Crepúsculo, una habitación desierta, un retazo de seda negra sobre una mesa de mármol, aguas que se oscurecen más allá. Esa era la escena, deshabitada, oscura y silenciosa, con la que soñaba desde hacía meses, a menudo dos o tres noches seguidas, siempre el mismo sueño, el mismo cuadro, más o menos, más que menos. ¿Qué quería decir, qué significaba? No lo sabía, no acertaba a imaginarlo, y el enigma que lo envolvía me inquietaba casi tanto como el propio sueño. Suponía que de alguna forma tendría que ver con Venecia, pues en Venecia pasaríamos mi esposa y yo los primeros meses del nuevo año —y, de hecho, del nuevo siglo—, y naturalmente me obsesionaba aquella ciudad misteriosa, por no decir fantasmal, enclavada, de manera increíble, en medio de un pantano.
Lo más llamativo del sueño, aparte de su carácter repetitivo, era que los escasos objetos que en él aparecían —la mesa, el pedazo de tela arrugada, la ventana que daba a lo que yo suponía que era la laguna— se me antojaban de algún modo familiares, hasta el punto de que cuando empezaba a despertar, perplejo y angustiado, en una maraña de sábanas húmedas y con la boca seca, estaba convencido de que la habitación soñada era una habitación de Venecia que había visitado y, más que visitado, en la que me había alojado. Sin embargo, ¿cómo era posible, dado que no conocía la ciudad, que nunca había estado allí?

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