madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda,
tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás.
Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba junto
a la puerta de la escuela como una pordiosera. La habría
matado con medio pensamiento. Junto a mí, silenciosos y
asustados, desfilaban los padres. Un triste hatajo de perlas
falsas y corbatas baratas, venido a recoger a sus hijos defectuosos,
escondidos de los ojos de la gente. Al menos ellos se
habían tomado la molestia de subir. A mi madre yo le importaba
un pimiento, al igual que el hecho de que hubiera
conseguido terminar unos estudios.
Dejé que sufriera casi una hora; observé que al principio
se mostraba irritada, caminaba arriba y abajo a lo largo de
la valla, luego se quedó inmóvil, a punto de echarse a llorar,
como alguien con quien se hubiera cometido una injusticia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario