Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 818. LA CHICA DEL PELO RARO / DF WALLACE

ANIMALITOS INEXPRESIVOS
Es 1976. El cielo está encapotado y lleno de nubes grises. Son unas nubes bulbosas, arrugadas y brillantes. El cielo parece un cerebro. Debajo del cielo hay un campo azotado por el viento. Una autopista blanquecina se extiende junto al campo. Pasan muchos coches. Uno de los coches se detiene al lado de la autopista. Dos niños pequeños salen del coche, acompañados por una mujer joven con cara de palo. Al volante hay un hombre que mira fijamente hacia delante. Los niños están callados y tienen la piel muy pálida. La mujer lleva algo pesado dentro de una bolsa de la compra. Sostiene la bolsa con cara inexpresiva. Lleva a los niños pálidos y la bolsa hasta el poste de una cerca de madera que hay en el campo, junto a la autopista. Los niños tienen las manos pequeñas y las colocan sobre el poste. La mujer les dice que sigan tocando el poste hasta que vuelva el coche. Ella entra en el coche y se marcha. Hay una vaca en el campo, junto a la cerca. Los niños tocan el poste. El viento sopla. Pasan muchos coches. Se quedan allí todo el día.

Es 1970. Una mujer con el pelo de color rojo intenso está sentada a varias filas de distancia de la pantalla de un cine. A su lado se sienta una niña con un vestido. Acaba de empezar una película de dibujos animados. Los ojos de la niña se meten en los dibujos. Detrás de la mujer solo hay oscuridad. Un hombre se sienta a su lado. Se inclina hacia delante. Sus manos se enredan en el pelo de la mujer.

INCIPIT 817. HABLEMOS DE LANGOSTAS / DF WALLACE

GRAN HIJO ROJO
La Academia Americana de Medicina de Urgencias lo confirma: entre una y dos docenas de hombres adultos americanos ingresan todos los años en urgencias después de haberse castrado a sí mismos. Normalmente con utensilios de cocina, y a veces con cortaalambres. A modo de respuesta a la pregunta obvia, los pacientes que sobreviven a menudo explican que sus deseos sexuales se habían convertido para ellos en una fuente de conflicto y ansiedad intolerables. El deseo de un alivio perfecto, unido a la imposibilidad en el mundo real de obtener ese alivio perfecto y de obtenerlo en el momento deseado, les habían producido una tensión que ya no podían soportar.

Es a los hombres de más de treinta años con problemas de testosterona cuyos casos se han documentado en los dos últimos años a los que estos enviados especiales desean dedicar el presente artículo. Y a aquellas almas atormentadas que se estén planteando la autocastración en 1998 deseamos decirles: “Alto! ¡Quita esa mano! ¡Deja en paz esos utensilios de cocina y/o cortaalambres!”. Porque creemos haber encontrado una alternativa. Todas las primaveras, la Academia de las Artes y de las Ciencias Cinematográficas presenta sus premios a los logros más significativos en todos los aspectos del cine comercial. Se trata de los Premios de la Academia. El cine comercial es una de las industrias más importantes de Estados Unidos, igual que los Premios de la Academia.

BOLAÑO EN MEXICO

Los detectives Salvajes, Roberto Bolaño, p. 216-217
Amadeo Salvatierra, calle República de Venezuela, cerca del Palacio de la Inquisición, México DF, enero de 1976. Cuando encontré mi ejemplar de Caborca lo acuné entre los brazos, lo miré y cerré los ojos, señores, porque uno no es de piedra: y luego abrí los ojos y seguí rebuscando entre mis papeles y di con la hoja de Manuel, el Actual n.1, la que pegó en las bardas de Puebla en 1921, aquel en donde habla de cela vanguardia actualita de México, qué mal suena pero qué bonito es, ¿verdad?, Y en donde también dice «mi locura no está en los presupuestos», ay, las vueltas que llega a dar la vidorria, «mi locura no está en los presupuestos». Pero también tiene cosas bonitas como cuando dice: “Exito a todos los poetas, pintores y escultores jóvenes de México, a los que aún no han sido maleados por el oro prebendario de los sinecurismos gobiernistas, a los que aún no se han corrompido con los mezquinos elogios de la crítica oficial y con los aplausos de un público soez y concupiscente, a todos los que no han ido a lamer los platos en los festines culinarios de Enrique González Martínez, para hacer arte con el estilicidio de sus menstruaciones intelectuales, a todos los grandes sinceros, a los que no se han descompuesto en las eflorescencias lamentables y mefíticas de nuestro medio nacionalista con hedores de pulquería Y rescoldos de fritanga, a todos ésos, los exito en nombre de la  vanguardia actualista de México, para que vengan a batirse a nuestro lado en las lucíferas filas de la decouvert ... » Pico de oro era. Manuel. ¡Pico de orol Ahora, que algunas palabras yo no las entiendo. Por ejemplo: exito, debe querer decir convoco, llamo, exhorto, hasta conmino, a ver, busquemos en el diccionario. No. Sólo aparece éxito. En fin, puede que elitista, puede que no. Incluso, uno nunca sabe, puede que fuera una errata y que donde dice exito deba decir exijo, lo cual sería muy propio de Manuel, digo, del Manuel que yo entonces conocí. O puede que sea un latinajo o un neologismo, vaya uno a saber. O un término caído en desuso. Y eso fue lo que les dije a los muchachos. Les dije: muchachos, así era la prosa de Manuel Maples Arce incendiaria y atrabancada, llena de palabras que nos ponían cachondos, una prosa que puede que ahora no les diga nada pero que en su época cautivó a generales de la Revolución, a hombres bragados que habían visto morir y que habían matado y que cuando leyeron o escucharon las palabras de Manuel se quedaron como estatuas de sal o estatuas de piedra, como diciendo qué chingados es esto, una prosa que prometía una poesía que iba a ser como el mar, como el mar en el cielo de México. 

BOLAÑO EN BARCELONA

Los detectives salvajes, Roberto Bolaño, p. 220
Felipe Müller, bar Céntrico, calle Tallers Barcelona, mayo de 1977. Arturo Belano llegó a Barcelona a casa de su madre. Su madre hacía un par de años que vivía aquí. Estaba enferma, tema bipertiroidismo y había perdido tanto peso que parecía un esqueleto viviente.
Yo por entonces vivía en. casa de mi hermano, en la calle Junta de Comercio, un hervidero de chilenos. La madre de Arturo vivía en Tallers, aquí, en donde ahora vivo yo, en esta casa sin ducha y con el cagadero en el pasillo. Cuando llegué a Barcelona le traje un libro de poesía que había publicado Arturo en MéxIco. Ella lo miró y murmuró algo, no sé qué, algo como un desvarío. No estaba bien. El hipertiroidismo la hada moverse constantemente de un lado a otro, presa de una actividad febril Y lloraba muy a menudo. Los ojos parecían salírsele de las órbitas. Le temblaba el pulso. A veces tenía ataques de asma, pero se fumaba ella sola una cajetilla de cigarrillos al día. Fumaba tabaco negro, igual que Carmen, la hermana menor de Arturo, que vivía con su madre pero que pasaba casi todo el día fuera de casa. Carmen trabajaba en la Telefónica, haciendo limpieza, y salía con un andaluz del Partido Comunista. Cuando yo conocí a Carmen en México, era trotskista y aún seguía siéndolo, pero igual salía con el andaluz, que al parecer era si no un estalinista convencido, sí un brezhnevista convencido, para el caso que nos ocupa casi lo mismo. En fin, un enemigo acérrimo de los trotskistas, así que la relación entre ambos debía de ser de lo más movida.

En mis cartas a Arturo yo le explicaba todo esto. Le decía que su madre no estaba bien, le decía que se estaba quedando en los huesos, que no tenía dinero, que esta ciudad la estaba matando. A veces me ponía pesado (no me quedaba más remedio) y le decía que tenía que hacer algo por ella, que le mandara dinero o que se la llevara de vuelta a México. Las respuestas de Arturo a veces eran de aquellas que uno no sabe si tomárselas en serio o en broma. Una vez me escribió: «Que aguanten. Pronto iré para allá y solucionaré todo. Por ahora, que aguanten”

