Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta Weil Simone. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Weil Simone. Mostrar todas las entradas

INCIPIT 1.548. ESCRITOS POLITICOS LIBERTARIOS / SIMONE WEIL


INTRODUCCIÓN: UN PENSAMIENTO INQUIETO

El encuentro de Weil con el anarquismo marcó una larga fase de su reflexión política, desde sus años de juventud hasta aproximadamente 1936. No fue, pues, un contacto extemporáneo, sino una convergencia nacida bajo la bandera de la búsqueda de la mejor forma de expresión práctica de la libertad. Simone Weil experimentó con fuerza, en la tradición de pensamiento que se remonta a Proudhon, una serie de sugestiones tanto para su acción de lucha junto a los trabajadores asalariados de las fábricas y las minas, como para construir un proyecto de transformación social centrado en la idea de una sociedad sin jerarquías constrictivas, en la que los mecanismos sociales no produzcan formas de burocratización tecnocrática. La inspiración proudhoniana hizo que su lectura de los textos marxianos -especialmente de «El Capital» en su juventud- se realizara sin tropezar con los mitos fáciles que, en cambio, adoptó una parte importante de la izquierda francesa y alemana.


EL AMOR


Hacer la guerra, Simone Weil, p. 111

El rechazo de la fuerza alcanza su plenitud en la concepción del amor. El amor cortés del país de Oc es lo mismo que el amor griego, aunque el papel tan distinto que tiene la mujer oculta esta identidad. Pero el menosprecio de la mujer no era lo que inducía a los griegos a honrar el amor entre hombres, cosa hoy baja y vil. Honraban igual el amor entre mujeres, como vemos en El banquete de Platón y en el ejemplo de Safo. Lo que honraban así no era sino el amor imposible. Por consiguiente, no era sino la castidad. Debido a la extrema facilidad de las costumbres, en el comercio entre hombres y mujeres casi no había obstáculos, mientras que la vergüenza impedía a toda alma bien orientada pensar en un goce que los propios griegos consideraban contra natura. Cuando el cristianismo y la gran pureza de las costumbres importada por las tribus germánicas colocaron entre el hombre y la mujer la barrera que faltaba en Grecia, se instauró entre ellos el amor platónico. El vínculo sagrado del matrimonio ocupó el lugar de la identidad de los sexos. Los trovadores auténticos no sentían más atracción por el adulterio que Safo y Sócrates por el vicio, lo que necesitaban era el amor imposible. Hoy solo podernos concebir el amor platónico como un amor cortés, pero se trata del mismo amor.

La esencia de este amor queda reflejada en unas líneas maravillosas de El banquete:

[ ... ] lo más importante es que el Amor no comete ni sufre ninguna injusticia, ni entre los dioses, ni entre los hombres. Porque lo que tenga que sufrir no lo sufre obligado, porque la fuerza no afecta al Amor. Y, cuando actúa, no lo hace obligado, porque cada cual obedece de buena gana y en todo al Amor. Un acuerdo consentido por ambas partes es justo, dicen las leyes de la ciudad real.


LA PASION


Hacer la guerra, Simone Weil, p. 81

La tragedia ática, al menos la de Esquilo y la de Sófocles, es la verdadera continuación de la epopeya. La idea de justicia la ilumina sin intervenir nunca; la fuerza aparece con su fría dureza, siempre aompañada por los efectos funestos que no respetan ni a quien la ejerce ni a quien la padece; la humillación del alma acongojada no se oculta, tampoco se envuelve con piedad fácil ni se expone al desprecio; más de un ser herido por la degradación de la desgracia se nos presenta como admirable. El Evangelio es la última y maravillosa expresión del genio griego, lo mismo que la Ilíada es la primera. En él asoma el espíritu de Grecia no solo porque se ordena buscar, excluyendo cualquier otro bien, «el reino de la justicia de nuestro Padre celestial», sino también porque en él aparece la miseria humana en un ser divino y humano a la vez. Los relatos de la Pasión muestran que un espíritu divino, unido a la carne, es alterado por la desgracia, tiembla ante el sufrimiento y la muerte, se siente, en el colmo del desamparo, separado de los hombres y de Dios. El sentimiento de la miseria humana les confiere ese  acento de sencillez que es la marca del genio griego y el gran mérito de la tragedia ática y la Ilíada. Hay frases que suenan extrañamente parecidas a las de la epopeya, y el adolescente troyano enviado al Hades, aunque él no quería partir, nos trae a la memoria lo que Cristo le dice a Pedro: «Otro te atará y te llevará a donde no quieres ir». Este acento no puede separarse del pensamiento que inspira el Evangelio, porque el sentimiento de la miseria humana es una condición de la justicia y el amor.


La Ilíada o el poema de la fuerza


Hacer la guerra, Simone Weil, p. 39

El verdadero héroe, el verdadero asunto, el centro de la llíada es la fuerza. La fuerza que ejercen los hombres, la fuerza que somete a los hombres, la fuerza ante la cual se retrae la carne de los hombres. El alma humana aparece aquí continuamente modificada por su relación con la fuerza, arrastrada, cegada por la fuerza de la que cree disponer, doblada bajo el yugo de la fuerza que soporta. Quienes habían soñado que la fuerza, gradas al progreso, ya pertenecía al pasado han podido ver en este poema un documento; quienes saben discernir la fuerza, hoy como ayer, en el centro de todas las historias humanas encuentran aquí el más bello, el más puro de los espejos.

La fuerza convierte en una cosa a quien está sometido a ella. Cuando se ejerce a fondo convierte al hombre en una cosa en el sentido más literal, porque le convierte en un cadáver. Había alguien y, un momento después, ya no hay nadie. Es el cuadro que la Ilíada no se cansa de presentarnos:

... los caballos

arrastraban con estrépito los carros vados por los caminos de

la guerra,

y añoraban a sus conductores sin tacha. Estos, en la tierra

yacían, a los buitres mucho más gratos que a sus esposas.


LA GUERRA CIVIL


Hacer la guerra, Simone Weil, p. 21

Por poner otro ejemplo, si alguien osa defender delante de un hombre de partido la idea de un armisticio en España, este responderá con indignación, si es de derechas, que hay que luchar hasta el final para imponer el orden y aplastar a los promotores de anarquía; responderá con no menos indignación, si es de izquierdas, que hay que luchar hasta el final por la libertad del pueblo, por el bienestar de las masas trabajadoras, por la aniquilación de los opresores y los explotadores. El primero olvida que ningún régimen político, del tipo que sea, acarrea desórdenes que puedan igualar ni de lejos a los de la guerra civil, con las destrucciones sistemáticas, las matanzas en serie en la línea de fuego, el menoscabo de la producción y los cientos de crímenes individuales cometidos a diario en los dos bandos debido a que cualquier canalla puede tener un fusil. El hombre de izquierdas, por su parte, olvida que, incluso en el bando de los suyos, las necesidades de la guerra civil, el estado de sitio, la militarización del frente y la retaguardia, el terror policial, la falta de límites para la arbitrariedad, la falta de garantías individuales, suprimen la libertad mucho más radicalmente que la subida al poder de un partido de extrema derecha; olvida que los gastos de guerra, las ruinas y el freno de la producción condenan al pueblo, y, por mucho tiempo, a privaciones mucho más crueles que las causadas por sus explotadores. Ambos, el hombre de derechas y el hombre de izquierdas, olvidan que largos meses de guerra civil han implantado poco a poco en cada bando un régimen casi idéntico. Cada uno de ellos ha perdido su ideal sin darse cuenta, sustituyéndolo por una entidad vacía; para cada uno de ellos la victoria de lo que aún sigue llamando su idea ya solo puede definirse como el exterminio del adversario; y cada uno de ellos, si le hablan de paz, responderá desdeñosamente con el argumento contundente, el argumento de Minerva en Homero, el argumento de Poincaré en 1917: «Los muertos no lo quieren».


INCIPIT 1.487. HACER LA GUERRA / SIMONE WEIL


No empecemos de nuevo la guerra de Troya

Vivimos en una época en que los peligros de ruinas y matanzas causadas por los conflictos entre grupos humanos superan con creces la seguridad relativa que proporciona a los hombres cierto dominio técnico de la naturaleza. Si el peligro es tan grave, sin duda se debe, en parte, al poder de los instrumentos de destrucción que la técnica ha puesto en nuestras manos; sin embargo, estos instrumentos no se han hecho solos, y no es de recibo hacer que una situación de la que somos los únicos responsables recaiga sobre la materia inerte. Los conflictos más amenazadores tienen un carácter común que podría tranquilizar a unas mentes superficiales, pero que, pese a las apariencias, constituyen su verdadero peligro: no tienen un objetivo definible. A lo largo de la historia humana se puede comprobar que los conflictos más encarnizados son, con diferencia, aquellos que no tienen objetivo. Esta paradoja, bien mirada, es quizá una de las claves de la historia; no hay duda de que es la clave de nuestra época.


SIMONE WEIL


La palabra que aparece, Enrique Díaz Alvarez, p. 67

Los fusilamientos y las expediciones punitivas de su propio bando la habían decepcionado especialmente. Había descubierto que el término «fascista» era convenientemente elástico. Narra, por ejemplo, la arbitrariedad con que los republicanos ejecutaban a panaderos y presuntos combatientes de quince años. Cuenta cómo unos compañeros milicianos le explicaron entusiasmados que habían capturado a dos sacerdotes; a uno lo mataron allí mismo de un disparo y al otro, que lo había visto todo, le dijeron que podía marcharse. Luego, a los veinte pasos, lo abatieron por la espalda. Con una mezcla de incredulidad e indignación, Weil apunta en su cuaderno: «El que me contaba la historia se asombró mucho de no verme reír.»

Esta clase de abusos no solo orillaron a Simone Weil a denunciar los excesos del bando republicano, sino también a repensar la naturaleza misma de la guerra. Más-que escandalizarse por las sangrientas batallas o las cifras de la masacre, le trastorna ver la indiferencia «con respecto al hecho de matar a alguien». Intuye que lo esencial de la guerra está ahí, en la apatía que, observa continuamente entre sus mismos compañeros de lucha. Le asombra que ni siquiera los intelectuales «blandos e inofensivos» que combatían y paseaban a su lado expresasen la menor repulsión, desagrado o rechazo por toda aquella sangre inútilmente derramada.

También le indigna descubrir que los míseros y dignísimos campesinos de Aragón, por los que ella había acudido a luchar, no suscitaban la menor curiosidad entre los milicianos. Le resultaba insoportable comprobar cómo, allí mismo, en el frente, se reproducían las desigualdades contra las que supuestamente buscaban enfrentarse. En realidad, aquella indiferencia ponía de manifiesto el abismo que separaba a  los combatientes de la población desarmada: una brecha «semejante a la que separa a los pobres de los ricos».


WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia