Despedidas, Julian Barnes, p. 200
Así que, por volver a Proust,
ahora nos parece absolutamente cierto e inmutable que en su obra En busca del
tiempo perdido las puertas de la memoria se abren de la mano de una magdalena
mojada en una taza de tila, como la que le daba su tía Léonie cuandoera un niño.
La magdalena es un emblema perfecto, porque tiene la forma de una vieira, la
concha de los peregrinos, y Marcel está a punto de emprender un particular
peregrinaje en busca del tiempo perdido. Y sin embargo..., sin embargo, en
1907, cuando Proust estaba trabajando en el primer volumen de su novela, era un
pedazo de pan duro mojado en una taza de té lo que lo impulsaba a este jubiloso
viaje al pasado. Y en la versión siguiente, era un trozo de pan tostado. Y en
algún momento de 1908, una especie de galleta dura. Si hubiera escogido
cualquiera de estas variantes, habríamos aplaudido de buen grado su elección,
señalando que los ricos recuerdos pueden surgir de fuentes humildes, al igual
que —según la propia comparación de Proust— unos pedacitos rotos de papel,
arrojados al agua, pueden transformarse en flores japonesas. Qué idónea y
correcta habría parecido cualquiera de estas ideas preparatorias.
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