Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

LA VIDA


El Gatopardo, Lampedusa, p. 268
No volvieron a sacar la butaca al balcón. Fabrizietto y Tancredi se sentaron junto a él y cada uno le cogió una mano; el muchacho lo miraba fijamente con la natural curiosidad de quien asiste a su primera agonía; solo eso; el que se estaba muriendo no era un hombre, sino un abuelo, cosas bastante distintas. Tancredi cogía con fuerza la mano y hablaba, hablaba mucho, hablaba entusiasmado: exponía proyectos a los que lo asociaba, comentaba la situación política; era diputado, le habían prometido la legación de Lisboa, conocía multitud de anécdotas secretas y sabrosas. La voz nasal, el vocabulario ingenioso dibujaban un superfluo friso sobre el torrente cada vez más atronador de la vida que lo abandonaba. El príncipe agradecía la charla, e intentaba, sin mayor resultado, apretarle también él la mano. La agradecía, pero no la escuchaba. Estaba haciendo el balance de pérdidas y ganancias de su vida, trataba de extraer de la inmensa montaña de cenizas del pasivo las diminutas briznas de oro de los momentos felices. Eran estos: las dos semanas previas a su casamiento, las seis siguientes; media hora cuando nació Paolo y se sintió orgulloso por haber añadido una ramita al árbol de la Casa de los Salina (ahora sabía que el orgullo había sido injustificado, pero no por ello la emoción había dejado de ser auténtica); ciertas conversaciones con Giovanni antes de que este se marchase, ciertos monólogos, a decir verdad, durante los cuales le había parecido percibir una afinidad espiritual entre ellos; muchas horas en el observatorio, entregadas a la abstracción de los cálculos y a la persecución de lo inalcanzable; pero ¿realmente podía incluir esas horas en el activo de su vida? ¿No eran acaso una dádiva anticipada de la bienaventuranza de la muerte? Pero lo importante era que hubiesen existido.

PRINCIPE DE SALINA


El Gatopardo, Lampedusa, p. 266
También estaban los nietos: Fabrizietto, el más joven de los Salina, tan hermoso, tan despierto, tan encantador.
Tan insufrible. Con su doble dosis de sangre Malvica, su gusto instintivo por la vida regalada, su inclinación hacia una elegancia burguesa. Era inútil que intentara convencerse de lo contrario: el último Salina era él, el escuálido gigante que en aquel momento agonizaba en el balcón de un hotel. Porque un linaje noble solo existe mientras perduran las tradiciones, mientras se mantienen vivos los recuerdos; y él era el único que tenía recuerdos originales, distintos de los que se conservaban en otras familias. Fabrizietto solo tendría recuerdos triviales, iguales a los de sus compañeros de instituto, recuerdos de meriendas económicas, burlas zahirientes a los profesores, caballos comprados más por el precio que por las cualidades; y el orgullo de llamarse Salina se transformaría en mera ostentación, amargada siempre por la sospecha de que otros pudieran ostentar más aún. Todos andarían a la caza de una buena dote, pero para entonces solo sería una routine establecida, no la hazaña predatoria que había realizado Tancredi. Los tapices de Donnafugata, los almendrales de Ragattisi, e incluso quizá la fuente de Anfitrite perderían su encanto y sus matices para correr la grotesca suerte de  metamorfosearse en terrinas de foie-gras pronto digeridas, y en mujercillas de Bata-clan aún más efímeras que sus afeites. En cuanto a él, solo se lo recordaría como el abuelo viejo y cascarrabias que cierta tarde de julio la había palmado justo a tiempo para arruinarle al chaval sus vacaciones en el balneario de Livorno. Había dicho que los Salina siempre seguirían siendo los Salina. Pero se había equivocado. Él era el último. Al fin y al cabo ese Garibaldi, ese  barbudo Vulcano, había logrado salirse con la suya.

SICILIA DURMIENTE


El Gatopardo, Lampedusa, p. 202
No sé por qué vía se habían enterado de que tengo una casa en la Marina, frente al mar, desde cuya azotea puede contemplarse el círculo de montes que rodea la ciudad; me pidieron autorización para visitar la casa y desde allí ver el panorama por el que, según se decía, merodeaban los garibaldinos, ya que ellos desde los barcos no podían observar bien sus movimientos. Vinieron a casa y yo mismo los acompañé al techo; pese a sus rojizas patillas, eran unos jovencitos ingenuos. Se quedaron extasiados ante el panorama, ante la violencia de la luz; sin embargo, confesaron que estaban espantados de toda la miseria, ruina y mugre que habían visto por el camino. No les expliqué, como acabo de hacerlo en su ca.so, que un fenómeno derivaba del otro. Luego uno de ellos me preguntó qué habían venido a hacer realmente en Sicilia aquellos voluntarios italianos. "They are coming to teach us good manners -le respondí-, but won't succeed, because we are gods” "Han venido a enseñarnos buenos modales; pero fracasarán, porque somos dioses." Creo que no entendieron; se echaron a reír y luego se marcharon. Lo mismo le digo ahora a usted, querido Chevalley: los sicilianos jamás querrán mejorar por la sencilla razón de que se creen perfectos; en ellos la vanidad es más fuerte que la miseria; toda intromisión de extraños, ya sea por el origen o -si se trata de sicilianos- por la libertad de las ideas, es un ataque contra el sueño de perfección en que se hallan sumidos, una amenaza contra la calma satisfecha con que aguardan la nada; aunque  una docena de pueblos de diversa índole hayan venido a pisotearlos, están convencidos de tener un pasado imperial que les garantiza el derecho a un entierro fastuoso. ¿De verdad cree usted, Chevalley, que es el primero que pretende encauzar a Sicilia en la corriente de la historia universal? ¡Quién sabe cuántos imanes mahometanos, cuántos caballeros del rey Rogelio, cuántos escribas de los suevos, cuántos barones de Anjou, cuántos legistas del Católico concibieron también esa hermosa locura! ¡Y cuántos virreyes españoles, cuántos funcionarios reformadores del reino de Carlos III! ¿Quién recuerda ahora sus nombres? Pero  su insistencia fue en vano: Sicilia prefirió seguir durmiendo; ¿por qué hubiese tenido que escucharlos, si es rica, sabia, honesta, si todos la admiran y la envidian, si, para decirlo en una palabra, es perfecta?

INCIPIT 921. EL ESCANDALO DE LOS WAPSHOT / JOHN CHEEVER


Comenzó a nevar en St. Botolphs a las cuatro y cuarto del día de Nochebuena. El viejo Sr. Jowett, el jefe de estación, salió al andén con su faro en la mano y lo sostuvo en alto. Los copos de nieve brillaban como limaduras de hierro en el rayo de luz, aunque en realidad allí no había nada. La nevada le alegró, le reanimó y le sacó –con toda el alma, al parecer- de su caparazón de preocupaciones y trastornos digestivos. El tren de la tarde llevaba ya una hora de retraso, y la nieve (cuya blancura parece formar parte de nuestros sueños, puesto que la llevamos con nosotros a todas partes) caía con tan generosa velocidad, con tal rapidez, que parecía que el pueblo se hubiese separado de su contexto en el planeta y estuviese impulsando sus tejados y sus torres hacia lo alto. Los restos de una cometa colgaban de los cables del teléfono, como un recordatorio de la versatilidad del año.
-Oh, ¿quién metió el guardapolvo en la sopa de pescado de la Sra. Murphy? -cantó el Sr. Jowett en voz alta, aun sabiendo que era inadecuado para la época del año, el día y la dignidad de un empleado de estación, el guardián de los verdaderos y antiguos límites de la ciudad, de su Puerta de Hércules.

INCIPIT 920. PAGINAS ESCOGIDAS / FERLOSIO


DE LOS ÁSPEROS Y GRANDES LANCES DE LA MONTAÑA
Por la tierra de secano hacia la montaña, canta la pájara antigua. Sobre las tapias de pizarra, junto a la blanca carretera, grazna, mece su cola. Al carretero le roba el pan y le despinta el  carro. Grita a los cereales cuando les llega el madurar. Con su voz, seca los campos para la siega. Las otras aves se van, pero las urracas se quedan siempre, antiguas pájaras de la meseta. Ellas delatan crímenes nefastos y piden venganza para las violadas. Reconocen a los hombres y saben mucho de geografía. Saben cuanto pasa en los pueblos y los caminos. Dicen los nombres de los muertos y los recuerdan sin pena. Unas a otras se narran las historias de los muertos. Camino del camposanto los ven pasar y se quedan sobre una piedra, narrándose cuanto vieron. Viven los hombres y envejecen; las urracas hablan y miran. Las urracas sin pena no creen en la esperanza; ellas narran tan sólo, y repiten los nombres de los muertos. Los muertos van a lo largo del camino de la montaña. Van, como nublados sin lluvia, a trasponer las oscuras cimas. En la voz de las pájaras sus nombres quedan.
La montaña es silenciosa y resonante. Como el vientre de la loba es su vientre, arisco y maternal. Esconde sus manantiales en los bosques, corno la loba sus tetas entre pelo. La montaña está tendida mansamente, amamantando a la llanura. Sólo a veces se levanta dura y esquiva y rasga los labios de los campos.
Por encima de los bosques viene el talud pelado, con sus pedrizas y sus reventones, donde nace la arena de los ríos. La montaña se rasga el pecho y echa aludes de piedras angulosas. La montaña tiene arenales en los ríos de la llanura y sus ojos dormitan entre la arena de los remansos.

INCIPIT 919. EL GATOPARDO / LAMPEDUSA


Mayo de 1860
«Nunc et in hora mortis nostrae. Amen.»
El rezo cotidiano del rosario había concluido. Durante media hora la serena voz del príncipe había evocado los misterios de dolor; durante media hora otras voces, entremezcladas, habían tejido un rumor ondulante en el que ciertas palabras inusuales: amor, virginidad, muerte, resaltaban como flores de oro; y mientras duró ese rumor el aspecto del salón rococó dio la impresión de haber cambiado; hasta los papagayos cuyas irisadas plumas cubrían la seda del entapizado parecieron intimidarse; y entre las dos ventanas, la blonda y opulenta Magdalena trocó incluso su habitual aire soñador por una contrita expresión de penitencia.
Ahora que la voz había callado, todo volvía al orden, al desorden, habitual. Se abrió la puerta, salieron los criados, y el alano Bendico, resentido aún por la exclusión que le habían infligido, irrumpió meneando el rabo. Las mujeres se levantaban lentamente y el oscilante retroceso de sus faldas iba descubriendo mitológicas desnudeces dibujadas sobre el fondo lechoso de las baldosas. Solo una Andrómeda permaneció cubierta por el hábito del padre Pirrone

SUEÑO Y SICILA


El Gatopardo, Lampedusa, p. 197
«El sueño, querido Chevalley, el sueño es lo que más desean los sicilianos, y siempre odiarán al que pretenda despertarlos, aunque sea para traerles los mejores regalos; dicho sea entre nosotros, personalmente dudo mucho de que el nuevo reino tenga demasiados regalos para nosotros en su equipaje. Todas las expresiones sicilianas son expresiones oníricas, hasta las más violentas: nuestra sensualidad es deseo de olvido, nuestros escopetazos y nuestras   cuchilladas son deseo de muerte; deseo de voluptuosa inmovilidad, o sea también de muerte, son nuestra pereza, nuestros sorbetes de escorzonera o de canela; cuando nos ponemos pensativos, se diría que es la nada queriendo escrutar los enigmas del nirvana. Así se explica el poder desmedido que ejercen aquí ciertas personas: son aquellos que están semidespiertos; como también el famoso siglo de retraso en las manifestaciones artísticas e intelectuales de Sicilia: las novedades solo nos atraen cuando sentimos que están muertas, que ya no pueden producir corrientes vitales; a ello se debe asimismo ese fenómeno increíble de la creación actual, ante nuestros ojos, de unos mitos que si fueran realmente antiguos despertarían veneración, pero apenas logran ser siniestras tentativas de sumergirse otra vez en un pasado que nos atrae precisamente porque está muerto.»

INCIPIT 918. ESTA BRUMA INSENSATA / ENRIQUE VILA-MATAS


Había llegado a ser un artista citador gracias precisamente a que de muy joven no lograba avanzar como lector más allá de la primera línea de los libros que me disponía a leer. La causa de tanto tropiezo estaba en que las primeras frases de las novelas o ensayos que trataba de abordar se abrían para mí a demasiadas interpretaciones distintas, lo que me impedía, dada la exuberante abundancia de sentidos, seguir leyendo. Aquellos atascos, que por suerte empecé a perder de vista hacia los dieciocho años, fueron seguramente la base de mi posterior afición a acumular citas, cuantas más mejor, una necesidad absoluta de absorber, de reunir todas las frases del mundo, un ansia incontenible de devorar cuanto se pusiera a mi alcance, de apoderarme de todo lo que,  en momentos de bonanza lectora, viera yo que podía ser mío.

ANGELICA SEDARA


El gatopardo, Lampedusa, p. 104
Todos estaban tranquilos y contentos. Todos, salvo Concetta. Era verdad que había abrazado y besado a Angelica, e incluso no había querido aceptar que la tratara de “Usted» y le había propuesto el «Tú» de cuando eran niñas, pero bajo el corpiño azul pálido latía un corazón atenazado; la violenta sangre de los Salina bullía en su interior y bajo la lisa frente pululaban ideas de envenenamiento. Tancredi estaba sentado entre ella y Angelica y con la esmerada solicitud de quien se siente culpable repartía equitativamente miradas, cortesías y bromas entre ambas compañeras de mesa; pero Concetta percibía, sentía de un modo instintivo, la corriente de deseo que pasaba de su primo a la intrusa, y la arruguilla que tenía entre la frente y la nariz adquiría un aire feroz; su deseo de matar rivalizaba con su deseo de morir. Como mujer que era, se aferraba a los detalles: percibía la gracia vulgar del meñique derecho de Angelica, que esta levantaba cada vez que cogía la copa; percibía el lunar rojizo en la piel del cuello; percibía el intento, a duras penas contenido, de quitarse con la mano un trocito de comida que había quedado entre aquellos dientes tan blancos; percibía aún más intensamente cierta falta de sutileza; y a esos detalles, que al final eran insignificantes porque acababan consumiéndose en la llama de una irresistible sensualidad, se aferraba  llena de desconfianza y desesperación, como se aferra a un canalón de plomo el albañil que ha perdido pie; confiaba en que también Tancredi percibiría con desagrado aquellas pruebas evidentes de la diferencia de educación. Pero, ¡ay!, Tancredi ya las había percibido, y en vano. Se dejaba arrastrar por el estímulo físico que aquella hembra bellísima ofrecía a su ardor juvenil, y también por la excitación contable -por llamarla así- que la muchacha rica provocaba en su cerebro de hombre ambicioso y pobre.

TANCREDI


El gatopardo, Lampedusa, p. 57
El príncipe se sintió ofendido: realmente el muchacho no sabía dónde estaban los límites, pero tampoco tenía ganas de regañarlo; por lo demás, no se equivocaba. “Pero ¿por qué estás vestido así? ¿Qué pasa? ¿Un baile de máscaras por la mañana?» El muchacho se puso serio: su rostro triangular adquirió una inesperada expresión viril. “Me marcho, tiazo, me marcho dentro de media hora. He venido a despedirme.» El pobre Salina sintió que se le encogía el corazón. “¿Un duelo?” “Un gran duelo, tío. Con Franceschiello Dios lo guarde. Me voy a las montañas, a Corleone; no se lo digas a nadie, sobre todo ni una palabra a Paolo. Se preparan grandes cosas, tiazo, y no quiero quedarme en casa, donde, por lo demás, me cogerían en seguida, si me quedase.» El príncipe tuvo una de sus visiones repentinas: una sangrienta escena de guerrillas, escopetazos en los bosques, y su Tancredi en el suelo, con las tripas fuera como aquel pobre soldado. “¡Estás loco, hijo mío! ¡Ir a meterte con esa gente! Son todos mafiosos y estafadores. Un Falconeri tiene que estar con nosotros, por el rey.» Los ojos  volvieron a sonreír. «Por el rey, sí, pero ¿qué rey?” El muchacho tuvo uno de esos accesos de seriedad que lo volvían enigmático y a la vez entrañable. «Si nosotros no participamos también, esos tipos son capaces de encajamos la república. Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie. ¿Me explico?» Un poco emocionado abrazó a su tío. «Hasta pronto. Volveré con la tricolor.” La retórica de los amigos también había teñido en parte a su sobrino: Sin embargo, no: el tono nasal revelaba un entusiasmo aparente. ¡Qué muchacho! Era capaz de hacer cualquier tontería sin dejar de criticarla. ¡Y su hijo Paolo, que en aquel  momento estaría vigilando la digestión del perro Guiscardo! Su verdadero hijo era este.

INCIPIT 917. EL MAR, EL MAR / IRIS MURDOCH


LA PREHISTORIA
EL mar que se extiende ante mí mientras escribo más que destellar, resplandece bajo el suave sol de mayo. Con el cambio de marea, se recuesta calladamente contra la tierra, casi sin huella de ondas ni de espuma. Próximo al horizonte es de un púrpura suntuoso, marcado por líneas regulares de verde esmeralda. En el horizonte es índigo. Cerca de la playa, donde la visión se da enmarcada por amontonamientos de desiguales rocas amarillas, hay una franja de verde más pálido, helado y puro, menos radiante y sin embargo opaco, no transparente. Estamos en el norte, y la luz brillante del sol no puede penetrar en el mar. Allí donde el agua golpea suavemente sobre las rocas sigue siendo una superficie de color, como una piel. El cielo sin nubes es muy pálido en el horizonte índigo, que le pone un leve trazo de plata. Su azul se intensifica y vibra hacia el cenit. Pero el cielo parece frío, hasta el sol parece frío.
Había escrito lo que antecede, destinado a ser el párrafo inicial de mis memorias, cuando sucedió algo tan extraordinario y tan horrible que no puedo decidirme a describirlo ni siquiera ahora, transcurrido un intervalo, a pesar de que se me ha ocurrido una explicación, posible aunque no del todo tranquilizadora. Quizá me sentiré más sosegado y con la cabeza más despejada después de un nuevo intervalo.

INCIPIT 916. BASADA EN HECHOS REALES / DELPHINE DE VIGAN



Me gustaría relatar cómo entró L. en mi vida, en qué circunstancias, me gustaría describir con precisión el contexto que permitió a L. penetrar en mi esfera privada y, con paciencia, adueñarse de ella. No es tan sencillo. Y en el momento en que escribo esa frase, cómo entró L. en mi vida, calibro lo que tiene de pomposo esa expresión, un tanto trillada, cómo recalca una dramaturgia que no existe aún, esa voluntad de anunciar el viraje o la repercusión. Pero sí, L. entró en mi vida y la desquició profunda, lenta, firme, insidiosamente. L. entró en mi vida como en un escenario de teatro, en mitad de la representación, como si un director de escena se hubiera encargado de que todo se difuminase en derredor para abrirle paso, como si la entrada de L. se hubiera dispuesto para resaltar su importancia, para que en ese momento preciso el espectador y los demás personajes presentes en escena (en este caso, yo) sólo repararan en esa irrupción, para que todo a nuestro alrededor se inmovilizara y su voz llegase hasta el fondo de la sala; en resumidas cuentas, para que produjese su pequeño efecto.

INCIPIT 916. VIEJA ESCUELA / T. WOLFF


Robert Frost nos visitó en noviembre de 1960, sólo una semana después de las elecciones generales. Dice algo sobre nuestro colegio que la perspectiva de su llegada suscitara más interés que la contienda electoral entre Nixon y Kennedy, la cual para la mayoría de nosotros no fue en absoluto una contienda. Nixon era un estrecho y un gruñón. Si hubiera sido uno de los nuestros le habríamos parado los pies. Kennedy, sin embargo ... Ése sí que era luchador, irónico, preciso y nada histérico. Controlaba perfectamente la ropa. Su mujer era una  preciosidad.
Y había leído y escrito libros, de los cuales Por qué se durmió Inglaterra era lectura obligada en mi seminario avanzado de historia. A Kennedy lo reconocíamos; todavía podíamos ver en él al chico que hubiera sido aquí uno de los preferidos, travieso y listo, con esa desenvoltura tan comedida que dejaba a las claras, y al tiempo pasaba por alto, el hecho de su clase social.
Pero no habríamos admitido que la clase social desempeñaba el menor papel en el hecho de que Kennedy nos gustase. El nuestro no era un colegio esnob, o eso nos creíamos, y hacíamos todo lo que podíamos por que aquello pareciera verdad. Todo el mundo realizaba alguna tarea. Los becados podían declarar que lo eran o no, como les apeteciera; el propio colegio no hacía distingos.

INCIPIT 916. FLORES DE PLOMO / JE ZUÑIGA


DoBLAN LAS CAMPANAS DE SANTIAGO
Desde los baldíos de Santo Domingo y Leganitos, un viento duro sopla briznas de nieve y sacude los bordes de la capa hasta enredar las piernas y obligar a la mano enguantada a sujetar el ala de la negra chistera y entornar los ojos que apenas ven el suelo empedrado, tan conocido, según entra en la calle Angosta de San Bernardo y entonces le parece que una voz de mujer grita muy lejos, “¡Mariano, ven, Mariano!”, pero es el zumbar del viento en los oídos, fue su imaginación o su deseo de que alguien le llamara y él volverse atrás, tan deseoso de eludir el encuentro, aunque el frío le hace desear la casa adonde va, no andar por calles en las que no hay sino la nublada tarde que anuncia el presto anochecer, y en el alero de un tejado algo se mueve y repite un chirrido casi animal, cual un pájaro allí enganchado y doliente. A don Mariano José de Larra, el periodista, le extraña el olor a madera quemada en el portal oscuro y oír el crujido de los escalones bajo sus pisadas y cuando entra en el despacho del cronista, que espera su visita, nota en la cara el confortable calor de la chimenea francesa bien cargada que crepita por el tiro vivaz a causa del viento, y hacia el fuego van sus ojos atraídos por la claridad de las llamas, y delante, está don Ramón de Mesonero Romanos que alza su mano para tenderla y estrechar la otra, breve y huidiza.

H.M.


Tus pasos en la escalera, Muñoz Molina, p. 235
El Paciente H. M. tenía veintisiete años cuando el cirujano le practicó la lobotomía. Su memoria explícita se quedó detenida en 1953. El resto de su vida lo pasó en una residencia, gracias a una pequeña pensión de invalidez. Durante largas temporadas lo alojaban en una habitación del departamento de Neurofisiología del Instituto Tecnológico de Massachusetts, donde se sometía con docilidad y buen ánimo a los experimentos que hacían con él todo tipo de especialistas. Tenía una voz suave y un poco dubitativa. Era capaz de aprender tareas manuales complicadas pero luego no se acordaba de haberlas aprendido. A la neurocientífica que trabajó casi medio siglo con él la saludaba cada día como si acabara de conocerla. Tenía la boca grande, dicen, las orejas grandes, una gran sonrisa. Llevaba unas gafas gruesas de pasta. Comía con buen apetito. Si había terminado de comer y un experimentador le ponía delante otro plato de comida, él le daba las gracias educadamente y se lo tomaba con las mismas ganas. No sabía su edad. Se la decían y la olvidaba de inmediato. Se acordaba muy bien de programas de televisión de los primeros años cincuenta. Creía que el presidente era Eisenhower. Se echó a llorar sin consuelo cuando le dijeron que su padre había muerto. Se lo volvieron a decir al cabo de unas semanas y de nuevo fue un golpe para él y rompió a llorar con la misma congoja. Un investigador se fijó después en que escondía algo en la mano derecha, un pedazo pequeño de papel del que no se separaba nunca. Había escrito en él con letra desigual que su padre estaba muerto. La alegría, la pena y los recuerdos inmediatos se le borraban con ecuanimidad al cabo de treinta segundos. Decía de vez en cuando cosas enigmáticas: “Estoy teniendo una discusión conmigo mismo». Decía: “Cada día es un solo día”. Murió en 2008, con ochenta y cinco años, mientras dormía, muy apaciblemente. Le extirparon de inmediato el cerebro. Lo llevaron de Boston a San Diego en una nevera portátil. En un laboratorio de la universidad el cerebro congelado del Paciente H. M. fue dividido, para su estudio posterior, en 2.40 láminas de un grosor de setenta micras. Cada una fue fotografiada en alta resolución y con todas ellas se elaboró un atlas en 3D que es el más completo que existe de un cerebro humano.

EL


Tus pasos en la escalera, Muñoz Molina, p. 258
El almirante Byrd calentaba su cabaña con una estufa de gasolina tosca y complicada. 1933 es el Paleolítico de la tecnología. Algo más que no había sabido calcular en sus preparativos eran las emanaciones de monóxido de carbono de la estufa. Tenía que pararla de vez en cuando para evitar el envenenamiento o mantener una rendija abierta en la escotilla. El precio de no morir asfixiado era arriesgarse a ir muriendo poco a poco de frío. En la noche polar el termómetro descendía a sesenta o setenta grados bajo cero. El almirante Byrd veía formarse poco a poco una lámina de hielo en las paredes y en el suelo de la cabaña. Los cristales de hielo se extendían como plantas trepadoras o líquenes. La tinta estaba siempre helada en el tintero. Sujetando un lápiz con los dedos rígidos de frío en el interior de los guantes de piel de reno el almirante Byrd escribía con puntualidad su diario y registraba las mediciones atmosféricas de sus instrumentos. Salía de la cabaña para respirar el aire limpio y hacer algo de ejercicio y le bastaba alejarse unos pasos de la escotilla para encontrarse perdido en la oscuridad, entre los torbellinos cegadores de la nieve y el viento. La nieve y la niebla eran tan espesas que a unos pocos metros ya no le dejaban ver las antenas y los anemómetros de su puesto de observación. Había marcado un sendero clavando en la nieve una doble fila de cañas de bambú, pero el viento las tiraba y las enterraba la nieve. Tenía miedo de que una capa de nieve helada le impidiera abrir desde dentro la escotilla. Temía quedarse sepultado en la cabaña en un sarcófago de hielo duro como basalto. Un día volvió de uno de sus breves paseos y descubrió que no podía abrir la escotilla. En unos pocos minutos el hielo la había sellado. El terror a quedar sepultado fue de pronto el de no poder abrir la escotilla y morir congelado en la intemperie. Tiraba con las dos manos de la argolla y la tapa no se movía. Lo derribó un golpe de viento y ya no podía ni siquiera encontrar la argolla ni el contorno de la escotilla en la confusión de las rachas cegadoras de nieve. En ese momento tengo que parar de leer. Es muy tarde y ha sonado el teléfono. Miro a mi alrededor como si acabara de despertar de un sueño muy profundo.

CALENTAMIENTO GLOBAL


Tus pasos en la escalera p. 125
Me he enterado de que los grandes incendios ahora tienen nombres, como los huracanes. El incendio llamado Mendocino Complex lleva ardiendo once días en California y ha quemado hasta ahora ciento veinte mil hectáreas. En la televisión se ven en directo carreteras iluminadas de noche por el fulgor de las llamas y ocupadas por columnas de fugitivos que las atascan con sus coches enormes y sus furgonetas y continúan huyendo a pie, cargando con maletas, bolsas, colchones, empujando carritos de niños, como desplazados por la cercanía de una guerra. El viento seco que viene del desierto alimenta el fuego acelerando su avance. Treinta y ocho mil personas han tenido que ser evacuadas. El incendio Thomas duró un mes entero el año pasado. El incendio Carr lleva asoladas sesenta y seis mil hectáreas en unas semanas. El26 de julio hubo un tornado de fuego que provocó un vendaval de doscientos sesenta kilómetros por hora y mató a siete personas atrapadas en las llamas. El presidente Trump ha dicho en Twitter que la culpa de la oleada de incendios en California son las leyes de protección del medio ambiente. En la CNN los locutores repiten la palabra “megafires”. Un científico dice, contra un fondo de llamaradas extendiéndose sobre las copas negras de un bosque de coníferas, que este es el verano más caluroso registrado nunca. Los otros tres más calurosos de la historia son los tres anteriores. Diecisiete de los dieciocho años más cálidos desde que existen registros son posteriores a 200 l. 2017 fue el año récord de emisión de dióxido de carbono a la atmósfera. No ha habido tanto dióxido de carbono en ella en los últimos ochocientos mil años. Campesinos de camisas blancas y sombreros de paja se abren paso entre una espesura de tallos secos de maíz. En El Salvador las cosechas se han arruinado después de un mes entero con temperaturas máximas por encima de los cuarenta y un grados. Incendios bien planificados queman regiones enteras de bosques amazónicos. Los satélites artificiales detectaron cien mil focos distintos en la Amazonia tan solo en septiembre del año pasado. Durante varios meses al año los incendios provocados en las selvas de Indonesia para ganar tierra de cultivo cubren una gran parte del Sudeste de Asia en una niebla tóxica. En esta hora insomne el científico de la CNN enciende una cerilla y la mira arder como si estudiara un insecto. Dice: «El fuego es una reacción química”

LIBRERIAS


Tus pasos en la escalera, Muñoz Molina, p. 99
Esos puestos de libros en las aceras de la ciudad sí los echo de menos. Había uno magnífico en Columbus Avenue, justo a espaldas del Museo de Historia Natural. Cecilia y yo pasábamos por allí camino del museo, o del brunch de los domingos en el Ocean Grill, después del cual visitábamos el mercadillo en el patio y en los bajos de la escuela pública de la Calle 77. El vendedor, Ben, un hombre de cara enjuta y morena, ojos muy claros, gorra de béisbol, sonrisa afable, instalaba su puesto en cuanto empezaban los primeros signos del buen tiempo,  los primeros días templados de sol, todavía con los árboles sin hojas en el parque del museo, días de tregua y esperanza frágil del final del invierno, que tantas veces cancelaba una nevada a destiempo, una racha de lluvias heladas y hostiles, desbaratadas por el viento que abatía las flores tempranas de los almendros y los cerezos. El puesto de Ben era como el resumen de una librería anticuada, muy bien surtida y muy sólida, con ediciones intactas de la Modern Library de los años cuarenta y cincuenta, libros de fotos de jazz, álbumes infantiles ilustrados. Algunos de los vendedores de la calle parecen indigentes, y a veces misántropos un poco trastornados, buhoneros ásperos que viven a la intemperie. Ben tenía siempre una presencia impecable, la ropa de abrigo usada pero limpia, la barba cuidada, las manos rudas pero muy sensitivas cuando tocaban los libros. Algunos de los mejores que ahora tenemos aquí se los compramos a él, regalos del uno para el otro, hallazgos que despertaban nuestra curiosidad simultánea. Aquí están los lomos de tapa dura como caras de amigos leales, las presencias que abarcan nuestras dos vidas y nuestros dos lugares, los dos tiempos, entonces y ahora, la educación que no tuve cuando debía y que ahora puedo darme por fin, lo que no leí nunca y lo que leí hace tanto tiempo y tan distraídamente que no me dejó huella ninguna: Melville, Faulkner, Conrad, los varones solemnes, Chéjov y Henry James, los preferidos de Cecilia, y las mujeres bravías, Dickinson, Woolf, Carson McCullers, Flannery O'Connor, el volumen de sus cuentos dedicado por mí con la fecha del cumpleaños de Cecilia, una edición de Lolita de los primeros sesenta que ella me regaló en uno de los míos. Saco un libro de la estantería, no para leerlo entero, sino tan solo para tocarlo o para detenerme en una página al azar, o para ver si hay fecha de compra y dedicatoria, queriendo encontrar en sus páginas signos materiales de nuestra vida de entonces, las dos entradas de un concierto o de una película, la factura del restaurante en el que acabábamos de comer, cada cosa con su precisión testimonial olvidada: el 6 de abril de 2012 Cecilia estuvo en un concierto de Joao Gilberto en Carnegie Hall; el recibo del dry cleaning en el que se enumeran las piezas de ropa que recogimos el 14 de noviembre de 2006 sirvió para marcar la página donde había un pasaje que a los dos nos gustaba mucho en un cuento de Alice Munro.

INCIPIT 915. TUS PASOS EN LA ESCALERA / MUÑOZ MOLINA


Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo. Las condiciones son inmejorables. El apartamento está en una calle silenciosa. Por el balcón se ve a lo lejos el río. El río se ve también desde la pequeña terraza de la cocina, que da a jardines y balcones traseros de la calle contigua, a miradores con barandas de hierro en las que hay ropa tendida, ondeando en la brisa. Al fondo de la calle, más allá del río, está el horizonte de colinas de la otra orilla y el Cristo con los brazos abiertos como a punto de levantar el vuelo. En Siberia hay ahora mismo temperaturas de cuarenta grados. En Suecia el fuego alimentado por un calor inaudito arrasa los bosques que se extienden más allá del Círculo Polar Ártico. En California incendios que abarcan centenares de miles de hectáreas llevan ardiendo varios meses seguidos y reciben nombres propios, como los huracanes del Caribe.

11S


El fin del fin del mundo, Franzzen, p. 221
La única pesadilla recurrente que he tenido durante muchos años tiene que ver con el fin del mundo y se desarrolla como sigue: en un paisaje urbano atestado de gente, no muy distinto del bajo Manhattan, piloto un avión de pasajeros por una avenida en la que nada es como debe ser. Parece imposible que los edificios que se alzan a ambos lados no me arranquen las alas y que consiga mantener el avión en el aire desplazándome a tan baja velocidad. Siempre hay algo que obstaculiza el paso, pero de algún modo consigo cambiar bruscamente de rumbo o pasar por debajo de algún paso elevado, aunque sólo sea para enfrentarme luego a un rascacielos tan alto que para superarlo tendría que elevarme en vertical. Cuando emprendo un ascenso decepcionantemente insuficiente, el rascacielos crece y se abalanza hacia mí y entonces me despierto, con una sensación de alivio que no se puede explicar con palabras, en Mi cama.
El martes no hubo despertar. Buscabas una televisión y te ponías a mirar. Salvo que de verdad fueras una muy buena persona, probablemente estabas, como yo, experimentando el choque entre varios mundos incompatibles en el interior de tu mente. Junto al horror y la tristeza de lo  que estabas viendo, puede que también sintieras una decepción pueril porque te acababan de desmontar el día, o una preocupación egoísta por el impacto que tendría en tu bolsillo, o algo de admiración por la brillantez en la concepción del ataque y su ejecución impecable, o -lo peor de todo- cierta admiración ante la calidad del espectáculo visual que había producido. Da lo mismo si algunos palestinos bailaban por las calles o no. En algún lugar -de esto puedes estar absolutamente seguro-los artistas de la muerte que habían planeado el ataque se estaban regodeando en la belleza terrible del hundimiento de las torres. Tras años de soñar, trabajar y alimentar esperanzas, la sensación de culminación que experimentaban en ese preciso momento era mayor de lo que se habrían atrevido a suplicar en sus rezos. A lo mejor algunos de esos felices artistas estaban escondiéndose en el destrozado Afganistán, un país donde la esperanza media de vida a duras penas llega a los cuarenta años: en ese mundo no se puede caminar por un bazar sin ver hombres y niños con alguna extremidad mutilada.

LOS PAJAROS


El fin del fin del  mundo, Franzen, p. 49
Si pudieras ver todos los pájaros del mundo, verías el mundo entero. Hay plumíferos en los confines de todos los océanos y en tierras tan inhóspitas que ningún otro animal podría establecer en ellas su hábitat. La Gaviota Garuma cría a sus polluelos en el desierto de Atacama, uno de los lugares más secos de la Tierra; el Pingüino Emperador incuba sus huevos en la Antártida en invierno; el Azor común anida en el cementerio de Berlín donde yace Marlene Dietrich; los gorriones, en los semáforos de Manhattan; los vencejos, en cuevas marinas; los buitres en los riscos del Himalaya; los pinzones, en Chernóbil. Los únicos seres vivos más ampliamente diseminados por el globo son microscópicos. Para sobrevivir en hábitats tan distintos, las diez mil especies de pájaros que, aproximadamente, pueblan el planeta han evolucionado en una extraordinaria diversidad de formas. Su tamaño varía desde el avestruz, que puede alcanzar más de dos metros y medio de altura y vive a lo largo y ancho de África, hasta el Colibrí Zunzuncito, que tan sólo se encuentra en Cuba y que en inglés recibe un nombre muy apropiado, Bee Hummingbird ['colibrí abeja']. Pueden tener picos enormes (pelícanos, tucanes), diminutos ( Gerigón Piquicorto ), o del mismo tamaño que el resto de su cuerpo (Colibrí Picoespada). Hay pájaros (el Azulillo Sietecolores de Texas, la Suirnanga de Gould del sur de Asia, el Lori Arcoíris de Australia) más llamativos que cualquier flor, otros se presentan en alguna de las casi infinitas gamas de marrón y ponen a prueba el vocabulario de los taxónomos de la ornitología: rufo, rubicundo, ferruginoso, cinabrio, bermellón.
Su comportamiento no es menos diverso. Algunos son muy sociables; otros, lo contrario: mientras que las queleas y los pelícanos de África se reúnen en bandadas de millones de ejemplares y los loris construyen ciudades enteras con palitos para vivir con sus congéneres, el Mirlo Acuático vive solitario en los arroyos de montaña, donde nada y bucea, y un Albatros Errante puede planear, con sus alas de tres metros de envergadura, a ochocientos kilómetros  de cualquier otro albatros. El Abanico Maorí de Nueva Zelanda es tan simpático que puede llegar a seguirte por un sendero; un caracara, si te lo quedas mirando demasiado rato, se lanzará en picado e intentará arrancarte la cabeza de un picotazo. Los correcarninos se alimentan de serpientes de cascabel a las que matan en equipo: uno distrae a la serpiente mientras otro se le acerca por detrás. Los abejarucos comen abejas. Los tirahojas tiran hojas. El Guácharo, un ave nocturna única del trópico americano, planea sobre los aguacates y arranca los frutos en pleno vuelo; el Caracolero Común hace lo mismo, pero con los caracoles. El Arao de Brünnich se sumerge hasta una profundidad de 215 metros, el Halcón Peregrino vuela en picado a 385 kilómetros por hora. El Junquera se pasará toda la vida junto a un charco de veinte centímetros cuadrados mientras que la Reinita Cerúlea es capaz de emigrar a Perú y luego encontrar el camino de regreso al mismo árbol de Nueva Jersey en el que anidó el año anterior.

CALENTAMIENTO GLOBAL


Tus pasos en la escalera, Muñoz Molina, p. 68
En internet he visto cauces de ríos alemanes que se han quedado secos por el calor extremo y la falta de lluvia. Ayer cerraron el aeropuerto de Hannover porque el calor había reblandecido tanto el asfalto de las pistas que los aviones no podían despegar ni aterrizar. En el telediario el locutor decía hoy, no sin jactancia, que este verano Lisboa está siendo la capital menos calurosa de Europa. A la caída de la tarde yo espero tomando el fresco en el balcón. El sol ya ha desaparecido de la calle pero dura todavía en el torreón de una quinta cercana y en la otra orilla del Tajo, en el Cristo sobre la colina. En los días sin bruma el agua del río se vuelve muy  azul a esta hora: azul metálico y oro de sol poniente, como en los atardeceres limpios del Hudson. La brisa del río mueve las copas de las palmeras y los cipreses en los jardines de las quintas, sobre las tapias muy altas, encaladas de rosa pálido, desbordadas por macizos de buganvillas. Igual que en el Hudson, algunos días la brisa trae un olor profundo de alta mar. Es ahora cuando empiezan a volar los vencejos y los murciélagos. Cuando yo era niño a los vencejos los llamábamos aviones. Entonces eran innumerables cada tarde, un alboroto de acrobacias entrecruzadas sobre los tejados, volando en círculos alrededor de las torres de las iglesias. Cuando uno de ellos chocaba con algo y caía al suelo se arrastraba penosamente con sus alas inútiles. Había niños crueles que los cazaban para atormentarlos. Había niños, me he acordado de pronto, que atrapaban murciélagos y les ponían en la boca una colilla de cigarro encendida. El murciélago chupaba con su reflejo de mamífero, soltando bocanadas de humo. Decían festivamente: “Los murciélagos fuman”. He leído que una de cada ocho especies de pájaros están en peligro de extinción en el mundo. Doscientos treinta millones de aves marinas han desaparecido en el último medio siglo. He leído que en treinta años no quedarán albatros volando sobre los océanos.

11S


Tus pasos en la escalera, Muñoz Molina, p. 33
Aquella mañana que parecía que se acababa el mundo Cecilia y yo bajamos al supermercado queriendo comprar cosas imprescindibles para una emergencia, por miedo a que sucediera otro ataque que lo trastocara definitivamente todo, un sabotaje que cortara los puentes y los túneles, las vías de comunicación tan frágiles de la isla, algo que nos forzara a quedarnos encerrados, a no aventurarnos a salir a la calle. Hablaban en la radio de otro avión secuestrado que no se sabía dónde estaba. Pero qué compra uno si no tiene ni idea de qué puede suceder; cómo mantiene la lucidez de saber qué es imprescindible. En la calle reinaba una extraña normalidad ralentizada, amortiguada. Desde el sur de la ciudad subía por las aceras una multitud de gente con ropas de oficina, empleados con corbatas flojas y chaquetas al hombro, intentando hablar por los teléfonos móviles. Había tanta gente caminando porque ni el metro ni los autobuses funcionaban. En el supermercado una multitud al mismo tiempo ávida y silenciosa y ordenada ya nos había tomado la delantera. Cargaban cosas en los carritos con urgencia, con método. Nada de ese tumulto de los asaltos apocalípticos a supermercados que se ven a veces en la televisión. Cuando llegamos Cecilia y yo no había carritos disponibles, y tampoco quedaban cestas, o nosotros en nuestro aturdimiento no las encontrábamos. En cada una de las cajas había una fila de carritos rebosantes de todo. Muchos estantes estaban quedándose vados. La gente iba de un lado a otro con listas escritas. Las familias se repartían con destreza militar por los diferentes pasillos. Cecilia y yo íbamos de un sitio a otro eligiendo igual cosas necesarias y cosas superfluas, dejando algunas, buscando otras, los dos con nuestras caras de desconcierto y nuestras manos llenas, porque ni encontrábamos cestos ni habíamos tenido la precaución de traer mochilas o bolsas. Qué compra uno en esos momentos. Si se cortaba la electricidad no podríamos conservar comida fresca. Era inútil que tuviéramos cargadas las baterías de los teléfonos porque las redes inalámbricas habían dejado de funcionar. Apilábamos unas cosas encima de otras, nos las colgábamos al hombro, las metíamos en los bolsillos. Se nos caía algo y al inclinarnos para recogerlo se nos caía todo lo demás. En la rara quietud y en el frío polar del aire acondicionado seguían sonando las canciones pop del hilo musical. Había que comprar velas, botellas de agua, pilas, pan de molde, conservas, cerillas. Nadie hablaba en la cola. Cecilia y yo nos decíamos cosas en voz baja. Solo se oía el ruido de las máquinas registradoras y de los escáneres de los precios, y la orden única repetida sin expresión por las cajeras, como una grabación automática, “Next”,”Next on line”

BURDEL MEXICANO


Las muertas, Jorge Ubargüengoitia, p. 181
Testimonio de don Gustavo Hernández
Pregúnteme usted: ¿qué tiene que hacer las noches de todos los sábados en un burdel un hombre que tiene esposa y varias hijas y vive feliz con ellas? No sé qué contestarle, pero así era yo. Estaba obnubilado. Cada sábado, dando las nueve en el reloj de la parroquia, cerraba la mercería y me iba al México Lindo. En el momento en que pisaba yo el interior de aquel lugar todo me parecía bonito: el decorado, las mujeres, la música. Hice de todo: bailé, bebí, platiqué y ninguna de las mujeres que pasaron por allí entre 57 y 60 se me escapó. Regresaba a mi casa rayando el sol. «¿Dónde estuviste? » me preguntaba mi mujer. «En una junta de Acción Católica.» Nunca me creyó. Durante años sospechó que yo tenía una amante. No sabe que la engañé con cuarenta y tres.
Doña Arcángela me decía:
-No se prive de nada, don Gustavo. Cuando no traiga dinero nomás echa una firma. Para mí usted es como el Banco de México.
Estas palabras fueron mi caída. Una  mañana llegó a la mercería el licenciado Rendón. En el portafolios traía notas firmadas por mí que sumaban más de catorce milpesos. Quería sa0er cuándo iba yo a poder pagarlas. Doña Arcángela se quedó con la mercería, pero el susto que tuve me curó del vicio y no he vuelto a sentir tentaciones de poner los pies en un burdel. Ahora vivo feliz en compañía de mi familia.

COIME


Las muertas, Jorge Ibargüengoitia
1: Vida de Ticho contada por él mismo
CUANDO YO ERA CHICO los demás niños me tenían miedo. Mis padres me mandaron a la escuela, pero la maestra dijo que yo era demasiado grande y que podía dar mal ejemplo. Me pusieron a cargar piedras, sacos de arena, sacos de cemento. Una tarde le di un abrazo a un amigo y cuando lo solté se cayó al piso. Los que vieron lo que pasó dijeron que yo lo había matado. Por eso me llevaron a la cárcel. En la cárcel me pusieron a cargar piedras otra vez. Un día se murió el que cargaba muertos en el hospital y el doctor fue a la cárcel a buscar alguien que hiciera este trabajo. El director de la cárcel me mandó llamar y me dijo: “vete con este señor”. Diez años anduve cargando muertos de un lado para otro hasta que una mañana el doctor me dijo: “ya puedes irte”, y abrió la puerta del hospital. Yo salí a la calle y empecé a caminar. Llegué a la vía del tren y me fui siguiéndola. Caminaba de noche porque había luna. En el día me acostaba en una zanja y me dormía. Cuando veía una casa, me acercaba a la cocina -los perros a mí no me ladran-, me asomaba y les decía a las mujeres que estaban adentro, “tengo hambre”, y ellas sentían miedo y me daban de comer. Cuando llegaba a los pueblos pedía limosna, pero nadie me daba. Un día me quedé dormido en la banqueta que está afuera del mercado y cuando abrí los ojos doña Arcángela me estaba mirando. Con ella estaban dos muchachas que llevaban canastas. Doña Arcángela me dijo:
-Eres muy grandote, te ves muy feo y pareces muy bruto. Voy a darte un trabajo que te va a gustar.
Las muchachas se rieron.
Desde ese día fui coime. Mi obligación era sentarme en una silla y estar listo para lo que se ofreciera.

INCIPIT 914. LLUVIA LENTA / LUIS LANDERO


Ahora ya sabe con certeza que los relatos no son inocentes, no del todo inocentes. Ojalá tampoco lo sean las conversaciones de diario, los descuidos y equívocos verbales o el hablar por hablar. Ojalá ni siquiera lo que se habla en sueños sea del todo inocente. Hay algo en las palabras que, ya de por sí, entraña un riesgo, una amenaza, y no es verdad que el viento se las lleve tan fácilmente como dicen. No es verdad. Puede ocurrir que ciertos ecos de los dichos, y hasta de los dichos más triviales, sigan como en letargo durante muchos años, latiendo débilmente en un rincón de la memoria, esperando una segunda oportunidad de regresar al presente para aumentar y corregir lo que no quedó del todo claro en su momento, y a menudo con una elocuencia y un alcance significativo que exceden con mucho a los que tuvieron en su origen. Ahí están, no hay más que verlos, llegan revestidos con extraños ropajes, al son de músicas exóticas

INCIPIT 913. LA CASA DE LA ALEGRIA / EDITH WHARTON


Selden se detuvo, sorprendido. En la aglomeración vespertina de la Estación Grand Central, sus ojos acababan de recrearse con la vista de la señorita Lily Bart. Era un lunes de principios de septiembre y volvía a su trabajo después de una apresurada visita al campo, pero ¿qué hacía la señorita Bart en la ciudad en aquella estación? Si la hubiera visto subir a un tren, podría haber deducido que se trasladaba de una a otra de las mansiones campestres que se disputaban su presencia al término de la temporada de Newport; pero su actitud vacilante le dejó perplejo. Estaba apartada de la multitud, mirándola pasar en dirección al andén o a la calle, y su aire de indecisión podía ocultar un propósito muy definido. El primer pensamiento de Selden fue que esperaba a alguien, y le extrañó que la idea le sorprendiera. No había nada nuevo en relación con Lily Bart y, sin embargo, nunca podía verla sin sentir cierto interés: suscitarlo era una característica suya, así como el hecho de que sus actos más sencillos parecieran el resultado de complicadas intenciones.
La curiosidad le impulsó a desviarse de su camino hacia la puerta para acercarse a ella. Sabía que si no quería ser vista, se las compondría para eludirle y le divertía poner a prueba su ingenio.
-Señor Selden. .. ¡Qué buena suerte!
Fue hacia él sonriendo, casi impaciente en su afán de salirle al encuentro. Las pocas personas a quienes rozó se volvieron a mirarla, porque la señorita Bart era Una figura capaz de detener incluso a un viajero suburbano que corriera para coger el último tren. Selden no la había visto nunca tan radiante. Su rubia cabeza, que contrastaba con el apagado colorido de la  muchedumbre, resultaba más llamativa que en un salón de baile y el oscuro sombrero con velo le prestaba la tersura juvenil y la tez diáfana que había empezado a perder tras once años.

INCIPIT 912. A LA INTEMPERIE / ROBERTO BOLAÑO


El estridentismo
Yo no pienso, yo muerdo. Para Alain Jouffroy, el artista de vanguardia es el primero en arriesgarse, el primero en tirarse al agua. El que pone la maquinita peluda del amor y la aventura a toda velocidad. Para Alain Jouffroy, y en esto se toca con los situacionistas, el artista de vanguardia es el que, por sobre todo, subvierte la cotidianidad, transformando y transformándose. Yo no muerdo, yo me araño. Y se necesitaba tener un espíritu muy heroico para sobrevivir y crear y difundir una poesía nueva en el México de 1928: un movimiento que no antecede a la revolución, pero que se va extinguiendo con esta revolución. Los sabrosos veinte, la visión de Huidobro jugando chirlitos con Reverdy, Pablo de Rokha construyendo una de las más hermosas ballenas de este siglo -la que muchos años después le daría un revólver para que se suicidara-. Alberto Hidalgo haciendo antologías con Borges (el primero murió riéndose de su pobreza y su olvido; el segundo todavía hace chistes públicos de un humor macabro). Girando era bailarín y pudo ser actor de Hollywood. Vallejo pensaba en Rita. Oquendo de Amat escribía a los diecisiete años sus cinco metros de poesía y ya no escribiría nunca más. Martín Adán ponía coma final a La casa de cartón, y pululaban por América unos jóvenes que tenían facha de terroristas (además, lo eran), y que hacían poesía. Ante esa obra lo que se escribe, por ejemplo, por los cuarenta o cincuenta (para no hablar de los sesenta, en donde la cosa parece, hasta nueva orden, que volviera a brotar), se ve definitivamente asqueroso

SIMULACRO


El fin del fin de la Tierra, Franzen, p. 222
Consideremos la teoría del simulacro del sociólogo francés Jean Baudrillard: la idea de que el capitalismo consumista ha reemplazado la realidad por una serie de representaciones de la misma. Salvo que viajes en helicóptero o en un avión monomotor, es imposible no percibir el contraste entre los parques de África Oriental, limpios y cubiertos de una vegetación exuberante, abarrotados de ñus y elefantes, y los campos que los separan, superpoblados, agotados por el exceso de pastoreo y atiborrados de desechos: la hegemonía de la Coca-Cola, las plantaciones de piñas Del Monte, exageradamente vigiladas, las líneas férreas y las autopistas que están construyendo los ingenieros chinos para acelerar la extracción de carbón y carbonato de sodio, los fantasmas del SIDA y del terrorismo islámico. Los parques funcionan como simulacros en los que los turistas, blancos en su mayoría, todos adinerados, pueden «experimentar» un “África” cuya representación responde a lo que han pagado por ella. Los baobabs y las acacias son nativos, y por la noche los visitantes del hemisferio norte no reconocen las constelaciones del sur: hasta ahí, todo es auténtico. Sin embargo, del mismo modo que hoy en día la gente, cuando se enfrenta a una tormenta de nieve de verdad, dice que se parece mucho a las de las películas, cabe la posibilidad de que uno se encuentre viendo cebras en el Serengueti y le dé por recordar las de un parque de Florida. No sólo lo real deja de ser real, sino que se nos antoja como una copia de una copia. El Serengueti lo sufre más por haber sido el escenario de tantos documentales sobre la naturaleza. La imagen de un león derribando a una gacela es un lugar común para cualquiera que se haya criado viendo los documentales de National Geographic. Peor aún, la constatación de que es un lugar común también es un lugar común. ¿Qué valor añadido recibe exactamente el turista por vislumbrar desde cierta distancia escenas dramáticas de la vida y la muerte que puede presenciar tan tranquilamente desde casa? ¿De veras necesita el mundo más fotógrafos de jirafas aficionados?

LA ANTARTIDA


El fin del fin del mundo, Franzen, p. 253
Debo decir también que la Antártida estaba a la altura del entusiasmo de Doug. Hasta entonces nunca había tenido la experiencia de contemplar un paisaje de una belleza tan deslumbrante que me fuera imposible procesarla, percibirla como algo real. Un viaje que ya de antemano se me antojaba irreal me había llevado a un lugar que también lo parecía, aunque en mejor sentido. Es posible que el calentamiento global ponga en peligro la capa de hielo occidental del continente, pero la Antártida aún está lejos de haberse fundido. A ambos lados del canal Lemaire se alzaban montañas negras y picudas, altísimas, pero no tanto como para hallarse simplemente cubiertas de nieve: estaban enterradas en caprichosos ventisqueros hasta la mismísima cima, y la roca sólo quedaba expuesta en los acantilados más verticales. Protegida del viento, el agua era un espejo, y bajo el cielo gris se veía de un negro absoluto, inmaculado, como el del espacio exterior. Entre los tonos monocromáticos, entre los interminables negro, blanco y gris, surgía el discordante azul del hielo glaciar. No importaba qué tono tuviera: ya fuera el matiz azulado de los bloques de hielo que se balanceaban en nuestra estela, el azul oscuro e intenso de los castillos flotantes de hielo, con sus arcos y cámaras, o el pálido tono poliestireno de los témpanos  desprendidos del glaciar, mis ojos no podían creer que el color que estaban viendo existiese de verdad en la naturaleza. Una y otra vez se me escapaba la risa de pura incredulidad. lmmanuel Kant había vinculado lo sublime con el terror, pero tal como lo experimenté yo en la Antártida, desde el mirador estratégico y seguro de un barco con un ascensor de vidrio y latón y un café exprés de primera, se trataba más bien de una mezcla entre lo bello y lo absurdo.

KRILL


El fin del fin del mundo, Franzen,. p. 265
En el siglo XX, los seres humanos hicieron un favor a los pingüinos al aniquilar a muchas ballenas y focas con las que éstos competían por el alimento. Las poblaciones de pingüinos aumentaron, y en los últimos tiempos la isla San Pedro se ha convertido en un lugar todavía más acogedor para ellos porque el rápido retroceso de los glaciares está dejando al descubierto tierra adecuada para anidar. Pero es bien posible que la humanidad deje muy pronto de beneficiar a los pingüinos: si el cambio climático continúa acidificando los mares, el agua alcanzará un pH con el que los invertebrados marinos no podrán desarrollar sus conchas; uno de esos invertebrados, el kril o camarón antártico, es un ingrediente básico en la dieta de muchas especies de pingüinos. El cambio climático también está fundiendo rápidamente el hielo que rodea la península Antártica, que proporciona una plataforma para las algas con las que se alimentan los camarones en invierno y que, además, los ha protegido de una explotación comercial a gran escala. Es posible que no tarden en llegar de China, Noruega y Corea del Sur buques factoría del tamaño de petroleros a arrasar con el alimento del que dependen no sólo los pingüinos, sino también muchas ballenas y focas. Los camarones antárticos son crustáceos del tamaño y el color de un meñique. Hacer una estimación de la cantidad total que hay de ellos en la Antártida es complicado, pero una cifra que se cita con frecuencia, la de quinientos millones de toneladas métricas, podría convertir a la especie en el mayor depósito mundial de biomasa animal. Por desgracia para los pingüinos, muchos países consideran buen alimento el kril, tanto para los humanos (según dicen, uno puede acostumbrarse al sabor) como en particular para peces de piscifactoría y ganado. Actualmente, la pesca anual de kril de la que tenemos constancia asciende a menos de medio millón de toneladas, con Noruega a la cabeza de la lista de recolectores; sin embargo, China ha anunciado su intención de aumentar su cosecha hasta dos millones de toneladas al año y ha empezado a construir los barcos necesarios para ello. Como ha explicado el presidente del Grupo Nacional para el Desarrollo Agrícola chino: “El kril proporciona proteína de muy buena calidad que puede procesarse para obtener alimento y medicinas. La Antártida es una verdadera mina para todos los seres humanos y China debería acudir allí a tomar la parte que le corresponde.»
El ecosistema marino de la Antártida es, en efecto, el más rico del mundo; es asimismo el único que permanece prácticamente intacto.

XING PED


El fin del fin de la tierra, Franzen, p. 279
Nos dicen que, como especie, los humanos estamos programados para mirar a corto plazo, para no contar con un futuro que, de todos modos, podría no llegar nunca; sin duda, así es como piensan los ingenieros que diseñan las señales de tráfico pintadas en las calles de las ciudades. Por lo visto, dan por hecho que conduces con los ojos fijos en un punto que queda justo delante del morro de tu vehículo. Se supone que vas diciendo: “Anda, ahí va un PED ... Y  ahora, ¡ala!, por ahí llega un XING» (que suena a chino, pero no lo es), y luego ... En fin, ahí la cosa ya se vuelve un poco incoherente porque, si estás siempre mirando tan cerca, ¿cómo se supone que vas a ver al peatón que empieza a cruzar la calle? Es muy extraño. Cuando  aprendes a conducir te dicen que mires siempre más allá, pero si ves una señal a lo lejos y la lees de arriba abajo, como si se tratara de un texto normal y corriente, lo más lógico es que leas CEDA EL PASO, AUTOBÚS, cuando el autobús que se suma con furia al tráfico espera que seas tú quien ceda el paso. Sólo un mal conductor sabe que ha de ceder el paso al autobús por haberlo leído en una señal de la calzada. El caso es que, para sobrevivir en un mundo moderno en el que no sólo la señalización del tráfico, sino también el sistema político y económico reinante, premian la miopía, aprendemos a pensar (o a no pensar) como malos conductores. Cedemos el paso al autobús. Cogemos el vaso de cartón, nos bebemos su contenido, tiramos el vaso. En Estados Unidos, cada minuto se tiran treinta mil vasos de cartón. Lejos de allí, al otro lado de la línea del ecuador, la selva tropical atlántica del Brasil ha sido arrasada para instalar vastas plantaciones de eucaliptos que surten de pulpa a las fábricas del mundo, pero eso queda más allá del morro de tu vehículo: tienes que llegar a sitios que quedan mucho más cerca. Bastante complicada es ya tu vida sin cargar todo el día con un vaso reutilizable a cuestas. Y aunque cargaras con él, sabes que vives en un mundo pensado para los malos conductores: ¿qué va a cambiar por los 0,00015 vasos desechables de Starbucks que tiras tú cada minuto? ¿Qué va a cambiar por culpa de la contribución infinitesimal de las emisiones de tu vehículo a la aceleración de la llegada de un futuro no tan distante y prácticamente inhabitable? Los seres humanos son seres humanos y la programación es la programación. Ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él.

LOS PAJAROS


El fin del fin del mundo, Franzen, p. 54
Pero ¿acaso el cálculo económico es nuestra mejor vara de medir? Cuando el rey Lear de Shakespeare abdica del trono, suplica a sus dos hijas mayores que le respeten algún vestigio de su antigua majestad. Las hijas replican que no les parece necesario y el viejo rey exclama: “Ah, no sometáis la necesidad a la razón.» Condenar los pájaros al olvido es olvidar de quién somos hijos.
Una persona que dice “Qué pena lo de los pájaros, pero lo primero son los humanos» está haciendo, implícitamente, una de dos afirmaciones. Tal vez quiera decir que los seres humanos no somos mejores que cualquier otro animal; que, en cuanto seres fundamentalmente egocéntricos y motivados por genes egoístas, haremos siempre lo que sea necesario para replicar nuestros genes y maximizar nuestro placer, y que se fastidie el mundo no humano. Ésta es la visión de los realistas cínicos, para quienes la preocupación por otras especies es tan sólo una molesta forma de sentimentalismo. No puede refutarse y está siempre disponible para aquel a quien no le importe admitir que es un egoísta irredento. Sin embargo, las palabras “lo primero son los humanos” también podrían significar lo contrario: que nuestra especie tiene el derecho exclusivo de monopolizar los recursos del planeta porque no somos como los demás animales, porque mantenemos conciencia y libre albedrío, capacidad para recordar el pasado y planificar el futuro. Esta visión opuesta se encuentra tanto entre personas creyentes como entre humanistas seculares, y al igual que sucede con la anterior, resulta imposible demostrar su falsedad o su certeza. De todos modos, plantea la siguiente cuestión: si nuestro valor es incomparablemente superior al de los demás animales, ¿acaso nuestra capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo, y de sacrificar conscientemente una pequeña parte de nuestra conveniencia a cambio de un bien mayor, no debería hacernos más sensibles a los reclamos de la naturaleza, en vez de menos? ¿Acaso una capacidad excepcional no conlleva una responsabilidad excepcional?

EFECTOS


El aliado, Iván Repila, p. 192
¿Están satisfechas? Najwa hace un repaso mental de las microvictorias que han obtenido en este tiempo: las denuncias por abusos, maltrato o acoso sexual han bajado seis puntos, y lo siguen haciendo, gracias a las radicales políticas de visibilización de las consecuencias de la cultura del menosprecio y otras injusticias simbólicas: ya nadie se atreve a justificar o minimizar públicamente ninguna agresión contra las mujeres, y hacerlo es un delito; la gente ha empezado a entender que la violencia machista no es una consecuencia de la desigualdad, sino un pilar estructural del mundo que habíamos creado; se ha instalado una cierta normalidad en las calles, con mujeres que vuelven solas a casa sin sentir miedo, o sin cambiar el recorrido para evitar determinadas zonas; hay un fuerte sentimiento de pertenencia y de solidaridad, apoyado también por muchos hombres, que han comprendido, en su mayoría, hasta qué punto habían excluido, discriminado y desposeído de sus derechos a las mujeres, dándoles un estatus de sujeto sin atributos iguales a los suyos; en los bares, en las zonas de fiesta, en los espacios públicos casi han desaparecido las situaciones de acoso; de hecho, la creatividad se está imponiendo: cada vez hay más locales que indican claramente si en ellos está permitido flirtear o si son espacios para consumir sin molestias; se han puesto de moda las pulseras de colores para indicar las preferencias sexuales, el estado sentimental y la apertura o no a establecer contacto, y el “No es no” ha sido interiorizado de forma masiva; el respeto se ha convertido en un mantra, porque muchos hombres han asumido el conflicto que suponía para ellos la autonomía de las mujeres y lo han interiorizado en positivo; la idea de “consentimiento” se ha reformulado, incluyendo en ella parámetros esenciales como la necesidad y la desventaja social; la brecha salarial se ha reducido, o ha desaparecido, en la administración y las pymes; las cuotas obligatorias han modificado el discurso de los medios de comunicación, de los congresos y de los festivales; el trabajo en el hogar se ha constituido como epígrafe dentro del Impuesto de Actividades Económicas y se remunera con el salario mínimo. La ceguera de género ha dado paso a un despertar, todavía exiguo, de hombres comprometidos con la revolución. Las mujeres tienen más dinero, gastan más y visten como quieren: la economía lo nota, y la moda está viviendo una transformación que no se recordaba desde que llegaron los pantalones vaqueros. Sí: están moderadamente satisfechas.
-Todavía queda mucho por hacer -responde.

ACCION


El aliado, Iván Repila, p. 177
Frente a estos desórdenes eventuales, llevados a cabo por justicieras con una historia personal muy específica, el grueso de las acciones se distribuía en tres grandes bloques. En primer lugar, la guerra callejera, que afectaba tanto a grandes ciudades como a municipios de medio tamaño o núcleos de población minúsculos: destrucción de mobiliario urbano, asedio a empresas con superávit de hombres en puestos de dirección, cortes en las infraestructuras y represalias contra los defensores del Estado Fálico. En segundo lugar, la dronificación del conflicto: ataques estudiados y planificados con precisión quirúrgica contra objetivos particulares, generalmente hombres con poder político que repudiaban, por sus declaraciones o sus actos, los problemas derivados del levantamiento de las mujeres; a estos solía compensárseles sus posturas con todo tipo de escraches, desde el baño de pintura roja hasta el embellecimiento creativo de su coche, la rotura de su cristalera o la serenata diaria frente a su ventana. En tercer lugar, la propaganda y la reivindicación política: además de las listas y las denuncias, cada vez más numerosas, las autoproclamadas líderes de la insurrección divulgaron, en medios nacionales e internacionales, una serie de demandas básicas para decretar el fin de la violencia y empezar un proceso de diálogo que, con el tiempo, pudiera construir un espacio de tolerancia y respeto mutuo. Se desconoce el proceso interno que derivó en la aparición, sin máscaras, de esa docena de mujeres tan distintas las unas a las otras en televisión, aunque sería razonable anticipar que no fue sencillo de llevar a cabo, debido a la aparente multiplicidad y los diversos frentes que constituían el movimiento; pero fue, de hecho, una de sus primeras lecciones: el orden jerárquico, la ilusión del equilibrio, de un sistema regulado por estructuras cerradas, formaba parte del universo que pretendían disolver. El patriarcado fue incapaz de comprenderlo. Las demandas abarcaban un amplio espectro de solicitudes. Algunas eran de carácter práctico, como la eliminación inmediata de la brecha salarial, la reforma íntegra de la ley de violencia machista, cuyo pilar era trasladar la escolta de las agredidas a los agresores, o la obligación de incluir a todos los varones en las bajas por maternidad…

LGTBI


El aliado, Ivan Repila, p. 138
-No me interrumpas. Y sí: creo en un futuro sin género, o sin géneros binarios. Una utopía, seguramente. Pero si soy coherente con este razonamiento, si asumo que los órganos genitales no significan absolutamente nada, lo que tiene ese niño es una enfermedad del discurso. Una contaminación.
-¿Qué dices?
-¡Lo sé! Suena terrible. ¡Es un puto crío! Y nunca lo diría en público, pero es que estoy harta. ¡Estoy hasta el coño, joder!
-¿Hasta el coño de qué?
-Mira: ese niño no está contento con su cuerpo, con su polla, porque el mundo que le rodea le ha dicho que polla significa un determinado comportamiento. Es lo mismo que la gente que se opera de estética por insatisfacción. Como no encajan en el canon de su época, se mutilan para encajar. La felicidad a través de la amputación, del maltrato al cuerpo. De modificar la carne. ¿Qué hostias quieres que le diga a ese niño? ¿Que me parece bien que le corten los huevos y le pongan un coño? ¿Que le explique que con un buen agujero todo va a cambiar?
-Joder, Najwa, pero no vivimos en un futuro sin binarios. Los transexuales ...
-¡Ese es el puto problema! Los transexuales, los maricones, las bolleras, todas esas putas minorías están ocupando el espacio mediático, y el público compra su discurso. Porque está de moda. Porque debemos cuidar de sus derechos. Me cago en mi puta vida: las mujeres deberíamos ocupar ese espacio, aunque sea por antigüedad. ¿No hay más mujeres que maricones, joder? ¿Va a venir un puto arquitecto millonario a contarme que está muy puteado porque le gusta chupar rabos y no le dejan comprarse un útero? ¿En serio?
Dice cosas que no quiere decir, o que no quiere pensar.  Está sobreactuando. Se ruboriza. Le tiemblan las manos y las rodillas. En mi cabeza se enciende un piloto rojo que intenta avisarme de que debo parar; pero no la conversación, sino todo lo demás. Lo ignoro.
-Una lucha no invalida las otras -digo.
Me mira con tristeza .

DIANA LA CAZADORA


El aliado, Iván Repila, p. 101
-“Diana la Cazadora», la vengadora de Ciudad Juárez. Recuerdas la tasa de feminicidios en México, ¿no? Cientos de mujeres asesinadas todos los años, cientos de niñas desaparecidas o violadas. Ciudad Juárez era la capital mundial del  feminicidio, hace casi una década. Pues resulta que, después de una serie de veinte o treinta violaciones y asesinatos de chavalitas cuando volvían a casa en el transporte público, una mujer decidió investigar. Y llegó a la conclusión de que los culpables eran, muchas veces, los propios conductores de los autobuses.
-No me jodas.
-Sí. Así que empieza a matarlos. A todos los que puede. Según cuentan los testigos, es una señora de unos cincuenta años que se sube al autobús y dispara. Y luego se marcha. Punto. Sin teatro.
Noto cómo se desenrolla mi escepticismo, cómo se estira y se hace largo, como un reptil.
-Eso no parece un episodio de locura transitoria.
-Exacto. Es un acto premeditado, consciente. Hasta se publicó un supuesto manifiesto. Espera, que lo busco ... Dice: “Yo soy un instrumento que vengará a varias mujeres que al parecer somos débiles para la sociedad. Pero en realidad no lo somos, somos valientes y, si no nos respetan, nos daremos a respetar por nuestra propia mano. Las mujeres juarenses somos fuertes». Salió en todos los medios.
-¿Y bajó el índice de feminicidios? Quiero decir, ¿consiguió algo?
-Lo dudo. Matar mujeres es casi un deporte nacional en México. Pero de lo que sí estoy segura es de que muchos de los conductores que se salvaron, y que eran culpables, vivieron con miedo durante meses. Y no se sacaron la polla de los pantalones ni para mear.

INCIPIT 911. ¡MELISANDE! ¿QUE SON LOS SUEÑOS? / HILLEL HALKIN


Cuando Jerome Spector me divisó a lo lejos sentado en una cafetería del aeropuerto de Madrid, llevaba sin verlo desde la ceremonia de graduación del instituto. Él iba camino de Singapur, ataviado con un traje de tres piezas y gafas con montura dorada y seguía siendo el mismo pelmazo alegre que yo recordaba.
Lamenté que me hubiera reconocido. Mientras esperaba el vuelo nocturno a Málaga, repasaba una conferencia que debía dictar a la mañana siguiente: si no la terminaba entonces, tendría que levantarme temprano para acabarla en mi habitación del hotel. Pero también Spector tenía tiempo antes de la salida de su vuelo y quería que yo me enterara de lo bien que la vida lo había tratado desde el día de nuestra graduación. Ahora era socio en un bufete de abogados de Nueva York especializado en fusiones y adquisiciones y estaba de viaje para negociar la compra de una armadora de Singapur por parte de un consorcio hispano-estadounidense.
Al despedirnos, me había convertido en todo un experto en buques mercantes; también en la carrera como abogado de Spector, sus dos matrimonios, varios hijos y sus opiniones sobre el déficit comercial de Estados Unidos.

INCIPIT 910. EL FIN DEL FIN DEL MUNDO / FRANZEN

Si un ensayo es algo que se ensaya -algo arriesgado, que no pretende ser definitivo ni sentar cátedra; algo aventurado a partir de la experiencia personal y la subjetividad del autor--, se diría que estamos viviendo la edad de oro del ensayismo. La fiesta a la que acudiste el viernes por la noche, el trato que te deparó una azafata, tu punto de vista sobre la atrocidad política del día: según la premisa de las redes sociales, hasta el más diminuto microrrelato subjetivo merece no sólo una mera anotación privada -por ejemplo, en un diario personal-, sino ser compartido con los demás. El presidente de Estados U nidos actúa, hoy en día, con esa misma premisa. La información pura y dura, en medios como The New York Times, se ha suavizado para permitir que el yo, con su voz propia, sus opiniones e impresiones, ocupe un lugar destacado en las primeras planas, y los que firman las reseñas de libros se sienten cada vez menos obligados a hablar de ellos con cierta objetividad. Antes no tenía ninguna importancia si Raskólnikov y Lily Bart caían mejor o peor, mientras que ahora el asunto de la «simpatía”, que supone privilegiar implícitamente los sentimientos personales del autor de la reseña, se ha convertido en un elemento clave del juicio crítico

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