Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.285. EL PELIGRO DE ESTAR CUERDA / ROSA MONTERO


CHUPANDO COBRE

Siempre he sabido que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza. A los seis o siete años, todos los días, antes de dormir, le pedía a mi madre que escondiera un pequeño adorno que había en casa, un horroroso calderito de cobre, el típico objeto de tienda de suvenires baratos o quizá incluso el regalo de un restaurante. Y se lo pedía no porque me incomodara la fealdad del cacharro, lo cual hubiera resultado un poco extraño pero en cierto modo distinguido, sino porque había leído en alguna parte que el cobre era venenoso, y temía levantarme sonámbula en mitad de la noche y ponerme a darle lametazos al caldero. No sé bien cómo se me pudo ocurrir semejante idea (con el agravante de que jamás he sido sonámbula), pero ya entonces hasta a mí me parecía un poco rara. Lo cual no evitó que pudiera visualizarme con toda claridad chupando el metal


INCIPIT 1.284. CRIMEN Y CASTIGO


En una calurosa tarde de principios de julio, un joven salió del cuchitril que había realquilado en la callejuela de S. y se encaminó lentamente, como indeciso, hacia el puente de X.

En la escalera esquivó felizmente el encuentro con la patrona. El cuchitril del joven se encontraba debajo del tejado mismo de una alta casa de cinco pisos, y más que una habitación parecía un armario. La mujer que se la había alquilado, con derecho a comida y servicio, vivía más abajo, en la misma escalera. Cada vez que el joven salía a la calle, tenía que pasar forzosamente por delante de la cocina de su patrona; esta cocina daba a la escalera, y la puerta estaba casi siempre abierta de par en par. Al pasar por allí, el joven experimentaba una enfermiza sensación de temor, que le avergonzaba y le hacía fruncir el ceño. Endeudado hasta la coronilla con la casera, temía encontrarse con ella.

No se podía decir que fuese miedoso o tímido, sino todo lo contrario; pero, desde hacía cierto tiempo, el joven se hallaba en un estado de excitación y angustia rayano en la hipocondría. Se había replegado hasta tal punto sobre sí mismo y se había aislado tanto de los demás, que le producía aprensión la idea de cruzarse, no ya con la dueña de su casa, sino con cualquiera otra persona. La pobreza le tenía abatido. Pero, últimamente, incluso su penosa situación había dejado de preocuparle. Se había desentendido por completo de las cuestiones del diario vivir y no quería ocuparse de ellas. En el fondo, no tenía ningún miedo de su patrona, por más que ésta maquinara algo contra él. Pero detenerse en la escalera, escuchar las cosas desagradables de cada día, que le tenían sin cuidado; la insistencia en que abonara la pensión, las amenazas, las quejas y, encima, el tener que inventar disculpas, excusarse, mentir ... No, era preferible escabullirse como un gato, procurando no ser visto de nadie.


NABOKOV


El peligro de estar cuerda, Rosa Montero, p. 226

La hambruna de una realidad firme y tangible está tan extendida que muchas personas, aun sabiendo que están leyendo ficción, tienden a creer que lo que sucede en una novela es lo que le ha pasado al escritor. Ya he dicho que mi libro La hija del caníbal está protagonizado por una mujer, Lucía, que es muy corta de estatura, hasta el punto de tener que vestirse en la sección de niños de los grandes almacenes. Pues bien, más de una vez he ido a un acto público a hablar de esa novela y alguno de los asistentes ha exclamado con decepcionada sorpresa: «¡Pero si no eres bajita!». Esta identificación de los avatares narrativos con la biografía del autor suele incrementarse, me parece, cuando la obra está escrita por una mujer, pero a los hombres también les sucede. Hay un memorable prólogo que Vladimir Nabokov hizo a una nueva edición de su novela Lolita dos o tres años después de la primera publicación. El escritor explicaba que, en ese tiempo, había recibido innumerables cartas insultantes en las que se le recriminaba que hubiera abusado sexualmente de una niña. Nabokov contaba todo esto muy indignado, pero lo más desternillante es que lo que le sacaba de verdad de sus casillas no era que lo confundieran con un pederasta, sino que alguien hubiera podido creer que esa sofisticadísima y magistral construcción literaria fuera simplemente el diario de un tarado. Por cierto, aprovecharé la oportunidad para decir que no, que Lolita no es una obra a favor de la pedofilia, al contrario; en las páginas finales, el autor te revuelca y te destroza por no haber sido más crítico con el personaje. De hecho, recientes estudios biográficos sostienen que Nabokov sufrió abusos en la infancia, y que de ahí proviene su interés por el tema. Sea como fuere, es una novela maravillosa.


ALCOHOL


El peligro de estar cuerda, Rosa Montero, p. 150

El alcohol es la plaga mayor de los escritores, en especial durante el siglo XX. De los nueve premios nobel de literatura norteamericanos nacidos en Estados Unidos, cinco fueron desesperados alcohólicos: Sinclair Lewis, Eugene O'Neill, William Faulkner, Ernest Hemingway y John Steinbeck. A los que hay que añadir decenas de autores más, entre ellos Jack London, Dashiell Hammett, Dorothy Parker, Djuna Barnes, Tennessee Williams, Carson McCullers, John Cheever, Raymond Carver, Robert Lowell, Edgar Allan Poe, Charles Bukowski, Jack Kerouac, Patricia Highsmith, Stephen King, Malcolm Lowry ... Los estadounidenses se han dado una maña increíble para matarse a tragos, pero no son los únicos, desde luego; ahí están también Dylan Thomas, Jean Rhys, Marguerite Duras, Oscar Wilde, Ian Fleming, Françoise Sagan ... Y no estamos hablando de tomarse algún día unas copas de más, sino de verdaderas hecatombes personales, delirium tremens, destrucciones masivas de la vida. El noruego Knut Hamsun, que ganó el Nobel en 1920, acudió a la ceremonia de entrega tan atrozmente bebido que golpeó con los nudillos el corsé de la autora sueca Selma Lagerli: if (también premio nobel) y, tras soltar un eructo, gritó: «¡Lo sabía, sabía que sonaba igual que una campana!». El maravilloso poeta británico Dylan Thomas, que murió con treinta y nueve años a causa de la bebida, le dijo a su mujer muy cerca del final: «Me he tomado dieciocho güisquis seguidos. Creo que es un buen récord». A los treinta y siete años, Faulkner desayunaba dos aspirinas y medio vaso de ginebra para detener el temblor de manos y poder ducharse y afeitarse. Cogía borracheras que le duraban una semana, a lo largo de las cuales vagaba desnudo por los pasillos de los hoteles o desaparecía. En una de esas ausencias alcohólicas se desmayó en calzoncillos sobre una tubería de agua caliente y se quedó ahí hasta que el conserje derribó la puerta. Para entonces tenía en la espalda una quemadura de tercer grado.


Nietzsche


El peligro de estar cuerda, Rosa Montero, p. 88

El capítulo siguiente a esta afirmación se titula «Por qué soy tan sabio». El capítulo siguiente a esta afirmación se titula «Por qué soy tan sabio». Nietzsche  pasó los últimos once años de su vida prisionero del delirio y murió con tan solo cincuenta y cinco.

Es posible, por cierto, que la demencia de Nietzsche fuera causada por la sífilis. He quedado espantada al comprobar cuántos locos célebres pudieron perder la cabeza y la vida justamente por esta terrible enfermedad, adquirida por ellos o congénita. Y así, se habla de que fue el origen de la atroz insania de Guy de Maupassant, y desde luego causó el desequilibrio mental y la muerte de Theo, el hermano de Vincent van Gogh, y al parecer también enloqueció a Théodore Géricault, el pintor de la maravillosa La balsa de la Medusa, y dejó hemipléjico y afásico a Baudelaire, y al compositor Gaetano Donizetti le deshizo la cabeza de tal modo que se pasó varios años aislado y encerrado antes de fallecer a los cincuenta. En cuanto a Robert Schumann, se supone que sufría un trastorno quizá bipolar o quizá del espectro de la esquizofrenia. A los veintidós años diseñó un dispositivo mediante el cual se ataba los dedos de la mano derecha y dejaba tan solo libre el anular para intentar así ejercitarlo más; el invento le provocó una invalidez permanente de esa mano y acabó con su carrera de pianista (puede que esa idea desquiciada nos hiciera ganar un gran compositor), así que parece que sus chifladuras venían desde temprano; pero, en cualquier caso, cuando murió a los cuarenta y seis años en el asilo de enfermos mentales de Bonn también tenía sífilis.pasó los últimos once años de su vida prisionero del delirio y murió con tan solo cincuenta y cinco.

Es posible, por cierto, que la demencia de El capítulo siguiente a esta afirmación se titula «Por qué soy tan sabio». Nietzsche  pasó los últimos once años de su vida prisionero del delirio y murió con tan solo cincuenta y cinco.

Es posible, por cierto, que la demencia de Nietzsche fuera causada por la sífilis. He quedado espantada al comprobar cuántos locos célebres pudieron perder la cabeza y la vida justamente por esta terrible enfermedad, adquirida por ellos o congénita. Y así, se habla de que fue el origen de la atroz insania de Guy de Maupassant, y desde luego causó el desequilibrio mental y la muerte de Theo, el hermano de Vincent van Gogh, y al parecer también enloqueció a Théodore Géricault, el pintor de la maravillosa La balsa de la Medusa, y dejó hemipléjico y afásico a Baudelaire, y al compositor Gaetano Donizetti le deshizo la cabeza de tal modo que se pasó varios años aislado y encerrado antes de fallecer a los cincuenta. En cuanto a Robert Schumann, se supone que sufría un trastorno quizá bipolar o quizá del espectro de la esquizofrenia. A los veintidós años diseñó un dispositivo mediante el cual se ataba los dedos de la mano derecha y dejaba tan solo libre el anular para intentar así ejercitarlo más; el invento le provocó una invalidez permanente de esa mano y acabó con su carrera de pianista (puede que esa idea desquiciada nos hiciera ganar un gran compositor), así que parece que sus chifladuras venían desde temprano; pero, en cualquier caso, cuando murió a los cuarenta y seis años en el asilo de enfermos mentales de Bonn también tenía sífilis.fuera causada por la sífilis. He quedado espantada al comprobar cuántos locos célebres pudieron perder la cabeza y la vida justamente por esta terrible enfermedad, adquirida por ellos o congénita. Y así, se habla de que fue el origen de la atroz insania de Guy de Maupassant, y desde luego causó el desequilibrio mental y la muerte de Theo, el hermano de Vincent van Gogh, y al parecer también enloqueció a Théodore Géricault, el pintor de la maravillosa La balsa de la Medusa, y dejó hemipléjico y afásico a Baudelaire, y al compositor Gaetano Donizetti le deshizo la cabeza de tal modo que se pasó varios años aislado y encerrado antes de fallecer a los cincuenta. En cuanto a Robert Schumann, se supone que sufría un trastorno quizá bipolar o quizá del espectro de la esquizofrenia. A los veintidós años diseñó un dispositivo mediante el cual se ataba los dedos de la mano derecha y dejaba tan solo libre el anular para intentar así ejercitarlo más; el invento le provocó una invalidez permanente de esa mano y acabó con su carrera de pianista (puede que esa idea desquiciada nos hiciera ganar un gran compositor), así que parece que sus chifladuras venían desde temprano; pero, en cualquier caso, cuando murió a los cuarenta y seis años en el asilo de enfermos mentales de Bonn también tenía sífilis.


