Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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LA VEJEZ


Nada que temer, Julian Barnes, p. 240

La sabiduría es la virtuosa recompensa de quienes examinan pacientemente el funcionamiento del corazón y el cerebro humanos, procesan la experiencia y adquieren de este modo una comprensión de la vida: ¿no es así? Pues Sherwin Nuland, sabio tanatólogo, tiene algo que decir a este respecto. ¿Prefieres la buena noticia antes o después de la mala? Un táctico juicioso siempre prefiere la buena antes: podrías morirte antes de oír la mala. La buena es que, en efecto, a veces nos volvemos más sabios cuando envejecemos. Y he aquí la mala noticia (más larga). Todos sabemos demasiado bien que nuestro cerebro se desgasta. Por muy frenéticamente que sus partes componentes se renueven, las células del cerebro (como los músculos del corazón) tienen una fecha de caducidad limitada. Por cada decenio de vida después de los cincuenta años, el cerebro pierde el dos por ciento de su peso; también adquiere una tonalidad amarillo-cremosa: «incluso la senilidad tiene un código de color». El área motora de nuestra corteza frontal perderá del veinte al cincuenta por ciento de sus neuronas, el área visual el cincuenta por ciento y la parte física sensorial más o menos el mismo porcentaje. No, esto no es lo malo. Lo malo viene incluido en una parte relativamente buena: la de que las funciones intelectuales superiores del cerebro se ven mucho menos afectadas por esta morbosidad celular generalizada. En efecto, «algunas neuronas corticales » parecen hacerse más abundantes después de la madurez, y hay incluso evidencia de que los ramales filamentosos -las dendritas- de muchas neuronas siguen creciendo en los viejos que no sufren Alzheimer.


DE LA VEJEZ


Se mía, Richard Ford, p. 108

"En cuanto vislumbramos los límites de nuestra existencia, se desvanece el sueño que nos llevó a creer que disponíamos de infinitas posibilidades: la comodidad, la ociosidad, tomarse las cosas a la ligera."

Leí esto de madrugada, segundos después de las 2.46, en el Hilton de Sioux Falls, con mi hijo profundamente dormido en la cama contigua. A menudo, cuando me despierto a esa hora, pienso en lo lejos que estoy de mi primer despertar -2.46, Biloxi, 1945- y me maravillo de la vida transcurrida entre esos dos momentos: llena de comodidad, ociosidad y cosas tomadas a la ligera. El viejo Heidegger solo escribía sol sobre el ser humano (aunque alemán), pero dio con una expresión bastante exacta de mi situación y la de mi hijo, juntos en la gran franja central del país. Nuestro dilema humano no es tan único como podría pensarse, sino parecido al de todos. Lo que significa que ser viejo es exactamente igual que tener una enfermedad mortal, al menos en la medida en que yo no estoy más dispuesto que mi hijo a renunciar a la comodidad, a la ociosidad y a tomarme las cosas serias a la ligera.


VEJEZ


Los úlitmos días de Roger Federer,  Geoff Dyer, p. 160

Una cosa es verme desplazado hacia los márgenes del mercado sexual, pero sentir que he quedado permanentemente excluido es una perspectiva terrible. Lo único peor es haberte autoexpulsado de ese mercado con el argumento de que, dado que nadie en su sano juicio podría sentirse atraído por ti, lo mejor para todos los implicados es que dejes de tener cualquier contacto sexual con el mundo, cualquier identidad sexual. Pero incluso si se evita este escenario del peor de los casos, hay muchos otros escenarios que se deben evitar, algunos de los cuales son incluso peores. ¿No es mejor optar por la jubilación anticipada que arriesgarse a que se te aplique el temible epíteto de «asqueroso»? «Asqueroso» es como el tinte utilizado para evitar que la gente vote dos veces en las elecciones, o para hacer inservibles los billetes de banco robados. Solo con que te llamen asqueroso una vez, ya te comportas como un tipo asqueroso. Así que tienes que vigilarte. Pero aquí está el tema. Un interludio de autorreflexión (¿me porto como un asqueroso?) es suficiente para arrojar una sombra de asquerosidad sobre todo lo que haces y dices. Ahí estás por la mañana siendo encantador y divertido, ni siquiera flirteando, con la atractiva mujer de poco más de treinta años que despacha en la panadería, y por la tarde eres un asqueroso. ¿Por qué? Debido a esa ligera vacilación, a ese interrogante - «No me he portado como un asqueroso, ¿verdad? »- que sentiste de vuelta a casa, mientras agarrabas la baguette aún caliente. La preocupación por evitar una posible asquerosidad puede volverte asqueroso. ¿Como sucedió esto? Como todo lo demás, es algo que se acerca sigilosamente.


VECINOS


La vida a ratos, Juan José Millás, p. 75
LUNES. Me cuentan la historia de dos ancianos que viven solos en pisos contiguos. Un anciano y una anciana, para ser exactos. Ambos se quedaron viudos el mismo año, hace cinco. Cada uno acompañó al otro cuando el fallecimiento de su cónyuge. Los velaron en el mismo tanatorio, el de la M-30 de Madrid, aunque en salas distintas. No lo hicieron por amistad, sino por vecindad. Llevan toda la vida en el mismo edificio, vieron crecer a sus respectivos hijos y los vieron irse de casa. De pequeños, esos hijos jugaron juntos en el patio del bloque, lo que aproximó a los padres durante una época. Cuando los hijos tomaron rumbos distintos, los padres regresaron a los buenos días y a las buenas tardes de siempre. No intimaron nunca, no tuvieron problemas de vecindad tampoco, eran gente educada y poco ruidosa. Vivían en dimensiones diferentes de la realidad, separadas por el tabique que dividía sus casas.
Y bien, solos y viudos, continuaban guardando la relación distante de siempre. Pero empezaron a comunicarse secretamente a través de las cisternas de sus respectivos cuartos de baño. Cuando ella tiraba de la cadena de la suya, él esperaba unos segundos y tiraba de la propia. Poco a poco, sin hablarse, establecieron un código marcado por estas descargas de agua. Siempre que él hacía sonar su cisterna, ella hacía sonar la suya, y al revés. De este modo, cada uno sabía que el otro estaba vivo.
Un día, a las diez de la mañana, él usó su retrete y accionó el mecanismo. Tras esperar primero unos segundos y luego unos minutos, le extrañó no escuchar la respuesta del piso de aliado. Estuvo inquieto toda la mañana y hacia el mediodía, antes de calentar los garbanzos de lata que había seleccionado para comer, volvió a tirar de la cadena sin obtener respuesta. Dudó    media hora más y llamó al 112.
-Creo que a mi vecina le ha pasado algo -dijo.
No se atrevió a explicar en qué basaba su suposición, pero insistió tanto que la Policía Municipal se acercó. Tras llamar varias veces al timbre sin obtener respuesta ni escuchar movimiento alguno al otro lado, avisaron a los bomberos, que manipularon la cerradura y entraron en el piso, donde hallaron a la mujer muerta en el pasillo. Parece ser que venía de la cocina y se dirigía al cuarto de baño, quizá para contestar a su vecino.

SENILIDAD

Imposturas, John Banville, p. 22
Me levanté del sofá y regresé al dormitorio, donde me sobresaltó descubrir que ya había hecho una maleta. Debí de hacerla a primera hora de la mañana, cuando estaba borracho. No me acordaba. Recordé haber llamado a la compañía aérea, y mi sorpresa ante el hecho de que no me respondiera una máquina, sino una voz humana totalmente despierta y jovial hasta lo irritante -no puedo adaptarme a la creciente diurnidad del mundo-, pero después de eso sólo me venía el vacío borroso y un tanto zumbante del sueño ebrio. A lo mejor no era sólo el bourbon, me dije; a lo mejor es que se me iba la cabeza. ¿Cómo podía detectarse la intrusión de la senilidad, cuando lo que ataca es la propia facultad de detectar algo? ¿Habría intervalos en los que la cosa remitiría, destellos de terrible claridad en medio del farfullar sin sentido, momentos de tembloroso reconocimiento ante el espejo, en los que contemplarías con unos ojos llenos de horror la pechera de la camisa babeada, la bragueta manchada de meado? Probablemente no; probablemente entraría en la senilidad sin darme cuenta de nada. La aparición de la extrema vejez, tal como yo la experimento, es un proceso gradual de acumulación, como cuando se posa lentamente algo suave y gris, como el polvo de una casa desatendida, bajo el cual se vuelven borrosos los perfiles antaño nítidos de mi ser. También existe un proceso opuesto, mediante el cual las cosas se vuelven rígidas e inamovibles: mis heces se convierten en lingotes de hierro caliente, mis articulaciones se secan hasta chirriar una con otra como piedra pómez, dejando mis uñas de los pies duras como un asta. Las cosas del mundo, los objetos supuestamente inanimados, se unen en una conspiración contra mí. Dejo las cosas donde no toca, las pierdo: mis gafas, el libro que estaba leyendo hace un momento, la cajita de plata para las pastillas de mamá Vander -aquí está de nuevo ese bibelot- que conservé como talismán durante más de medio siglo pero que ahora parece haber desaparecido, extraviada en una grieta del tiempo. Caen sobre mí los objetos de las estanterías superiores, los muebles se plantan en mi camino. Me corto repetidamente, con la navaja de afeitar, el cuchillo de la fruta, las tijeras; al menos una vez por semana acabo encorvado sobre el lavamanos, quitándole el envoltorio con los dientes a una tirita mientras la sangre de un dedo cortado gotea con estremecedora vulgaridad sobre la porcelana. ¿No son estos contratiempos de un orden diferente de los anteriores? 

