Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

ADOLESCENCIA

4321 de Paul Auster, p. 260
Luego cumplieron catorce, primero Amy en diciembre y luego él en marzo, y de pronto Ferguson se encontró habitando un cuerpo nuevo que escapaba a su control, un cuerpo que producía jadeos y erecciones espontáneas, la temprana fase masturbatoria en la que en su cabeza no cabía ningún pensamiento que no tuviese un tinte erótico, el delirio de convertirse en hombre sin los privilegios de serlo, desconcierto, consternación, caos incesante en su interior, y ahora siempre que miraba a Amy su primer y único pensamiento era cuánto quería besarla, lo que quizá pudiera decirse también de ella por el modo en que lo miraba, según  observaba Ferguson. Al anochecer de un viernes de abril, cuando Gil y su madre salieron a cenar al centro con unos amigos, Amy y él se encontraron solos en el apartamento del séptimo piso discutiendo la expresión besos de primos, que Ferguson no acababa de entender, según    reconoció, porque invocaba la imagen de unos primos normales que se besaban educadamente en la mejilla, lo que chocaba un poco, en cierto modo, porque a esa clase de besos no se los podía calificar de besos, besos de verdad, y si eran normales, por qué se los iba a llamar besos de primos, momento en el cual Amy soltó una carcajada y dijo: No, bobo, esto es lo que significa besos de primos, y sin decir una palabra más se inclinó hacia Ferguson en el sofá, lo abrazó y le plantó un beso en los labios que pronto se convirtió en un beso que se deslizaba por el interior de su boca, y a partir de ese momento Ferguson decidió que, al fin y al cabo, no eran primos de verdad.

DE LA EXISTENCIA DE DIOS

4321 de Paul Auster, p.219-220
Dios había sido injusto con él, y ahora Dios se esforzaba en compensarlo tratándolo con divina clemencia y delicadeza. Si la voz ya no podía decirle lo que necesitaba saber, tal vez Dios podría comunicarse con él de otra forma, mediante alguna señal inaudible que demostrara que seguía escuchando sus pensamientos, y así se inició la última etapa de su prolongada indagación teológica, los meses de silenciosa oración en que suplicaba a Dios que se le manifestara o renunciase a Su derecho de llevar el nombre de Dios. Ferguson no pedía una grandiosa revelación bíblica, un trueno poderoso o la súbita partición de los mares, no, se contentaría con algo más modesto, un milagro infinitesimal del que sólo él fuese consciente: que el viento de pronto soplara lo bastante fuerte para hacer que un errante trozo de papel cruzara la calle antes de que el semáforo cambiara de color, que su reloj dejara de andar durante diez segundos para luego ponerse de nuevo en marcha, que una solitaria gota de lluvia cayera de un cielo sin nubes para depositarse en su dedo, que su madre pronunciara la palabra misterioso dentro de treinta segundos, que la radio se encendiera sola, que diecisiete personas pasaran frente a la ventana durante minuto y medio a partir de aquel mismo momento, que el petirrojo de Central Park sacara un gusano entre la hierba antes de que otro avión pasara por encima, que tres coches  tocaran el claxon al mismo tiempo, que el libro se le cayera de las manos abriéndose por la página 97, que el periódico de la mañana llevara una fecha errónea, que se encontrara una moneda de veinticinco centavos en la acera al bajar la vista a sus pies, que los Dodgers anotaran tres carreras al final de la novena y ganasen el partido, que el gato de su tía abuela Pearlle guiñara el ojo, que todos los presentes en la habitación bostezaran al mismo tiempo, que todos los presentes en la habitación soltaran una carcajada al mismo tiempo, que nadie en la habitación hiciera un solo ruido durante treinta y tres segundos y un tercio. Una por una, Ferguson deseaba que ocurrieran esas cosas, ésas y otras muchas, y cuando ninguna ocurrió a lo largo de seis meses de muda súplica, dejó de desear nada y apartó a Dios de sus pensamientos.

RECOMENDACIONES

4321 de Paul Auster, p. 205
“He leído tres libros desde que estoy aquí -escribía en la última carta, fechada el 9 de agosto- y creo que los tres son geniales. Dos de ellos me los envió mi tía Mildred, uno pequeño de Franz Kafka que se titula La metamorfosis y otro más extenso de). D. Salinger titulado El guardián entre el centeno. El otro me lo dio Gary, el marido de mi prima Francie: Cándido, de Voltaire. El de Kafka es con mucho el más raro y más difícil de leer, pero me ha encantado. ¡Un hombre se despierta una mañana y descubre que se ha convertido en un insecto enorme! Parece una historia de terror o ciencia ficción, pero no lo es. Trata sobre el alma humana. El guardián entre el centeno es sobre un chico de instituto que deambula por Nueva York. No ocurren muchas cosas, pero la forma de hablar de Holden (el protagonista) es muy realista y verdadera, y no puedes evitar que te caiga bien y pienses que ojalá fuera amigo tuyo. Cándido es un libro antiguo del siglo XVIII,  pero es disparatado y divertido, y me he reído a carcajadas casi en cada página. Gary la ha calificado de sátira política. ¡Yo digo que es fenomenal! Tienes que leerlo, y los otros también. Ahora que los he leído todos, lo que me choca es lo diferentes que son los tres. Todos están escritos con su propio estilo, y los tres son muy buenos, lo que significa que no hay una sola forma de escribir un buen libro. El año pasado, el señor Dempsey nos repetía que había dos formas, una buena y otra mala; ¿te acuerdas? Puede que así sea con las matemáticas y la ciencia, pero no con los libros. Cada uno los hace a su manera, y si tu forma de hacerlo es buena, podrás escribir un buen libro. Lo interesante es que no puedo decidir cuál de ellos me ha gustado más. Se supone que tendría que saberlo, pero no lo sé. Todos me han encantado. Lo que significa, supongo, que toda forma buena es válida.

PSIQUE

4321 de Paul Auster, p. 233
En griego, explicó su tía, psique significa dos cosas: Dos cosas diferentes pero muy interesantes.  Mariposa y alma. Pero si te paras a pensarlo detenidamente, la mariposa y el alma no son tan distintas después de todo, ¿verdad? La mariposa empieza siendo una oruga, una cosa fea, prosaica, como un gusano, y luego un día la oruga hace un capullo y después de cierto periodo de tiempo el capullo se abre y sale la mariposa, la criatura más bella del mundo. Eso también le pasa al alma, Archie. Lucha en las profundidades de la oscuridad y la ignorancia, sufre duras pruebas e infortunios y poco a poco se va purificando por el sufrimiento, fortaleciendo por las calamidades que le ocurren, y un día, si el alma en cuestión se lo merece, sale de su capullo y se remonta en el aire como una magnífica mariposa.

INCIPIT 880. LOS OJOS VENDADOS / SIRI HUSTVEDT

Aún hoy a veces creo verle en la calle, de pie junto a una ventana o inclinado sobre un libro en una cafetería. Y en ese instante, antes de caer en la cuenta de que se trata de otra persona, se me encoge el estómago y me quedo sin respiración.
Lo conocí hace ocho años. Yo acababa de graduarme en la Universidad de Columbia. Ese verano hacía mucho calor y me costaba mucho dormir por las noches. Me quedaba echada en mi apartamento de dos habitaciones en la calle Ciento nueve Oeste escuchando los ruidos de la ciudad. Me dedicaba a .leer, escribir y fumar hasta que se hacía de día, pero algunas noches en las que el calor me abatía hasta el punto de impedirme trabajar, contemplaba a mis vecinos desde la cama. Miraba a través de la ventana atrancada, por el estrecho extractor al apartamento enfrente del mío y veía a los dos hombres que vivían allí deambular de una habitación a otra, medio vestidos y sofocados de calor. Un día de julio, no mucho antes de conocer a Mr. Morning, uno de los hombres se acercó desnudo a la ventana. Había oscurecido y se quedó allí durante un buen rato con el cuerpo iluminado desde atrás por una lámpara amarilla. Me camuflé en la oscuridad de mi habitación y en ningún momento supo que estaba allí.

Esto sucedía dos meses después de que Stephen me dejara, y yo pensaba incesantemente en él

INCIÌT 879. LO QUE NO ESTA ESCRITO / RAFAEL REIG

Estaba esperando a que Carlos viniera a por el chico para irse al trabajo. Siete años después, las aguas habían vuelto a su cauce y Carmen ya ni recordaba cómo habían llegado tan lejos, hasta la demanda de divorcio, las medidas provisionales y la prohibición de que el padre viera a solas a su hijo. Se le había ido de las manos, se había dejado llevar por la abogada, pero había sabido rectificar. Al final, con el tiempo, habían reconstruido una relación nueva basada en lo único que tenían en común: para los dos lo más importante era el bienestar de Jorge. Carlos siempre sería el padre de su hijo. Puede que hubiera sido el peor de los maridos, pero ahora hasta ella misma reconocía que era un buen padre. No había más que ver a Jorge. Durante la última media hora había ido cuatro veces a hacer pis.
-¿Nervioso?
-¿Yo? Pero qué dices. Es que he bebido demasiado zumo.
Ese viernes no había instituto y su padre se lo llevaba los tres días de acampada, hasta el domingo por la tarde.
-¿De qué tienes miedo? ¿De los lobos?
-Muy graciosa. Es que me parto. Ja, ja y ja. En el Guadarrama no hay lobos, para que lo sepas.

-Siempre hay un lobo -dijo Carmen cuando sonó el telefonillo-. Ese es tu padre, ábrele la puerta.

INCIPIT 878. TODO CUANTO AME / SIRI HUSTVEDT

Ayer encontré las cartas de Violet a Bill. Su dueño las tenía escondidas entre las páginas de uno de sus libros, y al abrirlo cayeron al suelo. Hacía años que sabía de su existencia, pero ni él ni ella me habían hablado nunca de su contenido. Lo que sí me dijeron es que a los pocos minutos de leer la quinta y última carta, Bill cambió de opinión con respecto a su matrimonio con Lucille, salió del edificio de Greene Street y se dirigió directamente al apartamento de Violet en el East Village. Yo, mientras las sostenía en la mano, percibí en ellas ese misterioso peso que tienen las cosas que se han visto hechizadas por historias relatadas y vueltas a relatar una y otra vez. Mi vista ya no es tan buena como antes, por lo que tardé largo rato en leerlas, pero al fin conseguí descifrar hasta la última palabra, y cuando terminé con ellas supe que iba a comenzar a escribir este libro hoy mismo.

«Allí, tumbada en el suelo del estudio -decía Violet en la cuarta misiva-, me dediqué a observarte mientras me pintabas. Me fijé en tus brazos y en tus hombros, y especialmente en tus manos mientras trabajabas en el lienzo. Hubiera querido que te volvieras hacia mí y te aproximaras y me frotaras la piel igual que frotabas la pintura. Quería que me oprimieras la carne con el pulgar del mismo modo que hacías con el cuadro, y pensé que si no me tocabas me volvería loca, pero ni me volvi loca ni tú me tocaste una sola vez. Ni siquiera me estrechaste la mano.”

TOLSTOI

4 3 2 1, de Paul Auster, p. 39
Entre ellos Suave es la noche, La casa de la alegría, Moll Flanders, La feria de las vanidades, Cumbres borrascosas, Madame Bovary, La cartuja de Parma, Primer amor, Dublineses, Luz de agosto, David Copperfield, Middlemarch, Washington Square, La letra escarlata, Calle Mayor, Jane Eyre y muchos más, pero de todos los autores que descubrió durante su confinamiento fue Tolstói el que más le dijo, el colosal Tolstói, que entendía la vida toda, pensaba Rose, todo lo que había que saber sobre el corazón humano y la mente humana, con independencia de a quién perteneciera el corazón o la mente, a un hombre o a una mujer, y cómo era posible, se preguntaba, que un hombre supiera lo que Tolstói sabía de las mujeres, no tenía sentido que  un hombre pudiera ser todos los hombres y todas las mujeres, y por tanto caminó con paso firme a lo largo de casi todo lo que Tolstói había escrito, no sólo las grandes novelas como Guerra y paz, Ana Karénina y Resurrección, sino también las obras breves, las novelas cortas y los relatos, ninguno de ellos más impactante para ella que Felicidad conyugal, la historia en cien páginas de una joven recién casada y su gradual desilusión, una obra que le llegó a lo más hondo y la hizo llorar al final, y cuando Stanley volvió a casa por la noche se alarmó al verla en tal estado, porque a pesar de que había terminado de leerla a las tres de la tarde seguía teniendo los ojos húmedos de lágrimas.

ARTE MODERNO

Todo cuanto amé, Siri Hustvedt, p. 248
-Que Giles expone la glorificación de la violencia dentro de la cultura norteamericana -dijo Jillian-. Que efectúa una deconstrucción del horror de Hollywood, o algo así.
-Jillian y yo fuimos a ver la exposición -dijo Fred-. A mí me pareció bastante falsa y vacía de contenido. Pretende  escandalizar, pero en realidad no lo consigue. Resulta pueril cuando uno piensa en los artistas que verdaderamente transgredían los límites. Esa mujer que se sometió a cirugía plástica para modificar su rostro y parecerse a un Picasso o un Maneto un Modigliani. Siempre me olvido de su nombre. ¿Y recordáis cuando Tom Otterness le pegó un tiro a aquel perro?
-A aquel cachorro -dijo Violet.
A Lola se le demudó el semblante.
-¿Le pegó un tiro a un cachorrito?
-Está todo filmado -explicó Fred-. Se ve al animalito brincando de un lado a otro y, de repente, bang. -Hizo una pausa-. Aunque parece ser que tenía cáncer.
-¿Quieres decir que estaba enfermo y se iba a morir?
Nadie respondió a la pregunta de Lola.
-Chris Burden hizo que le dispararan en el brazo –apuntó Jillian.
-En el hombro -corrigió Bernie-. Fue en el hombro.
-En el brazo, en el hombro ... -sonrió Jillian-. Es la misma zona. Pero si quieres arte radical, ahí tienes a Schwarzkogler.
-¿Qué hizo? -preguntó Lo la.
-Bueno -intervine yo-, pues para empezar se cortó el pene en sentido longitudinal e hizo fotografiar la escena. Todo bastante sangriento y espeluznante.
-¿No hubo otro tipo que también hizo lo mismo? –preguntó Violet.
-Bob Flanagan -dijo Bernie-. Pero fue con clavos. Se clavó unos cuantos clavos en él.
Lola nos contemplaba, boquiabierta.
-Eso es enfermizo -dijo-. Eso es estar mentalnente enfermo. A mí no me parece que eso sea arte; eso no es más que locura.
Me volví para examinar sus facciones, con sus cejas perfectamente depiladas, su naricilla menuda y sus labios relucientes.

.-Si yo te cogiera y te expusiera en una galería, tú misma serías arte -le dije-. Y mejor que muchas otras cosas que he visto. Las definiciones establecidas ya han perdido su vigencia.
(En la foto Beuys)

ANOREXIA

Todo cuanto amé, Siri Hustvedt, p. 204
Violet insistía en que nuestros cuerpos están construidos de ideas tanto como de carne, y que no cabe culpar a las modas de la obsesión contemporánea con la delgadez, toda vez que no constituyen sino una de tantas formas de expresión de una cultura más amplia. En una época que ha conseguido asimilar la amenaza nuclear, la guerra biológica y el SIDA, el cuerpo perfecto representa nuestra armadura: una armadura acerada, reluciente e impenetrable. Violet reunía pruebas procedentes de vídeos de ejercicios físicos y de anuncios de programas y de máquinas en los que se empleaban términos tan reveladores como «glúteos de acero» y «abdominales a prueba de balas». Santa Catalina había desafiado la autoridad de la Iglesia al ayunar por amor a Jesucristo. Las muchachas de finales del siglo XX ayunan por amor a sí mismas y en contra de sus padres y de un mundo hostil y sin fronteras. En un mundo de abundancia, el cuerpo demacrado es testimonio de que su dueña se encuentra por encima de los deseos ordinarios, mientras que la obesidad denota la protección de un relleno capaz de proteger al cuerpo de cualquier ataque. Violet citaba a psicólogos, analistas y médicos, y rebatía la extendida opinión según la cual la anorexia en particular no es más que una tentativa errónea de alcanzar la autonomía por parte de adolescentes cuyos cuerpos son focos de rebelión contra aquello que no pueden manifestar. No obstante, las historias particulares no bastan para explicar una epidemia, y Violet exponía una persuasiva argumentación según la cual tras los trastornos de la alimentación subyacen diversas alteraciones en el comportamiento social entre las que se incluía la desaparición de los rituales de cortejo y de los códigos sexuales, lo que despojaba a las jóvenes de sus formas y las tornaba vulnerables; asimismo, desarrollaba su concepto de la «mezcla”, citando diversas investigaciones en torno a los “Vínculos” y también estudios acerca de niños pequeños de diversas edades para los que la comida se convierte en el elemento tangible de una batalla emocional.

ONAN

Todo cuanto amé, Siri Hustvedt, p. 156
Por medio de Matt recobré mis propios días de aprensión y secretismo. Recordé aquel cálido fluido que se derramaba sobre mis muslos y mi vientre y se enfriaba inmediatamente después del sueño, los rollos de papel higiénico que escondía bajo la cama para las sesiones vespertinas de masturbación, y mis viajes clandestinos al cuarto de baño para arrojar los pringosos amasijos por el retrete, siempre de puntillas y conteniendo la respiración, como si aquellas efusiones de mi propio cuerpo fueran objetos robados. El tiempo ha convertido mi joven cuerpo en una especie de chiste, pero en aquella época no tenía nada de gracioso. Recuerdo cómo acariciaba los tres cabellos que de la noche a la mañana me brotaron en el pubis y cómo examinaba mis axilas todas las mañanas en busca de presagios de nuevos brotes pilosos. Me estremecía de excitación para a continuación encerrarme en la dolorosa soledad que subyacía bajo mi piel aún tierna

LA CARTA NO ENVIADA

Todo está perdonado, Rafael Reig, p. 158
De todo esto el único culpable soy yo. Tú eres la misma de siempre, una mujer excepcional y digna de alguien mucho mejor que yo. Soy yo el que estoy cambiando y sigo buscando mi propio sentido.
A fmales de mes volveré a Madrid. Un día, cuando ya hayas asimilado todo esto, me gustaría verte. Como amigos. Con la amistad y el cariño sincero que sigo sintiendo por ti. Quizá entonces logremos entender los dos que esta ruptura, aunque sea muy dolorosa, es lo mejor que nos podía pasar. A los dos. Tú no te mereces a alguien como yo y yo no me siento a la altura de tu afecto. Mariví querida, espero que algún día me puedas perdonar. Hasta que llegue ese momento lo único que puedo hacer es pedir perdón. Perdón. Perdóname, es lo único que te pido.
Sé que esta carta es una despedida, pero me gustaría que con el tiempo la convirtiéramos en un «hasta pronto». Confio en que volveremos a encontrarnos en otra vuelta de la vida y entonces tú serás capaz de entenderme y de concederme tu perdón. Te envío un fuerte abrazo de amigo.
Perico
La leyó por última vez. La carta estaba escrita a máquina. Añadió de su puño y letra: «Espero que puedas perdonarme». La metió en un sobre de avión y puso la dirección a mano:
Srta. María Victoria Montovio von Kleitt Cl Gral. García Morato, 66 Madrid 10
Se metió el sobre en el bolsillo de la chaqueta y salió. De camino a casa de Jeena Juggs, al pasar por la esquina de Elm y la Once detuvo el coche y se acercó al buzón azul, levantó la tapa y dejó caer el sobre. Ya no había lugar para el arrepentimiento y, por eso mismo, se sintió aliviado, casi feliz. Le dio por pensar que echar una carta en un buzón era una de las pocas cosas irreversibles que uno podía hacer en esta vida. Casi todo lo demás, la Historia, la realidad, el universo entero, podía ser corregido, borrado, desfigurado. La muerte y el servicio postal, en cambio, eran una fatalidad de toda confianza. Eso pensaba Perico, aunque no contaba con la intervención de Cupido, que impidió que la carta llegara a su destino.
Cuando Perico aterrizó en Barajas, Mariví estaba esperándole con el resto de la familia.
-Cariño, llevo semanas sin recibir carta tuya -se quejó de inmediato.
-¿No te ha llegado ninguna? Te he escrito.
-Nada de nada.
-Se habrá perdido.
En ese momento Perico decidió rendirse o tal vez se dio cuenta de que tenía la oportunidad de corregir un error. Nunca mencionó la carta perdida y siguieron adelante con los planes de boda.

Perico y Mariví se casaron como quien salta al terreno de juego con la única ambición de empatar.

INCIPIT 878. LA MUJER DE MARTIN GUERRE / JANET LEWIS

I. Artigue

Una mañana de enero de 1539, se celebró una boda en el pueblo de Artigue. Esa noche, los dos niños que se habían desposado yacían el uno al lado del otro en la cama, en casa del padre del novio. Se trataba de Bertrande de Rols, de once años, y de Martin Guerre, de la misma edad, descendientes ambos de pudientes familias campesinas tan antiguas, tan feudales y tan orgullosas como cualquiera de las grandes casas señoriales de la Gascuña. Hacía frío en la habitación. Fuera, una fina capa de nieve cubría el suelo rocoso, o apilada en largos bancos poco profundos en las esquinas de las casas, dejaba la tierra desnuda. Pero a mayor altitud se extendía hacia arriba formando grandes mantos y dunas, cubriendo las crestas y ahogando los valles boscosos hacia el pico de La Bacanere y el largo macizo de Burat, y hacia el sur, más allá del largo valle de Luchon, el pico granítico de la Maladeta se alzaba revestido de hielo y nieve. Los pasos hacia España estaban enterrados en la blancura

INCIPIT 881. 4 3 2 1 / PAUL AUSTER

Según la leyenda familiar, el abuelo de Ferguson salió a pie de Minsk, su ciudad natal, con cien rublos cosidos en el forro de la chaqueta, y pasando por Varsovia y Berlín viajó en dirección  oeste hasta Hamburgo, donde sacó billete en un buque llamado The Empress of China, que cruzó el Atlántico entre agitadas tormentas invernales y entró en el puerto de Nueva York el primer día del siglo xx. Mientras esperaba la entrevista con un agente de inmigración en la isla de Ellis, entabló conversación con otro judío ruso. Su compatriota le dijo: Olvida el apellido Reznikoff. Aquí no te servirá de mucho. Necesitas un nombre americano para tu nueva vida en América, algo que suene bastante en este país. Como en 1900 el inglés aún era una lengua extraña para él, Isaac Reznikoff pidió una sugerencia a su compatriota, mayor y con más experiencia. Diles que te llamas Rockefeller, le contestó aquel hombre. Con eso no puedes  equivocarte. Pasó una hora, luego otra, y cuando el Reznikoff de diecinueve años se sentó para que lo interrogara el agente de inmigración, había olvidado el nombre que su compatriota le había sugerido. ¿Cómo se llama?, preguntó el agente. En su frustración, el cansado inmigrante soltó en yidis: Ikh hob fargessen! (¡Se me ha olvidado!). Y así fue como Isaac Reznikoff empezó su nueva vida en Estados Unidos con el nombre de Ichabod Ferguson.

Lo pasó mal, sobre todo al principio, pero incluso después de que ya no fuera el principio, nada ocurrió tal como había imaginado que sería en su país de adopción. 

INCIPIT 877, TODO ESTA PERDONADO / RAFAEL REIG

Estimado compatriota: soy un superviviente. En 1964 asistí en persona a la victoria de España sobre la Rusia soviética. Por paradojas de la vida aquel año, el de los 25 años de paz, empezó la decadencia del franquismo: rebeldía estudiantil, huelgas, Comisiones Obreras, marejadillas en la periferia nacionalista. Aquel año empezó el deterioro de la Patria madre y eterna a pesar del gol de Marcelino contra Marcelino (Camacho). Aquel gol no logró renovar la furia de nuestra unidad de destino en lo universal. Pero todo llega: veo de nuevo que la roja y gualda campea por los aires de nuestra España, vuelve la furia española y el podemos, podemos. Pero me da pena que pueda pasar como en el 64 y desperdiciemos la victoria. Le escribo esta carta como convocatoria: propongo que no desaprovechemos la energía que la alegría otorga: nada de bocinazos por las calles o banderas en la Cibeles: TODOS A GIBRALTAR. ¡Podemos! ¡Podemos! Oé. Oé. Oé.
Antonio Menéndez VigiL, Madrid
Carta publicada en la sección «Cartas al director»,

Público, 2 de julio de 2008

COVADA

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 273
O, para citar otro ejemplo, ¿cómo un deseo vehemente de quedarse embarazada puede resultar en un embarazo psicológico conocido en la literatura médica como pseudociesis? Aunque este fenómeno es común entre los perros y algún que otro mamífero, en los seres humanos está vinculado tanto a la imaginación como a la cultura. Es mucho menos frecuente que antes, al menos en Occidente, probablemente porque el embarazo hoy día es contemplado como una condición médica y las ecografías son rutinarias, pero en la literatura hay muchos casos bien documentados, junto con la amenorrea, la hinchazón abdominal y el aumento de los senos, la ampliación del útero, las contracciones y los cambios mesurables en los niveles de las hormonas neuroendocrinas.  En un estudio sobre la pseudociesis de 1978, los autores Jane Murray y Guy Abraham escribieron: «El papel que desempeñan los factores psicógenos en el control del sistema neuroendocrino se está convirtiendo en una de las áreas más emocionantes de la medicina psicosomática». ¿Qué aspecto toma un deseo en el cerebro?

Por otra parte, se han dado casos de embarazo psicológico en hombres y, en algunas culturas, el marido de una mujer embarazada comparte el embarazo en un ritual conocido como la couvade. En un pueblo en la provincia Sepik de Nueva Guinea, al cónyuge de una mujer embarazada se le llama «el padre embarazado». Éste observa los tabúes alimentarios específicos para las mujeres, adopta un nombre femenino durante el periodo de gestación, se le abulta supuestamente el vientre a la par que el de ella, y durante el parto se azota a sí mismo con ortigas hasta que sangra para compartir su dolor. Se coloca en la posición acuclillada del parto mientras su hijo nace y se queda exhausto y postrado cuando acaba. La pseudociesis es un fenómeno patológico. La couvade, no. Es un ritual de imitación, empatía e identificación que prepara a un hombre para la paternidad, pero durante esa preparación algunos hombres desarrollan signos reales de embarazo. El teatro ritual y las metamorfosis corporales no pueden separarse fácilmente de la couvade. Quisiera recalcar este punto. La imaginación debe ser entendida como una realidad corpórea, que puede pasar de una persona a otra.

MUJERES ESCRITORAS

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 259-260
Boyd informa a su lector de que el impulso competitivo en los hombres es más fuerte que en las mujeres y, acto seguido, cuenta la ya conocida historia que se originó con Darwin de la hembra tímida que se muestra exigente a la hora de aparearse y el macho promiscuo que fecunda a tantas hembras como le es posible. Hay pocas hembras que no son madres, mientras que la competencia entre los machos por las hembras significa que los machos fuertes pueden tener tanto éxito con las hembras que se reproducen a diestra y siniestra, y privan a otros machos de la oportunidad reproductiva, lo que da lugar a una mayor variabilidad en el éxíto reproductivo de los hombres. Boyd pasa por alto las considerables pruebas científicas que demuestran que no es tan simple. Existen innumerabies especies que no encajan en este pulcro esquema. La promiscuidad femenina existente entre varias especies está mucho más extendida de lo que se creyó en otro tiempo. También hay muchos ejemplos de inversión de roles: la hembra es la que se exhibe y el macho el que atiende el nido. La diversidad de los hábitos de apareamiento en el mundo animal es enorme, pero Boyd no lo menciona.

Para Boyd, el anhelo masculino de dominar a otros machos se hace extensivo al arte de la narración. “Desde un cuentista tribal, Homero, Shakespeare o Tolkien”, afirma, los hombres se hallan en una posición de ventaja. Están tan decididos a aplastar a sus rivales que son más propensos que las mujeres a “participar en comportamientos extremos”, lo que a su vez explica por qué están “excesivamente representados en los dos extremos: el éxíto y la Genialidad, así como el fracaso”. Este relato se ha convertido en un mantra entre los psicólogos evolucionistas. “A pesar de Murasaki, Jane Austen y J. K. Rowling -señala Boyd-, los hombres superan en número a las mujeres como narradores clásicos e incluso populares [ ... J aunque, en el otro extremo del espectro, también superan a las mujeres por más de cuatro a uno en autismo, lo que concuerda con un pobre desempeño en cognición social y juegos imaginativos. Por otra parte, las mujeres, en general, además de no perseguir con tanto apremio como los hombres una posición social, se vuelcan, por término medio, más en la crianza de los hijos y son para ellos las principales narradoras de historias, cuentos y rimas populares.»

MNEMOSINA

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 246-247
El arte de la ficción no puede reducirse a la autobiografía de un escritor. En mi caso, la geografía de mi ficción proviene de paisajes y de espacios urbanos que recuerdo. Sin embargo, las historias de los personajes también deben de salir de alguna parte y, de una manera u otra, están relacionadas con sus autores, con su percepción del mundo y sus experiencias del mismo. La imaginación de un escritor no es impersonal y está necesariamente conectada con su memoria. La Odisea de Hornero comienza con una llamada a la musa Mnemósine: «Habla, memoria”.

En la filosofía occidental, el vínculo entre la memoria y la imaginación se remonta a los griegos. El imago latino, con el significado de imagen o cuadro, está integrado en la misma  palabra: imaginación. Tradicionalmente se entendía por imaginación las imágenes que están en la mente que no son percepciones inmediatas, las imágenes mentales que llevarnos la cabeza. Aristóteles insistió en el carácter pictórico de la imaginación y observó que, a diferencia de la percepción recta, podía ser falsa. Localizó la imaginación y la memoria en la misma parte del alma, una idea de la que se hizo Aquino y que posteriormente han recogido otros muchos escritores durante siglos. Para Descartes, la imaginación, fantasie, era un espacio intermedio entre los sentidos corporales y el intelecto. En Leviatán (1651), Hobbes escribió: «imaginación y memoria son una misma cosa que para diversas consideraciones posee también nombres diversos”, Hobbes era un materialista mecanicista para quien el pensamiento podía reducirse a la maquinaria del cerebro. Sin embargo, había una jerarquía. El razonamiento, no la memoria y la imaginación, era el camino que llevaba a la verdad. Cavendish conocía a Hobbes, p ero él se negó a tratar directamente con ella por considerar que no tenía el cuerpo adecuado para dedicarse a la filosofía. A diferencia de Hobbes, Cavendish propuso un continuo ( continuum) de pensamiento que iba de lo conceptual a la imaginación. Para Spinoza, en cambio, el nivel más bajo del conocimiento era la imaginación y ésta comprendía la memoria. En Principios de ciencia nueva (1725), el filósofo e historiador Vico también contemplaba la memoria, la fantasía y el ingegno (ingenio) corno partes de la misma función mental, pero todos emergían del cuerpo. Hegel entendió la conciencia, con su capacidad para llevar el pasado al presente en la memoria, corno un movimiento de la imaginación. 
En l aimagen Mnemosina de DG Rossetti

HIPERESTESIA

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 242
El asmático e hipersensible Marcel Proust no tenía sinestesia de tacto-espejo, que yo sepa, pero sufría varias hiperestesias, entre ellas la “hiperestesia auditiva”, el término que utiliza el personaje de Proust Robert de Saint-Loup para describir los oídos del narrador de En busca del tiempo perdido. El autor escribió su obra maestra en un dormitorio revestido de corcho y con las persianas bajadas de un piso parisino situado en el número 102 del bulevar Haussmann que también se esforzó por mantener libre de olores. Desde esa burbuja limpia de estímulos sensoriales, Proust escribió una colosal obra de precisa y a menudo voluptuosa sensualidad, pero también de compasión humana. La ironía es aguda, y es fácil convertir a Proust en el mejor ejemplo de una trémula sensibilidad artística, tan delicada que hubo que envolverla en capas de gasa protectora.
Sin embargo, Proust ilustra la complejidad del carácter humano. Su extrema sensibilidad sensorial estuvo acompañada de una fortaleza, una voluntad y una resistencia extraordinarias.
La sinestesia de tacto-espejo participa de un espacio intermedio intercorporal, dinámico y en continuo cambio en el que nos encontramos todos, un espacio de diferencia y semejanza, de intercambios de sentimientos, gestos y palabras. Imitamos y empatizamos porque los seres humanos no somos criaturas cerradas y totalmente autónomas. Nacemos de otra persona y estamos abiertos a los otros desde el comienzo de nuestra existencia, y esta apertura es por su misma naturaleza ambigua, recíproca y ambivalente. Los sinéstetas de tacto- espejo tal vez vivimos más intensamente en el entre. Hay momentos en que parece que somos demasiado sensibles para este mundo, pero en otras ocasiones esa misma sensibilidad puede ser un catalizador para crear o penetrar nuevos mundos: en la música y la pintura, la danza y las palabras.

TRANSICION

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 233-234
[…] por Jacques Lacan, el psicoanalista francés, quien a su vez fue influenciado por el filósofo Alexandre Kojeve, que en la década de 1930 impartió clases sobre Hegel en la École Pratique des Hautes Études de París. La “fase del espejo” de Lacan convirtió la lucha de Hegel por la autoconciencia en un drama puramente intrapsíquico. El otro de Hegel se transformó en la imagen que tiene la niña de sí misma en el espejo. Cuando se reconoce, se ve a sí misma como objeto unificado. Winnicott hizo retroceder esta dialéctica en el tiempo y la devolvió a una
relación entre dos personas reales: “En el desarrollo emocional individual, el precursor del espejo es el rostro de la madre”. Para el bebé, una madre receptiva se antepone al “mÍ”
reconocido en el espejo. El niño se ve a sí mismo en el rostro de su madre porque en las expresiones de ésta encuentra lo que ella ve: él mismo. El Yo y el otro están íntima y  expresivamente vinculados. Cuando pierdo el rostro del otro, pierdo algo de mí mismo.
Los investigadores ya no hablan de transitivismo, un fenómeno explorado por la psicóloga infantil Charlotte Bühler, pero es algo con lo que está familiarizado cualquier progenitor. Un niño ve cómo su amigo se cae y rompe a llorar. Una niña da una bofetada a su amiga y luego insiste en que es ella quien la ha recibido. Los niños pequeños parecen moverse entre el Yo y el otro de maneras que los adultos no lo hacen. El transitivismo se parece mucho a la sinestesia de tacto-espejo, ¿no es así? ¿Cómo analizar esta zona virtual, indirecta e imitativa entre tú y yo en un recién nacido o en niños pequeños? ¿Encontramos un “yo” y un “tú” distintos o quizá un “nosotros” más borroso?

