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Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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ADOLESCENCIA

Ordesa, Manuel Vilas, p. 54
Cuántas veces llegaba yo a mi casa, cuando tenía diecisiete años, y no me fijaba en la presencia de mi padre, no sabía si mi padre estaba en casa o no. Tenía muchas cosas que hacer, eso pensaba, cosas que no incluían la contemplación silenciosa de mi padre. Y ahora me arrepiento de no haber contemplado más la vida de mi padre. Mirar su vida, eso, simplemente. 
Mirarle la vida a mi padre, eso debería haber hecho todos los días, mucho rato.

ADOLESCENCIA

4321 de Paul Auster, p. 260
Luego cumplieron catorce, primero Amy en diciembre y luego él en marzo, y de pronto Ferguson se encontró habitando un cuerpo nuevo que escapaba a su control, un cuerpo que producía jadeos y erecciones espontáneas, la temprana fase masturbatoria en la que en su cabeza no cabía ningún pensamiento que no tuviese un tinte erótico, el delirio de convertirse en hombre sin los privilegios de serlo, desconcierto, consternación, caos incesante en su interior, y ahora siempre que miraba a Amy su primer y único pensamiento era cuánto quería besarla, lo que quizá pudiera decirse también de ella por el modo en que lo miraba, según  observaba Ferguson. Al anochecer de un viernes de abril, cuando Gil y su madre salieron a cenar al centro con unos amigos, Amy y él se encontraron solos en el apartamento del séptimo piso discutiendo la expresión besos de primos, que Ferguson no acababa de entender, según    reconoció, porque invocaba la imagen de unos primos normales que se besaban educadamente en la mejilla, lo que chocaba un poco, en cierto modo, porque a esa clase de besos no se los podía calificar de besos, besos de verdad, y si eran normales, por qué se los iba a llamar besos de primos, momento en el cual Amy soltó una carcajada y dijo: No, bobo, esto es lo que significa besos de primos, y sin decir una palabra más se inclinó hacia Ferguson en el sofá, lo abrazó y le plantó un beso en los labios que pronto se convirtió en un beso que se deslizaba por el interior de su boca, y a partir de ese momento Ferguson decidió que, al fin y al cabo, no eran primos de verdad.

ADOLESCENCIA

La ley del menor, Ian McEwan, p. 146-147
Newcastle pertenecía a una época de su vida y se sentía como en casa allí. De adolescente lo había visitado varias veces, durante las enfermedades recurrentes de su madre, para pasar una temporada con sus primas predilectas. El tío Fred era dentista y el hombre más rico que había conocido. La tía Simone daba clases de francés en un centro de enseñanza secundaria. En la casa reinaba un caos agradable, una liberación respecto de los dominios impolutos y  asfixiantes de su madre en Finchley. Sus primas, de una edad cercana a la suya, eran alegres y revoltosas y la obligaban a salir por la noche a cumplir misiones aterradoras que incluían el consumo de alcohol y a cuatro chicos apasionados de la música, de pelo largo hasta la cintura y bigotes caídos, que parecían unos libertinos pero resultaron ser majos. A sus padres les habría asombrado y consternado saber que su estudiosa hija de dieciséis años era una cara conocida en algunos clubs, bebía aguardiente de cerezas y cubalibres y ya tenía su primer amante. Y, lo mismo que sus primas, era una fan incondicional y una ayudante novata de una banda de blues que tocaba gratis, y las tres arrastraban amplificadores y las piezas de la batería para meterlos en una furgoneta herrumbrosa que siempre se averiaba. A menudo ella afinaba las guitarras. Su emancipación tuvo mucho que ver con el hecho de que sus visitas eran infrecuentes y nunca duraban más de tres semanas. Si se hubiera quedado más tiempo -lo que nunca fue posible- quizá le hubiesen permitido cantar los blues. Quizá se hubiera casado con Keith, el cantante solista al que ella tímidamente adoraba, que tocaba la armónica y tenía un brazo atrofiado. 

