La mirada de Ulises, Erich Auerbach, p. 86
A su lado, los personajes de las
grandes novelas realistas del siglo XX son meras comparsas, personajes a los
que se ha atrapado por algún extremo de su ser y acto seguido se los ha
compuesto. La gran inutilidad y la aparente falta de composición de la novela,
que no exige de ninguna de sus figuras absolutamente nada que deba suceder para
conducir el desarrollo del relato en tal o cual dirección, les concede la
libertad de moverse como más propio les parezca; la necesaria limitación que
para Stendhal o Flaubert (por no mencionar a otros) se origina a partir de la
construcción, del inamovible plan pragmático de sus obras, está ausente en el
caso de Proust. Así, el producto, caprichoso y casi botánico, brota de un modo
totalmente autónomo, apenas se siente la mano del hacedor, y si otros grandes
escritores, desdeñando la descripción y el análisis, logran con pocas palabras
que un personaje sea, en su momento trágico, inolvidable durante siglos, esa
actitud, quizá más sublime, no corresponde a la novela; al lado de la obra de
Proust, casi todas las novelas que conocemos parecen novelas cortas. En busca
del tiempo perdido es una crónica de la memoria—en la que el lugar de la
sucesión temporal empírica pasa a ocuparlo el encadenamiento secreto y a menudo
descuidado de los acontecimientos, que el biógrafo del alma, el que vuelve la
vista atrás y mira dentro de sí mismo, siente como propio—. Lo que ha ocurrido
no tiene ya poder alguno sobre él, v el autor nunca pretende que aún no ha
ocurrido lo que sucedió hace mucho tiempo y que todavía esté por decidir lo
decidido mucho tiempo antes, Es por eso que no hay ni tensión ni punto dramático culminante, nada se
precipita ni se amontona, y tampoco, después, hay solución y calma.

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