Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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MACHISMO


El movimiento del cuerpo a través del espacio, Lionel Shriver, p. 67
-Se comportó como un hombre durante cinco segundos y eso le pasó factura -dijo Griff-. Últimamente, cuando enciendo el televisor, lo que veo son montones de hombres que se han hecho cortar el pito porque se sienten chicas. No lo dudo. Se comportan como si lo fueran. Ahora hay tan pocos hombres como gallinas con dientes.
-Mmm -dijo Serenara sin definirse al respecto-. Es posible que haya algunos que no siempre se sientan capaces de ser el responsable, el experto, la autoridad. El que tiene que ser fuerte, el seguro de sí mismo. Siempre el protector, nunca el protegido. Es demasiada exigencia. Hoy elegimos las mujeres. Chillamos y hacemos que el hombre mate la cucaracha en la cocina y después, cuando alguien cuestiona nuestro valor para enfrentarnos a una amenaza, podemos pontificar y hacernos las ofendidas. Bien pensado, es un apaño que no está nada mal. Podemos ser campeonas mundiales y dirigir grandes empresas, y después decir que nos traumatiza una mano en la rodilla cuando la indefensión es políticamente útil. A los hombres no se les da esa posibilidad de elegir, y están siempre expuestos a parecer una decepción. La masculinidad como ideal es algo muy ridículo. Después, si consiguen ser temibles y no tener miedo, lo que es muy improbable, y emocionalmente impasibles ante cualquier horror que les ocurra ... , los pilares del poder, de la corrección, de la voluntad, cargándose a los dragones a diestro y siniestro, bueno ... , eso es algo que solo se puede esperar, ¿no? Tienen todas las de perder. Puede que no sea de extrañar que haya tantos hombres que quieran vestirse de mujer.

EL PRECIO DE VUESTRA NORMALIDAD ES NUESTRA MUERTE


Un apartamento en Urano, PB Preciado, p.271

La batalla legal de Gaetan Schmitt para ser declarado de «sexo neutro» y la importante circulación del documental Ni fille ni garçon, que sigue la trayectoria, entre otros, del activista Vincent Guillot, han acercado al debate público en Francia las demandas de los movimientos intersexuales. Si los años sesenta fueron el momento de la emergencia de los movimientos feministas y homosexuales, podríamos decir que el nuevo milenio se caracteriza por la visibilidad creciente de las luchas trans e intersexuales. Se abre así la posibilidad de configurar una segunda revolución sexual transfeminista, no estructurada en forma de políticas de identidad, sino construida a través de las alianzas de múltiples minorías políticas frente a la norma.

Nuestra historia de la sexualidad es tan increíble como un relato de ciencia ficción. Después de la Segunda Guerra Mundial, la medicina occidental, dotada de nuevas tecnologías que permiten acceder a diferencias de los seres vivos que hasta entonces no eran visibles (diferencias morfológicas, hormonales o cromosómicas), se confronta con una realidad incómoda; existen, desde el nacimiento, cuerpos que no pueden ser caracterizados simplemente como masculinos o femeninos: penes pequeños, testículos no formados, falta de útero, variaciones cromosómicas que exceden XX/YY ... Bebés que ponen en jaque la lógica del binarismo. Se produce entonces lo que en la terminología de Thomas Kuhn podríamos llamar una crisis del paradigma epistémico de la diferencia sexual. Hubiera sido posible modificar el marco cognitivo de asignación sexual, abriendo la categoría de lo humano a cualquier forma de existencia genital. Sin embargo, lo que ocurrió fue exactamente lo contrario. Se declara «monstruoso », «inviable» y «discapacitado» al cuerpo genitalmente diferente, sometiéndolo a un conjunto de operaciones quirúrgicas y hormonales que buscan reproducir la morfología genital masculina o femenina dominante.

Los macabros protagonistas de esta hisroria (John Money, John Hampton y Andrea Prader) no son ni físicos nucleares ni militares. Son pediatras. A partir de los años cincuenta se generaliza el uso de la «escala Prader» ( un método visual que permite medir lo que denominan «la virilización anormal de los genitales» en los bebés estudiando la longitud y la forma de los órganos) y el «protocolo Money» (que indica los pasos que hay que seguir para reconducir un bebé intersexual hacia uno de los dos polos del binario, masculino o femenino). Se impone  como rutina hospitalaria la mutilación genital de los bebés considerados como intersexuales. Si diversas convicciones religiosas practican rituales de marcado y mutilación genital (clitiderictomía, circuncisión ... ) que el Occidente supuestamente civilizado declara como bárbaros, ese mismo discurso racional acepta como necesaria la práctica de violentos rituales científicos de mutilación genital. Aquella ciencia ficción porno-gore de los años cincuenta es hoy nuestra arqueología anatómica común.


COLEGIO PARA ALAN


Un apartamento en Urano, Paul B.Preciado, p.188
El pasado día de Nochebuena moría en Barcelona Alan, un chico trans de diecisiete años. Había sido uno de los primeros menores trans que habían obtenido un cambio de nombre en el documento nacional de identidad en el Estado español. Pero el certificado no pudo contra el prejuicio. La legalidad del nombre no pudo contra la fuerza de los que se negaron a usarlo. La ley no pudo contra la norma. Los episodios constantes de acoso e intimidación que sufría desde hacía tres años en los dos centros escolares en los que se había matriculado acabaron por hacerle perder confianza en su posibilidad de vivir y lo condujeron al suicidio.

La muerte de Alan podría considerarse como un accidente dramático y excepcional. Sin embargo, no hubo accidente: más de la mitad de los adolescentes trans y homosexuales dicen  ser objeto de agresiones físicas y psíquicas en el colegio. No hubo excepción: las cifras más altas de suicidio se registran entre los adolescentes trans y homosexuales.

Pero ¿cómo es posible que el colegio no fuera capaz de proteger a Alan de la violencia? Digámoslo rápidamente: el colegio es la primera escuela de violencia de género y sexual. El colegio no solo no pudo proteger a Alan, sino que además facilitó las condiciones de su asesinato social.

El colegio es un campo de batalla al que los niñxs son enviados con su cuerpo blando y su futuro en blanco como únicos armamentos, un teatro de operaciones en el que se libra una guerra entre el pasado y la esperanza. El colegio es una fábrica de machitos y de maricas, de guapas y de gordas, de listos y de tarados. El colegio es el primer frente de la guerra civil: el lugar en el que se aprende a decir «nosotros no somos como ellas». El lugar en el que se marca a los vencedores y a los vencidos con un signo que se acaba pareciendo a un rostro. El colegio es un ring en el que la sangre se confunde con la tinta y en el que se recompensa al que sabe hacerlas correr. Qué importa los idiomas que se enseñen allí si la única lengua que se habla es la violencia secreta y sorda de la norma. Algunos como Alan, sin duda los mejores, no sobreviven. No pueden unirse a esa guerra.


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