Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

ALTOS ESTUDIOS

Altos estudios eclesiásticos, Sánchez Ferlosio, p. 27
Y así, por todas partes se observan los efectos de semejante proceder: junto al enorme prestigio de la Ciencia -beaterio tan fideísta como incondicional- pueden reconocerse en la actitud de jóvenes y adultos hacia sus pompas y sus obras las huellas de una niñez manipulada y perpetuada, manifiestas en las más ñoñas y acientíficas tendencias infantiles -llamando así no a inclinación alguna que los niños definan por su presunta esencia, sino a la configurada por el triste papel que se les quiere a todo trance hacer representar. Pues ¿en qué otro capítulo habría de inscribirse el entusiasmo por las desmelenadas invenciones de la ciencia-ficción?, ¿qué son éstas sino una visionaria y agonística inversión del escéptico, lúcido, prudente -y no por eso exento de pasión- espíritu científico? La necia superchería de los platillos volantes -ampliamente acreditada con documentos fotográficos- es buen índice de la puerilidad interpretativa que domina en la colectividad, y pone de manifiesto hasta qué punto el persistente furor por escamotear la imagen de lo extraño acaba por hacer que, cuando se lo pretende imaginar, la fantasía ya no tenga más recurso para ello que el de un mero desplazamiento de lugar, que el de una simple trasposición antropomórfica; lo nuevo, lo posible, lo distinto, tan sólo le es concebible en otro sitio, al par que guarda el mismísimo rostro de lo dado. La falta de respeto y de sorpresa hacia lo nuevo, el afán por echarle anticipadamente la red de lo familiar y estatuido “alunizar”, la sordidez, la sesuda tristeza burocrática ante el cosmos, por parte de la técnica oficial -con ese ambiente paleto y jactancioso al mismo tiempo, como de chiste de marcianos, en que se circunscribe-, descorazonan de todos los portentos. ¿Qué ilusión nos podría quedar por ellos y por las novedades que pueden ser capaces de alcanzar, si al propio tiempo vemos que previsoramente ya se está elaborando para ellos un “derecho espacial”? Por lo demás, esta actitud tampoco es nada nuevo: también América, sin haber sido descubierta, salió de las Capitulaciones de Santa Fe ya empaquetada, inventariada, amojonada e inscrita en el catastro de doña Isabel; y, por cierto, también aquella vez el triste allanamiento tomaba su ocasión de una mezquina rivalidad entre dos estados, que eran, en aquel caso, Castilla y Portugal.

ALTOS ESTUDIOS ECLESIASTICOS

La forja de un plumífero, Ferlosio
Tras escribir El  Jarama -entre octubre de 1954 y marzo de 1955-, agarré la Teoría del lenguaje, de Karl Bühler, y me sumergí en la gramática y en la anfetamina. Cuando un clérigo da lugar a algún escándalo, la discretísima Iglesia católica, experta en tales trances, lo retira rápidamente de la circulación, y al que pregunta por él, tras haber advertido su ausencia, se le contesta indefectiblemente: «Oh, el padre Ramoneda se ha recogido para dedicarse a altos estudios eclesiásticos»; a mí no me hizo falta ningún obispo que me retirase, sino que me bastó con el inmenso genio de Karl Bühler y la irresistible sugestión teórica y expositiva de su obra -y quizá algo de horror o repugnancia por el grotesco papelón del literato que, tras el éxito de El Jarama, se cernía como un cuervo sobre mi cabeza- para retirarme de la circulación y consagrarme a “altos (o bajos) estudios gramaticales” durante quince años.

INCIPIT 949. ELEGIA / PHILIP ROTH

Alrededor de la tumba, en el ruinoso cementerio, estaban algunos de sus antiguos colegas publicitarios de Nueva York, que recordaron su energía y su originalidad y le dijeron a su hija, Nancy, que trabajar con él había sido un gran placer. Varios de los presentes habían viajado desde Starfish Beach, el complejo residencial para jubilados en la costa de Jersey donde él había vivido desde la festividad de Acción de Gracias de 2001; eran los ancianos a los que recientemente había dado clases de pintura. Y estaban sus dos hijos, Randy y Lonny, hombres de mediana edad nacidos de su turbulento primer matrimonio que, muy apegados a su madre, poco sabían de él que fuese digno de elogio y mucho de espantoso, y que habían acudido tan solo por sentido del deber. Su hermano mayor, Howie, y su cuñada habían viajado en avión desde Calífornia la noche anterior, y también estaba presente una de sus tres ex esposas, la de en medio, la madre de Nancy, Phoebe, una mujer alta, muy delgada y canosa, cuyo brazo derecho le pendía flácido al costado. Cuando Nancy le preguntó si quería decir algo, Phoebe sacudió tímidamente la cabeza, pero de todos modos habló en voz queda, con cierta dificultad.

-Cuesta tanto de creer ... Sigo pensando en él nadando en la bahía ... eso es todo. Sigo viéndolo cruzando a nado la bahía.

INCIPIT 948. EL ULTIMO SAMURAI / HELEN DEWITT

El padre de mi padre era un pastor metodista. Era un hombre alto, apuesto y de noble aspecto; tenía una voz hermosa y grave. Mi padre era un ferviente ateo y admirador de Clarence Darrow. Se saltaba cursos igual que otros chicos se saltan las clases, daba conferencias a los feligreses de mi abuelo sobre el carbono 14 y el origen de las especies, y consiguió una beca para Harvard a la edad de 15 años.
Le llevó la carta de Harvard a su padre.
Algo asomó a los hermosos ojos de mi abuelo. Algo habló con su hermosa voz y dijo:
Es justo darle una oportunidad a la otra parte.
¿Qué quieres decir?, preguntó mi padre.
Lo que quería decir era que mi padre no debía rechazar a Dios por el laicismo solo porque ganaba discusiones a personas iletradas. Debía estudiar teología y darle una oportunidad a la otra parte; si al final seguía teniendo la misma opinión, con 19 años seguiría teniendo una edad perfecta para ir a otra universidad.
Mi padre, corno ateo y darvinista, tenía un sentido del honor muy delicado y no pudo rechazar aquella petición. Presentó solicitud de ingreso en varios seminarios y todos menos tres lo rechazaron de entrada por ser demasiado joven. Los otros tres lo citaron para una entrevista.
El primero era un seminario de gran prestigio y a mi padre lo entrevistó el director debido a su juventud.
Es usted muy joven, le dijo aquel hombre. ¿Es posible que quiera ser pastor porque lo es su padre?

Mi padre contestó que no quería ser pastor, sino darle una oportunidad a la otra parte, y le habló del carbono 14. El sacerdocio es una vocación, dijo aquel hombre, y los estudios que ofrecernos están destinados a personas que sienten esa vocación.

MELVILLE

Un andar solitario entre la gente, Muñoz Molina, p. 307
I Am Full with a Thousand Souls. Hay una invisibilidad en Herman Melville, un no encontrarse o no reconocerse en otros transeúntes que sin duda se cruzarían con él por la ciudad, en los ámbitos restringidos de las reuniones literarias, las librerías, los cafés. Tuvo que cruzarse con Walt Whitman, que era su exacto contemporáneo. Cuando Melville publicó su primer libro, Whitman escribió una reseña favorable en un periódico de Brooklyn. Melville leía a Poe, y los dos frecuentaban la misma librería en Nueva York, y tenían amistad con el librero. Pero no llegaron a encontrarse, o si se vieron o se cruzaban por la calle con la familiaridad de los desconocidos habituales, no puede saberse. Melville andaba rápido y a grandes zancadas. Decía que Broadway era un Mississippi a través de Manhattan. En Londres, en 1850, Melville pasaba los días explorando callejones y patios, cafés, librerías, teatros, calles dudosas en las que no se habría internado si no viajara solo, con mujeres en las esquinas, ofreciéndose, bajo las farolas de gas. De Quincey todavía estaba vivo. Es muy probable que Melville hubiera leído las Confesiones de De Quincey, y también «El hombre de la multitud» de Poe. Melville tomaba notas rápidas en su diario de viaje. En su imaginación ya estaría cobrando forma Moby-Dick, ya entrevería como un sueño o un recuerdo los primeros episodios, la primera noche de Ishmael en New Bedford. Uno de esos días de Londres se deja llevar por una multitud festiva que marcha desbordando la calle. En un momento dado descubre, cuando ya no puede hacerse a un lado ni volver sobre sus pasos, que toda esa comitiva se dírige a presenciar un ahorcamiento público. “La multitud brutal”, escribe con asco en su cuaderno. Hay otro testigo ese día, igual de asqueado, en otro punto de la misma multitud: Charles Dickens. Dickens y Melville, los dos entre ese gentío movedizo Y ávido de crueldad, tan cerca el uno del otro, sin saberlo. 

MAS FAMOSOS


Un andar solitario entre la gente, Muñoz Molina, p. 167
Compartimos Todos Tus Sueños. Una Divina Comedia sin terminar habría sido más humana, y mucho más interesante. Un montón de borradores y de hojas sueltas en un baúl, en el desván de una casa, en la casa donde murió Dante. El baúl con los manuscritos de Fernando Pessoa. Todas las carpetas que le confió Walter Benjamin al demente de Georges Bataille cuando estaba a punto de salir huyendo de París. ¡La gran suerte de que Proust no pudiera corregir por completo los últimos tomos de su novela! Los centenares de hojas escritas con letra ilegible caídas a los pies de la cama y revueltas con las mantas, las galeradas con añadiduras en los márgenes y papeles pegados, y la pobre Céleste Albaret haciendo lo que podía para que todo aquello no se desordenara por completo. Casi la misma suerte tuvo Pascal, o tuvimos nosotros, al morirse sin escribir ese tratado de teología para el que iba tomando apuntes aquí y allá. Imagine ese tratado macizo como un sepulcro en vez de los relámpagos y los garabatos de los Pensamientos. ¿Aguanta usted las novelas de Camus? ¿Y esos ensayos de filosofía pomposa? Pero abra los Carnets y no podrá dejar de leerlos. Lea esa novela que dejó sin terminar y que llevaba en una maleta en el coche en el que se mató. Deme lo inédito, lo póstumo, lo inacabado, lo malogrado, lo medio perdido. Deme Billy Budd escrita a mano y después guardada en un cajón del que Melville no la volvió a sacar nunca. Deme esas novelas monstruosas que escribió Henry Roth en su casa remolque aparcada en el desierto de Arizona para no publicarlas nunca. Cómo las iba a publicar si lo que contaba en ellas era que él y su hermana habían sido amantes. Y este individuo allí, sudando, delante de una mesa de camping, escribiendo a máquina, en el desierto, como un ermitaño con nevera portátil, en calzoncillos, como si hubiera sobrevivido a un apocalipsis nuclear.

EL ANGEL EXTERMINADOR

Un andar solitario entre la gente, Muñoz Molina, p. 219
El Misterio del Justiciero del Autobús Sacude México.
México busca a un Angel Exterminador. No tiene nombre, ni rostro, ni edad.
Pero todos saben lo que hizo. A las seis de la madrugada de/lunes, en un autobús de línea
desplegó las alas de la venganza y mató sin titubeos a cuatro asaltantes.
Fue una ejecución gélida, sorda, abismal. Desde la penumbra
de los asientos traseros aguardó a que los ladrones desvalijaran al pasaje
y cuando el robo ya estaba en los momentos finales se levantó y los liquidó uno por uno.
Luego devolvió los bienes robados a sus dueños y se perdió en la salvaje noche mexicana.
Ningún testigo lo ha delatado, ni siquiera el conductor del transporte. Todos se escudan
en la oscuridad para evitar su descripción. Hay quien aplaude abiertamente la matanza.
Los hechos ocurrieron entre las cinco y las seis de la mañana. De noche el autobús se dirigía
desde San Mateo a la Ciudad de México. Eran sesenta y dos kilómetros de buena carretera.
Cincuenta y tres pasajeros iban adormilados. En San Pedro Tutelpe subieron los asaltantes.
Cinco km después dio comienzo el atraco. El cabecilla apuntó con un arma al conductor.
Los otros empezaron a despojar al pasaje de dinero y joyas y tarjetas y teléfonos móviles.
Hubo insultos y golpes. Un hombre resistió y fue reducido a la fuerza. Con navajas los ladrones
iban guardando el botín en dos mochilas. A la altura del kilómetro 35 el vehículo
ya aminoraba la velocidad. El jefe de la banda  no había dejado de hablar por su teléfono.
Faltaba poco y los ladrones ya se acercaban a la puerta. Ése fue el momento que el hombre
sentado al fondo eligió para ponerse en pie. Sacó una pistola. Apuntó en silencio
y apretó cuatro veces seguidas el gatillo. Cada bala alcanzó a un asaltante.
El autobús seguía la marcha. El cabecilla fue el primero en caer. El tiro
le atravesó el omóplato izquierdo y le reventó la carótida. Murió en el suelo, desangrado.
Sus tres compañeros, heridos, aterrorizados, se agolpaban ante la puerta. Desde lo más profundo del pasillo el Exterminador se dirigía hacia ellos. El autobús se detuvo abruptamente.
La puerta se abrió. Rodó primero el cadáver del jefe. Luego saltaron los demás atracadores.
Intentaban huir pero la venganza no los dejó ir muy lejos. Al píe del autobús,
en plena fuga, fueron abatidos uno tras otro. Con la muerte en los ojos el Exterminador
tomó las mochilas empapadas de sangre y tras devolver lo robado a cada pasajero
pidió que no lo delataran. En pleno parque natural de la Marquesa
bajó y se perdió en la espesura. El enigma de su identidad agiganta las especulaciones
y las pistas son muy escasas. Se ha marchitado la esperanza de encontrarlo. Nadie sabe

dónde estará el Angel Exterminador. Su rastro se pierde en la noche de México.

FAMOSOS

Un andar solitario entre la gente. Muñoz Molina, p. 65
Cambia Ahora el Color de Tu Mirada. Por las calles de Trieste, James Joyce, flaco y miope, desastrado, formal, va de un lado a otro siempre con retraso para su próxima clase de inglés. Va tan rápido por Triste como Pessoa en esas fotos en las que pasa muy diligente junto al escaparate de la librería Bertrand. Quizás Pessoa va tan aprisa no porque tenga urgencia de llegar a ninguna parte sino tan solo porque quisiera eludir al fotógrafo callejero que se gana la vida retratando a la gente que pasa e intentando luego venderles las fotos. Hay un aire familiar en las fotos de Joyce y de Fernando Pessoa. Las gafas, el bigote, la pajarita digna y torcida, la cartera abultada de papeles y libros. Los dos caminan atareados y miopes, y con frecuencia muy bebidos, por ciudades portuarias que misteriosamente también guardan semejanza. En algunas arquitecturas oficiales de Lisboa hay una especie de tronada magnificencia austrohúngara. A lo que más se parece la Praça do Comércio de Lisboa es a la Piazza Uniti en Trieste, las dos monumentales y abiertas a un horizonte marítimo. Joyce y Pessoa son dos políglotas enamorados cada uno de una lengua que no es la suya. James Joyce y Walter Benjamín se cruzan por París en vísperas de la invasión alemana y el gran derrumbe de Europa, dos apátridas de condición insegura, los dos fugitivos. Los dos son muy miopes y es probable que si se ven no se reconozcan. En Trieste y en París, James Joyce sigue en realidad caminando imaginariamente por Dublín, quizás como Benjamín por Berlín. Ninguno de los dos volverá a su ciudad de origen. Virginia Woolf camina al mismo tiempo por Londres y por los senderos del campo inglés cerca de su casa y entre la racionalidad y el delirio imagina que habrá pronto una invasión alemana. Anda con unos austeros zapatos ingleses, despeinada en la lluvia, con un bastón que se clava delante de ella en los senderos embarrados. Camina cerca de un río y escucha el rumor del agua como una invitación.

PAYASOS ASESINOS

Un andar solitario entre la gente, Muñoz Molina, p. 24
Payasos Siniestros Aterrorizan Gran Bretaña. Un estudiante sembró el terror esta semana corriendo a través del campus de la Universidad Brunel en Londres disfrazado de payaso asesino y blandiendo una sierra eléctrica. Un payaso siniestro asustó a los vecinos de Leicestershire deambulando por un cementerio cercano a una escuela. Según una foto borrosa publicada en Facebook, el payaso llevaba un hacha en la mano. Dos payasos se acercaron en una furgoneta negra a dos chicas que iban camino de la escuela en Essex y les dijeron que las invitaban a una fiesta de cumpleaños. Por ese motivo las autoridades escolares del Clacton County prohibieron a los estudiantes ausentarse del recinto de las escuelas a la hora del almuerzo. La epidemia de los payasos siniestros parece haberse extendido a Inglaterra desde Estados Unidos, donde el novelista Stephen King advirtió en Twitter hace poco: «Ya va siendo hora de enfriar esta histeria de los payasos». Docenas de episodios semejantes se han registrado en los últimos días a lo largo y ancho de Gran Bretaña, afirma la policía. Un payaso saltó desde detrás de un seto en un parque. Otro abrió la puerta de un coche en un semáforo y se sentó junto al conductor, dándose luego a la fuga. Patrullas antipayasos se han puesto en marcha en algunas zonas. El profesor Mark Gríffiths, psicólogo en la Universidad de Birmingham, especializado en comportamientos adictivos, declaró que varios niños habían tenido que ausentarse de la escuela, traumatizados por la aparición de payasos amenazantes. La aparición súbita de payasos siniestros ha activado las alarmas también en Australia, donde un payaso armado con un hacha fue detenido por la policía el martes pasado en Victoria, al sudoeste del país, después de acosar a una mujer que iba en su coche. El domingo, la policía del Valle del Támesís declaró haber recibido catorce llamadas sobre apariciones de payasos asustando a la gente en un lapso de veinticuatro horas. El profesor Gríffiths asegura que la coulrofobia o miedo a los payasos y bufones es un síndrome bien conocido y documentado que puede causar reacciones de pánico, sudores y dificultad para respirar. 

INCIPIT 947. JERUSALEN / GONÇALO M. TAVARES

ERNST Y MYLIA
Ernst Spengler estaba solo en su buhardilla con la ventana ya abierta, listo para tirarse, cuando de pronto sonó el teléfono. U na vez, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, Ernst lo cogió.
Mylia vivía en la primera planta del número 77 de la calle Moltke. Sentada en una incómoda silla, pensaba en las palabras fundamentales de su vida. Dolor, pensó, dolor era una palabra esencial.
La habían operado una vez, y luego otra, cuatro veces la habían operado. Y ahora esto. Aquel ruido en el centro del cuerpo, en el meollo. Estar enfermo era una forma de ejercitar la resistencia al dolor o la voluntad de acercarse a un dios cualquiera. Mylia murmuró:
-La iglesia está cerrada de noche.

Cuatro de la mañana del dia 29 de mayo, y Mylia no logra dormir. El dolor constante procedente del estómago, o tal vez de más abajo, ¿de dónde viene exactamente este dolor tan  ancho, que no pertenece a un solo punto? Quizá de la parte inferior del estómago, del vientre. Lo cierto es que eran las cuatro de la mañana y aún no había descansado ni un minuto. ¿Cerrar los ojos cuando se teme morir?

INCIPIT 946. EL MONARCA DE LAS SOMBRAS / JAVIER CERCAS

Se llamaba Manuel Mena y murió a los diecinueve años en la batalla del Ebro. Fue el 21 de septiembre de 1938, hacia el final de la guerra civil, en un pueblo catalán llamado Bot. Era un franquista entusiasta, o por lo menos un entusiasta falangista, o por lo menos lo fue al principio de la guerra: en esa época se alistó en la 3.a Bandera de Falange de Cáceres, y al año siguiente, recién obtenido el grado de alférez provisional, lo destinaron al Primer Tabor de Tiradores de Ifni, una unidad de choque perteneciente al cuerpo de Regulares. Doce meses más tarde murió en combate, y durante años fue el héroe oficial de mi familia.

Era tío paterno de mi madre, que desde niño me ha contado innumerables veces su historia, o más bien su historia y su leyenda, de tal manera que antes de ser escritor yo pensaba que alguna vez tendría que escribir un libro sobre él. Lo descarté precisamente en cuanto me hice escritor; la razón es que sentía que Manuel Mena era la cifra exacta de la herencia más onerosa de mi familia, y que contar su historia no sólo equivalía a hacerme cargo de su pasado político sino también del pasado político de toda mi familia, que era el pasado que más me abochornaba; no quería hacerme cargo de eso, no veía ninguna necesidad de hacerlo, y mucho menos de airearlo en un libro: bastante tenía con aprender a vivir de ello.

IBAHERNANDO

El monarca de las sombras, Javier Cercas, p.29
Pero que las condiciones de servidumbre medieval apenas hubieran cambiado desde antiguo para los habitantes de Ibahernando no significa que no hubieran cambiado en absoluto o que no empezasen a cambiar, como minimo en parte y para algunos. Todavía a mediados de siglo XIX, un célebre diccionario geográfico redactado por un célebre liberal español acogía un retrato desconsolado del pueblo; según él, Ibahernando era un rincón inclemente adonde no llegaban ni la carretera ni el servicio postal y donde mil doscientas cinco almas se hacinaban en ciento ochenta y nueve casas lamentables, con una escuela primaria, una iglesia parroquial, una fuente pública y un Ayuntamiento tan pobre que no podía atender ni las urgencias más elementales de sus vecinos. Sólo unas décadas después de esa descripción, a finales del siglo XIX o principios del xx, el retrato del liberal español hubiera seguido siendo un aguafuerte de la España negra, pero quizá hubiera sido algo distinto. Por aquella época, justo antes del nacimiento de Manuel Mena, algunos campesinos emprendedores se animaron a arrendar las tierras de los aristócratas absentistas. El hecho supuso una alianza frágil y desigual entre aristócratas y campesinos o, para ser más precisos, entre algunos aristócratas y algunos campesinos; también supuso una pequeña mutación que tuvo varias consecuencias entrelazadas. La primera es que los campesinos emprendedores comenzaron a prosperar, primero gracias a los beneficios de la explotación de sus arrendamientos y más tarde gracias a los beneficios de la explotación de las pequeñas fincas que comenzaron a adquirir gracias a los beneficios de la explotación de sus arrendamientos. La segunda consecuencia es que esos campesinos con tierra se transformaron en capataces o delegados de los intereses de los aristócratas y empezaron a relegar sus propios intereses y a confundirlos con los de los aristócratas, algunos empezaron incluso a querer mirarse a distancia en el espejo inalcanzable de las costumbres y las formas de vida patricias y a pensar que, por lo menos en el pueblo, podían llegar a ser patricios. La tercera consecuencia es que los campesinos con tierra empezaron a dar trabajo a los campesinos sin tierra y los campesinos sin tierra a depender de los campesinos con tierra y a considerarlos como los ricos o los patricios del pueblo. La cuarta y última consecuencia -la más importante- es que el pueblo empezó a incubar una fantasía de desigualdad básica según la cual, mientras los campesinos sin tierra no habían dejado de ser pobres ni de ser siervos, los campesinos con tierra se habían convertido en ricos patricios, o se hallaban en camino de hacerlo.

Era una pura ficción. La realidad era que los campesinos sin tierra seguían siendo pobres aunque cada vez fueran menos, y que, aunque cada vez fueran más, los campesinos con tierra no eran ricos: simplemente algunos habían dejado de ser pobres, o como minimo estaban empezando a salir de su miseria de siglos; la realidad es que, creyeran todos lo que creyeran, los campesinos con tierra no eran patricios sino que seguían siendo siervos, pero los campesinos sin tierra podían convertirse o se estaban convirtiendo ya en siervos de siervos. En resumen: hasta entonces los intereses de los habitantes del pueblo habían sido en lo esencial idénticos, porque todos eran siervos y todos sabían que lo eran; a partir de entonces, sin embargo, empezó a instalarse el espejismo artificial de que en el pueblo había siervos y patricios, y los intereses de sus habitantes empezaron a divergir, artificialmente.

LO SUSTANCIAL ES LA ALEGRIA

Academia Zaratustra, Juan Bonilla, p. 63
“¿Es posible que todo eso se pueda hacer de una manera colectiva, renunciando a las salvaciones personales, participando en un proyecto común en el que se repartan las tareas y se logre identificar una conciencia unánime?» «Por supuesto que no, cada uno ha de internarse solo en ese desierto, porque esa es la única manera de que todos alcancen el mismo territorio de la libertad: si se crea una dependencia se invita a la irresponsabilidad, al cobarde procedimiento de poder culpar a otro de nuestra melancolía o nuestro fracaso.” «¿Y usted cree que Nietzsche encontró ese lugar en el manicomio de Basilea, o quizá antes en Turín, cuando se produce su derrumbe mental? ¿Cuál es la actualidad de Nietzsche?» «Este siglo ha sido devastado por un cáncer contra el que él luchó con mayor violencia y afán que cualquier otro hombre: las ideologías. Una ideología, cualquier ideología, no es más que un abaratamiento de un ideal, y un ideal, cualquier ideal, no es más que una sublimación de la realidad, o sea, que una ideología es un abaratamiento que pretende pontificar -es decir, hacer un puente- entre ideales y realidades: en ese camino lo que se pierde es la vida. El hecho de que Nietzsche acabara como acabó no significa que fuera destruido: más bien podríamos hablar de una inmolación. Su lección es evidente: no nos ofrece doctrinas ni respuestas positivas, no nos ofrece ninguna receta que pueda sosegarnos o ejercer un efecto placebo sobre nosotros, Pero nos invitó a sustituir el cadáver de Dios por la música que nos hiciera bailar, y nos dijo que nunca le diésemos crédito a las verdades que tratan de herimos o acortarnos la libertad, que no diésemos crédito a ninguna verdad que no nos procurase al menos una alegría. Lo sustancial es la alegría.»

ACADEMIA ZARATUSTRA

Academia Zaratustra, Juan Bonilla, p. 31
Pactamos diez minutos de entrevista. Para beberme la jarra de cerveza que me pusieron yo necesitaría al menos seis o siete horas, pero eso daba igual. Él se bebió la suya en los diez minutos y luego me pidió que no lo molestara más ni imprimiese su nombre en mi reportaje. La verdad es que aunque hubiera querido no lo hubiera podido hacer porque tomó la precaución de no decirme su nombre. Lo que me contó es más o menos esto: se metió en la Academia Zaratustra porque un amigo que se había doctorado con una tesis sobre Nietzsche le habló de ella, visitó la sede de la Academia, solicitó información, le fascinaron los propósitos allí expresados y pidió el ingreso; los camellos tienen tres asignaturas (la muerte de Dios, la estupidez de la moral del hombre, música), los leones dos (la voluntad de poder, los territorios del Superhombre), los niños una (creación de nuevos valores); hasta el momento lo más intenso que le bahía pasado sucedió la madrugada de un sábado, fueron a las afueras a escuchar música, tomaron éxtasis, vieron las estrellas, sintieron una grata comunión con el cosmos, una inalterable certeza de ser eternos, la imposibilidad de que no rigiera nuestro destino un dios que no supiese bailar, ya que Nietzsche afirmaba por boca de su Mesías que «Hablar mucho de uno mismo es una manera de ocultarse»; a los camellos les hacían hablar mucho de ellos mismos y se ridiculizaban unos a otros para limpiarse de orgullo banal; estudiaba, además de en la Academia, en la Facultad de Medicina -todos los alumnos de la Academia estudian otra cosa, filosofía sobre todo-; en su clase había diez alumnos, en la de los leones seis, cuatro en la de los niños; tenían clase lunes, miércoles y viernes, una falta no justificada significaba la expulsión.

NIETZSCHE

Academia Zaratustra, Juan Bonilla, p. 22
La lectura de los diarios clínicos redactados durante las estancias de Nietzsche en los manicomios de Basilea y Jena nos sobrecogen no solo como lo haría cualquier lectura parecida en la que de manera telegráfica se nos detallase por medio de anécdotas lamentables el proceso de descomposición de la cordura de cualquier persona, sino también como signo definitivo de la derrota sin paliativos, el desmoronamiento brutal de alguien que creyó haberle propuesto al mundo una salvación sin obtener a cambio otra cosa que su propia destrucción.

Leemos en los diarios clínicos de Nietzsche que se embadurnaba con sus propios excrementos, que se bebía su orina, que se creía emperador o aseguraba que él iba a gobernar el mundo o prometía a los demás pacientes del sanatorio que al día siguiente iba a proporcionarles una mañana de clima magnífico, y tratamos de relacionar a ese pobre enfermo con el hombre impetuoso que escribió «Solo amo lo que ha sido escrito con sangre», el que nos aleccionaba para que no admitiéramos nunca una verdad que no viniese acompañada por lo menos de una alegría (de una carcajada según otras traducciones), el que se confesaba incapaz de creer en ningún dios que no supiese bailar, el que decretó en fin la muerte de Dios y se esperanzaba con el advenimiento de una nueva criatura que fuera para el hombre lo que el hombre era para el mono.

BAÑO TURCO

Eclipse, John Banville, p. 64
Hay placeres mejor definidos, aunque no menos vergonzosos. Encontré un alijo de fotos obscenas arrojado en lo alto del guardarropa de una de las habitaciones, sin duda abandonado por algún viajante de comercio que se había alojado en la casa. Es un material antiguo, fotografías pintadas a mano de cuadros del siglo pasado, del tamaño de una postal, pero con mucho detalle, en colores crema, carmesí y rosa pétalo. Casi todas son escenas orientales: un grupo de neumáticas esposas de un harén en un baño turco toqueteándose entre sí; un moro con turbante haciéndoselo por detrás a una chica arrodillada; un libertino desnudo en un sofá complacido por su esclava negra. Las guardo bajo el colchón, de donde, con una excitación llena de culpa, las saco, agarro mis almohadones y con un suspiro ahogado me hundo en el interior de mis propios y vigorosos abrazos. Posteriormente siempre hay un pequeño y triste hueco dentro de mí, que parece ser equivalente en volumen a lo que he sacado, como si la expulsión hubiera creado un espacio que mi cuerpo no sabe cómo llenar. Sin embargo, no es ningún anticlímax. Hay ocasiones, raras y preciosas, en que, tras haber alcanzado esa huida salpicada de hipos, con las fotos extendidas ante mí y los ojos como platos, experimento un instante de desolado éxtasis que nada tiene que ver con lo que sucede en mi regazo, sino que parece una síntesis de toda la ternura e intensidad que la vida puede prometer. El otro día, en uno de esos momentos de inflamado gozo, mientras jadeaba, echado, con la barbilla sobre el pecho, oí débilmente, a través de la quietud de la tarde, el sonido remoto del coro de niños procedente del convento de enfrente, y era como si los serafines cantaran.

UN RECIEN NACIDO

John Banville, Eclipse, p. 52
Yo estuve presente en el parto. Sí, fui muy progre; me encantaba todo ese tipo de cosas; fue otra representación, desde luego, por dentro aquel sangriento espectáculo me horrorizaba. Cuando la criatura salió por fin, yo me hallaba en una especie de aturdimiento, y no sabía adónde mirar. Me pusieron a la criatura en brazos antes de haberla lavado. Qué ligera era, y, sin embargo, vaya peso. Un médico que llevaba unas botas de goma verdes y ensangrentadas habló conmigo, pero no entendí lo que me decía; las enfermeras eran enérgicas y altivas. Cuando me quitaron a Cass me pareció oír el chasquido de un cordón umbilical, del cual yo me había despojado poco a poco cortándolo .. La llevamos a casa en un cesto, como un objeto preciadísimo que hubiésemos comprado y nos muriésemos de ganas de desenvolver. Era invierno, y el aire tenía un matiz alpino. Recuerdo la pálida luz del sol en el aparcamiento  -Lydia parpadeaba como un preso al que· sacaran de las mazmorras- y la brisa fresca y aromática que bajaba de las altas colinas que había detrás del hospital, y que del bebé solo se veía una mancha de un vago color rosa por encima de una sábana de raso. Cuando llegamos a casa, no teníamos cuna para la niña, y tuvimos que colocarla en el cajón superior de la cómoda de nuestro dormitorio. Casi no podía dormir por- miedo a levantarme por la noche, y, olvidándome de que estaba allí, cerrar el cajón de un golpe. En el techo aparecían triángulos de luz acuosa formados por los faros de los coches que pasaban, que enseguida eran elegantemente doblados y desaparecían, como los abanicos de las señoras, en el cajón donde la niña dormía. Le pusimos un apodo, ¿cuál era? Erizo, creo; sí, ese era, a causa de los pequeños resoplidos que daba. Días hermosos, de apariencia inocente, tal como se dibujan en mi memoria, aunque siempre se formaban nubes en el horizonte.

INCIPIT 945. SIETE CUENTOS MORALES / JM COETZEE

El letrero colocado en la verja dice Chien méchant y el perro es méchant, sin la menor duda. Cada vez que ella pasa por allí, el perro se lanza contra la verja dando aullidos en su afán de atacarla y destrozarla. Es un perro grande y respetable, algún tipo de ovejero alemán o rottweiler (ella sabe muy poco de razas de perros). Pero siente el purísimo odio que parte de s Sus ojos amarillos.
Después, cuando deja atrás la casa del chien méchant, se pone a cavilar sobre ese odio. Sabe que no es algo personal: está dirigido contra cualquiera que se aproxime a la verja, cualquiera que camine por allí o pase en bicicleta. Sin embargo, ¿cuán profundo es ese odio?¿ Es como una corriente eléctrica, que se enciende cuando un objeto entra en el campo visual del perro y se apaga cuando el objeto desaparece al dar vuelta la esquina? ¿Los espasmos de odio siguen   convulsionando al animal cuando vuelve a estar solo o la furia amaina de golpe y él retoma a un estado de tranquilidad?

Pasa en bicicleta frente a la casa dos veces por día, todos los días hábiles; una vez cuando va al hospital donde trabaja y otra vez cuando termina su turno. 

INCIPIT 944. GLOSAS CASTELLANAS / RAFAEL SANCHEZ FERLOSIO

A Gonzalo Hidalgo Bayal,
jardinero de la lengua castellana,
que al cultivar un campo de amapolas blancas
hizo extinguirse las rojas amapolas,
para que al fin pudieran florecer
las amapolas rojas*
l. EL VERBO TRASPUNTE
§ 1. (Los verbos blancos). Si el oído es ballesta, dardo en palabra, maguer muchas augures, algunas marras. ¿O no es humano que Don Fernando a veces no dé en el blanco? Lo digo por el artículo “Buenas madrugadas”, de don Fernando Lázaro Carreter (El País, 7 de marzo de 1999), al que tengo que hacer algunas observaciones. La primera de ellas se refiere a su propia prosa, en la frase, de la que sólo transcribo el principio, porque ya hace sentido de frase completa: “Y hay la creciente legión de quienes trabajan a esas horas ...”>. Pues bien, componer “hay”> (o “había” o «hubo», etcétera) con el artículo determinado: “hay la creciente legión”, es un grave atentado contra uno de los dos verbos blancos que debería estimarse entre las mejores joyas de la lengua castellana: estas formas impersonales de “haben” y los usos blancos de “estar”  

* Mi amigo Gonzalo Hidalgo escribió una magnífica y conmovedora novela bajo el título de Campo de amapolas blancas.

CULTURA Y BARBARIE

Un final para Benjamin Walter, Alex Chico, p. 46
Tal vez lo verdaderamente importante esté en el lugar que se erige ahora, el pequeño dolmen que sobresale de la tierra, las piedras que se acumulan y que dejan constancia de otras visitas, o la placa de mármol en la que aparece un fragmento de su libro Tesis de filosofía de la  historia: “No hay ningún documento de la cultura que no lo sea también de la barbarie”.
Pienso en esa frase y me digo que sí, que es cierto, que no existe ningún documento, ningún archivo o registro, incluso ningún cementerio que no nos hable del despotismo y la barbarie. Por eso importa poco que bajo esas mismas piedras aún perduren los restos de Walter Benjamín. En el fondo, lo relevante es que exista un lugar que active nuestra memoria y nos haga recordar por qué alguien como él acabó allí su vida. Algo que me recuerda también a la tumba de Antonio Machado en Collioure. Ignoro si el estado alemán ha pedido la repatriación de los restos de Benjamín, siguiendo los pasos de algunos políticos españoles que aún se empeñan en recuperar los restos de Machado, como si esa recuperación solo consistiera en trasladar unos huesos de un sitio a otro y olvidatan por el camino los motivos que les condujeron a morir en un lugar que no era el suyo.
Encontrarme frente a la tumba de Benjamín era encontrarme también frente a otras tumbas. La de Machado en Collioure o la de Bertolt Brecht en el cementerio de Dorotheenstidlicher Friedhof de Berlín, en donde me entretuve  hace unos años buscando las tumbas de Hegel y Heinrich Mann. Pienso en Lourmarin y en su pequeño cementerio situado a las afueras del pueblo, al que se accede siguiendo un camino de tierra que pasa casi inadvertido desde la carretera. Alú sigue Albert Camus, aunque no sé por cuánto tiempo, porque en repetidas ocasiones han intentado trasladarlo al Panthéon, junto a otros escritores insignes de la república francesa. Posiblemente un pequeño pueblo de la comarca del Luberon, en la Provenza, hable más de él o lo explique mejor que una especie de circuito turístico que parece sepultar por segunda vez a un ser humano.

Por eso importa poco que la tumba de Walter Benjamín siga guardando sus restos. Lo que realmente debe llamar nuestra atención es esto: que ahí no solo reposa lo que queda de un hombre, sino la suma de restos y de personas que alguna vez huyeron de la barbarie.

BENJAMIN MUERTO

Un final para Benjamin Walter, Alex Chico, p. 147
Lo supe al estar delante de una imagen, expuesta entre otras reproducciones que colgaban de las paredes del Centro Cívico. Se trata de una fotografía que había visto muchas veces antes. Walter Benjamín está de perfil, lleva sus gafas y mira al frente. Tiene el rostro serio. Viste un traje negro, aunque se le escapa el cuello de su camisa blanca. Siempre había creído que era una ficha policial, una especie de fotografía que empleaba en su pasaporte. Me equivocaba. Era la imagen de un difunto. La barra que ascendía desde su espalda y se posaba en la sien estaba sosteniendo la cabeza de un muerto. No me había fijado hasta entonces. Había tenido esa imagen entre mis manos en muchas ocasiones, pero se me había escapado por completo. Necesité una pequeña sala de exposiciones para darme cuenta.
Aquella tarde, después de salir del Centro Cívico, decidí no volver a la pensión inmediatamente. Paseé un rato por el pueblo. Las calles estaban vacías y comenzaba a hacer  frío. Me senté en uno de los bancos del paseo marítimo, abrigándome como pude mientras el viento de Tramontana iba soplando cada vez con más fuerza. Todo estaba en calma. Vi algunas casas iluminadas, pero el trajín dentro de ellas era tan silencioso que parecían deshabitadas.

LA MUERTE DE WALTER BENJAMIN

Un final para Benjamin Walter, Alex Chico, p. 126
Hasta mediados de octubre, Adorno no tuvo conocimiento de lo sucedido. Scholem lo supo en noviembre, a través de Hannah Arendt. Nadie reclamó los restos de Benjamin, tampoco sus pertenencias, que supuestamente estaban a disposición de sus herederos. Ni rastro tampoco de la cartera con los manuscritos.
La muerte de Walter Benjamin dio inicio a un universo inagotable, el de las especulaciones, en el que cuesta trazar una separación entre el mito y la historia. Todo el mundo tenía su propia teoría, algo que se ha venido repitiendo hasta hoy. Recuerdo una conversación que mantuve con el dueño de un colmado, a pocos pasos del lugar que ocupaba el Hotel Francia. Había entrado varias veces a esa tienda, pero no me animé a hablar con él hasta mi quinta o sexta visita. Un hombre amable y servicial que estaba encantado de que alguien le preguntara por Benjamin o por cualquier otra cosa relacionada con Portbou. Él lo tenía claro: a Walter Benjamin lo mataron. Eso lo sabe todo el pueblo, añadió. Desconfiaba de la versión oficial, que siempre había apuntado al suicidio como causa de su muerte. Al parecer, me dijo, conocía a alguien que había vivido aquellos dias de septiembre de 1940. Se trataba de una fuente a la que otorgaba toda su credibilidad, porque había presenciado una conversación en el Hotel Terminus, uno de los alojamientos que existían por entonces en Portbou. Ese testigo anónimo había escuchado que Benjamin era un viajero incómodo al que había que sacarse de encima lo antes posible. N o hay razón para contradecir esa idea. Hay teorías que apuntan en esa dirección, preguntas que sobrevuelan el caso y cuestionan la versión que hemos aceptado durante todo este tiempo: ¿cómo podía Walter Benjamin conservar tanta lucidez después de haber ingerido tal cantidad de morfina? ¿No hubiera entrado antes en un estado de somnolencia? ¿Por qué, según algunas versiones, consumió sólo la mitad de las Eukodal, el derivado de morfina que llevaba consigo? ¿Cuál era la razón por la que el juez se apresuró a cerrar el caso tan rápido? ¿Qué ocurrió entre los médicos que debían ocuparse de la autopsia? ¿Por qué se le entierra en el cementerio católico y no en el cementerio laico, al lado de otros suicidas, proscritos, maquis o apóstatas?

En Portbou llegué a escuchar que Walter Benjamin se había ahorcado. Incluso aún guardo un artículo de Stuart Jeffries, publicado en The Observer el ocho de julio de 2003, en donde se recoge la controvertida tesis de Stephen Schwartz según la cual Walter Benjamin fue asesinado por agentes secretos estalinistas. El título de Jeffries es claro y contundente: “Did Stalin Killers liquidate Walter Benjamin?”.

LOS RESTOS DE BENJAMIN

Un final para Benjamin Walter, Alex Chico, p. 123
Lo último que escribió Walter Benjamin fue una carta. Se la entregó a Henry Gurland, con quien había atravesado la frontera poco antes. Gurland debía trasmitir su contenido a uno de  los amigos más cercanos de Benjamin, el filósofo alemán Theodor W Adorno. Sabemos lo que decía esa carta, pero no dónde está, porque no se conserva ninguna prueba de su existencia. Es esta: «En una situación sin salida no tengo más opción que ponerle fin. Será en un pequeño pueblo de los Pirineos en el que nadie me conoce donde mi vida se acabará». Antes había ingerido una gran dosis de morfina. Después de sufrir intensos dolores y de rechazar enérgicamente un lavado de estómago, Walter Benjamin murió hacia las diez de la noche del 26 de septiembre, aunque en otras versiones la hora de su defunción se situara al dia siguiente, de madrugada. Se le diagnostica “ataque de apoplejía” o “hemorragia cerebral”. Poco sabemos del médico que le atendió. O de los médicos que fueron a verle. Firmó el acta Ramón Vila Moreno. La señora Gurland pagó su sepultura por cinco años. En el verano de 1945, después del traslado de sus restos desde el nicho 563 a una fosa común, el rastro de Walter Benjamin se perdió por completo. Así se convertía, él también, en un ser anónimo.

De su paso por Portbou nos quedan unos pocos datos. Entre otros, un informe de la carpintería Mecánica, propiedad de Enrique Espadalé. 313 pesetas por una caja mortuoria forrada de paño con varias aplicaciones, además de los seis hombres que condujeron el féretro al cementerio y el albañil encargado de cerrar el nicho. También sabemos el contenido de la factura del hotel, 166,95 pesetas por los siguientes servicios: cinco días de habitación (Benjamin estuvo en ella la mitad de ese tiempo), cuatro conferencias telefónicas (¿a quién?), una cena, cinco gaseosas con limón, gastos de farmacia, vestido del difunto, desinfección, lavado y blanqueamiento. A eso habría que sumarle 7 5 pesetas por las cuatro visitas del médíco, el ya citado Ramón Vila Moreno, por las inyecciones, tomas de presión arterial y sangría. Sin olvidar las 50 pesetas destinadas al juzgado municipal y las 93 que fueron a parar al cura Andrés Freixa, que firmó el acta de defunción, registrada en la parroquia de Santa Maria de Portbou: “El 26 de septiembre de 1940 ha fallecido aqui en Portbou, obispado y provincia de Gerona, a la edad de 48 años, el señor Benjamin Walter, nacido en Berlin, procedente de Francia, casado con Dora Kellner. Ha recibido los santos sacramentos. Al día siguiente ha recibido sepultura en el nícho número 1 de los nuevos nichos, en el lado sur de la capilla del cementerio católico de este lugar. Andrés Freixa, sacerdote”.

INCIPIT 943. CONEJO ES RICO / JOHN UPDIKE

Quedándose sin gasolina, piensa Conejo Angsttom mientras desde el ventanal polvoriento del verano de la sala de exposición de la Springer Motors observa desfilar el tráfico por la Nacional 111, un tráfico algo ralo y escaso en comparación con el que solfa haber. El puto mundo se está quedando sin gasolina. Pero a él no van a engancharle, no mientras sus Toyotas sigan teniendo más bajo consumo por kilómetro, y un precio de mantenimiento más barato que cualquier pedazo de chatarra que circula por las carreteras. Lea la Guia del Consumidor, el número de abril. Basta con decir eso a la gente que viene. Y vaya que si viene gente; se está poniendo frenética, sabe que el gran viaje americano está terminando. La gasolina se ha puesto a noventa y nueve punto nueve centavos el gaIón, y el noventa y nueve por ciento de las gasolineras cierra los fines de semana. El gobernador de la Commonwealth de Pennsylvania anda exigiendo un mínimo de compra de cinco dólares para evitar que cunda el pánico. Y los camioneros que no consiguen diesel disparan a sus propios camiones, hubo un incidente en el mismo Diamond County, en la autopista de peaje de Pottsville. La gente está perdiendo la cabeza, sus dólares no valen un centavo, se retrae como si ya no existiese un mañana. Cuando adquieren un Toyota, él les dice que están convirtiendo sus dólares en yens. Y se lo creen. Vendidos en los primeros cinco meses de 1979 ciento doce vehiculos nuevos y de segunda mano, además de ocho Corollas, cinco Coronas, incluyendo una camioneta del modelo de lujo y aquel Celica que Charlie dijo que se parecia a un Pimpmobile descargado, en estas tres primeras semanas de junio, a un promedio de beneficio bruto de ochocientos dólares por venta. Conejo es rico.

INCIPIT 942. UN FINAL PARA BENJAMIN WALTER



Podría haber sido una cala de pescadores, una insignificante aldea perdida entre collados y senderos, una pequeña bahía moteada de barracas, pero ese lugar se acabó trasformando en algo distinto, en un lugar de paso que algunos, con poca fortuna, nunca pudieron traspasar. Podría haber sido un territorio minúsculo, enclavado en una geografía fronteriza ante la exigua inmensidad del Mediterráneo, manteniendo una meritoria insignificancia frente a una breve extensión de agua. U na ensenada tranquila, templada, casi inerte, a pesar de la calma tensa que se cuela entre montañas, mientras el viento desplaza las piedras que se agolpan en los desfiladeros y convierte esa existencia reposada en un campo de fortificaciones. Podría haber sido un pequeño pueblo y continuar así durante mucho tiempo. Eso es lo que sugieren los lugares que parecen fuera de plano, esos espacios que no logramos identificar con ningún territorio concreto ni con ningún país que conozcamos. Podría haber sido simplemente esto: un lugar donde no ha sucedido ni sucederá nada. Pero en un momento de su historia ocurrió algo y justo por ese motivo apareció el germen de su propia destrucción. Todo, incluso lo que carece de importancia, parece condenado a la desaparición. Todo lo creado, por muy superficial que nos resulte, guarda la posibilidad de que algún día también él se extinga y no quede nada detrás, ni siquiera un miserable rastro.

ANGEL BENJAMIN

Un final para Benjamin Walter, Alex Chico,p. 96
¿Qué significaba ese cuadro para Walter Benjamin? ¿Qué le atraía tan profundamente como para escribir sobre él en varias ocasiones? Una de las respuestas está en su novena tesis, de las dieciocho que configuran sus Tesis sobre la filosofía de la historia. Este es el fragmento: “Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se muestra a un ángel que parece a punto de alejarse de algo que le tiene paralizado. Sus ojos miran fijamente, tiene la boca abierta y las alas extendidas; así es como uno se imagina al Ángel de la Historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irremediablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso”.

El Angelus Novus es el Ángel de la Historia, un ser gigantesco que avanza hacia atrás, vuelto hacia los muertos con las alas abiertas, mientras contempla la montaña de cadáveres que se alza a su paso, las ruinas, los escombros, los desechos. Aunque quiere detenerse, el huracán le empuja con fuerza. Desplazándose de espaldas, contempla los surcos en los que van cayendo miles de cadáveres, las cenizas que sobrevuelan en el pasado, como un remolino que se anuda a nuestros pies. La terrible fuerza del viento anticipa, a su manera, el fascismo y la barbarie. La noción de progreso, de memoria y de identidad. La forma en la que un instante es capaz de reunir pasado, presente y futuro. Así trascurre la historia, como un continuo de sucesos condenados a la destrucción, arrojados a un precipicio cada vez más profundo. Lo que queda debajo son los restos de una naturaleza muerta: los automóviles desguazados en una pendiente, los cuerpos sin vida que se extienden sobre la falda de una montaña, los surcos que se abren tras un disparo lejano, la caravana de sombras que intenta cruzar una frontera, las aduanas sin nadie, los cristales rotos, las construcciones abandonadas, los túneles cerrados, las zanjas que se vuelven cada vez más hondas, la vida que aún permanece socavada. Eso es lo que tiene delante: una multitud de ausentes que no pueden escapar de un viento huracanado. Como si un puñado de tierra los hiciera aún más invisibles.

ANGELUS NOVUS

Un final para Benjamin Walter, Alex Chico, p. 94
El origen del cuadro se remonta a 1920, uno de los años decisivos en la trayectoria de Paul Klee. Coincidía con su primera gran exposición en Múnich, había publicado su Confesión creativa y se iba a incorporar a la prestigiosa Bauhaus. Un año después, el Angelus Novus encuentra un comprador, Walter Benjamín, que lo incorpora a su colección de arte aliado de otras imágenes por las que sentia una fuerte atracción, como el Retablo de Isenheim, la obra maestra de Mattbias Grünewald.
Benjamín no está solo cuando va a comprar el Angelus Novus. Le acompaña Gershom Scholem, que también queda fascinado por el cuadro, hasta el punto de dedícarle un poema. Scholem, siguiendo la tradíción cabalistica, le explica la leyenda talmúdíca que se esconde detrás del cuadro: el surgimiento continuo de nuevos ángeles que son creados a cada instante para cantar un himno ante Dios y que, tras entonarlo, se deshacen en la nada.

Benjamín siente auténtica fascinación por el cuadro. Incluso propone Angelus Novus como título de una nueva revista que intentaba fundar a comienzos de los años veinte. Escribe sobre la obra en varios momentos y en todas esas menciones, en todas esas referencias, siempre surge algo distinto. Su gran aportación en este terreno es su noveno apunte para las Tesis sobre la filosofía de la historia, uno de sus últimos trabajos. Poco antes de su partida a España, en junio de 1940, Benjamin extrae la lámina del marco y la guarda en una maleta, junto a otros escritos que envía a Georges Bataille, que la oculta en la Biblioteca Nacional de París. Tras la Segunda Guerra Mundial, la obra fue a parar a su amigo Theodor W Adorno y más tarde, siguiendo la voluntad del propio Benjamin, acabó en posesión de Scholem. Después de su muerte, la viuda de Scholem legó la obra al Museo de Israel, en Jerusalén. Hoy es una de las obras más importantes del museo.

FLORENCIA

La señora Osmond, John Banville, p.203
El valle estaba inmerso en una gasa de luz solar dorada y resplandeciente, en la que la ciudad, vista desde la posición ventajosa de la vieja y conocida colina, era solo una acumulación imprecisa de cúpulas, torres y tejados rojizos con aleros, mientras d río y sus meandros parecían una veta brillante de mineral amarillo fundido. El canto de los pájaros, si es que lo había, quedaba amortiguado por el palpitante dosel de sonido que lanzaba al aire una invisible multitud de cigarras dedicadas a su incesante, monótona y vibrante labor. En lo alto de la colina, en una terraza enmarañada de rosas, un hombre de mediana edad, con un sombrero de paja de ala ancha, estaba de pie con la palma de las manos apoyada en un antepecho musgoso, reparando con placer abstraído en el amistoso calor de la piedra antigua. Ante él, la ladera en pendiente era un descuidado pero pintoresco manto de olivares y viñedos, y había una fuerte fragancia a rosas viejas, cipreses y polvo. Estaba observando d camino que ascendía desde la Puerta Romana de la ciudad. Siempre se había considerado una persona desubicada en el tiempo; la suya era una sensibilidad más acorde, estaba convencido, con una época más engalanada y grandiosa, una época en la que su talento habría brillado con una llama más vívida de lo que jamás podrían avivar las insípidas brisas del prosaico presente. No se imaginaba entre los césares: ese mundo de conquista y crueldad era demasiado grosero y primitivo para su gusto; el suyo era un espíritu que habría estado más en consonancia, eso pensaba él, con las cortesías y exquisitas sutilezas del Quattrocento. Hoy se sentía emparentado en cierto modo con uno de los más nobles condottieri de esos tiempos, aunque por desgracia corriera peligro: sitiado, expulsado del santuario de su castillo de negra piedra romana y empujado desde la capital hacia el norte hasta esta colina toscana, convertido en su propio centinela, un vigilante solitario, amenazado por todas partes, aunque sin dejarse amedrentar, escrutaba las neblinosas tierras bajas que se extendían a su alrededor y preparaba sus estrategias, aguardaba su momento.

Mrs. TOUCHETT

La señora Osmond, John Banville, p. 259
Hay una verdad universal que a menudo sorprende mucho a los jóvenes y les produce la impresión de que los han frenado en seco con violencia, y es que, lo mismo que son ellos ahora, también lo fueron antes los viejos. Podemos formularla de otro modo diciendo que cada generación se considera única, y que cada nueva hornada que entra en la edad adulta cree estar disfrutando, o soportando, vivencias, descubrimientos y dificultades nuevas, singulares y exclusivas de ellos y de sus coetáneos. El mundo de los jóvenes es siempre un mundo nuevo y valeroso, poblado de gente joven y audaz como ellos. Están dispuestos a aceptar la posibilidad de que sus padres hayan vivido y amado, disfrutado y sufrido, igual que ellos, aunque de un modo más apático y desvaído, claro, y aunque a estas alturas hayan olvidado la mayor parte si no todo lo que sabían; los hijos de estos amnésicos los miran y sonríen o fruncen el ceño, según el grado de cordialidad que haya sobrevivido a los rigores de veintitantos años de vida íntima familiar, e igual que el acomodador en el descanso de la obra de teatro, les indican amables la dirección de la salida. A los viejos, a quienes los jóvenes consideran una especie prehistórica y totalmente separada, como los uros, pongamos, o las secuoyas de California, se los considera, en lo que se refiere a la experiencia, ajenos a los sucesos y tragedias de la vida diaria, mientras que su vida cuando eran jóvenes, en una época inmemorial y muy lejana, se cree que sin duda debía ser tan lenta, serena y plácida como parece serlo ahora; después de pasar de una juventud primordial a una vejez sin fricciones y carente de molestias y alteraciones, existen como inocentes periclitados, inofensivos, sin afectos, anticuados y virginales. Por esa razón, Isabel escuchó la vieja historia de traiciones, pasiones y dolor de su tía con la más profunda de las sorpresas.
En la foto Shelley Winters 

PANSY OSMOND

La señora Osmond, John Banville
Pansy llegó de la casa con la prontitud de una actriz cuando le dan la entrada. Llevaba un sencillo vestido negro con una tira de encaje blanco en el cuello. Faltaban pocas semanas para su mayoría de edad y se movía con un aura de abstraída melancolía, como si fuese a añorar siempre el cobijo y la seguridad de una infancia que al acabar esa temporada habría concluido oficialmente. Su vestido, de líneas tan severas y tan a todas luces discordante con la luz vespertina que la rodeaba, no le quedaba bien y colgaba un poco torcido sobre su esbelta figura. Aunque nada de lo que llevaba Pansy, reflexionó la condesa, parecía de su talla, consecuencia, o eso suponía su tía, de que, cuando era todavía adolescente y su padre no había adquirido aún la fortuna que le brindaría su segundo matrimonio, las pocas cosas que podía permitirse requirieron periódicos arreglos en las costuras y los dobladillos para adaptarlas a las sucesivas etapas del crecimiento de la niña. Se plantó ante su padre y su tía con su acostumbrada actitud de aquiescencia plácida y un tanto vacua, empujando distraída en semicírculo con el talón una zapatilla negra en la gravilla que había bajo sus pies. La condesa, al observarla, no pudo, como de costumbre, ver en ella nada de su madre, excepto, tal vez, cierta calculadora frialdad en su expresión, cuidadosamente velada, que quizá podría haber heredado de madame Merle, en cuya mirada esa serena gelidez nunca asomaba tanto como cuando sonreía. Tampoco, si vamos a eso, es que se pareciese mucho al padre; era, por así decirlo un capricho de la naturaleza, un ser que se sostenía a sí mismo, independiente del tronco del que había brotado.

CONDESA GEMINI

La señora Osmond, John Banville, p. 203
La condesa, después de más de veinte años de decidida aplicación, se había convertido en una especialista en la alta societa florentina, en particular de su faceta más sórdida. Como un mirlo atareado, daba sal titos en la maleza social, apartaba a un lado las ramitas caídas y picoteaba las hojas muertas -no pocas caídas de la higuera- para escarbar por debajo de ellas en el oscuro mantillo y extraer los sabrosos bocados que allí se ocultaban. Los cotilleos que encontraba siempre eran muy apetitosos. Sabía qué matrimonios habían fracasado y cuáles empezaban a ir mal, qué señora hasta entonces virtuosa había sucumbido a los halagos operísticos de uno de los muchos donjuanes de la ciudad; sabía qué marido estaba siendo engañado y cuál se dejaba engañar por conveniencia, qué hija estaba comprometida y qué hijo se estaba convirtiendo en un disoluto, o lo era ya. Aunque Osmond fingía desaprobar la cháchara escabrosa Y brillante de su hermana, y cerraba los ojos, fruncía los labios y en ocasiones llegaba a hacer como si se tapara los oídos con las manos, la condesa sabía lo mucho que le gustaba enterarse de las bajezas de la gente de postín: su predilección por intercambiar calumnias selectas era el único punto en el que coincidían las sensibilidades de estos dos hermanos tan mal avenidos. Mientras se dedicaban a este pasatiempo, Osmond echaba atrás la cabeza con las ventanas de la nariz dilatadas, como para aspirar y saborear un olor almizcleño y prohibido, fruncía las comisuras de los labios y se acariciaba complacido el cuello por debajo de la barba, con el dorso de los dedos, riéndose en voz tan baja que apenas se le oía. Y no solo recibía, sino que también daba, y en abundancia, aunque sacaba cada pepita mancillada de su reserva de oro con aparente desgana y gran aborrecimiento moral, moviendo la cabeza y suspirando con fingida tristeza por la maldad de este mundo. La condesa se maravillaba de que estuviese al corriente de tantos secretos teniendo en cuenta lo poquísimo que salía.

-Ah, sí, la gente es muy mala --dijo ahora, reclinándose en el asiento con un suspiro complacido, tenía los codos apoyados en los reposabrazos de la silla y sus dedos huesudos y atezados formaban un alto campanario, cuya cúspide rozaba la punta afilada de la barba cuidadosamente recortada en forma de pala-. Incluso los que parecen más virtuosos, y a los que se toma por modelo de virtud, están dispuestos a descender a las más sorprendentes simas de depravación a la menor tentación. 

INCIPIT 941. EL QUINTETO DE CAMBRIDGE / JOHN L.CASTI

UNA VELADA EN EL CHRIST'S

El hombre alto, calvo, con aspecto de buena persona, el traje ligeramente arrugado y unas gafas de montura de concha, parecía más bien un perro pachón de ojos caídos mientras iba y venía por sus antiguas habitaciones del Christ' s College dando instrucciones a Simmons, el criado, sobre dónde colocar exactamente la bandeja con los vasos y las botellas de jerez, whisky y agua y, en general, reviviendo un pedazo de su vida aquí cuando era estudiante. Sí, Charles Percy Snow se hallaba de nuevo en su elemento, al menos por esta noche. Simmons, desde luego, se había ocupado de todo y se las arreglaba para soportar la mezcla de nerviosismo impaciente y nostalgia de Snow con el estoicismo característico de la servidumbre británica. Se decía que era estupendo tener a Mr. Snow otra vez de vuelta en el colegio, siquiera por una breve estancia. Era una lástima que se le viera tan preocupado por la cena de esta noche. Debía estar esperando a gente muy importante, pensó el criado mientras colocaba las bebidas y los vasos en el aparador.

INCIPIT 940. LA SEÑORA OSMOND / JOHN BANVILLE

Había sido un día de inquietudes y sobresaltos, de humo, vapor y polvo. Aún sentía, la señora Osmond, el espantoso impulso y el ritmo de las ruedas del tren golpeando una y otra vez en su interior. Era como si todavía estuviese sentada junto a la ventanilla del vagón, tal y como había pasado unas horas que se le hicieron increíblemente largas, con la mirada perdida en la plácida campiña inglesa que se alejaba de ella sin cesar con todo el esplendor de los claros tonos verdes de la tarde de principios de verano. Sus pensamientos se habían acelerado al compás de la velocidad del tren, pero, a diferencia de este, sin ningún propósito. De hecho, jamás había notado de forma tan aguda aquella precipitación mental, inconsciente e irrefrenable como desde que salió de Gardencourt. La bestia enorme, humeante y ruidosa que había hecho con brusca impaciencia una pausa en la pequeña y humilde estación del pueblo y había permitido que ocupara su sitio en uno de los últimos compartimentos -sus dedos aún conservaban la sensación de la felpa caliente y el cuero grasiento- aguardaba ahora jadeante después de tan titánico esfuerzo bajo el alto dosel de cristal ennegrecido por el hollín de la ajetreada estación terminal y vomitaba sobre el andén su dotación de viajeros aturdidos y desaliñados y su batiburrillo de equipajes. En fin, se dijo, al menos había llegado a alguna parte.

Staines, su doncella, apenas se había apeado del tren cuando se enzarzó en una discusión con un rubicundo mozo de cuerda. De no haber sido mujer podría haberse dicho que Staines er aun tipo con un corazón de roble.

CONSUMO Y TERAPIA

Zombies y neandertales, Marta Sanz (Granta 7)
Cuando la resistencia mutó en resiliencia, los músculos quedaron reducidos a fibra laxa. Dejaron de estar recorridos por el nervio. Llegó la risa floja y el emoji de la mierda. La resistencia se tradujo como palabra vintage: algo rupestre y ligado a la cerrazón mental. Como  si resistirse fuera no dejarse poner la salvadora inyección -el nene aprieta el culito-, o tener el ojo malo y practicar una negatividad tan común en todos los que no quieren abrirse en la consulta del psicólogo. Los que dicen “no estoy triste, estoy cabreado”. Los que se revuelven “bueno sí, estoy triste y cabreado”. La resistencia se asimiló a reacción, a reaccionarismo, a desánimo y a enfermedad. La resistencia es la resistencia a una felicidad que se asimila con la fascinación por el consumo. Ser feliz es desear y que el deseo se cumpla. El deseo siempre ha de ser específico. No valen los genéricos y las farmacéuticas lo saben: quiero un sujetador de La Perla, un móvil Huawei, un gin-tonic de Bombay Saphire ... Resistirse al discurso dominante, no estar nervioso., no quemar la tarjeta de crédito, no ser un adicto es estar deprimido. Y, sin embargo, hay psiquiatras -Rendueles, Mariano Hernández Monsalveque mantienen que sus pacientes no necesitan terapia. Que necesitan un comité de empresa. Una cartilla de la seguridad social. Los cupones para comprar arroz. Horas de sueño.

LA COPA DORADA

Imposturas, Banville, p. 124
El jarrón, a su vez, debía de encontrarme igualmente repulsivo; o si no, debía de encontrar mi animosidad insoportable, y decidió que acabara nuestro malestar. He aquí lo que sucedió; desde luego, algo rarísimo. El día después de la muerte de Magda, yo estaba recostado en el sofá de la sala, inundado por mi nuevo estado de viudedad, con una bolsa de hielo sobre la frente, y en el suelo, a mi lado, un botella cuyo contenido disminuía sin cesar, cuando un sonoro estallido, agudo e incontrovertible como un disparo, me hizo erguirme asustado, como el hombre-monstruo que se arquea sobre la mesa cuando la gran chispa azul salta entre las varillas conductoras. Me puse en pie a duras penas, y con una escora de borracho me tambaleé hacia la salita para investigar, pensando, en mi estado de aturdimiento, en el Agente Blanco -¿le recuerdan?- y en esa roma pistola suya, cargada con cinco balas. Me llevó mucha observación e indagación infructuosa descubrir lo que había ocurrido. El jarrón se había partido, no en esos fragmentos en que suele romperse el cristal, sino en dos mitades casi iguales, verticales, con extraordinaria limpieza, como si lo hubiera partido por la mirad una hoja de diamante enormemente veloz o un poderoso rayo ultraterreno. Como posiblemente ya he comentado, no soy supersticioso -o no lo era, puesto que esto fue antes de que el fantasma de Magda comenzara a rondarme-, y supiese que probablemente se debía a que el cristal era defectuoso, que tenía alguna grieta tan fina que resultaba invisible, y que había acabado sucumbiendo a algún cambio infinitesimal en la temperatura del aire o a un cambio en la presión atmosférica. Pensé, casi con una punzada de remordimiento, en esa cosa antaño odiada que permanecía allí, día tras día, soportando mis torvas miradas y las horas en que Magda le dedicaba su mirada cariñosa, pero quizás no menos agresiva, inmovilizado y en lucha desesperada con las irresistibles fuerzas del mundo que actuaban sobre él, esforzándose por mantenerse entero otra hora, otro minuto, unos segundos más, los últimos, en que permanecería entero, garboso. Pienso, naturalmente, en Cass Cleave. Pues así era ella también, otro jarrón alto, tenso, físil, esperando a que lo partieran en dos.

GILBERT OSMOND

La señora Osmond / John Banville
Osmond era sorprendentemente tolerante e incluso solícito con el anciano criado: la complejidad y las contradicciones del temperamento de su hermano eran una constante fuente de confusión para la condesa. En general pensaba que Osmond era malvado, no a la espléndida manera de una de esas figuras históricas que le constaba que él admiraba tanto y con las que le gustaba compararse como un Maquiavelo o un Lorenzo de Médici -estaba segura de que había ejemplos mejores cuyos nombres no conocía, pues había vastas lagunas en su conocimiento de la historia de este país tan histórico--, sino de modo cauto y mezquino, sin aventurarse nunca más allá de los límites de su poder. Podía atormentar a su mujer, como sin duda había hecho mucho tiempo detrás de los postigos cerrados, o arreglárselas para frustrar los anhelos y aspiraciones infantiles de su hija encerrándola bajo una campana de cristal, como un lecho de espárragos blanqueados, pero con gente como lord Warburton, por tomar un ejemplo reciente, ponía especial cuidado en exhibir una vena blanda y meliflua; incluso ese propietario de fábricas textiles de Massachusetts, Caspar Goodwood, que había cortejado a la cuñada de la condesa en su país cuando era una cría -y que todo el mundo sabía que no había renunciado a sus esperanzas amorosas ni aun ahora que, muchos años después, era una mujer casada-, había sido bien recibido en el Palazzo Rocanera, donde Osmond lo había tratado con una amabilidad e interés tan convincentes que el pobre hombre no se había dado cuenta de con qué sutileza se estaba burlando de él. Sí, una de las muchas habilidades de Osmond consistía en ser capaz de calibrar hasta el último punto decimal cuán lejos podía permitirse exhibir su inmenso desprecio por el mundo y lo que consideraba su nutrida dotación de bobos y bárbaros.

RETRATO DE UNA DAMA

Ya no veía a sus pretendientes como el dúo cómico de un espectáculo de vodevil –le avergonzaba haber pensado en ellos así al principio- sino como las figuras mecánicas del reloj de un campanario medieval, que aparecen a trompicones cada cual a su momento, con un aspecto fijo muy vívido, siempre nuevos y siempre iguales. O así es como los habría imaginado, de no ser porque, en esta ocasión, Caspar Goodwood se había salido del raíl y la había tomado entre sus brazos con un fogonazo que recorrió todo su ser y que nunca había sentido antes. La había besado, pero después de todo, ¿qué era un beso? La habían besado antes, ¿no? Cuando sus labios se encontraron, los de él sobre los de ella y los de ella cediendo a los suyos, fue como si se produjese algún proceso de fusión química, una unión de las esencias, las suyas con las de él y las de él con las suyas, después de la cual seguramente ya no volvería a ser la misma, separada y solitaria, única y sola. Aunque ¿qué significaba, esta fusión misteriosa? Caspar Goodwood, con toda la fuerza de su ser perceptible, los había unido a ambos en su abrazo, había combinado sus otredades respectivas en una, y no obstante ella se sentía tan aislada como siempre, en mitad de una llanura oscura y desierta. No sabía decir qué le había hecho más daño: el sutil anatema que su esposo dictó en Roma contra ella cuando le informó de que se disponía a desafiado y a ir con su primo moribundo, o la posibilidad de una radiante restitución que el beso de Caspar Goodwood había abierto ante ella, una posibilidad que ella sabía que nunca se cumpliría, pero que tampoco podría negarse jamás. Después de que la hubiera golpeado el rayo de su amor ¿podría volver a ser lo que había sido antes?

-¿Y qué le dijiste a él, al señor Goodwood? –preguntó Henrietta.

LA MENTE

Imposturas , Banville, . 92
Desde que era muy pequeña, allá donde alcanzan sus primeros recuerdos, había sido víctima de alucinaciones; al menos, eso insistía en decir la gente. Para ella eran algo real, o recuerdos de algo real que se hadan inmediatos y vívidos. Ésa era la razón de sus turbaciones, de que se apartara de lo que los demás llamaban realidad. Simplemente: lo que veía en su cabeza era tan claro y estaba tan claramente presente, resultaba tan realista, que no podía distinguirlo lo bastante de las cosas que eran verificables mediante los instrumentos que los demás decían que debía aplicar, y la verificación era lo que los demás siempre le exigían, de manera más o menos comprensiva, más o menos exasperada. Por eso le hablaban las voces, para insistir en sus diferentes versiones de los hechos. Nadie, ni los que hablaban dentro de ella ni los de fuera, parecía darse cuenta del ensordecedor estruendo que formaban al parlotear todos  juntos. Sobre toda esa cacofonía, ¿cómo podían oírse sus súplicas? Deseaba ser capaz de probar, aunque sólo fuera una vez, de manera indiscutible, no lo que ellos querían que supiera, sino lo que ella sabía. En una película que había visto de niña, había un hombre que en lo que parecía un sueño luchaba con alguien y lo mataba, y al despertarse tenía en la mano un botón de verdad que en el sueño había arrancado del abrigo de su víctima. Algún día ella también seria capaz de volver de una de sus así llamadas alucinaciones, abrir la palma de la mano y mostrarles, triunfal, una diminuta, dura y reluciente prueba que ni siquiera ellos podrían rechazar.

La primera vez que supo que lo de su mente no tenía arreglo fue una tarde invernal de domingo, cuando tenía seis o siete años. Llevaba enferma desde ya no sabía cuándo, pero   como era tan pequeña, todavía no se había dado cuenta de que no mejoraría, de que sólo iría a peor.

K.

Klaus Wagenbach, Franz Kafka: una biografía. p. 11
[...] en octubre de 1909, contra la ejecución del fundador de la Escuela Libre, el catalán Francesc Ferrer i Guardia. Esa fue la primera conferencia a la que asistió Kafka, que había pertenecido durante el bachillerato a la asociación Escuela Libre:

Solía sentarse solo; nadie le conocía, no era más que un oyente silencioso y atento, con un vaso de cerveza delante, que apenas tocaba. A la salida de la sala se recogían donativos, como era costumbre por entonces: en favor de los prisioneros políticos, de los mineros huelguistas del norte de Bohemia, o para cubrir los gastos. Cada uno contribuía según sus posibilidades; la mayoría entregaba calderilla; las monedas de más valor eran cosa rara. Pero el invitado entregó con toda discreción una moneda de cinco coronas ... Kafka también participó en la agitada asamblea que la policía disolvió en la sala Uvelké Prahy [La gran Praga), donde Borek dio una conferencia contra la ejecución del anarquista Liabeuf en París. Era difícil pasar por alto a una persona como Kafka, que superaba en más de un palmo de estatura al común de los mortales, y él tampoco se esforzó en pasar desapercibido: se quedó quieto de pie en medio de la batalla entre la policía y los manifestantes. Y como no obedeció la orden de disolverse en nombre de la ley, lo condujeron a la comisaría más cercana. La policía no fue demasiado severa: una multa de un florín o un día de arresto, de conformidad con las normas. Kafka, que sin duda llegaba cada mañana puntual al trabajo, no se quedó a pasar la noche allí: pagó la multa y se fue.

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