Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

FUNES EL MEMORIOSO

Borges esencial, p. 113
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasea española que solo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día encero. Me dijo: “Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo”. Y también: “Mis sueños son como la vigilia de ustedes». Y también, hacia el alba: ”Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras”. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo m-ismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un porro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo. 

INCIPIT 861. APOSTILLAS AL NOMBRE DE LA ROSA / UMBERTO ECO

EL TITULO Y EL SIGNIFICADO
Desde que escribí El nombre de la rosa recibo muchas cartas de lectores que preguntan cuál es el significado del hexámetro latino final, y por qué el título inspirado en él. Contesto que se trata de un verso extraído del De contemptu mzmdi de Bernardo Morliacense, un benedictino del siglo XII que compuso variaciones sobre el tema del ubi sunt(del que derivaría el mais ou sont les neiges d'antan de Villon), salvo que al topos habitual (los grandes de antaño, las ciudades famosas, las bellas princesas, todo lo traga la nada) Bernardo añade la idea de que de todo eso que desaparece sólo nos quedan meros nombres. Recuerdo que Abelardo se servía del enunciado nulla rosa est para mostrar que el lenguaje puede hablar tanto de las cosas desaparecidas como de las inexistentes.

Y ahora que el lector extraiga sus propias conclusiones. El narrador no debe facilitar interpretaciones de su obra, si no, ¿para qué habría escrito una novela, que es una máquina de generar interpretaciones? 

INCIPIT 860. EL HACEDOR (DE BORGES), REMAKE / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO:

Prólogo
A Jorge Luis Borges
Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores a la luz de lámparas estudiosas, como en la hipálage de Milton. Recuerdo haber recordado ya esa figura, en este lugar, y después aquellos pájaros de Benet que también definen por el contorno: Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real -porque el moderno dejó de serlo- se ve obligado a atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable, y después aquel poema que suspende el sentido y maneja y supera el mismo artificio:
No quedaba nadie sobre la faz de la tierra
y de repente,
llamaron a la puerta.

Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; cambiamos unas cuantas cordiales y convencionales palabras, y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Borges, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca, pero esta vez usted vuelve las páginas, y lee con aprobación algún verso, acaso porque en él ha reconocido su propia voz, acaso porque la práctica deficiente le importa menos que la sana teoría.

MANCHESTER

Tiene que llover, KO Knausgard, p. 587
Cuando tenía siete años estuvimos de vacaciones en Inglaterra, los recuerdos de ese viaje eran los más bonitos de mi infancia, y me volvieron cuando la tarde siguiente estaba apoyado en la barandilla, mirando una raya que emergía a lo lejos. Era Inglaterra. Nos cruzamos con unos barcos pesqueros camino del mar, en el aire por encima de ellos volaban en círculos las gaviotas, delante de nosotros era como si la tierra se sumergiera conforme nos íbamos acercando, hasta que entramos por una especie de canal, y de hecho nos encontramos en medio de él. Se veían viejos almacenes y fábricas, con amplias y desiertas zonas de basura por medio.

La hierba estaba amarilla, el cielo gris, y si algo relumbraba, era el ladrillo de los edificios, pero de óxido, el color de lo perecedero y la descomposici6n. Ah, me llegaba al alma, eso era Inglaterra; los edificios que velamos databan de principios de la época del industrialismo, yo amaba ese imperio que había sucumbido pero que seguía orgulloso, y los que crecieron en medio de este desconsuelo gris nos embrujaron a todos, primero la generación de los sesenta, el pop, los Beatles y los Kinks, luego el heavy de los setenta, todas las cojonudas bandas de las ciudades del acero de la región central de Inglaterra, cuyos miembros se hicieron enormemente ricos a los veinte años, después el punk en las montaña  de basura que llenaron Inglaterra en el 76, luego el pospunk y el g6tico, esa inmensa seriedad de la que revistieron la música, y ahora Manchester, raves, colores y beat. Inglaterra, yo amaba Inglaterra, todo lo que tenía que ver con Inglaterra. Y el fútbol, ¿qué más se podía desear que un viejo y destartalado estadio de principios de siglo, lleno a rebosar de diez o doce mil hombres furibundos de clase obrera y aspecto enfurruñado, con la niebla posada sobre el fangoso campo y unas entradas tan violetas que resonaban entre los carteles de publicidad? Las oscuras casas con moqueta por todas partes, incluso en las escaleras y en los pubs.

THOMAS BERNHARD

Tiene que llover, KO Knausgard, p. 534-535
En una ocasión fue la novela Extinción, de Thomas Bernhard, era estremecedora, tan fría como clara, y giraba todo el tiempo en torno a la muerte; los padres y la hermana del protagonista mueren en un accidente de coche, él va a casa a enterrarlos, lleno de odio, como todos los personajes de Bernhard, pero en este libro había una objetividad que no había visto antes en él, era como si las circunstancias apareciesen, como si fueran tan sobrecogedoras y poderosas que sustituyeran a los airados y odiosos monólogos, que la muerte convirtiera en insignificantes incluso el mayor de los odios y la más intensa rabia, en cierto modo se estableció dentro de él, y era frío, duro y despiadado, pero también hermoso, todo surgido a ese ritmo insistente y minucioso de Bernhard, que se iba metiendo dentro de mí mientras leía, y que continuaba incluso después de haber dejado el libro y haberme puesto a mirar por la ventanilla la nieve que acababa de caer sobre el brezo, el do salvaje que se lanzaba desfiladero abajo, y pensé, tengo que escribir así, puedo escribir así, sólo hace falta escribir, no es ningún arte, y empecé a formular el comienzo de una novela en la cabeza, al ritmo de Bernhard, y salió bien, una nueva frase y otra más, el tren volvió a ponerse en marcha con una sacudida, y yo pensaba en una frase tras otra, las cuales habían desaparecido por completo cuando aquella tarde me senté delante del ordenador. Las frases que había pensado estaban llenas de vida y fuerza, las que vi en la pantalla estaban muertas y vacías. 

HOSPITALES

Tiene que llover, KO Knausgard, p. 452-453
Eso de los hospitales era algo extraño. Ante todo era una extraña idea, ¿por qué reunir en un solo lugar todo el sufrimiento humano? No sólo unos años, como un experimento, qué va, allí no hay límite en cuanto al tiempo, la acumulación de enfermos es constante. Cuando un paciente se curaba y podía volver a su casa, o moría y lo enterraban, la ambulancia salía y recogía a otro. Hicieron venir al abuelo desde la boca del fiordo, y lo mismo ocurría en todas las zonas, la gente era enviada desde las islas, los pueblos y las ciudades, formando parte de un sistema que duraba ya tres generaciones. Los hospitales existían para curarnos, ésa era la impresión que se tenía desde la perspectiva del individuo, pero si se le daba la vuelta y se vela desde el punto de vista del hospital, era como si se nutriera de nosotros. Bastaba con pensar en lo de haber dividido las plantas en función de los 6rganos. Pulmón en la séptima, corazón en la sexta, cabeza en la quinta, piernas y brazos en la cuarta, nariz, oído y garganta en la tercera. Había quien criticaba esa división, quien decía que la especialización había conducido al olvido de la totalidad del ser humano, y que él o ella sólo podían curarse si se los  consideraba como individuos completos. No habían entendido que el hospital estaba organizado según el mismo principio que el cuerpo. ¿Conocían los riñones a su vecino el bazo? ¿El corazón sabía en qué pecho lada? ¿Y la sangre en las venas de quién corría? Nada de eso. Para la sangre no éramos más que un sistema de canales. Y para nosotros la sangre sólo era algo que aparecía las pocas veces que algo iba mal y se abrían heridas en el cuerpo. Entonces la alarma se dispara, entonces un helicóptero despega y traquetea sobre la ciudad para ir a buscarte, aterriza como un ave rapaz en la carretera justo aliado del lugar del accidente, te suben a bordo y te transportan lejos, te colocan sobre una mesa y te anestesian, y luego te despiertas varias horas después pensando en todos esos dedos enguantados que han estado dentro de ti, esos ojos que sin pudor han estado mirando fijamente esos órganos tuyos, brillantes y negros a la luz, sin pensar siquiera una vez que te pertenecen a ti.

Para el hospital todos los corazones son iguales.

DIVINA COMEDIA

Tiene que llover, KO Knausgard, p. 311
Quedamos la tarde siguiente. Saqué de la biblioteca la traducción de La Divina Comedia, empecé a leer sin tomar notas, lo que debía quedarse, se quedaría, suponía. Sabía de qué trataba, había leído una tercera parte del libro sobre Dante de Lagercrantz, Y me había formado una idea clara de cómo era la obra. Pero de ninguna manera estaba preparado para la sensación de tiempo que desprendieron las primeras páginas, el que el texto no tratara del siglo XIV, sino que procediera de esa época, que formara parte de aquella época de la que yo podía participar ahora.
Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza.
La puerta del infierno, Semana Santa, año 1300, Dante que se ha perdido en mirad de la vida, y que será salvado al poder verlo todo.
Verá todo y así será salvado.
Pero al principio del primer canto no se había perdido en la vida, sino en el bosque, y los animales que le atacaban no eran el pecado ni la traición, sino animales salvajes de carne y hueso que enseñaban los dientes. El infierno no era un estado mental, la entrada se encontraba allí mismo, en medio del mundo, al pie de un precipicio, rodeada de bosques y campos yermos por todas partes.

