Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

LOS GITANOS

Homo Lubitz, Ricardo Menéndez Salmón, p. 50
-Le contaré algo -dijo-. Cuando estuve estudiando en Francia me enamoré del pueblo gitano. ¿Sabe por qué?
O'Hara esbozó una sonrisa.
-No tengo ni la más remota idea, Zhao. No creo que nadie en Arconte Limited lo sepa.
-Por su arquitectura -dijo Zhao paladeando el sustantivo.
O'Hara se permitió meditar antes de responder. Barracas en descampados, galpones de uralita, poblados sin calles, asambleas en torno a una hoguera, la convivencia entre animales y niños. Buscó una palabra que dotara de sentido a todo aquello.
-Provisionalidad -dijo.
Zhao asintió.
-Usted lo ha dicho. Libres, sin vínculos, sin una raíz. Llegados del final del mundo, al contrario que los demás pueblos, que avanzan hacia él a codazos, con urgencia. Los gitanos son el pueblo que ya ha estado allí y sabe que no hay prisa por volver a ese lugar. Por eso sus casas son cajones por los que pasa el viento. Casas que niegan el concepto de casa. Arquitecturas efímeras. Como vivir en una nube.
El muchacho que había caído al lago salió del agua entre aplausos, silbidos, canciones.

-Los chinos -prosiguió Zhao- somos incluso más pragmáticos que los gitanos, porque sabemos lo que saben los gitanos pero hemos decidido vivir en casas sólidas. ¿Entiende lo que quiero decir? Venderlo todo, la propia piel si es preciso, nos ayuda a soportar la provisionalidad que usted mencionó, el hecho de que el fmal del mundo ya fue, no será. El resto ni siquiera es audacia. Es cálculo.

LA CHINA

Homo Lubitz, Ricardo Menéndez Salmón, p. 30
La primera, ya  conocida: las magnitudes. Conceptos como masa, multitud o muchedumbre eran equívocos antes de haber visitado China. De las distintas lecciones que una estancia en el país procuraba, la más determinante era también la más obvia: había muchísimos chinos. Esta verdad prosaica, antropológica, se imponía desde el primer minuto con una contumacia que debía acatarse sin resentimiento. Se tenía que asumir esta fatalidad del número con tranquilidad de ánimo. La multitud lo rodeaba a uno en todas partes: baños públicos, parques, restaurantes, metros, autobuses, estaciones de tren, atracciones turísticas, hoteles, aceras, semáforos. La intimidad, en China, era un concepto tan abstracto como la esperanza cristiana o el cafard de los bohemios. Inquietarse por ello, lamentarse por ello, sólo conducía a indecorosas rabietas. La condición inicial para sobrevivir a China era aceptar esta abrumadora evidencia. Nunca antes, y nunca después, se vería tanta gente junta.

La segunda constante de esa primera visita al Lago del Oeste tenía que ver con otro tipo de conjunción que mantendría entretenidos a los sociólogos y a los historiadores durante siglos. China había resuelto el conflicto entre feudalismo e hipertecnología, reacción y revolución, detención y progreso en unas pocas generaciones, las que mediaban desde la llegada al poder de Deng Xiaoping. En cualquier metrópoli contemporánea eran perceptibles distintas épocas, desde elementos casi invisibles que habitaban en las cavernas de la mendicidad hasta individuos imposibles de clasificar que se habían propulsado hacia espacios todavía por cifrar en el Gotha de las modas y costumbres. La colmatación de ambos nichos había sido delicada, lenta, esforzada. En China, el matrimonio entre el vehículo de tracción humana y el bólido rutilante, la infravivienda y la ciudad transformer, el pozo de acción manual y el enjambre domótico se había construido a velocidad de vértigo y transcurría en una única burbuja visual. El entorno del Lago del Oeste estaba delimitado por las marcas eficaces (Mercedes Benz), elitistas (Cartier) y cool (Starbucks), aunque para acceder a ellas hubiera que sortear a ciclistas que transportaban inverosímiles zigurats de bidones de plástico. Este décalage, que en otras sociedades sobrevivía mediante líneas de demarcación, conformando ecosistemas paralelos, resultaba en China permeable. Se transitaba por estas realidades adyacentes mediante un plano secuencia. Preindustrialización y ciencia ficción no eran consecutivas, sino simultáneas.

INCIPIT 912. NOS VEMOS EN ESTA VIDA O EN LA OTRA / MANUEL JABOIS

En febrero de 2014 trabajaba en el diario El Mundo. Uno de mis jefes, Agustín Pery, me propuso hacer un artículo sobre el 11-M. Señaló en concreto a una persona que nunca había hablado con los medios de comunicación: Gabriel Vidal Montoya, el menor al que la prensa había bautizado como el Gitanillo. Mi compañero Joaquín Manso lo había localizado en Avilés. Allí lo abordó en su portal para hacerle una entrevista. Gabriel fue arisco con Manso. No quería saber nada de los periodistas ni que le tomasen imágenes. Cada cierto tiempo era asaltado por las cámaras; en su círculo cercano había creado un cordón de seguridad que lo alertaba de la presencia de reporteros. Manso lo convenció para que al menos me conociese y tomase un café conmigo. A Joaquín Manso le debo la publicación de este libro.

LA MADONNA DELLA SEDIA

Cuentos completos, Henry James, p. 539
Rafael y Tiziano; yo empezaba a notar que mi amigo estaba impaciente y le pedí que me llevara, de una vez por todas, al objetivo de la visita: la más tierna y hermosa de las vírgenes de Rafael, la Madonna de la silla. De todas las grandes pinturas del mundo, me parece que ninguna da menos lugar a las críticas. Ninguna refleja menos el esfuerzo, el mecanismo para su éxito y la inevitable discordia entre la idea y el resultado final que suelen manifestar, aun de manera muy leve, muchas de las más consumadas obras de arte. Graciosa, humana, próxima a nuestros sentimientos, no posee una gota de efecto o de método y casi nada de estilo; se extiende con su madura delicadez y su armonía instintiva como si fuera la instantánea emanación de un genio. La figura se desvanece en la mente del espectador con una suerte de apasionada ternura que uno no sabe si atribuir a la pureza celestial o al encanto terrenal. El espectador se embriaga con el perfume del más tierno de los pechos maternos que se han visto en esta tierra.

-Esto es lo que llamo una hermosa pintura -proclamó mi compañero después de que la contempláramos largo rato en silencio-. Tengo derecho a decirlo, pues la he copiado muchas veces y con tal esmero que ahora mismo podría reproducirla con los ojos cerrados. Otras obras son de Rafael: esta es el propio Rafael. Otras pueden elogiarse, clasificarse, medirse, explicarse, describirse: esta, en cambio, solamente podemos amarla y admirarla. Ignoro qué pasó el día que Rafael se paseaba entre los hombres y tuvo esta inspiración divina, pero sospecho que después no podía hacer otra cosa que morir; este mundo no tenía ya nada para enseñarle. Piénselo un poco, amigo, y verá que no. Piense en la mirada de Rafael sobre esa imagen inmaculada, no por un momento, no por un día ni en un feliz sueño ni en un impulso febril, no como esos poetas que en un rapto de cinco minutos frenéticos plasman palabras y escriben una estrofa inmortal, sino a lo largo de numerosos días, mientras avanza la paciente labor del pincel, mientras los infectos vapores de la vida se interponen y la idea crece, se extiende, se fija, radiante y única como la vemos ahora ... Ah, ¡qué gran maestro! ¡Qué visionario!

INCIPIT 911. VIDA DE ESTE CHICO / TOBIAS WOLFF

El agua de nuestro coche se puso a hervir otra vez en cuanto mi madre y yo cruzamos la División Continental. Mientras esperábamos a que se enfriase oímos, procedente de algún lugar por encima de nosotros, el alarido de una bocina. El sonido se hizo más fuerte y luego un camión grande salió de la curva, pasó junto a nosotros a toda velocidad y tomó la siguiente curva, la caja dando violentos bandazos. Nos quedamos mirando el punto por donde había desaparecido.
-Oh, Toby -dijo mi madre-, ha perdido los frenos.
El sonido de la bocina se fue alejando y luego se desvaneció en el viento que suspiraba entre los árboles que nos rodeaban.
Cuando llegamos allí, había unas cuantas personas de pie junto al precipicio por donde se había despeñado el camión. Había destrozado la barandilla protectora y había caído cientos de metros en el vacío hasta el río, donde yacía de espaldas entre las peñas. Parecía patéticamente pequeño. Un chorro de denso humo negro se elevaba de la cabina y el viento lo dispersaba. Mi madre preguntó si alguien había ido a dar parte del accidente. Sí, alguien había ido. Nos quedamos con los otros al borde del precipicio. Nadie hablaba. Mi madre me rodeó los hombros con un brazo.

Durante el resto del día no paró de volver la cabeza para mirarme, de tocarme, de apartarme el pelo de la cara. Vi que era el momento oportuno para sacarle regalos de recuerdo.

AMERICANOS

Cuentos completos, Henry james, p. 535
-¡Somos los desheredados del arte! -exclamó-. Estamos condenados a lo superficial. Estamos excluidos del círculo mágico. El suelo de la percepción estadounidense es un pobre, pequeño y árido yacimiento artificial. ¡Sí, señor! Estamos atados a la imperfección. Un americano, si quiere destacarse, debe aprender diez veces más que un europeo. Carecemos de raciocinio profundo. Tampoco tenemos buen gusto ni tacto ni poder. ¿Cómo podríamos tenerlos? Nuestro clima crudo y estridente, nuestro silencioso pasado, nuestro atronador presente, la perpetua presión que ejercen sobre nosotros las circunstancias más desagradables, todo ello conspira contra las cosas que nutren, estimulan e inspiran a un artista. Y mi triste corazón se llena de amargura al declarar algo así. Nosotros, pobres aspirantes, debemos vivir en perpetuo exilio.
-En el exilio usted parece estar a gusto, como en su casa –le dije-, y Florencia me resulta una muy bella Siberia. Ahora bien, ¿sabe lo que pienso? Nada es para mí más inútil que hablar de cuánto necesitamos un suelo fértil, oportunidades, inspiración y todas esas cosas. ¡Lo fundamental es producir algo bueno! En nuestra gloriosa Constitución no existe una sola ley contra eso. ¡Inventar, crear, realizar! No importa si uno debe estudiar cincuenta veces más que los otros. ¿Para qué se es artista, si no para aprender? Sea usted nuestro Moisés -añadi con una risa y apoyé una mano en su hombro-, ¡ sálvenos de la esclavitud!

-Sabias palabras ... , ¡sabias palabras, muchacho! -vociferó con una tierna sonrisa. “¡Inventar, crear, realizar!”. En efecto, esa es nuestra misión, lo sé muy bien. Por el amor de Dios, no me tome por uno de esos hombres infecundos y plañideros, esos impotentes cínicos que carecen de talento y de fe. ¡Yo me dedico a trabajar! –y echó una mirada alrededor antes de bajar la voz como si aquello fuera un preciado secreto-. ¡Yo trabajo noche y día, consagrado a una creación! No soy Moisés; solo soy un pobre y paciente artista, pero resultaría muy bueno si yo lograra que un pequeño flujo de belleza circulase por nuestra tierra sedienta. 
En la imagen Nick Nolte en La copa dorada

ITALIA

Cuentos completos, Henry James, p. 486
-He venido aquí en peregrinaje. Para entender lo que quiero decir, tendría usted que haber vivido, como yo, en una tierra más allá del mar, falta de gracia y de romanticismo. Esta Italia suya, en cuyas puertas me hallo ahora, es la cuna de la historia, de la belleza, de las artes y de todo lo que hace a la vida dulce y espléndida. Para nosotros, tristes extranjeros, Italia es una palabra mágica. Nos persignamos al pronunciarla. Tendemos a pensar, cuando obtenemos placer y reposo (en cierta hora luminosa, cuando nos sonríe la suerte), que podemos salir y atravesar los océanos y las montañas y pisar el suelo italiano y ver allí la sustancia primaria, la «idea» platónica de nuestros sueños más reconfortantes y nuestras fantasías más fértiles. Yo he sido educado en esos pensamientos. Y puedo gozar de esta hora feliz, gracias a Dios, siendo todavía joven, sano y sensible. Heme aquí, por primera vez, en una atmósfera encantada donde el amor, la fe, la sabiduría y el arte prometen convertirse en algo más profundo que esas pasiones que sentía yo en mi helada tierra. Empiezo a percibir lo que mis sueños prometían. Es Italia. ¿Cómo explicarle lo que significa para uno de nosotros? Vea tan solo con qué ternura y simpleza fluye mi discurso. El aire tiene un perfume especial; todo lo que penetra en mi alma, en cada uno de mis sentidos, es un indicio, una promesa, una confirmación. Pero lo mejor de todo es que la he encontrado a usted, bella dama. Si le dijese lo que opino de usted, creería que no soy sincero o respetuoso. Ecco!

CAPILLA DE GIOTTO. PADUA

Cuentos completos, Henry James, p. 449
Esta iglesia, pequeña y vacía, se levanta abandonada y desprotegida en el acogedor mercado de hortalizas que fue en tiempos un circo romano y ofrece al viajero una de las lecciones más grandes de Italia. Sus cuatro paredes están cubiertas, casi del suelo al techo, con esas maravillosas series de pinturas dramáticas que nos introducen en el dorado esplendor del arte italiano. Me había informado tan desacertadamente que imaginaba que hablar de Giotto era más o menos como ponerse ridículo a uno mismo, y pensaba que era propiedad especial aquellos que son meros sentimentales de la crítica. Pero tan como se cruza el umbral de aquel templo, pequeño y ruidoso -un simple armazón vacío, pero que parece estar recubierto la valiosa sustancia de finas perlas y que, armonioso, nos habla una elocuencia proveniente del arte infinito, -se percibe con se enfrenta uno: un pintor completo de la mejor clase. Con certeza Giotto nunca ha sido sobrepasado en un aspecto: en el de presentar una historia. La cantidad de expresión dramática en aquellos pequeños y pintorescos recuadros escénicos equiparable a la de un centenar de maestros posteriores. A su ¡cómo parecen caminar a tientas, extraviados y distraídos! Y ellos, ¡qué directo, esencial y masculino se muestra! ¡Qué simplicidad, qué inmediata pureza y elegancia! La muestra  a mi amiga y a mí reflexiones más inteligentes de lo capaces de expresar. “Felicísimo arte”, dijimos, pues ver cómo en efecto el arte temblaba, se estremecía y bajo la mano del artista, casi con el presentimiento de su carrera, ”durante los doscientos próximos años disfrutarás de una espléndida dicha!”. La puerta de la capilla permanecía abierta hacia el soleado campo de maíz y hacia los perezosos desperdicios de verdura cercados por el desmoronado óvalo de la arquitectura romana. Un golfillo que había venido con la llave remoloneaba en un banco esperando unas monedas y nos miraba fijamente mientras observábamos las pinturas. Una luz generosa inundaba el interior del precinto y caldeaba la superficie áspera y pálida del muro pintado. Parecía haber un patetismo irresistible en esa combinación de pobreza y belleza. 

CRUCIFIXION DE TINTORETTO

Cuentos completos: 1864-1878, Henry James, p. 445
Tintoretto, el lector culto recordará, pintó dos obras maestras sobre este gran terna. La más grande y compleja está en la Scuola di San Rocco; la otra, sobre la que hablo, es pequeña, sencilla, y sublime. Ocupa el lado izquierdo del estrecho coro de la pequeña y humilde iglesia en la que estábamos, y destaca por ser, con dos o tres excepciones, la mejor obra conservada de su incomparable autor. En todo el mundo del arte no se ha producido nunca un efecto tan poderoso a través de unos medios tan sencillos y selectos; nunca la inteligente elección de medios ha sido perseguida con una percepción tan refinada para conseguir un efecto. El cuadro ofrece a nuestra vista la esencia misma y central de la gran tragedia que representa. No hay ninguna madonna desmayada ni ninguna Magdalena que consuele. No se describe ninguna escena de burla ni la crueldad de las masas reunidas. Observarnos la silenciosa cumbre del Calvario. A la derecha hay tres cruces, destacando la del Salvador. Una escalera apoyada contra ella sostiene a un verdugo con turbante, que se inclina hacia abajo para recibir la esponja que le ofrece un compañero. Sobre la cima de la colina los cascos y las lanzas de una línea de soldados completan la severidad de la escena. La realidad de la pintura va más allá de las palabras: es duro decir qué es más impresionante, si el horror desnudo del hecho representado o el inteligente poder del artista. Se respira una oración silenciosa de agradecimiento por no estar en posesión de la terrible clarividencia del genio. Nos sentarnos y observarnos la pintura en silencio. El sacristán merodeaba por los alrededores, pero finalmente, cansado de esperar, se retiró al campo exterior. Observé a mi compañera que se mostraba pálida, inmóvil y sofocada; evidentemente sentía la imponente fuerza de la obra con conmovedora compasión. 

