Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 972. DE LA ELEGANCIA MIENTRAS SE DUERME / VIZCONDE DE LASCANO





El primer día en que confié mi mano a una manicura fue porque iría en la noche al Moulin Rouge. La antigua enfermera me recortó los padrastros y esmeriló las uñas. Luego les dio una forma lanceolada, y al concluir su tarea las envolvió en barniz. Mis manos no parecían pertenecerme. Las coloqué sobre la mesa, frente al espejo, cambiando de postura y de luz. Tomé una lapicera con esa falta de soltura con que se toman las cosas ante un fotógrafo y escribí.
Así comencé este libro.
A la noche fui al Moulin Rouge y oí decir en español a una dama que tenía cerca, refiriéndose a mis extremidades: -Se ha cuidado las manos como si fuera a cometer un asesinato.

INCIPIT 971. VELOCIDAD DE LOS JARDINES / ELOY TIZON


CARTA A NABOKOV
Las concepciones sobre el espacio y el tiempo que deseo exponerle han sido desarrolladas en el terreno de la física experimental, y de ahí procede su fuerza. Son radicales: de ellas se deduce que el espacio en sí mismo y el tiempo en sí mismo están condenados a desaparecer como sombras y que solo una especie de unión entre uno y otro conservará todavía una realidad independiente.
                                                                H. MINKOWSKY
TÚ, AHORA QUE YA ESTÁS EN TERRA, y habitas tu muerte amueblada de trineos, o a menos que seas un espectro de nebulosas viajando por el anillo de los mundos, la palpitación de un dígito, dondequiera que estés, un rectángulo de césped amarillo -no-debajo de un almendro de Montreux, Zembla. De modo que morir era eso. Tú que no verás más la luz pulverizada de la tarde, ni una hermosa cinta de grasa sobre la acera, ni un trozo de crepúsculo ondulante en el parabrisas de un taxi. ¿O acaso está el dejar de vivir/ todavía lejos del estar muerto? Han sido talados los árboles de Vyra, y un poco de ceniza te cubre las facciones. Querido Sirin, tus insomnios sobre alfiles y peones en la noche de Berlín, con persianas torcidas como párpados mal cerrados.

MARCO ANTONIO


SPQR, Mary Beard, p. 371
Al año siguiente, Octaviano zarpó hacia Alejandría para terminar el trabajo. Marco Antonio, en un acto que a menudo ha sido relatado como una especie de farsa trágica, se apuñaló a sí mismo pensando que Cleopatra ya estaba muerta, aunque vivió lo suficiente para descubrir que no era cierto. Aproximadamente una semana más tarde también ella se suicidó mediante la mordedura de una serpiente que, camuflada en un cesto de frutas, fue introducida en sus dependencias. Según la versión oficial, el motivo fue privar a Octaviano de su presencia en su procesión triunfal: «No pasearé derrotada en ningún triunfo”, se supone que repitió una y otra vez. No obstante, puede que no sea tan sencillo, o tan shakesperiano, como esto. El suicidio mediante mordisco de serpiente es una hazaña difícil de lograr, y en cualquier caso, las serpientes mortíferas más fiables serían demasiado grandes para esconderlas incluso en un gran cesto de frutas. A pesar de que Octaviano se lamentó públicamente de que había perdido el ejemplar más preciado para su triunfo, en privado debió de pensar que la reina le resultaba menos problemática muerta que viva. Como poco, pudo haberle facilitado la muerte, tal como sospechan algunos historiadores modernos. Con Cesarión, dada su supuesta paternidad, no desaprovechó la oportunidad. Tenía dieciséis años cuando fue eliminado.
En el triunfo de Octaviano celebrado en el verano del año 29 a. C. se exhibió una réplica a tamaño natural de la reina en el momento de su muerte, que, incluso de este modo, acaparó la atención de la muchedumbre. Un historiador posterior escribió: «Fue como si estuviera allí con los demás prisioneros”. La procesión fue un espectáculo minuciosamente coreografiado que se prolongó durante tres días, presumiblemente para celebrar las victorias de Octaviano al otro lado del Adriático, en el Ilírico, y contra Cleopatra en Accio y en Egipto. No hubo mención explícita de Marco Antonio ni de ningún otro enemigo de las guerras civiles, ni tampoco se pasearon las sangrientas imágenes de la muerte de romanos que Julio César imprudentemente había desplegado en sus celebraciones quince años antes. Sin embargo, no podía haber ninguna duda acerca de quién había sido en realidad derrotado, ni de cuáles serían las consecuencias del éxito de Octaviano. Aquello fue un ritual de coronación tanto como un desfile de la victoria.

CLEOPATRA


SPQR, Mary Beard, p. 371
Cleopatra estaba en Roma cuando asesinaron a César, alojada en una de las villas del dictador en las afueras de la ciudad. Aquello era lo mejor que le pudo proporcionar el dinero romano, aunque sin duda nada parecido al lujoso entorno de su hogar en Alejandría. Después de los idus de marzo de 44 a. C., hizo rápidamente las maletas y regresó a casa (“La marcha de la reina no me preocupa”, escribió Cicerón a Ático con un transparente eufemismo). No obstante, siguió metiendo mano en la política romana por razones urgentes y obvias: seguía necesitando apoyo exterior para apuntalar su posición como gobernante de Egipto, y tenía mucho efectivo y otros recursos para ofrecer a quien estuviera dispuesto a apoyarla. Primero se enamoró de Dolabela, el que una vez fuera yerno de Cicerón, pero tras su muerte se decantó por Marco Antonio. La relación entre ambos se ha descrito siempre desde el punto de vista erótico, unas veces como una desesperada pasión por parte de Marco Antonio y otras como una de las más grandes historias de amor de la historia de Occidente. Puede que la pasión fuera un elemento presente, pero su relación se sustentaba en algo más prosaico: en las necesidades militares, políticas y económicas.
En el año 40 a. C. Octaviano y Marco Antonio se habían repartido el Mediterráneo entre los dos, dejando sólo una pequeña porción para Lépido. Por consiguiente, durante gran parte de la década de los años 30 a. C., Octaviano operó en Occidente, ocupándose de los enemigos romanos dispersos que aún le quedaban -entre ellos el hijo de Pompeyo Magno, el principal vínculo existente de las guerras civiles de comienzos de la década de los años 40 a. C.- y conquistando nuevos territorios al otro lado del Adriático. Entretanto, en Oriente, Marco Antonio organizó campañas militares de mayor envergadura, contra Partia y Armenia, pero con éxito variable, a pesar de los recursos de Cleopatra. Las noticias que llegaban a Roma exageraban el lujo en el que vivía la pareja en Alejandría. Circulaban historias fantásticas sobre sus decadentes banquetes y su famosa apuesta para ver quién era capaz de montar la cena más cara de todas. Un relato romano profundamente reprobatorio informa de que ganó Cleopatra, que organizó un festín por valor de diez millones de sestercios (casi lo que costaba la casa más lujosa de Cicerón), incluyendo el coste de una fabulosa perla que -en un acto de absoluta ostentación y soberbia sin sentido- disolvió en vinagre y se la bebió. Los tradicionalistas romanos estaban también preocupados ante la impresión de que Marco Antonio empezaba a tratar Alejandría como si fuera Roma, hasta el punto de celebrar allí la ceremonia de triunfo típicamente romana tras algunas victorias menores en Armenia. Un antiguo escritor plasmó las objeciones diciendo: «En beneficio de Cleopatra concedió a los egipcios las. ceremonias honorables y solemnes de su propia tierra».

CESAR


SPQR, Mary Beard, p. 361
Es muy posible que Cicerón estuviera sentado en el Senado en los idus de marzo de 44 a. C. cuando César fue asesinado, y que fuera testigo presencial del caótico y chapucero homicidio. Una  banda de unos veinte senadores se arremolinó en torno a César con el pretexto de entregarle una petición. Un senador sin cargo dio la señal para el ataque arrodillándose a los pies del dictador y tirando de su toga. Los asesinos no fueron muy precisos en su objetico, o quizás estaban aterrorizados hasta la torpeza. Uno de los primeros golpes con la daga falló por completo y le dio a César la oportunidad de defenderse con la única arma que tenía a mano: su afilada pluma. Según el relato más antiguo que se conserva, el de Nicolás de Damasco, un historiador griego de Siria que escribió cincuenta años después pero inspirándose en descripciones de testigos presenciales, algunos asesinos quedaron atrapados bajo el “fuego amigo»: Cayo Casio Longino arremetió contra César pero terminó apuñalando a Bruto; otro golpe falló el blanco y aterrizó en el muslo de un camarada.
Mientras caía, César gritó en griego a Bruto: «Tú también, hijo”, que bien podía ser una amenaza («¡Te pillaré, muchacho”) o un conmovedor lamento por la deslealtad de un joven amigo (“¿Tú también, hijo mío?»), o incluso, como algunos contemporáneos sospecharon, una revelación final de que Bruto era, de hecho, el hijo natural de la víctima y que aquello no era un simple asesinato sino un parricidio. La famosa frase latina “¿Et tu, Brute” («¿Tú también, Bruto?») es un invento de Shakespeare.
Los senadores que contemplaron la escena pusieron pies en polvorosa; si Cicerón estaba allí, no fue más valiente que los demás. No obstante, cualquier huida precipitada se vio interceptada por una multitud de miles de personas que en aquel momento salían del teatro de Pompeyo que estaba al lado, tras asistir a un espectáculo de gladiadores. Cuando se enteraron de lo que había ocurrido, también quisieron refugiarse en la seguridad de sus casas lo más rápido posible, a pesar de los intentos de Bruto clamando tranquilidad y diciendo que no tenían de qué preocuparse, que era una buena noticia, no mala. La confusión empeoró aún más cuando Marco Emilio Lépido, uno de los colegas más íntimos de César, abandonó el foro para reunir a algunos soldados acantonados justo fuera de la ciudad, casi chocando con un grupo de asesinos que venían del otro lado para anunciar su victoriosa hazaña, seguidos de cerca por tres esclavos que transportaban por turnos el cuerpo de César en una litera a su casa. Era una tarea complicada para solo tres personas y, según informes, los brazos heridos del dictador colgaban de forma estremecedora a ambos lados.

ESCLAVOS


SPQR, Mary Beard, P. 353
A grandes rasgos, en Italia debía de haber entre un millón y medio y dos millones de esclavos a mediados del siglo 1 a. C., que constituían quizá el 20% de la población. Compartían la única característica definitoria de ser una propiedad humana en manos de otro. Aparte de esto, eran tan diferentes en cuanto a origen y estilo de vida como los ciudadanos libres. No existía nada parecido al típico esclavo. Algunos de los que poseía Cicerón habían sido esclavizados en el extranjero tras la derrota en la guerra. Otros habían sido producto de un cruel comercio que se lucraba traficando con personas de los lindes del imperio. Otros habían sido «rescatados» de los vertederos o habían nacido esclavos, en la casa, de mujeres esclavas. Curiosamente, a lo largo de los siglos siguientes, a medida que la escala de las guerras de conquista romana empezó a disminuir, esta «crianza doméstica» se convirtió en la principal fuente de provisión de esclavos, consignando a las esclavas al mismo régimen reproductivo que el de sus homólogas libres. En general, las condiciones de vida y trabajo de los esclavos abarcaban desde la crueldad y la penuria hasta rozar el lujo. Los cincuenta diminutos cubículos para los esclavos en la grandiosa mansión de Escauro no eran lo peor que podía temer un esclavo. Algunos, en las propiedades con actividades industriales y agrícolas más grandes, vivían más o menos en cautiverio. Muchos eran azotados. De hecho, esa vulnerabilidad al castigo corporal era una de las cosas que hacía que un esclavo fuera esclavo: Chivo Expiatorio era uno de sus apodos más frecuentes. Sin embargo, también había unos pocos, una pequeña minoría que destaca en los testimonios conservados, cuyo estilo de vida diario debió de parecer envidiable al ciudadano romano libre, pobre y hambriento. Desde su punto de vista, los esclavos asistentes de hombres adinerados en mansiones lujosas, sus médicos privados o consejeros literarios, normalmente esclavos de origen griego, vivían vidas regaladas.
Las actitudes de la población libre respecto a sus esclavos y a la esclavitud como institución eran también variadas. Para los propietarios, el desdén y el sadismo iban emparejados con una especie de temor y ansiedad sobre su dependencia y vulnerabilidad, que muchos refranes populares plasman a la perfección. «Todos los esclavos son enemigos», rezaba un dicho de la sabiduría romana. Y en el reinado de Nerón, cuando a alguien se le ocurrió la brillante idea de obligar a los esclavos a llevar uniforme, la medida se rechazó porque aquello haría que la población esclava se percatase de lo numerosa que era. No obstante, cualquier intento por trazar una línea clara entre esclavos y libres o por definir la inferioridad de los esclavos (algunos teorizantes se preguntaban si más que personas eran cosas) se veía necesariamente desbaratado por la práctica social. En muchos contextos los esclavos y las personas libres trabajaban en estrecha proximidad. En el taller corriente, los esclavos podían ser tanto amigos y confidentes como bienes muebles. También formaban parte de la familia romana; la palabra latina familia incluía siempre a los miembros libres y a los no libres de la casa.
Para muchos, la esclavitud era en cualquier caso un estatus temporal, que se añadía a la confusión conceptual. La costumbre romana de liberar a tantos esclavos se debía a todo tipo de consideraciones prácticas: sin duda era más barato, por ejemplo, conceder la libertad a los esclavos que mantenerlos cuando llegaban a la improductiva vejez. No obstante, este era un aspecto crucial de la difundida imagen de Roma como cultura abierta, que convirtió al cuerpo de ciudadanos romanos en el más diverso desde el punto de vista étnico que jamás existiera antes, añadiendo otro motivo a la angustia cultural. ¿Estaban los romanos liberando a demasiados esclavos?, se preguntaban. ¿Los liberaban por motivos equivocados? Y ¿cuál era la consecuencia de todo esto para la idea de romanidad?

BEBES EN ROMA

SPQR, Mary Berad, p. 338
Los bebés que eran criados seguían en peligro. La estimación más fiable -basada en gran medida en cifras de poblaciones posteriores equiparables- es que la mitad de los niños nacidos no llegaba a los diez años porque moría víctima de toda clase de enfermedades e infecciones, entre ellas las enfermedades habituales de la infancia que hoy en día ya no son letales. Esto significa que, a pesar de que la esperanza de vida en el nacimiento era probablemente tan baja como a mediados de la veintena, un niño que superaba los diez años podía esperar un período de vida no muy distinto del nuestro. Según estas mismas cifras, a un niño de diez años le quedaban de media otros cuarenta años de vida, y una persona de cincuenta podía esperar unos quince más. Los ancianos no eran tan infrecuentes en Roma como cabría pensar. El elevado índice de mortalidad entre los muy jóvenes tenía consecuencias en los embarazos de las mujeres y en el tamaño de las familias. Para mantener simplemente la población existente, cada mujer tenía que parir un promedio de cinco o seis hijos. En  la práctica, esta proporción se eleva a casi nueve cuando se tienen en cuenta otros factores, como la esterilidad y la viudedad. No era precisamente una receta para la liberación generalizada de la mujer.
¿Cómo afectaban estas pautas de nacimiento y muerte a la vida emocional en el seno de la familia? A veces se ha argumentado que, debido a que había tantos niños que no sobrevivían, los padres evitaban implicarse emocionalmente. Las narraciones y la literatura romanas ofrecen una imagen sobrecogedora del padre, haciendo hincapié en el control que ejerce sobre sus hijos, no en el afecto, y se explayan en el terrible castigo que podría imponer por desobediencia, llegando incluso a la ejecución. No obstante, no hay apenas evidencias de ello en la práctica. Es cierto que un bebé recién nacido no se consideraba una persona hasta después de tomar la decisión de criarlo o no y de haberlo aceptado formalmente en la familia. De ahí, hasta cierto punto, la actitud aparentemente despreocupada respecto a lo que nosotros llamaríamos infanticidio. Sin embargo, los miles de emotivos epitafios erigidos por los padres a sus jóvenes retoños indican cualquier cosa menos falta de afecto. «Mi muñequita, mi querida Mania, yace aquí. Solo por pocos años pude darle mi amor. Ahora su padre llora por ella constantemente», rezan los versos escritos sobre una lápida en el norte de África.

INCIPIT 970. EL CLUB DE LECTURA DE DAVIO BOWIE / JOHN O´CONNEL


En julio de 1975, en los huesos y paralizado por una gravísima adicción a la cocaína, David Bowie llegaba a Nuevo México para rodar The Man Who Fell to Earth. Tenía veintiocho años y se había hecho con el papel protagonista del emisario alienígena Thomas Jerome Newton después de que Nicolas Roeg, director de la película, lo viera en el documental de la BBC CrackedActor y se quedara impresionado por su aire de etérea alteridad.
En plató, Bowie sorprendió a todos por su actitud diligente y su implicación; bromeaba encantado con todo el equipo y repasaba el guion con su compañera de reparto Candy Clark. Se había comprometido a mantener la ambiciosa promesa de no tomar drogas durante la filmación, de modo que cuando su presencia no era necesaria en el rodaje, se retiraba a su caravana y se entregaba a otro pasatiempo mucho menos dañino: leer libros. Por suerte, tenía mucho donde elegir.
Según cuenta un reportaje sobre el terreno del Sunday Times: “Como Bowie odia volar, suele viajar por los Estados Unidos en tren, acompañado de una biblioteca móvil transportada en unos baúles especiales que, al abrirse, revelan sus libros, perfectamente colocados en baldas. Los tomos que se ha traído a Nuevo México tratan sobre todo de ocultismo, que es su pasión actual”. Esta biblioteca portátil almacenaba mil quinientos títulos; tantos que la observación que más tarde le haría Clark a un periodista de que Bowie «leía un montón» durante la grabación de The Man Who Fell to Earth se quedara bastante corta.
Avancemos a marzo de 2013 ... Se inaugura en Londres la exposición David Bowie Is del Victoria & Albert Museum con críticas entusiastas y un éxito de taquilla que bate todos los récords. Esta retrospectiva de su carrera, que cuenta con unos cinco mil objetos del archivo personal del cantante entre los que figuran trajes, cuadros, letras manuscritas de canciones y story-boards de videoclips, recorrería todo el mundo antes de despedirse en el Brookyn Museum de Nueva York.

INCIPIT 969. ODISEA / HOMERO


CANTO I
Háblame, Musa, del hombre de múltiples tretas que por muy largo tiempo anduvo errante, tras haber arrasado la sagrada ciudadela de Troya, y vio las ciudades y conoció el modo de pensar de numerosas gentes. Muchas penas padeció en alta mar él en su ánimo, defendiendo la vida y el regreso de sus compañeros. Mas ni aun así los salvó por más que lo ansiaba. Por sus locuras, en efecto, las de ellos, perecieron, ¡insensatos!, que devoraron las vacas de Helios Hiperión. De esto, parte al menos, diosa hija de Zeus, cuéntanos ahora a nosotros.
Por entonces ya todos los demás que de la abrupta muerte habían escapado se hallaban en sus hogares puestos a salvo de la guerra y del mar. Y sólo a él, ansioso del regreso y de su esposa, lo retenía una ninfa venerable, Calipso.

CICERON


SPQR, Mary Beard, p. 366
Y Cicerón estaba muerto. Había cometido el error de denunciar con demasiada contundencia a Marco Antonio, y en la siguiente ronda de asesinatos en masa que fue la mayor hazaña del triunvirato, su nombre figuraba entre el de otros cientos de senadores y caballeros en las temidas listas. En diciembre del año 43 a. C. le enviaron un escuadrón especial de asalto, que le cortó la cabeza cuando se alejaba en litera de una de sus propiedades en el campo en un inútil intento por esconderse (inútil en parte porque uno de los ex esclavos de la familia había informado de su paradero). Fue otra apoteosis simbólica de la República romana, que se debatió durante siglos. De hecho, los últimos momentos de Cicerón se reprodujeron una y otra vez en las escuelas de oratoria de Roma, donde la cuestión de si debería haber suplicado clemencia a Marco Antonio o (todavía más complicado) haberse ofrecido a destruir todos sus escritos a cambio de su vida era el tema de debate favorito del programa. En realidad, la secuela fue mucho más sórdida. Su cabeza y mano derecha se enviaron a Roma y se clavaron en la rostra del foro. Fulvia, la esposa de Marco Antonio, que antes había estado casada con Clodio, el otro gran enemigo de Cicerón, acudió a contemplar el trofeo. La historia cuenta que, para su regodeo, cogió la cabeza, escupió en ella y estiró la lengua y la agujereó una y otra vez con los alfileres que llevaba en el pelo.

AUGUSTO


SPQR, Mary Berad, p. 364
Todo cambió cuando el heredero nombrado por César llegó a Roma en abril del año 44 a. C. desde el otro lado del Adriático, donde había estado ocupado en los preparativos de una   invasión de Partia. A pesar de los rumores y alegaciones, y del estatus del muchacho al que Cleopatra había puesto el apropiado nombre de Cesarión. César no había reconocido a ningún hijo legítimo. Por lo tanto, había dado el insólito paso de adoptar a su sobrino nieto en su testamento, convirtiéndolo en hijo suyo y beneficiario principal de su fortuna. Cayo Octavio tenía entonces tan solo dieciocho años, pero pronto empezó a capitalizar el nombre famoso que iba incluido en su adopción poniéndose Cayo Julio César, aunque para sus enemigos, y para la mayoría de los escritores modernos para evitar confusiones, era Octavianus, u Octaviano (es decir, el «ex Octavio» ). Él nunca usó este nombre. La razón por la que César favoreció a este joven será siempre un misterio, pero Octaviano sin duda tenía interés en asegurarse de que los asesinos del hombre que era ahora oficialmente su padre no se fuesen de rositas, y en que ninguno de sus muchos posibles adversarios, sobre todo, Marco Antonio, ocupase el puesto del difunto dictador. César era el pasaporte de Octaviano hacia el poder, y después de que un complaciente Senado decidiera formalmente en enero del año 42 a. C. que César se había convertido en un dios, Octaviano no tardó en alardear a bombo y platillo de su nuevo título y estatus: «hijo de un dios». El resultado fue más de una década de guerra civil.
Octaviano -o Augusto, como se le conocía oficialmente después del año 27 a. C. (un título inventado que significaba algo parecido a «El Reverenciado»)- dominó la vida política romana durante más de cincuenta años, hasta su muerte en 14 d. C. Superó con creces los precedentes establecidos por Pompeyo y César, y fue el primer emperador romano que resistió hasta el final y el gobernante que más tiempo estuvo en el poder en toda la historia de Roma, aventajando incluso a los míticos Numa y Servio Tulio. En calidad de Augusto, transformó las estructuras de la política romana y del ejército, el gobierno del imperio, el aspecto de la ciudad de Roma y el sentido subyacente de lo que significaban el poder, la cultura y la identidad romanos.

BRUTO


SPQR, Mary Beard, p. 361
Mientras caía, César gritó en griego a Bruto: “Tú también, hijo”, que bien podía ser una amenaza (“¡Te pillaré, muchacho! “) o un conmovedor lamento por la deslealtad de un jovenamigo ( “¿Tú también, hijo mío?”), o incluso, como algunos contemporáneos sospecharon, una revelación final de que Bruto era, de hecho, el hijo natural de la víctima y que aquello no era un simple asesinato sino un parricidio. La famosa frase latina «¿Et tu, Brute.” (“¿Tú también, Bruto?”) es un invento de Shakespeare.
Los senadores que contemplaron la escena pusieron pies en polvorosa; si Cicerón estaba allí, no fue más valiente que los demás. No obstante, cualquier huida precipitada se vio interceptada por una multitud de miles de personas que en aquel momento salían del teatro de Pompeyo que estaba al lado, tras asistir a un espectáculo de gladiadores. Cuando se enteraron de lo que había ocurrido, también quisieron refugiarse en la seguridad de sus casas lo más rápido posible, a pesar de los intentos de Bruto clamando tranquilidad y diciendo que no tenían de qué preocuparse, que era una buena noticia, no mala. La confusión empeoró aún más cuando Marco Emilio Lépido, uno de los colegas más íntimos de César, abandonó el foro para reunir a algunos soldados acantonados justo fuera de la ciudad, casi chocando con un grupo de asesinos que venían del otro lado para anunciar su victoriosa hazaña, seguidos de cerca por tres esclavos que transportaban por turnos el cuerpo de César en una litera a su casa. Era una tarea complicada para solo tres personas y, según informes, los brazos heridos del dictador colgaban de forma estremecedora a ambos lados.

TRIMALCION


SPQR, Mary Berad, p. 357
La historia de Roma a lo largo de este período es en muchos aspectos más conocida que cualquier otra etapa anterior. Durante estos siglos se construyeron la mayoría de los edificios antiguos más emblemáticos que todavía jalonan la ciudad de Roma: desde el Coliseo, erigido como lugar de entretenimiento popular en la década de los años 70 d. C., hasta el Panteón («Templo de todos los dioses»),. edificado cincuenta años después, bajo el reinado del emperador Adriano, y único templo antiguo en el que todavía podemos entrar y que conserva más o menos su estado original. Se salvó por su conversión en iglesia cristiana sin sufrir una reconstrucción indiscriminada. Incluso en el foro romano, centro de la ciudad vieja, donde se libraron las grandes batallas políticas de la República romana, gran parte de lo que vemos hoy sobre el suelo se construyó bajo los emperadores, no en la era de los Gracos, ni de Sila ni de Cicerón.
Sobre todo, hay muchos más testimonios del mundo de los dos primeros siglos de nuestra era, aunque no haya ningún otro individuo que destaque de forma tan detallada y vital como  Cicerón. La supervivencia de ingentes cantidades de literatura, poesía o historia, nada tiene que ver con la existencia de aquella clase de documentos ciceronianos, aunque sin duda hay volúmenes similares, y cada vez más variados. Aún tenemos biografías de chismes sobre emperadores; sátiras cínicas salidas de las plumas de Juvenal y de otros, que vierten desprecio por los prejuicios romanos; y novelas de extravagante inventiva, como el famoso Satiricón, escrita por Cayo Petronio Árbitro, antiguo amigo y más tarde víctima del emperador Nerón y llevada a la pantalla dos mil años después por Federico Fellini. Se trata de una historia obscena de un grupo de pícaros que viajan por el sur de Italia, y en la que aparecen orgías, posadas baratas con camas repletas de chinches y un memorable retrato -y parodia- de un rico y vulgar ex esclavo, Trimalción, que casi prestó su nombre a una novela clásica mucho más moderna: el título provisional de El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald era Trimalción en West Egg.

LA CASA ROMANA


SPQR; Mary Berad, p. 342
Lo curioso de las residencias de la élite romana, tanto las de los senadores de Roma como las de los peces gordos locales de fuera de Roma, es que no eran casas privadas desde un punto de vista moderno; no (o no solo) eran un lugar para escapar de la mirada del público. Sin duda, había algunos refugios, como el de Cicerón en Astura, y ciertas partes de la casa eran más privadas que otras. No obstante, en muchos aspectos la arquitectura doméstica tenía por objetivo contribuir a la imagen y reputación públicas del romano prominente, y gran parte de los negocios públicos se hacían en su casa. La gran sala, o el atrio, la primera habitación a la que normalmente accedía un visitante después de atravesar la puerta principal, era un espacio clave. Provista de doble volumen, abierta al cielo y diseñada para impresionar, con estucos, pinturas, esculturas e impresionantes vistas, proporcionaba el telón de fondo de muchos encuentros entre el dueño de la casa y una variedad de subordinados, peticionarios y clientes: desde ex esclavos en busca de ayuda hasta aquella delegación de Teos que iba de atrio en atrio tratando de besar los pies a los romanos. Más allá de esta sala, según el plano habitual, la casa se extendía hacia el interior, con más salas para invitados, comedores, salones con dormitorios (cubicula) y pasillos cubiertos y jardines si había espacio. Las paredes presentaban una decoración que hacía juego con su función, desde un amplio despliegue de pinturas hasta paneles íntimos y eróticos. Para los visitantes, el mayor honor consistía en ser recibidos en las partes menos públicas de la casa. Los negocios con los amigos y colegas más íntimos podían hacerse, como decían los romanos, in cubiculo, es decir, en una de aquellas habitaciones pequeñas e íntimas donde uno podía dormir, aunque no eran dormitorios en el sentido moderno. Podemos imaginar que era allí donde cerraba sus acuerdos la Banda de Tres.

ROMANAS


SPQR, Mary Berad, p. 328
Es particularmente llamativo el contraste con la Atenas clásica, donde las mujeres de familias ricas habían de vivir vidas recluidas y aisladas, lejos de la vista del público, segregadas de los hombres y de la vida social masculina (huelga decir que los pobres no tenían el dinero ni el espacio suficientes para imponer tales divisiones). Evidentemente, también había incómodas restricciones para las mujeres en Roma: el emperador Augusto, por ejemplo, las relegó a las últimas filas de los teatros y circos de gladiadores; las dependencias de las mujeres en los baños públicos normalmente estaban mucho más abarrotadas que las de los hombres; en la práctica las actividades masculinas probablemente dominaban las zonas más ostentosas de la casa romana. No obstante, las mujeres no estaban obligadas a ser públicamente invisibles, y la vida doméstica no parece que estuviera formalmente dividida en espacios masculinos y femeninos, con zonas de género prohibidas.
Las mujeres comían normalmente con los hombres, y no solo las trabajadoras sexuales, prostitutas y artistas que proporcionaban compañía femenina en las fiestas de la Grecia clásica. De hecho, una de las primeras fechorías de Verres fue ignorar esta diferencia entre las prácticas griegas y romanas a la hora de comer. En la década de los años 80 a. C., cuando servía en Asia Menor, más de diez años antes de su período en Sicilia, Verres y parte de su personal maquinaron una invitación a cenar en casa de un pobre griego y después de haber consumido una considerable cantidad de alcohol le preguntaron al anfitrión si su hija podía unirse a ellos. Cuando el hombre explicó que las mujeres griegas respetables no comían en compañía masculina, los romanos se negaron a dar crédito a sus palabras y fueron a buscarla. Se produjo una reyerta en la que resultó muerto uno de los guardaespaldas de V erres y empaparon al anfitrión con agua hirviendo y más tarde lo ejecutaron por asesinato. Cicerón describe todo aquel incidente de forma extravagante, casi como una reposición de la violación de Lucrecia. Sin embargo, el suceso también estuvo plagado de una serie de malentendidos debidos a la embriaguez sobre las convenciones del comportamiento femenino al otro lado de las fronteras culturales del imperio.

INCIPIT 968. LA FAMILIA AUBREY / REBECCA WEST


PRÓLOGO
La infancia del artista es uno de los grandes temas de la novela del siglo xx. Constituye el eje de coordenadas natural entre la Bildungsroman alemana -la tradicional novela de construcción esencialmente romántica- y las tendencias psicologistas que catapultaron la narración desde el espacio social en el que la había situado la novela realista del XIX hasta el abismo de la subjetividad privada que investigó el siglo xx. Algunos de los ilustres padres literarios de Rebecca West (como Henry James o Flaubert, por nombrar sólo dos influencias reconocidas por ella) desarrollaron una sofisticada estructura literaria para explicar hasta qué punto la construcción de nuestros yoes está entreverada tanto de pulsiones personales como de circunstancias familiares, sociales, políticas o hasta genéticas conformando un abanico no siempre descifrable, ni siquiera para nosotros mismos. No es de extrañar que obras como El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers, Las tribulaciones del estudiante Torless de Musil, Retrato del artista adolescente de Joyce, La infancia de un jefe de Sartre, El diablo de Marina Tsvietáieva o esta memorable La familia Aubrey de West tengan todas algo en común a pesar de proceder de tradiciones tan distintas como el realismo, el existencialismo, el pragmatismo, el psicoanálisis o la literatura memorialística.

INCIPIT 967. TERRA ALTA / CERCAS


Melchor está todavía en su despacho, cociéndose en el fuego lento de su propia impaciencia por terminar el turno de noche, cuando suena el teléfono. Es el compañero de guardia en la entrada de la comisaría: hay dos muertos en la masía de los Adell, anuncia.
-¿Los de Gráficas Adell? -pregunta Melchor.
-Los mismos -contesta el agente-. ¿Sabes dónde viven?
-:Junto a la carretera de Vilalba deis Ares, ¿no?
-Exacto.
-¿Tenemos a alguien allí?
-Ruiz y Mayo!. Acaban de telefonear.
-Voy para allá.
Hasta ese momento, la noche ha sido tan tranquila como de costumbre. A esas horas de la mañana no queda casi nadie en comisaría y, mientras Melchor apaga las luces, cierra el despacho y baja por las escaleras desiertas poniéndose su americana, la quietud de la comisaría es tan compacta que le trae a la memoria sus primeros tiempos allí, en la Terra Alta, cuando todavía era un adicto al estruendo de la ciudad y el silencio del campo le desvelaba, condenándole a noches de insomnio que combatía a base de novelas y somníferos. Ese recuerdo le devuelve una imall

ESPAÑA 1978


El negociado del ying y el yang, Eduardo Mendoza, p. 256
Con la desaparición de la censura, los medios de comunicación no sólo eran un manantial caudaloso de información, sino el foro donde todos los temas de actualidad, del más trascendental al más nimio, eran debatidos de un modo apasionado y exhaustivo. La prensa era el reflejo de la opinión pública y por esta causa, su fuerza y su influencia eran enormes. Pero su función no acababa ahí: en la etapa febril por la que atravesaba el país y por contraste con la ponderación y el recato que habían imperado hasta hacía poco, todo debía mostrarse sin tapujos. Al destape corporal que inundaba los medios se unía otro personal, verdadero o fingido, que no dejaba rincón oscuro por remover.
Después de tantos años de estrechez y silencio, ningún recodo de la verdad podía quedar sin explorar. Y en aquel terreno, un pardillo timorato como yo no tenía nada que hacer. Después de mucho reflexíonar, un día me sobrepuse a la apatía en que vivía sumido y decidí pedir ayuda a un antiguo conocido para el que había trabajado, al menos nominalmente, cuando dirigía la revista Gong, antes de irme a vivir a Nueva York.
Marc Riera tenía el mismo domicilio y se avino a recibirme en su casa. Una vez allí, desplegó su habitual cordialidad y su desconcertante labia.
Antes de entrar en materia me sirvió un Macallan  12 años: era lo único que se podía beber en aquel país de orujo y cazalla, según dijo. A continuación, yo le puse al corriente de mi situación, sin entrar en detalles, él me escuchó distraídamente y luego guardó un largo silencio antes de iniciar su alocución.
-Te hablaré claro, Rufo. Si lo que quieres es trabajar y ganar un sueldo decente, te has confundido de coordenadas. Ahora bien, si lo que quieres es hacerte rico sin dar un palo al agua, éste el momento justo y el lugar adecuado. Para eso, fíjate bien, lo primero que has de hacer es borrar de tu cabeza los parámetros económicos y pensar sólo en términos de mercado. El mercado dice: por aquí; pues por aquí. ¿Por allá? Lo mismo. Olfato financiero: ése es el quid de la cuestión.
-Ya, pero en mi caso particular ...
-De eso precisamente te estoy hablando. Tú aquí estás como pez fuera del agua. Te fuiste de un país y has vuelto a otro. En la España de hoy, la de Su Majestad el Rey Juan Carlos, sólo trabajan los tontos.

