Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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LACAN


Fortuna, Hernán Díaz, p. 121

El doctor Frahm le habló en un inglés académico, imperfecto y brusco. En vez de reprimir las diatribas incontenibles de la señora Rask y redirigirlas al terreno de la normalidad (o bien amordazarla con sedantes), le explicó, deseaba promover sus monólogos. Si Helen no podía parar de hablar era porque no podía parar de intentar explicar su enfermedad: su deseo de entender su propia enfermedad era, en gran medida, la enfermedad misma. Si Frahm la escuchaba y la enseñaba a escuchar, pronto descubrirían que sus peroratas interminables estaban llenas de instrucciones en clave. Cada vez que se encontraba con uno de aquellos momentos reveladores del discurso de la señora Rask en los que su enfermedad arrojaba luz sobre sí misma, interrumpirla repentinamente servía para subrayar la epifanía y obligabarla a escucharse. Por eso había muchas sesiones que eran tan cortas. Y si tenían lugar en cualquier parte (y en cualquier momento), era para inculcarle a la paciente la idea de que su examen de sí misma no debía limitarse a una oficina, sino que era un proceso continuo. Por medio de aquellas sesiones «por sorpresa», Frahm quería enseñarle a tenderse emboscadas a sí misma.


INCIPIT 1.195. RECUERDOS, SUEÑOS, PENSAMIENTOS / CG JUNG


Mi vida es la historia de la autorrealización de lo inconsciente. Todo cuanto está en el inconsciente quiere llegar a ser acontecimiento, y la personalidad también quiere desplegarse a partir de sus condiciones inconscientes y sentirse corno un todo. Para exponer este proceso de evolución no puedo utilizar el lenguaje científico; pues yo no puedo experimentarme corno problema científico.

Lo que se es según la intuición interna y lo que el hombre parece ser sub specie aeternitatis se puede expresar sólo mediante un mito. El mito es más individual y expresa la vida con mayor exactitud que la ciencia. La ciencia trabaja con conceptos de término medio que son demasiado generales para dar cuenta de la diversidad subjetiva de una vida individual.

Así pues, me he propuesto hoy, a mis ochenta y tres años, explicar el mito de mi vida. Sin embargo, no puedo hacer más que afirmaciones inmediatas, sólo “contar historias”. Si son verdaderas no es problema. La cuestión consiste solamente en si este es mi cuento, mi verdad. Lo más difícil en la configuración de una autobiografía consiste en que no se posee ninguna medida, ningún terreno objetivo desde el cual juzgar. No hay posibilidad de comparación. Yo sé que en muchas cosas no soy corno los demás, pero no sé, sin embargo, cómo soy yo realmente.


LA SALUD PSIQUICA


Yoga, Emmanuel Carrère, p. 31

La salud psíquica, según Freud, consiste en ser capaz de amar y trabajar, y desde hacía casi diez años yo era, para mi gran sorpresa, capaz de hacerlo. N o lo habría creído si me lo hubieran vaticinado cuando era más joven. No esperaba tanto de la vida. Ahora bien, yo acababa de escribir uno tras otro, sin largos y angustiosos intervalos de sequía, cuatro gruesos libros que muchos consideraban buenos, y todos los días daba gracias al cielo por un matrimonio que me hacía feliz. Al cabo de tantos años de vagabundeo sentimental creía haber llegado a puerto. Creía que mi amor estaba al abrigo de tempestades. No estoy loco: sé bien que todo amor está amenazado -que todo lo está, de todas formas-, pero me representaba esta amenaza como algo que ahora venía del exterior, ya no de mí mismo.  Freud tiene una segunda definición de la salud física, tan impactante como la primera, y es que ya estás a salvo del infortunio neurótico, solamente expuesto a la desdicha ordinaria. El infortunio neurótico es el que se fabrica uno mismo, en una forma horriblemente repetitiva; el ordinario es el que te reserva la vida de formas tan diversas como imprevisibles. Contraes un cáncer o, peor aún, lo contrae uno de tus hijos, pierdes tu trabajo y caes en la miseria: una desgracia ordinaria. Por lo que a mí respecta, la vida no me ha deparado muchas de estas desdichas: ningún gran duelo hasta ahora, ni problemas de salud o de dinero, hijos que se abren camino, y tengo el raro privilegio de que me gusta mi oficio. En cambio, no temo a nadie por lo que respecta al infortunio neurótico. Sin jactarme, tengo un talento excepcional para convertir en un infierno una vida que lo posee todo para ser dichosa, y no permitiré que nadie hable a la ligera de este infierno: es real, terriblemente real.