IL CENACOLO

Cuentos completos: 1864-1878, Henry James, p. 411
La última cena de Leonardo, en Milán, es indiscutiblemente la pintura más impresionante de Italia. Parte de su inmensa solemnidad se debe sin duda a que es una de las primeras grandes obras maestras italianas que salen al paso cuando se desciende desde el norte. Otra fuente secundaria de interés radica en la absoluta perfección de su deterioro. La imaginación experimenta un extraño deleite al cubrir cada uno de sus espacios vacíos, borrando su completa corrupción y reparando en la medida de lo posible su triste desorden. La mejor prueba de su poderosa fuerza y perfección es el hecho de que pese a haber perdido tanto conserve todavía tanta belleza. Una elegancia inextinguible persiste en sus vagos trazos y en sus cicatrices sin cura; aún queda lo suficiente corno para que el espectador pueda admirar la insondable sabiduría del artista. El lector recordará que el fresco cubre un muro en el extremo de lo que fue el refectorio de un antiguo monasterio, actualmente disuelto, cuyo recinto está ocupado por un regimiento de caballería. Los caballos piafan y los soldados emiten sus juramentos en los claustros donde una vez resonaron los sobrios pasos de las sandalias monásticas y donde los frailes de voces sumisas se dirigían piadosos saludos.
Era mitad de agosto, y el verano se había instalado con intensidad sobre las calles de Milán. En el calor de la tarde, la gran cúpula de ladrillo de la iglesia de Santa Maria de las Gracias se elevaba negra hacia el cielo de bronce. Cuando mi fiacre se detuvo frente a la iglesia, descubrí otro vehículo aparcado en el resquicio de

sombra que se extendía corno una alfombra a lo largo de la luminosa acera delante del convento contiguo. Dejé a decisión de los conductores el que compartieran esa ventaja como convinieran y me apresuré a entrar en la fresca presencia del Cenacolo.  Aquí encontré a los ocupantes del otro fiacre, una joven dama y un anciano caballero. Además del funcionario que cobraba el franco de rigor, había también un copista de cabello largo, que buscaba reproducir los secretos silenciosos del gran fresco mediante vivos colores amarillos y azules un tanto vulgares. El caballero observaba seriamente esta ingeniosa operación. La joven dama estaba sentada con los ojos fijos en el fresco, de donde no los movió cuando me senté a su lado. Yo mismo me olvidé también de su presencia tan rápido como ella de la mía y me perdí en el estudio de la obra de arte que se mostraba ante nosotros. Una única mirada me había asegurado que la dama era americana. 

INCIPIT 910. BRAUDEL POR BRAUDEL / A.G.PORTA

El día que Ricardo Duarte desembarcó en el puerto de Mahón, lo hizo bajo el nombre de Gustavo Braudel y su excusa fue que necesitaba un refugio para pensar y trabajar durante las vacaciones de Navidad, aunque todavía no sabía muy bien a qué iba a enfrentarse y tan sólo adivinaba vagamente el trabajo que le esperaba. Braudel era una de las muchas identidades que Ricardo Duarte había utilizado a lo largo de su vida y una de las pocas que todavía podía usar sin peligro. En contraste con otros nombres y apellidos se sentía cómodo con éste porque no le traía malos recuerdos y le alejaba de antiguas causas pendientes con la justicia. Además, Braudel le gustaba porque le confería un aire de extranjero y cuando se veía obligado a explicar algún detalle de su vida le daba pie a improvisar un pasado repleto de sugerentes inventivas que sólo existían en su imaginación.  Recordaba perfectamente el día que llegó a Mahón porque faltaban tres semanas para la Navidad y le pareció que la ciudad tenía un aire especial, un ritmo muy distinto al que acababa de dejar en Barcelona. 

INCIPIT 909. COTO VEDADO / JUAN GOYTISOLO

Espulgar genealogías se reduce a descubrir, dirá el narrador socarrón del Petersburgo de Biely, la existencia final de linajes ilustres en las personas de Eva y Adán. Fuera de este hallazgo capital e incontrovertible, las arborescencias y frondosidades de los troncos materno y paterno no suelen prolongarse -con excepción quizá de unas cuantas familias de aristócratas- a ese limbo original pomposamente conocido por la noche de los tiempos. En mi caso -vástago, por ambos lados, de una común, ejemplar estirpe burguesa-, los informes tocantes a mis antecesores obtenidos durante mi infancia no exceden de la primera mitad del siglo XIX. Pese a ello, mi padre, en uno de los arrebatos de grandeza que antecedían o preludiaban sus empresas y descalabros, se había forjado un escudo familiar en cuya composición figuraban, conforme a mis recuerdos, flores de lis y campos de gules: lo había trazado él mismo en un pergamino que lucía enmarcado en la galería de la casa de Torrentbó y era, según él, la demostración irrebatible de nuestros orígenes nobiliarios. En las largas veladas veraniegas propicias a la evocación de temas íntimos y anécdotas remotas, mi tío Leopoldo acogía la exposición de los presuntos blasones con una expresión risueña y escéptica: apenas su hermano mayor había vuelto la espalda, nos confiaba sus sospechas de que el viaje sin retorno del bisabuelo de Lequeitio a Cuba, adonde fue muy joven e hizo rápidamente fortuna, obedeció tal vez a la necesidad de romper con un medio hostil a causa del estigma inicial de una procedencia bastarda

ONAN

Coto vedado, Juan Goytisolo, p. 121
Cuando al inicio de la pubertad empecé a masturbarme, el nuevo e increíble placer casualmente descubierto un día de verano se transformó en uno de los centros reales, por no decir el más real, de mi vida. El potencial de goce ínsito a mi cuerpo se impuso en seguida, brusco y convincente, a los discursos religiosos o morales que lo estigmatizaban. En la cama, el baño, las buhardillas de Torrentbó, me entregaba con asiduidad al acatamiento de una ley material que, por espacio de unos minutos, me confirmaba en mi existencia aislada y  particular, mi irreductible separación del resto del mundo. Con ello no quiero decir ni mucho menos que la doctrina tradicional católica tocante al sexo -expuesta machaconamente en aulas, confesonarios, púlpitos, manuales de piedad juvenil- no hiciera mella en mí. La idea del pecado -del pecado mortal, con sus espeluznantes consecuencias me torturó por espacio de algunos años. Docenas de veces, arrodillado frente a alguno de los sacerdotes de las  parroquias o iglesias cercanas, había confesado mi culpa y pretendido enmendarme sabiendo con certeza que unas horas o días más tarde, esa fuente vital de energía que brotaba de mí impondría su fuero y anularía, imperiosa, el tenue armazón de preceptos que inútilmente la condenaban. Consciente de ello, a fin de sustraerme a los reproches de un confesor fijo o director espiritual, cambiaba regularmente de templo y confesonario, en una especie de juego de escondite cuya inanidad saltaba a la vista. Aunque mis expresiones de piedad eran forzadas y las creencias religiosas frágiles y tibias, el temor a las penas y tormentos infernales me acosó durante algún tiempo. Las imprecaciones contra el sexto, lanzadas por los predicadores e impresas en librillos como los de Monseñor Tihamer Toth, tenían un efecto potencialmente traumático para los adolescentes que, en el ardor de la pubertad, escuchaban o leían, aterrados, los supuestos estragos físicos y morales del acto impuro, simple preámbulo de los suplicios eternos, sutiles, refinadísimos que les aguardaban en el Más Allá. 

ABUSOS

Coto vedado, Juan Goytisolo, p. 101
Yo dormía a solas en la biblioteca-despacho, en una cama turca arrinconada entre un mueble y la pared: al acostarme, veía escurrirse a los abuelos a su cuarto y escuchaba sus murmullos y oraciones hasta que apagaban la luz. Una noche, cuando la casa entera estaba a oscuras, recibí una visita. El abuelo, con su largo camisón blanco, se acercó a la cabecera de la cama y se acomodó al borde del lecho. Con una voz que era casi un susurro, dijo que iba a contarme un cuento, pero empezó en seguida a besuquearme y hacerme cosquillas. Y o estaba sorprendido con esta aparición insólita y, sobre todo, del carácter furtivo de la misma. Vamos a jugar, decía el abuelo y, tras apagar la lamparilla con la que a veces leía antes de dormirme, alumbrada por mí al percibir sus pasos, se tendió a mi lado en el catre y deslizó suavemente la mano bajo mi pijama hasta tocarme el sexo. Su contacto me resultaba desagradable, pero el temor y confusión me paralizaban. Sentía al abuelo inclinado en mi regazo, sus dedos primero y luego sus labios, el roce viscoso de su saliva. Cuando al cabo de unos minutos interminables pareció calmarse y se volvió a sentar al borde del lecho, el corazón me latía apresuradamente. ¿Qué significaba todo aquel juego? ¿Por qué, después de toquetearme, había emitido una especie de gemido? Las preguntas quedaron sin respuesta y, mientras el inoportuno visitante volvía de puntillas a la habitación contigua en donde dormía la abuela, permanecí un rato despierto, sumido en un estado de inquieta perplejidad.
El abuelo Ricardo me había pedido que guardara el secreto y, durante el día, nada en su comportamiento permitía adivinar que aquel viejo apacible acomodado con su periódico a la sombra del castaño era el mismo que la víspera, con cosquillas y risitas, se había introducido en mi cama. Por la noche, volvió a cruzar mi habitación en compañía de la abuela. Pero, media hora después -el tiempo de juzgarla dormida y de que se apagaran las luces de la casa- repitió la visita de la víspera. Incapaz de reaccionar a la novedad que me imponía, fingí caer en una especie de coma profundo mientras él me masturbaba con la mano y los labios: había encendido esta vez la perilla de la luz y la idea de ver su figura arrodillada junto a la cama me pareció superior a mis fuerzas. No sé cuántas veces, en las cálidas noches de junio que precedieron al verano y nuestro viaje a Torrentbó, el abuelo reincidió en sus manoseos. ¿Cinco, diez veces? Yo había adoptado la ingenua estrategia del sueño y me evité así el espectáculo de su enojosa y reiterada manipulación.
Semanas después, en un bosquecillo de algarrobos contiguo a los huertos de Torrentbó, revelé lo acaecido a José Agustín. 

BARCELONA LIBERADA

Coto vedado, Juan Goytisolo, p. 102
El frente se aproximaba a nosotros: la carretera había empezado a llenarse de militares a pie y a caballo, vehículos oficiales, sidecares, camiones de Intendencia. Luego, en largas, interminables hileras, veíamos pasar desde nuestras ventanas a los prisioneros de guerra; sus guardianes los habían apriscado, como ganado, junto a la parroquia del pueblo y distribuían entre ellos unos calderos de rancho aguanoso. El cansancio, enfermedad, abatimiento, se pintaban en todos los rostros: su paso dejaba una estela de defecaciones, papeles sucios, latas vacías. Lolita Soler y los tíos les veían pasar con lágrimas en los ojos e intentaban darles a escondidas algún mendrugo de pan u otro socorro. José Agustín y yo nOs aventuramos a charlar con ellos y regalamos a uno un cigarrillo liado con hojas secas de maíz. Una mañana, apareció un pequeño avión de reconocimiento de los nacionales y un capitán desenfundó su pistola y disparó contra él unos tiros sazonados con maldiciones y tacos. Según oímos decir a mí padre, Barcelona había sido liberada por los requetés.

El lugar ofrecía diariamente escenas de pánico y desbandada. Automóviles atestados de fugitivos, camiones repletos de soldados atravesaban el pueblo hacia el norte seguidos de centenares de peatones sucios y astrosos, combatientes, civiles, mujeres, chiquillos, viejos, cargados todos de maletas y bultos, trastos absurdos, cacerolas, muebles, una estrafalaria y absurda máquina de coser, diáspora insectil consecutiva a la muerte de la reina o cierre inesperado del hormiguero. Había heridos transportados en parihuelas, cojos con muletas, brazos en cabestrillo. Los nacionales acababan de cortar la línea del ferrocarril y José Agustín afirmaba haber visto a un muerto. Una tarde, recibimos la visita de unos oficiales. Tras acomodarse a descansar en el comedor, el capitán advirtió la existencia de un gallinero en la buhardilla y, con amable desenvoltura, se autoinvitó a cenar. María sacrificó un par de gallinas y, mientras mi padre se esforzaba en mantener una conversación insustancial con sus huéspedes, uno de éstos había inspeccionado curiosamente la casa y mostró súbito interés por el estuche de violín de tia Consuelo. Quiso examinar el instrumento, pulsó las cuerdas, dijo que su asistente era aficionado a la música. Al concluir la comida, se despidieron cortésmente de nosotros y, desmintiendo nuestros temores, no se llevaron nada.

VIRGEN DE BENLLIURE

Coto vedado, Juan Goytisolo, p. 54-55
Las predicciones apocalípticas de la señorita se cumplían: el último número de «Mickey», nuestra revista favorita, había salido pintarrajeado de los colores rojo y negro de la F Al; las iglesias ardían unas tras otras como en la época del Imperio Romano. Desde el cenador del jardín, contemplábamos el camión de «los rojos» estacionado junto a Santa Cecilia, la densa columna de humo que se extendía sobre el minúsculo edificio blanco. ¿Hubo información malintencionada respecto al oratorio familiar de casa? Si bien la hipótesis, formulada después por mi padre, tiene visos de verdad, lo cierto es que la capilla, perfectamente visible desde el lugar en el que se hallaban los incendiarios, podía ser tentadora sin necesidad de ninguna denuncia. Fruto del azar u objetivo programado, la irrupción de los hombres del camión en la era minutos más tarde nos llenó en cualquier caso de terror. La señorita María sollozaba: ella, cuya lectura predilecta era un manual de piedad compuesto por biografías de niños santos, acariciaba quizá en sus adentros la exaltadora posibilidad de un martirio cercano. Mi madre, que se había asomado a una ventana cuando los intrusos se hicieron abrir por los masoveros la puerta de la capilla, fue conminada a retirarse a sus habitaciones a punta de revólver. Refugiados en la galería escuchábamos voces, golpeteos, gritos. Mi madre nos imponía silencio y la señorita rezaba el rosario en voz baja.

A pesar de que el desarrollo de este lance presenta en mi memoria opacidades y huecos, recuerdo bien el momento en que, desaparecidos los autores de la incursión, nos aventuramos a la era a ver los destrozos. La estatua de mármol de la Virgen, obra de Mariano Benlliure, había sido derribada del altar y yacía fuera con la cabeza partida a golpes de maza. En una fogata, ardían todavía, amontonados, diferentes objetos litúrgicos. Contrastando con nuestro desconsuelo, el masovero y su familia examinaban aquel estrago con silenciosa impasibilidad.

CHINA

Las viudas de Eastwick, John Updike, p. 113
China, en su mente, había adoptado diversas formas: una tierra fabulosa de niños hambrientos, campesinos de Pearl S. Buck, fatales «damas dragón», rickshaws y piratas de cómic; una democracia amiga, hábilmente dirigida por Chiang Kai-shek y su glamurosa esposa, una de las hermanas Soong; una víctima doliente de los despiadados japoneses y un fiel aliado del presidente Roosevelt; un campo de conflictos civiles posbélicos durante la Guerra Fría, donde el presidente Truman, astutamente, declinó intervenir y donde los nacionalistas acérrimos perdieron ante los comunistas; un firme bastión de un credo político adverso; una fuente de hordas de «voluntarios» enemigos que se dirigían al sur, a Corea; una enorme masa de humanidad robotizada que podía tragarnos, si se les pinchaba en Qyemoy, Matsu o Formosa; una multitud de Guardias Rojos que recitaban a Mao en una Revolución Cultural que parodiaba brutalmente la contracultura de los sesenta en Occidente; luego, después del viaje de Nixon y de los torpes brindis en los banquetes, de nuevo una aliada contra la Unión Soviética; tras la muerte de Mao y el derrocamiento de la Banda de los Cuatro, un tierno semillero de incipientes empresas libres; tras el triunfo del pragmatismo de Deng Xiaoping, una voraz consumidora de empleos americanos y receptora de dólares americanos; y ahora, la superpotencia en ciernes del siglo XXI, mil trescientos millones de obreros y consumidores, acreedora del desfalleciente capitalismo norteamericano y competidora por el decreciente suministro global de petróleo. Allí, en el aeropuerto, Sukíe gritó con su voz aguda, casi sin aliento:

-i Qué bien nos lo vamos a pasar!

DEL AMOR

Las viudas de Eastwick, John Updicke, p. 35
-Amigos, estos autobuses especiales de los glaciares, llamados Snocoaches, cuestan cien mil dólares cada uno. Relájense ... , estimamos que más de la mitad de ellos vuelven intactos, con muchos de sus pasajeros todavía a bordo.  -Hubo un risa nerviosa unánime. Se arrojaron por el precipicio y luego se deslizaron por el hielo plano hasta detenerse junto a otros Snocoaches. El conductor recitó al micrófono-: Una de las preguntas más habituales que nos hacen es: “¿Por qué está tan sucio el hielo?». Bueno, el hielo del glaciar está hecho de nieve, metros y metros de nieve que se comprimen hasta formar un centímetro o dos de hielo. Como ya sabrán, los copos de nieve y las gotas de lluvia se forman en el aire alrededor de una diminuta mota de polvo. La nieve se funde, pero el polvo sigue ahí.

¿sabía eso Alexandra? ¿Que los copos de nieve y las gotas de lluvia necesitan un germen de polvo? ¿Contiene el cielo suficiente polvo para suministrárselo a todos ellos? ¿Y si se acabara el polvo celestial? ¿Sería toda esa historia canadiense de la compresión lo que le presionaba el pecho por la noche? Si todo (nieve, sedimentos, rocas) se comprime sin parar, ¿por qué no se vuelve el mundo más pesado y pequeño, hasta convertirse en un agujero negro? Ése era el tipo de preguntas que solía hacerle a Jim, que nunca se reía de ella y siempre echaba mano de sus conocimientos prácticos para intentar darle una respuesta. Los hombres, a pesar de toda su rabia oculta, tenían eso: una sensación clara de la relación causa-efecto, un deseo práctico ser razonables. Las mujeres los aman por ese motivo.