ESPAÑA 1977


El negociado del ying y el yang, Eduardo Mendoza, p. 330
La situación política en España seguía estancada y muchos españoles, quizá por haberla esperado tanto tiempo, parecían haber apurado el ciclo de la democracia y con él, las ilusiones puestas en el cambio. Unos pocos comparaban el presente con la etapa anterior y lamentaban la desaparición de un régimen autoritario. La mayoría distaba de alimentar falsas nostalgias, pero reclamaba una mejora sustancial en sus vidas cotidianas que la realidad no les ofrecía. Proseguían los actos de terrorismo y los atentados mortales; la adaptación a las reglas de la economía de mercado se hacía sentir, como había augurado Baltasar Ortiguella en la desafortunada comida del chiringuito de Pals, y se sucedían las manifestaciones y las huelgas; con la aplicación de las garantías jurídicas, los delincuentes gozaban de una aparente impunidad, que la policía, harta de escuchar recriminaciones por su pasada brutalidad, fomentaba practicando una taimada inhibición. Y en aquella atmósfera de inseguridad y amenaza, las figuras políticas que habían hecho posible el cambio ahora eran vistas con recelo.
Corrían incesantes rumores procedentes de la capital, donde todo el mundo parecía estar en posesión de algún secreto de Estado. La monarquía, que al principio había sido recibida con desconfianza y más tarde con gratitud, ahora era objeto del repudio y de la cuchufleta de muchos. Muchos se quejaban de que nada había cambiado y de que seguían mandando los de siempre. Para un amplio sector de la opinión pública, se había producido un cambio positivo, pero en la política española no había medida sin trampa, persona sin doblez ni institución sin lacra. La mayoría de la población prefería dejar las cuestiones políticas en manos de los profesionales y un amplio sector de la juventud se sentía traicionado y se refugiaba en una acracia contestataria y volátil, cuyas actividades no pasaban del desplante y la jarana.

ESPAÑA 1976


El negociado del ying y el yang, Eduardo Mendoza, p. 252
Otro cambio, al que los medios de comunicación sólo se referían de soslayo, era el que se producía en la calle. Una vez más, Manuel Fraga Iribarne, que unos años atrás había acuñado el lema “España es diferente”, puso el dedo en la llaga al pronunciar otra frase igual de estúpida e igual de certera: “La calle es mía”. Después de circular durante un largo periodo con permiso de la autoridad, ahora los ciudadanos, al margen de la forma jurídica del Estado, del funcionamiento de la compleja maquinaria democrática y de los derechos y libertades fundamentales, querían apropiarse de la calle; no en un sentido abstracto, sino en un sentido literal: de las aceras, del asfalto, de los adoquines y de las farolas.
Yo salía todos los días de casa, sin rumbo ni propósito, simplemente porque se me caían encima las paredes y porque no quería seguir viendo la angustia pintada en el semblante de mi madre a causa de mi abatimiento. Entonces, vagando por los barrios, me topaba con frecuencia, en una plaza o un simple cruce de calles, con un mitin político, una asamblea vecinal, una función teatral o un baile. En el centro de la ciudad proliferaban las casetas de partidos recién fundados, donde cuatro jovencitos de ambos sexos reclamaban la atención de  los paseantes sobre extravagantes planes de acción destinados a subvertir el orden social y acabar con la autoridad, con la familia y con cualquier otra forma de coacción. Al caer la tarde pequeños grupos organizaban manifestaciones a las que no tardaban en sumarse tantos espontáneos que al final habían de intervenir las fuerzas del orden con su habitual contundencia. Gritos, carreras, empellones, golpes y algún tiro con balas de goma coronaban la fiesta. En un par de ocasiones me encontré corriendo sin saber hacia dónde ni por qué, y buscando refugio en un bar, donde me quedaba a tomar una cerveza y a contemplar la batahola a través de los cristales.

LAS DOCE TABLAS


SPQR, Mary Berad, p. 151
En gran parte, las Doce Tablas afrontan problemas domésticos, con especial hincapié en la vida familiar, vecinos molestos, propiedad privada y muerte. Establecen procedimientos para el abandono o matanza de bebés deformes (una práctica corriente en toda la Antigüedad, conocida eufemísticamente por los eruditos modernos como «exposición»), para las herencias y para la correcta realización de los funerales. Cláusulas especiales prohíben a las mujeres arañarse las mejillas en señal de duelo, levantar piras funerarias demasiado cerca de la vivienda de otras personas Y enterrar oro, a excepción del oro dental, con el cuerpo. Los daños delictivos y accidentales constituían otra preocupación evidente. Aquel era un mundo en el que la gente se preocupaba por cómo lidiar con el árbol del vecino que colgaba sobre su  propiedad (solución: tenía que cortarse hasta una determinada altura) o con los animales del vecino que corrían sin control (solución: tenía que repararse el daño o entregar el animal). Se preocupaban por los ladrones que entraban en las casas por la noche, delito que se castigaba con mayor dureza que el robo de día, por los vándalos que destruían las cosechas o por armas incontroladas que accidentalmente herían a un inocente. No obstante, en caso de que todo esto resulte demasiado familiar, era también un mundo en el que la gente se preocupaba por la magia. ¿Qué había que hacer si algún enemigo embrujaba tu cosecha o te lanzaba un hechizo? Por desgracia, el remedio se ha perdido.

LA VIOLACION DE LUCRECIA


SPQR, Mary Beard, p. 126
Sin embargo, no fue la explotación de los pobres trabajadores lo que finalmente acabó con la monarquía, sino la violencia sexual: la violación de Lucrecia por parte de uno de los hijos del rey. Esta violación es casi con toda seguridad tan mítica como el rapto de las sabinas: los ataques a las mujeres marcan simbólicamente el inicio y el fin del período monárquico. Es más, los autores romanos que más tarde contaron la historia probablemente estaban influenciados por las tradiciones griegas, que a menudo vinculaban la culminación, y el fin, de la tiranía con delitos sexuales. Por ejemplo, en la Atenas del siglo VI a. C., se decía que las insinuaciones sexuales del hermano menor del gobernante a la pareja de otro hombre habían conducido al derrocamiento de la dinastía pisistrátida. Pero, mítica o no, para el resto de la época romana, la violación de Lucrecia supuso un punto de inflexión en la política, y empezó a debatirse su moralidad. Este tema se ha representado e imaginado repetidas veces en la cultura occidental desde entonces, desde Botticelli, pasando por Tiziano y Shakespeare, hasta Benjamin Britten; Lucrecia tiene también su pequeño papel en la exposición feminista de Judy Chicago, The Dinner Party, entre otras mil heroínas de la historia universal.
Livio cuenta un relato muy colorido de estos últimos ·momentos de la monarquía. Empieza con un grupo de jóvenes romanos que buscaban la manera de pasar el tiempo mientras asediaban a la vecina ciudad de Ardea. Una noche, mientras apostaban borrachos sobre cuál de sus esposas era mejor, uno de ellos, Lucio Tarquinio Colatino, propuso cabalgar de vuelta a casa (estaba tan solo a unos pocos kilómetros) y examinar a sus mujeres; esto, afirmó, demostraría la superioridad de su Lucrecia. Y así fue: porque mientras que todas las otras esposas fueron descubiertas de fiesta en ausencia de sus hombres, Lucrecia estaba haciendo exactamente lo que se esperaba de una mujer romana virtuosa: trabajar en el telar junto con sus criadas. Entonces, obedientemente, dio de cenar a su marido y a sus invitados.
No obstante, hubo una terrible secuela. Durante la visita, dice el relato, Sexto Tarquinio concibió una pasión .fatal por Lucrecia, y poco tiempo después cabalgó de noche hasta su casa. Tras ser de nuevo atendido cortésmente, entró en su habitación y exigió tener sexo con ella a punta de cuchillo. Cuando vio que la simple amenaza de muerte no la afectaba, Tarquinio  explotó su miedo al deshonor: amenazó con matarla a ella y a un esclavo (como se ve en el cuadro de Tiziano para que pareciese que había sido descubierta en el más ignominioso acto de adulterio. Ante esto, Lucrecia accedió, pero cuando Tarquinio hubo regresado a Ardea, ella mandó llamar a su marido y a su padre, les contó lo sucedido y se suicidó.

