Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

NOTRE-DAME DE LOS TUBOS

La séptima función del lenguaje, L. Binet, p. 247-248
Cuando Baudrillard supo que la estructura metálica del Centro Georges Pompidou, inaugurado en 1977 por Giscard en la explanada Beaubourg e inmediatamente apodado “la refinería” o “el Notre-Dame de los tubos”, corría el riesgo de «hundirse» si sus visitantes superaban los treinta mil, se alegró como un niño, o como el granujilla de la French Theory que es, en un librito titulado El efecto Beaubourg. Implosión y disuasión:
«Que la masa (de visitantes) imantada por la estructura devenga una variable destructora de la estructura misma -siempre y cuando lo hayan querido así sus diseñadores (aunque, ¿quién puede esperar eso?) y, de ese modo, hayan programado la posibilidad de poner fin con un solo golpe la arquitectura y la cultura- convierte al Beaubourg en el objeto más audaz y en el happening más logrado del siglo».
Slimane conoce bien el barrio del Marais y la rue Beaubourg, donde los estudiantes hacen cola desde que  se abre la biblioteca. Lo sabe porque los ha visto al salir del garito nocturno, cansado por los excesos de la noche, y se ha preguntado muchas veces cómo esos mundos paralelos podían llegar a superponerse tanto uno al otro sin tocarse jamás.
Hoy, sin embargo, es él quien se ha puesto a la cola. Fuma con el walkman en las orejas, incrustado en medio de dos estudiantes inmersos en sus respectivos libros. Discretamente, intenta leer los títulos. El estudiante que le antecede lee un libro de Michel de Certeau titulado La invención de lo cotidiano. El otro, el de detrás, lee Del inconveniente de haber nacido, de Cioran.
Slimane escucha Walking on the Moon, de Police. La cola avanza muy lentamente. Les dicen que tienen para una hora.

“¡HUNDID EL BEAUBOURG! Nueva consigna revolucionaria. No vale la pena incendiarlo. No vale la pena criticarlo. ¡Id a él! Es la mejor manera de destruirlo. El éxito del Beaubourg ha dejado de ser un misterio: la gente va allí para eso, se abalanza sobre el edificio, cuya fragilidadrezuma ya catástrofe, con la única intención de hundirlo”

LACAN CAN

La séptima función del lengauje, L. Binet, p. 151
Lacan canturrea en voz baja una especie de nana judía. Pone cara de no enterarse de nada. En la cocina, Kristeva coge a la china por la cintura. BHL dice a Sollers: «Bien pensado, Philippe, tú eres superior a Sartre: estalinista, maoísta, papista ... Dicen que él se ha equivocado siempre, pero ¡anda que tú!... Cambias de opinión tan rápido que no te da tiempo a equivocarte». Sollers mete un cigarrillo en su boquilla. Lacan balbuce: «Sartre no existe». BHL prosigue: «Yo, en mi próximo libro ...”. Sollers le corta: «Sartre decía que todo anticomunista es un perro ... Yo digo que todo anticatólico es un perro ... Además, está claro, no hay ningún judío válido que no haya estado tentado de convertirse al catolicismo ... ¿No es así? ... Querida, ¿nos traes ya el postre? ... ». Desde la cocina, la voz sofocada de Kristeva responde que ya va.

El editor dice a Sollers que quizá publique a Hélene Cixous. Sollers responde: «Ese pobre Derrida ... No es precisamente Cixous quien va a animarlo ... Ja, ja, ja». BHL, en un nuevo intento de precisión: «Siento mucho afecto por Derrida. Ha sido mi maestro en la École. Como tú, querido Louis. Pero no es un filósofo. Filósofos franceses que estén aún vivos solo conozco a tres: Sartre, Levinas y Althusser». Althusser tampoco se da por aludido ante el pequeño halago. Hélene disimula su irritación. El estadounidense pregunta: “¿Y Pierre BoUrdieu, no es un buen filósofo?». BHL contesta que es de la Normale, en efecto, pero que seguro que no es un filósofo. El editor matiza, en atención al estadounidense, que es un sociólogo que trabaja mucho sobre las desigualdades invisibles, el capital cultural, social, simbólico ... Sollers bosteza ostensiblemente: «Lo que es sobre todo es un perfecto cañazo ... Sus habitus ... ¡Sí, no somos todos iguales, menuda noticia! Pues bien, os diré un secreto ... Schss ... Acercaos ... Eso ha sido así siempre y no cambiará nunca. Increíble, ¿Verdad?

PPP

La séptima función del lenguaje, L. Binet, p. 218
Ella también empieza con una cita, pero elige a Pasolini. El ya legendario «Yo acuso» de Pasolini, publicado en 1974 en el Corriere della Sera:
«Yo sé los nombres de los responsables de la masacre de Milán de 1969. Yo sé los nombres de los responsables de las masacres de Brescia y de Bolonia de 197 4. Yo sé los nombres de personas importantes que, con la ayuda de la CIA, de los coroneles griegos y de la Mafia han lanzado una cruzada anticomunista y a continuación han reconstruido una virginidad antifascista. Yo sé los nombres de los que, entre dos misas, han dado instrucciones y garantizado protección política a viejos generales, a jóvenes neofascistas y, en fin, a criminales comunes. Yo sé los nombres de las personas serias e importantes que se amparan detrás de personajes cómicos o detrás de personajes tiernos. Yo sé los nombres de las personas serias e importantes que se amparan detrás de los trágicos jóvenes que se han ofrecido como asesinos y sicarios. Yo sé todos esos nombres y yo sé todos los hechos, atentados contra las instituciones y masacres de los que ellos son los verdaderos culpables».
La vieja brama y su voz temblorosa resuena en el Archiginnasio.
«Yo sé. Pero no tengo pruebas. Ni siquiera indicios. Yo sé porque soy un intelectual, alguien que escribe, que se esfuerza por estar al tanto de todo lo que pasa, por conocer todo lo que se escribe sobre lo que pasa, por imaginar todo lo que no se sabe o todo lo que se calla¡ que pone en relación hechos que están alejados, que reúne los pedazos desorganizados y fragmentarios de una situación política coherente y que restablece la lógica ahí donde parecen reinar lo arbitrario, la locura y el misterio.»

Menos de un año después de este artículo, Pasolini era asesinado, golpeado hasta morir en una playa de Ostia. Gramsci muere en prisión. Negri está, a su vez, en una cárcel. El mundo cambia porque los intelectuales y el poder están en guerra recíproca. El poder gana casi todas las batallas, y los intelectuales pagan con su vida, o con su libertad, la osadía de haber querido alzarse contra él, muerden el polvo, aunque no siempre, y cuando un intelectual vence al poder, incluso a título póstumo, el mundo realmente cambia. Un hombre merece el apelativo de intelectual cuando se convierte en la voz de los sin voz.

LAS FUNCIONES DEL LENGUAJE

La séptima función del lenguaje, L. Binte, p. 126-127
- la función referencial es la primera función del lenguaje y la más evidente. Se utiliza el lenguaje para hablar de algo. Las palabras utilizadas remiten a cierto contexto, a cierta realidad, al asunto acerca del cual trata de dar alguna información.
- la función llamada emotiva o expresiva pretende manifestar la presencia y la posición del emisor con relación a su mensaje: interjecciones, adverbios de modo, matices de opinión, recursos irónicos ... La manera como el emisor expresa una información referida a un asunto exterior da ella misma informaciones sobre el emisor. Es la función del Yo. –
 -la función conativa es la función del TÚ. Va dirigida al receptor. Se ejerce, principalmente, con el imperativo o el vocativo, es decir, interpelando a aquel o a aquellos a quienes uno se dirige: «¡Soldados, estoy satisfecho de vosotros!», por ejemplo. (Y, de paso, se dará usted cuenta de que una frase no se reduce casi nunca a una sola función, sino que combina, por lo general, varias. Cuando se dirige a sus tropas después de Austerlitz, Napoleón casa la función emotiva -«estoy satisfecho»-con la conativa -«¡Soldados ... / ... de vosotros!».)
- la función fática es la más divertida, es la función que encara la comunicación como un fin en sí misma.  Cuando usted dice dígame por teléfono, lo que está diciendo es «le escucho», es decir, estoy preparado para la comunicación. Cuando se pasa usted horas discutiendo con sus amigos en el bar, cuando habla del tiempo que hace o del partido de fútbol del día anterior, en realidad usted no está interesado del todo por la información en sí, sino que habla por el hecho de hablar, sin otro objeto que mantener la conversación. Es como si dijéramos que esta función está en el origen de la mayoría de veces que tomamos la palabra.
- la función metalingüística pretende verificar que el emisor y el receptor se comprenden, es decir, que utilizan adecuadamente el mismo código. «¿Comprendes?» «¿Ves lo que te quiero decir?» «¿Sabes?» «Déjame explicarte ... »; o bien, por la parte del receptor: «¿Qué quieres decir?»; «¿Qué significa eso?», etcétera. Todo cuanto concierne a la definición de una palabra o a la explicación de un desarrollo, todo cuanto guarda relación con el proceso  de aprendizaje del lenguaje, toda frase sobre el lenguaje, todo metalenguaje, reenvía a la función metalingüística. Un diccionario no tiene otra función que la metalingüística.

- y finalmente, la última función es la función poética. Aborda el lenguaje en su dimensión estética. Los juegos con la sonoridad de las palabras, las aliteraciones, asonancias, repeticiones, efectos de eco o de ritmo responden a esta función. Se la puede encontrar en los poemas, evidentemente, pero también en las canciones, en los titulares de periódico, en los discursos oratorios, en los eslóganes publicitarios o políticos ... Por ejemplo, «CRS = SS» utiliza la función poética del lenguaje.

LA SEMIOLOGIA

La séptima función del lenguaje, L. Blinet, p. 12-13
La semiología es una cosa muy extraña. El primero que lo intuyó fue Ferdinand de Saussure, el fundador de la lingüística. En su Curso de lingüística general propone «concebir una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social». Ni más ni menos. Y añade, a modo de pista para quienes quieran aplicarse a la tarea: «Sería parte de la psicología social y, en consecuencia, de la psicología general. La denominaremos semiología (del griego semeion, "signo'). Nos enseñaría en qué consisten los signos y cuáles son las leyes que los rigen. Puesto que no existe todavía, no se puede decir aún lo que será; pero tiene derecho a existir y su lugar está determinado de antemano. La lingüística no es más que una parte de esta ciencia general. Las leyes que la semiología descubra serán aplicables a la lingüística, y esta se encontrará así ligada a un dominio claramente defindo en el conjunto de los hechos humanos». Me encantaría que Fabrice Luchini nos releyera este pasaje, recalcando las palabras como solo él sabe hacer, para que el mundo entero pudiera percibir, si no el sentido, al menos toda la belleza. Esta intuición genial, casi incomprensible para sus contemporáneos (el curso se dictó en 1906), no ha perdido, cien años más tarde, un ápice de su fuerza ni de su oscuridad. Posteriormente, numerosos semiólogos trataron de proporcionar definiciones a la vez más claras y más detalladas, pero se contradecían unos a otros (a veces sin darse cuenta ni ellos mismos), lo embrollaban todo y finalmente no conseguían más que alargar (y aun así apenas) la lista de sistemas de signos que escapan a la lengua: el código de circulación, el código marítimo internacional, la numeración de los autobuses, la numeración de las habitaciones de hotel, que han venido a completar la graduación militar, el alfabeto de los sordomudos ... y poco más.
Un poco escaso con respecto a la ambición inicial. Vista así, la semiología, lejos de ser una extensión del dominio de la lingüística, parece reducirse al estudio de protolenguajes toscos, mucho menos complejos y por tanto más limitados que cualquier lengua. Pero, de hecho, no es así.
No es casual que Umberto Eco, el sabio de Bolonia, uno de los últimos semiólogos todavía vivos, se refiera con tanta frecuencia a los grandes inventos decisivos en la historia de la humanidad: la rueda, la cuchara, el libro ... , según él, útiles perfectos de insuperable eficacia.

Todo deja suponer, en efecto, que la semiología es en realidad una de las invenciones capitales de la historia de la humanidad y una de las herramientas más poderosas jamás forjadas por el hombre, pero sucede corno con el fuego o con el átomo: al principio, no siempre se sabe para qué sirven ni cómo servirse de ellos.

INCIPIT 828. EL HOMBRE EN EL CASTILLO / PHILIPP K. DICK

Durante toda una semana el señor R. Childan había examinado ansiosamente el correo,  esperando encontrar el valioso envío de los Estados de las Montañas Rocosas. Cuando abrió la tienda el viernes por la mañana y vio que en el suelo sólo había cartas pensó que iba a tener dificultades con el cliente.
Se sirvió una taza de té instantáneo del aparato automático de la pared, y enseguida se puso a barrer con una escoba. Artesanías Americanas, S. A. quedó pronto preparada para recibir a los clientes del día, limpia y reluciente, con abundante cambio en la caja registradora, un florero lleno de caléndulas nuevas, y música de fondo en la radio. Afuera, en la calle Montgomery, los hombres de negocios corrían a las oficinas. Lejos, pasaba un coche funicular. Childan se detuvo a mirarlo, complacido. Mujeres con largos vestidos de seda de color ... Sonó el teléfono y Childan se volvió hacia el aparato.
-Sí-dijo una voz familiar, y Childan sintió que se le encogía el corazón-. Habla el señor Tagomi. ¿Mi cartel de reclutamiento para la guerra civil no llegó todavía, señor? Recuerde, por favor, que me hizo usted una promesa la semana pasada. -La voz encocorada y rápida, era apenas cortés, a punto de traspasar los límites del código.- ¿No dejé un depósito, señor Childan, con esa condición? Se trata de un regalo, como usted sabe. Ya se lo expliqué. Un cliente.

-He hecho largas averiguaciones a mis expensas, señor Tagomi -dijo Childan-, acerca de esa mercadería, pero usted sabe que no se imprimió en esta región, y por lo tanto ...

INCIPIT 827.LOS USURPADORES / JORGE ZEPEDA PATTERSON

Si una vez lo probáis, Sancho, comeros
Heis las manos tras el gobierno, por ser
dulcísima cosa el mandar y ser obedecido.
Don Quijote de la Mancha, Parte II: cap. XLII
Todos
Sábado, 25denoviembre, 11.30 a.m.
«Jodidos pero solemnes», se dijo Cristina Kirchner después de las tediosas peroratas de tres funcionarios durante la ceremonia de inauguración de la Feria del Libro de Guadalajara. Aun en calidad de expresidenta se sabía más importante que cualquiera de los veintiún miembros del presídium. No obstante había tenido que conformarse con ser ubicada en la primera fila del enorme recinto; después de todo, se encontraba allí simplemente como autora de un libro de memorias con el que esperaba cimbrar a la política argentina. Y en efecto la cimbró minutos más tarde, aunque por motivos totalmente distintos de los que hubiera deseado.

Quince filas más atrás la actriz Salma Hayek se preguntaba si la vida de Cristina Kirchner constituiría material para una buena película. La noche anterior se habían encontrado en el hall del hotel y la idea no la había abandonado desde entonces. Aunque la actriz era trece años más joven, se dijo que compartían el mismo fenotipo; con un poco de maquillaje podría interpretar a la viuda de Kirchner en distintas épocas de su vida. Lamentó una vez más que los organizadores no las hubieran colocado en la misma fila para tener oportunidad de conocerla mejor.

LEONORA CARRINGTON

El séptimo caballo, Leonora Carrington, p. 31
El esqueleto se levantaba cada mañana, limpio como una hoja de afeitar. Adornaba sus huesos con yerbas, se cepillaba los dientes con tuétano de antepasados, y se pintaba las uñas con rojo Fatma. Por la noche, a la hora del cóctel, iba al café de la esquina, donde leía el Diario del Nigromante, periódico predilecto de los cadáveres distinguidos. A menudo se divertía gastando bromas pesadas. Una vez fingió tener sed y pidió recado de escribir; se vació el tintero entre las mandíbulas y el costillar: la tinta le salpicó y manchó sus blancos huesos. En otra ocasión entró en una tienda de objetos de broma y se compró un surtido de bromas parisinas: imitaciones de excrementos. Por la noche puso una en su orinal; y jamás se recobró su sirvienta de la impresión que recibió por la mañana: de pensar que un esqueleto que no comía ni bebía había defecado como el resto de nosotros.

Sucedió que un día el esqueleto trajo algunas avellanas que andaban por el monte con sus patitas, las cuales vomitaban ranas por la boca, los ojos, las orejas, la nariz y demás aberturas y agujeros. El esqueleto se asustó, como el esqueleto que topa con un esqueleto en pleno día. Le había crecido rápidamente un detector de calabazas en la cabeza, con un lado diurno como un pan de pachulí y un lado nocturno como el huevo de Colón; y se fue, medio tranquilizado, a ver a una pitonisa.

MUJERES

Infancia, JM Coetzee, p. 10-11
Su madre no sabe montar en bicicleta; quizá tampoco sepa montar a caballo. Se compró la bicicleta pensando que no le costaría mucho aprender. Ahora no puede encontrar quien le enseñe.
Su padre no hace ningún esfuerzo por ocultar su regocijo. Las mujeres no montan en bicicleta, dice. La madre le desafia: No voy a quedarme prisionera en esta casa. Seré libre.
Al principio, a él le pareció estupendo que su madre tuviera una bicicleta propia. Incluso se había imaginado a los tres montando juntos hasta Poplar Avenue: ella, su hermano y él. Pero ahora, cuando escucha las bromas de su padre, que la madre solo puede encajar con un silencio obstinado, empieza a dudar. Las mujeres no montan en bicicleta: ¿y si su padre tiene razón? Si su madre no encuentra a nadie que quiera enseñarle, si ninguna otra ama de casa en Reunion Park tiene una bicicleta, entonces quizá sea cierto que las mujeres no deben montar en bicicleta.
A solas en el patio trasero, su madre trata de aprender por su cuenta. Con las piernas estiradas a cada lado, se desliza por la pendiente hacia el gallinero. La bicicleta vuelca y se para. Como la bicicleta no tiene barra, su madre no llega a caerse, solo se tambalea de una manera ridícula, agarrada al manillar. Su corazón se vuelve contra ella. Esa noche él se une a las burlas de su padre. Sabe la traición que eso significa. Ahora su madre está sola. Pese a todo, aprende a montar, aunque de forma insegura, zigzagueante, esforzándose por hacer girar los platos.
Hace sus excursiones a Worcester por las mañanas, cuando él está en el colegio. Solo una vez la ve pasar en la bicicleta. Lleva una blusa blanca y una falda oscura. Baja por Poplar Avenue en dirección a casa. Su pelo revolotea al  viento. Parece joven, casi una muchacha, joven y fresca y misteriosa. Cada vez que su padre ve la gran bicicleta negra apoyada en la pared, empieza a bromear. Dice que los ciudadanos de Worcester dejan lo que estén haciendo y se quedan mirándola atónitos cuando, con penas y fatigas, pasa en bicicleta. Venga, venga, le gritan burlándose: Dale. Las bromas no tienen ninguna gracia, pero él y su padre siempre acaban riéndose. Su madre nunca replica, no sabe cómo hacerlo. Solo les dice:”Reídos sí queréis”.
Un día, sin mediar explicación, su madre deja de montar en bicicleta. Y la bicicleta no tarda en desaparecer. Nadie dice nada, pero él sabe que la madre ha sido derrotada, la han puesto en su lugar, y sabe que él tiene parte de la culpa. La compensaré algún día, se promete a sí mismo.

El recuerdo de su madre montada en bicicleta no le abandona. Ella se aleja pedaleando por Poplar Avenue, escapando de él, escapando hacia su propio deseo. Él no quiere que se vaya. No quiere que ella tenga deseos. Quiere que se quede siempre en la casa, esperándolo. Ya no se alía con el padre contra ella: todo lo que desea es aliarse con ella contra el padre. Pero, en ese asunto, su lugar está entre los hombres.

AMISTAD

Juventud, JM Coetzee, p. 110-111
-¿Por qué? -vuelve a preguntar Mclver con impaciencia. -No me parece que trabajar en IBM sea demasiado gratificante a nivel humano. No me llena.
-Siga.
-Esperaba algo más.
-¿Como qué?
-Esperaba amistad.
-¿Considera que el ambiente es poco amigable?
-No, poco amigable no, en absoluto. La gente ha sido muy amable. Pero la amabilidad y la amistad no son lo mismo.
Había esperado que le permitieran que la carta fuera su última palabra. Pero había sido una esperanza ingenua. Debería haberse dado cuenta de que la considerarían el primer disparo de la guerra.
-¿Qué más? Si tiene algo más en mente, este es el momento de decirlo.
-Nada más.
-Nada más. Comprendo. Echa de menos tener amigos. No ha hecho amigos.
-Sí, exacto. No culpo a nadie. Probablemente sea culpa mía.
-Y por eso quiere dimitir.
Ahora que lo ha dicho le parece una estupidez, es una estupidez. Le están manipulando para que diga estupideces. Pero debería haberlo supuesto. Así le harán pagar el que los rechace a ellos y al trabajo que le han dado, un trabajo en IBM, el líder del mercado. Como un ajedrecista principiante, arrinconado en las esquinas y al que han hecho mate en diez movimientos, en ocho, en siete. Una lección de dominación. Bien, adelante. Que muevan sus fichas, que él seguirá con sus movimientos de retirada estúpidos, fácilmente previsibles, fácilmente predecibles, hasta que se aburran del juego y le dejen marchar.
Mclver da por terminada la entrevista con brusquedad. De momento ya está. Puede regresar a su mesa. Por una vez ni siquiera tiene la obligación de trabajar hasta tarde. Puede salir a las cinco, con toda la tarde para él.

A la mañana siguiente, a través de la secretaria de Mclver se ha cruzado con Mclver, que no le ha devuelto el saludo, se le ordena que informe sin dilación a la oficina central de lBM en la City, al departamento de personal. Está claro que al hombre de personal que atiende su caso le  han contado la queja sobre las amistades que IBM ha sido incapaz de ofrecerle. Tiene una carpeta abierta sobre la mesa; empieza el interrogatorio, va marcando temas tratados. ¿Cuánto hace que no es feliz en el trabajo? ¿En algún momento habló de su insatisfacción con su superior? Si no fue así, ¿por qué no lo hizo? ¿Sus colegas de la calle Newman han sido abiertamente antipáticos? ¿No? ¿Podría ampliar entonces el motivo de su queja? Cuanto más repiten las palabras amigo, amistad, amigable, más raras suenan. Se imagina al hombre diciéndole que si está buscando amigos, se inscriba en un club, juegue a bolos, haga volar maquetas de aviones o colecciones sellos. ¿Por qué esperar que su empresa, IBM, lnternational Business Machines, fabricante de calculadoras electrónicas y ordenadores, se los proporcione? Por supuesto, el hombre tiene razón. ¿Qué derecho tiene a quejarse, sobre todo en este país, donde todos son fríos con los demás? ¿Acaso no es por eso por lo que admira a los ingleses, por su contención emocional? 

JAMESIANA

Juventud, JM Coetzee, p. 68-69
Se pone ejercicios al estilo de James. Pero el estilo jamesiano resulta menos facil de dominar de lo que había pensado. Conseguir que los personajes con los que sueña mantengan conversaciones supersutiles es como intentar que los mamíferos vuelen. Por un instante, tal vez dos, agitan los brazos, se sostienen en el aire. Luego se desploman.
La sensibilidad de James es más refinada que la suya, no cabe duda. Pero eso no basta para explicar su fracaso. James quiere que creamos que las conversaciones, el intercambio de palabras, son lo único que importa. Aunque él está dispuesto a aceptar este credo, descubre que no puede seguirlo, no en Londres, la ciudad sobre cuyas ruedas grises está siendo desmembrado, la ciudad sobre la que tiene que aprender a escribir, si no ¿por qué está aquí?
Una vez, cuando todavía era un niño inocente, creyó que la inteligencia era el único criterio importante, que mientras fuera lo bastante listo podría conseguir cualquier cosa que deseara. Ir a la universidad le puso en su sitio. La universidad le enseñó que no era el más listo, ni mucho menos. Y ahora se enfrenta a la vida real, donde ni siquiera hay exámenes en los que apoyarse. Por lo visto, en la vida real lo único que sabe hacer bien es sentirse deprimido. En el sufrimiento sigue siendo el mejor de la clase. La cantidad de miserias que es capaz de atraer y mantener parece no tener límite. Incluso mientras camina lenta y pesadamente por las frías calles de esta ciudad extraña, sin rumbo, andando solo para cansarse y que así cuando regrese a su cuarto al menos pueda dormir, no siente en su interior la menor disposición a romper el peso del sufrimiento. El sufrimiento es su elemento. Se siente en casa en el sufrimiento, como pez en el agua. Si abolieran el sufrimiento, no sabría qué hacer con su vida.

La felicidad, se dice, no enseña nada. El sufrimiento, por otra parte, te curte para el futuro. El sufrimiento es la escuela del alma. Entre las aguas del sufrimiento se emerge en la lejana orilla purificado, fuerte, listo para afrontar de nuevo los retos de la vida del arte.

MONICA VITTI

Juventud, JM Coetzee, p. 54-55
Se refugia de IBM en el cine. El Everyman de Hampstead le abre los ojos a películas de todo el mundo, realizadas por directores cuyos nombres le resultan nuevos. Va a ver todo el ciclo de Antonioni. En una película titulada El eclipse, una mujer deambula por las calles de una ciudad desierta, bañada por el sol. La mujer está inquieta, ansiosa. No acaba de estar claro lo que le causa ansiedad; su cara no revela nada.
La mujer es Monica Vitti. Con sus piernas perfectas, sus labios sensuales y su mirada abstraída, Monica Vitti le persigue; se enamora de ella. Sueña que, de entre todos los hombres del mundo, él es el elegido para darle consuelo y solaz. Llaman a la puerta. Monica Vitti está de pie frente a él, pidiendo silencio con un dedo en los labios. Él da un paso adelante, la abraza. El tiempo se detiene; Monica Vitti y él son uno solo.
Pero ¿es el amante que Monica Vitti busca? ¿Calmará la ansiedad de Monica Vitti mejor que los hombres de las películas? N o está seguro. Incluso si encontrara una habitación para los dos, un lugar secreto en algún barrio londinense tranquilo y dominado por la niebla, sospecha que ella seguirla escabulléndose de la cama a las tres de la madrugada para sentarse a la mesa iluminada por una única lámpara, perturbadora, presa de la ansiedad.
La ansiedad que sufren Monica Vitti y otros personajes de Antonioni es de un tipo que no le resulta familiar. De hecho, no se trata de ansiedad en absoluto, sino de algo más profundo: angustia. A él le gustaría probar la angustia, aunque solo sea para saber cómo es. Pero, por mucho que lo intente, no encuentra en su corazón nada reconocible como angustia. La angustia parece ser una cosa europea, totalmente europea; en Inglaterra todavía está por llegar, no digamos ya en las colonias de Inglaterra.

En un artículo del Observer se explica la angustia del cine europeo como una emanación de la incertidumbre derivada de la muerte de Dios. No le convence. No puede creer que lo que empuja a Monica Vitti hacia las calles de Palermo bajo la furiosa esfera solar, cuando lo mismo podría quedarse en la fresca habitación de un hotel y que un hombre le hiciera el amor, es la bomba de hidrógeno o el fracaso de Dios en su intento de hablar con ella. Cualquiera que sea la verdadera explicación, tiene que ser más compleja.

PENSAR

Juventud, JM Cpetzee, p. 52
Está metido en el mundo de los negocios, y en el mundo de los negocios, descubre, no hay necesidad de ser educado.
La programación tiene algo que le desconcierta y, sin embargo, ni siquiera los hombres de negocios de la clase parecen tener problemas. Inocentemente había imaginado que la programación informática trataría sobre los modos de traducir la lógica simbólica y la teoría a códigos digitales. En cambio, solo se habla de inventarios y salidas de efectivo, de cliente A y cliente B. ¿Qué son los inventarios y las salidas de efectivo, y qué tienen que ver con las matemáticas? Lo mismo podría ser un oficinista clasificando fichas; lo mismo podría ser un aprendiz de jefe de estación.

Al final de la tercera semana se presenta al examen final, aprueba con resultados mediocres y se gradúa para poder trasladarse a la calle Newman, donde lo destinan a una sala con otros nueve programadores jóvenes. Todo el mobiliario de la oficina es de color gris. En el cajón del escritorio encuentra papel, una regla, lápices, un sacapuntas y una pequeña agenda con cubiertas de plástico negro. En la tapa, en mayúsculas, pone PIENSA. PIENSA es el lema de IBM. Lo que tiene de especial IBM, deduce, es su constante compromiso con el hecho de pensar. Los empleados deben pensar todo el tiempo, y así vivir de acuerdo con los ideales del fundador de IBM, Thomas J. Watson. Los empleados que no piensan no pertenecen a IBM, que es la aristocracia del mundo de los negocios de las máquinas. En las oficinas centrales de White Plains, en Nueva York, IBM posee un laboratorio donde se llevan a cabo investigaciones en ciencia informática más punteras que en todas las universidades del mundo juntas. Los científicos de White Plains ganan más que los profesores de universidad y consiguen cualquier cosa que puedan necesitar. Todo lo que tienen que hacer a cambio es pensar.
(En la imagen HAL)

DEL FUTURO

Conversaciones con DF Wallace, p. 204
PAULSON: Tengo que preguntarte por otro de tus relatos, «El canal del sufrimiento», que entre otras cosas trata de un nuevo reality show de televisión que muestra episodios reales de torturas y asesinatos y violaciones y cosas así. ¿Es esa una especie de visión tuya de lo que podría suceder en algún futuro distópico?
WALLACE: No sé si es así, pero supongo que, hasta donde entiendo la telerrealidad, ésta tiene una cierta lógica, y no es difícil llevar ese tipo de lógica hasta su extremo. Supongo que hacer la autopsia de un famoso con sus amigos de infancia sentados alrededor y hablando de si este famoso era o no una buena persona mientras a él le extirpan los órganos sería el colmo de esa lógica. No obstante la cuestión es, ¿hasta dónde vamos a llegar? La inhibición de la vergüenza tanto por parte de los concursantes como por parte de la gente que congrega el espectáculo ... en algún momento han descubierto que incluso cuando los espectadores se muestran desdeñosos o hablan del mal gusto de esas cosas, todavía siguen viéndolas, y que tal hecho es lo lucrativo. Una vez perdida esa mínima vergüenza, sólo el tiempo dirá lo lejos que podemos llegar.
PAULSON: Tus ensayos y tu ficción son famosos por varios motivos -por sus notas a pie de página, por diferentes digresiones sobre todo tipo de fragmentos extraños de información, fragmentos científicos y filosóficos-: ¿te sientes simplemente arrastrado hacia este tipo de cosas, o tan sólo tienes ganas de conocer el mundo?

WALLACE: No sé si es que en gran medida todo ello me viene a la memoria en un intento de hacer algo que yo sea capaz de sentir como auténtico. Y --en realidad no sé si le pasa a alguien más-a menudo me siento bastante fragmentado, como si tuviera una sinfonía de voces diferentes y voces en off y hechos anecdóticos hablando sin parar y digresiones sobre digresiones sobre digresiones, y sé que a quienes no les importa demasiado mi trabajo ven todo esto en gran parte como una especie de gran vómito. Esa es al menos mi intención, lo difícil es parecer muy digresivo y difractado y hacer como que te retuerces sobre ti mismo y que aun así haya además un diseño y un significado, y para ello hacen falta un montón de intentos, aunque probablemente acabe pareciendo como, ya sabes, un monólogo maníaco y demente o algo parecido. No sé si estoy más interesado en las trivialidades o en los hachos anecdóticos que cualquier otro, pero sí sé que de alguna forma no paran de rebotar dentro de mi cabeza

INCIPIT 826. LA SEPTIMA FUNCION DEL LENGUAJE / LAURENT BINET

PRIMERA PARTE
París

La vida no es una novela. Al menos eso es lo que a ustedes les gustaría creer. Roland Barthes sube una vez más por la rue de Bievre. El mayor crítico literario del siglo xx tiene sobrados motivos para estar angustiado en grado sumo. Su madre, con quien mantenía unas relaciones muy proustianas, ha muerto. Y su curso en el College de France, titulado «La preparación de la novela», ha resultado un fracaso del que difícilmente puede sustraerse: durante todo el año ha estado hablándoles a sus alumnos de haikus japoneses, de fotografía, de significantes y significados, de divertimentos pascalianos, de camareros de café, de batas guateadas o del número de asientos en el anfiteatro, de todo menos de novela. Y va para tres años así. Sabe irremediablemente que el propio curso no es más que una maniobra dilatoria para aplazar el momento de empezar una obra verdaderamente literaria, es decir, una que haga justicia al escritor hipersensible que está aletargado en él

INCIPIT 825. CASA LUGUBRE / CHARLES DICKENS

En la Cancillería

Londres. Apenas ha comenzado el primer trimestre de sesiones, y el lord Canciller está en Lincoln's Inn Hall. Crudo tiempo de noviembre. Hay tanto lodo en las calles como si las aguas hU'biesen retrocedido de nuevo de la faz de la Tierra y no resultase sorprendente toparse con un megalosauro, de unos cuarenta pies, balanceándose como un lagarto mastodóntico Holborn Hin arriba. El humo que se vierte de los cañones de las chimeneas en forma de llovizna blanda y negra, con pequeños grumos de hollín del tamaño de copos de nieve enlutada, se diría, por la muerte del sol. Perros, irreconocibles de cieno. Caballos, no mucho mejor, cubiertos de barro hasta las anteojeras. Transeúntes que entrechocan sus paraguas en una epidemia de malhumor, y que pierden pie al doblar esquinas donde cientos de miles de anteriores transeúntes se han resbalado y escurrido desde el amanecer (si es que ha llegado a amanecer), añadiendo capas y más capas de un barro que se pega tenazmente en esos sitios y que se acumula progresivamente ... Niebla por todas partes. Niebla tío arriba, por donde este fluye entre verdes mejanas y prados; niebla río abajo, por donde se desliza contaminado entre hileras de buques y de detritus ribereños de una gran (y sucia) ciudad. Niebla en los marjales de Essex, niebla en las colinas de Kent. Niebla que se desliza por los fogones de los bergantines del carbón.

DE LAS MATEMATICAS

Conversaciones con DF Wallace, p. 173
IDEAS: Entonces, aunque te hayas resistido al lavado de cerebro, ¿eres un platónico? ¿Piensas que los conceptos matemáticos existen?
WALLACE: Personalmente, sí, soy platónico. Pienso que Dios tiene lenguajes particulares, y uno de ellos es la música y otro las matemáticas. No se trata de algo que pueda defender. Simplemente es algo que he sentido en la tripa desde que era un crío, aunque cuestión diferente es cómo tratar de otorgarle sentido y encajarlo en algún tipo de filosofía que funcione, mucho menos para cruzar la calle para comprar una barra de pan.
IDEAS: ¿Fue difícil escribir sobre lo abstracto, sin tramas ni personas?

WALLACE: ¿Sabes?, en un sentido raro, sólo hay un problema básico en la escritura: cómo conseguir algo de empatía con el lector. Y ese problema es como una joya con muchas facetas. Y esta es una faceta un tanto diferente: cómo coger esta materia tan, tan abstracta, reducirla para que quepa en un libro normal, y darle al lector lo bastante de la historia real para no acabar mintiéndote, pero también dejarla lo bastante clara para que no sea simplemente comprensible sino medio placentera para alguien que lleve veinte años sin tocar las matemáticas. En realidad no difiere mucho del hecho de cómo conseguir que un lector se meta en la consciencia de un personaje que, digamos, no es un héroe ni un tipo demasiado agradable, y sienta la humanidad y algo de los contornos tridimensionales de esa persona sin tener que fingir que no se trata de un monstruo.
En la imagen El Teorema de Gödel

DE LA TV

Conversaciones con DF Wallace, p. 50-51
DFW: Bueno, retorcerse las manos y afirmar que la televisión ha acabado con los lectores es una simplificación excesiva. Porque la cultura televisiva estadounidense no llegó de la nada. En lo que la televisión es extremadamente buena -y obsérvese que esto es lo único que hace-- es en averiguar lo que grandes cantidades de personas creen que quieren, y proporcionárselo. Y dado que siempre ha existido una profunda y característica repugnancia americana por la  frustración y el sufrimiento, la televisión evita estos temas como una plaga en favor de algo anestésico y poco exigente.
L.M.: ¿De verdad piensas que la repugnancia es característicamente americana?

DFW: En todo caso parece característica de la sociedad industrial occidental. En la mayoría de las demás culturas, si sientes dolor, si tienes un síntoma que te hace sufrir, se ve como algo esencialmente saludable y natural, una señal de que tu sistema nervioso sabe que algo va mal. Para estas culturas, deshacerse del dolor sin dirigirse a la causa más profunda sería como apagar una alarma de incendios mientras aún hay fuego. No obstante, si te fijas en la cantidad de maneras con las que en este país intentamos denodadamente aliviar los meros síntomas -desde los antiácidos de acción ultra-rápida a la popularidad de los musicales alegres durante la Depresión- apreciarás una tendencia casi compulsiva a considerar el dolor en sí mismo como el problema. Y de ahí que el placer se convierta en un valor, en un fin teleológico en sí mismo. Es probable que se trate de algo más occidental que estadounidense per sé. Fijate en el utilitarismo -que es la principal contribución inglesa a la ética- y verás una completa teleología basada en la idea de que la mejor forma de vivir es aquella que maximiza el ratio entre placer y dolor. Dios, sé que sueno mojigato. Lo que digo es que es miope culpar a la televisión. Ella es simplemente otro síntoma. La televisión no inventó nuestra infantilidad  estética más que el Proyecto Manhattan inventó la agresión. Las armas nucleares y la televisión simplemente han intensificado las consecuencias de nuestras propensiones, han elevado el nivel.

WIKIPEDIA

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