Me di cuenta de que lo que ponía en las notas explicativas a pie de página sobre lo que representaban los animales salvajes, los lugares y los sucesos era real, pero lo excepcional del comienzo, que yo sentía en cada célula de mi cuerpo como un vado, como hambre, era lo que tenía de concreto, corporal, material, no las sombras proyectadas dentro del mundo de las ideas. Había una comparación con la construcción de un barco en los astilleros de Venecia, de repente y con una fuerza tremenda comprendí que Dante habría estado escribiendo aquello en algún lugar, quizá mirando al infinito y preguntándose qué podría usar para hacer esa comparación, y entonces se acordada de unos astilleros que había visto una vez en Venecia, ciudad que seguía allí cuando lo escribió.

INCIPIT 859. BORGES ESENCIAL

A riesgo de cometer un anacronismo, delito no previsto por el  Código penal, pero condenado por el cálculo de probabilidades y por el uso, transcribiremos una nota de la Enciclopedia Sudamericana que se publicará en Santiago de Chile, el año 2074. Hemos omitido algún párrafo que puede resultar ofensivo y hemos actualizado  la ortografía, que no se ajusta siempre a las exigencias del moderno lector. Reza así el texto:

BORGES, JORGE FRANCISCO ISIDORO LUIS: Autor y autodidacta, nacido en la ciudad de Buenos Aires, a la sazón capital de la Argentina, en 1 899. La fecha de su muerte se ignora, ya que los periódicos,  género literario de la época, desaparecieron durante los magnos conflictos que los historiadores locales ahora compendian. Su padre era profesor de psicología. Fue hermano de Norah Borges ( q. v. ). Sus preferencias fueron la literatura, la filosofía y la ética. Prueba de lo primero es lo que nos ha llegado de su labor, que sin embargo deja entrever cierras incurables limitaciones. Por ejemplo, no acabó nunca de gustar de las letras hispánicas, pese al hábito de Quevedo. Fue partidario de la tesis de su amigo Luis Rosales, que argüía que el autor de los inexplicables Trabajos de Persiles y Segismunda no pudo haber escrito el Quijote. Esta novela, por lo demás, fue una de las pocas que merecieron la indulgencia de Borges; otras fueron las de Voltaire, las de Stevenson, las de Conrad y las de Eça de Queiroz.

KO KNAUSGARD

Tiene que llover, KO Knausgard, p. 410
Por regla general tardaba unas veinticuatro horas en librarme de la ansiedad después de una juerga, y si había sucedido algo especial podía alargarse a dos o tres días. Pero al final desaparecía siempre. No entendía por qué me ponía así, por qué la vergüenza y la angustia me atacaban de esa manera, y, de hecho, cada vez con más fuerza, porque al fin y al cabo no había hecho nada horrible, no había matado ni herido a nadie. Tampoco había sido infiel. Ganas no me habían faltado y había hecho cosas estúpidas para conseguirlo, pero no había pasado nada, había trepado un muro y ya está, joder, ¿y por eso tenía que sufrir ansiedad durante tres días? Andar por casa y estremecerme ante cualquier sonido, encogerme al oír una sirena en la calle, codo eso con un dolor interior tan intenso que resultaba insoportable, aunque lo soportaba siempre.

Era un falso, un traidor, una mala persona. Con eso podía vivir, eso no me creaba problemas, mientras sólo me afectara a mí. Pero ahora estaba con Gunvor y eso la convertía en alguien que salía con un tipo que era un falso, un traidor, una mala persona. Ella no pensaba eso, al contrario, a sus ojos yo era una persona estupenda, alguien que sólo quería el bien, que le mostraba consideración y amor, pero ahí era precisamente donde residía lo doloroso, porque yo no era así.

Karl Ove Knausgard

Tiene que llover, Karl Ove Knausgard, p. 272-273
Tres años y medio después, en los días que van de Navidad a Año Nuevo de 1992, me encontraba al final del Centro de Estudiantes, muy cerca de las escaleras que subían hacia la parte del edificio donde tenían su sede las organizaciones estudiantiles; estaba esperando al jefe de la Radio del Estudiante. Iba a realizar alli mi trabajo social, acababa de volver de un campamento de unos meses de duración en Hustad, en la costa de Molde, donde, junto con otros objetores de conciencia del oeste, recibí clases sobre distintos aspectos de trabajos por la paz y sobre la objeción de conciencia. Me pareció poco más que una broma, a casi nadie le importaban los aspectos idealistas del papel del objetor. La mayoría estaba en contra de las guerras, pero eso no les marcaba mucho, y yo reviví el campamento de la confirmación, al que asistí cuando estaba en octavo, y en el que todos nos sentimos muy a gusto, solos, lejos de casa, pero a nadie le importaba el motivo, nuestra relación con Jesucristo y Dios, razón por la que nos dedicamos sobre todo a sabotear la enseñanza, aprovechando al mismo tiempo lo que había de oferta de ocio para fines propios. En realidad, las únicas diferencias entre los dos campamentos eran la edad -la mayor parte de los que estaban en el campamento de Hustad tenían veintipocos años-, la duración -no era de dos días, sino de dos meses- y las instalaciones. Tenían una sala muy bien equipada para grupos musicales, una biblioteca muy bien surtida de libros, un cuarto oscuro y equipo de vídeo, había kayaks y equipo de buceo, y se nos ofrecía la posibilidad de sacarnos un carné de buceador. Organizaban excursiones por la zona en un autocar que venía a recogernos; una tarde nos llevaron a la ciudad de Kristiansand, donde pudimos salir y emborracharnos. Pero lo más importante eran los cursos. Alguien había trabajado duro para que los objetores de conciencia fueran tomados en serio en un tiempo en que la gente joven ardía por esa clase de causas y rebosaba de idealismo. A nosotros nos importaba una mierda. Las clases eran obligatorias, pero los que no se sentían indispuestos o les dolía la cabeza, apenas escuchaban lo que decían los profesores, y a veces dolía ver la desproporción entre su idealismo y entusiasmo ante la objeción de conciencia y nuestra ignorancia.

THOMAS MANN

Tiene que llover, Karl Ove Knausgard, p. 275
En el campamento me mantenía más bien en un discreto segundo plano, andaba por ahí solo, leía bastante, como La montaña mágica, de Thomas Mann, en una versión danesa que me había comprado, pues la edición noruega era abreviada. Era la mejor novela que había leído en mucho tiempo, había algo en la relación entre lo sano y lo enfermo que me atraía; esa relación se maní fiesta por primera vez cuando Hans Casrorp da un paseo en solitario por los alrededores del sanatorio, y está subiendo por las hermosas laderas cuando de repente empieza a sangrar descontroladamente por la nariz, y luego en que de las mujeres de las que se enamora se fija justo en lo enfermizo, lo febril, los ojos brillantes, la tos, las espaldas encorvadas y las malas posturas de los cuerpos, todo enmarcado por verdes laderas y los deslumbrantes picos de los Alpes. También me resultaban fascinantes las grandes discusiones que tenían lugar entre el jesuita y el humanista, que eran casi como duelos de importancia vital, en las que de hecho todo estaba en juego. Me di cuenta de que estaban relacionadas con las descripciones de la vida en el sanatorio, formaban parte de lo mismo sin que pudiera explicarme cómo, ya que no conocía ninguno de los marcos de referencia en los que se desarrollaban las discusiones.
Había leído Doctor Faustus cuando tenía dieciocho años. Lo único que recordaba de ese libro era la caída deAdrian Leverkühn, cuando sus máximos esfuerzos en el arre coinciden con que vuelve a ser como un niño, y ese comienzo grandioso, cuando Zeitblom y Leverkühn son niños y el padre del compositor realiza sencillos experimentos, manipulando materia muerta para que se comporte como viva. También había leído Muerte en Venecia, el anciano que ya moribundo se maquilla y se tiñe el pelo con el fin de impresionar a ese hermoso joven.

Todo tiene lugar en la cercanía de la muerte en esos libros, que por lo demás estaban llenos de pensamientos e ideas sobre arte y filosofía, se encontraban en el centro de la gran tradición europea, pero no eran experimentales, como lo fueron las novelas de Joyce o Musil, en cierto modo carecían de independencia en la forma, y yo me preguntaba por qué. ¿El autor no sabía hacerlo?

INCIPIT 858. TIENE QUE LLOVER / KARL OVE KNAUSGARD

Los catorce años que viví en Bergen, de 1988 a 2002, concluyeron ya hace mucho, no queda ni rastro de ellos, salvo episodios que tal vez recuerden algunas personas, un flash en una cabeza por aquí, un flash en otra cabeza por allá, y, claro está, todo lo que mi memoria conserva de aquella época. Pero es sorprendentemente poco. Lo único que ha permanecido de todos esos miles de días que pasé en esa pequeña ciudad del oeste de calles estrechas, relucientes de lluvia, son unos cuantos sucesos y un montón de estados de ánimo.Llevé un diario, lo he  quemado. Hice fotos, las doce que quedan están en un pequeño montón al lado del escritorio, junto con rodas las cartas que recibí en aquella época.. Las he hojeado, he leído fragmentos de algunas de ellas, y luego siempre me he sentido deprimido; fue una época horrible. Yo sabía tan poco, deseaba tanto ... y no lograba nada. ¡Pero qué animado estaba antes de ir allí! Ese verano hice autostop con Lars hasta Florencia, pasamos allí unos días y luego cogimos el tren hasta Brindisi, hada tanto calor que tenía la sensación de estar quemándome cuando asomaba la cabeza por la ventanilla. Noche en Brlndisi, cielo oscuro, casas blancas, un calor casi onírico, multitud de gente en los parques, por todas partes jóvenes con ciclomotores, gritos y ruido. Nos pusimos en la cola que se había formado delante de la escala del gran barco que nos llevaría a El Pirero

ITALIANOS E ITALIANAS

Tiene que llover, Karl Ove Knausgard, p. 294
Eramos hermanos, ese vínculo era más fuerte que todo lo demás, pero algo había cambiado de todos modos, tal vez en mí, donde habían desaparecido los últimos restos de naturalidad, era consciente de todo lo que se decía y hacía cuando estábamos juntos. Las pausas que surgían entre nosotros eran dolorosas, éramos hermanos, deberíamos estar charlando con naturalidad y sin ningún esfuerzo, pero entonces llegaba el silencio, y yo me ponía a buscar algo natural con que romperlo. ¿Algo sobre bandas musicales? ¿Algo sobre Asbj0rn o algún otro amigo suyo? ¿Algo sobre fútbol? ¿Algo sobre lo que nos rodeaba, una ciudad por la que pasaba el tren, un intermezzo en la calle delante de la ventana de la pensión, una mujer guapa que entraba en el bar en el que nos encontrábamos? Algunas veces funcionaba, hablábamos por ejemplo de la diferencia entre las chicas que se veían en Noruega y las que se velan allí, tan increíblemente elegantes, no sólo en la ropa, con su chaquetas ajustadas y abrigos estrechos, sus botas largas y sus finos pañuelos, sino también en su manera de andar, estudiada y elegante, tan escandalosamente distinta al estilo deportivo de nuestras chicas, un andar que no contenía nada más que el desplazamiento, ligeramente echadas hacia delante, como eternamente preparadas para una lluvia torrencial, trotando, con paso andarín, nada extra, ¡lo importante era llegar! Al mismo tiempo resultaba deprimente ver a las mujeres italianas -la palabra chica no era la adecuada para ellas-, se encontraban en otra división, fuera de nuestro alcance, de nosotros, tan poco sofisticados como las chicas noruegas, bastaba con echar una breve mirada a los jóvenes italianos, tan elegantes y acicalados como sus homólogas femeninas, que se sabían todos los trucos, y que además las trataban con unos modales que nosotros no sabríamos remedar aunque hubiéramos ensayado todos los días del año siguiente, bueno, ni siquiera si hubiéramos estudiado elegancia y saber estar en la universidad durante seis años. 

EURIDICE



Tiene que llover, Karl Ove Knausgard, p. 292-293
Entre tantos nombres Y cifras emergieron algunos conocimientos emocionantes: Ulises, que engañó al cíclope diciendo que su nombre era “nadie”. Se perdió a sí mismo, pero ganó la vida. El canto de las suenas. Los que las escuchaban también se perdían a sí mismos, eran atraídos hac1a ellas, hadan todo lo posible para estar cerca de ellas, y morían. Las sirenas eran a la vez, eros y tánatos, deseo y muerte, lo más ansiado y lo más peligroso. Orfeo, que cantaban maravillosamente bien que todos los que lo escuchaban quedaban hechizados y desaparecían de ellos mismos, que descendió al reino de los muertos para rescatar a Eurídice y que lo conseguiría si no se volvía para mirarla, pero lo hizo, y la perd16 para siempre. Un filósofo francés llamado Blanchot trató este tema y leí su ensayo sobre Orfeo, en el que decía que el arte era la fuerza que hada abrirse la noche, pero que lo que él quería era a Eurídice y que ella era lo más sublime que el arte podía conseguir. Eurídice era la otra noche, escribió Blanchot.
Estos pensamientos me venían demasiado grandes, pero me atraían e intentaba meterme en ellos, forzarlos a que se me sometieran, convertirlos en míos, aunque sin conseguirlo, los veía desde fuera y sabía que su pleno significado se me escapaba.  ¿Devolver lo sagrado a lo  sagrado? ¿La noche de la noche? Reconocía  las figuras principales, lo que nace y desaparece en el mismo instante, o la presencia simultánea de lo uno y lo otro que anula lo uno, era una figura que había visto en muchos poetas contemporáneos, y también percibía una atracción especial de los pensamientos sobre la noche, la otra noche y la muerte, pero en cuanto intentaba pensar de un modo independiente sobre ello, es decir, sobrepasar la forma en que llegaban los pensamientos, se volvía banal y estúpido. Era como escalar montañas, hay que poner el pie en el sitio exacto, agarrarse con la mano justo allí, de lo contrario, o re quedas inmóvil o pierdes el equilibrio y te caes.

Lo más elevado es aquello que desaparece cuando es visto o reconocido. Ése era el núcleo del mito de Orfeo, pero ¿qué es eso?

DEL DOLOR

La conjura contra América, Philip Roth, p. 175
Estaba apoyado en el fregadero de la cocina, adonde había ido sin la ayuda de las muletas para tomar un vaso de agua. Al darse la vuelta para regresar al dormitorio, se olvidó, por la razón que fuese, de que solo tenía una pierna y, en vez de brincar, hizo lo mismo que todos los demás en la casa: echó a andar y. naturalmente, se cayó al suelo. El dolor que subía desde la punta del muñón era más intenso que el dolor en la parte desaparecida de su pierna, un dolor, me explicó Alvin, después de verlo sucumbir a su asedio en la cama de al lado, «que te agarra y no te suelta», aunque no hubiera un miembro que lo causara.
Te duele lo que tienes -me dijo Alvin cuando llegó el momento de tranquilizarme con alguna observación cómica-y te duele lo que no tienes. Me pregunto a quién se le ocurriría inventar eso.
En el hospital inglés inyectaban morfina a los amputados para controlar el dolor.
-Siempre la estás pidiendo -me contó Alvin-, y cada vez que lo haces te la dan. Aprietas un botón para llamar a la enfermera y, cuando llega a tu lado, le dices: «Morfina, morfina», y entonces el dolor desaparece casi por completo.
-¿Cuánto te dolía en el hospital? -le pregunté.
-No era divertido, muchacho.
-¿Era el dolor más fuerte que has sentido en tu vida?

-El dolor más fuerte que he sentido fue a los seis años, cuando mi padre cerró la puerta del coche y me pilló un dedo. –Se echó a reír, y yo le imité-. Mi padre me dijo, cuando me vio llorar como un desesperado, aquel pequeño mocoso así de alto, mi padre me dijo: «Deja de llorar, eso no sirve de nada». –Alvin volvió a reírse de forma más discreta y añadió-: Y probablemente eso fue peor que el mismo dolor. También es el último recuerdo que tengo de él. Ese mismo día, unas horas después, cayó en redondo y se murió.

USA

La conjura contra América, Philip Roth, p. 111
Por supuesto, el señor Mawhinney era cristiano, miembro inveterado de la abrumadora mayoría que hizo la Revolución y fundó la nación y conquistó la naturaleza salvaje y subyugó a los indios y esclavizó a los negros y emancipó a los negros y segregó a los negros, uno más entre los millones de buenos, limpios, trabajadores cristianos que se establecieron en la frontera, cultivaron los campos, construyeron las ciudades, gobernaron los estados, se sentaron en el Congreso,  ocuparon la Casa Blanca, amasaron la riqueza, poseyeron la tierra y las acerías y los clubes de béisbol y los ferrocarriles y los bancos, que incluso poseían y supervisaban el lenguaje, uno de aquellos invulnerables nórdicos y anglosajones protestantes que dirigían Norteamérica y siempre la dirigirían, generales, dignatarios,  magnates, los hombres que daban las órdenes y tenían la última palabra y leían la cartilla cuando les parecía, mientras que mi padre, claro, no era más que un judío.

DECLARO LA GUERRA

La conjura contra Amércia, Philip Roth, p. 39-40
Durante los largos meses de vacaciones, jugábamos en la acera a un nuevo juego llamado “Declaro la guerra” utilizando una pelota de goma barata y un trozo de tiza. Con la tiza trazabas un círculo de metro y medio o dos metros de diámetro, dividido en tantos segmentos, a modo de porciones de pastel, como jugadores participaban, y anotabas en cada porción el nombre de uno de los diferentes países extranjeros que habían salido en los noticiarios durante el año. A continuación, cada jugador elegía «su» país y se colocaba a horcajadas en el borde del círculo, con un pie dentro y el otro fuera, de modo que, cuando llegara el momento pudiera emprender una huida precipitada. Entretanto, un jugador designado, con la pelota en alto, anunciaba lentamente, con una cadencia inquietante: «Declaro ... la ... guerra .. a ... ». Había una pausa cargada de suspense, y entonces el chico que declaraba la guerra hacía botar la pelota en el suelo al tiempo que gritaba «¡Alemania!» o «¡Japón!» u «¡Holanda!» o «Italia”o «¡Bélgica!» o «¡Inglaterra!& o «¡China!», a veces incluso «¡Estados Unidos!”, y todo el mundo echaba a correr excepto el niño contra el que se había lanzado el ataque por sorpresa. Su tarea consistía en hacerse con la pelota cuando rebotaba, tan rápido como pudiera, y gritar: «¡Alto!». Todos los que ahora estaban aliados contra él debían detenerse, y el país en cuestión iniciaba el contraataque, .tratando de eliminar a un país agresor tras otro, golpeando a cada uno tan fuerte como pudiera con la pelota. Empezaba por lanzarla contra los que estaban más cerca de él y su posición avanzaba con cada golpe letal. Jugábamos sin cesar a ese juego. Hasta que llovía y los nombres de los países desaparecían temporalmente, y la gente tenía que pisarlos y saltar por encima de ellos cuando caminaban por la calle. En aquella época, en nuestro vecindario no había otras pintadas dignas de mención, solo aquellos restos de jeroglíficos de nuestros sencillos juegos callejeros. Por inocuos que fuesen, ponían fuera de sí a algunas de las madres, obligadas a oírnos durante horas a través de las ventanas abiertas. «Eh, chicos, ¿es que no podéis hacer otra cosa? ¿No podríais encontrar otra clase de juego?» Pero no podíamos; tampoco nosotros podíamos pensar en otra cosa que en declarar la guerra.

UN NAZI EN EL CAPITOLIO

La conjura contra Amércia, Philip Roth, p. 30
La pura sorpresa de la nominación de Lindbergh había despertado un atávico sentido de indefensión que tenía más que ver con Kisbinev y los pogramos de 1903 que con la Nueva Jersey de treinta y siete años después, y, en consecuencia, se habían olvidado de que Roosevelt había nombrado a Felix Frankfurter como juez del Tribunal Supremo y elegido a Henry Morgenthau para el cargo de secretario del Tesoro, de que el financiero Bernard Baruch era un íntimo asesor del presidente y de que allí estaban la señora Roosevelt, lckes y el secretario de Agricultura, Wallace, tres personas de las que se sabía que, lo mismo que el presidente, eran amigos de los judíos. Estaba Roosevelt, estaba la Constitución de Estados Unidos, estaba la Declaración de Derechos y estaban los periódicos, la prensa libre de Norteamérica. Incluso el Newark Evening News, que era republicano, publicó un editorial en el que recordaba a los lectores el discurso de Des Moines y cuestionaba abiertamente lo acertado del nombramiento de Lindbergh, y PM, el nuevo y popular diario neoyorquino de izquierdas, que costaba cinco centavos y que mi padre había empezado a traer a casa cuando volvía del trabajo junto con el Newark News, y cuyo eslogan decía: “PM está en contra de  quienes intimidan a los demás1”, dirigió su ataque contra los republicanos en un largo editorial, así como en las noticias y los artículos de prácticamente cada una de sus treinta y dos páginas, sin que faltaran en la sección de deportes artículos contrarios a Lindbergh firmados por Tom Meany y Joe Cumnúskey. En la primera plana aparecía una gran foto de la medalla nazi de Lindbergh y, en la Revista Gráfica Diaria, donde se afirmaba publicar fotografías que otros periódicos descartaban (fotos controvertidas de bandas de linchadores y cuerdas de presos, de esquiroles blandiendo porras, de las inhumanas condiciones de vida imperantes en las cárceles norteamericanas), una página tras otra mostraba al candidato republicano durante su gira por la Alemania nazi en 1938, culminando con una foto del personaje a toda página, con la infame medalla al cuello, estrechando la mano de Hermann Goring, el dirigente nazi por encima del cual solo estaba Hitler.

EL ALCOHOL

El cuadreno gris, Josep Pla, p. 94
¡Ah, Dios mío! El vicio es amargo. La virtud es dulce y agradable. ¡El alcohol me hace mucho daño ... ! ¡Pero tengo tanta sed! Además, me acerco al alcohol con una especie de ilusión que me acapara. Esta iusión va unida a un deseo irrefrenable de vehemencia y de aturdimiento. ¡Sentirse lleno, tirante, lúcido, como si el cuerpo y el espíritu os hubiesen crecido desmesuradamente! El espíritu se me hace cómplice de la ilusión y me lleva a creer que la vehemencia es higiénica y necesaria.
Por un duro (veinte miserables reales) se pueden tener cuatro pernods auténticos (Pernod Fils) helados, deliciosos, exquisitos y estar dominado por un torbellino dionisiaco siete u ocho horas. En la conversación, este estado os da facilidad de réplica y de observación aguda y brillante. El alcohol excita los reflejos mentales del cinismo. Notad como la gente os escucha, cómo a veces ríe, como os sigue con los ojos. Para la vanidad humana, para la propia vanidad, no hay nada tan estupefaciente ni tan satisfactorio como sentirse escuchado, como tener un público aparente o realmente atento. A medida que la vanidad se va saturando sentís que la sed aumenta. Entráis en el horrible engranaje de la fanfarronería y de la sed ... Esta alteración de deseos dura lo que dura. Pero, al final, se produce la ruptura, el trae, es decir, la asfixia producida por una enorme fatiga física. Después de la irisada euforia de las venas hinchadas y del corazón galopante, sentís en las vísceras un gran vacío interno, con un quebrantamiento de huesos, una desfibración del cuerpo y la inmersión en una tristeza inexplicable, inmensa, horrible.

He conocido a muchos borrachos ampurdaneses: casi todos ellos están desprovistos de resistencia ante el torbellino oratorio de la propia vanidad. No conozco a ninguno que tienda al mutismo y a la gravedad. Son charlatanes recalcitrantes: beben para charlar y charlan para beber; cadena difícil de romper. En Palafrugell, el alcohol me hace cambiar de vida. En Barcelona me levanto pronto para ir a la Universidad y seguir el curso académico. Llegar aquí y levantarme a las doce en punto es indefectible. La taquicardia alcohólica, la excitación del cuerpo, me producen insomnio. En la imposibilidad de dormir por la noche, tengo que dormir por la mañana: no hay otra salida.

EN CASOS DE DUDA

Ludwig Wittgenstein, Justus Noll, p. 14-15
-¿Debe el coito causar placer?
-¡No! -responde la mayoría.
-¡Sí! -contesta Moore, y añade-: El placer está bien cuando viene al caso.
Moore rescata además una sensibilidad filosófica del placer. Su ensayo La naturaleza del juicio da la gratificante sensación de cortar el cordón umbilical con Kant, Hegel y con todo el idealismo. «Fue algo valiente y emotivo –recuerda Russell en su Autobiografía- volver a creer en la realidad de cosas tales como mesas y sillas, mientras que hasta ahora se consideraba que todo lo sensible era irreal... Me alegró descubrir que las relaciones son también reales.» Convertido en realista ingenuo tras el primer entusiasmo pasajero, Russell celebra que «el césped sea realmente verde, a pesar de la opinión contraria de todos los filósofos desde Locke».
Pero la veneración de Russell no es siempre retribuida. Su primer biógrafo, Alan Wood, da cuenta de este diálogo notable, que tendría lugar mucho más adelante:
-¿No te caigo bien, Moore?
-No -dice Moore, tras larga reflexión.
Luego conversan animadamente sobre otros temas.
En 1903, aparece la obra capital de Moore, Principia ethica. Causa sensación en Bloomsbury, donde adquiere el rango de profeta, un lógico que piensa con claridad, que afirma que lo «bueno» es indefinible, pues lo que signifique «bueno» sólo puede demostrarlo el uso racional en una sociedad. Las únicas cosas que son buenas en sí son los «estados de conciencia» (states of mind), y las más valiosas son la alegría del trato humano y el goce de las cosas bellas. Por otra parte, las acciones humanas nunca pueden ser buenas en sí; a lo sumo son un medio para alcanzar estados de conciencia buenos. Para Bloomsbury y los jóvenes «apóstoles», los dos últimos capítulos de Principia ethica, «Ética en relación a la conducta» y «El ideal», tienen más peso que las reflexiones lógico-filosóficas del principio. A pesar de que Moore acepta los preceptos morales convencionales, en tanto se justifiquen con el sano juicio de los hombres, para el programa de liberación sexual de Bloomsbury carecen prácticamente de efecto. Por ejemplo, Moore no cree que las reglas de castidad que rigen los «celos matrimoniales» y el «afecto paterno» sean concluyentes, y puede imaginarse fácilmente una sociedad en la que no tengan peso.

«En casos de duda, el individuo deberá orientar su decisión más por el escrutinio directo de las consecuencias que su acción conlleve, que por las reglas que seguir, cuyos buenos efectos no está, en su caso particular, en condiciones de ver.»
En la foto el Grupo de Bloomsbury disfrazado de abisinios

HOMBRE GORDO

El cuaderno gris, Josep Pla, p. 104-105
Los hombres flacos, corrientemente, suelen ser precisos, infatigables e incómodos; los hombres gordos, por el contrario, vagorosos, inciertos y divertidos, Los primeros suelen actuar furiosamente con el compás y la regla; los segundos operar a ojo, con una gesticulación  graciosa e imprecisa. Si estuviese gordo, me dedicaría, probablemente, a los pequeños, insignificantes pIaceres de comer y beber e iría cada anochecer al café a dormir un rato y, entre cabeceo y cabeceo, hablaría si viniese a mano, con mis amigos. Diría cosas delicadas e inciertas, cosas medio hilvanadas, apenas sugeridas; tendría un trato ligero e imperceptible; haría, como suelen hacer los gordos una intrascendente bromita del muerto y de quien lo vela con tal de que el muerto pudiese llegar al otro mundo liberado del envaramiento de las esquelas y los vivos tuviesen la sensación y pudiesen ver con sus propios ojos mi gran fondo de bondad y de debilidad. Si alguno formulase contra mi alguna impertinencia, me levantaría de la silla, porque no hay nada más incómodo para un gordo, que levantarse de la silla o sillas que ocupa sobre la tierra. Sí, señora, sí; la cantidad imprime carácter, la cantidad no puede juzgarse con las normas habituales del sentido del ridículo.
Es decir: un hombre gordo consiste en un ser que arrastra él personalmente, una gran cantidad del sentido del ridículo ineluctible, inescamoteable, definitivo, que soporta y arrastra la vida. En este sentido, un hombre gordo está en condiciones excepcionales para ser buena persona, para tener la vanidad mínima, para ver el mundo como un espectáculo fatalmente injusto, extraño a toda idea de exactitud y de perfectibilidad imposible.
Esta es la situación que me gustaría llegar a tener en este mundo.

Me resulta triste tener que decir que la moral práctica está basada en un cierto infantilismo, en una desgana vital, en una depresión de los sentidos. Cuando la sangre canta en las venas, ya la podeis atar por la cola. .. Las otras formas de la moral son discusiones de libros y periódicos que se venden en las librearías. Decía que aquélla sería la situación que me gustaría tener, dudo, sin embargo, que nunca pueda alcanzarla de una manera cabal.

LA CIGARRA

La huida del tiempo, Josep Pla, p. 111
El insigne La Fontaine cometió una gran injusticia con las cigarras. Opuso la timorata, ahorradora y prudente hormiga a una cigarra de su propia invención, disipada, pródiga e inconsciente, y al final sumida en la catástrofe por imprevisión y como justo castigo de su frivolidad. De la hormiga nacieron las Cajas de Ahorros y los Institutos de Previsión. De las cigarras, el quien mal anda mal acaba. Sin embargo, las cigarras no nacen de generación espontánea y se perpetúan, como las hormigas, en invierno, con lo que han acumulado en la época que chupan la savia de los árboles. ¿Acumulado qué? Probablemente aire del cielo. Comparadas con las hormigas, las cigarras son el insecto más sobrio del reino animal. Las hormigas son voraces y sus instintos de rapiña son universales. El insigne La Fontaine tuvo la elegancia de llamarse fabulista. Su fábula contribuyó, sin embargo, a crear un burgués ávido, hormiguero y avaro. Si no hubiera sido por aquella elegancia, hubiéramos recordado que el viejo Sócrates ya decía que no hay que hacer caso de los poetas, porque inventan las fábulas.

INCIPIT 857. FASCINACION / DON DELILLO

Aquí no hallarás gente corriente. No después de anochecer, y no en estas calles, bajo las marquesinas de las viejas naves industriales. Pero eso, claro está, ya lo sabes. De eso se trata. A ello se debe, evidentemente, que estés aquí. Del rio llegan ráfagas de viento que agitan el aire polvoriento de los solares de los edificios recién demolidos. Cerca de los muelles, los vagabundos encienden sus hogueras en oxidados bidones de aceite. Puedes verles apiñados entre sí, arropados con cualquier variedad de abrigo o jersey viejo o combinación de ambos que hayan logrado obtener. Cerca de las fábricas hay camiones estacionados, algunos de ellos ocupados por hombres que fuman en la oscuridad a la espera de que bajen los homosexuales procedentes de los bares que hay más allá de Canal Street. Alargas la zancada, aunque no para huir del frio. Te gusta ese viento gélido. Doblas una esquina y notas su caricia brevemente, sintiendo cómo tus muslos muestran su forma bajo el placentero contacto del tejido en tensión. En las parcelas vacías brillan los trozos de vidrio como si fueran de mica. Esta noche, el río despide cierto aroma a almizcle.

Ya en dirección Este, ves cuatro letras pintadas con aerosol sobre el costado de un edificio. Garabatos. ANGW. Pero, de algún modo, te resultan familiares, como si abrieran un agujero en el tiempo. 

INCIPIT 856. RECORDATORIOS / MARGUERITE YOURCENAR

El ser a quien llamo «yo» llegó al mundo un lunes 8 de junio de 1903, hacia las 8 de la mañana, en Bruselas, y nada de un francés perteneciente a una antigua familia del Norte y de una belga, cuyos ascendientes se habían establecido en Lieja durante unos cuantos siglos, para luego instalarse en el Hainaut. La casa donde ocurría este acontecimiento –ya que todo nacimiento lo es para el padre y la madre, as! como para algunas personas que les son cercanas-se hallaba situada en el número 19.3 de la Avenue Louise, y ha desaparecido hará unos quince años, devorada por un edificio alto.

Tras haber consignado estos hechos que no significan nada por s! mismos y que, sin embargo, y para cada uno de nosotros, llevan más lejos que nuestra propia historia e incluso que la historia a secas, me detengo, presa de vértigo ante el inextricable enmarañamiento de incidentes y circunstancias que, más o menos, nos determinan a todos. Aquella criatura del sexo femenino, ya apresada entre las coordenadas de la era cristiana y de la Europa del siglo XX, aquel pedacito de carne color de rosa que lloraba dentro de una cuna azul, me obliga a plantearme una serie de preguntas tanto más temibles cuanto que parecen banales y que un literato que conoce su oficio se guarda

DOMINGO DE RESURRECCION

La huída del tiempo, Josep Pla, p.92-93
-Bueno. Aquí tiene usted un calendario popular. ¿Quiere usted hacer el favor de buscar en él el equinoccio de primavera? Después de buscar un largo rato, mi amigo no encuentra la fecha del equinoccio de primavera. Así son los calendarios. Hacen calendarios, e incluso los venden, y no ponen ni el equinoccio de primavera, ni el de otoño, ni el solsticio de verano, ni el de invierno. Pero entonces, ¿qué busca en los calendarios populares la gente? ¿Qué clase de superchería es ésa?
-El equinoccio de primavera debería estar en el calendario -le digo a mi interlocutor-. No está. Hago constar mi protesta. Continuemos. Sepa usted en todo caso que el equinoccio de primavera se sitúa entre el 20 y el 21 de marzo de cada año. Se trata de un acontecimiento astronómico inescamoteable. Ahora bien, ya sabe usted dónde está el equinoccio. Ahora  busque usted en el calendario el primer plenilunio posterior al equinoccio. (No es necesario decir a mis lectores que estoy manejando el calendario del año en que este libro ha sido escrito: o sea, del año 1945. El cálculo es siempre el mismo.)
-Aquí está. Entre el 28 y el 29 de marzo hay la siguiente indicación: luna llena a las 5 horas, 44 minutos de la tarde.
- Perfecto. Ahora busque usted el primer domingo posterior a este plenilunio. ¿Qué pone?
- Pascua de Resurrección.
- De manera, pues, que Pascua de Resurrección se sitúa en el primer domingo posterior al plenilunio que sigue al equinoccio de primavera. ¿Ha comprendido usted?
- iMuy bien! ¿y podría usted decirme quién arregló todo esto de esa manera?
- Lo acordó así el Concilio de Nicea, que tuvo lugar, si la memoria no me es infiel, en 325.
-Ha llovido bastante desde entonces ...
- iAsí parece!
- ¿Y cada año sucede lo mismo?

- No sucede de una manera absoluta siempre lo mismo. En las cosas terrenales, para la Iglesia, no existe ni el nunca, ni el jamás, ni el siempre. Existen las conveniencias -lo que conviene más a las gentes-. Así actúa la Iglesia. Ahora se hace lo contrario: no se tienen en cuenta más que las conveniencias particulares o de clase. Los demás han de callar necesariamente. En tiempo de revolución, chitas, chitas, chitas. Pero es que además, para la Iglesia, la realidad se impone. 

ANHELO

Más afuera, Jonathan Franzen, p. 183-184
Más o menos un año después, decidió dejar la medicación que había dado estabilidad a su vida durante más de veinte años. También aquí hay distintas versiones de por qué lo decidió exactamente. Pero una cosa que me dejó muy clara, cuando lo hablamos, fue que deseaba tener la oportunidad de llevar una vida más corriente, con menos control obsesivo y más placer normal. Fue una decisión surgida de su amor por Karen, de su afán por producir textos nuevos y más maduros, y de haber vislumbrado un futuro distinto. Fue por su parte un intento extraordinariamente aterrador y valiente, porque Dave rebosaba amor, pero también miedo: accedía con demasiada facilidad a esas profundidades de la tristeza infinita.
Así pues, fue un año de altibajos, en junio tuvo una crisis y pasó un verano muy dificil. Cuando lo vi en julio, volvía a estar en los huesos, como en la última etapa de la adolescencia, durante su primera gran crisis. Una de las últimas veces que hablé por teléfono con él, en agosto, me pidió que le contara en forma de historia cómo llegaría a irle mejor la vida. Le repetí muchas de las cosas que él me había dicho en nuestras conversaciones del año anterior. Le dije que se encontraba en un momento terrible y peligroso porque intentaba realizar auténticos cambios como persona y escritor. Le dije que, la última vez que había vivido experiencias cercanas a la muerte, había salido de ellas y escrito, muy deprisa, un libro que estaba a años luz de lo que  había estado haciendo antes de su desmoronamiento. Le dije que era un recalcitrante obseso del control y un sabelotodo -«¡Y tú también!», replicó- y que las personas como nosotros tememos tanto abandonar el control que a veces la única manera que tenemos de obligarnos a abrirnos y cambiar es dejamos llevar a un acceso de pesadumbre y al borde de la autodestrucción. Le dije que él había emprendido aquel cambio en la medicación porque quería madurar y llevar una vida mejor. Y le dije que, en mi opinión, su mejor literatura estaba por venir. Y él dijo: «Esta historia me gusta. ¿Podrías llamarme cada cuatro o cinco días y contarme otra parecida?»

Por desgracia, sólo tuve una oportunidad más de contársela, y para entonces él ya no la oía. Se hallaba sumido en un horrible estado de angustia y dolor, minuto a minuto. Después, las siguientes veces que intenté llamarlo no cogía el teléfono ni devolvía los mensajes. Se había hundido en el pozo de la tristeza infinita, fuera del alcance de las historias, y ya no consiguió salir. Pero poseía una inocencia hermosa y anhelante, y estaba intentándolo.

LA TRISTEZA INFINITA

Más afuera, Jonathan Franzen, p. 180
Llegamos a la conclusión de que la narrativa era esa «tierra de nadie neutra donde establecer una profunda conexión con otro ser humano», para eso servía. «Una escapatoria de la soledad» fue la formulación en que coincidimos. Y en ninguna otra parte fue Dave más absoluta y magníficamente capaz de mantener el control que en su lenguaje escrito. Poseía un virtuosismo retórico más extenso, apasionante e imaginativo que el de cualquier escritor vivo. Allá en la palabra número 70 o 100 o 140 de una frase, ya bien entrado un párrafo de tres páginas de humor macabro o de autoconciencia extraordinariamente reticulada, uno olía el ozono de la tersa precisión de su estructura sintáctica, su desplazamiento sin esfuerzo y tonalmente perfecto entre niveles de dicción alta, baja, media, técnica, moderna, tecnológica, filosófica, vernácula, vodevilesca, exhortatoria, achulada, desconsolada, lírica. Esas frases y páginas, cuando era capaz de producirlas, constituían para él un hogar tan verdadero, seguro y feliz como cuantos tuvo durante la mayor parte de los veinte años de nuestra relación. Así que podría contaros anécdotas del breve viaje por carretera salpicado de discusiones que emprendimos en cierta ocasión, o hablaros del olor mentolado que su tabaco de mascar dejaba en mi apartamento siempre que se quedaba unos días, o de las torpes partidas de ajedrez que jugábamos y los peloteas de tenis aún más torpes que a veces hacíamos -la reconfortante estructura de los juegos frente a las extrañas y profundas rivalidades fraternales que bullían bajo la superficie-, pero ciertamente lo principal era la escritura. Durante la mayor parte del tiempo desde que lo conocí, la interacción más intensa con él fue estar sentado a solas en mi sillón, noche tras noche, durante diez días, leyendo el manuscrito de La broma infinita. Ése fue el libro en el que, por primera vez, organizó el mundo y a sí mismo tal como quería. Al nivel más microscópico: entre cuantos han pasado por esta tierra, nadie ha puntuado la prosa de una manera tan apasionada y precisa como Dave Wallace. Al nivel más global: produjo un millar de páginas de bromas de talla mundial que -si bien la modalidad y calidad del humor nunca flojeaban- eran cada vez menos graciosas, capítulo tras capítulo, hasta que, al final, uno pensaba que el título podía haber sido igualmente La tristeza infinita. Eso Dave lo captó como nadie.

UN TESORO NACIONAL PERDIDO

Más afuera, David Franzen, p. 48
David estaba enfermo, sí, y en cierto sentido la historia de mi amistad con él es sencillamente que yo quería a una persona mentalmente enferma. Después, la persona deprimida se quitó la vida, de un modo calculado para infligir el máximo dolor a aquellos que más lo querían, y nosotros, quienes lo queríamos, nos quedamos con una sensación de rabia y traición. De traición no sólo por el fracaso de nuestra inversión de afecto y cariño, sino por la manera en que su suicidio lo apartó de nosotros y lo convirtió en una leyenda muy pública. Gente que jamás había leído su obra ni había oído hablar de él leyó en el Wall Street Journal su discurso para la ceremonia de graduación en el Kenyon College y lloró la pérdida de un ser magnífico y tierno. El establishment literario, que nunca había seleccionado siquiera uno de sus libros entre los candidatos a un premio nacional, ahora lo declaraba unánimemente un tesoro nacional perdido. Claro que era un tesoro nacional, y como escritor no «pertenecía» menos a sus lectores que a mí. Pero si uno sabía que su personalidad real era más compleja e incierta de lo que se creía, y si también sabía que era más «querible» -más divertido, más bobalicón, más necesitado, más conmovedoramente en guerra con sus demonios, más perdido, más infantilmente transparente en sus mentiras e incoherencias- que el artista santo benévolo y moralmente clarividente en que lo habían convertido, seguía siendo difícil no sentirse dolido por la parte de él que había elegido la adulación de los desconocidos antes que el amor de sus seres más cercanos. 

INCIPIT 855. VIAJES CON HENRY JAMES

SARATOGA 3 de agosto de 1870
Uno tiene vagas previsiones irresponsables cuyo origen generalmente es difícil discernir. Las más de las veces te encuentras pensando de esta manera en un lugar desconocido, nunca visto. Asume en tu mente cierta forma, cierto color que con frecuencia resulta discrepar singularmente con la realidad. Por un motivo u otro, había soñado distraídamente que Saratoga estaba escondida en una especie de elegante jungla de penumbroso verdor. Imaginaba una región de umbríos caminos forestales con un luminoso hotel resplandeciendo aquí y allá sobre un fondo de bosquecillos y calveros
Mapa de Saratoga Springs, c. 1888.

LA SENTENCIA DE MUERTE

Más afuera, Jonathan Franzen, p. 51
Aunque me cuesta más sintonizar con la rabia infantil y los impulsos homicidas sublimados que se advierten en ciertos detalles de su muerte, incluso en eso puedo distinguir una lógica de espejo deformante muy propia de Wallace, una perversa forma de anhelo de coherencia y honradez intelectual. Para merecer la pena de muerte a la que él mismo se condenó, la ejecución de la sentencia tenía que resultar profundamente lesiva para alguien. A fin de demostrar de una vez por todas que en verdad no merecía ser querido, era necesario traicionar de la manera más horrorosa a quienes más lo querían, quitándose la vida en casa y convirtiéndolos a ellos en testigos presenciales de su acción. Y lo mismo puede decirse del suicidio como jugada de promoción en su carrera profesional, que era la clase de cálculo al servicio del anhelo de adulación que despreciaba y del que negaba ser consciente (si pensaba que nadie lo detectaría), y que luego (si uno se lo señalaba) admitía, riéndose o con una mueca atormentada, que sí, vale, en efecto era capaz de eso. Imagino el lado de David que abogaba por seguir la ruta de Kurt Cobain hablando con la voz seductoramente razonable del diablo en Cartas del diablo a su sobrino, uno de sus libros preferidos, y señalando que la muerte por propia mano satisfaría su despreciable afán de promoción profesional y a la vez --al representar una capitulación ante el lado de sí mismo que su asediado lado mejor percibía como malo-- vendría a confirmar una vez más que su sentencia de muerte era justa.

INCIPIT 854. EN EL CORAZON DEL CORAZON DEL PAIS / WILLIAM GASS

Big Hans chilló, así que salí. El pesebre estaba oscuro, pero el sol resplandecía sobre la nieve. Hans cargaba con algo que había cogido del pesebre. Grité, pero Big Hans no me oyó. Entró en la casa con lo que llevaba antes de que yo alcanzara las escaleras.
Era el chico de Pedersen. Hans lo había colocado sobre la mesa de la cocina como si fuera un jamón y había puesto agua a calentar en una tetera. No decía nada. Supongo que pensó que el grito que había pegado desde la cuadra era suficiente. Ma estaba hurgando en las ropas del chico, tiesas por el hielo. Cada vez que tomaba aire para respirar hacía un ruido que sonaba como ¡uf! El agua empezó a hervir y Hans dijo,
Trae un poco de nieve y llama a tu pa.
¿Por qué?

Trae un poco de nieve. Cogí el balde de debajo del fregadero y la pala que estaba junto a los fogones. 

JONAS

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 122
Al lado de las ballenas estaban, por supuesto, los balleneros. Salir a matar a un animal tan  grande y poderoso en una barquita de remos y con una lanza nos parecía una hazaña sobrenatural y probablemente lo era. Los balleneros abundaban en las novelas de Julio Verne y protagonizaban algunas películas memorables de nuestra infancia. Jehová, por su parte, estaba muy orgulloso de haber creado las ballenas. En el Libro de Job se jacta de haber puesto en el mundo este animal al que bautiza Leviatán, aunque por la descripción más podría ser un dragón que una ballena. En todo caso es una bestia enorme: Las hileras de sus dientes espantan y sus ojos son como los párpados del alba. Hoy las ballenas son una especie en peligro de extinción y han perdido toda su aura novelesca. Otros referentes eran Simbad el marino, su descendiente caricaturizado, Popeye, y, por supuesto, Pinocho. Es obvio que el episodio de la ballena, que engulle a Pinocho y a Geppetto, está inspirado en Jonás.
En la Biblia Jonás es lo que se llama un profeta menor. Su libro es muy breve, dos páginas a doble columna en la edición estándar. A diferencia de otros personajes, sus desventuras encierran una enseñanza. Jehová le ordena ir a Nínive a convertir a los paganos. Jonás se niega. Si voy, dice, se convertirán, y si se convierten, Dios los perdonará. Jonás prefiere que la cólera divina caiga sobre los réprobos y los fulmine. De modo que para eludir el encargo, embarca en una nave que va en dirección contraria, concretamente a Tarsis, en el actual Líbano. Pero con Jehová no valen triquiñuelas. Dentro de la ballena, Jonás se da cuenta de su error y expresa su dolor en un hermoso poema.

El cuento acaba bien. Devuelto indemne a tierra por la ballena, Jonás predica y logra conversiones, pero su indignación contra Jehová sigue igual que al principio. Con insólita paciencia, Jehová decide darle otra lección,  esta vez menos aparatosa, aunque no menos original. Para protegerse de los rayos del sol, Jonás planta una calabacera que le dé sombra. Aquella misma noche Jehová introduce un gusano en la planta y esta se muere. A la mañana siguiente Jonás ve su arbolito muerto y se entristece. Jehová le dice: Tuviste tú lástima de la calabacera en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una noche nació y en espacio de otra noche pereció. ¿Y no tendré yo piedad de Nínive~ aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales? Mucho ha cambiado Jehová, que en situaciones similares no tenía problema en arrasar una ciudad con sus gentes y sus animales. Ahora lo vemos compasivo, casi socarrón, y muy versátil, porque para aleccionar al testarudo Jonás, tanto echa mano de una ballena como de una calabacera.

ABSALON, ABSALON

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 107-108
En la Biblia David ocupa un lugar central y muy extenso. Su reinado está lleno de altibajos e intrigas. Él comete algún pecado grave, como enamorarse de la mujer de un militar de alta graduación, enviar al marido a una muerte segura y convertir a la viuda en su concubina, cosa que no habría hecho ni Ricardo III. En muchos aspectos es un príncipe del Renacimiento, es decir, maquiavélico. Cuando conviene no vacila en faltar a su palabra, en pactar con sus enemigos y, llegado el caso, en recurrir al asesinato. Un episodio particularmente llamativo es este: David derrota a un enemigo, el cual, antes de morir, confía a su hijo de pocos años al cuidado del propio David; David promete cuidarlo como si fuera hijo suyo y así lo hace; el niño crece como uno más de la familia; ya en su lecho de muerte, David convoca a su primogénito y le dice: Cumplí la promesa que hice a mi enemigo; su hijo es ahora como un hermano tuyo; pero tú no has prometido nada: en cuanto yo muera, mátalo. En una época marcada por los vínculos de sangre y las vendettas, no se podía hilar muy fino.

David murió en un ambiente de violencia y traición, como había vivido. Entre otros conflictos, tuvo que enfrentarse a la rebelión de uno de sus hijos, Absalón. Hasta nosotros ha llegado la fama de Absalón como hombre guapo. Tenía a orgullo llevar una larga cabellera. Derrotado en un encuentro con las fuerzas leales a David, la cabellera se le enredó en la rama de un árbol cuando trataba de huir y de este modo fue alcanzado y muerto. David, recibió la noticia de la muerte con hondo pesar. Absalón era su favorito. Subió a la sala de la puerta, dice el relato bíblico, y lloró; y yendo decía así: ¡Hijo mío, Absalón, hijo mío, Absalón! ¡¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!! David es un político despiadado, pero es un hombre contemporáneo. Media un abismo entre la desesperación de este padre y la ciega obediencia de Abraham, dispuesto a sacrificar a su hijo sin motivo alguno.

EL REY DAVID

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 193-104
PARA LOS ESTUDIOSOS de la Historia Sagrada, el rey David se nos presentaba de dos maneras simultáneas y muy distintas entre sí, realmente opuestas. La primera era la de un adolescente afeminado que cantaba acompañándose de un arpa y de este modo alegraba la incurable melancolía del rey de Israel. Entonces no sabíamos que este rey era Saúl, el primer rey que tuvieron los israelitas después de haber sido gobernados por jueces. Hombre conflictivo, ganó y perdió el favor de Jehová en varias ocasiones, y, en un caso de difícil solución, invocó al fantasma de su protector, Samuel, recurriendo a las artes mágicas de la bruja de Endor. Si hubiéramos sabido que la Biblia también daba cabida a las brujas en sus páginas, aunque con una actuación única y muy breve en todas las Escrituras, la habríamos visto con otros ojos. Pero Samuel, Saúl y la bruja de Endor no iban para examen, con lo que nos quedamos solamente con la poco atractiva imagen de David tocando el arpa. Esta pobre impresión venía reforzada por una canción mexicana que hablaba de las mañanitas que cantaba el rey David. No era una impresión del todo equivocada. Aunque en su famosa escultura Miguel Ángel representa a David como un dios de la mitología griega, una especie de Apolo, Donatello, que también lo representa triunfante, con una espada enorme y la cabeza de Goliat, le da los rasgos faciales e incluso corporales de una mujer joven, casi adolescente.

Dejando aparte lo del arpa, David vuelve a irrumpir en la  Historia Sagrada y en la historia de su pueblo en un momento de gran apuro, como un auténtico superhéroe. Los israelitas están en guerra con los filisteos, las fuerzas de uno y otro bando están frente a frente, a punto de entrar en combate.  A los filisteos se les ocurre proponer un duelo singular, bien para ahorrar el derramamiento de sangre, bien porque están tan seguros de ganar el duelo que se arriesgan a jugárselo todo a una carta. No es para menos, porque cuentan con un gigante. No un hombre muy alto y muy fuerte, sino un verdadero gigante llamado Goliat.

