Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

K.

               


1922, Rivero Taravillo, p. 158

En su angustia, la posibilidad de la muerte es un quicio por el que puede llegar la liberación, tan deprimido está. El 30 de junio, un hermoso día en Praga, se jubila antticipadamente de su puesto en una mutua de accidentes laborales donde tenía un prometedor futuro. A ver, hay firmar aquí, aquí y aquí. Por triplicado. Eso es. Un momento que le pongo el sello. Así. Ya está. Esta es su copia. Le deseamos lo mejor, señor Kafka. Cuídese.

Libre de sus obligaciones y horarios, y con una pensión de mil coronas mensuales, que estira en su vida frugal y sin pretensiones en el confín sur de Bohemia, Franz Kafka es huésped de su hermana menor Ottla y aprovecha para continuar la novela El castillo, que comenzó a escribir en febrero. Su amigo Max Brod ha leído un avance ese verano,y lo insta a que siga trabajando en la narración del enigmático K., pero la obra quedará inconclusa a su muerte dos años pues, y ya se publicará póstumamente.

Kafka ofrece en su propia vida una versión distinta de la relación Ulises-Telémaco, Dedalus-Bloom, Cummings-Pound, y lo demuestra en su «Carta al padre». Para él, progenitor es una figura opresora, no suavizada por admiración ninguna, alguien que le quita el aire como una planta hurta el oxígeno en una habitación cerrada de noche. En pocos párrafos queda esto más patente, como cuando lo imagina ocupando todo un mapamundi desplegado y le parece que para su vida sólo se pueden tomar en consideración los lugares que están libres del padre. ¿Pero cuáles, si los ocupa ocupa absolutamente todos?


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