Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 898. ¡MIRA LOS ARLEQUINES ! NABOKOV


Conocí a la primera de mis tres o cuatro sucesivas mujeres en circunstancias bastante extrañas, cuyo acaecer hacía pensar en una burda intriga plagada de detalles absurdos y urdida por un conspirador que no sólo ignoraba el fin perseguido, sino que también se empeñaba en torpes maniobras que parecían excluir toda posibilidad de éxito. Fueron precisamente esos errores, sin embargo, los que tejieron por sí solos una red que me atrapó y, con ayuda de otras tantas torpezas de mi parte, me obligó a cumplir el destino que era la única finalidad de la trama.
En algún momento del semestre académico de Pascua, durante el último año que pasé en Cambridge (1922), fui consultado “en mi carácter de ruso” acerca de algunos pormenores para la caracterización de los personajes de El inspector de Gógol, que el Grupo Glowworm -dirigido por lvor Black, un buen actor aficionado- deseaba representar en inglés. Él y yo teníamos el mismo profesor consejero en el Trinity College: lvor Black me sacó de quicio con su tediosa imitación de las remilgadas maneras del viejo (actuación que se prolongó durante casi todo nuestro almuerzo en el Pitt). La breve conversación dedicada al motivo de nuestro encuentro fue aún menos agradable. Ivor Black quería que el alcalde de Gógol apareciera en robe de chambre, pues “cuanto ocurría en la obra ¿no era acaso tan sólo una pesadilla del viejo pillo, y el título en ruso, Revizor, no provenía quizá del francés reve, sueño?”. Le dije que la idea me parecía insensata.
Si es que hubo ensayos, no participé de ellos. En realidad, que lo pienso, nunca llegué a saber si el proyecto de Black vio alguna vez las candilejas.

INCIPIY 897. EL CAMPO, EL PUEBLO, EL YERMO / WILLIAM FAULKNER


QUEMAR COBERTIZOS
El almacén donde celebraba sesión el Juez de Paz olía a queso. El muchacho, acurrucado sobre el barril de clavos al fondo del atestado local, tenia conciencia de oler el queso, y más: desde su sitio veía las estanterías alineadas, bien apretadas con las formas sólidas, achaparradas, dinámicas, de unas latas cuyas etiquetas leía su estómago, no por los rótulos que no le decían nada a su mente, sino por los diablos escarlata y la curva plateada de pez --eso, el queso que él se daba cuenta de oler y la carne hermética que él creía que sus intestinos olían llegando en intermitentes ráfagas, momentáneas y breves entre lo otro constante, el olor y la sensación nada más que un poco de miedo porque sobre todo era de desesperación y dolor, el viejo tirón feroz de la sangre. No veía la mesa donde se sentaba el Juez y ante la cual su padre y el  enemigo de su padre (nuestro enemigo, pensó en esa desesperación; ¡el nuestro! ¡mío y suyo a la vez! ¡Él es mi padre!) estaban de pie, pero podía oírlos, a los otros dos, esto es, porque su padre todavía no había dicho palabra. --Pero ¿qué pruebas tiene usted, señor Harris?
--Ya se lo he dicho. El cerdo se me metió en el maíz. Lo cogí y se lo devolví. Él no tenía cerca que lo sujetara. Se lo dije, le avisé. A la otra vez, metí al cerdo en mi cochiquera ... Cuando él vino a buscarlo le di bastante alambre para poner un parche en su cochiquera. A la siguiente cogí el cerdo y me lo quedé. Fui a caballo a su casa y vi el alambre todavía enrollado en el rollo en su patio. Le dije que podía llevarse el cerdo si me pagaba una compensación de un dólar. Esa noche vino un negro con el dólar y se llevó el cerdo.

CHOPPED


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 510
¿Qué es el chopped? ¿En qué consiste un bocadillo de chopped? ¿Está el pan untado con tomate y unas gotitas de aceite de oliva o va el pan seco, envuelto en papel de aluminio, también llamado, por la marca del fabricante, papel alba!? ¿Y en qué consiste el chopped? ¿Es acaso mortadela? ¿Es una mezcla de jamón york y mortadela? ¿Una mezcla de salami y mortadela? ¿Hay algo de chorizo o salchichón en el chopped? ¿Y por qué la marca del papel de aluminio se llama alba!? ;Es un apellido. el apellido del señor Nemesio Alba!? ¿O alude a alba, al alba clara de los enamorados y de los trabajadores que antes de partir a su tarea meten en su tartera medio kilo de pan con su correspondiente ración de lonchas de chopped?

BOLAÑO


Entre paréntesis, Roberto Bolaño, p. 53
Volví a Chile a los veinte años, a hacer la Revolución, con tan mala fortuna que a los pocos días de llegar a Santiago ocurrió el golpe de Estado y los militares se hicieron con el poder. Mi viaje fue largo y algunas veces he pensado que si me hubiera demorado más en Honduras, por ejemplo, o al coger el barco en Panamá, el golpe de Estado me habría pillado antes de arribar a Chile y mi destino hubiera sido otro.
De todas maneras, y pese a las desgracias colectivas y a las pequeñas desgracias personales, recuerdo los días posteriores al golpe como días plenos, llenos de energía, llenos de erotismo, días y noches en los cuales todo podía suceder. No desearía, en modo alguno, que mi hijo tuviera que vivir unos veinte años como los que viví yo, pero también debo reconocer que mis veinte años fueron inolvidables. La experiencia del amor, del humor negro, de la amistad, de la prisión y del peligro de muerte se condensaron en menos de cinco meses interminables, que viví deslumbrado y aprisa. Durante ese tiempo, en lo que a la literatura respecta, sólo escribí un poema, no malo como los que solía escribir entonces, sino malísimo. Pasados esos cinco meses volví a salir de Chile y nunca más he vuelto. Ahí empieza el exilio o lo que se suele conocer como exilio, aunque la verdad es que yo no lo sentí así.
En ocasiones el exilio se reduce a que los chilenos me digan que hablo como un español, los mexicanos me digan que hablo como un chileno y los españoles me digan que hablo como un argentino: una cuestión de acento.

11S CHILE


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 381
28. El 11 de septiembre me presenté como voluntario en la única célula operativa del barrio en donde yo vivía. El jefe era un obrero comunista, gordito y perplejo, pero dispuesto a luchar. Su mujer parecía más valiente que él. Todos nos amontonamos en el pequeño comedor de suelo de madera. Mientras el jefe de la célula hablaba me fijé en los libros que tenía sobre el aparador. Eran pocos, la mayoría novelas de vaqueros como las que leía mí padre. 29. El11 de septiembre fue para mí, además de un espectáculo sangriento, un espectáculo humorístico. 30. Vigilé una calle vacía. Olvidé mí contraseña. Mis compañeros tenían quince años o eran jubilados o desempleados. 31. Cuando murió Neruda yo ya estaba en Mulchén, con mis tíos y tías, con mis primos. En noviembre, mientras viajaba de Los Ángeles a Concepción, me detuvieron en un control de carretera y me metieron preso. Fui el único al que bajaron del autobús. Pensé que me iban a matar allí mismo. Desde el calabozo oí la conversación que sostuvo el jefe del retén, un carabinero jovencito y con cara de hijo de puta (un hijo de puta revolviéndose en el interior de un saco de harina), con sus jefes de Concepción. Decía que había capturado a un terrorista mexicano. Luego se retractó y dijo: terrorista extranjero. Mencionó mi acento, mis dólares, la marca de mi camisa y de mis pantalones. 32. Mis bisabuelos, los Flores y los Graña, intentaron vanamente domar la Araucanía (aunque no fueron capaces ni de domarse a sí mismos), por lo que es probable que fueran nerudianos en la desmesura; mi abuelo Roberto Ávalos Martí fue coronel y estuvo destinado en varias plazas del sur hasta una jubilación temprana y oscura, lo que me hace pensar que fue nerudiano en el blanco y en el azul; mis abuelos paternos llegaron de Galicia y Cataluña, dejaron sus vidas en la provincia de Bío-Bío y fueron nerudianos en el paisaje y en la laboriosa lentitud. 33. Durante algunos días estuve encerrado en Concepción y luego me soltaron. No me torturaron, como temía, ni siquiera me robaron. Pero tampoco me dieron nada para comer ni para taparme por las noches, por lo que tuve que vivir de la buena voluntad de los presos que compartían su comida conmigo. De madrugada escuchaba cómo torturaban a otros, sin poder dormir, sin nada que leer, salvo una revista en inglés que alguien había olvidado allí y en la que lo único interesante era un artículo sobre una casa que en otro tiempo perteneció al poeta Dylan Thomas. 34. Me sacaron del atolladero dos detectives, excompañeros míos en el Liceo de Hombres de Los Ángeles, y mi amigo Fernando Fernández, que tenía un año más que yo, veintiuno, pero cuya sangre fría era sin duda equiparable a la imagen ideal del inglés que los chilenos desesperada y vanamente intentaron tener de sí mismos. 35. En enero de 1974 me marché de Chile. Nunca más he vuelto.