1984

La decadencia de Nerón Golden, Salman Rushdie, p 349
Había una vez un rey malvado que hizo marcharse de su hogar a sus tres hijos y luego los encerró en una casa de oro, sellando las ventanas con persianas doradas y bloqueando las puertas con pilas de lingotes americanos y bolsas llenas de doblones españoles y estuches de luises de oro franceses y cubos enteros de ducados venecianos. Pero los hijos se acabaron convirtiendo en una especie de pájaros o serpientes con plumas que salieron volando por la chimenea y quedaron libres. En cuanto estuvieron fuera, sin embargo, descubrieron que ya no sabían volar y se desplomaron dolorosamente en la calle, donde quedaron heridos y perplejos en la alcantarilla. Se congregó entonces una multitud que no supo si tenía que venerar o temer a aquellas serpientes-pájaro caídas, hasta que alguien tiró la primera piedra. Después de que el diluvio de piedras matara a aquellos tres metamórficos, el rey, a solas en la casa dorada, vio que todo el oro que tenía en los bolsillos las pilas las bolsas y los cubos empezaba a brillar cada vez más y por fin se incendiaba y se quemaba. La deslealtad de mis hijos me ha matado, dijo mientras llamas se elevaban a su alrededor. Aunque ésta no es la única versión de la historia. En otra versión los hijos no se escapaban, sino que morían junto al rey en el incendio. En una tercera variante, se asesinaban entre sí. En una cuarta, mataban a su padre y se convertían simultáneamente en parricidas y regicidas. Es posible incluso que el rey no fuera del todo malvado, o que tuviera algunas cualidades nobles además de las atroces. En nuestra era de realidades disputadas con ferocidad no resulta fácil averiguar lo que está pasando realmente o lo que ha pasado, cuál es la situación, no digamos ya cuál es la moraleja o el significado de este cuento o de cualquier otro.

PACO, PACO, PACO

Años lentos, Fernando Aramburu, p. 77
El comienzo de la partida
Me viene ahora a la memoria un lunes caluroso de septiembre, por la tarde, en que volviendo del dentista con mi tía nos llegamos a la calle de Hernani a ver pasar a Franco. Mucha gente se apretaba en las aceras, tanta que nos costó encontrar un hueco, y aun mi tía, que era muy discutidora, estuvo porfiando con un señor hasta que este se dignó hacernos sitio de mala gana a su costado.
Algunas personas sostenían pancartas de bienvenida, y a cada trecho podía verse un policía con gorra de plato y cara de pocos amigos, y también en las azoteas. Numerosos vecinos de los alrededores, atendiendo a la solicitud hecha pública de víspera por el alcalde, habían adornado ventanas y balcones con la bandera de España.

A mi tía lo que la molestaba de la visita anual de Franco era que las tiendas de ultramarinos subían los precios de sus productos y en casa había restricciones de agua, decían que porque la necesitaban para lavar los caballos de la escolta del Generalísimo, aunque yo aquel día sólo vi acompañamiento de motoristas.

SACRA CONVERSAZIONE

La mecanógrafa de Henry James, p. 216
En noviembre la señora Wharton pasó casi dos semanas en Lamb House, como preámbulo a lo que el señor James llamaba «El descenso del Ángel de la Destrucción sobre las islas británicas». Frieda lo lamentaba por el señor James, pues sabía que aquel verano había tenido más invitados de la cuenta, sobre todo en el que había sido su peor año, económicamente hablando, de los últimos veinticinco. Sin embargo, el escritor estaba encantado con la visita.
Frieda se decía para sus adentros que el señor James debía considerar que la extravagante, generosa y agotadora señora Wharton tenía sus ventajas y sus inconvenientes. Pese a que le aportaba, sin coste alguno, la emoción de volar por el campo en su enorme automóvil, la dama estaba acostumbrada a comer bien, y lo consideraba uno de los requisitos indispensables de la vida, como envolverse en pieles de animales menos afortunados que ella.
Por ese motivo, a Frieda le dolía presenciar los esfuerzos del señor James por adornar, con escaso éxito, sus platos relativamente modestos para adaptarlos al sofisticado paladar neoyorquino de su invitada. Se produjo una escena especialmente lamentable cuando sirvieron para almorzar un pastel de carne y riñones que ya se había presentado la noche anterior en la cena. Su falta de atractivo había provocado que volviese a la cocina casi intacto, y la frugal señora Paddington, tras un somero intento de reparar el tímido expolio, lo había sacado de nuevo a la hora del almuerzo.
El señor James observó, impertérrito, la repartición en gruesas porciones del desairado pastel, pero la señora Wharton no pudo aguantar por más tiempo su indignación ante tal ineptitud.
-Francamente, mi querido Henry, ¿no hemos soportado ya antes este pastel de carne en concreto? Creo que reconozco el mismo riñón que tuve en mi plato anoche y que envié de vuelta a la cocina. Tiene una forma muy peculiar.
El señor James parecía desconcertado.
-Creo que tiene forma de riñón, Edith.
-Tiene una forma rara incluso para un riñón, Henry. Lo reconocería en cualquier parte.
-No creo que el pastel intente engañarnos, Edith -dijo el señor James, señalando con un movimiento vago del tenedor la ya destrozada corteza del pastel-. Creo que muestra con suma franqueza su identidad.
-Es precisamente su franqueza lo que critico, Henry. ¿No crees que la comida, como cualquier otro placer en la vida, necesita del arte para resultar agradable? Pues éste es el pastel menos artístico que he visto en mi vida: se jacta de su baja estofa y se regodea en su deterioro. En serio, Henry, ¡no habremos llegado al extremo de que, para almorzar, debamos comer un plato que consideramos indigno de la cena, como si hubiera podido redimirse milagrosamente tras pasar la noche en la despensa!
El señor James parecía más divertido que abochornado por la diatriba de la señora Wharton.
-Creo, Edith, que la señora Paddington supuso que era la falta de apetito y no nuestra incapacidad para apreciar el pastel lo que hizo que, anoche, devolviéramos la cena que nos había servido. Es demasiado orgullosa para servirnos, por segunda vez, lo que rechazamos en el primer intento.
Frieda no estaba convencida del todo: sospechaba que la anciana ama de llaves disfrutaba sometiendo a la quisquillosa señora Wharton a la contundente cocina casera inglesa. Era su forma de resistencia ante la invasión de automóviles, chóferes y afectación afrancesada, tan elocuente a su manera como una torre Martello o un caballo de Frisia.
Pero la señora Wharton no estaba dispuesta a darse por vencida.

-Mi querido Henry, ¿qué demonios es la falta de apetito, más que una incapacidad de apreciación?

LA EDICION DE NUEVA YORK DE LAS OBRAS DE JAMES

La mecanógrafa de Henry James, p. 205
Ya habían aparecido suficientes volúmenes de las obras completas del señor James para que él empezara a palpar el aprecio de su público a través del incremento de sus derechos de autor. Como Frieda sabía mejor que nadie, había invertido una considerable cantidad de dinero y esfuerzo en una revisión meticulosa de casi toda su obra, siguiendo el mejor criterio adquirido a lo largo de los casi cuarenta años que habían transcurrido desde la publicación de su primera novela. No todos consideraban que estas revisiones constituyeran una mejora. La propia Frieda pensaba que presentar al mundo un producto revisado, como si procediese de su inspiración inicial, era tan poco honesto que rayaba en el fraude. Era consciente de que las intenciones del señor James no tenían nada de engañosas, pues en el prólogo de cada obra reflexionaba extensamente sobre el propio proceso de revisión; pero ella opinaba que cuando una novela había echado a andar por el mundo, era conveniente no someterla al cambio radical que suponían muchas de aquellas revisiones.
Naturalmente, el escritor no era de ese parecer, pues él aguardaba expectante la aprobación por parte de la crítica, que creía merecer tras el ímprobo esfuerzo que representaba aquella edición de sus obras completas. No obstante, la repercusión de sus primeros libros había sido escasa, salvo las muestras de gratitud y admiración por parte de algunos elegidos a quienes el escritor había obsequiado con costosos ejemplares. Frieda sabía que al señor James le preocupaba ese tema, y cuando a principios de octubre, después de leer la correspondencia de la mañana, le confesó que se sentía demasiado indispuesto para dictar, supuso que había recibido malas noticias de la nueva edición.

-No es nada que deba preocuparla, querida. Se trata de una indisposición más espiritual que física, pero hasta tal punto ocupa mis pensamientos que no puedo atender mi obra como debería. Me hará un inmenso favor si mecanografía las pruebas corregidas de La copa dorada, mientras traslado mi dolorida cabeza a una habitación en penumbra.  

DE LOS EMBAJADORES DE JAMES

La mecanógrafa de Henry James, p. 154
-Los comentarios que él manifiesta contienen la esencia de Los embajadores, coma, mientras sus dedos siguen cerrados alrededor del tallo de la flor abierta, punto y coma; y es así como oficiosamente nos presenta, comillas, “Viva cuanto pueda, punto y coma; no hacerlo sería un error”, punto.
El señor James se detuvo justo delante de Frieda y, en lugar de reanudar la marcha, clavó su penetrante mirada en ella y dictó, como si le hablase personalmente:
-No importa tanto lo que haga en particular mientras disponga de su propia vida, punto. Interrogación. ¿Qué es lo que se tiene, si no se tiene eso, interrogación?
Siguió andando:
-Soy viejo, coma, demasiado viejo para lo que veo, punto. Lo que se pierde, coma, se pierde, punto y coma; de eso no le quepa duda, punto.
El señor James volvió a guardar silencio y echó un vistazo a la hoja de papel que tenía en la mano, bien para recuperar el aliento, bien para refrescar la memoria de su propia escritura. Pero ahora, debido a la inspiración, se había vuelto persistente y fluido donde antes titubeaba y se mostraba vacilante, por lo que reanudó el dictado:
-Sin embargo, coma, tenemos la ilusión de libertad, punto y coma; por tanto, coma, no viva, coma, como yo ahora, coma, sin el recuerdo de esa ilusión, punto. En el momento oportuno, coma, yo fui demasiado estúpido o demasiado inteligente para albergarla, coma, y ahora soy un caso de reacción contra el error, punto. Haga lo que le plazca y no se equivoque como yo, punto.
Aquí el señor James volvió a detenerse ante el escritorio de Frieda, y de nuevo ella tuvo la extraña sensación de que, más que dictarle, le hablaba. Quizá esa percepción se debiese a que el señor James solía dictar en imperativo, un modo que busca, de forma natural, vincularse a un objeto.
-Pues ha sido, subrayado, una equivocación, punto. ¡Viva, coma, viva!, signos de exclamación.
Y por fin se detuvo. Parecía fatigado y confesó que se había dejado llevar por su entusiasmo, por el tono de desaprobación en que dijo:

-Esto es todo por hoy sobre Los embajadores

JAMESIANA

La mecanógrafa de Henry James, Michiel Heyns, p. 145
El señor James le enviaba instrucciones casi a diario sobre aspectos concretos de los prólogos que debía corregir en su ausencia, y en una ocasión le mandó incluso un manuscrito para que lo mecanografiase. De vez en cuando, sus cartas contenían alguna anotación de carácter más personal que constituía un contrapunto a las historias más críticas del señor Fullerton:
París sigue siendo una gran y resplandeciente burbuja de placer y de efectos visuales, mientras que el campo, por su parte -¡bendita parte!- permanece imperturbable e impasiblemente rural, salpicado aquí y allá, como dicta la influencia de la Iglesia o de las clases pudientes, por monumentos que conmemoran una visión más amplia de la vida y de la muerte. Ayer la señora Wharton, el señor Fullerton –a quien recordará sin duda de su visita a Rye el año pasado-y yo, siempre bajo la capaz y autoritaria dirección de Cook, el chófer, fuimos en coche a Beauvais para recrearnos la vista y, en cierto modo, el espíritu con su espléndida catedral, así como para deleitar nuestros cuerpos con el más delicioso petit déjeuner que una hostería francesa puede elaborar. Como recordará, el torbellino nunca ha sido mi forma predilecta de circular, por lo que paseé a mi manera rumiadora, por no decir rumiante, por el deambulatorio de aquella extraordinaria construcción, maravillándome del impulso espiritual que había sido capaz de crear semejante gesto material. La señora Wharton y el señor Fullerton alegaron fatiga y esperaron fuera con su paciencia acostumbrada, pues si yo soy prisionero de la calma y cautivo del lujo, también soy un prisionero y un cautivo caprichoso, al que mantienen en una maravillosa esclavitud de cadenas doradas ...

Cuando no me llevan a toda velocidad por el campo  con gafas de automovilista, un tal monsieur Jacques-Émile Blanche me hace posar (¡sin gafas!) y me habla con sumo talento, mientras pinta, con no menos talento, mi retrato. Por lo que alcanzo a ver, me perfila gordo, rico, inteligente e importante. Resulta sorprendente, a mi edad, descubrirse representable hasta este extremo; ser capaz de constituir, a la informe manera de uno, un sujeto adecuado para un artista tan acostumbrado a los más augustos personajes (Monsieur Blanche acaba de finalizar, con gran éxito, el retrato del muy anguloso Thomas Hardy). Pero quizá el mío sea una mayor prueba de su competencia, ya que demostrará ser capaz de transformar al menos pictórico de los sujetos en algo monumental, por decirlo de algún modo. 

INCIPIT 908. ALMA / JOSE LORENZO TOME

O espirito chega a nós fragmentado. Chega en estelas que amazocan carpos que falan, as máis das veces, de maneira inconsciente. Fala neles o tío, o avó, a nai e pai, o pasado que se esvara en dicires prestados sen substrato consciente. O espírito toma hoxe a forma dun crebacabezas sen articular que configura desalmados. Lanzado ao mundo nunha cesta sen eirnbres, burlado desde o comezo, navega o desalmado sufocando augas incertas que, non hai moito, eran para os mariños do país de Yam rutas do comercio das ricas mercadorías coas que enchían as adegas das súas naves: té, esparto, estano. Durante o día orientados ao lonxe polo perfil da costa, e na noite pola certeza das estrclas, con medo ás veces e coraxe sempre,"os homes de Yam tiñan unha alma ...
Ada esparexía a fariña na mesa na que traballaba facendo unha empanada, golpeaba con xenio a masa e longo estendíaa co rulo. Falaba alto, para si mesma, deixando ir e vir a cabeza ao seu antollo ... ; mentres rosmaba, Isolina, a abella bochuda, voaba arredor da súa cabeza e, seguido como se estivese no circo, corría por riba do rulo co que a súa amiga traballaba a masa  
-Quita, quita!, non fas máis que molestar ... , teño présa!

-Que vas ter présa!. .. , o que queres é non deixar de refungar ... , o país de Yarn!, corno tes a cabeciña! -dixo a abella pousando na man de Ada.

INCIPIT 907. EL PERIODISMO CANALLA / TOM WOLFE

Enrollados. Formas de vida y temores ante el cambio de milenio: un mundo americano
En los Estados Unidos del2000, la expresión “clase trabajadora” había caído en desuso y el término “proletariado” resultaba tan obsoleto que sólo unos pocos y viejos académicos marxistas con pelos asomando por las orejas lo conocían. El típico electricista, técnico en aparatos de aire acondicionado o reparador de alarmas antirrobo llevaba una vida tal que habría asombrado al propio Rey Sol. Pasaba las vacaciones en Puerto Vallarta, Barbados o Saint Kitts-Nevis. Antes de la cena, salía a la terraza de un hotel de lujo con su tercera esposa, ataviado con una camisa hawaiana abierta hasta el ombligo para permitir que sus cadenas de oro tintinearan sobre el velludo pecho. Los dos pedían agua con gas Quible, procedente del estado de West Virginia, puesto que las marcas Perrier o San Pellegrino les parecían demasiado vulgares.

Con mis respetos a Robert Lacey y Danny Danziger, por su encantador libro El año 1000. Formas de vida y temores ante el cambio de milenio. Ediciones B, Barcelona, 1999.

INCIPIT 906. EL INSTANTE DE PELIGRO / MIGUEL ANGEL HERNANDEZ

Lo primero que vi fue la sombra. Inmóvil, fija, eterna, proyectada sobre un pequeño muro semiderruido que no levantaba más de metro y medio del suelo. Después presté atención al paisaje de fondo, el horizonte, el bosque, los árboles espigados y desnudos que desbordaban el encuadre de la imagen. Nada se movía en la escena. Nada se oía. Por un momento pensé que el archivo era defectuoso o que mi conexión no funcionaba correctamente. Pero enseguida advertí que la barra de reproducción había comenzado a avanzar. El tiempo corría, aunque los objetos de la escena no se desplazaran, aunque todo permaneciera igual después de varios minutos. La sombra, el paisaje, el muro, el plano. El movimiento parecía haberse frenado igual que lo hace en una fotografía.

Así es como arranca esta historia, querida Sophie, con la silueta de un hombre detenida sobre una pared en medio de un bosque, con el movimiento inmóvil de una imagen en blanco y negro en la pantalla de mi ordenador. 

HENRY JAMES Y EDITH WHARTON

La mecanógrafa de Henry James, p. 143
TRANSMISOR: ¡Es una calle preciosa! El piso también es precioso. (Pausa.) Pero quizá esté un poco demasiado lleno de la señora Wharton.
RECEPTOR: ¿El piso?
TRANSMISOR: El piso, para empezar; pero también la Rue de Varenne. Todo París, en realidad, toda Francia. La señora Wharton llena todo el espacio disponible, como recordará por sus visitas a Lamb House y sus incursiones en el terreno circundante.
RECEPTOR: Creía que en París cabría más fácilmente que en Rye.
TRANSMISOR: En París cabe cualquiera, pero la señora Wharton desentona, como un marco precioso en una pintura de mal gusto.
RECEPTOR: No está siendo usted nada amable con ella. Estoy segura de que a la señora Wharton le agrada mucho su compañía.
TRANSMISOR: Eso me dice ella y también me lo dice el señor James, y desde luego me halaga que una escritora americana tan importante me haga caso. Sin embargo, para serie sincero, estoy un poco harto. Para ella apenas me diferencio de uno de esos perros falderos que tiene encima a todas horas y, a su vez, esos perros son indistinguibles de sus también omnipresentes pieles, aunque más escandalosos y malolientes. ¡Y los sombreros! Son como extraños animalitos encaramados en lo alto de su cabeza. Temo constantemente que alguno se me eche encima.
RECEPTOR: La señora Wharton viste muy bien.
TRANSMISOR: Eso depende de a lo que se refiera exactamente con «bien”. Viste de forma muy completa, como una pata de cordero servida con toda la guarnición. No he visto nada tan completo como sus botas. Si no fuese evidente que posee un vehículo a motor, cualquiera diría que pretende cruzar los Alpes a pie.
RECEPTOR: Al señor James le entusiasman las excursiones motorizadas, ¿verdad?
TRANSMISOR: Sí, se entusiasma como un niño siempre que se le propone una salida, o más bien se le anuncia, ya que la señora Wharton no propone las cosas.
RECEPTOR: ¿Lo acompaña usted en estos viajes?
TRANSMISOR: Cuando no se me ocurre una excusa para no ir ... , es decir, una excusa aceptable para la señora Wharton, que no razona como el resto de los mortales. Para ella, sus deseos son un motivo que supera cualquier otra consideración.
RECEPTOR: Creía que sabría apreciar usted la oportunidad de poder contemplar la campiña francesa de manera tan cómoda.

TRANSMISOR: ¿Cómoda? Le aseguro que los asientos son todo lo cómodos que permite el tapizado, y las llantas de caucho funcionan de manera admirable en las malas carreteras; pero ¿comodidad? ¿Que te zarandee el viento, te asfixien los gases del combustible y te ensordezcan los chasquidos, traqueteos, silbidos y bocinazos de esa máquina infernal? No, señorita Wroth, si me habla de comodidad deme una terraza espaciosa y aireada con vistas al canal de la Mancha. Y, además de la comodidad personal, no se olvide usted de la pobre campiña francesa, invadida por una suerte de ejército victorioso que, además de arriesgar la vida de personas y animales, obliga a las tabernas rurales a preparar manjares para hordas de extranjeros exigentes: es la mayor insolencia que les ha tocado vivir en esta tierra desde la invasión de los godos.

JAMESIANA

La mecanógrafa de Henry James, Michiel Heyns
Lamb House, Rye
11 de noviembre de 1907
Mi querido Morton:
He estado reflexionando sobre sus abrumadoras confidencias, y si tomo instintivamente mi pluma, tras nuestras extensas deliberaciones tete-a.-tete, es como un exhausto nadador que se aferra, iluso, a lo que cree su tabla de salvación y que bien puede acabar siendo su perdición. Lo que me abruma, cuando salgo a la superficie en busca de aire, es la sensación de que me ha dejado, inútil y perplejo, en la antesala de su vida, mientras todo este tiempo he dado por supuesto que me había admitido, si no en la cámara interior, al menos en la agradable sala desde donde podíamos contemplar juntos el dichoso e inquieto rumbo de su existencia. Haberme creído su íntimo amigo durante estos últimos dieciocho años para descubrir que se me ha excluido hasta tal punto de una relación que debería implicar confianza, u hospitalidad al menos, es hallar sólo un frío abismo donde me había imaginado un puente, y a un impostor en el amigo que había acogido.
Confieso que no me pareció un asunto digno de parabienes -aunque hubiera ocurrido hace ya mucho tiempo y, como insiste en subrayar, sin la menor intención por su parte- que atrajese la atención de lord Ronald Gower, si bien comprendo que, para un joven recién llegado a Londres, las atenciones de un noble, con pretensiones de buen gusto, debieron de parecerle una valiosa distinción. En el caso que nos ocupa, además, no parece que se haya producido ningún trastorno perdurable, puesto que el vínculo siguió el camino que era de esperar en cualquier relación asentada en la vanidad por un lado y la adulación por el otro. No comparto tampoco su temor de que la naturaleza de dicha relación sea ahora, tras el funesto destino del realmente exagerado Oscar Wilde, malinterpretada en caso de que los detalles de ésta acabaran siendo del dominio público. Independientemente de lo que uno piense de su moral privada y de su conducta pública, en estos momentos lord Ronald posee toda la apariencia de ser un miembro apreciado por la sociedad, una situación muy distinta, a ojos de la opinión pública, de las relaciones del eminente Wilde.

De lo que me quejo, de lo que me lamento, como si de una herida mortal se tratase, es que equipare como fuente de peligro e inseguridad las cartas que me ha dirigido a mí con aquellas que lord Ronald le escribió a usted, por no mencionar las efusividades de Oscar Wilde que tanto preocuparon a la moral de la nación en el momento en que se hicieron públicas.

EDITH WARTON

La mecanógrafa de Hery James, Michiel Heyns, p. 100-101
Frieda sabía que E. W. era Edith Wharton, la amiga del señor James. La había visto en más de una ocasión, en sus triunfales incursiones en Rye, donde llegaba entre los bocinazos de su gran automóvil, haciendo tintinear sus joyas y arrastrando al señor James por el jardín como si fuera un perro falto de ejercicio, mientras daba instrucciones a la señora Paddington sobre las comidas y aconsejaba incluso a Frie da acerca de qué tipo de cinta era el más adecuado para la Remington. En general, el derroche de tanta energía bienintencionada agotaba a cuantos la rodeaban. Frieda había leído su obra, por supuesto; en concreto La casa de la alegría, cuando todo el mundo no hacía otra cosa, y había perdido la paciencia con la mimada y sufridora Lily Bart. Como Frieda había tenido que ganarse la vida desde una edad muy temprana, mostraba escasa simpatía por una mariposa social que a los veintinueve años descubre que nadie quiere casarse con ella. En cuando a Lawrence Selden, Frieda se preguntaba si la señora Wharton, ahora que había conocido al señor Fullerton, sería consciente del héroe mojigato que había creado. ¡Un «verdadero original”! ¿Cómo iba la señora Wharton a reconocer un original si había crecido en el artificioso y falso mundo de los ricos?

Se preguntó si el señor Fullerton le habría hecho el amor a la señora Wharton y, después de considerarlo cuidadosamente, decidió que no. No era tan simple como para creer que el señor Fullerton no le había hecho el amor a ninguna mujer antes que a Frieda Wroth, pero la carta de la señora Wharton, si bien efusiva, carecía de la complacencia que una mujer de esa envergadura sería incapaz de ocultar después de semejante experiencia. Frieda no era capaz de imaginarse a la dama neoyorquina, siempre envuelta en exuberantes vestidos, plumas, sombreros, volantes, encajes, pieles y botas -¡sobre todo botas!-, sometiéndose al estado de desnudez que tanto le gustaba al señor Fullerton. Cubierta como iba de aderezos, se desvanecería si alguien le quitara la ropa. Su elemento natural era el automóvil, su relación más profunda, la que tenía con las máquinas, su emoción, una cuestión de petróleo y ruido. A Frieda le satisfacía que nunca le hubiese gustado la señora Wharton, pues de lo contrario habría pensado que estaba celosa de la fácil apropiación, por parte de aquella mundana mujer neoyorquina, de su último «descubrimiento”, como imaginaba que describiría al señor Fullerton ante sus amigos.

ALCOHOL

El joven sin alma, Vicente Molina Foix, p. 322
Un maestro del que no fuiste discípulo, el cineasta Joseph Losey, hablando un día ante otros conferenciantes de un curso de verano en Santander, enseñó a distinguir las tres categorías del bebedor, según la ciencia angloamericana de este negociado. Hay un hard drinker, capaz de ingerir gran cantidad de alcohol en pocas horas, resistirlo sin caer al suelo o hacer el mico, y capaz, con todo el alcohol del mundo dentro del cuerpo, de volver a casa sin perder el rumbo, al volante de un coche de cinco puertas. Uno así conociste tú.
El hard drinker no tiene las exigencias del serious drinker, que forma la segunda categoría. El hard drinker se lo bebe todo cuando no queda en casa nada mejor o en los bares abiertos a altas horas solo sirven cerveza en cartones o vodka estonio perfumado al fruto de la pasión. El serious drinker, por el contrario, pone mucha atención en lo que bebe, y busca marcas de graduación precisa, de destilación artesana y procedencia, en el caso de los whiskies de malta, de las islas más escabrosas del Mar del Norte. El serious drinker no mezcla los alcoholes con gaseosas, ni les pone dados de hielo, evitando la gama de la coctelería limonada y ridiculizando el mero concepto de que puede haber aguas tónicas de gourmet. Pese a sus cautelas también bebe mucho, sin embriagarse.

