Aquí y ahora: Cartas, Paul Auster, JM Coetzee, p. 190
No cabe duda de que al diseñar la
biblioteca los arquitectos siguieron el consejo de los bibliotecarios, esos
bibliotecarios de la nueva generación que consideran que los libros están
anticuados, y que sueñan con una biblioteca sin papel.
¿Qué tiene esa gente contra los
libros? ¿Por qué no comparten mi idea de la biblioteca como hectáreas y
hectáreas de estanterías sumidas en penumbra que sostienen hileras
interminables de libros apelotonados extendiéndose hasta el infinito en todas
direcciones?
El argumento en contra de la
biblioteca borgiana es casi demasiado tedioso como para repetirlo: demasiado
tedioso y demasiado concluyente, en una época en que la economía ha sido
proclamada reina de las ciencias. Y es que los libros ocupan demasiado espacio.
No hay forma de justificar la preservación de un objeto físico que ocupa veinte
centímetros por quince por tres de costoso espacio, y que además puede pasarse
décadas y hasta centurias cogiendo polvo en una estantería sin que nadie Io toque
ni lo lea. Si dejamos a nuestros seres amados difuntos dentro de agujeros en el
bien los consignamos a las llamas, ¿por qué iba a ser un sacrilegio deshacerse
de los libros muertos?
Deshacerse de los libros, reemplazarlos
por imágenes de libros, imágenes electrónicas. Deshacerse de los muertos, reemplazarlos
por fotografías.
Me llena de aflicción la
perspectiva de las bibliotecas del futuro. Y estoy seguro de que muchos
comparten ese sentimiento. Pero, sentimentalismos aparte, ¿qué puede justificar
esa aflicción? ¿Un ansia de realidad en un mundo de sombras? Los libros no son
reales, por lo menoS no lo son en ningún sentido importante. Las letras mismas
de las páginas son signos, imágenes de sonidos, o sea imágenes de ideas. El
hecho de que lo que llamamos libro se pueda coger con las manos y tenga Olor y
tacto propios es un simple accidente de su producción que no tiene relevancia
alguna para lo que transmite el libro.

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