LA TORRE DE BABEL

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p.57-58
 En los tiempos más remotos no faltaron personas interesadas en esta cuestión. Herodoto refiere el caso de un faraón de Egipto llamado Psamético l. Hombre con inclinaciones científicas, y con objeto de averiguar cuál era el idioma primigenio de la humanidad, tomó a dos niños recién nacidos y los encomendó al cuidado de un pastor con la condición de que los niños no oyeran pronunciar nunca una sola palabra. De este modo, razonaba Psamético I, cuando los niños empezaran a hablar, entre sí o con el pastor, lo harían en el lenguaje original de la humanidad. Transcurrido cierto tiempo, los niños articularon finalmente algo parecido a la palabra bekos. Esta palabra, en el idioma frigio de su tiempo, significaba pan. La conclusión era que los niños, espontáneamente, pedían al pastor que los alimentara y lo hacían en el primer idioma del mundo, o sea, el frigio. Herodoto no refiere si los niños continuaron hablando frigio o si con este primer hallazgo se dio por concluido el experimento. Desde luego, nadie le prestó mucho crédito. El pan es un invento muy posterior al lenguaje. Estudiosos contemporáneos de Herodoto ya rebatían la validez del experimento y alegaban que el sonido bekos se limitaba a reproducir el balido de las cabras o las ovejas del pastor, en cuya compañía habían crecido los niños, lo cual, de paso, demostraría que el lenguaje se adquiere por asimilación, es decir, de oídas. En lugar de proseguir con la historia de la investigación lingüística, Herodoto prefiere continuar relatando el triste destino de los Psaméticos. A Psamético II se le sublevó una parte importante del ejército, que decidió irse a otro país y ofrecer allí sus servicios. Cuando Psamético II trató de disuadirlos diciendo que no debían abandonar a sus mujeres y a sus hijos, los sublevados se levantaron los faldones y respondieron que mientras tuvieran aquello no les faltarían mujeres ni hijos. Así lo cuenta Herodoto, amigo de chocarrerías. Psamético III, último de la saga de tal nombre, fue derrotado por los persas, su hijo fue descuartizado en su presencia, él llevado a la ciudad de Susa y poco después, cuando conspiraba para recuperar el poder, envenenado.

Hay quien dice que la leyenda de la Torre de Babel proviene de las ruinas del zigurat de la ciudad de Ur, en lo que hoy es Irak. Herodoto describe esta imponente construcción en los mismos libros de historia en los que aparecen los tres Psaméticos. Actualmente se pueden ver aún las ruinas del zigurat, cuya restauración reciente debemos a Sadam Hussein.

EL ARCA DE NOE

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 51
A unos niños acostumbrados a ver películas de submarinos y portaviones y cohetes que van al espacio y lectores de Julio Verne, el arca de Noé nos debía de parecer una chapuza. Por este motivo y por lo de los animales, lo del diluvio no se lo tomaba nadie con la seriedad que merecía.

Después de dar las medidas del arca Jehová ordenaba a Moisés que metiera dentro a todo lo que vive, dos de cada especie, macho y hembra. No se entiende el porqué de este experimento. Si quería acabar con la vida sobre la tierra, no tenía más que hacerlo. Y si la quería conservar, lo mismo. Lo de los animales parecía un juego, sobre todo a unos niños que no estábamos tan lejos de las visitas al zoo y al circo. Algunos nos preguntábamos si además de la pareja de elefantes, jirafas, búfalos, rinocerontes y otros animales fáciles de identificar en la ilustración, Noé también embarcó dos pulgas, dos cucarachas y cosas parecidas. Aunque eso ocurría al principio de los tiempos, nadie se preguntaba en cambio si todavía quedaban dinosaurios o mamuts sobre la tierra. En cambio no dejaba de resultamos interesante e incluso conmovedor que durante los cuarenta días y cuarenta noches, que es lo que duró el diluvio, hubo entre los ocupantes del arca un pacto de no agresión. De lo contrario, habrían  desembarcado la mitad de los animales que embarcaron, y quizá ninguno de los humanos, incluido Noé. Pero lo cierto es que los carnívoros y las bestias de presa, al menos en esa  ocasión, se comportaron.

INCIPIT 853. TEOREMA / PASOLINI

DATOS

Los primeros datos de esta historia consisten, muy modestamente, en la descripción de una vida familiar. Se trata de una familia pequeño-burguesa: pequeño-burguesa en el sentido ideológico, no en el sentido económico. Es, en verdad, el caso de personas muy ricas que viven en Milán. Creemos que no será difícil para el lector imaginar cómo viven estas personas, cómo se comportan en sus relaciones con su medio (que es precisamente el de la rica burguesía industrial), cómo actúan en su círculo familiar, etcétera. Por otra parte, creemos que tampoco será difícil imaginar a cada una de estas personas (y por este motivo nos permitiremos ahorrarnos algunos de los detalles habituales que nada agregan de nuevo): no son, en modo alguno, personas excepcionales, sino gente más o menos corriente. Suenan las campanas del mediodía. Son las campanas de la vecina Lainate, o de Arese, aún más cercana. Al son de las campanas se mezclan los aullidos, discretos y casi dulces, de las sirenas.

INCIPIT 852. TEATRO / EDUARDO MENDOZA

Sala de una casa de campo. A la izquierda, una puerta que da al campo. A la derecha, otra puerta que comunica con el interior de la casa. En el centro, una ventana. Poco mobiliario. Una vieja chaise longue: el barniz dorado de la madera ha saltado; la seda, apolillada, ha perdido el color. Una mesa con restos de comida: la sobria cena de una persona sola. Un mueble con cajones y un espejo. Bastantes libros.
(Noche de tormenta. MALLENCA sola, sentada en la chaise longue, escucha el repicar de la lluvia en el tejado, suspira.)
MALLENCA
No soy una mujer miedosa. Nada me asusta
salvo las cosas verdaderamente horribles.
Vivo sola y una mujer que vive sola
no puede ser miedosa. Ni tiene por qué serlo.
Una mujer sola, en principio, nunca corre peligro
si conserva la calma. Y yo jamás la pierdo.
Si a medianoche oigo algún ruido,
como esta noche, no me asusto.
No creo en los fantasmas. Los ruidos y los pasos
                                                   y los gemidos que oigo a veces, como hoy,
                                                   como esta noche,
                                                    los hacen la madera, o el viento,

CAIN Y ABEL

Las barbas del profeta, Eduardo Mendoza, p. 44-45
El episodio era breve pero no podía estar más cargado de imágenes. El asesinato se representaba con todo realismo mientras al fondo dos piras arrojaban sendas columnas de humo: una blanca que subía derecha al cielo y otra negra que se arrastraba hacia la tierra. También en aquellos años de penuria era frecuente el uso del fuego, tanto en la cocina como en la calefacción, y todos teníamos muy presente la diferencia entre una fogata que echa humo blanco hacia arriba y otra que invade la casa de humo negro. Pero el episodio de Caín y Abel no acababa ahí, sino que iba in crescendo. Muerto Abel, se oye la voz de Jehová que pregunta a Caín dónde está Abel y Caín responde con la frase que ha resonado en todos los oídos a lo largo de los tiempos, hasta el momento en que ahora la escribo: ¿acaso soy el guardián de mi hermano? Es la pregunta artificial, la excusa que no vale. Caín lo sabe y no espera respuesta. Con el primer delito aparece en el mundo la conciencia. Dostoievski en Crimen y castigo desarrolla esta idea. Por supuesto, a Jehová no se le engaña. Maldice a Caín y Caín se da cuenta de que ha sido condenado a muerte: es culpable y cualquiera que lo encuentre puede tomarse la justicia por su mano. Por alguna razón, Jehová decide aplazar la sentencia: nadie podrá hacer daño a Caín. La condena incluye vivir con la culpa. Y para que así conste, Jehová le imprime una marca que lo identifica como culpable y, al mismo tiempo, lo pone a salvo: la marca de Caín significa que la justicia ya ha sido hecha. La propia marca es el castigo. La imagen de la marca de Caín es de las más poderosas. Aunque en la Biblia no está explícito, todo el mundo sabe que esa marca está en la frente. La letra escarlata de la novela de este nombre, de Nathaniel Hawthorne, es simplemente una letra cosida en la ropa a la altura del pecho: la letra A, de adulterio, pero en la imaginería popular, la marca de la infamia va en la frente. Así lo entendía el Zorro, un héroe de nuestra infancia, que marcaba una Z en la frente de los más malos.

La Biblia dice que Caín, andando el tiempo, fundó una ciudad, a la que puso por nombre el nombre de su hijo, Enoc. Es la primera ciudad que se alza sobre la tierra y la funda precisamente un criminal. Desde ese momento, para la tradición bíblica, las ciudades serán la encarnación del mal. En la tradición griega la fundación de una ciudad es un acontecimiento feliz, auspiciado por los dioses, como en el caso de Atenas, que toma el nombre de Palas Atenea, su divinidad protectora. Roma participa de las dos tendencias: es un hecho venturoso, pero incluye igualmente un fratricidio, el de Remo a manos de Rórnulo, aunque esta vez en un combate equitativo. En la ciudad de Enoc, que él mismo había fundado, fijó Caín su residencia, y allí murió, de muerte natural, por supuesto, aunque una tradición dice que Caín murió aplastado por el derrumbe de su casa, porque había matado a Abel con una piedra y así se cumplió la ley del talión. Por su parte, la tumba de Abel todavía se puede visitar a las afueras de Damasco. Caín inaugura una mala época. A partir de ahí, la Historia Sagrada es un listado de malos pasos.

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