Winnicott creó entre el niño y la madre una abertura quepodría llamarse zona borrosa o una especie de “entre nosotros”. Se refirió a ella como “espacio transicional” y, aunque él no lo dice, lo tomó del concepto de transferencia del psicoanálisis freudiano. Para Freud, la transferencia tenía lugar en una “zona intermedia” entre el paciente y el analista. Entre otras descripciones, Freud utilizaba el término Tummelplat  para representar esta cargada zona intermedia de proyección que luego se convirtió en un «patio de recreo” en la traducción de james Strachey. El espacio transicional de Winnicott no está totalmente dentro de una niña, pero tampoco está del todo fuera, y es un lugar donde ella puede jugar. Los “objetos  transicionales» y las «extensiones del yo» son cosas que la niña utiliza, la punta mordisqueada de una manta o un peluche muy querido, por ejemplo, pero también los cadenciosos balbuceos, palabras o canciones a través de los cuales crea una conexión simbólica e ilusoria con su madre, cosas que no están ni aquí ni allá, que no son ni el yo y el no-yo del mundo exterior. En este espacio potencial o imaginativo es donde el niño juega y el artista trabaja, es «una tercera área» que, según Winnicott, nunca dejamos atrás sino que volvemos   continuamente a ella como parte de la creatividad humana corriente. Se podría decir que asistimos a un entremezclarse normal. La creación de arte se realiza en una zona fronteriza  entre el Yo y el otro. Es un espacio ilusorio y marginal pero no alucinante.

INCIPIT 876. LA MUJER QUE MIRA A LOS HOMBRES QUE MIRAN A LAS MUJERES / SIRI HUSTVEDT


El arte no puede ser la aplicación de un canon de belleza, sino la aplicación de lo que el instinto y el pensamiento pueden concebir independientemente del canon. Cuando amamos a una mujer no empezamos a medir sus formas; amamos con nuestros deseos y, sin embargo, hemos hecho lo imposible por introducir el canon hasta en el amor. 
PABLO PICASSO


Lo importante es tener un amor verdadero por el mundo visible que está fuera de nosotros mismos, así como conocer el profundo secreto de lo que sucede en nuestro interior. Pues el mundo visible en combinación con nuestro yo interior proporciona el terreno donde podemos buscar infinitamente la individualidad de nuestra propia alma.  
MAX BECKMANN

INCIPIT 875. SEPULCROS DE VAQUEROS / ROBERTO BOLAÑO

Patria
Mi padre fue campeón de boxeo, el más valiente,el más salvaje, el más astuto, el mejor ...

Cuando abandonó la profesión el comisario Carner, de Concepción, le ofreció trabajar en Investigaciones. Mi padre se rio y dijo que no, que de dónde demonios sacaba semejante idea. El jefe de policía contestó que él podía oler de lejos a los servidores de la ley. Un olfato infalible. Mi padre dijo que la ley le importaba un carajo y que además, con perdón, no tenía vocación de conchudo. A mí me gusta trabajar, dijo, no se lo tome a mal. El jefe de policía comprendió que aunque el boxeador estaba borracho hablaba en serio. No se lo tomó a mal. Es raro, dijo, porque yo huelo a los policías a veinte kilómetros de distancia. A los buenos, por supuesto. No me huevees, Carner, tú lo que quieres es un peso pesado para calentar a los lanzas, dijo mi padre. Eso jamás, dijo el comisario, yo soy un cana moderno. Moderno o no, Carner leía libros de los rosacruces y era, sin demasiado rigor, un adepto de John William Burr, el publicista hoy ya olvidado de la metempsicosis. En mi casa aún hay panfletos de Burr editados por El Círculo, de Valparaiso, y por la Asociación Gustavo Peña, de Lima, que mi padre, previsiblemente, nunca leyó. Que yo recuerde, mi padre sólo leía las noticias deportivas de los periódicos

VENTAJAS DE ESCRIBIR

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 152-153
En Advances in Psychiatric Treatment del año 2005, el resumen de los hallazgos comienza con la siguiente frase: “Se ha descubierto que escribir sobre acontecimientos traumáticos, estresantes o emocionales produce una mejoría en la salud física y psicológica de poblaciones clínicas y no clínicas». Escribir sobre sucesos neutros no proporciona ningún beneficio. Los autores del artículo sostienen que, aunque el efecto inmediato de la escritura sobre las experiencias angustiosas es un “estado de ánimo y síntomas físicos negativos”, los efectos a largo plazo cuando se comparan los controles médicos son, entre otros, un mejor funcionamiento del sistema inmunológico, un descenso de la presión arterial, una mejora de la función hepática y mejor humor. La lista es impresionante. No todos los pacientes psiquiátricos están traumatizados, pero el hecho de que la escritura tenga un efecto positivo sobre la “población no clínica” induce a pensar que sus efectos no se limitan a las personas con diagnósticos específicos. Los autores del artículo enumeran los “mecanismos” que podrían explicar que la escritura expresiva tenga tales efectos y resultan bastante menos impresionantes. Son cuatro:
l. Catarsis emocional (los autores añaden la palabra improbable).
2. Hacer frente a emociones anteriormente inhibidas: puede reducir el estrés fisiológico resultante de la inhibición, pero es poco probable que sea la única explicación.
3. Elaboración cognitiva: es probable que el desarrollo de una narrativa coherente contribuya a reorganizar y estructurar los recuerdos traumáticos, dando como resultado esquemas internos más adaptativos.

4. Exposición continuada: puede implicar la extinción de las respuestas emocionales negativas ante los recuerdos traumáticos, pero algunos hallazgos ambiguos.

DE LA VULNERABILIDAD

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 141
Desde esta estrechez de miras, los hombres ignoran o suprimen a todas las mujeres porque la idea de que puedan ser rivales en términos de logros humanos resulta impensable. Verse frente a frente con una mujer, cualquier mujer, es necesariamente castrante.
 “La homofobia -escribe Kimmel- es el miedo a que otros hombres nos desenmascaren, nos castren, revelen a nosotros mismos y al mundo que no estamos a la altura, que no somos verdaderos hombres.” Esta declaración podría describir, de hecho, los horrores y las humillaciones que se dan en Mi lucha. En el mundo paranoico y extrañamente hermético del hombre blanco heterosexual, el secreto sucio, según Kimmel, es que el semidiós ungido no se siente tan poderoso. Por el contrario, vive angustiado, sentimiento que surge de mantener una posición insostenible, una especie de Yo falso. Ésos son “los sentimientos de los hombres que crecieron creyéndose con derecho a sentir ... poder, pero que no lo sienten”. El hombre que tira de una maleta con ruedas en lugar de cargar con ella corre el peligro de convertirse en la mujer débil o el hombre afeminado. Está haciendo un viaje al territorio contaminado y  aterrador de las mujeres y los gays, donde la hombría del verdadero hombre puede quedar expuesta como una endeble fachada.

La ironía es que el punto débil del poder masculino  blanco, de la postura exclusiva, autocomplaciente, congratulatoria Y pugilista, es la vulnerabilidad extrema. Todo ser humano es susceptible de ser herido. Si los sentimientos causados por los mev1tables cortes y rasguños que cada persona acumula en el transcurso de una vida se consideran “femeninos”, me parece que estamos todos muy confundidos. La diferencia entre la vulnerabilidad masculina y la femenina tal vez sea que esta encaja mejor en el esquema perceptivo de una mujer en el de un hombre.
(En la imagen Santa Catalina de Siena de Il Sodoma)

LITERATURA FEMENINA

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 128-129
Todos, hombres y mujeres, codificamos la masculinidad y la feminidad en esquemas metafóricos implícitos que dividen el mundo por la mitad. Las ciencias y las matemáticas son difíciles, racionales, reales, serias y masculinas. La literatura y el arte son fáciles, emocionales, irreales, frívolos y femeninos. En un artículo que recomendaba a los docentes métodos para inculcar en los niños la afición a la lectura, me encontré con  la siguiente frase que se hace eco de los dolorosos recuerdos de Knausgard de su niñez cuando lo llamaban afeminado: “Los muchachos a menudo expresan aversión a la lectura por considerarla una actividad pasiva, incluso femenina”. La comprensión y el manejo de los números no llevan el mismo estigma. ¿Es más activa la aritmética? ¿No debe un niño dominar también la lectura y la escritura? ¿No es el dominio de la lectura y la escritura algo de vital importancia para ir por el mundo? Por otra parte, puesto que los números y las letras son signos abstractos, representaciones sin género, el prejuicio contra la lectura como algo femenino es poco menos que asombroso o, en palabras de Knausgard, demencial. Sin embargo, la tendenciosidad es asociativa. Todo lo que se identifica con lo femenino, ya sea una profesión, un libro, una película o una enfermedad, pierde estatus. La pregunta interesante aquí gira en torno al problema de los sentimientos: ¿qué lleva a Knausgiird a pasar directamente de los sentimientos a la feminidad?

A Knausgard se le podría llamar el rey contemporáneo de la escritura automática. Mi lucha es un texto incontrolado. Ésa es la naturaleza del proyecto. En la entrevista le pregunté sobre la escritura automática, pero él no sabía nada acerca de su historia en la psiquiatría o el surrealismo. Tampoco sabía nada del género francés de la autoficción. En una “autoficción”, término acuñado por Serge Doubrovslcy, el protagonista del libro debe coincidir con el autor, y el contenido, aunque puede utilizar los recursos de la ficción, debe provenir de fuentes autobiográficas. (Curiosamente, el libro de Knausgard pasó sin pena ni gloria en Francia, al igual que en Alemania, donde su título no fue traducido como Mein Kampf) En la entrevista, Knausgard insistió en que no había editado el libro, no había cambiado una palabra, una vez escrita, y no tengo ningún motivo para dudar de él. La obra es una cruda avalancha de palabras libre de censura procedente de un Yo vulnerable y magullado, un Yo que la mayoría reconocemos de una forma u otra pero decidimos proteger. No obstante, como el desenfrenado torrente autobiográfico que es, a menudo de gran intensidad emocional, adopta las convenciones de la novela: descripciones explícitas y diálogos que ningún ser humano realmente recuerda. Esta forma flexible y poco rígida significa que el lector debe tolerar ciertas longueurs inevitables, pasajes llenos de divagaciones en los que apenas sucede nada. También hay digresiones semifliosóficas, cavilaciones sobre el arte, los escritores y las ideas, algunas de ellas brillantes, otras aburridas.

DE LA INVISIBILIDAD FEMENINA

La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Siri Hustvedt, p. 128-129
Detrás de este caso común -hombres interrumpiendo a mujeres- tiene que haber una serie de experiencias que se convierten en expectativas, lo que algunos científicos llaman “antecedentes”, lo suficientemente sólidas como para hacer que toda una persona desaparezca, al menos un rato. Pero ¿cuáles son exactamente esos supuestos o ideas inconscientes y qué relación podrían tener con leer literatura?
Otra anécdota personal ofrece una respuesta o, por lo menos, una respuesta parcial. En una ocasión entrevisté al escritor noruego Karl Ove Knausgard en Nueva York delante de una audiencia. Fue poco después de la publicación en inglés del primer volumen de su enorme obra autobiográfica Mi lucha. Como admiro el libro o, más bien, los libros, tanto en noruego como en la excelente traducción al inglés (hasta ahora), estaba encantada de entrevistar al autor. Había preparado unas preguntas y él las respondió con sinceridad e inteligencia. Hacia el final de la charla le pregunté por qué en un libro en el que había cientos de referencias a escritores, sólo se mencionaba a una mujer: Julia Kristeva. ¿No había otras obras escritas por una mujer que hubieran tenido alguna influencia sobre él como escritor? ¿Había algún motivo que explicara esa omisión un tanto sorprendente? ¿Por qué no hablaba de alguna otra escritora?
La respuesta no se hizo esperar. “No son competencia”.
Me desconcertó un tanto y, aunque debería haberle pedido que se explicara, quedaba poco tiempo y no tuve oportunidad de hacerlo. Sin embargo, he tenido en la cabeza la respuesta como una melodía recurrente.”No son competencia.” No creo que Knausgard piense realmente que Kristeva es la úníca mujer, viva o muerta, capaz de escribir o de pensar bien. Eso sería absurdo. Más bien intuyo que para él competir, literariamente o de otro modo, significa medir fuerzas con otros hombres. Las mujeres, por brillantes que sean, simplemente no cuentan, con la posible excepción de Kristeva, que da la casualidad de que sé que era muy popular cuando Knausgard asistió a la Universidad de Bergen, y que tal vez por esa razón se coló en su libro. Si hubiera vivido en otro lugar o en otra época, Virginia Woolf o Simone Weil habrían podido ocupar la posición de “mujer intelectual o escritora”. Knausgard no es el único que descarta a las mujeres como competencia. De hecho, él tal vez sea más honesto que muchos escritores, académicos y compañeros que no ven o no escuchan a una mujer porque no es competencia. No creo que ésta sea la única razón para hacer desaparecer a las mujeres de una sala o del campo más amplio de la literatura, pero es sin duda una idea interesante que hay que abordar. ¿Es consciente Knausgard de una actitud en la que otros hombres y mujeres creen implícitamente pero no quieren o no se atreven a expresar?

En una entrevista para el periódico inglés The Observer, Knausgard reconocía que de niño fue objeto de burlas, lo llamaban jessie, afeminado, y admite que nunca se recobró de ello. “Yo no hablo de sentimientos” dijo en la entrevista

11 S SANTIAGO DE CHILE

Sepulcros de vaqueros, Roberto Bolaño, p. 26-27
en aquel mismo lugar, en los malones literarios que gustaba organizar el doctor Narváez, recité, de memoria, uno de los mejores poemas de Nicanor Parra. Mi voz temblaba. Mis manos, al gesticular, temblaban. Pero todavía sigo creyendo que era un buen poema, aunque entonces fue recibido con beneplácito por unos y con manifiesta desaprobación por otros. Recuerdo que al subirme a la silla me di cuenta que aquella noche yo también había bebido como un cosaco. La silla era de madera de araucaria y desde allí arriba el suelo, los arabescos de la alfombra parecían infinitamente lejanos.
Iría por el decimoquinto verso cuando una muchacha y dos muchachos aparecieron por la puerta de la cocina y dieron la noticia. La radio informaba que en Santiago se estaba perpetrando un golpe militar. BlitzkriegoAnschluss, qué más daba, el Ejército de Chile estaba en marcha.

Fue cosa de decirlo e iniciarse la estampida, primero hacia la cocina y luego hacia la puerta de calle, como si todos hubieran enloquecido de repente. Recuerdo que en medio de la desbandada alguien gritó que me callara, por lo que colijo que yo seguía recitando. Recuerdo insultos, amenazas, exclamaciones de incredulidad, rostros que pasaban de la heroicidad más sublime al espanto, alternativamente, todo revuelto e inacabado, mientras yo tartamudeaba enredado con un verso y miraba hacia todos los rincones, el último en entender lo que se cernía sobre la República. Mi silla, ante la avalancha de gente que salía disparada, se tambaleó y caí de bruces contra el suelo. El costalazo fue seco e indoloro. Semiinconsciente, pensé que no acababa nunca de desmayarme. Luego todo se volvió negro.

INCIPIT 874. BERTA ISLA / JAVIER MARIAS

Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido, de manera parecida a como no se sabe, en la duermevela, si se está pensando o soñando, si uno aún conduce su mente o la ha extraviado por agotamiento. A veces creía que sí, a veces creía que no, y a veces decidía no creer nada y seguir viviendo su vida con él, o con aquel hombre semejante a él, mayor que él. Pero también ella se había hecho mayor por su cuenta, en su ausencia, era muy joven cuando se casó.

Estos eran los mejores periodos, los más tranquilos y satisfactorios y mansos, pero nunca duraban mucho, no es fácil desentenderse de una cuestión así, de una duda así. Lograba dejarla de lado durante unas semanas y sumergirse en la impremeditada cotidianidad, de la que gozan sin ningún problema la mayoría de los habitantes de la tierra, los cuales se limitan a ver empezar los días, y cómo trazan un arco para transcurrir y acabarse. Entonces se figuran que hay una clausura, una pausa, una división o una frontera, la que marca el adormecimiento, pero en realidad no la hay: el tiempo sigue avanzando y obrando, no sólo sobre nuestro cuerpo sino también sobre nuestra conciencia, al tiempo le trae sin cuidado que durmamos profundamente o estemos despiertos y alerta, que andemos desvelados o se nos cierren los ojos contra nuestra voluntad como si fuéramos centinelas bisoños en esos turnos nocturnos de guardia que se llaman imaginarias, quién sabe por qué, quizá porque luego le parece que no hayan tenido lugar

DEL ESPANTO

Berta Isla, Javier Marías, p. 540-541
Sin embargo ahora, un año y medio más tarde, veo que ha perdido su continuo estado de tensión y alerta. Al contrario, a menudo se muestra melancólico y pasivo. Cuando viene a casa y yo estoy ocupada y los chicos fuera, se pasa largo rato mirando por los balcones, la vista fija en los árboles que tan sólo fueron míos durante años y años. Se sienta en el sofá y se abstrae, mientras yo preparo mis clases en mi despacho. Y cuando vuelvo al salón y ya ha atardecido, ahí continúa, como si para él no hubiera transcurrido ese tiempo. No sé lo que piensa ni lo que recuerda, no sé en qué se abisma ni lo sabré nunca. Me digo que todos tenemos nuestras tristezas secretas. También los que hemos permanecido quietos y no nos hemos sometido a sacudidas aparatosas. O, como escribió Dickens si no me equivoco de cita, al que me toca enseñar algunos cursos, me digo que 'toda criatura humana está destinada a constituir un profundo secreto y misterio para todas las otras. Es una consideración solemne que, cuando llego a una gran ciudad de noche, cada una de esas casas arracimadas lóbregarnente encierra su propio secreto; que cada habitación en cada una de ellas encierra su propio secreto; que cada corazón palpitante en los centenares de millares de pechos que allí se esconden, es, en algunas de sus figuraciones, un secreto para el corazón más próximo, el que dormita y late a su lado. Y hay en todo ello algo atribuible al espanto ... '.

DEL PUEBLO

Berta Isla, Javier Marías, p. 324-325
El pueblo, que a menudo es vil y cobarde e insensato, nunca se atreven los políticos a criticarlo, nunca lo riñen ni le afean su conducta, sino que invariablemente lo ensalzan, cuando poco suele tener de ensalzable, el de ningún sitio. Es sólo que se ha erigido en intocable y hace las veces de los antiguos monarcas despóticos y absolutistas. Como ellos, posee la prerrogativa de la veleidad impune, no responde de lo que vota ni de a quién elige, de lo que apoya, de lo que calla y otorga o impone y aclama. ¿Qué culpa tuvo del franquismo en España, como del fascismo en Italia o del nazismo en Alemania y Austria, en Hungría y Croada? ¿Qué culpa del stalinismo en Rusia ni del maoísmo en la China? Ninguna, nunca; siempre resulta ser víctima y jamás es castigado (naturalmente no va a castigarse a sí mismo; de sí mismo se compadece y apiada). El pueblo no es sino el sucesor de aquellos reyes arbitrarios, volubles, sólo que con millones de cabezas, es decir, descabezado. Cada una de ellas se mira en el espejo con indulgencia y alega con un encogimiento de hombros: 'Ah, yo no tenía ni idea. A mí me manipularon, me indujeron, me engañaron y me desviaron. Y qué sabía yo, pobre mujer de buena fe, pobre hombre ingenuo'. Sus crímenes están tan repartidos que se desdibujan y se diluyen, y así los autores anónimos están en disposición de cometer los siguientes, en cuanto pasan unos años y nadie se acuerda de los anteriores.

MATRIMONIO

Berta Isla, Javier Marías, p. 254
Aunque ésta no hubiera cambiado esencialmente las cosas para nosotros --quizá algo más para mí, que con ingenuidad la viví como una especie de consecución-, hay una heredada y extraña mística del matrimonio a la que casi nadie permanece inmune ni se sustrae enteramente, lo mismo que hay una mística de la maternidad. Sentimientos atávicos, seguramente. La mujer que se ha casado, el hombre que se ha casado, ya no serán nunca idénticos a los que jamás lo habían hecho. Aunque no se crea en ellas, aunque sean sencillas y se les dé apariencia de trámite, las ceremonias producen su efecto, y por eso se inventaron, supongo: para marcar una línea divisoria, establecer un antes y un después, para convertir en serio lo que no lo era, para subrayar y solemnizar. Para dar una noticia y que así ésta sea asumida, sancionada por la comunidad. ¿Acaso no se sabe siempre quién es el nuevo Rey (a menos que no haya heredero y se sucedan disputas dinásticas), y sin embargo no ha habido nunca monarca que haya renunciado, que se haya saltado una ceremonia de coronación? Puede que aquella pregunta mía tuviera más gravedad de la que yo misma le otorgaba al hacerla. 

BANDERILLERO

Berta, Isla, Javier Marías, p. 35
Berta se había rasgado las medias y le sangraba una rodilla y seguía muy atemorizada, verse con el caballo encima y la porra en el aire, a punto de abatírsele sobre la nuca o la espalda, la había dejado hecha un manojo de nervios, pese al desenlace benévolo del incidente, que a su vez la había dejado con una extraña flojera física, ese desenlace. La mezcla la agotaba momentáneamente, carecía de sentido de la orientación y de voluntad, no habría sabido hacia dónde encaminarse en aquel instante. El joven anticuado, llevándola siempre de la mano como si fuera una niña, la sacó de la zona más conflictiva a buen paso, la condujo hacia la de Las Ventas y le dijo:
-Yo vivo aquí cerca. Sube y te curamos esa herida y te calmas un rato, venga. No vas a volver así a tu casa, mujer. Mejor que descanses y te adecentes un poco. -Ahora ya no la llamó 'muchacha'-. ¿Cómo te llamas?  ¿Eres estudiante?
-Sí. De primero. Berta. Berta Isla. ¿Y tú?
-Yo Esteban. Esteban Yanes. Y soy banderillero.
Berta se sorprendió, nunca había conocido a nadie taurino, ni a los figurantes de ese mundo se los había imaginado fuera del ruedo y vestidos de calle.
-¿Banderillero de toros?

-No, de rinocerontes, a ver de qué va a ser. Dime otro bicho al que se le pongan banderillas.

K

K


A lo largo de los años logró Sancho Panza, proporcionándole en las horas de la tarde y de la noche una gran cantidad de novelas de caballería y de ladrones a su diablo, al que más tarde llamó Don Quijote, que éste se distrajese de él y que montase las fechorías más locas e inconsistentes, que sin embargo a falta de un objeto predeterminado, que hubiera debido ser Sancho Panza, no dañaban a nadie. Sancho Panza, un hombre libre. Seguía de buen ánimo, quizá por un sentimiento de responsabilidad a Don Quijote en sus andanzas y en ello tenía entretenimiento muy útil hasta su fin

TANATOIDE

Vineland, Thomas Pynchon, p. 165
-¿Qué es un tanatoide? Vale, en realidad es una abreviatura de «personalidad tanatoide». «Tanatoide» significa «como la muerte, sólo que distinto».
-¿Tú lo entiendes? -preguntó Takeshi a LO.
-Por lo que yo sé, viven todos juntos, en edificios de apartamentos tanatoides, o en casas tanatoides en pueblos tanatoides. Vivienda modular y más bien poco amueblada, no tienen muchos estéreos, cuadros, alfombras, muebles, chucherías, vajillas, cuberterías, nada de eso, porque para qué preocuparse, ¿me equivoco, OB?
--Uh ee ahkhh uh akh uh Oomb -dijo el chaval, con la boca llena de la comida de Takeshi.
-«Pero vemos mucha tele» -tradujo LD. Mientras esperaban los datos necesarios para satisfacer sus necesidades y cumplir sus objetivos entre los a6n vivos, los tanatoides pasaban al menos parte de cada hora de vigilia coa un ojo en la tete.

-Jamás habrá una comedia situacional tanatoide -predijo Ortho Bob, lleno de confianza-, porque lo único que podrían enseñar serían escenas de tanatoides viendo la tele. Dependiendo de lo desesperado que se sintiera el espectador de ese tipo de programas, incluso aquello podría haber sido marginalmente interesante de no haber aprendido los tanatoides recientemente, antes de la profusión ininterrumpida de vídeos, a limitarse exclusivamente, como ya hacían en otras esferas, a las emociones que contribuyeran a arreglar lo que les impidiera progresar hacia la condición mortal. Entre esas emociones, constreñidos como estaban los tanatoides por la historia y por las reglas del desequilibrio y la restauración a sentir poco más que sus necesidades de venganza, la más común era con mucho el resentimiento.

LA MUERTE DE BORGES

De Borges: la posesión póstuma, de Juan Gasparini, p.105-106
Su lucidez continuaba inalterable. La mantuvo intacta hasta que en «las últimas 24 ó 36 horas» el médico lo vio desfallecer «Es como si usted va desconectando uno a uno los fusibles de la electricidad, llega un momento en que la luz se extingue cuando usted apaga un buen número. Calmadamente uno duerme, luego entra en coma, una fase donde se respira cada vez peor, se vuelve a dormir, una agonía no violenta, suave.
El apartamento de la Grand Rue donde Borges se exdnguía con sosiego le fue procurado a comienzos de junio, según la apreciacion de Balavojne «Lo llevamos Ambroset y yo. Fue como la distensión de un resorte, A los tres días falleció apaciblemente El círculo se cerraba, las defensas se distienden. La fatiga y las complicaciones de una neumonía, sumadas a una disfunción cardíaca, le hicieron perder conciencia en las últimas 18 horas, Era casi imposible despertarlo el viernes por la tarde, Yo pasé junto a él un largo momento por la noche y cuando volví a la mañana del sábado acababa de morir. El Dr, Ambroset estaba a su lado en el momento de constatar el deceso. Terminó sereno, digno, como él quería y me lo dijera, habiendo vivido dignamente, Fui yo quien firmé el certificado de defunción a las 8.15 horas del 14 de junio de 1986»,
El recelo del pavor frente a la muerte, aproximado en la entre vista que me concediera en Ginebra en 1984, no sucedió. Dos años antes de que la tuviera enfrente, avizoraba que para él, «la muerte es una esperanza, Yo espero, como dijera mi padre, morir enteramente, en cuerpo y alma, y ser olvidado también, De modo que no pienso la muerte con temor, Aunque quizá cuando llegue sea bas tante cobarde, como lo son todos». Antes de producirse la confrontación, le preocupaba «en qué lengua voy a morir, pero no se quejaba», rescata Jean Pierre Bernés. En esos instantes, no perdió el gobierno de su personalidad. Su mente se mantuvo inundada por la serenidad. En los umbrales de la fractura con la vida ningún rapto de desesperación le aniquiló principios asumidos o lo convirtió en un renegado de lo que fuera. No traicionó sus conviccio nes de agnóstico, abrazando algún credo religioso. Ningun pánico lo movió a saltar del cerco de los estoicos hacia los católicos o protestantes.

LA MUERTE DE FAULKNER

Faulkner, de Joseph Blotner, p.578
Lo dejaron instalado en su habitación y la enfermera se quedó con él. Así que Estelle y Jimno podían hacer nada más; ella le dió un beso y luego Jimmy se acercó a la cama: "Hermano Will" le dijo. A Faulkner se le iluminaron los ojos. "Cuando estés listo para volver a casa dímelo y vendré a por ti". Anteriormente su tío le habló de forma confusa y le contó cosas de sargentos y capitanes. Pero ahora le hablaba con toda claridad. "Sí Jim", dijo, "lo haré. Después de esto se fueron.
Se reanudó la rutina habitual en la primera planta. En doctor inició el tratamiento con vitaminas, Benadryl y los demás medicamentos hanitualmente indicados. Pensó que no había necesidad de analgésicos. Del otro lado del vestíbulo llegaban los ruidos del televisor que estaban viendo algunos pacientes. A la derecha había un comedor sencillamente amueblado con un mostrador donde servían café caliente. Unos pocos pacientes tomaban café fumando, balando de l aenfermedad qeu los hbaía llevado allí y de cuando podrían volver a casa, El doctor regresó a sus habitacionesy los ruidos disminuyeron al inicarse el tranquilo turno d enoche.
El gran reloj dió las 12 y llegó el 6 de julio sin indicios de que fuese a mitigar el calor. Los insectos se estrellaban contra la tela metálica de las ventanas mientras ronroneaban por un lado y otro los ventiladores eléctricos. Faulkner había descansado muy tranquilo. Unos minutos después de la una y media se agitó y luego se incorporó sobre un lado de la cama. Antes de que la enfermera pudiese sostenerlo dejó ir un gemido y se desplomó. El doctor llegó a los cinco minutos pero no pudo detectar pulso ni latidos. Inició un masaje cardíaco externo. Lo prolongó durante 45 minutos, sin resultado. Intento la reanimación boca a boca, también sin resultado. No podían hacer nafa más. WF había muerto.

LA MUERTE DE FREUD

Freud, de Peter Gray, p. 719-720
Freud estaba muy cansado y resultaba difícil alimentarlo. Pero aunque sufría mucho, en especial por las noches, no quería que le dieran sednates, ni se los daban. Todavía leía: el último libro fue La piel de zapa, de Balzac, ese relato misterioso sobre la piel mágica que va encogiéndose. Al terminarlo le dijo a Schur, como de pasada, que aquel er ael libromás adecuado que hubiera podido leer en ese momento, puesto que trataba sobre el encogimiento y la inanición. Pasó su últimos días en el estudio de la planta baja, mirando el jardín, E Jones, al que Anna Freud llamó inmediatamente, pues veía que su padre estaba muriendo, llegó el 19 de septiembre. Jones recuerda que Freud estaba dormitando, como slí hacer esos días, Pero cuando le dijo Herr Profesor, Freud abrió un ojo, reconoció al visitante y lo saludó moviendo la mano, después la dejó caer con ungetso muy expresivo que transmitía múltiples significados: bienvenida, adiós, resignación.
Jones interpretó correctamente el gesto de Freud, que estabasaludando a su viejo aliado por última vez. Se había resignado a dejar la vida. A Schur lo atormentaba la imposibilidad de aliviar el sufrimiento de Freud, pero Freud le tomó la mano y le dijo: "Schur, recuerda nuestro contrato, prometió no dejarme en la estacada cuando llegara el momento. Ahora sólo queda la tortura, y no tiene sentido. Hable sobre esto con Anna y si ella piensa que está bien, terminemos". Igual que durante años, también pensó Freud en ese momento en su Antígona. Anna querá posponer el final, pero Schur insistió en que mantener vivo a Freud no conducía a nada. Había llegado el momento, Schur lo sabía y actuó. Era la interpretación que le daba Freud a lo que él mismo había dicho: habí aido a Inglaterra para morir en libertad.
Shur estuvo a punto de llorar viendo a Freud afrontar la muerte con dignidad y sin autocompasión. Nunca había visto  a nadie morir así. El 21 de septiembre le inyectó 3 cg de morfina y Freud se hundión en un sueño tranquilo. Cuando volvió a agitarse, schur repitió la dosis y le administró una final al día siguiente. Freud entró en un coma del que ya no despertó. Casi cuatro décadas antes le había escrito a O. Pfister preguntándose qué debia hacerse el día en que faltan pensamientos o no se encuentran palabras [...] "tengo una súplica totalmente secreta: que no se produzca nunguna invalidez, ninguna parálisis de la spropias capacidades como consecuencia de la miseria corporal. Muramos con la armadura puesta, como decía Macbeth". Había velado para que esa súplica secreta se viera satisfecha. El viejo estoico conservó el control de su vida hasta el final.

PRETENCIOSIDAD Y FUTBOL

Pretenciosidad, Dan Fox, p. 137
Podemos encontrar la pretensión en todos los ámbitos de la vida y con ella no sólo se libran batallas por los valores o los gustos. Condiciona las artes, pero también, sin duda, el debate político, la religión y los deportes. (Cualquiera que haya disfrutado escuchando al veterano comentarista futbolístico Ray Hudson puede dar fe del toque imaginativo de sus pretenciosas narraciones: “Ese gol es una escultura de Bernini que rivaliza con el Éxtasis de Santa Teresa, es el golpe magistral de un artista!» fueron las palabras que dedicó a un gol decisivo de Ronaldinho con el que el F.C. Barcelona se impuso en un partido en 2007.) La pretenciosidad suele ir adherida a una mezcolanza de rasgos desagradables: narcisismo, mentira, ostentación, engreimiento, esnobismo, individualismo egoísta. No son conceptos sinónimos. La persona pretenciosa es también quien se atreve a ser diferente, ya sea plantando cara al consenso creativo o sometiéndose al calvario de subirse al último autobús de una noche de sábado vestido de forma distinta a todos los demás.

Nunca podremos incorporarla a nuestro discurso como un término plenamente positivo, pero la pretenciosidad es importante por todo lo que revela acerca de cómo tu identidad se  relaciona con la mía, con la de ellos y con la de todos los demás. Y por dificil que sea de aceptar, ser pretencioso forma parte de nuestra actividad cotidiana. La pretenciosidad hace que la vida siga siendo interesante. Privadas de las libertades que nos concede -la libertad de ensayar nuevas experiencias, de experimentar con las ideas, de comprobar si te gustaría vivir la vida de otra forma-, personas de todas las extracciones sociales no se verían expuestas a la diferencia, a nuevas ideas o historias en los campos que hayan elegido. Una cultura rica sustentada por personas que consagran sus vidas a ella, a menudo con escaso premio o reconocimiento, ha de ser por fuerza pretenciosa. 

VOCACION

Pretenciosidad, Dan Fox, p. 137
Si a cada poeta. músico, bailarín, florista o chef de repostería de todo el mundo le hubieran dicho, en las primeros años de sus vidas, que sería pretencioso por su parte interesarse por la literatura, la música,  el teatro, la jardinería o la cocina –que lo único que podía hacer era ser fiel a las circunstancias que le habían visto nacer-, entonces millones de imaginaciones e inteligencias se habrían atrofiado, millones de manos no habrían aprendido nunca a hacer nada nuevo. Si a cada colegial interesado por el dibujo le hubieran dicho que se olvidara de tomar clases de arte porque no servía para nada o era pretencioso, que eso de estudiar bellas artes era una pamplina presumida y que lo que tenía que hacer era buscarse un empleo, entonces jamás habría estudiado un curso preuniversitario de artes que le habría abierto las puertas a una escuela de diseño gráfico, donde se habría formado como diseñador de información, de productos o industrial, para luego hacer señales de tráfico, electrodomésticos o instrumental médico. Nadie habría cogido su título de bellas artes y se habría metido en el mundo del trabajo social para poner en práctica lo aprendido enseñando terapia artística a personas con dificultades de aprendizaje. Sin duda, no habría nadie que pudiera decirle a tu tía abuela Ethello que quiere decir ese enorme Tintoretto que tienen en la National Gallery. Nadie se habría apuntado a una compañía de teatro amateur y a partir de su amor a las tablas del escenario habría terminado haciendo esas comedias de situación que tanto te gusta ver, y nadie que no se hubiera aferrado con uñas y dientes a su fascinación por las películas de animación haría ahora los dibujos animados que dejan cautivados a tus niños una tarde lluviosa de sábado. No habría nadie que te enfrentara a un reflejo del mundo

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