Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

MATRIMONIO

Berta Isla, Javier Marías, p. 254
Aunque ésta no hubiera cambiado esencialmente las cosas para nosotros --quizá algo más para mí, que con ingenuidad la viví como una especie de consecución-, hay una heredada y extraña mística del matrimonio a la que casi nadie permanece inmune ni se sustrae enteramente, lo mismo que hay una mística de la maternidad. Sentimientos atávicos, seguramente. La mujer que se ha casado, el hombre que se ha casado, ya no serán nunca idénticos a los que jamás lo habían hecho. Aunque no se crea en ellas, aunque sean sencillas y se les dé apariencia de trámite, las ceremonias producen su efecto, y por eso se inventaron, supongo: para marcar una línea divisoria, establecer un antes y un después, para convertir en serio lo que no lo era, para subrayar y solemnizar. Para dar una noticia y que así ésta sea asumida, sancionada por la comunidad. ¿Acaso no se sabe siempre quién es el nuevo Rey (a menos que no haya heredero y se sucedan disputas dinásticas), y sin embargo no ha habido nunca monarca que haya renunciado, que se haya saltado una ceremonia de coronación? Puede que aquella pregunta mía tuviera más gravedad de la que yo misma le otorgaba al hacerla. 

BANDERILLERO

Berta, Isla, Javier Marías, p. 35
Berta se había rasgado las medias y le sangraba una rodilla y seguía muy atemorizada, verse con el caballo encima y la porra en el aire, a punto de abatírsele sobre la nuca o la espalda, la había dejado hecha un manojo de nervios, pese al desenlace benévolo del incidente, que a su vez la había dejado con una extraña flojera física, ese desenlace. La mezcla la agotaba momentáneamente, carecía de sentido de la orientación y de voluntad, no habría sabido hacia dónde encaminarse en aquel instante. El joven anticuado, llevándola siempre de la mano como si fuera una niña, la sacó de la zona más conflictiva a buen paso, la condujo hacia la de Las Ventas y le dijo:
-Yo vivo aquí cerca. Sube y te curamos esa herida y te calmas un rato, venga. No vas a volver así a tu casa, mujer. Mejor que descanses y te adecentes un poco. -Ahora ya no la llamó 'muchacha'-. ¿Cómo te llamas?  ¿Eres estudiante?
-Sí. De primero. Berta. Berta Isla. ¿Y tú?
-Yo Esteban. Esteban Yanes. Y soy banderillero.
Berta se sorprendió, nunca había conocido a nadie taurino, ni a los figurantes de ese mundo se los había imaginado fuera del ruedo y vestidos de calle.
-¿Banderillero de toros?

-No, de rinocerontes, a ver de qué va a ser. Dime otro bicho al que se le pongan banderillas.

K

K


A lo largo de los años logró Sancho Panza, proporcionándole en las horas de la tarde y de la noche una gran cantidad de novelas de caballería y de ladrones a su diablo, al que más tarde llamó Don Quijote, que éste se distrajese de él y que montase las fechorías más locas e inconsistentes, que sin embargo a falta de un objeto predeterminado, que hubiera debido ser Sancho Panza, no dañaban a nadie. Sancho Panza, un hombre libre. Seguía de buen ánimo, quizá por un sentimiento de responsabilidad a Don Quijote en sus andanzas y en ello tenía entretenimiento muy útil hasta su fin

TANATOIDE

Vineland, Thomas Pynchon, p. 165
-¿Qué es un tanatoide? Vale, en realidad es una abreviatura de «personalidad tanatoide». «Tanatoide» significa «como la muerte, sólo que distinto».
-¿Tú lo entiendes? -preguntó Takeshi a LO.
-Por lo que yo sé, viven todos juntos, en edificios de apartamentos tanatoides, o en casas tanatoides en pueblos tanatoides. Vivienda modular y más bien poco amueblada, no tienen muchos estéreos, cuadros, alfombras, muebles, chucherías, vajillas, cuberterías, nada de eso, porque para qué preocuparse, ¿me equivoco, OB?
--Uh ee ahkhh uh akh uh Oomb -dijo el chaval, con la boca llena de la comida de Takeshi.
-«Pero vemos mucha tele» -tradujo LD. Mientras esperaban los datos necesarios para satisfacer sus necesidades y cumplir sus objetivos entre los a6n vivos, los tanatoides pasaban al menos parte de cada hora de vigilia coa un ojo en la tete.

-Jamás habrá una comedia situacional tanatoide -predijo Ortho Bob, lleno de confianza-, porque lo único que podrían enseñar serían escenas de tanatoides viendo la tele. Dependiendo de lo desesperado que se sintiera el espectador de ese tipo de programas, incluso aquello podría haber sido marginalmente interesante de no haber aprendido los tanatoides recientemente, antes de la profusión ininterrumpida de vídeos, a limitarse exclusivamente, como ya hacían en otras esferas, a las emociones que contribuyeran a arreglar lo que les impidiera progresar hacia la condición mortal. Entre esas emociones, constreñidos como estaban los tanatoides por la historia y por las reglas del desequilibrio y la restauración a sentir poco más que sus necesidades de venganza, la más común era con mucho el resentimiento.

LA MUERTE DE BORGES

De Borges: la posesión póstuma, de Juan Gasparini, p.105-106
Su lucidez continuaba inalterable. La mantuvo intacta hasta que en «las últimas 24 ó 36 horas» el médico lo vio desfallecer «Es como si usted va desconectando uno a uno los fusibles de la electricidad, llega un momento en que la luz se extingue cuando usted apaga un buen número. Calmadamente uno duerme, luego entra en coma, una fase donde se respira cada vez peor, se vuelve a dormir, una agonía no violenta, suave.
El apartamento de la Grand Rue donde Borges se exdnguía con sosiego le fue procurado a comienzos de junio, según la apreciacion de Balavojne «Lo llevamos Ambroset y yo. Fue como la distensión de un resorte, A los tres días falleció apaciblemente El círculo se cerraba, las defensas se distienden. La fatiga y las complicaciones de una neumonía, sumadas a una disfunción cardíaca, le hicieron perder conciencia en las últimas 18 horas, Era casi imposible despertarlo el viernes por la tarde, Yo pasé junto a él un largo momento por la noche y cuando volví a la mañana del sábado acababa de morir. El Dr, Ambroset estaba a su lado en el momento de constatar el deceso. Terminó sereno, digno, como él quería y me lo dijera, habiendo vivido dignamente, Fui yo quien firmé el certificado de defunción a las 8.15 horas del 14 de junio de 1986»,
El recelo del pavor frente a la muerte, aproximado en la entre vista que me concediera en Ginebra en 1984, no sucedió. Dos años antes de que la tuviera enfrente, avizoraba que para él, «la muerte es una esperanza, Yo espero, como dijera mi padre, morir enteramente, en cuerpo y alma, y ser olvidado también, De modo que no pienso la muerte con temor, Aunque quizá cuando llegue sea bas tante cobarde, como lo son todos». Antes de producirse la confrontación, le preocupaba «en qué lengua voy a morir, pero no se quejaba», rescata Jean Pierre Bernés. En esos instantes, no perdió el gobierno de su personalidad. Su mente se mantuvo inundada por la serenidad. En los umbrales de la fractura con la vida ningún rapto de desesperación le aniquiló principios asumidos o lo convirtió en un renegado de lo que fuera. No traicionó sus conviccio nes de agnóstico, abrazando algún credo religioso. Ningun pánico lo movió a saltar del cerco de los estoicos hacia los católicos o protestantes.

LA MUERTE DE FAULKNER

Faulkner, de Joseph Blotner, p.578
Lo dejaron instalado en su habitación y la enfermera se quedó con él. Así que Estelle y Jimno podían hacer nada más; ella le dió un beso y luego Jimmy se acercó a la cama: "Hermano Will" le dijo. A Faulkner se le iluminaron los ojos. "Cuando estés listo para volver a casa dímelo y vendré a por ti". Anteriormente su tío le habló de forma confusa y le contó cosas de sargentos y capitanes. Pero ahora le hablaba con toda claridad. "Sí Jim", dijo, "lo haré. Después de esto se fueron.
Se reanudó la rutina habitual en la primera planta. En doctor inició el tratamiento con vitaminas, Benadryl y los demás medicamentos hanitualmente indicados. Pensó que no había necesidad de analgésicos. Del otro lado del vestíbulo llegaban los ruidos del televisor que estaban viendo algunos pacientes. A la derecha había un comedor sencillamente amueblado con un mostrador donde servían café caliente. Unos pocos pacientes tomaban café fumando, balando de l aenfermedad qeu los hbaía llevado allí y de cuando podrían volver a casa, El doctor regresó a sus habitacionesy los ruidos disminuyeron al inicarse el tranquilo turno d enoche.
El gran reloj dió las 12 y llegó el 6 de julio sin indicios de que fuese a mitigar el calor. Los insectos se estrellaban contra la tela metálica de las ventanas mientras ronroneaban por un lado y otro los ventiladores eléctricos. Faulkner había descansado muy tranquilo. Unos minutos después de la una y media se agitó y luego se incorporó sobre un lado de la cama. Antes de que la enfermera pudiese sostenerlo dejó ir un gemido y se desplomó. El doctor llegó a los cinco minutos pero no pudo detectar pulso ni latidos. Inició un masaje cardíaco externo. Lo prolongó durante 45 minutos, sin resultado. Intento la reanimación boca a boca, también sin resultado. No podían hacer nafa más. WF había muerto.

LA MUERTE DE FREUD

Freud, de Peter Gray, p. 719-720
Freud estaba muy cansado y resultaba difícil alimentarlo. Pero aunque sufría mucho, en especial por las noches, no quería que le dieran sednates, ni se los daban. Todavía leía: el último libro fue La piel de zapa, de Balzac, ese relato misterioso sobre la piel mágica que va encogiéndose. Al terminarlo le dijo a Schur, como de pasada, que aquel er ael libromás adecuado que hubiera podido leer en ese momento, puesto que trataba sobre el encogimiento y la inanición. Pasó su últimos días en el estudio de la planta baja, mirando el jardín, E Jones, al que Anna Freud llamó inmediatamente, pues veía que su padre estaba muriendo, llegó el 19 de septiembre. Jones recuerda que Freud estaba dormitando, como slí hacer esos días, Pero cuando le dijo Herr Profesor, Freud abrió un ojo, reconoció al visitante y lo saludó moviendo la mano, después la dejó caer con ungetso muy expresivo que transmitía múltiples significados: bienvenida, adiós, resignación.
Jones interpretó correctamente el gesto de Freud, que estabasaludando a su viejo aliado por última vez. Se había resignado a dejar la vida. A Schur lo atormentaba la imposibilidad de aliviar el sufrimiento de Freud, pero Freud le tomó la mano y le dijo: "Schur, recuerda nuestro contrato, prometió no dejarme en la estacada cuando llegara el momento. Ahora sólo queda la tortura, y no tiene sentido. Hable sobre esto con Anna y si ella piensa que está bien, terminemos". Igual que durante años, también pensó Freud en ese momento en su Antígona. Anna querá posponer el final, pero Schur insistió en que mantener vivo a Freud no conducía a nada. Había llegado el momento, Schur lo sabía y actuó. Era la interpretación que le daba Freud a lo que él mismo había dicho: habí aido a Inglaterra para morir en libertad.
Shur estuvo a punto de llorar viendo a Freud afrontar la muerte con dignidad y sin autocompasión. Nunca había visto  a nadie morir así. El 21 de septiembre le inyectó 3 cg de morfina y Freud se hundión en un sueño tranquilo. Cuando volvió a agitarse, schur repitió la dosis y le administró una final al día siguiente. Freud entró en un coma del que ya no despertó. Casi cuatro décadas antes le había escrito a O. Pfister preguntándose qué debia hacerse el día en que faltan pensamientos o no se encuentran palabras [...] "tengo una súplica totalmente secreta: que no se produzca nunguna invalidez, ninguna parálisis de la spropias capacidades como consecuencia de la miseria corporal. Muramos con la armadura puesta, como decía Macbeth". Había velado para que esa súplica secreta se viera satisfecha. El viejo estoico conservó el control de su vida hasta el final.

PRETENCIOSIDAD Y FUTBOL

Pretenciosidad, Dan Fox, p. 137
Podemos encontrar la pretensión en todos los ámbitos de la vida y con ella no sólo se libran batallas por los valores o los gustos. Condiciona las artes, pero también, sin duda, el debate político, la religión y los deportes. (Cualquiera que haya disfrutado escuchando al veterano comentarista futbolístico Ray Hudson puede dar fe del toque imaginativo de sus pretenciosas narraciones: “Ese gol es una escultura de Bernini que rivaliza con el Éxtasis de Santa Teresa, es el golpe magistral de un artista!» fueron las palabras que dedicó a un gol decisivo de Ronaldinho con el que el F.C. Barcelona se impuso en un partido en 2007.) La pretenciosidad suele ir adherida a una mezcolanza de rasgos desagradables: narcisismo, mentira, ostentación, engreimiento, esnobismo, individualismo egoísta. No son conceptos sinónimos. La persona pretenciosa es también quien se atreve a ser diferente, ya sea plantando cara al consenso creativo o sometiéndose al calvario de subirse al último autobús de una noche de sábado vestido de forma distinta a todos los demás.

Nunca podremos incorporarla a nuestro discurso como un término plenamente positivo, pero la pretenciosidad es importante por todo lo que revela acerca de cómo tu identidad se  relaciona con la mía, con la de ellos y con la de todos los demás. Y por dificil que sea de aceptar, ser pretencioso forma parte de nuestra actividad cotidiana. La pretenciosidad hace que la vida siga siendo interesante. Privadas de las libertades que nos concede -la libertad de ensayar nuevas experiencias, de experimentar con las ideas, de comprobar si te gustaría vivir la vida de otra forma-, personas de todas las extracciones sociales no se verían expuestas a la diferencia, a nuevas ideas o historias en los campos que hayan elegido. Una cultura rica sustentada por personas que consagran sus vidas a ella, a menudo con escaso premio o reconocimiento, ha de ser por fuerza pretenciosa. 

VOCACION

Pretenciosidad, Dan Fox, p. 137
Si a cada poeta. músico, bailarín, florista o chef de repostería de todo el mundo le hubieran dicho, en las primeros años de sus vidas, que sería pretencioso por su parte interesarse por la literatura, la música,  el teatro, la jardinería o la cocina –que lo único que podía hacer era ser fiel a las circunstancias que le habían visto nacer-, entonces millones de imaginaciones e inteligencias se habrían atrofiado, millones de manos no habrían aprendido nunca a hacer nada nuevo. Si a cada colegial interesado por el dibujo le hubieran dicho que se olvidara de tomar clases de arte porque no servía para nada o era pretencioso, que eso de estudiar bellas artes era una pamplina presumida y que lo que tenía que hacer era buscarse un empleo, entonces jamás habría estudiado un curso preuniversitario de artes que le habría abierto las puertas a una escuela de diseño gráfico, donde se habría formado como diseñador de información, de productos o industrial, para luego hacer señales de tráfico, electrodomésticos o instrumental médico. Nadie habría cogido su título de bellas artes y se habría metido en el mundo del trabajo social para poner en práctica lo aprendido enseñando terapia artística a personas con dificultades de aprendizaje. Sin duda, no habría nadie que pudiera decirle a tu tía abuela Ethello que quiere decir ese enorme Tintoretto que tienen en la National Gallery. Nadie se habría apuntado a una compañía de teatro amateur y a partir de su amor a las tablas del escenario habría terminado haciendo esas comedias de situación que tanto te gusta ver, y nadie que no se hubiera aferrado con uñas y dientes a su fascinación por las películas de animación haría ahora los dibujos animados que dejan cautivados a tus niños una tarde lluviosa de sábado. No habría nadie que te enfrentara a un reflejo del mundo

PROSTITUTAS

Ladrón de cuarteles, Tobias Wolff, p. 101
Lewis se dirige a Combat Alley. En la calle todavía quedan un par de mujeres, pero él no sabe cómo abordarlas, ni lo que esperan que les diga. Y están todas las demás personas que pasan. Por fin entra en The Drop Zone, un bar con un dibujo de un paracaidista en la ventana.

La mayoría de las prostitutas del pueblo son mujeres sensatas. Tienen sus motivos para ello y no son hermanas de la caridad, pero tampoco son unas chifladas. En general quieren hacer algo más cómodo que lo que hacían antes, de modo que prueban con esto durante un tiempo hasta que se dan cuenta de lo duro que es. Entonces vuelven a trabajar de camaretas o en la planta embotelladora, o a vivir con sus maridos. Con todo, a veces esta vida las atrapa, y hay una época justo después de darse cuenta de que las ha atrapado en que algunas de ellas se vuelven chifladas.

WARHOL

Pretenciosidad, Dan Fox, p. 135-136
Es posible que pensaras que la película era pretenciosa porque estaba filmada en un «artístico» blanco y negro y en una lengua distinta de la tuya, y tú no te consideras el tipo de persona que va a ver cine internacional, porque eso sólo lo hace la  gente pretenciosa. ¿Qué es lo que intentan ser todos esos pretenciosos? ¿Suecos? ¿franceses? ¿Brasileños? ¿Estadounidenses? ¿y qué si son suecos, franceses, brasileños o estadounidenses?¿Qué tendrá de malo sentir curiosidad por cómo ven  la vida otras personas del planeta? Ante todo, ¿ y si te dieras un respiro y sólo de vez en cuando fueras la clase de persona que va a ver películas artísticas realizadas en otras partes del mundo? ¿Qué podría pasarte si contemplaras la idea de que puedes ir a ver la película artística en blanco y negro sin renunciar a la bacanales de explosiones de las pelis de superhéroes, que ambas experiencias son valiosas? Tener miedo a que te tachen de pretencioso es lo mismo que obligarte a no sentir ninguna curiosidad por el mundo.

Se considera que la pretensión carece de solidez. Un teatrillo de cartulina que saldrá volando a la mínima que se levante viento. Tenemos esa idea porque, como observó Warhol, «en algunos círculos en los que gente muy pesada piensa que tiene la cabeza muy pesada, palabras como "encantadora", "inteligente" y"bonita" son menospreciadas; todo lo frívolo de la vida. que es lo más importante, es menospreciado». Lo que nos cuesta aceptar es que la cultura no tendría color si no fuera por la pretensión. Sería como el beis sin vida de las tiendas Gap. Las puertas de la imaginación quedarían cerradas a cal y canto por temor a encontrar tras ellas algo que quebrantase el consenso sobre lo que es un acto creativo aceptable, qué es un bar  aceptable al que ir a tomar una copa, qué son unos zapatos aceptables para ir a trabajar.

DIOS

El poder y la gloria, Graham Greene
Alguna vez, en los tiempos pasados, al instruir a los niños, algún indio chiquitín de ojos almendrados le había preguntado: «¿Cómo es Dios?», y él solía contestar fácilmente haciendo referencia al padre y a la madre, o quizá con mayor ambición, incluía hermano y hermana, y procuraba dar una idea de todos los cariños y parentescos, combinados en una pasión inmensa y, no obstante, personal. ..

Pero en el centro de su propia fe permanecía siempre la convicción misteriosa de que estamos hechos a imagen de Dios: Dios era el padre, pero también el policía, el criminal, el cura, el maníaco y el juez. Algunas veces la imagen de Dios colgaba de una horca o adoptaba raras actitudes ante las balas en el patio de una cárcel o se retorcía como un camello durante el acto sexual. Sentábase en el confesonario y escuchaba las ingenuidades complicadas y sucias que la imagen de Dios había imaginado. Y ahora esta imagen se bamboleaba, arriba y abajo, sobre el lomo de la mula, con los dientes amarillos clavados en el labio inferior; y la misma imagen había cometido un día su acto de rebelión con María, en la cabaña, entre las ratas. A veces debe de ser un consuelo para el soldado, el que sean iguales las atrocidades cometidas por ambas partes: nadie jamás era el único.

EL CIELO MEJICANO

El poder y la gloria, Graham Greene
-Un santo Padre nos ha enseñado que la alegría está condicionada al dolor. El dolor es una parte de la alegría. Cuando tenemos hambre pensamos en lo que disfrutaremos al fin con el alimento. Cuando tenemos sed... –Se detuvo de pronto, hundiendo la mirada en las sombras, esperando la risa cruel que no llegaba. Continuó-: Renunciamos a muchas cosas para podernos luego regocijar. Habréis oído hablar de los ricachos del Norte, que comen alimentos salados para tener sed ... para lo que llaman ellos el cocktail. Antes del matrimonio, también está el largo noviazgo ...
Volvió a detenerse. Sentía su propia indignidad como un peso en la base de la lengua. En el intenso calor nocturno un cirio doblado olía a cera caliente. La gente se removía en la sombra sobre el duro suelo. El olor de seres humanos sin lavar luchaba con el de la cera. Él gritaba, obstinado, con voz autoritaria:

-Por esto yo os digo que el cielo está aquí; esto es parte del cielo, lo mismo que el pan es parte del placer. - Añadió-: Pedid sufrir más cada día. No os canséis jamás de sufrir. La policía que os vigila, los soldados que os cobran impuestos, los azotes del jefe que siempre recibís porque sois demasiado pobres para poder pagar, las viruelas y la fiebre, el hambre... todo esto forma parte del cielo; es la preparación. Acaso sin esto, ¿quién sabe?, no gozaríais tanto del paraíso. No sería completo. ¿y el cielo? ¿Qué es el cielo?

CANTORES MEXICANOS

El puente en la selva, B. Traven
Nadie pagaba al cantor. Cantaba por amor a la afligida madre, para ayudarla a superarlo sin demasiadas cicatrices. Iban a enterrar al niño sin la bendición de un cura y sin el certificado de defunción de un médico. El cura y el médico cuestan dinero. Aunque todos los del duelo dieran la mitad de lo que tenían, no llegaría para pagar los gastos. Además, el entierro no podía posponerse dos días. A pesar de que la noche era fría, el cuerpo estaba empezando a descomponerse. El agrarista cantaba sólo canciones de iglesia, pero nadie que conociera los cánticos de la Iglesia católica se daría cuenta de que aquello eran himnos religiosos.
Posiblemente los católicos cantaban de la misma manera cuando los primeros frailes misioneros recorrieron aquellas selvas para traerles la verdadera fe a los pobres infieles de las Américas. Como quiera que fueran originalmente, el caso es que se habían mezclado con cantos profanos, incluida música de baile americana de lo más reciente. Una vez cada año o cada dos años la gente iba a la iglesia, oía una verdadera canción de misa, y algo se les quedaba en la cabeza. Luego, cuando había baile en los poblados y en los pueblos, los músicos traían nuevas melodías que habían recogido en la ciudad más cercana, donde se las  consideraba la última moda en Broadway, cuando en realidad nadie se acordaba ya de ellas en Nueva York, porque debían ser de cuando se elegía alcalde al que iba mejor vestido. Aquí en la selva, cada vez que había baile en los pueblos y poblados, se adaptaban unas canciones y se abandonaban otras consideradas pasadas de moda. Es más, los indios incultos no pueden cantar las canciones como es debido. En todas ellas ponían algo pagano y a menudo casi salvaje, un elemento que debía ser herencia de sus antepasados. En sus cantos, que no llevaban acompañamiento, salvo quizá un tambor y el lastimero son de un instrumento parecido a un clarinete de fabricación casera, ese extraño motivo musical solía ser tan poderoso que arrastraba toda la melodía, y no dejaba más de diez notas de la música original.

Este cantor fúnebre era conocido en toda la zona de la selva. Se lo consideraba el mejor del oficio y todos le admiraban. Era su estrella de cine y su cantante favorito de la radio a la vez, porque en otras ocasiones como bodas o fiestas de cumpleaños, cantaba corridos. No los cantaba tan bien como los profesionales que venían en ferias y traían a los que no sabían leer las noticias de los periódicos en forma de canción, entonando en las plazas públicas corridos sobre los últimos acontecimientos políticos o sobre amores trágicos. Sin embargo, para los entierros era mucho mejor el agrarista que cualquiera de los cantantes de corridos.

LENIN Y DIOS

El puente en la selva, B. Traven
El campesino harapiento no dejó de cantar un instante. Se negaba a echar un trago, cosa que le ofrecían de vez en cuando. Era agrarista, y se consideraba comunista. En su jacal tenía un altar con una estampa de la Santísima Virgen en el medio, una de san Juan a un lado y un retrato pequeñito de Lenin al otro, pues suponía que estaba sentado en el trono del Padre, lo mismo que san Juan y los demás santos. Su reivindicación del comunismo, como la de los demás agraristas de la república, se vería satisfecha en cuanto le dieran diez o veinte acres de buena tierra y le garantizaran que no se la iba a quitar nadie, ni a él ni a su familia. Era de esa clase de personas que disfrutan hablando de política y que te hacen creer que el comunismo se reduce a algo muy simple: darle comida al pueblo, mucha comida, y asegurarles que siempre tendrán trabajo. Si les llenas la barriga y les pones muchas películas a un céntimo la entrada, se acabarán las arengas de los agitadores subidos en cajas de jabón, y nadie volverá a hablar de revolución.

BONDAD ANGELICAL

El puente en la selva, B. Traven 
Sin embargo, todos ellos habían traído consigo cohetes para usarlos en caso de que encontraran sin vida al niño. Entre estos indios es costumbre quemar montones de cohetes cuando muere un niño para que los ángeles del cielo sepan que un nuevo angelito va de camino. Los que se queman a la muerte de un adulto tienen otro propósito: el diablo, al oírlos, se queda esperando cerca de la puerta del cielo para ver si el recién llegado está o no en su lista. Cuando es un niño, los ángeles, alertados por los cohetes, le salen a mitad de camino. No importa que el diablo esté cerca de la puerta. No puede hacerle nada a un niño, porque un ser inocente que no tiene aún ningún pecado no puede estar registrado en su lista.

El hermano mediano, el medio tonto, se encargaba de recoger los cohetes y vigilarlos. A partir de ese momento, todo lo que no fueran cohetes le tenía sin cuidado. Había dejado de llorar. Para él había llegado la parte más alegre del funeral. Los recién llegados se habían enterado ya de que habían encontrado al niño. Uno tras otro se descubrieron, y entraron en el jacal para verlo y decirle a la madre unas palabras de consuelo. En realidad, no les interesaba saber cómo había sucedido, pero todos le pedían a la mujer que les contase la historia. No por curiosidad, sino porque eran sabios, y se lo preguntaban para que no pensara más en el cadáver.

DE LA BENEVOLENCIA DIVINA

El puente en la selva, B. Traven
De un fino alambre atado a uno de los palos del techo colgaba una banasta. Contenía las escasas provisiones de la familia: dos cucuruchos de azúcar morena sin refinar, unas onzas de café en grano envueltas en un papel grasiento, una libra de arroz del más corriente, unas cuantas libras de frijoles, y media docena de chiles verdes y rojos. Había dos botellas atadas a la banasta. En una de ellas había sal gorda con aspecto de estar rancia y sucia. Un tercio de la otra botella contenía manteca, que en estas regiones no se endurece nunca, y hay que guardarla en botellas. Si se guardara en vasijas abiertas, en seguida se llenaría de hormigas ahogadas en ella. Como en el resto de los hogares, la banasta estaba colgada en alto para proteger su contenido de ratas y ratones. Pero las ratas de esta región eran excelentes acróbatas y se descolgaban desde el techo de palma por el fino alambre sin dificultad, robando, por supuesto, las provisiones.

Dios, en su infinita sabiduría, ha hecho el mundo de tal manera que nadie es tan pobre que no pueda otro robarle, y nadie es tan fuerte que no pueda otro matarle.

VIRGEN DE GUADALUPE

El puente en la selva, B. Traven
En una de las paredes de la choza había una repisa, y sobre ella una Virgen de Guadalupe pintada en cristal. A los dos lados había cuadritos más pequeños con imágenes de santos. No se veía por ningún sitio ninguna imagen del Señor. Las estampas de santos tenían impresas por detrás jaculatorias que ni García ni su mujer sabían leer. Delante de la Santísima Virgen había un vaso corriente algo cascado, lleno de aceite. Dentro flotaba una velita de cera no más grande que una cerilla, clavada en un arandel de lata del tamaño de una moneda de diez centavos. La lamparita de aceite se encendía para que alumbrara de noche y día la imagen de la Madre Santísima. En teoría ardía día y noche, pero con frecuencia los García no tenían unos centavitos para aceite porque necesitaban con más urgencia cosas más terrenales.

Cuando la mujer del maestro maquinista vino al jacal para encargarse de todo, el vaso no tenía aceite. Una de las primeras cosas que hizo fue volver a llenarlo de aceite y encender la mecha.  ¿Qué habría pensado toda aquella gente de la familia García si hubieran encontrado apagada la lamparilla de la Santísima Virgen? Habrían creído que los que vivían en aquella casa eran  paganos, o peor aún, algún gringo ateo. La lucecita no era más que un leve resplandor, pero a los creyentes les bastaba. Ningún demonio podría entrar ahora a robar el alma, La repisa, al menos para los García, no sólo era el altar de la casa, era al mismo tiempo el lugar donde tenían un sinfín de cosas seculares necesarias para el hogar; había flores secas guardadas en vasijas rotas; también estaban, liados en un trozo de periódico, lo que la mujer de Garda llamaba sus cosas de costura -es decir: unos cuantos trapos, unas cuantas agujas medio oxidadas, algunos alfileres, y unas hebras de hilo blanco y negro atadas alrededor de una tira de papel de estraza. Además había un peine, una docena de horquillas, cerillas, y los juguetes de Carlitos, incluyendo: un cochecito de hojalata roto de los que valen diez centavos, un anzuelo de pesca, una honda hecha con un trozo de tubo de un coche, un tapón de corcho roto, una canica de cristal pequeña de vivos colores, dos bocones de acero, y unos cromos de  colores de los que salen en los paquetes de tabaco. Había también un pequeño ukelele, regalo de Manuel, que era su tesoro más preciado. Con él había querido formar una orquesta de baile tocando con su padre, el violinista. De una de las esquinas de la repisa colgaba un rosario barato. En una tacita, que en su día perteneciera a una casa de muñecas, se amontonaban unos centavos, y cerca se veían unas cuantas monedas de cobre más. En total no pasarían de los treinta y cinco centavos: toda la fortuna de la familia

LLUVIA

El hacedor de Borges, A Fernández Mallo, p. 137

La lluvia
El tamaño de la gota oscila  entre 0,5 y 6,35 mm. Su velocidad de caída entre 8 y 32 km/h.
A medida que se precipita va ganando masa al chocar inelásticamente con otras gotas,
no hay Desayuno con diamantes,
no hay Cólera de Dios,
no hay taxi drivers ni replicantes,
que sepan por qué la gota

nunca se hace infinitamente grande.

AEROPUERTO

El hacedor de Borges, Agustín Fernández Mallo, p. 107
Una leyenda aérea afirma que los aeropuertos no están sobre la tierra, sino que flotan a pocos milímetros del suelo, y que ése es el motivo por el que atraen a tantas personas, por su carácter de simulacro que, no obstante, posee materialidad. No se aprecia a simple vista, pero permanecen suspendidos (pistas de despegue incluidas], inmunes al frío, al calor, a los vientos del Norte, a los millones de personas que los atraviesan, a las subidas y bajadas de la Bolsa, al electromagnetismo, a las suelas de los zapatos, a los espaguetis con carne; nada les afecta, nada puede cambiar su estructura, composición, distribución, tiendas y restaurantes, ni su virtud de objeto eterno, inasible a la corrupción que origina el tiempo. Los aeropuertos son, en efecto, las nuevas catedrales. Hace años, los paneles que anunciaban las llegadas y las salidas eran naipes de letras rodantes, máquinas tragaperras que en vez de plátanos y fresones componían nombres de ciudades, horas y fechas. Me sentaba en aquel casino, y pasaba las tardes mirando, especulando sobre el azar. Todo viaje era eso: un producto de la arbitrariedad. Otra costumbre de aquellos años, y que aún conservo, era llegar 2 horas antes de la salida de mi vuelo. Baudelaire afirmó a finales del siglo 19 que el lugar natural del dandi es la ciudad, el invento más moderno de su época, algo que iba más allá de la simple urbanística, era el territorio donde la humanidad había conseguido su máxima expresión: volar desprendida de la  naturaleza, el lugar donde el exhibicionista podía darse tal y como es, perfecto, desarraigado y diletante. Hoy, muertas las ciudades como objeto de tránsito y deseo, el lugar natural del dandi es el aeropuerto. Paseo entre las tiendas, simulo que miro unos CDs, me pruebo una corbata, en la perfumería no cometo esa vulgaridad de llevarme las muestras, me perfumo allí mismo, consumo el tiempo razonando tácticas de flirteo, doy vueltas, emito señales sin comprometerme en esa nave que flota a pocos milímetros del suelo.

AUTENTICIDAD

Pretenciosidad, Dan Fox, p. 73
Vivir en las grandes ciudades de Occidente es sinónimo de estar rodeado de reivindicaciones de autenticidad. Nos animan a buscar lo original y a no dejarnos embaucar por los sucedáneos engañosos de la pretensión. La autenticidad es una forma de autoridad; una legitimidad en el discurso, el vestir o las acciones. Nos promete un billete a la verdad. Tiendas, restaurantes, inmobiliarias y un amplio abanico de actividades de ocio nos prometen lo autentificado, lo genuino, sin trampa ni cartón. Ser auténtico es una virtud e invertir en ella es una  demostración de olfato financiero.
En 2014 un cartel que anunciaba productos de peluquería en el barrio londinense de Shoreditch declaraba que «La pretensión es una ofensa». Se trata de una burda apelación a un vínculo inexistente entre juventud y autenticidad creativa que pasa por alto que muchas grandes ciudades son teatros de la pretensión. En su libro Soft City, Jonathan Raban señaló que la vida urbana “es una vida vivida a través de símbolos”. En ella «nos vemos bombardeados por imágenes de la gente que podríamos llegar a ser. La identidad se presenta en plástico, reducida a la adquisición de bienes y apariencias». Los edificios imitan la arquitectura de épocas pretéritas o de otras partes del mundo. Tiendas y restaurantes se esfuerzan en transmitir climas emocionales basados en épocas históricas –aquellos tiempos en los que la vida era honesta y leal- para prometernos una experiencia supletoria a los bienes que ofrecen.

La mercadotecnia tienta a los consumidores -en particular a los urbanitas de clase media- con juegos de palabras pretenciosos. Los productos «caseros», «naturales», a orgánicos» y «de granja» se aprovechan de fantasías sobre nuestra propia responsabilidad ecológica con respecto a los alimentos que compramos, o de la nostalgia por platos de comida como los que tu mamá seguramente nunca cocinó. Lo natural y lo orgánico poseen una suerte de terrosa autenticidad o hacen de sucedáneos de otras culturas. (En una sucursal neoyorquina de Whole Foods, vi una vez unos espárragos blancos descritos en la etiqueta como a:preferidos por los europeos»; tal vez insinuaban que al comprarlos no sólo obtenías valor nutricional, sino que   además demostrabas valorar una nebulosa idea de sofisticación a la europea.)

LA CAIDA

Patria, F Arambueru, p. 499
La caída
Entraron en una racha de ekintzas y si no hicieron más es porque tardaban en entregarles el material. Reclamaron: ¿Qué pasa? Y el enlace, de mal humor, les respondió que no eran los únicos. Les falló un petardo de amonal al paso de un convoy de la Guardia Civil, que mira que si llega a explotar vuelan picoletos hasta los tejados y ellos habrían sumado muchos puntos dentro de la organización.
Le reventaron el comercio de automóviles a uno del que decían que si esto, que si lo otro. ¿sería verdad? Da lo mismo. Se lo reventaron. Y hasta hubo que evacuar el edificio. Un acraoo en la sucursal de un banco les ayudó a mejorar sus finanzas, que ese sí que era un problema. Vivían con menos de lo justo. Y ya tenían planeada hasta el último detalle la ejecución de un policía jubilado cuando supieron que la dirección al completo de ETA había sido capturada en una villa, casa, chalé o lo que fuera de Bidart.
Desconcierto total. Aún más: sensación de orfandad. ¿Qué hacer? Joxe Mari, preocupado,  agorero, recordó que a Potros Je pillaron el día de su detención una larga lista de militantes. A vers a estos inútiles los han cogido también con todo el tinglado. Patxo advirtió:
-Yo al monte no vuelvo.

Decidieron esperar acontecimientos y suspender las actividades hasta que no se aclarase la situación. Los tres pasaban el día entero fuera del piso. Por precaución y por la insistencia de Joxe Mari que veía agentes de paisano incluso en la forma de las nubes

INCIPIT 873. LENGUA VULGAR / PP PASOLINI

El éxito es la otra cara de la persecución. P. P. Pasolini

En los últimos años estamos asistiendo en España a una notable recuperación de la figura y el pensamiento de Pier Paolo Pasolini. La publicación de diversos libros -de poesía, ensayo, narrativa y hasta de un guion cinematográfico-, la celebración de una exposición en un importante centro de cultura contemporánea, así como el éxito cosechado por una película que retrata sus últimas veinticuatro horas de vida, reflejan el interés que sigue despertando el escritor y cineasta italiano. En los múltiples artículos de prensa que han dado cuenta de todo ello, se nos hablaba del escándalo que acompañó siempre a sus libros y películas; se incidía una y otra vez en la visión profética y visionaria de sus análisis sobre política y sociedad; y, por supuesto, se hacía referencia a su atormentada vivencia de la homosexualidad. Los suplementos culturales de los periódicos han terminado por quedarse sin calificativos: «Pasolini, poeta y mártir»

INCIPIT 872. PATRIA / FERNANDO ARAMBURU

Tacones sobre el parqué Ahí va la pobre, a romperse en él. Lo mismo que se rompe una ola en las rocas. Un poco de espuma y adiós. ¿No ve que ni siquiera se toma la molestia de abrirle la puerta? Sometida, más que sometida.
Y esos zapatos de tacón y esos labios rojos a sus cuarenta y cinco años, ¿para qué? Con tu categoría, hija, con tu posición y tus estudios, ¿qué te lleva a comportarte como una adolescente? Si el aita levantara la cabeza ...
En el momento de subir al coche, Nerea dirigió la vista hacia la ventana tras cuyo visillo supuso que su madre, como de costumbre, estaría observándola. Y si, aunque ella no pudiese verla desde la calle, Bittori la estaba mirando con pena y con el entrecejo arrugado, y hablaba a solas y susurró diciendo ahí va la pobre, de adorno de ese vanidoso a quien nunca se le ha pasado por la cabeza hacer feliz a nadie. ¿No se da cuenta de que una mujer ha de estar muy desesperada para tratar de seducir a su marido después de doce años de matrimonio? En el fondo es mejor que no hayan tenido descendencia.

Nerea agitó brevemente la mano en señal de despedida antes de meterse dentro del taxi. Su madre, en el tercer piso, oculta tras el visillo, desvió la mirada. Se veía una amplia franja de mar por encima de los tejados, el faro de la isla de Santa Clara, nubes tenues a lo lejos. La mujer del tiempo había anunciado sol. Y ella, ay, qué vieja me estoy haciendo, volvió a mirar la calle y el taxi ya se había perdido de vista.

NACION Y LITERATURA

Patria, Fernado Arambueru, p. 348
-El nuestro ha sido un pueblo emprendedor, aventurero, de hombres valientes y piadosos. Hemos trabajado la madera, la piedra, el hierro, y hemos andado por todos los mares; pero desgraciadamente, en el curso de los siglos, los vascos no hemos prestado suficiente atención a las letras. ¿Qué te puedo yo decir a ti que tú no sepas? Tú, que según tengo entendido, eres un gran lector y, por lo que ahora sabemos, un poeta.
Gorka asentía cohibido. Enfrente, un espejo de pared, junto al colgador de las casullas, le devolvía su imagen espigada, su nariz un poco (bastante) aplastada. El cura, a lo suyo.
-Dios te ha concedido talento y vocación, y yo, hijo mío, en su nombre te pido que seas disciplinado y pongas tus capacidades al servicio de nuestro pueblo. Es esta una tarea que atañe muy especialmente a los jóvenes que ahora empezáis a escribir. Tenéis energía, tenéis salud y un largo futuro por delante. (Quién mejor que vosotros puede dar forma a una literatura que se convierta en el pilar central de la salvaguarda de nuestra lengua? ¿Entiendes lo que te digo?
-Claro.
-El euskera, alma de los vascos, necesita apoyarse en una literatura propia. Novelas, teatro, poesía. Todo eso. No basta que los niños vayan a la ikastola, que los padres les hablen y canten en euskera. Son más necesarios que nunca unos grandes escritores que lleven el idioma a su máximo esplendor. Un Shakespeare, un Cervantes, en euskera, eso sí que sería maravilloso. ¿Te imaginas?
Gorka se vio a sí mismo en el espejo, asintiendo.

-iAy, este entusiasmo mío! Lo que quería decirte es que sigas formándote y escribiendo, para que nuestro pueblo construya una cultura también por medio de tus manos. Cuando tú escribas es Euskal Herria la que, desde dentro de ti, escribe. Y a sabemos que esta es una responsabilidad mayúscula, quizá demasiado grande por ahora para un hombre todavía joven e inexperto como tú. Pero es una misión, créeme, hermosa, muy hermosa, y en estos momentos de nuestra historia, lo digo sin temor a exagerar, sagrada. Tienes mi bendición, Gorka. Si te aprieta alguna necesidad, no importa de qué tipo, no dudes en visitarme. En todo momento se te echará una mano para que puedas dedicarte con intensidad al noble oficio de escribir.

NACION Y RELIGION

Patria, Fernando Aramburu, p. 313
-Quítate las dudas y los remordimientos de la cabeza. Esta lucha nuestra, la mía en mi parroquia, la tuya en tu casa, sirviendo a tu familia, y la de Joxe Mari dondequiera que esté, es la lucha justa de un pueblo en su legítima aspiración a decidir su destino. Es la lucha de David contra Goliat, de la que yo os he hablado muchas veces en misa. No es una lucha individual, egoísta, sino ante todo un sacrificio colectivo y Joxe Mari, como Jokin y como tantos otros, ha asumido su parte con todas las consecuencias, ¿entiendes?
Miren sacudió la cabeza en señal afirmativa. Don Serapio le arreó, comprensivo, cariñoso, dos palmaditas en el dorso de la mano. Y prosiguió:
-¿Acaso Dios ha manifestado que no desea vascos en su presencia? Dios quiere a su lado a sus vascos buenos como también quiere, ojo, a sus españoles buenos y a sus franceses y polacos. Y a los vascos nos hizo como somos, tenaces en nuestros propósitos, trabajadores y firmes en la idea de una nación soberana. Por eso me atrevería a afirmar que sobre nosotros recae la misión cristiana de defender nuestra identidad, por tanto nuestra cultura y, por encima de todo, nuestra lengua. Si esta desaparece, dime, Miren, dímelo con franqueza, ¿quién rezará a   Dios en euskera, quién le cantará en euskera? ¿Te respondo yo? Nadie. ¿Tú crees que Goliat, con su tricornio en la cabeza y sus torturadores de sótano de cuartel, va a mover un dedo en favor de nuestra identidad? Te registraron la casa el otro día, en plena noche. ¿No te sentiste humillada?
-Ay, don Serapio, no me lo recuerde que se me corta la respiración.

-¿Lo ves? La misma humillación que tú y tu familia tuvisteis que soportar la padecen a diario miles de personas en Euskal Herria. Y son los mismos que nos maltratan los que luego hablan de democracia. Su democracia, la suya, la que nos oprime como pueblo. Por eso te digo yo, con el corazón en la mano, que nuestra lucha no sólo es justa. Es necesaria, hoy más que nunca. Es indispensable, puesto que es defensiva y tiene por objeto la paz. ¿No has oído alguna vez las palabras del obispo de nuestra diócesis? Ve tranquila a tu casa, pues. Y si un día, en los próximos meses o cuando sea, encuentras a tu hijo, dile de mi parte, de parte del párroco de su pueblo, que tiene mi bendición y que rezo mucho por él.

DE LOS JUDIOS

Aquí estoy, JS Foer, p. 446
-Pero ¿es eso bueno para nosotros? ¿Nos ha beneficiado preferir el patetismo al rigor, preferir escondernos a buscar, la victimización a la voluntad? Nadie puede culpar a Anne Frank por haber muerto, pero sí podríamos culparnos a nosotros mismos por contar su historia como si fuera la nuestra. Nuestras historias son tan fundamentales para nosotros que a menudo nos olvidamos de que las hemos elegido. Que hemos elegido arrancar ciertas páginas de nuestros libros de historia y enroscar otras y meterlas en nuestras mezuzot. Que hemos elegido  convertir la vida en el valor judío definitivo, en lugar de diferenciar entre el valor de distintos tipos de vida o, de forma todavía más radical, admitir que hay cosas más importantes aún que estar vivos.
»Muchas de las cosas que pasan en el judaísmo actual, desde considerar que Larry David sea algo más que muy gracioso, hasta la existencia y persistencia de la Princesa Judía Estadounidense, la exaltación de la torpeza, el temor a la ira, o la tendencia a valorar cada vez más las confesiones en detrimento de los argumentos, son consecuencia directa de nuestra decisión de permitir que el diario de Anne Frank reemplazara la Biblia como nuestra biblia. Porque la Biblia judía, cuyo objetivo es delimitar y transmitir los valores judíos, deja muy claro que la ambición más alta posible no es la vida en sí misma, sino la rectitud.
»Abraham le pide a Dios que no castigue Sodoma apelando a la rectitud de sus ciudadanos. No porque la vida merezca inherentemente la salvación, sino porque la rectitud merece el perdón.
»Dios destruye la Tierra con una inundación y salva sólo a Noé, un hombre "recto entre sus contemporáneos".
»Y luego está el concepto de los Lamed Vovniks, los treinta y seis hombres rectos de cada generación que, con sus méritos evitan la destrucción del mundo entero. La humanidad no se salva porque valga la pena salvarla, sino porque la rectitud de unos pocos justifica la existencia de todos los demás.
»Una de los tropos de mi educación judía, y tal vez también de la vuestra, fue este versículo del Talmud: "El que salva una vida humana salva al mundo entero". Se trata de una idea muy bonita, a partir de la cual vale la pena regir la vida. Pero no deberíamos otorgarle un sentido que no tiene.

»A los judíos actuales nos iría mucho mejor si, en lugar de "no morir” nuestra ambición fuera "vivir con rectitud"; si en lugar de "me hicieron tal y cual': nuestro mantra fuera “yo hice tal y cual”

MEDIDAS PREVENTIVAS

Aquí estoy, JS Foer, p. 408
Una casa de veraneo estaría muy bien, lo suficiente, a lo mejor, para lograr que las cosas funcionaran durante un tiempo o, cuando menos, para aparentar que eran una familia funcional mientras pensaban en la siguiente solución temporal. “La apariencia de felicidad.” Si podían mantener esa apariencia -no ante los demás, sino en su propia percepción de la vida-, a lo mejor la aproximación a la experiencia de la auténtica felicidad sería lo bastante lograda para conseguir que las cosas funcionaran. Podían viajar más. Planificar un viaje, el viaje en sí mismo, la descompresión... Todo eso les concedería algo de tiempo.
Podían ir a terapia de pareja, aunque Jacob había insinuado una extrañísima lealtad al doctor Silvers que habría hecho que visitar a otro terapeuta equivaliera a una transgresión (una transgresión más grave, al parecer, que pedir una dosis de semen fecal de una mujer que no era su esposa); y ante la perspectiva de mostrar todas las cartas, del tiempo y los gastos que supondrían dos visitas semanales que terminarían en un silencio doloroso o en conversaciones interminables, no era capaz de concebir la esperanza necesaria.

Podían haber recurrido exactamente a lo que ella se había pasado toda su vida profesional ofreciendo y no había parado de criticar en su vida privada: una renovación. Había tantas cosas que mejorar en su casa: podían reformar la cocina (por lo menos tendrían que cambiar el mobiliario, aunque también podían poner encimeras y aparatos nuevos e, idealmente, redistribuir el espacio para mejorar el campo visual); renovar el baño principal; cambiar los armarios; abrir la parte trasera de la casa al jardín; añadir un par de claraboyas encima 'de las duchas de la planta de arriba y terminar el sótano. 

MELANCOLIA

Aquí estoy, JS Foer, p. 56-57
terminarían siendo tan convencionales: se compraron un segundo coche (y un segundo seguro de coche); se apuntaron a un gimnasio con una oferta de clases que ocupaba veinte páginas; dejaron de preparar la declaración de la renta ellos mismos; de vez en cuando hacían que el camarero se llevara una botella de vino después de probarla; se compraron una casa con dos lavamanos contiguos en el baño (Y contrataron un seguro de hogar); multiplicaron por dos sus artículos de aseo personal; mandaron construir un cubículo de teca para los contenedores de basura; cambiaron el horno por otro más bonito; tuvieron un hijo (y contrataron un seguro de vida); se hicieron mandar vitaminas desde California y colchones desde Suecia; compraron prendas orgánicas cuyo precio y amortización, teniendo en cuenta el número de veces que habían sido utilizadas, los obligaban a tener otro hijo. Tuvieron otro hijo. Se preguntaron si una alfombra conservaría su valor, y se informaron acerca de qué era lo mejor de cada cosa  aspiradoras Miele, licuadoras Vitamix, cuchillos Misono, pintura Farrow and Ball), y consumieron cantidades freudianas de sushi, y trabajaron todavía más para poder pagar a la gente más preparada para que cuidara a sus hijos mientras ellos trabajaban. Y tuvieron otro hijo. . .
Sus vidas internas quedaron abrumadas de tanto vivir, no sólo por el tiempo y la energía que requería una familia de cinco miembros, sino también por todos esos músculos que desarrollaron y por los que se fueron debilitando. El autocontrol de Julia con los niños alcanzó proporciones de omnipaciencia, al tiempo que su capacidad de comunicarse con su marido se vio reducida a mensajes de texto con los Poemas del Día. El truco de magia preferido de Jacob, consistente en quitarle el sujetador a Julia sin utilizar las manos, se vio reemplazado por una habilidad tan impresionante como deprimente montando parques infantiles mientras subía por las escaleras. Julia podía cortarle las uñas a un recién nacido con los dientes y dar el pecho mientras hacía una lasaña, arrancar astillas sin pinzas ni dolor, lograr que los niños le suplicaran el peine antipiojos y dormidos con un masaje en la frente, pero se le olvidó cómo tocar a su marido. Jacob les explicaba a los niños la diferencia entre prejuicio y perjuicio, pero ya no sabía cómo hablarle a su mujer.

Los dos alimentaban sus vidas íntimas en privado –Julia diseñaba casas para ella; Jacob trabajaba en su biblia y se compró un segundo teléfono- y entraron en un ciclo destructivo: en paralelo a la incapacidad de Julia a la hora de comunicarse, Jacob estaba cada vez menos seguro de qué cosas le gustaban y tenía más miedo de quedar en ridículo, con lo que la distancia entre la mano de Julia y el cuerpo de Jacob se hizo todavía mayor, algo para lo que éste no disponía del lenguaje necesario. El deseo se convirtió en una amenaza -un enemigo- a su existencia doméstica.

INCIPITY 871. CAZADORES EN LA NIEVE / TOBIAS WOLFF

La casa de al lado
Me despierto asustado. Mi mujer está sentada en el borde de la cama, sacudiéndome.
-Ya están igual otra vez -me dice.
Me acerco a la ventana. Tienen todas las luces encendidas, en el piso de arriba y en el de abajo, como si les sobrara el dinero. Él vocifera, ella le contesta a gritos, el perro ladra. Hay un breve silencio, luego el bebé se echa a llorar, pobrecito.
-No te quedes ahí -dice mi .tnujer-. Podrían verte.
-Voy a llamar a la policía -digo, sabiendo que no me dejará.
-No-dice. Teme que envenenen a nuestro gato si nos quejamos.
En la casa de al lado el hombre sigue vociferando, pero no entiendo lo que dice debido a la barahúnda del perro y del bebé. La mujer se ríe, pero no de veras, «iJa! ¡Ja! iJah>, y de repente da un grito breve y agudo. Se hace el silencio.

-Le ha pegado -dice mi mujer-. Lo he sentido como si me hubiera pegado a mí.

INCIPIT 870. AQUI ESTOY /JS FOER

VOLVER A LA FELICIDAD

Cuando empezó la destrucción de Israel, Isaac Bloch se debatía entre suicidarse y mudarse a una residencia judía. Había vivido en un apartamento con libros hasta el techo y unas alfombras tan gruesas que si se te caía un dado lo perdías para siempre, y luego en un piso de una habitación y media con suelo de hormigón; había vivido en el bosque, bajo las estrellas indiferentes, y oculto bajo las tablas del suelo de un cristiano que, tres cuartos de siglo más tarde y a medio mundo de allí, mandaría plantar un árbol en honor a su propia superioridad moral; había vivido en un hoyo, durante tantos días que nunca más pudo volver a enderezar las rodillas; había vivido rodeado de gitanos, partisanos y polacos casi decentes, y en campamentos de refugiados y desplazados; había vivido en un barco donde había una botella en cuyo interior un agnóstico insomne construyó milagrosamente otro barco; había vivido al otro lado de un océano que nunca terminaría de cruzar, y encima de media docena de tiendas de comestibles que se había matado remodelando, para luego venderlas a cambio de un pequeño beneficio; había vivido junto a una mujer que comprobaba las cerraduras una y otra vez hasta romperlas, y que había muerto a los cuarenta y dos años sin soltar una sola palabra elogiosa por la boca, pero con las células de su madre asesinada todavía dividiéndose en su cerebro; y finalmente, durante el último cuarto de siglo, había vivido en Silver Spring

DISGUSTOS

Aquí estoy JS Foer, p. 45
No le gustaban las texturas uniformes: las cosas no son así. No le gustaban las alfombras  centradas en las habitaciones. La buena arquitectura tiene que hacerte sentir que estás en una cueva con vistas al horizonte. No le gustaban los techos de doble altura. No le gustaba que hubiera demasiado cristal. La función de una ventana es dejar entrar la luz no enmarcar un paisaje. Un techo tiene que quedar sólo a unos centímetros de las yemas de los dedos de la mano levantada de la persona más alta, puesta de puntillas, que viva en la casa. No le gustaba que todos los cachivaches tuvieran su sitio: las cosas van donde no les corresponde. Un techo de tres metros treinta es demasiado alto. Hace que se sienta uno perdido abandonado. Un techo de tres metros es demasiado alto. Le daba la sensación de que todo estaba fuera de su alcance. Dos setenta es demasiado alto. Siempre es posible conseguir que algo que resulta placentero -seguro, cómodo, diseñado para la vida sea también agradable a la vista. No le gustaba la iluminación empotrada, ni las lámparas que se encienden con interruptores de pared; prefería, por tanto, los candelabros, las luces de araña y el esfuerzo. No le gustaban las funciones ocultas: las neveras paneladas, los tocadores detrás de espejos o las teles que se esconden dentro de armarios. 

GUSTOS

Aquí estoy, JS Foer, p. 44-45
A Julia le gustaba que el ojo se sintiera atraído hacia los lugares a los que el cuerpo no puede ir. Le gustaba cuando algunos ladrillos sobresalían de la pared, y cuando era imposible saber si eso era una muestra de dejadez o de genialidad. Le gustaba la sensación de recogimiento, combinada con un toque expansivo. Le gustaba que la vista no estuviera centrada con la ventana y, al mismo tiempo, recordar que las vistas, por la naturaleza de la propia naturaleza, están centradas. Le gustaban los pomos que uno no quiere soltar. Le gustaban las escaleras que subían y luego bajaban. Le gustaban las sombras proyectadas sobre otras sombras. Le gustaban los banquetes de desayuno. Le gustaban las maderas ligeras (de haya, de arce), no tanto las maderas “masculinas” (de nogal, de caoba) y menos aún el acero, y detestaba el acero inoxidable (por lo menos hasta que estaba completamente cubierto de arañazos), las imitaciones de materiales naturales le parecían intolerables, a menos que su falta de autenticidad fuera manifiesta, que fuera justamente la gracia, en cuyo caso podían ser bastante bonitos. Le gustaban las texturas que los dedos y los pies conocen, aunque el ojo tal vez ignore. Le gustaban las chimeneas centradas en cocinas centradas en la planta principal. Le gustaba que hubiera más librerías de las necesarias. Le gustaban los tragaluces encima de las duchas, pero en ningún otro sitio. Le gustaban las imperfecciones buscadas y no soportaba la indiferencia, aunque también le gustaba recordar que la imperfección buscada no existe. La gente siempre se confunde Y cree que lo que es agradable a la vista lo será también a los otros sentidos.

PATERNIDAD

Aquí estoy, JS Foer, p. 403-404
Esa frase era algo -o, por lo menos, él sentía que era algo- que tenía que decir. Siempre había sabido -o sea, había sentido- que Julia creía poseer una conexión emocional más fuerte con los niños, que por el hecho de ser madre, o mujer, o simplemente por ser como era, tenía un vínculo con ellos que a un padre, a un hombre, o simplemente a Jacob, le era vedado. Lo sugería sutilmente todo el tiempo -Jacob tenía la sensación de que lo sugería sutilmente- y de vez en cuando lo expresaba con todas las letras, aunque siempre camuflado dentro del discurso de todas las cosas especiales que tenía la relación de Jacob con ellos, como por ejemplo lo bien que se lo pasaban juntos.
Por lo general, la percepción de Julia de sus respectivas identidades como padres se podía resumir así: profundidad y diversión. Ella les daba el pecho, y Jacob hacía que se troncharan con sus exagerados ruidos de avión mientras les daba de comer. Julia tenía una necesidad visceral, incontrolable, de ir a echarles un vistazo mientras dormían, y Jacob los despertaba si un partido se iba a la prórroga. Julia usaba palabras como nostalgia, desasosiego o pensativo, y a Jacob le gustaba decir que “no existen las palabrotas, sólo los usos groseros” para así justificar el uso supuestamente no grosero de palabras como inútil o mierdoso, que Julia odiaba en la misma medida en que les encantaban a los niños.

Había otra forma de describir la dicotomía entre profundidad y diversión, que Jacob había pasado horas y horas analizando con el doctor Silvers: pesadez y levedad. Julia le daba peso a todo, abría espacios para expresar todo tipo de emociones íntimas, sugería conversaciones sustanciosas sobre comentarios hechos de pasada y estaba siempre ponderando el valor de la tristeza. Jacob tenía la sensación de que la mayoría de los problemas no eran problemas, y que los que sí lo eran podían resolverse a base de distracciones, comida, actividad física o dejando pasar el tiempo. Julia siempre quería darles a los niños una vida cargada de gravedad: cultura, viajes al extranjero y películas en blanco y negro. Jacob no veía ningún problema -de hecho, veía su parte buena- en actividades más tontas y simples: parques acuáticos, partidos de béisbol y películas de superhéroes malísimas que producían gran placer. Julia consideraba la infancia como el periodo de formación del espíritu; Jacob, en cambio, la consideraba la única oportunidad que ofrecía la vida de sentirse seguro y feliz. Los dos veían las innumerables limitaciones del otro, pero también lo absolutamente necesario que era.

TZIMTZUM

Aquí estoy, JS Foer, p. 404
Pues hay una cosa que no entiendo –añadió Sam, contemplando la luna temprana que seguían con el coche-. Si Dios estaba en todas partes, ¿dónde puso el mundo cuando lo creó?
Jacob y Julia intercambiaron otra mirada, ésta de asombro. Julia se volvió hacia Sam, que seguía mirando por la ventana, sus pupilas yendo y viniendo como el carro de una máquina de escribir.  
-Eres increíble -le dijo.
-Vale -dijo Sam-, pero ¿dónde lo puso?

Esa noche, Jacob investigó un poco y descubrió que la pregunta de Sam había ocupado a los pensadores durante miles de años, y que la respuesta predominante era la idea cabalística del Tzimtzum. Resumiendo, Dios estaba en todas partess y, como Sam había supuesto, cuando había querido crear el mundo, no había encontrado dónde ponerlo. Por eso se había empequeñecido a sí mismo. Algunos lo consideraban un acto de contracción, otros de ocultación. La Creación exigía borrarse uno mismo. Para Jacob, se trataba de un gesto de humildad extrema, de la generosidad más pura. 

INCIPIT 869. EL CUENTO DE LA CRIADA / MARGARET ATWOOD

Dormíamos en lo que, en otros tiempos, había sido el gimnasio. El suelo, de madera barnizada, tenía pintadas líneas y círculos correspondientes a diferentes deportes. Los aros de baloncesto todavía existían, pero las redes habían desaparecido. La sala estaba rodeada por una galería destinada al público, y me pareció percibir, como en un vago espejismo residual, el olor acre del sudor mezclado con ese toque dulce de la goma de mascar y el perfume de las chicas que se encontraban entre el público, vestidas con faldas de fieltro -así las había visto yo en las fotos-, más tarde con minifaldas, luego con pantalones, finalmente con un solo pendiente y peinadas con crestas de rayas verdes. Allí se habían celebrado bailes; persistía la música, un palimpsesto de sonidos que nadie escuchaba, un estilo tras otro, un fondo de batería, un gemido melancólico, guirnaldas de flores hechas con papel de seda, demonios de cartón, una bola giratoria de espejos que salpicaba a los bailarines con copos de luz.

En la sala había reminiscencias de sexo, soledad y expectación de algo sin forma ni nombre. Recuerdo esa sensación, el anhelo de algo que siempre estaba a punto de ocurrir y que nunca era lo mismo, como no eran las mismas las manos que sin perder el tiempo nos acariciaban la región lumbar

GESTACION SUBROGADA

El cuento de la criada, Margaet Atwood, p. 182-183
-Empuja, empuja, empuja -susurramos-. Relájate. Jadea. Empuja, empujar empuja.
La acompañamos, somos una con ella, estamos ebrias. Tía Elizabeth se arrodilla; en las manos tiene una toalla extendida para sostener al bebé. He aquí la coronación de todo, la gloria, la cabeza de color púrpura y manchada de yogur, otro empujón y se deslizará hacia afuera, untada de flujo y sangre, colmando nuestra espera. Oh, alabado sea.
Mientras Tía Elizabeth lo inspecciona, contenemos la respiración; es una niña, muy pequeña, pero por el momento está bien, no tiene ningún defecto, eso ya se ve, manos, pies, ojos, los contamos en silencio, todo está en su sitio. Con el bebé en brazos, Tía Elizabeth nos mira y sonríe. Nosotras también sonreímos, somos una sola sonrisa, las lágrimas se deslizan por nuestras mejillas, somos muy felices.
Nuestra felicidad es, en parte, recuerdo. Lo que yo recuerdo es a Luke cuando estaba conmigo en el hospital, de pie junto a mi cabeza, sujetándome la mano, vestido con la bata verde y la mascarilla blanca que le habían proporcionado. Oh, exclamó, oh, caramba, con un suspiro de sorpresa. Dijo que aquella noche se sentía tan importante que no consiguió pegar ojo.
Tía Elizabeth está lavando con mucho cuidado al bebé, que no llora demasiado. Lo más silenciosamente posible, para no asustarlo, nos levantamos, rodeamos Janine, la abrazamos, le damos palmaditas en la espalda. Ella también está llorando. Las dos Esposas de azul ayudan a la tercera Esposa, la Esposa de la familia, a bajar de la Silla de Partos y a subir a la cama, donde la acuestan y la arropan. El bebé, ahora limpio y tranquilo, es colocado ceremoniosamente entre sus brazos. Las Esposas que están en el piso de abajo suben en tropel, se abren paso a empujones entre nosotras, nos echan a un lado. Hablan en voz muy alta, algunas de ellas aún llevan sus platos, sus tazas de café, sus vasos de vino, algunas todavía están masticando, se apiñan alrededor de la cama, de la madre y de la niña, felicitando y haciendo gorgoritos. La envidia emana de ellas, la huelo, como débiles vestigios de ácido mezclado con su perfume. La Esposa del Comandante mira al bebé igual que si de un ramo de flores se tratara, algo que ella ha ganado, un tributo. Las Esposas están aquí como testigos de la elección del nombre. Son quienes lo eligen.
-Angela -dice la Esposa del Comandante.
-Angela, Angela -repiten las Esposas en pleno cacareo-. ¡Qyé nombre tan dulce! ¡Oh, es perfecta! ¡Oh, es maravillosa!
Nos quedamos de pie entre Janine y la cama, para evitarle esa visión. Alguien le da un trago de zumo de uva, espero que le hayan agregado vino; aún siente los dolores posteriores al parto, llora desconsoladamente, consumida por las lágrimas. Sin embargo, nos sentimos alborozadas; esto es una victoria de todas nosotras. Lo hemos conseguido.

Le permitirán alimentar al bebé durante unos meses. Ellas creen en la leche materna. Después Janine será trasladada para comprobar si está en condiciones de hacerlo otra vez con algún otro que necesite un turno. 

INCIPIT 868. LADRON DE CUARTELES / TOBIAS WOLFF

Cuando sus chicos eran jóvenes, Guy Bishop adquirió el hábito de detenerse en su cuarto todas las noches al ir a la cama. Bajaba la vista hacia donde dormían., y luego se sentaba en la mecedora y les oía respirar. Era un hombre que siempre había ido de una cosa a otra, de sitio en sitio, de empleo en empleo, y, desde su matrimonio, hasta de mujer en muj.er. Pero cuando se sentaba en la oscuridad entre sus dos hijos dormidos no sentía deseos de moverse.

En ocasiones, porque le parecía poco natural, esta paz que sentía le daba miedo. El mayor miedo que tenía era que, por querer tanto a sus hijos, en cierto modo les estuviera poniendo en peligro, llevándolos por el mal camino.

ECFRASIS

El cuento de la maestra, Margaret Atwood, p. 327
Está vestida con un absurdo conjunto negro de lo que alguna vez fue raso brillante y ahora es una tela desgastada. No lleva tirantes y en el interior tiene un alambre que le levanta los pechos, pero a Moira no le sienta bien; es demasiado grande, lo que hace que un pecho le quede erguido y el otro no. Ella tironea distraídamente de la parte superior, para levantarlo. Lleva una bola de algodón en la espalda, la veo cuando se pone de perfil; parece una compresa higiénica que hubiera reventado como una palomita de maíz. Me doy cuenta de que pretende ser un rabo. Atadas a la cabeza lleva dos orejas, no logro distinguir si de conejo o de ciervo; una ha perdido su rigidez, o el armazón de alambre, y está medio caída. Lleva una pajarita en el cuello, medias negras de tul y zapatos negros de tacón alto. Siempre ha odiado los tacones altos. Todo el traje, antiguo y estrafalario, me recuerda algo del pasado, pero no atino a saber el qué. ¿Una obra de teatro, una comedia musical? Las chicas vestidas para Semana Santa, con trajes de conejo. ¿Qué significado tiene eso en este lugar, por qué se supone que los conejos son sexualmente atractivos para los hombres? ¿Cómo puede resultar atractivo un traje tan penoso?

Moira está fumando un cigarrillo. Da una calada y se lo pasa a la mujer de su izquierda, que lleva cuernos plateados y un vestido de lentejuelas rojas con una larga cola terminada en punta: va disfrazada de diablo. 

LOS HOMBRES MIRAN MUCHO AL CIELO

El cuento de la criada, Margaret Atwood, p. 175
Mientras lo decía, adelantaba la barbilla. La recuerdo así, con la barbilla prominente y una copa delante de ella, en la mesa de la cocina; no tan joven, seria y bonita como aparecía en la película, pero fuerte, valiente, la clase de anciana que no permitiría que alguien se colara delante de ella en la cola del supermercado. Le gustaba venir a mi casa a tomar un trago mientras Luke y yo preparábamos la cena, y contarnos lo que funcionaba mal en su vida, que siempre se convertía en lo que funcionaba mal en la nuestra. En aquel tiempo tenía el pelo canoso, por supuesto. Jamás se lo habría teñido. ¿Por qué aparentar?, decía. De todos modos, para qué lo quiero, no quiero a ningún hombre a mi lado, no sirven para nada, excepto por los diez segundos que emplean en hacer medio bebé. Un hombre es, sencillamente, el  instrumento de una mujer para hacer otras mujeres. No digo que tu padre no fuera un buen chico y todo eso, pero no estaba preparado para la paternidad: Y no es que yo pretendiera eso de él. Haz tu trabajo y luego esfúmate, le dije, yo tengo un sueldo decente y puedo ocuparme de ella. De modo que se fue a la costa y me enviaba postales por Navidad. Tenía unos hermosos ojos azules. Pero a todos les falta algo, incluso a  los guapos. Es como si siempre estuvieran distraídos, como si no lograsen recordar exactamente quiénes son. Miran mucho al cielo. Y pierden el contacto con la realidad. No tienen ni punto de comparación con las mujeres, salvo que son mejores arreglando coches y jugando al fútbol, que es justamente lo que necesitamos para el progreso de la raza humana, ¿verdad?

PRETENCIOSIDAD Y BUENA FE

Pretenciosidad, Dan Fox, p. 134.135
Ser pretencioso rara vez es dañino para los demás. Acusar a alguien de serlo sí lo es. Puedes emplear la palabra «pretencioso” como un arma con la que aporrear el trabajo creativo de otras personas, pero si las reduces a cenizas de este modo la acusación te reventará en la mano y de las heridas empezarán a manar todas tus inseguridades, prejuicios e ideas preconcebidas. Y justamente por eso importa la pretenciosidad. Es una nota en falso en los cantos de la objetividad y cuando suena podemos oír lo que nuestra sociedad valora de la cultura, oír de qué forma nos consideramos a nosotros mismos como personas. La pretenciosidad importa por todo lo que nos enseña acerca del proceso creativo. Haz una prueba: intenta acercar la pretensión a la luz. Dale la vuelta y observa dónde caen la luz y las sombras.

De modo que pensaste que la película que acababas de ver era pretenciosa y que también lo era la persona que te acompañó. Y luego pensaste que la comida y el servicio del restaurante en el que picasteis algo después del cine también eran pretenciosos.¿Pero qué era lo que pretendían exactamente? A lo mejor la película estaba mal hecha -ocurre a menudo-, pero se enfrentaba a ideas dificiles que pocos cineastas se han atrevido a abordar en la gran pantalla. Quizá la disposición de la comida en el plato que te sirvieron en el restaurante te resultó un poco confusa, pero estaba rica. Si la ropa de tu acompañante te dio vergüenza ajena, les posible que esa sensación se debiera más a tu ansiedad por lo que la gente pueda pensar de ti que a la imagen que cultiva tu acompañante? Quien acusa de pretenciosidad siempre presume malas intenciones. En efecto, el pretencioso, por regla general, no es más que alguien que  intenta hacer que el mundo sea más interesante y que reacciona ante el mismo de la manera que considera más oportuna. Lo más probable es que al ver a alguien pretencioso en realidad te halles frente a una persona que actúa de buena fe.

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