Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 844. AUNQUE POR SUPUESTO TERMINAS SIENDO TU MISMO / DF WALLACE

David media metro ochentainueve y en sus días buenos pesaba noventa kilos. Tenía ojos oscuros, voz suave, barbilla de cavernícola, una boca agradable, de labios torneados, que era su mejor rasgo. Se movía con los andares de un exatleta, con un vaivén que le subía de los talones, como si cualquier acto físico le resultara un placer. Escribía con los ojos y una voz que parecía condensar las vidas de todas las personas -aquello que se piensa a medias, la acción de fondo percibida entre pestañeos en el supermercado y en el transporte público- y los lectores se acurrucaban en los recovecos y claros de su estilo. Su vida fue un mapa que acabó en el destino equivocado. Fue un alumno sobresaliente en el instituto, jugó al fútbol, al tenis, escribió una tesis filosófica y una novela antes de licenciarse en Amherst, fue a la escuela de escritura, publicó la novela, dejó una estela de editores chillones, maltrechos y lesionados, y los escritores cayeron rendidos a sus pies . Publicó una novela de mil páginas, recibió el único premio de este país destinado a los genios, escribió ensayos que transmitían mejor que nada lo que significa estar vivo en la actualidad, aceptó un puesto especial para dar clases de escritura en California, se casó, publicó otro libro y se ahorcó a los cuarenta y seis años.

El suicidio es un final tan impactante, que su eco llega hasta el inicio y lo desbarata.

INCIPIT 843. ILUSTRES RAPEROS / DF WALLACE

La pregunta del productor Stacey, «¿por qué quieres escribir ... ?», persiste, retruena. ¿Quién demonios tiene derecho a declamar sobre unos luceros demasiado remotos para alcanzarlos? Pues cualquiera. La guirnalda de luces del cielo nocturno está ahí, en la distancia. y cualquiera la puede ver e invocar. El firmamento, el mejor de los claroscuros, no distingue colores. A diferencia de lo que pasa con las culturas y las razas en Estados Unidos. Quiero que sepan ustedes que somos muy sensibles a esta cuestión: ¿qué derecho tienen dos yuppies blancos a intentar hacer un muestrario de lo que es el rap? Por supuesto, no crean que somos realmente yuppies. Somos enfáticamente no yuppies. Yuppie es exclusivamente un predicado de las masas, concebido por los demógrafos para ser usado por profesionales de la mercadotecnia, en productos como la película Noches de neón; la campaña de Nissan «Built for the Human Race»; la canción “Material Girl”; la serie de televisión Treinta y tantos, y campañas publicitarias de cerveza como «The Night Belongs to Michelob» y «You Can Have lt All». Nadie es un yuppie porque en la actualidad, de cara a los Estados Unidos, todo el mundo es un yuppie, un consumidor consumado. Incluso el más insólito de los mercados (terminarán de leer este ejemplar convencidos de ello), el de los músicos negros que están en la vanguardia de esa explosión pop llamada rap: lo yuppie se filtra en sus versos asonantes, gritando hasta el límite sus rimas trocaicas a través de un vacío impenetrable que ellos tienen ahí, aquí en el aquí y ahora. Como «nosotros>>, son conscientes de su diferencia, se congregan frente al altar del «yo» electrónico

ATAME

Entrevistas breves con hombres compulsivos, DFWallace, p. 133
Cuando noto que es el momento adecuado (sentados en la otomana, cómodos, con bebidas, a lo mejor escuchando algo de Ligeti en el equipo de música) le digo, sin ningún preámbulo discernible y aparentemente sin venir a cuento: «¿Te apetece que te ate?». Esas cinco palabras. Sin más. Algunas me rechazan en ese momento. Pero son un porcentaje pequeño. Muy pequeño. A lo mejor asombrosamente pequeño. Siempre sé lo que va a pasar en el momento de preguntarlo. Casi siempre lo puedo distinguir. No sabría explicar cómo. Siempre hay un momento de silencio total, tenso. Ya sabes, por supuesto, que los silencios sociales tienen texturas distintas, y que esas texturas comunican muchas cosas. Ese silencio tiene lugar con independencia del hecho de que vaya a ser rechazado o no, de que me haya equivocado o no sobre la [flexión de los dedos levantados para indicar comillas] gallina. Tanto ese silencio como la tensión son una reacción perfectamente natural  ante un cambio semejante en la textura de una conversación hasta entonces casual. Y hace que de golpe lleguen a su ápice todas las tensiones románticas, las señales y el lenguaje corporal de las tres primeras citas. Las citas iniciales siempre son fantásticamente ricas desde un punto de vista psicológico. Sin duda lo sabes. Están llenas de ritos de cortejo, de calibraciones mutuas, de tanteos. Después de que yo les haga la pregunta. siempre hay ese silencio de ocho pasos. Tienen que [flexión de dedos] asimilar la pregunta. Esta expresión la usaba mi madre, por cierto. Eso de [flexión de dedos] asimilar, y resulta. ser una descripción casi perfecta de lo que ocurre.
P.

--Vivita y coleando. Vive con mi hermana, el marido de esta y sus dos niños. Rebosante de vitalidad. Y no ... Puedes estar segura de que no me engaño a mí mismo pensando que el porcentaje tan pequeño de rechazos se debe a ningún encanto irresistible que yo tenga. Esa clase de actividades no funcionan así. De hecho, esa es una de las razones por las que planteo la invitación de una forma tan aventurada y en apariencia tosca. Renuncio a todo intento de seducción o de persuasión. Porque sé perfectamente que su reacción a la propuesta depende de factores internos a ellas. Algunas quieren cooperar y unas pocas no quieren. Y se acabó. El único [flexión de dedos] talento real que tengo es la capacidad de tantearlas, de separarlas, de forma que. . . De forma que para cuando llega la tercera cita la mayoría son, por decirlo así [flexión de dedos] gallinas y no [flexión de dedos] gallos. Uso estas figuras retóricas del mundo avícola como metáforas, de ningún modo para caracterizar a los sujetos, sino más bien para hacer énfasis en mi capacidad inexplicable para saber, de forma intuitiva, ya en la tercera cita, si ellas están, por decirlo de algún modo [f. d.] maduras para mi proposición. De atarlas. Y se lo digo tal cual. No lo disfrazo ni intento que parezca en absoluto más [f.d. prolongada]  romántico ni exótico de lo que es. Y en cuanto a las que me rechazan ... las que me rechazan casi nunca son hostiles, casi nunca, y solamente lo son cuando el sujeto en cuestión realmente desea cooperar en el juego pero sufre un conflicto o no está emocionalmente equipado para aceptar su deseo, de forma que tiene que usar la hostilidad hacia la proposición como un medio de asegurarse a sí misma de que no existe semejante deseo ni semejante afinidad. 

WC

Entrevistas breves con hombres repulsivos, DFW, p. 113-114
-Ese ruido de algo blando que cae. El susurro suave del papel. Los pequeños gruñidos involuntarios. La imagen singular de un anciano ante el inodoro de pared, la manera en que se coloca allí, asienta los pies, apunta y deja escapar un suspiro intemporal del que uno sabe que no es consciente.
Aquel era su ambiente. Estaba allí seis días por semana. Los sábados doblaba el turno. Esa sensación irritante que produce la orina mezclada con el agua. El susurro invisible de los periódicos sobre los muslos desnudos. Los olores.
P.
-En un hotel histórico de los más lujosos de todo el estado. Con el vestíbulo más opulento y los lavabos de caballeros más lujosos que había de costa a costa, eso seguro. Y llevaba en ese puesto desde mil novecientos sesenta y nueve. Con mobiliario rococó y pilas festoneadas. Un sitio opulento y lleno de ecos. Un lavabo opulento y lleno de ecos para hombres de negocios, hombres importantes, de esos que van a sitios y se reúnen con gente. Y los olores. No preguntes por los olores. Lo distintos que son los olores de algunos hombres y la semejanza entre los olores de todos los hombres. Todos los sonidos amplificados por los azulejos y la piedra florentina. Los gemidos de los enfermos de próstata. El susurro de las pilas. Los esputos rugientes de flema profunda, el chapoteo al chocar con la porcelana. El ruido de los zapatos caros sobre el suelo de dolomita. Los ruidos de tripas a la altura de las ingles. Los reventones infernales de gases y el ruido de la materia al caer en el agua. Medio atomizada por las presiones ejercidas sobre ella. En estado sólido, liquido y gaseoso. Todos los olores. Los olores corno entorno. Todo el día. Nueve horas al día. Pasar todo el día alü de pie, de buen talante y vestido de blanco. Todos los ruidos amplificados, reverberando ligeramente. Hombres entrando y saliendo. Ocho retretes, seis inodoros de pared y dieciséis pilas. Haz cuentas. ¿En qué estaban pensando?
P.: ...
-Allí estaba él de pie. En el centro de todos los ruidos. Donde antes estaba el puesto del limpiabotas. En el espacio artesonado entre el final de los lavamanos y el principio de los retretes. Aquel era el espacio pensado para que él permaneciera de pie. El vórtice. Justo aliado del marco alargado del espejo, junto a las pilas: un lavamanos continuo de mármol florentino, con dieciséis pilas festoneadas, hojas de oro laminado alrededor del mobiliario y espejo de espléndido cristal danés. Frente al cual los hombres de buena posición se sacaban cuerpos extraños del rabillo y de los lagrimales de los ojos, se apretaban los poros infectados, se sonaban las narices sobre las pilas y se marchaban sin lavarse las manos. Ahí estaba él todo el día con sus toallas y sus estuches de material de aseo de tamaño unipersonal. Un vago aroma balsámico en el susurro de los tres conductos de ventilación. La trinodia de los tres respiraderos solamente se oía cuando los lavabos estaban vacíos. Cuando estaban vacíos, él también estaba allí. Aquel era el oficio de mi padre


DEL AMOR

Entrevistas breves con hombres repulsivos, DFWallace
-Desde tu punto de vista sí que es irónico, lo entiendo. Vale. Y entiendo que ahora me odies con todas tus fuerzas. Y he pasado mucho tiempo intentando llegar a este momento en que estoy preparado para enfrentarme al hecho de que me odies y a esa mirada que tienes como si se hubieran confirmado todos tus miedos y sospechas, porque tendrías que verla, ¿vale? Te juro que cualquiera que pudiera verte la cara ahora mismo entendería por qué me voy.
P.

-Lo siento. No quiero echarte toda la culpa. Lo siento . No es culpa tuya, ¿vale? O sea, tiene que ser cosa mía si no puedes confiar en mí después de todas estas semanas ni soportar unas cuantas idas y venidas normales sin estar pensando todo el tiempo que estoy planeando marcharme. No sé qué es, pero tiene que ser cosa mía. Vale, ya sé que lo nuestro no ha sido una maravilla, pero te juro que todo lo que dije lo dije de verdad, y lo he intentado al ciento por ciento. Te lo juro por Dios. Lo siento muchísimo. Daría lo que fuera por no hacerte daño. Te quiero. Te querré siempre. Espero que me creas, pero renuncio a seguir intentando que me creas. Por favor, créeme que lo he intentado. Y no creas que esto tiene que ver con ningún defecto tuyo. No te hagas eso a ti misma. Es por nosotros, es por nosotros que me voy, ¿de acuerdo? ¿No lo entiendes? ¿Entiendes que no es lo que tú siempre estabas temiendo? ¿Lo entiendes? ¿Admites que tal vez podrías haberte equivocado, solamente tal vez? ¿No podrías admitir a] menos eso? Porque esto tampoco es precisamente agradable para mí, ¿sabes? Marcharme de esta manera y quedarme con esa cara que estás poniendo como imagen final de ti. ¿Es que no ves que yo también estoy hecho polvo? ¿No lo ves? ¿Que no eres la única?

LA ENVIDIA Y LA ANTIPATIA

Billy Budd, Herman Melville
La envidia y la antipatía, por más que sean pasiones irreconciliables para la razón, pueden nacer, sin embargo, en el mismo parto, como hermanas siamesas. Entonces, ¿es la envidia un monstruo semejante? Bueno, aunque muchos acusados se han confesado culpables de haber cometido acciones horribles para rebajar así la condena, ¿ha confesado alguien alguna vez, seriamente, haber sentido envidia? Parece como si en este sentimiento universal hubiera algo más vergonzoso que en el crimen más infame. Y no sólo todo el mundo rechaza la envidia, sino que las personas de mejor índole se muestran incrédulas cuando se imputa seriamente a un hombre inteligente la condición de envidioso. Pero como su asiento está en el corazón y no en  la cabeza, no hay grado de inteligencia que suponga una garantía contra ella. No obstante, la envidia de Claggart no era una vulgar pasión, ni, al dirigirse contra Billy Budd, se asemejaba a los terribles celos aprensivos que distorsionaban el rostro de Saúl cada vez que pensaba en el joven y bello David. La envidia de Claggart tenía raíces más hondas. Si miraba con  resentimiento la buena apariencia, la salud y la alegría de vivir en el joven Billy Budd, era porque esas características estaban en consonancia con una naturaleza que como Claggart sabía instintivamente,  carecía en su simplicidad de malicia y nunca había experimentado la mordedura reaccionaria de esa serpiente Para él el espíritu de Billy, que asomaba por las ventanas de sus ojos azules, esa inefabilidad era a que causaba su sonrisa, la que daba agilidad a sus miembros y danzaba en su pelo rubio convirtiéndolo en el “marinero bonito”.

INCIPIT 842. EL DEPENDIENTE / BERNARD MALAMUD

ERA a principios de noviembre, la calle todavía estaba oscura aunque había terminado la noche, pero el viento, ante la sorpresa del tendero, ya arañaba. Le pegó con el mandil en la cara cuando se agachó a recoger las dos cajas de botellas de leche junto al bordillo. Morris Bober arrastró las pesadas cajas, jadeando por el esfuerzo hasta la puerta. Había una bolsa de papel llena de panecillos en el umbral, y a su lado estaba, encogida, la mal encarada polaca de pelo canoso que esperaba uno.
- ¿Qué pasa? Ya es muy tarde.
- Las seis y diez -replicó el tendero.
-Hace frío -se quejó la mujer.
El tendero abrió con la llave y la dejó pasar. Normalmente, arrastraba la leche hasta dentro y encendía los radiadores de gas, pero la polaca estaba impaciente. Morris vació la bolsa de panecillos en una cesta de alambre sobre el mostrador y escogió uno sin semillas para ella. Lo partió por el medio y lo envolvió en el papel blanco de la tienda. Ella se lo metió en el capazo de la compra y dejó tres centavos sobre el mostrador. Morris marcó la venta en la vieja y ruidosa máquina registradora, alisó la bolsa en que habían venido los panecillos y la guardó. Acabó de meter la leche y después colocó las botellas en la parte baja de la nevera. Tras encender el radiador de gas, se metió en la trastienda para encender el de allí.

Hizo café en la cafetera negra esmaltada y se lo bebió a sorbitos al tiempo que mordisqueaba un panecillo, sin saborear lo que comía.

DEL MAL

Billy Budd, Hermann Melville
En una lista de definiciones incluida en la auténtica traducción de Platón, una lista a él atribuida, se puede leer: “Depravación natural: depravación conforme a naturaleza”. Se trata de una definición que, aunque con cierto sabor calvinista, de ningún modo extiende el dogma de Calvino a toda la humanidad. Evidentemente, sólo se entiende aplicable a seres humanos aislados. El patíbulo y la cárcel ofrecen pocos ejemplos de este tipo de depravación. En todo caso, para encontrar ejemplos notables, dado que se trata de personas que carecen de la aleación vulgar del bruto y que disponen, invariablemente, de una actitud intelectual, hay que ir a otra parte. La civilización, especialmente cuando es del tipo austero, resulta propicia para la depravación. En ese ambiente, ésta se cubre a sí misma con el manto de la respetabilidad; también puede servirse de ciertas virtudes negativas como sus silenciosos auxiliares; la depravación no permite que el vino la haga salir de sí misma; se puede decir que no posee vicios y que no comete ni siquiera pequeños pecados, pues posee un orgullo fenomenal que los excluye. Jamás es codiciosa ni avara. Brevemente, la depravación a la que nos referimos aquí no tiene nada de sórdido o de sensual. Es seria, pero está libre de amargura. Aunque no adula a la humanidad, tampoco habla mal de ella.
Pero la señal que nos ayuda a reconocer, en casos excepcionales, un temperamento tan notable es la siguiente: aunque un hombre así puede aparecer con un carácter discreto y mesurado, acorde con las leyes de la razón, sin embargo, en lo más profundo de su alma, lucha contra esas leyes y trata de liberarse de su dominio, niega todo vínculo con ellas y sólo las escucha cuando las puede utilizar o necesitar para realizar lo más irracional; es decir, que para alcanzar su objetivo, cuya perversidad y malignidad traicionarían la mente de un loco, aplica un método frío, juicioso y sagaz. Esos hombres son dementes, y de los más peligrosos, ya que su locura no es continua, sino ocasional, surge de un objeto especial; permanece secreta y protegida, lo que significa que se autocontrola, de tal modo que cuando está más activa, una persona normal sería incapaz de distinguirla de la cordura, por la razón anteriormente  sugerida: cualesquiera que sean sus fines -que jamás se declaran-, el método y la ejecución son siempre perfectamente racionales.
Algo así era Claggart, en quien se encontraba la propensión de una naturaleza pérfida, no engendrada por el vicio, ni por libros corruptores o por experiencias licenciosas, sino nacida con él, innata, en pocas palabras, «una depravación conforme a naturaleza».

Oscuras palabras, diría alguien. Pero, ¿por qué? ¿Quizá porque recuerdan a la Sagrada Escritura, en su expresión “misterio de iniquidad”? Si es así, esta  coincidencia ha sido completamente involuntaria, ya que no favorecerá a estas páginas ante más de un lector de hoy. La necesidad de aclarar la naturaleza oculta del maestro de armas ha hecho indispensable este capítulo. Después de una o dos indicaciones más acerca del suceso en el comedor, el relato, en lo sucesivo, tendrá que defender como pueda su propia credibilidad.

INCIPIT 841. LOS DIAS DE JESUS EN LA ESCUELA / JM COETZEE

Él esperaba que Estrella fuera más grande. En el mapa figura como un punto del mismo tamaño que Novilla. Pero mientras que Novilla es una ciudad de verdad, Estrella no es más que  pueblo grande y disperso, ubicado en una campiña de colinas, campos y huertos por la que traza sus meandros un río perezoso.
¿Acaso será posible empezar una vida nueva en Estrella? En Novilla él pudo acudir a la Oficina de Reubicación para conseguir alojamiento. ¿Acaso Inés, d niño y él podrán encontrar una casa aquí? La Oficina de Reubicación es caritativa, es la encarnación misma de una modalidad impersonal de la caridad; pero ¿acaso esa caridad se extenderá a unos fugitivos de la ley?
Juan, el autoestopista que se les unió de camino a Estrella, le ha sugerido que busquen trabajo en una de las granjas de la zona. Los granjeros siempre necesitan jornaleros, les dice. Las granjas más grandes incluso tienen barracones dormitorio para los temporeros. Si no es temporada de naranjas, será la de manzanas; si no es la de manzanas, será la de la uva. Estrella y sus inmediaciones son un verdadero cuerno de la abundancia. Si ellos quieren, él puede indicarles cómo llegar a una granja donde una vez trabajaron unos amigos suyos.

Él cruza una mirada con Inés. ¿Deberían seguir el consejo de Juan? El dinero no es problema, él tiene bastante en el bolsillo, podrían alojarse con facilidad en un hotel. Pero si realmente les están yendo detrás las autoridades de Novilla, tal vez les convendría más juntarse con la población anónima y de paso.

BILLY BUDD

Billy Budd, Herman Melville
Billy Budd le agradaba la vida de gaviero. Cuando no estaban ocupados con las gavias, allá arriba, los gavieros, que hab1an sido seleccionados por su juventud y actividad, formaban un club aéreo, y se repantigaban satisfechos, apoyándose en las velas menores enrolladas hasta formar una suerte de cojines, se contaban historias como dioses perezosos o, con más frecuencia, observaban divertidos lo que ocurría abajo, en el agitado mundo de la cubierta. No es extraño, pues, que una compañia como aquélla agradara a un muchacho con el carácter de Billy. Sin dar motivo de queja a nadie, siempre estaba alerta cuando lo llamaban. Así se había comportado también en el barco mercante. Pero ahora mostró tal actitud puntillosa en el cumplimiento de su deber, que sus nuevos camaradas se rieran a veces de él, aunque con buena voluntad. Este celo exacerbado tenía una causa: la impresión que le causó el primer castigo formal en la plataforma de cubierta, castigo que presenció justo al día siguiente de su alistamiento obligatorio. La pena recayó sobre un muchacho joven, un novato encargado de la guardia de la maniobra de popa, que se había ausentado de su puesto cuando el buque iba a realizar una bordada. Como consecuencia de su negligencia, hubo serios problemas para realizar la maniobra, ya que ésta demandaba gran presteza en largar y tirar de las jarcias. Cuando vio cómo la espalda desnuda del culpable se cubria de rojas estrías bajo los latigazos, cuando, poco después, en el momento en que el verdugo le arrojaba por encima su camisa de lana, se fijó en el rostro dolorido y sombrio del joven ya liberado, y le vio a continuación huir precipitadamente de la vergüenza pública para enterrarse entre la multitud, Billy quedó horrorizado. Después de aquella experiencia tomó la resolución de no hacerse acreedor por negligencia de una pena similar, y decidió que no haria u omitirla nada que mereciera una amonestación verbal. Cuál fue entonces su sorpresa y preocupación cuando se metió ocasionalmente en pequeños problemas causados por ligeras infracciones del deber; como la colocación del saco o algún desorden en la hamaca, asuntos que caían bajo la inspección de los cabos de las cubiertas inferiores, y que le procuraron la vaga amenaza de uno de ellos.
¿Cómo podía ocurrir, si era tan cuidadoso con todas las cosas? No podía entenderlo, y esta idea lo mortificaba continuamente. Cuando hablaba de ello con sus compañeros, ellos se mostraban ligeramente incrédulos o encontraban algo cómico en su visible ansiedad.

-¿Es por tu saco, Billy? -decía uno-. Bueno, pues entonces cósete dentro, niño bonito, y así estarás seguro de que nadie mete las narices.