23F


El negociado del ying y el yang, Eduardo Menodoza
-¿Los del segundo tienen chacha?
-No. La que canta es Mariona.
-¿No se había casado?
-Se separó hace un año y ha vuelto con sus padres.
-Pues no tiene edad para andar cantando estas piezas de museo.
-Eso díselo a ella.
A mí la copla me irritaba porque atribuía a claudicación el recuento florido de tantas penas de amores. Pero ya he dicho que, en aquella época de transición, cuando parecía que por fin nos habíamos vuelto adultos, todos nos sentíamos un poco abandonados y quien más, quien menos, todos nos refugiábamos en una forma u otra de nostalgia.
Mientras tanto, la política seguía su curso. En febrero un conato de golpe de Estado encabezado por un puñado de militares nos dio un buen susto. Por fortuna duró poco y sirvió para convencer a todos los españoles de que no había vuelta atrás en el camino emprendido. También sirvió para dejar constancia de que Franco había muerto, para bien y para mal. Durante sus largos años en la jefatura del Estado había acumulado tanto poder que los españoles acabamos creyendo que todo cuanto ocurría en el país se debía única y exclusivamente a su voluntad. Ahora, después del fracasado golpe de Estado y la subsiguiente convicción general de que el poder estaba en manos del pueblo, tuvimos que aceptar el hecho incómodo de que la marcha del país dependía de fuerzas muy diversas, entre las cuales figuraban en lugar destacado nuestras propias decisiones. Aquel convencimiento y un gobierno anodino sumieron al país en una especie de atonía que a mí, personalmente, no me venía mal.

INCIPIT 966. GENTE NORMAL / SALLY ROONEY


ENERO DE 2011
Marianne abre la puerta cuando Connellllama al timbre. Va todavía con el uniforme del instituto, pero se ha quitado el suéter, así que lleva solo la blusa y la falda, sin zapatos, solo las medias.
Ah, hola, dice él.
Pasa.
Marianne da la vuelta y echa a andar por el pasillo. Él cierra la puerta y la sigue. Bajan los escalones que dan a la cocina; la madre de Connell, Lorraine, se está quitando un par de   guantes de goma. Marianne se sienta de un brinco en la encimera y coge un tarro abierto de crema de cacao, en el que había dejado clavada una cucharilla.
Marianne me estaba contando que hoy os han dado los resultados de los exámenes de prueba, dice Lorraine.
Nos han dado los de lengua, dice él. Vienen por separado. ¿Quieres ir tirando?
Lorraine dobla los guantes de goma con cuidado y los vuelve a guardar debajo del fregadero. Luego comienza a quitarse las horquillas del pelo. A Connellle parece que eso es algo que podría hacer en el coche.
Y me han dicho que te ha ido muy bien, dice Lorraine.
El primero de la clase, apunta Marianne.
Sí, dice Connell. A Marianne también le ha ido bastante bien. ¿Nos vamos ya?
Lorraine hace un alto en el desanudado del delantal.
N o sabía yo que tuviéramos prisa.

INCIPIT 965. EL NEGOCIADO DEL YING Y EL YANG / EDUARDO MENDOZA


Tuve que regresar a Barcelona tras varios años de ausencia, cuando me comunicaron que mi padre había fallecido repentinamente.
En el aeropuerto del Prat me esperaba mi hermana Anamari. De camino a casa, en un flamante Renault de segunda mano que se había comprado a plazos con su primer sueldo, me contó los detalles de la muerte. Como todo había ocurrido hacía poco y muy deprisa, nuestra madre estaba aturdida, pero serena, dijo Anamari.
Le pregunté si sabía algo de nuestro hermano Agustín. Llevaba tiempo en paradero desconocido y apenas teníamos noticias suyas. Anamari le había enviado un telegrama a las señas del teatro en el que decía trabajar la última vez que escribió a nuestros padres, y todavía no había recibido contestación.

COPITO DE NIEVE


El negociado del ying y el yang, Eduardo Mendoza, p. 247-248
El peculiar emplazamiento geográfico de Barcelona, que causa buena impresión al forastero, es uno de sus principales defectos para quienes viven allí. Enmarcada entre una espaciosa franja de mar y una suave y diminuta cordillera, Barcelona viene definida por sus límites. Por esta causa, el barcelonés vive encajonado y, aunque finge ignorar su discapacidad, por más que se apresure, nunca saldrá del corto perímetro de su demarcación. A menudo un tráfico caótico y unos transportes públicos insuficientes le hacen creer que soporta los problemas propios de una gran ciudad, pero esta reflexión sólo es un falso consuelo: comparada con una aldea, Barcelona es una gran ciudad, pero comparada con una gran ciudad, sólo es un reducto provinciano, hipertrofiado, endogámico y pretencioso.
En aquella época y a nivel simbólico, todo barcelonés se identificaba en su fuero interno con el más estrafalario de sus habitantes: un gorila albino apodado sin ingenio Copito de Nieve, que el azar había llevado desde la selva de la Guinea Ecuatorial al exiguo zoo ubicado en los terrenos de la antigua Ciudadela. Allí transcurría del modo más desafortunado la vida de aquel simio, mitad bestia, mitad institución municipal, más peluche que fiera, sin esperanza de libertad ni de cambio, en su desesperante rutina, alimentado y cuidado con esmero, observado con rigor, y condenado, como un Sísifo obsceno, a copular sin pausa con la esperanza, siempre fallida, de reproducir su valiosa anomalía. Así pasaba las horas Copito de Nieve, ante los ojos asombrados de millones de visitantes que venían de todas partes a contemplarlo y se iban, al cabo de un rato, admirados, aburridos y a menudo asqueados, perseguidos por la mirada esquiva, malévola, a ratos desdeñosa y a ratos suplicante, de aquella criatura cuya extraña morfología la había convertido, sin que mediara por su parte voluntad ni esfuerzo, en una atracción única en el mundo, por la que nadie sentía piedad, quizá porque él nunca esbozó un ademán que la inspirara.
-No reconocerás nada, tanto ha cambiado todo. Y esto es sólo el principio.

FRANCO Y ESPAÑA


El negociado del ying y el yang, Eduardo Mendoza, p. 63
Un país confortable, con todas sus peculiaridades escrupulosamente conservadas para ser mostrado al exterior, porque el país necesitaba de la aprobación de los forasteros para soportar el peso individual de una secreta vergüenza.
Sobre esta paulatina e irreversible descomposición, Franco había presidido durante cuatro décadas. En contra de la opinión oficial de sus opositores, nunca fue un fascista. No tuvo una ideología precisa ni un proyecto de Estado. Se limitó a ser, del principio al final, una herramienta eficaz al servicio de la España tridentina, petrificada e in tolerante, con cuyos valores se identificaba a ciegas. Con implacable frialdad primero y luego con paciente astucia, aniquiló a la sociedad y luego curó las heridas de los supervivientes con un goteo de inocuos estupefacientes. A cambio de sumisión, trabajo, sacrificios y desvelos, los españoles pudieron ir adquiriendo un pequeño automóvil, un televisor, una segunda residencia y otros lujos que, para ellos, constituían inmerecidas dádivas.
Con el lento paso de los años, de aquel país que un día intentó salir del marasmo de siglos, aunque eso supusiera asomarse al abismo, ya no quedaban ni los despojos. Incluso Franco había sido asimilado al sosegado entorno cotidiano por el inofensivo método de recubrirlo de chistes. Bajo un palio de imitaciones y cuchufletas, lejano, inaccesible, hermético, convertido en un muñeco de pimpampum, Franco dejó que el paso del tiempo y su quebrantada salud lo fueran convirtiendo en la caricatura que los españoles preferían ver en lugar de la monstruosa realidad. De este modo la rebeldía se convirtió en nostalgia y la combatividad, en machacona cantinela de beodo. El ímpetu y el propósito desaparecieron para siempre.

FRANCO Y EL REY


El negociado del ying y el yang, Eduardo Mendoza, p. 55
Al anuncio de la muerte de Franco siguió un periodo de angustiosa incertidumbre para los que vivíamos la situación de lejos. De España no llegaban noticias fidedignas y la prensa local apenas se ocupaba de lo que consideraba un acontecimiento intrascendente. Para los americanos, como para el resto del mundo, Franco había pasado a ser una figura anacrónica, un grotesco remanente de los temibles líderes fascistas, desaparecidos hacía mucho, reconvertido con el tiempo en un blando lacayo de los Estados Unidos, a cuyos dictados se plegaba con el máximo servilismo para ser recompensado con el máximo desprecio.
Nosotros distábamos mucho de compartir aquella visión reduccionista.
-Esto acabará mal.
-Qué va. No pasará nada. Los tiempos son otros. Demasiada inversión extranjera, demasiada estrategia en juego. Nadie está para líos.
-Según esa teoría, nunca pasaría nada.
-Y así es. Sólo hay conflictos en países dejados de la mano de Dios. Repúblicas bananeras, pequeñas regiones africanas o asiáticas que no sabrías situar en el mapa.
A Franco lo enterraron en el Valle de los Caídos, entre unas muestras de dolor y devoción multitudinarias, mal orquestadas, que no convencían a nadie.
Al cabo de una semana el príncipe Juan Carlos, al que habíamos conocido cuando pasó por Nueva York, fue coronado en la iglesia de San Jerónimo el Real.
-Lo primero que ha hecho el tío ha sido jurar fidelidad a las leyes del Movimiento. Estamos apañados.
-No le quedaba otra salida. París bien vale una misa. Además, una cosa es jurar las leyes y otra, cumplirlas. Dale tiempo.

COMPLEJO DE INFERIORIDAD


Hacerse todas las ilusiones posibles, Josep Pla, p. 53
Las causas económicas no lo explican todo y hasta que no dispongamos de una buena historia de nuestro país, nos veremos obligados a analizar las causas de nuestro drama cultural -de nuestra decadencia literaria, espiritual y sensible- a la luz de la formación de la unidad  española y del vínculo con Castilla. Las causas reales de esta decadencia, que ha sido subrayada muy a menudo, son, por el momento, desconocidas.
La unidad, que no fue solamente política, sino también religiosa, lograda mediante la proyección de formas del catolicismo castellano sobre nuestro país, produjo una sobrecarga de catolicismo en nuestra vida social, que actuó como factor de decadencia, pues1os pueblos con espíritu comercial se ahogan si la presión del dogmatismo católico resulta excesiva. El bilingüismo fue otro factor de decadencia. El bilingüismo plantea, a mi modo de ver, el problema del subconsciente catalán --origen de todo el drama cultural del país- porque el pueblo que no logra manifestar su subconsciente de manera holgada, libre y normal, pierde fatal y certeramente su personalidad. El subconsciente catalán es absolutamente ajeno al ambiente castellano y andaluz, donde se siente desplazado. El hecho de que el alma catalana sea más sentimental que sensible intensifica aún más lo que digo. El arrinconamiento al que aludo crea en el catalán un sentimiento de inferioridad permanente. Al ser el sentimiento de inferioridad algo doloroso, desagradable y abrumador, el catalán ha realizado, colectiva y, en muchos casos, personalmente, un gran esfuerzo para superarlo: ha hecho todo lo posible para abandonar su auténtica personalidad, para desprenderse de ella, pero no lo ha conseguido. Esto ha dado lugar a una psicología curiosa: la psicología de un hombre dividido, que tiene miedo de ser él mismo y, al mismo tiempo, no puede dejar de ser quien es, que se niega a aceptarse tal y como es y que no puede dejar de ser como es. No son elucubraciones mías, son  hechos. Son las señales típicas del complejo de inferioridad.
La permanencia prolongada en este estado ha creado un ser de escasos sentimientos públicos positivos, es decir, un hombre sin patria, incapaz de unirse a otros o compartir intereses, hipercrítico, irónico, individualista, frenéticamente individualista, negativo: un hombre enfermizo, sombrío, desconfiado, tortuoso, escurridizo, nervioso, displicente, solitario, triste. La enfermedad catalana yace en el subconsciente del país.

DEL ALCOHOL


Hacerse todas las ilusiones, Jospe Pla, p. 128
A veces me maravillo al pensar en la cantidad de días, de semanas, durante las que no tomo ni un aperitivo, ni un coñac, ni un whisky. Dejé de tomar aperitivos en 1957 porque me hacían mucho daño. El coñac, en 1959. Por falta de dinero no he tenido nunca, en estos últimos años, acceso al whisky -al bueno, quiero decir-. Durante todo este período de dictadura franquista solo se han podido beber cosas infectas, de ínfima categoría. El vino español, incluyendo el de La Rioja, no tiene ningún valor. Es un vino que no se puede beber solo: siempre hay que acompañarlo con algo de comer. Los coñacs andaluces no tienen nada que ver con los coñacs auténticos; son una cosa destructiva. Los champanes catalanes son contrarios al bienestar humano elemental y normalísimo. La gente del país bebe este líquido porque este es un pueblo de gente sobria que, por lo tanto, aspira, de vez en cuando, a encontrarse mal. Es fatídico.
Como siempre he tenido sed, he bebido durante un montón de años estos líquidos y me han hecho mucho daño. Me han envejecido; cuando he prescindido de ellos, ya no tenía remedio. El daño estaba hecho. Llega un momento en que el daño producido por el alcohol es irreparable. Es precisamente mi caso. El estado de la arteria de mi pierna izquierda no es más  que un síntoma de envejecimiento producido por el alcohol. A pesar de la situación, no sería capaz, en este tema, de sermonear a nadie. Si tenéis sed, bebed, no le pongáis límites. Si el alcohol os tiene que servir para algo positivo, aprovechadlo. El alcohol es muy útil. El alcohol-no cabe duda- es muy útil, pero hace un daño terrible. El alcohol ha producido las cosas más fascinantes de la cultura -no me refiero a la cultura universitaria, sino a la auténtica-. Pero el alcohol, por eso mismo, es la muerte fatídica.
A veces tomo un whisky, sesenta pesetas. Cada artículo equivale a un número irrisorio de whiskys. Es el único alcohol que se puede tomar. El menos perjudicial, el alcohol diurético, el líquido de la bondad, de la fantasía, de la imaginación. El whisky convierte al hombre, como engullidor de sopas de leche, en un ser desdoblado y crítico, observador y atento dentro de la inevitable y necesaria fantasía.

LOS CATALANES


Hacerse todas las ilusiones, Josep Pla, p. 56
El catalán de hoy tiene miedo de  ser él mismo. Este miedo es como un tumor que lleva dentro. El catalán oculta sus verdaderos sentimientos, disimula su manera de ser, escamotea su autenticidad, aparenta ser diferente de quien es. Ser catalán le ha dado tantos problemas que, en ciertos momentos, ha dejado de pensar en el país. El hecho mismo de que el catalán aparente ser un hombre que no piensa, deriva de que no quiere pensar en su país -por consiguiente, prefiere no pensar en nada.
El primer drama del catalán consiste en el miedo a ser él mismo. Pero hay otro todavía más grave: el  catalán no puede dejar de ser quien es. Las tendencias oscuras del inconsciente individual y colectivo superan, probablemente, cualquier esfuerzo de voluntad. En el subconsciente del país, pues, la procesión va por dentro. En realidad, nos hallamos ante un dualismo irreducible --doloroso, lacerante, enfermizo.
Ahora bien: ante un problema de dualismo irreductible, todavía no se ha inventado nada más cómodo que huir. El catalán es un fugitivo. A veces huye de sí mismo y otras, cuando sigue dentro de sí, se refugia en otras culturas, se extranjeriza, se destruye; escapa intelectual y moralmente. A veces parece un cobarde y otras un ensimismado orgulloso. A veces parece sufrir de manía persecutoria y otras de engreimiento. Alterna constantemente la avidez con sentimientos de frustración enfermiza. Aspectos todos ellos característicos de la psicología del  hombre que huye, que escapa. A veces es derrochador hasta la indecencia y otras tan avaricioso como un demente; a veces es un lacayo y otras un insurrecto, a veces un conformista y otras un rebelde. El catalán se evade, no se suma a nada, no se compromete con nadie. Ante lo irremediable del dualismo, procura llegar a su hora final habiendo soportado la menor cantidad de molestias posibles -lo cual le hace sufrir aún más-. La careta que lleva puesta toda su vida le causa un febril desasosiego interno. Es un ser humano que se da -que me doy- pena.

INCIPIT 964. HACERSE TODAS LAS ILUSIONES POSIBLES / JOSEP PLA


Los elementos habituales de nuestra sociedad y de nuestra historia han sido, durante siglos, los payeses y los marineros, y, naturalmente, sus parásitos (comerciantes, propietarios, nobles). También hubo, claro está, un estamento industrial, pero este estamento no adquirió relevancia hasta la época moderna, cuando empezó la industrialización del país en mayor o menor escala.
A estos elementos básicos de nuestra sociedad hay que añadirles otro: los curas y los frailes o, si lo prefieren, los frailes y los curas. Este país siempre ha tenido facilidad para producirlos. Se puede, creo, afirmar que este país siempre ha tenido los frailes y los curas que ha necesitado. En términos generales, los ha tenido en abundancia. Es más: este país da la impresión de que habría podido tener, en cualquier momento, muchos más frailes y curas de los que ha tenido, a juzgar por la cantidad de personas, incluso en el círculo de vuestras amistades, que por la estricta modalidad de su espíritu y sensibilidad no se explican por qué no lo han sido.

