Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

GESTION


Feliz Final, Isaac Rosa, p. 113
Gestionar mi deseo, esa expresión te gusta más, ¿verdad? Me acusaste de no haber sabido gestionar mi deseo, eso me dijiste tras descubrir el engaño: la vida en pareja implica una permanente gestión del deseo, me dijiste, por supuesto todos deseamos, yo mismo siento deseo por otras personas pero me concentro en gestionar mi deseo, de eso va la vida en pareja, Ángela, el compromiso, la lealtad, dos sujetos deseantes que aprenden a gestionar el deseo. Qué espanto, escúchate. Gestionar el deseo. Como gestionar tu resentimiento, eso que dijiste antes. Otras veces me acusaste de no ser capaz de gestionar mis miedos, cuando me aterrorizaba dejar a Ana en el colegio tiempo después de su hospitalización, o cuando una fiebre persistente me ponía en guardia y acabábamos otra vez en urgencias: debes gestionar tus miedos, me decías. Todo debía ser gestionado: el deseo, el resentimiento, el miedo, la culpa, el dolor, los recuerdos. Gestionar, gestionar, gestionar. Germán debía aprender a gestionar sus tiempos de estudio. Las niñas tenían que gestionar su frustración, gestionar sus celos, gestionar sus horas de sueño. Tu madre había acabado mal por no saber gestionar su dependencia emocional y su miedo a la soledad. En casa debíamos gestionar horarios, tareas domésticas, menús diarios, ingresos y gastos. ¿Por qué no escribes un libro de autoayuda? Aprende a gestionar tu vida en diez pasos. Gestiona tus sentimientos para alcanzar tus objetivos. Perdona el sarcasmo. Estoy harta de gestionar, qué mierda de palabra, llevamos años gestionando y mira dónde hemos acabado. Y no, no supe gestionar mi deseo tras reencontrarme con Mateo. O si prefieres, no quise gestionar mi deseo. No me importó que se volviese ingestionable. Sé que cualquier cosa que hoy te cuente sobre cómo me sentía yo antes de encontrar a Mateo te sonará a coartada tardía: una reelaboración posterior para justificar el engaño. Yo misma dudo, me pregunto también si la culpa engaña a la memoria, porque me cuesta recuperar sensaciones de aquel tiempo. Nuestro “antes”, el invierno donde prevenir incendios, el monte descuidado a falta de una chispa. Lástima no haber llevado un cuaderno de pena como el tuyo. Tampoco me extraña que pienses que exagero mi malestar previo para exculparme: tú ignorabas cómo estaba yo, de la misma forma que yo desconocía cómo estabas tú, cada uno encerrado en su malestar.

INCIPIT 880. NUEVE CUENTOS / JD SALINGER


En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica de la 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad. Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó la uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula.

DE LA SEDUCCION


Feliz final, Isaac Rosa, p. 131
: ojo con la seducción, que es el verdadero peligro de las pantallas; la seducción es la marca de nuestro tiempo, el deporte favorito, seducimos a todas horas, yo mismo os estoy seduciendo ahora mismo con mí discurso, pero esa seducción deportiva se vuelve inevitable e irresistible cuando hay una pantalla por medio, todos acabamos seduciendo y siendo seducidos; reconoced/o, en cuanto empezáis a intercambiar mensajes con alguien, no tardáis en arrancar un juego de seducción; podríamos hasta formular una ley científica: toda conversación en redes sociales o mensajes de móvil entre dos personas mínimamente susceptibles de sentir atracción mutua, y que se prolongue en el tiempo, deriva inevitablemente en juego de seducción; es la plaga de nuestro tiempo, la mayoría de las relaciones amorosas empiezan con un intercambio de mensajes pero también terminan por otro intercambio de mensajes, al ser descubierto, por la boca muere el pez. Seguiste pontificando sobre cómo hoy todos necesitamos tasar y revalorizar nuestro capital erótico, los circuitos cerebrales de recompensa que se activan al seducir, la matraca de la dopamina, se notaba que tenías todo muy pensado, no recuerdo si habías incluso publicado algún artículo o estarías pensando en otro posible libro por escribir: un hueco editorial, un nicho de mercado, miles de seducidos y seductores digitales corriendo a comprarlo, yo hice la EGB, a mí me sedujeron en un chat, etcétera. Y remataste señalándome a mí, que estaba al margen de la conversación, teléfono en mano: ahí tenéis a mi mujer, Ángela, lleva toda la tarde con el móvil, ¿quién te está seduciendo, querida? Todos reímos, yo también, pero ya habrás adivinado con quién intercambiaba mensajes en ese momento. Mateo y yo aún estábamos en los primeros peldaños, en pleno juego de seducción, sí, intercambiando bromas, recuerdos, confidencias, planes, canciones favoritas y hasta ese léxico propio que toda pareja construye. Aunque yo rebajaba y hasta descreía cuanto me decía Mateo, pues sabía que era parte de su estrategia seductora, me alcanzaba de lleno, cada mensaje caía ruidoso en el pozo seco de mi autoestima: que yo era una mujer fascinante. Deliciosa. Luminosa. Que estaba haciendo un gran trabajo en el proyecto de Historias de Vida. Que mis hijas eran afortunadas por tener una madre como yo. Que merecía alguien que me valorase. Y por supuesto, que parecía más joven de mis cuarenta, que estaba más bonita ahora  que años antes. Que poseía una sonrisa desarman te, que ya sé, es una expresión trillada, tú dirías que mala literatura, sonrisa desarmante, pero yo también necesitaba mala literatura. Nos estábamos seduciendo, sí, con cada vez menos prudencia aunque aún no sabíamos adónde llegaría tanta palabra disparada. Te concedo la validez de tu teoría: lo que en principio era solo una conversación entre dos conocidos que se descubren llenos de coincidencias y padecen la misma necesidad de ser escuchados fue trepando con tesón de hiedra por esa escalera de caracol que levanta la seducción.

INCIPIT 878. FELIZ FINAL / ISAAC ROSA


EPÍLOGO
Nosotros íbamos a envejecer juntos. Lo digo en voz alta por escucharme, y compruebo lo melodramático que suena: nosotros íbamos a envejecer juntos. Lo repito con más fuerza, buscando el eco en el dormitorio vacío, exclamatorio: ¡nosotros íbamos a envejecer juntos! Pruebo a decirlo sonriendo, como un vendedor telefónico: nosotros íbamos a envejecer juntos. Nada. Sigue sonando aparatoso. Ahora engolando la voz, rodilla en tierra, calavera en mano, pausas dramáticas: Nosotros. Íbamos. A envejecer. Juntos. Abro los brazos para llenar pulmones de tenor, la orquesta se eleva, el público se estremece, tintinea la gran lámpara sobre la platea: nosotroooooos íbamos a envejecer juuuntooooooooos. Caigo muerto en el escenario, baja el telón, aplausos, hipidos. Lo tecleo en el teléfono, en varios intentos: Nosotros íbam, y borro. Nosotros íbamos a env, y borro

INCIPI 879. EL SECRETO DEL MAL / ROBERTO BOLAÑO


LA COLONIA LINDA VISTA
Cuando llegamos a México, en 1968, pasamos los primeros días en casa de un amigo de mi madre y luego alquilamos un departamento en la colonia Lindavista. He olvidado el nombre de la calle, aunque a veces creo que se llamaba Aurora, pero puede que me confunda. En Blanes viví durante unos años en un piso de la calle Aurora, por lo que me parece poco probable que también en México hubiera vivido en otra calle Aurora, si bien es cierto que este nombre es bastante usual y que muchas calles de muchas ciudades lo llevan. La calle Aurora de Blanes, en cualquier caso, no tenía más de veinte metros y se podría decir que más que calle era un callejón. La Aurora de la colonia Lindavista, si realmente se llamó así, era una calle estrecha pero grande, al menos de cuatro cuadras, y allí vivimos durante el primer año de nuestra larga estancia en México.

FUTURO PERFECTO


Feliz final, Isaac Rosa, p. 70
Te habría contado sobre un futuro que era expresión de voluntad y deseo, pero sometidos a una verosimilitud estrecha. En ese futuro estamos juntos, sí: vamos a envejecer juntos. Con las metáforas odiseicas que sabes que me gustan tanto, hemos superado la travesía, sobrevivido a tormentas, naufragios, extravíos y cantos sirénidos, sobrevivido incluso al cansancio, y no nos hemos ahogado en la orilla. Hemos alcanzado tierra firme. Tenemos nuestra casa, un lugar propio, del que nadie podrá echarnos ya, donde sobreviviríamos como robinsones si todo fuese mal ahí afuera. Nos queremos, seguramente no nos amamos pero nos queremos, no nos deseamos pero nos queremos, podríamos vivir el uno sin el otro pero nos queremos, hemos aceptado que esa forma tranquila de quererse no es una merma ni un fracaso sino al contrario, un triunfo. Estamos juntos, no por ninguna predestinación ni ridículas medias naranjas inseparables, ni siquiera por necesidad económica, sino porque hemos decidido seguir juntos. Hemos aprendido a disfrutar lo que compartimos, en primer lugar nuestras hijas. Hemos aprendido también a tener cada uno su propio espacio y tiempo, negociando las zonas comunes, respetándonos tanto que de mutuo acuerdo hemos preferido ampliar el territorio compartido. No nos exigimos exclusividades ni fidelidades frustrantes, y esa libertad es la que nos desinteresa del exterior, porque incluso hemos reconstruido nuestro deseo,  acomodándolo a la necesidad de cada uno hasta sincronizarlo.  Paseamos. Paseamos mucho, todas las tardes, por el monte cercano a la casa. Hasta nos sabemos ya los nombres de los árboles. Cuidamos juntos el huerto porque, aunque te burles, en mi fantasía de vida no falta un huerto, más como subsistencia que como actividad espiritual. Estamos juntos. Sabemos que nos tendremos el uno al otro si en algún momento nos golpea la enfermedad, la depresión, la degeneración cerebral, la parálisis corporal, la incontinencia de esfínteres y el olvido salvaje de rostros y nombres. Somos nuestro propio Estado de Bienestar. Estamos a salvo. Estamos en casa, esa casa que gritábamos en los juegos infantiles y al alcanzarla detenía el peligro y te protegía como una campana de acero. Casa.

CUSTODIA COMPARTIDA

Feliz Final, Isaac Rosa, p. 24
¿Cuánto dinero vas a pasarles a las niñas? ¿Dinero, qué dinero?, estamos hablando de custodia compartida. Pero las niñas van a vivir conmigo. Es custodia compartida, propongo que hagamos una estimación de gastos, abrimos una cuenta y cada uno ingresa la mitad mensualmente. Y el piso qué, yo no puedo pagar un piso sola, te lo advertí antes de alquilarlo y entendí que estábamos de acuerdo. Yo tampoco puedo pagar un piso, por eso me voy con mi madre. Pero las niñas necesitan una casa. Si la pagamos entre los dos, deberíamos poder vivir los dos. No empieces otra vez con tu película de padres separados que siguen compartiendo casa como amigos. Y o no puedo pasarte una pensión, y lo sabes. Yo no quiero una pensión, Antonio, y tú también sabes que yo sola no puedo pagar ese piso. Busca uno más pequeño. Es de dos habitaciones, dónde coño quieres que nos metamos. No perdamos los nervios, Ángela, se trata de llegar a un acuerdo. A esto llamas tú ponernos de acuerdo. Íbamos muy bien hasta que hemos empezado a hablar de dinero. Y a ves, somos como cualquier pareja que se separa, un asco. Tenemos que hacer un esfuerzo. Yo estoy harta de hacer esfuerzos, no me quedan fuerzas para más. Hazlo por las niñas. Eso hago, preocuparme por ellas. Sabes que no estoy en mi mejor momento, lleguemos a un acuerdo provisional y cuando esté en mejor situación retomamos lo del dinero. El momento lo elegiste tú. Eso no es justo. Tú has querido separarte. Alguien tenía que tomar la decisión tarde o temprano. Pero ha sido temprano, porque tú no podías esperar más. ¿Crees que tengo prisa por separarme? Sí, eso creo, mucha prisa, porque tienes planes mejores. No sé de qué hablas. ¿Cómo esperas que acordemos nada si no me dices la verdad?, remataste tú. Y entonces te conté, tarde, lo que ya sabías.

TIRANOS Y BANDERAS


El escándalo del siglo, Gabriel García Márquez, p. 285
Sin embargo, mi experiencia de escritor más difícil fue la preparación de El otoño del patriarca. Durante casi diez años leí todo lo que me fue posible sobre los dictadores de América Latina, y en especial del Caribe, con el propósito de que el libro que pensaba escribir se pareciera lo menos posible a la realidad. Cada paso era una desilusión. La intuición de Juan Vicente Gómez era mucho más penetrante que una verdadera facultad adivinatoria. El doctor Duvalier, en Haití, había hecho exterminar los perros negros en el país porque uno de sus enemigos, tratando de escapar de la persecución del tirano, se había escabullido de su condición humana y se había convertido en perro negro. El doctor Francia, cuyo prestigio de filósofo era tan extenso que mereció un estudío de Carlyle, cerró a la República del Paraguay como si fuera una casa, y sólo dejó abierta una ventana para que entrara el correo. Antonio López de Santa Anna enterró su propia pierna en funerales espléndidos. La mano cortada de Lope de Aguirre navegó río abajo durante varios días, y quienes la veían pasar se estremecían de horror, pensando que aun en aquel estado aquella mano asesina podía blandir un puñal. Anastasia Somoza García, en Nicaragua, tenía en el patio de su casa un jardín zoológico con jaulas de dos compartimientos: en uno, estaban las fieras, y en el otro, separado apenas por una reja de hierro, estaban encerrados sus enemigos políticos.
Martínez, el dictador teósofo de El Salvador, hizo forrar con papel rojo todo el alumbrado público del país, para combatir una epidemia de sarampión, y había inventado un péndulo que ponía sobre los alimentos antes de comer, para averiguar si no estaban envenenados. La estatua de Morazán que aún existe en Tegucigalpa es en realidad del mariscal Ney: la comisión oficial que viajó a Londres a buscarla resolvió que era más barato comprar esa estatua olvidada en un depósito, que mandar hacer una auténtica de Morazán.
En síntesis, los escritores de América Latina y el Caribe tenemos que reconocer, con la mano en el corazón, que la realidad es mejor escritor que nosotros. Nuestro destino, y tal vez nuestra gloria, es tratar de imitarla con humildad, y lo mejor que nos sea posible.
1 de julio de 1981, El Pals, Madrid

INCIPIT 877. EL PERFECIONISTA EN LA COCINA / BARNES


UN COCINERO TARDÍO
Empecé a cocinar tarde. En mi infancia, el remilgado proteccionismo habitual rodeaba las actividades de las cabinas electorales, el lecho conyugal y el banco de la iglesia. No advertí la existencia de un cuarto lugar secreto -secreto, al menos, para los chicos- en la familia inglesa de clase media: la cocina. De ella salían mi madre y las comidas -comidas a menudo basadas en la producción del huerto de mi padre-, pero ni él ni mi hermano ni yo hacíamos preguntas, ni se nos alentaba a formularlas, sobre el proceso de transformación. Nadie llegaba hasta el extremo de decir que cocinar era de mariquitas; era tan sólo algo para lo que no servían los varones domésticos. Las mañanas de colegio mi padre preparaba el desayuno -gachas recalentadas con jarabe dorado, beicon, una tostada- mientras sus hijos se dedicaban a lustrarse los zapatos y a las tareas de la cocina- estufa: rastrillar las cenizas, rellenarla de carbón. Pero estaba claro que la competencia culinaria masculina se limitaba a estos escarceos matutinos.

INCIPIT 876. EL RASTRO / MARGO GLANTZ


Me llamo Nora García. Hace muchos años que no vengo al pueblo: estaciono mi coche, me acerco tímidamente, con cautela, a la puerta principal y entro a la casa, apenas la reconozco, ha cambiado para mal, el jardín descuidado, las plantas secas, el pasto amarillento, algunos espacios vacíos donde antes había arbustos florecidos. Abajo, en la barranca, árboles de copa ancha y colorines. Gente en todas partes, me cohíbo, se me oprime el corazón: conozco a varias personas, no son exactamente las que más estimo, quizá haya otras de quienes me he olvidado: ha pasado mucho tiempo. Creo reconocer a una mujer, el cuerpo hinchado, la cara también, su color es desagradable, ¿será un color fúnebre? Exagero, me digo, es la noticia de su muerte, el regreso a la casa, el temor a recordar demasiado, la seguridad de volver a ver a gente que detesto y me ha hecho daño, lo de siempre, las incertidumbres del corazón.

INCIPIT 875. MUDAR DE PIEL / GIRALT TORRENTE


LUCÍA Y YO
Yo era el mayor y, si bien lo era por muy poco, Lucía no cesaba de recordármelo. Parecía asumir que mi condición me otorgaba ventajas. Eres el mayor, tú sabrás, decide tú, me decía en cualquier encrucijada, cuando lo cierto es que solíamos hacer su voluntad. Compartíamos el recuerdo entablillado de una madre a quien apenas conocimos; vivíamos rodeados de robles y pinos en una hermosa casa a la que llamábamos la fortaleza y, aunque no quedaban lejos ni el pueblo donde asistíamos a clase ni el apeadero del tren que tomaba nuestro padre para desplazarse a la ciudad, nos complacía sentirnos aparte de todo. De un lado estábamos nosotros, y del otro, el mundo del cual participaban profesores y compañeros o las sucesivas empleadas domésticas que ejercían de centinelas. Nuestro padre. ¿Qué lugar le reservábamos? Difícil determinarlo. Dentro y fuera, si se me permite la indefinición.

INCIPIT 874. EL NEGRO DEL NARCISSUS / JOSEPH CONRAD


El señor Baker, primer oficial del barco Narcissus, franqueó de una zancada el umbral de su camarote iluminado y se encontró en la oscuridad del alcázar. Sobre su cabeza, en el frontón de la toldilla, el sereno tocó dos campanadas. Eran las nueve. El señor Baker, hablando desde abajo, preguntó:
-¿Todo el mundo a bordo, Knowles?
El hombre bajó rengueando la escalera, luego dijo reflexivamente: -Me parece que sí, señor. Todos los antiguos ya han venido y muchos de los nuevos también ... Deben de estar todos. -Dile al contramaestre que envíe a todos a popa –continuó el señor Baker-; y hazme traer una buena lámpara. Voy a pasar lista a nuestra gente.
En la cubierta mayor había gran oscuridad en popa, pero poco más allá, por las puertas abiertas del castillo de proa, dos franjas de viva luz rasgaban las tinieblas de la noche tranquila que envolvía el navío. Se oía allí un zumbido de voces, en tanto que a babor y estribor, en el rectángulo luminoso de las puertas, siluetas móviles aparecían un instante, negrísimas, sin relieve, como figuras recortadas en hojalata. El barco estaba a son de mar. El carpintero había encajado la última cuña que condenaba la escotilla mayor, y tirando su maza se había enjugado la frente con lentitud ceremoniosa, al darse el toque de las cinco.

EXPO 92


Qwertyuiop, Ferlosio, p. 454
Pero esta dramática situación de las cajas vacías que hay que llenar ya la conocíamos en varias cosas de origen, en principio, bastante más inocente. Pongamos, por ejemplo, el compromiso diario de un periódico que cada día, ocurra lo que ocurra, está obligado a llenar dieciséis, treinta y dos, sesenta y cuatro o mayor número de páginas, siempre que sea un múltiplo de dieciséis o, en el mejor de los casos, por lo menos de ocho. Ya conocemos los argumentos de los periodistas sobre la gran elasticidad tipográfica de un periódico y sobre la aún mayor libertad de juego que le permite la inclusión de la publicidad. Pero, con todo, nos queda siempre la convicción de que un periódico verdaderamente transitivo, realmente determinado por su objeto, por las cosas de las que pretende ser función, o sea, las noticias, tendría que tener un día once páginas y cinco octavos de página, otro treinta y una páginas y un tercio, y, en fin, un día excepcionalmente feliz, aparecer en los quioscos y ser puesto a la venta bajo el mismo título y con el mismo precio, con todas sus páginas en blanco y sólo este mensaje en la portada: «PAS DE NOUVELLES, BONNES NOUVELLES!». Un mensaje, por cierto, que también notificaría, de modo implicito, el renacimiento de la transitividad.
En fin, como ejemplo de inmensa caja vacía, tan inmensa como del orden de los cientos de miles de millones de pesetas, si es que no pasa incluso del billón, es la reciente Exposición Universal de Sevilla en su autoproclamado aspecto cultural. Pabellones, auditorios, sofisticadísimos sistemas de proyección “audiovisual» se programaron y se proyectaron con entera independencia y con indiferente e incalculada anticipación respecto de cualesquiera «contenidos culturales” capaces de justificarlos. Morada a priori su capacidad total en número de espectadores y establecido a priori el número de días que el festejo tendría que durar, fueron fiados en cincuenta millos “actos culturales» que había que organizar. Dejando al margen la cuestión de que la noción misma de «acto cultural» es, culturalmente, bastante repelente y casi lleva en sus entrañas el germen del relleno y, por lo tanto, el correlato de un vacío preexistente --de una caja vacía- que estaría destinado a rellenar, aparte de esto, digo, jamás hubo en el mundo, que yo sepa, cincuenta mil actos culturales ya prefigurados que se hallasen en urgente demanda de una sala-auditorio que les diese cabida y cumplimiento. Y así fue necesario inventárselos ad hoc y con arreglo a las gigantescas proporciones espacio-temporales de la caja vacía que era preciso rellenar.
Ahora, por colofón, terminado el festejo y vacante la gran caja sevillana, surge la necesidad de seguir justificando las «infraestructuras» no perecederas, y las autoridades vuelven a devanarse la cabeza con el posible destino que en adelante se les podría dar. En efecto, el anteproyecto denominado “Cartuja noventa y tres» no es sino la segunda parte del imponente efecto de succión que el horror vacui de la gran caja vacía sevillana vuelve a ejercer sobre las imaginaciones oficiales. ¡Hay que llenarla nuevamente sea como sea, con cualquier cosa que sea y a costa del despilfarro que haga falta!

CAIN


Qwertyuiop, Ferlosio, p. 534
El remordimiento, en que la culpa sigue pesando para siempre sin encontrar absolución, responde propiamente a la moral, tal como se podría ilustrar ejemplarmente con el mito de Caín: Dios puso una señal sobre Caín para que nadie lo matara; la impunidad de Caín expresa la impunibilidad o inexpiabilidad de la culpa en cuanto obra, que es lo que está en  correspondencia con la naturaleza del remordimiento. Con la impunidad de Caín, Dios establece el homicidio como acto moral puro. Caín le dice a Yahvé que teme que lo maten en la proscripción. “Mo será así”, le dice Yahvé, y pone una amenaza siete veces mayor contra quien lo mate y una señal sobre él para que ni siquiera por error lo maten: será perpetuo portador de la culpa y la señal sobre él irá anunciando su proximidad, como la campanilla de un leproso advierte a las gentes para que se aparten. Lo hace sacro -execrable, sacré-- y por tanto intocable, defendiéndolo con una amenaza siete veces mayor y con una señal de prohibición: nadie ose matar a aquel a quien Dios ha hecho perpetuo portador de la culpa. Caín, que vaga “huido y errante” por la Tierra, sin hallar nunca nadie que lo mate, es como la encarnación objetiva del remordimiento y la culpa moral.
Lo expiable, lo conmutable, lo resarcible supone el intercambio y pertenece, por tanto, a lo profano. Dios quiere que la vida de Abel sea sagrada, que su sangre sea irrestañable y su muerte irreparable, inconmutable con la sangre de su matador. En tanto que fungible, conmensurable, expiable, el acto jurídico es deuda; en tanto que infungible, inexpiable, impunible, el acto moral es culpa. Irreparable como el agravio infligido. La amenaza desmesurada –“Caín será vengado siete veces”-expresa con esa desmesura la inconmensurabilidad del acto moral frente a la conmensurabilidad del acto ante el derecho.

EL TRIUNFO DE LA MUERTE


Qwertyuiop, Ferlosio, p. 515
Ya la Ilíada, a través del pasaje en el que Héctor, recriminando a Paris por su cobardía, lo llama despectivamente “el más guapo de todos, mujeriego, seductor”, nos muestra no sólo que los helenos no dejaban de percibir la otra belleza -la de París, o sea la del cuerpo del ocio y el amor-, sino también que la perfección del cuerpo instrumental formaba parte de una ética. Y si la «ascética» del gimnasta respondía a la idea de que el que ha de lograr la victoria tiene que acendrarse infligiéndose a sí mismo, y aguantándolo, todo lo que podría infligirle un supuesto vencedor, podemos concluir que esa ética remite a la “ética de la dominación”. En «La libertad del hombre virtuoso», Filón emplea muchas veces la comparación con el atleta o luchador, en cuya capacidad para la automortificación y para el dominio de sí mismo en el aguante del esfuerzo y del dolor quiere ilustrar lo que para él sería propio de todas las virtudes; y en «La creación del mundo” recoge la expresión estoica “to hegemonikón” ('lo que manda', 'lo que domina'), para caracterizar "el lógos», la parte racional del alma. De modo que “da razón” es (y yo sospecho que sólo eso hubo de ser originariamente) la unidad de mando, el capitán que tiene que doblegar y someter a latigazos a toda la despreciable chusma amotinada de las pasiones del alma y los apetitos de la carne, hasta ponerlos al servicio de sus fines. «Racional» sería aquello que alcanza sus designios. Y para el cristiano la racionalidad del sufrimiento, de la automortificación y del dominio de sí mismo en la represión de las pasiones y los apetitos, “desordenados” por definición, se referirá al designio de la salvación. A través de esta recuperación helénica el cristianismo convertirá en virtudes aquellas capacidades funcionales del cuerpo instrumental que tenían su fundamento en una ética de la dominación. Nada de extraño, así pues, en que Clemente Romano diese el paso, algo más que simbólico, de poner a las legiones imperiales por modelo de disciplina a imitar por los cristianos; coronando de este modo la violentada hibridación alejandrina entre filosofía y religión, ya todo se veía volver y reintegrarse y perpetuarse a mayor gloria de la dominación. Cuando, inflamado en la fe de Cristo resucitado, exclamaba «¿Dónde está, muerte, tu victoria?, ¿dónde está, muerte, tu aguijón”, ¿quién iba a decide a Pablo cómo todo, y en gran parte por su culpa, sería devuelto en medida doblada al príncipe de este mundo y a la dominación hasta el extremo de que una de las más veraces y admirables obras del arte cristiano sería un cuadro titulado El triunfo de la muerte?

¡DIOS¡


Qwertyuiop, Sánchez Ferlosio, p. 519
(Ésjaton) No necesito tenerlo ante los ojos, lo estoy viendo: la gran figura iluminada, en el centro y en lo alto, está semisentada, como al borde de un escabel con los muslos inclinados hacia delante y el ancho torso desnudo combado y un poco vuelto hacia su izquierda; hay una leve torsión del cuello, porque el rostro está más vuelto que el torso y mirando para abajo hacia el rincón, oscuro, de ese mismo lado: mira, pero sin dejar dudas de que es una última mirada, a punto de apartar la vista para siempre; Ja mano derecha levantada y con los dedos abiertos en forma de concha también apunta hacia abajo, hacia el rincón izquierdo, como un espejo cóncavo; pero no proyecta luz, sino tiniebla: la mano del Salvador no está salvando: está condenando.

ALTOS ESTUDIOS ECLESIASTICOS


Qwertyuiop, Ferlosio, p. 563
En 1953, tras servir a la patria en Marruecos, me casé con Carmen Martín Gaite. Tras escribir El Jarama -entre octubre de 1954 y marzo de 1955-, agarré la Teoría del lenguaje, de Karl Bühler, y me sumergí en la gramática y en la anfetamina. Cuando un clérigo da lugar a algún escándalo, la discretísima Iglesia católica, experta en tales trances, lo retira rápidamente de la circulación, y al que pregunta por él, tras haber advertido su ausencia, se le contesta indefectiblemente:  “Oh, el padre Ramoneda se ha recogido para dedicarse a altos estudios eclesiásticos”; a mí no me hizo falta ningún obispo que me retirase, sino que me bastó con el inmenso genio de Karl Bühler y la irresistible sugestión teórica y expositiva de su obra -y quizá algo de horror o repugnancia por el grotesco papelón del literato que, tras el éxito de El Jarama, se cernía como un cuervo sobre mi cabeza- para retirarme de la circulación y consagrarme a «altos (o bajos) estudios gramaticales» durante quince años. Sin embargo, al principio, se interesó por mi pasión y mis «estudios” mi ya entonces antiguo amigo Víctor Sánchez de Zavala. Varios amigos han tenido sobre mí -y aun otros nuevos la han adquirido después de entonces- muchísima mayor autoridad que la que nunca habrían podido imaginarse; el primero de ellos fue sin duda Víctor Sánchez de Zavala, un hombre   extraordinariamente inteligente y además infinitamente más leído e instruido de cuanto yo pudiera llegar a ser jamás. Pues bien, cuando Carlos Peregrín Otero vino de California con la buena nueva del chomskismo (Víctor y yo ya habíamos leído juntos un opúsculo de Chomsky), a Víctor se le ocurrió organizar en mi casa, semanalmente, una pequeña tertulia gramatical, que a él le dio por denominar Círculo Lingüístico de Madrid y al que, además de Sánchez de Zavala, Otero y yo, asistían Carlos Piera e Isabel Llácer; las reuniones no pasarían de siete u ocho. Yo era, sin duda, académicamente muy indisciplinado; había empezado por Bühler y ya me adentraba por la gramática histórica del griego y el latín o por los estudios de Gelb y Goldstein sobre las afasias, desde los cuales salté a estudiar la «psicología de la Gestal”, un verdadero paraíso para el anfetanúnico, con apenas rudimentos de la gramática escolar. Sería quizá un verano lo que interrumpió nuestras sesiones, pero en septiembre nadie volvió más. Un dia Carmen Martín Gaite se cruzó en la calle con Víctor Sánchez de Zavala, que le dijo que estaba estudiando lingüística con Carlos Piera, Isabel Llácer y otros más; “es que no se puede trabajar con aficionados», explicó. Aquella especie de expulsión académica me produjo rencor, pero lo peor fue que condicionó, condenándolos al solipsismo, los restantes doce o trece años de mis «altos estudios eclesiásticos”. No obstante, la pasión gramatical no logró abandonarme, sino que «se creció con el castigo”, como suele decirse de los buenos toros bajo el varilarguero. No quiero ni pensar en lo que pueda haber quedado en aquellas decenas de millares de páginas de apuntes, probablemente crípticos hasta para el mejor y más voluntarioso entendedor.

ANFETAS


Qwertyuiop, Ferlosio, p. 564
La anfetamina misma es, ya por sí sola, extremadamente querenciosa de la soledad. Cuando me encerraba no quería ver a nadie. Un verano -sería el de 1959-, en que me quedé solo en Madrid, llegué incluso a arrancar el cable del teléfono. El resto del año, el sistema era así: me quedaba una media de cuatro días con sus cuatro noches en sesión continua de lecturas y escrituras gramaticales, con luz eléctrica también de dia, como Monsieur Dupin, el de «El misterio de Marie Roget”y «Los crímenes de la calle Morgue»; al fin caía redondo y me dormía profundamente durante veinticuatro o más horas, salvo uno o dos brevísimos despertares para comer y beber y con una maravillosa bajada de tensión. Después cogía a mi niña -que en 1960 cumplió los cuatro años- y me pasaba con ella cuatro o cinco dias sin interrupción; íbamos a los parques y a visitar museos: de El Prado, le gustaba sobre todo El Bosco, porque, como ella decía, «tiene mucho», y La laguna Estigia de Patinir. Pero El triunfo de la muerte, de Brueghel el Viejo, se volvería su favorito. Yo no quería enseñárselo, por esa tontería de los padres de evitar a nuestros hijos pequeños la visión de la muerte (la educación del príncipe Gauthama), y me la llevaba disimuladamente hacia el que estaba al lado, haciendo rincón con él: El carro de heno. Pero ella era tan atenta y difícil de engañar que, a la segunda, me cazó. Y El triunfo de la muerte se hizo su cuadro favorito para siempre. Esta reproducción que tengo ante los ojos, ahí colgada en la pared, era de ella.
Nunca me lo he pasado mejor que aquellos quince años -de 1957 a 1972- de gramática, casi en exclusiva, y de mayor furor grafomaníaco. Hacia 1961 me inscribí en el Ateneo, y allí iba, en los cuatro o cinco días de sesión, desde las nueve de la mañana hasta la una de la noche, para seguir después en casa. Allí intimé con José Antonio Llardent, al que ya conocía algo de antes; cada tres o cuatro horas bajábamos un ratito al bar a recargar café (dicen que antes de la guerra la dirección del Ateneo mandó rebajarles el cale a los intelectuales, para que no pensaran tanto); poco después empezaron a sentarse con Llardent y conmigo unos cuantos muchachos más jóvenes, entre los cuales estaba Demetria Chamorro, de la que me enamoré -aunque ella no lo sabría hasta más de dos años después- y con la que hoy estoy casado.
En 1970 me marché de la casa de Carmen Martín Gaite y alquilé un piso.

INCIPIT 873. NOTICIA DE UN SECUESTRO / GABRIEL GARCIA MARQUEZ


Antes de entrar en el automóvil miró por encima del hombro para estar segura de que nadie la acechaba. Eran las siete y cinco de la noche en Bogotá. Había oscurecido una hora antes, el Parque Nacional estaba mal iluminado y los árboles sin hojas tenían un perfil fantasmal contra el cielo turbio y triste, pero no había a la vista nada que temer. Maruja se sentó detrás del chofer, a pesar de su rango, porque siempre le pareció el puesto más cómodo. Beatriz subió por la otra puerta y se sentó a su derecha. Tenían casi una hora de retraso en la rutina diaria, y ambas se veían cansadas después de una tarde soporífera con tres reuniones ejecutivas. Sobre todo Maruja, que la noche anterior había tenido fiesta en su casa y no pudo dormir más de tres horas. Estiró las piernas entumecidas, cerró los ojos con la cabeza apoyada en el espaldar, y dio la orden de rutina:
-A la casa, por favor.
Regresaban como todos los días, a veces por una ruta, a veces por otra, tanto por razones de seguridad como por los nudos del tránsito. El Renault 21 era nuevo y confortable, y el chofer lo conducía con un rigor cauteloso. La mejor alternativa de aquella noche fue la avenida Circunvalar hacia el norte.

INCIPIT 872. EL ESCANDALO DEL SIGLO / GABRIEL GARCIA MARQUEZ


EL BARBERO PRESIDENCIAL
En la edición de un periódico de gobierno apareció hace algunos días el retrato del Excmo. Sr. Presidente de la República, Mariano Ospina Pérez, en el acto inaugural del servicio telefónico directo entre Bogotá y Medellín. El jefe del Ejecutivo, serio, preocupado, parece en la gráfica rodeado por diez o quince aparatos telefónicos, que parecen ser la causa de ese aire concentrado y atento del presidente. Creo que ningún objeto da una impresión más clara de hombre atareado, de funcionario entregado por entero a la solución de complicados problemas disímiles, como este rebaño de teléfonos (y pido, entre paréntesis, un aplauso para la metáfora, surrealistamente cursi) que decora la gráfica presidencial. Por el aspecto de quien hace uso de ellos, parece que cada receptor comunicara con uno distinto de los múltiples problemas de estado y que el señor presidente ;e viera precisado a estar durante las doce horas del día tratando de encauzarlos a larga distancia desde su remoto despacho de primer magistrado. Sin embargo, a pesar de esta sensación de hombre incalculablemente ocupado, el señor Ospina Pérez sigue siendo, aun en la fotografía de que me ocupo, un hombre correcto en el vestir, cuidadosamente peinados los hilos de sus nevadas cumbres, suave y liso su mentón afeitado, como un testimonio de la frecuencia con que el señor presidente acude a la íntima y eficaz complicidad del barbero. Y en realidad, es esta la pregunta que me he  formulado al contemplar la última fotografía del mandatario mejor
afeitado de América: ¿Quién es el barbero de palacio?

PLAÑIDERAS


El escándalo del siglo, García Márquez, p. 50
El teatro de las plañideras
Las plañideras no intervienen para dolerse del muerto, sino en homenaje a los visitantes notables. Cuando la concurrencia advierte la presencia de alguien que por su posición económica es considerado en la región como un ciudadano de méritos excepcionales, se notifica a la plañidera de turno. Lo que viene después es un episodio enteramente teatral: las propuestas comerciales se interrumpen, las doncellas suspenden el doblaje del tabaco y sus aspirantes la molienda de café; los hombres que juegan al 9 y las mujeres que atienden los fogones y los ventorrillos se vuelven en silencio, expectantes, hacia el centro del patio, donde la plañidera, con los brazos en alto y el rostro dramáticamente contraído se dispone a llorar. En un largo y asaetado alarido, el recién llegado oye entonces la historia; con sus instantes buenos y sus instantes malos, con sus virtudes y sus defectos, con sus alegrías y sus amarguras; la historia del muerto que se está pudriendo en el rincón, rodeado de cerdos y gallinas, boca arriba sobre dos tablas.
Lo que al atardecer era un alegre y pintoresco mercado, en la madrugada empieza a voltear hacia la tragedia. La artesa ha sido llenada varias veces y varias veces consumido su torcido aguardiente. Entonces se le forman nudos a las conversaciones, al juego y al amor. Nudos apretados, indesatables que romperían para siempre las relaciones de aquella humanidad intoxicada, si en este instante no saliera a flote, con su tremendo poderío la contrariada importancia del muerto. Antes del amanecer alguien recuerda que hay un cadáver dentro de la casa. Y es como si la noticia se divulgara por primera vez, porque entonces se suspenden todas las actividades y un grupo de hombres borrachos y de mujeres fatigadas, espantan los cerdos, las gallinas, ruedan las tablas con el muerto hacia el centro de la habitación, para que rece Pánfilo.
Pánfilo es un hombre gigantesco, arbóreo y un tanto afeminado, que ahora tiene alrededor de cincuenta años y durante treinta ha asistido a todos los velorios de La Sierpe y ha rezado el rosario a todos sus muertos. La virtud de Pánfilo, lo que lo ha hecho preferible a todos los rezadores de la región, es que el rosario que él dice, sus misterios y sus oraciones, son inventados por él mismo en un original y enrevesado aprovechamiento de la literatura católica y las supersticiones de La Sierpe. Su rosario total, bautizado por Pánfilo, se llama “Oración a nuestro Señor de todos los poderíos”.

DEL GATO

Qwertyuiop, Sánchez Felosio, p. 480
En cuanto al gato, si bien respecto de él la saga es, en sus dispersas y múltiples versiones, bastante más oscura y fragmentaria que en lo que al perro se refiere, parece ser que fue en principio su rival de merodeo y que su situación empeoró notablemente cuando el perro fue acogido por el hombre, supuesto que ya no sólo contra fuerza, sino también contra derecho tuvo que disputarle los despojos, hasta el día en que a su vez -recuperando de nuevo la perdida igualdad de condiciones en la querella originaria, desde ahora por ambas partes transferida a equitativo estado de derecho, y perpetuada en el seno de la casa- se vio integrado, con un cometido propio y peculiar, en la familia de los hombres, gracias a la calamitosa aparición de otros dos parásitos que, por su parte, irreductibles y orgullosos, vienen perseverando hasta nuestros días al margen de la ley: la rata y el ratón. De modo, pues, que de las dos grandes clases en que, según su procedencia, la fauna doméstica se puede y aun se debe dividir, el perro constituiría con el gato, frente a la clase de los «habidos por captura” -herbívoros ungulados en su mayoría-, la de los «parásitos integrados”; y que, en sus líneas generales, el mito no nos miente en este punto podría probarlo el hecho de que cuando, por adversas circunstancias, tienen que hacerse cimarrones, los segundos se mantienen en el parasitismo mientras que los primeros, como es notorio al menos del caballo, retornan a una vida silvestre y alejada de toda relación con los humanos, cual si una y otra clase quisiese demostrarnos, en la distinta forma de semejante regresión, cuál fue el estado y condición que precedió inmediatamente a su domesticidad. Entre los gatos cimarrones son famosos los que aún hoy, suscitando en algunos la piedad y en otros la repugnancia y el escándalo, pueblan las ruinas de la ciudad de Roma; y en lo que atañe a perros, pueden leerse con provecho las impresionantes páginas de Brehm sobre los perros de Constantinopla y los de Alejandría, igualmente parásitos al par que cimarrones, que al menos por los años en que este gran maestro compilaba su célebre Tierleben infestaban todavía calles y ruinas de aquellas dos decaídas y antiquísimas metrópolis.

DE LOS ORIGENES DEL PERRO


Qwertyuiop, Sánchez Felosio, p. 479
El perro se hizo amigo del hombre de la siguiente manera. Siempre hubo dos clases principales de animales carniceros: carniceros de asalto y carniceros de emboscada; los segundos, a quienes posteriormente vino a dárseles el nombre de felinos, podían, merced a la eficacia prensara de sus zarpas, afrontar individualmente el agarre de la presa, a diferencia de los primeros, que, privados de tan útil instrumento, se veían constreñidos a asociarse en aquel lance decisivo de la caza y de la supervivencia y vinieron a hacerse de gregaria condición y consiguientemente más prolificos. De entre éstos, con el perro, los más famosos son el lobo y el coyote, la hiena y el chacal; pues con respecto al zorro hay que decir que intentó y consiguió con excelentes resultados pasarse a carnicero de emboscada, camino que, habida cuenta de la inferior circunstancia de sus uñas, fue tenido por harto meritorio y le valió ser puesto por dechado y figura de la astucia misma. El perro, pues, que, como algunos otros de su clase, llevaba una existencia desgraciada desde que el hombre, que se multiplicaba y esparcía sin proporción, le iba usurpando el territorio y diezmando la madre de la caza, tuvo al fin -cada vez más apretado por el hambre—que irse reduciendo a la condición de merodeador de campamentos, convirtiéndose en parásito de su propio expoliador y alimentándose de los despojos de aquella misma presa que con sus propios colmillos habría, tal vez, preferido degollar; y aunque tampoco falten quienes más a pereza se lo achaquen que a rigurosa constricción, el caso es que si bien, en efecto, por entonces al principio su papel se limitó al de mero huésped de segunda mesa que aguardaba pasivo a la salida del banquete -tal vez por no saber otra cosa todavía sino que la caza se había hecho en los bosques más rara y más huraña cada vez, y sólo allí podía encontrar, sin conocer tampoco por qué artes le llegaba, con qué aliviar sus hambres-, no es menos cierto que más adelante fue sacando el ovillo por el hilo y comenzó a fijar su atención en los alborotados retornos de los cazadores, aprendiendo a mirar hachas y lanzas como seguros heraldos de una próxima comida, con lo que, siguiendo ya cada vez con mayor interés cualquier aparición y movimiento de tan faustos indicios y señales, vino al fin, igualmente, a reparar en las aparatosas partidas de las expediciones venatorias y, estimando tal vez que si perdía de vista hachas y lanzas perdería de igual modo el buen augurio que su simple figura comportaba, fue a ponerse a la zaga del tropel de cazadores y los siguió hasta el encuentro con la caza, sin atreverse a otra cosa, de momento, que a conservarlo siempre al alcance de la vista y seguirlo día y noche por montes y cañadas. Hasta que, habiendo penetrado la causa y el efecto de aquellas aventuras, el interés, la impaciencia, la solidaridad de la intención, ya no le consintieron mantenerse a raya por más tiempo cual mero espectador, y osó irrumpir animosamente en la palestra; intromisión que bien poco tardó el hombre en dejar de estimar inoportuna, antes reconociendo, en cambio, hasta qué punto hábilmente aprovechada podría llegar a sede de grande utilidad -ya que, anunciada sin tregua en las más densas espesuras por el clamor de los ladridos y rastreada por el olor de sus pisadas hasta el más apartado perdedero, ninguna presa habría ya de zafarse de su persecución-, resolvió que no más pedradas, desde entonces, contra el merodeador cuando en hambrienta turba se apiñaba en derredor del campamento, sino que los despojos, antes siempre  arrojados, simplemente por deshacerse de ellos sin preocuparse de quien se los comiese o dejase de comer, le fuesen especialmente destinados e inclusive aumentados cada vez que la suerte o la abundancia así lo permitiesen.

DEL NACIONALISMO


Opinión, locura, sociedad, Theodor W. Adorno
La forma característica de la opinión absurda es, hoy, el nacionalismo. Brota, con nueva virulencia en todo el mundo, en una era en que sea por el nivel alcanzado por las fuerzas de producción técnicas, sea por la determinación unitaria de la tierra como planeta, ha perdido, por lo menos en los países desarrollados, todo fundamento en los hechos, habiéndose convertido completamente en una ideología, como en realidad siempre lo fue. En la vida privada, el autoelogio y las actitudes parecidas son consideradas inconvenientes, en cuanto las manifestaciones de este tipo revelan demasiado la supremacía lograda en el individuo por el narcisismo. Cuando más aprisionado está el individuo en sí mismo y cuando más empeñados están, fatalmente, en promover los intereses egoístas que, necesariamente, se constituyen en esa actitud, y cuyo tenaz poderío justamente se refuerza con ella, con tanto mayor cuidado deberá ocultar el principio de su acción, o disimular, que, como rezaba el slogan nacional-socialista, el provecho común deriva del beneficio de cada cual. Justamente, es la fuerza del tabú contrario al narcisismo individual la que, al reprimirlo, da al nacionalismo su fuerza más perniciosa. En la vida de la colectividad las cosas no pasan conforme a las reglas que rigen las relaciones entre los individuos. Basta comprobar que en cualquier partido de fútbol, la población nativa va a celebrar siempre, despreciando los derechos de los huéspedes, al equipo propio; Anatole France, el escritor considerado, por algún motivo, hoy como canallesco, ya verificó en La Isla de los Pingüinos que toda patria siempre está por encima de todas las otras en el mundo. Sería necesario tornar en serio las normas de la vida privada burguesa y darles   valor de sociales. Pero un intento tan bien intencionado pasa por alto la imposibilidad de lograrlo, mientras reinen condiciones que, al imponer a los individuos tales renuncias, defraudan en forma tan permanente su narcisismo, los condenan en tal medida a la impotencia, que están condenados a recaer en el narcisismo colectivo. A modo de sucedáneo, el nacionalismo les devuelve, como individuos, parte del propio respeto que la colectividad les sustrae y cuya recuperación esperan de ella, al identificarse ilusoriamente con la misma. La creencia en la nación es, más que cualquier otro prejuicio emocional, la opinión como fatalidad: la hipóstasis al nivel de bien supremo en general de lo que de hecho nos pertenece, de la situación en que se está ocasionalmente.

INCIPIT 871. REBECA / DAPHNE DU MAURIER


Anoche soñé que volvía a Manderley. Me encontraba ante la verja del parque, pero durante unos momentos no podía entrar. La puerta estaba cerrada con cadena y candado. Llamé en sueños al guarda, pero nadie me contestó, y cuando miré detenidamente a través de los  barrotes mohosos de la verja, vi que la caseta estaba abandonada.
No salía humo de la chimenea y las ventanucas y sus celosías bostezaban en su abandono. Entonces, como todos los que sueñan, me sentí de repente dotada de una fuerza sobrenatural y atravesé como un espíritu la barrera que me detenía. El camino serpenteaba ante mí,  retorcido y tortuoso como siempre, pero según avanzaba, noté que había cambiado; ahora era estrecho y estaba descuidado, no como yo lo había conocido. Al principio me extrañó y no lo comprendía; pero cuando tuve que bajar la cabeza para no tropezar con una rama que cruzaba el camino, me di cuenta de lo ocurrido. La naturaleza había reconquistado lo que una vez fue suyo y, poquito a poco, con sus métodos arteros e insidiosos, había invadido el camino,  extendiendo por él sus dedos largos y tenaces. El bosque, siempre amenazador, incluso en tiempos pasados, había triunfado al fin. Oscuro y salvaje, llegaba hasta los bordes del camino. Las hayas, de tronco blanco y desnudo, se inclinaban las unas hacia las otras y entrelazaban sus ramas en un extraño abrazo, formando sobre mi cabeza una bóveda como la de la nave de una iglesia. Vi otros árboles mezclados con las hayas, que no reconocí: robles achaparrados y olmos retorcidos que habían nacido de la tierra silenciosa, junto a las plantas y arbustos disformes de los que tampoco me acordaba.

INCIPIT 870. FRAGMENTO DE VIDA / ARTHUR MACHEN


En el momento de despertar, Edward Darnell estaba soñando con un bosque arcaico y un límpido manantial que se alzaba en nieblas y vapores bajo un calor que volvía trémulo el paisaje; y, al abrir los ojos, vio que la habitación estaba inundada de sol y que la luz centelleaba en los muebles nuevos recién barnizados. Se dio la vuelta y vio que su mujer no estaba en la cama. Aún confuso y maravillado por el ensueño, que se le demoraba en el recuerdo, se levantó también y empezó a vestirse aprisa, pues se había despertado un poco tarde y el autobús pasaba por su esquina a las 9. 15. Era un hombre alto y delgado, de cabello y ojos oscuros y, a pesar de la rutina de la City, de pasarse el día contando cupones y de los trabajos aburridos y mecánicos

INCIPIT 869. HOY, JUPITER / LUIS LANDERO


¿Posees ya uso de razón?
Cuando recuerda su pasado, la memoria siempre se detiene en la tarde en que estaba sentado a la sombra del eucalipto tutelar y oyó unos pasos grandes y apresurados que venían hacia él. No había tenido apenas tiempo de empezar a jugar. Aquellas piedrecitas eran todas jinetes, pero aún no había decidido si se trataba de árabes o de cowboys, si llevaban arcos o  revólveres, y si estas cortezas formaban un fuerte o un castillo. O quizá eran bárbaros surgidos del Oriente y toda esta extensión significaba una estepa, y sería invierno. Oía, e imitaba con la voz, la crecida multitudinaria, el retumbar de los cascos, el fragor del avance, las cometas, los gritos, los disparos, los relinchos, el zumbar de las flechas, y veía el tremolar de las banderas entre el polvo, las pellicas al aire, las insignias, las cabelleras, los plumajes. Todo encorajinado por la velocidad y el viento. O quizá eran los bandidos que mandaba el capitán Fosco, y en ese caso él, Dámaso Méndez, sería el defensor del fuerte. Y en esas fantasías estaba cuando oyó acercarse los pasos largos y resueltos, cada vez más poderosos, hasta que se detuvieron junto a él. Ahora se percibía bajo las suelas de las botas el leve crepitar de la arena y de las hojas y semillas resecas tras el largo verano.
-¿Qué haces otra vez tirado ahí en el suelo?
Dámaso salió del ensueño, pero por un instante una fina película de irrealidad se interpuso entre sus ojos y las cosas.
-Nada, estaba jugando.
-¿A qué?

BENJAMIN


Poesía y capitalismo, Walter Benjamin, p. 190
Balzac fue el primero que habló de las ruinas de la burguesía. Pero es el surrealismo el que primero ha abierto sobre ellas una perspectiva. El desarrollo de las fuerzas de producción hizo que se derrumbaran los símbolos optativos del siglo pasado antes de que se desmoronasen los monumentos que los representaban. En el siglo diecinueve ese desarrollo ha emancipado del arte a las formas configurativas, igual que en el siglo dieciséis las ciencias se liberaron de la filosofía. El comienzo lo marca la arquitectura como construcción de ingeniería. Sigue la reproducción de la naturaleza como fotografía. La creación de la fantasía se prepara para convertirse prácticamente en publicidad. La creación literaria se somete en el folletón al montaje. Todos estos productos están a punto para dirigirse al mercado como mercancía. Pero vacilan en el umbral. Los pasajes y los interiores, los panoramas y los pabellones de las exposiciones proceden de esta época. Son residuos de un mundo imaginario. Valorar en la vigilia estos elementos .de ensueño es un ejercicio escolar del pensamiento dialéctico. Por eso el pensamiento dialéctico es el órgano del despertar histórico. Cada época no sólo sueña la siguiente, sino que soñadoramente apremia su despertar. Lleva en sí misma su final y lo despliega -según Hegel- con argucia. Antes de que se desmoronen empezamos a reconocer como ruinas los monumentos de la burguesía en las conmociones de la economía mercantil.

UNA CIUDAD COMO LONDRES



La situación de la clase obrera en Inglaterra, Engels
Una ciudad como Londres, en la que se puede caminar horas enteras sin llegar siquiera al comienzo del fin, sin topar con el mínimo signo que permita deducir la cercanía de terreno abierto, es cosa muy peculiar. Esa centralización colosal, ese amontonamiento de tres millones y medio de hombres en un solo punto han centuplicado la fuerza de esos tres millones y medio ... Pero sólo después descubrimos las víctimas que ... ha costado. Vagabundeando durante un par de días por las adoquinadas calles principales es como se advierte que esos londinenses han tenido que sacrificar la mejor parte de su humanidad para consumar todas las maravillas de la civilización de las cuales su ciudad rebosa; se advierte también que cientos de fuerzas, que dormitaban en ellos, han permanecido inactivas, han sido reprimidas ... Ya el hormigueo de las calles tiene algo de repugnante, algo en contra de lo cual se indigna la naturaleza humana. Esos cientos, miles que se apretujan unos a otros, ¿no son todos ellos hombres con las mismas propiedades  y capacidades y con el mismo interés por ser felices? ... Y sin embargo corren dándose de lado, como si nada tuviesen en común, nada que hacer los unos con los otros, con un único convenio tácito entre ellos, el de que cada uno se mantenga en el lado de la acera que está a su derecha, para que las dos corrientes de la aglomeración, que se disparan en uno y otro sentido, no se detengan una a otra; a ninguno se le ocurre desde luego dignarse echar una sola mirada al otro. La indiferencia brutal, el aislamiento insensible de cada uno en sus intereses privados, resaltan aún más repelente, hirientemente, cuanto que todos se aprietan en un pequeño espacio

NORMAS


Hoy, Júpiter, Luis Landero, p. 435
Así se lo contó a Dámaso, mientras bebían en la trastienda, cuando salió a cuento el viejo asunto de la felicidad. «Cuando yo era muy joven, hice un estudio de lo más erudito sobre ese tema», comenzó diciendo, con un tono desenfadado que no excluía un eco emotivo de seriedad. Le contó lo que había significado para él la relectura de la carpeta tantos años después, recitó y comentó algunas citas magistrales, y finalmente, a la cuarta cerveza, enumeró aquellas cuatro fórmulas sencillas e inocentes, con un cierto tufo a filosofía de magazine, es verdad, pero que, bien entendidas, podían ser eficaces para alcanzar, si no la felicidad, sí al menos el modo de protegerse del asalto de ciertas fuerzas oscuras que conspiraban contra ella. Se sentía bien hablando con aquel hombre que escuchaba con una especie de confiada y humilde obstinación.
La primera norma decía así: «Ser en acto». Cuántas veces nos dejamos embaucar por la nostalgia y las culpas del pasado o por las ilusiones y amenazas del porvenir. Y no, no había que escuchar esos cantos de sirena que trabajan para nuestra perdición. Era pecado sacrificar un hoy mediano a un mañana magnífico o a un ayer cuyas miserias y esplendores ya no tienen una segunda oportunidad de enmienda o de celebración salvo en el vano y atormentado mundo de la fantasía. Debemos de acabar de una vez para siempre con la edad de las hadas y de los ogros. iAcción, acción! No ser la flecha en el arco ni la vela a la espera del viento. Y habló apasionadamente de Hamlet, de Vania, del «carpe diem», del “ubi sunt?”, y de todas esas cosas que todos saben y pregonan pero que todos desatienden. Dámaso asentía con una expresión reconcentrada. «Cierto», fue todo cuanto dijo al finalizar Tomás su exposición. Ahora, al decir en alto lo que había pensado con tanta convicción en la intimidad, le pareció que todas aquellas normas eran pura palabrería. Se sintió un vulgar charlatán de feria. Obviedades, lugares comunes, filosofía de sobremesa y baratillo.
La segunda norma decía: “Aligerar el yo», y también él empezó a aligerar su discurso. A veces nos tomamos demasiado en serio a nosotros mismos, cuando en verdad no hay mejor consuelo que ocuparse del mundo y olvidarse del yo. Tanta belleza y horror como había por todas partes, tanta gente que conocer y caminos que andar, y siendo además la vida tan breve, tan incierta, ¿no era ridículo andar mirándose el ombligo y escarbando en la madriguera del yo, del uno mismo, entre engreído y torturado? La tercera norma completaba a las anteriores: “Fijar la mirada», que era tanto como ocuparse de las cosas concretas de nuestro alrededor, de nuestro mundo, de aquello que nos hace por fuerza originales, evitando lo genérico y lo abstracto, que por ser de todos no es de nadie. Y la cuarta, sobre la que no había nada que comentar por su propia elocuencia, era la cosa más sencilla del mundo: “Ser en todo momento dulce, grave y sincero».

LA FELICIDAD


Hoy, Júpiter, Luis Landero, p. 314
Ahora cobraba sentido todo aquel severo y clásico laconismo que entonces no era sino una retahíla de buenos propósitos, de frases irrebatibles por su misma rotundidad, y acaso seleccionadas y leídas con un propósito más estético que moral. Qué ilusas eran aquellas altas normas de conducta, pero también qué verdaderas y qué doctas. No aparentar nunca más de lo que se es. Hablar sólo cuando tengas algo que decir, y no como tú que eres un puto charlatán. Desde allí, renunciaba para siempre al caudal de palabras, a todo ese bazar de baratijas con el que tanto le gustaba mercadear. Y lo mismo a la hora de escribir: un estilo justo, sobrio y certero. Y embridar siempre el pensamiento, ocupándolo en asuntos concretos, para que no se desboque hacia difusas y torpes entelequias, tal como recomendaba Montaigne. Pues estar en todo es el modo más seguro de  no estar en nada. Pero en la misma hoja, escrito de través en un margen, leyó: “Felicitate corrumpitur” (Tácito). La felicidad corrompe. Se quedó absorto, con un vago reconcomio en algún  rincón de la mente. iQué querría decir Tácito con esas palabras tan inquietantemente mancornadas? Aunque, por otro lado, las entendía, cómo no, si él siempre se declaró romántico en lo esencial y había exaltado como un privilegio y un don la melancolía y la arrogancia ante la estupidez humana y el horror de existir ...
Pero ahora tenía otra edad, otras vivencias. Y la suficiente sabiduría y templanza para no dejarse corromper por la felicidad. Un sereno vivir, una dulce ironía en la expresión, y en la mirada la lejanía sin patria del viajero que regresa al hogar colmado de experiencias, pero con un poso de escepticismo que relativiza cualquier conocimiento que no sea la inocencia inicial con la que un día partió en busca de fortuna. Sí, ya era hora de ir limpiando el alma de tópicos y excrecencias tontamente librescas.

POTLACH


Qwertyuiop, Sánchez Ferlosio, p 180
La mano visible
Cuando, hará más de treinta años, conocí la Teoría de la clase ociosa, de Thorstein Veblen, en la que, como es sabido, se señala y analiza la función socialmente ostentatoria del lujo, o sea lo que éste tiene, no ya de bien que se disfruta, sino de valor que se exhibe como signo de la propia capacidad, el propio mérito y el propio rango (o, por usar la escueta forma medieval, el propio «más valer”), me saltó la observación -y no sé si objeción- de que el dispendio suntuario por sí mismo no se daba tan sólo en los estratos más acomodados de la sociedad, sinO también en los absolutamente más indigentes. Aún más, para los propios habitantes de chabolas, al menos de aquel tiempo (años 1950-1960), los gastos ostentatorios de un bautizo, de una primera comunión o de una boda, incluso comportando sin duda un sacrificio económico proporcionalmente muy superior (y cualitativamente más sensible, por más ceñido al límite de la mera subsistencia) al que pudiese significar, siempre en valores relativos, el de los mucho más cuantiosos dispendios hechos en esas mismas ceremonias por las clases más acomodadas, eran, no obstante (quiero decir para aquellos chabolistas),más obligados que para éstas, más apretadamente inexcusables. Sin embargo, si se repara en que la estratificación socioeconómica de las comunidades de pertenencia apareja criterios de comparación y equiparación horizontal y en que, por tanto, «pertenecen” -ser aceptado entre «los propios”- exige equipararse, no extrañará que la presión de los cánones suntuarios del nivel correlativo llegue a ser máxima precisamente en el estrato ínfimo, allí donde el  equipararse, el «no ser menos”, equivale a “no ser menos que los últimos”, pues por debajo no queda, socialmente, más que el suelo: «no ser nadie», ser «un muerto de hambre».  Reveladora, respecto del sentido de la «pertenencia», es esta última expresión, que se oye, por cierto, exacta, entre -los italianos: morto di fome, por cuanto no alude tanto al realmente amenazado por la muerte física por inanición cuanto al que, reducido al más estrecho nivel de subsistencia y por tanto incapaz de sustentar cualquier signo social de condición humana, es un muerto civil, es decir, «nadie».

CONTRA UN PADRE NO HAY RAZON


Qwertyuiop, Sánchez Ferlosio, p. 164
(Como puede observarse en los secesionistas de una nación, toda autoafirmación tiene que respirar enemistad.)
Hay hijos que cara a cara se muestran más o menos sometidos a los deseos o el parecer de los padres y después, a solas en su cuarto, lo vuelven a pensar y se muerden rabiando los nudillos, indignados contra su vergonzosa sumisión. Otros que, por el contrario, en el diálogo abierto con los padres expresan a voces su cólera contra las contenidamente pacientes y morosamente razonables consideraciones, intercaladas por brevísimos pero claros estallidos de presión, que tratan de conducirlos, aunque sea arrastrando, hacia una determinada opción de conducta, y luego, ya metidos en la cama, empiezan a sentirse culpables de sus manifestaciones de violencia, y no está dicho que a veces no acaben incluso incubando un fervoroso deseo de inclinarse hacia el pensar y el sentir de sus progenitores; y, en casos como éste, ¿quién podría responder a la pregunta de si han sido convencidos o sometidos?
La voz de los padres no podría nunca oírse como la voz virtual que oímos en las páginas de un libro; la analogía con esas voces puede ilustrar la diferencia que media entre la influencia de los padres y la influencia de un autor remoto. A lo cual no hace objeción alguna, sino todo lo contrario, el que un autor pueda llegar a tener una influencia decisiva sobre cualquier lector y cobrar, a su vez, autoridad, puesto que la diferencia entre esta autoridad y la de los padres está en que la del autor es, en principio, racional, en la medida en que es posterior a la lectura y se funda en el contenido y la opinión, mientras que la autoridad de los padres tiene la gratuidad de ser anterior y ajena a cualquier contenido racional. Miguel de Unamuno se indignaba ante aquel dicho castellano que decía: «Contra un padre no hay razón”, y no creo no se diese cuenta de que la maldad del dicho no reside más que en consagrar y elevar a imperativo lo que real e inevitablemente ocurre.

INCIPIT 868. LOS ANGELES FEROCES / JOSE OVEJERO

Ese chico que está ahí parado con una piedra en la mano podrías ser tú o cualquier otro. Desde esta distancia no queda claro si sonríe o si tan sólo entrecierra los ojos a causa del humo que sale de un contenedor de basuras en llamas. Su cuerpo refleja cierta lasitud, sorprendente en ese momento en el que la escena podría romperse por mil sitios, porque la amenaza lleva ahí demasiado rato y no creemos que vaya a tardar en desencadenarse la violencia.
Tiene clase, a su estilo, es decir, con ese estilo que incluye el cuero, los pendientes, descuido en el calzado y algún tatuaje no demasiado llamativo, apenas un signo, una afirmación de pertenencia. Y el mitón de cuero trenzado que protege la mano con la que empuña la piedra podría haber salido del cajón de su abuelo, de una tienda de moda vintage o de un basurero.
No está solo y sin embargo lo está. Es verdad, han ido llegando por decenas primero, después por cientos, y ahora son miles, pero no forman un auténtico grupo; no corean consignas ni cantan ni hay en ellos nada festivo o comunitario. La desesperación convierte su presencia en un asunto personal; esa rabia no es compartida sino que se multiplica en cada uno de ellos como una imagen sobre un espejo hecho añicos.

