Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 868. LOS ANGELES FEROCES / JOSE OVEJERO

Ese chico que está ahí parado con una piedra en la mano podrías ser tú o cualquier otro. Desde esta distancia no queda claro si sonríe o si tan sólo entrecierra los ojos a causa del humo que sale de un contenedor de basuras en llamas. Su cuerpo refleja cierta lasitud, sorprendente en ese momento en el que la escena podría romperse por mil sitios, porque la amenaza lleva ahí demasiado rato y no creemos que vaya a tardar en desencadenarse la violencia.
Tiene clase, a su estilo, es decir, con ese estilo que incluye el cuero, los pendientes, descuido en el calzado y algún tatuaje no demasiado llamativo, apenas un signo, una afirmación de pertenencia. Y el mitón de cuero trenzado que protege la mano con la que empuña la piedra podría haber salido del cajón de su abuelo, de una tienda de moda vintage o de un basurero.
No está solo y sin embargo lo está. Es verdad, han ido llegando por decenas primero, después por cientos, y ahora son miles, pero no forman un auténtico grupo; no corean consignas ni cantan ni hay en ellos nada festivo o comunitario. La desesperación convierte su presencia en un asunto personal; esa rabia no es compartida sino que se multiplica en cada uno de ellos como una imagen sobre un espejo hecho añicos.

Aunque algunos son tan jóvenes que no es probable que los haya llevado allí la desesperación, y de hecho son los que parecen más felices, sonríen, se empujan, se apresuran, como sí acudiesen a un estadio y no a una confrontación violenta. 

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