Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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Incipit 1.184. Cómo ordenar una biblioteca / Roberto Calasso


1. Cómo ordenar una biblioteca

¿Cómo ordenar la propia biblioteca? Es un tema altamente metafísico. Me sorprende que Kant no le haya dedicado un breve tratado. De hecho, ofrece una buena ocasión para indagar en la cuestión capital: ¿qué es el orden? El orden perfecto es imposible, sencillamente porque existe la entropía. Pero sin orden no se  puede vivir. Con los libros, como con todo lo demás, es necesario encontrar un término medio entre esas dos afirmaciones.

En lo que se refiere a los libros, el mejor orden no puede sino ser plural, al menos tanto como  lo sea la persona que usa esos libros. Debe ser, además, sincrónico y diacrónico a la vez: geológico (por estratos sucesivos), histórico (por fases y caprichos), funcional (en relación con el uso cotidiando en un momento determinado), técnico (alfabético, lingüístico, temático)


EL HOMBRE SURREALISTA


Cómo ordenar una biblioteca, Roberto Calasso, p. 82

La conversación se abre con una pregunta de Breton: “Un hombre y una mujer hacen el amor. ¿En qué medida el hombre se hace cargo del placer de la mujer? ¿Tanguy?”Antigua cuestión. Respuestas ambiguas. Tanguy: “En muy escasa medida.” Intervienen otras voces. Breton dirige y juzga: “¿Naville considera en ton ces que materialmente el placer de la mujer y el del hombre, en el caso de que estos sucedieran simultáneamente, podrían traducirse en la emisión de fluidos seminales confusos e indiscernibles?” Naville confirma. Breton replica: “Es imposible constatarlo, a menos que se mantengan con una mujer relaciones verbales muy discutibles.”

No se dice nada más al respecto: nunca sabremos qué son estas “relaciones verbales muy discutibles”. Se pasa a continuación a la homosexualidad (denominada como pederastia). Acerca de esta Queneau se atreve a decir que no tiene «ninguna objeción moral». Protestas. Pierre Unik declara: “Desde el punto de vista físico, la pederastia me disgusta del mismo modo que los excrementos y, desde el punto de vista moral, la condeno.” Queneau rebate que ha observado “entre los surrealistas un particular prejuicio contra la pederastia”. En este punto Breton se siente obligado a intervenir para poner las cosas en su lugar: “Acuso a los pederastas de proponer a la tolerancia humana un déficit mental y moral que tiende a erigirse en sistema y a paralizar todas las empresas que yo respeto. Hago algunas excepciones; una, al margen de todas las categorías, en favor de Sade y otra, más sorprendente para mí mismo, a favor de Lorrain.” Dudas acerca de estas excepciones: «Entonces, ¿por qué no los curas?>> Breton precisa: “Los curas son los hombres más opuestos a la instauración de esa libertad de costumbres.”

Se sigue adelante, entre sobresaltos. Prévert dice que no está interesado en hacer el amor en la iglesia, «por miedo de las campanas”. Péret, siempre extremado, dice: «No pienso en ello y tengo grandes ganas de hacerlo.” Breton coincide y especifica: «Desearía que estuviera acompañado de todos los refinamientos posibles.” Péret desvela entonces cómo se propone actuar: «En tal ocasión quisiera profanar las hostias y, si fuera posible, depositar excrementos en el cáliz.” Breton no se pronuncia sobre este punto.


LA MUJER SURREALISTA


Cómo ordenar una biblioteca, Roberto Calasso, p. 92

Uno podría preguntarse cuándo y cómo apareció ese personaje numinoso y ominoso que fue la mujer surrealista. Encontramos un punto de partida en la página 17 del primer número de La Révolution Surréaliste: una secuencia de pequeñas fotos cuadradas de veintiocho hombres jóvenes, en orden alfabético. En el centro, más grande y también en formato cuadrado, la foto de una mujer sin nombre. Abajo se lee, en cursiva: “La mujer es el ser que proyecta la sombra más grande o la luz más grande en nuestros sueños. Ch. B.”, es decir, Charles Baudelaire, el primero de los videntes.