MANIAS


El peligro de estar cuerda, Rosa Montero, p. 14

Volviendo a la abundancia de manías entre los creadores, y por mencionar a modo de aperitivo tan solo unas cuantas, diré que Kafka, además de masticar cada bocado treinta y dos veces, hacía gimnasia desnudo con la ventana abierta y un frío pelón; Sócrates llevaba siempre la misma ropa, caminaba descalzo y bailaba solo; Proust se metió un día en la cama y no volvió a salir (y lo mismo hicieron, entre muchos otros, Valle-Inclán y el uruguayo Juan Carlos Onetti); Agatha Christie escribía en la bañera; Rousseau era masoquista y exhibicionista; Freud tenía miedo a los trenes; Hitchcock, a los huevos; Napoleón, a los gatos; y la joven escritora colombiana Amalia Andrade, de quien he recogido los tres últimos ejemplos de fobias, temía en la niñez que le crecieran árboles dentro del cuerpo por haberse tragado una semilla (lo encuentro bastante parecido a lamer cobre). Rudyard Kipling solo podía escribir con tinta muy negra, hasta el punto de que el negro azulado ya le parecía «una aberración». Schiller metía manzanas echadas a perder en el cajón de su mesa, porque para escribir necesitaba oler la podredumbre. En su vejez, Isak Dinesen comía únicamente ostras y uvas blancas con algún espárrago; Stefan Zweig era un obsesivo coleccionista de autógrafos y enviaba tres o cuatro cartas al día a sus personalidades favoritas para pedirles la firma ... Por no hablar de Dalí, que siempre fue el rey de las extravagancias.


SENECA


El Reino, Carrère, p. 183

Sus detractores poseían argumentos. Séneca era un caballero español que había hecho una carrera fulgurante en Roma, lo cual dice mucho sobre la integración en el imperio: pasaba por ser la encarnación del espíritu romano y nadie habría pensado nunca que era español, del mismo modo que nadie pensará que San Agustín era argelino. Hombre de letras, autor de tragedias de éxito, gran vulgarizador del estoicismo, era también un cortesano dominado por la ambición, que conoció el favor imperial bajo Calígula, cayó en desgracia bajo Claudio y recuperó su posición al comienzo del reinado de Nerón. Era, por último, un avispado hombre de negocios, que utilizó sus prebendas y sus redes para convertirse por sí solo en una especie de banco privado y amasar una fortuna valorada en 360 millones de sestercios, es decir, el equivalente de otros tantos millones de euros. Cuando se sabía esto, y todo el mundo lo sabía, se estaba tentado de tomarse a guasa sus elogios sentenciosos del desapego, la frugalidad y el método que aconsejaba para ejercitarse en la pobreza: una vez por semana, comer un pan tosco y dormir en el suelo.

¿Qué dice Séneca para defenderse de estas críticas que acabaron convirtiéndose en una conjura? Primero, que nunca ha pretendido ser un sabio consumado, sino que sólo se esfuerza en llegar a serlo, y a su ritmo. Que incluso sin haber recorrido él mismo todo el trayecto, es hermoso indicar la dirección a los demás. Que al hablar de la virtud no se pone como ejemplo y que al hablar de los vicios piensa ante todo en los suyos. ¡Y, además, a la mierda! Nadie ha dicho que el sabio debe rechazar los dones de la fortuna.


LA TRANSUSTANCIACION


El Reino, Carrère, p. 84

Sabemos cómo se hace esto. Comenzó hace dos mil años y no se ha interrumpido nunca. Antiguamente, y todavía hoy en algunos ritos, se practicaba realmente con pan: el pan más vulgar, el que amasa el panadero. Hoy, entre los católicos, son esas pequeñas obleas blancas, de consistencia y sabor a cartón, que llamamos hostias. En un momento de la misa, el sacerdote declara que se han convertido en el cuerpo de Cristo. Los feligreses hacen cola para recibir cada uno la suya, en la lengua o en el hueco de la mano. Vuelven a su sitio bajando los ojos, pensativos y, si creen en ello, interiormente transformados. Este rito de una rareza inverosímil, que se refiere a un acontecimiento preciso, sucedido hacia el año 30 de nuestra era y que constituye la médula del culto cristiano, lo celebran actualmente en todo el mundo centenares de millones de personas que, como diría Patrick Blossier, no están, por lo demás, locos. Algunas, como mi suegra o mi madrina, lo practican todos los días sin falta, y si por casualidad están enfermas hasta el punto de no poder acudir a la iglesia hacen que les lleven el sacramento a su domicilio. Lo más extraño es que la hostia no es nada más que pan. Sería casi tranquilizador que fuese un hongo alucinógeno o un secante impregnado de LSD, pero no: es solamente pan. Al mismo tiempo es Cristo.

Es obvio que se puede dar a este ritual un sentido simbólico y conmemorativo. El propio Jesús lo dijo: «Haced esto en memoria mía.» Es la versión light del asunto, la que no escandaliza a la razón. Pero el cristiano hard cree en la realidad de la transubstanciación, ya que es así como la Iglesia denomina a este fenómeno sobrenatural. Cree en la presencia real de Cristo en la hostia. Sobre esta línea de cresta se opera la división entre dos familias espirituales. Creer que la eucaristía es sólo un símbolo es como creer que Jesús no es más que un maestro de sabiduría, la gracia una forma de método Coué o Dios el nombre que damos a una instancia de nuestro espíritu. En este momento de mi vida, yo me opongo: quiero formar parte de la otra familia.


LENIN


Hacia la Estación de Finlandia, E Wilson, p. 432

A pesar de su cautela natural, al principio Lenin no poseía las dotes propias de un conspirador. Era demasiado confiado y entusiasta. Su hermana Ana solía tener que contenerle para que no escribiera cartas comprometedoras para los destinatarios; e incluso después de su regreso de Siberia, cuando le resultaba vital eludir a la policía, tuvo la culpa de que lo detuvieran otra vez, al intentar entrar en San Petersburgo por Tsárskoie-Seló, particularmente vigilado por ser la residencia veraniega del zar -una artimaña tan ingenua que la Ojrana no se la tornó en serio-. Sin embargo, Lenin dedicó a la técnica de la conspiración la misma atención minuciosa y objetiva que había aplicado antes a sus estudios de derecho; y, puesto en libertad tras esta segunda detención, después de haber estado solo diez días en la cárcel, y con su lista de contactos políticos escrita con tinta invisible todavía a salvo, empezó inmediatamente a visitar a sus colaboradores y a enseñarles a utilizar la clave.

Tampoco tenía la constitución de toro de un Bakunin. A los veintitantos años ya sufría de tuberculosis estomacal; y cuando en 1895 salió al extranjero para conocer a Plejánov hizo una cura en un sanatorio suizo. La tensión derivada del exceso de trabajo ilegal durante aquellos años hizo en él mucha mella. Ya padecía de los nervios y estaba enfermo cuando lo detuvieron por primera vez; la estancia en Siberia logró fortalecerle, pero la angustia de los últimos días – temía una prolongación arbitraria de su condena- le hizo adelgazar de nuevo. Antes de cumplir los treinta años estaba ya casi completamente calvo. Y en los años siguientes, la angustiosa tensión ocasionada por las crisis del partido le producía a veces graves depresiones nerviosas. Sin embargo, aprendió a administrar sus energías y adaptarse a las vicisitudes de su vida. Durante sus tres meses de prisión, encerrado en una celda de metro y medio por tres de superficie y de menos de dos metros de altura, frotaba el suelo con cera cada mañana para  hacer ejercicio, y también por higiene; y todas las noches, antes de acostarse, hacía cincuenta flexiones. En Siberia patinaba y cazaba; solía dar largas y saludables caminatas al aire libre, mientras sus compañeros de exilio permanecían sentados horas y Roras, chismorreando, discutiendo y especulando mientras fumaban y bebían té.


ICARIA


Hacia la estación de Finlandia, E Wilson, p. 146

La historia de los icarianos es más larga. Étienne Cabet, hijo de un tonelero, pudo, gracias a la Revolución francesa, abrirse camino como abogado y como político. Su lealtad a los principios revolucionarios lo convirtió en una persona muy visible y extremadamente incómoda tanto para la Restauración borbónica como para Luis Felipe. Destinado a los cargos más apartados, perseguido por su actitud de oposición dentro de la Cámara y colocado finalmente en la alternativa de elegir entre la cárcel o el exilio, se vio empujado cada vez más hacia la extrema izquierda, representada todavía por el viejo Buonarotti, descendiente de Miguel Ángel y antiguo compañero de armas de Babeuf. Durante su exilio en Inglaterra, Cabet escribió una novela, Voyage en Icarie, que describía la utopía de una isla comunista con impuesto progresivo sobre la renta, abolición del derecho de herencia, reglamentación estatal de los salarios, talleres nacionales, educación pública, control eugenésico del matrimonio y un solo periódico controlado por el Gobierno.

El efecto de esta novela sobre la clase trabajadora francesa durante el reinado de Luis Felipe fue tan grande que hacia 1847 Cabet contaba con un número de partidarios que se estin1aba entre doscientos mil y cuatrocientos mil. Estos discípulos estaban ansiosos de poner en práctica el icarianismo; y Cabet publicó un manifiesto: Allons en Icarie. Icaria tenía que ser buscada en América: Cabet estaba convencido de que ni siquiera una revolución general podía solucionar los problemas europeos. Robert Owen le recomendó el estado de Texas, ingresado recientemente en la Unión y de población escasa. Cabet firmó un contrato con una compañía americana para la compra de un millón de acres. Cuando el primer contingente de sesenta y nueve icarianos firmaron en el muelle del Havre, momentos antes de embarcar, los «contratos sociales» por los cuales se obligaban a mantener un régimen comunista, Cabet declaró que «ante tales hombres de vanguardia» no podía «dudar de la regeneración de la raza humana». Pero cuando los icarianos llegaron a Nueva Orleans, en marzo de 1848, descubrieron que habían sido estafados por los americanos: las tierras, en lugar de encontrarse a orillas del río Rojo, se hallaban a cuatrocientos cincuenta kilómetros de sus márgenes, hacia el interior del país, en medio de zonas inexploradas. De añadidura, solo tenían derecho a ocupar diez mil acres, que además se encontraban desperdigados, en lugar de estar concentrados en un solo lote. Llegaron, sin embargo, a su destino en carros de bueyes. Todos cayeron enfermos de paludismo, y el médico se volvió loco.

Cabet y otros emigrantes se les unieron más tarde. Después de terribles esfuerzos y sufrimientos consiguieron establecerse en Nauvoo (Illinois), abandonada recientemente por los mormones (quienes, durante su estancia en Utah y hasta la muerte de Brigham Young, constituyeron un ejemplo de comunidad cooperativa próspera).


PLATONISMO


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 214

Sin embargo, en líneas generales, las doctrinas básicas de Platón tendrían hoy pocos defensores. Su filosofía es idealista porque negaba la supremacía del mundo material, el que los sentidos podían aprehender fisicamente, y afirmaba que la realidad verdadera existía en un terreno inmaterial, que llamó el mundo de las «formas» o de las “ideas». Los materialistas como Demócrito y los epicúreos disentían, con el argumento de que el mundo material es condición sine qua non del pensamiento. Hoy nos cuestionamos la legitimidad de una división tan tajante entre el mundo del cuerpo y el de la mente, por no mencionar el concepto de que el mundo de las ideas es superior. El estudio sobre la base del conocimiento, si bien es una exposición brillante de la manera en que la retórica destroza la verdad, también se ve afectado por la hipótesis de que el enfoque que llamaríamos observación científica no sirve para comprender la realidad. Con todo, es muy posible que ese no fuese siquiera el criterio de Sócrates. Aristóteles, en su Metafísica, da a entender que las formas de Sócrates pueden, efectivamente, descubrirse si se investiga el mundo natural; en cambio, Platón discrepa de su maestro cuando dice que las formas están más allá de nuestra capacidad de comprensión como seres humanos. Por otra parte, la filosofía política de Platón, a pesar de los principios igualitarios que, en su opinión, deberían adoptarse en el seno de la exclusiva comunidad de «guardianes» de su república ideal, es despiadadamente elitista. Las ideas platónicas sobre arte y literatura conducen de manera inevitable a la estricta censura estatal que aplicaban oligarcas ilustrados.

Entonces, ¿por qué Platón sigue siendo tan importante? En primer lugar, porque sus diálogos están ambientados en el mundo esotérico de las conversaciones de élite que se mantenían en casas particulares, en general de familias privilegiadas, en una época en que la democracia se situaba a la defensiva. En segundo lugar, porque pintan un retrato fascinante de las figuras intelectuales más destacadas, incluido Protágoras, cuyas palabras,  de no ser por Platón, se habrían perdido para siempre. En tercer lugar, porque fue un escritor brillante e innovador con una obra que es todo un tour de force, aun cuando al lector le interese poco la filosofía.


LAS DIONISIAS


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 200

El festival se inauguraba oficialmente a la mañana siguiente con la Pompé (procesión). Toda la ciudad bullía de entusiasmo; no podían iniciarse procedimientos legales ni reunirse la Asamblea, y hasta los presos quedaban temporalmente en libertad bajo fianza. La procesión dionisiaca, que empezaba en las murallas de la ciudad, se detenía en varios lugares sagrados, camino del santuario, para cantar y danzar en honor de los dioses. Al mismo tiempo de ese modo se definían, por representación simbólica, las relaciones entre los grupos que constituían la sociedad ateniense. Encabezaba· la procesión una joven virginal de una familia aristocrática, que llevaba la cesta dorada ceremonial con selectas piezas de carne del sacrificio. Los coregas que habían sufragado las producciones teatrales iban ataviados con vestiduras costosas, de oro incluso. Se hacían los preparativos para el banquete público, que requería ingentes provisiones para miles de participantes; el toro elegido como animal principal del sacrificio iba acompañado por ciudadanos jóvenes en periodo de instrucción militar. Había también cientos de animales sacrificiales menores. El santuario de Dioniso debió de parecer un matadero gigantesco junto a una barbacoa, en el que resonaban los mugidos y los balidos de los animales aterrados, todo salpicado de sangre y apestando a carne asada y cadáveres.

Para acompañar la comida, los ciudadanos llevaban odres de vino y hogazas de pan en espetones; por su parte, los metecos tenían tazones para mezclar el vino con el agua que sus hijas servían de unas jarras. Otros hombres cerraban la comitiva con los falos rituales del dios. Se organizaban también concursos de canto con coros formados por cincuenta ciudadanos. El teatro en sí estaba preparado para la culminación del festival; a la representación de las obras la precedía un rito ceremonial de purificación en el que hacían libaciones de vino en honor a los dioses. Un heraldo público proclamaba los nombres de los benefactores de la ciudad. Una vez lleno el teatro se exhibían hileras de lingotes de plata (talentos), los ingresos que había acumulado Atenas gracias a los tributos de ese año. El toque imperial lo realzaba aún más la armadura que se entregaba a todos los hijos en edad militar de los atenienses caídos en combate.

Un heraldo con una trompeta anunciaba cada una de las producciones teatrales. Aunque en el siglo V cambió el programa del festival, en especial en lo tocante a las comedias, el cambio no influyó en la representación de las tragedias. Las tetralogías de cada uno de los tres poetas rivales se representaban de un tirón, en un solo día, probablemente por la mañana. Decidían el resultado los jueces, ciudadanos corrientes seleccionados a último momento entre todas las tribus, no electos, para evitar la corrupción. No obstante, recibían presiones para que votaran de acuerdo con la opinión del público, que hacían patente los aplausos. Al ganador, condecorado con una corona de hojas de hiedra, lo llevaban a la casa de un amigo pudiente, y en andas en una procesión, como si fuese un atleta vencedor en las Olimpiadas. El ambiente general de la fiesta, con concursos de bebida, cierto trasfondo sexual, muchachas que tocaban la gaita y jarana en las calles hasta la madrugada, está exquisitamente plasmado en El banquete de Platón, concretamente en la dramatización de la fiesta que se organizaba después de la función.


PLATON


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 215

Entonces, ¿por qué Platón sigue siendo tan importante? En primer lugar, porque sus diálogos están ambientados en el mundo esotérico de las conversaciones de élite que se mantenían en casas particulares, en general de familias privilegiadas, en una época en que la democracia se situaba a la defensiva. En segundo lugar, porque pintan un retrato fascinante de las figuras intelectuales más destacadas, incluido Protágoras, cuyas palabras, de no ser por Platón, se habrían perdido para siempre. En tercer lugar, porque fue un escritor brillante e innovador con una obra que es rodo un tour de force, aun cuando al lector le interese poco la filosofía. Cabe señalar una vez más vez que, aunque Platón a veces reciclaba ideas ya elaboradas, sus hermosos textos han aportado a nuestra imaginación colectiva algunos de los elementos más exquisitos. Timeo y Critias nos han dejado la Atlántida, la legendaria ciudad perdida de Poseidón, con todos sus fantasmas hundidos en las profundidades, cerca de las Columnas de Hércules. En Fedro nos da la imagen del alma en forma de un auriga que trata de guiar a sus dos caballos alados hacia el pensamiento racional mientras una de las bestias se resiste a todo control. La República nos ofrece la alegoría de la «caverna tenebrosa» para explicarnos lo difícil que le resulta al ser humano entender el mundo que lo rodea. Las limitaciones de la percepción sensorial son tan grandes que podríamos considerarnos prisioneros encadenados en una caverna, capaces de ver solo las sombras que el fuego que tenemos detrás proyecta en una pared vacía, en lugar de percibirnos como los seres que producen esas sombras. Así y todo, el legado más importante de Platón es el razonamiento filosófico que compone en forma de diálogo con final abierto y que obliga a los lectores a reaccionar, a estar de acuerdo o no con Sócrates y a pensar detenidamente por sí mismos. Los textos platónicos demuestran que, en la práctica, el pensamiento y la discusión son un proceso dialéctico: personas en desacuerdo pueden llegar a comprender sus respectivas posturas si dialogan y no se niegan a hablar. El diálogo socrático, tal como lo registra el ateniense Platón, ha ejercido una influencia incalculable, no solo en los métodos de enseñanza, sino también en la teoría y la práctica de la democracia.

LISISTRATA


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 232

En Lisístrata de Aristófanes, estrenada en 411 a. C., el estereotipo ateniense de la mujer espartana irrumpe en escena en el personaje de Lampito («la Brillante»), una mujer de pechos hermosos y tan fuerte que podía estrangular a un toro. Cinisca, una princesa espartana, fue la primera mujer que ganó en una competición olímpica como propietaria y adiestradora de los caballos que participaban en concursos ecuestres, y lo hizo dos veces en la década de 390 a. C. La inscripción en que la princesa describe su estatua de vencedora, erigida en O limpia,  proclamaba orgullosamente: «Mi padre y mis hermanos son reyes de Esparta, pero Cinisca, vencedora de la carrera de carros de caballos de patas veloces, mandó construir esta imagen en la que me proclamo la única mujer de toda Grecia que ha recibido la corona.»

A las ingeniosas y atléticas mujeres de Esparta las preparaban para ser esposas y madres de espartiatas, y uno de los aspectos más singulares de la vida espartana era la ceremonia de la boda. El matrimonio era un asunto de Estado; a los hombres se los penalizaba si no se casaban o si lo hacían con mujeres demasiado viejas o de manera poco adecuada. En cambio, se recompensaba a los que traían al mundo hijos sanos. Un padre que engendraba tres niños estaba exento del servicio militar, y si eran cuatro, incluso se libraba de pagar tributos económicos al Estado. El verbo que empleaban los novios espartanos que se agenciaban una novia significaba algo así como «apoderarse, incautarse de», y no está claro si ese secuestro era ritual o real. Los novios menores de treinta años, que vivían, como hemos visto, en los grupos públicos de militares, solo tenían permitido visitar a la novia a escondidas y copular en la oscuridad total. Es posible que la intención fuera aumentar la tensión sexual y engendrar más criaturas; según Plutarco, algunos hombres tenían hijos antes de saber cómo era la mujer a la luz del día.

Las prescripciones de Licurgo también fomentaban una alta tasa de natalidad en la medida en que autorizaban a la mujer joven de un hombre mayor a tener hijos de otro hombre siempre y cuando el marido estuviera de acuerdo; luego los hombres mayores adoptaban a esos hijos, una costumbre que mejoraba su prestigio. Polibio cuenta que las mujeres tenían hijos de tres o cuatro hombres, y que cuando un hombre había engendrado un número suficiente, se consideraba honorable que cediera su mujer a un amigo. Huelga decir que a los griegos patriarcales de otras ciudades-Estado les indignaba esa práctica, que podía considerarse la autorización legal de la libertad sexual femenina. Para Aristóteles, las mujeres espartanas podían darse todos los gustos sin que nadie las controlase.


INCIPIT 1.283. CELAMA (UN RECUENTO) / MATEO DÍEZ


Había una niebla que emboscaba lo que parecía el paisaje de un sueño, en la indeterminación de lo que podía pertenecer a otra geografía si esa niebla se despejase y el paisaje emergiera en su plenitud.

Lo que el viajero podría corroborar era una idea que tuvo muy tempranamente, la que consideraba que la irrealidad era la condición del arte, y que entre los auspicios de su viaje a Celama, en la percepción primera que alentaba un presagio en la frontera de dos ríos, más allá de la niebla y la envoltura del emboscamiento, lo irreal daría sentido a lo que viera y descubriese.

Todo lo cual formaba parte de las sensaciones con que el viajero había ideado su viaje a Celama y cuando ya, entre el acopio de las previsiones, la niebla y la indeterminación resultaban casi sustancias de la imaginación anotada en sus cuadernos sin especiales atisbos de fidelidad, como mera constatación de lo que en sus más íntimas expectativas significaba ya el Territorio que, al tiempo en los esquemas de la ficción, era conocido además como el Páramo o la Llanura, y también como el Reino de Celama en la perspectiva histórica que dotaba la compilación de su totalidad, en la geografía y el tiempo.


EPICTETO


Los griegos antiguos, Edith Hall, p 318

Por otra parte, sostenía que Dios (al que llama «Zeus» o, algunas veces, en plural, «los dioses») era benévolo y racional, que había creado al ser humano para que también fuera racional y capaz de acciones racionales si emplea con reflexión sus impresiones del mundo. Según Epicteto, nuestra mente es una minúscula parte de la de Zeus, y nuestro poder mental es parte del poder que gobierna el universo. Somos responsables de nuestras elecciones para actuar en beneficio propio, pero, dado que nuestros intereses son parte de un sistema mucho más grande, vernos que, por ejemplo, elegir nuestra propia muerte puede, a veces, ser la mejor decisión. A los estoicos se los conocía precisamente por su tendencia al suicidio digno. Para Epicteto, los objetos externos a nosotros no son ni incondicionalmente buenos ni malos. Lo primordial es el ser interior, y todo lo externo se ha de evaluar en relación con el yo, pues la felicidad solo puede conseguirse si los humanos no dependen de la riqueza ni de las propiedades ni de ningún otro fenómeno accesorio. Las emociones que nos hacen desdichados (el miedo, la envidia) son respuestas a la falsa idea de que las apariencias pueden hacernos felices. Igualmente falsa es la idea de que las acciones ajenas nos perjudican forzosamente. No obstante, eso no significa que no debamos esforzarnos por los demás, especialmente por la familia y amigos cercanos.


ARISTOTELES


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 260

En su juventud, Aristóteles viajó a Atenas para estudiar con Platón en la Academia y vivió veinte años en la ciudad. Gran parte de su obra puede leerse como una respuesta a las ideas platónicas, aunque las diferencias son grandes. Aristóteles dejó Atenas hacia 348 a. C., justo cuando Filipo destruyó Estagira. Viajó por Lesbos y Asia Menor, pero en 343 aceptó ser el tutor del joven Alejandro. Ocho años después, en 335, Alejandro sucedió a Filipo en el trono, y ya controlaba Atenas cuando Aristóteles regresó para fundar su Liceo; se cree que fue allí donde escribió la mayor parte de sus muchos tratados. Por tanto, durante ocho de los años más importantes de la vida de Alejandro, este joven rey estuvo en contacto constante con el famoso pensador, con quien mantuvo un diálogo íntimo.

La contribución de Aristóteles, que no se limita a la filosofía occidental, sino a toda la historia intelectual, es incalculable. En particular, su Metafísica fue decisiva para el surgimiento de la filosofía árabe (falsafa) en el siglo IX d. C. y dio lugar a extensos comentarios del hispanoárabe Averroes (Ibn Rushd, siglo XII), cuya obra se estudia con gran interés en Occidente. No había componente del universo que no interesara a Aristóteles, ya fuera empíricamente discernible a los sentidos, ya se encontrase más allá de la superficie perceptible de las cosas. Todos sus escritos están unificados mediante los métodos de razonamiento que él mismo desarrolló y expuso en una serie de obras sobre lógica que los filósofos antiguos más tardíos compilaron y llamaron Organon. Los trabajos de Aristóteles monopolizaron toda la historia de la lógica filosófica hasta que en los siglos XIX y XX aparecieron las críticas de Gottlob Frege y Bertrand Russell. Los filósofos contemporáneos están rehabilitando muchos de los conceptos de la lógica aristotélica. Aún sorprende que Aristóteles tomase los métodos de razonamiento filosóficos de Platón y sus predecesores y tratara los sistemas inferenciales como tenía de análisis en sí mismos; en suma, se interesaba no solo por aquello que hacía que el mundo funcionara como lo hacía, sino por los mecanismos exactos de los razonamientos en los que los pensadores basaban sus conclusiones sobre el mundo. La filosofía misma se había convertido en objeto del análisis filosófico.


PLUTARCO


Los griegos antiguos, Edith Hall, p. 342

Plutarco, que sabía tanto del epicureísmo y el estoicismo como sobre las tradiciones platónicas y aristotélicas en las que se había formado, creía en la aplicación práctica de la ética clásica a los problemas humanos. Sus obras persiguen una finalidad filosófica, concretamente, la edificación moral de los lectores, pero nunca son aburridas ni condescendientes, en gran medida debido a la genial personalidad de Plutarco y a su vena humorística, que brilla incluso en sus obras más sentenciosas, como Sobre la locuacidad, sus consejos para tratar con individuos demasiado parlanchines.

Algunos de sus ensayos incluyen consejos que vale la pena consultar aún hoy; por ejemplo, cuando dice que ser pacientes si nos irritamos con los niños, la mujer y los amigos íntimos es de por sí bueno, pero que también es el modo más seguro de aprender a controlarnos cuando tratamos con personas difíciles fuera del círculo inmediato, vemos al Plutarco más práctico y ético en Sobre el refrenamiento de la ira. En De cómo alabarse sin despertar envidia da inteligentes recomendaciones sobre los contextos en que es aceptable elogiarse a uno mismo (por ejemplo, cuando nos tratan injustamente) y fórmulas que pueden suavizar la impresión de falta de modestia.

Entre los escritos de Plutarco, el que más eficazmente combina un mensaje serio con el valor añadido de entretenimientos es Grilo, donde examina la naturaleza humana escenificando un debate pseudoplatónico entre Ulises, Circe y Gryllus ( «el Gruñón»), transformado este en un cerdo que no quiere recuperar su forma humana. Grilo sostiene que no se equivoca al elegir esa existencia y lleva a cabo una defensa admirable del ser zoomórfico: los animales son más valiente; porque pelean sin malicia; las hembras de los animales son más valientes que las mujeres; los animales son más moderados y no desean posesiones materiales; tampoco necesitan perfumes; no cometen adulterio a escondidas, no tienen relaciones sexuales salvo para procrear y, por tanto, evitan las perversiones sexuales; siguen dietas sencillas, tienen la cantidad justa de inteligencia para sus condiciones de vida naturales y, en consecuencia, se les ha de reconocer que son racionales. La vida del animal, tal como la define Grilo, se parece a la vida de un filósofo ascético. Aquí Plutarco invita al lector a pensar seriamente sobre la vida ética y social de los humanos recurriendo a la historia más encantadora y conocida de la Odisea, el episodio en que Circe transforma en cerdos a los hombres de Ulises.

*


MARXISMO


Hacia la estación de Finlandia, E. Wilson, p. 246

Los habitantes de los países civilizados, en la medida en que han sido capaces de actuar como seres creadores y racionales, han luchado para conseguir una disciplina y unos objetivos que pudieran aportar orden, belleza y salud a sus vidas; pero en la medida en que continúan divididos en grupos, interesados en hacerse daño mutuamente, están  limitados por barreras ineludibles. Solo a partir del momento en que tengan conciencia de dichos conflictos y comiencen a liberarse de ellos podrán iniciar el camino que los lleve hacia un código de ética, un sistema político o una escuela artística verdaderamente humanos y distintos de los imperfectos y tarados que ahora conocemos. Pero la corriente de las actividades humanas se orienta siempre en esta dirección. Cada uno de los grandes movimientos políticos que rompe las barreras sociales significa una fusión nueva y más amplia del elemento asaltado y absorbido, y del factor agresivo en ascenso. El espíritu humano sigue abriéndose paso contra la voraz presión animal, para formar unidades cada vez mayores de seres humanos, hasta que, finalmente, nos demos cuenta, de una vez para siempre, de que la raza humana es una y que no debe hacerse daño a sí misma. Entonces podrá fundarse sobre esta realización una moral, una sociedad y un arte más profundos y abarcadores de lo que en la actualidad el hombre puede imaginar.

Y aunque es cierto que ya no podemos recibir de Dios leyes que trasciendan las limitaciones humanas, y aunque también es verdad que no podemos ni siquiera pretender que las construcciones intelectuales del hombre tengan una realidad independiente del conjunto específico de condiciones terrenales que han estimulado a ciertos individuos a elaborarlas, cabe, sin embargo, afirmar en favor de esta nueva ciencia de cambio social, por rudimentaria que todavía sea, que es más verdaderamente, universal y objetiva que cualquier otra teoría anterior de la historia. Pues la ciencia marxista se ha desarrollado como respuesta a una situación en la que finalmente resulta claro que para que la sociedad pueda subsistir de alguna manera tiene que organizarse sobre nuevos principios de igualdad; por ello nos hemos visto obligados a formular una crítica de la historia desde el punto de vista de la necesidad inminente de un mundo liberado de nacionalismos y de clases. Si nos hemos comprometido a luchar por los intereses del proletariado, es porque queremos trabajar por los intereses de la humanidad en su conjunto. En ese futuro, el espíritu humano, representado por el proletariado, se desplegará para formar esa unidad más amplia cuya contemplación teórica es ya posible.

MARX


Hacia la estación de Finlandia, E. Wilson, p. 153

Karl Marx: Prometeo y Lucifer

En agosto de 1835, un joven judío alemán, alumno del Gymnasium Federico Guillermo de la ciudad de Tréveris, a orillas del Mosela, redactó un tema para su examen final. Se titulaba «Reflexiones de un joven sobre la elección de profesión». Resplandecían en el trabajo esos altos ideales que son usuales en tales ocasiones; si han llamado la atención en este caso es solo por el hecho de que este joven logró vivir conforme a sus aspiraciones. Al elegir una profesión, decía Karl Marx a los diecisiete años, debe uno tener la seguridad de que no va a ponerse en la situación de actuar simplemente como un servil instrumento de los demás; dentro de su propia esfera, cada cual debe gozar de independencia y asegurarse de que dispone de un campo de acción que le permita servir a la humanidad; pues si no, aunque se pueda llegar a ser un erudito o un poeta famoso, jamás se será un gran hombre. No podremos realizarnos auténticamente a menos que trabajemos por el bien del prójimo: solo entonces conseguiremos que no nos quebranten nuestras cargas, y solo entonces nuestras satisfacciones no se limitarán a placeres pobres y egoístas. Hemos de permanecer en guardia para no ser víctimas de la tentación más peligrosa de todas: la fascinación del pensamiento abstracto.


INCIPIT 1.282. LA CAMPANA DE CRISTAL / SYLVIA PLATH


Fue un verano raro, tórrido, el verano en que electrocutaron a los Rosenberg, y yo no sabía qué había ido a hacer a Nueva York. Soy estúpida con esto de las ejecuciones. La idea de que te puedan electrocutar me asquea, y en los periódicos no se leía otra cosa: los titulares desencajados me acechaban desde todas las esquinas por la calle y en todas las bocas del metro hediondas, con un tufo rancio a cacahuetes. No tenía nada que ver conmigo, pero no me quitaba de la cabeza qué se sentiría, cuando te queman viva por dentro.

Creía que debía de ser lo peor del mundo.

Nueva York ya era un suplicio. A las nueve de la mañana, el aparente frescor húmedo del campo que de alguna manera calaba durante la noche se evaporaba como el último coletazo de un sueño dulce. Grises como espejismos al fondo de sus desfiladeros de granito, las calles calientes temblaban al sol, las capotas de los coches hervían y centelleaban, y el polvo seco, cargado de escoria, se me metía en los ojos y me bajaba por la garganta.

Seguí oyendo hablar de los Rosenberg por la radio y en la oficina hasta que no pude pensar en nada más. Igual que la primera vez que vi un cadáver. Durante semanas, la cabeza del cadáver -o lo que quedaba de ella- aparecía flotando detrás de los huevos con beicon de mi desayuno


WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia