Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

INCIPIT 795. EL PUENTE EN LA SELVA / B.TRAVEN

-¡Arriba las manos, forastero!
-¿. ...?
-¿Estás sordo, estúpido? ¡Levántalas, de prisa! Noté claramente, a través de la camisa empapada en sudor, que no era un lápiz, ni su dedo índice, lo que se me clavaba en las costillas. Era de verdad. Casi podía adivinar el calibre: una 38. Y bien pesada. La razón por la que había tardado en obedecer su orden la primera vez es porque creí que se trataba de una alucinación. En dos días de marcha con mis dos mulas de carga por la espesa selva, no había visto un solo ser humano: ni blanco, ni indio, ni mestizo. Sabía que todavía estaba lejos del rancho más próximo, al que esperaba llegar al día siguiente, sobre el mediodía. Así que nadie podía detenerme. Pero ocurrió. Por la forma de hablar supe que no era nativo. Tiró de mi cinturón una y otra vez. No era tarea fácil sacar el arma de su funda, que estaba dura y tiesa como un palo. Por fin se hizo con ella. Le oí retroceder. Por la manera de arrastrar los pies comprendí que era un tipo bastante alto, y entrado en años o muy cansado.
-Bien. Ahora, si a su señoría le place, puede darse la vuelta.

A unos quince metros a la derecha de la senda que cruzaba la selva, por la que yo venía, había una charca de agua bastante limpia. La había visto brillar entre el follaje y supuse, por las huellas de caballos y mulas que llevaban hasta ella, que debía de ser un paraje donde suelen descansar los arrieros, o incluso pasar la noche. Así que llevé hasta allí a mis cansadas mulas para que bebieran. Yo también necesitaba un buen trago y un respiro. No había visto a nadie por allí, ni había oído nada. Por eso me quedé atónito cuando la pistola se clavó en mis costillas por arte de magia. Ahora le estaba mirando. 

INCIPIT 794. AMOR, ETCETERA / JULIAN BARNES

l. ME ACUERDO DE TI
Stuart ¡Hola!
Nos conocemos. Stuart. Stuart Hughes.
Sí, estoy seguro. Segurísimo. Hará unos diez años.
Está bien; sucede. No hace falta que finjas. Pero lo cierto es que me acuerdo de ti. Yo si me acuerdo de ti. Dificil que olvidara, ¿no? Un poco más de diez años, ahora que lo pienso.
Bueno, he cambiado. Claro. Para empezar, tengo el pelo canoso. Ya ni siquiera puedo decir entrecano, ¿eh?
Ah, y por cierto, tú también has cambiado. Probablemente piensas que estás casi igual que entonces. Pues no, créeme.
Oliver ¿Qué es ese gorjeo amigable en el catre de pajeo que hay aliado, ese resoplar y piafar que se oye en el establo acolchado? ¿Podría ser mi caro y viejo -viejo en el sentido de antiguo- amigo Stuart?

«Me acuerdo de ti.» Qué típico de Stuart. Es de un estilo tan viejo, tan anticuado, que le gustan esas canciones horteras que en realidad son más antiguas que él. 

INCIPIT 793. UN MUNDO INFIEL / JULIAN HERBERT


La noche antes de que un tren le arrancara las piernas a Ernesto de la Cruz y Doc Moses soñara con un venado muerto y Plutarco Almanza tuviera la desgracia de toparse con el hombre de las botas grises, Guzmán se enderezó en la cama con una aureola de vértigo envolviéndole la cabeza. Sus oídos zumbaban, las imágenes del bisturí y las escaleras aún volaban en sus ojos como papel quemándose y los latidos de su corazón repercutían en la piel con un golpeteo intenso y regular. Le tomó algunos segundos tranquilizarse. Luego encendió la lámpara de mesa, se caló los anteojos e indagó la hora en el reloj del buró: era más de medianoche. Acababa de empezar el día de su cumpleaños. «Treinta», dijo en voz baja, con el corazón latiéndole deprisa. A su lado, Ángela dio un respingo y lo abrazó. Una hebra de saliva escurría de sus labios.
-Estás temblando, amor. ¿La tuviste otra vez?
-Ésta fue de las peores.
-Ay, Gusanito. Pero si ya tu mamá te lo explicó.
-Según ella. Pero no. Algo me hicieron en esa casa, Ángela. Algo cabrón.
Mientras hablaba, Guzmán percibió lo infantil y llorosa que sonaba su voz. Por eso usó al final una expresión dura, una palabra que le devolviera la sensación de ser un hombre adulto y valiente. Ángela se frotó los ojos con el borde de la sábana.
-Ándale, pues. Cuéntamelo.
Guzmán carraspeó.

-Yo estaba recién casado. Pero mi mujer no eras tú sino Poly, una güerita muy flaca que conocí una vez en Guanajuato. Ya ni la recordaba.

INCIPIT 792. HABLANDO DEL ASUNTO / JULIAN BARNES

1. SU DE ÉL, SU DE ÉL O DE ELLA, SU DE ELLOS
Stuart.  Me llamo Stuart y lo recuerdo todo. Stuart es mi nombre de pila. Mi nombre completo es Stuart Hughes. Mi nombre completo: no hay nada más. Ningún nombre intermedio. Hughes era el nombre de mis padres, que estuvieron veinticinco años casados. Ellos me pusieron Stuart. Al principio el nombre no me gustaba especialmente -en el colegio me llamaban cosas como Estofado y Cazuela-, pero me he acostumbrado a él. Puedo manejar mi apodo. 1
Disculpe, no se me dan bien los chistes. Y a me lo han dicho otras veces. En cualquier caso, creo que Stuart Hughes me vale. No deseo llamarme St Jhon St John de V ere Knatchbull. Mis padres se llamaban Hughes. Mis padres murieron y ahora yo llevo su nombre. Y cuando me muera, seguiré llamándome Stuart Hughes. No hay demasiadas certezas en este gran mundo nuestro, pero ésa es una de ellas.
¿Ve adónde quiero ir a parar? Perdone, no hay ninguna razón para que lo vea. No he hecho más que empezar. Usted apenas me conoce. Empecemos de nuevo. Hola, soy Stuart Hughes, encantado de conocerle. ¿Nos damos la mano? Bien, estupendo. No, lo que estoy tratando de decir es esto: aquí todo el mundo ha cambiado su nombre. Da que pensar. Incluso es un poco inquietante.

1. Aquí hay un doble juego de palabras intraducible.

INCIPIT 791. EL LIBRO NEGRO DE LOS CUENTOS / A.S. BYATT

Había una vez dos niñitas que vieron --o creyeron ver:-una cosa en el bosque. Las dos eran evacuadas, y las habían enviado en tren lejos de la ciudad junto con un numeroso grupo de otros niños. Todos tenían una etiqueta con su nombre prendida al abrigo con un imperdible, así como un bolso o mochila en la mano y la reglamentaria máscara antigás. Llevaban bufanda de lana y gorro, y muchos tenían guantes de lana sujetos a una larga cinta que les pasaba por detrás del cuello y a lo largo de las mangas, por el interior del abrigo, de manera que los diez dedos de lana colgaban fuera como un par de manos de repuesto, a semejanza de un espantapájaros. Con las piernas desnudas, los zapatos desgastados y los calcetines arrugados, casi todos mostraban rozaduras en las rodillas en distintos grados de cicatrización. Estaban en esa edad en que los niños sufren caídas frecuentes, y tenían las rodillas desprotegidas. Cargados con sus bolsos, algunos de los cuales eran casi demasiado grandes para que pudieran transportarlos, y con los objetos personales que acarreaban -una muñeca, un coche de juguete, una revista de historietas-, parecían un alborotado ejército de enanos avanzando ruidosamente por el andén.

Las dos niñitas acababan de conocerse y se habían hecho amigas en el tren. Compartían un trocito de chocolate y mordían por turnos una manzana. Una le cedió a la otra la página interior de su revista de historietas, el Beano. Se llamaban Pennyy Primrose. Penny era delgada, morena y alta, tal vez algo mayor que Primrose, que era rolliza, rubia y de cabellos rizados.

INCIPIT 790. VERNON SUBTEXT 1 / VIRGINIE DESPENTES

En las ventanas del edificio de enfrente ya se han encendido las luces. Las siluetas de las mujeres de la limpieza se mueven en el gran open space de lo que debe de ser una agencia de comunicación. Ellas empiezan a las seis. Vernon suele despertarse un poco antes de que ellas lleguen. Le apetece un café cargado y un cigarro de filtro amarillo, le gustaría prepararse una tostada y desayunar recorriendo los titulares del Parisien en el ordenador.
Hace semanas que no compra café. Los cigarros que se lía por la mañana desmenuzando las colillas del día anterior son tan finos que es como aspirar papel. En los armarios no hay nada de comer. Pero sigue teniendo internet. Lo cobran justo el día en que recibe la ayuda para el alquiler. Desde hace unos meses se la abonan directamente al propietario, pero hasta ahora ha colado. Ojalá dure.
Le han cortado el móvil y ya no se rompe la cabeza comprando tarjetas prepago. Ante el desastre, Vernon mantiene una línea de conducta: finge no enterarse de nada. Vio las cosas desmoronándose a cámara lenta, y luego el hundimiento se aceleró. Pero Vernon no ha cedido ni a la indiferencia, ni a la elegancia.

Primero le quitaron el subsidio. Recibió por correo una copia de un informe sobre él, redactado por su asistente social. Se llevaba bien con ella. Se vieron regularmente durante casi tres años, en el pequeño despacho en el que la mujer condenaba a muerte a sus plantas.

INCIPIT 789. EL TANGO / J.L. BORGES

Señoras, señores, amigos,

Quiero hacer una aclaración previa, que posiblemente será varias aclaraciones previas. La primera es que yo dicté, apresuradamente, por teléfono, el orden de los temas de estas conferencias, y luego, repensándolo, he creído más natural modificar ese orden. De suerte que empezaremos, para considerar la historia del tango, empezaremos por el teatro, por el ambiente, luego por los personajes del tango, luego por esa evolución que ya lleva bastante más de medio siglo, y luego quizá aventure alguna tímida observación sobre el presente y el porvenir del tango. Y quizá podamos recordar la evolución análoga del jazz, del hot jazz, de la marinería fluvial del Mississippi, hasta el cool jazz de algunos músicos intelectuales de Chicago y de California, lejos del lugar y del ambiente de su origen.

EL PROCES EN 1921

Madrid 1921. Un dietario, Josep Pla, p.88
Camba me dice, a modo de conclusión:
- Amigo Pla, no conseguirá usted escapar. ..
Estos días, en efecto, tener acento catalán ha sido algo tan peligroso como estar fichado como militante anarquista. Se ha interrogado a mucha gente por causa de una pronunciación deficiente. Muchas veces se ha creído tener una pista y no había en realidad más que una a una pizca demasiado abierta. Es notorio que tengo un acento terrible, escandalo.
- Lo único que me salvará, amigo Camba - le digo-, es que, si bien tengo un acento  verdaderamente raspado, en cambio construyo discretamente... La fonética me perderá, pero me salvará la sintaxis
-No se fie de los conocimientos gramaticales de la policía -ha observado Camba-. Se dán muchas sorpresas…
¿Qué hacer? Decido hablar lo menos posible. No queda más remedio. En el quiosko de  los periódicos, cuando quiero El Sol apunto al astro del día, cunado quiero La Voz me pongo el dedo en la boca; El Imparcial me lo procuro haciendo el gesto de lavarme las manos. La vendedora me comprende y me facilita las transacciones. La gente se cree que soy mudo, y a los mudos no se les dice nada aunque sean catalanes. Pero a la larga, ¿qué lograré con esta táctica? Pienso en la posibilidad de ponerme de un momento a otro a hacer prácticas de pronunciación del andaluz.
En la casa de huéspedes, llaman a la puerta. Preguntan por mí. Es la policía. Dos señores, muy fríos, con un bastón para disimular, bigote y anillos.
Me piden los papeles. Los miran, los leen detenidamente. Me someten a un interrogatorio. Entretanto observo que se miran el uno al otro varias veces. Perplejidad. Quedamos los tres de pie en el pasillo de la escalera. A lo último, sin saber qué hacer. Por fin uno de ellos dice, retorciéndose el bigote y dejando caer las palabras:

-Volveremos mañana

PLA

Madrid 1921: un dietario, Jospe Pla, p.12-13
Para ejercer una profesión íntimamente vinculada con la justicia hay que tener mucha facundia, poseer una capacidad para el trato de gentes maliciosa, infatigable, tener el sentido de continuidad y la creencia de que la tarea de llevar papel sellado es una labor importante, casi sagrada. Me han faltado todas estas virtudes, que pueden llegar a ser nutritivas. Me ha fallado la juridicidad. Donde más viable me parece ese fracaso es en el don de gentes y en la vida social. Ciertamente, me gusta sumergirme alguna que otra vez en medios humanos espesos, de gran densidad. También he conocido medios más reducidos y refinados, constituidos por lenguas viperinas y reacciones de resentimiento, de maldad y de esterilidad. Pero todos estos remolinos, que a veces me interesaron por mera curiosidad, acabaron por dejarme frío. Puesto en medio de la gente y de las cosas muy pronto me doy cuenta de que allí estorbo (aunque sea un mundo pequeño), siento la nostalgia del aislamiento y de la soledad. Educado en una familia económicamente decadente y, por lo tanto en el caso a que me refiero-, de un cierto tono moral, porque esta clase de familias suelen atribuir sus desgracias a la inmoralidad de los demás, comprendí desde muy joven lo vivaz que es la memoria humana en lo que atañe al mal que se ha hecho y al bien que se ha dejado de hacer por abandono, por dejadez, por mero azar. Al punto comprendí que mi vida sería atormentada, a pesar de mi buena salud, por la presencia alucinante de la memoria, por la persistencia de problemas morales íntimos que la memoria avivada plantea a cada paso. Todo había de llevarme, pues, por comodidad al menos, a ser un contemplativo, un mirón, un simple transeúnte. Me faltó así, desde el primer momento, lo esencial para tener de mí mismo un gran concepto. Para tener un gran concepto de sí mismo es preciso colocarse o establecerse en algo real o aparentemente estable, y yo me he sentido siempre errático y nostálgico, conservador y voluble, franciscano y animal. Demasiado oscilante --excesivamente impresionable-. Por eso he dicho algunas veces que lo que más me habría gustado hubiera sido vivir en el horizonte de la mar sobre algo flotante y confortable, y navegar. Naturalmente, también me gustaría bajar, de tarde en tarde, en algún puerto maravilloso, deslumbrador y brillante.

LEMA

Música para camaleones, Truman Capote, p. 274
Era un cementerio pequeño y encantador, y las sepulturas, verdigrises por el mar, pertenecían en su mayor parta al siglo XIX; casi todas ellas tenían una inscripción de  alguna clase, algo que revelaba la filosofía de su ocupante. Una decía: SIN COMENTARIOS.

De manera que empecé a pensar qué pondría yo en mi tumba, sólo que yo no tendré sepultura, porque dos adivinadoras de mucho talento, una de ellas haitiana y la otra una india revolucionaria que vive en Moscú, pronosticaron que desaparecerla en el mar, aunque no ~ si por accidente o por elección (comme ça, Hart Crane). De cualquier modo, la primera inscripción en que pensé, fue: CONTRA MI PROPIA VOLUNTAD. Luego se me ocurrió algo más peculiar. Una disculpa, una frase que empleo en casi todo compromiso: INTENTE EVITARLO. PERO NO PUDE.
(En la foto el cementerio de Pontedeume)

RECUERDOS DE INFANCIA

Música para camaleones, Truman Capote, p. 271-272
¿Pero quiere usted algo más concreto.? Bueno, los recuerdos de mi primera infancia son más bien de tenor. Tendría tres años, probablemente, quizá menos, y estaba visitando el Zoo de Saint Louis, acompañado de una negra alta que mi madre había contratado para que me llevase allí. De pronto, se produjo un pandemonio. Niños, mujeres y hombres adultos gritaban y se apresuraban en todas direcciones. ¡Dos leones se habían escapado de la jau1a! Dos bestias sedientas de sangre acechando por el parque. A mi niñera le entró el pánico.  Simplemente, se dio la vuelta y echó a correr, dejándome solo en el camino. Eso es todo lo que recuerdo de aquella ocasión.
Cuando tenía nueve años me mordió una serpiente mocasín de agua. Junto con unos primos míos fui de exploración a un bosque solitario que estaba a unas seis millas del pueblo de Alabama en donde vivíamos. Había un río estrecho, poco profundo y cristalino, que discurría a través del bosque. En medio, había un enorme tronco caído que iba de orilla a orilla, como un puente. Mis primos, guardando el equilibrio, cruzaron el tronco, pero yo decidí vadear el riachuelo. Justo cuando estaba a punto de alcanzar la otra orilla, vi una enorme mocasín nadando, moviéndose sinuosamente por la sombría superficie del agua. La boca se me puso tan seca como el algodón; me quedé paralizado, pasmado, como si me hubieran pinchado en todo el cuerpo con novocaína. La serpiente siguió deslizándose, avanzando hacia mí. Cuando estaba a unas pulgadas de distancia, di una vuelta en redondo, y resbalé en un lecho de escurridizos guijarros de arroyo. La mocasín me mordió en la rodilla.

Confusión. Mis primos se turnaron llevándome a cuestas hasta que encontramos una granja. Mientras el granjero enganchaba la mula al carro, su único vehículo, su mujer cogió unos cuantos pollos, los  destripó vivos, y me aplicó a la rodilla las calientes aves sangrantes. «Esto saca el veneno», dijo ella, y la carne de los pollos, en efecto, se volvió verde. Durante todo el camino a casa, mis primos fueron matando pollos y poniéndomelos en la herida. Una vez en casa, mi familia telefoneó a un hospital de Montgomery a cien millas de distancia, y cinco horas después llegó un médico con un suero para serpientes. Me convertí en un niño enfermo, y lo único bueno de todo ello fue que falté dos meses a la escuela.

ERROL FLYNN

Música para camaleones, Truman Capote, p. 260-261
MARILYN (tentada, pero reacia): ¿De qué trata tu historia?
TC: De Errol Flynn.
MARILYN: (Silencio.)
TC: (Silencio.)
MARILYN (odiándose a sí misma): Vale, empieza. te: ¿Recuerdas lo que has dicho de Erro!? ¿Lo orgulloso que estaba de su picha? Puedo garantizarlo. Una vez pasamos una agradable noche juntos. ¿Me comprendes?
MARILYN: Te lo estás inventando. Me quieres engañiar,
TC: Palabra de explorador. Estoy haciendo un trato limpio. (Silencio; pero veo que ha picado, así que, tras encender un pitillo .. . ) Pues eso ocurrió cuando yo tenía dieciocho años.   diecinueve. Fue durante la guerra. En en invierno de 1943. Aquella noche; Carol Marcus, o quizá se había convertido ya en Carol Saroyan, dio una fiesta para su mejor amiga, Gloria Vanderbilt. La celebró en el piso de su madre, en Park Avenue. Una gran fiesta. Unas cincuenta personas. A. eso de medianoche se presentó Errol Flynn con su amigo de confianza, un mujeriego fanfarrón llamado Freddie McEvoy. Los dos estaban bastante borrachos. A pesar de eso, Errol empezó a charlar conmigo y estuvo divertido, nos hicimos reír el uno al otro; de pronto dijo que quería ir a El Morocco, y que yo fuera con él y con su amigo MacEvoy. Le dije que muy bien, pero McEvoy dijo entonces que él no quería dejar la fiesta con todas aquellas principiantes, así que Errol y yo terminamos yéndonos solos. Pero no fuimos a El Morocco. Tomamos un taxi hasta Gramercy Park, donde yo tenía un pequeño piso de una habitación. Se quedó hasta el mediodía siguiente.
MARILYN: ¿Y qué puntuación le darlas? En una escala de uno a diez. te: Francamente, si no hubiera sido Errol Flynn, no creo que lo hubiese recordado.
MARILYN: No es una historia maravillosa. No vale lo que la mía; ni por asomo.

TC: Camarero, ¿dónde está nuestro champaña? Tiene usted sedientas a dos personas.

¿RAZONABLE?

Amor, etcétera, Juian Barnes, p. 1989-199
He leído este caso en el periódico de hoy. Es una historia verídica y horrible, y te aconsejo saltarte lo que viene  después si no tienes un estómago fuerte.
Ocurrió en los Estados Unidos, aunque podría haber ocurrido en cualquier parte. O sea, América no es más que una versión exagerada de lo que sucede en cualquier otra parte, ·verdad? Toral, que a un hombre muy joven, en la veintena se le murió el padre. Su novia estaba por entonces haciendo un crucero y decidió, sin duda muy sensatamente, que como el padre había muerto en lugar de estar moribundo, ella seguiría navegando en vez de desembarcar de inmediato para consolar a su novio. Ahora bien, éste --quizá igualmente razonable-le guardó un rencor tan amargo que no lo borró el tiempo. Lo consideró una traición arroz. Y decidió causarle a ella tanto dolor como el que él había sufrido. Quería que ella conociese la clase de aflicción que él había sentido por la muerte de su padre.
¿Seguro que quieres escuchar el resto? De ser tú, yo no lo haría. Así que el chico se casó con su novia y  hablaron de tener familia y ella se quedó embarazada y tuvo el niño, y él esperó el tiempo suficiente para que ella estableciera el lazo natural con su hijo, y entonces lo mató. Envolvió la cabeza del bebé en un plástico -lo que llamamos papel transparente- y lo dejó solo. Después volvió, retiró el adhesivo y puso al bebé boca abajo en la cuna.
Te advertí de que era horrible. Y hay algo más. Durante varios meses, por lo visto, la madre creyó que había sido una muerte accidental. Es lo que le había dicho el médico. Pero un día el marido fue a la comisaría y confesó el crimen. ¿Por qué crees que lo hizo? ¿Por sentimiento de culpa? Quizá. No estoy seguro de creer del todo en las conciencias culpables. No mucho, no en casos que he visto. De acuerdo, tal vez hubo un poco de culpa. Pero ¿no infligía un dolor aún más grande y peor a su esposa? Si ella pensaba que el bebé había muerto por asfixia accidental en su cuna, culparía al destino o algo así. Pero ahora sabía que no había sido el destino. Había sido un acto deliberado. El dolor le había sido provocado a propósito por alguien que ella creía que la amaba y a quien ella amaba, con el designio exclusivo de hacerla sufrir. Cabe decir que ella descubrió en aquel momento cómo era el mundo.

Fue una acción horripilante, ¿no? No digo que no lo fuese. Pero, en cierto sentido, lo más terrible de todo es que fue también, en un sentido, muy razonable. En un sentido espantoso, por supuesto.

INCIPIT 788. LA LECCION DE MUSICA / PASCAL QUIGNARD

El rostro que tengo ante mis ojos es amarillo, vasto, lejano, grasiento y diríase fundido en el espacio que lo envuelve. Marin Marais, con altivez, sostiene en la mano izquierda el mástil de la viola que muestra delante de él. Voy a tratar de la muda de )a voz humana, del momento en el que el timbre de la voz que articulan los hombre muy jóvenes experimenta un cambio, a la vez que su sexo se acrecienta y cae y les aparece el vello. Este ensombrecimiento  de su voz es lo que los define y lo que les hace pasar del estadio de muchacho al de hombre. Los hombres son los ensombrecidos, esos seres de voz oscura que, hasta la muerte, vagan errantes en busca de una vocecita aguda de niño que abandonó su garganta.

INCIPIT 787. MUSICA PARA CAMALEONES / TRUMAN CAPOTE

Mi vida, al menos como artista, puede proyectarse exactamente igual que la gráfica de la temperatura: las altas y baja s, los ciclos claramente definidos.
 Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que sólo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar zapateado y hacer dibujos. Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse.
Pero, por supuesto, yo no lo sabía. Escribí relatos de aventuras, novelas de crímenes, comedias satíricas, cuentos que me habían referido antiguos esclavos y veteranos de la Guerra Civil. Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal. ¡Y, después de aquello, cayó el látigo!

Así como algunos jóvenes practican el piano o el violín cuatro o cinco horas diarias, igual me ejercitaba yo con mis plumas y papeles. 

INCIPIT 786. EL SEPTIMO CABALLO / LEONORA CARRINGTON

CUANDO iban por el lindero en bicicleta, las zarzas retraían sus espinas como esconden los gatos sus uñas.
Era digno de ver: cincuenta gatos negros, otros tantos amarillos, y luego ella; y no podías estar seguro de que fuera una criatura humana. Sólo su olor despertaba ya dudas al respecto: olía a una mezcla de especias y caza, establo, piel de animal y yerbas.
Cuando cogía la bicicleta, tomaba los peores caminos: bordeaba los precipicios, o se metía entre los árboles. Quien no ha montado nunca en bicicleta lo habría encontrado difícil; pero ella estaba acostumbrada.

Se llamaba Virginia Fur; tenía una melena de varios metros y unas manazas enormes, con las uñas sucias; sin embargo, los habitantes de la montaña la respetaban, y ella se mostraba siempre deferente con sus costumbres, también. 

INCIPIT 785. EL TESORO DE SIERRA MADRE / B. TRAVEN

El banco en el que Dobbs se hallaba sentado no era muy cómodo. Tenía rota una de las tablillas y la otra inclinada, así que resultaba una especie de castigo sentarse en él. Pero si se trataba de un castigo merecido o injusto, como la mayoría de ellos,  era algo que le preocupaba muy poco. Tal vez se habría percatado de su incomodidad si alguien se la hubiera hecho notar, pero nadie se ocupaba de ello.
Dobbs tenía la mente embargada por otros pensamientos como para poner reparos a su asiento. Buscaba una solución al viejo problema que hace a las gentes olvidarse de todo. Trataba de dar una respuesta a esta pregunta: ¿Cómo poder conseguir dinero inmediatamente?
Cuando se tiene algún dinero es fácil multiplicarlo invirtiéndolo en algún negocio prometedor, pero sin un centavo resulta difícil hacer algo.

Dobbs no tenía nada. De hecho poseía menos que nada, pues hasta sus ropas eran malas y estaban incompletas.

INCIPIT 784. VIDAS GEMELAS / ROSAMOND SMITH

En el momento más importante, mientras se prepara para meterse en la cama del apartamento que han decidido compartir en el séptimo piso del nuevo y elegante edificio de cristal y hormigón Greenwood Towers, tras un año, o había sido más, de pasión, indecisión, especulación, duda y más cosas -muchas más: las complejidades del amor romántico resisten toda transcripción-, en este momento, el más delicado e íntimo de todos los momentos, Molly Marks se encuentra, para su desesperación, en el aprieto de haber sorprendido a su amante Jonathan McEwan en una mentira.
Una no verdad, se podría decir; aunque quizá se trate de algo inocente o, en cualquier caso, involuntario, Jonathan ha permitido que Molly creyera que era hijo único -el único hijo de unos padres jubilados y algo· solitarios- cuando en realidad tiene un hermano: un hermano gemelo.

-Un hermano gemelo idéntico –dice Jonathan de mala gana y en tono de disculpa.

INCIPIT 783. LA BUENA REPUTACION / IGNACIO MARTINEZ DE PISON

PRÓLOGO
El último mes de su vida fue el de las despedidas. Pero, en apariencia, doña Mercedes estaba bien de salud, y ninguna de las personas a las que hizo ir a su casa sospecharía hasta después de su muerte la verdadera razón. Las iba llamando de un día para otro y con excusas más que convincentes. A Daniel, el mayor de sus cinco nietos, le dijo que el motor del Dodge Dart había empezado a hacer ruidos raros y que prefería que fuera él (y no la inútil de Felisa, le faltó decir) quien hablara con el hombre del taller.
-¿Ruidos raros? A mí me parece que suena igual de bien que siempre. ¡Escucha, abuela! ¡Qué sinfonía! –dijo Daniel mientras asomaba la cabeza por la ventanilla y con gestos de director de orquesta marcaba la cadencia de los acelerones-. ¡Brum.! ¡Brum, brum! ¡Bruuum!
Era un modelo de mediados de los años sesenta, gris, con el techo negro. Del bolsillo interior de la puerta sacó Daniel los viejos guantes de conducir del abuelo. Antes de ponérselos, los observó con aprensión.
-Sube, abuela -añadió- . Nos vamos a dar una vuelta.
-¿Una vuelta? ¿Ahora?

-Tenemos que asegurarnos de que todo está bien, ¿no?

INCIPIT 782. ACCESO NO AUTORIZADO / BELEN GOPEGUI

Enero
La luz de las farolas atravesaba las copas de los árboles y ascendía cada vez más débil. Los pisos altos quedaban sumidos en la oscuridad componiendo un segundo Madrid, varado en sombras, una extensa atalaya desde donde presenciar la intemperie de los cuerpos que aún y hasta el amanecer seguían desplazándose de un lado a otro por las calles encendidas.
En esos días el sistema integrado de interceptación de telecomunicaciones se encontraba operativo para un elevado porcentaje de las conversaciones telefónicas, mensajes cortos e intercambio de datos electrónicos. Desde diferentes salas distribuidas por todo el país, usuarios autorizados de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado accedían a la información almacenada en los dos centros de monitorización. Los bits viajaban por cables y por ondas. De cerebro a cerebro una suave neblina de gotas pequeñas, imaginarias, se extendía por la ciudad, atravesaba rejillas y ventanas y entraba en los corazones.

En la terraza del piso nueve de un edificio de ladrillo situado en la zona norte de Madrid, una mujer vestida con blusa marfil y pantalón negro dejaba vagar la mirada lejos de los centros comerciales y las zonas arboladas, por los campos de la noche. El contacto del aire helado estremecía su ánimo. Como el aguijón de una avispa pero más suave y duradero, la vicepresidenta del gobierno sentía en su pecho el dolor de algunas de las cosas que no hizo. 

DE LA VIA URBANA

Amor, etcétera, Julian Barnes, p.119-120
Los cerdos son animales muy inteligentes. Si se les somete a estrés, si se les hacina, por ejemplo, tienden a mutilarse unos a otros. Lo mismo ocurre con las gallinas, y no es que las gallinas sean especialmente listas. Pero los cerdos estresados se atacan entre sí. ¿Y sabes cómo reacciona ante esto el granjero industrial? Les corta el rabo a los cerdos para que no tengan nada que masticar, y a veces también las orejas. También les recorra los dientes y les pone aros en el hocico.
Pero estas cosas, precisamente, no van a reducir el estrés de un cerdo, ¿verdad? Tampoco el atiborrarle de hormonas y antibióticos, de zinc y cobre, y que no le dejen andar suelto por el campo o dormir sobre paja. Cosas así. Y, aparte de todo lo demás, el estrés afecta a la relajación de los músculos, que a su vez afecta al sabor de la carne. Al igual, por supuesto, que la diera del puerco. La gente de mi gremio está de acuerdo en que la carne de cerdo es la que más sabor ha perdido de resultas de los métodos de cría industrial. Y como ya no sabe casi a nada, hay que cobrar menos a los consumidores y disminuyen los márgenes de beneficio, y así sucesivamente. Conseguir que el consumidor pague más por un cerdo decente es para mí, si quieren que les diga, una especie de cruzada.

 La otra cosa que me da que pensar -bueno, todo el debate orgánico me da que pensar- es: ¿y nosotros? ¿No nos ocurre exactamente lo mismo? ¿Cuántos habitantes tiene Londres? ¿Ocho millones? ¿Más? Con los animales, al menos, los expertos han calculado cuánto espacio necesita cada uno para no estresarse. Ni siquiera han empezado a calcularlo para las personas; o si lo han hecho, no nos hemos enterado. Vivimos amontonados como una piara y nos arrancamos mutuamente la cola a mordiscos. No concebimos que las cosas sean diferentes. Y a la vista de nuestros niveles de estrés y de lo que comemos la mayoría, debemos de tener un sabor horrible.

DE LA VIDA CONYUGAL

Amor, etcétera, Jlian Barnes, p. 66-67
El momento del deseo se vuelve más ... frágil, creo. Estás viendo un programa de televisión, medio pensando en ir a la cama, y luego cambias de canal, ves alguna basura y al cabo de veinte minutos los dos estamos bostezando y el momento ha pasado. O uno de los dos quiere leer y el otro no, y uno de los dos espera tumbado en la penumbra a que el otro apague la luz, y entonces la espera, la esperanza, se convierte en un ligero rencor, y el momento pasa, y eso es todo. O transcurren unos días -más de lo habitual, de todos modos-, y descubres que el tiempo obra simultáneamente en dos sentidos. Por un lado echas de menos el sexo y por el otro empiezas a olvidarlo. Cuando éramos niños pensábamos que los monjes y las monjas tenían que estar secretamente cachondos todo el rato. Ahora pienso: Apuesto a que a la mayoría de ellos les trae sin cuidado, y apuesto a que el rijo desaparece solo.
No me entiendas mal. Me gusta el sexo; y también a Olíver. Y todavía me gusta el sexo con él. Él sabe lo que me gusta y lo que quiero. El orgasmo no es un problema. Los dos sabemos la mejor manera de alcanzarlo. Podría decirse que eso casi formaba parte del problema. Si es que hay alguno. Es decir, casi siempre hacemos el amor de la misma forma: el mismo lapso, la misma duración (qué horrible palabra) de los preámbulos, la misma postura o posturas. Y lo hacemos así porque es como mejor funciona; es como sabemos por experiencia que nos gusta más. Así que se transforma en una tiranía, en una obligación o algo por el estilo. En cualquier caso, es imposible cambiar. La regla con respecto al sexo conyugal, si te interesa saberla -y quizá no te interese-, es que al cabo de unos años no puedes hacer nada que no hayas hecho antes. Sí, ya sé, he leído todos esos artículos y consultorios sobre la manera de añadir picante a tu vida sexual, de hacer que él te compre ropa interior especial, y que a veces basta con una cena romántica los dos solos con velas, y dedicar un remanso de paz a estar juntos, y me río porque la vida no es así. Mi vida, por lo menos. ¿Remanso de paz? Siempre hay un montón de ropa para la colada.

Nuestra vida sexual es ... amistosa. ¿Entiendes lo que quiero decir? Sí, ya veo que lo enciendes. Quizá demasiado bien. Somos compañeros. En el sexo disfrutamos de la mutua compañía. Hacemos todo lo posible por el otro, procuramos su bienestar durante el acto. Nuestra vida sexual es ... amistosa. Seguro que hay cosas peores. Mucho peores.

DEL EJERCITO

El tesoro de Sierra Madre, B. Traven, p. 452-453
-Quiero que tres hombres conduzcan a los prisioneros hasta aquellos arbustos para que hagan sus necesidades. Pero le advierto que no debe dejarlos escapar, porque le costaría un arresto de tres meses. Si tratan de hacerlo, mátelos, y no me venga luego con que no dio en el blanco. Ahora repítame lo que le he dicho. .
El sargento repitió la orden y escogió a los hombres que debían cumplirla.
El capitán encendió un cigarrillo e hizo que uno de los soldados que le acompañaban le cantara
la Adelita  acompañado de su guitarra
El sargento ordenó a los ladrones que hicieran sus necesidades.
-Pero no aquí, allá entre los árboles. No queremos que nos apesten. ¡Andando!
Difícilmente habían llegado a los arbustos cuando se escucharon seis descargas;
El capitán apartó el cigarrillo de sus labios:
-¿Qué fue eso? Espero que los prisioneros no hayan tratado de escapar; sería lamentable.
Un minuto más tarde. el sargento se cuadró ante el capitán.
-Hable usted, sargento De la Barra. ¿Qué ocurrió?
-Los prisioneros trataron de escapar en cuanto negaron a los árboles. Empujaron al soldado Cabrera y trataron de quitarle el arma, entonces él disparó y nosotros los matamos. Los soldados Saldívar y Narváez también tuvieron que disparar para evitar que los prisioneros escaparan.
Así, pues, le comunico la muerte de los prisioneros, mi capitán.
-Gracias, sargento De la Barra. Debía usted haberles salvado la vida, porque tenían derecho a que se les juzgara de acuerdo con lo establecido por la Constitución, pero si atacaron tratando de escapar, su deber era matarlos, sargento. Ya lo recomendaré al· coronel por su diligencia.
-Gracias, mi capitán.

-Haga que los hombres entierren a los prisioneros y que se descubran ante sus tumbas.

DE LOS PODEROSOS

El tesoro de Sierra Madre, B. Traven, p. 367-368
La pipa cayó de entre los dedos de Curtin. Mientras Dobbs hablaba, él había ido abriendo los ojos, los tenía: desmesuradamente abiertos, se sentía confuso, le dolia la cabeza y se sentía extrañamente mareado. Cuando al cabo de un rato logró poner en claro sus ideas, pensó por primera vez en la gran oportunidad de enriquecerse que Dobbs le sugería. Aquello fue una especie de golpe para su cerebro, porque nunca había tenido semejante idea. Él no podía considerase escrupuloso, era capaz de tomar cualquier cosa que pudiera conseguir fácilmente. Sabía bien cómo los grandes magnates del petróleo, los grandes financieros, los presidentes de las compañías poderosas y en particular los políticos roban siempre que tienen oportunidad de hacerlo. ¿Por qué, pues un modesto ciudadano como él· había de poner reparos y portarse honestamente, si los grandes desconocían los escrúpulos y la honradez tanto en sus negocios como en los asuntos de la nación? ¡Y son esos ladrones sentados en cómodos sillones detrás de elegantes escritorios de caoba los que ocupan las tribunas de las convenciones que celebran los partidos reinantes, las mismas gentes que en periódicos y otras publicaciones son consideradas como ciudadanos valiosos, constructores de  la nación, pilares de la civilización y de la cultura! ¿Qué eran la rectitud y la honestidad después de todo? Cuantos lo rodeaban sustentaban una opinión diferente sobre su significado.

DE LA RAZA

El tesoro de Sierra Madre, B. Traven, p. 269
-No. amigo, sigues juzgándolos mal –dijo Howard-. Esta raza ha vivido durante cuatrocientos años en condiciones bajo las cuales no se puede confiar en nadie, ni construir una buena casa, ni ahorrar un poco de dinero en el banco ni invertirlo en alguna buena empresa. No puede espera de ellos compasión debido a la forma en que han sido tratados por la Iglesia, por las autoridades españolas y por las propias. Si les ofreces tu oro y tus armas. las tomarán y te prometerán la libertad pero no te dejarán ir. Te torturarán y te matarán pata evitar que los denuncies. Ellos ignoran el significado de la justicia. Nadie les ha enseñado a ser leales, ¿cómo podrían serlo contigo? Jamás han cumplido con ellos lo que les prometieron; así pues, ellos también prometen para no cumplir. Rezan un avemaria antes de matarte y se persignan y te persignan después de haberte matado empleando para ello la forma más cruel. Nosotros no seríamos diferentes a ellos si hubiéramos tenido que vivir durante cuatrocientos años bajo toda clase de tiranías, supersticiones, despotismos, corrupciones y religiones pervertidas.

CON LA IGLESIA

El tesoro de Sierra Madre, B. Traven, p. 225-226
La Iglesia Católica Apostólica y Romana, durante sus cuatrocientos años de dominación en la América Latina, que durante trescientos cincuenta fue absoluta., se ha interesado  preferentemente en la adquisición de bienes materiales para llenar los cofres de Roma. sin importarle la educación de sus súbditos dentro del verdadero espíritu cristiano. Pero los gobiernos de los modernos países civilizados tienen una opinión respecto a la educación pública que difiere también acerca de quién está llamado a gobernar entre ella y el Estado.
No podrá encontrarse prueba mejor de lo que la Iglesia católica ha hecho en estos países que el hecho de que los bandidos, en nombre de Cristo Rey,  asesinen y roben sin piedad a hombres. mujeres y niños a quienes saben miembros de su misma Iglesia, en la creencia de que tales hechos la ayudan y que con ellos complacen a la Virgen Santísima y al Papa.

Entre la banda de forajidos, los pasajeros pudieron reconocer a dos curas católicos. Más tarde, cuando fueron capturados, confesaron haber sido líderes no sólo de aquel asalto al tren sino de medio centenar de atracos por los caminos y los ranchos y que consideraban sus actos similares a los de Hidalgo y Morelos cuando luchaban por la independencia del pais. Aquéllos habían tenido que pagar con la vida el fracaso de su empresa porque peleaban en  circunstancias absolutamente diferentes a las del gran Washington y esos hombres que lucaban por su patria fueron condenados no sólo por la corona de España sino por la Santa Inquisición  aun cuando peleaban bajo la bandera de la Virgen de Guadalupe. Algunos años después,  cuando la Iglesia Romana tuvo interés en separar a Hispanoamérica de España  porque este país había empezado a sacudirse el yugo de la Iglesia Romana, la independencia fue ganada con ayuda de la propia Iglesia. Que antes babia cooperado a la ejecución de patriotas que deseaban lo mismo que entonces pretendía la Iglesia, y en la catedral de la capital habían sido quemados los cuerpos decapitados de los sacerdotes rebeldes.

EL TESORO DE SIERRA MADRE

El tesoro de Sierra Madre, B. Traven, p. 138
¿Quién podia garantizar la honestidad de los empleados subalternos y del jefe de policía del poblado cercano, del presidente municipal del  municipio próximo, del jefe de la guarnición de la plaza? ¿Quién se atrevería a responder por ellos?

Al registrar los derechos ante las autoridades. habría necesidad de denunciar la localización  exacta de la mina. Aquellos tres hombres significaban poco y aun el embajador  norteamericano difícilmente  habria podido protegerlos. Con frecuencia ocurría en ese país que los jefes de policía,  alcaldes, diputados y hasta generales se veian complicados en secuestros y hasta ejercían el bandidaje abiertamente. El gobierno, tanto el local como el federal podía confiscar en cualquier momento no sólo el terreno, sino hasta la última onza de oro extraída con tanta penuria y trabajo. Mientras los hombres se hallaran trabajando,  estarían bien guardados, pero cuando recogieran el fruto de: su esfuerzo para retirarse se encontrarian con una partida de bandidos que los desvalijaban por orden de alguno de los individuos a quienes la nación paga por librar a sus ciudadanos del bandidaje. Cosas como ésta ocurren también en el país del Norte. ¿Por qué no habrían de ocurrir aqui? La misma influencia, el mismo espíritu dominan la atmósfera del continente.
En la imagen el film de JohnHouston

DE LA MUERTE

Ante todo no hagas daño, Henry Marsh, p. 248
Mi familia estaba representando una escena antiquísima que supongo que rara vez se ve actualmente en el mundo moderno, pues ahora la gente muere en hospitales o residencias impersonales, al cuidado de afectuosos profesionales cuya expresión de afecto -como la mía en el trabajo- se esfumará de su rostro en cuanto se dé la vuelta, como la sonrisa de un recepcionista de hotel

Morir rara vez resulta fácil, por mucho que deseemos creerlo así. Nuestros cuerpos no nos dejan soltar las amarras de la vida sin oponer resistencia. La cosa no se limita a pronunciar unas palabras significativas ante tu llorosa familia y luego exhalar tu último suspiro. Si no te mueres de forma violenta, ahogándote y tosiendo, o en coma, entonces no queda más remedio que ir consumiéndose: la carne se va reduciendo hasta dejarte en los huesos, la piel y los ojos se vuelven de un amarillo intenso si falla el hígado; la voz se debilita ... Hasta que, cuando se acerca el fin, apenas te quedan fuerzas para abrir los ojos y yaces inánime en el lecho de muerte, con la respiración por todo indicio de movimiento. Poco a poco te vuelves irreconocible, y todos los detalles que volvían tus facciones tan característicamente tuyas se van diluyendo en la nada. El contorno del rostro se desdibuja hasta fundirse en el trazo anónimo de la calavera que hay debajo. Ahora uno guarda un gran parecido con cualquier anciano, con su cara demacrada y deshidratada, todos idénticos con sus batas de hospital. Los mismos ancianos a cuya cabecera me hacían acudir de madrugada cuando trabajaba de residente, recorriendo pasillos largos y desiertos, para certificar su muerte. Cuando se acerca el final, tu rostro se convierte en el de una persona cualquiera, en un rostro que todos conocemos, aunque sea gracias al arte funerario de las iglesias cristianas.

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