ENVEJECER

EXtinción, DF Wallace, p. 265-266
Antaño voluptuosa hasta un extremo casi rubensiano, el tipo de envejecimiento o ajamiento de Hope se ha establecido siguiendo un proceso de “encogimiento” o desecación: la piel se le endureció y adquirió un aspecto correoso en algunos puntos, el oscurecimiento de su piel se volvió permanente y sus dientes, tendones del cuello y articulaciones de las extremidades se volvieron protuberantes de una forma en que nunca antes lo habían sido. En resumen, su semblante general había adquirido un aspecto lupino o depredador, y el que antaño había sido el célebre •centelleo• de sus ojos se había convertido en simple avidez. (Nada de todo esto es, por supuesto, de ninguna forma sorprendente o antinatural: el aire y el tiempo se habían limitado a hacerle a mi mujer lo que también le •hacían• al pan y la ropa tendida a secar. Ciertamente, todos tenemos que hacernos a la idea de nuestra problemática actuarial, por así decirlo, de la cual el «nido vacío» es un mojón realmente nítido en el camino.) La realidad natural pero a pesar de todo terrible -aunque nunca se habla de ello en ninguna unión viable, con el paso del tiempo- es que, en aquel punto de nuestro matrimonio, Hope ya carecía de sexo de jacto o en un sentido práctico, como se suele decir ya era vino pasado o avinagrado, y de alguna forma esto se veía agravado o acentuado, por culpa de su escrupulosa devoción al cuidado de sí misma y a los desiderata juveniles, al igual que tantas de las integrantes desecadas o bien hinchadas de su círculo de amistades y de las esposas y divorciadas de los clubes de Lectura y de Horticultura que habitualmente se congregaban alrededor de la piscina del Club Raritan durante la temporada de verano estaban obsesionadas por lo mismo: las clases de Ejercicio y los regímenes calóricos, los emolientes y los tonificantes, el yoga, los suplementos alimentarios, el bronceado o (aunque casi nunca se mencionaban) los «pasos por el quirófano» o procedimientos quirúrgicos: todo ese voluntarioso aferrarse a la misma vivacidad núbil o de virgo intacta del cual sus hijas sin saberlo constituían una burla mientras iban floreciendo en los últimos años. (De hecho, pese a su brío y a su esprit fort naturales, a menudo resultaba demasiado fácil  notar el dolor en los ojos de Hope y en su boca fruncida o •agarrotada• cuando contemplaba o se encontraba dentro del ámbito del reciente, cada vez más maduro y atractivo círculo de edad de nuestra Audrey, una tristeza ajada que luego se transfería o proyectaba con facilidad pasmosa en forma de ira contra mí simplemente por tener ojos en la cara con los que ver las cosas y resultar naturalmente afectado por ellas.) A uno le resulta, de hecho, dificil considerar una coincidencia el que todas aquellas chicas e hijas florecientes fueran, casi sin excepción, mandadas a universidades de otros estados, ya que con cada año que pasaba la mera imagen física de aquellas chicas se convertía en una reprimenda viviente a sus madres.

VEJEZ

El mal de Montano de E.Vila-Matas, p.241
Quiero adentrarme a fondo en la irrealidad, huir de tanto odioso fantasma, de tanta falsificación y mascarada, huir de una realidad que ya no tiene sentido. “Uno no se vuelve viejo en el curso de una tarde” comentaba John Cheever en sus diarios, lo decía a propósito de su cuenco EL nadador, donde el protagonista cruzaba piscinas en el transcurso de unas horas que acababan convirtiéndose en meses, y finalmente en años, volvía a su hogar convertido en un anciano. “Pero bueno, juguemos un poco”, recuerdo que añadía Cheever. Ustedes han podido ver cómo, sin embargo, sí es perfectamente posible volverse viejo en el tiempo que dura una conferencia sobre el diario personal como forma narrativa. Ustedes han podido presenciar mi desagradable mutación, y saben que es lógico que me encuentre de malhumor. Voy a salir de este Museo de Literatura veinte años más viejo, me he transformado en uno de esos ancianos terribles y muy peligrosos de los que hablaba Macedonio Fernández en una de sus notas.

George Sand ya había hablado de este fenómeno de envejecer en directo, a la vista de todo el mundo. En una de sus novelas habla de un salón francés en el que observa los gestos y las muecas de la trasnochada aristocracia y ve a todos los ancianos aristócratas envejecer ah! mismo. Y Marcel Proust utiliza esa idea para su Recherche. Y ahora se diría que la idea me ha utilizado a mí, pues como todos ustedes han podido perfectamente apreciar -y ello ha constituido el espectáculo esencial de esta conferencia-, se me ha visto esta noche envejecer aqul mismo, a la vista de todos. Me sabe mal por ustedes, que se han desplazado a este Museo para oír una conferencia y han acabado asistiendo al espectáculo de un pobre cornudo que ha envejecido veinte años en dos horas
En la imagen fotograma de El tiempo recobrado de Raúl Ruiz

DELA VEJEZ FEMENINA

De La hermana de Katia de Andrés Barba, p. 79
Fue ella quien, dos días después, acompañó a la abuela al médico. La sala era blanca, fría y tenía un olor que nunca había probado antes; una mezcla entre limpiasuelos y vejez, olor de carne anciana, de pechos caídos, de manos que tiemblan. Mientras esperaban ella pensó que los hombres no eran  iguales que las mujeres cuando llegaban a viejos porque mientras ellos gruñían o miraban a las enfermeras con sus uniformes blancos y sus ruidosos zuecos, ellas parecían fantasmas, sombras.
Mientras a ellos no había nada que les emparentase, entre ellas había algo en común; rodas, si se levantaban, caminaban en silencio, como si no quisieran molestar a nadie, todas, hasta la abuela, parecían sombras de las que fueron, porque fueron mujeres, y tenían aún los gestos que adoptaron cuando eran jóvenes, coqueterías anacrónicas de horquillas de niña, vestidos que aún eran cuidadosamente planchados, ese terror al sucio con que una mujer que había sido limpia toda su vida -como la abuela- temía casi más que a la misma muerte, o al abandono, o a la soledad, como si dijeran muertas antes que sucias, muertas antes que apestando a viejas, por eso había también un olor intenso a colonia en la sala de espera entre el olor, las toses y los tembleques de los hombres cuando cruzaba alguna enfermera. Una voz pronunció el nombre de la abuela, ella gritó: «¡Aquí!» Y cuando le puso la mano para ayudarla a levantarse la abuela se la quitó de en medio

DE LA VEJEZ

De Todo lo que hay de James Salter, p.219-220
Permanecieron un rato en silencio. -Todo es muy complicado -dijo Beatrice-. Me cuesta mucho hacer las cosas. No sé por qué. Cuando morimos -añadió-, ¿qué crees que pasa?
-No vas a morir.
-Ya lo sé, pero ¿qué crees que pasa?
-Algo maravilloso.
-Oh, Philip, sólo tú podrías decir una cosa así. ¿Sabes lo que creo?
-¿Qué?
-Que al final ocurre lo que piensas que va a ocurrir .
Bowman admitió que eso era cierto.
-Sí, tienes razón. ¿Y qué piensas que va a ocurrir?
-Me gustaría creer que voy a estar en un sitio muy hermoso.
-¿Como cuál?
Beatrice vaciló.
-Como Rochester -dijo, y se echó a reír.

Su capacidad de atención se redujo cuando le dieron el alta, sólo se hallaba en la realidad durante breves períodos. También empezó a sentir miedo. A Dorothy le costaba mucho hacerse cargo de su hermana y todo indicaba que las cosas iban a empeorar. La idea de internar a su madre en una residencia repugnaba a Bowman, equivalía al abandono. En las residencias acababan los ancianos a quienes nadie quería cuidar. Una vez allí no tenían nada, tan sólo esperaban o arrastraban los pies por los pasillos o cabeceaban inertes transportados en silla de ruedas. Y así pasaban los años. Beatrice podía estar exhausta, deprimida, pero no era como ellos. Se había hecho mayor, pero nunca acabaría de esa manera. Eso era peor que la muerte. Como ella le había dicho, ocurre lo que piensas que va a ocurrir. Y eres tú mismo hasta el final, hasta el último instante. En una residencia, todo lo que uno cree queda atrás.

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