HERMANAS PAMPIN


El fin de la locura, Jorge Volpi. p 56
La historia de su crimen posee una economía dramática ejemplar. Imaginemos la escena: en una típica casa burguesa de provincias, la estricta señora Lancelin y su hija Génevieve pasan la tarde bordando pañuelos o jugando a las cartas; en el otro extremo de la propiedad, sus dos sirvientas, pulcras y uniformadas, bregan con sus propias labores: mientras Christine plancha la ropa -nadie deja los corpiños tan bien almidonados como ella-, la pequeña Léa pliega las prendas y las coloca en las gavetas de sus amas. La previsible rutina se quiebra de pronto cuando uno de los apagones que con tanta frecuencia se producen en la zona sumerge la casa de la señora Lancelin en una tiniebla violenta y azulosa. Como una señal acordada -esa  imprevista oscuridad es la llamada al reino de la insania-, Christine se transforma en un ángel de venganza, en una parca, en la irracional ejecutora de un dios enloquecido.
¿Cuál es el motivo de su ira? ¿Por qué esas dos inofensivas criadas se convierten de pronto en carniceras (en revolucionarias)? Las piadosas hermanas Papin no se limitan a segar las vidas de sus amas; como si resarciesen una humillación que dura siglos, Christine y Léa las torturan con pereza no sin antes arrancarles los ojos para que ·no espíen lo que ocurre con sus cuerpos. A continuación, aplicando su habilidad con los instrumentos de cocina, destazan las carnes blandengues de sus patronas, las cortan en pedazos y las aplanan hasta convertirlas en filetes; eliminan sus vísceras y esparcen sus restos por el suelo como sobras para los perros. Al final, con esa boba naturalidad que las define, las hermanas Papin comprueban que las puertas permanecen cerradas, se desvisten, se enjuagan un poco la sangre, se colocan sus sempiternos camisones y se acuestan a la hora de siempre. No hay en ellas el menor despilfarro de energía o conciencia de su encono: acometen cada paso de su crimen con la misma abulia con que suelen limpiar la loza o servir el vino. Su agravio no obedece a ninguna razón, la señora Lancelin y su hija Génevieve nunca las maltrataron, nunca abusaron de ellas, nunca se aprovecharon de su posición, nunca las golpearon.

TRANSICION

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 233-234
[…] por Jacques Lacan, el psicoanalista francés, quien a su vez fue influenciado por el filósofo Alexandre Kojeve, que en la década de 1930 impartió clases sobre Hegel en la École Pratique des Hautes Études de París. La “fase del espejo” de Lacan convirtió la lucha de Hegel por la autoconciencia en un drama puramente intrapsíquico. El otro de Hegel se transformó en la imagen que tiene la niña de sí misma en el espejo. Cuando se reconoce, se ve a sí misma como objeto unificado. Winnicott hizo retroceder esta dialéctica en el tiempo y la devolvió a una
relación entre dos personas reales: “En el desarrollo emocional individual, el precursor del espejo es el rostro de la madre”. Para el bebé, una madre receptiva se antepone al “mÍ”
reconocido en el espejo. El niño se ve a sí mismo en el rostro de su madre porque en las expresiones de ésta encuentra lo que ella ve: él mismo. El Yo y el otro están íntima y  expresivamente vinculados. Cuando pierdo el rostro del otro, pierdo algo de mí mismo.
Los investigadores ya no hablan de transitivismo, un fenómeno explorado por la psicóloga infantil Charlotte Bühler, pero es algo con lo que está familiarizado cualquier progenitor. Un niño ve cómo su amigo se cae y rompe a llorar. Una niña da una bofetada a su amiga y luego insiste en que es ella quien la ha recibido. Los niños pequeños parecen moverse entre el Yo y el otro de maneras que los adultos no lo hacen. El transitivismo se parece mucho a la sinestesia de tacto-espejo, ¿no es así? ¿Cómo analizar esta zona virtual, indirecta e imitativa entre tú y yo en un recién nacido o en niños pequeños? ¿Encontramos un “yo” y un “tú” distintos o quizá un “nosotros” más borroso?

Winnicott creó entre el niño y la madre una abertura quepodría llamarse zona borrosa o una especie de “entre nosotros”. Se refirió a ella como “espacio transicional” y, aunque él no lo dice, lo tomó del concepto de transferencia del psicoanálisis freudiano. Para Freud, la transferencia tenía lugar en una “zona intermedia” entre el paciente y el analista. Entre otras descripciones, Freud utilizaba el término Tummelplat  para representar esta cargada zona intermedia de proyección que luego se convirtió en un «patio de recreo” en la traducción de james Strachey. El espacio transicional de Winnicott no está totalmente dentro de una niña, pero tampoco está del todo fuera, y es un lugar donde ella puede jugar. Los “objetos  transicionales» y las «extensiones del yo» son cosas que la niña utiliza, la punta mordisqueada de una manta o un peluche muy querido, por ejemplo, pero también los cadenciosos balbuceos, palabras o canciones a través de los cuales crea una conexión simbólica e ilusoria con su madre, cosas que no están ni aquí ni allá, que no son ni el yo y el no-yo del mundo exterior. En este espacio potencial o imaginativo es donde el niño juega y el artista trabaja, es «una tercera área» que, según Winnicott, nunca dejamos atrás sino que volvemos   continuamente a ella como parte de la creatividad humana corriente. Se podría decir que asistimos a un entremezclarse normal. La creación de arte se realiza en una zona fronteriza  entre el Yo y el otro. Es un espacio ilusorio y marginal pero no alucinante.

