Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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LAS BIBLIOTECAS MAÑANA


Aquí y ahora: Cartas, Paul Auster, JM Coetzee, p. 190

No cabe duda de que al diseñar la biblioteca los arquitectos siguieron el consejo de los bibliotecarios, esos bibliotecarios de la nueva generación que consideran que los libros están anticuados, y que sueñan con una biblioteca sin papel.

¿Qué tiene esa gente contra los libros? ¿Por qué no comparten mi idea de la biblioteca como hectáreas y hectáreas de estanterías sumidas en penumbra que sostienen hileras interminables de libros apelotonados extendiéndose hasta el infinito en todas direcciones?

El argumento en contra de la biblioteca borgiana es casi demasiado tedioso como para repetirlo: demasiado tedioso y demasiado concluyente, en una época en que la economía ha sido proclamada reina de las ciencias. Y es que los libros ocupan demasiado espacio. No hay forma de justificar la preservación de un objeto físico que ocupa veinte centímetros por quince por tres de costoso espacio, y que además puede pasarse décadas y hasta centurias cogiendo polvo en una estantería sin que nadie Io toque ni lo lea. Si dejamos a nuestros seres amados difuntos dentro de agujeros en el bien los consignamos a las llamas, ¿por qué iba a ser un sacrilegio deshacerse de los libros muertos?

Deshacerse de los libros, reemplazarlos por imágenes de libros, imágenes electrónicas. Deshacerse de los muertos, reemplazarlos por fotografías.

Me llena de aflicción la perspectiva de las bibliotecas del futuro. Y estoy seguro de que muchos comparten ese sentimiento. Pero, sentimentalismos aparte, ¿qué puede justificar esa aflicción? ¿Un ansia de realidad en un mundo de sombras? Los libros no son reales, por lo menoS no lo son en ningún sentido importante. Las letras mismas de las páginas son signos, imágenes de sonidos, o sea imágenes de ideas. El hecho de que lo que llamamos libro se pueda coger con las manos y tenga Olor y tacto propios es un simple accidente de su producción que no tiene relevancia alguna para lo que transmite el libro.


EL TRABAJO DE BORGES


Diálogos, Borges Ferrari, p. 235

-Yo trabajé durante unos nueve años en la Biblioteca Miguel Cané, en Carlos Calvo y Muñiz. Empecé como auxiliar segundo, y luego alguien insistió, quizá demasiado, en que me nombraran auxiliar primero, había una diferencia de treinta pesos, bueno, creo que treinta pesos son imperceptibles ahora, pero en aquel tiempo eran treinta pesos. Entonces, creo que Honorio Pueyrredón era el intendente, y él dijo que muy bien, que me harían auxiliar primero, a condición de no volver a oír mi nombre. Pero creo que, a lo mejor, lo oyó un par de veces después, ¿no? (ríen ambos). En fin, en todo caso, me ascendieron, y yo llegué a ganar -incredibili dictum- doscientos cuarenta pesos mensuales. Pero doscientos cuarenta pesos mensuales no eran desdeñables. Ahora, yo hubiera debido dejar esa biblioteca -era un ambiente asaz mediocre-pero seguí trabajando. No sé si la palabra "trabajando" es exacta; éramos, creo, unos cincuenta empleados, y nos asignaron un trabajo que tenía que ser lento. Yo recuerdo que me dieron libros para clasificar el primer día, y el  manual de Bruselas, que emplea el sistema decimal -el mismo que se usa en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos-. Yo trabajé, y creo que clasifiqué casi ochenta libros -había que simular que se trabajaba cada día-, yo clasifiqué los libros y eso se supo; y, al día siguiente, uno de los compañeros vino a recriminarme, me dijo que eso era una falta de compañerismo, porque ellos se habían fijado un promedio de cuarenta libros para clasificar por día. Ahora, para fines de realismo, esos cuarenta no eran siempre cuarenta; podían ser treinta y nueve, treinta y ocho, cuarenta y uno, para que todo resultara más verosímil, ¿no?, según exige la novela naturalista. Entonces, me dijo que yo no podía seguir así, y yo, al día siguiente, clasifiqué treinta y ocho, para no quedar como presuntuoso.


SEÑOR BIBLIOTECARIO


El hombre sin atributos, R. Musil

-Señor bibliotecario-exclamé-, no se vaya sin revelarme antes el secreto de que usted se sirve para desenvolverse en este ... manicomio de libros.

-Señor general-dijo-, ¿desea saber cómo me las arreglo para conocer todos los libros? Se lo puedo comunicar ahora mismo: ¡no leyendo ninguno!

Ya te digo, ¡a poco no resisto más! Pero él, advirtiendo mi sobresalto, pasó a explicarme su afirmación. El secreto de todos los buenos bibliotecarios está en no leer nada de la Literatur a  ellos encomendada, exceptuados los títulos e índices.

-El que se detiene en su contenido está perdido como bibliotecario- así me lo declaró-. Nunca obtendrá una idea de conjunto.

Le pregunté decepcionado:

-Entonces, ¿usted no ha leído nunca libro alguno de los aquí expuestos?

-Jamás, excepción hecha de los catálogos.

-¿Y es usted doctor?

-Claro que lo soy; incluso profesor de la universidad, Privatdozent de ciencia bibliotecaria. Es una auténtica ciencia-comentó-.

Te confío que, cuando se fue y me dejó solo, tuve ganas de hacer una de dos: o prorrumpir en lágrimas o encender un cigarrillo, pero ninguna de las dos cosas me estaba allí permitida.


NYPL. 1950

Un fin de semana en Nueva York, Josep Pla, p. 167-168
La Biblioteca Pública de Nueva York es un edificio bajo, abrumado por las estructuras verticales que en el espacio circundante le rodean. Ocupa, unida a un pequeño parque adyacente -el Bryant Park, en el cual la gente modesta del barrio y los obreros van a tomar el fresco del crepúsculo-, cuatro bloques de casas entre las calles 40 y 42. El vestíbulo o salón de los pasos perdidos contiene un enorme fichero metálico, con la clasificación decimal de los libros. Fichero absolutamente libre para la persona que desea consultarlo. Unas señoritas reciben las papeletas de los libros que se piden.
-¿Cuántos libros contiene la biblioteca? –pregunto a una señorita.
-Estamos llegando a los seis millones de ejemplares -me contesta.
-Pero sospecho que no los tendrán todos aquí. Aquí probablemente no cabrían -le digo riendo.
-¡Claro! Ésta es una biblioteca que tiene dos caras. Es una biblioteca fija y una biblioteca circulante. La biblioteca fija depende de la ciudad de Nueva York, es propiedad de la ciudad. La biblioteca circulante está mantenida con los fondos de la Institución Carnegie. Como biblioteca circulante, es el centro de donde se alimentan otras cincuenta bibliotecas esparcidas por los barrios de la ciudad. Un servicio permanente de camiones sirve cada día las demandas de las otras bibliotecas.
-¿Sirven solamente libros en inglés?
-Servimos libros en la lengua, a poder ser, que nos piden, y servimos preferentemente los temas literarios que consideramos más adecuados a las bibliotecas del barrio a que van destinados. En Harlem prefieren libros de tema negro; cosa que sería difícil de imaginar en los espacios de la ciudad ocupados por oriundos escandinavos, alemanes, húngaros o irlandeses. El inmenso éxito de la biblioteca de Nueva York se basa en el respeto más absoluto al origen y a la lengua de sus lectores. Sería ridículo que aquí hubiera exclusivismos lingüísticos.
-Deben ustedes de recibir grandes cantidades de libros europeos ...

-Prácticamente recibimos todo lo que se edita en Europa, y de todos los lugares donde se editan libros, en proporción a las demandas, se entiende.

LA BIBLIOTECA DEL INFIERNO

De La biblioteca del infierno de Zoran Zivkovic
-Quizá que lo sumerjan a uno en una olla de aceite hirviendo, o el descuartizamiento.
-¡No sea vulgar! ¡No estamos en la Edad Media!
-Perdone, no sabía ...
-Es increíble lo cargados que están de prejuicios todos los que llegan aquí. ¿Usted cree que nosotros vivimos al margen de los tiempos que corren?, ¿Qué aquí no cambia nada? ¿Acaso esto concuerda con esas crueldades bárbaras? -Dio unos golpecitos a un costado del monitor.
-No, en absoluto, está claro -afirmé diligente.
-El infierno de cada época está adaptado a sus circunstancias. Esto es ahora una biblioteca.
-¿Una biblioteca? -parpadeé confuso.
-Sí. Un lugar donde se leen libros. ¿Ha oído hablar de las bibliotecas? ¿Por qué todos se asombran tanto cuando se lo digo?
-Pues porque resulta un poco ... inesperado.
- Solo si se contempla superficialmente. Pero si se profundiza en el asunto, verá que en absoluto es insólito.
- Jamás se me habría pasado por la cabeza.
-A decir verdad, al principio nosotros también nos llevamos una sorpresa. Pero lo que nos comunicó el ordenador era incuestionable. Muy útil, el aparato.
Hizo una pausa. Transcurrieron unos segundos antes de que comprendiera lo que se esperaba de mí.
-Muy útil, sí - repetí atropelladamente.
- Sobre todo para las investigaciones estadísticas. Cuando introdujimos los datos de todos los que se encuentran aquí, se demostró que la característica que vinculaba a la gran mayoría de nuestros pupilos, hasta un 84,12%, era la falta de inclinación a la lectura. Del 26,38%, podía entenderse, eran totalmente analfabetos, pero ¿qué decir del 47,74% que, aunque alfabetizados, no habían cogido un libro en su vida, como si los libros estuvieran apestados? El 10% restante habían leído algo aquí y allá, pero mejor que no lo hubieran hecho porque lo leído carecía de valor.
-¡Quién iba a decirlo! -dije a la par que movía la cabeza a izquierda y derecha.
-¿Por qué le parece extraño? Empiece por usted mismo. ¿Cuánto ha leído? -replicó mirándome por el rabillo del ojo.
Reflexioné un rato, esforzándome por acordarme.
-Pues, no mucho, en honor a la verdad.
-¿No mucho? Le voy a decir exactamente cuánto.
-De nuevo se oyó el repiqueteo veloz sobre el teclado-.
En los últimos veintiocho años de su vida empezó dos libros. Del primero llegó hasta la mitad de la cuarta página, y del segundo no pasó más allá del párrafo introductorio.
-No me resultaron interesantes -respondí en voz baja, con aire arrepentido.
-¿De veras? ¿Y las otras cosas le parecían interesantes?
-Nunca imaginé que no leer fuera pecado mortal.

-Y no lo es. Pese a que el mundo sería mucho mejor si lo fuera. Aún no ha ido nadie al infierno por no leer.

DE LIBROS Y BIBLIOTECAS

De La parte inventada de Rodrigo Fresán, p. 60-61
Una biblioteca sin límites precisos en la que nunca se encuentra el libro que se está buscando pero en la que siempre se encuentra el libro que debería buscarse.
Una biblioteca que, de tanto en tanto, deja caer el fruto maduro de un libro al suelo, como empujado por la mano de un fantasma o de su dueño, que no es un fantasma exactamente pero ... Y el libro se abre y allí se lee, por ejemplo, como ahora mismo, subrayado hace años por una de esas fibras de tintas que resaltan todo con un brillo casi lunar, algo como “No te enojes porque nuestros personajes no siempre tengan los mismos rostros; así están siendo fieles a la vida y a la muerte”. O algo como «Está el folklore, están los mitos, están los hechos, y están todas esas preguntas que permanecen sin respuesta». Y, al lado de esa frase atrapada en un globo de cómic que no conecta con ninguna boca, la irregular letra imprenta manuscrita y pequeña pero tan leíble, tan leída. Letra de alguien que siguió escribiendo a mano a pesar de teclados cada vez más livianos y blandos y plasmáticos. Letra más de científico loco que de médico cuerdo añadiendo, en tinta roja junto a la cita en negro sobre blanco, un «Y esas preguntas sin respuesta no son otra cosa que el folklore y los mitos y los hechos de una vida privada, muy privada: PLEASE, DO NOT DISTURB. Una biblioteca con libros cubiertos de polvo. Polvo doméstico que, en un 90 por ciento, no es otra cosa que materia muerta desprendiéndose de seres humanos y que, dicen, es factor clave para la buena conservación de los libros. Así que no desempolvados del todo ni demasiado seguido y, ah, justicia poética y justicia literaria: nosotros nos deshacemos para que los libros se mantengan enteros y del polvo de nuestras historias venimos y al polvo sobre los libros volvemos. 

Una biblioteca a la que, de tanto en tanto, por accidente y como después de un accidente, desorientados por el shock del impacto, llega alguien para quien los libros y, sobre todo, la acumulación de libros, es un incomprensible misterio. Porque para demasiadas personas los libros se usan y se gastan y qué sentido tiene conservarlos. Ocupan tanto lugar, hay que sostenerlos y pesan, son tan sucios y, aunque no se diga en voz alta, los libros son demasiado baratos para ser algo bueno y provechoso, se susurra. Y, así, una biblioteca que bien puede provocar entre los visitantes accidentales -con una curiosa mezcla de respeto, inquietud y desprecio, como si se refiriesen a invulnerables y abundantes cucarachas, a una plaga o a un virus- un ¿Pero ¿has leído todos estos libros? 

DE BIBLIOTECAS, LIBROS Y E BOOKS

Una biblioteca sin límites precisos en la que nunca se encuentra el libro que se está buscando pero en la que siempre se encuentra el libro que debería buscarse.
 Una biblioteca que, a veces, se deja caer (hay casos documentados) y, mientras éstos extraen o agregan un libro, aplastan a sus duelos hasta una muerte que no es feliz pero, seguro, hay muertes peores, formas mucho más vulgares y menos ilustradas de morir sepultado.
Una biblioteca que, de tanto en tanto, deja caer el fruto maduro de un libro al suelo, como empujado por la mano de un fantasma o de su dueño, que no es un fantasma exactamente pero ... Y el libro se abre y allí se lee, por ejemplo, como ahora mismo, subrayado hace años por una de esas fibras de tintas que resaltan todo con un brillo casi lunar, algo como “No te enojes porque nuestros personajes no siempre tengan los mismos rostros; así están siendo fieles a la vida y a la muerte". O algo como “Está el folklore, están los mitos, están los hechos, y están todas esas preguntas que permanecen sin respuesta”. Y, aliado de esa frase atrapada en un globo de cómic que no conecta con ninguna boca, la irregular letra imprenta manuscrita y pequeña pero tan leíble, tan leída. Letra de alguien que siguió escribiendo a mano a pesar de teclados cada vez más livianos y blandos y plasmáticos. Letra más de científico loco que de médico cuerdo (¿Slow Writer Sans SerifBold?), añadiendo, en tinta roja junto a la cita en negro sobre blanco, un  “Y esas preguntas sin respuesta no son otra cosa que el folklore y los mitos y los hechos de una vida privada, muy privada: PLEASE, DO NOT DISTURB”.
Una biblioteca con libros cubiertos de polvo. Polvo doméstico que, en un 90 por ciento, no es otra cosa que materia muerta desprendiéndose de seres humanos y que, dicen, es factor clave para la buena conservación de los libros. Así que no desempolvados del todo ni demasiado seguido y, ah, justicia poética y justicia literaria: nosotros nos deshacemos para que los libros se mantengan enteros y del polvo de nuestras historias venimos y al polvo sobre los libros volvemos. Volvemos a una biblioteca -como toda biblioteca- frente a la que uno puede pararse como contemplando las ruinas nobles de un mundo perdido o los materiales nuevos de un mundo a encontrar.
Una biblioteca a la que, de tanto en tanto, por accidente y como después de un accidente, desorientados por el shock del impacto, llega alguien para quien los libros y, sobre todo, la acumulación de libros, es un incomprensible misterio. Porque para demasiadas personas los libros se usan y se gastan y qué sentido tiene conservarlos. Ocupan tanto lugar, hay que sostenerlos y pesan, son tan sucios y, aunque no se diga en voz alta, los libros son demasiado baratos para ser algo bueno y provechoso, se susurra. Y, así, una biblioteca que bien puede provocar entre los visitantes accidentales -con una curiosa mezcla de respeto, inquietud y desprecio, como si se refiriesen a invulnerables y abundantes cucarachas, a una plaga o a un virus- un “Pero ¿has leído todos estos libros?”. Visitantes que preguntan eso porque no se atreven a preguntarse lo que en realidad no quieren saber: «¿Cómo es que yo he leído tan pocos libros? ¿Cómo es que en mi casa apenas hay libros y casi todos son de fotos y algunos de fotos de casas con bibliotecas en las que apenas hay libros salvo libros de fotos y por qué en el lugar de libros, de libros con letras, en sus lugares, hay demasiadas fotos de personas a las que se supone que debo querer incondicionalmente pero cuando lo pienso un poco, con un par de copas encima, la verdad es que me parecen casi todos unos verdaderos y auténticos ... ?”. Son éstos los mismos turistas maleducados -a los que no les produce ninguna extrañeza la cantidad de cruces en las iglesias o de billetes en los bancos o de comida en los mercados- que se  sienten tan cordiales y satisfechos y supuestamente interesados, pero manteniendo una distancia de seguridad, por la inquietante fauna local cuando, a continuación, te preguntan “¿De qué tratan tus libros?”. Y, sí, es para ellos que se ha inventado el status del libro electrónico donde -¡aleluya y eureka!- se ha conseguido hacer comulgar a la televisión con la impresión: para descargar y no cargar, para adquirir y acumular y no abrir ni pasar página. Y para que -tan satisfechos de que dos mil títulos puedan ser levantados por una sola mano-los libros no estén todo el tiempo ahí, a la vista, recordando con su atronador silencio todo lo que no se ha leído ni se leerá. 

SOBRE LAS BIBLIOTECAS DE UNO Y OTRO

De De la parte inventada de Rodrigo Fresán, p.60-61
Una biblioteca sin límites precisos en la que nunca se encuentra el libro que se está buscando pero en la que siempre se encuentra el libro que debería buscarse.
Una biblioteca que, a veces, se deja caer (hay casos documentados) y, mientras éstos extraen o agregan un libro, aplastan a sus dueños hasta una muerte que no es feliz pero, seguro, hay muertes peores, formas mucho más vulgares y menos ilustradas de morir sepultado.
Una biblioteca que, de tanto en tanto, deja caer el fruto maduro de un libro al suelo, como empujado por la mano de un fantasma o de su dueño, que no es un fantasma exactamente pero ... Y el libro se abre y allí se lee, por ejemplo, como ahora mismo, subrayado hace años por una de esas fibras de tintas que resaltan todo con un brillo casi lunar, algo como “No te enojes porque nuestros personajes no siempre tengan los mismos rostros; así están siendo fieles a la vida y a la muerte”. O algo como «Está el folklore, están los mitos, están los hechos, y están todas esas preguntas que permanecen sin respuesta ... Y, al lado de esa frase atrapada en un globo de cómic que no conecta con ninguna boca, la irregular letra imprenta manuscrita y pequeña pero tan leíble, tan leída. Letra de alguien que siguió escribiendo a mano a pesar de teclados cada vez más livianos y blandos y plasmáticos. Letra más de científico loco que de médico cuerdo (¿Slow Writer Sans Serif Bold?), añadiendo, en tinta roja junto a la cita en negro sobre blanco, un «Y esas preguntas sin respuesta no son otra cosa que el folklore y los mitos y los hechos de una vida privada, muy privada: PLEASE, DO NOT DISTURB».
Una biblioteca con libros cubiertos de polvo. Polvo doméstico que, en un 90 por ciento, no es otra cosa que materia muerta desprendiéndose de seres humanos y que, dicen, es factor clave para la buena conservación de los libros. Así que no desempolvados del todo ni demasiado seguido y, ah, justicia poética y justicia literaria: nosotros nos deshacemos para que los libros se mantengan enteros y del polvo de nuestras historias venimos y al polvo sobre los libros volvemos. Volvemos a una biblioteca -como toda biblioteca- frente a la que uno puede pararse como contemplando las ruinas nobles de un mundo perdido o los materiales nuevos de un mundo a encontrar.

Una biblioteca a la que, de tanto en tanto, por accidente y como después de un accidente. desorientados por el shock de] impacto, llega alguien para quien los libros y, sobre todo, la acumulación de libros, es un incomprensible misterio. Porque para demasiadas personas los libros se usan y se gastan y qué sentido tiene conservarlos. Ocupan tanto lugar, hay que  sostenerlos y pesan, son tan sucios y. aunque no se diga en voz alta, los libros son demasiado baratos para ser algo bueno y provechoso, se susurra. Y, así, una biblioteca que bien puede  provocar entre los visitantes accidentales -con una curiosa mezcla de respeto, inquietud y desprecio, como si se refiriesen a invulnerables y abundantes cucarachas, a una plaga o a un virus- un (Pero ¿has leído todos estos libros?)), Visitantes que preguntan eso porque no se atreven a preguntarse lo que en realidad no quieren saber: «¿Cómo es que yo he leído tan pocos libros? ¿Cómo es que en mi casa apenas hay libros y casi todos son de fotos y algunos de fotos de casas con bibliotecas en las que apenas hay libros salvo libros de fotos y por qué en d lugar de libros, de libros con letras, en sus lugares, hay demasiadas fotos de personas a las que se supone que debo querer incondicionalmente pero cuando lo pienso un poco, con un par de copas encima, la verdad es que me parecen casi todos unos verdaderos y auténticos ... 

PENSAR, CLASIFICAR

De Ventajas de viajar en tren de Antonio Orejudo


Aparcó cerca de la biblioteca y halló sin dificultad el acceso a los anaqueles. La signatura DP estaba ubicada en el tercer piso, y allí se encaminó por una escalera interior. Las inmensas estanterías metálicas, repletas de volúmenes, dibujaban estrechos pasadizos desiertos y oscuros por los que de cuando en cuando Helga se tropezaba con algún estudiante. El sistema de catalogación por la CDU no tiene pérdida; en seguida localizó la serie 233 de la signatura DP, y sólo tuvo que seguir el orden alfabético para dar con DP 233.B7.C9. El volumen Cio, el que debía tomar en sus manos quien llegara primero, no estaba. Instintivamente se volvió, pero a su espalda no había nadie. Ni a su derecha. Ni a su izquierda. Se encontraba en medio de un largo pasillo, sola. De pronto se apoderó de ella una angustiosa sensación de opresión; libros delante, libros detrás, libros arriba, libros abajo, y necesitó salir, respirar aire puro. Logró contenerse, no obstante, y esperar. Era posible que Fat hubiera llegado antes que ella, hubiese cogido el volumen y estuviera dando una vuelta por la biblioteca, podía ser estudiante de Stony Brook. Era posible también que el libro hubiera sido tomado en préstamo por otra persona, en cuyo caso Fat llegaría a ese mismo punto a la hora acordada. Pasaban cinco minutos de las cinco de la tarde. Repentinamente Helga Pato tuvo la sensación de estar siendo observada.

OTRA BIBLIOTECA DE BABEL

De Subterráneos, de Vicente Luis Mora, p.118-119
Ningún programa puede examinar la Biblioteca más rápidamente de lo que ésta crece. Incluso para fijar un mapa del crecimiento los estándares irían al límite de su capacidad. Comienzan a temerse preocupantes consecuencias de esta estructura, si cabe la palabra. Según se cuenta en navegadores desfasados, la biblioteca habría sido creada por el Gran Programador, sobre elementos vegetales, sin pensar que, al reproducir sistemas tomados de una naturaleza anterior y distinta, sus leyes podrían aparecer también tan rígida como naturalmente. De ahí su tendencia a multiplicarse sin discriminación, a la terca supervivencia, a la belleza. Los botánicos bibliotecarios (no confundir con los bibliotecarios botánicos) comienzan a temer que su crecimiento es incontrolado y que el mayor peligro —no sé si confirmarlo es mi misión— no es su dispersión infinita sino el desconocimiento de las leyes o modelos que conforman su elefantiasis.
Por ello, la deriva en el sistema puede desembocar en caminos sin retorno, y ha de estarse siempre alerta. Una decisión errónea puede ser fatal, y condenar a regiones circulares o periféricas, de la que sólo se puede salir esperando que la Biblioteca decida (o decida el Programador) crecer por aquella parte y optimizarla. Hay también regiones que nadie conoce, y otras en las que extraños nódulos titilan en silencio y en la más profunda de las penumbras, Cualquiera está en peligro de extraviarse. Nuestro camino es binario, ceros y unos, unos y ceros, y nunca sabemos cuándo, exactamente, vamos a ponernos en funcionamiento, cuándo se nos designará para actuar en un concreto sentido o dirección, o para seguir latiendo, en mi caso, sin más, en el flujo continuo de energía. Nuestro camino es binario, Unos y ceros. Ser o no ser. Uno, y eres, Cero, no eres: esperas.
No faltan disensiones, grietas, fracturas, en este mundo tan perfecto en apariencia. Están los Brocs. Son bits o programas que olvidaron quiénes fueron, y destruyen programas por puro rencor. No puede reconocérselos a simple vista. Viajan y se comportan como los demás, hasta que inesperadamente revelan, en cualquier parte y sin previo aviso, su auténtica y feroz apariencia. Viejas leyendas dicen que un día gozaron del favor de los Programadores, pero que se creyeron tan puros y perfectos, que éstos les condenaron a vagar sin más finalidad que la destrucción. Como nosotros, no pueden morir. A ellos parece afectarles esa idea.

HABITAT

De Subterráneos, de Vicente Lusi Mora, p.17
Ignoro de qué manera se ha podido hallar un modo de producción alimenticia en un desierto cubierto por acero, pero en Hábitat no escasean los vegetales, ni la comida animal. Desde hace unos meses, sin que nadie sepa cómo, en los contenedores-mercado de la zona oeste puede comprarse pescado fresco. Como bien sabe, a Hábitat sólo llegan diariamente pobladores a pie y camiones con contenedores, pero vacíos; lo he comprobado, personalmente. Más cosas. Ha comenzado la construcción vertical; a cinco kilómetros de Klapuyan (frontera sur de Hábitat desde hace seis años, como sabe), puede verse una torre de contenedores puestos en pie de no menos de 200 metros de altitud. No he podido esclarecer la ingeniería utilizada para semejante envite constructivo, créame que es una de las razones por las que decidí volver aquí: no sé si podría habitar confiado un lugar cuyas leyes no comprendo. Por lo demás, el cuidado arquitectónico roza el virtuosismo: los contenedores han logrado crear microclimas de sombra y zonas umbrías. El otro día descubrí un pasillo de kilómetro y medio a través de varias decenas de ellos, cuyas paredes frontales habían sido separadas con sierras. Es el lugar habitual de paseo de los moradores. También ha comenzado la excavación, y hay túneles en espiral de contenedores enterrados, donde se hace la vida social en grandes grupos. En algunas zonas se ha profundizado tanto que corren veneros desalados y la temperatura es fresca. La distribución poblacional media, hasta donde he podido comprobar, incluye a dos hombres y tres mujeres por contenedor, en régimen de familia abierta. Hay zonas enteras, sobre todo al norte, por donde más contenedores entran, de cubículos vacíos; y otras, más bien al sudeste, dedicadas al almacenamiento residual: de basuras, de trastos inservibles, de restos de las antiguas costumbres fuera de Hábitat, de cadáveres de moradores.

EL BIBLIOFAGO

De Cincuenta caracteres de Elías Canetti, p. 143- 144
El bibliófago
El Bibliófago lee todos los libros sin distinción, siempre que sean difíciles. Los que se comentan no lo dejan satisfecho, han de ser raros y olvidados, difíciles de encontrar. A veces se pasa un año buscando un libro porque nadie lo conoce. Cuando al final lo encuentra, lo lee, lo entiende, lo memoriza y puede citarlo siempre. A los 17 años tenía ya el mismo aspecto que ahora, a los 47. Cuanto más lee, menos se transforma. Todo intento de sorprenderlo con un nombre fracasa, es igualmente versado en cualquier campo. Como siempre hay cosas que desconoce, no se aburre nunca. Procura, eso sí, no citar algo que desconozca, no vaya a ser que otro se le adelante en la lectura.
El Bibliófago es como un arcón que nunca se abre para que no se pierda nada. Teme hablar de sus siete doctórados y sólo cita tres; muy fácil le resultaría sacar cada año uno nuevo. Es amable y le gusta hablar, y para poder hablar también cede a otros la palabra. Cuando dice: «No lo sé)), cabe esperar una conferencia detallada y erudita. Es rápido, porque siempre busca gente nueva que lo escuche. No olvida a nadie que lo haya escuchado, el mundo se compone, para él, de libros y de oyentes. Sabe apreciar debidamente el silencio ajeno, él mismo sólo calla unos instantes antes de iniciar
un discurso. En realidad, nadie quiere aprender nada de él, puesto que sabe mucho más. Propaga incertidumbres no tanto porque sea incapaz de repetirse, sino porque nunca se repite ante el mismo oyente. Sería entretenido si no cambiara de tema. Es justo con sus conocimientos, todo cuenta, cuánto no daríamos por descubrir algo que le importe más que el resto. Pide excusas por el tiempo que, como la gente normal, dedica al sueño.
Con gran expectación y deseando pillarle al fin una mentira vuelve uno a verle después de varios años. Inútil esperanza:
aunque aborde temas totalmente distintos, sigue siendo el mismo hasta la última sílaba. Entretanto, a veces se ha casado o ha vuelto a divorciarse. Sus mujeres desaparecen, siempre falla algo. Admira a quienes le animan a superarse, y, una vez superado, da con ellos al traste. Nunca ha ido a una ciudad sin antes leer todo sobre ella. Las ciudades se adaptan a sus conocimientos, corroboran lo que ha leído, no parece haber ciudades ilegibles.
Se ríe de lejos cuando se le acerca un necio. La mujer que quiera ser su esposa deberá escribirle cartas pidiéndole datos. Si le escribe con cierta periodicidad, él sucumbirá y querrá tener siempre a mano sus preguntas.

QUE GRAN IDEA JEFE¡

CARTAS AL DIRECTOR
Bibliotecarios en su justa medida
Francisco J. Mateos Ascacibar - Badajoz
EL PAÍS - Opinión - 19-05-2006
A decir de la editora María Siguero Rahona, las bibliotecas públicas españolas deberían abrir todos los días del año y en esto coincido con ella. Coincidimos tanto yo como el resto de colegas bibliotecarios, que vemos en la democracia cultural una seña de identidad de cualquier sociedad del bienestar real.

En cambio, debo ilustrarla en cuanto a otra realidad de este país. En España existen numerosas facultades de Biblioteconomía y Documentación. La mayoría de sus estudiantes no encuentran el puesto de trabajo adecuado, por lo que no sería de justicia que de abrirse las bibliotecas públicas y escolares todos los días, los profesionales que ocuparan los nuevos puestos de trabajo no fueran sino diplomados y licenciados en estas ciencias. No hace falta reciclar a ningún otro titulado en técnicas de catalogación o similares. Eso debe pasar a la historia. La gente hoy día, cuando lo necesita, acude a la consulta del psicólogo y no va al confesionario. Si el Estado mantiene a los profesores de religión en los centros escolares, mejor haría manteniendo también a bibliotecarios profesionales en sus respectivas bibliotecas.

Debemos colocar a los profesionales específicos en los puestos que se merecen.

WIKIPEDIA

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