Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta Bernhard Thomas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bernhard Thomas. Mostrar todas las entradas

INCIPIT 1.299. EL MALOGRADO / THOMAS BERNHARD


                                                   Un suicidio largo tiempo calculado, pensé,

                                                    no un acto de desesperación espontáneo.

También Glenn Gould, nuestro amigo y el más importante virtuoso del piano de este siglo, llegó solo a los cincuenta y un años, pensé al entrar en el mesón.

Sólo que él no se mató como Wertheimer sino que, como suele decirse, murió de muerte natural. Cuatro meses y medio Nueva York y, una y otra vez, las Goldbergvariationen y Die Kunst der Fuge, cuatro meses y medio Klavierexerzítien, como decía Glenn Gould, una y otra vez, sólo en alemán, pensé.

Hacía exactamente veintiocho años habíamos vivido en Leopoldskron y estudiado con Horowitz, y (por lo que se refiere a Wertheimer y a mí, pero no, como es natural, a Glenn Gould) habíamos aprendido más de Horowitz, durante un verano totalmente echado a perder por la lluvia, que en los ocho años anteriores de Mozarteum y Wiener Akademie. Horowitz había dejado a todos nuestros profesores nulos y sin efecto. Pero aquellos profesores horribles habían sido necesarios para comprender a Horowitz. Durante dos meses y medio llovió ininterrumpidamente, y nos habíamos encerrado en nuestras habitaciones de Leopoldskron y trabajamos día y noche


GLENN GOULD


El malogrado, Thomas Bernhard, p. 82

Al principio nos había espantado ver las esculturas, aquel monumentalismo estúpido de mármol y granito, y Wertheimer, sobre todo, había retrocedido, pero Glenn había afirmado en seguida que las habitaciones eran las habitaciones ideales y, a causa de los monumentos, todavía más ideales para nuestro objeto. Las esculturas eran tan pesadas, que fracasábamos al intentar mover la más pequeña, nuestras fuerzas no bastaban y, sin embargo, no éramos debiluchos, los virtuosos del piano son personas fuertes con una resistencia inmensa, muy en contra de la opinión general. Glenn, al que todos creen, todavía hoy, de la constitución más débil imaginable, era un tipo atlético. Hundido ante el Steinway y tocando, parecía un inválido, y así lo conoce todo el mundo musical, pero todo el mundo musical sufre un engaño completo, pensé. A Glenn se le describe, en todas partes, como inválido y debilucho, como alguien espiritualizado, al que sólo se concede la invalidez y la hipersensibilidad que hace causa común con esa invalidez, pero era realmente un tipo atlético, mucho más fuerte que Wertheimer y yo juntos, eso lo habíamos vuelto a ver en seguida cuando se puso a cortar, con sus propias manos, un fresno que había ante su ventana y que, como él mismo lo expresó, le estorbaba para tocar el piano. Serró el fresno, que tenía un diámetro de medio metro al menos, él solo, no nos dejó acercarnos en absoluto al fresno, troceó también en seguida el fresno y apiló los troncos contra la pared de la casa, el típico norteamericano, había pensado yo entonces, pensé. Apenas había serrado Glenn el fresno que, al parecer, le estorbaba, había tenido la idea de correr sencillamente las cortinas de su habitación, y de bajar las persianas. Hubiera podido ahorrarme cortar el fresno, dijo, pensé.


AFORISMOS


El malogrado, Thomas Bernhard, p. 70

El era un escritor de aforismos, hay innumerables aforismos de él, pensé, hay que suponer que los aniquiló, escribo aforismos) decía una y otra vez, pensé, se trata, desde mi punto de vista, de un arte mediocre, fruto de la falta de aliento espiritual, del que ciertas personas, sobre todo en Francia, han vivido y viven, los llamados semifilósofos para mesillas de noche de enfermeras, podría decir también filósofos de calendario para todos y cada uno, cuyas máximas leemos con el tiempo en todas las paredes de las salas de espera de los médicos; y tanto los llamados negativos como los llamados positivos son igualmente repugnantes. Sin embargo, no he podido quitarme esa costumbre de escribir aforismos, en definitiva me temo que son ya millones los que he escrito, decía, pensé, y haría bien en comenzar a aniquilarlos, porque no tengo la intención de que un día se empapelen con ellos las salas de hospital y las paredes de las rectorías, como con Goethe, Lichtenberg y compinches, decía, pensé. Como no he nacido para filósofo, me he convertido, de forma no totalmente inconsciente, tengo que decir, en aforístico, en uno de esos repulsivos participantes en la Filosofía, de los que hay a millares, decía, pensé. Con ocurrencias muy pequeñas, aspirar a efectos muy grandes, y engañar a la Humanidad, decía, pensé. En el fondo, no soy otra cosa que uno de esos aforísticos que son un peligro público y, que con su ilimitada falta de escrúpulos y su incurable frescura se mezclan con los filósofos como los ciervos volantes con los ciervos, decía, pensé. Si no bebemos, nos morimos de sed, si no comemos, nos morimos de hambre, de esas sabidurías parten todos esos aforismos, a no ser que sean de Novalis, pero también Novalis dijo muchos disparates, según él, pensé. En el desierto estamos sedientos de agua, algo así dice la máxima de Pascal, según él, pensé. Mirándolo bien, de los mayores proyectos filosóficos no nos queda más que un lamentable regusto aforístico, decía, da igual de qué filosofía se trate, da igual de qué filósofos, todo desmigajado, si lo abordamos con todas nuestras capacidades, lo que quiere decir con todos nuestros instrumentos espirituales, decía, pensé.


MEDICACION


Hormigón, Thomas Bernhard, p. 63

Nos asquea la química, me dije, a media voz, como me he acostumbrado a hacer a causa de estar mucho solo, pero al fin y al cabo debemos a esa química, que odiamos más que cualquier otra cosa en el mundo, nuestra vida, nuestra existencia, sin esa maldita química nos habrían arrojado ya desde hace decenios al cementerio o a donde fuera, en cualquier caso no estaríamos ya en este mundo. Después de que a los cirujanos no les queda ya nada que cortarme, dependo completamente de esos medicamentos, y cada día doy las gracias a Suiza y a sus industrias del lago Leman de que existan y, gracias a ellas, yo, lo mismo que probablemente millones de personas, deben cada día su vida y su existencia, por miserable que sea, a esas gentes, hoy denigradas por todos más que cualesquiera otras, de las cajas de cristal de las proximidades de Vevey y Montreux. Como casi roda la humanidad está hoy  enferma y depende de medicamentos, haría bien en pensar que, en la más alta medida, depende al fin y al cabo exclusivamente de esa química que tanto condena. Desde hace tres decenios por lo menos no existiría yo, y no hubiera visto ni vivido todo lo que en estos treinta años he visto y vivido, y en el fondo me aferro  a todo eso que he visto y vivido con todo mi corazón y con toda mi alma. Pero el hombre está hecho precisamente de tal modo que lo que más maldice es lo que lo mantiene y, en general, lo mantiene con vida. Devora las pastillas que lo salvan y desfila a cada instante, con estúpido impulso condenatorio, por las grandes ciudades, hoy degeneradas, para manifestarse precisamente en contra de esas pastillas que lo salvan; actúa continuamente, y como es natural instigado continuamente a ello por los políticos y su prensa, de forma vociferante y en cualquier caso sin pararse siquiera a pensar, en contra de los que lo mantienen vivo. Yo mismo se lo debo todo a la química, por decirlo con una sola frase, desde hace treinta años. Después de esa comprobación, guardé mi bolsa de medicamentos, y por cierto, en la llamada maleta intelectual, no en la maleta de la ropa.


ANIMALES


Hormigón, Thomas Berhard, p. 42

El llamado amor a los animales ha causado ya tantas desgracias que, si pensáramos realmente en ello con la mayor intensidad, quedaríamos al instante aniquilados de espanto. No es tan absurdo como parece a primera vista que yo diga que el mundo debe sus guerras más horribles al llamado amor a los animales de sus dominadores. Todo eso está documentado y habría que aclarar de una vez ese hecho. Esas gentes, políticos, dictadores, están dominadas por un perro y por ello precipitan a millones de personas en la desgracia y la degeneración, aman a un perro y maquinan una guerra mundial en la que, por ese perro, mueren millones. Solo hay que pensar en qué aspecto tendría el mundo si una vez, ese llamado amor al prójimo se redujera por lo menos a algún porcentaje ridículo, en beneficio del amor al prójimo que, como es natural, tan solo se llama así. La pregunta no puede ser, tengo un perro o no tengo un perro, partiendo de mi mente no estoy en absoluto en condiciones de tener un perro, que además, como me consta, hay que cuidar y atender de forma intensa, como a cualquier ser humano, que hay que cuidar y atender más de lo que yo mismo exijo, pero la Humanidad, incluidas todas las partes del mundo, no encuentra nada raro en cuidar más y atender mejor a los perros que a sus semejantes, en efecto, cuida más y atiende mejor todos esos miles de millones de casos de perros que a ella misma. Me permito calificar un mundo así de perverso y en el más alto grado inhumano y totalmente loco. Si estoy aquí, el perro está también aquí, si estoy allá, el perro está también allá. Si el perro tiene que salir, tengo que salir con el perro, etcétera. No tolero la comedia del perro, que diariamente, cuando abrimos los ojos y no nos hemos acostumbrado aún a la ceguera diaria, podemos ver. En esa comedia del perro, aparece un perro que molesta a un ser humano, lo explota y, en el curso de varios o pocos actos, expulsa a su inocente humanidad. La losa sepulcral más alta y más cara y realmente más preciosa que jamás se ha levantado en el curso de la Historia fue levantada, al parecer, para un perro. No, no en América, como habría que suponer, sino en Londres. Ver claramente otra vez  ese hecho basta para mostrar al hombre en su auténtica luz de perro. La realidad es que, en este mundo, la cuestión no es ya desde hace tiempo hasta qué punto es uno humano sino hasta qué punto es canino, pero hasta hoy, cuando, en el fondo, si hubiera que hacer honor a la verdad, donde habría que decir realmente hasta qué punto es canino el hombre, se dice hasta qué punto es humano. Y eso es lo repelente. Tener un perro no se me plantea. Si por lo menos tuvieras un perro, dijo mi hermana inmediatamente antes de irse. No por primera vez, es una de esas observaciones con que, desde hace años, me irrita. ¡Por lo menos un perro! Yo no necesito perro, tengo a mis amantes, según ella. Una vez, por capricho, como creo, renunció a sus amantes y tuvo un perro, tan pequeño que, al menos en mi fantasía, hubiera podido meterse bajo sus zapatos de tacón alto. Le gustaba lo grotesco del hecho y encargó para el perro, que no merecía en absoluto ese calificativo, un abrigo de terciopelo con ribete dorado. En el Sacher admiraron el perro, y eso le resultó a ella tan repugnante que le regaló el animal a su ama de llaves, la que por su parte, naturalmente, lo regaló a su vez.


INCIPIT 1.147. HORMIGON / THOMAS BERHARD


De marzo a diciembre, escribe Rudolf, mientras, como hay que decir en este contexto, tenía que tomar grandes cantidades de Prednisolon para combatir mi morbus boeck, por tercera vez agudizado, reuní todos los libros y escritos imaginables de y sobre Mendelssohn Bartholdy, y fui a todas las bibliotecas imaginables e inimaginables, para conocer a fondo a mi compositor favorito y su obra y, ésa era mi pretensión, con la más apasionada seriedad por una empresa como la redacción de un trabajo bastante importante, científicamente irreprochable, ante el que realmente había sentido ya el mayor de los miedos todo el invierno anterior, mi propósito había sido estudiar de la forma más cuidadosa todos esos libros  y escritos y solo entonces, por fin, después de esos estudios profundos, adaptados a su objeto, precisamente el veintisiete de enero a las cuatro de la mañana, poder abordar ese trabajo mío que, según creía, dejaría muy atrás y por debajo todas las publicaciones y no publicaciones escritas por mí hasta entonces en relación con la llamada musicología, proyectado ya desde hacía diez años, pero una y otra vez no realizado, después de la partida, fijada para el veintiséis, de mi hermana, cuya presencia durante semanas en Peiskam había aniquilado inmediatamente en sus comienzos hasta el menor pensamiento de emprender mi trabajo sobre Mendelssohn Bartholdy. La tarde del veintiséis, cuando mi hermana se había ido real y finalmente, con todos los honores derivados  de sus enfermizas ansias de dominio y de esa desconfianza suya que devora sobre todo a ella misma, pero por otra parte la reanima a diario, hacia todo y en primer lugar hacia mí, y los horrores resultantes, recorrí varias veces la casa respirando, para ventilarla bien de una vez y finalmente, teniendo en cuenta el hecho de que a la mañana siguiente sería veintisiete, me puse


THOMAS BERNHARD

Tiene que llover, KO Knausgard, p. 534-535
En una ocasión fue la novela Extinción, de Thomas Bernhard, era estremecedora, tan fría como clara, y giraba todo el tiempo en torno a la muerte; los padres y la hermana del protagonista mueren en un accidente de coche, él va a casa a enterrarlos, lleno de odio, como todos los personajes de Bernhard, pero en este libro había una objetividad que no había visto antes en él, era como si las circunstancias apareciesen, como si fueran tan sobrecogedoras y poderosas que sustituyeran a los airados y odiosos monólogos, que la muerte convirtiera en insignificantes incluso el mayor de los odios y la más intensa rabia, en cierto modo se estableció dentro de él, y era frío, duro y despiadado, pero también hermoso, todo surgido a ese ritmo insistente y minucioso de Bernhard, que se iba metiendo dentro de mí mientras leía, y que continuaba incluso después de haber dejado el libro y haberme puesto a mirar por la ventanilla la nieve que acababa de caer sobre el brezo, el do salvaje que se lanzaba desfiladero abajo, y pensé, tengo que escribir así, puedo escribir así, sólo hace falta escribir, no es ningún arte, y empecé a formular el comienzo de una novela en la cabeza, al ritmo de Bernhard, y salió bien, una nueva frase y otra más, el tren volvió a ponerse en marcha con una sacudida, y yo pensaba en una frase tras otra, las cuales habían desaparecido por completo cuando aquella tarde me senté delante del ordenador. Las frases que había pensado estaban llenas de vida y fuerza, las que vi en la pantalla estaban muertas y vacías. 

SOBRE WITTGENSTEIN

De El sobrino de Wittgenstein, de Thomas Bernhard, p.92-93
Un multimilIonario como maestro de aldea es sin duda una perversi6n, ¿no crees?, dijo Pau!. Hasta hoy no sé nada de la verdadera relación entre Paul y su tia Ludwig. Tampoco le pregunté nunca nada al respecto. Ni siquiera sé si los dos se encontraron  nunca. Sólo sé que Paul  defendía siempre a su tia Ludwig cuando la familia Wittgenstein caia sobre él, cuando se burlaba del filósofo Ludwig Wittgenstein, que, por lo que yo sé, les resultó penoso durante toda la vida. Ludwig Wittgenstein fue siempre para ella, lo mismo que Paul Wittgenstein, un bufón, al que el extranjero, que siempre ha prestado oidos a lo excéntrico, engrandeció. Sacudiendo la cabeza se divertian por el hecho de que el mundo se dejase engañar por los bufones de su familia, de que aquel inútil se hiciera de pronto célebre en Inglaterra y se convirtiera en una eminencia intelectual. En su arrogancia, los Wittgenstein rechazaron sencillamente a sus filósofos y no les tuvieron el menor respeto, sino que los castigaron, hasta hoy, con su desprecio. Lo mismo que en Paul, hasta hoy no ven en Ludwig más que un traidor. Lo mismo que a PauI, eliminaron también a Ludwig. Lo mismo que, mientras existió, se avergonzaran de su Paul, se han avergonzado hasta hoy de su Ludwig, ésa es la verdad, y ni siquiera la celebridad, entretanto considerable, de Ludwig ha podido conmover su desprecio habitual hacia el filósofo, en un pais en el que, al fin y al cabo, Ludwig Wittgenstein no cuenta hasta hoy casi para nada y en el que, hasta hoy, casi nadie lo conoce. Los vieneses, ésa es la verdad, ni siquiera han reconocido hoy a Sigmund Freud, en efecto, ni siquiera han tomado nota de él, ésa es la realidad, porque para eso son demasiado pérfidos. No ocurre otra cosa con Wittgenstein. 

SOBRE LA PRENSA




De Trastorno de Thomas Bernhard, p.56
En casa del industrial tampoco había ningún libro, dijo mi padre; intencionadamente, no tenia en casa ninguno para no irritarse. Nada irrita más que los libros, dedo el industrial, cuando se quiere estar solo, cuando se debe estar solo. A su hermanastra, dijo mi padre, le permitía leer periódicos, entre ellos Le Soir y Aftonbladet, Le Monde y La Prensa, pero ninguno alemán. Sin embargo, incluso los periódicos extranjeros permitidos debían ser atrasados de un mes por lo menos: sin poder destructor, poéticos ya. 

CONTANDO LAS BALDOSAS AL ANDAR

De El sobrino de Wittgenstein de Thomas Bernhard , p.127-128
Como es natural, se trata, desde hace tiempo, de un estado enfermizo. Había otra obsesión más, que hay que clasificar igualmente  como enfermedad y que los dos teníamos en común: la llamada enfermedad de la numeración, que también tuvo Bruckner, sobre todo en los últimos años de su vida. Durante semanas, durante meses, por ejemplo, cuando voy en tranvía a la ciudad, me veo obligado, al mirar por la ventanilla, a contar los intervalos que hay entre las ventanas de los edificios, o las propias ventanas, o las puertas, o los intervalos entre las puertas, y cuanto más aprisa va el tranvía tanto más aprisa tengo que contar y no puedo dejar de contar hasta llegar al borde de la locura, según pienso. Por eso me he acostumbrado a menudo, para escapar a la enfermedad de la numeración, cuando voy en tranvía por Viena o por otra ciudad, a no mirar por la ventana y dirigir la vista sencillamente al suelo, 10 que sin embargo exige un enorme dominio, del que no siempre soy capaz. También mi amigo Paul tenía la enfermedad de la numeración, pero la tenía en una medida mucho mayor aún y, según me dijo a menudo, le hacía insoportable ir en tranvía. Y él tenía también la misma costumbre que a mí me ha arrastrado muy a menudo hasta el borde de la locura, la de no pisar las baldosas sobre las que se camina sencillamente sin pensar, como los demás, sino de acuerdo con un sistema muy exactamente establecido, como por ejemplo, exactamente después de dos baldosas enteras, pisar la tercera, y no poner tampoco el pie sencillamente sin pensar, más o menos sin ningún plan, en el centro de la baldosa, sino con la mayor precisión en su borde delantero o en el posterior, según. Para personas como nosotros dos, nada debía quedar por decirlo así a la casualidad o el abandono, sino que todo tenía que tener su geometría, simetría o matemática totalmente calculada. Yo observé en él desde el principio tanto la enfermedad de la numeración como la peculiaridad de no pisar los suelos de baldosas sin pensar, sino de acuerdo con un sistema exactamente preestablecido. Una y otra vez se dice que los contrarios se atraen, pero en lo que a nosotros se refiere fueron más bien las cosas en común, y teníamos cientos y miles, las que me llamaron muy pronto la atención en él, como a él en mí. Y teníamos tantos cientos y miles de predilecciones en común como cientos y miles de aversiones; muy a menudo nos atraían las mismas personas y nos repelían las mismas.

INCIPIT 373. TRASTORNO / THOMAS BERNHARD




En mil novecientos sesenta y siete, en la Baumgartnerhohe, una de las religiosas que  trabajaban allí, incansablemente, en el pabellón Hermann, me dejó sobre la cama Trastorno, que acababa de aparecer y que había escrito yo un año antes en Bruselas, en la rue de la Croix 60, pero no tuve fuerzas para coger el libro porque sólo hacía unos minutos que me había despertado de la anestesia de varias horas en que me habían sumido los médicos que me abrieron el cuello para poder extirparme del tórax un tumor del tamaño de un puño. Lo recuerdo, era la Guerra de los Seis Días y, como consecuencia del tratamiento radical con cortisona a que me habían sometido, se me puso cara de tuna, como querían los médicos

DE LOS SUICIDIOS EN LA JUVENTUD

De Trastorno de Thomas Bernhard, p. 52-53
Entre los estudiantes reinaba siempre cierta inquietud, dije, porque, mientras estudiaban, se encontraban en un espacio vado entre los padres que habían dejado y el mundo al que todavía no habían llegado, y siempre tendían más a volver a sus padres que a dirigirse al mundo. En ese espacio vacío se producía con frecuencia, repentinamente,  una catástrofe cuando creían comprender que ni podrían volver a sus padres ni entrar en el mundo. En los últimos seis meses, sólo en el internado, se hablan suicidado tres estudiantes. En ninguno de los tres se había podido observar hasta su muerte nada extraño en sus sentimientos o en su talante. Yo no habla pensado nunca en suicidarme, dije, pero mi padre dijo que la idea del suicidio le había sido siempre muy familiar. Ya de niño había buscado en esos pensamientos refugio de otros. Se le habían ocurrido de cuando en cuando, sólo como algo necesario para la vida, y los habla cultivado como algo en que poder descansar, pero nunca como algo inmanente. Los dos pensamos entonces en lo peligroso que era que mi hermana estuviese entregada constantemente ---quizá por completo- a la idea del suicidio: unas veces a la idea del suicidio y otras a intentos de suicidio. Ya de muy pequeña mostraba tendencias suicidas, y mi padre dijo que de un sentimiento concebido al principio teatralmente podía surgir luego un sentimiento natural que terminase en una catástrofe. 

EL CAMPO Y LA CIUDAD

Cuando estoy en el campo y no tengo ningún estímulo, se me atrofia el pensamiento, porque se me atrofia la cabeza entera, pero en la gran ciudad no tengo esa experiencia catastrófica. Las personas que se van de la gran ciudad y quieren mantener en el campo su nivel intelectual, como decía Paul, deben estar dotadas de un enorme potencial y, por consiguiente, de una increíble reserva de sustancia cerebral, pero también ellas se estancan más pronto o más tarde y se atrofian, y la mayoría de las veces, cuando se dan cuenta de ese proceso de atrofia, es ya demasiado tarde para sus fines, se extinguen irremisiblemente y, hagan lo que  hagan, de nada les sirve. Por eso también, durante todos esos años que duró mi amistad con Paul, me acostumbré al ritmo, que necesito para vivir, de alternar entre la ciudad y el campo, y tengo la intención de mantener ese ritmo hasta el final de mi vida, quince días al menos en Viena, quince días al menos en el campo. Porque tan deprisa como se empapa la cabeza en Viena, se vacía en el campo y en realidad se vacía en el campo más deprisa de lo que se empapa en Viena, porque el campo es siempre, en cualquier caso, más cruel con la cabeza y sus intereses de lo que puede serlo nunca la ciudad, lo que quiere decir, la gran ciudad. A un hombre de espíritu el campo se lo quita todo y no le da (casi) nada, mientras que la gran ciudad da ininterrumpidamente, sólo hay que verlo y, como es natural, sentirlo, pero son los menos los que lo ven, y tampoco lo  sienten, y por eso se ven atraídos de una forma repulsivamente sentimental por el campo, donde, en cualquier caso, se ven intelectualmente chupados, agotados incluso en el plazo más breve y, en fin y final de cuentas, conducidos a la ruina. En el campo no puede desarrollarse nunca el espíritu, sólo en la gran ciudad, pero hoy todos corren de la ciudad al campo porque, en el fondo, son demasiado cómodos para utilizar la cabeza, naturalmente puesta a prueba de una forma radical en la gran ciudad, ésa es la verdad, y prefieren extinguirse en una Naturaleza a la que,  sin conocerla, admiran sentimentalmente en su estúpida ceguera, a aprovechar las enormes ventajas de la gran ciudad y, sobre todo, de la gran ciudad de hoy, que con el tiempo y su historia aumentan y se multiplican de la forma más maravillosa, de lo que, probablemente, no son en absoluto capaces. Yo conozco ese campo letal y huyo de él, siempre que puedo, al precio de tener que vivir en una gran ciudad, llámese en fin de cuentas como quiera, sea tan fea como quiera, siempre será para mi cien veces mejor que el campo. 

INCIPIT 354. ¿LE GUSTA SER MALVADO? / THOMAS BERHARD



Fue en 1957, en la librería Gastl de Tubinga, que solía frecuentar también Siegfried Unseld y no sólo de estudiante, donde me saltó a los ojos el título monumental de un volumen de poemas que decía: Así en la tierra como en el infierno y, de color rojo sangre, campaba sobre una sobrecubierta de plástico lavable de un negro profundo. También figuraba en rojo sangre el nombre del poeta: Thomas Bernhard. Las poesías del joven Thomas Bernhard describían de una forma casi exageradamente exacta el estado de ánimo del chico de veinte años que era yo entonces, y aquello había que anunciarlo al mundo. Inesperadamente, en la revista  cautelosamente comunista Geist und Tat una redactora compasiva

FREUDIANA

De Sí, de Thomas Berhard, p.60.61
Si al principio había podido pensar' todavía en una curación de esa enfermedad, finalmente habría sido absurdo confiar en una curación así y tampoco la aparición de los Suizos significó la curación sino sólo un debilitamiento de mi estado morboso, lógicamente no la curación sino sólo la interrupción del proceso morboso, del que tengo que suponer que duraba ya años, lo mismo que ese proceso morboso dura todavía hoy y estoy seguro de que durará toda mi vida. Los Suizos habían producido un debilitamiento de los síntomas de mi enfermedad; la enfermedad misma, lógicamente, no habían podido curarla los Suizos tampoco, sin embargo los Suizos me habían salvado de mi absoluta incapacidad de movimiento; como si hubiera sospechado que aparecerían en casa de Moritz, había ido a casa de Moritz, nunca ocurre ni la casualidad más pequeña.