INIPIT 896. LA TIERRA QUE PISAMOS / JESUS CARRASCO


Hoy me ha despertado un ruido en mitad de la noche. No un ronquido de Iosif, que, raro en él, a esa hora dormía a mi lado en silencio, medio hundido en la lana del colchón. He permanecido tumbada, con la mirada detenida en las vigas de haya que sustentan el techo, apretando fuertemente las sábanas en busca de una firmeza que el lino, tan sutil, me ha negado. Durante un buen rato me he quedado quieta, con los hombros contraídos y las manos cerradas. Quería volver a escuchar el ruido con nitidez para poder atribuírselo a alguno de nuestros animales y así, tranquila, regresar al sueño. Pero, más allá del aire agitando las ramas de la gran encina, no he percibido nada, y entonces, como por ensalmo, el viejo mito del intruso de ojos vaciados por la codicia se ha agarrado a mis tripas y ha empezado a devorarlas.
Es agosto, las hojas de guillotina están subidas hasta los topes y una brisa perfumada y cálida mece los visillos.

INCIPIT 895. LA NOVIA DE LOS SOLTEROS / STEPHEN KOCH


Vi por primera vez a Mel Dworkin en el invierno de ... las Supremes. Fue en una de aquellas sonadas fiestas de mi juventud; una juventud maravillosa, entregada con descarado entusiasmo a su sistemática decadencia. Era una fiesta del downtown, en pleno Soho y en su primera fase, cuando éste todavía era un barrio en bruto, tan auténtico que ni siquiera tenia nombre. El escenario de la fiesta era un enorme espacio grisáceo, mugriento y destartalado, azotado por el lamento de My world is empty without you, babe!, donde la multitud abandonaba sus caderas al martilleo de la música. Una sala de baile perfecta para descargar nuestra nueva energía, nuestro nuevo erotismo.
Todavía hoy me parece increíble que todo aquel resplandor haya sido engullido por el pasado. Nueva York acababa de nacer, y era la ciudad más emocionante del mundo. El arte, como la vida, no había hecho más que empezar. Nosotros, todos nosotros, teníamos acceso a una especie de tiempo nuevo y potencialmente infinito que no podía compararse a nada de lo que había sucedido antes. La juventud, y la historia, nos habían elegido. Los Beatles estaban en su momento culminante, y las Supremes subían como la espuma. La canción Baby Love sonaba en todas partes; hacía cuatro días, Rauschenberg y Johns hablan sido nombrados clásicos. La reputación de Mel Dworkin había alcanzado su cenit: era el pintor del año, nuestra nueva  estrella. Y en medio de todo aquello estaba yo, un jovencísimo historiador del arte a punto de empezar una tesis que el tiempo y una pequeña dosis de tragedia transformarían en La novia de los solteros.

EDNA O'BRIEN JOVEN


¿Por qué escribir?. Philip Roth, p. 338
EDNA O'BRIEN: La atracción y el amor sexual no son un impulso de la conciencia, sino del instinto y la pasión, y en este aspecto los hombres y las mujeres son radicalmente distintos. El hombre aún sigue teniendo mayor autoridad y mayor autonomía. Es algo biológico. El destino de la mujer es recibir el esperma y retenerlo, y el del hombre, en cambio, consiste en darlo, y en esa entrega se agota, de ahí que a continuación se retire. Mientras ella, en cierto sentido, está siendo alimentada, él, por el contrario, está siendo vaciado, y, para resucitarse a sí mismo, procede a una huida temporal. Como consecuencia de todo ello, tenemos el resentimiento de la mujer, al verse abandonada, aunque sea por poco tiempo, y el sentimíento de culpabilidad de él, porque se aparta; y, sobre todo, su sentido innato de la autoprotección, por el que tiene que volver a encontrarse, para una nueva afirmación de sí mismo. La unión, pues, nunca pasa de relativa. El hombre puede ayudar a fregar los platos, etcétera, pero siempre anda con la mirada en otro sitio, y su compromiso es más ambiguo.
ROTH: ¿No hay mujeres igualmente promiscuas?
EDNA O'BRIEN: A veces las hay, pero no tienen la misma sensación de haber conseguido algo. Me atrevo a decir que la mujer es capaz de un amor más profundo y más duradero. A lo cual añado que la mujer siempre tiene más miedo de que la dejen. Eso sigue siendo así. Vaya usted a cualquier cantina de mujeres, a la sección de ropa de mujer, a la peluquería, al gimnasio, y encontrará  muchísima desesperación y muchísima competencia. La gente se desgañita gritando eslóganes, que se quedan en eso, en meros eslóganes: lo que de veras nos determina es lo que sentimos y hacemos. Las mujeres no están más seguras en sus emociones de lo que estaban antes. Lo que pasa es que ahora se las arreglan mejor con ellas. La única verdadera seguridad consistiría en apartarse de los hombres, desprenderse de ellos, pero eso equivaldría a una pequeña muerte ... Al menos para mí.

EL TEATRO DE SABBATH

¿Por qué escribir? Philip Roth, p. 486
El teatro de Sabbath tiene como épigrafe un verso del anciano Próspero en el quinto acto de La tempestad, la admisión de Próspero de que la verdad más imborrable de todas -la fastidiosa ley de la cesación- ha llegado a colarse en su cerebro. «De cada tres de mis pensamientos -dice Próspero-, uno se consagrará a mi tumba.”
Podía haber titulado el libro La muerte y el arte de morir. Es un libro en el que el colapso nervioso es endémico, el suicidio es endémico, el odio es endémico, la lujuria es endémica. Donde la desobediencia es endémica. Donde la muerte es endémica. Mickey Sabbath no vive dándole la espalda a la muerte como hacemos las personas normales. Nadie podría estar más de acuerdo que Sabbath con el juicio de Franz Kafka cuando escribió: «El sentido de la vida es que se acaba».
Conocer a los muertos, reunirse con ellos, nunca está lejos de la imaginación de Sabbath. Cuanto más se acerca a muertos -a sus muertos-, más fuerte es el géiser de sentimientos atormentados y más se aleja de la violenta y hostil representación que es su vida. El libro es un viaje salvaje con los muertos hacia su propia herida.
Su libro está obsesionado por la muerte: por un lado está el gran pesar de Sabbath por las muertes ajenas y por el otro su alegría por la suya propia. Hay saltos de alegría y saltos de desesperación. Sabbath aprende a desconfiar de la vida cuando matan a su adorado hermano mayor en la Segunda Guerra Mundial. La muerte de Morty decide cómo vivirá Sabbath. La muerte de Morty establece el patrón oro del pesar.
El golpe de la muerte construye a Sabbath mucho antes de tiempo por la crisis nacida de la contingencia. Se transforma totalmente a los quince años cuando lo inimaginable se vuelve espantosamente real, cuando todo lo esencial en la vida desaparece en un abrir y cerrar de ojos.
En esta novela, los cadáveres no están ocultos bajo el suelo sobre el que los vivos pasan la vida bailando. Aquí los cadáveres también bailan. Ninguna muerte y ninguna pérdida quedan sin detallar. Todos los que entran aquí, todos, están ligados a la muerte y ninguno escapa al dolor. Hay pérdida, muerte, agonía, decadencia, pesar. .. ¡y risas! ¡Unas risas irreprimibles! Acosado por la muerte y perseguido a todas partes por la risa.

ESCRITORES


Las Bellas Extranjeras, Mircea Cesarescu, p. 32
EL MUNDO LITERARIO HA SIDO SIEMPRE ASÍ y así seguirá siendo siempre. Habitualmente, los teatros son ejemplos clásicos de «nidos de víboras”, pero los actores, por mucho que se critiquen y se envidien unos a otros, no pueden permitirse el lujo de hacerlo en público. Los escritores tienen sin embargo, a su disposición, los periódicos y las revistas y sus broncas se ven amplificadas a través de ellos hasta unas dimensiones grotescas. La regla principal que domina toda esta acumulación de odio, animadversión, venganzas y desprecio sonaría más o menos así: en el mundo literario se perdona casi todo, la falta de talento, la vileza, la hipocresía, la cobardía. Se consideran pecados humanos y son contemplados con tolerancia. Lo que no se te perdona jamás, a ningún precio, es el éxito.
Nosotros seríamos unos autores del montón, pero el hecho de que estuviéramos ahora en  París fue considerado, con toda seguridad, una especie de éxito y muchos de los que no habían sido elegidos no nos lo perdonaron. La mayoría piensa que si puedes viajar al extranjero, si te traducen, si se venden tus libros, vives una especie de beatitud que se te sube a la cabeza, que miras a los demás con desprecio desde las alturas. Si se te ocurre no responder inmediatamente a un correo electrónico te encuentras con una larga carta injuriosa. Cada matiz de tu voz y cada uno de tus gestos son sopesados e interpretados torticeramente: mira tú adónde hemos llegado, ya no estamos a su nivel. .. Nadie cree que sigas siendo el mismo, que sigas con tu vida y tus problemas y que te duele, como a todos los demás, que te traten injustamente. Que te duele, sobre todo, ese rencor general que no puedes entender, tú, que odias tener enemigos. Cada uno de nosotros, apretujados ahora entre el gentío en la recepción de la embajada, con un plato en una mano y una copa en la otra, sentía esa ambigüedad: la satisfacción de estar entre los elegidos y el sentimiento de culpa por los demás, por los que se habían quedado en casa. Porque no son la beatitud, el triunfo o el desprecio los que acompañan siempre al éxito, como se piensa, sino el profundo sentimiento de culpa porque, sin quererlo, hieres con tu mera existencia el orgullo de mucha gente.

PARIS


Las Bellas Extranjeras, Mircea Cartarescu, p. 96
Oh, París. París es París. En verano huele a pis. En invierno es sombrío y plomizo. El famoso metro es el más eficiente y el más accesible del mundo, pero es más feo que un dolor. ¿Y qué más da? Nosotros, los rumanos, tenemos París tan grabado en las circunvoluciones del cerebro como el sol en los pétalos y en el cogollo del girasol. Antes se vendían latas de «Air de Paris”. Y es que París entero es una especie de lata. Es como un gigantesco vientre de mariposa hembra que expande sus feromonas por el mundo entero. Las he encontrado, enquistadas pero todavía vivas, prisioneras entre las páginas de los libros y las he aspirado con voluptuosidad desde que tengo uso de razón. Después de la revolución, habré estado en esta ciudad unas veinte veces y en cada ocasión me ha asaltado una especie de síndrome Amok, una exaltación especial que no he vivido en ninguna otra parte. Es como si me reencontrara con un barrio olvidado en el que hubiera vivido antes o con el que tal vez solo hubiera soñado, y donde cada muro y el nombre de cada calle me golpearan de lleno como una especie de revelación: sí, lo recuerdo, he pasado ya por aquí, en otra vida. Creo sinceramente que todos los artistas rumanos han vivido en París durante una vida anterior; de lo contrario resulta inexplicable el poder que ejerce esta maldita ciudad sobre nosotros.

LA HUMANIDAD


Babel contra Babel, RS Ferlosio, p. 17
Cuentan que Napoleón, en no me acuerdo ahora qué batalla, al ver la gran cantidad de muertos propios que yacían en el campo –“el alto precio que había habido que pagar por la victoria”, como hoy suele decirse-, se despachó con este comentario: “Todo esto lo remedia una noche de París”. Su inmenso amor a Francia comportaba que para él los franceses no contasen más que como sumandos en el censo; mientras se mantuviese el índice de productividad genética preciso para suplir las bajas y cubrir las vacantes, todo -o sea, Francia- seguía marchando bien. Pero así Francia, en realidad, venia a convertirse justamente en  enemiga mortal de los franceses, al erigirse en algo respecto de lo cual se había de dar por reparado en cada nuevo nacimiento lo para siempre irreparable de cada muerte singular, al igual que en el empedrado de las calles el adoquín gastado se reemplaza enseguida con el nuevo, sacrificando, en fin, en el altar del ídolo la insustituibilidad de cada vida humana y su recuerdo. Mucho más tarde, Mao, más generoso de carne china viva de cuanto hambrienta de ella llegara a serlo jamás la tierra misma del sísmico país, se declaraba dispuesto a hacer ofrenda de hasta trescientos millones de habitantes para perpetuación de su Celeste Imperio.
¿Qué era, pues, China si podía sobrevivir incluso al hecho de que cada chino viese morir a otro junto a sí? Después Sadat dijo que Egipto estaba dispuesto a sacrificar hasta un millón de egipcios para recuperar el canal de Suez y el Sinaí; de modo que Galtieri tenia ya precursores cuando ofertó sus cuarenta mil muertos por la soberanía de las Malvinas.
Una Humanidad que sobrevive y que se perpetúa siempre a costa de hacer o padecer cada vez más atroces inhumanidades y de ir haciendo a los hombres cada vez más inhumanos no entiendo que pueda querer ser conservada por otro mérito alguno que el de ser una interesante, aunque desagradable, curiosidad zoológica. “Nosotros no pretenderíamos nunca -decía Juan de Mairena- educar a las masas. A las masas que las parta un rayo. Nos dirigiríamos al hombre, que es lo único que nos interesa ... “ A imagen Y semejanza de esas masas de que hablaba Mairena está formada la noción de Humanidad, cuya extinción o desaparición se teme hoy tanto; pues si las masas, como se ha dicho con acierto, son un invento de la ametralladora, puede decirse que la Humanidad es, a su vez, un invento de la bomba termonuclear. Yo, que voy, por desgracia, con mi tiempo, al menos en tener más mala lengua que el discreto Mairena, no puedo ahora por menos que parafrasear, recalentado, su templado exabrupto, para aplicárselo a la Humanidad, con parejos sentimientos: a la Humanidad, a la especie, que la den por saco.

INCIPIT 894. EL ALMA DE LOS PULPOS / SY MONTGOMERY


Atenea. Descubrir el cerebro de un molusco
Un día de mediados de marzo inusitadamente cálido, cuando en Nuevo Hampshire la nieve empezaba a derretirse y convertirse en barro, fui a Boston, donde la gente paseaba por el puerto o estaba sentada en los bancos con cucuruchos de helado. Yo, sin embargo, cambié el agradable sol por el húmedo y tenue santuario del Acuario de Nueva Inglaterra. Tenía una cita con un pulpo gigante del Pacífico.
No sabía gran cosa de los  pulpos, pero lo poco que sabía me intrigaba: es un animal que tiene veneno, como una serpiente, pico, como un loro, y tinta, como una pluma estilográfica. Puede pesar tanto como un hombre y ser tan largo como un coche, y sin embargo es capaz de introducir su ancho e invertebrado cuerpo por una abertura del tamaño de una naranja. Puede cambiar de color y de forma. Puede percibir el sabor de algo con la piel. Y son inteligentes.

INCIPIT 893. ¿POR QUE ESCRIBIR? / PHILIP ROTH

«SIEMPRE HE QUERIDO QUE ADMIRASEIS MI AYUNO», O UNA MIRADA A KAFKA*

 A LOS ALUMNOS DE INGLÉS 275,
UNIVERSIDAD DE PENSILVANIA, OTOÑO DE 1972

«Siempre he querido que admiraseis mi ayuno», dijo el artista del hambre. «Lo admiramos de veras”, replicó afablemente el supervisor. «Pero no deberíais admirarlo», dijo el artista del hambre. “'Bien, entonces trataremos de no admirarlo -dijo el supervisor-, pero ¿por qué no habríamos de admirarlo?” “Porque he de ayunar, no puedo evitarlo”, respondió el artista del hambre. «Hay que ver cómo eres -dijo el supervisor-, ¿y por qué no puedes evitarlo?” “Porque -respondió el artista del hambre, alzando un poco la cabeza y hablando con los labios fruncidos, como para dar un beso, al oído del supervisor, de modo que no pudiera perderse ninguna sílaba-, porque no podría encontrar la comida que me gusta. Si la hubiera encontrado, créeme, no habría hecho aspavientos y me habría atiborrado como cualquier otro.” Estas fueron sus últimas palabras, pero en sus ojos que se apagaban permaneció la firme aunque ya no orgullosa persuasión de que seguía ayunando.
FRANZ KAFKA, “Un artista del hambre”
* Escrito en 1973.

MEMORIA HISTORICA


Babel contra Babel, RS Ferlosio, p. 30
Por todo esto es por lo que, ante las noticias de un proyecto de autoamnistía, tiene uno la impresión de que los militares de la Junta argentina no han llegado a entender todo el alcance de lo que han perpetrado contra su país, no han comprendido aún la enormidad de la profanación que, por el punto vital en que el hachazo se ha ensañado, constituye la acción para la que hoy pretenden arrogarse la merced del olvido. No advierten que lo actuado rebasa cualquier limite de cuanto pueda ser cuestión de venganza o de justicia, de expiación, de arrepentimiento o de perdón. Nada en el mundo cubrirá la herida de unas muertes que no han sido marcadas y refrendadas como muertes, que no han sido sensiblemente acreditadas para la conciencia de los que sobreviven, que no tienen siquiera fecha ni lugar. La muerte argentina -la desaparición- no ha producido muertos, sino sombras --sombras perpetuas en medio de la vida, y no imágenes nítidas en la memoria-, porque no ha permitido señalar y proteger debidamente el limite, dejando tan sólo niebla e incertidumbre (y no me refiero aquí a la incertidumbre en el sentido fisico de si habrán muerto o no) entre los que se fueron y los que se han quedado. Y si no está bien claro y protegido el limite, el Allá permanece en el Acá, y, por reflejo, el Acá se adentra a su vez en el Allá; así, la muerte argentina no ha producido muertos y dejado vivos, sino que de los que no han vuelto a ser vistos ha hecho medio-vivos, y, por reflejo, de los que no han vuelto a verlos ha hecho me dio-muertos. Ha dejado la vida y la muerte entrecruzadas, confundidos los vivos con los muertos. Y por mucho que se pudiese averiguar, por mucho que se exhumase y comprobase, el limite no puede ya ser reconstruido. El rito tiene su forma y su ocasión, y cuantos datos hoy, tan a deshora, pudiesen aportarse no serían ya más que huecas abstracciones totalmente inservibles para aquello que solamente el rito podría haber ofrecido:la comprensión y convicción cordial de la muerte de sus muertos en la conciencia de los que sobreviven.
Tal es el irreparable golpe descargado en el alna del país, y con el que la Junta Militar ha perpetrado el extremo imaginable de inhumanidad y de barbarie; una barbarie que habrá que estimar tanto más profunda, desde el punto de vista subjetivo de los propios fautores, por cuanto no aparentan siquiera adivinar su peso. Porque la maldición que probablemente nunca hayan proferido de una manera explícita y consciente los miembros de la Junta, pero que sí han cumplido de hecho por su mano contra decenas de millares de argentinos -y me refiero a los que sobreviven, a las madres y familiares de los muertos-,no es ni más ni menos que ésta: «¡Que te maten a aquellos que más quieres y no sepas ni cómo, ni dónde, ni cuándo, ni puedas despedirlos ni enterrarlos!».

USA


¿Porqué escribir? Philp Roth, p. 470
Estoy de acuerdo en que ha sido una buena época para la novela en Estados Unidos, pero no sé decir por qué. Tal vez la explicación sea la ausencia de ciertas cosas. La indiferencia, sino el desprecio, del novelista estadounidense por la teoría “crítica”. Una escritura no contaminada por la propaganda política ... o incluso por la responsabilidad política. La ausencia de una «escuela” de escritura. En un lugar tan enorme no hay un solo centro geográfico en el que se origine la escritura. Ninguna población homogénea, ninguna unidad nacional básica, ningún carácter nacional único, una calma social totalmente desconocida, incluso la torpeza generalizada a propósito de la literatura, la incapacidad de la mayoría de los ciudadanos para leerla siquiera con un mínimo de comprensión, confieren cierta libertad. Resulta embriagador que en realidad los escritores les traigan sin cuidado a nueve décimas partes de la población.
Hay muy poca sinceridad, antagonismo por todas partes, en gran parte calculado para desagradar, enormes hipocresías, pasiones feroces e incontenidas, crueldad vulgar que se puede ver solo con apretar el mando a distancia, armas explosivas en manos de tipos que dan escalofríos, la lúgubre tabulación de hechos violentos indescriptibles, el incesante pillaje de la biosfera para obtener beneficios, una vigilancia excesiva que no va sino a ir a peor, grandes concentraciones de riqueza dedicadas a financiar a malvados antidemócratas, analfabetos científicos que siguen celebrando el juicio Scopes ochenta y nueve años después,   desigualdades económicas tan grandes como el Ritz, un endeudamiento masivo, familias que no saben hasta qué punto pueden empeorar las cosas, el dinero que se saca de todo -ese frenesí- y (algo nada nuevo) un gobierno antipopular que no está basado en la democracia representativa sino en los grandes intereses financieros, la vieja plutocracia estadounidense peor que nunca.
Hay trescientos millones de personas en un continente de cuatro mil ochocientos kilómetros de anchura que se las arreglan como pueden con sus problemas inagotables. Estamos presenciando una nueva y benéfica mezcla de razas a una escala desconocida desde la perversión de la esclavitud. Podríamos seguir y seguir. Es difícil no sentirse cerca de la existencia aquí. Este no es un rincón tranquilo del mundo.

LAS AZOTEAS DE DAMASCO


Babel contra Babel, Ferlosio, p. 2
Ya sé que la casi cinco veces milenaria, la califal ciudad de Damasco tiene que haberse visto mil veces más zarandeada y alterada por la Historia, o sea por la guerra, y hasta mucho más europeizada por el vigoroso colonialismo francés, pero, con todo, a falta de otro recurso que la imaginación, tuvo que ser sobre el único modelo de ciudad islámica de que disponía, el de la pequeña Tetuán, como yo me representé las azoteas de Damasco cuando una noticia de guerra me lo hizo necesario. En un determinado trance de la guerra del Yom Kippur los Phantom israelíes lanzaron un raid sobre Damasco. Como para hacer aún más azul ese cielo de batalla, al oeste de mi Damasco imaginaria se divisaba casi encima el Antilibano y la siempre nevada cumbre del Hermón, mientras, al este, el Barada, partido en siete ríos y en innumerables acequias por la antigua sabiduría hidráulica de los árabes, abrevaba con sus aguas el inmenso oasis. El raid israeli no cogió desprevenidos a los sirios, que disponían en aquella ocasión de bien nutridas baterías de cohetes perseguidores tierra-aire, capaces de rectificar su trayectoria en vuelo con arreglo a los quiebros del avión; como, además, estos cohetes eran trazadores, pues dejaban tras sí, al igual que los aviones, la estela de su recorrido, la persecución quedaba espectacularmente dibujada, explicada, contra el luminoso azul, y la batalla se estaba librando sobre el mismo cielo de Damasco. Pero su población no bajó a protegerse del peligro a los sótanos y a los refugios, sino que mujeres, niños, ancianos, la ciudad entera subió a las azoteas, y cada vez que uno de sus cohetes alcanzaba un phantom enemigo aniquilándolo en el aire o haciéndolo precipitar seguido de una negra estela de humo toda Damasco prorrumpía en un inmenso alarido de triunfo y alegría.

FABULA CHINA


Babel contra Babel, Ferlosio, p. 653
Mi padre me contó una vez una fábula china que es para mí -por encubrir púdicamente en la barata y estereotipada expresión inglesa una declaración tan enfáticamente subjetiva- the most wonderful tale I ever heard-, pero de la que ni él me llegó a decir la fuente ni la época, ni nada he vuelto a saber después por ningún otro conducto. El emperador de la China quería inmensamente a una única hija que tenía y, temeroso de darla en matrimonio a un hombre que la hiciese sufrir, ordenó a los mandarines que recorriesen el imperio y encontrasen al joven que tuviese el rostro de la perfecta santidad. Al fin, de entre todos los aspirantes que de las más apartadas regiones de la China fueron traídos a la corte, se eligió al que acabó siendo dado en matrimonio a la hija del emperador, a la que, no defraudando la elección, supo, en efecto, hacer siempre dichosa, viviendo con ella amorosa y santamente hasta el fin de sus días. Mas cuando estaba siendo amortajado y adornado para. la sepultura, un cortesano notó junto a su sien, con la yema de los dedos, el borde de una delgadísima máscara de oro que cubría su rostro. “¡Ha prevaricado¡”, gritó el mandarín, al tiempo que arrancaba de un golpe la máscara, para hacer manifiesta la terrible y sacrílega impostura; pero cuál no sería el asombro y la admiración de todos los presentes al ver que el semblante que entonces se mostró a sus ojos tenia las facciones absolutamente idénticas a las de la máscara.
(En la foto Mishima)

INCIPIT 892. LA TRIBUNA / EMILIA PARDO BAZAN


Barquillos
Comenzaba a amanecer, pero las primeras y vagas luces del alba a duras penas lograban colarse por las tortuosas curvas de la calle de los Castros, cuando el señor Rosendo, el barquillero que disfrutaba de más parroquia y popularidad en Marineda, se asomó, abriéndose a bostezos, a la puerta de su mezquino cuarto bajo. Vestía el madrugador un desteñido pantalón grancé' reliquia bélica, y estaba en mangas de camisa. Miró al poco cielo que blanqueaba por entre los tejados, y se volvió a su cocinilla, encendiendo un candil y colgándolo del estribadero de la chimenea. Trajo del portal un brazado de astillas de pino, y sobre la piedra del fogón las dispuso artísticamente en pirámide, cebada por su base con virutas, a fin de conseguir una hoguera intensa y llameante. Tornó del vasar un tarterón, en el cual vació cucuruchos de harina y azúcar, derramó agua, cascó huevos y espolvoreó canela. Terminadas estas operaciones preliminares, estremecióse de frío -porque la puerta había quedado de par en par, sin que en cerrarla pensase- y descargó en el tabique dos formidables puñadas.

INCIPIT 891. LAS BELLAS EXTRANJERAS / MIRCEA CARTARESCU


ÁNTRAX
UNA MAÑANA DE INVIERNO, HARÁ UNOS TRES AÑOS, recibí una llamada del director de una conocida revista cultural. “Señor Cartarescu”, dijo una voz ceremoniosa, de esas que solo la gente de avanzada edad, la que ha vivido una temporadita en el periodo de entre guerras, posee: «hemos recibido una carta de Dinamarca dirigida a usted. Puede pasarse a recogerla a nuestras oficinas, a la calle Brezoianw”. Estaba solo en casa y sentía que me rondaba el desasosiego. Me sucede siempre que la luz sucia y deprimente de los inviernos de Bucarest cae sobre la mesa de mi escritorio. Me vestí y salí a la humedad exterior.
Cogí el trolebús en Kogiílniceanu, una sola parada, así que no me dio tiempo a preguntarme en serio quién demonios podría enviarme una carta desde Dinamarca. Aparte de Hamlet, no conocía a ningún otro danés.

CATIVOS


La Tribuna. Emilia Pardo Bazán, p 212
Lo más característico del barrio eran los chiquillos. De cada casucha baja y roma, al salir el sol en el horizonte salía una tribu, una pollada, un hormiguero de ángeles, entre uno y doce años, que daba gloria. De ellos los había patizambos, que corrían como asustados palmípedos; de ellos, derechitos de piernas y ágiles como micos o ardillas; de ellos, bonitos como querubines, y de ellos, horribles y encogidos como los fetos que se conservan en aguardiente. Unos daban indicios de no sonarse los mocos en toda su vida, y otros se oreaban sin reparo, teniendo frescas aún las pústulas de la viruela o las ronchas del sarampión; a algunos, al través de las capas de suciedad y polvo que les afeaban el semblante, se les traslucía el carmín de la manzana y el brillo de la salud; otros ostentaban desgreñadas cabelleras, que si ahora eran zaleas o ruedos, hubieran sido suaves bucles cuando los peinaran las cariñosas manos de una madre. No era menos curiosa la indumentaria de esta pillería que sus figuras. Veíanse allí gabanes aprovechados de un hermano mayor, y tan desmerusadamente largos, que el talle besaba las corvas y los faldones barrían el piso, si ya un tijeretazo no los había suprimido; en cambio, no faltaba pantalón tan corto que, no logrando encubrir la rodilla, arregazaba impúdicamente descubriendo medio muslo. Zapatos, pocos y esos muy estropeados y risueños, abiertos de boca y endeblillos de suela; ropa blanca, reducida a un jirón, porque, ¿quién les pone cosa sana para que luego se revuelquen en la carretera y se den de mojicones todo el santo día, y se cojan a la zaga de todos los carruajes, gritando: «¡Tralla, tralla!>>
De lo que ninguno carecía era de cobertera para el cráneo: cuál lucía hirsuta gorra de pelo, que le daba semejanza con un oso; cuál un agujereado fieltro sin forma ni color; cuál un canasto de paja tejido en el presidio, y cuál un enorme pañuelo de algodón, atado con tal arte, que las puntas simulaban orejas de liebre. ¡Oh, y qué cariño profesaban los benditos pilluelos a aquella parte de su vestimenta! Antes se dejarían cortar el dedo meñique que arrancar la gorra o el sombrero; nada les importaba volver a casa de noche sin una pierna de calzón o sin un brazo de la Chaqueta; pero con la cabeza descubierta, sería para ellos el más grave disgusto.

DE LA GUERRA


Iluminaciones, Walter Benjamin, p. 220
Las masas tienen derecho a exigir que se modifiquen las relaciones de propiedad, pero el fascismo procura que se expresen precisamente para su conservación. En consecuencia) el fascismo apunta a una estetización de la vida política. A la violación de las masas, que el fascismo impone por la fuerza con el culto al caudillo, corresponde la violación de todo un mecanismo que el propio fascismo pone al servicio de la producción de valores propios del culto.
Todos los esfuerzos llevados a cabo por la estetización de la política culminan en un solo punto. Y ese punto es la guerra. La guerra, y solo ella, hace posible ofrecerle una meta a los movimientos de masas a gran escala, conservando a la vez las relaciones heredadas de propiedad. Así es como se formula el estado de la cuestión desde la política. Desde la técnica, se formula del modo siguiente: solo la guerra hace posible movilizar todos los medios técnicos del tiempo presente, conservando a la vez las relaciones de propiedad. Claro que la apoteosis de la guerra en el fascismo no se sirve de estos argumentos. A pesar de lo cual, es instructivo echarles una ojeada. En el manifiesto de F. T. Marinetti sobre la guerra colonial de Etiopía se llega a decir: “Desde hace veintisiete años nos estamos alzando los futuristas en contra de que se considere a la guerra antiestética [ ... ]. Por ello afirmamos: la guerra es bella, porque, gracias a las máscaras de gas, al terrorífico megáfono, a los lanzallamas y a las tanquetas, funda la soberanía del hombre sobre la máquina subyugada. La guerra es bella, porque inaugura el sueño de la metalización del cuerpo humano. La guerra es bella, ya que enriquece las praderas florecidas con las ígneas orquídeas de las ametralladoras. La guerra es bella, ya que reúne en una sinfonía los tiroteos, los cañonazos, las pausas en el combate, los perfumes y olores de la descomposición. La guerra es bella, ya que crea arquitecturas nuevas, como la de los tanques, la de las escuadrillas formadas geométricamente, la de las espirales de humo en las aldeas incendiadas y muchas otras

ODRADEK


Iluminaciones, Walter Benjamin, p. 160
De El proceso puede inferirse que esos procedimientos no le permiten al acusado abrigar ninguna esperanza, ni tan siquiera en aquellos casos en que se mantiene una esperanza de absolución. Puede que sea esa desesperanza la que concede belleza únicamente a esas criaturas kafkianas. Eso por lo menos coincide con ese fragmento de conversación que Max Brod nos transmitiera. ”Recuerdo una conversación con Kafka a propósito de la Europa contemporánea y de la decadencia de la humanidad. "Somos -dijo- pensamientos nihilistas, pensamientos suicidas que surgen en la mente de Dios." Eso me recordó la imagen del mundo de la gnosis: Dios como un demiurgo malvado y el mundo como su pecado original. "Oh, no -replicó-. Nuestro mundo no es más que un malhumor de Dios, uno de esos malos días que uno tiene.""¿ Existe entonces esperanza fuera de esta manifestación del mundo que conocemos?" Él sonrió. "Oh, bastante esperanza, sí, una esperanza infinita, solo que no para nosotros."» Estas palabras enlazan con esas excepcionales figuras kafkianas que se evaden del seno familiar y para las cuales tal vez haya esperanza. No para los animales, ni siquiera para esos híbridos o seres enmarañados, como el corderogato de “La cruza” o el Odradek. Todos ellos viven más bien en el anatema de la familia. No en balde Gregario Samsa se despierta convertido en bicho precisamente en la habitación familiar; no en balde el extraño animal, medio gatito y medio cordero, es un legado de la propiedad paternal;0 no en balde es Odradek la preocupación del jefe de familia.

POTEMKIN


Iluminaciones, Walter Benjamin, p. 155
Se cuenta que Potemkin sufría de depresiones que se repetían de forma más o menos regular, durante las cuales nadie podía acercársele; el acceso a su habitación estaba rigurosamente vedado. En la corte esta afección jamás se mencionaba, sabido como era que toda alusión al tema acarreaba la pérdida del favor de la emperatriz Catalina. Una de estas depresiones del canciller tuvo una duración particularmente prolongada y causó graves inconvenientes. Las actas se apilaban en los registros y la resolución de estos asuntos, imposible sin la firma de Potemkin, exigieron la atención de la propia zarina. Los altos funcionarios no veían remedio a la situación. Fue entonces cuando Shuvalkin, un pequeño e insignificante asistente, coincidió en la antesala del palacio de la cancillería con los consejeros de Estado que, como ya era habitual, intercambiaban gemidos y quejas. “Qué sucede, Excelencias? ¿En qué puedo servir a Sus Excelencias?”, preguntó el servicial Shuvalkin. Le explicaron lo que sucedía y lamentaron no poder hacer uso de sus servicios. “Si es así, Señorías -dijo Shuvalkin-, confiadme las actas, os lo ruego.” Los consejeros de Estado, que no tenían nada que perder, se dejaron convencer y Shuvalkin, con el paquete de actas bajo el brazo, se lanzó a lo largo de corredores y galerías hasta llegar ante los aposentos de Potemkin. Sin golpear y sin siquiera dudarlo, abrió la puerta y constató que esta no estaba cerrada con llave. Al penetrar vio a Potemkin sentado sobre la cama entre tinieblas, envuelto en una raída bata de cama y mordiéndose las uñas. Shuvalkin se dirigió al escritorio, cargó una pluma y, sin perder tiempo, la puso en la mano de Potemkin, mientras colocaba un acta sobre su regazo. Potemkin, medio dormido y después de echar un vistazo ausente al intruso, estampó la firma, y luego otra sobre el siguiente documento, y otra ... Cuando todas las actas fueron así atendidas, Shuvalkin cerró el portafolio, se lo puso bajo el brazo y sin más salió, tal como había venido. Enarbolando las actas hizo su entrada triunfal en la antesala. Los consejeros de Estado se abalanzaron sobre él, le arrancaron los papeles de las manos y se inclinaron sobre ellos con la respiración en vilo. Pero nadie dijo nada. El grupo se quedó de una pieza. Shuvalkin se les acercó nuevamente para interesarse servicialmente por el motivo de la consternación de los señores. Fue entonces cuando su mirada recayó sobre la firma. Todas las actas estaban firmadas Shuvalkin, Shuvalkin, Shuvalkin ...

DESEO DE SER PIEL ROJA


Iluminaciones, Walter Benjamin, p. 162
El íntimo «deseo de ser un piel roja” pudo haber traspasado esa gran pena: “Si uno fuera de verdad un piel roja, siempre alerta, y sobre el corcel galopante, sesgado en el aire, vibrara una y otra vez sobre el suelo vibrante, hasta dejar las espuelas, pues no había espuelas, hasta desechar las riendas, pues no había riendas, y por delante apenas veía el terreno como un brezal segado al raso, ya sin cuello ni cabeza de caballo» Y Es verdad que este deseo contiene muchas cosas. Pero la propia satisfacción traiciona su secreto.
Y esa satisfacción Kafka la encuentra en América. El nombre del héroe de su novela ya nos indica la singular particularidad de América. Mientras que en las otras novelas el autor solo se refería a una apenas murmurada inicial, aquí experimenta su renacimiento en la nueva tierra con un nombre completo. Y lo experimenta en el teatro natural de Oklahoma del último capítulo. “En la esquina de una calle, Karl vio un cartel con el siguiente anuncio: "¡En el hipódromo de Clayton se contrata hoy; desde las seis de la mañana hasta la medianoche, personal para el teatro de Oklahoma! ¡El gran teatro de Oklahoma os llama! ¡Solo hoy os llama, solo una vez! ¡Quien deje pasar esta oportunidad la pierde para siempre! ¡Quien piense en el futuro es de los nuestros! ¡Todo el mundo es bienvenido! ¡Quien quiera ser un artista, que se presente! ¡Somos el teatro que puede emplear a todos, a cada uno en su puesto! ¡Felicitamos ya a quien se decida por nosotros! ¡Pero daos prisa para que podáis entrar antes de medianoche! ¡A las doce cerrará todo, para no abrirse más! ¡Maldito el que no nos crea! ¡En marcha! ¡Para Clayton!».

