Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

“Vivíamos tan bien”


Koljós, Emmanuel Carrère, p. 52

“Vivíamos tan bien”

En verano, en el curso de almuerzos en  los que rara vez se juntaban menos de diez comensales, a veces ocurría que el mayordomo se inclinaba hacia el señor y le decía al oído que fuera había  un grupo de aldeanos que querían verle. El señor arrugaba la servilleta, rogaba que lo excusaran y salía a ver a los aldeanos. Venían a pedirle que mediara en tal o cual conflicto rural, o a reivindicar derechos: dejar pastar a su ganado en los prados del señor, coger setas en sus bosques o talar algunos árboles. Si, como solía ocurrir siempre, se les concedía la petición, una veintena de brazos vigorosos levantaban al señor y, en señal de gratitud alegre, lo lanzaban al aire como si fuera una crepe. La familia y los invitados seguían comiendo, las miradas dirigidas a las ventanas entreabiertas tras las cuales tenía lugar esa experiencia de levitación. «Allí aparecía, durante un momento, la figura de mi padre con su traje blanco de verano ondulado por el impulso, magníficamente despatarrado en el aire, las extremidades en una actitud curiosamente despreocupada, sus bellas e imperturbables facciones vueltas hacia el cielo. Por tres veces, impulsado por los potentes envites de sus invisibles lanzadores, volaba de esa guisa, y la segunda vez subía más alto que la primera, luego, en el último y más elevado vuelo, aparecía reclinado, como si fuera para siempre, contra el azul cobalto cielo de mediodía de verano.» Nunca, en ningún sitio,  he oído hablar de este ritual que Nabokov describe así en recuerdos de infancia, y me pregunto si se lo inventó, fue algo excepcional que ocurrió una vez y adquirió el rango de leyenda o si, como parece indicar el uso del imperfecto, era relativamente frecuente en casa de los Nabokov y solo en su casa.


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