Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.323. LA CIUDAD DE LOS VIVOS / NICOLA LAGIOIA


El 1 de marzo de 2016, un martes con escasas nubes, las puertas de entrada del Coliseo acababan de abrirse para permitir a los turistas admirar las ruinas más famosas del mundo. Miles de cuerpos caminaban hacia las taquillas. Uno tropezaba con las piedras. Otro se ponía de puntillas para calcular la distancia hasta el Templo de Venus. La ciudad, allá arriba, estaba cocinando la ira en su propio tráfico, en los autobuses averiados ya a las nueve de la mañana. Los antebrazos pronunciaban los insultos por las ventanillas abiertas. En el bordillo, los guardias rellenaban multas que nadie pagaría nunca.

-Sí, hombre, sííí ... ¡pues vaya usted a contárselo al alcalde! -La empleada de la taquilla número cuatro estalló en una carcajada burlona, provocando la hilaridad de sus compañeros.

El anciano turista holandés la miró atónito desde el otro lado del cristal. En su puño blandía las dos entradas falsas que dos falsos empleados del recinto arqueológico le habían vendido poco antes.

Esta, la de ir a protestarle al alcalde, era una de las chanzas más repetidas de las últimas semanas. Nacida en las oficinas municipales, se había difundido entre los taxistas y los hoteleros y los basureros y los vendedores de granizados a los que, a falta de una autoridad más evidente, acudían los turistas para pedir ayuda ante los infinitos contratiempos de la ciudad.

El holandés frunció el ceño. ¿Sería posible que también la verdadera autoridad, la que iba con uniforme oficial, le estuviera tomando el pelo? Por detrás de él, la multitud aumentaba su barullo.

-¡El siguiente!


ITALIANOS E ITALIANAS

Tiene que llover, Karl Ove Knausgard, p. 294
Eramos hermanos, ese vínculo era más fuerte que todo lo demás, pero algo había cambiado de todos modos, tal vez en mí, donde habían desaparecido los últimos restos de naturalidad, era consciente de todo lo que se decía y hacía cuando estábamos juntos. Las pausas que surgían entre nosotros eran dolorosas, éramos hermanos, deberíamos estar charlando con naturalidad y sin ningún esfuerzo, pero entonces llegaba el silencio, y yo me ponía a buscar algo natural con que romperlo. ¿Algo sobre bandas musicales? ¿Algo sobre Asbj0rn o algún otro amigo suyo? ¿Algo sobre fútbol? ¿Algo sobre lo que nos rodeaba, una ciudad por la que pasaba el tren, un intermezzo en la calle delante de la ventana de la pensión, una mujer guapa que entraba en el bar en el que nos encontrábamos? Algunas veces funcionaba, hablábamos por ejemplo de la diferencia entre las chicas que se veían en Noruega y las que se velan allí, tan increíblemente elegantes, no sólo en la ropa, con su chaquetas ajustadas y abrigos estrechos, sus botas largas y sus finos pañuelos, sino también en su manera de andar, estudiada y elegante, tan escandalosamente distinta al estilo deportivo de nuestras chicas, un andar que no contenía nada más que el desplazamiento, ligeramente echadas hacia delante, como eternamente preparadas para una lluvia torrencial, trotando, con paso andarín, nada extra, ¡lo importante era llegar! Al mismo tiempo resultaba deprimente ver a las mujeres italianas -la palabra chica no era la adecuada para ellas-, se encontraban en otra división, fuera de nuestro alcance, de nosotros, tan poco sofisticados como las chicas noruegas, bastaba con echar una breve mirada a los jóvenes italianos, tan elegantes y acicalados como sus homólogas femeninas, que se sabían todos los trucos, y que además las trataban con unos modales que nosotros no sabríamos remedar aunque hubiéramos ensayado todos los días del año siguiente, bueno, ni siquiera si hubiéramos estudiado elegancia y saber estar en la universidad durante seis años. 

