Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

W.

El mundo tal como lo encontré, Bruce Duffy, p. 448
Un día, mientras hojeaba un manual de salvamento mal redactado, vio una fotografía de un accidente de automóvil, en la que habían señalado las huellas del frenazo y trazado círculos blancos alrededor de algunos objetos significativos: una señal de tráfico rota, un par de gafas destrozadas, el guante de una dama. Vio que los objetos del dibujo se relacionaban con los objetos de la narración, del mismo modo que las palabras se relacionan con las cosas del mundo que representan. El dibujo se conectaba con la realidad y la realidad estaba contenida, de manera inexpresable, en lo que estaba dibujado, empalmando así, en un retrato fidedigno, el esquema representado con su representación.

El dibujo evolucionó hasta constituir una teoría del lenguaje y la forma lógica, y esta teoría, a su vez, se combinó con otras hasta que se convirtió en un libro. Sin embargo, al poner un límite a aquello de lo cual puede hablarse, Wittgenstein se las había arreglado para aislar aquello de lo que no se puede hablar de ninguna manera significativa: Dios, la mística, la ética. Pero como para él estas cosas eran lo más importante sobre lo que se podía pensar, en realidad hubo dos libros: el libro escrito y el trabajo, más amplio y ambicioso, que sugería la inmensidad de todo lo que el libro no mencionaba. Este último era el libro del silencio, del silencio y la espantada resignación ante el silencio.

INCIPIT 891. EL APRENDIZAJE DEL ESCRITOR / JL BORGES

Hace ya tantos años que Carlos Reyes, hijo del novelista, me refirió la historia en Adrogué, en un atardecer de verano. En mi recuerdo se confunden ahora la larga crónica de un odio y su trágico fin con el olor medicinal de los eucaliptos y la voz de los pájaros.
Hablamos, como siempre, de la entreverada historia de las dos patrias. Me dijo que sin duda yo tenía mentas de Juan Patricio Nolan, que había ganado fama de valiente, de bromista y de pícaro. Le contesté, mintiendo, que sí. Nolan había muerto hacia el 90, pero la gente seguía pensando en él como en un amigo. Tuvo  también sus detractores, que nunca faltan. Me contó una de sus muchas diabluras. El hecho había ocurrido poco antes de la batalla de Manantiales; los protagonistas eran dos gauchos de Cerro Largo, Manuel Cardoso y Carmen Silveira.
¿Cómo y por qué se gestó su odio? ¿Cómo recuperar, al cabo de un siglo, la oscura historia de dos hombres, sin otra fama que la que les dio su duelo final? Un capataz del padre de Reyes, que se llamaba Laderecha y "que tenía un bigote de tigre", había recibido por tradición oral ciertos pormenores que ahora traslado sin mayor fe, ya que el olvido y la memoria son inventivos.

Manuel Cardoso y Carmen Silveira tenían sus campitos linderos. Como el de otras pasiones, el origen de un odio siempre es oscuro

INCIPIT 890. LA LIBRERIA / PENELOPE FITZGERALD

En 1959, Florence Green pasaba de vez en cuando alguna noche en la que no estaba segura de si había dormido o no. Se debía a la preocupación que tenía sobre si comprar Old House, una pequeña propiedad con su propio cobertizo en primera línea de playa, para abrir la única librería de Hardborough. Probablemente era esa incertidumbre lo que la mantenía despierta. Una vez había visto volar por encima del estuario a una garza que intentaba, mientras estaba en el aire, tragarse una anguila que acababa de pescar. La anguila, a su vez, luchaba por escapar del gaznate de la garza, y se le veía un cuarto, la mitad o, en ocasiones, tres cuartos del cuerpo colgando. La indecisión que expresaban ambas criaturas era lastimosa. Se habían propuesto demasiado. 

INCIPIT 889. EL COMPLOT MONGOL / RAFAEL BERNAL

A las seis de la tarde se levantó de la cama y se puso los zapatos y la corbata. En el baño se echó agua en la cara y se peinó el cabello corto y negro. No tenía por qué rasurarse; nunca había tenido mucha barba y una rasurada le duraba tres días. Se puso una poca de agua de colonia Yardley, volvió al cuarto y del buró sacó la cuarenta y cinco. Revisó que tuviera el cargador en su sitio y un cartucho en la recámara. La limpió cuidadosamente con una gamuza y se la acomodó en la funda que le colgaba del hombro. Luego tomó su navaja de resorte, comprobó que funcionaba bien y se la guardó en la bolsa del pantalón. Finalmente se puso el saco de gabardina beige y el sombrero de alas anchas. Ya vestido volvió al baño para verse al espejo. El saco era nuevo y el sastre había hecho un buen trabajo; casi no se notaba el bulto de la pistola bajo el brazo, sobre el corazón. Inconscientemente, mientras se veía en el espejo,  Acarició el sitio donde la llevaba. Sin ella se sentía desnudo. El Licenciado, en la cantina de La Ópera, comentó un día que ese sentimiento no era más que un complejo de inferioridad, pero el Licenciado, como siempre, estaba  borracho

INCIPIT 888. LA TRANSFORMACION / FRANZ KAFKA

Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama transformado en un bicho monstruoso. Yacía sobre su espalda, dura como un caparazón, y al levantar un poco la cabeza vio su vientre abombado, pardo, segmentado por induraciones en forma de arco, sobre cuya prominencia el cubrecama, a punto ya de deslizarse del todo, apenas si podía sostenerse. Sus numerosas  patas, de una deplorable delgadez en comparación con las dimensiones habituales de Gregor, temblaban indefensas ante sus ojos.
«¿Qué me ha ocurrido?», pensó. No era un sueño. Su habitación, en verdad la habitación de un ser humano, solo que un tanto pequeña, seguía ahí entre las cuatro paredes de siempre. Por encima de la mesa, sobre la que había un muestrario de telas desplegado –Samsa era viajante de comercio-, colgaba un retrato que él había recortado hacía poco de una revista ilustrada y puesto en un precioso marco dorado. Representaba a una dama con un sombrero y una boa de piel que, bien erguida en su asiento, alzaba hacia el espectador un pesado manguito, también de piel, en el que había desaparecido todo su antebrazo.

La mirada de Gregor se dirigió luego a la ventana, y el tiempo nublado -se oía el tamborileo de las gotas de lluvia contra la plancha metálica del alféizar- lo puso muy melancólico. «¿Y si durmiera un rato más y me olvidara de todas estas tonterías?»

INCIPIT 887. EL MUNDO TAL COMO LO ENCONTRE / BRUCE DUFFY

EL PATO-CONEJO
El filósofo adoraba las películas y necesitaba vaciarse periódicamente en aquel límpido río de luz en el que podía abstraerse y olvidar sin disimulo.
Después de una de sus conferencias de tres horas de duración, agotado por sus propias preguntas incesantes, cogía a uno de sus jóvenes del brazo y le preguntaba con mirada ligeramente suplicante:
-¿Le gustaría ver una película?
El Tívoli estaba apenas a una manzana del Trinity College, de Cambridge, y raras veces se llenaba. Corno deseaba evitar los encuentros casuales en la cola, el filósofo dejaba que la película empezase antes de recorrer el pasillo oscuro, comentando a media voz en su inglés británico con acento alemán:
-Para ver esto hay que sentarse cerca ... por lo menos en la cuarta fila.
Proyectaban Sombrero de copa. Con la cabeza echada hacia atrás, absorto mientras Fred hacía girar a Ginger Cheek to Cheek en un sólido templo escenográfico de luz de luna, el filósofo se volvió hacia su compañero y dijo encantado:
-Es maravilloso cómo la luz se derrama sobre nosotros. Como en una ducha.
El joven inglés, de inflexiones precisas y con la americana abrochada hasta el último botón, asintió atentamente con una sonrisa mientras su mentor continuaba:

-Nadie puede bailar corno Fred Astaire. Sólo los americanos son capaces de hacer estas cosas ... los ingleses son demasiado rígidos

WITTGENSTEIN

El mundo tal como lo encontré, Bruce Duffy, p. 398
Esta imagen del cormorán predador parecía poder aplicarse a toda la vida de Wittgenstein, incluyendo el cristianismo. Ahora era discípulo de Tolstoi y llevaba el Nuevo Testamento en un bolsillo de la guerrera y los Evangelios de Tolstoi en el otro. Deseaba vivir una vida de sencilla caridad y fe cristiana, una fe previa a cualquier iglesia. Sin embargo, aunque reconocía todas las imposiciones de la fe cristiana, no obtenía la paz que, se supone, acompaña a esta postura. La ética lo consumía: era lo más importante de su vida y la clave de su filosofía, pero también era algo fundamentalmente silencioso. La ética no podía enseñarse o expresarse; sólo podía mostrarse por medio de una vida ejemplar. Y el objeto de su vida y su trabajo era moral... sino, ¿qué sentido tenía vivir? Sabía, sin poder justificarlo lógicamente, que la vida buena era la vida feliz. De modo que, como cuestión ética, había decidido ser feliz para ser bueno, pero sólo lograba ser desdichado y en consecuencia falso ... luchando por aprehender la esencia de la vida cuando, a semejanza del cormorán, de todos modos no podía tragarla.

