial como técnica de humillación. Por ejemplo, se dice que un día se divirtió sentando a sus invitados en cojines inflables y viéndolos desaparecer por debajo de la mesa mientras se deshinchaban poco a poco. Pero el rasgo característico de los autócratas de la Antigüedad (y signo de que el poder -divertidamente- enloquece) era el afán por controlar la risa. Algunos intentaron prohibirla ( como hizo Calígula al decretar el luto por la muerte de su hermana). Otros la imponían a sus pobres subordinados en los momentos más inapropiados. Calígula, nuevamente, tenía la habilidad de convertir la carcajada en una tortura exquisita: se cuenta que una mañana obligó a un viejo a presenciar la ejecución de su hijo, y que esa misma tarde lo invitó a cenar e insistió en que se riera e hiciera bromas. El filósofo Séneca pregunta por qué la víctima soportó la humillación. Respuesta: porque tenía otro hijo.


INCIPIT 1.410. LA HERENCIA VIVA DE LOS CLASICOS / MARY BEARD


Este libro es un tour guiado por el mundo clásico, desde el palacio prehistórico de Cnosos en Creta, al pueblo ficticio de la Galia, donde Astérix y sus amigos siguen resistiéndose al invasor romano. Entre uno y otro, nos encontraremos con algunos de los personajes más famosos, y en ocasiones infames, de la historia antigua: Safo, Alejandro Magno, Aníbal, Julio César, Cleopatra, Calígula, Nerón, Boudica y Tácito (y esta es solo una selección). No obstante, también echaremos un vistazo a las vidas de la gran mayoría de la gente normal en Grecia y R9ma: esclavos, soldados del ejército, los millones de personas de todoel imperio romano que vivían bajo la ocupación militar (por no mencionar a mi personaje favorito, del capítulo 19,  Eurysaces, el panadero romano). ¿De qué se reía esta gente? ¿Se lavaban los dientes? ¿A quién acudían si necesitaban ayuda o consejo, por ejemplo, si tenían problemas matrimoniales o de dinero? Espero que este libro sirva para presentar, o presentar desde un punto de vista distinto, a los lectores algunos de los capítulos más interesantes de la historia antigua, y a algunos de sus personajes más memorables que ejercían cargos y profesiones muy diferentes; y espero que también responda a algunas de las preguntas más acuciantes.

No obstante, mi objetivo es más ambicioso. Revisar a los clásicos significa exactamente eso. Este libro también trata sobre cómo podemos utilizar o incluso poner en cuestión la tradición clásica, y por qué aun en el siglo XXI las clásicas plantean todavía muchos temas sobre los que discutir; en resumen, se trata de entender por qué es un asunto «aún sin zanjar», ni «acabado y enterrado»


Quousque tandem ...?


La herencia viva de los clásicos, Mary Beard, p. 115

Marco Tulio Cicerón fue asesinado el 7 de diciembre del año 43 a. C.: el orador más famoso de Roma, defensor ocasional de la libertad republicana y crítico implacable de la autocracia. Finalmente, acabaron con él los lacayos de Marco Antonio, uno de los miembros del triunvirato que gobernaba Roma y principal víctima de su deslumbrante y última invectiva: más de una docena de discursos llamados Filípicas, en honor a los ataques casi igual de desagradables que Demóstenes había dedicado a Filipo de Macedonia, tres siglos antes. La persecución había degenerado en un elaborado y, ocasionalmente cómico, juego del escondite, puesto que Cicerón pasaba su tiempo resguardándose en su villa a la espera de la inevitable llamada en la puerta y haciendo veloces escapadas junto al mar. Finalmente, sus asesinos lo cogieron en su litera de camino a la costa, le rebanaron la garganta y le enviaron su cabeza y sus manos a Antonio y a su mujer Fulvia, como prueba de la hazaña que habían realizado. Cuando el terrible paquete llegó, Antonio ordenó que los restos fueran expuestos en el Foro, clavados en el lugar en el que Cicerón había pronunciado muchos de sus devastadores discursos; pero antes, Fulvia puso la cabeza en su regazo y, según cuenta la historia, le abrió la boca, le sacó la lengua y se la atravesó una y otra vez con un alfiler que se había desprendido del pelo.

La decapitación, y la parafernalia que se desplegaba con ella, era en cierto modo un peligro que iba con el cargo para las figuras políticas de primera línea en Roma, durante los cien años de guerra civil que condujeron al asesinato de Julio César.


COSAS DE HOMBRES


Odiseicas, Carmen Estrada, p.223

Al comienzo de su libro Mujeres y poder, Mary Beard hace referencia a una escena de la Odisea como punto de partida para desarrollar la idea de cómo las voces de las mujeres no se han dejado oír en la esfera pública. En ella, Penélope baja de las habitaciones de las mujeres al gran salón de la casa, en el que se encuentran su hijo Telémaco y los pretendientes bebiendo vino y escuchando al aedo que canta el regreso de los héroes de Troya. Ella se dirige al cantor pidiéndole que cambie de tema porque aquel le despierta la añoranza de Odiseo, que aún no ha retornado después de tantos años. A Telémaco no le gusta nada la intervención de su madre, se acerca a ella y le reprocha que se meta en esos asuntos, porque a los hombres les gustan los cantos novedosos y aquello es. Y termina diciéndole: “Regresa ahora a tus habitaciones y ocúpate de tus labores, el telar y la rueca, y ordena a las sirvientas aplicarse a la faena. De la palabra se deben ocupar los hombres, y sobre todo yo, de quien es el poder en esta casa”

Para interpretar bien la escena es necesario conocer lo que ha ocurrido inmediatamente antes. Estamos en el canto I de la Odisea. Atenea ha convencido a los dioses reunidos en asamblea de que deben facilitar el regreso de Odiseo a su casa. Ella misma, adoptando el aspecto de un antiguo huésped de Odiseo, acude a Ítaca para animar al inexperto Telémaco a asumir responsabilidades y a hacer un viaje que, con el pretexto de recabar noticias de su padre, le enseñe un poco de mundo. Entre otras cosas le dice: “Convoca mañana a los aqueos a una asamblea y dile a todos tu palabra, y que los dioses sean testigos”. Él jamás había convocado una asamblea ni hablado en público hasta ese momento pero, en cuanto Atenea se despide, en esa misma escena, es cuando se dirige a su madre y le dice que la palabra es cosa de hombres.

La expresión utilizada por Telémaco para quitar la palabra a su madre es una fórmula procedente de la tradición oral que, con distintos referentes, aparece una vez en la Ilíada y en tres ocasiones en la Odisea. En todos los casos, la pronuncia un hombre que reivindica su competencia exclusiva en una materia, una exclusividad que, de una forma u otra, ha sido previamente cuestionada por una mujer.


COMODO


SPQR, Mary Berad, p. 424

¿«Buenos emperadores» y «malos emperadores»?

La historia convencional de los casi dos siglos de autocracia entre Tiberio y Cómodo, aquellos catorce emperadores que desfilaron a lo largo de tres dinastías imperiales, se centra en las virtudes y los vicios del ocupante del trono, y en su uso y abuso del poder autocrático. Es difícil imaginar la historia de Roma sin Nerón «tañendo mientras ardía Roma» (más exactamente, tocando irresponsablemente la lira mientras la ciudad quedaba destruida por un descomunal incendio en el año 64 d. C.), fallando chapuceramente en su intento de asesinar a su madre haciendo que se ahogase en una barca extremadamente frágil (una peculiar mezcla de ingenuidad, crueldad y disparate) o torturando a los cristianos, como si fueran los culpables del gran incendio: la primera de una serie de esporádicas reacciones violentas contra la nueva religión. Sin embargo, Nerón es solo uno del extenso repertorio de las diferentes versiones de sadismo imperial.

La imagen del emperador Cómodo, vestido de gladiador y amenazando a los senadores sentados en las primeras filas del Coliseo mientras blandía ante ellos la cabeza de un avestruz decapitada, resume a la perfección el ridículo sadismo de la autocracia corrupta. Un testigo presencial, que describió el incidente, admite que estaba aterrorizado pero, al mismo tiempo, tuvo que reprimir un peligroso ataque de risa arrancando unas hojas de laurel de la corona que llevaba y metiéndoselas en la boca para sofocar las carcajadas. Las excentricidades del huraño Tiberio en su piscina de la isla de Capri, donde según decían empleaba a muchachos («pececitos») para que le mordisqueasen los genitales bajo el agua, apuntan a la sexualidad coercitiva del poder imperial. Las escenas se recrean con regodeo en la película Calígula de Bob Guccione de la década de 1970. Todavía más espeluznante es la historia de cómo convirtió Domiciano el sadismo en un pasatiempo solitario. De él se decía que se encerraba solo en su habitación y se pasaba las horas torturando moscas y matándolas con su cálamo. “¿Hay alguien ahí con el emperador?», inquirió alguien en una ocasión. «Ni siquiera una mosca», respondió bruscamente un cortesano.

Hay también algunos ejemplos de destacada virtud imperial. Los Pensamientos filosóficos de Marco Aurelio, por más cliché que sean («No actúes como si fueras a vivir diez mil años. La muerte se cierne sobre ti»), hoy en día siguen sumando admiradores, compradores y defensores, desde gurús de la autoayuda hasta el ex presidente de Estados Unidos, Bill Clinton.


CAYO CALIGULA


SPQR , Mary Beard, p. 42

¿Fue Cayo en realidad tan monstruoso como normalmente se le ha descrito? ¿Acaso la gente corriente, como sugiere Josefo, se había dejado engañar por un emperador conocido por llevar a cabo gestos extravagantemente generosos con las masas? Se decía que en una ocasión se había subido a la parte más alta de un edificio del foro y que desde allí había lanzado dinero a los transeúntes. Quizá sí. No obstante, hay poderosas razones para sospechar de muchos de los relatos tradicionales sobre la maldad de Cayo, que hemos heredado. Algunas de estas historias son sencillamente inverosímiles. Dejando de lado su histrionismo de la bahía de Nápoles, ¿pudo en realidad haber construido en Roma un inmenso puente desde la colina Palatina hasta la colina Capitalina del que no quedan restos concluyentes? Casi todas estas historias se escribieron años después de la muerte del emperador, y las más extravagantes se debilitan cuanto más las examinamos. La de las conchas bien puede remontarse a una confusión en torno a la palabra latina musculi, que puede significar tanto «conchas» como «cabañas militares». ¿Desmantelaban los soldados un campamento provisional y no buscaban conchas? Y la primera referencia que existe al incesto no la encontramos hasta finales del siglo 1 d. C., mientras que la evidencia más clara de ello parece ser su profunda aflicción por la muerte de su hermana Drusila, que difícilmente puede ser considerada una prueba irrefutable de que mantuvieran relaciones sexuales. La idea de algunos escritores modernos de que sus cenas se parecían mucho a las orgías, con sus hermanas «debajo de él» y su esposa «encima», descansa en una mala traducción de las palabras de Suetonio, que alude a la ubicación, “arriba» y «abajo», en la mesa romana.

Sería ingenuo pensar que Cayo era un gobernante inocente y benévolo, terriblemente incomprendido o sistemáticamente malinterpretado. No obstante, es difícil resistirse a la conclusión de que, por más que hubiera un atisbo de verdad en ellas, las historias que se narran sobre él son una mezcla inextricable de hechos, exageración, deliberada malinterpretación y descarada invención. Urdidas en gran medida después de su muerte, y en buena parte en beneficio del nuevo emperador Claudia, cuya legitimidad en el trono dependía en parte de la idea de que su predecesor había sido justamente eliminado. El mismo interés que tenía Augusto en vilipendiar a Marco Antonio lo tenía también el régimen de Claudia y aquellos que se encontraban al servicio del nuevo emperador y querían distanciarse del viejo sumando abusos en el haber de Cayo, fuera cual fuese la verdad. Dicho de otro modo, puede que Cayo fuera asesinado porque era un monstruo, pero también es posible que se le convirtiera en un monstruo porque fue asesinado.


AUGUSTO


SPQR, Mary Beard

Augusto ha muerto. ¡Larga vida a Augusto!

Augusto murió el 19 de agosto del año 14 d. C., poco antes de su septuagésimo sexto cumpleaños, en una de sus casas en el sur de Italia. Ségún Suetonio, había estado de vacaciones en la isla de Capri, jugando a juegos instruidos con sus invitados; insistía, por ejemplo, en que todos los invitados romanos vistieran como los griegos y hablasen griego, mientras que los invitados griegos tenían que actuar como si fuesen romanos. El final fue todo muy discreto. A su regreso al continente, empezó a sentir molestias en el estómago y al final se vio obligado a guardar cama, donde, sin demasiado revuelo, dado el destino de tantos contemporáneos suyos, murió. Más tarde se rumoreó que Livia había tenido algo que ver en todo aquello con unos higos envenenados para facilitar el acceso de Tiberio al poder, del mismo modo que se dijo que había acelerado el fin de otros miembros de la familia por temor a que estropeasen las oportunidades de Tiberio de subir al trono. No obstante, fue otro caso de muertes inexplicables del mundo romano -dado que la mayoría ocurrían fuera del campo de batalla, en el parto o por accidente- que suscitaban este tipo de rumores, tanto si estaban fundamentados como si no. Además, el envenenamiento siempre se consideró el instrumento preferido de las mujeres. No requería fuerza física, solo astucia, y era una temible inversión de su tradicional rol nutricio. Otros pensaron, de forma más verosímil, que Livia había desempeñado un papel importante allanando la transición de Augusto a Tiberio. En cuanto pareció inminente la muerte de su marido, mandó a por su hijo, que estaba a unos cinco días de viaje al otro lado del Adriático. Entretanto continuó publicando boletines optimistas sobre la salud de Augusto hasta que llegó Tiberio y pudo anunciarse su muerte. El momento exacto de su fallecimiento ha sido siempre tema de disputa. No obstante, con independencia de si aconteció antes o después de la llegada de su heredero, el acceso se produjo con bastante tranquilidad y sin fisuras. El cuerpo fue trasladado más de 160 kilómetros desde Nola, donde murió, hasta Roma, a hombros de los dirigentes de las ciudades situadas a lo largo del camino. No hubo ceremonia de coronación, y a pesar de lo que hiciera Augusto con su triunfo en el año 29 a. C., no había ningún ritual romano concreto para señalar el acceso imperial. No obstante, Tiberio se había hecho con el control como nuevo emperador cuando convocó una reunión del Senado para hacer público el testamento de Augusto, su legado y demás instrucciones para el futuro y para acordar la organización del funeral.


AUGUSTO


SPQR, Mary Beard, p. 382
Incluso allí donde parece más visible, Augusto resulta ser escurridizo, y este presumiblemente fue parte de su secreto. Una de sus innovaciones más importantes y duraderas fue la de inundar el mundo romano con su retrato: cabezas estampadas en las pequeñas monedas de cambio para los bolsillos de la gente, estatuas de tamaño natural o más grandes en mármol y bronce erigidas  en plazas públicas y templos, miniaturas repujadas o grabadas en anillos, gemas y en vajillas de plata de comedor. Todo ello a un nivel antes desconocido. No hay ningún romano anterior del que se conozcan más de un puñado de posibles retratos, y muchos de ellos de dudosa identificación (la tentación de dar un nombre a cabezas que de lo contrario serían anónimas, o de encontrarle rostro a Cicerón y a Bruto, resulta irresistible, a pesar de la falta de evidencias). Incluso para Julio César, aparte de algunas monedas, hay tan solo un par de candidatos muy dudosos que pueden ser retratos suyos realizados en vida. En cambio, se han encontrado aproximadamente unas doscientas cincuenta estatuas, por no mencionar las imágenes que aparecen en joyas y gemas, por todos los territorios romanos e incluso más lejos, desde la moderna España hasta Turquía y Sudán, que representan a Augusto con diferentes apariencias, desde conquistador heroico hasta devoto sacerdote.
Todas ellas presentan rasgos faciales tan similares que seguramente se enviaron modelos estándar desde Roma, en un intento coordinado por difundir la imagen del emperador a sus súbditos. Todas adoptan un estilo juvenil e idealizante que recuerda al arte clásico de la Atenas del siglo va. C. y constituyen un evidente y acusado contraste con el exagerado «realismo» característico de los retratos de ancianos llenos de surcos y arrugas de la élite romana de principios del siglo I a. C. Todas tenían por objeto presentar a la población más alejada a su gobernante, al que nunca podrían ver en persona. Y sin embargo, casi sin lugar a dudas no se parecían en nada al Augusto real. No solo no se ajustan a una descripción escrita conservada de sus rasgos, que -fiable o no- prefiere hacer hincapié en su cabello alborotado, su mala dentadura y el calzado con plataforma que, como muchos autócratas desde entonces, utilizaba para ocultar su baja estatura. Por otro lado, todas presentan el mismo aspecto a lo largo de toda su vida, de manera que a los setenta y tantos años seguía siendo retratado como un joven perfecto. Se trataba como mucho de una imagen oficial -para decirlo de manera menos halagadora, una máscara de poder- y la diferencia entre aquella y el emperador de carne y hueso, el hombre que había detrás de la máscara, ha sido siempre, para la mayoría de la gente, imposible de salvar.

PAGANOS


SPQR, Mary Beard, p. 497
Así pues, si no acudían a la ley, ¿dónde podían buscar ayuda la gente corriente, aparte de amigos y familiares? A menudo recurrían a sistemas de apoyo «alternativos», a los dioses, a lo sobrenatural y a aquellos, como los adivinos baratos, que aseguraban tener acceso al conocimiento del futuro y al resultado de los problemas, y a los que, como era de esperar, la élite miraba por encima del hombro. El único motivo por el que conocemos el delito de las capas en la Bath romana es porque la gente acudió a la fuente sagrada de Sullis, la diosa local, e inscribió una maldición dirigida al ladrón en pequeñas tablillas de plomo y las arrojó al agua. Se han descubierto muchas de estas tablillas con sus desesperados o iracundos mensajes, tal como reza una de ellas: «Docilianus hijo de Brucerus .a la más sagrada diosa Sulis, maldigo a aquel que me robó la capa con capucha, sea hombre o mujer, esclavo  o libre, que la diosa Sulis le inflija la muerte y no le deje dormir ni tener hijos ahora ni en el futuro hasta que devuelva mi capa al templo de su divinidad". Este texto es típico de muchas tablillas.
Uno de los recursos alternativos, y uno de los documentos más extraños que se conservan de la Antigüedad clásica, nos conduce directamente a los problemas e inquietudes que afligían las vidas de los antiguos hombres y mujeres de la calle. Este texto titulado Los oráculos de Astrampsiro, en alusión al nombre de un legendario mago egipcio (con el que en realidad no tenía nada que ver), que proclama (inverosímilmente) en la introducción que fue escrito por el filósofo Pitágoras y que fue el secreto de los éxitos de Alejandro Magno, no es más que un manual de adivino listo para usar, que probablemente se remonte al siglo n d. C., siglos después de Pitágoras o de Alejandro. Consiste en una lista numerada de noventa y dos preguntas que uno querría plantear a un vidente, además de una lista de más de mil posibles respuestas. La idea era que el preguntante eligiese la pregunta que mejor encajaba con su problema y le diese el número al adivino, que siguiendo las instrucciones del manual-un inmenso galimatías consistente en elegir más números, restar el número inicial y así sucesivamente-, llegaba por fin a la única respuesta correcta de las mil.
Quien fuera que recopilase los Oráculos pensó que estas noventa y dos preguntas resumían los problemas que con mayor probabilidad plantearía la gente al vidente local de pacotilla. Una o dos cuestiones parecen indicar la existencia de clientes de un nivel relativamente superior. «¿Llegaré a ser senador?», no era precisamente una de las preocupaciones habituales de la mayoría, aunque bien podría ser una pregunta fantasiosa del tipo «¿Me casaré con un hermoso príncipe?”, que en el mundo moderno podrían formular quienes no tienen la menor probabilidad de conocer a ningún miembro de la familia real, y menos de casarse con él. Gran parte de las preguntas se centran en inquietudes mucho más corrientes. Algunas, como era de esperar, hacen referencia a la salud, el matrimonio y los hijos. La número 42, «¿Sobreviviré a la enfermedad?», debió de ser una de las más frecuentes, aunque resulta interesante que la de «¿He sido envenenado?.» aparezca también en la lista, una sospecha al parecer no limitada a la casa imperial. La número 24, «¿Está embarazada mi esposa? », queda equilibrada por la consulta culpable de «¿Me pillarán pronto en adulterio?» y por «¿Criaré al bebé?», que apunta al antiguo dilema de exponer o no a un recién nacido. Es evidente que también había esclavos entre los supuestos clientes («¿Seré liberado?» y «¿Seré vendido?») y que los viajes se considerabanuno de los peligros más acuciantes («¿Está vivo el viajero?”y «¿Será segura la navegación?,). Pese a todo, la principal preocupación es el dinero y el sustento, que aparecen en una pregunta tras otra: «¿Podré pedir prestado el dinero?», «¿Abriré un taller?», «¿Pagaré lo que debo?», «¿Venderán mis pertenencias en subasta», «¿Heredaré de un amigo?»

CRISTIANOS


SPQR, Mary Beard, p. 509
Probablemente les habría sorprendido a ambos, a Plinio y a Trajano, descubrir que dos mil años después el más famoso de sus intercambios de correspondencia tuviera que ver con un nuevo grupo religioso aparentemente insignificante, pero incómodo y absorbente: los cristianos. Plinio admitía que sabía cómo manejarlos. Para empezar, les había dado varias oportunidades de retractarse y había ejecutado solo a aquellos que se habían negado a hacerlo («Sin duda su terquedad e inflexible obstinación han de ser castigadas»). Sin embargo, después hubo muchos nombres que reclamaron su atención, porque la gente había empezado a zanjar viejas disputas acusando a sus enemigos de ser cristianos. Plinio continuó permitiendo que los investigados se retractasen, siempre que demostrasen su sinceridad vertiendo vino e incienso frente a las estatuas del emperador y de los verdaderos dioses. No obstante, para descubrir qué había en el fondo de todo aquello, hizo torturar e interrogar a dos esclavas cristianas (tanto en la Grecia como en la Roma antiguas, los esclavos solo podían testificar legalmente bajo tortura) y concluyó que el cristianismo «no era más que una superstición perversa y subversiva». Solo quería que Trajano le confirmase que aquel había sido el método correcto de aproximación. Y esto es más o menos lo que hizo el emperador, aunque añadió una voz de alerta: «Los cristianos no deberían ser perseguidos -escribió-, pero si son acusados y declarados culpables, han de ser castigados». Esta es la primera discusión sobre el cristianismo de la que tenemos constancia, al margen de la literatura judía o cristiana.

BARES


SPQR, Mary Berad, p. 487
Un historiador romano que escribió en el siglo IV d. C. se lamentaba de que la gente de «más baja» ralea se pasaba la noche entera en los bares, y destacaba el ruido especialmente desagradable de los resoplidos que daban los jugadores de dados cuando se concentraban en el tablero e inspiraban aire por la nariz llena de mocos.
También hay constancia de repetidos intentos por imponer restricciones legales o tasas a estos establecimientos. Tiberio, por ejemplo, prohibió al parecer la venta de pastas; a Claudio se le atribuye haber abolido por completo las «tabernas» y prohibido que se sirviera carne hervida y agua caliente (es de suponer que para mezclarla, a la manera romana habitual, con el vino; pero entonces ¿por qué no prohibir el vino?); y Vespasiano, según parece, dictó una ley que no permitía la venta de ningún tipo de comida, salvo guisantes y judías, en bares y cantinas. Suponiendo que esto no sea ninguna fantasía de los antiguos biógrafos e historiadores, no debió de ser más que un gesto inútil, una legislación como mucho simbólica, porque los recursos del Estado romano carecían de medios para imponer su cumplimiento.
Las élites de todas partes tienden a preocuparse por los lugares en los que se congregan las clases bajas, y -a pesar de que sin duda había un lado hostil y charlas groseras-la realidad del bar corriente era más contenida que su reputación. Los bares no eran solo antros de bebida, sino una parte esencial de la vida cotidiana para aquellos que, en el mejor de los casos, tenían instalaciones, aunque limitadas, para cocinar en sus alojamientos. Lo lllismo que ocurre con los bloques de apartamentos, la norma romana era exactamente la contraria a la nuestra: los romanos ricos, con sus cocinas y múltiples comedores, comían en casa; los pobres, sí querían algo más que el antiguo equivalente a un bocadillo, tenían que comer fuera, Las ciudades romanas estaban llenas de tabernas y bares baratos, y allí un gran número de romanos corrientes pasaba largas horas de su vida no laboral. De nuevo Pompeya es uno de los mejores ejemplos. Teniendo en cuenta las partes aún no excavadas de la ciudad y resistiendo la tentación (cosa que muchos arqueólogos no han hecho) de llamar bar a todo edificio con un mostrador para servir, podemos calcular que había más de cien lugares de este tipo para una población de alrededor de 12.000 residentes y viajeros que estaban de paso.
Había un plan de construcción estandarizado: un mostrador que daba a la acera, para el servicio de «Comida para llevar»; una sala interior con mesas y sillas para comer allí con servicio de camarero; y normalmente un expositor para comida y bebida, así como un brasero u horno para preparar platos y bebidas calientes. En Pompeya, en un par de casos, del mismo modo que en el tallar de abatanado, la decoración consistía en una serie de pinturas que representaban escenas, en parte fantasiosas y en parte reales, de la vida en la taberna. N o hay demasiados testimonios de aquella terrible bajeza moral que los escritores romanos temían.

MARCO ANTONIO


SPQR, Mary Beard, p. 371
Al año siguiente, Octaviano zarpó hacia Alejandría para terminar el trabajo. Marco Antonio, en un acto que a menudo ha sido relatado como una especie de farsa trágica, se apuñaló a sí mismo pensando que Cleopatra ya estaba muerta, aunque vivió lo suficiente para descubrir que no era cierto. Aproximadamente una semana más tarde también ella se suicidó mediante la mordedura de una serpiente que, camuflada en un cesto de frutas, fue introducida en sus dependencias. Según la versión oficial, el motivo fue privar a Octaviano de su presencia en su procesión triunfal: «No pasearé derrotada en ningún triunfo”, se supone que repitió una y otra vez. No obstante, puede que no sea tan sencillo, o tan shakesperiano, como esto. El suicidio mediante mordisco de serpiente es una hazaña difícil de lograr, y en cualquier caso, las serpientes mortíferas más fiables serían demasiado grandes para esconderlas incluso en un gran cesto de frutas. A pesar de que Octaviano se lamentó públicamente de que había perdido el ejemplar más preciado para su triunfo, en privado debió de pensar que la reina le resultaba menos problemática muerta que viva. Como poco, pudo haberle facilitado la muerte, tal como sospechan algunos historiadores modernos. Con Cesarión, dada su supuesta paternidad, no desaprovechó la oportunidad. Tenía dieciséis años cuando fue eliminado.
En el triunfo de Octaviano celebrado en el verano del año 29 a. C. se exhibió una réplica a tamaño natural de la reina en el momento de su muerte, que, incluso de este modo, acaparó la atención de la muchedumbre. Un historiador posterior escribió: «Fue como si estuviera allí con los demás prisioneros”. La procesión fue un espectáculo minuciosamente coreografiado que se prolongó durante tres días, presumiblemente para celebrar las victorias de Octaviano al otro lado del Adriático, en el Ilírico, y contra Cleopatra en Accio y en Egipto. No hubo mención explícita de Marco Antonio ni de ningún otro enemigo de las guerras civiles, ni tampoco se pasearon las sangrientas imágenes de la muerte de romanos que Julio César imprudentemente había desplegado en sus celebraciones quince años antes. Sin embargo, no podía haber ninguna duda acerca de quién había sido en realidad derrotado, ni de cuáles serían las consecuencias del éxito de Octaviano. Aquello fue un ritual de coronación tanto como un desfile de la victoria.

CLEOPATRA


SPQR, Mary Beard, p. 371
Cleopatra estaba en Roma cuando asesinaron a César, alojada en una de las villas del dictador en las afueras de la ciudad. Aquello era lo mejor que le pudo proporcionar el dinero romano, aunque sin duda nada parecido al lujoso entorno de su hogar en Alejandría. Después de los idus de marzo de 44 a. C., hizo rápidamente las maletas y regresó a casa (“La marcha de la reina no me preocupa”, escribió Cicerón a Ático con un transparente eufemismo). No obstante, siguió metiendo mano en la política romana por razones urgentes y obvias: seguía necesitando apoyo exterior para apuntalar su posición como gobernante de Egipto, y tenía mucho efectivo y otros recursos para ofrecer a quien estuviera dispuesto a apoyarla. Primero se enamoró de Dolabela, el que una vez fuera yerno de Cicerón, pero tras su muerte se decantó por Marco Antonio. La relación entre ambos se ha descrito siempre desde el punto de vista erótico, unas veces como una desesperada pasión por parte de Marco Antonio y otras como una de las más grandes historias de amor de la historia de Occidente. Puede que la pasión fuera un elemento presente, pero su relación se sustentaba en algo más prosaico: en las necesidades militares, políticas y económicas.
En el año 40 a. C. Octaviano y Marco Antonio se habían repartido el Mediterráneo entre los dos, dejando sólo una pequeña porción para Lépido. Por consiguiente, durante gran parte de la década de los años 30 a. C., Octaviano operó en Occidente, ocupándose de los enemigos romanos dispersos que aún le quedaban -entre ellos el hijo de Pompeyo Magno, el principal vínculo existente de las guerras civiles de comienzos de la década de los años 40 a. C.- y conquistando nuevos territorios al otro lado del Adriático. Entretanto, en Oriente, Marco Antonio organizó campañas militares de mayor envergadura, contra Partia y Armenia, pero con éxito variable, a pesar de los recursos de Cleopatra. Las noticias que llegaban a Roma exageraban el lujo en el que vivía la pareja en Alejandría. Circulaban historias fantásticas sobre sus decadentes banquetes y su famosa apuesta para ver quién era capaz de montar la cena más cara de todas. Un relato romano profundamente reprobatorio informa de que ganó Cleopatra, que organizó un festín por valor de diez millones de sestercios (casi lo que costaba la casa más lujosa de Cicerón), incluyendo el coste de una fabulosa perla que -en un acto de absoluta ostentación y soberbia sin sentido- disolvió en vinagre y se la bebió. Los tradicionalistas romanos estaban también preocupados ante la impresión de que Marco Antonio empezaba a tratar Alejandría como si fuera Roma, hasta el punto de celebrar allí la ceremonia de triunfo típicamente romana tras algunas victorias menores en Armenia. Un antiguo escritor plasmó las objeciones diciendo: «En beneficio de Cleopatra concedió a los egipcios las. ceremonias honorables y solemnes de su propia tierra».

CESAR


SPQR, Mary Beard, p. 361
Es muy posible que Cicerón estuviera sentado en el Senado en los idus de marzo de 44 a. C. cuando César fue asesinado, y que fuera testigo presencial del caótico y chapucero homicidio. Una  banda de unos veinte senadores se arremolinó en torno a César con el pretexto de entregarle una petición. Un senador sin cargo dio la señal para el ataque arrodillándose a los pies del dictador y tirando de su toga. Los asesinos no fueron muy precisos en su objetico, o quizás estaban aterrorizados hasta la torpeza. Uno de los primeros golpes con la daga falló por completo y le dio a César la oportunidad de defenderse con la única arma que tenía a mano: su afilada pluma. Según el relato más antiguo que se conserva, el de Nicolás de Damasco, un historiador griego de Siria que escribió cincuenta años después pero inspirándose en descripciones de testigos presenciales, algunos asesinos quedaron atrapados bajo el “fuego amigo»: Cayo Casio Longino arremetió contra César pero terminó apuñalando a Bruto; otro golpe falló el blanco y aterrizó en el muslo de un camarada.
Mientras caía, César gritó en griego a Bruto: «Tú también, hijo”, que bien podía ser una amenaza («¡Te pillaré, muchacho”) o un conmovedor lamento por la deslealtad de un joven amigo (“¿Tú también, hijo mío?»), o incluso, como algunos contemporáneos sospecharon, una revelación final de que Bruto era, de hecho, el hijo natural de la víctima y que aquello no era un simple asesinato sino un parricidio. La famosa frase latina “¿Et tu, Brute” («¿Tú también, Bruto?») es un invento de Shakespeare.
Los senadores que contemplaron la escena pusieron pies en polvorosa; si Cicerón estaba allí, no fue más valiente que los demás. No obstante, cualquier huida precipitada se vio interceptada por una multitud de miles de personas que en aquel momento salían del teatro de Pompeyo que estaba al lado, tras asistir a un espectáculo de gladiadores. Cuando se enteraron de lo que había ocurrido, también quisieron refugiarse en la seguridad de sus casas lo más rápido posible, a pesar de los intentos de Bruto clamando tranquilidad y diciendo que no tenían de qué preocuparse, que era una buena noticia, no mala. La confusión empeoró aún más cuando Marco Emilio Lépido, uno de los colegas más íntimos de César, abandonó el foro para reunir a algunos soldados acantonados justo fuera de la ciudad, casi chocando con un grupo de asesinos que venían del otro lado para anunciar su victoriosa hazaña, seguidos de cerca por tres esclavos que transportaban por turnos el cuerpo de César en una litera a su casa. Era una tarea complicada para solo tres personas y, según informes, los brazos heridos del dictador colgaban de forma estremecedora a ambos lados.

ESCLAVOS


SPQR, Mary Beard, P. 353
A grandes rasgos, en Italia debía de haber entre un millón y medio y dos millones de esclavos a mediados del siglo 1 a. C., que constituían quizá el 20% de la población. Compartían la única característica definitoria de ser una propiedad humana en manos de otro. Aparte de esto, eran tan diferentes en cuanto a origen y estilo de vida como los ciudadanos libres. No existía nada parecido al típico esclavo. Algunos de los que poseía Cicerón habían sido esclavizados en el extranjero tras la derrota en la guerra. Otros habían sido producto de un cruel comercio que se lucraba traficando con personas de los lindes del imperio. Otros habían sido «rescatados» de los vertederos o habían nacido esclavos, en la casa, de mujeres esclavas. Curiosamente, a lo largo de los siglos siguientes, a medida que la escala de las guerras de conquista romana empezó a disminuir, esta «crianza doméstica» se convirtió en la principal fuente de provisión de esclavos, consignando a las esclavas al mismo régimen reproductivo que el de sus homólogas libres. En general, las condiciones de vida y trabajo de los esclavos abarcaban desde la crueldad y la penuria hasta rozar el lujo. Los cincuenta diminutos cubículos para los esclavos en la grandiosa mansión de Escauro no eran lo peor que podía temer un esclavo. Algunos, en las propiedades con actividades industriales y agrícolas más grandes, vivían más o menos en cautiverio. Muchos eran azotados. De hecho, esa vulnerabilidad al castigo corporal era una de las cosas que hacía que un esclavo fuera esclavo: Chivo Expiatorio era uno de sus apodos más frecuentes. Sin embargo, también había unos pocos, una pequeña minoría que destaca en los testimonios conservados, cuyo estilo de vida diario debió de parecer envidiable al ciudadano romano libre, pobre y hambriento. Desde su punto de vista, los esclavos asistentes de hombres adinerados en mansiones lujosas, sus médicos privados o consejeros literarios, normalmente esclavos de origen griego, vivían vidas regaladas.
Las actitudes de la población libre respecto a sus esclavos y a la esclavitud como institución eran también variadas. Para los propietarios, el desdén y el sadismo iban emparejados con una especie de temor y ansiedad sobre su dependencia y vulnerabilidad, que muchos refranes populares plasman a la perfección. «Todos los esclavos son enemigos», rezaba un dicho de la sabiduría romana. Y en el reinado de Nerón, cuando a alguien se le ocurrió la brillante idea de obligar a los esclavos a llevar uniforme, la medida se rechazó porque aquello haría que la población esclava se percatase de lo numerosa que era. No obstante, cualquier intento por trazar una línea clara entre esclavos y libres o por definir la inferioridad de los esclavos (algunos teorizantes se preguntaban si más que personas eran cosas) se veía necesariamente desbaratado por la práctica social. En muchos contextos los esclavos y las personas libres trabajaban en estrecha proximidad. En el taller corriente, los esclavos podían ser tanto amigos y confidentes como bienes muebles. También formaban parte de la familia romana; la palabra latina familia incluía siempre a los miembros libres y a los no libres de la casa.
Para muchos, la esclavitud era en cualquier caso un estatus temporal, que se añadía a la confusión conceptual. La costumbre romana de liberar a tantos esclavos se debía a todo tipo de consideraciones prácticas: sin duda era más barato, por ejemplo, conceder la libertad a los esclavos que mantenerlos cuando llegaban a la improductiva vejez. No obstante, este era un aspecto crucial de la difundida imagen de Roma como cultura abierta, que convirtió al cuerpo de ciudadanos romanos en el más diverso desde el punto de vista étnico que jamás existiera antes, añadiendo otro motivo a la angustia cultural. ¿Estaban los romanos liberando a demasiados esclavos?, se preguntaban. ¿Los liberaban por motivos equivocados? Y ¿cuál era la consecuencia de todo esto para la idea de romanidad?

BEBES EN ROMA

SPQR, Mary Berad, p. 338
Los bebés que eran criados seguían en peligro. La estimación más fiable -basada en gran medida en cifras de poblaciones posteriores equiparables- es que la mitad de los niños nacidos no llegaba a los diez años porque moría víctima de toda clase de enfermedades e infecciones, entre ellas las enfermedades habituales de la infancia que hoy en día ya no son letales. Esto significa que, a pesar de que la esperanza de vida en el nacimiento era probablemente tan baja como a mediados de la veintena, un niño que superaba los diez años podía esperar un período de vida no muy distinto del nuestro. Según estas mismas cifras, a un niño de diez años le quedaban de media otros cuarenta años de vida, y una persona de cincuenta podía esperar unos quince más. Los ancianos no eran tan infrecuentes en Roma como cabría pensar. El elevado índice de mortalidad entre los muy jóvenes tenía consecuencias en los embarazos de las mujeres y en el tamaño de las familias. Para mantener simplemente la población existente, cada mujer tenía que parir un promedio de cinco o seis hijos. En  la práctica, esta proporción se eleva a casi nueve cuando se tienen en cuenta otros factores, como la esterilidad y la viudedad. No era precisamente una receta para la liberación generalizada de la mujer.
¿Cómo afectaban estas pautas de nacimiento y muerte a la vida emocional en el seno de la familia? A veces se ha argumentado que, debido a que había tantos niños que no sobrevivían, los padres evitaban implicarse emocionalmente. Las narraciones y la literatura romanas ofrecen una imagen sobrecogedora del padre, haciendo hincapié en el control que ejerce sobre sus hijos, no en el afecto, y se explayan en el terrible castigo que podría imponer por desobediencia, llegando incluso a la ejecución. No obstante, no hay apenas evidencias de ello en la práctica. Es cierto que un bebé recién nacido no se consideraba una persona hasta después de tomar la decisión de criarlo o no y de haberlo aceptado formalmente en la familia. De ahí, hasta cierto punto, la actitud aparentemente despreocupada respecto a lo que nosotros llamaríamos infanticidio. Sin embargo, los miles de emotivos epitafios erigidos por los padres a sus jóvenes retoños indican cualquier cosa menos falta de afecto. «Mi muñequita, mi querida Mania, yace aquí. Solo por pocos años pude darle mi amor. Ahora su padre llora por ella constantemente», rezan los versos escritos sobre una lápida en el norte de África.

CICERON


SPQR, Mary Beard, p. 366
Y Cicerón estaba muerto. Había cometido el error de denunciar con demasiada contundencia a Marco Antonio, y en la siguiente ronda de asesinatos en masa que fue la mayor hazaña del triunvirato, su nombre figuraba entre el de otros cientos de senadores y caballeros en las temidas listas. En diciembre del año 43 a. C. le enviaron un escuadrón especial de asalto, que le cortó la cabeza cuando se alejaba en litera de una de sus propiedades en el campo en un inútil intento por esconderse (inútil en parte porque uno de los ex esclavos de la familia había informado de su paradero). Fue otra apoteosis simbólica de la República romana, que se debatió durante siglos. De hecho, los últimos momentos de Cicerón se reprodujeron una y otra vez en las escuelas de oratoria de Roma, donde la cuestión de si debería haber suplicado clemencia a Marco Antonio o (todavía más complicado) haberse ofrecido a destruir todos sus escritos a cambio de su vida era el tema de debate favorito del programa. En realidad, la secuela fue mucho más sórdida. Su cabeza y mano derecha se enviaron a Roma y se clavaron en la rostra del foro. Fulvia, la esposa de Marco Antonio, que antes había estado casada con Clodio, el otro gran enemigo de Cicerón, acudió a contemplar el trofeo. La historia cuenta que, para su regodeo, cogió la cabeza, escupió en ella y estiró la lengua y la agujereó una y otra vez con los alfileres que llevaba en el pelo.

AUGUSTO


SPQR, Mary Berad, p. 364
Todo cambió cuando el heredero nombrado por César llegó a Roma en abril del año 44 a. C. desde el otro lado del Adriático, donde había estado ocupado en los preparativos de una   invasión de Partia. A pesar de los rumores y alegaciones, y del estatus del muchacho al que Cleopatra había puesto el apropiado nombre de Cesarión. César no había reconocido a ningún hijo legítimo. Por lo tanto, había dado el insólito paso de adoptar a su sobrino nieto en su testamento, convirtiéndolo en hijo suyo y beneficiario principal de su fortuna. Cayo Octavio tenía entonces tan solo dieciocho años, pero pronto empezó a capitalizar el nombre famoso que iba incluido en su adopción poniéndose Cayo Julio César, aunque para sus enemigos, y para la mayoría de los escritores modernos para evitar confusiones, era Octavianus, u Octaviano (es decir, el «ex Octavio» ). Él nunca usó este nombre. La razón por la que César favoreció a este joven será siempre un misterio, pero Octaviano sin duda tenía interés en asegurarse de que los asesinos del hombre que era ahora oficialmente su padre no se fuesen de rositas, y en que ninguno de sus muchos posibles adversarios, sobre todo, Marco Antonio, ocupase el puesto del difunto dictador. César era el pasaporte de Octaviano hacia el poder, y después de que un complaciente Senado decidiera formalmente en enero del año 42 a. C. que César se había convertido en un dios, Octaviano no tardó en alardear a bombo y platillo de su nuevo título y estatus: «hijo de un dios». El resultado fue más de una década de guerra civil.
Octaviano -o Augusto, como se le conocía oficialmente después del año 27 a. C. (un título inventado que significaba algo parecido a «El Reverenciado»)- dominó la vida política romana durante más de cincuenta años, hasta su muerte en 14 d. C. Superó con creces los precedentes establecidos por Pompeyo y César, y fue el primer emperador romano que resistió hasta el final y el gobernante que más tiempo estuvo en el poder en toda la historia de Roma, aventajando incluso a los míticos Numa y Servio Tulio. En calidad de Augusto, transformó las estructuras de la política romana y del ejército, el gobierno del imperio, el aspecto de la ciudad de Roma y el sentido subyacente de lo que significaban el poder, la cultura y la identidad romanos.

BRUTO


SPQR, Mary Beard, p. 361
Mientras caía, César gritó en griego a Bruto: “Tú también, hijo”, que bien podía ser una amenaza (“¡Te pillaré, muchacho! “) o un conmovedor lamento por la deslealtad de un jovenamigo ( “¿Tú también, hijo mío?”), o incluso, como algunos contemporáneos sospecharon, una revelación final de que Bruto era, de hecho, el hijo natural de la víctima y que aquello no era un simple asesinato sino un parricidio. La famosa frase latina «¿Et tu, Brute.” (“¿Tú también, Bruto?”) es un invento de Shakespeare.
Los senadores que contemplaron la escena pusieron pies en polvorosa; si Cicerón estaba allí, no fue más valiente que los demás. No obstante, cualquier huida precipitada se vio interceptada por una multitud de miles de personas que en aquel momento salían del teatro de Pompeyo que estaba al lado, tras asistir a un espectáculo de gladiadores. Cuando se enteraron de lo que había ocurrido, también quisieron refugiarse en la seguridad de sus casas lo más rápido posible, a pesar de los intentos de Bruto clamando tranquilidad y diciendo que no tenían de qué preocuparse, que era una buena noticia, no mala. La confusión empeoró aún más cuando Marco Emilio Lépido, uno de los colegas más íntimos de César, abandonó el foro para reunir a algunos soldados acantonados justo fuera de la ciudad, casi chocando con un grupo de asesinos que venían del otro lado para anunciar su victoriosa hazaña, seguidos de cerca por tres esclavos que transportaban por turnos el cuerpo de César en una litera a su casa. Era una tarea complicada para solo tres personas y, según informes, los brazos heridos del dictador colgaban de forma estremecedora a ambos lados.

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