Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCXIPIT 1.512. CARNICERO / JOYCE CAROL OATES


Nota del editor

Por la presente, hete aquí una biografía que recoge diversas voces, principalmente, la de mi difunto padre, el doctor SilasAloysius Weir (1812-1888), quien fuera durante treinta y cinco años director del Manicomio Estatal de Lunáticas de Trenton, en Nueva Jersey, y, por consenso entre sus colegas médicos, cirujanos y psiquiatras, «padre de la ginopsiquiatría », véase, la psiquiatría especializada en la mujer. Sin embargo, Silas Aloysius Weir también fue pionero en otros aspectos de la medicina, como revelará esta biografía.

En un principio, como albacea testamentario de mi padre, mi intención había sido reunir un compendio de testimonios de sus colegas de profesión con respecto a su obra pionera, en conmemoración del (décimo) aniversario de su fallecimiento; buena parte de mi propósito original se mantiene, sin duda, aunque otros documentos -de fuentes insospechadas- y mi propio comentario han ensanchado esta obra.

He descubierto que resulta imposible obtener una representación fiel de la vida y la carrera de Silas Aloysius Weir. Como valiente pionero de su campo, si bien a veces obstinado, es natural que mi padre despertase mucho resentimiento, rivalidades y censura en su época; tras su muerte, las posiciones con respecto a su reputación se han recrudecido y por lo general, caen de uno de estos dos lados: apoyo o denuncia.

Mi propia posición, como albacea, pero también como su primogénito es, no obstante, objetiva, espero.


INCIPIT 1.328. BABYSITTER / JC OATES


Ella se pregunta por qué

Porque él la tocó. Solo la muñeca.

Un roce con los dedos. Una mirada de soslayo.

Porque le preguntó: «¿Tú de quién eres?». Queriendo decir: «¿De quién eres esposa?».

Porque era un tiempo y un lugar en el que ser mujer -(al menos, una mujer con su aspecto)- implicaba ser esposa de algún hombre.


INCIPIT 1.166. DELATORA / JOYCE CARLO OATES


Delatora

Desaparece. Vete al infierno, ¡chivata!, ¡delatora!

No vas a tener más oportunidades de delatar a nadie.

Como lo oyes, no se te dará otra oportunidad.

No has tenido más que una, la primera.


INCIPIT 938. RIESGOS DE LOS VIAJES EN EL TIEMPO / JC OATES


No hubiesen venido a buscarme, pero, ingenuamente, hice que se fijaran en mí. Me atreví, adrede, a hacer lo que no tenía que haber hecho.
Utilicé mi libre albedrío pero con un cálculo erróneo. O, más bien, sin calcular: sin pensar. Por vanidad y estupidez; y ahora estoy perdida.
A veces, de rodillas, en una postura de oración, soy capaz de atravesar la «barrera del censor”> ... Soy capaz de recordar ... ¡Pero me duele tanto la cabeza! Es un esfuerzo titánico: algo así como luchar contra la gravedad en Júpiter.
Por mi condición de Exiliada tengo prohibido hablar con nadie de mi sentencia o de mi vida antes del Exilio, así pues mi soledad es doble.
Aunque pocas veces me falta compañía en este sitio extraño, me siento muy sola y no estoy segura de poder perseverar. Mi condena es de «solo» cuatro años. Podría haber sido «perpetua».
O podría haber sido Aniquilación.
De rodillas noche tras noche, mientras me esfuerzo por recordar, por recuperar mi antiguo yo, perdido, trato de sentirmne agradecida por que mi condena no haya sido Aniquilación.
 Y también trato de agradecer que no detuvieran además a alguien de mi familia como colaborador/facilitador de la Traición.

INCIPIT 784. VIDAS GEMELAS / ROSAMOND SMITH

En el momento más importante, mientras se prepara para meterse en la cama del apartamento que han decidido compartir en el séptimo piso del nuevo y elegante edificio de cristal y hormigón Greenwood Towers, tras un año, o había sido más, de pasión, indecisión, especulación, duda y más cosas -muchas más: las complejidades del amor romántico resisten toda transcripción-, en este momento, el más delicado e íntimo de todos los momentos, Molly Marks se encuentra, para su desesperación, en el aprieto de haber sorprendido a su amante Jonathan McEwan en una mentira.
Una no verdad, se podría decir; aunque quizá se trate de algo inocente o, en cualquier caso, involuntario, Jonathan ha permitido que Molly creyera que era hijo único -el único hijo de unos padres jubilados y algo· solitarios- cuando en realidad tiene un hermano: un hermano gemelo.

-Un hermano gemelo idéntico –dice Jonathan de mala gana y en tono de disculpa.

INCIPIT 572. MAMA / JOYCE CAROL OATES

día de la madre
Nueve de mayo de 2004. Uno de esos días de primavera contradictorios: muy soleados pero no muy cálidos. Soplaban ráfagas de viento procedentes del lago Ontario en breves y fuertes rachas a modo de ataques relámpago. Un cielo de aspecto duro como baldosas azules. Aquel olor a hierba húmeda que desprendían los céspedes delanteros perfectamente rectangulares de Deer Creek Drive.  A lo largo de toda la calle había grupos de lilas en flor. De vivo y reluciente color morado, pinceladas de pintura azul lavanda.
En el 43 de Deer Creek, la casa de mis padres, en la que mamá vivía sola ahora que papá había muerto, había demasiados vehículos aparcados en la entrada y junto al bordillo. El Land Rover de mi cuñado, el viejo Caddie negro de mi tía Tabitha, que parece un coche fúnebre; éstos eran previsibles, pero había otros, entre los que se encontraba un coche deportivo de color rojo carmín muy pegado al suelo que tenía forma de fúsil.
¿A quién conocía mamá que condujera semejante coche?
Al diablo si quería conocerle. (Tenía que ser un él por supuesto.)

Mi madre siempre me estaba presentando a “solteros disponibles”. Desde que yo estaba liada con un hombre no disponible. Era muy propio de mamá invitar a personas ajenas a la familia el día de la Madre. Era muy propio de mamá invitar a su casa a personas que eran prácticamente extraños.

INCIPIT 539. BLONDE: UNA NOVELA SOBRE MARILYN MONROE / JOYCE CAROL OATES

Entrega en mano
Ahí venía la Muerte, avanzando presurosa por el bulevar, bajo la mortecina luz sepia.
Ahí venía la Muerte, volando sobre una vulgar y pesada bicicleta de mensajero, como en los dibujos animados.
Ahí venía la Muerte; infalible. Una Muerte imposible de disuadir. Una Muerte con prisas. Una Muerte que pedalea frenéticamente. La Muerte, que lleva un paquete con la inscripción ENTREGA EN MANO. FRAGIL en un rústico cesto situado detrás del asiento.
 Ahí venía la Muerte, abriéndose paso diestramente con su vulgar bicicleta entre el tráfico del cruce de Wilshire y La Brea, donde, debido a reparaciones en la calle, los dos carriles con dirección oeste de Wilshire se habían fundido en uno.
¡Qué Muerte tan rápida! Haciendo morisquetas a los conductores maduros que le tocaban la bocina.
La Muerte burlándose: ¡Vete a la mierda! Y tú también. Como Bugs Bunny adelantando a toda velocidad a los resplandecientes automóviles de último modelo.
Ahí venía la Muerte, sin amilanarse ante el aire enrarecido y contaminado de Los Ángeles ni ante el cálido aire radiactivo del sur de California, donde la Muerte había nacido. Sí, he visto a la Muerte. Soñé con ella la noche anterior y muchas noches antes. No tenía miedo.

Ahí venía la Muerte, tan resuelta. Ahí venía la Muerte, inclinada sobre el herrumbroso manillar de una bicicleta destartalada pero imparable. Ahí venía la Muerte, luciendo una camiseta del Instituto Tecnológico de California, pantalones cortos limpios pero sin plancha, zapatillas de deporte sin calcetines. 

INCIPIT 506. COMO BOLA DE NIEVE / JOYCE CAROL OATES

Era una tarde cualquiera de enero, un jueves, cuando vinieron a buscar a Matt Donaghy.
Fue en la quinta hora de clase, cuando Matt se encontraba en la sala de estudio, en el aula no del instituto Rocky River, en el condado de Westchester.
Matt y tres amigos, Russ, Stacey y Skeet, habían formado un círculo con sus pupitres en el fondo del aula y estaban discutiendo en voz baja sobre la adaptación teatral en un solo acto que había hecho Matt a partir de un relato de Edgar Allan Poe; estaba previsto que, al finalizar las clases en el Club de Teatro, leyeran William Wilson: un caso de confusión de identidad a los  miembros del club y a su profesor, el señor Weinberg. Era una coincidencia que el señor Weinberg, que enseñaba Literatura y Teatro en el instituto Rocky River, fuera el encargado de vigilar la hora de estudio. Cuando llamaron a la puerta del aula, se dirigió a abrirla con su habitual ademán amable y despreocupado.
-¿Qué puedo hacer por ustedes, caballeros?
Sólo se dieron cuenta de ello unos pocos estudiantes sentados cerca de la puerta. Tal vez advirtieran cierta nota de sorpresa en el tono del señor Weinberg. Pero éste, con su cabello pelirrojo que iba encaneciendo {y que llevaba más largo que la mayoría de sus colegas varones

del instituto) y una barba hirsuta que invitaba a la burla, tenía el don de dar un toque teatral a los comentarios más normales, poniendo una nota de humor siempre que podía. Llamar «caballeros» a dos desconocidos era muy propio del sentido del humor del señor Weinberg.

INCIPIT 91. AGUA NEGRA /JOYCE CAROL OATES


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El Toyota alquilado, conducido con impaciente euforia por el Senador, corría veloz por la carretera sin nombre, no asfaltada, derrapando vertiginosamente en las curvas, cuando de repente y sin previo aviso se salió del camino y se precipitó en la negra corriente del agua donde, escorándose hacia el costado opuesto al del conductos, procedió a hundirse con rapidez.
¿Voy a morir? ¿Así…, de este modo?

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