INCIPIT 890. UNA NOCHE EN EL PARAISO / LUCIA BERLIN


Los joyeros musicales
“Oye la instrucción de tu padre y tu madre, porque adorno de gracia serán a tu cabeza y collares a tu cuello. Si los pecadores te quisieran engañar, no consientas.”
Mamie, mi abuela, lo leyó dos veces. Intenté recordar qué instrucción me habían dado. No te hurgues la nariz. Pero yo quería un collar, uno que tintineara cuando me riera, como el de Sammy.
Me compré una cadena y fui a la terminal de autobuses, donde había una máquina que grababa letras en discos de metal... con una estrella en el centro. Escribí LUCHA y me lo puse de colgante.
Fue a finales de junio, en 1943, cuando Sammy y Jake nos metieron en el tinglado a Hope y a mí. Estaban hablando con Ben Padilla y al principio nos dijeron que nos largáramos. Cuando Ben se fue, Sammy nos llamó desde el porche.
-Sentaos, queremos que estéis en el ajo.
Sesenta cartones. Arriba, en cada cartón, había una imagen a color de un joyero musical y un sello rojo que decía NO ABRIR. Al rasgar la pestaña aparecía uno de los nombres del cartón. Treinta nombres de tres letras con una línea al lado. AMY, MAE, JOE, BEA, etcétera.
-Cuesta cinco centavos la apuesta. Al lado del nombre escribes el de la persona que lo compra. Cuando están todos vendidos, abrimos el sello. La persona que escogió ese nombre gana el joyero.
-¡Joyeros a mansalva! -dijo Jake con una risita.
-Cállate, Jake. Consigo estos cartones de Chicago. Con cada uno se saca un pavo y medio. Mando un dólar por cartón y me envían los joyeros. ¿Lo pilláis?

SANCHO PANZA


Iluminaciones, Walter Benjamin, p. 153
Es enormemente significativo que Kafka no haya creado la figura del hombre más religioso, del hombre bueno, pero que sí la haya sabido identificar. ¿Y en quién? En nadie más que en Sancho Panza, que se libró de sus tratos promiscuos con el demonio al lograr darle otro objeto para sus tropelías distinto de él mismo. Así es como llevaba una vida tranquila en la que no necesitaba olvidar nada.
“Sancho Panza, quien por cierto nunca se jactó de ello», dice la breve y magnífica interpretación de Kafka, «logró con el paso de los años, aprovechando las tardes y las noches, apartar de sí a su demonio -al que más tarde dio el nombre de don Quijote- por el método de proporcionarle una gran cantidad de libros de caballerías y novelas de bandoleros, hasta el punto de que aquel, desatado, dio en llevar a cabo los actos más demenciales, aunque sin causar perjuicio a nadie, debido precisamente a la ausencia de su objeto predeterminado, que debería haber sido el propio Sancho Panza. A pesar de que era un hombre libre, Sancho Panza decidió, quizá a causa de cierto sentido de la responsabilidad, seguir tranquilamente a don Quijote en sus correrías, y disfrutó así hasta el fin de su vida de un provechoso entretenimiento».
Si las novelas del escritor son los campos bien cuidados que deja tras sí, el nuevo volumen de historias, del que hemos tomado esta interpretación, es la bolsa del sembrador llena de semillas con su fuerza natural intacta. De ellas sabemos que, al cabo de milenios, al sacarlas de las tumbas a la luz del día, seguirán dando su fruto.

PENELOPE CRUZ


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 518
En la puerta ve a un niño famélico quien a su vez no le quita los ojos de encima. Pe se levanta y sale y le pregunta al niño qué le pasa. El niño le dice si le puede dar un vaso de leche. Curioso, pues Pe no está bebiendo leche. En cualquier caso nuestra actriz consigue un vaso de leche y se lo lleva al niño, que sigue en la puerta. Acto seguido el niño bebe el vaso de leche ante la atenta mirada de Pe. Cuando se lo acaba, cuenta Pe, la mirada de agradecimiento y de felicidad del niño la lleva a pensar en la cantidad de cosas que ella posee y que no necesita, aunque allí Pe se equivoca, pues todo, absolutamente todo lo que posee, lo necesita. Al cabo de unos días Pe mantiene una larga conversación filosófica y también de orden práctico con la madre Teresa de Calcuta. En determinado momento Pe le cuenta esta historia. Habla de lo necesario y de lo superfluo, de ser y no ser, de ser con relación a y de no ser en relación ¿con qué?, ¿y cómo?, ¿y a final de cuentas qué es eso de ser?, ¿ser tú misma?, Pe se hace un lío. La madre Teresa, mientras tanto, no para de moverse como una comadreja reumática de un lado a otro de la habitación o del porche que las cobija, mientras el sol de Calcuta, el sol balsámico y también el sol de los muertos vivientes, espolvorea sus postreros rayos imantado ya por el oeste. Eso, eso, dice la madre Teresa de Calcuta, y luego murmura algo que Pe no entiende. ¿Qué?, dice Pe en inglés. Sé tú misma. No te preocupes por arreglar el mundo, dice la madre Teresa, ayuda, ayuda, ayuda a uno, dale un vaso de leche a uno y ya será suficiente, apadrina a un niño, sólo a uno, y ya será suficiente, dice la madre Teresa en italiano y con evidente mal humor. Al caer la noche Pe vuelve al hotel. Se ducha, se cambia de ropa, se pone unas gotas de perfume sin poder dejar de pensar en las palabras de la madre Teresa. A la hora de los postres, de golpe, la iluminación. Todo consiste en sacar un pellizco microscópico de los ahorros. Todo consiste en no atribularse. Tú dale a un niño indio doce mil pesetas al año y ya estarás  haciendo algo. Y no te atribules ni tengas mala conciencia. No fumes, come frutos secos y no tengas mala conciencia. El ahorro y el bien están indisolublemente unidos.

DE LOS ESCRITORES


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 515
¿Qué pueden hacer Sergio Pitol, Fernando Vallejo y Ricardo Piglia contra la avalancha de glamour? Poca cosa. Literatura. Pero la literatura no vale nada si no va acompañada de algo más refulgente que el mero acto de sobrevivir. La literatura, sobre todo en Latinoamérica, y sospecho que también en España, es éxito, éxito social, claro, es decir, es grandes tirajes, traducciones a más de treinta idiomas (yo puedo nombrar veinte idiomas, pero a partir del idioma número 25 empiezo a tener problemas, no porque crea que el idioma número 26 no existe sino porque me cuesta imaginar una industria editorial y unos lectores birmanos temblando de emoción con los avatares mágico-realistas de Eva Luna), casa en Nueva York o Los Ángeles, cenas con grandes mandatarios (para que así descubramos que Bill Clinton puede recitar de memoria párrafos enteros de Huckleberry Finn con la misma soltura con que el presidente Aznar lee a Cernuda), portadas en Newsweek y anticipos millonarios.
Los escritores actuales no son ya, como bien hiciera notar Pere Gimferrer, señoritos dispuestos a fulminar la respetabilidad social ni mucho menos un hatajo de inadaptados sino gente salida de la clase media y del proletariado dispuesta a escalar el Everest de la respetabilidad, deseosa de respetabilidad. Son rubios y morenos hijos del pueblo de Madrid, son gente de clase media baja que espera terminar sus días en la clase media alta. No rechazan la respetabilidad. La buscan desesperadamente. Para llegar a ella tienen que transpirar mucho. Firmar libros, sonreír, viajar a lugares desconocidos, sonreír, hacer de payaso en los programas del corazón, sonreír mucho, sobre todo no morder la mano que les da de comer, asistir a ferias de libros y contestar de buen talante las preguntas más cretinas, sonreír en las peores situaciones, poner cara de inteligentes, controlar el crecimiento demográfico, dar siempre las gracias.

SANTA BARBARA


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 484
santa Bárbara. ¿Por qué siempre estaba acompañada por un pavo real y por una torre? Un pavo real y una torre. ¿Qué significaba? 14. Una tarde se lo pregunté al cura. ¿Cómo es que te interesan estas cosas?, me preguntó a su vez. No lo sé, padre, por curiosidad, le respondí. ¿Sabes que la curiosidad es una mala costumbre?, dijo. Lo sé, padre, pero mí curiosidad es sana, yo siempre le rezo a santa Bárbara. Haces bien, hijo, dijo el cura, santa Bárbara tiene buena mano con los pobres, tú sigue rezándole. Pero lo que yo quiero es saber lo del pavo real y la torre, dije yo. El pavo real, dijo el cura, es símbolo de inmortalidad. La torre tiene tres ventanas, ¿lo has notado? Pues las ventanas están puestas en la torre para representar las palabras de la santa, que dijo que la luz entró en ella o iluminó su casa por las ventanas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Lo entiendes? 15. No tengo estudios, padre, pero tengo juicio y sé discernir, le respondí. 16. Después me iba a ocupar mí lugar, el lugar que me pertenecía, y pedía hasta que la iglesia cerraba las puertas. En la palma de la mano siempre me dejaba una moneda. Las otras, en el bolsillo. Y aguantaba el hambre aunque viera a otros comer pan o trozos de salchichón y queso. Yo pensaba. Pensaba y estudiaba sin moverme de las escalinatas. 17.Así supe que el padre de santa Bárbara, un señor poderoso llamado Díóscuro, la hizo encerrar en una torre, es decir, la encarceló, debido a los pretendientes que la acosaban. Y supe que santa Bárbara antes de entrar en la torre se bautizó a sí misma con las aguas de un estanque o de un regadío o de una pileta donde los campesinos almacenaban el agua de la lluvia. Y supe que escapó de la torre, la torre de las tres ventanas por donde entró la luz, pero fue detenida y llevada ante el juez. Y el juez la condenó a muerte. 18. Todo lo que  enseñan los curas está frío.

INCIPIT 889. NEMESIS / PHILIP ROTH


El primer caso de polio de aquel verano se produjo a comienzos de junio, poco después del Día de los Caídos, en un barrio italiano pobre que estaba en el otro extremo de la población donde nosotros vivíamos. En el ángulo sudoeste de la ciudad, en el barrio judío de Weequahic, apenas nos enteramos, como tampoco oímos hablar de la siguiente serie de casos desperdigados por casi todos los barrios de Newark excepto el nuestro. Hubo que esperar a la festividad del Cuatro de Julio, cuando ya se habían registrado cuarenta casos en la ciudad, para que en la primera plana del periódico vespertino apareciera una noticia titulada “Las autoridades sanitarias alertan a los padres sobre la polio”, donde se citaba al doctor William Kittell, inspector del Consejo de Sanidad, quien había prevenido a los padres para que observaran detenidamente a sus hijos y, en caso de que un niño mostrara síntomas como dolor de cabeza, garganta irritada, náuseas, rigidez de cuello, dolor en las articulaciones o fiebre se pusieran en contacto con el médico. Aunque el doctor Kittell reconocía que cuarenta casos de polio eran más del doble de los que solían producirse al comienzo de la temporada, quería dejar claro que aquella ciudad de 429.000 habitantes en modo alguno sufría lo que podría considerarse una epidemia de poliomielitis. Aquel verano, como todos, había motivos de preocupación, y era necesario adoptar las medidas higiénicas apropiadas, pero aún no había razones para que cundiera la alarma que, veintiocho años atrás, habían mostrado los padres durante el brote más largo de la enfermedad jamás producido

INCIPIT 888. AHORA ME RINDO / ALVARO ENRIGUE


Al principio las cosas aparecen. La escritura es un gesto desafiante al que ya nos acostumbrarnos: donde no había nada, alguien pone algo y los demás lo vemos. Por ejemplo la pradera: un territorio interminable de pastos .Uros. No hay árboles: los mata el viento, la molicie del verano, las nieves turbulentas del invierno. En el centro del llano, hay que poner a unos misioneros españoles y un templo, luego unos colonos, un pueblo de cuatro cruces. Alguien pensó que ese pueblo era algo y le puso un nombre: Janos. Tal vez porque tenía dos caras. Una miraba al imperio español desde uno de sus bordes, el lugar donde empezaba a borrarse. La otra miraba al desierto y sus órganos: Apachería.
En algún momento el sitio resultó estratégico: tenía pozos artesianos. Mandaron unos soldados, construyeron un presidio amedrentar a los habitantes originales del terreno y darles sensación de seguridad productiva a los colonos que ya han dejado de ser españoles y ahora eran criollos, negros, keralombardos, chinos, irlandeses. Llegaban pocas migrantes, se casaban con indias, sus hijos ya eran otra cosa: ·chiles, altuenses, mexicanos, sabrá Dios. Luego otro sintió que debería medrar con el trabajo de los ganaderos, los comerciantes, el panadero y la maestra y puso una alcaldía que aunque estaba centro parecía que había quedado afuera solo porque Janos era tan chico que no tenía periferia.

EL POLICIA DE LAS RATAS


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 434
Cuando me tomaba un descanso buscaba la compañía de otros policías. Conocí a uno, muy viejo y enflaquecido por la edad y por el trabajo, que a su vez había conocido a mi tía y a quien le gustaba hablar de ella. Nadie entendía a Josefina, decía, pero todos la querían o fingían quererla y ella era feliz así o fingía serlo. Esas palabras, como muchas otras que pronunciaba el viejo policía, me sonaban a chino. Nunca he entendido la música, un arte que nosotros no practicamos o que practicamos muy de vez en tanto. En realidad, no practicamos y por lo tanto no entendemos casi ningún arte. A veces surge una rata que pinta, pongamos por caso, o una rata que escribe poemas y le da por recitados. Por regla general no nos burlamos de ellos. Más bien al contrario, los compadecemos, pues sabemos que sus vidas están abocadas a la soledad. ¿Por qué a la soledad? Pues porque en nuestro pueblo el arte y la contemplación de la obra de arte es un ejercicio que no podemos practicar, por lo que las excepciones, los diferentes, escasean, y si, por ejemplo, surge un poeta o un vulgar declamador, lo más probable es que el próximo poeta o declamador no nazca hasta la generación siguiente, por lo que el poeta se ve privado acaso del único que apreciar su esfuerzo. Esto no quiere decir que nuestra gente se detenga en su ajetreo cotidiano y lo escuche e incluso lo aplauda o eleve una moción para que al declamador se le permita sin trabajar. Al contrario, hacemos todo lo que está en  nuestras manos, que no es mucho, para procurarle al diferente un simulacro de comprensión y de afecto, pues sabemos que es, básicamente un ser necesitado de afecto. Aunque a la larga, como un castillo naipes, todos los simulacros se derrumban. Vivimos en colectividad y la colectividad sólo necesita el trabajo diario, la ocupación constante de cada uno de sus miembros en un fin que escapa a los afanes individuales y que, sin embargo, es lo único que garantiza nuestro existir en tanto que individuos.

EL OJO SILVA


Cuentos completos, Bolaño, p. 220
En ese momento me temí lo peor, me senté a su lado y durante un rato ambos permanecimos con los cuellos de nuestros abrigos levantados y en silencio. Ofrecen un niño a ese dios, retomó su historia tras escrutar la plaza en penumbras, como si temiera la cercanía de un desconocido, y durante un tiempo que no sé medir el niño encarna al dios. Puede ser una semana, lo que dure la procesión, un mes, un año, no lo sé. Se trata de una fiesta bárbara, prohibida por las leyes de la república india, pero que se sigue celebrando. Durante el transcurso de la fiesta el niño es colmado de regalos que sus padres reciben con gratitud y felicidad, pues suelen ser pobres. Terminada la fiesta el niño es devuelto a su casa, o al agujero inmundo donde vive, y todo vuelve a recomenzar al cabo de un año.
La fiesta tiene la apariencia de una romería latinoamericana, sólo que tal vez es más alegre, más bulliciosa y probablemente la intensidad de los que participan, de los que se saben participantes, sea mayor. Con una sola diferencia. Al niño, días antes de que empiecen los festejos, lo castran. El dios que se encarna en él durante la celebración exige un cuerpo de hombre -aunque los niños no suelen tener más de siete años- sin la mácula de los atributos masculinos. Así que los padres lo entregan a los médicos de la fiesta o a los barberos de la fiesta o a los sacerdotes de la fiesta y éstos lo emasculan y cuando el niño se ha recuperado de la operación comienza el festejo. Semanas o meses después, cuando todo ha acabado, el niño vuelve a casa, pero ya es un castrado y los padres lo rechazan. Y entonces el niño acaba en un burdel. Los hay de todas clases, dijo el Ojo con un suspiro. A mí, aquella noche, me llevaron al peor de todos.

DON JM MORELOS


Ahora me rindo, Alvaro Enrigues, p. 86
Unas horas después, tras alguna mesa redonda seguramente sin concurrencia, regresamos Miquel y yo en taxi al modestísimo hotel madrileño que la editorial había podido pagarnos. No era tarde, pero ya estaba cansado, por lo que se quedó dormido al poco de que arrancara el coche. Abrió los ojos cuando pasábamos frente al Palacio Real, iluminado a todo trapo. Me preguntó qué era aquello y se lo dije. Antes de volverse a dormir anotó con una sabiduría que habría sido imposible en sus vigilias de niño: Está muy bien que haya rey si eres el rey.
Tapé mi plumín y me lo metí en la bolsa interior del saco, pensando que en la parte de afuera de mi hijo había una ambición, pero que en la de adentro había un republicano, que si quería estudiar en Europa podíamos ahorrar, que si traicionaba ese instinto iba a terminar jodiéndole otros. Me deshice en disculpas frente al cónsul antes de salir casi corriendo de su oficina y del edificio que la albergaba y de la cuadra en que está asentado. Ya en el metro, me senté en una de las bancas de madera de la sala de espera y le escribí a Miquel un largo mensaje de texto que, decía que en 1815 a don José María Morelos le habían metido carbón ardiente por el culo para que jurara lealtad al rey, que al terminar con los alaridos dijo que no, así que le hicieron una incisión en los huevos, le sacaron lo que haya adentro y le pusieron dos piedras de sal y se los cerraron de nuevo. Como permaneció impávido, lo mandaron fusilar, pero al día siguiente. En la madrugada de su sacrificio, pidió, sin quejarse del escozor salvaje que habrá sentido en los testículos, un puro para fumárselo después del desayuno y antes de que lo ejecutaran de rodillas y por la espalda. Él mismo se ató la venda de los ojos. Esa resistencia de apache, le escribí a Miquel, no puede pasar en vano entre nosotros.

DIOS


Némesis, Philip Roth, p. 197
Dios mató a mi madre cuando estaba dando a luz. Dios me dio un ladrón por padre. Cuando era veinteañero, Dios me dio la polio, que contagié a mi vez a una docena de niños, probablemente más, incluida la hermana de Marcia, incluido usted, casi con toda seguridad. Incluido Donald Kaplow, que murió en un pulmón de acero en el hospital de Stroudsburg, en agosto de 1944. ¿Hasta dónde debería llegar mi amargura? Dígamelo usted. -Lo díjo de un modo cáustico, en el mismo tono en que había afirmado que un día el Dios de Marcia la traicionaría y también le clavaría un cuchillo en la espalda.
-No seré yo quien culpe a una víctima de la polio, joven o mayor, por no poder superar totalmente la angustia de una enfermedad que jamás termina -repliqué-. Claro que uno se amarga al pensar que es permanente. Pero, al cabo del tiempo, tiene que haber algo más. Habla usted de Dios. ¿Cree todavía en ese Dios al que menosprecia?
-Sí. Alguien ha tenido que hacer el mundo.
-Dios el gran criminal-dije-. Pero si Dios es el criminal, no es posible que usted lo sea también.
-De acuerdo, es un enigma médico. Soy un enigma médico -replicó Bucky confusamente.
¿Quería decir tal vez que era un enigma teológico? ¿Era esa su versión de la doctrina gnóstica propia de un hombre corriente, con un Demiurgo maligno incluido? ¿Es la divinidad adversa a nuestra existencia en la tierra? Desde luego, las pruebas que su experiencia le permitia presentar no eran desdeñables. Solo un demonio podía inventar la polio. Solo un demonio podía inventar a Horace. Solo un demonio podía inventar la Segunda Guerra Mundial. Súmalo todo, y el demonio vence. El demonio es omnipotente. El concepto que Bucky tenía de Dios, tal como yo lo entendía, era el de un ser omnipotente cuya naturaleza y cuyos propósitos no era posible aducir con la dudosa evidencia bíblica sino mediante una irrefutable prueba histórica, recogida durante una vida pasada en este planeta en pleno siglo xx. Su concepto de Dios era el de un ser omnipotente no constituido por la unión de tres personas en una divinidad, como en el cristianismo, sino de dos: un jodido enfermo y un genio maligno.

CHIRICAHUAS


Ahora me rindo, Alvaro Enrigue, p. 78
John G. Bourke, del tercero de caballería destacado en Fort Craig, Nuevo México, no era un hijo de puta. Nacido en Filadelfia, descendiente de migrantes irlandeses, se escapó de casa a los dieciséis años para enlistarse en el ejército del Norte durante la Guerra de Secesión estadounidense porque detestaba la esclavitud.
Terminada la guerra civil, pidió ser destacado en el suroeste de los Estados U nidos: la antigüedad y las culturas originarias le interesaban seriamente. Llegó a capitán bajo el mando del general George Crook en la década de los setenta del siglo XIX. Cubría para el tercero de caballería, entre otras cosas, la función de agregado de prensa. Escribía muy bien. Bourke estuvo presente en la campaña de la Sierra Madre al final de la cual Gerónimo entregó su falsa rendición en el Cañón de los Embudos. Era, además de un militar competente y un diarista compulsivo, un etnólogo aficionado, a ratos brillante. Escribió un volumen falto de humor, pero no de genio, sobre la caca y el pipí llamado Ritos escatológicos de todas las naciones. En estos días, traduzco algunos capítulos de sus notas sobre la campaña de 1883 bajo el mando de George Crook, publicadas por la Universidad de Nebraska en un volumen llamado An Apache Campaign in the Sierra Madre.
Dice de los chiricahuas, por ejemplo: «Probablemente un artista podría objetar que muchos de ellos eran de talla reducida, sin embargo los buscadores resistirían cualquier requerimiento  crítico para la anatomía desde cualquier otro punto de vista. Eran de pecho amplio y fornido, con los hombros perfectamente rectos y las extremidades bien proporcionadas, poderosas y  musculares, sin dejar de ser ligeras. Tenían las manos y los pies pequeños, delgados y nervudos; la cabeza bien formada y el semblante iluminado con una expresión agradable y amistosa, que habría sido más constante sin el aspecto salvaje de las mechas desgreñadas y gitanas que no se les meten en la cara gracias a una banda gruesa y lisa de tela roja con que se las aprietan. Sus ojos son brillantes, claros y directos, expresan en general bienestar y buen humor.»

NIÑOS APACHES


Ahora me rindo, Alvaro Enrigue,. p. 53
Los niños recibían otro tratamiento. Apenas los capturaban, solían desnudarlos, atarlos a una estaca cubiertos de grasa de burro y dejarlos al sol, para que se volvieran morenos. Los dejaban largo tiempo sin comer, como si los estuvieran limpiando por dentro -el proceso de adaptación no era grato-. Cuando ya estaban prietos y al borde de la muerte por inanición, se los asignaban a alguna abuela, que los acostumbraba lentamente a su nueva dieta y les enseñaba a comunicarse en apache. Les endurecían el carácter sometiéndolos a pruebas brutales y al escarnio de los demás niños si no podían imponerse. Cuando consideraban que ya estaban más o menos adaptados, los entregaban a una familia en la que los trataban exactamente igual que al resto de los hijos naturales de los padres.
Es cierto que el crecimiento de un niño apache era infinitamente más duro que el de un criollo o un gringo porque el entrenamiento militar de los guerreros comenzaba desde los seis o siete años, pero también es cierto que todos los mexicanos y estadounidenses que convivieron un periodo con los chiricahuas coinciden en apuntar, en todos los testimonios que dejaron, que lo más notable que tenían los apaches como cultura era la cantidad de tiempo y atención que les prodigaban a sus hijos. El jefe Nana, aterrador fuera de la comunidad chiricahua, era recordado por los niños apaches que años después entrevistó E ve Ball como un viejo dulcísimo y un payaso memorable, que se demoraba contándoles historias mientras sus padres estaban ocupados.
Una infancia apache tiene que haber sido, con todo, estupenda: los niños cautivos solían esconderse en la montaña cuando llegaban los soldados mexicanos o gringos, para evitar que los rescataran. En las ocasiones en que los descubrían y devolvían a sus padres, era común que huyeran de nuevo al monte a reencontrarse con su nación electa.

CHILE GAY


Entre paréntesis, Bolaño, p. 50
Hace unos años, pocos años, se quemó en Valparaíso una discoteca de ambiente homosexual. La discoteca -tal vez sólo se trataba de un pub o de un bar- era de madera y el incendio fue de proporciones notables: murieron más de veinte personas. La noticia circuló por algunas agencias. Un chileno residente en París al poco de enterarse le comentó a un amigo mío su asombro por la noticia: según él, en Chile no existían homosexuales, por lo que era absolutamente imposible que se hubiera incendiado un bar de tales características. La noticia sólo podía interpretarse como un error garrafal de la agencia de prensa o como un deseo consciente de hacerle daño al país. Este chileno, alma bendita, vivía en París desde hacia tiempo, no era un campesino de Chillán ni un talador de árboles de Aysén, sino que vivía en la capital de Francia en donde tenia además un trabajo y todos sus papeles en regla. Iba al cine de vez en cuando y de vez en cuando se acostaba con una mujer. A veces leía libros en español y a menudo leía el periódico en francés. Para colmo, creo que era de izquierdas, aunque eso poco tiene que ver con esta historia. Sin embargo no podía creer que en Valparaíso, puerto cantado por Daría y Neruda, se pudieran reunir en un bar más de veinte homosexuales. Probablemente pesaba en su vasta inconsciencia la información recibida en nuestra infancia,  es decir que en Chile todos somos valientes, que en Chile no llora nadie y que en Chile sólo hay puros corazones.

ARQUILOCO DE PAROS


Entre paréntesis, Roberto Bolaño, p. 56
En cualquier caso, lo cierto es que el escritor trabaja esté donde esté, incluso cuando duerme, algo que no ocurre con los otros oficios. Los actores, se puede aducir, siempre trabajan, pero no es lo mismo: el escritor escribe y tiene conciencia de escribir, mientras que el actor, en una situación límite, sólo aúlla. Los policías siempre son policías, pero tampoco es lo mismo, una cosa es ser y otra cosa es trabajar. El escritor es y trabaja en cualquier situación. El policía sólo es. Lo mismo se puede aplicar al asesino profesional, al militar, al banquero. Las putas, tal vez, sean las que más se acercan al oficio de la literatura.
Arquíloco, poeta griego del siglo VII antes de Cristo, es ejemplar en este caso. Nacido en la isla de Paros, fue mercenario y según la leyenda murió en combate. Podemos imaginarnos su vida vagabunda por diferentes ciudades de Grecia.
En uno de sus fragmentos, Arquíloco no tiene el menor empacho en decirnos que, en un momento de una batalla, probablemente una escaramuza, abandona sus armas y echa a correr, para los griegos sin ninguna duda el mayor signo de la vergüenza, no digamos ya para un soldado que se tiene que ganar el pan con su valor en la lucha. Arquíloco, en versión de Juan Ferraté, dice: Un tracia es quien lleva, ufano, mi escudo: lo eché, sin querer, junto a un arbusto, al buen arnés sin reproche, pero yo me salvé. ¿Qué me importa, a mí, aquel escudo? ¡Bah! Lo vuelvo a comprar que no sea peor.
Y sobre Arquíloco dice Carlos García Gual : hubo de emigrar de su isla para ganarse la vida, como soldado de fortuna, con su lanza. Conoció la guerra como un menester penoso, no como el lugar de las hazañas heroicas. Cuenta en unos versos que hicieron famoso su cinismo cómo escapó de un combate tras arrojar el escudo. Es significativa su desenvoltura al confesar tan bochornoso acto. (El escudo es, en la táctica hoplítica, el arma que protege el flanco del compañero inmediato, el emblema del coraje del guerrero, que nunca debe perderse. “Volved con el escudo o sobre el escudo”, se decía en Esparta.) Al poeta, pragmático, le interesaba salvaguardar su vida, no el código del honor ni el renombre.

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