MUERTE DIGNA

Atando cabos, E. Annie Proulx, p.34-35
-Soy tu padre. El que llama. Dicky no tiene teléfono en ese sitio. Bien. Ha llegado la hora de que tu madre y yo nos vayamos. Tomamos la decisión de irnos. Comunicado, instrucciones sobre la funeraria y la cremación, todo lo demás, en la mesa del comedor. Tendras que arreglártelas tú solo. Yo me las tuve que arreglar en un mundo duro desde que vine a este país. Nadie me regaló nada. Otros hombres hubieran. renunciado y se habrían convertido en vagabundos, pero yo no lo hice. Sudé y trabajé, transporté carretas de arena para el picapedrero, seguí para que tú y tu hermano pudierais tener oportunidades, aunque tú no hayas hecho mucho con las que tuviste. Para mí no me quedó mucha vida. Ponte en contacto con Dicky Y con mi  hermana Agnis Hamm, y cuéntales esto. La dirección de Agnis está encima de la mesa del comedor. No sé dónde están los demás. No fueron ... -sonó un pitido. El espacio para el mensaje estaba lleno.
Pero el hermano, un lugarteniente espiritual de la Iglesia del Magnetismo Personal, tenía teléfono y Quoyle tenía su número. Notó que se le contraían las tripas cuando llegó la odiada. voz por el auricular. Nasales atascadas, resoplidos adenoidales. El hermano dijo que no podía asistir a ritos para descarriados.
-No creo en esas supersticiones gilipollas -dijo-. Funerales. En la I.M.P. celebramos un cóctel. Además, ¿ónde vas a encontrar a un pastor que diga unas palabras para unos suicidas?
-El reverendo Stain forma parte de su Asociación para una Muerte Digna. Deberlas venir. Por lo menos para ayudarme a limpiar el sótano. Padre dejó algo asi como cuatro toneladas de revistas viejas allí abajo. Mira, tuve que ver cómo sacaban de la casa a nuestros padres -casi sollozó.
-Oye, bola de sebo, ¿no nos dejaron nada?
-No. Tienen la casa cargada de hipotecas. Se gastaron sus ahorros. Creo que ésa fue la razón principal por la que hicieron eso. Quiero decir que creían en una muerte digna, pero lo habían gastado todo.
La cadena de ultramarinos se fue al garete y él dejó de cobrar la pensión. Si siguieran vivos tendrían que salir en busca de trabajo Y colocarse como empleados en un 7-Eleven o algo así. Pensé que madre podía tener también una pensión, pero no la tenía.
-¿Estás de broma? Has llegado a ser más idiota de lo que pensaba. Oye, cacho mierda, si hay algo, mándame lo que me corresponda. Tienes mi dirección -colgó.
Tampoco Agnis Hamm, la hermana de su padre, vino a la ceremonia. Mandó .a Quoyle una nota de papel azul, con su nombre y dirección en relieve, por un servicio de mensajeros.
«Imposible acudir al funeral. Pero voy a ir el mes que viene hacia el 12. Recoged las cenizas de tu padre, según las instrucciones, y te conoceré a ti y a tu familia. Hablaremos entonces. Tu tía que te quiere, Agnis Hamm.
Pero cuando llegó la tía, las circunstancias del huérfano Quoyle habían vuelto a cambiar, y esta vez era un marido abandonado y cornudo, un viudo.

-Pet, necesito hablar contigo -dijo Quoyle, con voz suplicante.

LEJOS DE LA NOCHE ESTRELLADA

Mac y su contratiempo, E.Vila-Matas, p. 166-167
Y allí Walter tiene la impresión de que, aun cuando haya podido parecerle al principio lo contrario, Claramunt está dispuesto a colaborar para que él pueda llegar a saber por qué le admira. Y así es. De pronto su maestro tiene una intuición y se deja llevar por ella y da paso a una letanía -como si fuera un rezo- de sus actividades a lo largo del día:
-Me despierto a las ocho, doy un salto ritual a la bañera llena de agua fría, en invierno sólo unos minutos, en primavera más tiempo. Eso ahuyenta el sueño. Canto mientras me afeito, no melódicamente, pues el sentido de la música sólo despierta en mí raras veces, pero sí canto feliz, eso siempre. Paseo por las afueras del pueblo, en dirección contraria a donde ahora estamos. Luego regreso a casa, desayuno leche y miel y tostadas. Al mediodía compruebo que no hay correo, en realidad nunca me llega una carta, ni una miserable señal de que existen los otros. Al principio creía que era Durán, el cartero, el que retenía esas cartas porque me odiaba. Pero pronto tuve que rendirme a la evidencia de que me odiaba la humanidad, no sólo Durán. Comida, que me sirve la señora Carlina, y siesta. Por la tarde, imagino que ante mi casa hay un tilo centenario y a veces escucho en vinilo a los Beatles. Muy de tanto en tanto, aun sabiendo que me temen, bajo por la noche al pueblo y le cuento a la gente de Dorm fragmentos de mi vida de ventrílocuo.
A Walter estas palabras le iluminan, porque comprende dónde reside la maestría de Claramunt. María llevaba toda la razón cuando le dijo que tal vez la maestría de Claramunt radicara en algo muy simple y sencillo, en algo que estaba totalmente a la vista.
«Comprendí que hubiera dejado el arte. Su mejor obra era su horario», escribe entonces Walter. Claramunt era un maestro en la ocupación inteligente del tiempo. Un ejemplo de que fuera de la ventriloquía había vida.

«Recuerdo el fulgor de aquel instante que precedió al eclipse. Pasó un cuervo y fue como si un muro se hubiera derrumbado, y experimenté la sensación de que Claramunt y yo nos entendíamos en una zona que iba más allá de nuestro encuentro y de esta vida. Leía en mi pensamiento y se había dado cuenta de que a mí me sucedía lo mismo con el suyo. Y, suponiendo que no fuera así, todo llevaba a creer que, de todos modos, ambos estábamos de acuerdo en que no sólo nos encontrábamos fuera de Dorm, sino ya lejos de la noche estrellada que abarca el mundo.»

VENGANZA RENACENTISTA

Mac y su contratiempo, E. Vila-Matas, p. 209-210
Todavía noqueado por lo de ayer, tambaleante, vencido, con paso errante, al caer la tarde, he llevado al sastre del barrio unos pantalones que compré el año pasado y que ya apenas me puedo abrochar.
Por el camino, a pesar de mis cuatro kilos de más, me sentía tan frágil que estaba seguro de que cualquier golpe de viento me podía derribar.
El sastre ha sido amabilísimo, pero tiene un único probador en su pequeña tienda y en él le ha dado por colocar no uno, sino dos espejos de pie y un taburete mínimo para poder sentarse. El espacio es enormemente angosto, como una tumba. Angustiado tras la cortina, he estado a punto de perder el equilibrio y caerme y destrozar uno o los dos espejos. Luego he tenido miedo de morirme en el momento mismo en el que intentaba introducir un pie a través de la estrecha pernera del pantalón. Y poco después, superado el miedo a perder el equilibrio justo en el momento de morirme, todo ha ido aún a peor: me he sentido muy solo y, además, durante unos segundos no me he visto en el espejo.

Ha seguido un sudor frío y la comprobación de que estaba vivo. Qué suerte la mía. Al regresar a casa, me he acordado de una historia oída hace tiempo, la de una mujer que abandonó al marido para irse con otro. Y el marido colocó una estatua de ella desnuda en el jardín de un amigo. ¿«Venganza renacentista» o simplemente la regaló porque ya no tenía valor para él?

NOVELAS Y CUENTOS

Mac y su contratiempo, E.Vila-Matas, p. 205-206
Como suele ocurrir en la vida real-y percibo también con claridad que en este diario-, los acontecimientos llegan y se van, sin que haya normalmente un gran giro dramático, por catastróficos que esos acontecimientos hayan sido. Mejor así, porque eso me permite evitar en el diario tener que actuar como ciertos novelistas que insultan a la inteligencia del lector haciendo que ocurran cosas aparatosas en sus relatos, haciendo que haya de pronto incendios, por ejemplo, o que los personajes se maten entre ellos, o que le toque la lotería al tipo más humilde, o que alguien se ahogue en el mar cuando estaba disfrutando del día más feliz de su existencia, o que caiga un edificio de doce plantas, o que suenen siete disparos en el paraíso de un domingo tranquilo ...
Las novelas, por otra parte, dramatizan a veces demasiado unos sucesos que en la vida real suelen producirse de un modo más sencillo o irrelevante, sucesos que van y vienen y que se atropellan entre ellos, que se suceden sin tregua, superponiéndose los unos a los otros, circulando idénticos a nubes que el viento desplaza entre engañosas pausas que se revelan finalmente imposibles, ya que el tiempo, que nadie sabe qué es, no cesa nunca. Ese “defecto” de las novelas es un motivo más por el que suelo preferir los cuentos a éstas. De todos modos, encuentro a veces novelas muy buenas, pero no por eso cambio de opinión con respecto a ellas, porque de hecho las novelas que me gustan siempre son como cajas chinas, siempre están llenas de cuentos.

Los libros de relatos -que tan parecidos pueden ser a un diario personal, construido también a base de días semejantes a capítulos, y de capítulos a su vez semejantes a fragmentos- son máquinas perfectas cuando, gracias a la brevedad y densidad que ellas mismas exigen, logran mostrarse en todo más apegadas a la realidad, no como las novelas, que tantas veces se van por las ramas.

INCIPIT 840. BILLY BUDD / HERMANN MELVILLE

En los tiempos anteriores a los barcos de vapor, o quizás entonces con más frecuencia que ahora, cualquiera que vagara por alguno de los grandes puertos de mar podía ver requerida su atención por un grupo de marineros bronceados, tripulantes de barcos de guerra o de barcos mercantes, que habían bajado a tierra de permiso y disfrutaban de su libertad. En algunos casos flanqueaban, o rodeaban completamente como guardaespaldas, a un tipo superior de su misma clase, moviéndose con él como Aldebarán entre los astros menores de su constelación.   El sujeto así designado era el «marinero bonito» de aquella época menos prosaica, tanto para la flota militar como para la mercante. Sin la más mínima muestra de vanagloria, más bien con la naturalidad y falta de afectación que proporciona la realeza de nacimiento, paree! a aceptar el espontáneo homenaje de sus camaradas .

Recuerdo ahora un caso bastante notable. En Liverpool, hace alrededor de medio siglo, vi a la sombra del gran muro sucio de la calle Prince's Dock (un estorbo eliminado hace tiempo) a un simple marinero tan intensamente negro que debía de ser un africano nativo por cuyas venas corría, pura, la sangre de Cam, y cuya bien proporcionada figura superaba con mucho la talla media . Los extremos de un pañuelo de seda de colores alegres, echado con descuido   alrededor del cuello, se balanceaban sobre su pecho de ébano; de sus orejas colgaban grandes aros de oro, y un gorro escocés con una cinta de tartán cubría su cabeza bien formada. Era un mediodía de julio caluroso; y su rostro, brillante por el sudor, resplandecía de salvaje buen humor. Dando saltos joviales a derecha e izquierda, mostrando sus dientes blancos refulgentes, avanzaba convertido en el centro de sus camaradas de barco. Entre ellos había tal muestrario de tribus y complexiones que podrían haber sido presentados por Anarcharsis  ante la primera Asamblea francesa de Representantes de la Raza Humana.

INCIPT 839. ATANDO CABOS / E.ANNIE PROULX

Quoyle
Escama flamenca: cabo adujado al derecho sobre una superficie plana. Se hace en cubierta de modo que pueda andarse sobre él si es necesario.
El libro de los nudos de Ashley
He aquí el relato de unos pocos años de la vida de Quoyle, nacido en Brooklyn y criado en un batiburrillo de espantosos pueblos de la parte alta del estado de Nueva York
Con urticaria, las tripas haciéndole ruidos debido a gases y calambres, sobrevivió a la infancia; en la universidad estatal, con la mano puesta sobre la barbilla, disimuló sus padecimientos con sonrisas y en silencio. Anduvo a la deriva entre los veinte y los treinta años, y a los treinta y pico aprendió a separar sus sentimientos de su vida, sin la menor ayuda. Comía muchísimo, le gustaba el jarrete de jamón, las patatas con mantequilla.
Sus empleos: distribuidor de aparatos expendedores de caramelos, dependiente durante toda la noche en una tienda de comestibles, periodista de tercera clase. A los treinta y seis años, desconsolado, rebosando pena y ahogado por un amor frustrado, Quoyle se dirigió rumbo a Terranova, la Roca que había engendrado a sus antepasados; un sitio en el que nunca había estado ni había pensado en ir.

Un sitio lleno de agua. Y Quoyle le tenía miedo al agua, no sabía nadar. Su padre le había soltado de la mano una y otra vez y le había lanzado a piscinas, lagos y rompientes. Quoyle conocía el sabor de los helechos y las plantas acuáticas. 

DF WALLACE

Mac y su contratiempoo, EVM, p. 218-219
Lo que veo con la mayor claridad es la necesidad absoluta, en caso de que algún día me decidiera a reescribirlo, de conservar intacta en mi cuento la escena en la que Sánchez nos presenta el duelo de muecas entre padre e hijo. Y con esa misma claridad creo ver también la necesidad de añadirle a esa escena de las muecas una serie de notas -una por mueca- a pie de página, en el más puro estilo David Foster Wallace: notas que crearían un creativo gran contraste entre dos estilos fuertes (Schweblin y DFW), sin duda tan alejados uno del otro; notas de las que podría salir todo un huracán.
No es algo que pueda precisamente ocultarme a mí mismo: adoro ese descomunal e insensato extravío sin límites de las notas a pie de página tan obsesivas del escritor norteamericano. En ellas encuentro siempre, totalmente incontenible, una especie de turbador impulso por escribir sin detenerse, escribir hasta anotarlo todo, y convertir al mundo en un gran comentario perpetuo, sin una página final.
Por eso, parodiaría encantado o rendiría culto al tono recalcitrante de esas notas y lo haría a través de varias largas notas a pie de página que conectarían directamente con el duelo de muecas entre Walter y su hijo y a la vez con un episodio real de la historia de la literatura polaca: los combates de mímicas exageradas que en el invierno de 1942, en la Varsovia ocupada por los nazis, tuvieron lugar tanto en la casa de Stanislaw Witkiewicz como en la de Bruno Schulz.
Por lo visto -lo contó Jan Kott-, era frecuente ver en uno y otro lugar, en las habitaciones o en los pasillos de esas casas de Varsovia, a dos personas frente a frente, en posición de combate o ya en plena lucha, siempre peleando en busca de la destrucción completa del adversario, es decir, siempre trabajando para lograr una carota tan espeluznante que ya no pudiera existir ninguna otra contramueca superior por parte del adversario.
Según Kott, no disponían de mejor ping-pong que sus propias caras: «Aún recuerdo el día en que, habiendo oído extraños ruidos procedentes de un cuarto cerrado, abrí la puerta y me encontré a dos genios de la literatura polaca arrodillados uno frente al otro; golpeaban con sus cabezas el suelo y luego, tras un sonoro a la una, a las dos, a las tres, las levantaban de forma fulminante y pasaban a mostrar las muecas más terribles que he visto en mi vida.  Eran muecas extremas que no cesaban hasta la destrucción total del enemigo».

Mis largas notas a pie de página -duelo de muecas entre el estilo rioplatense de Schweblin y el estilo anchuroso de Foster Wallace- se extenderían lo que fuera preciso, aun cuando evidentemente la estructura de la novela de mi vecino no quedaría ilesa…

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