11 DE SEPTIEMBRE

Watten.
Un legado
A finales de septiembre recibí, por la venta de los terrenos de Ólling, que después de la muerte de mi tutor se habían repartido por mitad entre mi primo y yo, una suma de dinero bastante importante, que yo mismo no quería utilizar pero que, enseguida, quise dedicar a un buen fin, y de hecho, movido por la lectura de varios escritos de Undt, matemático y jurista, que se ocupaban todos de la situación, en cualquier caso sin salida, de los reclusos recién puestos en libertad, mi decisión de ofrecer en una breve carta a ese hombre, que no sólo con sus escritos, sino también directamente con su intervención personal, se ponía a la disposición de esos parias entre los hombres, siempre y con la mayor abnegación, la suma que me había llegado inesperadamente fue algo lógico. El 11 de septiembre le comuniqué a Undt, que, totalmente entregado a su tarea, se había establecido desde hacía años en el pequeño, insignificante, pero extraordinariamente conveniente para sus fines Gars del Kamp, mi decisión de poner a su disposición millón y medio, y el 13 recibí la siguiente respuesta:

De Relatos de Thomas Bernhard

FRASE DE LA SEMANA

Si somos sinceros, comprendemos que casi todas las conversaciones en que nos vemos metidos, sin que sepamos cómo ni por qué razón, son inútiles, siempre conversaciones que no son convenientes para nosotros, que sólo nos debilitan. En el momento oportuno tenemos que levantarnos de esas reuniones sociales, circunstancias y situaciones e irnos, como es natural, a un estar solos bastante largo, largo, siempre infinito, así Roithamer.
TB

INCIPIT 196. MIS PREMIOS / THOMAS BERNHARD

El Premio Grillparzer
Para la entrega del Premio Griliparzer de la Academia de Ciencias en Viena tuve que comprarme un traje, porque, dos horas antes del solemne acto, comprendí que no podía aparecer con pantalones y jersey en aquella ceremonia indudablemente extraordinaria, y en efecto tomé en el llamado Graben la decisión de ir al Kohlmarkt y vestirme de una forma debidamente solemne, y con ese fin fui a la tienda de caballeros, muy bien conocida por mí por haber comprado en ella varias veces calcetines y que llevaba el característico nombre de Sir Anthony, si bien recuerdo, eran las diez menos cuarto cuando entré en el salón de SirAntbony, la entrega del Premio Griliparzer debía tener lugar a las once y todavía tenía mucho tiempo. Mi intención era comprarme, aunque de confección, el me-

INCIPTI 154. AMRAS / THOMAS BERHARD

Después del suicidio de nuestros padres estuvimos encerrados dos meses y medio en la torre, en ese monumento característico de nuestro arrabal de Amras, al que sólo puede accederse a través del gran manzanar, hace unos años propiedad aún de nuestro padre, que asciende en dirección sur hacia el Urgestein.
Esa torre perteneciente a nuestro tío fue para nosotros, en esos dos meses y medio, un refugio que nos protegía de la intromisión de los hombres, que nos guardaba y escondía de las miradas de un mundo que sólo actúa y comprende siempre a partir del mal.
Sólo a la influencia de nuestro tío, el hermano de nuestra madre, tuvimos que agradecer que, en contra de la brutal reglamentación sani-

INCIPIT 136. RELATOS / THOMAS BERHARD

La gorra
Mientras que mi hermano, a quien se pronostica una carrera fabulosa, pronuncia en los Estados Unidos de América, en las universidades más importantes, conferencias sobre sus descubrimientos en el ámbito de la investigación de las mutaciones, de lo que hablan sobre todo las publicaciones científicas, también en Europa, con un entusiasmo francamente inquietante, yo, cansado de los innumerables institutos centroeuropeos especializados en cabezas enfermas, he podido instalarme en su casa, y le estoy muy reconocido por haber puesto el edificio entero a mi disposición, sin reserva alguna. Esa casa que yo nunca había visto antes, heredada de su mujer, fallecida súbitamente hace medio año, en las primeras semanas en que he podido vivir en ella, con mi predilección característica por esas casas antiguas que, con sus proporciones, es decir, con sus masa y equilibrios corresponden perfectamente a la armonía general y particular de la naturaleza, se ha convertido, en con-

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia