Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

DE FRIDA

 Viva, Patrick Deville, p. 195
 «Preferiría sentarme a vender tortillas en el suelo del mercado de Toluca, en lugar de asociarme a  esta mierda de "artistas" parisienses, que pasan horas calentándose los valiosos traseros en los "cafés", hablan sin cesar acerca de la c ul tura" , el arte, la "r evolución" , etcétera. Se creen los dioses del mundo, sueñan con las tonterías más fantásticas y envenenan el aire con teorías y más teorías que nunca se vuelven realidad.» Breton no tendrá necesidad de excluir a Frida, como no la tuvo con Artaud. Su encuentro con lo que queda de la pequeña banda de los surrealistas es una catástrofe. “A la mañana siguiente no tienen nada que comer en sus casas porque ninguno de ellos trabaja . Viven como parásitos, a costa del montón de viejas ricas que admiran su "genio'' de artistas". Mierda y sólo mierda es lo que son. Nunca he visto a Diego ni a ti perdiendo el tiempo con chismes estúpidos y discusiones "intelectuales"; por eso ustedes sí son hombres de verdad y no unos cochinos "artistas". ¡Carajo! Valió la pena venir sólo para ver por qué Europa se está pudriendo y cómo toda esta gente, que no sirve para nada, provoca el surgimiento de los Hitler y los Mussolini.»
Frida cae enferma, y su historia médica es tan abundante que es preferible hospitalizada para hacerle exámenes. Es admitida en el Hospital Americano, y es de nuevo Breton quien sale malparado. «Me juego la cabeza a que adquirí las cochinas bacterias en casa de Breton. No cienes ni idea de la mugre con la que vive esa gente, ni de los alimentos que comen. Es algo increíble. No he visto nada igual en toda mi pinche vida”

En Ciudad de México, lo que explota es la cólera de Rivera cuando se entera de que Breton le ha metido un sablazo de doscientos dólares a Frida a la salida del hospital. Frida piensa en adelantar la fecha de su embarque a bordo de ille-de-France y abandonar París antes de la exposición. Sólo Marcel Duchamp, que había sido amigo de Cravan y Mina Loy en Nueva York veinte años antes y que ahora le procura el apoyo que necesita, merece ser eximido a sus ojos; es «el único que tiene los pies en la tierra entre este montón de hijos de puta lunáticos y trastornados que son los surrealistas». Finalmente, la inauguración de la exposición resulta una victoria para ella. Sus obras son elogiadas por Joan Miró, Kandinski, Picasso yTanguy. Antes de su partida, envía una carta a su amiga Ella Wolfe: «Un chisme: Diego se peleó con la Cuarta y le dijo de manera muy enfática al "piochitas" (Trotski) que se fuera al diablo. Les contaré las interioridades del caso. Diego tiene toda la razón.» A su regreso a México tal y como ella se temía, todo se desmorona con Diego Rivera y llega la ruptura. Ella se lo escribe a su amante neoyorquino: «Querido Nick, no te pude escribir antes. Desde que te fuiste, la situación con Diego ha empeorado y ya llegamos al final. Hace dos semanas solicitamos el divorcio. No tengo palabras para describirte lo que he sufrido. Tú sabes cuánto amo a Diego y comprenderás que estos problemas nunca desaparecerán de mi vida.»

LA REVOLUCION

Viva, Patrick Deville, p. 145
Trotski va a morir en el exilio, por supuesto, este último testigo que se niega a callarse, amenazado por los comunistas mexicanos y los fascistas sinarquistas, se lo huele. Pero todo volverá a comenzar, para bien y para mal. Ya conocemos la frase de Bolívar: «El que sirve una revolución ara en el mar.” La Revolución nunca se acaba. Dentro de veinte años, Ernesto Guevara y la pequeña banda de los clandestinos cubanos emprenderán en fila la ascensión del Popocatépetl, para endurecer sus cuerpos en la nieve y reafirmar su solidaridad antes de embarcarse en el Granma. Dentro de cuarenta años, los nuevos sandinistas derrocarán la dictadura somocista en Nicaragua. Dentro de sesenta años, los nuevos zapatistas se sublevarán en el estado de Chiapas. Las barquillas suben al cielo y descienden en cada revolución de la rueda de la gran noria, que da vueltas tanto en el Volcán de Malcolm Lowry como por encima de la Viena destruida de Graham Greene.

LA HUMANIDAD...

Viva, Patrick Deville, p. 142
El Proceso de los Dieciséis se había celebrado algunos meses antes, mientras Trotski estaba en Noruega, en agosto de 1936. Todos los acusados, y entre ellos Zinóviev y Kámenev, los viejos compañeros de Lenin,  fueron ejecutados al día siguiente del veredicto. La segunda puesta en escena, el proceso contra el «Centro antisoviético trotskista de reserva , llamado Proceso de los Diecisiete, comenzó en enero de 1937, justo después de la llegada de Trotski a Tampico. Los viejos héroes, torturados y con sus familias ya encarceladas, se acusan delante del fiscal Vishinski de crímenes de los que Trotski, mediante el estudio de sus archivos, se propone exonerarles. Sus refutaciones son implacables y poco a poco se impone, convence. Cuando al final le preguntan si todo esto ha sido realmente útil, si no ha vendido su alma al Diablo al aliarse con aquellos que hoy se mofan de la verdad, si no reconoce que, aun siendo inocente de los crímenes de los que le acusa Moscú, también él tiene una parte de responsabilidad en la propia Revolución, si merecía la pena Kazán para terminar en Lubianka, Trotski responde con una frase que quizás Natalia y Frida podrían comprender mejor que John Dewey: «La humanidad no ha podido hasta el presente racionalizar su historia. Es un hecho. Nosotros, los seres humanos, no hemos podido racionalizar nuestros cuerpos ni nuestros espíritus. Es cierto que el psicoanálisis intenta enseñarnos cómo armonizar nuestro físico con nuestra mente, pero sin grandes resultados hasta el momento.”

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TROTSKY Y MEXICO

Viva, Patrick Deville, p. 180
De pie, en este despacho de Coyoacán, Trotski sigue sin duda situando involuntariamente Siberia al este, a mano derecha, cuando aquí, en este despacho, debería situarla a mano izquierda. Si México fuera el centro del planisferio, se vería que Europa está al este, más allá de Tampico, y del otro lado, Siberia al oeste, más a1lá de Vancouver. El planisferio Mercator es un obstáculo epistemológico.
A los francéses, después del final de la guerra de Indochina y una vez que las tropas coloniales embarcaban en Marsella rumbo a Saigón, se les hada difícil imaginar, cuando los estadounidenses tomaron el relevo, que los B-52 no volasen también hacia el este, que Vietnam estuviera enfrente de California, que todo se desarrollara alrededor del Pacífico y que Europa se encontrase en la cara oculta del planeta.
Trotski es ucraniano, por tanto europeo, y al bajar del Montserrat junto a Arthur Cravan a su llegada a América, durante la Primera Guerra Mundial, está inquieto por el porvenir de Europa: «El hecho económico de importancia capital consiste en que, mientras Europa está demoliendo las bases de su economía, Norteamérica se enriquece. Y yo, que no he dejado todavía de considerarme como un europeo, me pregunto, contemplando con envidia esta ciudad de Nueva York: ¿lo resistirá Europa? ¿No se convertirá en un cementerio? ¿No se desplazará a Norteamérica el centro de gravedad del mundo, en lo económico y lo cultural?”

En medio del suicidio colectivo de los europeos y del sacrificio de la juventud europea en la carnicería de Verdún, él prevé que, «aun supuesto el caso de que triunfasen los aliados, disipados el vapor y la niebla, Francia quedaría en medio de la palestra internacional como una Bélgica grande” Trotski se sienta en su despacho, limpia sus gafas, enciende la lámpara, pasa de la Geografía a la Historia. Delante de él está la pequeña biblioteca sobre la historia de México que pidió al guapo Van que le reuniera. Él es así, Trotski, y su curiosidad es enciclopédica. Quiere meterse en la historia de este país, cavar en su subsuelo hasta el inicio del siglo pasado para comprender el presente. Desde las guerras de independencia del cura Hidalgo y de Morelos, con sus decenas de presidentes, hasta la aparición del héroe Benito Juárez. La vida ejemplar del niño indio nacido muy cerca de las sierras del sur, el huérfano cuya vida debería haber sido la de un pastor en medio de la maleza, pero que decide descubrir por su cuenta el mundo, recorre los kilómetros de colinas que van hasta Oaxaca y ve por vez primera una ciudad. Él sólo sabe hablar zapoteco y aprende español, latín y francés en muy poco tiempo, se convierte en abogado, en gobernador de Oaxaca, en presidente de México, e intenta promulgar la primera ley de separación de Iglesia y Estado.

DEMEROL

Viva, Patrick Deville
Mario pasa su brazo izquierdo sano por encima de su brazo derecho mecánico para mover la palanca de cambios, y me tiende, sin duda con un tercer brazo, un pequeño libro ilustrado de fotografías que acaba de publicar: Demerol sin fecha de caducidad. Han descubierto un cuarto de baño escondido en la casa azul de Frida, al echar abajo una pared. En 1955, un año después de la muerte de Frida y mientras la casa azul se convertía en santuario, en el Museo Casa Azul, Diego Rivera amontonó en ese cuarto de bañio, antes de tapiarlo, diversos objetos que consideraba que no debían ser expuestos. Luego Diego murió, en 1957, y el asunto fue olvidado. Allí se han encontrado montones de cajas llenas de correspondencia y fotografías, baúles y cientos de dibujos, faldas, una pierna artificial, un retrato de Stalin, una tortuga disecada, los corsés de cuero y de metal que Frida llevó tras su accidente de tranvía antes de terminar su vida en una silla de ruedas, así como una gran cantidad de envases de Demerol, para combatir los dolores, algunos llenos y otros ya empezados, de los que parece que ella hada al mismo tiempo gran consumo y gran provisión. Pasando las páginas del libro de Mario, me he acordado de que el Demerol es un producto que William Burroughs menciona en su novela Yonqui. Él lo utilizaba como sustituto de la heroína, y su absorción calmaba los violentos temblores en los raros periodos en que intentaba desengancharse. Producto calmante que sin duda echó en falta aquel día de septiembre de 1951, en el barrio de Roma, justo aliado del de La Condesa, al otro lado de la avenida Insurgentes, en el que jugando a  Guillermo Tell con una pistola se cargó a su mujer de un balazo en la cabeza.

El Demerol de Frida era siempre operativo, precisa Mario, pues en cada envase figura la etiqueta «Sin fecha de caducidad”, que él tomó para dar título a su libro. El Demerol de Frida todavía podría calmar nuestros dolores. Hablamos del amor imposible entre Frida y Trotski. Y, pasando de nuevo su brazo útil por encima del brazo mecánico para agarrar el freno, Mario estaciona delante de mi estudio en Hipódromo. Después de que me pareciera necesario, para leer a Trotski, atravesar Rusia y Siberia en tren, me pareció deseable saber con qué mojaba sus labios Lowry para escribir su «fantasmagoría mezcaler”, y emprendí la empresa de tragarme la lectura de las trescientas páginas de una obra de Rogelio Luna Zamora, La historia del tequila, de sus regiones y sus hombres. Lowry, que nunca supo mucho español, confundía el peyote y el agave, y supuso que en el fondo de su mezcal estaba la mescalina. Confusión que no cometen ni Burroughs, siempre metido en sus enciclopedias botánicas y de armas de fuego, ni Huxley, venido también a iluminarse en mexicolor para escribir Las puertas de la percepción, título que tomó prestado de unas palabras de William Blake, de las cuales sacará el poeta Jim Morrison el nombre de su banda de rock. We band of brothers

EL TREN DEL CONSEJO REVOLUCIONARIO DE L AGUERRA

Viva, Patrick Deville, p. 40-41
Él ha pensado siempre que bastaba con tener razón e incluso en eso se ha equivocado. Creía que bastaría con el ejemplo de la acción, del coraje físico, de la probidad y la razón. Es un héroe de la Antigüedad, un hombre de Plutarco. Y tras la victoria de la revolución en Petrogrado, en vez  de permanecer en el lugar donde está el poder, en Moscú, parte. Hace montar el tren blindado, recorre los frentes, el limes rojo, arrolla a los rusos blancos y a sus destacamentos de cosacos. El tren del Consejo Revolucionario de la Guerra parece estar en todas partes a la vez. Surge entre la niebla y la nieve y galvaniza a las tropas que van en desbandada. Son decenas de miles de kilómetros recorridos a todo lo largo de la guerra civil. Trotski inspecciona los campamentos, lleva armas y comandos capaces de echar una buena mano. El tren pesa tanto que va tirado por dos grandes locomotoras negras con la estrella roja, una de  las cuales está siempre con la presión a punto y lista para partir. Con los ojos cerrados, Trotski recorre uno a uno, como si estuviera caminando aliado de los raíles, los vagones del tren blindado en el que pasó más de dos años de su vida, con el sueño de una sociedad utópica en marcha, un mundo de autarquía, de orden y de razón, perfectamente engrasado. En el horizonte se ve crecer la estrella roja y, con ella, la negra locomotora que se aproxima.

En los vagones hay una imprenta para el periódico del tren, una estación telegráfica, una radio y una antena que se despliega en las paradas para recoger las noticias del planeta, un vagón con los víveres y las vestimentas, cuero para coser las botas, materiales de ingeniería y una reserva de traviesas para reparar las vías saboteadas, grupos electrógenos, un vagón hospital, un vagón con baños y duchas, dos vagones con ametralladoras, un vagón cisterna con carburante, otro para un tribunal revolucionario y vagones garaje capaces de llevar camionetas y automóviles. Situado en medio de ese tren que recorre en su memoria, el reducto del comisario del pueblo es un despacho-biblioteca, flanqueado por una cabina de baño y por un diván. La mesa de trabajo ocupa todo un lado, con un gran mapa de Rusia encima. Del otro lado están las estanterías, las enciclopedias, los libros clasificados por autores y lenguas. Alfred Rosmer, que vivió durante muchas semanas a bordo del tren, hojea allí una traducción francesa de la obra filosófica de Antonio Labriola y encuentra el Alhum de versos y prosa de Mallarmé, con la cubierta azul de la edición de la Librairie Académique Perrin.

MEXICO

Viva, Patrick Deville, p. 82-83
Cave un hoyo. Meta una piña. No deje aflorar más que el copete de hojas picudas, como una roseta. Usted tiene a sus pies una especie de agave en versión bonsái. Puede retirar la piña. Eso no crecerá jamás. Era sólo para darle una idea del crecimiento del agave según Rogelio Luna Zamora: si eso fuera un agave azul, Tequilana Weber azul, al cabo de algunos años usted estaría contemplando sus hojas aceradas en contrapicado.
Se conocen decenas de especies de agaves, y los indios los llamaban «magueyes». Ellos sacaban de la planta una buena parte de su vida material y de sus bebidas alcoh6licas. Al igual que el cactus candelabro, el agave se ríe de los suelos pobres y pedregosos sobre los que nada más crece. Se le ve expandirse por las zonas áridas alrededor de Guadalajara, cuya etimología árabe muestra bien que este valle de piedras del estado de Jalisco, en torno a las ciudades de Amatitán, Tequila y el Arenal y sobre todo en la región de Los Altos, no es un paraíso. Sobre estos altiplanos desérticos, que forman los paisajes de los libros de Juan Rulfo, entre este polvo amarillo embebido de sangre de contrarrevolucionarios cristeros a principios de los años veinte, por estos pueblos fantasma donde balbucean los muertos en Pedro Páramo y El llano en llamas. En el aire azul y transparente, los huizaches retuercen sus delgadas ramas como bajo una tormenta. No se retoza con las ninfas de grandes senos blancos en los campos de agave, como se haría en medio de las vifi.as. Baco no los elegiría para sus siestas legendarias y priápicas. El agave pincha de veras, araña y desgarra. Los dioses de los indios no le tienen miedo a la sangre. De las largas hojas carnosas erizadas de puntas se sacan los clavos y las agujas de coser. Aplastadas de cierta manera dan una espuma con la que se hace jabón, y de otra manera, las fibras tipo sisal que se usan para tejer tapices y hamacas. Su tallo da para hacer navajas de afeitar, y su savia, una melaza, el aguamiel, y, por evaporaci6n, azúcar. Todo eso al aire libre y durante años, como si fuera un cajero automático colectivo puesto en medio del pueblo.

Pero lo más importante madura en la oscuridad. Cuando la planta por fin florece, muere. Ése es, según los botánicos, el banal destino de las plantas monocárpicas. Ésa era la buena voluntad de los dioses, según los indios: la floración anunciaba sus libaciones.

LOS 50

El inocente, John Banville, p. 373-374
Me encantaban las modas de los años cincuenta, los maravillosos ternos, las preciosas camisas de algodón, las corbatas de pajarita de seda y los gruesos y pesados zapatos cosidos a mano. Me encantaban los accesorios que formaban parte de la vida cotidiana en aquellos tiempos ahora tan denostados: las butacas blancas de forma rectilínea, los ceniceros de cristal, los aparatos de radio de madera moldeada con sus válvulas incandescentes y sus frentes de rejilla misteriosamente eróticos; y, por supuesto, los automóviles, lustrosos, negros, con la parte trasera muy ancha, como los músicos de jazz negros a los que a veces tenía la suerte de ligarme en la entrada de artistas del London Hippodrome. Cuando miro hacia atrás, son ésas las cosas que recuerdo más vivamente, no los grandes acontecimientos públicos, ni la política -que no era verdadera política, sino un histérico griterío pidiendo más guerra- y ni siquiera, siento decirlo, las actividades de mis niños, tan inseguros y necesitados de ayuda durante su adolescencia sin padre; sobre todo, recuerdo el bullicioso torbellino de la vida homosexual: el encanto eleganre, de fulares blancos de seda, que tenía todo aquello, las disputas y los pesares, la amenaza latente, los inenarrables y siempre abundantes placeres. Eso fue lo que tanto echó de menos Boy en su exilio americano (“Soy como Ruth”, me escribió, “entre extranjeros reaccionario”. Nada podía compensarle del hecho de no estar en Londres, ni los Cadillac ni los Camel ni los jugadores de fútbol del Nuevo Mundo, con el pelo cortado al cepillo. Tal va si no se hubiera ido a América, si lo hubiese dejado, como yo, o, de quedarse, hubiera seguido trabajando intermitentemente para Oleg, habría podido evitarse todos aquellos problemas, habría podido acabar convirtiéndose en una alegre y veterana reina que se paseara ostentosamente entre el Reform Club y los urinarios públicos junco a la estación de metro de Green Park. Pero Boy adolecía de un incurable compromiso con la causa. Fue una lástima, realmente.

ROLLO GAY

El inocente, John Banville, p. 372-373
Hoy en día todos denigran a los años cincuenta, diciendo que fue una década sórdida; y tienen razón, si se piensa en el maccartismo, Corea, la rebelión húngara, todos esos asuntos serios, históricos. Sospecho, sin embargo, que la gente no se queja de los asuntos públicos, sino de los privados. En mi opinión, su problema era muy sencillo: no tuvieron una vida sexual intensa ni realmente satisfactoria. Ese torpe manoseo luchando con las fajas y la ropa interior de lana, esas cópulas sombrías en los asientos de atrás de los coches, esas quejas y lágrimas y silencios rencorosos, mientras por la radio se cantaba con voz suave al amor eterno; ¡puf! ¡Qué sordidez, qué desesperación más desasosegante! Lo mejor que podía esperarse era un mezquino acuerdo marcado por el intercambio de unos anillos baratos, seguido de una vida de satisfacciones egoístas por una parte y de prostitución mal pagada por la otra. En cambio, ser homosexual -¡mis queridos amigos!- era maravilloso. Los años cincuenta fueron la última gran época dorada de la homosexualidad. Ahora sólo se habla de libertad y orgullo (¡orgullo!), pero esos jóvenes exaltados con pantalones acampana~ dos de color rosa, que reclaman el derecho a hacerlo en las calles si les apetece, no parecen apreciar, o, al menos, se diría que quieren negar, las propiedades afrodisíacas del secreto y el miedo. Por las noches, antes de salir a recorrer en busca de ligues los urinarios públicos, me pasaba como una hora trasegando lingotazos de ginebra para calmarme los nervios y armarme de valor para arrostrar los peligros con los que iba a enfrentarme. La posibilidad de que me dieran una paliza, me robasen o me contagiaran una enfermedad no era nada comparada con la perspectiva de ser detenido y deshonrado públicamente. Y cuanto más alto ha subido uno en la sociedad, más bajo caerá. Veía mentalmente imágenes que me hacían sudar: la verja de Palacio cerrándose de golpe ante mí, o rodando por las escaleras del Instituto mientras Porter, el portero -sí; al principio, tenía que aguantarme para no soltar el trapo, a causa del juego de palabras-, se frotaba las manos en el portal después de pegarme la patada en el trasero y se volvía con una sonrisa burlona. Sin embargo, esos miedos endulzaban mis aventuras nocturnas y me causaban una excitación que me dejaba la boca seca.

WARBURG INSTITUTE

John Banville, El inocente, p. 359
Por entonces estaba enredado en una agotadora, muchas veces sucia, aunque siempre estimulante, lucha por el poder en el Instituto, donde el continuo abuso del aporto y un consecuente ataque de apoplejía de pronto habían dejado vacante el sillón de director. Le expliqué el asunto a Su Majestad y, tímidamente, le indiqué que no me opondría a que utilizara toda su influencia con los miembros de la junta de gobierno cuando fueran a elegir a su sucesor. Ese puesto era lo que siempre había pretendido obtener; era, podría decirse, la ambición de mi vida; a decir verdad, más aún incluso que por mis éxitos académicos, espero ser recordado por mi trabajo al frente del Instituto, una vez las tristes circunstancias actuales hayan sido olvidadas. Cuando me hice cargo de él, estaba moribundo, era un polvoriento refugio para profesores de universidad jubilados y expertos de escasa categoría, y una especie de gueto para judíos europeos exiliados que a menudo no estaban a la altura de sus pretensiones intelectuales. Pronto lo puse en orden. A comienzos de la década de los  cincuenta ya era reconocido como uno de los mayores ... No, dejemos de lado falsas modestias: como el mayor centro de enseñanza artística de Occidente. Mis actividades como agente secreto no fueron nada en comparación con la infiltración masiva en el mundo de la investigación artística de los jóvenes, hombres y mujeres, cuya sensibilidad formé durante mis años en el Instituto. Si observa cualquier galería importante de Europa o América, descubrirá a mi gente en lo más alto, o si no, escalando obstinadamente los obenques con alfanjes en los dientes.

AMERICANOS

John Banville, El intocable, p. 345-346
En los años sesenta hice varios viajes a Estados Unidos -para dar conferencias y asesoramiento-, e incluso, por inverosímil que pueda parecer, di clases durante un semestre en una universidad del Medio Oeste, donde por el día exponía ante una aula llena de alumnos, que tomaban notas con fanática diligencia, los esplendores del arte francés del siglo XVII, y por las noches salía a beber cerveza con esos mismos estudiantes, ya relajados y dóciles cual perros. Recuerdo una memorable ocasión en el Rodeo Saloon en que confraternicé con ellos hasta el punto de que decidí evocar mis viejos tiempos de espectador de music-hall con Danny Perkins y, puesto de pie encima de una mesa, canté Burlington Bertie con los ademanes apropiados, lo que mereció la ruidosa, aunque sorprendida, admiración de mis estudiantes y de media docena de vejestorios con botas vaqueras que estaban en la barra. Oh, sí, señorita V., soy polifacético. Y no fue sólo el hombre americano el que se ganó mi admiración (aunque admiré bastante a uno o dos de mis alumnos, sobre todo a un joven futbolista de cutis melado, pelo rubio y extraordinarios ojos azul celeste que me sorprendió, y creo que también a sí mismo, por la desmañada intensidad de su ardor en el viejo sofá de cuero de mi despacho, encerrados bajo llave, una húmeda tarde en que una gigantesca tormenta de verano estalló estruendosamente en el campus y la lluvia caía con gran alboroto y repiqueteaba en los listones de madera de las persianas bajadas), sino el propio sistema americano, tan exigente, tan despiadado, tan desengañado en lo referente a la innata violencia y venalidad del género humano, y al mismo tiempo tan denodada, inagotablemente optimista. Cuanta más herejía, ya lo sé, más apostasía; pronto no me quedará ninguna creencia, sólo un racimo de rechazos defendidos con uñas y dientes.

UNA EDUCACION

El intocable, John Banville, p. 313
En tales ocasiones disimulaba mi decepción lo mejor que podía. Sin embargo, trataba por todos los medios de mantenerse al tanto, de parecer interesado e impresionado. Una vez había terminado, me decía, por ejemplo:
-Lo que dijiste acerca de los griegos que hicieron aquel cuadro.. , ese de un tipo con falda ... ya sabes, el de ese fulano ... no recuerdo su nombre, estuvo muy bien; sí, me pareció muy bueno.
Y fruncía el ceño, asintiendo solemnemente con la cabeza, mientras se miraba las botas.
No me daba por vencido. Le di montones de libros, incluyendo, no sin cierta timidez, La teoría del arte en el Renacimiento, mi preferida entre las obras salidas de mi cálamo. Le recomendé que leyera a Plutarco, Vasari, Pater, Roger Fry. Le regalé reproducciones de cuadros de Poussin y de lngres para que las colgara en las paredes de la recámara del dormitorio de Boy, que era su habitación particular. Le llevé a la hora del almuerzo a escuchar a Myra Hess interpretando a Bach en la Nacional Gallery. Soportó todas esas pejigueras con una especie de tolerancia compungida, riéndose de sí mismo y de mí por mis falsas ilusiones y deseos pueriles. Un domingo por la tarde fuimos al Instituto y, tras atravesar el desierto edificio, descendimos al sótano, donde, con toda la solemnidad de un sumo sacerdote iniciando a un efebo en los misterios del culto, desenvolví mi Muerte de Séneca de su sudario de arpillera y .se lo mostré para que lo admirara. Prolongado silencio, luego:

-¿Por qué enseña las tetas esa mujer que está en el medio?

EROS

El intocable, John Banville, p. 313-314
No sentía vergüenza de las cosas que hacía y me estaban haciendo, no me embargaba la espantosa sensación de transgresión que, hasta cierto punto, había esperado. Pero tampoco sentí verdadero placer en aquella mí primera experiencia. En realidad, me sentí poco más que un voluntario en un brutal y extraordinariamente enérgico experimento médico. Espero que Danny me perdonará la comparación, pero es exacta, ésa es la verdad. En posteriores encuentros me infligió tan exquisitos y dulces tormentos, que habría llorado a sus pies  pidiendo más –en particular, gozaba sobremanera con una sensación de presión en la base de la lengua, una extátíca y, hasta cierto punto, alarmante sensación de ahogo, que sólo Danny podía producirme-, pero en aquella ocasión, mientras caían las bombas y millares de personas morían a nuestro alrededor, yo era el insecto que había que disecar y él el experto entomólogo.
Después -qué lástima, realmente, que siempre renga que haber un después- Danny preparó té muy cargado y nos sentamos a beberlo en la cocina; llevaba puesta mi chaqueta, cuyas mangas  le venían demasiado largas, y yo iba envuelto en la bata gris de Boy, avergonzado y ridículamente satisfecho de mí mismo; al alba sonó el final de la alarma, y descendió sobre nosotros una especie de silencio tintinean te, como si una enorme lucerna se hubiese estrellado en alguna paree, muy cerca, y se hubiese roro en mil pedazos.
-Este ataque aéreo no ha estado nada mal -dijo Danny-. No creo que después de esto haya quedado mucho en pie.

Me quedé de piedra. De hecho, no sería exagerado decir que me sentía ofendido. Era la primera vez que hablaba desde que dejamos el sofá, y lo único que se le ocurría era aquella horrible banalidad. ¡Qué me importaba que el reino encero hubiera sido reducido a un montón de escombros! Le observé con enfurruñada curiosidad y una creciente sensación de resentimiento, esperando en vano que se diera cuenta de la trascendencia de aquel momento. Es una reacción que, en años posteriores, iba a ver a menudo en otros primerizos. Te miran y piensan: ¿Cómo puede estar ahí sentado, tan tranquilo, tan indiferente, tan pendiente de las pequeñas tonterías de la vida cotidiana, cuando acaba de ocurrirme una cosa tan asombrosa? Cuando he obtenido mucho placer de ellos, o son muy guapos, o están casados y se muestran ansiosos (escribo todo esto en tiempo presente, lo cual, como no puedo menos que darme cuenta, resulta completamente inapropiado), trato de aparentar, por su bien, que también siento que ha ocurrido algo importante y capaz de transfigurarnos, después de lo cual ninguno de los dos volverá a ser el mismo. Y es cierto, para ellos ha sido una revelación, una transformación, una luz fulgurante que los ha derribado en el polvo del camino; para mí, sin embargo, ha sido sólo un ... 

MUERTE DE SENECA

El intocable, John Banville, p. 215.216
Sin embargo, hoy estoy muy nervioso. Van a limpiar y tasar La muerte de Séneca. ¿Cometo un error? Los tasadores son muy fiables, muy discretos, me conocen bien; sin embargo, no puedo evitar las dudas imprecisas que revolotean inquieras dentro de mí como una bandada de estorninos al acercarse la noche. ¿Y si la limpieza daña el cuadro, o de alguna otra forma me priva de él, mi último solaz? En Irlanda, cuando un niño muestra despego hacia sus padres, decimos que se convierte en un extraño; eso proviene de la creencia en que las hadas, seres celosos, cuando tienen hijos débiles y poco agraciados, raptan a recién nacidos sanos y  hermosos y dejan en su lugar a sus retoños. ¿Y si cuando regrese mi cuadro descubro que se ha convertido en un extraño? ¿Y si algún día, al levantar la vista de mi escritorio, descubro que me lo han cambiado?
Todavía está en la pared; no puedo armarme de valor para descolgarlo. Me mira como lo hizo mi hijo, cuando tenía seis años, el día en que le dije que íbamos a enviarlo a un internado. Es una producción de los últimos años del arrisca, del período del magnífico florecimiento tardío de su genio, de Las estaciones, de Apolo y Dafoe, y del fragmento de Agar. Lo he fechado provisionalmente en 1642. Es inusual comparado con las otras obras de  su período final, que en conjunto componen una meditación sinfónica sobre la grandeza y el poder de la naturaleza en sus diferentes aspectos, mediante una transición del paisaje a las escenas de interior, del mundo exterior al interior, de la vida pública a la privada. En mi cuadro, la naturaleza está presente únicamente en la apacible vista de colinas lejanas y bosques encuadrada por la  ventana que hay encima del lecho del filósofo. La luz que baña la escena tiene algo de sobrenatural, como si no fuese luz diurna, sino algún otro resplandor, un resplandor paradisíaco. Aunque su rema es trágico, el cuadro transmite una sensación de serenidad y sencilla grandeza que resulta conmovedora, profundamente conmovedora. El efecto se logra mediante la sutil y magistral combinación de colores, esos azules y dorados, y esos no exactamente azules ni dorados, que conducen al ojo, por medio de los dos esclavos y el oficial de la guardia, pesado como un caballo de batalla con sus correajes y su yelmo, desde la pose marmórea de la figura del moribundo -convertido ya en su propia efigie, por así decirlo- a la figura de la esposa del filósofo, luego a la de la sirvienta, que prepara el baño en que aquél pronto se sumergirá, y, finalmente, a la ventana y el vasto, tranquilo mundo que hay más allá, donde espera la muerte.

Tengo miedo.
En la iamgen Et in Aracadia ego de Poussin

LA MUERTE DE SENECA

El intocable, John Banville, p. 36-37
-El motivo -dije, imagino que con mi Voz D1scurs1va- es el suicidio de Séneca el Joven en el año sesenta y cinco de nuestra era. Mire a sus afligidos amigos y familia, reunidos a su   alrededor mientras su sangre gotea en la copa dorada. Allí está el oficial de la guardia (Gavio Silvano, según Tácito) que comunica de mala  gana la imperial sentencia de muerte. Aquí está Pompeya Paulma, la joven esposa del filósofo, dispuesta a seguir a su marido en la muerte, ofreciendo su pecho al cuchillo. Y fíjese, allí, en segundo plano, en esa habitación más lejana, una sirvienta llena el baño en el que dentro de poco el filósofo exhalará su último suspiro. ¿No está todo admirablemente ejecutado? Séneca era un español educado en Roma. Entre sus obras destacan las Consolationes, las Epistolae morales y la Apocolocyntosis divi Claudii, es decir, La conversión del divino Claudio en calabaza; esta última, como puede usted figurarse, es una sátira. Aunque aseguraba desdeñar las cosas de este mundo, logró, no obstante, amasar una enorme fortuna, procedente en su mayor parte de préstamos en Britania; el historiador Dión Casio dice que los excesivos intereses que Séneca cobraba por sus préstamos fueron una de las causas de la rebelión de los britanos contra el ocupante, lo cual significa que, como ha señalado Lord Russell agudamente, la rebelión de la reina Boadicea iba dirigida contra el capitalismo por el principal defensor filosófico de la austeridad que había en el Imperio Romano. Tales son las ironías de la historia.
Sigilosamente, miré de soslayo a la señorita Vandeleur; sus ojos empezaban a ponerse vidriosos; conseguiría vencerla por agotamiento.
--Séneca chocó con el sucesor de Claudio, el antes mencionado Nerón, del que había sido tutor. Fue acusado de conspiración y obligado a suicidarse, cosa que hizo con gran entereza y dignidad.
Señalé el cuadro que teníamos delante. Por primera vez se me ocurrió preguntarme si el pintor tenia motivos para describir la escena con semejante serenidad, con ran estudiada calma. Una vez más, el estremecimiento de la inquietud. ¿Estoy condenado a eso en esta nueva vida, no hay nada que no sea dudoso?

-Baudelaire -

ESTOICISMO

El intocable. John Banville, p. 323-34
-Los estoicos niegan el concepto de progreso. Puede haber un pequeño adelanto aquí, una mejora allá, como la cosmología en su época, o la odontología en la nuestra, pero a lo largo del  tiempo las cosas, tanto las buenas como las malas, la belleza y la fealdad, la alegría y la tristeza, permanecen constantes y mantienen  una especie de equilibrio. Periódicamente, al cabo de los inconmensurables períodos de tiempo, el mundo se destruye en un holocausto de fuego y entonces todo vuelve a empezar, como antes.  Siempre he encontrado enormemente alentadora esta concepción prenietzscheana del eterno retorno, y no porque espere volver a  vivir mi vida una y otra vez, sino porque eso quita cualquier trascendencia a los acontecimientos al tiempo que les confiere el numinoso significado que se deriva de la inmutabilidad, de la perfección absoluta. ¿Comprende?
Sonreí lo más amablemente que pude. Se quedó boquiabierta  un momento, y sentí un vivo deseo de alargar un dedo y cerrarle la boca de nuevo.

-Y resulta que un buen día leí, no puedo recordar dónde, un informe acerca de una breve conversación entre Josef Mengele y un médico judío a quien había salvado de ser ejecutado para que le ayudara en sus experimentos en Auschwitz. Estaban en la sala de operaciones. Mengele intervenía a una mujer preñada, cuyas piernas había arado a la altura de las rodillas antes de empezar a provocar el nacimiento de su hijo, sin la ayuda de ningún anestésico, por supuesto, pues eran demasiado valiosos para gastarlos con judíos. En los momentos de tregua en que la madre dejaba de chillar, Mengele disertaba acerca del vasto proyecto de la solución  final: el número de afectados, la tecnología, los problemas logísticos, etcétera. ¿Por cuánto tiempo, se atrevió a preguntar el médico judío -debió de ser un hombre valeroso-, por cuánto tiempo continuaría el exterminio? Mengele, no del todo sorprendido, al parecer, ni molesto por la pregunta, sonrió discretamente y, sin levantar la mirada de su trabajo, dijo: Oh, seguirá y seguirá, sin parar ... Y se me ocurrió que el doctor Mengele era también un estoico, como yo. 

ALICIA MEXICANA

La feria, JJ Arreola, p. 131
Pitirre andaba en el jardín.
En una banca estaba sentada una señora con una niñita en los brazos. La niña le gustó a Pitirre. "¿Me deja darle una vueltita a su niña?", le dijo Pitirre a la señora.
Pitirre se llevó a la niñita entre unas matas de trueno. Sacó una botellita y le dijo que bebiera un traguito. La niña dio un trago grandote. Luego comenzó a crece y crece. Se hizo una muchacha grande. Más grande de lo que Pitirre quería. Luego se casó con ella y tuvo su noche de bodas bajo las matas de trueno.
Después sacó otra botellita y la muchacha volvió a  dar un trago grandote. Luego comenzó a hacerse chiquita, chiquita. Pitirre la tomó en sus brazos, le puso un caramelo en su boquita y se la llevó a su mamá. , .. .
La señora dijo: "Qué niño tan mono.' Luego le dijo a la niñita: "Dile muchas gracias." Pero la niña, que se había hecho muy chiquita, ya no sabía hablar. Sólo hizo; ''Ta, ta" Miró a Pitirre con mucho sentimiento, no por lo que le había hecho bajo las matas de trueno, sino por haberla dejado tan chiquita.

Cosas como ésta hacía Pitirre en el jardín.

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