TERAPIA

De Algún día este dolor te será útil de Peter Cameron, p. 100-101
-Comprendo -dijo ella.
Me molesta que la gente diga: “Comprendo”. Eso no significa nada y me parece algo hostil. Cada vez que alguien me dice “Comprendo” creo que realmente me está diciendo: “Que te den”. Estuve a punto de preguntarle qué era lo que comprendía, pero me di cuenta de que eso no nos llevaría a ninguna parte y no le dije nada.
-¿Qué tal te sientes hoy? -me preguntó al cabo de un momento.
Me di cuenta de que estar en la consulta de una psiquiatra y que esta me preguntara cómo me sentía era algo que me ponía triste, así que le dije:
-Me siento triste. -Y por alguna razón cerré los
-¿Ah, sí?
-Sí.
Ella guardó silencio durante un rato y, al cabo, me preguntó:
-¿Sabes por qué te sientes triste?
Abrí los ojos. Aunque solo habían transcurrido unos segundos y todo seguía igual, me sentía como si hubiese estado largo tiempo ausente. La doctora Adler me miraba pacientemente, a la manera en que una psiquiatra miraría a su paciente, con una ausencia perfecta de expresión en el semblante, salvo un leve atisbo de preocupación.
-¿Desde cuándo te sientes así? -me preguntó al cabo de un momento. Sé que ella quería decir en general, pero no podía responderle “Siempre”. No podía decirle cuántos días o meses o años. No era como si me hubiera despertado una mañana con fiebre.
-Desde hace bastante tiempo -respondí.
-¿Días? -preguntó-. ¿Semanas? ¿Meses? –Hizo una pausa- . ¿Años?
-Años.
-Sé que tus padres se divorciaron. ¿Crees que tu tristeza se relaciona con eso?
-La verdad es que no fue ninguna ayuda.
-¿Entonces ya estabas triste con anterioridad?
-Sí. Y me gustaría que me dijera qué más sabe de mí. Supongo que ha hablado con mi padre.

-En efecto. La verdad es que hablé con los dos, pero solo brevemente.

LOBOTOTOMIA

De Algún día este dolor te será útil de Peter Cameron, p. 84-85
Comprendí que era una de esas personas irritantes que se toman al pie de la letra todo lo que dices.
-No es que tema nada -contesté-. Es que no lo sé.
-¿Estás seguro?
-¿Seguro de qué? ¿De que no lo sé o de que no temo nada?
-¿A cuál de las dos cosas crees que me refiero?
-No haga eso, por favor -le pedí.
-¿Que no haga eso?
Pensé que si cada uno seguía repitiendo las palabras del otro, no llegaríamos muy lejos en tres cuartos de hora.
-No siga respondiendo a una pregunta con otra pregunta en plan terapia.
-¿Qué piensas de la terapia?
Sentía estar participando en un concurso de quién desconcertaba primero al otro. Y si bien aquello no me parecía muy terapéutico, yo estaba decidido a ganar.
-Creo que la terapia es una idea de las sociedades capitalistas bastante equivocada, en la que un examen de tu vida, complaciente para contigo mismo, sustituye a la auténtica realidad habitual de la vida. -No tenía  idea de dónde había sacado eso. ¿Tal vez lo había leído o lo había oído en una película?
-¿Realidad abismal? -dijo ella.
-No. Realidad habitual.
-Ah, me parecía haber oído “abismal”
-Pues no, he dicho “habitual”.
-Solo he querido señalar que había entendido mal lo que decías. No pretendía insinuar que no habías dicho eso.
-Bien, me alegro de que eso haya quedado claro -contesté.
Ella me miró fijamente un momento.
-Y, entonces ¿por qué estás aquí? -insistió.
-¿No es esa otra manera de preguntarme qué me ha traído aquí?
-¿Entonces no sabes por qué estás aquí?

No respondí. Me parecía inútil, como tratar de sostener una conversación con un loro o una persona lobotomizada. Y me pregunté si la doctora Adler sería capaz de realizar una lobotomía. Al fin y al cabo, era médico. Pero supuse que los neurocirujanos, no los psiquiatras, realizaban las lobotomías, si es que todavía se practicaban. Me fascina la idea de las lobotomías, la idea de abrir el cerebro, cortar un trocito y cerrarlo de nuevo, algo así como reparar un coche. Y la persona operada, al despertarse, se ha vuelto un poco estúpida, pero es estúpida de una manera feliz y serena. También me fascina la terapia de choque, todas esas cosas que hacen para alterar el cerebro de la gente

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