INCIPIT 963. MISHIMA O LA VISION DEL VACIO / MARGUERITE YOURCENAR


Siempre es difícil juzgar a un escritor contemporáneo : carecemos de perspectiva. Y aún es más difícil juzgarlo si pertenece a su civilización que no es la nuestra y con lo cual entran en juego el atractivo del exotismo y la desconfianza ante el exotismo. Esas posibilidades de equívoco aumentan cuando, como ocurre con Yukio Mishima, el escritor ha absorbido ávidamente los elementos de su propia cultura y los de Occidente; y, en consecuencia, lo que para nosotros es normal y lo que para nosotros es extraño se mezclan en cada obra en unas proporciones diferentes y con unos efectos y unos aciertos muy diversos. No obstante, es esa mezcla lo que hace de él, en muchas de sus obras, un auténtico representante de un Japón también violentamente occidentalizado, pero marcado a pesar de todo por algunas características inmutables. En el caso de Mishima, la forma en que las partículas tradicionalmente japonesas han ascendido a la superficie y han estallado con su muerte, le convierte, en cambio, en el testigo y, en el sentido etimológico del término, en el mártir del Japón heroico

GALICIA


Hacerse todas las ilusiones posibles, Josep Plá, p. 49
Los elementos habituales de nuestra sociedad y de nuestra historia han sido, durante siglos, los payeses y los marineros, y, naturalmente, sus parásitos (comerciantes, propietarios, nobles). También hubo, claro está, un estamento industrial, pero este estamento no adquirió relevancia hasta la época moderna, cuando empezó la industrialización del país en mayor o menor escala.
A estos elementos básicos de nuestra sociedad hay que añadirles otro: los curas y los frailes o, si lo prefieren, los frailes y los curas. Este país siempre ha tenido facilidad para producirlos. Se puede, creo, afirmar que este país siempre ha tenido los frailes y los curas que ha necesitado. En términos generales, los ha tenido en abundancia. Es más: este país da la impresión de que habría podido tener, en cualquier momento, muchos más frailes y curas de los que ha tenido, a juzgar por la cantidad de personas, incluso en el círculo de vuestras amistades, que por la estricta modalidad de su espíritu y sensibilidad no se explican por qué no lo han sido. Esto hace que nuestra sociedad tenga una masa flotante de laicos nostálgicos del estado eclesiástico -de laicos que no han coronado su vocación esencial-. Creo que hay más laicos nostálgicos de ser curas que curas nostálgicos de la vida laica, aunque sin duda alguno habrá, por supuesto.
Durante el curso de nuestra historia, pues, el estamento eclesiástico ha tenido un peso enorme y una gran importancia. Es un estamento tan natural, tan impregnado en nuestra sociedad que prácticamente es parte inseparable de ella. Este hecho es tanto más curioso de observar cuanto que es sabido y constatado que como carrera no es nada del otro mundo y que solo permite -hablando en general- ir tirando.

MISHIMA


Mishima, M. Yourcenar, p. 140
Y ahora, reservada para el final, la última imagen y la más traumatizante; tan impresionante que ha sido reproducida muy pocas veces. Dos cabezas sobre la alfombra, probablemente acrílica, del despacho del general, colocadas la una junto a la otra, casi tocándose, como dos  bolos. Dos cabezas, dos bolas inertes, dos cerebros que ya no irriga la sangre, dos ordenadores detenidos en su tarea, que ya no seleccionan, que ya no descifran el perpetuo flujo de imágenes, de impresiones, de incitaciones y de respuestas que pasan cada día por millones a través de un ser, para formar todas juntas lo que se llama la vida del espíritu, e incluso la de los sentidos, y que motivan y dirigen los movimientos del resto del cuerpo. Dos cabezas cortadas, idas a otros mundos donde reina otra ley, que producen, cuando se las contempla, más estupor que espanto. En su presencia, los juicios de valor morales, políticos o estéticos son, momentáneamente al menos, reducidos al silencio. La noción que se impone es más desconcertante y más sencilla: entre las miríadas de cosas que existen y que han existido, esas dos cabezas han existido; existen. Lo que llena sus ojos sin mirada ya no es la bandera desplegada de las protestas políticas, ni ninguna otra imagen intelectual o carnal, ni siquiera el Vacío que Honda había contemplado y que de pronto sólo parece un concepto o un símbolo que continúa siendo, en resumidas cuentas, demasiado humano. Dos objetos, restos ya casi inorgánicos de estructuras destruidas y que  luego, una vez pasados por el fuego, sólo serán residuos minerales y cenizas; ni siquiera temas de meditación, porque nos faltan datos para meditar sobre ellos. Dos restos de un naufragio, arrastrados por el Río de la Acción, que la inmensa ola ha dejado por un momento en seco, sobre la arena, para volver a llevárselos después.

MORITA


Mishima, M. Yourcenar, p. 136
“Nuestros valores fundamentales como japoneses están amenazados ... El Emperador ya no ocupa en el Japón el lugar que le corresponde ...”
Las injurias, las palabras malsonantes, ascienden hacia él. Las últimas fotografías le muestran con el puño crispado y la boca abierta, con esa fealdad especial del hombre que  grita o que aúlla, un juego fisionómico que denota ante todo un esfuerzo desesperado para hacerse oír, pero que recuerda penosamente las imágenes de los dictadores y de los demagogos,sean del lado que sean, que desde hace medio siglo han envenenado nuestra vida. Uno de los ruidos del mundo moderno se agrega en seguida a los abucheos : un helicóptero que han solicitado da vueltas por encima del patio, llenándolo todo con el estruendo de sus hélices.
De otro salto, Mishima vuelve al balcón, abre de nuevo la puerta-ventana, seguido por
Morita, que lleva una bandera desplegada con las mismas peticiones y protestas, se sienta en el suelo, a un metro del general, y ejecuta punto por punto, con un perfecto dominio, los mismos movimientos que le vimos hacer en el papel del teniente Takeyama. El atroz dolor, ¿fue el que él había previsto y en el que trató de instruirse cuando fingió la muerte? Había pedido a Morita que no le dejase sufrir mucho tiempo. El muchacho abate su sable, pero las lágrimas le empañan los ojos y sus manos tiemblan. Sólo consigue infligir al agonizante dos o tres horribles cuchilladas en la nuca y en el hombro. «¡Dame!» FuruKoga empuña diestramente el sable y, de un solo golpe, hace lo que había que hacer. Mientras tanto Morita se ha sentado en el suelo a su vez y toma la daga que estaba en la mano de Mishima. Pero le fallan las fuerzas y sólo se hace un profundo arañazo. El caso está previsto en el código samurai : el suicida demasiado joven o demasiado viejo, demasiado débil o demasiado fuera de sí para hacer bien el corte, debe ser decapitado. «¡Adelante!» Es lo que hace Furu-Koga.

INCIPIT 962. UNA HABITACION CON VISTAS / FOSTER


LOS BERTOLINI
-La Signara no tiene derecho a hacer esto -dijo la señorita Bartlett-, ningún derecho. Nos prometió habitaciones al sur con una panorámica conjunta; en su lugar, aquí tenemos habitaciones al lado norte y dan a un patio y bien alejadas. ¡Oh, Lucy!
-¡Y además es una cockney! -dijo Lucy, que se había entristecido por el inesperado acento de la Signara-. Se diría que estamos en Londres.
Miró las dos hileras de ingleses sentados junto a la mesa; la hilera de botellas blancas de agua y rojas de vino que corrían entre sus manos; los retratos de la última reina y del último poeta laureado que colgaban detrás de los británicos, pesadamente vestidos; el cartel de la iglesia anglicana (reverendo Cuthbert Eager, M. A. Oxon), que constituían la única decoración de la pared. -Charlotte, ¿no sientes también tú que bien podría encontrarnos en Londres? A duras penas puedo creer todo este tipo de cosas distintas estén precisamente fuera. Supongo que se debe a que una se siente tan cansada.

INCIPIT 963. SPQR / MARY BEARD


La antigua Roma es sumamente importante, por lo que ignorar a los romanos no es solo dar la espalda al pasado remoto, ya que Roma todavía contribuye a definir la forma en que entendemos nuestro mundo y pensamos en nosotros, desde la teoría más elevada hasta la comedia más vulgar. Después de 2.000 años, sigue siendo la base de la cultura y la política occidental, de lo que escribimos y de cómo vemos el mundo y nuestro lugar en él. El asesinato de Julio César, en lo que los romanos denominaban los idus de marzo de 44 a. C., se ha erigido desde entonces en modelo, y a veces incluso en peligrosa justificación, para la matanza de tiranos. La distribución del territorio imperial romano sustenta la geografía política de la Europa moderna y de territorios más alejados. El motivo principal de que Londres sea la capital de Reino Unido es que los romanos la convirtieron en capital de la provincia de Britania, un lugar peligroso, tal como ellos lo veían, situado más allá del gran océano que rodeaba al mundo civilizado. Roma nos ha legado en la misma medida ideas de libertad, ciudadanía y explotación imperial, combinadas con un vocabulario de política moderna como «senadores» y «dictadores ». También nos ha prestado sus locuciones: desde «temer a los griegos que portan regalos» hasta «pan y circo», «tocar el violín mientras arde Roma» o incluso «mientras hay vida hay esperanza”.

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