Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.597, Todas las hijas de la casa de mi padre / Juan Francisco Ferré


Primera parte 

DIOS 
(1976-1979)

 1 Dios no quiere que escriba esta novela.

 2

 Dios creó el mundo un 22 de octubre, según las teorías del arzobispo irlandés James Ussher, cuatro mil cuatro años antes del nacimiento de su único hijo, Jesucristo Superstar. Mil novecientos sesenta y dos años después, un 22 de octubre también, nació su única hija.

 3

 Mi padre biológico no quiso que yo naciera. El ginecólogo le planteó el problema. El parto iba mal. Se trataba de salvar la vida de la madre o la vida del feto. El doctor, como era costumbre en la época, quería salvar al feto. Mi padre quería salvar a toda costa la vida de mi madre. Yo nací contra la voluntad de mi padre. A mi madre nadie le preguntó.

4

La cesárea nos salvó la vida a las dos, a mi madre y a mí. Era un costurón espantoso que recorría el vientre de mi madre desde el triángulo del pubis hasta el orificio del ombligo. Cada vez que lo miraba me producía escalofríos. De ahí me había extraído a la fuerza el ginecólogo, como a Moisés de la canastilla en el Nilo, con la cabeza intacta y las ideas confusas, cuando yo no quería abandonar el útero materno por nada del mundo. Mi madre era una madre vocacional y se sentía muy orgullosa de esa cicatriz horrible. Representaba para ella la marca de su realización como madre.

Ferrer Lerín


Bartebly y compañía, Vila-Matas, p.56

16) Es como si últimamente les hubiera dado a los escritores del No por ir directamente a mi encuentro. Estaba tan tranquilo esta noche viendo un poco de televisión cuando en BTV me he encontrado con un reportaje sobre un poeta llamado Ferrer Lerín, un hombre de unos cincuenta y cinco años que de muy joven vivió en Barcelona, donde era amigo de los entonces incipientes poetas Pere Gimferrer y Félix de Azúa. Escribió en esa época unos poemas muy osados y rebeldes -según atestiguaban en el reportaje Azúa y Gimferrer-, pero a finales de los sesenta lo dejó todo y se fue a vivir a Jaca, en Huesca, un pueblo muy provinciano y con el inconveniente de que es casi una plaza militar. Al parecer, de no haberse ido tan pronto de Barcelona, habría sido incluido en la antología de los Nueve Novísimos de Castellet. Pero se fue a Jaca, donde vive desde hace treinta años dedicado al minucioso estudio de los buitres. Es, pues, un buitrólogo. Me ha recordado al autor austríaco Franz Blei, que se dedicó a catalogar en un bestiario a sus contemporáneos literatos. Ferrer Lerín es un experto en aves, estudia a los buitres, tal vez también a los poetas de ahora, buitres la mayoría de ellos. Ferrer Lerín estudia a las aves que se alimentan de carne -de poesía- muerta. Su destino me parece, como mínimo, tan fascinante como el de Rimbaud.


INCIPIT 1.138. FAMILIAS COMO LA MIA / FERRER LERIN


Febrero de 1960

Josep, La Muerte, camina por el oscuro, frío y húmedo pasillo que de la sala de disección conduce a la plataforma. La colilla en los labios, gafas con cristales de culo de vaso, interminable bata que debió de ser blanca arrastrando casi tanto como los dos cadáveres que lleva sujetos bajo los brazos. Y un descuido en el manejo del elevador que a esas horas nadie debía utilizar produce el salto al vacío -no hay puertas- y una caída al hueco de grasa, cables y ruedas dentadas, donde permanecerá tres días magullado y abrazado a unos seres con los que según la masa estudiantil acostumbra a mantener sofocadas relaciones sobre las mesas de mármol. Josep Cuscó Balsareny, oriundo de la montaña pirenaica, represaliado, protegido por un profesor ayudante que se dice también es rojo, tiene como misión el traslado de los cuerpos y de sus porciones desde la morgue situada en el segundo sótano hasta la gran sala, situada encima, donde profesores y alumnos realizan las prácticas de anatomía: en unos grandes recipientes, inmersos en un líquido espeso y que produce irritación en los ojos, se encuentran otras piezas pero su extrema dureza, al estar momificadas por el formol, hace casi imposible diseccionarlas; una de las bromas propias de primer curso, además de meter en el bolsillo de la bata de las escasas estudiantes orejas o penes mutilados, era bailar con Ramiro, un cadáver gigantesco, de espantosa rigidez, que se extraía con gran dificultad de su bañera y se colocaba de pie apoyándolo en un muro.


MULADAR


Familias como la mía, Ferrer Lerín, p. 104

El muladar es un lugar de culto. Pero restringido. Sin embargo pese a todas las cautelas y recomendaciones siempre hay alguien entre los iniciados que lo visitan que no guarda el debido silencio cuando regresa a su lugar de origen. Hay épocas críticas; el verano, semana santa, cuando incluso grupos, acuden con sus cámaras a registrar lo que allí sucede. Recuerdo a un fotógrafo belga, en pleno mes de agosto, inmóvil debajo de un arbolito que ni le protegía del inclemente sol ni mucho menos impedía que fuera detectado por la poderosa visión de las aves. Allí permaneció hasta que deshidratado y triste se dio por vencido. Es difícil conseguir un equilibrio entre lo que debiera ser un espacio funcional de ayuda ganadera, un espacio para el mantenimiento de las poblaciones de fauna salvaje, un espacio dedicado al estudio de la misma y un espacio de gran poder visual donde el inmenso paisaje natural integra un microcosmos de huesos, insectos necrófagos, lagartijas a la caza de insectos, hormigueros surgidos gracias al insólito aporte de grano del aparato digestivo de los cadáveres de herbívoros y un complejo mosaico vegetal mezcla de esos mismos contenidos estomacales y de la potenciación de las plantas herbáceas locales debido al inusual abonado.

También hubo un tiempo en que el muladar se convirtió en un campo de trabajo. El artista Tito venido del mundo del cabello deseaba entrar en el mundo del esqueleto. Su escultura deseaba ser más sólida, perdurable, sonora. El componente hueso, materia elemental, soporte primigenio, deseaba ser utilizado ya en su estadio final antes de desaparecer enterrado, mineralizado y convertido en polvo. Un grupo numeroso de ayudantes, cámaras, directores, guionistas se balanceaba al viento cierzo mientras flanqueaba al escultor que recogía poseído de una fuerza espectral huesos y huesos para introducirlos en sacos en una camioneta. Tito fue grabado para la televisión equipado con una bata blanca, guantes de goma y gorro negro ajustado al rasurado cráneo. De aquella cosecha y de muchas otras no amparadas por el bullicio de los periodistas surgió una monumental obra de un dramatismo primitivo y de una belleza lunar. Luego, agotadas las formas, extrajo sonidos que sin duda proceden del dolor de la carne acribillada y devorada por los gusanos: un arpa artesana sobre un lecho óseo. Además en esa época y bajo la advocación de Tito aparecieron otros peregrinos. Recuerdo a Giralda Adober, trovador provenzal, que pretendió jugar con la muerte durmiendo bajo las estrellas, junto a las fieras que merodean y olfatean en tomo al muladar, y al que aún no se le ha borrado el espanto del rostro. Y también al paracaidista cántabro Nicolás de Sinsabor que fue derribado de una pedrada, por suerte a pocos metros del suelo, cuando se lanzaba desde un risco próximo para poder sentir lo mismo que el buitre leonado en su descenso sobre la carroña.


FAULKNER


Familias como la mía, Ferrer Lerín, p. 14

Abril de 1960

Debo a Luis de Caralt, a Ediciones G.P., a Plaza y Janés, quizás a todos por igual o quizás a sólo uno de ellos -aparecían todos los nombres sin saberse a ciencia cierta quién mandaba- mi conocimiento de William Faulkner o, lo que es lo mismo, el inicio de -como alguien diría después- una cierta carrera literaria. Una pequeñísima papelería -más que librería-, en la Vía Layetana, en un semisótano, contiguo a otro en el que se ubicaba la confitería donde cuando niño se compraban los dulces tras la misa de doce, mostraba, en unos escaparates de madera pintada de verde que quedaban muy por debajo del nivel de los ojos, varios volúmenes de la colección Reno de esa editorial, ejemplares en un formato que entonces debió empezar a llamarse «libro de bolsillo”. Entré por primera vez en el establecimiento con la idea de comprar unos cuadernos pero sólo terminar de bajar las empinadas escaleras me topé con un expositor -ese artilugio que luego se denominaría pomposamente góndola- en el que se encontraban los mismos títulos que en los escaparates de la calle. Fue un acto reflejo, cogí uno, lo hojeé, vi algo que era nuevo, una literatura densa, pero como mecida por música negra, lo acerqué al mostrador y me lo envolvieron junto a unos blocs de Enri. Era mi primer Faulkner, El villorrio, no el mejor, pero el que abriría el camino; ahora recuerdo que la confitería se llamaba Vila Bou y que en la misma papelería-librería adquiriría meses más tarde otro libro, uno de los primeros volúmenes de la colección Los Premios Nobel de Literatura, también de Ediciones G.P., que incluía tres obras de autores diferentes, la primera,  iDesciende, Moisés!; conjunto de relatos faulknerianos entre los que se halla uno memorable: El oso.

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