Koljós, Emmanuel Carrère, p. 52
“Vivíamos tan bien”
En verano, en el curso de
almuerzos en los que rara vez se
juntaban menos de diez comensales, a veces ocurría que el mayordomo se
inclinaba hacia el señor y le decía al oído que fuera había un grupo de aldeanos que querían verle. El
señor arrugaba la servilleta, rogaba que lo excusaran y salía a ver a los
aldeanos. Venían a pedirle que mediara en tal o cual conflicto rural, o a
reivindicar derechos: dejar pastar a su ganado en los prados del señor, coger
setas en sus bosques o talar algunos árboles. Si, como solía ocurrir siempre,
se les concedía la petición, una veintena de brazos vigorosos levantaban al
señor y, en señal de gratitud alegre, lo lanzaban al aire como si fuera una
crepe. La familia y los invitados seguían comiendo, las miradas dirigidas a las
ventanas entreabiertas tras las cuales tenía lugar esa experiencia de
levitación. «Allí aparecía, durante un momento, la figura de mi padre con su
traje blanco de verano ondulado por el impulso, magníficamente despatarrado en
el aire, las extremidades en una actitud curiosamente despreocupada, sus bellas
e imperturbables facciones vueltas hacia el cielo. Por tres veces, impulsado
por los potentes envites de sus invisibles lanzadores, volaba de esa guisa, y
la segunda vez subía más alto que la primera, luego, en el último y más elevado
vuelo, aparecía reclinado, como si fuera para siempre, contra el azul cobalto
cielo de mediodía de verano.» Nunca, en ningún sitio, he oído hablar de este ritual que Nabokov
describe así en recuerdos de infancia, y me pregunto si se lo inventó, fue algo
excepcional que ocurrió una vez y adquirió el rango de leyenda o si, como
parece indicar el uso del imperfecto, era relativamente frecuente en casa de
los Nabokov y solo en su casa.

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