Y el anillo no lo soltaba. Ahí estaba él: un buen soldado, un soldado condecorado, con la reputación de mantener la sangre fría bajo el fuego y cuidar de sus hombres. Pero hasta la valentía era falsa si a él apenas le importaba vivir. En ocasiones, Wittgenstein envidiaba a los cobardes, preguntándose si no serían los únicos sensatos por amar verdaderamente la vida. Y sin embargo, estos que amaban la vida, los que estaban ahora tan desesperados que eran capaces de todo, hasta de dispararse en un pie para salvar la piel... estos hombres respecto de quienes se sentía tan responsable eran aquellos que, llegado el caso, no se sentirían en lo más mínimo responsables de él. En los últimos tiempos, Wittgenstein temía que tal vez correría la misma suerte de Kurt, que lo abandonarían en plena batalla, dejándolo con un arma cargada y enfrentado a una elección definitiva.

VACAS

El mundo tal como lo encontré, Bruce Duffy, p. 197
Más tarde me siento alegre. Wittgenstein silba. En los prados, W. habla en alemán a algunas vacas. Las vacas adoran el alemán, explica, incluso nuestro ganado inglés. Éstas son Guernsey, moteadas y de suaves cuernos; se nos acercan al trote. Estamos rodeados. Como damas celosas, nos propinan topetazos y testarazos para que les rasquemos detrás de las orejas y las libremos de las insistentes moscas.
Más tarde comemos en un pálido campo de pastos nuevos. Después, cerca del atardecer, sucede algo maravilloso. Se aproximaba la tormenta. Junto al río, los juncos se balancean arriba y abajo como sábanas de seda verde. La hierba está muy alta y de pronto W. se excita extraordinariamente. Sobre el agua nacen enjambres de efímeras. Como las chispas que brotan de un tronco ardiendo; salen de las profundidades ... nubes de efímeras muy blancas que rebullen sin ruido sobre el agua. Sentado en la orilla, W. está como bajo una tienda; le cae encima una nevada de insectos y él mira hacia arriba, conmovido. Sobre el agua, las ninfas forman una nébula blanca y delgada, después cae un chaparrón que hace chisporrotear el agua. Expuestos aquí podríamos ser alcanzados por un rayo, pero él, que por lo general es tan práctico, no parece preocupado. No me presta atención cuando lo llamo y entonces comprendo lo que pasa. Las moscas caen en el agua. Van precipitándose a millares, saltando como una blanca agua de seltz. El agua queda inundada y todas están muertas.
Mirándome, W. dice: «¿No es hermoso? ¿Que todas se eleven y caigan en nombre de la misma hermosa necesidad? ¿No sería maravilloso que todos nosotros nos levantáramos en la luz y cayéramos todos al unísono, sirviendo sólo a la naturaleza?”
Me quedo espantado. Digo: «Me parece estupendo para las moscas, pero no para los hombres. ¿Que todas las generaciones cayeran así, juntas? ¿Cómo puede decir que es maravillosa esa idea?»

Ahora me está mirando, no enfadado sino triste; al parecer no comprendo aunque yo creo que sí. Él dice: «No se puede estar triste por eso, por la necesidad”.

TRES TORNILLOS

El mundo tal como lo encontré, Bruce Duffy, p. 197
Wittgenstein no era ese tipo de persona que alardea de su riqueza, pero cuando se trataba de cuestiones mobiliarias o estéticas, Rusell pudo comporobar que el dinero no era un problema. El problema era mas bien encontrar muebles que satisficieran los severos criterios de Wittgenstein en cuanto a equilibrio armónico; pureza de líneas y ausencia de ornamento, por no hablar de sus exigencias igualmente desmesuradas de perfección artesana. Fueron a una tienda y luego a otra. Una cómoda tenía las patas demasiado largas; otra tenía horrendos tiradores; descubrió que otra estaba recubierta de un barniz uniforme. Era un escándalo, dijo, disfrazar una cosa de otra.
-Por Dios -gimió Russell-. ¿Hasta qué punto tiene que ser orgánica una forma? ¿Espera que los robles crezcan en forma de sillas y escritorios? Mire esto -dijo Russell, lanzando una mirada de complicidad al vendedor, un hombre maduro, calvo, de extraordinaria  paciencia.
Russell señaló una cómoda, una pieza magnífica. Era de cerezo rojo, bien lacada, un verdadero Stradivarius con patas esbeltas y afiladas y cajones que se deslizaban silenciosamente sobre ruedecillas de goma dura. Pero Wittgenstein encontró inmediatamente un defecto. En la parte trasera de la cómoda había una pieza tallada  con un elegante diseño en abanico. Sin embargo, esta vez el vendedor estaba preparado:
-Pero mire, señor. Es un diseño muy funcional y evita que las cosas se caigan entre el mueble y la pared.
-Totalmente innecesario -gruñó Wittgenstein alejándose-. Puedo coger un penique si se cae al suelo.
-Pero bueno, mire -dijo el vendedor-. Si no le gusta esa pieza, puede quitarla, simplemente. Sólo tiene tres pequeños tornillos. Nadie lo sabrá, señor.
-Por favor. .. -Wittgenstein se iba ya-. Lo siento. No la quiero.
-Pero señor -insistió el vendedor-. Tres pequeños tornillos y tendrá lo que desea. Le haré incluso una rebaja por la pieza que no quiere.
-Escúchelo -rogó Russell.
Wittgenstein miró estupefacto a Russell.
-¿Supone usted que se puede Simplemente ... quitar? Está lijada para siempre. Buenos días, buenos días.-Y se fue, rechazándolos a ambos.
-Escuche -dijo Russell, saliendo tras él por la puerta provista de campanilla-. Hemos estado buscando toda la mañana Y no ha encontrado nada. Ni lo encontrará ...
-Entonces no compraré nada. Iré a Londres.
-¡A Londres! -Russell se detuvo en el estrecho callejón-, ¡Por tres tornillos! . . . . .

-·Tres tornillos son demasiados tornillos! –Wittgenstein siguió caminando-. Dios no nos concede oportunidades ilimitadas

K., A y B

UNA CONFUSIÓN COTIDIANA
Un suceso cotidiano: soportarlo, una confusión cotidiana. A. está a punto de hacer un negocio importante con B., que vive en H. A. se dirige a H para tratar los asuntos previos, y recorre el camino de ida y vuelta en diez minutos respectivamente; al  llegar a casa, alardea de tan singular rapidez. Al día siguiente se  dirige de nuevo a H., para cerrar definitivamente el acuerdo. Sabiendo que la negociación durará previsiblemente varias horas, A. sale de su casa a primera hora de la mañana. Sin embargo, a pesar de que todas las circunstancias, al menos desde el punto de vista de A., son idénticas a las del día anterior, esta vez tarda diez horas en recorrer el camino. Por la tarde, al llegar fatigado a H., le dicen que B., molesto por su ausencia, ha ido a buscarlo él mismo a su pueblo, y deberían haberse cruzado por el camino. Le recomiendan que espere. Pero A., temiendo por el negocio, se pone en marcha de inmediato y se dirige apresuradamente hacia su casa.

Esta vez recorre el camino en un instante, sin prestarle mucha atención. Una vez en casa, le comunican que B. ya ha venido a primera hora de la mañana, justo al salir A., y que incluso se han cruzado en la puerta de la casa, donde B. le ha recordado el negocio que tenían pendiente, pero A. le ha dicho que no tenía tiempo, que tenía que salir a toda prisa. A pesar de ese comportamiento incomprensible de A., B. ha preferido quedarse allí para esperarle. Aunque ha preguntado varias veces si A. ya había llegado, todavía se encuentra arriba, en la habitación de  A. Contento de poder hablar pese a todo con B. y explicarle lo sucedido, A. echa a correr por las escaleras. Cuando está a punto de llegar arriba, tropieza, sufre un esguince y, casi desmayándose de dolor, incapaz incluso de gritar, gimiendo en la oscuridad, oye cómo B. -no sabe si desde muy lejos o justo a su lado- baja la escalera enfurecido, a pisotones, y  desaparece definitivamente.

ANGELITO

Flores en las grietas, Richard Ford, p. 141
En los años transcurridos desde entonces ha habido otras ocasiones para esta especie de respuesta abrupta pero contundente a las señales contingentes del mundo, respuestas que hoy me parecen lamentables y cuyo relato no resulta demasiado interesante. (Aunque estoy seguro de que no se trata de una simple “cosa de hombres”, pues también he visto hacerlo a mujeres y he sido lo suficientemente desgraciado como para sufrir una o dos veces los golpes de ellas). Pero una vez le pegué a mi mejor amigo del momento entre dos downs de un partido informal de fútbol americano en que los equipos se distinguían por llevar camiseta o no. No volvimos a ser amigos después de eso. Una vez le pegué en la nariz a un hermano de fraternidad porque me había humillado en público, además de porque no me gustaba. En una comida, tras el funeral de un amigo, en un exabrupto, di un puñetazo a otro deudo que, con su manera exagerada de exteriorizar su duelo, agravaba la situación y ahondaba la pena de todos los demás, y lo «necesitaba”, o al menos eso era lo que yo sentía. Y hace muchísimos años, una tarde de sábado de mediados de mayo, en una calle de Jackson, Mississippi, me incliné y le besé el culo desnudo a otro muchacho con la expresa intención de evitar que me pegara. (Me temo que de todo esto hay muy poco que aprender, salvo que el honor no tiene nada que ver con ello.)

No puedo hablar en nombre de la cultura en general, pero lo cierto es que, durante toda mi vida, cada vez que me encontré con algo que me parecía absolutamente injusto, inmerecido, o un dilema insoluble, pensé en tratar el asunto a golpes o asestar un puñetazo en el rostro a su emisario. Eso mismo pensé hacer con los autores de ciertas críticas literarias injustas. Así como en relación con narradores a los que consideraba hipócritas y merecedores de algún castigo. Lo mismo en relación con mi mujer en un par de ocasiones. Una vez le lancé un imprudente swing a mi propio padre, un puñetazo que erré, pero que me deparó muy malas consecuencias. Incluso me ha sucedido con mi vecino de la acera de enfrente, quien en el calor de una simple discusión por un perro que ladraba, me dio un puñetazo muy fuerte en la cara, lo que justificaba (o así lo consideré) que le pegara hasta dejarlo en la acera cubierto de sangre.  Cuando ocurrió yo tenía cuarenta y ocho años; era todo un adulto. Todavía hoy, aunque, tal como prometí, ya no hago estas cosas,. Dar un golpe en la cara sigue siendo un acto cuya posibilidad conservo.

INCIPIT 886. EL JOVEN SIN ALMA / VICENTE MOLINA FOIX

En mi ánimo está contar la parte invisible de la vida de un hombre al que me unió el azar y de quien seguí sus pasos mientras no llevaban rumbo.
También es mi intención describir las obligaciones de su cuerpo, la posibilidad de su alma y, si soy capaz de componerlo, el rompecabezas de sus rasgos, que con pocos años tenía las facetas -piel limpia, óvalo de luna llena, oscuros ojos grandes- de un rostro agraciado, y algún viento aciago las descolocó.

Le vamos a llamar Vicente, nombre pensado por otros para un niño real. Ni a él ni a mí nos ha gustado nunca. En su adolescencia estuvimos a punto de cambiárselo, pero él pensaba en uno, francés y corto, yo en otro, largo y señalado en su partida de bautismo. Esos dos nombres opuestos se pelearon entre sí, y la riña acabó con el propósito. Yo no me llamaré de ninguna manera, al menos de momento.

INCIPIT 885. LOS RESTOS DEL DIA / KAZUO ISHIGURO

Cada vez parece más probable que haga una excursión que desde hace unos días me ronda por la cabeza. La haré yo solo, en el cómodo Ford de mister Farraday. Según la he planeado, me permitirá llegar hasta el oeste del país a través de los más bellos paisajes de Inglaterra y seguramente me mantendrá alejado de Darlington Hall durante al menos cinco o seis días. Debo decir que la idea se me ocurrió a raíz de una sugerencia de lo más amable de mister Farraday, hace casi dos semanas, una tarde en que estaba en la biblioteca quitando el polvo de los retratos. Según recuerdo, me encontraba en lo alto de la escalera limpiando el retrato del vizconde de Wetherby cuando mi patrón entró en la biblioteca llevando unos libros, al parecer con la intención de devolverlos a sus estantes. Al verme, aprovechó la ocasión para decirme que acababa de ultimar sus planes para hacer un viaje a los Estados U nidos de cinco semanas entre los meses de agosto y septiembre. Seguidamente, dejó los libros en su mesa, se sentó en la chaise-longe y, estirando las piernas, me dijo mirándome a los ojos:

-Como comprenderá, Stevens, no voy a exigirle que se quede usted encerrado en esta casa todo el tiempo que yo esté fuera. He pensado que podría coger el coche y pasar unos días fuera. Creo que un descanso no le iría nada mal. 

INCIPIT 884. EL FERROCARRIL SUBTERRANEO / COLSON WHITEHEAD

La primera vez que Caesar le propuso a Cora huir al norte, ella se negó.
Fue su abuela la que habló. La abuela de Cora no había visto el océano hasta aquella tarde luminosa en el puerto de Ouidah y el agua la deslumbró después del encierro en las mazmorras del fuerte. Los almacenaban en las mazmorras hasta que llegaban los barcos. Asaltantes dahomeyanos raptaron primero a los hombres y luego, con la siguiente luna, regresaron a la aldea de la abuela a por las mujeres y los niños y los condujeron encadenados por parejas hasta el mar. Al mirar el vano negro de la puerta, Ajarry pensó que allá abajo, en la oscuridad, se reuniría con su padre. Los supervivientes de la aldea le contaron que, cuando su padre no había podido aguantar el ritmo de la larga marcha, los negreros le habían reventado la cabeza y habían abandonado el cadáver junto al camino. La madre de Ajarry había muerto años atrás.
 A la abuela de Cora la vendieron varias veces en ruta hacia el puerto, los negreros la cambiaron por conchas de cauri y cuentas de vidrio. Costaba decir cuánto habían pagado por ella en Ouidah porque fue una compra al por mayor, ochenta y ocho almas por sesenta cajones de ron y pólvora, a un precio que se fijó tras el regateo de rigor en inglés costeño. Los hombres sanos y las embarazadas valían más que los menores, lo que dificultaba los cálculos individuales.

El Nanny había zarpado de Liverpool y había hecho dos escalas previas en la Costa de Oro. El capitán alternaba las adquisiciones para no acabar con un cargamento de un único temperamento y cultura. A saber qué tipo de motín podrían tramar los cautivos de compartir un idioma común.

INCIPIT 883. FLORES EN LAS GRIETAS / RICHARD FORD

QUÉ ESCRIBIMOS, POR QUÉ LO ESCRIBIMOS Y A QUIÉN LE IMPORTA
Probablemente, pronunciar conferencias no sea una ocupación demasiado apropiada para un novelista. Philip Larkin decía que un escritor que se planta ante un público es «un yo que hace como que soy yo”. Pero es una oportunidad que no dejamos escapar porque es mucho más fácil que escribir relatos. En las conferencias se acepta, y a veces incluso se aprecia, la labia que normalmente no se admite en la escritura. En el atril, uno se «ayuda» con la voz y la presencia física, mientras que en los relatos es necesario partir cada vez de cero. En una charla como ésta, es posible reunir las opiniones más dispares, los prejuicios y los deseos de venganza que rondan inútilmente por la cabeza y presentarlo todo como un <

Y finalmente, por supuesto, en una conferencia se cuenta con una expectativa que la escritura no ofrece; la de que si el contenido no es bueno, o es inexistente, será rápidamente olvidado y no nos dejará huellas molestas cuando salgamos volando hacia el cóctel.

ANA KARENIN

Ana Karenina, Tolstoi, p. 741
“Y criticar a Ana ... “, pensó después. «¿Y por qué? ¿Soy yo mejor? Por lo menos, tengo un marido al cual amo ... No como quisiera Y?· pero le amo ... Mientras que Ana no amaba al suyo. ¿Qué culpa llene ella? Ella quiere vivir. Dios nos ha impreso este deseo en el alma. Es muy posible que yo hubiese hecho lo mismo. Hasta ahora no sé si hice bien o mal escuchándola en aquel trance terrible en que vino a mi casa, en Moscú. Entonces debí dejar a mi marido y empezar de nuevo mi vida. Podía amar y ser amada verdaderamente. ¿Es por ventura más honrado lo que hago ahora? No me inspira ningún respeto. Lo necesito», pensó, refiriéndose a su marido, «y lo soporto. ¿Es esto mejor? En aquel tiempo podía yo agradar aún; me quedaba belleza”. Daría Alejandrovna sintió ahora deseos de mirarse en el espejito que llevaba en su saco de viaje y fue a sacarlo. Pero viendo al cochero y al encargado en el pescante, pensó que alguno de ellos podía volver la cabeza y verla en aquella actitud y se sintió avergonzada de su propósito.
Daria Alejandrovna desistió de aquella idea, pero, aun sin mirarse en el espejo, pensaba que todavía no era tarde para un nuevo amor; y recordó a Sergio Ivanovich, que estaba particularmente amable con ella; y al amigo de Stiva, el bueno de Turovsin, que cuidó a su lado a los niños cuando éstos tuvieron la escarlatina y que estaba enamorado de ella; y también a un hombre, muy joven aún, el cual decía, como le contó su propio marido, que «ella era la guapa de todas las hermanas”. Y las aventuras más pasionales se presentaron a su imaginación.

«Ana obró bien y no seré yo quien la censure. Es feliz, hace fea otro hombre y no estará abatida como yo. Seguramente que, s1empre, estará fresca, espiritual y llena de interés por todo”, Darla Alejandrovna. Y una sonrisa de picardía fruncía sus sobre todo porque, al pensar en el idilio de Ana, imaginaba sí misma un idilio semejante con el hombre que forjaba su locamente enamorado de ella. También ella como lo revelaría a su marido. Y las imaginarias sorpresas y consiguiente turbación de Esteban Arkadievich le hicieron sonreír.

MUJERES RUSAS

Ana Kerenina, Tolstoi, p. 738-739
Cuando estaba en casa, ocupada constantemente en los quehaceres que le daban los niños, Daría Alejandrovna no tenía tiempo para pensar en ninguna otra cosa; pero ahora, durante las cuatro horas que duró esta parte del viaje, acudieron a su mente todos los recuerdos de su vida y los fue repasando en sus aspectos más diversos. Sus pensamientos -que a ella misma le parecían extraños- volaron también hacia los niños. La Princesa y Kitty (más confiaba en la última) le habían prometido cuidarles. Sin embargo, estaba preocupada por ellos. «Quizá”, temía, “Macha empezaría con sus travesuras. Acaso un caballo pisara a Gricha, o Lilly padeciese otra indigestión”. Luego pensó en el futuro. Primero, en el inmediato. «En Moscú, para este invierno, habría que mudarse de piso. Habremos de cambiar los muebles del salón, y hacer un abrigo a la hija mayor”. Después, el porvenir de sus hijos: «Las niñas, menos mal, no ofrecen tantas complicaciones; pero ¡los niños!”. Y se dijo: «Está bien que me ocupe de Gricha ahora porque estoy más libre y no he de tener ningún hijo. Con Stiva, naturalmente, no hay que contar. Siguiendo así y con ayuda de la buena gente, sacaré adelante a mis hijos. Pero si vuelvo a estar embarazada ...”. Y Dolly reflexionó que era muy injusto considerar los dolores del parto como señal de la maldición que pesa sobre la mujer. «¡Es tan poca cosa en comparación con lo que cuesta el criarlos!”, se dijo, recordando la última prueba por la que había pasado en este aspecto y la muerte de su último niño. Y le vino a la memoria la conversación que, a propósito de esto, había tenido con la nuera de la casa donde habían cambiado los caballos. Aquélla, a la pregunta de Dolly de si tenía niños, contestó alegremente:
-Tuve una niña, pero Dios se me la llevó. Esta cuaresma la enterré.
-¿Y lo sientes mucho? -preguntó, también, Daria Alejandrovna.
-¿Por qué lo he de sentir? -contestó la joven-. El viejo tiene muchos nietos aun sin ella. Y me daba mucho trabajo. No podía atender a otros quehaceres más importantes ... No podía trabajar ni hacer nada más que ocuparme de ella ... Era un fastidio.

A Daría Alejandrovna esta contestación le había parecido repugnante en labios de aquella simpática muchacha, cuyo rostro expresaba bondad; pero ahora, al recordar involuntariamente aquellas palabras, se dijo que, a pesar del cinismo que había en ellas, no dejaban de tener un fondo de verdad. Pensaba entonces Daría Alejandrovna en sus embarazos: en el mareo, la pesadez de cabeza, la indiferencia hacia todo y, principalmente, en la deformación, en su fealdad. 

UN HOMBRE RUSO

Ana Karenina, Tolstoi, p. 406-407 
Sviajsky era uno de esos hombres, incomprensibles para Levin, cuyos pensamientos, eslabonados y nunca independientes siguen un camino fijo y cuya vida, definida y firme en su dirección, sigue un camino completamente distinto y hasta opuesto al de sus ideas.
Sviajsky era muy liberal. Despreciaba a la nobleza y consideraba que la mayoría de los nobles eran, in petto, partidarios de la servidumbre y que sólo por cobardía no lo declaraban. Creía a Rusi un país perdido, una segunda Turquía, y al Gobierno lo tenía tan malo que ni siquiera llegaba a criticar sus actos en serio le impedía, por otra parte, ser un modelo de representante nobleza ni cubrirse, siempre en sus viajes, con la gorra de viescarapela y el galón rojo distintivos de la institución.
Creía que sólo era posible vivir bien en el extranjero, adonde se iba siempre que tenía ocasión y, a la vez, dirigía en Rusia una propiedad por procedimientos muy complejos y  perfeccionados, siguiendo con extraordinario interés todo lo que se hacía en su país.
Opinaba que el aldeano ruso, por su desarrollo mental, pertenecía a un estadio intermedio entre el mono y el hombre y, sin embargo, en las elecciones para el zemstvo estrechaba con gusto la mano de los aldeanos y escuchaba sus opiniones. No creía en Dios ni en el diablo, pero le preocupaba mucho la cuestión de mejorar la suerte del clero. Y era partidario de la reducción de las parroquias sin dejar de procurar que su pueblo conservase su iglesia.

En el aspecto feminista, estaba aliado de los más avanzados defensores de la completa libertad de la mujer, y sobre todo de su derecho al trabajo; pero vivía con su esposa de tal modo que todos admiraban la vida familiar de aquella pareja sin hijos en la que él se había arreglado para que su mujer no hiciera ni pudiese hacer nada, fuera de la ocupación, común a ella y a su marido, de pasar el tiempo lo mejor posible. 

LA ESPOSA Y LA OTRA

4321, Paul Auster, p. 686-687
Después de tantos años de silencio mientras su marido contaba sus interminables chistes e historias de nunca acabar, era como si finalmente reivindicara su derecho a hablar por sí misma, y lo que dijo aquella tarde dejó estupefacto a Ferguson, no sólo porque las palabras eran de por sí pasmosas sino porque era increíble ver lo mal que la había juzgado durante toda la vida.
Lo primero que asombraba era que no guardaba rencor a Didi Bryant, a quien describió como una guapa chica deshecha en lágrimas. Y qué valiente fue, afirmó su abuela, por no haber salido corriendo y esfumarse en la oscuridad de la noche, como habría hecho la mayoría de la gente en su situación, pero esa chica era diferente, se había quedado en el vestíbulo del hospital hasta que apareció LA ESPOSA y no se avergonzó de hablar de sus relaciones con Benjy ni de lo encariñada que estaba con él ni de lo triste, lo triste que era lo que había pasado. En lugar de culpar a Didi de la muerte de Benjy, la abuela de Ferguson la compadecía y afirmaba que era buena persona, y en un momento dado, cuando Didi se vino abajo y rompió a sollozar (segundo asombro), su abuela le dijo: No llores, cariño. Estoy segura de que le hiciste feliz, y mi Benjy era un hombre que necesitaba ser feliz.

Había algo heroico en esa respuesta, pensó Ferguson, una profunda comprensión humana que dio la vuelta a todo lo que alguna vez había pensado de su abuela hasta aquel momento, y  entonces se volvió ligeramente en la silla y miró de frente a su madre, sus ojos con lágrimas por primera vez aquel día, y un poco después su abuela empezó a hablar de cosas de las que nadie de su generación hablaba nunca, afirmando categóricamente que había fallado a su marido, que había sido una mala esposa para él porque la parte física   el matrimonio nunca le había interesado, el acto sexual le resultaba doloroso y desagradable, y que cuando nacieron las chicas había dicho a Benjy que no podía hacerlo más, o sólo alguna que otra vez, como un favor, y qué se podía esperar, preguntó a la madre de Ferguson, claro que Benjy iba detrás de otras mujeres, era un hombre de grandes apetitos, ¿y cómo iba a reprochárselo cuando ella lo había defraudado y se había comportado de forma tan deprimente en la cama? En todos los demás sentidos ella lo había querido, durante cuarenta y siete años había sido el único hombre de su vida, y créeme, Rose, ni por un momento he tenido nunca la impresión de que él no me quisiera a su vez.

LOS VIAJES DE MULLIGAN

4 3 2 1 de Paul Auster, p. 662
Los primeros doce viajes habían llevado a Mulligan a países que vivian en permanente estado de guerra, países de rígida severidad que castigaban a sus ciudadanos por tener pensamientos impuros, países cuya cultura se centraba en la satisfacción del placer sexual, países cuyos pueblos apenas pensaban en nada aparte de en comer, países gobernados por mujeres en donde los hombres servían de lacayos mal pagados, países dedicados a la creación artística y musical, países regidos por leyes racistas semejantes a las de los nazis y otros en que la gente aún no distinguía entre diferentes colores de piel, países en que comerciantes y hombres de negocios engañaban al público como principio de deber cívico, países organizados en torno a perpetuas competiciones deportivas, países acosados por terremotos, volcanes en erupción y constante mal tiempo, países tropicales en los que la gente iba desnuda, países glaciales en los que la gente tenía obsesión por las pieles, países primitivos y técnicamente avanzados, países que parecían anclados en el pasado y otros que vivían en el presente o en un futuro lejano. Ferguson había elaborado un mapa aproximado de los veinticuatro viajes antes de empezar el proyecto, pero descubrió que el mejor modo de iniciar un nuevo capítulo era escribir a ciegas, poner en el papel todo lo que le bullía en la cabeza mientras iba disparado de frase en frase, para luego, al acabar el desenfrenado primer borrador, volver atrás e ir arreglándolo poco a poco, normalmente corrigiendo cinco o seis borradores antes de lograr la debida y definitiva forma, la misteriosa combinación de ligereza y densidad que buscaba, el tono entre serio y cómico necesario para que tan extravagante narración saliera adelante, la verosímil inverosimilitud de lo que él denominaba un absurdo en movimiento. Consideraba su pequeño libro como un experimento, un ejercicio que le permitiría sacar músculos escriturales, y cuando terminara de escribir el último capítulo pensaba quemar el manuscrito o, si no quemarlo, enterrarlo en un lugar donde nadie pudiera encontrarlo.
Aquella noche, en la habitación de huéspedes de su abuelo, que una vez fue el cuarto que su madre compartía con su hermana Mildred, rebosante de la sensación de libertad que le había dado el libro de Cage, resuelto y jubiloso, deleitándose con la idea de que el largo mes de silencio hubiera tocado a su fin, escribió los capítulos primero y segundo de lo que sin duda sería su obra más descabellada hasta el momento.
LOS DRUNOS

La mayor felicidad de los drunos es quejarse de la situación de su país. Los habitantes de las montañas envidian a los que viven en los valles, y la gente de los valles ansía emigrar a las montañas. Los campesinos no están satisfechos con el rendimiento de las cosechas, los pescadores refunfuñan sobre las capturas diarias, pero ningún pescador ni campesino ha reconocido jamás su responsabilidad en el fracaso. 

HOMBRES Y MUJERES

4321 Paul Auster, p. 587
En la primavera de 1966 se creó en Columbia una sección del SDS (Estudiantes por una Sociedad Democrática), que por entonces ya era una organización nacional, y en su mayor parte los grupos de izquierdas de la universidad fueron votando por la fusión con el SDS o por disolverse y encuadrarse en la organización. Entre tales grupos se contaba el CSM (Comité para el Escarnio Social), que el año anterior se había manifestado por el College Walk enarbolando pancartas en blanco en una protesta general contra todo (espectáculo que a Ferguson le habría gustado mucho presenciar), el Movimiento Dos de Mayo, apoyado por el PLP (Partido Laborista Progresista), miembros de ese mismo partido (el ala dura, el PL maoísta), y el grupo al que Amy pertenecía desde primero, el ICV (Comité Independiente sobre Vietnam), que se había enfrentado con la policía el anterior mes de mayo cuando veinticinco de sus miembros irrumpieron en la ceremonia de entrega de premios del NROTC (Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de Reserva de la Marina) en la explanada de la Low Library. El lema del SDS era ¡Que decida la gente!, y Ferguson apoyaba la postura del grupo con el mismo entusiasmo que Amy (contra la guerra, contra el racismo, contra el imperialismo, contra la pobreza ... y por un mundo democrático en el que seguir sus indicaciones en las cuestiones físicas, prestar mucha atención a lo que le decía con los ojos, porque alguna que otra vez interpretaba mal las señales y hacía lo que no debía, como abrazarla y empezar a besarla cuando a ella no le apetecía, y aunque nunca lo rechazaba (cosa que sólo incrementaba su confusión), notaba que ella no ponía todo su empeño, que copular no era en lo que ella pensaba en aquel momento, a diferencia de él, que siempre lo tenía en la cabeza, sino que permitía que siguiera adelante y le hiciera el amor de todas formas porque no quería decepcionarlo, sometiéndose a sus deseos con una especie de participación pasiva, un acto sexual mecánico, que era peor que no hacer nada, y la primera vez que pasó, Ferguson se sintió tan avergonzado que juró que no volvería a suceder, pero volvió a ocurrir, dos o tres veces más en los meses siguientes, con lo que, finalmente, llegó a entender que hombres y mujeres no eran iguales, y si quería comportarse bien con su mujer tendría que prestarle aún mayor atención y aprender a pensar y sentir como ella, porque no le cabía la menor duda de que Amy sabía exactamente lo que él pensaba y sentía, cosa que explicaba por qué soportaba sus torpezas concupiscentes y sus estúpidos actos de ceguera amorosa.

AUSTER Y LORCA

4321 de Paul Auster, p. 559
Le asignaron una habitación en la décima planta de Carman Hall, la residencia más moderna del campus, pero en cuanto deshizo las maletas y colocó sus cosas, Ferguson se dirigió a Furnald Hall, una residencia contigua que estaba unos cuantos metros más arriba, y subió en ascensor a la sexta planta, donde permaneció unos instantes frente a la habitación 617, y luego bajó por las escaleras, caminó en dirección este por el sendero de ladrillos que corría a lo largo de la biblioteca Butler y se encaminó a una tercera residencia, el edificio John Jay Hall, donde subió en ascensor hasta la duodécima planta y se quedó unos momentos frente a la habitación 1231. Federico García Lorca había vivido en aquellas dos habitaciones durante los meses que pasó en Columbia en 1929 y 1930. La 617 de Furnald y la 1231 de John Jay eran los sitios en donde había escrito “Poemas de la soledad en la Universidad de Columbia”,” Vuelta a la ciudad”, “Oda a Walt Whitman” y la mayoría de los poemas recogidos en Poeta en Nueva York (Nueva York de cieno / Nueva York de alambres y  muerte) libro que acabó publicándose en 1940, cuatro años desde que Lorca fuese apaleado, asesinado y arrojado a una fosa por esbirros de Franco. Suelo sagrado.
(En la foto, Poeta en Nueva York)

PARIS

4 3 2 1 de Paul Auster, p. 610
Aquella tarde bajó para su sesión de estudio de los jueves Vivian llevando en la mano las páginas sin grapar de Cómo Laurel Hardy me salvaron la vida en vez de su ejemplar de Hamlet. tendría que esperar, decidió Ferguson. Hamlet, que no hizo más esperar, tendría que seguir esperando un poco más, porque que el libro había llegado a buen término, Ferguson estaba desesperado por que alguien lo leyera, ya que él mismo era incapaz de gar lo que había escrito y no tenía ni idea de si había producido libro de verdad o un falso libro, un jardín rebosante de rosas y violetas o un camión cargado de estiércol. Con Gil al otro lado del no, Vivian era la inevitable candidata, la preferida, y Ferguson que podía confiar en que leyera su obra con una actitud justa e parcial, porque ya había demostrado ser una excelente preceptora siempre diligente y preparada para sus dos clases particulares a semana e increíblemente aguda, con incontables cosas que decir sobre las obras que estudiaban juntos (lectura atenta, el método de explication de texte para determinados pasajes cruciales, tal como mostraba en el capítulo de la Mímesis de Auerbach sobre la de Ulises), pero también el entorno en que se inscribían las las condiciones sociales y políticas en la antigua Roma, por ejemplo, el exilio de Ovidio, el destierro de Dante y la revelación de que Agustín procedía del norte de Africa y por tanto era negro o moreno, una continua afluencia de manuales de referencia, libros de historia y estudios críticos sacados de la cercana Biblioteca Norteamericana y de la biblioteca del Instituto Británico de un poco allá, y a Ferguson lo impresionaba y divertía el hecho de que la sumamente mondaine y a menudo frívola madame Schreiber se reía en las fiestas, qué carcajadas soltaba con los chistes verdes fuese al mismo tiempo una erudita y consagrada intelectual, ciada summa cum laude por Swarthmore , doctora en Historia arte por la que ella denominaba la Sor Buena de París (tesis sobre Chardin: su primer acercamiento al tema que acabaría transformado en libro) y escritora de pluma clara y fluida (Ferguson había leído partes de su libro), y además de instruirle en la forma de leer y asimilar obras literarias de la lista de Gil, se tomaba la molestia de enseñarle a mirar y estudiar las obras de arte con visitas sabatinas el Musée de l'Art Moderne, el Jeu de Paume o la Galerie Maegth 

AMORES

4 3 2 1 de Paul Auster, p. 296
Esto fue lo que ocurrió. Primero: Todos los presentes estaban sentados o de pie en el salón, comiendo y bebiendo, manteniendo conversaciones cruzadas entre parejas y grupos. Ferguson vio a Jim de pie en un rincón junto a la ventana delantera hablando con su padre, se abrió paso hasta aquel rincón y le pregunto a Jim si podía hablar con él a solas. Jim dijo que sí y ambos recorrieron el pasillo Y pasaron a la habitación de Ferguson, donde, sin más preámbulos ni  previo aviso de ninguna especie, Ferguson lo rodeó con
los brazos Y le dijo que lo quería, que lo quería más que a nada, en el mundo, lo quería tanto que estaría dispuesto a dar la vida por él, y antes de que pudiera reaccionar, Ferguson, que ahora medía uno ochenta y dos, cubrió de numerosos besos el rostro de Jim, que tenía una estatura de un metro ochenta y cuatro. El bueno de Jim no se enfadó ni se escandalizó. Supuso que Ferguson estaba borracho o gravemente alterado, de modo que envolvió en sus brazos a su primo más joven, lo apretó en un largo y ferviente abrazo y dijo: Yo también te quiero,  Archie. Somos amigos para toda la vida. Segundo: Media hora después, todos los presentes seguían de pie o sentados en el salón, comiendo y bebiendo, manteniendo conversaciones cruzadas entre parejas y grupos. Ferguson vio a Amy de pie en un rincón junto a la ventana delantera hablando con su prima Ella, se abrió paso hasta allí y preguntó a Amy si podía hablar un momento con ella a solas. Amy dijo que sí y ambos recorrieron el pasillo y pasaron a la habitación de Ferguson, donde, sin más preámbulos m previo aviso de  ninguna especie, Ferguson echó los brazos en torno a Amy Y le dijo que la quería, que la quería más que a nada en el mundo, la quería tanto que estaría dispuesto a dar la vida por ella, y antes de que Amy pudiera reaccionar, Ferguson la besó en los labios, y Amy, que ya conocía la boca de Ferguson por los muchos besos que le había dado en los pasados días de su aventura pubescente, abrió la suya y dejó que Ferguson le lanzara la lengua en picado, y al poco Amy abrazó a su primo y ambos se desplomaron en la cama, donde metió la mano bajo la falda y empezó a subírsela entre las piernas enfundadas en medias mientras Amy hurgaba en los pantalones de Ferguson y le cogía el pene endurecido, y cuando se hubieron satisfecho mutuamente Amy sonrió a Ferguson y dijo: Qué bien ha estado esto, Archie. Lo necesitábamos desde hacía mucho.

CARACTER Y DESTINO

Lo que no está escrito, Rafael Reig, p. 157
Le han colgado el teléfono. ¿Ha sido su hijo?
No quiere ni pensarlo: tiene que haber sido Carlos. Qué raro, cuando nadie contestaba, ella sabía que estaban allí; ahora que sabe que hay alguien, porque ha colgado, le entra miedo a que la hayan dejado sola, a que se hayan ido todos de puntillas mientras ella tenía los ojos cerrados. Quizá Carlos haya decidido llevarse al chico a otra ciudad, quitarle a su hijo, igual que ella y Natalia, la abogada, se lo quitaron a él. También piensa que haya podido pasar algo, una desgracia.
Dicen que el carácter es el destino. Eso será para los que lo tienen, porque para Carmen, que había tenido que sufrir el carácter de Carlos, sólo era una pesadilla interminable: el carácter era la infancia, lo que ha quedado intacto del niño, sus caprichos, su cabezonería, el recurso a la rabieta. Encerrado en la resina de la resignación adulta, permanece ese niño fósil, el pequeño déspota, un insecto con el caparazón tan rígido que le impide cambiar de dirección o de costumbres, y también volver a ponerse por sí mismo boca abajo: se agita, patalea y exige ayuda a gritos.

O quizá el destino fuera el retorno a la infancia. Volvíamos a no tener dentadura, a balbucear, a dormir con pañales y a ser felices con sólo sentir calor, con ser abrazados, con hacernos caca encima, tan a gusto, y que nos limpien con una esponja. Y a ser mezquinos también volvíamos, a esconder magdalenas bajo llave, a ser intransigentes, a exagerar cualquier dolor; y volvíamos a sentir miedo, el mismo miedo a la oscuridad, a nuestro cuerpo, a que nos hayan dejado solos.

MATRIMONIO

Lo que no está escrito, Rafael Reig, p. 61
El matrimonio es un espejo, siempre le descubre a uno algo de sí mismo que habría preferido no saber. Al vivir con alguien, como al escribir, uno se delata. La historia que contamos también nos cuenta a nosotros nuestra propia historia, lo que no queríamos saber de nosotros mismos.
Los matrimonios no se rompen cuando uno conoce  la verdad del otro y descubre que no es como esperaba; se deshacen cuando uno se conoce por fin a sí mismo y se encuentra con lo que en secreto temía que apareciera.
Para Carmen y Carlos todo sucedió muy deprisa. Entre el encuentro en el autobús y el primer beso en el Hispano pasaron tres días; entre aquel beso con los ojos cerrados y el primer polvo en el chalet de los padres de Carmen, en Alpedrete, una semana; entre aquel polvo y el matrimonio en la calle Pradillo, cuatro meses.
Del autobús al Hispano les llevó la llamada de Carlos; del Hispano a la cama, la curiosidad impaciente; de la cama al juzgado, cierta idea de sí mismos que les separaba de todos los demás y de sus propias vidas, tan incómodas como la ropa de otro.

Carlos tenía entonces treinta años y su padre había muerto cuando él era niño. Dicen que todos los hijos de viuda se parecen, sienten el mismo miedo a la pobreza y esa confianza en su propio esfuerzo que les hace creer que no le deben nada a nadie y les castiga con una rigidez de carácter insoportable para los demás.

REDIOS

4321 de Paul Auster, p. 271
Eso tampoco importa. Una de dos: o bien coges la principal o la secundaria, y cada una tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Digamos que eliges la carretera principal y llegas a tiempo a la cita. Ya no pensarás si has elegido bien, ¿verdad? Y si vas por la carretera secundaria y llegas a tiempo, una vez más, ningún problema, y nunca volverás a pensar en ello durante el resto de tu vida. Pero ahora es cuando la cosa se pone interesante. Coges la carretera principal, hay un choque múltiple de tres vehículos, el tráfico queda colapsado durante más de una hora, y mientras estás sentado en el coche lo único en que piensas es en la carretera secundaria y en por qué no has ido por ese camino. Te maldecirás a ti mismo por no haber elegido bien y, sin embargo, ¿cómo ibas a saber que no era la elección acertada? ¿Acaso puedes ver la carretera secundaria? ¿Saber lo que está pasando allí? ¿Te ha dicho alguien que una enorme secuoya se ha caído en medio de esa carretera y ha aplastado un coche que pasaba, matando al conductor y parando el tráfico durante tres horas y media? ¿Ha consultado alguien el reloj y te ha dicho que si hubieras ido por la carretera secundaria el coche aplastado sería el tuyo y el muerto serías tú? O de otro modo: no se ha caído ningún árbol y coger la carretera principal ha sido la elección errónea. O si no: coges la carretera secundaria y el árbol se cae sobre el conductor que va justo delante de ti, y mientras estás sentado en el coche deseando haber ido por la carretera principal, no sabes nada de la colisión en cadena de los tres vehículos que de todas formas te habría hecho llegar tarde a la cita. O incluso: no se ha producido ningún accidente múltiple y coger la carretera secundaria ha sido la mala elección.
¿Qué sentido tiene todo eso, Archie?
Te estoy diciendo que nunca sabes si has elegido bien o mal. Para saberlo, tendrías que conocer todos los hechos de antemano, y la única forma de conocer todos los hechos de antemano es estar en dos sitios a la vez, cosa que es imposible.
¿Y?

Y por eso es por lo que la gente cree en Dios.

DE DIOS

4 3 2 1 de Paul Auaster, p. 269
De manera que allí estaban, en julio de 1961, a punto de emprender viaje rumbo a Camp Paradise al principio de aquel verano  crucial cuando todas las noticias del mundo exterior parecían malas: el muro alzándose en Berlín, Ernest Hemingway volándose la tapa de los sesos en las montañas de Idaho, turbas de racistas blancos atacando a los Pasajeros de la Libertad que recorrían el Sur en autobuses. Amenaza, desaliento y odio, prueba evidente de que el universo no lo regían hombres racionales, y mientras Ferguson se adaptaba al agradable y conocido ajetreo de la vida en el campamento, regateando pelotas de baloncesto y robando bases mañana y tarde, oyendo la cháchara y las chorradas de sus compañeros de cabaña, disfrutando de la ocasión de estar de nuevo con Noah, lo que por encima de todo significaba mantener con él una conversación incesante durante dos meses, bailando al anochecer con las chicas de Nueva York que tanto le gustaban, la animada y pechugona Carol Thalberg, la delgada y pensativa Ann Brodsky y en su caso Denise Levinson, llena de acné pero muy atractiva y de acuerdo con él para perderse la “reunión social” de después de cenar y realizar en cambio intensos ejercicios de lengua en boca en el prado de atrás, tantas cosas buenas que agradecer, y sín embargo ahora que tenía catorce años y la cabeza rebosante de pensamientos que no se le habían ocurrido ni siquiera seis meses antes, Ferguson estaba siempre buscándose a sí mismo en relación con personas desconocidas y distantes, preguntándose, por ejemplo, si no habría besado a Denise en el preciso momento en que Hemingway se volaba la tapa de los sesos en Idaho o si, justo cuando bateaba una doble en el partido de Camp Paradise contra Camp Greylock el jueves pasado, un miembro del Klan de Mississippi no atizaba un puñetazo en la mandíbula a un Pasajero de la Libertad flacucho y de pelo corto  rocedente de Boston. Uno recibe un beso, otro un puñetazo, o, si no, alguien asiste al entierro de su madre a las once de la mañana del 10 de junio de 1857, y en el mismo momento, en la misma manzana de la misma ciudad, una mujer coge en brazos por primera vez a su hijo recién nacido, el dolor de una persona acaeciendo al mismo tiempo que la alegría de otra, y a menos de ser Dios, que debía estar en todas partes y ver lo que pasaba en todo momento, nadie podría saber que esos acontecimientos estaban ocurriendo a la vez, y mucho menos el hijo de luto y la madre feliz. ¿Era por eso por lo que el hombre había inventado a Dios?, se preguntaba Ferguson. ¿A fin de superar los límites de la percepción humana?

ADOLESCENCIA

4321 de Paul Auster, p. 260
Luego cumplieron catorce, primero Amy en diciembre y luego él en marzo, y de pronto Ferguson se encontró habitando un cuerpo nuevo que escapaba a su control, un cuerpo que producía jadeos y erecciones espontáneas, la temprana fase masturbatoria en la que en su cabeza no cabía ningún pensamiento que no tuviese un tinte erótico, el delirio de convertirse en hombre sin los privilegios de serlo, desconcierto, consternación, caos incesante en su interior, y ahora siempre que miraba a Amy su primer y único pensamiento era cuánto quería besarla, lo que quizá pudiera decirse también de ella por el modo en que lo miraba, según  observaba Ferguson. Al anochecer de un viernes de abril, cuando Gil y su madre salieron a cenar al centro con unos amigos, Amy y él se encontraron solos en el apartamento del séptimo piso discutiendo la expresión besos de primos, que Ferguson no acababa de entender, según    reconoció, porque invocaba la imagen de unos primos normales que se besaban educadamente en la mejilla, lo que chocaba un poco, en cierto modo, porque a esa clase de besos no se los podía calificar de besos, besos de verdad, y si eran normales, por qué se los iba a llamar besos de primos, momento en el cual Amy soltó una carcajada y dijo: No, bobo, esto es lo que significa besos de primos, y sin decir una palabra más se inclinó hacia Ferguson en el sofá, lo abrazó y le plantó un beso en los labios que pronto se convirtió en un beso que se deslizaba por el interior de su boca, y a partir de ese momento Ferguson decidió que, al fin y al cabo, no eran primos de verdad.

DE LA EXISTENCIA DE DIOS

4321 de Paul Auster, p.219-220
Dios había sido injusto con él, y ahora Dios se esforzaba en compensarlo tratándolo con divina clemencia y delicadeza. Si la voz ya no podía decirle lo que necesitaba saber, tal vez Dios podría comunicarse con él de otra forma, mediante alguna señal inaudible que demostrara que seguía escuchando sus pensamientos, y así se inició la última etapa de su prolongada indagación teológica, los meses de silenciosa oración en que suplicaba a Dios que se le manifestara o renunciase a Su derecho de llevar el nombre de Dios. Ferguson no pedía una grandiosa revelación bíblica, un trueno poderoso o la súbita partición de los mares, no, se contentaría con algo más modesto, un milagro infinitesimal del que sólo él fuese consciente: que el viento de pronto soplara lo bastante fuerte para hacer que un errante trozo de papel cruzara la calle antes de que el semáforo cambiara de color, que su reloj dejara de andar durante diez segundos para luego ponerse de nuevo en marcha, que una solitaria gota de lluvia cayera de un cielo sin nubes para depositarse en su dedo, que su madre pronunciara la palabra misterioso dentro de treinta segundos, que la radio se encendiera sola, que diecisiete personas pasaran frente a la ventana durante minuto y medio a partir de aquel mismo momento, que el petirrojo de Central Park sacara un gusano entre la hierba antes de que otro avión pasara por encima, que tres coches  tocaran el claxon al mismo tiempo, que el libro se le cayera de las manos abriéndose por la página 97, que el periódico de la mañana llevara una fecha errónea, que se encontrara una moneda de veinticinco centavos en la acera al bajar la vista a sus pies, que los Dodgers anotaran tres carreras al final de la novena y ganasen el partido, que el gato de su tía abuela Pearlle guiñara el ojo, que todos los presentes en la habitación bostezaran al mismo tiempo, que todos los presentes en la habitación soltaran una carcajada al mismo tiempo, que nadie en la habitación hiciera un solo ruido durante treinta y tres segundos y un tercio. Una por una, Ferguson deseaba que ocurrieran esas cosas, ésas y otras muchas, y cuando ninguna ocurrió a lo largo de seis meses de muda súplica, dejó de desear nada y apartó a Dios de sus pensamientos.

RECOMENDACIONES

4321 de Paul Auster, p. 205
“He leído tres libros desde que estoy aquí -escribía en la última carta, fechada el 9 de agosto- y creo que los tres son geniales. Dos de ellos me los envió mi tía Mildred, uno pequeño de Franz Kafka que se titula La metamorfosis y otro más extenso de). D. Salinger titulado El guardián entre el centeno. El otro me lo dio Gary, el marido de mi prima Francie: Cándido, de Voltaire. El de Kafka es con mucho el más raro y más difícil de leer, pero me ha encantado. ¡Un hombre se despierta una mañana y descubre que se ha convertido en un insecto enorme! Parece una historia de terror o ciencia ficción, pero no lo es. Trata sobre el alma humana. El guardián entre el centeno es sobre un chico de instituto que deambula por Nueva York. No ocurren muchas cosas, pero la forma de hablar de Holden (el protagonista) es muy realista y verdadera, y no puedes evitar que te caiga bien y pienses que ojalá fuera amigo tuyo. Cándido es un libro antiguo del siglo XVIII,  pero es disparatado y divertido, y me he reído a carcajadas casi en cada página. Gary la ha calificado de sátira política. ¡Yo digo que es fenomenal! Tienes que leerlo, y los otros también. Ahora que los he leído todos, lo que me choca es lo diferentes que son los tres. Todos están escritos con su propio estilo, y los tres son muy buenos, lo que significa que no hay una sola forma de escribir un buen libro. El año pasado, el señor Dempsey nos repetía que había dos formas, una buena y otra mala; ¿te acuerdas? Puede que así sea con las matemáticas y la ciencia, pero no con los libros. Cada uno los hace a su manera, y si tu forma de hacerlo es buena, podrás escribir un buen libro. Lo interesante es que no puedo decidir cuál de ellos me ha gustado más. Se supone que tendría que saberlo, pero no lo sé. Todos me han encantado. Lo que significa, supongo, que toda forma buena es válida.

PSIQUE

4321 de Paul Auster, p. 233
En griego, explicó su tía, psique significa dos cosas: Dos cosas diferentes pero muy interesantes.  Mariposa y alma. Pero si te paras a pensarlo detenidamente, la mariposa y el alma no son tan distintas después de todo, ¿verdad? La mariposa empieza siendo una oruga, una cosa fea, prosaica, como un gusano, y luego un día la oruga hace un capullo y después de cierto periodo de tiempo el capullo se abre y sale la mariposa, la criatura más bella del mundo. Eso también le pasa al alma, Archie. Lucha en las profundidades de la oscuridad y la ignorancia, sufre duras pruebas e infortunios y poco a poco se va purificando por el sufrimiento, fortaleciendo por las calamidades que le ocurren, y un día, si el alma en cuestión se lo merece, sale de su capullo y se remonta en el aire como una magnífica mariposa.

INCIPIT 880. LOS OJOS VENDADOS / SIRI HUSTVEDT

Aún hoy a veces creo verle en la calle, de pie junto a una ventana o inclinado sobre un libro en una cafetería. Y en ese instante, antes de caer en la cuenta de que se trata de otra persona, se me encoge el estómago y me quedo sin respiración.
Lo conocí hace ocho años. Yo acababa de graduarme en la Universidad de Columbia. Ese verano hacía mucho calor y me costaba mucho dormir por las noches. Me quedaba echada en mi apartamento de dos habitaciones en la calle Ciento nueve Oeste escuchando los ruidos de la ciudad. Me dedicaba a .leer, escribir y fumar hasta que se hacía de día, pero algunas noches en las que el calor me abatía hasta el punto de impedirme trabajar, contemplaba a mis vecinos desde la cama. Miraba a través de la ventana atrancada, por el estrecho extractor al apartamento enfrente del mío y veía a los dos hombres que vivían allí deambular de una habitación a otra, medio vestidos y sofocados de calor. Un día de julio, no mucho antes de conocer a Mr. Morning, uno de los hombres se acercó desnudo a la ventana. Había oscurecido y se quedó allí durante un buen rato con el cuerpo iluminado desde atrás por una lámpara amarilla. Me camuflé en la oscuridad de mi habitación y en ningún momento supo que estaba allí.

Esto sucedía dos meses después de que Stephen me dejara, y yo pensaba incesantemente en él

INCIÌT 879. LO QUE NO ESTA ESCRITO / RAFAEL REIG

Estaba esperando a que Carlos viniera a por el chico para irse al trabajo. Siete años después, las aguas habían vuelto a su cauce y Carmen ya ni recordaba cómo habían llegado tan lejos, hasta la demanda de divorcio, las medidas provisionales y la prohibición de que el padre viera a solas a su hijo. Se le había ido de las manos, se había dejado llevar por la abogada, pero había sabido rectificar. Al final, con el tiempo, habían reconstruido una relación nueva basada en lo único que tenían en común: para los dos lo más importante era el bienestar de Jorge. Carlos siempre sería el padre de su hijo. Puede que hubiera sido el peor de los maridos, pero ahora hasta ella misma reconocía que era un buen padre. No había más que ver a Jorge. Durante la última media hora había ido cuatro veces a hacer pis.
-¿Nervioso?
-¿Yo? Pero qué dices. Es que he bebido demasiado zumo.
Ese viernes no había instituto y su padre se lo llevaba los tres días de acampada, hasta el domingo por la tarde.
-¿De qué tienes miedo? ¿De los lobos?
-Muy graciosa. Es que me parto. Ja, ja y ja. En el Guadarrama no hay lobos, para que lo sepas.

-Siempre hay un lobo -dijo Carmen cuando sonó el telefonillo-. Ese es tu padre, ábrele la puerta.

INCIPIT 878. TODO CUANTO AME / SIRI HUSTVEDT

Ayer encontré las cartas de Violet a Bill. Su dueño las tenía escondidas entre las páginas de uno de sus libros, y al abrirlo cayeron al suelo. Hacía años que sabía de su existencia, pero ni él ni ella me habían hablado nunca de su contenido. Lo que sí me dijeron es que a los pocos minutos de leer la quinta y última carta, Bill cambió de opinión con respecto a su matrimonio con Lucille, salió del edificio de Greene Street y se dirigió directamente al apartamento de Violet en el East Village. Yo, mientras las sostenía en la mano, percibí en ellas ese misterioso peso que tienen las cosas que se han visto hechizadas por historias relatadas y vueltas a relatar una y otra vez. Mi vista ya no es tan buena como antes, por lo que tardé largo rato en leerlas, pero al fin conseguí descifrar hasta la última palabra, y cuando terminé con ellas supe que iba a comenzar a escribir este libro hoy mismo.

«Allí, tumbada en el suelo del estudio -decía Violet en la cuarta misiva-, me dediqué a observarte mientras me pintabas. Me fijé en tus brazos y en tus hombros, y especialmente en tus manos mientras trabajabas en el lienzo. Hubiera querido que te volvieras hacia mí y te aproximaras y me frotaras la piel igual que frotabas la pintura. Quería que me oprimieras la carne con el pulgar del mismo modo que hacías con el cuadro, y pensé que si no me tocabas me volvería loca, pero ni me volvi loca ni tú me tocaste una sola vez. Ni siquiera me estrechaste la mano.”

TOLSTOI

4 3 2 1, de Paul Auster, p. 39
Entre ellos Suave es la noche, La casa de la alegría, Moll Flanders, La feria de las vanidades, Cumbres borrascosas, Madame Bovary, La cartuja de Parma, Primer amor, Dublineses, Luz de agosto, David Copperfield, Middlemarch, Washington Square, La letra escarlata, Calle Mayor, Jane Eyre y muchos más, pero de todos los autores que descubrió durante su confinamiento fue Tolstói el que más le dijo, el colosal Tolstói, que entendía la vida toda, pensaba Rose, todo lo que había que saber sobre el corazón humano y la mente humana, con independencia de a quién perteneciera el corazón o la mente, a un hombre o a una mujer, y cómo era posible, se preguntaba, que un hombre supiera lo que Tolstói sabía de las mujeres, no tenía sentido que  un hombre pudiera ser todos los hombres y todas las mujeres, y por tanto caminó con paso firme a lo largo de casi todo lo que Tolstói había escrito, no sólo las grandes novelas como Guerra y paz, Ana Karénina y Resurrección, sino también las obras breves, las novelas cortas y los relatos, ninguno de ellos más impactante para ella que Felicidad conyugal, la historia en cien páginas de una joven recién casada y su gradual desilusión, una obra que le llegó a lo más hondo y la hizo llorar al final, y cuando Stanley volvió a casa por la noche se alarmó al verla en tal estado, porque a pesar de que había terminado de leerla a las tres de la tarde seguía teniendo los ojos húmedos de lágrimas.

ARTE MODERNO

Todo cuanto amé, Siri Hustvedt, p. 248
-Que Giles expone la glorificación de la violencia dentro de la cultura norteamericana -dijo Jillian-. Que efectúa una deconstrucción del horror de Hollywood, o algo así.
-Jillian y yo fuimos a ver la exposición -dijo Fred-. A mí me pareció bastante falsa y vacía de contenido. Pretende  escandalizar, pero en realidad no lo consigue. Resulta pueril cuando uno piensa en los artistas que verdaderamente transgredían los límites. Esa mujer que se sometió a cirugía plástica para modificar su rostro y parecerse a un Picasso o un Maneto un Modigliani. Siempre me olvido de su nombre. ¿Y recordáis cuando Tom Otterness le pegó un tiro a aquel perro?
-A aquel cachorro -dijo Violet.
A Lola se le demudó el semblante.
-¿Le pegó un tiro a un cachorrito?
-Está todo filmado -explicó Fred-. Se ve al animalito brincando de un lado a otro y, de repente, bang. -Hizo una pausa-. Aunque parece ser que tenía cáncer.
-¿Quieres decir que estaba enfermo y se iba a morir?
Nadie respondió a la pregunta de Lola.
-Chris Burden hizo que le dispararan en el brazo –apuntó Jillian.
-En el hombro -corrigió Bernie-. Fue en el hombro.
-En el brazo, en el hombro ... -sonrió Jillian-. Es la misma zona. Pero si quieres arte radical, ahí tienes a Schwarzkogler.
-¿Qué hizo? -preguntó Lo la.
-Bueno -intervine yo-, pues para empezar se cortó el pene en sentido longitudinal e hizo fotografiar la escena. Todo bastante sangriento y espeluznante.
-¿No hubo otro tipo que también hizo lo mismo? –preguntó Violet.
-Bob Flanagan -dijo Bernie-. Pero fue con clavos. Se clavó unos cuantos clavos en él.
Lola nos contemplaba, boquiabierta.
-Eso es enfermizo -dijo-. Eso es estar mentalnente enfermo. A mí no me parece que eso sea arte; eso no es más que locura.
Me volví para examinar sus facciones, con sus cejas perfectamente depiladas, su naricilla menuda y sus labios relucientes.

.-Si yo te cogiera y te expusiera en una galería, tú misma serías arte -le dije-. Y mejor que muchas otras cosas que he visto. Las definiciones establecidas ya han perdido su vigencia.
(En la foto Beuys)

ANOREXIA

Todo cuanto amé, Siri Hustvedt, p. 204
Violet insistía en que nuestros cuerpos están construidos de ideas tanto como de carne, y que no cabe culpar a las modas de la obsesión contemporánea con la delgadez, toda vez que no constituyen sino una de tantas formas de expresión de una cultura más amplia. En una época que ha conseguido asimilar la amenaza nuclear, la guerra biológica y el SIDA, el cuerpo perfecto representa nuestra armadura: una armadura acerada, reluciente e impenetrable. Violet reunía pruebas procedentes de vídeos de ejercicios físicos y de anuncios de programas y de máquinas en los que se empleaban términos tan reveladores como «glúteos de acero» y «abdominales a prueba de balas». Santa Catalina había desafiado la autoridad de la Iglesia al ayunar por amor a Jesucristo. Las muchachas de finales del siglo XX ayunan por amor a sí mismas y en contra de sus padres y de un mundo hostil y sin fronteras. En un mundo de abundancia, el cuerpo demacrado es testimonio de que su dueña se encuentra por encima de los deseos ordinarios, mientras que la obesidad denota la protección de un relleno capaz de proteger al cuerpo de cualquier ataque. Violet citaba a psicólogos, analistas y médicos, y rebatía la extendida opinión según la cual la anorexia en particular no es más que una tentativa errónea de alcanzar la autonomía por parte de adolescentes cuyos cuerpos son focos de rebelión contra aquello que no pueden manifestar. No obstante, las historias particulares no bastan para explicar una epidemia, y Violet exponía una persuasiva argumentación según la cual tras los trastornos de la alimentación subyacen diversas alteraciones en el comportamiento social entre las que se incluía la desaparición de los rituales de cortejo y de los códigos sexuales, lo que despojaba a las jóvenes de sus formas y las tornaba vulnerables; asimismo, desarrollaba su concepto de la «mezcla”, citando diversas investigaciones en torno a los “Vínculos” y también estudios acerca de niños pequeños de diversas edades para los que la comida se convierte en el elemento tangible de una batalla emocional.

ONAN

Todo cuanto amé, Siri Hustvedt, p. 156
Por medio de Matt recobré mis propios días de aprensión y secretismo. Recordé aquel cálido fluido que se derramaba sobre mis muslos y mi vientre y se enfriaba inmediatamente después del sueño, los rollos de papel higiénico que escondía bajo la cama para las sesiones vespertinas de masturbación, y mis viajes clandestinos al cuarto de baño para arrojar los pringosos amasijos por el retrete, siempre de puntillas y conteniendo la respiración, como si aquellas efusiones de mi propio cuerpo fueran objetos robados. El tiempo ha convertido mi joven cuerpo en una especie de chiste, pero en aquella época no tenía nada de gracioso. Recuerdo cómo acariciaba los tres cabellos que de la noche a la mañana me brotaron en el pubis y cómo examinaba mis axilas todas las mañanas en busca de presagios de nuevos brotes pilosos. Me estremecía de excitación para a continuación encerrarme en la dolorosa soledad que subyacía bajo mi piel aún tierna

LA CARTA NO ENVIADA

Todo está perdonado, Rafael Reig, p. 158
De todo esto el único culpable soy yo. Tú eres la misma de siempre, una mujer excepcional y digna de alguien mucho mejor que yo. Soy yo el que estoy cambiando y sigo buscando mi propio sentido.
A fmales de mes volveré a Madrid. Un día, cuando ya hayas asimilado todo esto, me gustaría verte. Como amigos. Con la amistad y el cariño sincero que sigo sintiendo por ti. Quizá entonces logremos entender los dos que esta ruptura, aunque sea muy dolorosa, es lo mejor que nos podía pasar. A los dos. Tú no te mereces a alguien como yo y yo no me siento a la altura de tu afecto. Mariví querida, espero que algún día me puedas perdonar. Hasta que llegue ese momento lo único que puedo hacer es pedir perdón. Perdón. Perdóname, es lo único que te pido.
Sé que esta carta es una despedida, pero me gustaría que con el tiempo la convirtiéramos en un «hasta pronto». Confio en que volveremos a encontrarnos en otra vuelta de la vida y entonces tú serás capaz de entenderme y de concederme tu perdón. Te envío un fuerte abrazo de amigo.
Perico
La leyó por última vez. La carta estaba escrita a máquina. Añadió de su puño y letra: «Espero que puedas perdonarme». La metió en un sobre de avión y puso la dirección a mano:
Srta. María Victoria Montovio von Kleitt Cl Gral. García Morato, 66 Madrid 10
Se metió el sobre en el bolsillo de la chaqueta y salió. De camino a casa de Jeena Juggs, al pasar por la esquina de Elm y la Once detuvo el coche y se acercó al buzón azul, levantó la tapa y dejó caer el sobre. Ya no había lugar para el arrepentimiento y, por eso mismo, se sintió aliviado, casi feliz. Le dio por pensar que echar una carta en un buzón era una de las pocas cosas irreversibles que uno podía hacer en esta vida. Casi todo lo demás, la Historia, la realidad, el universo entero, podía ser corregido, borrado, desfigurado. La muerte y el servicio postal, en cambio, eran una fatalidad de toda confianza. Eso pensaba Perico, aunque no contaba con la intervención de Cupido, que impidió que la carta llegara a su destino.
Cuando Perico aterrizó en Barajas, Mariví estaba esperándole con el resto de la familia.
-Cariño, llevo semanas sin recibir carta tuya -se quejó de inmediato.
-¿No te ha llegado ninguna? Te he escrito.
-Nada de nada.
-Se habrá perdido.
En ese momento Perico decidió rendirse o tal vez se dio cuenta de que tenía la oportunidad de corregir un error. Nunca mencionó la carta perdida y siguieron adelante con los planes de boda.

Perico y Mariví se casaron como quien salta al terreno de juego con la única ambición de empatar.

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