Tú estarías en la tercera categoría, la del steady drinker, un metódico de la bebida que no desdeña nada, un curioso, un circunspecto. El steady drinker es un bebedor estable, y por eso un tanto maniático. Tu manía, ahora la estamnos viendo, es la colección de aguardientes mundiales, dentro de la cual mi cámara-ojo ha descubierto que este hombre tan desmañado se ha dedicado en los últimos años a la maceración individual. En un altillo de mampostería hemos localizado una bodega oculta a la mirada del hombre, con seis frascas de vidrio grueso, sin pegatina de marca, de un líquido granate en el que flotan, como pequeños orbes espaciales de un Kubrick metafísico, las endrinas del pacharán casero que el inquilino confecciona y bebe en poca cantidad todas las noches, sin darle a su licor salida comercial.
(En laimagen Días sin huella de Billy Wilder)

LA CUCARACHA

Todo está perdonado, Rafael Reig, p. 63
Así es la esperanza, como una cucaracha. La pisas y parece muerta, pero en cuanto le das la espalda empieza a mover otra vez las patas. La espachurras hasta que se deshace y, en cuanto vuelves con un papel para recoger los restos, la encuentras correteando por el pasillo. Le echas insecticida y se contrae hasta que cierras el bote de espray: en ton ces se pone a trepar por la pared.

Nunca te libras de la esperanza, tiene el caparazón demasiado resistente, se alimenta de cualquier cosa, se adapta a todos los medios, sabe defenderse de la agresión de la realidad o, al menos, ponerse a cubierto hasta que escampe. En cuanto la casa se quede a oscuras, volverá. Si cierras los ojos, aparecerá en silencio a tus pies. Si te tumbas en la cama, tapado hasta las cejas, se arrastrará bajo el colchón.

ESPAÑA ARRIBA

La higuera, Ramiro Pinilla, p. 108
-Di «Arriba España».
El «Arriba España» de Pedro Alberto ha sido lo menos parecido a un grito, las dos palabras han sonado lánguidas.
-¿Arriba España?
-Arriba España -confirma Luis.
-Sólo si lo sientes -dice Pedro Alberto.
El hombre traga otra vez saliva y se aclara la garganta. Está convencido de que en la adecuada emisión de sus dos próximas palabras se juega el pellejo. Aspira hondo.
-iArriba España!
Ha sido más bien un relincho desquiciado. Enmudecen las voces que nos llegaban de todas las dependencias de la comisaría. Después, el bullicio se recupera. El hombre nos ha ofrecido, además, un saludo fascista que ni el propio Mussolini. Si ha dejado bastante que desear su representación debe atribuirse a los nulos ensayos en la zona roja. Tampoco sería justo exigir al hombre el fervor patriótico de los que llevarnos meses o años en Falange. Nuestros «iArriba España!” son desgarrados, potentes, algunos dicen que rabiosos, el enemigo los califica de ladridos. Y creo que es verdad: son corno proyectiles lanzados contra alguien. La parte negra de España debe saber que nos hemos puesto en marcha y que nadie detendrá a unos españoles sin miedo que avanzan con la camisa azul muy abierta, ofreciendo su pecho generoso. Este hombre no ha sido tocado, corno yo, por los ardientes discursos de José  Antonio. Bastante hace con buscarnos. Sólo está un poco fuera de tono.

Su grito deja al hombre agotado. Pedro Alberto le da unas palrnaditas en la espalda, y él y yo observarnos su reacción cuando nos llegan los alaridos de alguien a quien están trabajando en los sótanos. No se inmuta.

INCIPIT 905. LA MECANOGRAFA DE HENRY JAMES / MICHIEL HEYNS

8 de noviembre de 1907
Lo peor de que le dictasen era la espera.
-Y entonces se descubrió levantando la vista cual ...
Mientras aguardaba, Frieda Wroth observó cómo la ancha espalda se desplazaba a un extremo de la habitación, daba media vuelta y reanudaba su lento avance hacia el otro extremo. Reflexionó, aunque no por primera vez, sobre lo irónico de su situación: transcribir, mediante hábiles dedos, los efluvios de un escritor, célebre por su comprensión a la hora de plasmar unas vidas tan insustanciales como la suya propia. Sin embargo, probablemente el señor James nunca se había percatado de aquella sutil ironía; tenía un oído prodigioso para captar la  amortiguada cadencia de desesperación que resonaba en las oscuras relaciones de sus personajes, pero de ella, según parecía, sólo esperaba una atención escrupulosa y una jovial presteza para contribuir, de forma meramente mecánica, al lento  proceder de sus invenciones y reflexiones.

Cuando se presentó para optar a aquel empleo, no habría imaginado que la tratarían como un simple e inadvertido accesorio de la Remington que tecleaba. No se trataba de sus condiciones laborales, que eran todo lo inmejorables que él era capaz de concebir, sino de las connotaciones metafísicas de su identidad como mecanógrafa. 

INCIPIT 904. LOS CABALLEROS LAS PREFIEREN RUBIAS / ANITA LOOS

16 de marzo
Estaba cenando la otra noche en el Ritz con un caballero amigo mío quien me dijo que, si cogía papel y lápiz y me ponía a escribir mis pensamientos, saldría un buen libro. Me entraron ganas de reír, porque lo que realmente saldría sería toda una enciclopedia. Y es que prácticamente me paso el día entero pensando. Es mi diversión favorita y a veces me paso horas en las que parece que no hago nada pero en que no dejo de pensar. El caso es que ese caballero dijo que una chica con cerebro debería usarlo para algo más que para pensar. Y dijo que sabía mucho de cerebros porque es senador y se pasa la vida en Washington y no se le escapa jamás un buen cerebro. La cosa podía haber quedado ahí, pero esta mañana me envió un libro. Y cuando mi doncella me lo trajo, le dije: «Bueno, Lulú, un libro más, y aún no hemos leído ni la mitad de los que ya tenemos”. Pero cuando lo abrí y vi que estaba en blanco, me acordé de lo que había dicho mi amigo el caballero y me di cuenta de que era un diario. Por eso estoy aquí escribiendo un libro en vez de leer otro.

Estamos a 16 de marzo, así que es muy tarde para empezar en enero, pero da igual porque mi amigo el caballero, el señor Eisman, estuvo en la ciudad prácticamente todo enero y febrero, y todos sus días en la ciudad son iguales.

FLECHAS Y PELAYOS

La higuera, Ramiro Pinilla, p. 89
-La mujer del anfitrión también debe sentarse con los invitados -dice Eduardo-. iSeñora! -llama. Coge de un brazo a la criada que no es Pancha y que está abriendo una botella de vino-. Di a tu señora que no empezaremos sin ella.
-¿Señora? -arruga la frente la criada que no se llama Pancha.
Entonces aparece Cipriana y dice:
-Yo ya he comido.
-Pues la queremos ver mañana en esta mesa -dice Eduardo.
-Mañana me toca ayuno -dice Cipriana pasando la mirada por todos nosotros, sobre todo por nuestras camisas azules. El desaire no ha podido molestar al alcalde, que no la quiere en la mesa, y, en cuanto a mis compañeros, la miran ofendidos, aunque no se dirigen al alcalde exigiéndole que haga de aquella roja una sumisa mujer española, y yo ni siquiera busco la razón, pues ahora estoy recogiendo la mirada de Cipriana, que no la aparta de mí.
Precedidos de un alboroto aparecen Adolfo y Benito, los hijos del matrimonio. Visten ya el uniforme azul de los Flechas y Pelayos. No saludan a nadie y se pegan por una silla habiendo varias libres.
-iQué se dice al entrar? -les pregunta su padre.
La pareja sigue enzarzada. El alcalde nos previene con una señal confidencial antes de lanzar con calor:
-iFranco, Franco, Franco!
Los mocitos se paran, se ponen firmes, dos brazos se levantan con una energía que conmueve y suenan dos vocecitas capaces de mover al más tibio espíritu patriótico:
-iViva Franco! iArriba España!
Pero mis ojos vuelven a Cipriana, a su mirada. Dice el alcalde: -Han llegado tarde por las clases intensivas de falangismo juvenil que recibe un grupito de elegidos. iHay que recuperar el tiempo perdido! Sus uniformes de Flechas y Pelayos se han cortado y cosido en veinticuatro horas.
La mirada de Cipriana me está trasmitiendo que no me preocupe. Su cocido de garbanzos tiene tan buena aceptación que muchos repiten, y cuando ella pregunta: "¿ Quiénes quieren los sacramentos?», todos nos quedamos suspensos, excepto el alcalde, sus hijos y las dos criadas.
-Se refiere a los tropiezos -se apresura a decir el alcalde.
Los tropiezos resultan ser las costillas, la morcilla, el tocino, el chorizo, el jamón y más ingredientes que en esta tierra de rojos llaman sacramentos, una herejía que por sí sola justificaría la guerra.
-Son cosas de los tripones que andan por ahí -bromea el alcalde.
-Si lo vuelvo a oír fuera de esta casa, al cabrón que lo diga le pego un tiro asegura Luis  Ceberio.
Lo conozco y lo haría.
El alcalde arroja un buen trozo de pan a su mujer con innecesaria violencia.
-Y tú, olvida tus palabrotas del Puerto Viejo, las cosas han cambiado -le dice.

-Tú también saliste de ese Puerto Viejo, donde hablamos bien clarito. Tú mismo decías ihostias! y imecagüen Dios! Hasta antesdeayer

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