POESIA

Los detectives salvajes, Roberto Bolaño, p. 214
Rafael Barrios, café Quito, calle Bucarelli, México DF, mayo de 1977. Qué hicimos los real visceralistas cuando se marcharon Ulises Lima y Arturo Belano: escritura automática, cadáveres exquisitos, perfomumces de una sola persona y sin espectadores, contraintes, escritura a dos manos, a tres manos, escritura masturbatoria (con la derecha escribimos, con la izquierda nos masturbamos, o al revés si eres zurdo), madrigales, poemas-novela, sonetos cuya última palabra siempre es la misma, mensajes de sólo tres palabras escritos en las paredes («No puedo más», «Laura, te amo», etc.), diarios desmesurados, mailpoetry, projective verse, poesía conversacional, antipoesía, poesía concreta brasileña (escrita en portugués de diccionario), poemas en prosa policiacos (se cuenta con extrema economía una historia policial, la última frase la dilucida o no), parábolas, fábulas, teatro del absurdo, pop-art, haikús, epigramas (en realidad imitaciones o variaciones de Catulo, casi todas de  Moctezuma Rodríguez), poesía-desperada (baladas del Oeste), poesía georgiana, poesía de la experiencia, poesía beat, apócrifos de bp-Nichol, de John Giono, de John Cage (A Year from Monday), de Ted Berrigan, del hermano Antoninus, de Armand Schwemer (The Tablets), poesía letrista, caligramas, poesía eléctrica (Bulteau, Messagier), poesía sanguinaria (tres muertos como mínimo), poesía pornográfica (variantes heterosexual, homosexual y bisexual, independientemente de la inclinación particular del poeta), poemas apócrifos de los nadaístas colombianos, horazerianos del Perú, catalépticos de Uruguay, tzantzicos de Ecuador, camoales brasileños, teatro No proletario... Incluso sacamos una revista ... Nos movimos ... Nos movimos ... Hicimos todo lo que pudimos ... Pero nada salió bien.

W

En cuerpo y en lo otro, DF Wallace, p. 114-115
El Wittgenstein de las IF invierte mucha energía y tinta en oponerse a la idea de lo que se ha dado en llamar “lenguaje privado”. El término pertenece al pragmatista William James, al que W, a quien no convenía tener de enemigo, acusó de estar buscando siempre “la alcachofa entre sus hojas”. Pero el afán de las IF por mostrar la imposibilidad de un lenguaje privado (algo que consigue, en gran medida) es también una terrible ansiedad por evitar las consecuencias solipsistas de la lógica matemática entendida como paradigma del lenguaje. Recuérdese que los esquemas de arreglo a la verdad de la lógica matemática, así como los hechos individuales que esos esquemas describen, existen independientemente de quien habla, de quien conoce y sobre todo de quien escucha. La insistencia de las IF -como parte del alejamiento que lleva a cabo el libro de la idea de cómo debe ser el mundo para que sea posible el lenguaje y su acercamiento a la idea de cómo debe ser el lenguaje a la vista de cómo es realmente el mundo, con todo su farfullar y su encanto y su profundo absurdo- en que la existencia, no, la idea misma del lenguaje depende de alguna clase de comunidad comunicativa ... constituye el ataque filosófico más poderoso a la coherencia básica del escepticismo/ solipsismo desde aquel Descartes cuyo Cogito el mismo Wittgenstein contribuyó a ensartar. Tres. La gran diferencia final es una atención nueva y clínica a las malas artes casi nixonianas del mismo lenguaje ordinario. Uno de los preceptos de las IF es que las cuestiones filosóficas profundas se pueden resolver averiguando por qué las construcciones lingüísticas se usan como se usan, y que muchos/la mayoría de los errores de la “metafísica” o la “epistemología” provienen de la susceptibilidad que tienen los humanos y los académicos a la pharmakopia de trucos, engaños e invenciones que posee el lenguaje. El último Wittgenstein está lleno de grandes ejemplos de cómo las personas están sucumbiendo continuamente al “embrujo” metafísico del lenguaje ordinario. Perdiéndose en él. Por ejemplo, las locuciones como «el flujo del tiempo» crean una especie de fantasma de UHF ontológico, nos seducen para que de alguna manera veamos el tiempo como si fuera un río, que no solo «fluye» sino que lo hace de forma externa a nosotros, externa a las cosas y a los cambios de los que en realidad el tiempo no es más que una medida. O bien los predicados ordinarios “juego” y “reglas”, cuando se yuxtaponen simultáneamente a, por ejemplo, la taba, el gin rummy. el béisbol para aficionados y las Olimpiadas, nos engañan para que caigamos en un ilusorio universalismo platónico según el cual hay cierto rasgo trascendentalmente existente común a todos los miembros de las extensiones de “juego” o “regla”, en virtud del cual cada miembro es un “juego” o una “regla”, en lugar de ser esa red fluida de “parecidos familiares” que, para Wittgenstein, justifica a la perfección el que se adjudiquen predicados en apariencia unívocos para calificar algo que no viene a ser más que un tipo de conducta humana, y no, en cambio, ninguna clase de cartografia trascendente de la realidad. 
En la imagen W de Derek Jarman

DE LA TELEVISION


En cuerpo y en lo otro, DF Wallace, p. 2
Las estadísticas sobre el porcentaje de la jornada americana que transcurre delante de pequeñas pantallas son bien conocidas. Sin embargo, la generación americana nacida, digamos, después de 1955 es la primera para la cual la televisión es algo con lo que se vive, no algo que simplemente se mira. Nuestros padres contemplan el televisor más o menos como las chicas modernas de los años veinte veían el automóvil: como una curiosidad convertida en capricho convertido en seducción. Para nosotros, sus hijos, la tele forma parte de la realidad en la misma medida que los Toyota y los atascos de tráfico. Somos literalmente incapaces de “imaginarnos” la vida sin ella. Igual que la tele presenta y define gran parte del mundo desarrollado de hoy día, también lo hace con nuestra experiencia cotidiana. Pero nosotros, a diferencia de nuestros mayores, no tenemos recuerdos de un mundo donde no existía esa definición electrónica. Es algo que nos viene de fábrica. En mi infancia, a finales de los sesenta, en el sur rural de Illinois, a muchos kilómetros y muchos megahercios de cualquier centro de producción de entretenimiento, el estar al día de lo que sucedía en series como Batman o ]im West era el medio mismo de la interacción social. Gran parte de nuestros juegos originales no eran más que réplicas de lo que habíamos visto por la tele la noche antes, y la verosimilitud se tomaba muy en serio. La capacidad de hacer una imitación pasable de Howard Cosell, Pablo Mármol, el pájaro de los cereales Cocoa Puffi o Gomer Pyle era un baremo de tu estatus, una determinación de tu estatura.

INCIPIT 816. AL OTRO LADO DEL MURO: LA RDA EN SUS ESCRITORES

REGRESO
A finales de junio o comienzos de julio de 1945, tras nueve años de ausencia, fui uno de los primeros emigrantes en regresar a Alemania. Acababa de cumplir treinta años. El último año  de la guerra lo había pasado en Suiza. No fue fácil, pero había tenido algo de ich1ico en comparación con lo anteriormente vivido. Los aliados habían cerrado las fronteras tras la capitulación alemana e indicado a los estados limítrofes que no dejaran pasar a nadie a Alemania, para no dificultar la caza de criminales de guerra. Yo no podía atenerme a esas disposiciones. Tenía que cumplir encargos de mi organización, que coincidían del todo con mi impaciencia por volver a ver Alemania. Cambiar de país sin disponer de pasaporte se había vuelto una costumbre, y no sólo para mí. A doscientos metros de la frontera, que reconocí por un mojón, me esperaba un teniente francés con dos soldados y un jeep. Me llevaron al interior del país. Yo tenía una libreta militar francesa y un carné de refugiado suizo. En la primera ciudad el teniente ordenó a las autoridades que me dieran papeles y cartillas de racionamiento.

Todo el mundo sabe que, cuanto mayor se hace uno, más rápido pasan los años. Yo estaba dejando atrás una eternidad de nueve años. En ese tiempo había hecho escala hasta en veinte países -sería la expresión correcta, ya que en varios de esos países sólo estuve unos días, pero en el fondo no asimilé ninguno, ni siquiera aquellos en los que permanecí más tiempo.

INCIPIT 814. EN CUERPO Y EN LO OTRO / DAVID FOSTER WALLACE

FEDERER, EN CUERPO Y EN LO OTRO

Casi todo el mundo que ama el tenis y sigue el circuito masculino por televisión ha vivido durante los últimos años eso que se puede denominar Momentos Federer. Se trata de una serie de ocasiones en que estás viendo jugar al joven suizo y se te queda la boca abierta y se te abren los ojos como platos y empiezas a hacer ruidos que provocan que venga corriendo tu cónyuge de la otra habitación para ver si estás bien. Los Momentos Federer resultan más intensos si has jugado lo bastante al tenis como para entender la imposibilidad de lo que acabas de verle hacer. Todos tenemos ejemplos. Aquí va uno. Se está jugando la final del Open de Estados Unidos de 2005 y Fededer sirve ante Agassi al principio del cuarto set. Hay un intercambio medianamente largo de tiros de fondo, con esa forma de mariposa distintiva del estilo moderno de juego de fondo, durante el cual Federer y Agassi se dedican a hacerse correr el uno al otro de lado a lado, ambos intentando obtener el punto desde la línea de fondo ... hasta que de pronto Agassi arrea un pelotazo cruzado de revés que desvía completamente a Federer hacia el lado del revés (= su izquierda), y Federer alcanza la pelota pero le da un revés bien corto dejándola a medio metro de la línea de saque, que por supuesto es la clase de jugada que para Agassi es pan comido, y mientras Federer todavía está intentando dar marcha atrás hacia el centro de la pista, Agassi se dispone a coger la bola corta en plena subida, intentando pillar a Federer a desmano, y de hecho lo consigue

K.

DF Wallace portátil, p. 591
ALGUNOS COMENTARIOS SOBRE LO GRACIOSO QUE ES KAFKA, DE LOS CUALES PROBABLEMENTE NO HE QUITADO BASTANTE
Una de las razones de que esté dispuesto a hablar en público sobre un tema para el que estoy extremadamente poco cualificado es que me otorga la oportunidad de leer para ustedes un relato de Kafka que ya he dejado de enseñar en las clases de literatura y que echo de menos poder leer en voz alta. Se titula “Una pequeña fabula”:
-Caramba -dijo el ratón-, el mundo se hace cada día más pequeño. Al principio era tan grande que me daba miedo. Yo corrí y corrí sin parar y me alegré de ver por fin las paredes lejanas a un lado y a otro. Pero esas largas paredes se han estrechado tan deprisa que ya estoy en el último cuarto, y ahí en el rincón está la trampa en la que tengo que meterme.
-Solo tienes que cambiar de dirección -dijo el gato, y se lo comió.

Algo que a mí me frustra rotundamente cuando estoy intentando leer a Kafka ante estudiantes universitarios es que me resulta casi imposible hacerles ver que Kafka es gracioso. O apreciar la forma en que el humor está entremezclado con la poderosa fuerza de sus relatos. Porque, por supuesto, los grandes relatos y los grandes chistes tienen mucho en común. Los dos dependen de lo que los teóricos de la comunicación llaman a veces “exformación”, que es cierta cantidad de información vital eliminada de una comunicación pero evocada por la misma de tal manera que causa una explosión de conexiones asociativas con el receptor.

BOXEO

DF Wallace portátil, p. 460-461
Desde mi sitio veo también el combate entre boxeadores de diez años, una pelea salvaje entre dos niños diminutos cuyas protecciones hacen que sus cabezas parezcan demasiado grandes para sus cuerpos. Ninguno de ellos muestra interés alguno por la defensa. Las puntas de sus zapatos se tocan mientras ellos se enzarzan, golpeándose a capricho. Sus siniestros papás mastican chicle en las esquinas. A uno de los niños se le cae todo el tiempo la protección bucal. El público del combate de los dieciséis años estalla en vítores cuando el patán de Hall acierta a Sullivano con un gancho que lo hace caer de culo. Sullivano se levanta animosamente pero le tiemblan las rodillas y no se atreve a dar la cara al árbitro. Hall levanta los brazos y mira al público, revelando la ausencia de un incisivo. Las chicas delatan su formación como animadoras aplaudiendo y dando botes de forma sincronizada. Hall agita los guantes por encima de la cabeza cuando varias chicas gritan su nombre, y uno lo puede notar en los iones del aire: Darrell Hall se va a acostar con una chica antes de que la noche se acabe .

El termómetro digital que el dios Ronald tiene en su enorme mano izquierda dice que la temperatura es de 34 C y son las 18.15 h. Detrás de él nubes enormes y ominosas parecidas a cucharadas de helado de café con leche se amontonan en el flanco oeste del cielo, pero el sol sigue dominando en lo alto. Las sombras de la gente sobre la avenida se vuelven alargadas. Hemos llegado a esa parte del día en que los niños sufren crisis de llanto por culpa de lo que sus padres llaman ingenuamente agotamiento. Las cigarras cantan en la hierba junto a la carpa. Los boxeadores de diez años están literalmente codo con codo matándose a golpes. Es de esa clase de palizas mutuas implacables que se ven en las películas de lucha. Ahora su ring es el que tiene más público. La pelea va a ser imposible de puntuar. Sin embargo, todo se termina en un momento del segundo descanso, cuando uno de los niños, sentado en su taburete mientras su entrenador de brazos tatuados le está susurrando algo, vomita de repente. De forma prodigiosa. Sin razón aparente. Es surrealista. El vómito lo salpica todo. Los chicos y las chicas del público gritan “iiiiaaaa”. Se pueden identificar diferentes alimentos parcialmente digeridos de las casetas de comida: tal vez esa sea la razón aparente. El boxeador indispuesto rompe a llorar. Su siniestro entrenador y el árbitro lo limpian y lo ayudan a salir del ring, de forma bastante amable. Su oponente levanta los brazos sin mucha convicción.

K.

DF Wallace portátil, p. 595
Lo que los relatos de Kafka tienen es más bien una grotesca, magnífica y completamente moderna complejidad, una ambivalencia que se convierte en la lógica multivalente inclusiva del, entre comillas, “inconsciente”, que yo personalmente creo que no es más que una forma sofisticada de llamar al alma. El humor de Kafka -que no solo no es neurótico sino que es antineurótico, heroicamente cuerdo- es, en última instancia, humor religioso, pero religioso al estilo de Kierkegaard y Rilke y los Salmos, una espiritualidad desgarradora contra la cual hasta la gracia sanguinaria de la señora O'Connor parece un poco facil, y las almas en juego prefabricadas.
Y es esto, creo yo, lo que hace que el ingenio de Kafka sea inaccesible para unos niños a quienes nuestra cultura ha educado para que vean las bromas como entretenimiento y el entretenimiento como algo reconfortante.3 No es que los estudiantes no “pillen” el humor de Kafka, sino que los hemos enseñado a ver el humor como algo que se pilla, de la misma forma que les enseñamos que el “yo” es algo que se tiene sin más. No es de extrañar que no puedan apreciar el chiste que hay en el centro mismo de Kafka: que la horrible pugna por establecer un “yo” humano resulta en un “yo” cuya humanidad es inseparable de  esa pugna horrible. Que nuestro viaje interminable e imposible hacia el hogar es de hecho nuestro hogar. Es difícil de explicar con palabras cuando uno está frente a la pizarra, créanme. Se les puede decir a los alumnos que tal vez sea bueno que no cepillen a Kafka. Se les puede pedir que imaginen que sus relatos tratan todos de una especie de puerta. Que nos imaginemos acercándonos y llamando a esa puerta, cada vez más fuerte, llamando y llamando, no solo deseando que nos dejen entrar sino también necesitándolo; no sabemos qué es pero lo sentimos, esa  desesperación total por entrar, por llamar y dar porrazos y patadas. Y que por fin esa puerta se abre ... y se abre hacia fuera: que durante todo el tiempo ya estábamos dentro de lo que queríamos. Das ist komisch.
3. Probablemente se podrían escribir libros enteros de la Johns Hopkins University Press sobre la función tranquilizadora que el humor desempeña en la psique americana de hoy día. Una fora tosca de explicar todo este asunto es que nuestra cultura es, tanto a nivel histórico como de desarrollo, adolescente. Y como es sabido que la adolescencia es el periodo más estresante y temible del desarrollo humano –esa fase en que la condición adulta que aseguramos poseer empieza a presentarse como un sistema real y cada vez más estrecho de responsabilidades y limitaciones (los impuestos, la muerte) Y en que ansiamos interiormente un retorno a la misma paz infantil de la que fingíamos burlarnos-.* no resulta difícil ver por qué en cuanto cultura somos tan susceptibles a un arte y un ocio cuya función primaria es la evasión, es decir, la fantasía, la adrenalina, el espectáculo, el romance, etcétera. Los chistes son una forma de arte, y debido a que la mayoría de los americanos llegamos hoy día al arte pan escapar de nosotros mismos -para fingir durante un rato que no somos ratones y que las paredes son paralelas y que podemos dejar atrás al gato-, es comprensible que la mayoría de nosotros vayamos a considerar “Una pequeña fabula” como algo que no es gracioso en absoluto, o que tal vez incluso lo veamos como un ejemplo repulsivo de esa misma clase de realidad deprimente compuesta por los impuestos y la muerte de la que el humor “de verdad” sirve como respiro.

* (¿Creen ustedes que es coincidencia que la universidad sea el sitio donde muchos americanos dediquen más tiempo en sus vidas a follar y caerse borracho y montar ti estas extáticas de tipo dionisiaco? N o lo es. Los estudiantes universitarios son adolescentes, y están aterrados, y están afrontando su terror de una forma distintivamente americana. Esos chicos desnudos que cuelgan cabeza abajo de las ventanas de los edificios de sus fraternidades los viernes por la noche están simplemente intentando comprar unas cuantas horas de evasión de esas lúgubres cosas de adultos en las que cualquier facultad decente lleva toda la semana obligándoles a pensar.)

CAMISETAS

DF Wallace portátil, p. 447
Una chica gorda con tatuaje y un bebé con muchos pañales lleva una camiseta que dice: ADBERTENCIA: ACELERO DE CERO A CACHONDA EN 2 1/2 BIRRAS.

¿Alguna vez se han preguntado de dónde sale esa clase tan especial de camisetas sin gracia? Esas que dicen cosas como CACHONDA EN 2 1/2  BIRRAS O PROCESAD Al PRESIDENTE CLINTON .. . jY A SU MARIDO TAMBIÉN! Misterio resuelto. Vienen de las ferias comerciales estatales. Aquí mismo, en la planta principal, hay una caseta gigantesca, más bien una bodega abierta,  con camisetas, insignias de madera contrachapada y orlas para matrículas de coche, todo ello para este subtipo, doy fe. Esta caseta parece crucial. El pliegue más sórdido del vientre del Medio Oeste. El Lascaux de cierta mentalidad rural. “Con cuarenta anos no eres viejo ... si ERES UN ÁRBOL”, “jubilado: no más preocupaciones, no más pagas” y “Yo lucho contra la pobreza ... ¡TRABAJO! “ ». Como pasa con las tiras cómicas del New Yorker, todos los mensajes de las camisetas muestran una semejanza misteriosa. Muchos sirven para identificar al portador como parte de cierto grupo y de paso felicitar a ese grupo por su dinamismo sexual: “Los cazadores de mapaches lo hacen toda la noche”, “Las peluqueras lo masajean hasta ponerlo tieso”y “Ahórrate el caballo: monta al vaquero”· Algunos dan por sentada cierta relación de  agresividad extraña entre el portador de la camiseta y su lector: “Nos llevaríamos mejor .. . si fueras una CERVEZA”, “No me empujes a la tentación ... YA CONOZCO EL CAMINO” Y “¿Qué parte de NO es la que no entiendes?”. Hay algo complejo e imperioso en el hecho de que esos mensajes no sean simplemente dichos sino que se llevan puestos, como un emblema o una acreditación. El mensaje elogia de alguna forma al que lo lleva puesto. y a su vez el que lo lleva refrenda el mensaje al ponérselo sobre el pecho, lo cual a su vez se supone que refrenda al portador como una persona con un ingenio atrevido y descarado. También se supone que convierte al portador en un Individuo, la clase de persona que no solo realiza sino que lleva puesta una Declaración Personal.

11S

DF Wallace portátil, p. 606
La señora Thompson tiene un televisor Philips de pantalla plana de cuarenta pulgadas en el que Dan Rather aparece un segundo en mangas de camisa y con el pelo ligeramente despeinado. (La gente de Bloomington parece preferir aplastantemente las noticias de la CBS; no está claro el porqué.) Ya hay aquí otras muchas mujeres de Ia iglesia, pero no sé si he intercambiado saludos con nadie porque recuerdo que al entrar yo todo el mundo estaba mirando anonadado una de las pocas imágenes de vídeo que la CBS nunca volvió a emitir: un plano muy general de la Torre Norte en el que se veía la retícula de acero desnuda de los pisos superiores en llamas y varios puntos desprendiéndose del edificio y desplomándose pantalla abajo por entre el humo, puntos que luego un repentino acercamiento del plano reveló que era gente con abrigos y corbatas y faldas y con los zapatos cayéndoseles mientras ellos caían, algunos colgando de cornisas o de vigas y luego soltándose, cabeza abajo o retorciéndose mientras caían, y hubo una pareja que casi pareció (es inverificable) que se estaban abrazando mientras caían por todos aquellos pisos y se convirtieron de nuevo en puntos cuando la cámara regresó de repente a un piano general -no tengo ni idea de cuánto tiempo habían durado las imágenes-, después de lo cual la boca de Dan Rather pareció moverse un segundo sin que emergiera ningún sonido, y todos los que estábamos en la sala nos reclinamos en nuestras sillas y nos miramos entre nosotros con unas expresiones que parecían al mismo tiempo infantiles y terriblemente ancianas. Creo que una persona o dos hicieron alguna clase de ruido. No estoy seguro de qué más decir. Parece grotesco hablar de estar traumatizado por unas imágenes en vídeo cuando la gente en el vídeo estaba muriendo. Algo relacionado con el hecho de que también se les cayeran los zapatos lo hacía todavía peor. Creo que aquellas señoras mayores se lo tornaron mejor que yo. Luego la repulsiva belleza de las imágenes   repetidas del segundo avión al chocar contra la torre, el azul y el plateado y el negro y el espectacular anaranjado de las mismas, mientras caían más puntos en movimiento. 
(En la imagen el Memorial del 11S)

EL PUNTO DE VISTA / HENRY JAMES

De la señorita Aurora Church, a bordo, a la señorita Whiteside, en París

Mi niña querida, el bromuro de sodio (si es así como lo llaman) resultó ser perfectamente inútil. No quiero decir que no me hiciera bien, pero nunca tuve ocasión de sacar la botella de la valija. Me habría hecho maravillas si lo hubiera necesitado; pero simplemente no las hizo porque yo he sido una maravilla. ¿Creerás que he hecho todo el viaje en cubierta, en la más animada conversación y haciendo ejercicio? Doce vueltas a la cubierta suman una milla, creo; y según este cálculo, he estado caminando veinte millas diarias. Y he bajado para todas las comidas, imagínate, en las que desplegué el apetito de una piraña. Por supuesto, el clima ha estado lindísimo, de modo que no tengo gran mérito. El viejo, perverso Atlántico estuvo tan azul como el zafiro de mi único anillo (que es bastante bueno), y tan terso como el piso resbaloso del comedor de madame Galopín. Durante las tres últimas horas hemos tenido tierra a la vista y pronto entraremos en la bahía

INCIPIT 813. LA SUBASTA DEL LOTE 49 / THOMAS PYNCHON

Una tarde de verano, al volver de una fiesta organizada por TuppeiWare donde la anfitriona había puesto quizá demasiado kirsch en la fondue, la señora Edipa Maas se enteró de que la habían nombrado albacea de la herencia de un tal Pierce lnverarity, un magnate californiano de las inmobiliarias que cierta vez había perdido dos millones de dólares en su tiempo libre pero cuyos restantes bienes eran aún lo bastante numerosos y complicados como para que el trabajo de clasificarlos fuese algo más que simbólico. Edipa se detuvo en la sala de estar y, bajo la atenta mirada del ojo apagado y verdoso de la pantalla del televisor, invocó el nombre de Dios y se esforzó por sentirse embriagada al máximo. No dio resultado. Pensó en la habitación de cierto hotel de Mazatlán cuya puerta se había cerrado de golpe, por lo visto definitivamente, despertando a doscientos pájaros que dormitaban en el vestíbulo; en un amanecer en la cuesta de la biblioteca de la Universidad de Cornell que nadie más había visto porque dicha cuesta daba a poniente; en una melodía triste y sin adornos del cuarto movimiento del Concierto para Orquesta de Bartók; en un busto encalado de Jay Gould que Pierce tenía sobre la cama, en un anaquel tan estrecho que a ella siempre le asaltaba el temor de que se les cayera encima. ¿Habría muerto así, pensó, sumido en sueños, aplastado por la única escultura de la casa? Sólo se le ocurrió echarse a reír, a carcajadas, con impotencia: qué morbosa eres, dijo para sí, o para la habitación, que estaba al tanto.

WIKIPEDIA

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