Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

CRISTIANOS


SPQR, Mary Beard, p. 509
Probablemente les habría sorprendido a ambos, a Plinio y a Trajano, descubrir que dos mil años después el más famoso de sus intercambios de correspondencia tuviera que ver con un nuevo grupo religioso aparentemente insignificante, pero incómodo y absorbente: los cristianos. Plinio admitía que sabía cómo manejarlos. Para empezar, les había dado varias oportunidades de retractarse y había ejecutado solo a aquellos que se habían negado a hacerlo («Sin duda su terquedad e inflexible obstinación han de ser castigadas»). Sin embargo, después hubo muchos nombres que reclamaron su atención, porque la gente había empezado a zanjar viejas disputas acusando a sus enemigos de ser cristianos. Plinio continuó permitiendo que los investigados se retractasen, siempre que demostrasen su sinceridad vertiendo vino e incienso frente a las estatuas del emperador y de los verdaderos dioses. No obstante, para descubrir qué había en el fondo de todo aquello, hizo torturar e interrogar a dos esclavas cristianas (tanto en la Grecia como en la Roma antiguas, los esclavos solo podían testificar legalmente bajo tortura) y concluyó que el cristianismo «no era más que una superstición perversa y subversiva». Solo quería que Trajano le confirmase que aquel había sido el método correcto de aproximación. Y esto es más o menos lo que hizo el emperador, aunque añadió una voz de alerta: «Los cristianos no deberían ser perseguidos -escribió-, pero si son acusados y declarados culpables, han de ser castigados». Esta es la primera discusión sobre el cristianismo de la que tenemos constancia, al margen de la literatura judía o cristiana.

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