LA REPETICION

Mac y su contratiempo, E Vila-Matas, p. 22-23
La estupidez no es mi fuerte, decía Monsieur Teste. Me ha gustado siempre la frase y la repetiría cien veces ahora mismo, de no ser porque tengo interés en escribir ahora una que suene parecida a la frase de Teste pero que diga algo diferente; que diga, por ejemplo, que la repetición es mi fuerte. O bien: la repetición es mi tema. O esto: me gusta repetir, pero modificando. Esta última frase es la que se ajustaría más a mi personalidad, porque soy un modificador infatigable. Veo, leo, escucho, y todo me parece susceptible de ser alterado. Y lo altero. No paro de alterar.
Tengo vocación de modificador.
También de repetidor. Pero esta vocación es más corriente. Porque esencialmente somos todos repetidores. La repetición, gesto humano donde los haya, es un gesto que me gustaría analizar, investigar, modificar las conclusiones a las que hayan llegado otros. ¿Llegamos en la vida a hacer algo que no sea la repetición de algo ya previamente ensayado y realizado por quienes nos precedieron? La repetición es en el fondo un tema tan inabarcable que puede convertir en ridículo cualquier intento de captarlo plenamente. Mi temor, además, es que el tema de la repetición pueda albergar algo muy inquietante en su propia naturaleza. Pero seguro que investigar sobre ella tiene un lado interesante, porque, para empezar, puede ser vista como algo que se proyecta sobre el futuro. Ese lado atractivo de la repetición lo vio Kierkegaard cuando dijo que ésta y el recuerdo eran el mismo movimiento, pero en sentidos opuestos, «ya que aquello que se recuerda se repite retrocediendo, mientras que la repetición propiamente dicha se recuerda avanzando. Por eso la repetición, si es que ésta es posible, hace feliz al hombre, mientras que el recuerdo le hace desgraciado”.

Puesto a modificar, yo ahora modificaría lo que dijo  Kierkegaard, pero no sé cómo lo haría. Así que voy a dejar que pasen unas horas y podré ver si mejora mi instinto modificador. Mientras tanto, me dedico a registrar que la tarde es leve, anodina, provinciana, elemental, perfecta. Mi buen humor es extraordinario, tal vez por eso incluso el carácter anodino de esta tarde me gusta mucho. En realidad, esta tarde es la misma tarde de siempre.

OTRO

Extinción, DF Wallace, p. 200
Ni tampoco es estrictamente cierto que el psicoanalista no tuviera nada interesante que decir ni que a veces no proporcionara modelos o puntos de vista útiles para contemplar el problema básico. Por ejemplo, resultó que una de sus premisas operativas básicas era la afirmación de que solo había dos orientaciones básicas y fundamentales que una persona podía tener hacia el mundo: 1) amor y 2) miedo, y que ambas no podían coexistir (o, en términos lógicos, que sus dominios eran exhaustivos y mutuamente excluyentes, o bien sus dos conjuntos no tenían intersección pero su unión comprendía todos los elementos posibles,  o bien que:
'('v'x) ((Mx-+-(Ax)) &(Ax-+-~)) &-((3x) (-(Mx) &-(Ax))'),

o sea, en otras palabras, que cada día de tu vida la pasabas al servicio de uno u otro de estos amos, y que ”uno no puede servir a dos amos” -la Biblia otra vez- y que una de las peores dos ideas sobre la concepción de la masculinidad competitiva y orientada a. los logros individuales que Norteamérica supuestamente inculcaba a sus machos era que causaba un estado más o menos constante de miedo que hacía que el amor genuino fuera casi imposible. Es decir, que lo que pasaba por amor en los hombres norteamericanos no era normalmente más que la necesidad de ser visto de cierta manera, lo cual quería decir que los machos de hoy tenían un miedo tan constante a «no dar la talla» (la frase es del doctor Gustafson, evidentemente sin intención de juego de palabras) que debían pasar todo el tiempo convenciendo a los demás de su “validez” (que resulta ser también un término de la lógica formal) masculina a fin de tranquilizar su propia inseguridad, lo cual hacía que el amor genuino fuera casi imposible.

UN HOMBRE DE VERDAD

Extinción, DF Wallace, p. 198
Era la cantidad enorme de tiempo que el doctor Gustatson pasaba tocándose y atusándose el bigote lo que indicaba que no se daba cuenta de que lo hacía y que de hecho se estaba confirmando subconscientemente a sí mismo que el bigote seguía allí. Lo cual no es un hábito particularmente sutil, en términos de inseguridad, ya que al fin y al cabo el vello facial es una característica sexual secundaria, es decir, q\le lo que él estaba haciendo en realidad era confirmarse a sí mismo subconscientemente que otra cosa seguía allí, ya me entienden. Aquella fue en parte la razón de que no me representara una verdadera sorpresa cuando resultó que la dirección general que él quería que tomara el psicoanálisis involucró cuestiones de masculinidad y de cómo yo entendía mi masculinidad (mi hombría», en otras palabras). Aquello también ayudaba a explicarlo todo, desde las láminas de la pared de la mujer-perdida-reptando y de los dosobjetos-en-forma-de-testículos-que-parecían~deformes hasta los pequeños tamborcillos africanos o indios y las figuritas con características sexuales (a veces) exageradas que había en el estante de encima de su mesa, además de la pipa, el tamaño innecesario de su anillo de boda, o incluso el desorden un poco exagerado e infantil de la oficina en sí. Estaba bastante claro que existían ciertas inseguridades sexuales importantes y tal vez ambigüedades de tipo homosexual que el doctor Gustafson estaba intentando subconscientemente esconderse a sí mismo y sobre las cuales estaba intentando tranquilizarse, y una forma obvia en que hacía esto era más o menos proyectar sus inseguridades sobre sus pacientes y hacerles creer que la cultura de Norteamérica tenía una forma extraordinariamente brutal y alienante de lavar el cerebro de sus machos desde una edad temprana e inculcarles toda clase de creencias y supersticiones dañinas acerca de lo que era ser un supuesto «hombre de verdad.

NO CAMBIAMOS DE GOLPE

París, Marcos Giralt Torrente, p. 139
Resulta difícil no cuartear el tiempo cuando se reflexiona sobre el pasado, no dividirlo en bloques de acuerdo con el paTRón de los hechos que más nos marcaron, no adjudicarle poderes que en si mismo no tiene, no pensar en él como si la llegada de una fecha tuviera capacidad para transformarnos radicalmente. Hasta la muerte de mi padre fui de este o de este otro modo, decimos, cuando en realidad deberíamos decir que en esa fecha algo que ya estaba en nosotros empezó a manifestarse o a hacerse visible. Semejante sinsentido es el reflejo de un error mayor, el de creer que cambiamos de golpe y no poco a poco, corno si simultáneamente no pudieran influir en nosotros impulsos opuestos.

INCIPIT 528. LA CURA SCHOPENHAUER / IRVIN D.YALOM

Cada vez que respiramos ahuyentamos la muerte que constantemente nos acecha{ ... ] La muerte saldrá vencedora, pues desde que nacemos se convierte en nuestro sino, aunque juega brevemente con su presa antes de tragársela. Sin embargo, perseveramos en vivir la vida con gran interés y mucho afán, del mismo modo que hinchamos una pompa de jabón tan grande como nos es posible, aun a sabiendas de que reventará.
Julius conocía tan bien como cualquiera los sermones sobre la vida y la muerte. Con los estoicos afirmaba que «tan pronto nacemos empezamos a morir», y con Epicuro razonaba que «Si donde yo estoy no está la muerte, y donde está la muerte no estoy yo, ¿por qué temerla?» En su condición de médico y psiquiatra, había susurrado estas mismas palabras de consuelo a oídos de moribundos.
Aun cuando estaba convencido de que estas sombrías reflexiones eran de utilidad para sus pacientes, nunca pensó que algún día pudieran tener relación con él. Es decir, hasta aquel momento terrible que iba a cambiar su vida para siempre.
Había ocurrido cuatro semanas atrás, durante su chequeo anual. Su internista, Herb Katz -viejo amigo y compañero de facultad-, acababa de concluir su reconocimiento y, como siempre, le dijo que se vistiera y pasara luego al despacho. Herb estaba sentado a su mesa, hojeando el historial de Julius.

-En conjunto, se te ve bastante bien para ser un viejales de sesenta y cinco años. La próstata está un poco hinchada, pero la mía también. Hemograma, colesterol y niveles de lípidos, todo correcto, gracias a los medicamentos y a tu dieta. 

TERAPIA

De Algún día todo esto te será útil de Peter Cameron, p. 184-185
-Ayer hice algo que estuvo muy mal.
Ella pareció un poco alarmada, pero lo superó enseguida.
-¿Sí? ¿Qué hiciste?
Le conté lo que le había hecho a John y cómo había reaccionado él.
Ella guardó silencio durante un momento. Comprendí que aún pensaba en la mujer del loro y el 11 de septiembre, que trataba de imaginar la relación que había entre eso y John y se preguntaba cómo debería planteármelo. Esa era la otra cosa que empezaba a irritarme de la terapia: la suposición de que todo estaba relacionado y, cuantas más relaciones pudieras establecer, tanto mejor. Me recordaba aquellos rompecabezas que hacíamos en primaria, en los que trazabas líneas entre figuras iguales en diferentes columnas y finalmente tenías demasiadas líneas y todo estaba conectado en una gran maraña.
-¿Por qué crees que hiciste eso? -me preguntó la doctora.
-Creo que quería demostrar que podía ser esa otra persona, alguien capaz de atraer a John. Y pensé que si podía concebir a esa persona y convencer a John de que existía, entonces, de alguna manera, yo podría ser esa persona o aspirar a serlo. Sé que parece estúpido, pero a mí me parecía inteligente. No me di cuenta de que estaba engañando a John.
-Así pues, ¿te interesa John?
-¿Si me interesa? ¿Qué quiere decir?
-Creo que sabes lo que quiero decir.
No dije nada. Pensé que preferiría no haber sacado aquello a relucir y estar hablando todavía de la señora desaparecida.
-¿Qué querías que pasara anoche con John? –me preguntó ella.
-No lo sé -respondí-. No sé qué es lo que pasa cuando dos personas tienen mutuo interés ... ¿o se dice que se interesan una por la otra? Nunca estoy seguro de cómo es mejor decirlo.
-No creo que importe.
-Claro que importa. Una manera debe de ser correcta y la otra no. Y si no te esmeras por decirlo bien, estás causando ...
-¿Causando qué?

-Una decepción al mundo. Las pequeñas cosas, como usar correctamente el lenguaje, son lo que hace funcionar al mundo. Funcionar correctamente, quiero decir. Si no hacemos caso de esas pequeñas cosas, el caos se impondrá. Esa clase de errores son pequeñas grietas en la  presa y usted cree que no importan, pero se acumulan, sus errores y los de todos los demás, y entonces sí que importan.

¡VIVE¡

De El día que Nietszche lloró de Irvin D. Yalom, p.358
-¡Viva cuando vive! La muerte pierde su cualidad aterradora si uno muere cuando ha consumado su vida. Si uno no vive cuando debe hacerlo, no puede morir en el momento justo.
-¿Qué significa eso? -volvió a preguntar· Breuer, sintiéndose todavía más frustrado.
-Pregúntese a sí mismo si ha consumado usted su vida.
-¿Contesta a las preguntas con preguntas, Friedrich?
-Usted hace preguntas cuyas respuestas conoce, Josef -contraatacó Nietzsche.
--Si yo conociera la respuesta, ¿por qué había de preguntársela? -¡Para no conocer su propia respuesta!
Breuer hizo una pausa. Sabía que Nietzsche tenía razón. Dejó de oponer resistencia y centró su atención en sí mismo.
-¿He consumado mi vida? He logrado mucho, mucho más de lo que se podrfa haber esperado de mí. Éxito material, logros científicos, una familia, hijos. Pero ya hemos hablado de todo esto.
-Aun así, Josef, sigue eludiendo mi pregunta. ¿Ha vivido su vida o ha sido vivido por ella? ¿La ha elegido o ella lo eligió a usted? ¿Ama a su vida o se arrepiente de ella? Esto es lo que quiero decir cuando le pregunto si ha consumado la vida. ¿La ha agotado? ¿Recuerda ese sueño en   que su padre permanecía a su lado, rezando inútilmente mientras alguna calamidad le sucedía a su familia? ¿No es usted igual? ¿No se hace a un lado y se lamenta por una vida que nunca ha vivido?
Breuer se sintió presionado. Las preguntas de Nietzsche lo atravesaban y estaba indefenso ante ellas. Apenas podía respirar. Notaba el pecho a punto de estallar. Por un momento dejó de andar y respiró tres veces antes de responder.

-¡Usted conoce la respuesta! ¡No, no he elegido nada! ¡No he vivido la vida que quería! He vivido la vida que me fue asignada. He tenido encerrado mi verdadero yo.

FREUDIANA

De El día en que Nietssche lloró de Irvin D. Yalom, p. 57
-A ver, déjame pensar. -Breuer recordaba que la primera vez había sido poco después de empezar a dudar de la eficacia del tratamiento que venía dando a Bertha; lueg: .hablando con Frau Pappenheim, había surgido la posibilidad de trasladar a Bertha a la Clínica Bellevue en Suiza. Había sido a principios de 1882, hacía casi un año. Como había dicho a Freud. -¿Y no fue este enero -preguntó Freud- cuando celebramos en esta misma casa, con la familia Altmann al completo, tu último cumpleaños? Cumpliste cuarenta. Si has tenido ese sueño desde entonces, ¿no es lógico suponer que los cuarenta pies se refieran a tu edad?
Bien, dentro de un par de meses tendré cuarenta y uno. SI tienes razón, ¿no debería caer cuarenta y un pies en el sueño, a partir de enero próximo?
Freud levantó los brazos.
-De ahora en adelante, necesitaremos consultar con otra persona. Yo he llegado a los límites de mi teoría sobre los sueños. ¿Cambian los sueños ya soñados para adaptarse a los cambios producidos en la vida del soñante? ¡Interesante pregunta! De todos modos, ¿por qué se transforman los años en pies? Y el pequeño fabricante de sueños que tenemos en la mente, ¿por qué se roma tanto trabajo para disfrazar la verdad? Mi suposición es que la caída no cambiará a cuarenta y un pies. Creo que el fabricante de sueños tendría miedo de cambiarlo cuando tengas un año más, porque sería demasiado transparente y revelaría el código onírico.
Sig -dijo Breuer sofocando la risa mientras se limpiaba la boca y el bigote con la servilleta:-, aquí es donde siempre disentimos: cuando te pones a hablar de otra mente, una mente distinta, un duende sensible dentro de nosotros que concibe sueños rebuscados y los presenta disfrazados ante nuestra conciencia ... me parece ridículo.

Estoy de acuerdo, parece ridículo; no obstante, fíjate en la evidencia, en todos los científicos y matemáticos que han dicho que han resuelto problemas importantes en sueños. Josef, no  existe explicación mejor. Por ridículo que parezca, tiene que haber una inteligencia  inconsciente

ADOLESCENCIA

De La recta intención de Andrés Barba, p.135-136
“¿Cómo que te vas?”, preguntó Maite, cuya autoridad desde el suceso de la cena estaba en entredicho.
“Pues lo que habéis oído -comentó la enfermera-, que se va, y si seguís todas su ejemplo os podréis marchar también pronto a casa.”
Nuria había sido una presencia invisible hasta aquel día. Hablaba, pero nunca demasiado alto ni con demasiada convicción. Comía, pero jamás terminó la primera. Era, en definitiva, sustituible.
Todas, menos Ana y Sara, parecieron comprender aquello de una forma rápida, intuitiva, porque desde esa misma tarde cayeron en una especie de emulación de aquella invisibilidad. Nadie quería hablar, ni comer, ni reír más que nadie. El silencio era también peligroso, porque delataba, por lo tanto nadie quería tampoco estar en silencio. Lo que ocurrió entonces fue algo que se parecía bastante a la vida; aquella representación, hecha de forma consciente al  principio, tomó en el plazo de un día la cotidianeidad de lo irreflexivo y ellas mismas, quizá sin darse cuenta, empezaron a describirse en las reuniones no como quienes eran sino como quienes fingían y, tal vez, como quienes realmente creían ser.

Para Sara el descanso a aquella situación cada vez más irritante era ir con Ana a la habitación. Se desnudaban como la primera vez pero ya no eran necesarias las palabras. Sara la miraba a ella, o Ana hada un gesto con los ojos y se ponían las dos en marcha hacia allí. Calladas, desnudas cada vez la una más cerca de la otra, casi a punto de rozarse pero sin llegar a hacerlo nunca, el olor corporal de Ana subiendo hacia arriba en aquella mezcla de jabón y champú, y frío en los pies por las baldosas, y sudor en las manos, y ruidos metálicos de carritos que cruzaban tras la puerta. Todo exacto, todo repetido con la misma lentitud de ritual que iba creando, en su hacerse, sus propias reglas.

RECUERDOS

De El buen relato de JMCoetzee, p.21
J. M. C.: Detrás de lo que dices hay obviamente un volumen de experiencia clínica y de reflexión prolongada sobre esa experiencia al que me da vergüenza ofrecer réplica. A mí no me ampara ninguna experiencia, ni a un lado ni al otro del diálogo clínico; el argumento que presento (y me pregunto si es tan siquiera un argumento) me resulta tan abstracto como algo salido de un cuento de hadas. Pero déjame que insista, aun así, lo mejor que pueda. Quiero empezar planteando una pregunta filosófica. ¿Qué es un acontecimiento en sí mismo, para distinguirlo del acontecimiento tal como lo interpretamos ante o para nosotros mismos, o bien tal como lo interpretan ante o para nosotros los demás, sobre todo los demás que poseen autoridad? “Cuando yo tenía ocho años, mi padre me pegó con una raqueta de tenis”, dice un sujeto. «No es verdad - dice su padre-.Yo estaba intentando dar un raquetazo a la pelota y le di a él por accidente. ¿Qué pasó en realidad? Y, para ser específicos, ¿qué recuerdo del acontecimiento es verdadero: el que tiene el hijo o el del padre? Lo llamo recuerdo, pero   llamarlo así es una simplificación excesiva: se trata de un vestigio de recuerdo que ha sido sometido a cierta interpretación. Podría incluso decir que se trata de un vestigio de recuerdo que ha sido sometido a una interpretación detrás de la cual hay una determinada voluntad interpretativa (en el caso del hijo, tal vez la voluntad de llevar a cabo la interpretación más oscura del episodio, y en el caso del padre la voluntad de hacer una interpretación inocua). ¿Cómo podemos desenredar el componente de recuerdo del componente de interpretación, dejando momentáneamente de lado la voluntad que guía la interpretación? ¿Acaso es posible, filosóficamente pero también neurológicamente, hablar de un recuerdo prístino que no esté teñido por la interpretación? 

VERDAD

De El buen relato de JMCoetzee, p.19
La verdad en la terapia de psicoanálisis es la verdad interior; la verdad de lo que hay en el corazón y la mente del paciente, percibida y, si uno tiene suerte, entendida a través del corazón y la mente del psicoterapeuta. Porque igual que no hay que  perder de vista que el paciente es un sujeto que percibe y experimenta el mundo de una forma propia y única, y al que hay que ayudar a ser más consciente de eso mismo, también el psicoterapeuta es un sujeto que percibe y siente en relación con el paciente como objeto. Y es esto, el hecho de que la terapia refleja todos los actos de conocimiento y comprensión en que participan un sujeto y un objeto, lo que permite una exploración debidamente empática y emocionalmente conectada del modo de significación del paciente.
Así pues, la verdad en que se basa la psicoterapia -o por lo menos mi versión de la  psicoterapia- es siempre dinámica, provisional e intersubjetiva. Está contenida en los términos de una relación, cuya meta es reflexionar sobre la experiencia interna para ayudar al paciente a tener la vida más plena que sea posible en el mundo. También se basa, creo yo, en la idea de que solo podemos conocernos y entendernos a nosotros mismos plenamente a través de los demás, a través de nuestra experiencia de los demás y de nosotros mismos en relación con los demás, y de cómo los demás nos experimentan nosotros.

Así es como interpreté yo tu libro Verano.

BELLEZA

De El buen relato de JMCoetzee, p.17-18
El meollo de la acusación que les hace Platón a los poetas es que, cuando hay que elegir entre verdad y belleza, ellos se muestran dispuestos a sacrificar la verdad. El meollo de la defensa de los poetas es que la belleza constituye una verdad en sí misma.
Se encuentra alguna versión del argumento de que belleza es verdad en la obra de casi todo escritor. «Puede que esta historia me la esté inventando yo, pero por una serie de razones misteriosas que tienen que ver con su coherencia interna, con su verosimilitud, con su sentido de la justicia y de la inevitabilidad, pese a todo es verdadera en cierto sentido, o por lo menos nos dice algo verdadero sobre nuestras vidas y sobre el mundo en que vivimos.
Dice Platón que los poetas nos convencen de que su versión de las cosas es verdadera, y nos convencen usando todo su arsenal de trucos y artefactos poéticos. Así pues, los poetas son como los oradores, cuya meta no es alcanzar la verdad sino  hacerte cambiar de opinión para que comulgues con lo que ellos quieren.

Regreso a la situación terapéutica. ¿Qué me impide, en calidad de psicoterapeuta, ponerme la meta de usar lo que me cuenta el paciente para montar una narración persuasiva (es decir, verosímil) de la vida que ha tenido el paciente hasta el momento, así como trazar un esbozo persuasivo de cómo se puede desarrollar ese hilo narrativo en el futuro a fin de que el paciente pueda amar y trabajar de forma productiva en el mundo? 

INCIPIT. 490. EL BUEN RELATO / JMCOETZEE

Ser el autor de la historia de tu vida (inventarte tu pasado) o bien ser únicamente su narrador. Ofrecer una historia bien tramada o bien contar la historia verdadera. El psicoanalista como oyente de esa historia que presta un grado ideal de atención. Que oye y analiza las resistencias del relato. La meta de la terapia: liberar la voz del paciente y su imaginación narrativa.
J. M. C.: ¿Qué cualidades ha de tener una buena historia (verosímil y hasta apasionante)? Cuando le cuento a otra gente la historia de mi vida -y, lo que es más importante, cuando me cuento a mí mismo la historia de mi vida-, ¿acaso debería intentar convertirla en un artefacto bien construido, pasar a toda prisa por los momentos en que no sucedió nada e intensificar el dramatismo de los momentos en que pasaron muchas cosas, dar forma a la historia, crear expectación e intriga? O, al contrario, ¿debería ser neutral y objetivo y esforzarme por contar un tipo de verdad que cumpliera con los criterios de un tribunal: la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?

¿Qué relación tengo con la historia de mi vida? ¿Soy su autor consciente o bien debo considerarme a mí mismo una simple voz que va emitiendo con la menor interferencia posible un torrente de palabras que brota de mi interior? 

RECUERDA

De El buen relato de JMCoetzee, p. 21
J. M. C.: Detrás de lo que dices hay obviamente un volumen de experiencia clínica y de reflexión prolongada sobre esa experiencia al que me da vergüenza ofrecer réplica. A mí no me ampara ninguna experiencia, ni a un lado ni al otro del diálogo clínico; el argumento que  presento (y me pregunto si es tan siquiera un argumento) me resulta tan abstracto como algo salido de un cuento de hadas. Pero déjame que insista, aun así, lo mejor que pueda.
Quiero empezar planteando una pregunta filosófica. ¿Qué es un acontecimiento en sí mismo, para distinguirlo del acontecimiento tal como lo interpretamos ante o para nosotros mismos, o bien tal como lo interpretan ante o para nosotros los demás, sobre todo los demás que poseen autoridad? “Cuando yo tenía ocho años, mi padre me pegó con una raqueta de tenis», dice un sujeto. “N o es verdad -dice su padre-.Yo estaba intentando dar un raquetazo a la pelota y le di a él por accidente.” ¿Qué pasó en realidad? Y, para ser específicos, ¿qué recuerdo del acontecimiento es verdadero: el que tiene el hijo o el del padre? Lo llamo recuerdo, pero llamarlo así es una simplificación excesiva: se trata de un vestigio de recuerdo que ha sido sometido a cierta interpretación. Podría incluso decir que se trata de un vestigio de recuerdo que ha sido sometido a una interpretación detrás de la cual hay una determinada voluntad interpretativa (en el caso del hijo, tal vez la voluntad de llevar a cabo la interpretación más oscura del episodio, y en el caso del padre la voluntad de hacer una interpretación inocua). ¿Cómo podemos desenredar el componente de recuerdo del componente de interpretación, dejando momentáneamente de lado la voluntad que guía la interpretación? ¿Acaso es posible, filosóficamente pero también neurológicamente, hablar de un recuerdo prístino que no esté teñido por la interpretación?

Hace poco leí un artículo de Jonathan Franzen en el que decía que, después de someterse a una entrevista promociona! tras otra acerca de su nuevo libro, tuvo la sensación de que necesitaba escapar de aquello o empezaría a creer en la narración

"REALIDAD"

De El buen relato de JMCoetzee, p.174-175
 (En las primeras páginas de la primera novela que tenemos en inglés, Robinson Crusoe se pregunta por qué no podemos estar satisfechos con el mero hecho de deslizarnos  cómodamente por la vida, por qué tenemos que salir al mundo y arriesgarnos, por qué tenemos el impulso de convertirnos en «instrumentos de nuestra propia destrucción». La respuesta es igual de antigua que la misma novela y tal vez que el mismo acto de narrar: porque así se ponen las historias en marcha.)
La respuesta más profunda a mi pregunta de por qué tiene ''Austerlitz” su visión, la respuesta en la que se basa todo el libro de Sebald, es que lo reprimido regresa. Mi siguiente pregunta, entonces, es: ¿y si lo reprimido no siempre regresa? ¿Y si, por cada joven Dafydd/Jacques a quien se le desploman bajo los pies las historias que lo sostenían, hay otro Dafydd/Jacques que nunca se angustia por quién es en realidad, sino que se limita a deslizarse cómodamente por la vida, envuelto en las versiones de su biografía que le han contado?
No tiene sentido afirmar que los incontables ejemplos que conocemos de material reprimido que regresa para atormentarnos demuestran que lo reprimido regresa siempre, puesto que por pura lógica no nos enteramos de los casos en que lo reprimido no regresa.

Es difícil, tal vez imposible, escribir una novela que se pueda reconocer como novela usando la vida de alguien que de principio a fin se siente cómodamente arropado por ficciones. Solo construimos novelas sacando esas ficciones a la luz. La novela como género parece tener un interés fundamental en afirmar que las cosas no son lo que parecen, que nuestras vidas aparentes no son nuestras vidas reales. Y el psicoanálisis, diría yo, tiene un interés parecido.

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