Aunque algunos son tan jóvenes que no es probable que los haya llevado allí la desesperación, y de hecho son los que parecen más felices, sonríen, se empujan, se apresuran, como sí acudiesen a un estadio y no a una confrontación violenta. 

DE LA COMIDA

Los ángeles feroces, José Ovejero, p. 262
Se imaginó parte de una cadena que atravesaba milenios, remontándose a los grandes saurios que despedazaban entre enormes incisivos restos vegetales junto con trozos de cadáveres, tejidos musculares, entrañas, grasa; vio a un buitre dando tirones con el pico de un tendón que asomaba por el cuello desgarrado de un herbívoro que aún pateaba el aire , vio a un individuo de frente huidiza y enormes arcos supraciliares sorbiendo la médula de un hueso mientras la baba le caía por la barbilla, se vio a sí mismo estrujando entre los dientes la guinda del martini, vio el líquido rojo, la masa espachurrada que pasaría al bolo alimenticio. Contuvo una arcada y se dijo: nunca más volveré a comer. No es un idiota, Cástor, así que aunque se negase a comer, sí consumía líquidos con valor nutritivo; caldos de carne y de verduras, sopas frías, refrescos, vino, chocolate a la taza. Nunca se había parado a pensar cuánto tiempo se ahorra si se prescinde de la comida. Sus compañeros lo miraban con una mezcla de admiración y miedo. Cástor no come, se decían, casi se susurraban en los pasillos de los ministerios, y no sabían cómo interpretarlo, pero sí discernían el celo con el que trabajaba, una especie de ferocidad que ponía en cada gesto, en cada frase, en gestiones que, sin esa tensión, habrían parecido insignificantes. Todavía piensa Cástor que parte de su carrera se la debe a la reverencia que provocaba su renuncia a comer.

Pero hace años de eso. Ni siquiera sabría decir cuándo volvió a ingerir alimentos sólidos; probablemente la transición fue lenta, unas aceitunas con una bebida, algunos tropezones en una sopa. Y aunque aún hay empleados que creen que Cástor sólo se alimenta de líquidos o del aire o de sangre humana, la verdad es que no hay razón para que renuncie a ese placer; porque Cástor se ha dado cuenta de que comer es también una manera de ejercitar el poder; él había necesitado la fuerza del anacoreta para ir acumulando informaciones, expedientes y tareas: pero más tarde el poder que necesitas es otro, es poder directo sobre la gente, saber cortocircuitar sus canales de comunicación, conocer las debilidades de éste y los rencores de aquél, y para ello es necesario salir, encontrarse, comer juntos. Invitar a comer es crear dependencias. Pero además, el hecho de exigir que pongan ante ti un plato de precio desproporcionado y devorarlo sin dejar restos es una demostración de quién eres, de lo que puedes hacer con vegetales, animales, productos elaborados, recursos naturales, de una dentellada engulles meses de fotosíntesis, células que se multiplican y se especializan, energía solar, funciones metabólicas, cadenas genéticas que interrumpes de un mordisco y empujas tráquea abajo junto con años de crecimiento vegetal, maceraciones, destilaciones, envejecimiento en barrica de acero. Comer es mostrar  al mundo quién coño manda aquí.

DE LA POLITICA

Los ángeles feroces, José Ovejero, p. 260
Cástor se olvidó de comer. Eran años complicados; había sido subsecretario de algo y acababa de ser ascendido a secretario de otra cosa. No lo digo yo así por desprecio a la política, es él quien lo habría dicho. Para él la actividad política no estaba ligada a un contenido. A partir de cierto nivel da igual en lo que trabajes: puedes pasar de asuntos sociales a política energética o a cuestiones de interior. Nadie espera que seas un experto; tu función es imponer medidas que otros elaboran, descabezar a la disidencia, presentar el producto de forma atractiva, mostrar capacidad de decisión, perspectiva, visión de futuro. Así que a Cástor le daba igual la materia con la que trabajaba, porque la auténtica materia era el poder. Lo digo con la misma ecuanimidad que habría mostrado Cástor, del que se pueden decir muchas cosas, pero es un hombre ecuánime que no se engaña; sí engaña a otros porque eso es absolutamente imprescindible. Cástor siempre cuenta cuál fue la clave del gran éxito de los nazis -a veces tiene que explicar a quienes le escuchan, si son muy jóvenes, quiénes eran los nazis, se ha habituado a ello-. La clave era dar a los alemanes lo que querían pero prometiéndoles algo distinto. Algo que pudieran aceptar con buena conciencia: la familia, la nación, el futuro, nuevos valores. Y a cambio les daban venganza, les daban eliminación de la competencia, les daban control. Pero casi nadie habría votado a un partido que les hubiera dicho directamente que gasearía a hombres, mujeres y niños, que repartiría sus despojos entre los alemanes, que llevaría a los hijos de los alemanes a morir en la guerra.

Cástor, a su modesto nivel, hace lo mismo. Promete lo que quieren oír los demás, no porque vaya a dárselo ni porque los demás lo esperen, sino para no tener que hablar de aquello que todos desean. El arte de la política no es mentir, tampoco ser sincero, sino saber qué se puede decir y qué no.

SHAKESPEARE

Banderas sobre el polvo, William Faulkner, p. 226
-¿Le has escrito con frecuencia?
-Las mujeres se dan cuenta de que las cartas sólo sirven para enlazar acciones, como los entreactos en las obras de Shakespeare -siguió él, sin atender a la pregunta-. Y, ¿has - conocido alguna vez a una mujer que leyera a Shakespeare sin saltarse los entreactos? El mismo Shakespeare lo sabía, y por eso no puso a ninguna mujer. Que los hombres practiquen sus frases ampulosas, haciéndose unos eco de otros, mientras las mujeres se quedan entre bastidores lavando los platos de la cena y acostando a los niños.
-Nunca he conocido a una mujer que leyera a Shakespeare -corrigió Narcissa-. Habla  demasiado.
Horace se levantó y poniéndose a su lado le palmeó la oscura cabeza.
-Oh, profundidad -dijo-. Has reducido toda la sabiduría a una frase y medido vuestro sexo por la estatura de una estrella.
-Como quieras, pero es cierto que no lo leen –repitió ella, alzando la cabeza.
-¿No? ¿Y por qué no? -acercó a la pipa otra cerilla encendida, mirando a Narcissa por encima de sus manos ahuecadas, tan serio como ella, con serena avidez, como un pájaro que se dispone a atacar-. Vuestro Arlen y vuestro Sabatini hablan muchísimo, y nadie ha tenido nunca más que decir y más problemas para decirlo que el bueno de Dreiser.
-Pero tienen secretos -explicó ella-. Shakespeare no tiene ningún secreto. Lo cuenta todo.
-Y a entiendo. Shakespeare no sabe discriminar y le falta el sentido de la reticencia. En otras palabras, no es un caballero -sugirió Horace.
-Sí... Eso es lo que quería decir.

-Por lo tanto, para ser un caballero, hay que tener secretos.

SNOPES

Banderas sobre el polvo, Willaim Faulkner, p. 222
-¿No ha vuelto Snopes contigo? -preguntó.

Este Snopes era un joven, miembro de una familia al parecer inagotable, que durante los diez o doce últimos años había ido emigrando a la ciudad poco a poco desde un pequeño pueblo conocido como Frenchman' s Bend. Flem, el primero de los Snopes, había aparecido un día, sin llamar la atención y sin provocar la menor alteración en la vida de la ciudad, tras el mostrador de un pequeño restaurante en una calle sin importancia, que frecuentaban los campesinos. Con este apoyo y como Abraham en tiempos pretéritos, fue trasladando a su familia a la ciudad, pieza a pieza. El mismo Flem era ya gerente de la central eléctrica y del suministro de agua a la ciudad y durante algún tiempo también había sido una especie de factotum de la alcaldía. Tres años antes, para sorpresa y consternación del viejo Bayard Sartoris y a pesar de su evidente disconformidad, se había convertido en vicepresidente de su banco, donde un pariente suyo era ya contable. Todavía conservaba el restaurante, y la tienda de lona en la parte posterior que él, su mujer y un niño pequeño habían utilizado como vivienda durante los primeros meses de residencia en la ciudad y que posteriormente servía de apeadero para los Snopes que iban llegando, hasta que se distribuían por los variados e insignificantes negocios de tercera categoría -tiendas de ultramarinos, barberías (había un Snopes, aquejado de alguna especie de invalidez, que regentaba un tostador de cacahuetes de segunda mano), etc.- donde se multiplicaban y florecían. Los residentes más antiguos, en sus hogares de estilo Jefferson y en sus decorosas tiendas y oficinas, los contemplaban divertidos al principio. Pero hacía ya mucho tiempo que esta actitud se había convertido en algo mucho más parecido a la consternación.

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia