Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma

AMANTES

La chica del pelo raro, DF Wallace, p. 95-96
Mi amante Jeffrey salía con un grupo de tejanos amantes de la vida social, un poco artificiosos pero simpáticos, y una de ellos era Margaret Childs, una chica alta y fornida que en un  momento dado declaró, por motivos desconocidos, que estaba enamorada de mí. La rechazé con tanto tacto como me fue posible. Simplemente no estaba interesado en ella. Pero Jeffrey se enfureció. Me explicó que sus amigos no sabían que era homosexual y que no podían enterarse. Al mismo tiempo intentó convencerme para que rechazara a Margaret, lo cual era bastante dificil. Obstinada y lo bastante inteligente como para padecer un aburrimiento crónico, Margaret empezaba a estar desconcertada y sospechaba de los intentos (bastante poco sutiles) de Jefttey para apartarme de ella. Olió un posible drama y se lanzó en pos de ese rastro, Jeffrey se puso celoso como un maníaco. Durante mi primer año de empresariales, míentras estaba comprando unas pelotas de golf para mi padre como todos los años por Navidad, Jeffrey y Margaret se las tuvieron en público y armaron un escándalo en una cafetería de Beat, New Haven. Jeffrey rompió de una patada un mostrador lleno de rosquillas. Hubo cierta información que se hizo pública. Una parte de esta información llegó hasta mis padres, que eran amigos de los padres de dos de mis compañeros de casa. Mis padres vinieron a verme en persona al campus de Yale. Estaba nevando. Fuimos a comer a Morty's con mis padres y mis compañeros de alojamiento y Jeffrey se puso tan nervioso que tuvimos que llevarlo al lavabo para tranquilizarlo. Mi padre le limpió la frente con toallas húmedas de papel.Jeffrey no paró de decirle a mi padre que era muy, muy amable.
Antes de que mis padres se marchamo -ya tenían las manos literalmente en las manecillas de las portezuelas de su camioneta-, mi padre, con los pies hundidos en la nieve, me preguntó si no podía controlar mis preferencias sexuales. Me preguntó si, en caso de conocer a la mujer adecuada, sería capaz de entablar una relación de amor heterosexual, de casarme, montar una familia y llegar a ser un pilar de la comunidad donde eligiera vivir. Mi padre me explicó que esto era todo lo que él y mi madre deseaban fervientemente para mí, su único hijo, a quien amaban más allá de  cualquier juicio. Mi madre no decía nada. La recuerdo observando el vapor de mi aliento con cierto interés distante, mientras yo les explicaba por qué me parecía que no era capaz de hacer lo que mi padre me pedía y que por tanto no iba a hacerlo. Invoqué toda la sabiduría de los años cincuenta sobre desviaciones sexuales e incluso invoqué a una especie de dios de los glandes, igual que un chamán le echa la culpa a los espíritus del mundo vegetal para justificar una mala cosecha. Mi padre fue asintiendo con la cabeza a lo largo de aquella conversación tan seria y civilizada mientras que mi madre ojeaba los mapas de la guantera. Cuando una semana después empezaron las vacaciones y yo no fui con ellos, mi padre me envió una postal, mi madre un cheque y algunas sobras de comida envueltas en papel de aluminio.

Solamente los vi una vez más antes de que mi padre se muriera de manera inesperada. Yo había dejado a Jeffiey y el disgusto me llevó a intimar con Margaret Childs, que no había dejado de perseguir su propósito con la misma obstinación. La mala fortuna quiso que Jeffrey viera en aquello razón suficiente para quitarse la vida, y se la quitó de una manera especialmente desagradable. Y en la mesa que había junto a los tubos de la calefacción de los cuales se colgó, dejó una nota -un documento- escrupulosamente mecanografiado, tan lleno de verdades absolutas mezcladas con invenciones totales que la administración de la facultad de empresariales me pidió que abandonara la universidad de Yale. Unas cuantas semanas después de velar a mi padre me casé con Margaret Childs, a la sombra de un mezquite y vigilados por las miradas azules de mi madre y del cielo de Houston, y nos unimos por un sistema de votos, promesas de fortaleza, disimulo, resistencia y compasión que iba mucho más allá de las prescripciones rituales del párroco baptista de la familia Childs.
En la imagen, De repente el útimo verano

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