ITALIANOS VS AMERCIANOS

De El nadador de John Cheever, p.170-171
Había oído muchas cosas acerca de los americanos : que eran generosos e ignorantes, y era verdad en parte, porque eran muy generosos y la trataban como si fuera una invitada, siempre preguntándole si tenía tiempo para hacer esto y aquello e insistiéndole para que saliera a pasear los jueves y los domingos. El signore era delgado y alto y trabajaba en la embajada. Llevaba el cabello muy corto como si fuera alemán o un prisionero o alguien que está  convaleciendo de una operación del cerebro. Su pelo era negro y vigoroso y si se lo hubiera dejado crecer y rizar, las chicas de la calle le hubiesen admirado, pero iba todas las semanas a la peluquería y lo echaba a perder. Era muy modesto en otras cosas y en la playa llevaba un traje de baño muy discreto, pero andaba por las calles de Roma dejándole ver a todo el mundo la forma de su cabeza. La signora era muy simpática, con una piel como el mármol y muchos vestidos, y la vida era cómoda y agradable, y Clementina le rezaba a San Marceno para que no se acabase nunca. Dejaban todas las luces encendidas como si la electricidad no costara nada¡ quemaban leña en la chimenea tan sólo para evitarse el fresco del atardecer, y bebían ginebra con hielo y vermut 170 John Chetvtr antes de comer. Olían de manera distinta. Era un olor pálido, pensaba -un olor débil-, y podía tener algo que ver con la sangre de las gentes del norte o podía ser porque siempre se estaban bañando con agua caliente. Se bañaban tanto que no podía entender cómo no se habían vuelto neurasténicos. Comían comida italiana y bebían vino, y Clementina no perdía la esperanza de que si comían suficiente pasta y aceite, llegarían a tener un olor más fuerte saludable. A veces, cuando servía la mesa, les olí; pero el olor era siempre muy débil y a veces no olía a nada. Echaban a perder a sus hijos; a veces le niños levantaban la voz o se enfadaban con sus genitori y lo lógico hubiera sido pegarles ; pero aquellos extranjeros nunca pegaban a sus hijos, ni tan siquiera alzaban la voz ni hacían nada que pudiera explicarles a los niños la importancia de sus genitori, una vez cuando el chico más pequeño estuvo muy impertinente y habría que haberle pegado, su madre se lo llevó a la tienda de juguetes y le compró un barco de vela. A veces, cuando se estaban vistiendo para salir por la noche, el signore abrochaba le trajes de su mujer o el collar de perlas, como un cafone, en lugar de llamar a Clementina.

EL AMANTE DE ITALIA

De El Nadador de Cheever, p.136-137
''La bella lingua"
Wilson Streeter, como muchos americanos que viven en Roma, estaba divorciado. Trabajaba en el departamento de estadísticas de la F. R. U. P. C., y vivía solo. Aunque mantenía una discreta vida social con otros expatriados y con los romanos que frecuentan estos círculos, no conseguía practicar el italiano, porque en su despacho utilizaban el inglés durante todo el día y los italianos con los que se reunía hablaban inglés mucho mejor que él italiano. Pero estaba convencido de que para entender a Italia tenía que hablar italiano. Lo hablaba bastante bien cuando sólo se trataba de comprar algo o de hacer una gestión, pero él quería ser capaz de expresar sus sentimientos, de contar chistes, y de poder entender las conversaciones en los tranvías y en los autobuses. Tenía clara conciencia de que estaba construyendo su vida en un país que no era el suyo y de que dejaría de considerarse un extranjero tan sólo cuando conociera el idioma.

Para el turista la experiencia de viajar a través de un país extraño se sitúa en el límite del pretérito perfecto. Incluso mientras los días pasan, han sido los días en Roma, y todas las cosas -los paisajes, los recuerdos, las fotografías y los regalos- tienen un carácter conmemorativo. Incluso mientras el viajero espera el sueño en su cama del hotel, esas noches han sido las noches en Roma. Para el expatriado, en cambio, no existe el pretérito perfecto. Está  incapacitado para situar ese tiempo en otro país y en relación con otra ciudad o lugar que fue y pueda ser de nuevo su bogar permanente; vive en un presente continuo e inexorable. En lugar de acumular recuerdos, tiene que esforzarse por aprender un idioma y comprender a unas gentes. Unos y otros sólo se ven de pasada en la Piazza Venezia : los expatriados, cuando la atraviesan camino de sus lecciones de italiano; y los turistas, porque ocupan, previa reserva, las mesas de las terrazas, y beben Campari, el típico aperitivo romano, como les han indicado.

ITALIA Y BCN


De Cartas de Italia de Josep Pla, p.134-135 (Destino, 2011)
Nápoles
En Nápoles uno piensa en seguida: “Si Barcelona estuviese toda de cara al mar,  ¡menuda ciudad sería!”. Porque Barcelona es una ciudad puesta de cara a la pared del TIbidabo. Barcelona es una ciudad interior. Nápoles, en cambio, destapa todos los sentidos y las formas, y los defectos, ante el mar. Nápoles no tiene fondo ni  profundidad. Tiene longitud ante el azul. Y este mar, este azul de Nápoles. no tiene fin.
Todos saben lo que es esto: una de las cosas más finas y más sensuales del mundo. Las ciudades del tipo de Nápoles yo las considero completas. Nada más llegar a ellas os  invade una especie de deseo de perderos por sus calles, de fundiros con la vida popular, de tomar un baño de humanidad espesa. Echáis de menos no saber comer los  macarrones con los dedos; las supersticiones, el juego de la morra y la miseria os enternecen; hasta en la suciedad encontráis encanto. Toda la vida está en la calle. Y os fascina, os atrae esa vida de la calle. Ir a Pompeya es como ir al cementerio. Subir al Vesubio con funicular es algo ridículo y una verdadera provocación a la importancia  que tienen los volcanes en ciertas universidades alemanas. Ir al museo teniendo al lado una vida picante y sabrosa es como cambalachear lo seguro por lo inseguro. No hay lugar a dudas: en Nápoles, la tarea del turista consciente y organizado es perderse
por las calles.

FLORENCIA

De Cartas de Italia, de Josep Pla (Destino, 2011, p.93)
Recién levantados, sentíamos en el estómago un vacío espectral. Pero hete aquí que asomábamos la cabeza por la ventana y veíamos aquellos arcos del puente reflejados en el agua clara que nos recordaban que a cuatro pasos de nuestros dolores Beatriz se había aparecido al Dante. Era de pies a cabeza Beatriz vestida de campesina medieval:

Sopra candido vel, cinta d'oliva,
Donna m'aparve salto vertk manto
Vestita di color di fiamma viva ...
¿De campesina medieval? -se preguntarán-o Yo sospecho que sí. Es un poco difícil de imaginar; claro, pero aún es más difícil suponer que se le apareció vestida de campesina del Casino de París. Reconozco que esto es lamentable y que en el nacimiento de esta señorita hubo un error de fecha.
Olvidábamos entonces las calamidades del momento y el hambre se nos disipaba al instante. La juventud es el tiempo de los milagros ... Con el Vasari bajo el brazo íbamos a recorrer conventos y claustros. Si llovía, en la biblioteca de los Uffizi nos dejaban leer los escritos de Leonardo. Cuando nos cansábamos salíamos a la Loggia della Signoria: el Palazzo Vecchio estaba ante nuestros ojos. Eramos casi felices.
Sin embargo, en aquella época nos hubiera sido un poco difícil explicar con cierta claridad por qué nos gustaba tanto Florencia. ¿Por qué nos gustaba tanto? Hablando con objetividad. Florencia es una ciudad provinciana. Totalmente provinciana.

IDEAS DE PLA

De Cartas de Italia, de Joseph Pla, p.30-31


En cuanto a la cebolla, hemos de admitir, puestos a ser francos, que la usan con mucha mayor prodigalidad que nosotros. Heine opinaba que esta superabundancia de cebolla pudiera ser la clave del sentimentalismo italiano. La cebolla activa ciertos sentimientos elevados y hace llorar. Muy bien, de acuerdo. Por tanto, no creo que la cebolla nos separe. Gimotear un poco, tres o cuatro veces al año, presumo que no sienta mal a nadie.

¡TRABAJADORES DEL MUNDO¡

«La fábrica da la visión exacta de la coexistencia de los intereses sociales: la solidaridad del trabajo. El individuo se acostumbra en ella a tomar conciencia de que forma parte de un proceso productivo, de que es una pieza indispensable, tan necesaria como insuficiente. En este sentido es la más perfecta escuela de orgullo y de humildad. Siempre me acordaré de la impresión que me causaron los obreros cuando tuve ocasión de visitar las fábricas Fiat, uno de los establecimientos anglosajones, modernos y capitalistas que hay en Italia. Sentí en estos obreros una actitud de dominio, una seguridad sin pose, un menosprecio por toda forma de diletantismo. El hombre que vive en una fábrica tiene la dignidad de! trabajo, el hábito del sacrificio y de la fatiga. Es un ritmo de vida basado severamente en el sentimiento de la tolerancia y de la interdependencia, que habitúa a la puntualidad, al rigor y a la continuidad. Estas virtudes del capitalismo tienen un aroma de árida ascesis; sin embargo, en compensación, el sufrimiento contenido alimenta, por exasperación, el coraje de luchar y el instinto de la defensa política.»
Piero Gobetti, citado por Josep Pla en "Cartas de Italia"

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