¿Quiénes son los veintiocho hombres? Los surrealistas del momento, junto a tres de sus altos protectores: Freud, De Chirico y Picasso. En segundo lugar, en la secuencia, Artaud, “bello como una ola, simpático como una catástrofe”, según Simone Kahn, la mujer de Ereton. A continuación, Crevel, “el más apuesto de los surrealistas”; Carrive, el más joven (tiene dieciséis años); los últimos son Man Ray y Savinio.

¿Quién es la mujer que aparece en el centro, en una foto como de prontuario policial? Mirada melancólica y dolorida. Es Germaine Berton, hoy definida por las enciclopedias como “obrera, sindicalista, anarquista”. El22 de enero de 1923 había matado de un balazo a Marius Platean en la sede de Action française, de la que era secretario. Asesinado por error. La autora del  atentado buscaba a alguien de mayor rango, Maurras o Léon Daudet -los jefes políticos, además de influyentes literatos.

Durante el juicio por el asesinato, Aragon escribió, para defender a la imputada, que era legítimo «recurrir a medios terroristas, en particular al asesinato, para salvaguardar, con el riesgo de perderlo todo, lo que parece -con razón o sin ella- como lo más precioso del mundo”. Germaine Berton fue absuelta en 1924 y se dedicó a dar una serie de conferencias, que resultaron tumultuosas y provocaron nuevamente su arresto. No se sabe mucho más de su vida posterior; se suicidó en 1942.

La mujer surrealista surgía con un halo de sangre y de muerte. Existía, sin embargo, una imagen alternativa. También en el primer número de La Révolution Surréaliste, en la página 4, se reproducía la magnífica foto tomada por Man Ray del torso desnudo y acéfalo de Lee Miller, rayado de sombras. La mujer surrealista estaba compuesta de la mirada alarmante de Germaine Berton y del torso reconocible de Lee Miller.


LOS BARBAROS


El Cazador Celeste, Roberto Calasso

Según Platón, Egipto y Mesopotarnia reconocieron bastante antes que Grecia cierta verdad acerca de los «dioses del cosmos” -los astros- gracias a la «belleza de sus estados», por la cual el cielo siempre está despejado y brillante. Cosa que no debe desalentarnos, más bien al contrario: “Pero tengamos en cuenta que los griegos han perfeccionado todo lo que han recibido de los bárbaros y lo han elaborado hasta su perfección [télos].» En pocas palabras se dice aquí la diferencia irreductible entre los griegos y cualesquiera otros: el culto y la práctica de la perfección. Los griegos no pretenden haber inventado nada. Son conscientes de ser un pueblo joven, rodeado de civilizaciones sabias “desde hace muchos milenios». Su pretensión es, en todo caso, “que los griegos, con su educación, con el auxilio del oráculo de Delfos y su fidelidad en la observancia de las leyes, tributarán a todos estos dioses un culto realmente más excelente y adecuado que el culto y las tradiciones procedentes de los bárbaros». Pretensión inmensa, que al mismo tiempo ilumina con la máxima claridad la relación de los griegos con todos los bárbaros. Es verdad, allí se los reconocía provistos de doctrinas verdaderas y de origen remoto, pero necesitados de un perfeccionamiento que solo los griegos se consideraban en condiciones de ofrecer. Declaraciones, al mismo tiempo, de extrema humildad y de desenfrenada altanería. Grecia estaba fundada sobre esa combinación, según el viejo Platón -el testimonio más autorizado con que contamos.

Los bárbaros eran, entonces, lo contrario de lo que la palabra ha terminado por significar entre los modernos. No eran pueblos nuevos, rústicos, inarticulados, fuertes. Eran civilizaciones más antiguas que Grecia -sobre todo Egipto, Mesopotarnia y Persia-, que habían alcanzado una sabiduría tan alta como inmóvil. Algo los había fijado y vuelto rígidos. Ahora les tocaba a los griegos cumplir con la inmensa obra que los había precedido, volviéndola más flexible y ágil. Además, simplificándola. Ese fue el genio y el prodigio de los griegos. Nietzsche lo definió así: “La superior naturaleza moral de los griegos se revela en su sentido de totalidad y de simplificación; ellos se contentan al mostrarse como el hombre simplificado, del mismo modo en que nos contenta la vista de los animales.»


LOS JUEGOS OLIMPICOS


El Cazador Celeste, Calasso, p. 330

Los juegos olímpicos no solo eran no-primitivos sino decididamente, en cierto sentido, no-religiosos [ .. .]. Por el contrario, el culto de Dioniso y de Orfeo me parecía, con todos sus defectos y licencias, esencialmente religioso.” Jane Harrison tenía el don de la franqueza. Sabía hacer explícito lo que varios colegas suyos (Murray, Cornford, A. B. Cook) percibían pero no se atrevían a declarar.

Lo que destaca en sus palabras es la afirmación de que los Olímpicos eran algo no-religioso. ¿Cómo se pudo llegar a un tal vuelco de la situación? Habían pasado algunos milenios y ahora una estudiosa de Cambridge se encontraba con que Zeus, Apolo, Mrodita y Atenea eran extraños al sentimiento religioso, porque eran superficiales. Seguramente esa sensación era compartida no solo por algunos de sus colegas sino por cierto clima europeo hacia el año 1911.

Además de superficiales y por tanto despreciables, los Olímpicos son abismales. Nietzsche lo había dicho: “Aquellos griegos eran superficiales, ¡por profundidad!” Cuanto más se indagan las historias de los Olímpicos, tanto más se advierte una resistencia a cualquier intento de explicación. Son los dioses quienes explican a quien intenta explicarlos, no al revés.Lo que podía inducir al equívoco a Jane Harrison es que el carácter abismal iba acompañado de una invencible fragancia. Eran ligeras, aquellas figuras, y acaso insinuaban un presagio de precariedad, como un ramo de flores frescas. No imponían esa gravedad que, en Europa, se solía asociar con todo lo religioso. Europa había perdido algo por el camino, Europa había ido reduciendo progresivamente todo sentido de lo religioso. Los olímpicos, en cambio, permanecían intactos. Su irreductible extrañeza residía en eso: eran dioses, pero no se dejaban estorbar por sentimientos de contrición. El sentido de superficialidad que para algunos emanaban era algo que otros dioses mediterráneos no habían llegado a conquistar. Por eso los Olímpicos eran a tal punto dóciles y no se resistían a ser estatuas. Como tales, después de muchos siglos, siguen existiendo. Tienen el privilegio de no pedir ofrendas. Vuelven a ser lo que acaso fueron desde el principio: imágenes de la vida autosuficiente, exentas, soberanas.


LUPERCALES


El Cazador Celeste, Calasso, p. 196

Ovidio arriesga una imprudente explicación que nada explica acerca del origen de las lupercales, fiesta antigua y rústica. Unos mil novecientos años más tarde, James Frazer trató de dar razón de ese rito desconcertante. Según su reconstrucción, jóvenes completamente desnudos, con excepción de un cinturón de piel, corrían alrededor del perímetro de la Roma antigua. Con tiras de piel que habían arrancado de las cabras sacrificadas por los lupercales azotaban a quienquiera que se encontraran, pero sobre todo a las mujeres, «que ofrecían las manos para recibir los golpes, convencidas de que era una manera segura de obtener descendencia y un buen parto·. El relato de Frazer es eufemístico y no dice los detalles que todavía hoy «permanecen sin explicación», como observó Dumézil: después de haber  sacrificado a las cabras, los lupercales tienen que untarse la frente de sangre con un cuchillo, después otros jóvenes secan la sangre con un trozo de lana embebido en leche -y «los jóvenes tienen que reír después de que la sangre haya sido secada”. Esto escribió Plutarco. De esa sangre y de esa risa obligada nadie ha sabido dar razón. En cuanto a las mujeres azotadas en las manos, no siempre el rito debía limitarse a esto. En un mosaico encontrado en Túnez se ve a una mujer levantada por dos jóvenes por las axilas y las piernas, mientras un Luperco está a punto de azotarla en la parte inferior del cuerpo, desnudada.

Frazer describió las lupercales con el mismo tono impasible con el que había descrito los ritos sangrientos de muchas tribus ignotas. Esas descripciones se yuxtaponen fácilmente. Pero en el caso de las lupercales era de rigor referirse también a las crónicas de Roma, y en particular a lo que había sucedido el 15 de febrero del 44 a. C., un mes antes del asesinato de César y un año antes del nacimiento de Ovidio. Recordaba que el 15 de febrero era, en Roma, un día especial: «Una vez al año, durante un día, el equilibro entre el mundo regulado, explorado, acotado, y el mundo salvaje se rompía: Fauno lo ocupaba todo.”


JAMESIANA


El Cazador Caleste, Roberto Calasso, p. 168

De hecho, el obstáculo mayor, si se quiere comprender algo de la prehistoria, está dado por el hecho de que en el ínterin la vida de los hombres se ha aliviado enormemente. A tal punto que el mundo puede incluso no ejercer ya ninguna presión sobre quien lo observa. Al menos en determinadas situaciones experimentales, como la que se alcanzó en el siglo XIX, ante todo en los miembros de la alta burguesía que vivía de rentas, en los años de la reina Victoria. Este era el material humano predilecto de Henry James. Este, en lugar de sílex afilados, disponía de frases dejadas caer en conversaciones, anécdotas, chismes, visitas, banquetes, paseos. Sobre la base de todo eso, James reconstruía una maraña de lazos que no tenían prácticamente ninguna relación con el mundo exterior. La naturaleza era un escenario ocasional. Todo se desarrollaba en interiores, ocasionalmente en la calle o en jardines. ¿Qué podía pasar cuando el alivio, la decisión de deshacerse del mundo como de un lastre molesto, se volvía una regla de vida conscientemente practicada?

Entre los cuentos más importantes de Henry James hay algunos que no llegó a escribir. Son los «pequeños sujets de nouvelles,, embriones nunca desarrollados que solo conocemos por las anotaciones en los Cuadernos. Sin embargo, se tiene a veces la sospecha de que precisamente fuera esa su forma final la más adecuada para una historia que, en innumerables ocasiones, había nacido de una frase dicha por alguien en conversaciones, durante una de las innumerables ocasiones mundanas de las que James participaba -y que eran el terreno mismo, continuamente movido y removido, de su obra. Así sucede con una frase que le había dicho Mrs. Procter, en la que James reconoce el “minúsculo germen para un cuento diminuto”, del que solo nos queda un apunte.

En Torquay, el28 de octubre de 1895, James anotó estas palabras en su cuaderno: “Recuerdo cómo Mrs. Procter me dijo una vez que, habiendo tenido una vida repleta de problemas, sufrimientos, cargas y devastaciones, la posibilidad de sentarse a leer un libro constituía para ella, en sus años otoñales, un placer singular, un lujo profundamente sentido: tan grande era el sentimiento de seguridad que de ello emanaba, la certeza de que, tras haber sobrevivido a tantas cosas, nada podía ocurrir/e ahora. Prácticamente nunca había gozado de ese placer en tal grado y manera; y día tras día disfrutaba de él como si fuese nuevo. Tal vez exagero un poco la declaración de su éxtasis personal, pero lo cierto es que hizo el comentario y entonces me impresionó muchísimo. Ahora vuelve a mí con la sugerencia del minúsculo germen de un cuento diminuto.»


LA VIA LACTEA


El Cazador Celeste, Calasso, p. 183

Aunque los héroes eran hijos o descendientes de Zeus y de una mortal, lo cual los acercaba a los dioses, estaban destinados a morir, igual que los hombres. Para volverse inmortales era necesario chupar la leche de Hera, la primera enemiga de las madres de los héroes. Tercera consorte de Zeus, Hera había engendrado a Ares, Hebe e Ilitia -todas ellas habitantes del Olimpo. La leche de Hera era permanente. Podía ser chupada por quien que, de otro modo, estuviera destinado a morir. A cada instante, Hera se encontraba en la condición de las mujeres que acaban de dar a luz. En ese estado, perseguía a las  mujeres parturientas o que estaban a punto de dar a luz, preñadas por el semen de Zeus. No era uno de los secretos menores de la fisiología divina.

En esto pensaba Zeus mientras Hera dormía. Acercó a su seno al pequeño Hércules, ya condenado a sus trabajos. Zeus no quería que un día desapareciera en el Hades. Hércules se agarró a un pezón de Hera y empezó a chupar con ardor, como un amante. Hera se revolvió y lo rechazó. La leche seguía fluyendo, sin embargo, y haciendo un gran arco salpicó el cielo. Las gotas formaban grumos en la bóveda oscura, en una larga cinta desflecada. Otras gotas fueron a dar sobre la tierra, esparcidas entre los campos y los desiertos. Así se formó la Vía Láctea. En la tierra despuntaron los lirios blancos, los mismos que un día el arcángel Gabriel llevaría a María, en el momento de la Anunciación.


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